Mostrando las entradas con la etiqueta Santiago del Estero. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Santiago del Estero. Mostrar todas las entradas

martes, 15 de septiembre de 2026

Juan, Ramón o José: los nombres de los santiagueños de antaño

 Los nombres también cuentan una historia. Entre fines del siglo XIX y la primera mitad del XX, llamarse Juan, Ramón, José, Manuel o Domingo no era solamente una cuestión familiar: también reflejaba tradiciones, vínculos, creencias y las expectativas sociales de una época. Mirar esos nombres con perspectiva de género permite preguntarse qué lugar ocupaban los varones y las mujeres dentro de aquella sociedad santiagueña.



Un nombre también habla de su época

Cuando pensamos en la vida cotidiana de Santiago del Estero de hace más de un siglo, solemos imaginar pueblos pequeños, familias numerosas, trabajos vinculados al campo, viajes a caballo, reuniones familiares y comunidades donde todos parecían conocerse.

Pero hay algo más sencillo que también puede ayudarnos a reconstruir aquella sociedad: los nombres.

¿Cómo se llamaban aquellos hombres y mujeres que vivían en los pueblos santiagueños? ¿Qué nombres elegían sus familias? ¿Se repetían los nombres de padres, abuelos o padrinos? ¿Había nombres asociados a determinadas generaciones o ambientes sociales?

Responder con precisión a estas preguntas no es sencillo. No existe una estadística provincial completa que permita establecer cuál fue el nombre masculino más utilizado en Santiago del Estero entre 1880 y 1950. Sin embargo, los registros parroquiales, los documentos históricos y, desde 1886, el Registro Civil permiten acercarse a ese mundo.

En esos documentos aparecen bautismos, matrimonios, defunciones, nombres de padres, madres, padrinos y otros integrantes de las familias. Detrás de cada nombre hay, en definitiva, una persona y una historia familiar.

Y allí aparece también una cuestión interesante: los nombres no estaban separados de los roles que la sociedad asignaba a hombres y mujeres.

Juan, una de las opciones más firmes

Si hubiera que elegir un nombre masculino para un personaje santiagueño nacido alrededor de 1900, Juan sería una de las opciones más seguras.

Es un nombre de larga tradición y aparece asociado a distintas figuras de la historia provincial. También era frecuente encontrarlo combinado con otros nombres: Juan Felipe, Juan Manuel, Juan Francisco o Juan Antonio.

Pero elegir un nombre no era solamente una decisión individual. En sociedades donde la familia tenía un peso importante, los nombres podían formar parte de una tradición que pasaba de una generación a otra.

Un hijo podía recibir el nombre de su padre, de su abuelo o de algún familiar cercano. De esa manera, el nombre ayudaba a mantener una continuidad dentro de la familia.

Ese mecanismo también alcanzaba a las mujeres. Aunque este artículo se detenga especialmente en los nombres masculinos, observar los nombres femeninos permite comprender que las mismas tradiciones familiares atravesaban a hijos e hijas.

El nombre podía convertirse así en una pequeña marca de pertenencia.

Ramón, un nombre que suena a otra época

Ramón tiene otra resonancia.

Para imaginar a un personaje masculino de la Santiago rural de comienzos del siglo XX, es un nombre que resulta especialmente apropiado por su presencia en documentación y por su asociación con generaciones anteriores.

No significa que haya sido necesariamente más utilizado que Juan. La cuestión es otra: Ramón nos lleva rápidamente hacia una determinada imagen de época.

Y eso también es importante cuando reconstruimos el pasado.

Los nombres pueden funcionar como pequeñas puertas hacia una sociedad. Algunos nos resultan actuales; otros parecen haber quedado asociados a generaciones anteriores. Esa percepción no es suficiente para establecer estadísticas históricas, pero sí puede ayudarnos a comprender cómo cambian las formas de nombrar a las personas.

José, Manuel, Pedro, Domingo

Junto a Juan y Ramón aparecen otros nombres tradicionales como José, Manuel, Pedro, Francisco, Domingo, Vicente y Felipe.

Muchos de ellos podían aparecer solos o formar parte de nombres compuestos. Juan Ramón, Juan Manuel, Juan Francisco, Ramón José, Ramón Francisco, José Manuel o Pedro Ramón son algunos ejemplos.

Los nombres compuestos también permiten observar la importancia de los vínculos familiares. En una época en la que las decisiones individuales estaban mucho más condicionadas por las costumbres familiares y sociales, llevar dos nombres podía expresar la continuidad de distintas ramas de una familia o el homenaje a personas significativas.

Pedro Ramón Alcorta, nacido en Santiago del Estero en 1825, es un ejemplo histórico de esa forma de nombrar.

¿Y las mujeres?

Incorporar una perspectiva de género obliga a detenerse en una pregunta que muchas veces queda fuera cuando hablamos de nombres históricos: ¿qué ocurría con las mujeres?

La elección de los nombres femeninos también estaba atravesada por la familia, las tradiciones y las creencias de la época. Pero la cuestión no termina allí.

Los registros históricos suelen mostrarnos a las mujeres principalmente vinculadas con determinadas relaciones familiares: hijas, esposas, madres, viudas. Esa forma de aparecer en los documentos también refleja una sociedad en la que los roles femeninos y masculinos estaban fuertemente diferenciados.

Por eso, estudiar los nombres no debería limitarse a contar cuántas veces aparece Juan o Ramón.

También puede servir para preguntarnos quiénes tenían capacidad de decidir, quiénes quedaban registrados con nombre propio y quiénes aparecían principalmente a través de su relación con otros integrantes de la familia.

El nombre, entonces, deja de ser solamente una palabra. Se convierte en una pista para mirar cómo estaba organizada aquella sociedad.

Cuando el nombre tenía dos partes

Los nombres compuestos merecen una mirada especial.

En muchos casos, combinaban nombres tradicionales que podían repetirse entre distintas generaciones. Juan Manuel, Juan Francisco, Juan Ramón o José Manuel no eran solamente combinaciones sonoras: podían conservar nombres familiares y reforzar vínculos entre generaciones.

Lo mismo ocurría con las mujeres.

Las decisiones sobre los nombres formaban parte de una cultura familiar en la que las expectativas sobre hijos e hijas eran diferentes. Los nombres podían transmitir tradiciones, valores y pertenencias, dentro de un modelo social donde los caminos esperados para varones y mujeres tampoco eran los mismos.

Mirar esos nombres desde el presente permite observar cuánto ha cambiado la sociedad y, al mismo tiempo, cuánto permaneció de aquellas costumbres.

Entonces, ¿qué nombre elegir?

Si lo que buscamos es construir un personaje santiagueño de comienzos del siglo XX, Juan sigue siendo una de las opciones más firmes.

Ramón resulta especialmente evocador si el personaje pertenece a un ambiente rural. José y Manuel también funcionan muy bien, mientras que Domingo aporta una sensación más marcada de época.

Pero quizá la pregunta más interesante no sea solamente cuál era el nombre más frecuente.

También podemos preguntarnos qué había detrás de ese nombre.

Porque decir "Juan" no nos cuenta quién era ese hombre. Para eso necesitamos saber dónde vivía, qué trabajo hacía, quiénes integraban su familia y qué lugar ocupaba dentro de su comunidad.

Y lo mismo ocurre con las mujeres. Un nombre femenino escrito en un antiguo registro puede ser apenas el comienzo de una historia que durante mucho tiempo quedó reducida a su condición de hija, esposa o madre.

Detrás de cada nombre había una vida

Los nombres permiten acercarnos al pasado, pero no deberían hacernos olvidar que detrás de cada uno hubo una persona.

Juan, Ramón, José, Manuel, María, Rosa, Carmen o cualquier otro nombre que aparezca en un viejo documento perteneció a alguien que tuvo una vida concreta, una familia, un trabajo, vínculos y un lugar dentro de la sociedad.

Por eso, recuperar los nombres de los santiagueños de otras épocas también puede ser una forma de recuperar sus historias.

Y hacerlo con perspectiva de género permite ampliar la mirada: no solamente preguntarnos cómo se llamaban aquellos hombres, sino también cómo fueron nombradas, registradas y recordadas las mujeres.

Tal vez allí esté una de las claves más interesantes de estos documentos. No solo nos dicen qué nombres elegían las familias. También dejan entrever cómo pensaba una sociedad, qué tradiciones quería conservar y qué lugares esperaba que ocuparan sus hijos e hijas.

Porque detrás de cada nombre antiguo hubo una vida.

Y cuando alguien vuelve a pronunciar ese nombre, quizá también esté recuperando una pequeña parte de la memoria de Santiago del Estero.

 


lunes, 14 de septiembre de 2026

La batalla secular de la "Madre de Ciudades": cuando el Río Dulce dictaba la historia de Santiago del Estero

 


Durante casi cuatro siglos, la decana de las ciudades argentinas libró una lucha constante contra las crecidas del río Dulce. Entre desbordes, catedrales destruidas, defensas improvisadas y rieles de tren arrojados al cauce para frenar la corriente, esta es la historia de una población que se negó a abandonar su territorio.

Desde la llegada de los conquistadores españoles al Tucumán, la supervivencia de Santiago del Estero estuvo condicionada por la inestabilidad del río Dulce. Juan Núñez del Prado fundó la tercera ciudad del Barco a orillas del cauce, a cincuenta leguas al sur de Quiriquiri, entre los poblados Juríes. Lo que pretendía ser un asentamiento definitivo dio paso a una larga secuencia de mudanzas, reconstrucciones y terraplenes arrasados.

El ingeniero Carlos Michaud documentó esta cronología el 1 de enero de 1935, detallando los esfuerzos técnicos y comunitarios por sostener la ciudad sobre un terreno amenazado por el agua.

Un pueblo que se movía a la par de la corriente

Al poco tiempo de instalarse la ciudad del Barco, las avenidas del Dulce anegaron los solares trazados. Núñez del Prado ordenó trasladar la población unos 60 kilómetros al sur, hacia Titingasta, manteniendo la cercanía con el cauce. En diciembre de 1553, Francisco de Aguirre llegó desde Chile y, ante los continuos daños de las crecidas, movió el poblado un tramo hacia el norte, bautizándolo como "Santiago del Estero".

La medida no resolvió el problema de fondo. Para 1586, el río ya había destruido la acequia que Gonzalo de Abreu había construido para el riego. Cuatro años después, en 1590, el gobernador Ramírez de Velazco propuso mudar nuevamente la ciudad. Explicaba que el lecho se había socavado tanto que resultaba imposible volver a canalizar agua, y pedía buscar tierras sin salitre donde los vecinos pudieran "hacer casas perpetuas", ya que la sal corroía los cimientos en menos de cuatro años.

Pese a las advertencias de Ramírez de Velazco, el traslado formal no se ejecutó. Santiago del Estero continuó siendo la capital de la provincia, sede del Gobernador y del Obispo, y el centro urbano más poblado de la región durante los siglos XVI y XVII. Pero la convivencia con el agua tuvo un costo alto. En 1615, un incendio destruyó la catedral, reconstruida tiempo después de que la primera iglesia fuera arrastrada por la corriente. Sin decretos ni actos oficiales, los vecinos comenzaron a edificar sus casas cada vez más al oeste, empujados por el avance del cauce.

El impacto más severo ocurrió en febrero de 1628. El gobernador Felipe de Albornoz dejó asentado que entre el 6 y el 7 de ese mes, el río rompió "los reparos antiguos, y uno moderno" financiado por el cabildo y la gobernación. La riada destruyó 34 casas —la mitad de la población— y derrumbó la residencia de los jesuitas. El agua llegó a correr por la plaza principal. El gobernador Francisco del Monte intentó mover la ciudad hacia el norte, pero la imposibilidad técnica de construir una acequia en la nueva zona obligó a cancelar el plan.

Aunque una Real Cédula autorizó el traslado en 1630, la población optó por reconstruir la franja destruida sobre el margen oeste. Décadas más tarde, entre marzo y abril de 1663, otra creciente afectó el sector este de la ciudad y dejó el curso del río a pocos metros del convento de San Francisco. Paul Groussac anotó que este episodio dio origen a la creencia popular de que San Francisco Solano había profetizado la catástrofe al orientar la puerta principal de la iglesia hacia el oeste.

Las pérdidas acumuladas motivaron la partida de las autoridades eclesiásticas. El obispo Ulloa solicitó mudar la sede catedralicia a Córdoba, cambio que la corona española autorizó por Real Cédula el 15 de octubre de 1696. Los reclamos del Cabildo y del gobernador Esteban de Veiger en 1714 no lograron revertir la decisión. Para justificar el traslado, el obispo Ulloa afirmó que Santiago "sólo tiene el nombre de ciudad es toda ella un bosque inmundo falto de todo lo necesario para el sustento", pronosticando que terminaría despoblada. Tras la partida del obispo y la radicación del gobernador en Salta, la antigua capital inició un período de estancamiento.

De la inacción a los primeros proyectos del Estado

Durante el siglo XVIII y la primera mitad del XIX, los registros sobre el río disminuyen en la documentación oficial. Las reestructuraciones territoriales y los conflictos políticos durante el gobierno de Juan Felipe Ibarra hasta 1850 absorbieron la mayor parte de los recursos provinciales. Una muestra del desplazamiento del río es que, hasta 1767, se realizaban procesiones desde el terreno que ocupaba la antigua ciudad —que para esa época formaba parte del lecho del Dulce— hasta la ermita de San Fabián y San Sebastián, ubicada en la manzana de las actuales calles Tucumán, Salta, La Plata y Jujuy.

En la segunda mitad del siglo XIX, la provincia reinició su actividad económica e infraestructura urbana. En 1856 se destacaba la producción del ingenio azucarero de Félix Frías, en 1886 comenzó a funcionar el servicio telefónico y en 1889 se instaló el alumbrado eléctrico.

Para proteger esa expansión, el Estado nacional comenzó a destinar fondos a obras de contención. En 1863 y 1872, los ingenieros Hidebrando y Dahequist realizaron inspecciones técnicas por encargo de la Nación. Tras un desborde violento en 1872, denominado localmente "volcán", el Congreso asignó $120.000 para defensas. Bajo la dirección del ingeniero Montenacle, cerca de 500 operarios worked en el cauce entre 1873 y 1874. Ese mismo año se aprobaron partidas adicionales de $10.000 para obras entre Sumamao y Tevuyo y de 10.000 pesos fuertes para desviar el río.

La Ley Nacional 922 de 1878 encomendó nuevos estudios al ingeniero Stavelina, lo que derivó en la apertura del canal La Cuarteada en 1879 para derivar caudales hacia el río Salado. También se construyeron contenciones cerca del actual Regimiento 18 y la avenida Roca. Sin embargo, la creciente de 1883 destruyó parte de las estructuras. El gobierno envió al ingeniero C. Cossú entre 1882 y 1884 para intervenir en los sectores de Maco, Tajamar y Los Corrales.

Ante la falta de resultados definitivos, el presidente José Evaristo Uriburu le encargó en 1896 un plan integral a Baltasar Olachea y Alcorta, jefe del Departamento Topográfico de Mendoza, advirtiendo que las defensas debían ejecutarse con carácter permanente antes de que volvieran a repetirse los daños de décadas anteriores.

Vías de tren en el agua y una plaga insospechada

En 1899, un brazo del río volvió a avanzar sobre el casco urbano y comenzó a erosionar el terreno cercano al templo de San Francisco. Ante la emergencia, la provincia y la Nación aportaron $5.000 para construir un dique transversal de 300 metros en el cauce principal, a la altura de la calle Rivadavia. Para frenar la corriente, el ingeniero Chantrill utilizó tierra, ramas e incluso tramos de vías y vagonetas del ferrocarril Decauville.

Al año siguiente, el ingeniero Palario reforzó la estructura agregando bloques de concreto. Si bien la obra —conocida como "dique Palario"— logró desviar el flujo principal, generó un área de agua estancada que favoreció la proliferación de mosquitos y desató una epidemia de paludismo que afectó a gran parte de la población.

Para erradicar el foco de infección, las autoridades rellenaron los terrenos bajos, nivelaron las dunas de la orilla y comenzaron la plantación masiva de eucaliptus. Esa intervención ambiental dio origen al actual Parque Aguirre.

Presos, soldados y la obra definitiva

La presión del río continuó en las primeras décadas del siglo XX. En 1910, una creciente derribó parte del puente del Ferrocarril Central Argentino. El agua ingresó por la calle Alsina e inundó el sector del parque hasta las cercanías de la plaza principal. En 1911 se construyó un terraplén de contención con material de la playa, desde el norte de las vías del ferrocarril hasta la calle Trónica (actual 2 de Febrero).

En 1919, una nueva crecida rompió la contención e inundó los barrios Belgrano, Chumillo, La Granja, Ulua y Flores. Para frenar el avance se extendió el terraplén casi cuatro kilómetros hacia Ulua, invirtiendo cerca de $70.000 en compuertas y defensas de madera.

El episodio más crítico ocurrió a comienzos de 1921. Durante tres meses, hasta 1.000 hombres trabajaron diariamente en el cauce para evitar que el río se desviara por la acequia municipal en Tarapaya y cruzara el centro urbano. Ante la falta de personal, las tareas se realizaron con la participación de presidiarios de la cárcel local y efectivos del regimiento militar destacado en la ciudad. El 1 de marzo de ese año, el puente ferroviario volvió a sufrir daños parciales. En su informe de 1922, el gobernador detalló que los trabajos de emergencia demandaron $395.000, obligando a redirigir $100.000 que estaban destinados al pago de bonos de pavimentación.

En septiembre de 1924, el ingeniero Diego F. Outes elevó un informe al Interventor Nacional señalando la falta de coordinación entre las distintas dependencias provinciales, nacionales y ferroviarias que intervenían sobre el cauce. Outes recomendó suspender las obras improvisadas hasta realizar un estudio técnico completo.

Ese análisis fue encargado oficialmente a finales de 1924 y derivó en un proyecto integral aprobado en septiembre de 1928, cuyas obras se autorizaron en febrero de 1929.

El cauce encauzado

La evolución de Santiago del Estero terminó por desmentir los diagnósticos del siglo XVII sobre su despoblación. Como resumía el ingeniero Michaud en 1935, la continua disputa con el río Dulce no impidió el crecimiento urbano ni su consolidación institucional. Las crecidas periódicas obligaron a la ciudad a reorganizarse, adaptar su trazado y desarrollar infraestructura técnica a lo largo de casi cuatro siglos. El río que condicionó a los primeros pobladores terminó integrándose a la geografía urbana de la capital provincial.

 

Tinta, plomo y libertad: el nacimiento de El Guardia Nacional y los primeros pasos de la prensa santiagueña

Por Leyendas del Folclore Santiagueño

NOMBRES DE DIARIOS y periódicos de diversas épocas, según los archivos de la historia periodística santiagueña.


Un nacimiento tardío bajo la sombra del despotismo

El 17 de septiembre de 1859 no fue un sábado cualquiera en Santiago del Estero. Tras décadas de silencio forzado, analfabetismo estructural y constantes luchas civiles, salió a la calle la primera hoja impresa producida en la provincia: El Guardia Nacional. Mientras Mendoza y Tucumán contaban con imprenta desde 1817, Córdoba desde 1825 y Corrientes desde 1829, Santiago fue la última provincia argentina en tener un periódico propio.

Como explicó el historiador José F. L. Castiglione en sus trabajos de 1948, semejante demora no fue casual. La prolongada tiranía de Juan Felipe Ibarra entre 1820 y 1851, junto a la escasez de escuelas y la inestabilidad política, ahogaron cualquier intento de libre expresión. El propio Manuel Belgrano lo había advertido en las vísperas de la Revolución de Mayo, en una cita que Castiglione rescata con precisión: «¿Quiénes se oponen a la libertad de prensa? ¿Quiénes le temen? Los déspotas, los tontos y los tímidos». Hizo falta que cayeran los viejos caudillismos y se sancionara la Constitución Nacional de 1853 para que la palabra escrita tuviera, por fin, una imprenta donde nacer.

Una prensa cobrada en deudas de guerra

El origen del equipamiento técnico que dio vida al primer periódico santiagueño parece sacado de una trama bélica. Según documentaron Castiglione y Alfredo Gárgaro, la llegada de la primera máquina tipográfica no respondió a un encargo comercial, sino al cobro de una deuda entre los gobiernos de Tucumán y Santiago del Estero.

Santiago había volcado sus fuerzas militares en la expedición del general Espinosa para derrocar al gobernador tucumano Celedonio Gutiérrez, conflicto que culminó en la batalla de Los Laureles. Para compensar los gastos militares ocasionados, el líder santiagueño Manuel Taboada negoció la entrega de una prensa usada propiedad del gobierno tucumano. El traspaso se formalizó mediante una ley de la Legislatura de Tucumán el 27 de julio de 1854.

La máquina, calificada en los registros de la época como pesada y manejada por "operarios sin inteligencia", exigió traer desde Tucumán a un experto, Pedro F. Robles, para ponerla a punto y capacitar a la primera generación de tipógrafos locales. Cinco jóvenes santiagueños asumieron el desafío de aprender el oficio del plomo y las tintas:

  • Segundo R. Araujo
  • Crisólogo Agüero
  • Crisóstomo Encalada
  • Ramón R. Bravo
  • Mauro Figueroa

Instalada en dependencias del Cabildo, la imprenta fue bautizada "31 de Octubre" —en homenaje a la victoria militar de los Taboada sobre las tropas tucumanas en Tacanitas (1853)— y comenzó a publicar los primeros decretos y papeles oficiales en 1858.

El debut de El Guardia Nacional: formato, voz y vicisitudes

El Guardia Nacional salió finalmente el 17 de septiembre de 1859, durante la gestión del primer gobernador constitucional, Juan Francisco Borges. Tenía salida semanal, una tirada modesta de 150 ejemplares y un formato chico de 30 por 40 centímetros, apenas más grande que un libro. Su primer editor fue el propio Pedro F. Robles, mientras que el rol de redactor principal lo asumió Ezequiel N. Paz, entonces ministro de Gobierno. Sin embargo, en la historiografía existe un debate sobre la conducción del medio: mientras algunos autores le otorgan la dirección a Paz por su rol de redactor, otros afirman que la dirección estaba en manos de Manuel Taboada.

En una provincia con muy pocas escuelas, donde saber leer era un privilegio raro, los pocos ejemplares circulaban de mano en mano o se leían en voz alta ante grupos de vecinos analfabetos. Aun así, la vida del semanario fue corta. En 1860, el gobernador Pedro R. Alcorta cortó su publicación alegando la "escasez de recursos" del tesoro provincial. Se intentó alquilar la imprenta al club político "25 de Mayo", pero los incumplimientos del contrato terminaron en la rescisión del acuerdo, dejando a la provincia de nuevo sin órgano impreso.

Periodismo de trinchera y la figura del "editor responsable"

Tras el cierre de El Guardia Nacional vino una etapa prolífica pero violenta. Los periódicos que le siguieron - La Reforma Pacífica (1860), La Prensa Orgánica (1861) y La Fraternidad (1862) - nacieron al calor de la contienda política. Eran hojas marcadamente facciosas, escritas con un tono agresivo que apuntaba a las personas antes que a los debates de ideas.

Muestra de ese clima fue lo publicado por el periódico La Libertad en octubre de 1875, atacando al mitrismo tras la caída del régimen de los Taboada:

"Mitre, el más nefasto de los ciudadanos, habrá triunfado... A más de revoltoso, es traidor a la Patria".

Recién hacia 1880 empezó a abrirse paso un estilo más templado. En la edición número 287 de La Prensa Libre, el redactor Federico R. Álvarez lo planteaba claramente en su editorial de presentación:

"No, la misión de la prensa es mucho más digna y delicada, y está más arriba de todas esas bajezas y de todas esas miserias; el hogar es el recinto sagrado y el templo santo de la familia a cuyas puertas hemos de deponer todos nuestros odios y rencores..."

En ese contexto tenso, el rol del "editor responsable" - que solía ser el propio tipógrafo o regente del taller - entrañaba un peligro real. Antes de la sanción de la primera Ley de Imprenta provincial en 1885 y sin garantías policiales efectivas, el editor quedaba expuesto a agresiones físicas o a ser desafiado a duelo por cualquier artículo que causara ofensa. Por eso, como observó Castiglione, los cambios constantes de nombre en el pie de imprenta casi siempre delataban un episodio de violencia o persecución.

El legado de la palabra impresa

A pesar de su corta vida y sus limitaciones técnicas, El Guardia Nacional rompió el aislamiento cultural de Santiago del Estero e inició la historia de la prensa local, una trayectoria que Castiglione dividió en tres etapas fundamentales:

  1. Primera etapa (1859-1895): La proliferación de unos cuarenta semanarios de pequeño formato y tiradas reducidas.
  2. Segunda etapa (1895-1932): El salto al periodismo diario con La Provincia (1895) y la consolidación de cabeceras históricas del norte argentino como El Liberal, fundado el 3 de noviembre de 1898 por Juan A. Figueroa.
  3. Tercera etapa (1932 en adelante): La profesionalización del oficio, la despersonalización del comentario político, la llegada de las linotipias y el asentamiento del periodismo informativo moderno.

Aquel primer impreso abrió el camino para que la ciudadanía empezara a fiscalizar al poder. Como concluyó Castiglione al valorar el trabajo de los tipógrafos que manejaban el plomo en el Cabildo de 1859, la prensa no solo contuvo los abusos de los caudillos, sino que «esclareció conciencias y ayudó al pueblo a saber elegir mejor».

 Basado en: "HACE 89 AÑOS QUE VIO LA LUZ EL PRIMER PERIODICO SANTIAGUEÑO" -  Número del Cincuentenario * EL LIBERAL * 3 de Noviembre – 1948

viernes, 11 de septiembre de 2026

Chaco Seco: veinte años que cambiaron el paisaje de Santiago del Estero

 Una investigación de la UNSE analizó las transformaciones del territorio santiagueño entre 2000 y 2020 y puso el foco en una pregunta que va mucho más allá del desmonte: ¿qué cambia realmente cuando cambia el monte?

Parque nacional Copo

Una investigación de la UNSE analizó las transformaciones del territorio santiagueño entre 2000 y 2020 y puso el foco en una pregunta que va mucho más allá del desmonte: ¿qué cambia realmente cuando cambia el monte?

Hay paisajes que parecen eternos, y el monte santiagueño es uno de ellos. Está ahí desde siempre, acompañando caminos, pueblos y comunidades. Forma parte de una geografía que aprendimos a reconocer casi sin pensarlo: árboles, animales, tierra seca, calor, silencio y una vida que muchas veces pasa inadvertida.

Pero el paisaje no permanece igual.

Entre 2000 y 2020, grandes transformaciones modificaron el territorio del Chaco Seco en Santiago del Estero. Una investigación realizada por un equipo de la Universidad Nacional de Santiago del Estero analizó ese proceso y sus consecuencias, poniendo el foco en uno de los grandes motores del cambio: la expansión de la actividad agrícola y la transformación del bosque nativo.

El trabajo fue publicado en Human Ecology, una revista científica internacional dedicada a estudiar las relaciones entre las sociedades y el ambiente. Y detrás de los mapas, los cambios de cobertura vegetal y los datos, aparece una cuestión mucho más cercana: qué territorio estamos construyendo y qué estamos dejando atrás.

Veinte años que dejaron huella

La investigación estudió cómo se transformó el paisaje santiagueño durante dos décadas. A primera vista, podría parecer una cuestión relacionada solamente con la cantidad de monte que desapareció; sin embargo, el problema es bastante más profundo.

Cuando un bosque cambia, no desaparecen únicamente los árboles. También se modifican las relaciones entre las personas y el territorio, las posibilidades productivas, la biodiversidad y una serie de beneficios que el ambiente brinda y que muchas veces damos por descontados.

El avance de la frontera agrícola aparece en este proceso como uno de los principales factores de transformación. La expansión productiva puede modificar rápidamente un paisaje: allí donde antes había bosque nativo, comienza a existir otro tipo de territorio, con nuevas actividades, nuevas relaciones económicas y también nuevas consecuencias ambientales y sociales.

El cambio puede verse sobre la tierra, pero sus efectos no terminan allí.

El monte hace mucho más que ocupar espacio

Hay algo que suele perderse cuando hablamos de desmontes: el monte no es simplemente una superficie cubierta de árboles. Los ecosistemas cumplen funciones fundamentales: regulan procesos ambientales, sostienen la biodiversidad, ofrecen recursos y también tienen un valor cultural para quienes viven en esos territorios. Por eso, hablar de la transformación del Chaco Seco implica mirar mucho más allá de una fotografía del paisaje.

La pregunta no es solamente cuánto monte había antes y cuánto queda después. También importa saber qué funciones cumplía ese monte, qué recursos proporcionaba, qué actividades sostenía y qué relaciones sociales y culturales estaban vinculadas con él.

Ahí aparece una de las claves del estudio: los llamados servicios ecosistémicos. Dicho de una manera sencilla, son los beneficios que las personas reciben de los ecosistemas. Algunos son visibles y otros no tanto, pero todos forman parte de la relación cotidiana entre sociedad y naturaleza. Cuando el paisaje cambia, esos beneficios también pueden cambiar.

El problema no termina en el ambiente

La transformación del territorio tampoco puede entenderse solamente como un problema ambiental: tiene consecuencias económicas, sociales y culturales. Una modificación profunda del paisaje puede alterar las formas de producción, el acceso a determinados recursos y la relación que distintas comunidades mantienen con su entorno.

Por eso, el debate sobre el Chaco Seco no debería reducirse a una oposición sencilla entre «producción» y «medio ambiente». La cuestión es bastante más incómoda:

  • ¿Cómo producir sin destruir las condiciones que permiten sostener la vida en el territorio?
  • ¿Quiénes participan de las decisiones sobre el uso de la tierra?
  • ¿Quiénes reciben los beneficios y quiénes enfrentan las consecuencias?
  • Y, sobre todo, ¿qué modelo de territorio queremos para el futuro?

Son preguntas que aparecen detrás de los resultados de la investigación y que exceden ampliamente el ámbito académico.

Los habitantes del monte también tienen algo que decir

Uno de los aspectos destacados del estudio es el papel de las comunidades campesinas e indígenas. Estas poblaciones no aparecen simplemente como habitantes de un territorio que se transforma desde afuera: sus prácticas, conocimientos y formas de relacionarse con el bosque forman parte de la historia del paisaje y también pueden desempeñar un papel importante en su conservación.

Esto obliga a mirar el problema desde otra perspectiva. Conservar no significa necesariamente imaginar un territorio inmóvil, sin personas y sin actividades. Significa preguntarse cómo se utiliza ese territorio, qué prácticas pueden sostenerlo y qué conocimientos construyeron quienes viven allí desde hace generaciones.

El debate, entonces, deja de ser solamente ambiental; también es social, cultural y político.

El desafío: producir sin perder el territorio

La expansión productiva plantea una tensión difícil de ignorar. Por un lado, existe la necesidad de producir y aprovechar los recursos del territorio; por otro, están los costos que pueden acumularse cuando esa transformación se realiza sin considerar todas sus consecuencias.

El problema aparece cuando solamente se observa el beneficio inmediato. Un territorio puede generar rentabilidad, pero también puede perder biodiversidad, modificar sus funciones ambientales y afectar formas de vida vinculadas históricamente con el monte.

Por eso, una mirada de largo plazo resulta indispensable. Lo que está en juego no es únicamente cuánto se produce hoy, sino también qué territorio quedará mañana.

Santiago del Estero, observado desde el mundo

Que esta investigación haya sido publicada en una revista científica internacional también tiene un significado particular. Un grupo de investigadores de la Universidad Nacional de Santiago del Estero llevó a un espacio de discusión internacional una transformación que ocurre dentro de nuestro propio territorio.

El trabajo de Cecilia Soledad Escalada, Raúl Esteban Iturralde y Constanza María Urdapilleta analiza un proceso que durante años estuvo presente en debates locales: la transformación del paisaje santiagueño. Pero esta vez, la mirada se amplía. El Chaco Seco aparece como parte de una discusión mucho mayor sobre las relaciones entre sociedad, producción, conservación y territorio, lo que permite volver a mirar nuestro propio paisaje con otros ojos.

¿Qué estamos perdiendo cuando cambia el monte?

Tal vez esa sea la pregunta que queda después de conocer los resultados de la investigación. Porque el monte no es solamente una superficie que puede conservarse o desmontarse; es un sistema de relaciones. Allí conviven naturaleza, producción, comunidades, conocimientos, recursos y cultura. Y cuando una de esas piezas cambia, las demás también pueden verse afectadas.

En Santiago del Estero, hablar del monte es hablar de mucho más que árboles: es hablar de una parte profunda de la identidad del territorio. Por eso, el desafío no consiste simplemente en elegir entre producir o conservar. Consiste en encontrar formas de habitar y utilizar el territorio sin perder aquello que lo hace posible.

Porque antes de preguntarnos cuánto podemos sacar del monte, quizá deberíamos detenernos un instante y pensar en todo lo que el monte ya nos está dando.

Fuentes:

  • Publicación científica principal: Escalada, C. S., Iturralde, R. E., & Urdapilleta, C. M. (2024). Land System Transformations and Ecosystem Services in the Dry Chaco: A Twenty-Year Analysis in Santiago del Estero, Argentina. Human Ecology, Springer.
  • Institución de adscripción y desarrollo: Universidad Nacional de Santiago del Estero (UNSE) / Instituto de Ciencias de la Tierra, el Agua y el Ambiente (INCTA-UNSE-CONICET).
  • Contexto normativo y datos marco utilizados en la investigación:
    • Ley Nacional N.° 26.331 de Presupuestos Mínimos de Protección Ambiental de los Bosques Nativos (Ley de Bosques) y su Ordenamiento Territorial de Bosques Nativos (OTBN) de Santiago del Estero.
    • Datos cartográficos y de cobertura vegetal del proyecto MapBiomas Chaco y monitoreos de deforestación del Laboratorio de Análisis Regional y Teledetección (LART-FAUBA).

 

 

lunes, 7 de septiembre de 2026

Santiago del Estero: la agonía silenciosa del bosque chaqueño. Cómo una provincia que fue potencia forestal perdió el 69% de sus bosques nativos en un siglo

Santiago del Estero pasó de producir 700 mil toneladas de leña al año a perder el 88 % de sus quebrachales centenarios por los desmontes, la expansión sojera y leyes destructivas. Una investigación sobre el desangre de la última frontera verde argentina y la urgente lección de conservación que el mundo nos exige.

 

Crédito: Gustavo Tarchini

 Por Leyendas del folclore santiagueño

El árbol era viejo, ancho como la espalda de un dios de monte. Dicen que su tronco tenía un metro y medio de diámetro, que su sombra podía refrescar a media docena de cabras y que, cuando cayó, allá por los años 50, nadie pensó que también estaba cayendo un símbolo.

Lo cortaron para extraer tanino. Después hicieron durmientes, postes y carbón con su madera. Al final, lo único que quedó fue el hueco. Y el eco.

Hoy, sobre esa misma tierra, los árboles no superan el grosor de una pierna humana. La imagen tiene algo de distopía: un bosque ralo, todavía joven, que parece demasiado pequeño para ocupar el lugar de lo que hubo.

Santiago del Estero perdió seis millones de hectáreas de monte nativo en el último siglo, según datos del Primer Inventario Nacional de Bosques Nativos (2001) y actualizaciones del PIARFON-UNSE. Para imaginar la magnitud, son unas treinta veces la superficie de la Ciudad de Buenos Aires.

Y queda un dato difícil de ignorar: la provincia que alguna vez alimentó con su madera los fuegos del progreso ferroviario hoy importa madera de Paraguay.

La fiebre del tanino: Europa curtía y el norte sangraba

Todo empezó con un barco.

En 1888, desde Buenos Aires partió el primer cargamento de quebracho colorado santiagueño rumbo a Alemania, según documenta el clásico "Maderas y Bosques de la Argentina", de José María Tortorelli (1956). La madera más dura del continente se convirtió en el oro rojo del Cono Sur. Europa necesitaba tanino para curtir cuero y Argentina tenía una enorme reserva natural de quebracho.

Para 1920, el país tenía 19 fábricas de tanino. Dos estaban en Santiago del Estero.

Al principio, el aprovechamiento tenía ciertas reglas. Se talaban árboles maduros y se respetaban los ciclos del monte. No se lo intervenía de cualquier manera.

Eso cambió. El mercado empezó a exigir más y más madera, y el tiempo de recuperación del bosque dejó de importar.

"El exterminio vino después, cuando empezamos a cortar hasta los renuevos de 15 años", explica el ingeniero forestal Néstor Ledesma, entrevistado para este informe y vinculado a distintos trabajos de la UNSE.

Ahí comenzó una diferencia que todavía pesa: sacar madera podía hacerse en unos pocos años. Recuperar un quebrachal, en cambio, podía llevar generaciones.

La ley del hacha: cuando conservar fue un pecado fiscal

En 1996, el gobierno provincial sancionó la Ley 6309, una norma que gravaba con hasta cinco veces más impuestos a los propietarios de tierras consideradas "improductivas".

La paradoja era difícil de ignorar: conservar un bosque podía significar pagar más que desmontarlo.

"Desmonten o paguen". Esa fue, en los hechos, la presión que enfrentaron muchos propietarios. Y desmontaron.

Entre 1990 y 2003, 423.424 hectáreas se convirtieron en campos de soja. Solo entre 2000 y 2003, otras 253.028 hectáreas fueron arrasadas, según registros de deforestación citados en informes del PIARFON-UNSE (2003-2005).

"Era como premiar a quien tira abajo una catedral para vender sus ladrillos", ironiza Ledesma.

Los jinetes del desmonte

1. Inversores sin raíces

Hoy, más del 60% de los desmontes son realizados por empresarios de Córdoba, Santa Fe y Chaco, de acuerdo con datos del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible de la Nación. Muchos llegan atraídos por el bajo costo de la tierra, que puede ser hasta cinco veces menor que en la Pampa Húmeda, y por una legislación forestal que durante años permitió un margen amplio para avanzar sobre el monte.

2. Ingenieros permisivos

Un informe de la Universidad Nacional de Santiago del Estero (UNSE) denuncia la existencia de profesionales que firman planes de desmonte para campos que ya habían sido devastados.

El mecanismo señalado es sencillo: reciclar viejas guías forestales y utilizarlas para continuar extrayendo madera ilegal sin despertar demasiadas sospechas.

3. Campesinos acorralados

En las zonas más pobres del interior santiagueño, las familias que no tienen título de propiedad quedan expuestas a una situación todavía más compleja.

"Si no cortás vos, te lo sacan otros", resume un campesino de Quimilí entrevistado para esta crónica.

Cortar es, muchas veces, la única manera que encuentran para marcar un territorio sobre el que no tienen papeles.

4. El Estado ausente

Desde 1950, la Argentina cuenta con la Ley 13.273 de Defensa de la Riqueza Forestal. Sin embargo, durante décadas no se implementó en Santiago del Estero un plan de manejo forestal efectivo capaz de frenar la degradación del monte.

La ley existe. Los árboles, ya no tanto.

Donde todavía brota resistencia

Desde 2003, la UNSE coordina el PIARFON, Proyecto de Investigación y Acción para la Recuperación del Bosque Nativo. El objetivo es recuperar el monte chaqueño desde una mirada integral y promover formas de aprovechamiento que no dependan de su destrucción.

Los resultados señalados por el proyecto incluyen:

  • Recuperación de 50.000 hectáreas mediante enriquecimiento con especies nativas.
  • Promoción de mercados alternativos vinculados con la miel, los frutos y la leña legal.
  • Incorporación de 120 familias campesinas al manejo sustentable del monte.

La idea central del proyecto puede resumirse en una frase: "un bosque vivo vale más que una soja muerta".

No es solo una discusión ambiental. También es una discusión sobre qué actividades pueden sostener a una comunidad cuando el recurso que las rodea tarda décadas, incluso siglos, en recuperarse.

El espejo alemán

"En Alemania, nadie corta un roble antes de los 150 años", señala Ledesma. Allí, el bosque se entiende como un legado que pasa de una generación a otra. En Santiago, durante mucho tiempo, conservarlo fue tratado como un costo.

Según el Primer Inventario Nacional de Bosques Nativos (2001):

  • En 1966, el 38% del territorio santiagueño era bosque.
  • En 2006, solo quedaba el 12%.

Los quebrachos, una de las especies emblemáticas del norte argentino, crecen apenas entre 4 y 8 milímetros por año. Un ejemplar de un metro de diámetro puede requerir casi 200 años para alcanzar ese tamaño.

La soja, en cambio, puede estar lista para exportarse en apenas unos meses.

Ahí aparece una de las mayores contradicciones del modelo: el monte necesita generaciones para crecer, mientras que una hectárea desmontada puede empezar a producir en una sola campaña.

Europa paga hasta US$300 por hectárea a quienes conservan bosque nativo, según políticas de la Unión Europea relacionadas con servicios ecosistémicos. En Santiago del Estero, desmontar puede resultar más rentable: hasta US$500 por hectárea en soja.

El mercado premia la tala. La historia, no.

Epílogo: la flor amarilla

En Santos Lugares, un niño muestra un vinal joven que plantó su abuelo.

"Cuando sea grande, va a tener flores amarillas", dice.

No hace falta agregar mucho más.

En esa frase aparece, de manera sencilla, una pregunta que atraviesa toda la historia del monte santiagueño: ¿seguiremos midiendo el bosque en pesos por hectárea o empezaremos a verlo también como algo que se entrega a quienes todavía no nacieron?

Como escribió el jefe Seattle: "El hombre no tejió la red de la vida; es solo un hilo. Lo que hace con ella, se lo hace a sí mismo."

Fuentes citadas

  • Sgo. del Estero, una mirada ambiental.
  • Primer Inventario Nacional de Bosques Nativos (2001), Secretaría de Ambiente de la Nación.
  • Informes técnicos PIARFON-UNSE (2003-2005).
  • Maderas y Bosques de la Argentina, José María Tortorelli (1956).
  • Entrevistas a Néstor Ledesma, ingeniero forestal, Universidad Nacional de Santiago del Estero.
  • Ley 6309, Provincia de Santiago del Estero (1996).
  • Ley Nacional 13.273 de Defensa de la Riqueza Forestal.
  • Informes sobre servicios ecosistémicos, Comisión Europea (2020-2024).
  • Entrevistas de campo realizadas entre julio y agosto de 2025 en Quimilí, Tala Atun y Santos Lugares.

 


viernes, 4 de septiembre de 2026

El Petit Palais: La Historia de un Cine que Sobrevivió a las Llamas, a los Años y a la Memoria Olvidada

Durante décadas, el Petit Palais fue mucho más que una sala de cine. Allí se encontraron el espectáculo, la música, la vida social y algunos de los acontecimientos que marcaron la historia cultural de Santiago del Estero.

 “Las cosas no mueren si las recordamos.” - Leonardo “Nano” Gigli -




Hubo una época en la que ir al cine era bastante más que sentarse frente a una pantalla. Era ponerse la mejor ropa, encontrarse con conocidos, escuchar música en vivo y dejarse llevar, aunque fuera por un rato, hacia historias que llegaban desde muy lejos.

En pleno centro de Santiago del Estero, el Cine-Teatro Petit Palais fue parte de esa experiencia. Desde su inauguración en 1917, atravesó distintas etapas, cambió de aspecto, recibió a artistas destacados, sobrevivió a un incendio devastador y volvió a abrir sus puertas convertido en una moderna sala Art Déco.

Pero para entender su historia hay que retroceder un poco.

Antes del Petit Palais estuvo el Teatro Cervantes

En los terrenos cercanos a la histórica Catedral, sobre la calle 24 de Septiembre, funcionaban a comienzos del siglo XX distintos espacios que formaban parte de la vida urbana de la ciudad.

Entre ellos estaba el Teatro Cervantes, considerado el primer teatro de Santiago del Estero. En sus primeros años había sido conocido como Zenatti-Ollantay y estaba bajo la dirección de los hermanos Edippo.

Aunque ocasionalmente proyectaba películas, su actividad principal estaba vinculada al teatro y la música. En 1906 adoptó definitivamente el nombre de Teatro Cervantes.

La construcción era sencilla: techos de madera y ladrillo cubiertos con chapas de zinc y una fachada con cinco puertas. Sobre ella, un friso llevaba orgullosamente la inscripción "Teatro Cervantes".

El teatro funcionó hasta los primeros años de la década de 1910. Después, el lugar cambió de manos y con el tiempo surgió allí un bazar llamado Ollantay, que mantuvo de alguna manera vivo el recuerdo de aquel antiguo escenario.

En 1917: nace el Petit Palais

Enero de 1917 marcó un nuevo capítulo.

En terrenos alquilados a Alfredo Ricci comenzó a funcionar el primer Cine-Teatro de Santiago del Estero: el Petit Palais. Al mismo tiempo, en el mismo entorno, se levantaba la nueva Confitería del Águila, administrada inicialmente por la firma Barrionuevo y Pujadas.

La historia del nombre también tiene su pequeño detalle.

A fines de 1916, Juan Figueroa, director del diario "El Liberal", se reunió con Paul Mazure. Durante aquella conversación surgió la idea de dejar que fueran los propios santiagueños quienes eligieran el nombre del nuevo proyecto mediante un concurso publicado en el diario.

Así nació el nombre Cine-Teatro Petit Palais Mazure.

Con el tiempo, Roberto Carlos Mazure, hijo de Paul, se convertiría en una figura central del negocio familiar.

Una sala que recibió a Gardel y Razzano

El Petit Palais rápidamente comenzó a ganar prestigio.

Uno de los acontecimientos más recordados ocurrió el 16 de mayo de 1919, cuando el dúo Gardel-Razzano llegó a la sala acompañado por José Ricardo Razzano.

La respuesta del público fue extraordinaria. Tanto, que las presentaciones tuvieron que repetirse durante dos días consecutivos.

Y mientras los espectadores disfrutaban de aquellos artistas, también podían asistir a proyecciones de películas mudas, entre ellas las protagonizadas por el actor William Russell.

En aquellos años, el cine todavía necesitaba algo fundamental: música.

Las películas mudas eran acompañadas en vivo por el pianista alemán Carlos Esclinger, nacido en Stuttgart, quien tenía la tarea de crear una banda sonora para las imágenes que aparecían en pantalla.

El espectáculo, entonces, era mucho más que una película. Era una combinación de imágenes, música, público y ambiente.

Una ventana a la vida de la provincia

El Petit Palais tuvo además una particularidad que hoy resulta especialmente valiosa.

Las funciones solían estar precedidas por noticieros realizados en forma de cortometrajes documentales mudos. Muchas de esas imágenes fueron registradas por el italiano Vicente Gigli.

Según el texto de referencia, aquella colección cinematográfica era prácticamente única en el norte argentino. Santiago del Estero llegó a conservar registros audiovisuales de acontecimientos sociales, políticos y religiosos de comienzos del siglo XX.

Es decir, el cine no solamente mostraba historias inventadas.

También estaba registrando la vida real.

Para quienes hoy intentamos reconstruir cómo era aquella Santiago del Estero, esas imágenes tienen un valor enorme.

La música también tenía su lugar

Durante la década de 1920, el Petit Palais sumó una orquesta propia, dirigida por Pedro Cinquegrani e integrada por músicos como Carlos Silinger, José Parisi, Alfonso Mottola, Tito Mottola, Guido Degano y Benito Fernández.

La música acompañaba las funciones cinematográficas y también formaba parte de la actividad de la Confitería El Águila.

El cine era, por entonces, un verdadero punto de encuentro.

La administración estaba a cargo de Bruno Osimani, con el apoyo de su cuñado Guillermo Renzi, vinculado a los primeros emprendimientos de artículos eléctricos y mecánicos.

La calidad de las películas también ayudó a consolidar el prestigio de la sala. Llegaban producciones distribuidas por empresas como Max Gluschamann Foxx Film, Nueva York Film y Exchange, además de películas nacionales.

Por ubicación, infraestructura y programación, el Petit Palais se convirtió en una de las salas más exclusivas de la época, solo superada por el Teatro 25 de Mayo.

Una fachada que se transformó

En 1922, Roberto Carlos Mazure adquirió las propiedades donde funcionaban el Petit Palais y la Confitería El Águila.

Un año después, la concesión del cine pasó a Guillermo Renzi, y la sala llegó a compararse con el prestigioso Splendid de Tucumán.

Entre 1926 y 1930, el edificio experimentó una importante transformación.

La fachada comenzó a mostrar los rasgos arquitectónicos de moda. Dos escudos ocupaban la parte superior, acompañados por liras en los laterales y un mascarón ornamental en el centro.

Las columnas tenían bajorrelieves de instrumentos musicales y otros motivos decorativos. Más arriba aparecían frisos y dentículos de orden corintio, mientras que cinco grandes ventanales semicirculares completaban la composición.

Antes de esta remodelación, el aspecto era mucho más sencillo, con ladrillos a la vista, una entrada semicircular y una estructura de hierro forjado que rodeaba la puerta principal.

Por las noches, las pequeñas bombillas de época aportaban una iluminación cálida que seguramente convertía aquella esquina en un lugar particularmente atractivo.

La madrugada en que todo cambió

Pero la historia del Petit Palais también tuvo un capítulo dramático.

En la madrugada del 11 de octubre de 1937, alrededor de las cuatro, un incendio comenzó a consumir el interior del cine y parte de la Confitería El Águila.

Un policía advirtió las llamas y el humo y dio aviso. Poco después llegaron efectivos policiales y bomberos, que intentaron controlar el fuego.

No alcanzó.

Las llamas avanzaron rápidamente y destruyeron las estructuras internas, las puertas y los cristales. La escena era impresionante: el fuego que salía del edificio daba la sensación de que una manzana entera estaba ardiendo.

La multitud comenzó a reunirse alrededor del lugar.

Recién cerca de las ocho de la mañana las llamas cedieron.

El Petit Palais había quedado reducido a cenizas. También se habían perdido los fondos de la confitería.

Las pérdidas fueron estimadas en 50 mil pesos para el salón de espectáculos y 5 mil para la confitería.

Las autoridades detuvieron a varias personas, entre ellas integrantes del personal del cine y de la confitería, aunque las causas del incendio no pudieron determinarse con claridad.

En aquella época, además, los incendios en salas cinematográficas eran frecuentes debido a la alta inflamabilidad de los nitratos utilizados en las películas.

Del fuego a la reconstrucción

Y, sin embargo, el Petit Palais no desapareció.

En poco más de un año volvió a levantarse.

El 7 de diciembre de 1938, la sala reabrió sus puertas con un nuevo proyecto arquitectónico realizado por Aníbal Oberlander y bajo la producción de Remo Staffolani.

Esta vez, el edificio adoptó el estilo Art Déco y sumó importantes mejoras técnicas.

Se trabajó especialmente en la acústica y se incorporó un sistema moderno de refrigeración con extractores de aire ubicados en la parte superior.

La capacidad también aumentó: de 700 butacas pasó a 900 butacas Pullman.

Carlos Mazure, hijo de Paul, viajó para presenciar la reapertura y comprobar cómo el emprendimiento iniciado por su padre volvía a ponerse en marcha.

El Petit Palais había resurgido del fuego.

Los últimos años

En 1949, Carlos Mazure vendió la Confitería El Águila y la propiedad a José Noguerol.

Al año siguiente, el Cine Petit pasó a manos de la Sociedad Inmobiliaria del Norte S.R.L., aunque la administración continuó bajo la Compañía Cinematográfica del Norte S.A. de Tucumán, con Alfredo Gramajo como gerente.

La confitería quedó a cargo de "Higa y Cía", la misma firma que administraba el Café Tokio.

Con el tiempo, El Águila cerró sus puertas.

El cine, en cambio, continuó funcionando durante varias décadas más, hasta finales de los años 80.

Un cine que también fue memoria

El Petit Palais fue mucho más que un edificio destinado a proyectar películas.

Durante décadas fue un lugar de encuentro para los santiagueños. Allí hubo música, teatro, cine, encuentros sociales y momentos que quedaron ligados a la vida cotidiana de varias generaciones.

Su historia también muestra cómo fue cambiando la ciudad. Primero estuvo el Teatro Cervantes. Después llegó el Petit Palais. Más tarde aparecieron nuevas formas de entretenimiento y otros espacios ocuparon su lugar.

Pero hay algo que permanece.

Las salas de cine no solamente muestran historias. También forman parte de ellas.

En el caso del Petit Palais, las películas compartieron espacio con artistas, músicos, espectadores y acontecimientos de una ciudad que estaba cambiando. Incluso los registros documentales proyectados antes de las funciones terminaron convirtiéndose, con el tiempo, en parte de la memoria histórica de Santiago del Estero.

Quizás por eso recordar al Petit Palais no significa solamente mirar hacia atrás.

Significa recuperar una parte de aquella ciudad que alguna vez se reunía bajo sus luces, esperaba que comenzara la función y, durante unas horas, dejaba afuera el mundo cotidiano.

El pequeño palacio ya no está como entonces. Pero su historia sigue ahí, entre fotografías antiguas, recuerdos familiares y documentos que permiten reconstruir aquella Santiago del Estero donde el cine comenzaba a convertirse en una verdadera experiencia colectiva.

Fuente: texto base proporcionado por el usuario, correspondiente a la historia del Teatro Cervantes, Cine-Teatro Petit Palais y Confitería El Águila.