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viernes, 18 de septiembre de 2026

La ciudad detrás de la fotografía


La primera vez que Clara vio caer una casa antigua, no entendió por qué su abuelo se quedó mirándola durante tanto tiempo. La máquina había mordido una de las paredes de Chumillo y el polvo se levantó lentamente, como una nube que se negara a desaparecer. Ramón permanecía de pie frente a su casa. Tenía setenta y ocho años. Había nacido allí, había crecido allí y allí había visto pasar casi toda su vida. Desde aquella vereda había visto llegar los primeros cambios, desaparecer algunas costumbres y aparecer otras. Había visto crecer la ciudad hasta lugares que, cuando era niño, parecían estar lejos de todo. Ahora una marca roja sobre la pared anunciaba algo que todavía le costaba mirar de frente: su propia casa también tenía los días contados.

-¿El duelo? - preguntó Clara.

R -¿Qué cosa?

C - La casa.

Ramón tardó unos segundos en responder.

- No es la casa, Clara.

Ella lo miró sin entender.

R -Es todo lo que pasó aquí.

Esa tarde, mientras el ruido de las máquinas quedaba suspendido en el aire, Ramón entró a la casa y sacó de un armario una vieja caja de lata. La abrí con cuidado. Adentro había fotografías, boletos de colectivo, una llave oxidada y un pequeño cuaderno de tapas negras. Clara se sentó a su lado y comenzó a mirar. Algunas fotografías muestran calles que ya no reconocía. Otras tenían casas bajas, árboles, terrenos abiertos y caminos de tierra. En el cuaderno aparecían nombres escritos con una letra antigua: Chumillo, El Zanjón, La Católica, 8 de Abril, Tala Pozo, Las Cejas. Debajo de algunos nombres había anotaciones breves: "Acá terminaba la ciudad". "Por este camino íbamos al río". "Antes no había casas". "Después llegó el empedrado".

-¿Quién escribió esto? -preguntó Clara.

R - Mi padre.

C -¿Y para qué?

Ramón sonrió apenas.

- Porque él me dijo que algún día alguien iba a querer saber cómo era esto.

Clara volvió a mirar las fotografías. Una de ellas mostró El Zanjón. Había pocas casas. No se veían avenidas, autos ni luces. Solo una extensión de tierra, algunos árboles y un camino que parecía perderse en el horizonte. Clara sostuvo la fotografía entre las manos y, por un instante, tuvo la sensación de que algo se movía detrás de la imagen. Una corriente de aire frío le rozó la cara. Parpadeo. Cuando volvió a mirar, la fotografía parecía más profunda, como si ya no fuera una fotografía sino una puerta.

Sin saber exactamente por qué, Clara se acercó a la mano.

Y todo cambió.

Cuando abrió los ojos, ya no estaba en la casa de su abuelo. El aire era distinto. No había motores ni cables. Un carro avanzaba lentamente por un camino de tierra. Una mujer sacudía una manta frente a una casa. Un perro cruzó la calle. Dos chicos corrían detrás de una pelota.

Clara miró a su alrededor. El lugar que conocía como El Zanjón estaba allí, pero era otro.

Entonces vio a un niño parado a unos metros.  Tenía unos diez años. Clara lo reconoció inmediatamente. Era Ramón. 

El niño la miró con desconfianza.

-¿Quién sos?

Clara no supo qué responder.

- Mi nombre es Clara.

-¿Viviste por aquí?

Ella miró el paisaje y el nego con la cabeza.

- No exactamente.

Ramón señaló hacia el horizonte.

- Allá empieza el campo.

Clara observó el lugar. Para ella había un terreno vacío. Para Ramón había un barrio entero. Había personas, caminos, juegos, tardes, casas y vida. Lo que para una mirada podía parecer simplemente un espacio sin construir, para quienes lo habían habitado era un mundo completo.

-¿Siempre fue así? -preguntó Clara.

R -¿Así cómo?

C - Tan vacío.

Ramón frunció el fruncido.

- No está vacío.

Clara no alcanzó a un contestador. El viento volvió a levantarse. Cerró los ojos y, cuando los abrió, estaba otra vez en la casa de su abuelo. Tenía tierra en los zapatos y una pequeña piedra en la mano.

Durante varios días no volvió a tocar la caja. Intentó convencerse de que lo ocurrido había sido un sueño. Pero cada vez que miraba la fotografía de El Zanjón grababa al niño que había visto. Recordaba su voz, el camino de tierra y aquella respuesta sencilla que se le había quedado dando vueltas en la cabeza: "No está vacío".

Finalmente volvió a abrir el cuaderno.

Y regresó.

Cada fotografía parecía esconder una puerta. Clara comenzó a atravesarlas una por una. Viajó a los lugares que Ramón había anotado y descubrió cómo habían cambiado con el paso del tiempo. Vio calles de tierra se convirtieron en calles pavimentadas. Vio aparecer casas donde antes había monte. Vio crecer árboles y desaparecer otros. Vio vecinos conversando en las veredas, niños jugando, mujeres barriendo las entradas, hombres regresando del trabajo, carros avanzando lentamente por caminos que después serían atravesados ​​por autos y colectivos.

La ciudad estaba creciendo delante de sus ojos.  Pero Clara empezó a comprender algo que no había imaginado.  Cada regreso se llevaba algo.  Una casa. Un árbol. Una esquina. Un rostro. Una voz.

La transformación no ocurriría de golpe. Era más silenciosa. Un día algo todavía estaba allí. Después ya no. Una calle cambiaba de nombre. Una casa desaparecida. Un terreno se llenaba de construcciones. Una costumbre dejaba de repetirse. Y, poco a poco, aquello que había formado parte de la vida cotidiana comenzaba a parecer lejano.

La ciudad crecía, sí. Pero también iba dejando cosas atrás.

En uno de sus viajes, Clara llegó nuevamente frente a la casa de su abuelo. Era la misma casa, pero muchos años antes. Vio a Ramón cuando todavía era un niño. Vio a su padre. Vio el árbol que apareció en una de las fotografías. Vio la misma ventana que tantas veces había visto desde la vereda.

Entonces entendió por qué Ramón no podía hablar de aquella casa como si fuera simplemente una construcción.

Allí no había solamente paredes.  Había años.  Había personas.

Había conversaciones que ella nunca había escuchado. Había pasos que ya no podían volver. Había tardes que nadie podía recuperar.

Cuando regresó, fue directamente a buscar a su abuelo. 

C -¿Vos conociste El Zanjón cuando casi no había casas?

Ramón la miró en silencio.

-¿Quién te contó?

C - Voz.

Él sonrió.

- Sí.

C -¿Y sabes qué más vi?

Clara esperó.

- Vi la ciudad antes de que fuera como ahora.

Después de unos segundos, Clara preguntó:

- Vi tu casa cuando eras chico.

Ramón bajó la mirada. No dijo nada durante un momento.

- A veces pienso que uno pasa la vida tratando de recordar -dijo finalmente.

 -¿Para qué?

C - Para no perder del todo lo que ya se fue.

Desde entonces, Clara empezó a mirar a Santiago de otra manera. Ya no caminaba por una calle sin preguntarse qué había allí antes. Comenzó a fotografiar casas antiguas, a anotar nombres, a preguntar a los vecinos. Quería saber qué grababan. Quería juntar esas pequeñas historias antes de que desaparecieran con quienes todavía podían contarlas.

Sus amigos comenzaron a acompañarla.

Recorrieron Chumillo, El Zanjón, La Católica, 8 de Abril, Tala Pozo y Las Cejas. Encontraron nombres que habían cambiado, calles transformadas, casas que ya no existían. Pero también encontraron algo que seguía vivo en la memoria de la gente.

"Aquí estaba..."

"Por aquí pasábamos..."

"En esa esquina..."

"Mi padre vivía..."

"Cuando yo era chico..."

Cada frase parecía completar una parte de la ciudad que no aparecía en los mapas.

Clara comprendió entonces que una ciudad también podía existir en la memoria de quienes la habían vivido.

Pasaron los años.

La marca roja seguía sobre la pared de la casa de Ramón.

Hasta que llegó el día.

Clara estaba allí cuando las máquinas volvieron. Ramón también. Esta vez ninguno de los dos dijo nada. El ruido del motor rompió el silencio. La pala tocando la pared. Una parte de la casa pasó.

Clara cierra los ojos.

Pensó en El Zanjón cuando todavía no había calles como las conocía. Pensó en el niño que había sido su abuelo. Pensó en los árboles, en los caminos de tierra, en las casas que habían desaparecido mucho antes de que ella naciera. Pensó en todas aquellas cosas que alguna vez habían sido cotidianas y que ahora solo sobrevivían porque alguien las recordaba.

La pared cayó.

El polvo cubrió la vereda.

Ramón esperó unos segundos y después tomó la vieja caja de lata.

Se la entregó a Clara.

-Ahora es tuya.

Ella la recibió con ambas manos.

-¿Qué hago con ella?

Ramón la miró.

- Lo mismo que hizo mi padre.

C -¿Guardar todo?

R - No.

Hizo una pausa.

R -Contarlo.

Clara presionó la caja contra el pecho.

La casa podía caer. La calle podía cambiar. El barrio podía transformarse. Pero todavía quedaban las historias.

Muchos años después, Clara siguió conservando la caja de lata. El cuaderno de tapas negras estaba lleno de nuevas anotaciones. A los nombres que había escrito Ramón se habían sumado otros. Había fechas, fotografías, recuerdos y voces. Había historias de vecinos, nombres de calles, casas que ya no estaban y lugares que habían cambiado tanto que costaba reconocerlos.

Una tarde buscó la vieja fotografía de El Zanjón.

No la encontró.

Revisó la caja varias veces hasta que descubrió otra fotografía, escondida entre dos papeles. Era una calle de tierra. Había varios niños. Entre ellos estaba Ramón.

Clara observó la imagen durante un largo rato.

Después miró la pequeña piedra que todavía conservaba desde aquel primer viaje.

La inclinación entre los dedos.

Afuera, la ciudad seguía cambiando.

Había nuevas calles, nuevas casas, nuevos ruidos. Algunas cosas desaparecían mientras otras comenzaban. La ciudad no dejaba de avanzar.

Clara cerró el cuaderno.

Una ciudad puede cambiar de calles. Puede cambiar de nombres. Puede derribar sus casas. Puede crecer hasta no reconocerse. Pero mientras alguien recuerda sus historias, mientras alguien vuelve a pronunciarlas, mientras un niño pregunta cómo era el lugar antes de que él llegara, la ciudad no habrá desaparecido.

Solo estará esperando que alguien la vuelva a contar.

 


viernes, 8 de agosto de 2025

Santiago del Estero en el siglo XX: entre el progreso y la nostalgia. Cuando la modernidad llegó a caballo, con epidemias y ladrillos

El siglo XX no llegó a Santiago del Estero con bombos y platillos. Llegó con mosquitos, con duelos callejeros, con inmigrantes que se hacían pasar por arquitectos y con criollos que miraban, entre desconfiados y curiosos, cómo sus cocinas de humo se convertían en salones de reunión familiar. Esta es la historia de una ciudad que se reinventó entre epidemias y adoquines, donde el progreso a veces olía a desinfectante y otras, a tierra mojada.



Imaginen despertarse en 1900 con un zumbido en los oídos. No era el río Dulce: eran los mosquitos del paludismo, tan ensordecedores que, dicen, tapaban hasta el sonido del agua. Mientras la gente moría de "chucho" (así le decían al paludismo, con esa mezcla de humor y resignación criolla), los ricos discutían si el bidet era una herejía francesa. Así arrancó el siglo en Santiago: con la muerte en un barrio y los azulejos importados en otro.

La ciudad que respiraba entre epidemias

El año en que los mosquitos ganaron la batalla

No hubo fiesta de fin de siglo. En 1900, Santiago del Estero tenía otras preocupaciones: de cada 100 personas, 88 tenían paludismo. Los números duelen: entre 1896 y 1901, murieron 66 mil personas. El río, ese que siempre había sido vida, ahora era un pantano lleno de anófeles.

El médico Antenor Álvarez, un tipo con más agallas que recursos, le dijo al gobernador Barraza: "Hay que secar esto y plantar árboles". Y así, entre escepticismo y desesperación, nacieron los 1.600 eucaliptos del Parque Aguirre. Hoy son un paseo hermoso; entonces, fueron una apuesta contra la muerte.

El día que el agua llegó corriendo (y lo cambió todo)

El 1° de diciembre de 1904, don Pablo Berdaguer abrió la canilla en su casa de la calle 9 de Julio y se volvió famoso. Para nosotros es un gesto normal, pero en esa época, el agua corriente era tan revolucionaria como un iPhone en los 90.

Las cocinas dejaron de ser lugares llenos de humo donde los sirvientes molían maíz. Ahora tenían planchas de hierro fundido, y las familias se reunían alrededor como si fuera un televisor.

Los baños pasaron de ser un cuartito oscuro a "templos de higiene" (aunque el bidet, ese misterioso artefacto, tardó años en ser aceptado: "¿Para qué quiero eso si yo me lavo con balde?").

Las bañeras con patas de león escandalizaron a medio pueblo. "¡Pero si parece un mueble de pecado!", decían las viejas.

Los albañiles que jugaban a ser arquitectos

Cuando el "estilo santiagueño" era un poco de todo

En los primeros años del siglo, no había arquitectos en Santiago. Los edificios los diseñaban inmigrantes italianos y españoles que mezclaban estilos como quien revuelve un locro. El resultado fue un eclecticismo gloriosamente caótico:

El Banco de la Nación (1905): columnas griegas, balcones renacentistas y algún que otro detalle que solo Dios sabe de dónde salió.

El Teatro 25 de Mayo (1910): art nouveau en la fachada, pero con un alma bien criolla adentro.

Las casas de la avenida Belgrano: donde los primeros placards embutidos hicieron gritar a más de una abuela: "¡Eso es para esconder cosas!".

El ingeniero Carlos Colombo, en 1927, se cansó de tanta improvisación y denunció: "Estos tipos son albañiles, no arquitectos". Pero los "maestros de obra" tenían una excusa lista: "Perdimos los títulos en el barco". La ciudad se rió, pero los edificios quedaron ahí, testigos de una época donde todo se hacía a puro pulso.

Los funerales: el espectáculo social del año

En los años 20, morirse era un asunto de prestigio. Las familias competían por quién tenía el panteón más grande, mientras los pobres se conformaban con cruces de madera. Los funerales eran el evento del año:

"¿Viste cómo lloró la viuda? Parecía de verdad."

"El doctor dio propinas hasta al que barría la calle."

"Qué discurso, che... casi me hizo llorar."

Era la mezcla perfecta entre el drama italiano y el culto criollo a los muertos.

El progreso que iluminó (solo) a algunos

La electricidad que no llegaba a todos

Santiago fue la segunda ciudad argentina con luz eléctrica (1889), gracias a Otto Semmelak y sus 10 focos. Pero la modernidad tenía sus límites:

La usina de Belisario García (1906) iluminaba el Parque Aguirre... mientras el oeste seguía en penumbras.

Las calles adoquinadas (1916) empezaron por la plaza Libertad, donde las señoras paseaban sus vestidos traídos de Europa.

El ferrocarril que se llevó más de lo que trajo

El tren prometía progreso, pero dejó cicatrices:

Pueblos enteros desaparecieron porque quedaron fuera de las rutas.

Los obrajes forestales arrasaron con los bosques, y los criollos, sin tierra, se convirtieron en peones o se fueron para siempre.

La ciudad que nunca terminó de cambiar

Hoy, si caminás por Santiago, las huellas de esa época siguen ahí:

En el Parque Aguirre, donde los eucaliptos crecieron sobre el dolor del paludismo.

En las fachadas de la calle Salta, con sus molduras imposibles, como si los albañiles hubieran dicho: "Qué sé yo, pongámosle un poco de esto y un poco de aquello".

En el Mercado de Abasto, que antes fue matadero y ahora vibra con los gritos de los vendedores.

El siglo XX le dio a Santiago baños con azulejos, pero también le arrancó pedazos de su alma criolla. Como escribió Delgado: "Fue el siglo donde unos construyeron palacetes... y otros siguieron peleando por lo poco que quedaba".

Fuente: Santiago del Estero. Recorrido por una ciudad histórica (Arq. Roberto R. Delgado).

 

¿Sabías qué? La primera casa con ropero embutido fue el chalet de los Cáceres en 1914. "¡Mirá vos, ahora la ropa se esconde!", decían las vecinas. El escándalo duró meses.

lunes, 9 de diciembre de 2024

EL HABITAR

 Por Arq. Roberto R. Delgado

 


De los diversos legados que tenemos para conocer e interpretar la Historia, los elementos arquitectónicos son documentos de fundamental importancia.

Entendamos como Arquitectura no la simple construcción de algo, sino la organización de un espacio destinado at habitar. Puede ser un techo protector, una pared o una senda que permite comunicación entre los hombres.

El espacio para habitar involucra todas sus consecuencias: arraigo, costumbre y tradición, religión, cobijo, hogar, etc.

Así como marcamos un rastro al caminar modificando el suelo natural, el habitar produce alteraciones en el contexto, sea, por incorporación de elementos extraños o adaptación al mismo. Esta posibilidad la logramos mediante una técnica que nos acercará al hecho de la Arquitectura.

Esta técnica no surge del abstracto, posee una subordinación al medio ambiente, por ser el que nos facilitará la materia prima y por consiguiente el tipo de herramienta para su manufactura. Para comprender esta expresión imaginémonos con qué elementos construye su hábitat el hombre de la montaña, bosque, río, hielo o desierto.

Extraído del libro: Santiago del Estero. Recorrido por una ciudad Histórica

BARRO Y PAISAJE

 Por Arq. Roberto R. Delgado

 


Desde siglos la Arquitectura de Santiago del Estero se hizo de barro: en crudo (adobe) o cocido (ladrillo). A pesar de la nobleza de estos materiales al dejarlos en abandono se descomponen y vuelven a su estado original: tierra. Tierra que está presente en la trágica historia de Santiago del Estero en su lucha por ser y permanecer.

Si bien toda Arquitectura, como construcción tiene por misión resguardar al hombre y sus manifestaciones, en Santiago su Arquitectura fue el Paisaje, la Naturaleza.

"Vivir en el paisaje santiagueño es entregarse a él, es dejar de ser, es ser el paisaje". (Di Lullo).

No existen construcciones que puedan testimoniar épocas de esplendor o no; ejemplos para establecer una cronología y justificar tantas historias narradas. Nada, sólo el hombre con sus leyendas.

¿Sería que el santiagueño no tuvo tiempo?

¿Acaso le cambiaron sus tintas del ornato en cerámica y tejidos por armas haciéndolo guerrero, o le dieron el hacha haciéndolo hachero?

Extraído del libro: Santiago del Estero. Recorrido por una ciudad Histórica 

PECULIAR ORIGEN DE LA CIUDAD

Por Arq. Roberto R. Delgado

 


El hombre para poder vivir en comunidad crea una "Segunda Naturaleza": la Ciudad.

La ciudad de Santiago del Estero tuvo varios intentos de nacimiento hasta que quedó localizada estratégicamente en un bajo de llanura, lamida por las aguas de un caudaloso río. Una llanura definida por accidentes del suelo y una caprichosa curva del río, huaico hondo (Depresión Pronunciada), que juntaba flora y fauna cuando se retiraban las aguas y dejaban al alcance de la mano lo necesario para la vida: alimento y cobijo. Todas la ciudades fundadas en la época de la conquista española respondían a un trazado dictado en las Leyes de Indias, por Felipe II Rey de España, en 1573.

Santiago del Estero fue fundada 20 años antes, ¿qué patrón de trazado la definió?.

Una ciudad sin casas, sin calles, no es nada. La única razón atendible para comprender el asentamiento de esta ciudad, es la posibilidad de riego aprovechando la curva del río, la pendiente natural y el escaso esfuerzo para lograrlo tanto en su toma como en su recorrido.

Los primeros Padres Jesuitas que se radicaron en ella, que de esto sabían mucho, usaron el principio básico que a todo suelo además de regarlo hay que drenarlo, por ello hicieron la famosa Acequia Real (la desaparecida Acequia Bel- grano), en 1577. Hacia el este regaban, del oeste drenaban, generando un sistema de terrazas! Con posterioridad otras acequias complementarían el complejo hídrico.

Este fue el fundamento de la ciudad de Santiago del Este- ro, una supercuadrícula irregular originada por el serpenteo de las acequias y no la traza ortogonal, "a tiro de cañón", que establecía las Leyes de Indias.

Poco se puede decir de cómo era la arquitectura y construcciones de entonces implantadas dentro de esa cuadrícula, no quedaron vestigios materiales y los documentos escritos son escasos, contrapuestos y de relativa validez para el tema que nos ocupa. Se supone que el asentamiento fue precario pues durante dos centurias la ciudad fue azotada por inundaciones que arrasaron casi la totalidad de lo plantado (años 1628, 1663, 1670, 1723, 1730), además de varios intentos de levantarla para trasladarla a otros parajes, como sucedió en 1606 cuando el capitán Gaspar Doncel reclutó gran parte de los vecinos y los llevó a reedificar, lo que más tarde sería el pueblo de "San Juan Bautista de la Ribera de Londres" (Catamarca).

En 1570 había una Iglesia a cargo de los Mercedarios que fue erigida Catedral por Bula del Papa Pío V. Mucho antes había una ermita bajo la advocación de los Mártires de San Sebastián y San Fabián que era centro de oración y culto.(1554).

La Iglesia matriz o catedral debió estar frente a la plaza principal. ¿Dónde estaba la plaza principal?. En 1583 Bartolomé de Mansilla confirma en escritura pública que el terreno del convento y Escuela de la Orden de San Francisco estaba frente a la plaza. ¿Había más de una?. La ciudad se componía de no más de medio centenar de casas ocupadas por 66 vecinos principales.

Por dos Centurias, a partir del primer asentamiento, la ciudad se caracterizó por períodos de conquista, pero fluctuante, sujetos a la decisión de los Gobernadores que se sucedieron vertiginosamente, planteándose discrepancias entre el poder civil y el religioso, poblándose y despoblándose continuamente. Es el período de la creación de la primera diócesis, de la primera Universidad en esta región, de un Hospital, Seminario, etc., todos ellos de vida efímera.

Extraído del libro: Santiago del Estero. Recorrido por una ciudad Histórica

domingo, 8 de diciembre de 2024

ÉPOCA DE MISERIA

 Por Arq. Roberto R. Delgado

 


A comienzos del 1600 ya existían 3 conventos: San Francisco, el de la Compañía de Jesús (hoy Santo Domingo) y La Merced, cuyas construcciones eran, probablemente, de poca envergadura. La escasa población que habitaba la ciudad atravesó el momento más difícil desde su definitivo asentamiento; casi abandonada, pobrísima y con unos pocos clérigos harapientos. El Gobernador don Alonso de Rivera, enfermo; principales vecinos cometiendo abusos con los indios, a quienes, por defenderlos, los jesuitas fueron obligados a abandonar la ciudad. Fueron momentos de extrema miseria.

Cuando un crudo invierno parecía el encargado de mar- chitar los pocos vestigios de vida, con los soles de la prima- vera de 1611 volvieron los jesuitas, también nuevos clérigos, nuevo Gobernador y comenzó un período más estable calificado como de verdadero asentamiento de evangelización y cultura. La ciudad tuvo otras aspiraciones. Un orden más preciso en el parcelamiento de la tierra, un nuevo trazado, su aspecto era el de un villorrio rodeado de chacras, casas de tres patios, casas "patriarcales", insinuando ya el posterior período de la colonia, el comercio habría de tener una importante actividad por la calidad de sus productos y por las pequeñas industrias (viñedos, ingenios, olivares.).

A fines del siglo XVII asediaban la región santiagueña los bravos indios del Bermejo y del Gran Chaco, que viniendo desde el norte y el este llegaba hasta las cercanías de la ciudad.

El siglo XVIII traería malos augurios, migraciones de familias más al sur, total pesimismo, falta de autoridad civil y religiosa. Poco a poco la ciudad se fue destruyendo, lo único importante era la Catedral con dos torres que despertó la admiración de un recién llegado: el gobernador Esteban de Urizar y Arespacochaga, en 1707.

Los gobernadores se sucedieron como "hojas de almanaque" pasando la ciudad a pertenecer a Salta y a Tucumán alternativamente, dejando de ser Gobernación. Santiago del Estero iba muriendo. Para colmo de males los tesoneros "constructores" de la Compañía de Jesús, los jesuitas, fueron expulsados y deportados en 1767.

A los comercios, alguna plaza, calles, la naturaleza las irá tapando; alguna que otra casa quedará como testigo junto a sus moradores. Los sacerdotes trataron de conservar los escombros de sus templos. Desolación y miedo. La ciudad fue varias veces saqueada y abandonada a partir de 1790.

Quedaron únicamente 76 propiedades de dimensiones va- riadas a lo largo de la Acequia Real (Avenida Belgrano), 11 pertenecían a las Órdenes Religiosas; 12 que no registraban dueños; 1 a Solar de Curaciones (Hospital y Asilo) y el resto propiedad de gentiles que alternaban su residencia con otros centros poblados: licenciado Thomas de Figueroa; los sucesores de Bravo de Zamora; Antonio Arias; Capitán Antonio del Campo, etc.

Una calle quedaría como principal: la que une los conventos de Santo Domingo y La Merced.

A pesar de todo Santiago del Estero y su ciudad Madre de Ciudades, durante los siglos XVI y XVII fue un verdadero hito para Hispanoamérica, fue centro y partida de lo que hoy es la Argentina. Mientras se gestaba algo, Santiago ya había sido.

¿Dónde estaba el Santiago del esplendor? ¿Dónde estaba "La Muy Noble y Leal Ciudad", "La Tierra de Promisión" de la que tanto se habló en los siglos precedentes? Estaba en otro sitio, porque la ciudad fue paso; paso de gobernadores, de clérigos, de expediciones, de plagas, aguas, etc.

Extraído del libro: Santiago del Estero. Recorrido por una ciudad Histórica

LAS ESTANCIAS. LAS SALAS

Por Arq. Roberto R. Delgado

 


Sí, Santiago y el santiagueño se formaba en otro lado. Fue pasando de la pubertad a la madurez sobre los antiguos asentamientos indígenas, junto a los dos ríos que cruzan la provincia el Dulce y el Salado (Mishky Mayu y Cachi Mayu en quichua).

Los dos ríos tienen características particulares y distintas, se dijo que Santiago "es ser el paisaje". Estos ríos definieron el carácter del santiagueño. El Dulce es el clásico río de llanura, cuando no es período de lluvia casi desaparece Una extensa playa indica que por ahí pasa agua, nada más, algún albardón (montículo) cada tanto, indicará la entrada de la "zanja" o cañadón que terminará en una laguna o bañado. Estas zanjas y bañados son durante la mayor parte del año de un "verdor" increíble, hasta flores silvestres, que lo hacen verdaderas praderas de pastoreo. Cuando llega el verano, con las lluvias, es otra cosa, el bramido del gran caudal espantará al más porfiado, se verá pasar dentro de los turbios remolinos, añosos árboles como si fueran de papel. La prudencia aconseja retirarse para los "altos". Cambia constantemente su cauce, una vez azota a la derecha otra a la izquierda, recorriendo una variada geografía: entre cañadas, saladillos y montes fundamentalmente de maderas blandas: talas, seibos, anckochis, etc.

El Salado, un río angosto, profundo, de orillas arcillosas, surca en su mayor parte por un bosque agreste. En períodos de creciente forma laberintos de enredaderas y plantas pará- sitas. Al igual que el Dulce cuando las aguas se retiran en época de poca lluvia, las márgenes son ideales para el cultivo y el pastoreo.

Veremos al santiagueño que no es ajeno a la influencia de estos ríos: el Dulceño, manso, altivo, de mirada lejana, de un andar casi elegante y de modales de un "bien portao". El otro, el Shalako (de la orilla del Salado) un poco "retacón" de tanto andar agachado por los montes. Dirán, ladino, pero valiente como el tigre.

Durante la conquista se establecieron las Encomiendas, botines de guerra que adquirían capitanes y caballeros por sus servicios a la corona, donde el dueño o "encomendero". Cometía las injusticias más graves a indígenas o encomendados; ante tamaña barbarie los jesuitas crearán las "reducciones" con el propósito de redimirlos. Ambas desaparecieron con el tiempo por razones diversas.

A fines del siglo XVI se fueron formando las Estancias que de alguna manera suplieron la función de los anteriores, pero con la particularidad de gran familia, donde había un protector y protegidos, donde todo sistema feudal no existia, Era una perfecta unidad económica auto sustentada, un pueblo disperso, auto protegido e independiente. Al protector se lo llamó "patrón".

Las estancias se ubicaron próximas a los dos ríos. El Dulce y el Salado se constituyeron en los mejores vecinos de estas verdaderas colonias,

Las del Salado, no menos de 400 a lo largo de la costa, poseían como avanzada defensiva fortines: Inquiliguala, Calarax, Chincho, Lasco, Higuerillas. De renombre en esos lares, eran las estancias de los descendientes de Pedro Díaz de Figueroa, Juan de Figueroa y Figueroa de Mendoza. Con el tiempo fueron famosas las de don Leandro Taboada y la de don Felipe Matias Ibarra y doña María Antonia de la Paz y Figueroa (progenitores del brigadier Felipe Ibarra).

Similar cantidad había a lo largo del Dulce, desde Tomagasta (hoy Tuama) al sur. Las más importantes pertenecían a los sucesores de Francisco de Avendaño y Valdivia y de don Bartolomé Hernández.

Ese era el verdadero Santiago donde se consolidaba una nueva cultura y el quichua era lengua corriente. Leyendas, danzas y música contarán y cantarán al variado paisaje, de allí saldrá el ganado y la tropa de caballos para los Ejércitos de la Independencia, serán esos los montes de pastura para las mulas del Potosi,

La Estancia es "un vasto taller donde se organizaron todas las industrias al amparo generador de la riqueza agrícola y pastoral, que proveía de cueros, de lanas, de leche, de carnes, de granos, de algodón y de frutas, en digna competencia con la naturaleza inmensamente pródiga de maderas, de cera, de miel, de aves, peces y otros animales de la selva (Orestes Di Lullo).

Otro establecimiento similar a la Estancia era la Sala, construcción que se destacaba en un establecimiento cuya actividad principal era la cría de ganado. I

Estaban retiradas de los ríos, por lo que necesitaba otro tipo de infraestructura: represas, corrales, depósito de forrajes, etc. Las salas se ubicaron en el sector oeste de la provincia y su data se remonta a fines del siglo XVIII. Era una construcción de envergadura, de predominio longitudinal y techo a dos aguas en la mayoría de los casos. Altas paredes perimetrales de adobe sin aberturas salvo en el frente y contrafrente. Se componian de un gran salón, por eso el nombre de Sala, con un local en ambos extremos destinado a dormitorio o escritorio. Las más renombradas fueron las de las familias Montenegro, Beltrán, Barrionuevo, Gómez y Gómez e Infantes.

Desde el punto de vista técnico, las construcciones de las Estancias tenían una estructura independiente de troncos de madera (quebrachos colorado y blanco) que soportaba un entramado de techo también de madera, formando una empalizada cubierta de barro a manera de revoque. La construcción de la Sala era distinta, sobre una plataforma sobreelevada se levantaban muros de adobe o ladrillos que portaban el techo. Sólo el interior de los muros eran revocados con barro o mezcla con cal.

El santiagueño de antaño supo gustar de las cosas coloreadas en todo lo que es íntimo y de mucho afecto: las prendas de vestir; su cobija para dormir así como los aperos de sus caballos; los utensilios de comer, tinajas para agua, urnas funerarias, etc.. Debido a ello conoció el arte de extraer y preparar colores de las plantas de su entorno. Obtenía la gama de amarillos del chañar, aguaribay, balda, amor seco, molle, etc. Los rojos de las pencas, piquillin, flor de verdolaga, sauce, etc. Los blancos y grises de la algarroba de tusca, púnua, atamisqui, etc. El negro del algarrobo blanco, churqui, mistol, etc. Del quebracho colorado el color plomo y rojo moreno. De los liquenes, el crema.

El color café, del tala. De los gajos de la jarilla el verde y así muchos otros colores "para según la ocasión".

De la observación de taperas y antiguas construcciones derruidas del interior de la provincia, hace presumir que, en las edificaciones de las Salas y las Estancias, los muros perimetrales tanto exteriores como interiores, eran pintados perdiéndose con el tiempo, o bien, porque el "extranjero" que se radicó en estas tierras usó los colores claros del Mediterráneo. Por imitación quizás, el santiagueño los adoptó. También esto se puede constatar en el uso del color rosado en el periodo colonial, obtenido de secar la sangre de tore, hidratarla con orina como mordiente y espesarla con aguas a la cal o arcillas tamizadas, procedimiento atípico en esta zona.

¿Por qué la importancia de estas construcciones? Porque permitió una evolución inmediata de los hogares arcaicos creando el origen de nuestra vivienda autóctona: el rancho. Producto cultural de estos lugares hecho con elementos de un contexto donde quien lo realiza se adapta fisiológica y tecnológicamente a esa realidad. Además, esta tecnología fue transferida a las primitivas construcciones de la ciudad, que basta un poco de imaginación para suponer cual era la imagen de la urbe de entonces.

Extraído del libro: Santiago del Estero. Recorrido por una ciudad Histórica

LAS SALAS EN LA CIUDAD

 Por Arq. Roberto R. Delgado

 


La morfología de las Salas se consolidó en la ciudad incipiente, localizándose en su periferia; eran en cierta medida prolongaciones de estos establecimientos, cumplían la función de barracas, depósitos, abrevadero de animales, reparación de carruajes, etc... Desde que se tiene memoria cuatro marcaron el límite a la ciudad en 1810. Dispuestas en línea recta, eje norte-sur en los fondos de las propiedades que daban a la Acequia Real, eran llegada de los caminos que los vinculaban con la región alta o del oeste: Pampa Muyoj, Remes, Tunas Puncu, Puñunita, Guampacha, Tajamar, San Be- nito, etc.

Para dar idea actual de su localización, la primera se ubica en la intersección de las calles Alsina y Colón; la segunda en Pedro León Gallo y Colón; la tercera en Sáenz Peña y Colón y la cuarta en Formosa y Colón.

Lugares y asentamientos que, con el tiempo, variarían sus destinos, por ejemplo: la segunda pasar a ser el polvorín de la ciudad; la tercera terminal de un camino, hoy calle Islas Malvinas, que llegaba de Remes.

Otro límite de esa época era marcado por un abrevadero en una hondonada donde terminaba el camino que vinculaba con el sector sur de la ciudad, hoy plaza Independencia, éste venía de separarse de la Acequia Real, hacia una diagonal rumbo norte-este, (hoy calle Arturo Illia), bordeaba una plantación de moras y frutales, sector, hoy, del Hogar Escuela, para concluir en el mencionado que después fue Plaza de Armas.

Extraído del libro: Santiago del Estero. Recorrido por una ciudad Histórica