miércoles, 30 de septiembre de 2026

La música del coyuyo dura lo que el verano y se va en otoño después de los carnavales



Por Luis Borelli

“Ya se viene el verano”, dicen los vallistos cuando, a mediados de octubre, escuchan al primer coyuyo de la temporada. En cambio, en el Chaco salteño sostienen que él hará madurar la algarroba. Lo cierto es que, en octubre, cuando el sol castiga los campos y a los animales, el coyuyo afina su voz, de cara al sol, y comienza a cantar día y noche en todo el norte. Entonces su chirrido se expande por toda la comarca como si en las copas de los árboles se hubiese instalado un gran coro polifónico. Su música dura lo que el verano y solo se interrumpe por mal tiempo. Por eso, el criollo sostiene que, cuando el coyuyo silencia, solo lo hace por mal tiempo. Y luego sigue con su canto hasta que, en los primeros días frescos del otoño, se apagará su voz para siempre. Entonces el vallisto dice: “Ya se ha ido el verano; se va con el coyuyo y el carnaval”.

Reproducción. Y mientras coyuyos o cigarras cantan y se aparean, a poco las hembras mueren luego de desovar en tallos y ramas secas. Al final del verano, esos huevos caerán al suelo transformados en larvas que permanecerán bajo tierra nada menos que entre 2 y 17 años.

Humorada instructiva. Sobre el canto del coyuyo recuerdo una humorada ilustrativa de Gustavo «Cuchi» Leguizamón, profesor de Historia y Literatura del Colegio Nacional. Un curioso dato de la zoología le permitió, allá por los años sesenta, gastar un chiste y, de paso, dejar una enseñanza. Era noviembre y los coyuyos ya se habían adueñado de las acacias de la Antipalúdica, muy cerca de la vereda por donde Leguizamón solía pasar rumbo al Colegio Nacional.

—A ver —preguntó una calurosa mañana—, ¿cuáles son los animales más felices del mundo?

Por temor al ridículo, muchos se llamaron a silencio; pero, como siempre, uno cayó en el lazo. El chango, con voz engolada y con aires de sabiondo, espetó: «Profesor, el más feliz es el hombre. Los animales son instintivos».

¡Para qué! A todo pulmón, manos en los bolsillos y desde el fondo del aula, Leguizamón respondió: «No, señor. Los más felices de la tierra son los coyuyos y los sapos machos. ¿Y saben por qué? Porque sus mujeres son mudas; sapas y coyuyas no dicen ni mu», remató, al tiempo que lanzaba una estruendosa carcajada. Por supuesto, el curso entero compartió su ocurrencia, pero el sabiondo seguramente estaba rogando que la tierra se lo tragara.

Pero con esa humorada, a manera de introducción, Gustavo Leguizamón comenzó, sin querer queriendo, a dar una clase de zoología que pocos olvidaremos. Prosiguió hablando del coyuyo: «El macho es el único que hace música. ¿Y saben dónde trae sus instrumentos musicales? A los costados del abdomen», agregó. Eso le permite a este maravilloso animalito hacer algo que muchos querrían imitar: comer y cantar al mismo tiempo. Y ahí nomás aprovechó para enriquecer su matinal perorata con otra humorada: «¿Se imaginan ustedes al turco Eduardo Falú tocar la guitarra mientras se come un cupi? ¡Qué maravilloso! Lamentablemente - continuó - esto es imposible para nosotros, los humanos. Nunca podremos alcanzar la perfección musical del coyuyo, que canta y come hasta morir junto al verano. Pero sapo y coyuyo - prosiguió explicando con entusiasmo - también son seres exquisitamente románticos; cantan por amor, para enamorar a sapas y coyuyas, con las que después tendrán sus hijitos».

Otros datos. Y así fue que, por aquella entretenida humorada de Leguizamón, los changos del Nacional nos enteramos esa mañana de que el coyuyo podía vivir hasta 17 años bajo tierra. Allí permanece hasta que un buen día, en estado de ninfa, se le da por salir. Marcha hacia la superficie por un túnel que cava ex profeso y, a partir de entonces, vive entre los árboles. Allí se transforma en adulto, se alimenta de savia y canta con tanta potencia que la frecuencia de su vibración puede alcanzar, según los biólogos, los 86 Hz  - 86 vibraciones por segundo -. También aprendimos que el coyuyo canta para atraer a las hembras; que lo hace a cualquier hora del día, pero con más frecuencia e intensidad cuando amanece y a la oración - a la tarde -; que el sonido que emite lo produce con un aparato estridulador ubicado a los costados del primer segmento del abdomen. Allí posee unas membranas denominadas timbales y también unos sacos de aire que son verdaderas cajas de resonancia.

Finalmente, como buen coreuta que es, el coyuyo macho puede llegar a entregar su vida en plena función. Eso les ocurre cuando, en su interior, se produce una brusca diferencia de presión sonora.

Fuente: Patio Santiagueño

La Mulanima

 



Por Félix Coluccio

- ¡Pachamama, ayúdame! ¡Pachamama, no me abandones! - iba musitando Pastor Luna, el ollero de Punta Negra.

La noche lo había sorprendido en el camino de regreso.

Lo más tremendo que podía acontecerle, era no sólo que las sombras lo envolvieran, sino que ello ocurriera frente al pequeño cementerio donde estaban sepultados los restos de sus padres y la pequeña guagua que había muerto sin que nadie supiera de qué.

Su mula iba al paso, lentamente, y sus ojos buscaban en la sombra signos de figuras imprecisas y fantasmales, que desde chango lo atormentaban en la soledad de su precaria vivienda hecha de piedra y techada con ichu, ahora compartida con su mujer, Tomasa Arancibia y los hijos, Pastor y Juan.

Buscaba llegar cuanto antes hasta la apacheta, que hacia el final del camposanto era como un faro opaco, en esa noche para él de angustia.

Cuando llegó, descendió de su cabalgadura y se abrazó a las piedras como si hubiera encontrado el regazo de su madre. Dejó su acullico, sacó de la alforja un puñado de hojas de coca y el charqui que no había podido terminar y lo depositó al pie de la irregular pirámide.

Se puso a rezar con voz temblorosa, y pidió una y otra vez protección a la Pachamama en este regreso interminable desde la alta Puna, donde había ido a trocar sus cacharros por harina, maíz y fetos de llama.

Más tranquilo, reemprendió la marcha. Le faltaba un tramo corto pero difícil. El camino se hizo de pronto un sendero de piso áspero que se estrechaba a medida que ascendía, hasta convertirse en una verdaderas cornisa, balcón del abismo que enmarcaba, desde cuyo fondo, inmensamente oscuro, ascendían gritos, imprecaciones, lamentos, y a veces fosforescencias, como si el infierno mismo estuviese allí dentro.

Pastor Luna, con dificultad, avanzaba.

El animal no respondía a su estímulo, ya ratos quería dar el anca, ante el terror del jinete que trataba de contener las mañas de la bestia, la cual, sin duda, olía algún peligro cercano.

Cuando empezó el descenso, sintió un galope irregular, veloz y fatídico que se acercaba como un remolino.

Pronto vio el cuerpo oscuro de la mulánima que avanzaba en sentido inverso de propia su marcha, precedida por lenguas de fuego que salían ardientes de sus ojos y boca. Instintivamente, cubrió su rostro con ambas manos e invocó de nuevo a la madre de los cerros, con desesperación y terror.

- ¡Pachamama, sálvame!...

Pero fue en vano.

La mulánima, como imagen del demonio, ya estaba sobre él, y ciegamente, en el angosto sendero, golpeó contra Pastor Luna y su bestia.

Todos rodaron por la abismal pendiente, y las laderas se enrojecían a medida que se desbarrancaban.

Cuando llegaron al fondo mismo de la profunda herida de la montaña, un incendio entre amarillento y rojizo, elevaba sus llamas, y voces enloquecidas, confusas, no de este mundo, bramaban en torno al cuerpo calcinado de Pastor Luna...

Allá, en su rancho de Punta Negra, Tomasa Albarracín, aferrada a sus hijos lloraba convulsivamente la muerte anunciada por un viento silencioso y helado, que arteramente se colaba por entre los intersticios de las piedras.

Fuente: FBK – Patio Santiagueño

Foto: don Felix Coluccio

martes, 29 de septiembre de 2026

Añapa y arrope: Sabores antiguos de Santiago del Estero


En Santiago del Estero, los frutos del monte fueron durante mucho tiempo parte de la vida cotidiana. Con ellos se preparaban comidas, bebidas y dulces, aprovechando lo que ofrecía el territorio y los conocimientos que se iban transmitiendo dentro de las familias.

Para muchas de estas preparaciones no hacía falta demasiado. Unos frutos maduros, un mortero, agua, fuego y, sobre todo, saber cómo hacer las cosas. Ese saber se aprende mirando a los mayores, acompañándolos en la tarea y guardando en la memoria cada pequeño secreto de la preparación.

Entre esas antiguas formas de aprovechar los frutos del monte aparecen la añapa y el arrope. Las dos tienen una historia ligada a los productos de la región, pero el resultado es muy diferente.

La añapa es una bebida que se prepara a partir del fruto molido y agua. El arrope, en cambio, requiere fuego y una cocción prolongada para concentrar el jugo hasta convertirlo en un preparado espeso y dulce.

La añapa, una bebida de los frutos del monte

La añapa se preparaba principalmente con la vaina madura y tierna del algarrobo. También podía hacerse con chañar o mistol. Era una bebida fresca y, según los testimonios recogidos, de sabor más suave que la aloja.

Su preparación comenzó en el mortero. Allí se colocaba la algarroba madura y se la iba moliendo mientras se agregaba agua de a poco. El trabajo permitía desamar el fruto y extraer su jugo.

Después llegaba el momento de colarlo. Con un paño se separaba el líquido de la parte sólida y el jugo obtenido quedaba listo para dejarlo reposar y luego beberlo fresco.

Como suele ocurrir con las preparaciones transmitidas de manera oral, también había pequeños detalles que se aprendían con la experiencia.

Nigelia Díaz de Pérez, de Las Parvas, Santiago del Estero, recomendaba utilizar algarroba blanca antes que negra. También explicaba que al fruto molido se le podía agregar agua hasta tres veces. Después de eso, publicidad, el jugo comenzaba a ponerse amargo.

Blanca Albornoz, también de Santiago del Estero, registró otra forma de preparar la bebida. Se podía utilizar algarroba blanca o negra, que se iba humedeciendo mientras se desarmaba en el mortero. Una vez extraída la parte sólida, se agregaba más agua y azúcar al jugo.

Incluso lo que quedaba en el mortero podía aprovecharse. La algarroba que permanecía después de extraer el líquido se podía chupar y así aprovechar hasta el último resto de sabor del fruto.

Cuando hablamos de añapa, entonces, estamos ante una preparación sencilla en sus elementos, aunque cargada de conocimiento. Fruto molido, agua, colado y una bebida para tomar fresca. El fuego y la cocción prolongada no forman parte de su preparación.



El arrope, una preparación que lleva tiempo

Con el arrope entramos en otro mundo.

Aquí el fuego tiene un papel fundamental. El jugo de los frutos se cocina durante bastante tiempo, hasta perder buena parte del agua y convertirse en un preparado espeso, dulce y concentrado, parecido a un jarabe.

Una de las formas tradicionales de preparar arrope comenzaba con la uva. Se pisaban entre 10 y 15 kilos en una batea para obtener el jugo. Después se separaba el orujo y el mosto se colocaba en una paila grande que iba directamente al fuego.

La preparación exige paciencia y atención.

Durante la cocción se incorporaban pencas de atún peladas y una pequeña cantidad de ceniza. Antes de que el mosto llegara al hervor, había que observar con cuidado la borra que subía hacia los bordes de la paila y retirarla.

Después se retiraba del fuego y se dejaba reposar. Ese tiempo permitió que los sedimentos se quedaran al fondo. Luego el líquido se pasó cuidadosamente a otra vasija, tratando de no mover lo que había quedado asentado.

Todavía faltaba otra etapa de limpieza. Se pudo incorporar nuevamente pencas de atún y cáscaras de huevo, y el mosto volvió al fuego. Cuando comenzaba a calentarse y estaba cerca del hervor, se retiraba la espuma que se formaba en la superficie.

Recién entonces comenzaba la parte central de la preparación: la reducción.

El mosto volvía a la paila y continuaba cocinándose hasta que el volumen disminuía. Cuando quedaba algo menos de la mitad de la cantidad original, era señal de que el arrope estaba llegando a su punto.

Se retiraba del fuego y la paila podía colocarse ligeramente inclinada. El arrope se batía con una cuchara grande de madera o una desespumadera, ayudando también a que comenzara a enfriarse.

El arrope tampoco estaba limitado a la uva. También se preparaba con chañar, mistol, atún y quiscaloro o quiscaruro. En algunas recetas podrían incorporarse cascos de zapallo o duraznos cuaresmillos.

Dos formas de aprovechar los frutos del monte

La diferencia entre la añapa y el arrope se entiende mejor cuando se observa el camino que sigue cada preparación.

Para hacer añapa se muele el fruto, se agrega agua, se extrae el jugo y se lo cuela. Después se toma fresco.

El arrope requiere otra dedicación. Primero hay que obtener el jugo y limpiarlo. Después llega una cocción larga, durante la cual el líquido va perdiendo agua y concentrando sus sabores hasta transformarse en una preparación espesa.

También cambia el trabajo necesario. Para la añapa bastaban los frutos maduros, un mortero, agua y un paño. El arrope, en cambio, demandaba fuego, una paila, tiempo y atención constante.

Son dos maneras de aprovechar lo que daba el monte.

Con la añapa, la algarroba, el chañar o el mistol podrían convertirse en una bebida fresca. Con el arrope, esos mismos frutos podían seguir otro camino y terminar convertidos, después de horas de fuego, en un alimento concentrado que podía conservarse y utilizarse de distintas maneras.

Y ahí está una de las cosas más interesantes de estas preparaciones.

El monte no era solamente el paisaje que estaba alrededor de las casas y los caminos. También era una fuente de alimentos y de conocimientos. Había que saber qué fruto recoger, cuándo hacerlo, cómo trabajarlo y de qué manera aprovechar cada parte.

Ese conocimiento muchas veces no estaba escrito en ningún lado. Se aprendía mirando a los mayores, acompañando las tareas y repitiendo los gestos hasta aprenderlos.

Por eso, detrás de un vaso de añapa o de una cucharada de arrope hay mucho más que una receta antigua. Hay una manera de conocer el monte y de aprovechar sus frutos. Hay paciencia, memoria y experiencia.

Y también hay una parte de la historia cotidiana de Santiago del Estero, guardada en sabores que durante generaciones pasaron de una mano a otra, de una cocina a otra, y de los mayores a los más jóvenes.


El secreto mejor guardado de Santiago del Estero: La infancia rural que moldeó a Ricardo Rojas



¿Alguna vez te has puesto a pensar de dónde salen las grandes ideas que definen a un país? Muchas veces imaginamos a los grandes pensadores encerrados en bibliotecas gigantescas en Buenos Aires o Europa. Sin embargo, la historia de Ricardo Rojas -uno de los escritores e intelectuales más importantes de Argentina- se empezó a escribir muy lejos del asfalto, entre el polvillo de los caminos, el canto de los pájaros y la sombra de los árboles del monte santiagueño.

Hoy te invitamos a viajar al Departamento Banda, muy cerca del histórico pueblo de Antajé , para descubrir la Estancia del Rosario: el rincón rural donde un joven curioso absorbió el alma de nuestra cultura.

La cuna de una mente brillante

Para entender la historia, hay que viajar a finales del siglo XIX. La Estancia del Rosario no era ningún campo; era el hogar de Absalón Rojas , un hombre fuerte de la política local que llegó a ser dos veces gobernador de la provincia de Santiago del Estero.

Aunque Ricardo nació por esas casualidades de la vida en Tucumán (en 1882), su corazón y sus años de formación pertenecieron enteramente a este rincón santiagueño. Imagínate a un adolescente recorriendo los senderos del predio, escuchando los relatos de la gente del lugar, observando la mezcla de costumbres e impregnándose del paisaje a orillas del Río Dulce.

Todas esas vivencias no quedaron en el olvido. Años más tarde, cuando Rojas se convirtió en un pensador clave de la literatura y la historia argentina, aquellas tardes en Antajé fueron la chispa que encendió sus obras más famosas.

El origen de Eurindia y el orgullo criollo.

Seguramente escuchaste hablar o leíste en la escuela libros como El Santo de la Espada (la biografía fundamental de José de San Martín) o su monumental historia de La Literatura Argentina . Pero la idea más revolucionaria de Rojas fue Eurindia .

¿Qué significaba este concepto? Rojas sostenía que la verdadera identidad argentina no era puramente europea ni exclusivamente indígena, sino la unión armónica de ambas: un mestizaje vivo. ¿Y dónde aprendió eso? Sin duda, en la Estancia del Rosario, donde el folklore, la lengua quichua y las tradiciones criollas se respiraban todos los días.

Ojo con la confusión: ¡no hay alfajores por acá!

Antes de que te tientes y busques dónde comprar merchandising gastronómico, vale hacer una aclaración clave para viajeros e ingeniosos de la trivia:

Aclaración para curiosos: Esta Estancia del Rosario no tiene nada que ver con la conocida fábrica de alfajores y dulces ubicada en La Cumbre, Córdoba. Mientras aquella es un clásico del turismo serrano, la de Antajé es un tesoro del patrimonio histórico y literario del norte argentino.

El Día de la Cultura Nacional nace aquí

El impacto de Ricardo Rojas en nuestra historia fue tan profundo que el día de su fallecimiento (el 29 de julio) se conmemora en todo el país el Día de la Cultura Nacional.

Detrás de las grandes cátedras universitarias que dictó y del hermoso palacio que hoy es su museo en la Ciudad de Buenos Aires, late siempre la memoria de la Estancia del Rosario. Es un recordatorio de que las grandes visiones del país muchas veces nacen en la paz del interior.

 

lunes, 28 de septiembre de 2026

Eduardo Ávila: El maestro rural que convirtió la esencia del monte santiagueño en chacareras



¿Cómo enseñarás a leer y escribir cuando tus alumnos hablan una lengua que jamás estudiaste? Imagina llegar a una escuelita en medio de las soledades del monte santiagueño y encontrarte con esa barrera. Lejos de rendirse o imponerse, para Eduardo Carlos Ávila ese desafío inicial se ha convertido en el motor de una de las carreras más auténticas y profundas de la música popular argentina. Esta es la historia del docente y cantautor que ha entendido que, antes de enseñar, debía aprender a escuchar.

Eduardo ha nacido y ha sido asentado en el registro civil un 28 de septiembre de 1946 en Santiago del Estero. Ha crecido con el repique del bombo legüero y el rasgueo de las guitarras resonando en su hogar. Siendo apenas un niño, se ha incorporado a Los Ávila, el conjunto musical formado por su padre y sus hermanos. Allí la música no era un simple pasatiempo, sino una forma natural de habitar el mundo.

Sin embargo, en su vida latía un deseo con igual fuerza. De su madre, América del Valle, maestra rural, ha heredado la vocación irrenunciable por la enseñanza. Ha seguido sus pasos, se ha recibido de docente y no ha buscado un destino cómodo, sino que ha adquirido el compromiso y ha marchado directo hacia su primer gran reto profesional.

El verdadero punto de inflexión ha ocurrido cuando ha sido asignado a una escuela rural en Mistol Pozo, un pueblo remoto inmerso en las soledades del departamento de Salavina, donde el monte impone su aislamiento. Salavina no era cualquier lugar, sino el corazón palpitante del folklore santiagueño, un territorio donde la tradición ancestral florecía a cada paso. Allí, al ponerse al frente del aula de primer grado inferior, Eduardo ha chocado de frente con una realidad abrumadora, ya que sus pequeños alumnos, los changuitos del lugar, hablaban únicamente en quichua.

¿Qué hacer ante la imposibilidad de comunicarse? La salida fácil hubiera sido forzar la enseñanza en castellano, pero la decisión de Eduardo ha sido la empatía. Guiado por su persistente vocación, se ha propuesto aprender el idioma de sus alumnos. De ese esfuerzo ha nacido un diálogo fluido, íntimo y cómplice que ha roto cualquier distancia.

La consecuencia ha sido profunda. Al derribar esa barrera, se le han abierto de par en par los brotes más puros e incipientes del folklore de Salavina. Esa vivencia ha moldeado su sensibilidad para siempre e ha impregnado de verdad su faceta como compositor.

Eduardo Ávila ha hecho mucho más que alfabetizar en el pizarrón. Ha traducido la vivencia, el arraigo y el sentimiento del monte en obras fundamentales de nuestro cancionero, colaborando con los máximos referentes de la poesía y la música nacional.

Entre sus creaciones más emblemáticas se destacan el tributo a la docencia y a la tierra en Chacarera pal maestro y Porque le canto a mi patria, escritas junto a Pablo Trullenque. La dulzura y la emoción compartida han quedado plasmadas en Con gusto a miel, junto a Víctor Yunes Castillo y Peteco Carabajal, mientras que el latido profundo y el dolor del pago han resonado en De Salavina adentro y La niña murió quemada, también junto a Víctor Yunes Castillo. Asimismo, ha expresado el orgullo de las raíces en Grito argentino, Leyenda de la chacarera y Me llaman el santiagueño, elaboradas junto a Eusebio Héctor Cruz, sumadas a la ternura provinciana en Decí que sí despacito y Mi niña provinciana, compartidas con Francisco Silva.

Eduardo Ávila ha logrado hermanar la tiza con la guitarra, demostrando una verdad tan simple como potente, pues para cantarle con verdad a un pueblo, primero hay que saber escucharlo en su propia lengua.


Los brazos invisibles del campo argentino: la historia detrás del trabajo golondrina

 



Detrás de las marcas récord de exportación, la tecnología de punta y los satélites que miden el rinde de la Pampa Húmeda, la producción agrícola argentina sigue dependiendo de algo tan antiguo como irremplazable: el esfuerzo humano. Cada año, unos 150.000 peones rurales recorren miles de kilómetros siguiendo el calendario de las cosechas. Son los trabajadores golondrina, un motor indispensable para que los alimentos lleguen a las góndolas y a los barcos de exportación.

Pero cuando se mira de cerca quiénes hacen este trabajo, aparece un dato contundente: uno de cada cuatro es santiagueño. Según investigaciones difundidas por Visión Santiagueña e Infobae, más de 35.000 peones salen todos los años de Santiago del Estero hacia los campos del Cuyo, la Patagonia o la Región Pampeana. Más que un movimiento laboral, esta cifra refleja la marcada desigualdad económica que hay entre las provincias.

Un fenómeno histórico con escala global

El empleo agrícola de temporada no es una novedad ni un invento reciente. Está integrado a la matriz agroexportadora del país desde fines del siglo XIX. En 1894, el sociólogo alemán Max Weber analizó el éxito del modelo agrícola argentino y observó que la enorme capacidad del país para exportar granos se apoyaba, en gran medida, en una masa de trabajadores golondrina sin protección laboral que se desplazaba según la demanda.

Este esquema tiene puntos de contacto con otros procesos de migración rural en el mundo, como el conocido Programa Bracero entre México y Estados Unidos o los movimientos de trabajadores en los campos del sur de Europa. En todos los casos, el mercado busca mano de obra dispuesta a mudarse durante los picos de trabajo y a volver a sus hogares cuando la cosecha termina, sin generar costos fijos.

En la Argentina actual, aunque la siembra de granos está casi toda mecanizada, muchos sectores siguen exigiendo recolección manual. El desflorado de maíz híbrido, la cosecha de manzanas y peras en el Alto Valle, las frutas finas, la vendimia y la aceituna necesitan sí o sí del trabajo a mano. La tecnología redujo los plazos de contratación, pero no reemplazó la necesidad de los cosecheros.

Las causas del éxodo santiagueño

Para entender por qué tantas personas salen de Santiago del Estero hay que mirar tanto la realidad ambiental como la falta de empleo local:

  • El impacto ambiental: En un territorio de más de 136.000 kilómetros cuadrados marcado por un clima subtropical semiárido, la deforestación redujo los bosques nativos de ocho millones de hectáreas a solo una décima parte. Esta pérdida dejó sin margen a muchas familias campesinas que vivían de pequeñas parcelas.
  • Un mercado de trabajo cerrado: El informe Mercado laboral, ingresos y vulnerabilidad social del portal Santiago en Datos señala que el 80% de los santiagueños en edad de trabajar no tiene un empleo formal, y en toda la provincia hay apenas 50.000 puestos privados registrados. En zonas como Atamisqui, Loreto, San Martín o Figueroa, viajar a la cosecha no es una elección, sino la única forma de conseguir un ingreso.

La temporada de cosecha dura desde fines de la primavera hasta el otoño. Son jornadas de hasta 14 horas cobradas al destajo —es decir, por kilo o tacho juntado—, muchas veces durmiendo en galpones o carpas sin agua corriente ni luz, dentro de un circuito marcado por la informalidad laboral.

El costo en las familias y en la cultura local

Este desplazamiento continuo altera la vida cotidiana y las tradiciones de las comunidades de origen.

El rol de las mujeres y la separación familiar

En general, los hombres viajan reunidos en cuadrillas de 13 a 17 personas a cargo de un capataz o "cabecilla", y pasan fuera entre dos y tres meses. Durante ese tiempo, las mujeres se quedan solas al frente del hogar: cuidan a los hijos, atienden a los adultos mayores y mantienen las tareas de la casa. En cambio, cuando las mujeres migran a las ciudades para trabajar en casas particulares o en tareas de cuidado, suelen asentarse allí de forma definitiva.

La pérdida de la lengua originaria

El ir y venir constante también aceleró el abandono de costumbres locales. En la zona de los ríos Dulce y Salado, el uso del quichua cayó de manera drástica: mientras que el 70% de los abuelos y el 50% de los padres lo hablaban, hoy solo el 20% de los jóvenes cosecheros conserva la lengua.

Una deuda pendiente con los trabajadores del campo

El trabajo golondrina muestra un contraste claro: un sector agroindustrial moderno y volcado al comercio exterior que convive con condiciones de trabajo muy precarias en la recolección.

Especialistas de la Universidad Nacional de Santiago del Estero coinciden en que las causas están diagnosticadas desde hace años. Lo que falta es una respuesta de fondo por parte del Estado para regular la actividad y garantizar que la producción de alimentos no se haga a costa de la precarización de quienes trabajan la tierra.

Garantizar condiciones dignas de trabajo y generar oportunidades para que la gente no tenga que irse de su provincia sigue siendo una de las deudas más claras de la política social y económica del país.

Para conocer de cerca estas historias, el documental Golondrinas Documental sobre las migraciones temporales muestra el testimonio directo de peones rurales de la localidad de Garza, en Santiago del Estero, y refleja el impacto humano de este viaje que se repite año tras año.

 

 

La noche en que atraparon a la Almamula

 



En Tala Pozo, cuando la luna estaba alta, había cosas que nadie necesitaba explicar. Bastaba con que la noche quedara demasiado silenciosa y que, desde algún lugar del barrio, comenzara a escucharse un tintinear de cadenas. Tin... tin... tin... Entonces las puertas se cerraban, las luces se apagaban y cada uno se quedaba adentro de su casa. ¿Por qué? Porque todos sabían que algo andaba dando vueltas.

Aquella noche, sin embargo, Manu todavía estaba despierto. El changuito se había quedado navegando con el celular mientras en la casa todos dormían. La luz de la pantalla le iluminaba apenas la cara y, afuera, Tala Pozo parecía tranquilo. Hasta que escuchó un ruido. Tin... tin... tin... Manu levantó la cabeza. Al principio pensó que había escuchado mal. Bajó el volumen del celular y se quedó quieto, tratando de escuchar. Y ahí volvió. Tin... tin... tin... Esta vez estaba más cerca.

El changuito dejó el teléfono sobre la cama y se quedó sentado. Desde la calle llegaba aquel sonido extraño, acompañado por un silencio que parecía hacerse cada vez más grande. Los perros fueron los primeros en darse cuenta. Uno se escondió debajo de un carro. Otro se quedó junto a la escalera, mirando hacia la oscuridad. Después comenzaron a inquietarse los caballos. Golpeaban el suelo dentro de los corrales y levantaban las orejas, como si estuvieran escuchando algo que los demás todavía no podían ver. Manu también escuchaba.

Entonces llegó el resoplido. Fue profundo, áspero, casi humano. El changuito quedó duro. Se acercó despacio a la ventana y miró hacia afuera. No se animó a abrirla. La calle estaba iluminada por la luna y las sombras de los árboles se movían apenas con el viento. No se veía nada. Pero algo estaba ahí.

De pronto volvió a escucharse el ruido. Tin... tin... tin... Ahora las cadenas parecían arrastrarse sobre la tierra. Después se escuchó un golpe seco. Y enseguida, algo parecido al sonido de unos cascos golpeando el suelo. Manu retrocedió. Quiso convencerse de que no era nada. Pero entonces escuchó aquel relincho largo y feroz que parecía salir desde el fondo mismo de la noche.

El changuito se asustó tremendamente. Se metió debajo de las sábanas y apretó el celular entre las manos. Afuera, las cadenas volvieron a sonar. Tin... tin... tin... Mientras tanto, algo avanzaba por el barrio. Era grande. Se movía de una manera extraña. No parecía un animal conocido y tampoco caminaba como una persona.

Durante unos segundos todo volvió a quedar en silencio. Y ese silencio era peor. Hasta que, bajo la luz de la luna, apareció una silueta. Primero se distinguieron las ancas. Después, una figura oscura cruzó por un espacio iluminado. Tenía manchas claras y oscuras sobre el cuerpo y avanzaba con una fuerza extraña, como si llevara algo pesado detrás. Las cadenas volvieron a tintinear. La criatura se detuvo. Levantó la cabeza. Y de la oscuridad salió otro relincho largo y feroz. Después, nada.

Los vecinos de Tala Pozo conocían esas historias desde hacía mucho tiempo. Sabían que algunas noches, cuando la luna estaba alta y las calles quedaban vacías, algo recorría los alrededores del barrio. Algunos hablaban de una condena. Otros decían que era un alma que no encontraba descanso. También estaban los que aseguraban haber visto unas ancas overas y una marca terrible en el vientre. ¿Pero qué era realmente? Nadie se ponía de acuerdo. Hasta que alguien pronunció su nombre. Almamula.

Y con ese nombre alcanzaba. Decían que era una criatura feroz, sin orejas, que recorría los caminos arrastrando cadenas. Pero había algo más. Algo que hacía que hasta los más corajudos pensaran dos veces antes de acercarse. Cuando alguien intentaba atraparla, la Almamula podía largar un fuego tan fuerte que quemaba las sogas y el cuero. ¿Quién iba a querer acercarse después de saber eso? Durante mucho tiempo nadie quiso probar suerte.

Hasta que un viejo corajudo decidió esperarla. Se escondió detrás de unos matorrales, cerca de uno de los caminos del barrio. Los vecinos sabían lo que estaba haciendo. También sabían que podía pasarle cualquier cosa. Pero el hombre esperaba. Pasó el tiempo. La noche siguió avanzando. Y cerca de la medianoche volvió a escucharse. Tin... tin... tin... Esta vez el sonido venía directamente hacia él.

El viejo salió de su escondite y se lanzó sobre la criatura. Pero la Almamula soltó un relincho que pareció sacudir toda la noche y escapó hacia la oscuridad. El hombre volvió mucho después. Venía cubierto de polvo y con el orgullo bastante lastimado. Había salido decidido a enfrentarla. Había regresado sin conseguirlo. Desde aquella noche, nadie volvió a tomar a la criatura a la ligera.

Pero otro viejo creyó tener la solución. Era conocido por saber cosas que los demás preferían no preguntar. Algunos decían que había aprendido secretos de los antiguos. Otros, que era brujo. Preparó un cabestro, le puso un cencerro y esperó. Esta vez, pensaba, no habría escapatoria.

La noche estaba cerrada cuando apareció la Almamula. El viejo dejó que se acercara. Esperó un poco más. Y cuando la tuvo cerca, lanzó el lazo. Por un instante, el cabestro se tensó. La criatura estaba atrapada. El hombre había conseguido lo que otros no habían podido. Pero la alegría duró poco.

La Almamula abrió la boca y de ella salió un fuego tan intenso que los árboles quedaron iluminados como si hubiera amanecido de golpe. Las sogas comenzaron a arder. El cuero se retorció entre las manos del viejo. El cencerro cayó al suelo. Y aquello que parecía una captura segura se convirtió, en cuestión de segundos, en un verdadero peligro.

El hombre soltó el cabestro y salió corriendo. Esta vez no hubo coraje ni desafío. Había que escapar. Cuando llegó a su casa estaba pálido y temblando. Su comadre lo vio en semejante estado y no quiso preguntarle demasiado. Le preparó un té caliente de palancho y se quedó a su lado hasta que recuperó el aliento. El hombre había salido convencido de que podía atrapar a la Almamula. Volvió sabiendo que no.

Después de aquella noche nadie volvió a intentarlo. Y quizás ahí estuvo la verdadera enseñanza. La Almamula no necesitaba que nadie creyera en ella. Bastó con que dos hombres intentaran enfrentarla para que el barrio volviera a recordar por qué, durante tanto tiempo, las puertas se cerraban cuando comenzaba a escucharse aquel sonido. Tin... tin... tin...

Y Manu tampoco olvidó aquella noche. Cuando finalmente se animó a sacar la cabeza de debajo de las sábanas, Tala Pozo había vuelto a quedar en silencio. El celular seguía encendido sobre la cama, pero ya no tenía ganas de seguir navegando. Se quedó quieto, escuchando, esperando.

Desde entonces, dicen que cuando la luna ilumina las calles de Tala Pozo y el barrio queda en silencio, todavía puede escucharse un lejano tintinear de cadenas. Tin... tin... tin... Algunos aseguran que es ella. Que todavía anda por ahí. Y cuando ese sonido aparece en medio de la noche, hasta los más valientes prefieren cerrar las puertas y esperar que la criatura siga de largo.

Porque hay historias que sobreviven al paso del tiempo. Algunas quedan guardadas en los recuerdos de los mayores. Otras vuelven en una canción, en una copla, en la voz de un cantor. Y de vez en cuando, como para que nadie las olvide, la noche parece devolverlas. Quizás por eso Manu, cuando escucha un ruido parecido en la oscuridad, ya no necesita que nadie le explique de qué se trata.

En Tala Pozo, la respuesta sigue siendo la misma: cerrar la puerta, apagar la luz y esperar en silencio.

Historia inspirada en "Chacarera del Alma Mula".

 

 

 

 

 

sábado, 26 de septiembre de 2026

Así soy



Pablo era conocido en Atamisqui por una cosa sencilla: decía lo que pensaba. No siempre caía bien, claro, pero tampoco buscaba caerle bien a todo el mundo. Los viernes, cuando el día empezaba a aflojar y el frío se hacía sentir, solía juntarse con sus amigos alrededor del fuego. Alguna guitarra, unas copas y las historias de siempre alcanzaban para pasar la noche. Ahí, entre charla y charla, Pablo cantaba, escuchaba y también observaba. Porque con los años había aprendido a conocer a la gente. Sabía quién estaba cuando las cosas iban bien y quién aparecía solamente cuando había algo para sacar.

También tenía sus principios. A los mayores los respetaba, porque así se lo había enseñado su madre. Y había algo que no soportaba: escuchar a alguien hablar mal de una persona que no estaba presente para defenderse. Para Pablo, esas cosas decían mucho de quien las hacía. Quizás por eso algunos lo querían y otros preferían mantener cierta distancia. Él seguía siendo el mismo.

Pero había algo que por esos días le preocupaba más que cualquier comentario. No tenía trabajo. Hacía tiempo que mandaba currículums, preguntaba, dejaba solicitudes donde podía y esperaba una oportunidad. Necesitaba trabajar. Tenía cuentas, responsabilidades y una casa que mantener. No quería que nadie le regalara nada. Lo único que pedía era una posibilidad para ganarse la vida honestamente.

Hasta que una mañana recibió una llamada. Una empresa estaba interesada en contratarlo. El puesto era estable y el sueldo, bastante mejor de lo que esperaba. Pablo sintió que, después de tanto tiempo, finalmente una puerta podía abrirse. Fue a la entrevista con cierta esperanza. Al principio todo marchó bien. Hablaron de horarios, tareas y condiciones. Parecía el trabajo que estaba buscando.

Pero en un momento la conversación cambió. El hombre que lo entrevistaba le explicó que algunas cosas no eran tan sencillas como parecían. Había informes que debía firmar sin hacer demasiadas preguntas. También tendría que dejar pasar ciertas irregularidades. Nada grave, según le dijeron. Cosas que se hacían para que la empresa pudiera seguir funcionando. Y cuando Pablo mostró alguna duda, escuchó una frase que terminó de incomodarlo: "Acá todos lo hacen".

Pablo salió de aquella entrevista con la cabeza llena de preguntas. Necesitaba el trabajo. Eso era cierto. Necesitaba el sueldo y sabía que no todos los días aparecía una oportunidad así. Pero también sabía que, si aceptaba, iba a tener que hacer cosas que no estaban de acuerdo con su manera de pensar. ¿Hasta dónde puede uno ceder cuando la necesidad aprieta? ¿Cuánto vale un sueldo si para cobrarlo hay que dejar algo de uno mismo en el camino?

Esa noche volvió al fogón. Sus amigos hablaban, la guitarra pasaba de mano en mano y el fuego levantaba pequeñas chispas que se perdían en la oscuridad. Pablo estaba ahí, pero tenía la cabeza en otra parte. Pensó en su madre y en aquellas enseñanzas sencillas que había escuchado tantas veces cuando era changuito. Respetar a los demás. No aprovecharse de nadie. Hacer las cosas bien aunque nadie estuviera mirando. Quizás eran palabras simples, de esas que uno escucha tantas veces que parece que se las lleva el viento. Pero esa noche volvieron con fuerza.

Al día siguiente regresó a la empresa. Escuchó nuevamente las condiciones y tuvo claro lo que debía hacer. Podía aceptar. Nadie lo obligaba a rechazar aquel sueldo. Nadie iba a enterarse de lo que firmara mientras cumpliera con lo que le pedían. Pero Pablo también sabía que, después, tendría que vivir con esa decisión.

Entonces dijo que no.

No fue una decisión fácil. Tampoco solucionó sus problemas. Cuando salió de aquella oficina seguía sin trabajo y las cuentas continuaban esperando. Pero caminó de regreso a su casa con una tranquilidad que hacía tiempo no sentía. Había elegido según lo que pensaba y según aquello que había aprendido desde chico.

Cuando llegó, su madre lo miró y enseguida entendió que algo había pasado. Pablo le contó lo ocurrido. Ella no necesitó darle un largo discurso. Simplemente lo escuchó. Quizás porque algunas decisiones no necesitan demasiadas palabras.

En un pueblo donde conseguir trabajo puede convertirse en una verdadera lucha, la dignidad también puede ponerse a prueba en lugares inesperados. A veces ocurre en una oficina, frente a un papel y una firma. Pablo sabía que todavía tendría que seguir buscando. Sabía que la necesidad no desaparecía por haber dicho que no. Pero también sabía algo más: no quería que la necesidad terminara decidiendo quién era.

Y quizás por eso, aquella noche, cuando volvió a sentarse junto al fogón y el monte quedó otra vez en silencio, pudo tomar una copa, escuchar a sus amigos y quedarse tranquilo. El trabajo todavía no había aparecido. Las cuentas seguían esperando. Pero había algo que Pablo todavía conservaba: su manera de ser.

Inspirado en el poema "Así soy", de Pablo R. Trullenque.

 

 

La Vieja que nunca fue olvidada

 


Dicen que en Salavina, allá en el sur de Santiago del Estero, cuando la tarde comienza a ponerse dorada y el monte va quedando en silencio, hay guitarras que todavía recuerdan cosas que los hombres fueron dejando atrás. Villa Salavina, cabecera del departamento que lleva su mismo nombre, es una de esas tierras donde la música, el paisaje y la memoria parecen andar juntos. Allí, entre los caminos de tierra y la quietud del monte, nadie sabía muy bien cuándo había nacido La Vieja.

Los más ancianos decían que era tan antigua como aquellas primeras reuniones alrededor del fuego. Otros contaban que había nacido de una guitarra, una noche cualquiera, cuando un bombo hizo temblar la tierra y un bandoneón contestó desde algún lugar de la oscuridad. Cuántas historias habrán nacido así, entre una guitarra, un mate y una conversación que se fue haciendo larga.

Durante muchos años, La Vieja anduvo de casa en casa. Pasó entre guitarras, mandolinas, bombos y bandoneones. Y cada músico que la tocaba, sin saberlo, le entregaba algo. Un recuerdo, una fiesta, una despedida, un amor, una voz querida. La Vieja los iba guardando todos. Los juntaba dentro de su música, como si cada nota tuviera la capacidad de guardar aquello que el tiempo, tarde o temprano, termina llevándose.

Pero el tiempo pasó. Y con el tiempo también llegó el olvido.

Fuera de Salavina comenzaron a escucharse otras canciones. Los jóvenes dejaron de preguntar por aquella vieja melodía, de andar extraño y carácter indomable. Ya casi nadie hablaba de ella. ¿Qué pasa con una música cuando nadie vuelve a preguntar por su historia? ¿Qué queda de una canción cuando ya nadie se acuerda de quién la tocó primero?

La Vieja comenzó a sentir que todo aquello que había guardado durante tantos años podía desaparecer junto con ella. Entonces tomó una decisión. Se marchó.

Una noche cruzó los caminos de tierra y llegó hasta un pueblo lejano. Allí encontró una guitarra apoyada junto a una ventana. Se quedó a su lado durante días, esperando. Pero nadie la tocaba. Nadie preguntaba por ella. Nadie parecía saber que aquella música llevaba adentro tantos recuerdos.

Hasta que un muchacho entró en la habitación.

Había escuchado hablar de una música antigua que podía despertar recuerdos dormidos. No sabía muy bien si aquello era cierto, pero tomó la guitarra y comenzó a tocar. Lo hizo despacio, casi con timidez, como quien tiene miedo de romper algo que lleva mucho tiempo guardado.

Y entonces pasó algo.

La primera nota trajo la imagen de una anciana que, por un instante, volvió a verse joven, bailando bajo un cielo lleno de estrellas. La segunda hizo aparecer el rostro de un padre que ya no estaba. La tercera devolvió la risa de un amigo que nadie recordaba desde hacía muchos años.

Y siguieron apareciendo recuerdos.

Cada sonido parecía abrir una puerta que llevaba demasiado tiempo cerrada. Una casa, una fiesta, una voz, unos pasos sobre la tierra. Todo estaba allí, escondido dentro de aquella música.

Fue entonces cuando La Vieja comprendió algo. Todo aquello que había guardado durante tantos años no estaba muerto. Solamente esperaba que alguien volviera a hacerlo sonar.

Con cada nota comenzó también a cambiar ella misma. Su cuerpo de melodía se fue llenando de rostros, de voces, de manos y de pasos. Las notas salían de la guitarra y parecían quedarse suspendidas en el aire como pequeñas luces. Y dentro de cada una había un pedacito de aquel pasado que se negaba a desaparecer.

Ya no era solamente una canción vieja.

Era la memoria de quienes la habían tocado. De quienes la habían bailado. De quienes, alguna vez, habían dejado algo de sí mismos dentro de ella.

La Vieja había encontrado finalmente su destino. No había nacido solamente para ser escuchada. Había nacido para guardar. Para conservar aquello que el tiempo intenta llevarse. Y también para devolverlo, cada vez que alguien tiene la voluntad de volver a tocar.

El muchacho siguió tocando hasta que llegó el amanecer. Cuando terminó, las pequeñas luces fueron regresando lentamente a la guitarra. Después todo quedó en silencio.

Y desde entonces, La Vieja volvió a Salavina.

Regresó por los mismos caminos de tierra, llevando consigo algo que había aprendido lejos de su tierra. Había comprendido que una canción puede pasar muchos años en silencio y aun así conservar intacta la memoria de un pueblo.

Por eso, cada vez que alguien la interpreta con verdadera emoción, algo antiguo vuelve a despertar entre quienes escuchan. Algunos recuerdan un rostro. Otros, una casa. Otros sienten algo difícil de explicar, como si de repente pertenecieran a un lugar que quizás nunca conocieron.

Cuánta memoria puede guardar una canción.

Porque una canción puede envejecer. Puede quedar en silencio. Incluso puede parecer olvidada. Pero mientras exista alguien dispuesto a volver a tocarla, aquello que guarda seguirá viviendo.

Y por eso dicen que en Salavina nadie puede olvidar del todo.

Allá, en ese rincón del sur santiagueño donde la música forma parte de la memoria de su gente, La Vieja sigue andando. Y cuando suena una guitarra, un bombo o un bandoneón, ella vuelve a recordar por todos.

Inspirado en la chacarera "La Vieja".

 


El secreto de San Esteban: la fiesta santiagueña que esconde un ritual pagano de 500 años

 


En un paraje de Santiago del Estero, cada diciembre, bajo un calor que raja la tierra, un pueblo entero sale a hacer algo que ya no entiende. Corren descalzos desde el monte, se golpean las piernas con ramas verdes, dejan un gajo en cada puerta y terminan sangrando frente a la imagen de un santo.

Todos dicen que festejan a San Esteban. Lo que están haciendo, sin saberlo, es despertar al espíritu del monte.

Un fósil viviente en medio del monte

En 1942, un investigador se metió en Sumamao para ver la fiesta por cuarta vez y la anotó con una precisión de entomólogo. Lo que vio no era una procesión más.

Era un fósil viviente. La única fiesta del norte argentino que, según él, conservaba intacta su coreografía completa. Un teatro sagrado donde conviven dos capas que no deberían tocarse.

Y hay un detalle que la vuelve todavía más rara: es una fiesta de la cosecha que sigue viva donde ya no se cosecha.

El obraje arrasó con los algarrobos, el clima cambió, la agricultura se volvió imposible. Ya nadie cree en un dios de la vegetación. Nadie le pide por los frutos. Le rezan a un santo católico de túnica y barba. Pero los cuerpos siguen repitiendo los mismos gestos de hace cuatro siglos.

Una fiesta de la vegetación que se olvidó de sí misma. Por eso, para el que la estudia, es único en América.

La fiesta antes de la fiesta

Si sacamos al santo ya los caballos por un rato, esto es lo que quedaba.

En el centro de la aldea se levantaba EL Árbol. Un árbol joven trajo del monte a propósito, o un gajo grande pelado hasta arriba, dejando solo un penacho de hojas en la punta para que se viera que estaba vivo. A veces eran dos gajos arqueados y unidos arriba. En lo más alto le colgaban lo más valioso que tenían: frutos y pancitos de harina con forma de animales o de niños. Ese era el dios.

De madrugada — hoy lo hacen al mediodía por el calor, pero los viejos contaban que antes era antes del alba — un grupo de hombres, los "indios", salía corriendo hacia el bosque. Volvían a la carrera, descalzos, con el torso desnudo, mordiendo una ramita de albahaca y fustigándose con ramas frescas. No era castigo. Era limpieza.

Llegaban al caserío y se paraban en cada casa. Cantaban buenos augurios, dejaban el gajo verde en la puerta y la gente les daba algo a cambio. Después iban hasta donde estaba el Árbol, daban vueltas alrededor, bailaban, pasaban por debajo del arco. Uno o varios se trepaban y bajaban los frutos y los pancitos colgados para repartirlos entre todos en una comida común.

Al final venía lo más duro. El sacrificio. Hoy solo queda un gesto mínimo y brutal: frente al altar del santo, el indio se hace una sajada chiquita en la pantorrilla y deja correr un poco de sangre. Ahí mismo donde antes estaba el dios del monte. La ofrenda final.

Si lo pensás, es el mismo esquema del solsticio de verano que vas a encontrar en Grecia o en cualquier cultura agrícola del planeta. El rito para agradecer que la tierra dio.

Cómo los misioneros reescribieron todo sin prohibir nada

Cuando llegaron los españoles y los jesuitas, no vieron solo barbarie. Vieron una oportunidad.

Árbol sagrado, pan compartido, sangre derramada. Era demasiado parecido a la Eucaristía, a la idea de la transubstanciación. No hacía falta destruirlo. Alcanzaba con darlo vuelta.

El propio informe de 1942 cita el truco en un verso del Cid, que es la fórmula perfecta del conquistador:

Los moros e las moras vender non los podremos, que los descabecemos nada non ganaremos; cojámoslos de dentro, ca el señorío tenemos; posaremos en sus casas y dellos nos serviremos.

Traducido a santiagueño: ¿para qué quemar la casa del otro si me puedo mudar adentro y hacer que trabaje para mí?

Y así montaron la nueva fiesta.

Le corrieron el eje. El lugar sagrado ya no fue el Árbol. Lo llevaron unas varas más allá, al rancho donde pusieron el altarcito de San Esteban. El Árbol dejó de ser el centro y se volvió adorno. Multiplicaron los arcos hasta formar una avenida. Una escenografía hermosa. La jugada fue fina: mostrarle muchos árboles al indio para que se olvide de El Árbol.

Metieron el caballo. Y con el caballo entró la jerarquía. Al lado del indio descalzo y semidesnudo apareció el jinete, bien vestido, alto, a caballo. La diferencia de poder se hizo visible. La fiesta ya no era de todos por igual. El indio corre, el jinete lo azuza a los gritos. A veces, cuentan los viejos, a latigazos.

Por eso la gente le sigue diciendo "correr al indio". No es que el indio corre por devoción. Es que lo corren. En muchas fiestas del mundo hay un rito de expulsión del espíritu viejo de la vegetación. Acá los misioneros lo transformaron en otra cosa: la persecución de la barbarie pagana que huye hacia la redención cristiana.

Le invirtieron el sentido a la visita. Antes, el indio traía la fertilidad del monte a la casa. Ahora va de casa en casa a pedir gracia. En cada rancho hay un pesebre armado con el Niño Jesús. El indio ya no bendice. Adora. De portador de la abundancia pasó a ser el que pide perdón.

El teatro del poder

El autor del estudio del 42 deja una idea picando: acá está, en potencia, el acta de nacimiento de la tragedia americana.

¿Por qué? Mirá los personajes. No hay héroes con nombre. No hay próceres. Hay categorías sociales que actúan.

Los "alféreces", que son la autoridad política y tienen la presidencia absoluta de todo. Los "promesantes", que son la fe. Los "indios", que son la marca étnica. Los "celebrantes", que son el pueblo raso.

Es teatro medieval puro. Método ignaciano, jesuita, donde importa la masa y no el individuo. Y el que manda no es el cura. Es el poder civil. Es el patronato regio en acción: la corona por encima de la Iglesia, actuado en vivo, sin discurso.

Pasamos de un rito mágico para que brote el algarrobo a un auto sacramental barroco a caballo. Una clase de catecismo, una demostración de quién manda y una obra de teatro, todo al mismo tiempo.

Mientras todas las fiestas parecidas de Santiago y del norte se fueron perdiendo, esta quedó. Intacta. Como una cápsula.

La Fiesta de San Esteban no es solo una fiesta patronal curiosa. Es el manual de cómo se inventó América. Agarrás algo muy viejo, muy pegado a la tierra, le ponés arriba un santo, le sumás caballos y lo hacés desfilar por una avenida de arcos hasta que la historia original casi no se ve.

Casi.

Porque si te quedás a mirar un rato largo, cuando el indio deja el gajito verde en la puerta y cuando se hace la sajada en la pierna justo frente al santo, el monte sigue ahí, latiendo debajo.

Bibliografía consultada: burla, credo, culpa en la creación anónima – Bernardo Canal Feijoo