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lunes, 3 de agosto de 2026

El Algarrobo en la medicina Popular

 


La fruta del algarrobo o algarroba es rica en calcio y vitaminas. Primero la farmacopea americana y luego la española utilizaron en infusiones los frutos del algarrobo negro para el lavado en infecciones de ojos; y las del algarrobo blanco para disolver los cálculos de vejiga (sólo chupándolas).

La infusión de la flor es diurética y la de la corteza (al 2%) es antidiarreica. También se considera diurética la fruta del blanco, muy madura. La decocción de los frutos es muy efectiva para las afecciones bronquiales y también puede comerse el fruto crudo para lograr efectos laxantes. El patay se recomienda para las enfermedades venéreas y las afecciones bronquiales. Para quienes padecen asma, también es bueno aspirar el humo de los frutos quemados de algarrobo negro.

Calvicie

Pero quizás uno de los descubrimientos de mayor trascendencia lo constituye el hecho de que su consumo contribuye a combatir la calvicie. Esto no puede extrañarnos, pues el fruto contiene gran cantidad de calcio y vitaminas B1 y B2, como lo ha probado el Dr. Pedro Escudero, del Instituto Nacional de Nutrición. Los elementos citados sirven para ayudar al crecimiento, proteger el sistema nervioso y preservar la juventud. Que los nativos no conocieran la calvicie algunos lo atribuyen justamente al hecho de que consumían algarroba en varias formas.

Oftalmías

Se utiliza también el algarrobo negro para las curaciones del maldiojo o "mal de ojo" (conjuntivitis). Pero para las curaciones de las cataratas o "nubes de los ojos" se prefiere el agüita clara del árbol negro. Para ello se recoge en una cuchara limpia el zumo que segrega un gajo de algarrobo negro por uno de sus extremos mientras el extremo opuesto se pone al calor de las brasas. Se dejan caer tres gotas en los ojos tres veces al día.

Son varias las especies de Prosopis que la medicina popular utiliza contra afecciones de los ojos. En algunos herbolarios de Bs As se vendían los frutos de "retortuño" (P.strombulífera) para calmar el dolor de muelas. Del "vinal" (P. ruscifolia), se emplean las hojas y brotes para curar diversas oftalmías.

Traumatología

Para curar las recalcaduras, la gente prepara una humita con las hojas y la colocan bajo las cenizas envuelta en un trapo húmedo. Cuando está bien caliente la sacan del fuego, la abren y la espolvorean con sal; la cierran y la ponen en el lugar afectado, lo más caliente que la persona soporte.

En algunas regiones curaban las fracturas de los huesos (sin herida) con un emplasto hecho de la siguiente manera: les extraían las semillas a algunas algarrobas verdes, las mezclaban con corteza y machacaban ambos elementos junto a sebo de cabra o de carnero.

En otras regiones, para curar las quebraduras de los huesos, machacan hojas y las colocan al rescoldo, envueltas en un trapo húmedo. Cuando está bien caliente le mezclan pez de Castilla molida y agua ardiente, y lo aplican sobre el hueso fracturado. Vendan la región afectada hasta su curación.

Donde el algarrobo es mejor que el oro

 


 

GUANACO SOMBRIANA, Argentina - Cansadas de que la sequía les arrebate a sus hombres y mate sus animales, las mujeres de Guanaco Sombriana, un pueblo del norte de Argentina, salen a pelear su destino aprovechando un árbol que hasta ahora apenas daba sombra en estos paisajes áridos.

El campo de fútbol es un símbolo de esta región semiárida del departamento de Atamisqui, 120 kilómetros al sur de Santiago del Estero, capital de la provincia homónima.

Dos arcos de ramas secas enmarcan la vegetación rala de cactus y arbustos bajos sobre el suelo blanco y salitroso que se extiende por el distrito de unos 10.000 habitantes.

La cancha vacía tiene un significado igual de desolador: los jugadores, maridos, hermanos, hijos y padres, volaron como trabajadores “golondrinas”, esta vez a la cosecha de maíz y de arándano en el sur del país.

“Me llegué a quedar sola con mis siete hijos hasta ocho meses por año. Para sobrevivir criaba vacas, cabritos, lechones y gallinas. Vendíamos y algo nos quedaba para nuestro consumo. Pero, como hace dos años venimos padeciendo una sequía, muchos animales se han muerto”, cuenta Graciela Sauco.

Dicen que es la peor sequía de los últimos 10 años. No hay dinero para forraje y los animales se mueren ante la impotencia de sus dueños. Son campesinos pobres, con predios de hasta 50 hectáreas, heredados de sus antepasados y que poseen en “ánimo de dueño” (sin título de propiedad).

Tampoco se puede sembrar, como antaño, zapallo ni maíz para los animales.

“Me gustaría que mis hijos tuvieran un trabajo mejor, para que no vayan tan lejos. Los extraños”, dice Sauco entre sollozos.

“El último hijo se fue hoy a la desflorada (de maíz) en Buenos Aires. Viven en casitas prefabricadas, pasan calor, duermen en catres”, se lamenta Eleuteria Ledesma.

Para las fiestas de fin de año, “no les dieron permiso para venir”, lo que entristece más a las mujeres de Guanaco Sombriana.

Pero ahora albergan una esperanza.

Una década atrás se organizaron en la Asociación de Pequeños Productores de las Salinas Atamisqueñas (APPSA Guanaco), hoy integrada por 80 familias en esta aldea de 566 habitantes.

 Los comienzos fueron difíciles, recuerda Lastenio Castaño, asesor técnico de la Subsecretaría de Agricultura Familiar del Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca de Argentina.

 “No hay agua a veces ni para el consumo de las personas, menos para los animales o para sembrar. Aquí lo único que se da es ganado caprino”, observa. Pero, “pese a ser un animalito muy aguerrido, en estos últimos años ha habido mucha mortandad”.

La biodiversidad del monte (bosque de arbustos bajos), tampoco ayuda para “emprender alguna cuestión productiva”, señala a Tierramérica. “Hay muy poca variedad de especies”.

Los campesinos tenían la ilusión de que el galpón de adobe que construyeron fuera “un lugar para acopiar frutos del monte y granos para hacer un alimento balanceado para sus animales”, recuerda Castaño.

APPSA, con apoyo de la Subsecretaría y de la Unidad para el Cambio Rural (UCAR), tiene además un pequeño molino para extraer harina de las vainas del algarrobo blanco (Prosopis alba) y negro (Prosopis nigra), típico de la región y presente hasta en las canciones folklóricas santiagueñas.

Las vainas solo se usaban en Guanaco Sombriana como alimento de ganado en épocas críticas. La Asociación tomó cursos de producción de harina de algarroba y alimentos panificados, de moda en tiendas naturistas y ferias orgánicas.

La harina es aromática y dulce, con sabor similar al cacao, rica en fibras, proteínas, fósforo, potasio, calcio, hierro, pectina, varias vitaminas y taninos.

“Antes molíamos las vainas con mortero. Con el nuevo molino molemos un montón en poco tiempo. No solo vainas, sino todo lo que queramos, también el maíz”, explica Lili Farías.

Tierramérica llegó a la sede de APPSA un día de diciembre de trabajo febril, en plena época de cosecha.

Una camioneta cargada de bolsas con vainas estaciona en la puerta. La Asociación ahora tiene recursos para comprar cosecha a otros poblados.

Las mujeres pesan las bolsas y llevan las cuentas en un cuadernito. Otras muelen, en una carrera contra el tiempo. La temperatura llega a 50 grados en esta época del año y las vainas pueden “abicharse”, explican.

Para hacer sus cuentas usan la calculadora de los teléfonos celulares, que “solo sirven para eso y para sacar fotos, porque no tenemos señal”, se queja Marcela Leguizamón.

Cada socia aporta una botella de agua de sus aljibes. Toman mate, la típica infusión de yerba mate, y festejan unos 2.000 kilogramos de harina.

“Esto ha sido un paso muy importante para la Asociación, que ha crecido y está más independiente; tenemos fondos para manejar. Antes nos arreglábamos con las cuotas de los socios o rifas. Ahora, con la venta de la harina nos queda ganancia”, dice Claudia Rojas.

Castaño señala que es necesario mejorar la distribución comercial, el transporte y servicios básicos como electricidad y agua.

Pero APPSA se ha convertido en un interlocutor más fuerte para plantear sus demandas a las autoridades.

Con un fondo rotatorio de unos 21.000 dólares para esta y otras comunidades, APPSA puede comprar alimentos para el ganado y otorgar microcréditos para alambrado de corrales y construcción de aljibes, entre otras necesidades.

El fondo rotatorio se financia a través del Programa de Desarrollo de Áreas Rurales de UCAR, que tiene alcance nacional y se destina a “contribuir a la cohesión social y productiva” de los campesinos, con énfasis en las economías regionales.

Las asociadas de APPSA sueñan con computadoras “para tener un registro de todo” porque los “papelitos a veces se traspapelan”, señala Leguizamón.

Los ingresos de cada familia comienzan a mejorar. Se emplean en comida, ropa o motocicletas, el medio de transporte por excelencia en esta región de caminos a veces intransitables.

“Estamos viendo que jóvenes que se van como golondrinas se queden aquí a trabajar con los frutos del monte. ¿Para qué van a trabajar otras tierras, pudiendo aprovechar lo que tenemos aquí?”, cuestiona Farías.

Se estima que 75 por ciento de la superficie argentina es tierra seca y 40 por ciento de esa área ya manifiesta síntomas de desertificación.

El gobierno quiere extender el proyecto a otras regiones con algarrobo autóctono.

En San Gerónimo, situado en el vecino departamento de Loreto, se replica una experiencia similar.

Teolinda Coronel, su hija, su sobrina y una nieta se van al monte a cosechar vainas de algarroba a las 6.30 de la mañana.

 “Traemos el termo, tomamos mate y volvemos al mediodía. Para esa hora cada una ha juntado 35 kilos o más”, explica. La cosecha recomienza a las cinco de la tarde, cuando baja el sol lacerante.

Ella espera que los hijos vuelvan. Con lo que ganan como golondrinas “no pueden ni pagar sus cuentas”. Y con las vainas han podido comprar ropa, zapatos o ayudar a sus madres.

El recorrido por las zonas donde la vaina de algarroba se ha vuelto oro termina en una mesa con alfajores, budines y bizcochuelos, acompañados de la bebida aloja y del dulce arrope de chañar, otro árbol leguminoso de la zona.

Estos frutos traen también ganancias que no se anotan en los cuadernos.

“Antes estaba en casa estresada pensando cómo hacer unas moneditas y ahora vienen a mi casa a comprar mis productos, conozco otros lugares, otras personas”, cuenta Graciela Ardiles, productora de la localidad de Arraga, que antes trabajaba limpiando casas ajenas.

 “Ahora tengo mi carrera laboral independiente. Y mis hijos podrán estudiar, como yo no pude”, remata. Fuente: ipsnoticias.net

sábado, 1 de agosto de 2026

Santiago del Estero: entre la gloria de la fundación y la sombra de las disputas territoriales

 Por María Mercedes Tenti.

 


El problema planteado acerca de la fundación de Santiago del Estero guarda estrecha relación con el carácter privado de la conquista española y los conflictos jurisdiccionales generados como consecuencia. A partir de 1535 sobrevino la ocupación más difícil de territorios con poblaciones en estadio cazador recolector asociados a agricultura incipiente, de menor densidad y de estructuras políticas y sociales más débiles. Así comenzó la extensión de la conquista a lo largo de la costa del Pacífico por Chile y la internación por la región del Tucumán -en el actual noroeste argentino-, expandiéndose por el sur en búsqueda del puerto atlántico.

Los conquistadores Francisco Pizarro y Diego de Almagro habían sometido a los quechuas en el Perú -conocidos genéricamente como incas- a partir de 1532, aunque pronto comenzaron ellos y sus herederos una cruenta guerra civil en la que ambos fueron asesinados; sin embargo, luego de sus muertes las disputas continuaron sus beneficiarios y seguidores. La corona española trató de apaciguar el enfrentamiento dividiendo el territorio y cediendo a los pizarristas la zona peruana y a los almagristas la franja del imperio que continuaba por el sur.

En lo referente a la exploración y reconocimiento de nuevos territorios, en 1536 Almagro había incursionado por el Tucumán en su paso para Chile, pero la primera expedición que penetró en espacio santiagueño fue la de Diego de Rojas. El gobernador del Perú nombró en 1543 a Rojas para explorar la región del Tucumán, ubicada más allá de la Puna, sin datos claros de su extensión. Pasó por los valles Calchaquíes y los llanos tucumanos y, tras continuos enfrentamientos con los aborígenes, penetró en territorio santiagueño por las sierras de Guasayán. En la zona de Maquijata, en un enfrentamiento con los tonocotés, Rojas fue herido con una flecha y, como consecuencia, murió. La expedición siguió, recorriendo las actuales provincias de Catamarca, La Rioja y norte de San Juan, hasta entrar en Córdoba y continuar rumbo al Paraná, de donde regresó tras encontrarse con huellas de españoles que habían penetrado por el río de la Plata y remontado el Paraná.

A mediados del siglo XVI, Pedro de la Gasca, presidente de la Audiencia de Lima, que acababa de poner fin a la guerra civil en el Perú, se vio en la necesidad de emplear a la soldadesca desocupada que promovía desórdenes. Por ello encomendó a Juan Núñez de Prado que organizara una expedición y fundara una ciudad para proteger el camino a Chile, informase de las probabilidades de ocupación del territorio y facilitara la apertura de la ruta al río de la Plata y la salida al Atlántico. Núñez partió de Potosí y el 29 de junio de 1550 fundó una ciudad en el valle de Gualán -actual provincia de Tucumán- y le puso por nombre El Barco. Realizó el trazado del poblado, conformó el Cabildo y distribuyó los indios en encomiendas. Estando allí instalado se planteó el primer conflicto de jurisdicción con tropas chilenas que, al mando de Villagra, lo obligaron a reconocer la dependencia de la nueva ciudad respecto de la gobernación de Chile. Una vez que se retiraron Villagra y sus hombres, Núñez de Prado desconoció su autoridad y decidió trasladar el poblado. En 1551 lo ubicó en el valle de Quiriquiri -Salta- que estimaba pertenecía a la jurisdicción de Charcas. Poco duró en esta ubicación ya que, al año siguiente -quizás por los ataques de los aborígenes o por la posibilidad de una nueva incursión de las tropas chilenas- la trasladó nuevamente a orillas del río del Estero – hoy río Dulce-, cerca de la actual Santiago del Estero.

El gobernador de Chile, Pedro de Valdivia, por creer que El Barco estaba dentro de sus territorios, designó gobernador de esta ciudad a Francisco de Aguirre y lo envió a tomar posesión de ella. Su objetivo era unir en una sola gobernación toda la tierra existente entre el Atlántico y el Pacífico. Aguirre, apenas llegó a territorio santiagueño, en mayo de 1553, se apoderó de la ciudad, designó nuevas autoridades, organizó el cabildo, apresó a Núñez de Prado, lo envió prisionero a Chile y decidió trasladar la ciudad a corta distancia de su antigua ubicación, por estar demasiado expuesta a las crecidas del río. Finalmente, convalidó la fundación de una nueva ciudad denominándola Santiago del Estero, el 25 de julio de 1553.

El acta de la fundación de El Barco nunca fue encontrada, como tampoco la de Santiago del Estero. Es por ello que, en 1952, a pedido del gobierno de la provincia, una comisión de historiadores de la Junta de Estudios Históricos de Santiago del Estero, abalados por la Academia Nacional de la Historia, determinó que Santiago del Estero había sido fundada por Francisco de Aguirre el 25 de julio de 1553, basándose especialmente en dos actas del cabildo santiagueño, del 14 de abril de 1774 y del 21 de julio de 1779 -es decir de dos siglos posteriores a la fundación- encontradas por el presidente de la Junta, Alfredo Gargaro, en archivos chilenos. En la primera de ellas, se acordaba organizar la festividad de Santiago Apóstol el 25 de julio, "… en memoria de que en días semejantes introdujeron las armas españolas el Santo Evangelio y se hizo la primera fundación de dicha ciudad".

Como contrapartida, hay innumerables testimonios en probanzas, cartas, relaciones, etc. -contemporáneas al hecho que nos ocupa- que identifican ambas ciudades como una sola. Como ejemplo enunciaremos solamente una de los más significativos: en la carta que escribió Francisco de Aguirre al rey, el 23 de diciembre de 1553, sostiene: "… Porque habrá dos años escribimos a la Audiencia de V.M. que reside en la ciudad de los Reyes lo sucedido en esta ciudad de Santiago…" Como vemos hace referencia a 1551, cuando la ciudad se llamaba El Barco.

Luis Alen Lascano, en su Historia de Santiago del Estero, publicada en 1991, da a conocer el resultado de investigaciones realizadas por Gastón Doucet -investigador del CONICET- en archivos de Sucre, que intenta clarificar este confuso panorama. Según Doucet, documentos judiciales por él encontrado -aunque nunca publicados-, mencionan el libro capitular de la ciudad como iniciado el 29 de junio de 1550, con la fundación de Núñez de Prado, y continuado durante el gobierno de Francisco de Aguirre y los gobernadores sucesivos, a partir de 1553. Es decir que no se cambió de libro de actas quizás porque se consideraba a Santiago del Estero como una continuidad jurídica de la ciudad de El Barco o tal vez, por la precariedad de las fundaciones, no tenían los protagonistas otro libro de actas. Por todo esto Alen Lascano considera a Juan Núñez de Prado como el primer fundador y a Francisco de Aguirre como el poblador definitivo de la ciudad. 

El director del archivo histórico provincial, Juan Viaña, consiguió el año pasado, del Archivo Nacional de Bolivia -Sucre-, de la antigua Audiencia de Charcas, copia de los expedientes 1590-5 entre los que está un documento en el que el escribano del cabildo, de apellido Vallejo, da fe de la fundación de El Barco, por Núñez de Prado, el 29 de junio de 1550 y que el 25 de julio de 1553, luego de tres años, Francisco de Aguirre, enviado por el teniente general de la gobernación de Chile, Pedro de Valdivia, "mudó la ciudad y le puso por nombre Santiago", según consta en el mismo libro del cabildo, ratificando lo descubierto por Doucet.

Como se puede apreciar, Santiago del Estero, la ciudad más antigua del país, la madre de ciudades -como recalcan permanentemente los medios de comunicación y los anuncios oficiales- fundada a orillas del río Dulce, es la ciudad sin acta de fundación que tuvo que esperar cuatrocientos años para que, por un decreto del gobierno de la provincia se estableciera la fecha fundacional. Fue el gobernador peronista Francisco Javier González quien, en 1952, luego del dictamen de la Junta de Estudios Históricos de Santiago del Estero, presidida por el historiador Alfredo Gargaro, sancionó la fecha fundacional mediante un decreto del Poder Ejecutivo provincial, fijándola el 25 de julio de 1553 y a su fundador Francisco de Aguirre, enviado desde Chile. Con esto se ponía fin -aparentemente- a las disputas surgidas entre los historiadores sobre quién era el fundador y cuál la fecha fundacional, disputa dividida entre nuñezpradistas y aguirristas que adjudicaban el mérito de la empresa a Juan Núñez de Prado –fundador de la primitiva ciudad de El Barco- enviado desde Perú- o a Francisco de Aguirre -enviado desde Chile- respectivamente.

Las expediciones se componían de un puñado de españoles, acompañados de indígenas yanaconas que actuaban como lenguaraces, unos pocos caballos, alimentos, armas y vituallas. Tenían que atravesar lugares desconocidos por caminos intrincados y rodeados de monte que terminaba con su escaso ropaje hecho girones. En estas condiciones, las fundaciones eran, en consecuencia, bastante precarias de allí que es entendible que usaran el mismo libro de actas y que participaran de las fundaciones los mismos hombres, aún los enviados por diferentes autoridades.

Como historiadora me pregunto si tiene sentido seguir discutiendo quién es el fundador de la ciudad si, hasta la fecha, no se encontraron documentos fundantes que hagan cambiar el rumbo de las interpretaciones, tanto de un sector como de otro, ya que entran en juego posturas a veces irreconciliables basadas en teorías diversas. El problema no resuelto, a pesar del decreto de 1952, creo que seguirá en la misma instancia, por cuanto tanto uno como otro conquistador venían con mandatos expresos de fundar una ciudad en esta amplia región, poco conocida por entonces, denominada genéricamente Tucma o Tucumán. En síntesis, creo que se trató de una lucha interna de dos jurisdicciones a cargo de los herederos de Almagro y Pizarro por apropiarse de esta extensa región, con una fundación que les diera asidero permanente en ella.  

Luego de la primera celebración sobresaliente del cuarto centenario, en agosto de 1953, con la presencia del presidente Perón en la ciudad, entusiastas ceremonias con desfiles e inauguraciones y la realización de un Congreso Nacional de Historia, a cargo de la Academia Nacional de la Historia -presidido por el historiador Ricardo Levene- que ratificó la fecha fundacional, las conmemoraciones julias fueron in crescendo a lo largo de la segunda mitad del siglo pasado, para transformarse en la actualidad en una festividad que sitúa a la capital santiagueña en el centro de la agenda invernal para la temporada turística. 

A partir de la conmemoración de los cuatrocientos cincuenta años de la fundación, en 2003, las fiestas de julio pretenden transformar la vida santiagueña con espectáculos artísticos callejeros, la feria artesanal que fue creciendo en superficie y duración, la espectacularidad de las festividades religiosas como la de la Virgen del Carmen -patrona de la ciudad- el 16 de julio, de San Francisco Solano –el apóstol de América- el 24 de julio, de Santiago Apóstol el 25 de julio, los fuegos artificiales de la vigilia y muchos otros eventos que permitieron institucionalizar las festividades, invocando la tradición para habitualizar a la sociedad, generar significatividad y afianzar un espíritu de pertenencia. 

La marcha de los bombos, surgida de la iniciativa privada, fue tomada como parte de los festejos del calendario ritualizado, conformando una pretendida costumbre que, si bien reclama cierta historicidad es reciente en su origen, pero pasa a integrar esas "tradiciones inventadas" –al decir de Hobsbawm- que toman de referencia situaciones pasadas y que, por su repetición y espectacularización las actualizan e innovan en el mundo posmoderno.

La institucionalización de las celebraciones, la invención de la tradición y la mercantilización de la cultura son propias de la pos modernidad e impactan en sociedades tradicionales que pretenden insertarse en este mundo globalizado, apelando a viejos usos y a referencias al pasado para instaurar nuevas concepciones, símbolos y percepciones, para dar idea de cohesión social y de continuidad de valores. En ese ámbito se enmarca la fundación de Santiago del Estero. Queda sin embargo por analizar, qué pasa realmente con esta controversia, en el interior de la sociedad santiagueña. Fte: El Liberal

Dra. María Mercedes Tenti. Integrante de la Academia Nacional de la Historia.

Las cuatro leyendas: El origen del Tero, el Crespín, el Toro Yacu y el Kakuy

La leyenda del Tero



Eran dos hermanos que se daban la gran vida gracias a la fortuna que les había dejado su padre, un hombre que hizo dinero trabajando en el campo y con muy buenos negocios.

Cuando el padre enfermó y murió, los hermanos esperaron a que pasara el tiempo de luto, tomaron posesión de la herencia y se dedicaron a disfrutarla. Al poco tiempo se llenaron de amigos de ocasión y los gastos se dispararon.

Para sostener ese ritmo de vida desmedido tuvieron que empezar a vender sus bienes, hasta que perdieron la última propiedad que les quedaba. Cuando se dieron cuenta de la pobreza en la que habían caído, los invadió la desesperación. Como no le encontraban salida a la miseria, se fueron al campo a esconderse. A salvo de las miradas ajenas, se pusieron a llorar sin consuelo hasta que se quedaron dormidos.

Al despertar, ya no eran humanos: se habían transformado en aves pequeñas. Conservaban la elegancia de su época de riqueza en la corbata y la pechera de la camisa, y Dios les dejó el copete en la cabeza como marca de su antiguo rango. Sin embargo, en señal de arrepentimiento, les quedó un círculo rojo alrededor de los ojos: la marca indeleble de tanto llorar por su mal comportamiento.

La leyenda del Crespín



En los campos inmensos vivía un matrimonio joven: Chochue Crespín y su esposa Corí. Eran muy felices con la vida rural y sus tareas diarias. Ella se encargaba de la casa y él salía temprano a trabajar la tierra a caballo, acompañado por su perro fiel.

Un día pasó por ahí el diablo y, al notar que la mujer era manipulable, usó sus mañas para engañarla. Le prometió una casa enorme con todas las comodidades, donde viviría rodeada de lujos, sin obligaciones y con sirvientes a su disposición.

Impresionada por semejantes promesas, Corí sintió que su humilde rancho le quedaba chico. Abandonó su casa y siguió al hombre adinerado durante varios días. Una vez que la hubo alejado a muchísimos kilómetros de su hogar, el diablo dio por cumplido su objetivo y la dejó tirada en medio del campo.

Después de llorar amargamente, la mujer recuperó la razón y quiso volver a su rancho, donde siendo pobre había sido muy feliz junto a su marido. Pero el impacto fue enorme al llegar y descubrir que su esposo, desesperado por el abandono, se había ido dejando todo atrás.

Angustiada, quiso recuperar la felicidad perdida. Como el hombre al que tanto amaba ya no estaba, empezó a llamarlo a gritos: ¡Crespín!... ¡Crespín!.

La desesperación fue transformando su voz en un lamento desgarrador que recorría la inmensidad del campo. Siguió llamándolo sin parar hasta que se convirtió en un pajarillo. Hoy en día todavía se la escucha gritar, esperando el regreso de ese marido que trató tan injustamente.

La leyenda del Toro Yacu



En el departamento Río Hondo, sobre la margen derecha del río Dulce y en la zona de las tierras movedizas, dos terratenientes dedicados a la ganadería notaron algo raro: las vacas que le habían comprado a un forastero se multiplicaban a un ritmo insólito. Al investigar, descubrieron que el responsable era un toro de astas doradas que aparecía en las noches de luna llena en una aguada, a la que llamaron "Toro Yacu" (aguada del toro). El animal fantástico atraía a las vacas y se apareaba con ellas, pero la carne de sus crías resultaba fea al paladar.

Un día, un criollo de la zona se propuso enlazar al toro. Justo ese mismo día apareció de nuevo el misterioso forastero que había vendido las vacas y apostó a viva voz que nadie era capaz de enlazar a semejante animal. El criollo aceptó el desafío. Esperó a que hubiera luna llena y fue hasta la aguada.

Después de varios intentos, logró enlazar al toro y arrastrarlo hasta la orilla. Pero el animal cortó el lazo de un tironazo y huyó, llevándose detrás a toda la hacienda del lugar. En la corrida clavo sus astas en el tronco de un tala, de donde brotó un chorro de agua que bebió antes de seguir escapando.

Después de eso lo vieron solo un par de veces más hasta que desapareció por completo, llevándose a las vacas mestizas y a todos sus descendientes.

La gente del lugar dice que ese toro era la encarnación del mal y que el forastero que vendió las vacas y desafió al criollo era el mismísimo diablo. Al final, el bien logró ahuyentar al mal. El toro no volvió a aparecer y solo quedó la leyenda, ya que con el tiempo las aguadas de la zona se fueron secando misteriosamente.

La leyenda del Kakuy



En lo profundo del bosque vivían dos hermanos solos. Él le tenía un afecto tan grande a su hermana que jamás se vio un cariño fraterno igual. No le hacía faltar nada: le traía las mejores frutas, las flores más perfumadas, la miel más rica y la mejor carne de los animales del monte y del río. Ella, en cambio, lo trataba con una crueldad constante.

Cansado de soportar ese maltrato, un día el hermano la invitó a buscar miel, diciéndole que había encontrado una colmena llena en la copa de un árbol gigantesco. Movida por la gula, la chica lo acompañó. Se tapó la cabeza con una manta para protegerse de los insectos y empezó a trepar con la ayuda de una soga larga.

Cuando llegó a lo alto, el hermano empezó a cortar desde abajo todas las ramas del árbol y, al terminar, se fue. La muchacha quedó atrapada en la copa. Al ver que el hermano no volvía, lo llamó una y otra vez, pero solo le respondía el eco lejano.

Pronto cayó la noche. Aterrada, se agarraba con fuerza de las ramas para no caerse. El espasmo de tantas horas de agonía le fue deformando los dedos hasta convertírselos en garras curvas con uñas afiladas. Y cuando la desesperación por bajar fue máxima, abrió los brazos y, convertida en pájaro, salió volando.

jueves, 30 de julio de 2026

Árboles urbanos: los guardianes silenciosos que protegen la vida en nuestras ciudades

Más que un elemento decorativo del paisaje urbano, los árboles son aliados fundamentales frente al calor, la contaminación y la pérdida de calidad ambiental. Su cuidado, especialmente en ciudades emplazadas en zonas áridas como Santiago del Estero, exige una mirada responsable que abandone las podas destructivas y valore su verdadera función ecológica.


 

Cuando una ciudad aprende a mirar sus árboles

Si alguna vez caminamos por una calle cubierta de hojas amarillas durante el otoño, seguramente pudimos experimentar una escena que rompe, por un instante, con el cemento y el ruido urbano. Como señalaba el profesor Julián Cámara Hernández en 1980, quizás muchos niños que recorren ese camino hacia la escuela, al pisar ese colchón natural de hojas, imaginan que atraviesan un bosque escondido dentro de la ciudad.

Esa imagen, sencilla pero profunda, revela una verdad que muchas veces olvidamos: los árboles urbanos no son simples adornos. Son seres vivos que forman parte del equilibrio ambiental de nuestras ciudades y que, a cambio de un cuidado adecuado, ofrecen beneficios indispensables para nuestra vida cotidiana.

Desde "Leyendas del Folclore santiagueño", un espacio dedicado a rescatar historias, tradiciones y paisajes culturales de nuestra tierra, también queremos detenernos en aquellos protagonistas silenciosos que forman parte de la memoria urbana: los árboles que acompañan nuestras calles, plazas y barrios.

La amenaza de una poda mal entendida


Durante años, una práctica frecuente en muchas ciudades ha sido la poda excesiva de los árboles bajo la idea equivocada de que reducir sus ramas favorece su crecimiento. Sin embargo, los especialistas advierten que la llamada "mutilación" de los ejemplares provoca consecuencias negativas para su desarrollo.

Año tras año observamos cómo árboles adaptados a vivir en un ambiente urbano, muchas veces hostil por la falta de espacio, el calor extremo y la contaminación, son sometidos a cortes indiscriminados que alteran su estructura natural.

Cuando se eliminan las ramas principales y se reduce drásticamente la copa del árbol, se generan desequilibrios en su metabolismo. La planta pierde capacidad para alimentarse, queda más vulnerable frente a enfermedades y comienza un proceso de deterioro progresivo.

Los ingenieros agrónomos María del Carmen Echenique, Ricardo González Junyent y Alicia Dobra explican que una poda correcta debe limitarse a intervenciones específicas: retirar ramas secas, quebradas o débiles, y realizar ajustes necesarios para evitar conflictos con cables u otras estructuras urbanas, sin modificar la forma natural de la copa.

El árbol no necesita ser castigado para crecer. Necesita condiciones adecuadas y un manejo respetuoso de sus características como especie.

El árbol urbano como refugio frente al calor



La importancia de los árboles adquiere una dimensión todavía mayor en regiones donde las ciudades se encuentran insertas en ambientes secos o semiáridos.

En zonas como Santiago del Estero, donde durante gran parte del año las temperaturas alcanzan valores elevados, la presencia de árboles representa una herramienta natural para mejorar las condiciones ambientales. Su sombra reduce el impacto del sol sobre calles y veredas, disminuye el calentamiento del pavimento y favorece un aumento de la humedad relativa del aire.

Un árbol ubicado estratégicamente puede transformar una calle, una plaza o un espacio público en un lugar más habitable. No solo ofrece frescura, sino también una sensación de bienestar que influye directamente en la calidad de vida de los vecinos.

Por eso, el arbolado urbano debe ser entendido como una infraestructura ambiental, tan necesaria como otros servicios básicos de una ciudad.

Los árboles también limpian el aire que respiramos



Además de brindar sombra y belleza paisajística, los árboles cumplen una función esencial como filtros naturales. Sus hojas capturan partículas de polvo, contaminantes químicos y otros elementos presentes en el aire producto del tránsito vehicular, las actividades industriales y la construcción.

Una investigación difundida por la Municipalidad de Paraná y la Universidad Nacional de Entre Ríos en 1992 mostró con claridad esta diferencia. En Frankfurt, Alemania, se midió la cantidad de partículas contaminantes presentes en el aire y se encontraron los siguientes resultados:

En calles sin árboles: 12.880 partículas por litro de aire.

En calles arboladas: 3.870 partículas por litro de aire.

En parques: 3.260 partículas por litro de aire.

Los números reflejan una realidad concreta: donde hay árboles, el ambiente urbano mejora.

Pero sus beneficios no terminan allí. Estudios citados por Decourt en 1978 también analizaron la capacidad antimicrobiana de los espacios verdes mediante la medición de microorganismos presentes en el aire. Los resultados fueron contundentes:

En zonas comerciales: 4.000.000 de gérmenes por metro cúbico.

En avenidas urbanas: 575.000 gérmenes por metro cúbico.

En bosques: apenas 50 gérmenes por metro cúbico.

La diferencia muestra el papel fundamental que cumplen las áreas arboladas en la regulación ambiental.

Cuidar los árboles es cuidar la ciudad

Los árboles urbanos son parte del paisaje, pero también forman parte de nuestra historia cotidiana. Están presentes en las veredas donde crecieron generaciones de vecinos, en las plazas donde se reunieron familias y en los caminos que guardan recuerdos.

Por eso, su conservación requiere cambiar algunas prácticas arraigadas. La poda racional, respetuosa de la naturaleza de cada especie, permite mantener ejemplares saludables y aprovechar al máximo sus beneficios. En cambio, la intervención agresiva reduce su capacidad de protegernos y acelera su deterioro.

La ciudad necesita árboles fuertes, no árboles debilitados por decisiones equivocadas.

Una responsabilidad que pertenece a todos

Cada árbol que permanece en pie representa una pequeña reserva de vida dentro del espacio urbano. Su sombra, su capacidad para limpiar el aire y su aporte al paisaje son beneficios que muchas veces damos por hechos hasta que desaparecen.

Comprender el valor del arbolado urbano es también comprender que la relación entre las personas y la naturaleza no termina en los límites de un parque o un bosque. La naturaleza también vive en nuestras calles.

Desde "Leyendas del Folclore santiagueño", donde buscamos preservar las voces y memorias que forman parte de nuestra identidad cultural, recordamos que los paisajes también cuentan historias. Y entre esas historias están los árboles: testigos silenciosos del paso del tiempo, compañeros de nuestras ciudades y guardianes de un futuro más saludable.

Bibliografía consultada

Cámara Hernández, J. (1980). Algunos árboles cultivados en las calles de la ciudad de Buenos Aires. Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires - Secretaría de Educación.

Decourt, N. (1978). Sobre algunas funciones de los árboles y bosques en el medio urbano. Ecología Forestal. Mundi-Prensa.

Echenique, M. y González Junyent, R. (2000). Poda de Especies Ornamentales. Facultad de Ciencias Agrarias - Universidad Nacional del Comahue.

Fundación Biósfera y FCAyF - Universidad Nacional de La Plata (1995). Planeamiento paisajista y medio ambiente.

Municipalidad de Paraná y Universidad Nacional de Entre Ríos (1992). El árbol en la ciudad.

Ros Orta (1996). La empresa de Jardinería y Paisajismo. Mundi-Prensa.

martes, 28 de julio de 2026

Entre fogones y tradiciones: la herencia gastronómica de Santiago del Estero

Desde la humilde mazamorra hasta los tamales envueltos en chala, la gastronomía tradicional del norte argentino conserva historias de campo, reuniones familiares y antiguas técnicas de preparación que pasaron de generación en generación. Cada plato es una expresión de identidad, una forma de mantener vivo el vínculo con la tierra y sus costumbres.

Mazamorra


Una cocina nacida entre fogones, monte y tradición

Hablar de la cocina santiagueña es hablar de una memoria que se cocina lentamente. En cada olla de hierro, en cada horno de barro y en cada mesa familiar sobreviven recetas que acompañaron la vida cotidiana de los pueblos rurales durante siglos.

Los ingredientes son sencillos: maíz, zapallo, carne, harina, grasa, especias y productos de la tierra. Sin embargo, la combinación de saberes ancestrales y paciencia transforma esos elementos en verdaderos símbolos culturales.

Muchos de estos platos nacieron como respuesta a la necesidad de aprovechar lo que ofrecía el entorno. Eran comidas rendidoras, nutritivas y capaces de reunir a varias generaciones alrededor del fuego. Hoy, lejos de perder vigencia, siguen siendo protagonistas de celebraciones, encuentros familiares y festividades populares.

La mazamorra: el dulce recuerdo del maíz

Entre los sabores más antiguos de la cocina criolla aparece la mazamorra, una preparación sencilla pero cargada de historia. Elaborada con harina de maíz o maíz partido, azúcar y miel, fue durante mucho tiempo uno de los alimentos más presentes en los hogares campesinos.

Su elaboración requiere tiempo y dedicación. El maíz blanco debe remojarse desde la noche anterior para ablandar el grano y luego hervirse durante varias horas. Tradicionalmente, para favorecer la cocción se agregaba una pizca de bicarbonato o una preparación conocida como lejía, realizada en el campo con ceniza y agua.

Una de sus versiones más apreciadas es la mazamorra con leche y azúcar, convertida en un postre nutritivo y reconfortante. También puede consumirse acompañando el caldo o incluso junto a un trozo de carne cocida o asada.

Más que una comida, la mazamorra representa una época en la que cada preparación tenía su propio ritual y donde el tiempo formaba parte del sabor.

Guaschalocro: el locro humilde que desafía al invierno

En el amplio universo de los guisos norteños aparece el guaschalocro o huaschalocro, cuyo nombre significa "locro pobre" o "locro de pocos ingredientes". Pero su denominación no hace justicia a la riqueza de sabores que encierra.

Este plato tradicional, especialmente valorado durante los días fríos, demuestra que la cocina popular no necesita grandes lujos para convertirse en un verdadero manjar. Un buen plato humeante de guaschalocro, acompañado con pan casero y un vino tinto, resume la esencia de la gastronomía del interior argentino.

Su preparación comienza con choclos tiernos desgranados, que se cocinan junto al zapallo amarillo en caldo hasta lograr una textura cremosa. Luego se incorpora un sofrito elaborado con grasa de pella, cebolla, ají, cebolla de verdeo, pimentón y condimentos.

El secreto está en su consistencia: debe quedar algo caldoso, servido en plato sopero y con ese aroma profundo que recuerda a las cocinas familiares. Algunas variantes incorporan pequeños trozos de carne para darle mayor sustancia.

Aloja de maíz: una bebida que guarda antiguos saberes

Entre las tradiciones gastronómicas del norte también aparece la aloja de maíz, una bebida fermentada cuya historia reúne influencias hispánicas e indígenas.

Prepararla requiere ingredientes que no siempre son fáciles de encontrar, como el maíz blanco sin pelar y el afrecho de trigo. Por eso, más que una simple bebida, representa una práctica heredada que pocos conservan en la actualidad.

El proceso comienza pelando el maíz humedecido en mortero. Luego se hierve, se escurre y se mezcla con agua tibia y una preparación de afrecho que funciona como fermento natural. Después de dejarla macerar durante dos o tres días, la aloja adquiere su particular sabor.

Tradicionalmente se servía con granos de maíz, miel o azúcar, especialmente en reuniones comunitarias y celebraciones populares.

El locro: una bandera de la cocina criolla



Aunque el locro tiene presencia en diferentes regiones argentinas, cada provincia le imprime su propia identidad. En el norte, especialmente en Tucumán y Santiago del Estero, este plato ocupa un lugar privilegiado dentro de la mesa criolla.

Su origen está ligado a las antiguas preparaciones indígenas basadas en maíz y porotos, a las que con el tiempo se incorporaron carnes y condimentos llegados con la tradición española.

La elaboración tradicional exige paciencia. El maíz blanco partido y los porotos se dejan en remojo desde el día anterior y luego se cocinan lentamente junto con carnes como mondongo, tripa gorda, tapa de asado, rabos, patitas de cerdo, chorizo colorado y panceta.

El zapallo criollo aporta una textura cremosa y un color característico, mientras que el comino, el pimentón y el ají completan un sabor intenso.

Una preparación especial acompaña muchas veces al plato: la llamada "grasita colorada" o ají frito, elaborada con cebolla de verdeo, ají molido, aceite, sal y pimienta. Cada comensal puede agregarla a gusto, convirtiendo cada plato en una experiencia personal.

El locro no es solamente comida. Es símbolo de encuentros, de fechas patrias, de familias reunidas y de una identidad que se mantiene viva.

Tamales: pequeños paquetes de historia



Los tamales son otra de las joyas de la gastronomía norteña. Envuelta en hojas de chala de choclo, esta preparación combina maíz, carne y especias en un pequeño paquete lleno de tradición.

La cobertura se realiza con harina de maíz y zapallo cocidos hasta lograr una masa firme. El relleno, por su parte, reúne carne vacuna, cebolla, pimientos, huevo duro, pasas de uva y condimentos como comino, pimentón y ají.

Una vez armado sobre la chala limpia y hervida, el tamal se ata cuidadosamente y se cocina en agua con sal antes de llegar a la mesa.

Cada tamal conserva algo del trabajo artesanal de quienes lo preparan: la paciencia, el cuidado y la transmisión de una receta que muchas veces pasa de madres a hijos.

Charqui: la conservación convertida en sabor

Crédito: Ramón Godoy

Antes de la llegada de los métodos modernos de conservación, el charqui fue una solución fundamental para aprovechar y preservar la carne.

Su preparación consiste en cortar la carne vacuna en láminas finas, salarla abundantemente y dejarla secar al sol en un lugar ventilado. Con el paso de los días adquiere un color oscuro y una textura particular.

Luego puede utilizarse en diferentes preparaciones: asado, guisos, hervidos o acompañado con salsas de tomate.

El charqui representa una época donde el ingenio y el conocimiento del ambiente eran herramientas indispensables para la vida cotidiana.

Alfajor santiagueño: la dulzura de una tradición

Entre los sabores dulces de Santiago del Estero destaca el alfajor santiagueño, una preparación artesanal que combina delicadas capas de masa con abundante dulce de leche y una cobertura de merengue.

La masa se realiza con harina, huevo, yemas, anís y un toque de alcohol, ingredientes que le otorgan una textura y aroma característicos. Luego se forman discos finos que son horneados por separado.

Una vez fríos, se colocan uno sobre otro intercalando generosas capas de dulce de leche. Finalmente, el alfajor se cubre con merengue y se gratina para obtener su terminación tradicional.

Es un producto que resume la influencia de la repostería criolla y que continúa presente en celebraciones y reuniones familiares.

Chipaco: el pan que acompaña la memoria



El chipaco es otro de los grandes protagonistas de la mesa santiagueña. Este pan tradicional, elaborado con harina, grasa y chicharrón, tiene una textura única y un sabor profundamente ligado a la cocina rural.

La preparación comienza con una masa leudada que incorpora grasa de vaca y chicharrón triturado. Después de varios procesos de amasado y plegado para distribuir la grasa, se forman los bollos que finalmente se cocinan en horno caliente.

Su aroma recién horneado evoca las antiguas cocinas familiares, donde hacer pan era una tarea compartida y cotidiana.

Una herencia que sigue viva en cada plato

Los manjares santiagueños no son solamente recetas. Son relatos comestibles que hablan de la historia de una comunidad, de sus paisajes y de la manera en que sus habitantes aprendieron a transformar los recursos disponibles en verdaderas expresiones culturales.

En tiempos donde muchas tradiciones parecen perderse frente a la rapidez de la vida moderna, estos platos siguen resistiendo. Una mazamorra compartida, un locro servido en familia o un tamal preparado con paciencia recuerdan que la identidad también se construye alrededor de una mesa.

Porque en Santiago del Estero, cada sabor tiene una historia. Y cada historia, como la buena cocina, necesita tiempo para ser disfrutada.

Bebidas ancestrales del norte argentino: un legado cultural entre el monte, la tradición y la memoria

Aloja, añapa, arrope, chicha y guarapo forman parte de un patrimonio gastronómico que hunde sus raíces en los pueblos originarios y en las comunidades rurales del noroeste argentino. Investigadores como Félix Coluccio, Orestes Di Lullo y Samuel Lafone Quevedo documentaron estas preparaciones, preservando un valioso testimonio sobre las costumbres alimentarias que durante siglos dieron identidad a regiones como Santiago del Estero.



El sabor de una cultura transmitida de generación en generación

Mucho antes de que las bebidas industriales llegaran a las mesas argentinas, el monte ofrecía frutos capaces de alimentar, refrescar y reunir a las familias. Algarrobos, chañares, mistoles, tunas y maíz constituían la materia prima de una serie de preparaciones que acompañaban la vida cotidiana de campesinos e indígenas del norte argentino.

Más que simples bebidas, estas recetas expresaban una manera de comprender el entorno natural. Eran el resultado de conocimientos transmitidos oralmente durante generaciones y de técnicas que combinaban observación, experiencia y aprovechamiento integral de los recursos disponibles.

Buena parte de este patrimonio llegó hasta nuestros días gracias al trabajo de investigadores y folklorólogos que dedicaron décadas a recopilar costumbres populares. Entre ellos sobresalen Félix Coluccio, autor de numerosas obras sobre folklore argentino; Samuel Lafone Quevedo, reconocido lingüista, arqueólogo y etnógrafo, y el santiagueño Orestes Di Lullo, médico, historiador y uno de los mayores estudiosos de las tradiciones culturales de Santiago del Estero.

La aloja, la "cerveza" del algarrobo

En su extensa investigación sobre las costumbres populares argentinas, Félix Coluccio describió a la aloja como una especie de "cerveza de algarroba". Su elaboración, ampliamente difundida en las zonas áridas del norte, aprovechaba las vainas maduras del algarrobo blanco, uno de los árboles más representativos del monte santiagueño.

Samuel Lafone Quevedo explicó que las vainas se molían y se colocaban junto con agua en un noque, recipiente confeccionado con cuero, o en un bilqui, una gran tinaja partida por la mitad. Allí comenzaba un proceso natural de fermentación que podía acelerarse agregando un poco de concho, es decir, el sedimento proveniente de una aloja ya elaborada, utilizado como fermento.

Después de pocas horas se obtenía una bebida fresca, ligeramente alcohólica y muy apreciada para combatir las altas temperaturas estivales. Con el paso del tiempo también surgieron variantes elaboradas con molle y maíz, adaptándose a los recursos disponibles en cada región.

Añapa, la bebida dulce nacida del algarrobo

Otra preparación profundamente vinculada con el monte santiagueño es la añapa, elaborada también a partir de las vainas del algarrobo.

Su proceso consistía en moler los frutos dentro de un mortero, humedecerlos gradualmente hasta deshacer completamente la pulpa y luego colar el líquido obtenido. El resultado era una bebida naturalmente dulce, refrescante y de gran valor energético.

Una receta recopilada en Santiago del Estero por Blanca Albornoz resume de manera sencilla este procedimiento tradicional: la algarroba, blanca o negra, se desarma con agua en el mortero; posteriormente se retiran los restos sólidos, se incorpora más agua y azúcar y finalmente se bebe el jugo, mientras la pulpa restante continúa aprovechándose.

Para Orestes Di Lullo, estas preparaciones evidencian la extraordinaria importancia que tuvo el algarrobo en la economía doméstica de los antiguos pobladores santiagueños, quienes encontraban en este árbol alimento, bebida, forraje y hasta materia prima para diversos utensilios.

El arrope, una antigua técnica de conservación

Aunque hoy suele utilizarse como jarabe o acompañamiento de postres, el arrope ocupó durante mucho tiempo un lugar destacado entre las bebidas tradicionales debido a su consistencia semilíquida.

Su elaboración demandaba varias horas de trabajo y una notable experiencia práctica. El procedimiento comenzaba con el pisado de entre diez y quince kilogramos de uva para obtener el mosto. Este se cocinaba lentamente en grandes pailas junto con pencas peladas de tuna y pequeñas cantidades de ceniza, elementos que favorecían la clarificación del líquido.

Tras retirar cuidadosamente las impurezas superficiales, el mosto se dejaba reposar antes de trasladarlo a otro recipiente, donde nuevamente se incorporaban pencas de tuna y cáscaras de huevo para perfeccionar la limpieza del líquido.

La cocción continuaba hasta que el volumen se reducía aproximadamente a menos de la mitad. Solo entonces el arrope alcanzaba la concentración adecuada y se retiraba del fuego para batirlo lentamente con cucharas de madera.

Además del clásico arrope de uva, los habitantes del monte elaboraban variantes utilizando frutos nativos como chañar, mistol, tuna y quiscaloro, aprovechando los ciclos naturales de cada especie.

La chicha y el legado de los pueblos originarios

Entre todas las bebidas tradicionales del norte argentino, la chicha ocupa un lugar singular por su origen prehispánico.

Consumida desde tiempos ancestrales por numerosas comunidades indígenas del actual noroeste argentino, esta bebida se obtenía mediante la fermentación del maíz. Félix Coluccio documentó distintos métodos de elaboración, entre ellos uno de los más antiguos: la utilización de la saliva humana para activar el proceso fermentativo.

La preparación reunía a toda la familia alrededor del fogón. Cada integrante masticaba una porción de masa de maíz y la depositaba posteriormente en un recipiente común. Las enzimas presentes en la saliva transformaban los almidones en azúcares fermentables, permitiendo la formación natural del alcohol.

Esta variedad recibió el nombre de chicha nuqueada y con el tiempo fue prohibida en algunas provincias, como Jujuy, debido a consideraciones sanitarias.

El cronista Ciro Bravo, por su parte, destacaba las propiedades medicinales que la tradición popular atribuía a esta bebida, señalando su reconocido efecto diurético y su utilización para aliviar afecciones urinarias.

Guarapo, la bebida del trabajador rural

Menos conocida que la aloja o la chicha, el guarapo desempeñó un papel fundamental en la vida cotidiana del campesinado.

Preparado mediante la fermentación de agua y miel, constituía una especie de hidromiel sencilla cuya principal función era combatir la sed durante las extensas jornadas de trabajo bajo el intenso sol del monte.

Era habitual que permaneciera cerca del lugar de labor, conservado dentro de calabazas secas, barriles, ollas o recipientes metálicos improvisados. Esa imagen, registrada por diversos recopiladores del folklore regional, refleja una escena cotidiana del mundo rural santiagueño durante buena parte de los siglos XIX y XX.

Un patrimonio que merece ser preservado

Las bebidas tradicionales del norte argentino representan mucho más que antiguas recetas. Constituyen una expresión tangible del conocimiento acumulado por generaciones que aprendieron a convivir con un ambiente exigente, aprovechando inteligentemente los recursos que ofrecía el monte.

Las investigaciones de Félix Coluccio, Samuel Lafone Quevedo y Orestes Di Lullo permiten comprender que detrás de cada vaso de aloja, cada jarro de añapa o cada paila de arrope existe una compleja trama de saberes populares, prácticas comunitarias y formas de organización social que contribuyeron a construir la identidad cultural del noroeste argentino.

En una época en la que numerosas tradiciones enfrentan el riesgo del olvido, recuperar estas bebidas significa también rescatar una parte esencial de la memoria colectiva. Son testimonios vivos de una cultura que encontró en la naturaleza no solo sustento material, sino también motivos para celebrar, compartir y fortalecer los vínculos comunitarios. Su permanencia en la memoria popular confirma que el patrimonio cultural no se conserva únicamente en los museos o en los documentos escritos: también sobrevive en los sabores, en las recetas heredadas y en las historias que continúan transmitiéndose de generación en generación.