jueves, 1 de octubre de 2026

El secreto del monte santiagueño

 


En las tierras antiguas de Santiago del Estero había un bosque que parecía estar allí desde siempre. Nadie sabía cuándo habían nacido sus primeros quebrachos ni cuánto tiempo llevaban los algarrobos hundiendo las raíces en aquella tierra caliente. Los más viejos decían que el monte había existido antes que los caminos, antes que las casas y quizás antes que los hombres que un día comenzaron a ponerle nombre a las cosas. Desde lejos parecía tranquilo, casi inmóvil. Pero quien se animaba a entrar descubriría enseguida que allí adentro siempre estaba pasando algo. Las ramas se rozaban, los troncos crujían y las hojas temblaban cuando el viento se metía entre las copas. Algunas tardes, cuando la brisa atravesaba los quebrachos, todo el monte parecía una enorme catedral verde, sin santos ni altares, donde los árboles sostenían el cielo y el viento se encargaba de la música.

Cerca de aquel bosque vivía Julián, un muchacho de unos quince años que conocía buena parte de sus senderos. Su abuelo le había enseñado a distinguir los algarrobos de los chañares, a reconocer los huiñaj por el brillo de sus hojas y a saber cuándo los coyuyos estaban por comenzar su canto de verano. También le había enseñado algo que Julián nunca terminaba de tomar en serio. Al monte había que entrar sin miedo, pero siempre con respeto. "El monte escucha", le decía. "Y cuando escucha demasiado, también sabe responder". Julián sonreía cada vez que oía aquella advertencia. Pensaba que las historias sobre criaturas escondidas entre los árboles eran cosas de antes, relatos que los viejos conservaban para asustar a los más chicos. Sin embargo, había algo que nunca se animaba a hacer: entrar al monte después de la caída del sol.

Hasta aquel verano. Una tarde, el abuelo salió hacia el monte y no regresó. Primero pensaron que se había demorado. Después comenzaron a buscarlo. Cuando cayó la noche, varios paisanos recorrieron los senderos con linternas y lo buscaron durante horas. Nadie respondió. No se encontraron rastros de él. Solo apareció su machete tirado entre las hojas.

Julián pasó la noche sin dormir. Cuando todavía no había amanecido, tomó una vieja linterna, una cantimplora y el pañuelo de su abuelo. Nadie pudo convencerlo de esperar. Salió solo y entró en el monte. Durante los primeros minutos intentó convencerse de que no tenía nada que temer. Los pájaros comenzaban a moverse entre las ramas. Las calandrias cantaban a lo lejos y los mirlos saltaban de una rama a otra. Unas chuñas lo observaron desde el borde del sendero y después desaparecieron entre la vegetación. Una lagartija cruzó frente a sus pies y se perdió entre las piedras.

Julián siguió avanzando. Después de un rato dejó de escuchar a los pájaros. Se detuvo y miró hacia arriba. Entre las ramas apenas entraba la claridad de la madrugada. No se veía nada extraño. Continuó caminando. Poco después también desaparecieron los insectos. El aire se volvió pesado. Hasta el viento, que hacía unos minutos movía las hojas, parecía apagarse de golpe. Julián sintió un escalofrío. No sabía por qué, pero tuvo la sensación de que alguien lo estaba observando. Se dio vuelta. No había nadie. Siguió caminando.

Entonces escuchó un golpe seco. Tac. Julián quedó inmóvil. Esperó unos segundos. Tac. El sonido venía de más adelante. Avanzó despacio, apartando las ramas con las manos. Cada vez estaba más cerca. Finalmente llegó hasta un enorme quebracho. En una de sus ramas había un carpintero. Tac. El pájaro volvió a golpear el tronco. Julián levantó la vista y entonces vio algo extraño. Entre las grietas de la madera había una luz pequeña, amarillenta. Parecía moverse. Por momentos daba la impresión de que respiraba dentro del árbol. El muchacho se acercó, extendió la mano y apoyó los dedos sobre la corteza. El árbol tembló. Julián retiró la mano de golpe.

Entonces escuchó una voz. No supo de dónde venía. Parecía estar alrededor suyo. En el suelo, entre las ramas, dentro del mismo tronco. La voz le habló de su abuelo. Le contó que había llegado hasta el corazón del monte para impedir que unos hombres derribaran un viejo algarrobo. Habían llegado con hachas y herramientas para abrir un camino donde durante generaciones había existido un sendero. El abuelo había intentado detenerlos y entonces había desaparecido.

Julián sintió que el miedo le apretaba el pecho. La luz dentro del árbol creció. Una rama se movió detrás de él. Julián se dio vuelta. Nada. Escuchó otro ruido, esta vez entre los chañares. Algo había pasado corriendo. Julián retrocedió. Escuchó ramas quebrarse. Más cerca. Entonces vio una sombra atravesar los matorrales. Era grande. Demasiado grande para ser un animal común. Julián dejó de respirar. Dos ojos brillaron entre las ramas. Por un instante creyó reconocer al Runa Uturungo, aquella criatura mitad hombre y mitad tigre que tantas veces había escuchado nombrar a su abuelo. Quiso correr, pero las piernas no le respondieron. Los ojos desaparecieron.

Julián permaneció quieto, esperando que algo volviera a moverse. Y justo cuando pensaba que la criatura se había ido, una figura apareció frente a él. Al principio creyó que era una mujer perdida entre los árboles. Tenía el cabello largo y oscuro, y el cuerpo parecía cubierto de ramas, hojas y pequeñas enredaderas. Permanecía inmóvil. Había algo extraño en su presencia, como si acabara de surgir de la misma esperanza. Julián no había escuchado pasos. No la había visto llegar. Era como si el bosque la hubiera formado delante de sus ojos. Julián no se animó a acercarse. La figura levantó lentamente la mirada. Sus ojos tenían un brillo profundo y extraño. En ellos, Julián creyó ver reflejadas las copas de los árboles. Entonces comprendió quién estaba frente a él. Su abuelo le había hablado muchas veces de aquel espíritu, aunque siempre lo hacía en voz baja, como si hasta pronunciar su nombre pudiera llamar su atención. Era el Sachayoj, el guardián del monte.

La figura no dijo una palabra. Solo levantó lentamente una mano. El suelo comenzó a vibrar. Primero fue apenas un temblor. Después aumentó. Los árboles crujieron. Las ramas se sacudieron. Los algarrobos comenzaron a dejar caer sus vainas y los chañares se movieron con violencia, aunque el aire seguía completamente quieto. Entonces los coyuyos empezaron a zumbar. Uno, después otro, después cientos. El sonido creció hasta convertirse en un rugido que parecía venir de todas partes. Julián se tapó los oídos. No sirvió de nada.

Desde el fondo del monte llegó un lamento. Después otro. Y otro más. Julián se dio vuelta. Entre los árboles había una figura blanca. Parecía una persona. Estaba lejos, demasiado lejos para distinguir su rostro. Pero lloraba. Julián dio un paso atrás. La figura comenzó a alejarse lentamente. Entonces, desde lo alto, se escuchó un grito. Un grito largo y desgarrador que atravesó el monte de lado a lado. Julián sintió que se le helaba la sangre. En ese instante comprendió que las historias de su abuelo no eran simples cuentos. Aquellas criaturas, aquellos sonidos y aquellas apariciones pertenecían al monte. Formaban parte de él. Y el monte estaba en peligro.

Julián salió corriendo. Ya no le importaban las ramas que le golpeaban la cara ni las espinas que se enganchaban en su ropa. Corría siguiendo la dirección que le había indicado aquella voz. Corría buscando a su abuelo. Entonces escuchó un golpe. Después otro. Esta vez reconoció el sonido. No era un carpintero. Era un hacha. Julián frenó en seco. Más adelante había varios hombres. Los vio junto a un viejo algarrobo. Y allí, atado al tronco, estaba su abuelo. Julián sintió una mezcla de alivio y miedo. "¡Abuelo!", gritó. El anciano levantó la cabeza. Uno de los hombres tomó el hacha. Julián corrió hacia ellos. "¡No lo hagan!". El hombre no se detuvo. Levantó el brazo.

El hacha quedó suspendida en el aire. Y entonces el monte rugió. Un viento violento bajó desde las copas y atravesó el claro. Las linternas se apagaron de golpe. Las ramas comenzaron a golpearse unas contra otras y el cielo se oscureció como si una tormenta hubiera caído de repente sobre el bosque. Los hombres quedaron paralizados. Algo se movió detrás de ellos. Uno miró hacia atrás. Sus ojos se abrieron de miedo. Entre los árboles había una silueta felina. Alta, inmóvil, mirándolos. Otro hombre retrocedió. Entonces apareció una segunda sombra entre los chañares. Un silbido triste cruzó el claro. Después se escuchó aquel grito otra vez. Los hombres soltaron las herramientas y corrieron. Corrieron sin mirar atrás.

Julián se quedó quieto hasta que el último de ellos desapareció entre los árboles. Después corrió hacia su abuelo y comenzó a desatarlo. Tenía las manos lastimadas, pero estaba vivo. Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada. El viento había desaparecido. El bosque volvió a quedarse quieto. El abuelo se acercó al algarrobo y apoyó una mano sobre su tronco. Después miró a Julián. "Ahora entiendo", dijo. Julián miró a su alrededor. Ya no veía sombras. Ya no escuchaba lamentos. Solo el viento movía suavemente las hojas. Asintió.

Desde aquel día nunca volvió a burlarse de las historias del monte. Tampoco los hombres regresaron con sus hachas. Con el tiempo, el sendero volvió a cubrirse de plantas y los árboles recuperaron su lugar. Los pájaros regresaron a las ramas y el bosque volvió a llenarse de sonidos.

Cada verano, cuando el sol parecía quedar suspendido entre las copas, Julián acompañaba a su abuelo hasta el corazón del monte. Caminaban despacio, sin apuro. Escuchaban a los mirlos y a las calandrias, veían a las chuñas salir durante las siestas y a los lagartos cruzar los senderos. Y siempre, en algún lugar cercano, volvía a escucharse el mismo sonido. Tac. Tac. Tac. El carpintero golpeaba la madera de algún árbol.

Julián se quedó escuchándolo. Ya no pensaba que era simplemente el ruido de un pájaro. Para él, aquel golpeteo era otra cosa. Era como un corazón marcando su ritmo en medio del monte. Había aprendido que algunas tierras cuentan lo que les pasa de muchas maneras. A veces alcanza con quedarse quieto y escuchar.

Mientras los árboles siguieran en pie, mientras las criaturas continuaran recorriendo sus senderos y las viejas historias permanecieran escondidas entre las ramas, aquel bosque santiagueño seguiría guardando sus secretos. Y de vez en cuando, cuando alguien olvidara que el monte también sabe defenderse, volvería a responder.

Inspirado en "Romance del Bosque", de Dalmiro Coronel Lugones.

El secreto del monte santiagueño