Las crecientes del gran río suelen despertar preocupación por los anegamientos y sus consecuencias para las poblaciones ribereñas. Pero detrás del agua que avanza sobre islas, lagunas y bañados ocurre un proceso silencioso: miles de peces encuentran allí las condiciones necesarias para reproducirse y sobrevivir.
El río Paraná tiene sus propios
tiempos. A veces retrocede durante meses y deja al descubierto bancos de arena,
costas barrosas y lagunas desconectadas. En otros períodos, el agua avanza
sobre las islas, cubre los pastizales y vuelve a unir ambientes que permanecían
separados. Para quienes viven cerca de sus orillas, una creciente puede
significar preocupación, pérdidas materiales y días de incertidumbre. Para la
naturaleza, ese mismo movimiento puede poner en marcha uno de los mecanismos
más valiosos para sostener la vida en la región.
Una investigación difundida por
el diario El Litoral, a partir de una entrevista con el biólogo Pablo
Scarabotti, investigador del CONICET y docente de la Universidad Nacional del
Litoral, explica por qué las inundaciones periódicas cumplen una función
decisiva en el ecosistema del Paraná.
La clave está en comprender que
el río no funciona únicamente dentro de su cauce. Su dinámica también depende
de las islas, los bañados, los esteros y las lagunas que integran la llanura
aluvial.
Las crecientes, una oportunidad
para los peces
El sábalo, el dorado, el surubí,
el patí y la boga son algunas de las especies cuya reproducción está
estrechamente relacionada con las variaciones del nivel del agua. Estos peces
han evolucionado en una cuenca donde las crecientes forman parte de los ciclos
naturales.
Cuando el río comienza a subir,
ciertas especies responden con la maduración reproductiva y el desove. Los
huevos son arrastrados por la corriente y, después de unos días, las larvas
pueden ingresar en las lagunas y los bañados que quedan conectados con el cauce
principal.
Allí encuentran un ambiente mucho
más favorable para crecer. La vegetación acuática les ofrece refugio, las aguas
poco profundas reducen algunos riesgos y la abundancia de alimento aumenta sus
posibilidades de supervivencia.
Scarabotti explicó que un sábalo
puede producir hasta un millón de huevos. Pero la cantidad de huevos no
garantiza por sí misma que nazcan nuevos peces adultos. Las condiciones
ambientales durante las primeras etapas de vida resultan determinantes.
Por eso, una creciente favorable
puede tener consecuencias que se extienden durante años. Las generaciones que
sobreviven en esos ambientes alimentan, tiempo después, las poblaciones de
peces que sostienen parte de la actividad pesquera regional.
Cuando el río baja, el ecosistema
pierde espacio
Entre 2019 y 2022, la región
atravesó una bajante extraordinaria del Paraná. Durante ese período, aunque los
peces continuaron desovando, muchas larvas no pudieron ingresar en los
ambientes laterales que necesitan para desarrollarse.
Sin lagunas conectadas, la
situación cambia por completo. Las crías quedan más expuestas a los
depredadores y disponen de menos refugios y alimento. La reproducción puede
ocurrir, pero una proporción mucho menor de esos ejemplares consigue
sobrevivir.
Según el investigador, los
efectos de una creciente favorable sobre la pesca pueden empezar a notarse dos
o tres años después y prolongarse durante varios años más. Esto muestra hasta
qué punto el estado actual del río influye sobre la disponibilidad futura de
peces.
La relación entre agua,
biodiversidad y economía también obliga a pensar la pesca con una mirada de
largo plazo. Las decisiones sobre capturas y conservación necesitan contemplar
los ciclos hidrológicos, en lugar de considerar cada temporada como un fenómeno
aislado.
Fuente: Nicolás
Loyarte, «El lado positivo de El Niño: por qué las crecientes del Paraná son
claves para la vida en la región», El Litoral, 24 de octubre de 2026. Leer
la nota original.

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