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viernes, 11 de septiembre de 2026

Telesita, santa laica trashumante


«La Telesita» es una chacarera recopilada por don Andrés Chazarreta a principios del siglo XX, con letra de Agustín Carabajal. Con esa misma música se conoce otra versión con letra de Abel Mónico Saravia - de una poesía muy sugestiva - grabada por Jorge Cafrune.

Uno de los primeros registros de la tragedia que sufrió Telésfora (o como se haya llamado) fue publicado el 8 de enero de 1907 en El Liberal. Las antropólogas María de Hoyo y Laura Migale han recogido versiones orales; ellas afirman que se trató de Teresita del Barco o Telésfora Santillán, una mujer de muy buena posición económica que vivió en la estancia «La Aurora», en las sierras de Guasayán.

Otras fuentes afirman que se llamaba Telésfora Castillo, «Telesita» (la versión más popular). Ninguna asevera con pruebas fehacientes cuál era su verdadero nombre, cómo murió ni a qué zona perteneció. Félix Coluccio, folclorólogo, publicó que nació en Tolojona, departamento Moreno.

La leyenda popular sostiene que era una niña linda que usaba un vestido rasgado; atrapada por la música, se hacía presente en los fogones y bailaba descalza sin parar. Otros afirman que era rubia, de ojos azules, y actuaba como una loca desmedida por el baile. También existen versiones de que una noche, por el frío, se arrimó a una fogata para calentarse y un jirón de su vestido se prendió fuego; luego las llamas tomaron toda su ropa y el cuerpo de la niña ardió hasta morir calcinada.

Así nació la leyenda de La Telesita, a quien el pueblo venera y que inspiró a muchísimos artistas musicales, escritores, poetas, artistas plásticos, dramaturgos, etc.

El pueblo santiagueño la venera en «las telesiadas», una ceremonia en la cual se juntan los vecinos para pedir el hallazgo de un animal u objeto extraviado, o para clamar por lluvias en tiempos de sequía.

El ritual practicado en el Santiago profundo consiste en verdaderos «rezabailes» en los cuales se consume abundante alcohol (vino, aloja, caña), se bailan siete chacareras, se beben siete vasos de alcohol y se prenden siete velas. Cuando estas se consumen («...hasta que las velas no ardan...», dice una chacarera), comienza la algarabía: comidas, bebidas, bombo, guitarra y violín invaden el lugar con chacareras, gatos y escondidos, todo acompañado por el humo y la detonación de gruesas de cohetes. Se baila y se bebe desenfrenadamente, cambiando de pareja, hasta quedar exhaustos. Al final, se quema un muñeco que representa a La Telesita.

LA TELESITA (A. Chazarreta / A. Carabajal)

Telesita la manga mota,
tus ropitas están rotas;
por la costa del Salado
tus pasos van extraviados.
 
No preguntes por tu amor
porque nunca lo hallarás;
un consuelo a tu dolor
en el baile buscarás.
 
Por esos campos de Dios
se lleva tu corazón,
sin saber que tu danzar
es tan solo una ilusión.
 
Con un bombo soñador,
un violín sentimental
y un cieguito al encordao,
el baile va a comenzar.
 
Así te verán bailando,
loca en cada amanecer,
como metida la danza
muy adentro de tu ser.
 
¡Ay, Telésfora Castillo!
Tus ojos no tienen brillo:
lo han perdido por el monte
o buscando el horizonte.
 
Rezabaile del querer,
con su música llamó;
pies desnudos bajo el sol,
la Telesita llegó.
 
Tu esperanza se perdió,
dele bailar y bailar;
llevas en tu pecho un dolor,
pero no sabes llorar.
 
Pobre niña que un fogón
tu cuerpito calcinó,
y en la noche de los tiempos
todo el pueblo te lloró.
 
Y así te verán bailando,
loca en cada amanecer,
como metida la danza
muy adentro de tu ser.

 

LA TELESITA (A. M. Saravia / A. Chazarreta)

He venido, Telesita,
como aquel que no hace nada,
a dejarte el corazón
y llevarme tu mirada.
 
Aquí me tienes, viditay,
deshecho por tus amores;
mi corazón padeciendo
pena de todos colores.
 
Aunque encerrada te tengo,
mezcla de canto y arena,
si el amor es como el mío
sabrás borrar las barreras.
 
Yo te he de querer, viditay,
aunque todos se me opongan;
soy un gavilán constante
cuando silba una paloma.
 
De vicio te estoy mirando,
cara a cara y frente a frente,
y no te puedo decir
lo que mi corazón siente.
 
Telesita, Telesita,
la dueña de mis amores,
no permitas que me acabe
sin gozar de tus favores.
 
Yo sé que andas queriendo
aunque no me digas nada:
lo que no dicen tus labios
me lo dicen tus miradas.
 
Si me quieres, no me apagues;
déjame seguir quemando,
siempre que sean tus amores
los que me estén encendiendo.
 
Ahí tienes mi corazón,
dale muerte si tú quieres;
pero como estás adentro,
si lo matas también mueres.
 
Mucho me temo, viditay,
no complacer tus deseos:
si mi corazón se calla,
los dos juntos moriremos.
 
Al cajón en que me entierren
que no lo claven con clavos;
clávalo vos, Telesita,
con los besos de tus labios.

(Del libro inédito: HISTORIA DEL CANCIONERO FOLCLÓRICO SANTIAGUEÑO, de Omar «Sapo» Estanciero)

 


miércoles, 26 de agosto de 2026

Un Portal De Hace 30 Años

 


Por: Silvia Majul

Eran tiempos de Norma Pla, del Perro Santillán, del folklore a imagen del país: pizza con champagne. En estos tiempos la moda empujaba a los artistas a viajar a costosos estudios de Estados Unidos, Peteco se plantó a contracorriente en una peña cordobesa para registrar en vivo "Historias Populares", un disco fundacional presentado un 24 de agosto del 96 en el Club Juniors. Aquella velada de sábado, reunió en el mismo escenario a Mercedes Sosa, León Gieco y al baterista Rodolfo García.

Ese portal de agosto coincidió con mi propio embarazo, los datos fríos del almanaque y la versatilidad de un músico todoterreno. Esa noche el club abrió con la potente proclama de «Los indios de ahora». La primera estrofa resonó directa en mi vientre: "Es tiempo de andar despiertos, no repitamos la historia, los indios de ahora vienen marchando por la memoria."

El lazo de Peteco con Córdoba sumó un capítulo impensado seis años después, cuando La Mona Jiménez lo invitó al templo del cuarteto para grabar a puro tunga-tunga «Tú me enseñaste a ser infiel», pocos meses después de meterse a un estudio junto a Charly García y BRUNO ARIAS para registrar la «Canción del brujito».

15 años después se presentaba -también- el mismo día, con Riendas Libres en el #cck.

Esa versatilidad también había quedado sellada en sus años con Músicos Populares Argentinos (MPA) junto a su entrañable amigo, el Chango Farías Gómez. Entre risas, Peteco recuerda la complicidad de aquellos años en Córdoba, donde el Chango, con su genialidad habitual, le pedía con picardía que le diera la parte con la voz más corta en los arreglos vocales para no tener que exigirse de más en los conciertos.

Sin embargo, el 24 de agosto también se transformó en la fecha del adiós. Exactamente diez años después de aquella mítica velada de Juniors, el 24 de agosto de 2006, fallecía su padre, Carlos Carabajal, el "Padre de la Chacarera". Cinco años más tarde, otro 24 de agosto, pero de 2011, la parca se llevaba al Chango Farías Gómez.

Eduardo Galeano diría que Peteco tiene esa fuerza creadora y esa musicalidad total de un Sting, pero nacido santiagueño. Yo digo que Peteco es sinónimo de folklore: hasta pinta, y es tan inmenso que capaz que también es luthier y artesano, y aún no lo sé.

sábado, 15 de agosto de 2026

La Banda tiembla en agosto: el legado de Doña María Luisa que no cesa

Con un busto homenaje de 1,60 metros a Doña María Luisa y un ciclo de música en las escuelas, año a año la Fiesta de la Abuela Carabajal  se prepara para recibir a miles de almas en el mítico barrio Los Lagos.



Por Leyenda del folclore santiagueño

Hay casas cuyas paredes no logran atrapar el sonido, y patios donde la tierra misma parece tararear una chacarera. En la ciudad de La Banda, Santiago del Estero, el patio de la familia Carabajal es el epicentro de un milagro que se renueva cada mes de agosto. La tradicional Fiesta de la Abuela Carabajal no solo congrega año tras año a miles de almas sedientas de violines y bombos, sino que suma hitos que dejan una marca eterna en su paisaje cultural: la inauguración de un imponente busto de 1,60 metros en honor a Doña María Luisa Paz de Carabajal y el lanzamiento de un ciclo de músicos en vivo que lleva la identidad folclórica directamente a las escuelas bandeñas.

Lo que nació hace décadas como una íntima reunión familiar para celebrar el cumpleaños de la matriarca - un festejo tradicional que inició hace más de setenta años y con el tiempo se volvió masivo- , hoy es un fenómeno cultural de escala internacional. Cada año, durante los días 16, 17 y 18 de agosto, el solar del tradicional barrio Los Lagos se transforma en un santuario a cielo abierto. Bajo el nombre "Las Manos de mi Madre"- en una profunda referencia a la célebre canción compuesta por Carlos Oscar "Peteco" Carabajal - , el encuentro despliega un amplio programa de actividades cuyo eje late en la participación espontánea sobre el escenario montado en la calle Ingeniero Iturbe al 100, en la emblemática "Cuna de Poetas y Cantores".

El mapa de un rito que desborda las peñas

Para el verdadero amante del folklore, el festejo comienza mucho antes de los días centrales. El circuito peñero, esa antesala necesaria donde el vino, la gastronomía regional y los encuentros se misturan, da su puntapié inicial cada 14 de agosto. El fuego sagrado se enciende en el célebre quincho de Carlos Carabajal, la mítica casa del padre de "Peteco", Graciela, "Demi" y Enriqueta.

"Con mucho esfuerzo hemos logrado organizar esta movida cultural que denominamos 'Las Manos de mi Madre' junto a Eduardo, Juan y otros hermanos, y siempre con el acompañamiento incondicional de 'Chaca', 'Zua' y Juli Díaz, locutor oficial junto a Edy", destaca Alberto "Fily" Carabajal, uno de los organizadores de esta gran maquinaria cultural, en diálogo con EL LIBERAL, agradeciendo además el apoyo continuo del municipio de La Banda y de la policía provincial.

La fiesta central se vive con intensidad cada 18 de agosto, desde las 15 hasta las 22 horas. El escenario principal recibe a los músicos más representativos de la dinastía Carabajal junto a destacados artistas locales. La música es la invitada de honor para celebrar la vida y el legado de la mujer nacida hace más de un siglo en estas tierras santiagueñas.

Un legado económico y social

Más allá de la poesía y el reencuentro, la Fiesta de la Abuela está firmemente instalada en el calendario turístico nacional. Su impacto trasciende lo estrictamente musical: durante la semana en que se desarrolla, La Banda se convierte en un motor generador de fuentes de trabajo genuinas, dinamizando la economía local y consolidando un evento cultural sumamente significativo para toda la provincia de Santiago del Estero.

El eco de una ausencia presente

Doña María Luisa partió físicamente en 1993, justo una semana antes de su cumpleaños. El tiempo pasa, pero el mito permanece intacto. Hoy, sus hijos, nietos y toda la descendencia que dejó, al igual que sus vecinos del barrio Los Lagos, la siguen recordando con fervor en el día de su nacimiento.

A ellos se suman las casi 20 mil personas que año tras año peregrinan desde los puntos más recónditos del planeta para respirar su atmósfera santiagueña. La Abuela ya no está físicamente en el patio, pero su imponente figura de bronce y las guitarras de su estirpe nos recuerdan que hay manos que nunca, pero nunca, dejan de sostener la identidad de un pueblo.


viernes, 7 de agosto de 2026

La música argentina: Un viaje desde los rituales indígenas hasta el rock nacional

Si cerrás los ojos y pensás en la música argentina, ¿qué escuchás? ¿El quejido melancólico de un bandoneón en un café de San Telmo? ¿El rasguido de una guitarra criolla en una peña folclórica? ¿O quizás el estruendo de una guitarra eléctrica en un estadio repleto de jóvenes saltando al compás del rock nacional?



La música argentina es el diario íntimo de nuestra historia. Un relato cruzado por choques culturales, pasiones, guerras y una búsqueda constante de identidad. Desde las flautas de hueso en los valles calchaquíes hasta los sintetizadores de los años 80, la historia sonora del país está llena de personajes extravagantes, conflictos insólitos y genialidades inesperadas.

Sin el tono rígido de los manuales escolares: esta música se escribió con barro, pólvora, vino y bastante rebeldía.

Gigantes en la playa y el sonido de la tierra

Todo empieza mucho antes de que existiera el país como tal. Cuando los primeros cronistas europeos pisaron estas tierras, se encontraron con un paisaje sonoro que los tomó por sorpresa.

En mayo de 1520, la expedición de Magallanes desembarcó en Puerto San Julián, en la Patagonia. Antonio Pigafetta, el cronista del viaje, registró el encuentro con un tehuelche de figura gigantesca que se acercó a la arena cantando y danzando con el índice levantado al cielo. Para los pueblos originarios, la música no era un simple entretenimiento: funcionaba como un puente con lo sagrado, una herramienta de guerra y el eje de la vida comunitaria.

Los diaguitas en el norte dominaban las quenas y las sikuras. En el litoral, los guaraníes y charrúas marcaban el ritmo con trompas y tambores. Años más tarde, cuando los españoles establecieron sus primeros asentamientos, más de una vez sintieron temor al escuchar el eco de los pingollos y bocinas indígenas resonando en la oscuridad antes de un ataque.

La música también salvó vidas. En 1541, el español Pedro de Miranda fue capturado por los indígenas. Estaba a punto de ser ejecutado cuando comenzó a tocar la flauta; la hija del cacique, cautivada por el sonido del instrumento, intercedió por él y logró que le perdonaran la vida. Fue, probablemente, el primer indulto musical del territorio.

Los jesuitas y el barroco en la selva

La música culta en la colonia no fue un asunto exclusivo de las élites urbanas. A principios del siglo XVIII, las misiones jesuíticas del norte y del actual Paraguay se convirtieron en centros de producción musical de primer nivel. Los guaraníes no solo interpretaban obras complejas, sino que construían violines, arpas y órganos con una precisión que deslumbraba a los cronistas de la época.

En ese entorno destaca la figura de Domenico Zipoli. Nacido en la Toscana, alumno de los principales maestros de Roma y contemporáneo de Bach, Zipoli tenía abiertas las puertas de las cortes europeas. Sin embargo, decidió ordenarse jesuita y viajar a América.

Se radicó en Córdoba, donde el público abarrotaba las iglesias solo para escucharlo en el órgano. Sus partituras eran tan buscadas que desde Lima se enviaban copias de manera clandestina. Zipoli murió joven, de tuberculosis, en la estancia de Santa Catalina en 1726. Hoy los musicólogos lo reconocen como el compositor más relevante que transitó el continente durante el período colonial.

Teatros, censura obispal y un cohete fatal

Hacia la segunda mitad del siglo XVIII, Buenos Aires intentaba dejar atrás su fisonomía de aldea. Con la ambición urbana llegó el teatro.

En 1757 se inauguró el Teatro de Óperas y Comedias. La sociedad criolla acudía a ver a los intérpretes llegados de Brasil y Europa, pero la actividad encontró una fuerte oposición en el obispo Cayetano Marcellano. El religioso, que vivía al lado del recinto, se quejaba del ruido nocturno y de las faltas a la moral. En 1759 llegó a amenazar con excomulgar tanto a los empresarios como al público si no suspendían las funciones.

Años después, en 1783, abrió el Teatro de la Ranchería, epicentro de la vida social porteña donde se estrenó Siripo, de Manuel José de Lavardén, la primera obra dramática de autor local. El final del espacio fue insólito: en agosto de 1792, durante una fiesta patronal en la vecina iglesia de San Juan Bautista, un cohete pirotécnico cayó sobre el techo de paja y cañas de La Ranchería. El edificio se quemó por completo en pocos minutos.

El salón de Mariquita y la creación del Himno

La Revolución de Mayo de 1810 desató un repertorio de letrillas y cielitos patrióticos que la juventud cantaba en las plazas. Sin embargo, la pieza institucional más importante nació en la intimidad de un salón: el de Mariquita Sánchez de Thompson.

En su casa de la calle Florida, punto de reunión de la intelectualidad de la época, se interpretó por primera vez la Canción Patriótica Nacional el 14 de mayo de 1813. La música pertenecía a Blas Parera, un maestro español radicado en Buenos Aires que años más tarde regresó a su país natal, donde murió en la pobreza. La letra fue obra de Vicente López y Planes.

Aquella versión original era extasiada, extensa y difícil de entonar en ámbitos populares o militares. Con los años sufrió diversos recortes hasta consolidar la estructura sintética y marcial que se conserva en la actualidad.

Divas líricas y conciertos multitudinarios

Para mediados del siglo XIX, la Generación del 80 y la inmigración masiva impulsaron el gusto por los espectáculos europeos. El primer Teatro Colón, ubicado frente a la Plaza de Mayo donde hoy funciona el Banco Nación, abrió sus puertas en 1857 como el gran coliseo de la ópera.

La lírica generaba pasiones desmedidas. En 1855, el público porteño se dividió apasionadamente entre los partidarios de la soprano Ida Edelvira y los de Eliza Biscaccianti. Los detractores de esta última la bautizaron socarronamente "Whiskaccianti", acusándola de afición a la bebida. Al terminar las funciones, las facciones de fanáticos esperaban a sus cantantes con bandas de música para escoltarlas hasta el hotel.

El espectáculo más masivo de ese período lo protagonizó el pianista estadounidense Louis Moreau Gottschalk en 1868. Organizó en el Colón un concierto donde catorce pianos sonaron en simultáneo, respaldados por una orquesta completa, en un despliegue inédito para la región.

El tango: del arrabal al reconocimiento

El tango no nació en salones elegantes ni con la estética pulida que se conoció décadas después. Tuvo su origen en los márgenes urbanos y en espacios donde los primeros bailarines eran hombres que practicaban entre sí.

Hacia fines del siglo XIX, las comunidades compadritas buscaban replicar y satirizar los bailes de las colectividades afrodescendientes en los conventillos. De ese cruce entre la habanera cubana, la milonga campera y la rítmica africana surgió la coreografía original del tango: el corte, la quebrada y un abrazo estrecho que reflejaba la competitividad del guapo de barrio.

La llegada del bandoneón redefinió el género. Diseñado en Alemania por Heinrich Band como un órgano portátil para procesiones religiosas en iglesias rurales, el instrumento ingresó al Río de la Plata por medio de marineros e inmigrantes. Su sonoridad melancólica se adaptó de inmediato a la atmósfera de los cafetines y prostíbulos, convirtiéndose en el sonido representativo de la nostalgia del inmigrante.

El folclore y la memoria de las provincias

Mientras la capital desarrollaba el tango, las provincias mantenían una tradición sonora vinculada al territorio y a la historia local. Zambas, chacareras y gatos funcionaban como relatos orales de la comunidad.

Un hecho ilustra el peso de esta música en el campo de batalla. En abril de 1867, durante la Batalla de Pozo de Vargas en La Rioja, las tropas santiagueñas del general Taboada eran superadas por las fuerzas montoneras de Felipe Varela. Ante el desánimo de la tropa, el mando ordenó a la banda militar ejecutar una zamba en lugar de los toques de calacurda habituales. El estímulo de la música propia reorganizó las filas y permitió revertir el resultado del combate. Desde entonces, esa pieza es conocida como la "Zamba de Vargas".

Décadas más tarde, autores como Atahualpa Yupanqui (Héctor Chavero) le dieron a esta tradición campesina un nivel poético superior, retratando con precisión la dureza de la vida rural y la geografía del interior profundo.

1982: La prohibición que impulsó al rock en español

Durante la última dictadura militar, la Guerra de Malvinas en 1982 provocó un cambio imprevisto en los medios de comunicación. El gobierno censuró la emisión de música en inglés en las estaciones de radio.

Ante la necesidad de llenar la programación diaria con material en castellano, los programadores acudieron al repertorio de los músicos locales de rock que hasta entonces trabajaban en el circuito independiente. Figuras como Charly García, Luis Alberto Spinetta, León Gieco, Juan Carlos Baglietto y Nito Mestre obtuvieron de pronto un espacio masivo.

Canciones como "Sólo le pido a Dios" adoptaron un sentido pacifista en medio del conflicto bélico. Agrupaciones como Serú Girán convocaron multitudes en espacios como La Rural, mientras que la denominada "trova rosarina" introdujo nuevas líricas al cancionero urbano. La proscripción del anglo catalizó la consolidación del rock argentino como un movimiento cultural masivo con voz propia.

El mosaico contemporáneo

La música argentina muestra una constante capacidad de adaptación. Es la síntesis de las flautas originarias, el barroco misionero, la rítmica africana, el bandoneón europeo y la amplificación del rock.

Esa línea evolutiva abarca desde el tango de vanguardia de Astor Piazzolla hasta la Misa Criolla de Ariel Ramírez o la obra académica de Alberto Ginastera. En la actualidad, las corrientes urbanas como el trap mantienen esa misma necesidad de narrar la cotidianidad y el entorno social utilizando las herramientas de su tiempo. La instrumentación se transforma, pero la vocación testimonial permanece.

Fuente citada: Gesualdo, Vicente. La música en la Argentina. Capítulos 1 a 6: de la época colonial al rock nacional (1982-1987).

 

viernes, 17 de julio de 2026

Dúo Santiagueño Suarez Palomo


 

9 de Julio de 1974 - Según cuenta la historia, el dúo santiagueño Suárez-Palomo, integrado por Vicente Eduardo “Morenito” Suárez y Pedro Palomo nació en esta fecha, en una reunión familiar de la calle Unzaga del barrio Cáceres, en la ciudad Capital. Por esas cosas de la vida, ambos se desvincularon del conjunto vocal “Los Tobas”, agrupación de la que Suárez formó parte desde los 9 comienzos del año 1958.

Fue un duro comienzo porque había que comenzar una nueva etapa, actuando en todo festival y peña que se realizaba en la Capital e interior de la provincia, hasta que, en 1980, logran actuar en el Festival Nacional de Cosquín y se abrieron muchas puertas.

Los contrató el sello Polygram, grabando 4 discos. Finalizado el contrato con Polygram, el dúo grabó con EMI Land 2 discos.

Suarez: Nacido en el campo santiagueño en la localidad de Yacu Nioj que significa "Aquí hay agua" en el idioma quechua, Brea Pozo en el Departamento San Martin. Hijo de padres ganaderos, descendiente de ancestros con firmes inclinaciones musicales folclóricas tradicionales, las cuales influirían en su vida personal y desarrollo musical autóctono.

Su abuelo materno tocaba el arpa y la guitarra, al igual que sus tías abuelas. Allí se germinarían sus deseos por las artes musicales tradicionales. Integro el conjunto “Los Tobas” a la edad de 21 años. En aquel entonces sus integrantes eran: "Meneco" Taboada: 2da Guitarra y 2da voz, Cesar Báez: 2da Guitarra y 2da y 3ra voz, Mario Ledesma: 1ra y 2da guitarra, barítono, Morenito Suarez: 1ra voz y bombo. Posteriormente se integraría Pedro Palomo como 5to integrante.   El seria 1ra y 2da guitarra y 2da y 3ra voz. Más tarde Lolo Barrionuevo reemplazaría a Cesar Báez. Seria 2da y 3ra voz y Bombo.

Palomo: Nacido en el seno de una familia humilde, nació en la localidad de Sauce Bajada, Departamento Robles en la provincia de Santiago del Estero. Aprendió a tocar la guitarra de ''puro travieso'', su papa no le quería enseñar a tocar por la ''Mala fama'' que tenían los músicos de ese entonces. Pero Pedro se dio mañas para aprender y así llego a ser quien fue en la vida.

Sus raíces musicales se fueron forjando con el tiempo, dedicación y sacrificio. Él se impuso normas de vida para llegar a superarse y demostrarles a sus padres que podía llegar a ser alguien en la vida. Integro "Los Tobas" a la temprana edad de 17 años, aportando su inconfundible tercera voz.

La historia del dúo llega a su fin el 28 de Julio de 2011 cuando falleció Pedro Palomo.

Yo quiero que todos me recuerden como un hombre que llevó en su sangre la tradición santiagueña, a la que defendí y llevé en mi corazón encendido por cuantos lugares he andado en este hermoso camino de cantarle a la tierra mía, Santiago del Estero”.

Ese era una de los deseos de Vicente Suárez, “Morenito” para todos, quien falleció a los 78 años el 1 de Octubre de 2014, a las 20, en un centro médico de Santiago del Estero. Y con él se fue uno de los últimos exponentes del folclore tradicional de esa “amada tierra de mis mayores”, como también solía afirmar cada vez que le preguntaban de su querencia.

Fuente: Las Peñas de Santiago Del Estero

 

lunes, 13 de julio de 2026

De Acequias y Palacetes: Un Paseo por el Santiago que el Tiempo (Casi) se Llevó

 

Acequia Belgrano

¿Alguna vez te detuviste en medio de la Avenida Belgrano, cerraste los ojos e intentaste imaginar cómo sonaba esta ciudad hace cuatro siglos? Probablemente hoy escuches el rugido de los colectivos y el murmullo incesante del comercio, pero si pudiéramos viajar en el tiempo, el sonido protagonista sería otro: el del agua corriendo con fuerza por una acequia antigua.

Santiago del Estero, nuestra "Madre de Ciudades", no solo es cuna de poetas y cantores; es un rompecabezas de historias fascinantes que a menudo pisamos sin darnos cuenta. Hoy te invito a que nos tomemos un café virtual y charlemos sobre esos rincones, edificios y decisiones que transformaron nuestra fisonomía urbana. ¡Prepárate, porque hay datos que te van a volar la cabeza!

El "río" que dividía la calle: La mítica Acequia Real

Imagínate esto: corría el año 1577. Mientras en el resto del mundo pasaban cosas de libros de historia antigua, aquí ya se estaba construyendo una obra de ingeniería asombrosa. La Acequia Real (o Acequia Belgrano) no era un simple zanjón; era una arteria vital de más de 5 kilómetros de largo que corría justo por donde hoy caminas para ir al centro.

Aquí es donde la historia se pone interesante y un poco misteriosa. ¿Quién la hizo realmente?

La versión mística: Muchos dicen que fueron los Jesuitas, conocidos por su destreza constructiva.

La versión oficial: Existe una carta del 20 de marzo de 1557 enviada por el Gobernador Gonzalo de Abreu y Figueroa al Virrey del Perú, lo que le da el crédito legal a él.

Lo más nostálgico es pensar en la alameda gigantesca que la bordeaba. Era un túnel verde de álamos que refrescaba la ciudad. Lamentablemente, en 1970, bajo una visión de "modernización" del gobierno de Carlos Jenssen, la acequia fue entubada y los árboles talados. Un golpe ecológico que los santiagueños de pura cepa todavía lamentan.

De Casa de Gobierno a Joya Cultural

Si hay un edificio que se roba todas las miradas frente a la Plaza Libertad, es el actual Centro Cultural del Bicentenario (CCB). Pero, ¿sabías que no siempre fue ese faro de cultura?

Construido en 1866 por los hermanos Cánepa durante el gobierno de Manuel Taboada, nació para ser el Cabildo y la Casa de Gobierno. Ubicado estratégicamente en la esquina de Libertad y Tucumán, este edificio ha visto pasar toda nuestra historia política. Fue recién en 1988 cuando se lo declaró Monumento Histórico Provincial, protegiendo para siempre sus paredes cargadas de secretos.

La Casona de los Taboada: El "Multiespacio" del Siglo XIX

A la vuelta, en Buenos Aires al 100, se encuentra la casona construida en 1870 por Gaspar Taboada. Si crees que los espacios de coworking son modernos, esta casa te lleva la delantera. A lo largo de los años, allí funcionaron:

  La primera oficina de Telégrafos.
La primera oficina de Teléfonos.
La redacción del diario El Liberal.
¡Y hasta el Círculo de Ajedrez!

 

El lujo de la Belgrano: 80 Chalets y una Boite

Hubo una época, no tan lejana, en la que la Avenida Belgrano parecía un catálogo de arquitectura europea. Entre el barrio Jorge Newbery y Campo Contreras, se erigían aproximadamente 80 chalets impresionantes.

Nombres como Los Hoyos, el del Gobernador Cáceres, o los de las familias Bagnato y Corvalán, eran sinónimo de elegancia. ¿Lo más curioso? En esa zona también funcionaba una Cancha de Pato y la mítica boite "Fantasius", donde la juventud de otras décadas gastaba la suela de sus zapatos.

El tren que llegaba a la puerta de casa

Hoy nos parece una locura, pero el 12 de octubre de 1884, el ferrocarril llegó literalmente hasta la Plaza Libertad. ¡Imagínate el humo y el silbato del tren en pleno centro!

Tuvimos dos estaciones principales que marcaron épocas:

Estación Belgrano: (Libertad y Pringles). Originalmente del Central Córdoba, hoy es el querido Parque Oeste.

Estación Mitre: (Perú y Alvear). De trocha ancha, el lugar donde hoy funciona el moderno FÓRUM.

El tren no solo traía gente; traía el progreso que permitió, por ejemplo, que en 1904 se inaugurara el servicio de agua corriente y en 1905 se levantara el imponente edificio del Banco Nación.

Secretos en las paredes y cambios de nombre

¿Alguna vez te sentiste observado en la calle Libertad al 400? No es tu imaginación, son los Atlantes de Piedra. Estas figuras colosales que sostienen la estructura frente a la Plaza Libertad fueron creadas por el arquitecto y escultor Rafael Delgado Castro a principios del siglo XX. Son, sin duda, los guardianes más antiguos del centro.

Pero no todo fue piedra y construcción. Los años 70 trajeron cambios drásticos, incluso en cómo llamamos a nuestros barrios. ¿Sabías que muchos de ellos tenían nombres mucho más pintorescos antes de que el gobierno de facto los rebautizara?

Chimillo pasó a ser Reconquista e Independencia.

Tala Pozo se convirtió en Almirante Brown.

Las Cejas fue renombrado como Don Bosco.

Incluso la naturaleza sufrió: en esa época se eliminó la platabanda de hermosos lapachos que adornaban las avenidas Sáenz Peña y Pedro León Gallo. Una decisión que, al igual que la tala de la alameda de la Belgrano, nos dejó una ciudad un poco más calurosa y menos colorida.

Un legado que late

Santiago del Estero es mucho más que sus calles adoquinadas en 1916 o el gas natural que llegó en 1951. Es una ciudad que supo ser industrial, con el Ingenio Saint Germes (1881) como símbolo de tecnología punta, y que supo reinventarse una y otra vez.

Desde el viejo matadero municipal de 1907 (que luego fue mercado y hoy es Jefatura de Policía) hasta la puesta en valor del Complejo Taboada en 2024, nuestra identidad está grabada en cada ladrillo puesto por los Cánepa, Delgado Castro o los pioneros anónimos.

Caminar hoy por Santiago es recorrer un libro abierto. La próxima vez que pases por la Belgrano, recordá que bajo tus pies alguna vez corrió un canal de agua cristalina y que, a tu alrededor, la historia sigue viva, esperando a ser contada.

¿Cuál de estos datos te sorprendió más? ¿Te imaginas cómo sería Santiago hoy si todavía tuviéramos esa acequia bordeada de álamos? La próxima vez que camines por el centro, levanta la vista: siempre hay un detalle del pasado esperando a saludarte.

* Este artículo fue realizado con información del Archivo Gráfico Cultural Santiagueño de Omar Sapo Estanciero, un guardián incansable de nuestra memoria colectiva.

sábado, 11 de julio de 2026

El origen afro de la chacarera: un legado rítmico en Santiago del Estero

  


La chacarera, uno de los símbolos más representativos del folklore argentino, es mucho más que una danza. También es el resultado de un largo proceso de encuentro entre distintas culturas que marcaron la historia de América Latina. Según el documento analizado, su ritmo conserva una fuerte herencia africana, especialmente de las regiones Níger-Congo y Bantú, con influencias árabes, que llegó a Santiago del Estero a través del Camino Real durante la colonización española. Sin embargo, ese origen fue muchas veces relegado frente a interpretaciones centradas casi exclusivamente en Europa. Este trabajo analiza cómo los afrodescendientes esclavizados, junto con los aportes indígenas y europeos, dieron forma a una expresión artística que hoy representa una parte fundamental de la identidad argentina. Como sostiene el texto, "la música latinoamericana es el resultado de la fusión de tres culturas: la nativa, la europea y la negroafricana… eso es innegable".

Santiago del Estero: un punto de encuentro cultural

Para entender ese proceso de mestizaje es necesario mirar el papel que tuvo Santiago del Estero. Fundada en 1553, es la ciudad más antigua de la Argentina y ocupó un lugar estratégico dentro de la ruta comercial del Virreinato del Perú. Esa ubicación favoreció el encuentro entre pueblos originarios, como tonokotés y sanavirones, esclavizados africanos y colonos europeos.

El censo de 1778 refleja con claridad esa realidad: el 54% de la población era afrodescendiente, un dato que contrasta con la escasa presencia que esta comunidad suele tener en los relatos históricos tradicionales. Del mismo modo, localidades como Salavina y San Félix, donde todavía sobreviven tradiciones de origen afro, fueron escenarios centrales de ese intercambio cultural. En San Félix, por ejemplo, viven descendientes de Julián del Rosario Guerra y Felipa Iramain, libertos del siglo XIX cuyas raíces africanas siguen siendo parte de la memoria de la comunidad.

El ritmo africano en la chacarera

La influencia africana también puede reconocerse en la música. La polirritmia característica de la chacarera, basada en la superposición de compases de 6/8 y 3/4, presenta claras semejanzas con patrones rítmicos africanos. Investigadores como Norberto Minichillo relacionan esta estructura con el "náñigo afrocubano" de Nigeria, mientras que el percusionista Domingo Cura recordaba una experiencia en Senegal donde, al escuchar tocar a músicos locales, comentó: "Lo que tocaban era chacarera, pibe, podrían ser músicos de Salavina".

A esto se suma el bombo legüero, instrumento esencial de la chacarera, cuyas características guardan afinidad con tambores africanos como el dunumba y el sangban. En conjunto, estas evidencias respaldan la idea de que la base rítmica de la chacarera tiene un origen afrodescendiente, aunque su desarrollo también incorporó aportes indígenas y españoles.

Controversias y resistencia académica

Esta interpretación, sin embargo, no ha estado libre de cuestionamientos. Durante mucho tiempo, investigadores como Carlos Vega sostuvieron que la chacarera derivaba de danzas europeas como la gallarda o la zarabanda. El documento cuestiona esa mirada por considerar que deja de lado la influencia africana. Como afirma el texto: "Con la cantidad comprobada de africanos que ingresaron al continente… es improbable que su aporte cultural haya sido tan minúsculo".

Además, plantea que la escasa valoración de esta herencia responde, en parte, a prejuicios que durante décadas estuvieron presentes tanto en los estudios folklóricos como en el ámbito educativo.

Un legado que sigue presente

La chacarera expresa una historia de encuentros culturales, resistencia y permanencia. Su ritmo, sus instrumentos y su forma de bailar conservan huellas de la presencia afrodescendiente en la Argentina, una dimensión que durante mucho tiempo quedó relegada en los relatos tradicionales.

El documento recuerda que actualmente viven alrededor de 2 millones de afrodescendientes en el país y sostiene que reconocer su aporte musical también significa recuperar una parte fundamental de la historia nacional. En ese sentido, la frase de Alfredo Ábalos resume con claridad esa idea: "El swing de la música de Santiago viene del negro" . Reconocer ese origen no disminuye los aportes indígenas ni europeos; por el contrario, permite comprender con mayor profundidad la riqueza y la diversidad cultural que dieron forma a la chacarera.

En síntesis, tras cada zapateo y repique de bombo, late una historia de diáspora y resiliencia que merece ser contada. Aunque los debates persistan, la evidencia demuestra que la chacarera es un puente sonoro entre África y Argentina.

Fuentes citadas

Documento principal: El origen afro de la chacarera (ilide.info, pp. 1-78).

Referencias específicas:

Censo de Vértiz (1778), citado en p. 7.

Testimonio de Domingo Cura, recopilado por Milton Blanco (p. 26).

Análisis de Carlos Vega (p. 9) y crítica a su enfoque (p. 10).


miércoles, 8 de julio de 2026

El guardián del dial: Cómo "Huesito" Pérez le abrió las puertas de la radio al quichua santiagueño

Antes de que el Alero Quichua fuera un símbolo cultural, hubo un hombre que cedió su espacio en LV11 para que Sixto Palavecino cumpliera su sueño. Conocé la historia de José Alberto Pérez, el bandoneonista y dirigente que fue el puente fundamental para que nuestra lengua originaria saliera al aire.



Por Leyendas del Folclore Santiagueño

Corría la década del sesenta y la radio era el rey absoluto de los medios. En Santiago del Estero, el éter estaba poblado de voces, pero había un silencio ensordecedor: la lengua quichua, el latido ancestral de la provincia, parecía no tener lugar en las frecuencias oficiales. Para Sixto Palavecino, ese vacío era una herida. Su sueño era claro: llevar la cultura, la poesía y la palabra quichua a los parlantes de cada hogar santiagueño. Pero los sueños, para hacerse realidad, necesitan de alguien que esté dispuesto a girar la perilla. Y ese hombre fue José Alberto "Huesito" Pérez.

El "sí" que cambió la historia cultural

La historia del rescate radial del quichua no puede desligarse del nombre de Don José Alberto Pérez. Por aquel entonces, Pérez era una figura respetada en el ambiente folclórico y, desde 1958, se desempeñaba como director interino de la legendaria LV 11 Radio del Norte.

Sixto, que ya había pisado los estudios de la emisora actuando junto a sus hijos y contaba con tres discos grabados, sabía a quién debían recurrir. Junto a Felipe Benicio Corpos, Vicente J. Salto y un grupo de entusiastas, le pidieron a Pérez un espacio para difundir la lengua.

Hubo cierta resistencia inicial; los tiempos y los formatos de la radio comercial no eran sencillos de doblegar. Pero Pérez, lejos de ser un burócrata, era un hombre de profunda inquietud cultural y alma de músico. Entendió la magnitud del pedido y accedió. Así, los días domingos a las 11 de la mañana, nació la "Audición Quichua". Fue un 6 de octubre de 1969 cuando el mensaje quichua-castellano comenzó a irradiarse, marcando el génesis de lo que más tarde sería el monumental Alero Quichua Santiagueño.

Un bandoneón con alma de tierra adentro

Para entender la generosidad cultural de "Huesito" Pérez, hay que mirar su origen. Nació en San Miguel de Tucumán, pero el destino quiso que sus padres lo registraran en Santiago del Estero un 19 de mayo de 1913. Y santiagueño se volvió en cada acorde.

Desde temprana edad abrazó el bandoneón, transitando con la misma solvencia el tango, la música clásica de la mano de la Orquesta de Salvador Carfí, y el folklore profundo. Su casa y la de su cuñado, Don Miguel Simón, eran el epicentro de las peñas y fiestas familiares. Allí, entre mates y guitarras, "Huesito" compartía mesa y música con gigantes como Hugo Díaz, Antonio Faro, Cachilo Díaz y Sara Cartier.

Su huella en la música provincial es indeleble. En 1938 integró el histórico conjunto "Los Criollos" junto a Antonio Ríos, Amabrio Luna y Juan de Dios Gallo. Cuentan las crónicas de la época que fue el propio "Huesito" quien, con su ojo avizor, les sugirió a Leocadio del Carmen Torres y Onofre Paz el nombre que los haría inmortales: Los Manseros Santiagueños.

El compositor y el dirigente

Más allá de su rol como facilitador cultural en la radio, Pérez fue un creador prolífico. Socio de SADAIC, su cancionero es un reflejo de la idiosincrasia local. De su pluma (y de su fuelle) nacieron joyas como la chacarera "Inti Sumaj" (con letra de Fortunato Juárez), el gato "El Amoroso", la vidala "Por una preciosa flor" y "Yacu Mishqui", en coautoría con Fidel Lucero.

Pero su compromiso con la provincia iba más allá de la música: también se desempeñó como dirigente del Club Atlético Mitre, demostrando que su amor por Santiago abarcaba todas las instituciones que la hacían grande.

Las huellas invisibles

Don José Alberto "Huesito" Pérez falleció el 7 de julio de 2001. Hoy, tal vez sean pocos los que conocen en profundidad su vida y obra. La historia suele recordar con más facilidad a las voces que brillan en el escenario, pero rara vez se detiene a agradecer a las manos que construyeron ese escenario.

Pérez fue uno de esos arquitectos invisibles de nuestra identidad. Sin su visión, sin su apertura en la vieja LV 11, el camino de la lengua quichua hacia la masividad habría sido mucho más oscuro y silencioso.

La próxima vez que sintonices un programa de folklore, o escuches la dulce cadencia del quichua en la radio, haz un alto. Recuerda que antes de que fuera una política de Estado o un fenómeno cultural masivo, hubo un bandoneonista llamado "Huesito" que decidió que esa lengua merecía, por derecho propio, un espacio en el dial.


sábado, 4 de julio de 2026

Leonidas "Nono" Corvalán: el artesano que talló su nombre en la madera y el canto santiagueño

 


El arte en Santiago del Estero suele manifestarse de formas diversas, pero a menudo brota de las mismas manos. Hay quienes modelan el barro, quienes pulsan las cuerdas y quienes, como Leonidas del Jesús Corvalán, consagran su vida a moldear tanto la materia como el sonido. Conocido en el afecto popular sencillamente como «El Nono», Corvalán habitó el mundo con la paciencia del artesano de la madera y la sensibilidad del cantor que sabe escuchar los silencios de su tierra.

Su largo viaje con la música popular comenzó formalmente en 1943, cuando debutó como cantante en el recordado Parque de Grandes Espectáculos. Aquella presentación inicial fue el preludio de una alianza artística fundamental: un año después, en 1944, unió su camino al de Manuel Augusto Jugo. Juntos dieron vida al afamado Dúo Jugo-Corvalán, un binomio que se convirtió en una referencia ineludible del canto nativo y que llevó las armonías de la provincia por los escenarios de todo el territorio nacional.

La calidad interpretativa del dúo llamó la atención de las grandes figuras de la época. De este modo, Corvalán y Jugo se incorporaron a la Compañía de Arte Nativo dirigida por el patriarca del folclore, Don Andrés Chazarreta. Su andar artístico también los llevó a integrar las compañías de arte folclórico de otros dos nombres esenciales de la música santiagueña: Don Bailón Peralta Luna y Don José Gómez Basualdo.

Ese andar polifacético de Corvalán encontró cauce, además, en el teatro, disciplina en la que participó como actor en algunas piezas dramáticas. El reconocimiento a su dedicación y rigor estético llegó con el prestigioso Premio Ricardo Rojas en el rubro folclore, una distinción que mereció recibir junto a su entrañable compañero de ruta, Manuel Augusto Jugo.

La permanencia en la memoria colectiva

Más allá de los escenarios que pisó, la verdadera dimensión del «Nono» Corvalán se mide en la vigencia de su obra como autor y compositor. Sus melodías, de una profunda melancolía y un arraigo entrañable al paisaje norteño, fueron adoptadas por las voces más importantes del cancionero popular:

Velay la algarrobera: Esta zamba indispensable fue rescatada y grabada por referentes de la talla de Alfredo Ábalos y el Dúo Coplanacu.

Zamba para mi tristeza: Una pieza que con el tiempo se volvió un clásico de los repertorios folclóricos, interpretada por artistas como Tamara Castro, Gustavo Chazarreta y también el Dúo Coplanacu.

Zamba del Quebrachal: Obra que los míticos Los Manseros Santiagueños incorporaron a su discografía, otorgándole su impronta inconfundible.

Escucha el cantar: Un vals donde Corvalán exploró una faceta más lírica y romántica.

En el año 2006, a los 92 años de edad, la vida del Nono Corvalán llegó a su fin. Se fue el hombre que entendía los secretos del árbol y de la copla, pero quedó una herencia de maderas talladas y canciones que, cada vez que se enciende una guitarra en un patio, vuelven a sonar vivas.

Orestes Di Lullo: el médico que estudio el folclore y la realidad social de Santiago

 


Hay hombres que recorren su tiempo con una doble mirada: una que cura el cuerpo y otra que sana la memoria de su pueblo. Un 4 de julio de 1898 nacía en Santiago del Estero Orestes Di Lullo, una figura fundacional de la cultura norteña en quien la medicina, la historia y la etnografía no fueron saberes estancos, sino herramientas para descifrar la identidad de su provincia.

Egresado del Colegio Nacional santiagueño, Di Lullo se trasladó a Buenos Aires para estudiar medicina, carrera de la que se graduó en 1923. Sin embargo, al regresar al pago, el joven médico comprendió que las dolencias de su gente no solo se explicaban en los laboratorios, sino en las condiciones de vida y en el paisaje social. En 1930, su obra El Paaj —galardonada con el Primer Premio Municipal de Ciencias— marcó un hito tanto médico como social al describir una forma de dermatitis venenata: una dolorosa inflamación cutánea provocada por el contacto con el tanino del quebracho colorado. A través de este hallazgo científico, Di Lullo no solo descubrió una afección médica; le dio nombre al padecimiento de los hacheros santiagueños.

Aquella sensibilidad social guió sus siguientes textos de política sanitaria y denuncia: La alimentación popular en Santiago del Estero (1935) y La San Asís (1939), donde proponía reformas urgentes para erradicar las enfermedades de la pobreza. El mismo pulso crítico late en su ensayo El bosque sin leyenda (1937), una obra donde la pluma del intelectual se vuelve testigo y denuncia de la devastación del suelo nativo y de la brutal explotación humana en los obrajes.

El recolector del sentir popular

La obra de Orestes Di Lullo puede leerse como la continuación natural de las pesquisas etnográficas que había iniciado Ricardo Rojas. Comisionado por la Universidad de Tucumán, el médico se internó en la oralidad y los senderos de su provincia para emprender la ciclópea tarea de recolectar, clasificar y sistematizar las tradiciones populares. De ese viaje al corazón de la cultura nacieron obras monumentales como El folklore de Santiago del Estero y los dos tomos de El cancionero popular de Santiago del Estero, un rescate imprescindible de la música y el sentir local. Su curiosidad por la palabra lo llevó también a la filología, un campo donde fue referente —especialmente en el estudio de la lengua quichua— con textos como Contribución al estudio de las voces santiagueñas y El habla popular.

Mientras otros intelectuales de su época se volcaban a la ficción o a la teoría pura, Di Lullo habitó plenamente la condición de folclorista y guardián de la memoria. Esa comunión profunda entre lo histórico y lo literario alcanzó su plenitud lírica en dos obras imperecederas: La agonía de los pueblos (1946) y Santiago del Estero, noble y leal ciudad (1947), además de títulos esenciales como Los pueblos dormidos.

Constructor de instituciones y exilio

Di Lullo no solo dejó palabras escritas; edificó los espacios físicos para protegerlas. El 25 de julio de 1941 fundó el Museo Histórico que hoy lleva su nombre, una institución destinada a testimoniar la historia política, numismática, armamentística y etnográfica de la provincia, la cual dirigió con celo hasta 1967. A su impulso se debieron también la creación de la Escuela Santiagueña de Artes Populares y, en 1953, la fundación del Instituto de Lingüística, Folclore y Arqueología (dependiente de la Universidad Nacional de Tucumán). Además, su compromiso civil lo llevó a ser miembro fundador de la Junta de Estudios Históricos de Santiago del Estero e intendente municipal de la ciudad capital entre 1944 y 1945.

Su prestigio intelectual lo convirtió en miembro correspondiente de las academias nacionales de la Historia, de Ciencias y de la Academia Argentina de Letras. Sin embargo, los vaivenes políticos del país no le fueron ajenos. De tendencias intelectuales nacionalistas, fue cesado de sus cargos universitarios en Tucumán durante la dictadura de Pedro Eugenio Aramburu, lo que lo forzó a un exilio en España.

Orestes Di Lullo falleció en 1983 en la misma ciudad que lo vio nacer y a la que dedicó sus desvelos. Tras su partida, se editaron dos de sus trabajos fundamentales: La razón del folclore y Santiago del nuevo Maestrazgo. En homenaje a su nacimiento y a su inabarcable legado, cada 4 de julio se conmemora el "Día de la Cultura" en Santiago del Estero, recordando al hombre que supo auscultar el pecho de sus pacientes con la misma devoción con la que escuchó los cantos antiguos de su pueblo.