En las tierras antiguas de
Santiago del Estero había un bosque que parecía estar allí desde siempre. Nadie
sabía cuándo habían nacido sus primeros quebrachos ni cuánto tiempo llevaban
los algarrobos hundiendo las raíces en aquella tierra caliente. Los más viejos
decían que el monte había existido antes que los caminos, antes que las casas y
quizás antes que los hombres que un día comenzaron a ponerle nombre a las
cosas. Desde lejos parecía tranquilo, casi inmóvil. Pero quien se animaba a
entrar descubriría enseguida que allí adentro siempre estaba pasando algo. Las
ramas se rozaban, los troncos crujían y las hojas temblaban cuando el viento se
metía entre las copas. Algunas tardes, cuando la brisa atravesaba los
quebrachos, todo el monte parecía una enorme catedral verde, sin santos ni
altares, donde los árboles sostenían el cielo y el viento se encargaba de la
música.
Cerca de aquel bosque vivía
Julián, un muchacho de unos quince años que conocía buena parte de sus
senderos. Su abuelo le había enseñado a distinguir los algarrobos de los
chañares, a reconocer los huiñaj por el brillo de sus hojas y a saber cuándo
los coyuyos estaban por comenzar su canto de verano. También le había enseñado
algo que Julián nunca terminaba de tomar en serio. Al monte había que entrar
sin miedo, pero siempre con respeto. "El monte escucha", le decía.
"Y cuando escucha demasiado, también sabe responder". Julián sonreía
cada vez que oía aquella advertencia. Pensaba que las historias sobre criaturas
escondidas entre los árboles eran cosas de antes, relatos que los viejos
conservaban para asustar a los más chicos. Sin embargo, había algo que nunca se
animaba a hacer: entrar al monte después de la caída del sol.
Hasta aquel verano. Una tarde, el
abuelo salió hacia el monte y no regresó. Primero pensaron que se había
demorado. Después comenzaron a buscarlo. Cuando cayó la noche, varios paisanos
recorrieron los senderos con linternas y lo buscaron durante horas. Nadie
respondió. No se encontraron rastros de él. Solo apareció su machete tirado
entre las hojas.
Julián pasó la noche sin dormir.
Cuando todavía no había amanecido, tomó una vieja linterna, una cantimplora y
el pañuelo de su abuelo. Nadie pudo convencerlo de esperar. Salió solo y entró
en el monte. Durante los primeros minutos intentó convencerse de que no tenía
nada que temer. Los pájaros comenzaban a moverse entre las ramas. Las
calandrias cantaban a lo lejos y los mirlos saltaban de una rama a otra. Unas
chuñas lo observaron desde el borde del sendero y después desaparecieron entre
la vegetación. Una lagartija cruzó frente a sus pies y se perdió entre las
piedras.
Julián siguió avanzando. Después
de un rato dejó de escuchar a los pájaros. Se detuvo y miró hacia arriba. Entre
las ramas apenas entraba la claridad de la madrugada. No se veía nada extraño.
Continuó caminando. Poco después también desaparecieron los insectos. El aire
se volvió pesado. Hasta el viento, que hacía unos minutos movía las hojas,
parecía apagarse de golpe. Julián sintió un escalofrío. No sabía por qué, pero
tuvo la sensación de que alguien lo estaba observando. Se dio vuelta. No había
nadie. Siguió caminando.
Entonces escuchó un golpe seco.
Tac. Julián quedó inmóvil. Esperó unos segundos. Tac. El sonido venía de más
adelante. Avanzó despacio, apartando las ramas con las manos. Cada vez estaba
más cerca. Finalmente llegó hasta un enorme quebracho. En una de sus ramas
había un carpintero. Tac. El pájaro volvió a golpear el tronco. Julián levantó
la vista y entonces vio algo extraño. Entre las grietas de la madera había una
luz pequeña, amarillenta. Parecía moverse. Por momentos daba la impresión de
que respiraba dentro del árbol. El muchacho se acercó, extendió la mano y apoyó
los dedos sobre la corteza. El árbol tembló. Julián retiró la mano de golpe.
Entonces escuchó una voz. No supo
de dónde venía. Parecía estar alrededor suyo. En el suelo, entre las ramas,
dentro del mismo tronco. La voz le habló de su abuelo. Le contó que había
llegado hasta el corazón del monte para impedir que unos hombres derribaran un
viejo algarrobo. Habían llegado con hachas y herramientas para abrir un camino
donde durante generaciones había existido un sendero. El abuelo había intentado
detenerlos y entonces había desaparecido.
Julián sintió que el miedo le
apretaba el pecho. La luz dentro del árbol creció. Una rama se movió detrás de
él. Julián se dio vuelta. Nada. Escuchó otro ruido, esta vez entre los
chañares. Algo había pasado corriendo. Julián retrocedió. Escuchó ramas quebrarse.
Más cerca. Entonces vio una sombra atravesar los matorrales. Era grande.
Demasiado grande para ser un animal común. Julián dejó de respirar. Dos ojos
brillaron entre las ramas. Por un instante creyó reconocer al Runa Uturungo,
aquella criatura mitad hombre y mitad tigre que tantas veces había escuchado
nombrar a su abuelo. Quiso correr, pero las piernas no le respondieron. Los
ojos desaparecieron.
Julián permaneció quieto,
esperando que algo volviera a moverse. Y justo cuando pensaba que la criatura
se había ido, una figura apareció frente a él. Al principio creyó que era una
mujer perdida entre los árboles. Tenía el cabello largo y oscuro, y el cuerpo
parecía cubierto de ramas, hojas y pequeñas enredaderas. Permanecía inmóvil.
Había algo extraño en su presencia, como si acabara de surgir de la misma
esperanza. Julián no había escuchado pasos. No la había visto llegar. Era como
si el bosque la hubiera formado delante de sus ojos. Julián no se animó a
acercarse. La figura levantó lentamente la mirada. Sus ojos tenían un brillo
profundo y extraño. En ellos, Julián creyó ver reflejadas las copas de los
árboles. Entonces comprendió quién estaba frente a él. Su abuelo le había
hablado muchas veces de aquel espíritu, aunque siempre lo hacía en voz baja,
como si hasta pronunciar su nombre pudiera llamar su atención. Era el Sachayoj,
el guardián del monte.
La figura no dijo una palabra.
Solo levantó lentamente una mano. El suelo comenzó a vibrar. Primero fue apenas
un temblor. Después aumentó. Los árboles crujieron. Las ramas se sacudieron.
Los algarrobos comenzaron a dejar caer sus vainas y los chañares se movieron
con violencia, aunque el aire seguía completamente quieto. Entonces los coyuyos
empezaron a zumbar. Uno, después otro, después cientos. El sonido creció hasta
convertirse en un rugido que parecía venir de todas partes. Julián se tapó los
oídos. No sirvió de nada.
Desde el fondo del monte llegó un
lamento. Después otro. Y otro más. Julián se dio vuelta. Entre los árboles
había una figura blanca. Parecía una persona. Estaba lejos, demasiado lejos
para distinguir su rostro. Pero lloraba. Julián dio un paso atrás. La figura
comenzó a alejarse lentamente. Entonces, desde lo alto, se escuchó un grito. Un
grito largo y desgarrador que atravesó el monte de lado a lado. Julián sintió
que se le helaba la sangre. En ese instante comprendió que las historias de su
abuelo no eran simples cuentos. Aquellas criaturas, aquellos sonidos y aquellas
apariciones pertenecían al monte. Formaban parte de él. Y el monte estaba en
peligro.
Julián salió corriendo. Ya no le
importaban las ramas que le golpeaban la cara ni las espinas que se enganchaban
en su ropa. Corría siguiendo la dirección que le había indicado aquella voz.
Corría buscando a su abuelo. Entonces escuchó un golpe. Después otro. Esta vez
reconoció el sonido. No era un carpintero. Era un hacha. Julián frenó en seco.
Más adelante había varios hombres. Los vio junto a un viejo algarrobo. Y allí,
atado al tronco, estaba su abuelo. Julián sintió una mezcla de alivio y miedo. "¡Abuelo!",
gritó. El anciano levantó la cabeza. Uno de los hombres tomó el hacha. Julián
corrió hacia ellos. "¡No lo hagan!". El hombre no se detuvo. Levantó
el brazo.
El hacha quedó suspendida en el
aire. Y entonces el monte rugió. Un viento violento bajó desde las copas y
atravesó el claro. Las linternas se apagaron de golpe. Las ramas comenzaron a
golpearse unas contra otras y el cielo se oscureció como si una tormenta
hubiera caído de repente sobre el bosque. Los hombres quedaron paralizados.
Algo se movió detrás de ellos. Uno miró hacia atrás. Sus ojos se abrieron de
miedo. Entre los árboles había una silueta felina. Alta, inmóvil, mirándolos.
Otro hombre retrocedió. Entonces apareció una segunda sombra entre los
chañares. Un silbido triste cruzó el claro. Después se escuchó aquel grito otra
vez. Los hombres soltaron las herramientas y corrieron. Corrieron sin mirar
atrás.
Julián se quedó quieto hasta que
el último de ellos desapareció entre los árboles. Después corrió hacia su
abuelo y comenzó a desatarlo. Tenía las manos lastimadas, pero estaba vivo.
Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada. El viento había desaparecido.
El bosque volvió a quedarse quieto. El abuelo se acercó al algarrobo y apoyó
una mano sobre su tronco. Después miró a Julián. "Ahora entiendo",
dijo. Julián miró a su alrededor. Ya no veía sombras. Ya no escuchaba lamentos.
Solo el viento movía suavemente las hojas. Asintió.
Desde aquel día nunca volvió a
burlarse de las historias del monte. Tampoco los hombres regresaron con sus
hachas. Con el tiempo, el sendero volvió a cubrirse de plantas y los árboles
recuperaron su lugar. Los pájaros regresaron a las ramas y el bosque volvió a
llenarse de sonidos.
Cada verano, cuando el sol
parecía quedar suspendido entre las copas, Julián acompañaba a su abuelo hasta
el corazón del monte. Caminaban despacio, sin apuro. Escuchaban a los mirlos y
a las calandrias, veían a las chuñas salir durante las siestas y a los lagartos
cruzar los senderos. Y siempre, en algún lugar cercano, volvía a escucharse el
mismo sonido. Tac. Tac. Tac. El carpintero golpeaba la madera de algún árbol.
Julián se quedó escuchándolo. Ya
no pensaba que era simplemente el ruido de un pájaro. Para él, aquel golpeteo
era otra cosa. Era como un corazón marcando su ritmo en medio del monte. Había
aprendido que algunas tierras cuentan lo que les pasa de muchas maneras. A
veces alcanza con quedarse quieto y escuchar.
Mientras los árboles siguieran en
pie, mientras las criaturas continuaran recorriendo sus senderos y las viejas
historias permanecieran escondidas entre las ramas, aquel bosque santiagueño
seguiría guardando sus secretos. Y de vez en cuando, cuando alguien olvidara
que el monte también sabe defenderse, volvería a responder.
Inspirado en "Romance del
Bosque", de Dalmiro Coronel Lugones.
