miércoles, 5 de noviembre de 2025

El Cabo Paz: la historia borrada de un fusilamiento que incendió Santiago del Estero

Cómo la muerte de un suboficial humilde en 1935 desató una rebelión popular y dejó una huella que el poder intentó borrar durante casi un siglo.

 

La Gaceta

I. El eco de un nombre olvidado

Hay historias que parecen escritas a lápiz sobre la arena: apenas el viento del tiempo sopla, desaparecen.

El cabo Paz fue una de esas. Durante décadas, en Santiago del Estero, su nombre se volvió un vacío, una palabra prohibida. Los viejos bajaban la voz al mencionarlo; los jóvenes no sabían siquiera quién había sido. Sin embargo, en enero de 1935, toda una provincia ardió en defensa de ese hombre humilde fusilado por el Ejército Argentino.

La historia pudo haber quedado sepultada si no fuera por la curiosidad obstinada de algunos periodistas y militantes que, cuarenta años más tarde, se negaron a dejarla morir del todo.

Uno de ellos —el narrador de esta crónica— recuerda la escena como si hubiera ocurrido anoche: una primavera tibia en Córdoba, 1973, una plaza céntrica y un encuentro con Francisco René “el Negro” Santucho, fundador del Frente Revolucionario Indoamericano Popular (FRIP) y futuro líder del PRTERP. Entre cigarrillos y planes editoriales, Santucho lanzó la pregunta que lo cambiaría todo:

—¿Qué sabés del cabo Paz?

Nada, respondió el joven periodista.

Y ahí empezó el viaje hacia una de las historias más silenciadas del siglo XX argentino.

II. Un fusilamiento y un pueblo

Luis Leónidas Paz había nacido en la pobreza, como tantos en el norte argentino. Hijo de un hachero del obraje, conoció desde chico la rudeza del monte y la escasez. Boxeador popular, entró al Ejército porque en los años treinta ser suboficial era, para los de abajo, una de las pocas puertas hacia una vida un poco más estable.

Su destino: el Regimiento 18 de Infantería de Santiago del Estero.

Su oficio: cocinero.

Su costumbre: repartir las sobras de las comidas entre los hambrientos que esperaban detrás de las rejas del cuartel.

Esa decisión simple —dar de comer lo que los soldados no comían— lo convirtió en héroe del pueblo. Cada día, niños, mujeres y ancianos del barrio El Triángulo llegaban con platos y tarros para recibir algo de lo que Paz distribuía con discreción y cariño.

El cabo se volvió una figura conocida, querida, casi legendaria.

Y justo esa popularidad empezó a incomodar a los oficiales y a los patrones de la provincia.

Santiago del Estero, en los años treinta, era una cápsula de feudalismo. Una oligarquía descendiente de los conquistadores españoles dominaba a una población mestiza sometida, empobrecida y analfabeta.

El miedo —al cura, al patrón, al soldado— era el cemento que sostenía el orden social.

En ese contexto, un suboficial querido por los pobres era una amenaza.

Y el detonante llegó por una historia tan vieja como el abuso de poder: el “derecho de pernada”.

III. La novia y el mayor Sabella

Zoila Ledesma, novia de Luis Leónidas Paz, era una joven hermosa. Tenían fecha de casamiento para el 5 de enero de 1935. Pero el mayor Carlos Elvidio Sabella, jefe del batallón, puso los ojos en ella.

Quiso someterla y, cuando Paz intentó defender su derecho y su dignidad, el oficial lo castigó con quince días de arresto “por indisciplina”.

El 2 de enero, el cabo primero Paz entró al casino de oficiales para pedir clemencia: sólo quería casarse. Sabella lo humilló, lo echó a los gritos.

Entonces, un gesto desesperado rompió el equilibrio: Paz sacó su revólver y disparó. Vacío tras vacío, el cuerpo del mayor cayó sobre el suelo del casino.

El suboficial se entregó minutos después.

Sabía lo que había hecho y aceptó su destino.

Pero el pueblo santiagueño reaccionó antes que la justicia militar.

IV. Se levanta el pueblo

En medio del calor de enero, la noticia se expandió como fuego sobre las calles polvorientas.

“Han detenido al cabo Paz. Lo van a fusilar.”

Las mujeres que recibían comida de sus manos corrieron a la plaza principal. Los obreros del ferrocarril dejaron el trabajo. Los estudiantes, los anarquistas y los socialistas —pocos pero activos— tomaron altavoces improvisados.

Miles de personas, por primera vez en la historia provincial, salieron a exigir algo al Ejército: ¡el indulto!

El gobernador Juan B. “Gaucho” Castro, político camaleónico que hablaba quichua para congraciarse con los pobres, olió peligro. Desde el balcón de Casa de Gobierno prometió pedir clemencia al presidente de la Nación, el general Agustín Pedro Justo.

Pero el perdón nunca llegó.

El 9 de enero de 1935, a las dos y media de la tarde, ocho disparos de fusil Mauser 1909 silenciaron al cabo Paz. El sargento Dolores Maldonado —su amigo— debió rematarlo con una pistola en la sien.

La carta que Luis Leónidas dejó antes de morir circuló en los diarios populares El Combate y La Unión: agradecía al pueblo y gritaba su último “¡Viva mi Patria!”.

El periódico El Liberal, alineado con los poderosos, fue apedreado e incendiado por la multitud en respuesta.

Esa noche, Santiago del Estero ardió.

Las piedras golpearon los muros del regimiento, del Obispado, de la Legislatura y del Jockey Club.

Por unas horas, el pueblo, siempre humillado, empuñó su propia historia.

“Era la Década Infame” —recordaría más tarde el periodista investigando el caso—, “y la infamia mayor fue silenciarnos después.”

(Fuentes: Archivo Provincial de Santiago del Estero; Diario El Liberal, ediciones del 6 y 10 de enero de 1935; El Combate, enero de 1935.)

V. La prohibición del recuerdo

Hasta acá, los hechos.

Lo que siguió fue el silencio más largo que Santiago conoció.

Ni los peronistas de los cuarenta ni los reformistas de los sesenta se animaban a mencionar el nombre.

En casas de militantes, donde se discutían huelgas y patrias justas, nadie recordaba al suboficial fusilado.

Era como si el miedo ancestral —sembrado en la colonia y regado por siglos de autoritarismo— hubiera perforado la memoria colectiva.

Fue recién en los años setenta, al calor de la militancia revolucionaria, cuando algunos jóvenes curiosos intentaron rescatarlo. El encargo de Santucho de escribir un libro sobre Paz no era un simple proyecto editorial: era un acto político.

Pero investigar sobre el cabo Paz en 1973 seguía siendo peligroso.

El periodista recuerda la advertencia:

—La gente todavía tiene miedo. No quieren hablar.

Y tenía razón. Cuando visitó Santiago, encontró puertas cerradas y miradas esquivas. Un viejo socialista no quiso decir una palabra. Un hermano del cabo se negó a reconocer el parentesco. La novia, Zoila, había desaparecido. Nadie sabía —o quería saber— dónde estaba.

El miedo, otra vez, era la ley.

VI. El investigador y el ejército

Hay escenas que condensan un país.

Una tarde de 1973, en una casa de familia santiagueña, el periodista conversaba con Mechita, una estudiante de Historia que lo ayudaba en la investigación. En el living, un teniente —novio de una de las hermanas— lo increpó con brutal franqueza:

—¿Quién carajo sos vos para andar escarbando en la historia de nuestro glorioso Ejército?

Silencio.

Después, el intercambio fue puro fuego:

—¡Claro que soy comunista! —gritó el periodista—. Y voy a seguir investigando.

La situación no llegó a los golpes porque Mechita se interpuso. Pero fue la prueba cabal de hasta dónde persistía el tabú.

Hablar del cabo Paz era tocar una fibra viva del poder militar, incluso cuarenta años después del hecho.

Esa violencia contenida en el aire fue, de algún modo, otra muerte más del cabo Paz.

VII. Documentos de un crimen

Los registros del fusilamiento son escuetos, burocráticos y crueles.

·         * El 1 de enero de 1935, Sabella sancionó a Paz.

·         * El 2, lo mató.

·         * El 3, comenzó el juicio sumario en el Regimiento 18.

·        *  El 4, el tribunal militar condenó a Paz a morir por el fusilamiento del 9 de enero.

·         * El 6, la multitud de Santiago se movilizaba en su defensa.

·         * El 9, lo acribillaron.

Todo en apenas ocho días.

Durante el juicio, su defensor, el capitán Máximo Garro, intentó justificar el crimen con un argumento infame: que Luis Leónidas sufría “taras congénitas” o “trastornos mentales”.

Paz lo interrumpió, con una dignidad que traspasó las décadas:

 “Gozo de perfecta salud mental. Tampoco sufro ninguna enfermedad. No soy tan canalla como para ofender a mis mayores sólo por salvar el pellejo.”

Esa frase —documentada en las actas del tribunal militar— resume una ética que los poderosos nunca entendieron.

Paz eligió morir con orgullo, antes que aceptar un perfil de loco o asesino degenerado.

VIII. Las otras muertes del cabo Paz

Cuando el periodista volvió a Córdoba en 1974, le confesó a Santucho que no podía escribir el libro.

No había fuentes, no había testigos.

Pero, sobre todo —dijo— había miedo.

Santucho insistió:

—Escribí igual. Lo que importa no es sólo su historia, sino la del pueblo que se levantó por él. Mostrá eso: que los oprimidos saben quiénes son sus enemigos cuando se deciden a luchar.

El libro se terminó, finalmente, en 48 páginas. Una edición mínima, artesanal, con el sello “Esta América”. Se imprimió en Córdoba, en la imprenta de la revista Posición, y luego se perdió entre la represión.

Nadie supo qué fue de esos ejemplares.

La Argentina, entretanto, se deslizaba hacia otro abismo. 1974 trajo las bandas de ultraderecha, las “Tres A”, las desapariciones y el miedo renovado. Santucho fue secuestrado en Tucumán en 1975; nunca más apareció.

El periodista también cayó preso. Cumplió siete años en la cárcel; su esposa, seis.

Durante el encierro, volvió a escribir sobre el cabo Paz —esta vez como novela— en un cuadernito Billiken. “Tal vez no para rescatar a Paz —reflexionaría después— sino para rescatarme a mí mismo de tanto silencio.”

(Fuentes: Entrevistas del autor, Córdoba, 19731974; archivo personal; testimonios recogidos en La Madre Violada, revista Posición, n.º 2, 1974.)

IX. Del archivo al olvido (y regreso)

Cuarenta años después, el nombre volvió a surgir.

A comienzos del siglo XXI, algunos historiadores santiagueños retomaron el caso en artículos y simposios. En 2012, Santiago del Video, con dirección de Víctor Pérez y guion de Enrique Landsman, estrenó un breve documental titulado El cabo Paz, con Néstor Mendoza en el papel principal.

Ese mismo año, desde la Universidad de Frostburg (Estados Unidos), un profesor contactó al periodista argentino: había oído hablar de aquel libro perdido. Quería leerlo. Paradójicamente, en la era digital, la historia que el poder quiso borrar comenzaba a resucitar gracias a la curiosidad académica.

Hoy existen dos trabajos universitarios sobre el caso:

* Estudio histórico de la rebelión santiagueña de 1935 (Universidad Nacional de Santiago del Estero, 2014);

* El fusilamiento del cabo Paz: memoria y olvido de una insurrección popular (Buenos Aires, 2018).

Ambos confirman lo esencial: hubo un fusilamiento sumario, hubo una insurrección y hubo una borradura sistemática de la memoria colectiva.

X. Las raíces del silencio

Para entender por qué Santiago calló tanto tiempo, hay que mirar hacia atrás, más allá de 1935.

Desde la colonia, el terror fue un método de gobierno. La conquista exterminó culturas indígenas desarrolladas; los siglos posteriores consolidaron una jerarquía racial y económica casi estanca.

El “hombre del monte” fue moldeado bajo el látigo, y el “señor del centro” creció convencido de que mandar era su derecho de sangre.

Esa herencia colonial —señala el historiador Tulio Pavón Pereyra en sus Anales de la provincia de Santiago del Estero (1957)— perduró intacta hasta bien entrado el siglo XX.

El régimen oligárquico local, aliado de la Iglesia y del Ejército, gestionaba no sólo la economía sino también la memoria.

El fusilamiento de Paz, más que un caso policial, fue una puesta en escena: el poder demostrando que la compasión hacia los pobres podía costar la vida. Por eso, borrar su nombre de los registros era tan importante como fusilar su cuerpo.

El silencio fue el segundo disparo.

XI. Ecos de una rebelión

En el fondo, la historia del cabo Paz no habla sólo de él, ni siquiera de Santiago.

Habla del país.

De cómo, una y otra vez, los humildes se levantan y los poderosos se esfuerzan en hacerlos olvidar.

En 1935, fueron los santiagueños; en 1956, los fusilados de José León Suárez; en 1976, los desaparecidos. La línea de fuego corre, intermitente, pero constante.

En cada ciclo, también, aparece alguien que busca reescribir lo borrado.

Primero en hojas clandestinas; después en documentales o en tesis digitalizadas.

Y entonces el nombre del cabo Paz vuelve a sonar, tenue pero terco.

XII. Coda: el hombre que no quiso mentir

En sus últimas palabras al tribunal, Luis Leónidas Paz dejó claro qué clase de hombre era. No intentó escapar, no mintió, no aceptó la coartada de la locura.

Sabía que moriría. Y eligió hacerlo honrando su propio nombre y el de su padre.

Quizás, por eso, el pueblo se volcó a la calle. No sólo por compasión, sino porque vio en él un espejo.

El cabo Paz no fue mártir ni héroe de manual. Fue un hombre con hambre, amor y dignidad.

Y en una sociedad acostumbrada a agachar la cabeza, eso era una afrenta intolerable.

XIII. Epílogo: escribir contra el olvido

“Otras muertes ha tenido el cabo Paz”, escribió el periodista décadas más tarde, viendo cómo su libro se había perdido, cómo sus testigos habían callado, cómo los archivos ardían o se cerraban.

Pero también reconocía algo: cada vez que alguien volvía a preguntarse “¿Quién fue el cabo Paz?”, nacía una nueva vida del suboficial.

Porque la verdadera resurrección de un pueblo empieza cuando se atreve a recordar lo que le prohibieron.

Así, el eco del cabo Paz—ese hombre que repartía comida a los pobres y murió por desafiar al abuso—sigue resonando, tercamente, bajo el cielo ardido del norte argentino.

Y aunque el poder intentó borrarlo durante casi cien años, su nombre se filtra una y otra vez, por entre las rendijas de la historia, reclamando la sencilla justicia de ser recordado.

Basado en:

Carrera, Julio. 4 historias santiagueñas. Santiago del Estero: El Liberal, 2015.

Este artículo recrea libremente hechos y testimonios narrados por Julio Carrera en su obra 4 historias santiagueñas, respetando sus datos y contexto histórico.


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