Cómo la muerte de un suboficial humilde en 1935 desató una rebelión popular y dejó una huella que el poder intentó borrar durante casi un siglo.
I.
El eco de un nombre olvidado
Hay historias que parecen
escritas a lápiz sobre la arena: apenas el viento del tiempo sopla,
desaparecen.
El cabo Paz fue una de
esas. Durante décadas, en Santiago del Estero, su nombre se volvió un vacío,
una palabra prohibida. Los viejos bajaban la voz al mencionarlo; los jóvenes no
sabían siquiera quién había sido. Sin embargo, en enero de 1935, toda una
provincia ardió en defensa de ese hombre humilde fusilado por el Ejército
Argentino.
La historia pudo haber
quedado sepultada si no fuera por la curiosidad obstinada de algunos
periodistas y militantes que, cuarenta años más tarde, se negaron a dejarla
morir del todo.
Uno de ellos —el narrador
de esta crónica— recuerda la escena como si hubiera ocurrido anoche: una
primavera tibia en Córdoba, 1973, una plaza céntrica y un encuentro con
Francisco René “el Negro” Santucho, fundador del Frente Revolucionario
Indoamericano Popular (FRIP) y futuro líder del PRT‑ERP. Entre cigarrillos y planes editoriales, Santucho
lanzó la pregunta que lo cambiaría todo:
—¿Qué sabés del cabo Paz?
Nada, respondió el joven
periodista.
Y ahí empezó el viaje
hacia una de las historias más silenciadas del siglo XX argentino.
II.
Un fusilamiento y un pueblo
Luis Leónidas Paz había
nacido en la pobreza, como tantos en el norte argentino. Hijo de un hachero del
obraje, conoció desde chico la rudeza del monte y la escasez. Boxeador popular,
entró al Ejército porque en los años treinta ser suboficial era, para los de
abajo, una de las pocas puertas hacia una vida un poco más estable.
Su destino: el Regimiento
18 de Infantería de Santiago del Estero.
Su oficio: cocinero.
Su costumbre: repartir
las sobras de las comidas entre los hambrientos que esperaban detrás de las
rejas del cuartel.
Esa decisión simple —dar
de comer lo que los soldados no comían— lo convirtió en héroe del pueblo. Cada
día, niños, mujeres y ancianos del barrio El Triángulo llegaban con platos y
tarros para recibir algo de lo que Paz distribuía con discreción y cariño.
El cabo se volvió una
figura conocida, querida, casi legendaria.
Y justo esa popularidad
empezó a incomodar a los oficiales y a los patrones de la provincia.
Santiago del Estero, en
los años treinta, era una cápsula de feudalismo. Una oligarquía descendiente de
los conquistadores españoles dominaba a una población mestiza sometida,
empobrecida y analfabeta.
El miedo —al cura, al
patrón, al soldado— era el cemento que sostenía el orden social.
En ese contexto, un
suboficial querido por los pobres era una amenaza.
Y el detonante llegó por
una historia tan vieja como el abuso de poder: el “derecho de pernada”.
III.
La novia y el mayor Sabella
Zoila Ledesma, novia de
Luis Leónidas Paz, era una joven hermosa. Tenían fecha de casamiento para el 5
de enero de 1935. Pero el mayor Carlos Elvidio Sabella, jefe del batallón, puso
los ojos en ella.
Quiso someterla y, cuando
Paz intentó defender su derecho y su dignidad, el oficial lo castigó con quince
días de arresto “por indisciplina”.
El 2 de enero, el cabo
primero Paz entró al casino de oficiales para pedir clemencia: sólo quería
casarse. Sabella lo humilló, lo echó a los gritos.
Entonces, un gesto
desesperado rompió el equilibrio: Paz sacó su revólver y disparó. Vacío tras
vacío, el cuerpo del mayor cayó sobre el suelo del casino.
El suboficial se entregó
minutos después.
Sabía lo que había hecho
y aceptó su destino.
Pero el pueblo
santiagueño reaccionó antes que la justicia militar.
IV.
Se levanta el pueblo
En medio del calor de
enero, la noticia se expandió como fuego sobre las calles polvorientas.
“Han detenido al cabo
Paz. Lo van a fusilar.”
Las mujeres que recibían
comida de sus manos corrieron a la plaza principal. Los obreros del ferrocarril
dejaron el trabajo. Los estudiantes, los anarquistas y los socialistas —pocos
pero activos— tomaron altavoces improvisados.
Miles de personas, por
primera vez en la historia provincial, salieron a exigir algo al Ejército: ¡el
indulto!
El gobernador Juan B.
“Gaucho” Castro, político camaleónico que hablaba quichua para congraciarse con
los pobres, olió peligro. Desde el balcón de Casa de Gobierno prometió pedir
clemencia al presidente de la Nación, el general Agustín Pedro Justo.
Pero el perdón nunca
llegó.
El 9 de enero de 1935, a
las dos y media de la tarde, ocho disparos de fusil Mauser 1909 silenciaron al
cabo Paz. El sargento Dolores Maldonado —su amigo— debió rematarlo con una
pistola en la sien.
La carta que Luis
Leónidas dejó antes de morir circuló en los diarios populares El Combate y La
Unión: agradecía al pueblo y gritaba su último “¡Viva mi Patria!”.
El periódico El Liberal,
alineado con los poderosos, fue apedreado e incendiado por la multitud en
respuesta.
Esa noche, Santiago del
Estero ardió.
Las piedras golpearon los
muros del regimiento, del Obispado, de la Legislatura y del Jockey Club.
Por unas horas, el
pueblo, siempre humillado, empuñó su propia historia.
“Era la Década Infame”
—recordaría más tarde el periodista investigando el caso—, “y la infamia mayor
fue silenciarnos después.”
(Fuentes: Archivo
Provincial de Santiago del Estero; Diario El Liberal, ediciones del 6 y 10 de
enero de 1935; El Combate, enero de 1935.)
V.
La prohibición del recuerdo
Hasta acá, los hechos.
Lo que siguió fue el
silencio más largo que Santiago conoció.
Ni los peronistas de los
cuarenta ni los reformistas de los sesenta se animaban a mencionar el nombre.
En casas de militantes,
donde se discutían huelgas y patrias justas, nadie recordaba al suboficial
fusilado.
Era como si el miedo
ancestral —sembrado en la colonia y regado por siglos de autoritarismo— hubiera
perforado la memoria colectiva.
Fue recién en los años
setenta, al calor de la militancia revolucionaria, cuando algunos jóvenes
curiosos intentaron rescatarlo. El encargo de Santucho de escribir un libro
sobre Paz no era un simple proyecto editorial: era un acto político.
Pero investigar sobre el
cabo Paz en 1973 seguía siendo peligroso.
El periodista recuerda la
advertencia:
—La gente todavía tiene
miedo. No quieren hablar.
Y tenía razón. Cuando
visitó Santiago, encontró puertas cerradas y miradas esquivas. Un viejo
socialista no quiso decir una palabra. Un hermano del cabo se negó a reconocer
el parentesco. La novia, Zoila, había desaparecido. Nadie sabía —o quería
saber— dónde estaba.
El miedo, otra vez, era
la ley.
VI.
El investigador y el ejército
Hay escenas que condensan
un país.
Una tarde de 1973, en una
casa de familia santiagueña, el periodista conversaba con Mechita, una
estudiante de Historia que lo ayudaba en la investigación. En el living, un
teniente —novio de una de las hermanas— lo increpó con brutal franqueza:
—¿Quién carajo sos vos
para andar escarbando en la historia de nuestro glorioso Ejército?
Silencio.
Después, el intercambio
fue puro fuego:
—¡Claro que soy
comunista! —gritó el periodista—. Y voy a seguir investigando.
La situación no llegó a
los golpes porque Mechita se interpuso. Pero fue la prueba cabal de hasta dónde
persistía el tabú.
Hablar del cabo Paz era
tocar una fibra viva del poder militar, incluso cuarenta años después del
hecho.
Esa violencia contenida
en el aire fue, de algún modo, otra muerte más del cabo Paz.
VII. Documentos de un
crimen
Los registros del
fusilamiento son escuetos, burocráticos y crueles.
· * El 1 de enero de 1935, Sabella sancionó a
Paz.
· * El 2, lo mató.
· * El 3, comenzó el juicio sumario en el
Regimiento 18.
· * El 4, el tribunal militar condenó a Paz a
morir por el fusilamiento del 9 de enero.
· * El 6, la multitud de Santiago se
movilizaba en su defensa.
· * El 9, lo acribillaron.
Todo en apenas ocho días.
Durante el juicio, su
defensor, el capitán Máximo Garro, intentó justificar el crimen con un
argumento infame: que Luis Leónidas sufría “taras congénitas” o “trastornos
mentales”.
Paz lo interrumpió, con
una dignidad que traspasó las décadas:
“Gozo de perfecta salud mental. Tampoco sufro
ninguna enfermedad. No soy tan canalla como para ofender a mis mayores sólo por
salvar el pellejo.”
Esa frase —documentada en
las actas del tribunal militar— resume una ética que los poderosos nunca
entendieron.
Paz eligió morir con
orgullo, antes que aceptar un perfil de loco o asesino degenerado.
VIII. Las otras muertes del cabo Paz
Cuando el periodista
volvió a Córdoba en 1974, le confesó a Santucho que no podía escribir el libro.
No había fuentes, no
había testigos.
Pero, sobre todo —dijo—
había miedo.
Santucho insistió:
—Escribí igual. Lo que
importa no es sólo su historia, sino la del pueblo que se levantó por él.
Mostrá eso: que los oprimidos saben quiénes son sus enemigos cuando se deciden
a luchar.
El libro se terminó,
finalmente, en 48 páginas. Una edición mínima, artesanal, con el sello “Esta
América”. Se imprimió en Córdoba, en la imprenta de la revista Posición, y
luego se perdió entre la represión.
Nadie supo qué fue de
esos ejemplares.
La Argentina, entretanto,
se deslizaba hacia otro abismo. 1974 trajo las bandas de ultraderecha, las
“Tres A”, las desapariciones y el miedo renovado. Santucho fue secuestrado en
Tucumán en 1975; nunca más apareció.
El periodista también
cayó preso. Cumplió siete años en la cárcel; su esposa, seis.
Durante el encierro,
volvió a escribir sobre el cabo Paz —esta vez como novela— en un cuadernito
Billiken. “Tal vez no para rescatar a Paz —reflexionaría después— sino para
rescatarme a mí mismo de tanto silencio.”
(Fuentes: Entrevistas del
autor, Córdoba, 1973‑1974;
archivo personal; testimonios recogidos en La Madre Violada, revista Posición,
n.º 2, 1974.)
IX.
Del archivo al olvido (y regreso)
Cuarenta años después, el
nombre volvió a surgir.
A comienzos del siglo
XXI, algunos historiadores santiagueños retomaron el caso en artículos y
simposios. En 2012, Santiago del Video, con dirección de Víctor Pérez y guion
de Enrique Landsman, estrenó un breve documental titulado El cabo Paz, con
Néstor Mendoza en el papel principal.
Ese mismo año, desde la
Universidad de Frostburg (Estados Unidos), un profesor contactó al periodista
argentino: había oído hablar de aquel libro perdido. Quería leerlo.
Paradójicamente, en la era digital, la historia que el poder quiso borrar
comenzaba a resucitar gracias a la curiosidad académica.
Hoy existen dos trabajos
universitarios sobre el caso:
* Estudio histórico de la rebelión santiagueña de 1935 (Universidad Nacional de Santiago del Estero, 2014);
* El fusilamiento del
cabo Paz: memoria y olvido de una insurrección popular (Buenos Aires, 2018).
Ambos confirman lo
esencial: hubo un fusilamiento sumario, hubo una insurrección y hubo una borradura
sistemática de la memoria colectiva.
X.
Las raíces del silencio
Para entender por qué
Santiago calló tanto tiempo, hay que mirar hacia atrás, más allá de 1935.
Desde la colonia, el
terror fue un método de gobierno. La conquista exterminó culturas indígenas
desarrolladas; los siglos posteriores consolidaron una jerarquía racial y
económica casi estanca.
El “hombre del monte” fue
moldeado bajo el látigo, y el “señor del centro” creció convencido de que
mandar era su derecho de sangre.
Esa herencia colonial
—señala el historiador Tulio Pavón Pereyra en sus Anales de la provincia de
Santiago del Estero (1957)— perduró intacta hasta bien entrado el siglo XX.
El régimen oligárquico
local, aliado de la Iglesia y del Ejército, gestionaba no sólo la economía sino
también la memoria.
El fusilamiento de Paz,
más que un caso policial, fue una puesta en escena: el poder demostrando que la
compasión hacia los pobres podía costar la vida. Por eso, borrar su nombre de
los registros era tan importante como fusilar su cuerpo.
El silencio fue el
segundo disparo.
XI.
Ecos de una rebelión
En el fondo, la historia
del cabo Paz no habla sólo de él, ni siquiera de Santiago.
Habla del país.
De cómo, una y otra vez,
los humildes se levantan y los poderosos se esfuerzan en hacerlos olvidar.
En 1935, fueron los
santiagueños; en 1956, los fusilados de José León Suárez; en 1976, los
desaparecidos. La línea de fuego corre, intermitente, pero constante.
En cada ciclo, también,
aparece alguien que busca reescribir lo borrado.
Primero en hojas
clandestinas; después en documentales o en tesis digitalizadas.
Y entonces el nombre del
cabo Paz vuelve a sonar, tenue pero terco.
XII. Coda: el hombre que no quiso mentir
En sus últimas palabras
al tribunal, Luis Leónidas Paz dejó claro qué clase de hombre era. No intentó
escapar, no mintió, no aceptó la coartada de la locura.
Sabía que moriría. Y
eligió hacerlo honrando su propio nombre y el de su padre.
Quizás, por eso, el
pueblo se volcó a la calle. No sólo por compasión, sino porque vio en él un
espejo.
El cabo Paz no fue mártir
ni héroe de manual. Fue un hombre con hambre, amor y dignidad.
Y en una sociedad
acostumbrada a agachar la cabeza, eso era una afrenta intolerable.
XIII.
Epílogo: escribir contra el olvido
“Otras muertes ha tenido
el cabo Paz”, escribió el periodista décadas más tarde, viendo cómo su libro se
había perdido, cómo sus testigos habían callado, cómo los archivos ardían o se
cerraban.
Pero también reconocía
algo: cada vez que alguien volvía a preguntarse “¿Quién fue el cabo Paz?”,
nacía una nueva vida del suboficial.
Porque la verdadera
resurrección de un pueblo empieza cuando se atreve a recordar lo que le
prohibieron.
Así, el eco del cabo
Paz—ese hombre que repartía comida a los pobres y murió por desafiar al
abuso—sigue resonando, tercamente, bajo el cielo ardido del norte argentino.
Y aunque el poder intentó
borrarlo durante casi cien años, su nombre se filtra una y otra vez, por entre
las rendijas de la historia, reclamando la sencilla justicia de ser recordado.
Basado
en:
Carrera, Julio. 4
historias santiagueñas. Santiago del Estero: El Liberal, 2015.
Este artículo recrea
libremente hechos y testimonios narrados por Julio Carrera en su obra 4
historias santiagueñas, respetando sus datos y contexto histórico.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario