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sábado, 15 de agosto de 2026

La Banda tiembla en agosto: el legado de Doña María Luisa que no cesa

Con un busto homenaje de 1,60 metros a Doña María Luisa y un ciclo de música en las escuelas, año a año la Fiesta de la Abuela Carabajal  se prepara para recibir a miles de almas en el mítico barrio Los Lagos.



Por Leyenda del folclore santiagueño

Hay casas cuyas paredes no logran atrapar el sonido, y patios donde la tierra misma parece tararear una chacarera. En la ciudad de La Banda, Santiago del Estero, el patio de la familia Carabajal es el epicentro de un milagro que se renueva cada mes de agosto. La tradicional Fiesta de la Abuela Carabajal no solo congrega año tras año a miles de almas sedientas de violines y bombos, sino que suma hitos que dejan una marca eterna en su paisaje cultural: la inauguración de un imponente busto de 1,60 metros en honor a Doña María Luisa Paz de Carabajal y el lanzamiento de un ciclo de músicos en vivo que lleva la identidad folclórica directamente a las escuelas bandeñas.

Lo que nació hace décadas como una íntima reunión familiar para celebrar el cumpleaños de la matriarca - un festejo tradicional que inició hace más de setenta años y con el tiempo se volvió masivo- , hoy es un fenómeno cultural de escala internacional. Cada año, durante los días 16, 17 y 18 de agosto, el solar del tradicional barrio Los Lagos se transforma en un santuario a cielo abierto. Bajo el nombre "Las Manos de mi Madre"- en una profunda referencia a la célebre canción compuesta por Carlos Oscar "Peteco" Carabajal - , el encuentro despliega un amplio programa de actividades cuyo eje late en la participación espontánea sobre el escenario montado en la calle Ingeniero Iturbe al 100, en la emblemática "Cuna de Poetas y Cantores".

El mapa de un rito que desborda las peñas

Para el verdadero amante del folklore, el festejo comienza mucho antes de los días centrales. El circuito peñero, esa antesala necesaria donde el vino, la gastronomía regional y los encuentros se misturan, da su puntapié inicial cada 14 de agosto. El fuego sagrado se enciende en el célebre quincho de Carlos Carabajal, la mítica casa del padre de "Peteco", Graciela, "Demi" y Enriqueta.

"Con mucho esfuerzo hemos logrado organizar esta movida cultural que denominamos 'Las Manos de mi Madre' junto a Eduardo, Juan y otros hermanos, y siempre con el acompañamiento incondicional de 'Chaca', 'Zua' y Juli Díaz, locutor oficial junto a Edy", destaca Alberto "Fily" Carabajal, uno de los organizadores de esta gran maquinaria cultural, en diálogo con EL LIBERAL, agradeciendo además el apoyo continuo del municipio de La Banda y de la policía provincial.

La fiesta central se vive con intensidad cada 18 de agosto, desde las 15 hasta las 22 horas. El escenario principal recibe a los músicos más representativos de la dinastía Carabajal junto a destacados artistas locales. La música es la invitada de honor para celebrar la vida y el legado de la mujer nacida hace más de un siglo en estas tierras santiagueñas.

Un legado económico y social

Más allá de la poesía y el reencuentro, la Fiesta de la Abuela está firmemente instalada en el calendario turístico nacional. Su impacto trasciende lo estrictamente musical: durante la semana en que se desarrolla, La Banda se convierte en un motor generador de fuentes de trabajo genuinas, dinamizando la economía local y consolidando un evento cultural sumamente significativo para toda la provincia de Santiago del Estero.

El eco de una ausencia presente

Doña María Luisa partió físicamente en 1993, justo una semana antes de su cumpleaños. El tiempo pasa, pero el mito permanece intacto. Hoy, sus hijos, nietos y toda la descendencia que dejó, al igual que sus vecinos del barrio Los Lagos, la siguen recordando con fervor en el día de su nacimiento.

A ellos se suman las casi 20 mil personas que año tras año peregrinan desde los puntos más recónditos del planeta para respirar su atmósfera santiagueña. La Abuela ya no está físicamente en el patio, pero su imponente figura de bronce y las guitarras de su estirpe nos recuerdan que hay manos que nunca, pero nunca, dejan de sostener la identidad de un pueblo.


sábado, 11 de julio de 2026

La Banda y el sonido de un legado: el bandoneón que hizo historia en Santiago del Estero

En el Día Nacional del Bandoneón, un recorrido por la vida de Iber Ruiz y el extraordinario semillero de músicos que convirtió a La Banda en una de las ciudades con mayor tradición bandoneonística del país.

 

Imagen: Archivo gráfico Omar Estanciero

Cada 11 de julio, la Argentina celebra el Día Nacional del Bandoneón, una fecha instituida para recordar el nacimiento de Aníbal "Pichuco" Troilo, figura inmensa del tango y uno de los mayores intérpretes que haya conocido el instrumento. Sin embargo, la conmemoración también invita a mirar más allá de Buenos Aires y descubrir otras geografías donde el bandoneón encontró una voz propia.

Una de ellas es La Banda, ciudad santiagueña donde el sonido del fuelle acompañó durante décadas bailes populares, festivales, reuniones familiares, peñas y escenarios de todo el país. Allí, el bandoneón no fue únicamente un instrumento musical: fue una forma de contar la vida, de expresar la nostalgia y de acompañar tanto el tango como el folclore.

Entre los grandes nombres que dio esa tierra se encuentra Iber Ruiz, nacido el 11 de julio de 1926. Su nacimiento coincide, curiosamente, con la fecha en la que hoy se celebra el Día Nacional del Bandoneón, una coincidencia que parece resumir el destino de quien dedicaría toda su vida a ese instrumento.

Un músico formado entre grandes maestros

La historia artística de Iber Ruiz comenzó bajo la guía del maestro Salvador Carfí. Integró su orquesta y recibió de él una sólida formación musical que marcaría para siempre su carrera.

Aquellos años de aprendizaje le permitieron desarrollar un estilo refinado, sensible y versátil. Su bandoneón podía recorrer con la misma naturalidad la intensidad dramática del tango y la riqueza melódica del folclore argentino, dos universos musicales que supo interpretar con igual compromiso.

Esa capacidad lo llevó a compartir escenarios con artistas de enorme prestigio. Entre ellos se destacan el inolvidable Polaco Goyeneche, una de las voces más representativas del tango argentino; Alba Solís, figura emblemática del género ciudadano; y la destacada cantante Nelly Vázquez.

Quienes lo conocieron recuerdan a Iber Ruiz como un músico respetuoso del oficio, de técnica impecable y profundo sentido interpretativo. No necesitaba gestos grandilocuentes para emocionar. Bastaban el aire contenido en el fuelle y la delicadeza de sus frases musicales para transmitir aquello que muchas veces las palabras no alcanzan a decir.

Su fallecimiento, ocurrido en La Banda el 18 de febrero de 2006, dejó un vacío entre colegas, amigos y amantes de la música popular. Sin embargo, su obra permanece viva en el recuerdo de quienes compartieron escenarios con él y en la memoria cultural de la provincia.

Una ciudad donde el bandoneón echó raíces

Hablar de Iber Ruiz es hablar también de una tradición mucho más amplia.

Durante buena parte del siglo XX, La Banda fue una verdadera cantera de bandoneonistas. En sus barrios crecieron músicos que aprendían de oído, otros que estudiaban con maestros y muchos que alternaban presentaciones en orquestas típicas con actuaciones en conjuntos folclóricos.

El bandoneón encontró allí un lugar singular. Mientras en otros puntos del país permanecía asociado casi exclusivamente al tango, en Santiago del Estero dialogó naturalmente con chacareras, zambas, gatos y escondidos.

Ese encuentro entre dos universos musicales dio origen a un modo particular de interpretar el instrumento, con una identidad profundamente santiagueña.

No resulta extraño, entonces, que tantos músicos destacados hayan nacido o desarrollado su carrera en esta ciudad.

Una generación irrepetible

Quienes tuvieron la fortuna de escucharlos coinciden en una idea: hubo una generación extraordinaria de bandoneonistas.

Cada uno poseía un estilo propio. Algunos privilegiaban el virtuosismo técnico; otros se destacaban por la sensibilidad de sus interpretaciones; varios fueron grandes acompañantes de cantores y conjuntos folklóricos; otros brillaron en orquestas de tango.

Pero todos compartían un mismo compromiso con la música.

Esa generación estuvo integrada por Rafael Ingrata, Zoco Díaz, José Gerez, Luis Ríos, Andrés Ríos, Antonio Ríos, Miguel Simón, Federico Yocca, Juan Juárez, Dante Jiménez, Ramón Reyes, Guillermo González, Pedro Ríos, Roberto Roldán, Dante Díaz, Arturo Aranda, Roberto Carrizo, Exequiel Luna, Lázaro Loto, Gregorio Jiménez, Carlos Acuña, Mariano Moreno, Luis Sequeira, Miguel Aguirre, René Paz, Ramón Gil, Miguel Vicelli, Félix Vicelli, Manuel Autalán ("Chunga"), Héctor Castro ("Castrito"), Alberto Arce, "Alico" Rodríguez, Virgilio Ponce, Pascual Medina, "Fierrito" Aranda, Dermidio Castillo, Fidel Lucero, "Masho" Uñates, "Tito" Cabrera, Juan Herrera, Alberto Pérez ("Huesito"), Antonio Villavicencio, Sixto Díaz, Hernán Jugo, Antonio Boix, Iber Ruiz, "Carucho" Ingrata, "Sastre" Juárez, Ignacio Herrera, Raúl Mansilla, Marcelo Bustamante, Raúl Maldonado, Armando Orellana, Gabriel Esper, Cacho Figueroa, "Paquito" Santillán, Nico Cura, Oscar Carrizo, "Chacho" Noriega, Carlos Toledo, Rubén Ledesma, Fermín Leguizamón, Raúl "Trapo" Ponce y Carlos Juárez.

Detrás de cada uno de esos nombres hay historias familiares, noches de ensayo, festivales, carnavales, peñas y celebraciones populares. Muchos de ellos enseñaron a nuevas generaciones; otros dejaron discípulos que continúan interpretando el repertorio tradicional. Todos, de una u otra manera, ayudaron a construir el patrimonio musical de Santiago del Estero.

Mucho más que un instrumento

El bandoneón tiene una historia singular. Nació en Alemania durante el siglo XIX con fines religiosos y terminó encontrando en la Argentina un destino completamente distinto.

Aquí se transformó en el alma del tango, pero también supo adaptarse a las músicas regionales. En Santiago del Estero adquirió una personalidad especial. Se mezcló con el bombo legüero, con las guitarras criollas y con las voces de los cantores populares, aportando matices melancólicos y una riqueza sonora inconfundible.

Cada fuelle abierto parecía contar una historia distinta: la del trabajo, la del monte, la de los caminos polvorientos, la del amor, la despedida o el regreso.

Una memoria que sigue sonando

Recordar a Iber Ruiz y a los numerosos bandoneonistas bandeños es mucho más que un ejercicio de nostalgia. Es reconocer el valor de hombres que hicieron de la música una forma de preservar la identidad de su pueblo.

En tiempos donde las tradiciones necesitan nuevos espacios para seguir vivas, sus trayectorias adquieren un significado renovado. Son parte de una memoria colectiva que merece ser contada, difundida y transmitida.

Cada 11 de julio, cuando el país homenajea al bandoneón, también es oportuno volver la mirada hacia La Banda, esa ciudad que durante décadas respiró música entre sus calles y que regaló al folclore y al tango un puñado de intérpretes inolvidables.

Porque mientras exista alguien dispuesto a abrir un fuelle y dejar escapar sus primeras notas, el legado de Iber Ruiz y de todos aquellos bandoneonistas santiagueños seguirá resonando, como un eco persistente, en la identidad cultural de la provincia y en el corazón mismo de la música argentina.

jueves, 26 de febrero de 2026

La ruta desigual: cuando el transporte público se vuelve una frontera social

 Boletos caros, servicios irregulares y barrios desconectados no son errores del sistema. Son el resultado de decisiones políticas que definen quién puede moverse y quién queda afuera. En Santiago del Estero, el transporte público lo deja en evidencia todos los días.

Crédito: El Liberal

Esperar el colectivo en muchos barrios ya no es solo cuestión de armarse de paciencia; es una forma cotidiana de exclusión. Mientras en las zonas céntricas las unidades pasan con frecuencia, en la periferia el transporte es un servicio intermitente, caro y poco confiable. Esto no responde a la mala suerte ni a la desorganización improvisada: es la consecuencia directa de cómo se gestiona la ciudad.

¿Derecho o privilegio?

El derecho a circular figura en discursos y documentos oficiales, pero en la práctica depende del barrio donde se vive, el horario y el bolsillo. En las zonas periféricas y populares el colectivo llega tarde, pasa poco o directamente no entra. La respuesta empresarial y municipal suele ser la misma: no es rentable. Sin embargo, cuando un servicio esencial se organiza exclusivamente con lógica de mercado, deja de funcionar como un derecho.

El impacto es concreto: menos acceso al trabajo, a la escuela y a la atención médica. Un colectivo que no pasa no solo retrasa un trayecto, sino que recorta oportunidades reales.

Pagar más para viajar peor

En Santiago del Estero esta brecha se mide en números concretos. Con un boleto urbano rondando los $1.140 y el dólar cerca de los $1.400, cada viaje cuesta casi un dólar. Frente a un ingreso promedio que ronda los 460 dólares mensuales, el costo se vuelve insostenible. Para miles de trabajadores y estudiantes, moverse diariamente implica destinar una porción desproporcionada del salario simplemente para llegar a destino.

Vivir lejos del centro termina significando tres cosas: pagar más, viajar peor y perder horas todos los días.

El tiempo y la seguridad en la parada

La desigualdad también se mide en el reloj. Salir más temprano, volver más tarde, esperar bajo el sol o la lluvia y acomodar la rutina a frecuencias impredecibles son costos que no se recuperan y que siempre recaen sobre las mismas zonas. Mientras algunos sectores ganan conectividad, los barrios populares quedan atrapados en recorridos interminables y transbordos obligatorios.

A esto se suma el factor seguridad. Paradas a oscuras, esquinas peligrosas y líneas que cortan o recortan sus recorridos de noche convierten el trayecto en un riesgo. Cuando la presencia estatal y la planificación faltan, el mensaje para el vecino es evidente: hay barrios que no priorizan.

Una decisión política

El trazado de las líneas de colectivo no es neutro. Determina dónde se desarrolla el comercio, dónde se generan servicios y qué zonas crecen. Un barrio aislado por el transporte queda marginado, aunque geográficamente no esté tan lejos del centro. Si la rentabilidad financiera es el único criterio, el costo social queda fuera de la ecuación y el sistema termina profundizando las diferencias en lugar de integrar la ciudad.

El transporte público no funciona mal por casualidad. Falla porque no se lo gestiona como un servicio básico garantizado. Hasta que no se priorice la conectividad de los sectores más postergados, moverse seguirá siendo una comodidad para unos pocos y una carga diaria para la mayoría. Garantizar colectivos accesibles y eficientes no es un dilema técnico, sino una decisión política sobre qué ciudad se quiere construir y a quiénes se deja esperando en la parada.

 


jueves, 12 de febrero de 2026

Roberto Benavidez: las manos que domaban el quebracho y esculpían la memoria de La Banda

 



Hay artistas que buscan su materia prima. Y hay otros —raros, casi obstinados— que nacen ya atravesados por ella. Roberto Benavidez pertenecía a esa segunda especie: la madera no era su herramienta, era su idioma. Tenía el quebracho en la sangre como otros tienen la música o la fiebre. No necesitaba modelos. Los rostros de Santiago del Estero vivían en su memoria con la nitidez de una fotografía antigua, un poco gastada, pero imposible de borrar.

Dicen que el arte se aprende. A veces sí. Pero otras veces ocurre lo contrario: el arte lo elige a uno con la misma firmeza con que el monte elige al quebracho más duro para resistir el viento. Benavidez fue de esos elegidos incómodos, incapaces de escapar a su destino. No hubo academia que le enseñara lo que ya sabía en los huesos. La gubia, en sus manos, parecía una extensión natural de su anatomía.

 “El Negro”, como lo llamaban en La Banda, pertenecía a una estirpe de artesanos que no necesitaban estridencias para ser grandes. Su taller —más santuario que espacio de trabajo— olía a viruta fresca y a silencio concentrado. Allí convivían el quebracho colorado, el itín, el mistol, el algarrobo. Maderas densas, ásperas, resistentes. Maderas como su tierra. Y uno no puede evitar pensar en la ironía: en una provincia tantas veces postergada por el poder central, él eligió el material más duro, más indócil, como si tallar el quebracho fuera también una forma de afirmar dignidad.

Lo extraordinario no era solo su técnica —que la tenía, y sólida— sino su capacidad para esculpir sin mirar. Tallaba al hombre santiagueño sin tenerlo enfrente; conocía de memoria la curva del rostro curtido por el sol, la mirada resignada y orgullosa a la vez. Sus figuras parecían emerger de la madera como agua que brota de una grieta antigua. Él no imponía formas: liberaba las que ya estaban latentes, como si el tronco guardara historias esperando una mano paciente que las despertara.

Caminar por La Banda es, todavía hoy, toparse con su huella. Sus obras habitan casas humildes y edificios públicos, despachos solemnes y salas familiares donde el mate circula sin protocolo. Están ahí, dispersas, como semillas que alguien fue sembrando con discreción. No buscó el museo distante; eligió la cercanía. Esa es otra antítesis que lo define: un arte capaz de llegar a la Cámara de Diputados de la Nación y, al mismo tiempo, descansar en la pared de una cocina bandeña.

Entre sus piezas más emblemáticas destaca Renacer de la Democracia en la época propicia, tallada en algarrobo negro y hoy perteneciente a la Honorable Cámara de Diputados de la Nación. La obra fue donada por Blanca Macedo de Gómez, primera mujer diputada nacional de la UCR por Santiago del Estero, como homenaje a su propia trayectoria y a la de tantas mujeres que abrieron camino en la política argentina. Hay algo profundamente simbólico en esa escena: la democracia, concepto abstracto y tantas veces frágil en nuestra historia, convertida en madera dura, resistente, casi indestructible. Como si el artista hubiera querido recordarnos que la libertad, para perdurar, necesita raíces profundas.

El reconocimiento no se quedó en el norte. Fue invitado a realizar una versión monumental de dos metros en Trelew, Chubut. El quebracho santiagueño viajó al sur, llevando en sus vetas el calor del monte. Resulta difícil no sonreír ante la imagen: un árbol del norte dialogando con el viento patagónico. Argentina, tan diversa y tan fragmentada, reunida en una pieza de madera.

Benavidez fue también hijo de una época dorada de la cultura bandeña, cuando nombres propios se multiplicaban como constelaciones en un cielo claro. Los Benavidez brillaron con luz propia. Su hermano Mario partió antes; ahora, la imaginación popular los reúne en ese firmamento que Santiago reserva para sus artistas queridos. Puede sonar romántico —lo es— pero también es profundamente humano: necesitamos pensar que quienes dieron forma a nuestra identidad siguen, de algún modo, tallando estrellas.

El poeta Pochy Ramón Carrillo y Alito Toledo lo inmortalizaron en una chacarera:

“Tata Dios posó en sus manos / fecundas en la madera / gran domador de quebrachos / de mi tierra bandeña.”

Y la metáfora no es exagerada. Domar el quebracho no es tarea menor. Es una madera áspera, testaruda, casi orgullosa. Domarla sin violentarla, sacarle curvas y miradas sin quebrarla, exige paciencia y respeto. Benavidez lo hacía como quien conversa con un viejo amigo: sin gritos, sin apuro. En tiempos de inmediatez y ruido, su oficio parecía un acto de resistencia silenciosa.

Se apaga la presencia física. Esa es la parte inevitable, la que nunca aprendemos a aceptar del todo. Pero su obra permanece. Y en ella late algo más que técnica: late la memoria de un pueblo. Cada rostro tallado es un espejo; cada escena costumbrista, un archivo sentimental.

Tal vez eso sea, en definitiva, el verdadero arte: no la búsqueda de la fama, sino la obstinación por preservar aquello que el tiempo insiste en desgastar. Como el quebracho mismo, Roberto Benavidez resistirá. No en mármol frío ni en bronce solemne, sino en la calidez áspera de la madera que todavía respira.

Porque las manos que esculpen la identidad de un pueblo no se retiran.

Simplemente cambian de forma. Y siguen ahí, latiendo en cada veta.


miércoles, 26 de noviembre de 2025

La Estación Los Naranjos: El Silencio en las Vías del Recuerdo

Estación Los Naranjos, hoy desaparecida.



La estación Los Naranjos: donde el tren unía vidas

Hubo un tiempo en que, en el barrio bandeño de Los Naranjos, el corazón del día no lo marcaba un reloj, sino el silbato de un tren. Allí estaba la estación Los Naranjos, hoy desaparecida, pero viva todavía en la memoria de quienes crecieron con el paisaje de los rieles y el humo de la leña.

Esta pequeña estación fue, durante décadas, un punto de paso obligado para quienes viajaban desde Clodomira hacia Santiago del Estero capital. Más que un andén y un galpón, fue un portal: por allí se iba al trabajo, al estudio, a las fiestas familiares, a los reencuentros largamente esperados.

Un nombre nacido de la tierra y las familias

El nombre “Los Naranjos” no salió de una oficina, sino del propio suelo. En las fincas de la zona abundaban los naranjos, pertenecientes a familias conocidas como los Ovejero y los Espeche. Esos árboles, cargados de frutos y de sombra, perfumaban el aire y terminaron dando nombre al lugar.

Años después, el Estado simplemente tomó nota de lo que el barrio ya sabía. El 2 de diciembre de 1931, el presidente de facto José F. Uriburu firmó un decreto que cambiaba la denominación de varias estaciones del Ferrocarril Central Norte (más tarde Ferrocarril General Belgrano). En ese papel frío, la “estación kilómetro 658” pasó a llamarse oficialmente Los Naranjos. Pero para la gente, ya lo era desde antes.

Puentes, cambios de vía y un barrio que se transformaba

La historia de Los Naranjos está ligada a otro símbolo de la región: el Puente Carretero. Cuando fue inaugurado, en febrero de 1927, comenzó a funcionar una nueva línea del Belgrano que unía la capital con Clodomira. Eso implicó un cambio silencioso pero profundo:

La vieja estación del barrio Villa Juana, inaugurada en 1906 y perteneciente al ramal C7 del antiguo Ferrocarril Belgrano, fue quedando atrás. El protagonismo pasó a la estación Los Naranjos, que se convirtió en el nuevo punto de encuentro ferroviario para los vecinos de la zona.

En torno a ella no solo había andenes y apeaderos. Muy cerca se estableció un intercambio con la trocha ancha, un punto clave donde se articulaban distintos anchos de vía, y más tarde se levantó allí un gran taller de Vías y Obras de Ferrocarriles Argentinos. Ese taller fue, durante años, un espacio de trabajo cotidiano: herramientas, cascos, cuadrillas, reparaciones a la intemperie; un mundo de oficios que sostenía, desde el esfuerzo anónimo, la circulación de los trenes.

Todo eso —el intercambio, los talleres, los rieles— hoy ha desaparecido. Quedan, a lo sumo, rastros en la memoria y en algún relieve del suelo que todavía parece recordar dónde pasaba la vía.

A la vera del riel de trocha angosta que cruzaba La Banda hacia Santiago, se levantaban la estación y pequeños apeaderos, paradas humildes, parecidas a las de colectivo. Eran lugares sencillos, pero cargados de gestos: un abrazo rápido antes de partir, una bolsa de pan entregada a las apuradas, una mano que saluda desde la ventanilla.

Infancias sobre rieles: el “tren a leña”

Para entender lo que significó Los Naranjos, alcanza con escuchar a quienes fueron niños en esos años.

Jorge Emir Llugdar recuerda así aquellos días:

“Hermoso recuerdo de cuando niño viajábamos desde La Banda a Huyamampa con mi hermano y mi madre. Nos sabía llevar don Bravo en su ‘Mateo’ desde casa hasta la estación Los Naranjos por la calle Laprida, que por aquellos tiempos era un salitral lleno de plantas de sunchos para viajar en el ‘tren a leña’ como le decíamos, era en la década del 60.”

En ese breve recuerdo hay todo un mundo:

* La calle Laprida como salitral, con plantas de sunchos, áspera y luminosa.

* Don Bravo y su “Mateo”, algo más que un vehículo: era el primer tramo del viaje, casi un ritual.

* El “tren a leña”, nombrado con cariño, mezclando humo, chispas, ruido y una emoción que ningún niño olvida.

El tren no era solo un medio de transporte; era, para muchas familias, la primera experiencia de distancia, de horizonte.

El maquinista que vivía entre dos ciudades

Otra voz ayuda a completar este cuadro de época. Jorge Pérez suma su recuerdo:

“Luego el tren que era a vapor alimentado por leña seguía hacia Santiago, pasando por el Puente Carretero hasta lo que hoy es Parque Oeste. El conductor de la locomotora se llamaba Juan Medina y tenía 2 casas: una en Villa Grimanesa en Santiago y otra en calle Europa de Clodomira. Se fueron los tiempos, se fueron los años!!!!”

En la figura de Juan Medina, el maquinista, se encarna el espíritu del ferrocarril: un hombre con la vida dividida entre dos ciudades, con un pie en Santiago y otro en Clodomira, como si él mismo fuera una extensión de las vías.

Su locomotora, alimentada con leña, cruzaba el Puente Carretero y avanzaba hasta lo que hoy conocemos como Parque Oeste. Lo que ahora es un espacio verde y urbano, alguna vez fue territorio de bocinas, humo y despedidas.

El lamento final de Jorge Pérez —“se fueron los tiempos, se fueron los años”— no es solo nostalgia. Es una forma sencilla y profunda de decir: eso que se fue, también nos hizo quienes somos.

Lo que queda cuando ya no queda nada

La estación Los Naranjos ya no existe en el mapa físico. No hay boletería, ni andén, ni talleres, ni cambio de vía. Tampoco se oye el martilleo de los obreros de Vías y Obras, ni el chirrido de las locomotoras cambiando de trocha. Pero sobrevive en otra geografía: la de la memoria afectiva de La Banda y sus barrios.

En los relatos de Jorge, de Jorge Emir, en los nombres de las familias Ovejero y Espeche, en la imagen de don Bravo y su Mateo, en las dos casas de Juan Medina, hay algo más que datos históricos. Hay una forma de estar en el mundo que giraba en torno a un tren que unía pueblos, familias y destinos.

Los Naranjos fue estación, sí. Pero también fue:

* excusa para el primer viaje de un niño,

* escenario de reencuentros,

* lugar de trabajo para ferroviarios y obreros de talleres,

* punto de partida para ir a “la Capital” como quien se asoma a otro universo,

* límite y puente a la vez.

Los rieles se levantaron, los talleres se desmantelaron, el trazado se borró, las máquinas se apagaron. Sin embargo, cada vez que alguien nombra “Los Naranjos” y dice “yo viajé desde ahí” o “yo trabajé ahí”, la estación vuelve a encenderse, aunque sea por un instante, en el territorio más resistente de todos: el recuerdo compartido.

Y en ese pequeño milagro cotidiano, el tren sigue pasando.Fuente: Publicación de Miguel Coria

Basado en una publicación de Miguel Coria


martes, 16 de septiembre de 2025

La Banda cumple 113 años: historias de río, ranchos y ferrocarril

 La Banda celebra su cumpleaños recordando un pasado marcado por el Río Dulce, las migraciones y el ferrocarril. La reconstrucción histórica de la profesora María Cecilia Rossi (f) permite comprender cómo este antiguo "otro lado del río" se convirtió luego en la “cuna de poetas, cantores y bailarines”.



La Banda se levantó sobre la margen izquierda del río Dulce, en un sitio conocido como La Bajada. Mucho tiempo antes que los españoles ingresaran al territorio para conquistarlo en ese antiguo vado del Misky-Mayu se asentó una tribu Tonocotés o Juríes, no lo sabemos con certeza y su precisión se hace difícil al desdibujarse su historia en la bruma del tiempo.

Una vez instalados los españoles en la ciudad de Santiago, cruzaban con frecuencia hacia la pequeña comunidad indígena a la que señalaban como “la banda”, expresión que indica “ubicada del otro lado del río” y que es de uso muy frecuente en el norte del país.

Como no existe acta de fundación de la ciudad de La Banda, deducimos que el nombre deviene del uso cotidiano de la expresión utilizada por los españoles y su existencia debe ser corroborada mediante diversos testimonios.

A comienzos del siglo XIX el territorio al que hacemos referencia era una enorme estancia llamada San Carlos, propiedad de Nepomucena Rodríguez. (12) Con el correr de los años se fue subdividiendo en un proceso de parcelamiento que involucra la totalidad del cono de deyección del río Dulce, a partir de los antiguos latifundios originados en las “mercedes” concedidas en la época de la conquista.

Dentro de esta estancia, ya en 1790 había algunos ranchos habitados por familias criollas y la situación parece mantenido estable hasta 1868, en que una brutal epidemia de cólera azotó la capital provincial. Fue entonces cuando un número importante de familias cruzaron el río buscando un ambiente más sano, levantando aleros rudimentarios que con el trabajo de los criados se convirtieron en casas más o menos decentes.

Este primitivo núcleo poblacional era acosado sistemáticamente por las crecidas del río Dulce, de suerte que su emplazamiento se fue corriendo paulatinamente hacia el interior hasta que  en 1884 encontramos, en el mismo sitio que hoy ocupa la ciudad de La Banda, dos rancheríos, uno donde hoy están las instalaciones del Tiro Federal Argentino –activa institución que surgiera en 1889 con el nombre de Polígono  de Tiro e Instrucción Militar- y el otro entre el Canal San Carlos  y la Avda. Belgrano. Estaban instalados sin ningún tipo de ordenamiento y crecían espasmódicamente con el aporte de la población capitalina, como ocurrió en 1869 y nuevamente en 1886 con una epidemia de cólera que produjo una sensación de pánico tal que lanzó a otro importante número de familias del otro lado del río. En ésta última epidemia tuvo una actuación muy destacada el Dr. Agustín Sánchez, de origen español y radicado en la ciudad de Santiago del Estero.

El ferrocarril y los inmigrantes

El surgimiento de La Banda como ciudad fue producto de la acción transformadora del ferrocarril. A no dudarlo: si el camino de hierro no hubiera pasado por allí, La Banda sería uno más entre tantos pueblos santiagueños acosados por las carencias. Pero a partir del anuncio de que sería una estación ferroviaria de primera categoría, nuevas formas de vida y de trabajo comenzaron a desarrollas el territorio.

Unos años antes, en 1882 –plena época de acción constructiva estatal- el gobierno nacional resolvió contratar obreros para la construcción del ferrocarril en Bélgica, en las Provincias vascas, en el norte de Cataluña, en Lombardía, Toscana, Piamonte, Alemania del sur, Suiza, Alsacia y Lorena, según lo estipulan las “Instrucciones” fechadas el 3 de Agosto de ese año. También hubo una contratación de chilenos, acción con lo que se procuró aunar la inmigración con la introducción de obreros especializados.

Entre 1884 y 1885 el ferrocarril comenzó a penetrar en el corazón de Santiago y con él los inmigrantes, los “gringos” como se les decía. Hicieron un fuerte impacto entre los sectores locales, que observaban entre curiosos y consternados. Es que el habitante del monte tenía su oído presto para escuchar los sonidos de la agreste naturaleza y vio y escuchó de pronto a hombres de colores diferentes hablar idiomas desconocidos. Y cuando caía la noche, cuando finalizaba la jornada los observaba como, pico y pala al hombro, regresaban a los campamentos silbando y canturriando melancólicas tonadas de sus tierras, en una lejana ensoñación. Se los alojaba en grandes carpas protegidas del sol por altos quebrachales. ¡Qué ironía! Quién recorra hoy el Departamento Banda, por más que busque cuidadosamente no hallará ni rastros de aquella antigua fisonomía selvática, con extendidos bosques de quebrachos y algarrobales, de bañados tan amplios como alcanzaban los desbordes del Misky Mayu, cuando el algarrobo y el mistol eran comida y bebida de los dioses, y cuantas cosas más que se podrían enumerar. Todo eso quedó entre las pérdidas habidas a cambio de las ganancias de la civilización. Desde 1887 en número de “gringos” irá en constante aumento.

El trabajo se hizo frenético. Por un lado, se levantaban los terraplenes destinados a unir La Banda con Santiago del Estero, ciudad que por decisión del gobierno nacional quedó a un lado del ferrocarril y con un nexo secundario, ocasionando una relación de oposición entre ambas localidades que aún hoy puede percibirse en el trato que se brindan los habitantes de uno y otro lado del Dulce. Se inició la construcción del puente sobre el Misky mientras se intensificaron las tareas en otras direcciones: La Banda/Tucumán. Comenzaba a tomar forma una edificación con la que ni se hubieran atrevido a soñar unos pocos años antes: la estación bandeña contará con varias oficinas, dos confiterías, un Departamento de Vías y Obras, galpones para carga y descarga de mercaderías, depósitos especiales para azúcar que se redistribuiría a diferentes puntos del país y un gran aserradero.

La gente se acercaba a observar con curiosidad y no podían dejar de expresar su admiración, lo cual resulta absolutamente justificado si se piensa que, para la misma época, Alejandro Gancedo escribía en su “Memoria…” que La Banda no era más que un pobre rancherío cuyos habitantes se dedicaban a la agricultura principalmente, pero le auguraba un brillante futuro si el suelo se trabajaba correctamente.

Finalmente, el 20 de Septiembre de 1890 se inauguró el ramal Pinto-Banda y el punto sobre el río Dulce fue probado en su resistencia, observándose algunas fallas en su estructura la que se reforzó convenientemente y se libró al servicio público inmediatamente. El 4 de Febrero de 1891 Santiago y La Banda quedaron unidos por ferrocarril.

Estaba llegando a su fin la presidencia de Juárez Celman quién con la loable intención de cubrir el país con vías férreas que sirvieran tanto para transportar sus producciones como para comunicarse otorgó un número muy importante de concesiones sin orden ni planificación, dando lugar a la especulación con las tierras aledañas a las vías. Muy pronto, edificios particulares, viviendas y negocios comenzaron a recortar su figura alrededor de la estación, en los terrenos próximos al Tiro Federal, cerca del cementerio y en Los Lagos. El Ingeniero James Oxeley había sido comisionado por el Gobernador Absalón Rojas para que trazase el plano de la ciudad, hecho que terminó de concretarse dos años antes de la inauguración del tramo ferrovial.

Los empleados ferroviarios –población que comenzaba a dejar de ser fluctuante- industriales, comerciantes y jornaleros comenzaron a adquirir lotes urbanos puestos a la venta por la firma Garay, Chávez y Legg. El trabajo abundaba en la incipiente urbanización que con 11 manzanas de oeste a este y 5 de norte a sur, era cortada al sesgo por las vías, por lo que algunas manzanas muestran irregularidades en su trazado. Cinco años atrás de esto, La Banda no era más que un número incierto de ranchos, hoy la ciudad apostaba todo al futuro. Su respaldo era, precisamente, su misma carta de triunfo: el ferrocarril y la colonia agrícola.

El nacimiento de la colonia agrícola, surgida espontáneamente por intereses económicos particulares, no reconoció sino tardíamente algún respaldo gubernativo a través del trazado y apertura de entramado de canales de irrigación. El panorama rural santiagueño era bastante desalentador en la provincia más pobre del país, de móviles fronteras contra el indio que restaba posibilidades a un incipiente desarrollo agro-ganadero, afectada desde siempre por la falta de agua que condicionaba las pasturas.

 “La agricultura continúa siendo una aventura suicida. Los resultados años tras años, están librados a la más completa imprevisión. Las cosechas se realizan o no según el capricho de los fenómenos meteorológicos más arbitrarios en nuestra provincia que en ninguna otra por la extensión de sus llanuras lisas sin montañas, ni corrientes de agua que regulen la intensidad de los vientos abrazadores y provean de humedad a la atmósfera, que provea a su vez el agua de lluvia”.

A pesar de todas las contrariedades, por su ubicación geográfica, la futura colonia agrícola bandeña se hallaba en la zona más favorecida para un rápido desarrollo y en ella había tierras en las que podían venir muy bien producciones como el azúcar, el trigo y el maíz. En tal sentido el Dr. Gancedo opinaba en su “Memoria…” que en todas partes donde había abundancia de agua había tesoros por descubrir.

El trabajo de investigación encomendado a Gancedo, tenía como uno de sus objetivos primordiales conocer el verdadero estado de la provincia para trazar un plan de desarrollo colonizador apoyado en la inmigración. Pero afirmaba “…un capítulo de tanta importancia no puede ser enriquecido con la narración de hechos positivos sobre colonias e inmigración como pueden hacerse en la provincia de Santa Fe y otras. El número de inmigrantes entrados este año como en los anteriores, no es conocido… hemos constatado las razones que se oponen y se han opuesto al acercamiento de la inmigración, a lo que podemos agregar que es muy sentida la falta de una Oficina de este género costeada por la Nación y bien organizada en ésta Capital…para que sean remitidos los inmigrantes que fueran precisos. Esta es la única manera como podremos conocer nuestras necesidades, llenarlas y perfeccionar nuestra agricultura e industrias rutinarias y mezquinas en gran parte. Colonias agricultoras no tenemos ninguna y creo que sólo podrán existir costeadas por el Tesoro Nacional o por empresas particulares, porque la provincia no tiene rentas que puedan sufragar los gastos que estas originarían”.

En realidad, Santiago del Estero disponía de muchas tierras fiscales donde formar una importante cantidad de colonias agrícolas, principalmente sobre las orillas de sus dos caudalosos ríos, el Dulce y el Salado. Pero el atractivo fundamental vendría con el ferrocarril.

El problema de la falta de agua para los cultivos fue una cuestión histórica, pero en 1858 el gobierno provincial autorizó al vecino bandeño David Herrera a utilizar en su beneficio una acequia que estaba construida desde tiempo atrás y cuya agua estaría destinada a sus cultivos. A partir de la llegada del ferrocarril se abrió para la colonia la posibilidad de lograr nuevos y mejores centros de colocación para sus producciones. Fue entonces cuando para aumentar el espacio cultivable, se proyectó la apertura de nuevas acequias.

El campesino bandeño conocía cuan fértil era la tierra que pisaba, pero también sabía de los sinsabores ante la falta de agua o exceso de lluvias que actuaban como contrapeso a su desarrollo.

En agosto de 1889 el P. E. ordenó la licitación de obras de defensa en la boca-toma del Canal de la Cuarteada y canales adyacentes. La capacidad de los canales de regadío era para ese entonces de 13180 has y el Canal de la Cuarteada –surgido de un proyecto del Ingeniero Cassafoust de 1891- fue habilitado en 1896 y posibilitaba el riego de 140.000 has. A partir de allí la agricultura bandeña inició un camino de franco progreso y pronto el empadronamiento de los regantes sobrepasó la capacidad de los canales. Melones, sandias, cebollas, citrus, tomates, se incorporaron a la producción tradicional.

Fuente: librepensador.com.ar