jueves, 2 de julio de 2026

El Sueño de los Ríos Perdidos: La Epopeya Trunca del Salado

Por décadas, los ríos del Gran Chaco fueron las venas por donde los visionarios de la Argentina del siglo XIX soñaron bombear el progreso y la integración continental. Esta es la crónica de una odisea fluvial olvidada, donde el vapor y la madera nativa compitieron contra la geografía, solo para ser devorados por el ferrocarril y el hacha extractivista.

 


«La navegación del Salado va a hacer fraternizar a estos pueblos más que el mejor arbitrio político; porque la conveniencia recíproca establece la unión y la armonía. Nuestros campos hoy desiertos, serán mañana poblados por activos agricultores, y donde sólo se ven rancherías miserables se levantarán ciudades que harán poderosa la Nación y respetable nuestro nombre...».

Estas palabras, escritas en 1859 por B. Fresco, un vecino de Salta, en una carta al empresario Esteban Rams, no eran meras líneas de optimismo. Eran el manifiesto de una generación. Eran el eco de un sueño continental que latía con fuerza en comerciantes, gobernantes, ingenieros y baqueanos que miraban hacia el norte, hacia esa inmensidad verde y hostil conocida como el Gran Chaco, y veían en sus ríos las autopistas del porvenir.

Mucho antes de que el silbato de las locomotoras desgarrara la quietud de la llanura, existió una época en la que el destino de las provincias interiores se jugaba en el cauce de los ríos. La esperanza de lograr el desarrollo económico de esta vasta extensión, situada entre el Paraguay, la Argentina y Bolivia, se convirtió en una obsesión compartida. Para aquellos hombres, el sueño de San Martín, Artigas y Bolívar de constituir una Patria Grande americana no era una quimera, sino un proyecto que podía cumplirse a través del agua.

 Los Cimientos de un Sueño Continental

Para entender la magnitud de la empresa fluvial, debemos retroceder a una época en la que el mapa del Virreinato del Río de la Plata estaba surcado por líneas punteadas que indicaban "territorios inexplorados". El Gran Chaco era el gran desconocido, una frontera líquida y boscosa que separaba y, al mismo tiempo, prometía unir a las provincias andinas con el litoral.

Ya en 1808, el Consulado de Buenos Aires, bajo la visión de Manuel Belgrano, había acariciado un proyecto audaz: traer los productos de las provincias andinas navegando el río Bermejo. La lógica era simple. Las márgenes del río serían colonizadas para asegurar las comunicaciones, creando un cordón de prosperidad.

Pero la realidad política era un freno. Los comerciantes, pragmáticos, se vieron obligados a enfriar los ánimos del prócer: «si bien el proyecto será, a su debido tiempo, de suma utilidad... sin embargo, todo esto deberá realizarse en tiempos más tranquilos».

Y los tiempos tranquilos tardaron en llegar. Durante la guerra de la independencia, los proyectos de comercio y colonización del Chaco quedaron en suspenso.

Recién en 1824, la chispa se reavivó. Se constituyó en Salta la Sociedad del Río Bermejo, que envió una expedición exploratoria que llegó hasta el río Paraguay. Esta gesta probó la navegación del Bermejo y se convirtió en el antecedente más importante de navegación de los ríos interiores.

Después del gobierno de Rosas, dos integrantes de aquella sociedad pretendieron establecer un sistema de barcos a vapor. Para demostrar que era posible, se aventuraron aguas abajo en un bote de fondo plano. El gobierno de Bolivia y el de Corrientes apoyaron estos intentos, entendiendo que el río no era una barrera, sino un puente.

El Yankee del Salado y la Geografía de la Esperanza

Si hubo un río que atrajo mayores expectativas, ese fue el Salado. Su atractivo no era solo económico, sino geopolítico. Los visionarios tenían la convicción de que quedaban grandes zonas de riqueza sin explotar, tierras que solo esperaban la mano del hombre.

A pesar de los fracasos previos, los empresarios de Santa Fe no perdieron el interés. Sus razones eran poderosas:

1.  La geografía era menos hostil: La región que el Salado atravesaba no era tan "salvaje" como la del Bermejo y el Pilcomayo, zonas de tensa frontera con los pueblos originarios.

2.  Soberanía absoluta: La navegación del Salado podía cumplirse totalmente dentro de la jurisdicción argentina, sin depender de relaciones diplomáticas con repúblicas vecinas.

La revolución en la percepción del río llegó desde afuera. En 1853, el capitán de la marina norteamericana Thomas J. Page, al comando del vapor «Water Witch», incursionó por los ríos Paraná, Uruguay, Pilcomayo y Bermejo. Page estudió las posibilidades naturales de estos cursos de agua con una meticulosidad desconocida.

Dejó establecido que «en una u otra forma eran navegables, de importancia, y dignos de ser tenidos en cuenta en el futuro como las vías económicas que convenía a las regiones que atravesaban».

El gobierno argentino envió representantes para concertar planes de largo alcance, obtener la paz con los indígenas y asegurar las comunicaciones. Exploradores como Luis Jorge Fontana fueron estimulados en sus estudios. Incluso Bolivia intentó, con canoas y botes demasiado bajos para el Pilcomayo, establecer conexión con las líneas argentinas de vapores.

Pero sería el Salado el protagonista de la mayor de las odiseas.

La Expedición de Page: Hacia lo Desconocido

Si bien existen referencias a una expedición en bote en 1755 entre Matara (Santiago del Estero) y Santa Fe, recién con Thomas J. Page, en 1855, se recorrió casi en toda su extensión el río Salado, probando su navegabilidad de manera sistemática. Esta expedición fue el origen de una serie de grandes proyectos para convertir el Salado en la gran arteria fluvial de América.

La escena de la partida tiene la épica de los grandes descubrimientos. El 13 de julio de 1855, una multitud se dio cita en el puerto de Santa Fe para despedir al marino norteamericano que, a bordo del vapor «Yerba», iniciaba la navegación por el Salado. La expectativa era enorme, no solo por las perspectivas que se abrían, sino porque la expedición iba hacia lo desconocido.

Antes de partir, la ignorancia local había intentado disuadirlo. Page relataría después que los "mejor informados" le advirtieron que «probablemente podría subir cuarenta y cinco millas». Otros aseguraban que «no había río». Y los más poéticos sostenían que el cauce «tomaba su origen en una de las numerosas lagunas de aquella extensión de campo».

En la primera parte, lo acompañó el gobernador de Santa Fe, Cullen, junto a su familia, en muestra del apoyo provincial. El vapor ascendió con facilidad hasta Monte Aguará. Allí, la naturaleza impuso su primera barrera: la gran bajante de las aguas obligó a abandonar el «Yerba» el 26 de julio y continuar en botes.

Pero Page quedó fascinado. En su diario escribió:

> «Con gran sentimiento deshago el camino, pero con haber ascendido y demostrado la navegabilidad del río Salado hasta Monte Aguará, hemos obtenido algo. Su carácter uniforme, curso firme y barrancas bien definidas; su creciente tal como lo indican marcas en los árboles; la pampa firme a través de la cual todo corre, todo induce a creer que es un río apropiado para la navegación hasta un punto superior al alcanzado. Su explotación completa es de importancia no sólo para la Confederación Argentina, sino para todo el mundo comercial».

Las regiones que se abrieron ante los ojos de los norteamericanos asombraron por su belleza. Page describió cómo cruzaron *«una extensión ondulada cubierta de alfalfa hasta donde alcanzaba la vista, por el medio de la cual serpenteaba el Salado en forma de un atrayente río bordeado de árboles... La atmósfera era resplandecientemente clara y el aire balsámico e impregnado por el perfume de la flor de la alfalfa a través de la cual pastaban los caballos y vacunos enterrados hasta la barriga. Pensé que nunca había visto una región pastoril más rica y hermosa».

Satisfecho por el descubrimiento de que «un vapor debidamente construido para la navegación del río podría remontar, la mayor parte del año, de Santa Fe a Navicha», Page y su tripulación se dirigieron hacia Salta. En la ciudad norteña, el entusiasmo era notable. Los habitantes ya habían formado una sociedad para la adquisición de vapores. Desde Miraflores, el teniente Murdaugh remontó nuevamente el Salado hasta la estancia del general Taboada en Sepulturas, confirmando que el trayecto era navegable.

En su informe, Page destacó que el río era navegable en ochocientas millas. Y arrojó un dato que hoy parece de ciencia ficción: los productos de Santiago del Estero, Tucumán, Salta y Jujuy, que hasta hoy eran llevados a Rosario en carretas de bueyes empleando diez meses, «ahora en botes, pueden llegar al mismo puerto en quince días y volver cargados de mercaderías en veinticinco».

Los Caudillos del Río: Los Taboada y la Forja de una Ruta

La expedición de Page no hubiera sido posible sin el engranaje político y logístico de los poderosos de la tierra. En Santiago del Estero gobernaba don Manuel Taboada, quien junto con sus hermanos —especialmente el general Antonino Taboada— había desarrollado un vasto poder regional. Después de Caseros, los Taboada optaron por seguir la suerte de la Confederación.

Los Taboada entendieron que el aislamiento era la muerte de su provincia. Su pensamiento era claro: unir Santiago con el litoral para beneficiar el comercio de cueros, lanas y otros frutos. Ellos mismos eran estancieros, importaban mulas del litoral y las enviaban a Bolivia y al Perú. El río era la extensión natural de sus negocios.

A través de Lavaysse, se relacionaron con Manuel Leiva, Ministro de Urquiza. Leiva, entusiasmado, le escribía a Manuel Taboada: «Solicito informe de cuantos detalles crea convenientes a este respecto, porque si es así, se podría conseguir que el Director Provisorio prestase su cooperación con los fondos nacionales... pues a no dudarse, el Salado vendría a ser un río navegable y proporcionaría inmensas ventajas al comercio».

Page fue recibido en Santiago con enorme entusiasmo. Para continuar la travesía desde el río Dulce, se utilizó una canoa de propiedad del gobernador. Pero el río Salado estaba caprichoso y los botes no podían llegar a él. La solución fue titánica: la canoa fue transportada por el general Antonino Taboada y su tropa a cuestas, hasta llegar a Matará el 19 de septiembre de 1855.

Desde Matará, Page comenzó a descender lentamente. La navegación fue penosa, llena de raigones y troncos atascados. Cuando el agua no daba tregua, Page, seguido por Antonino Taboada, seguía el curso del río por la costa.

Fue en este contexto donde surgió la figura del baqueano Lino Belbey. Contratado para abrir camino, Belbey se convirtió en el Moisés de aquellas aguas. Las tardes ardían en llamaradas de sol santiagueño, los pájaros lanzaban al aire las estridencias de sus gritos y las balsas seguían adelante a la par del nadador, que abría con sus brazos la ruta que, se soñaba, sería camino de pueblos. Cómo describiría años después Blanca Irurzún, Belbey abría el camino con un valor y entusiasmo notables, recorriendo casi toda la distancia a nado.

El esfuerzo tuvo su recompensa. El 28 de noviembre de 1856, el pueblo y las autoridades santafesinas recibían como héroes a los tripulantes de la falúa «General Urquiza» —construida por Belbey con maderas de los bosques santiagueños, convirtiendo a Matará en un improvisado astillero—, que majestuosa y con sus velas al viento ingresaba al puerto de Santa Fe. Dos provincias argentinas se unían por el agua. Una esperanza estaba en marcha. Concluía, al decir de Orestes Di Lullo, la «odisea más extraordinaria del siglo».

El periódico El Nacional Argentino, del Paraná, celebraba el hito: «El Río Salado o Juramento es navegable en toda estación... Por medio de la navegación del Salado cuatro provincias van a mudar de aspecto transformándose completamente... El vapor es el gran mágico que va a llamar a la vida a todo un mundo nuevo agrícola-industrial y comercial».

El Eco de las Provincias y la Visión de Quesada

El éxito obtenido por la expedición de Page y la hazaña de Belbey despertó el entusiasmo de las provincias recorridas. En Tucumán, el recibimiento fue apoteótico. Se brindaba en todos lados por uno de los acontecimientos más importantes en la historia del país desde la independencia.

Pero quien mejor reflejó el sentimiento de la época fue don Vicente G. Quesada, uno de los más ilustres hombres de letras de la generación del 80. Desde las páginas del periódico El Comercio de Corrientes, Quesada escribía con lucidez:

> «A primera vista parecería que Corrientes no está íntimamente interesada en la prosperidad de las provincias del norte, pero estudiando sus conveniencias comerciales descubrimos cuánto ganaría siendo navegable el Bermejo y abriendo un camino por el Chaco... Santiago del Estero, esa provincia situada casi puede decirse en el centro de la nación, busca bajo la inteligente administración de nuestro amigo el señor Taboada una salida al Paraná para exportar así la multitud de valiosos productos que hoy se pierden por la carestía de los fletes y la inmensidad de las distancias...».

Quesada entendía que el río no era solo un accidente geográfico, sino un instrumento de justicia social y económica. Y terminaba su artículo con una reflexión que hoy resuena con melancolía:

> «Los proyectos de la naturaleza del presente merecen ser apoyados por los verdaderos patriotas: dar vida a poblaciones que mueren, civilizar multitudes salvajes, es altamente moral y profundamente humano... su porvenir dependía de buscarse una salida por el Chaco al Paraná».

Proféticas palabras. Era fundamental para Santiago evitar el aislamiento. Pero el destino de la provincia estaba atado a los vaivenes de la economía global. Pocos años después, fracasada la navegación por el Salado, el ingreso del ferrocarril iniciaría la destrucción de la provincia, tal como Quesada, en su pesimismo más lúcido, quizás temía.

El Colón de Tierra Adentro: La Obsesión de Esteban Rams

Los informes de Page, el relato del joven Amadeo Jacques y el enorme entusiasmo reinante llevaron a no pocos empresarios a interesarse por la navegación del Salado. Entre ellos destacó una figura que pasaría a la historia como el "Colón de tierra adentro", tal como lo llamó Miguel Cané: Esteban Rams y Rupert.

Rams era un viejo conocido de Urquiza, habiéndose desempeñado como proveedor de su ejército en Caseros. Tras la rescisión apresurada de un contrato previo con la Casa Smith Hermanos, Rams firmó el 2 de junio de 1856 un nuevo acuerdo con la Confederación. El gobierno, ansioso por ver resultados, estableció un plazo perentorio para dar comienzo a los trabajos: octubre de 1856.

Rams no perdió el tiempo. Mientras esperaba los vapores encargados en el Brasil, encomendó al baqueano Lino Belbey la construcción de la falúa «General Urquiza» y la exploración inicial. La expedición, custodiada por las tropas de Antonino Taboada, logró llegar a Santa Fe, desatando la euforia.

Pero Rams sabía que la euforia no bastaba; se necesitaba capital, tecnología y una visión industrial. Su principal propósito no era solo navegar, sino establecer en los fértiles valles del río colonias de inmigrantes, replicando el éxito de Colonia Esperanza en Santa Fe. Convencido de que la grandeza de una nación se juzgaba por sus vías de comunicación, Rams declaraba:

> «Las dificultades que debían presentarse para vencer los estorbos que ofrece un río poco caudaloso, que atraviesa un país despoblado y desconocido, jamás se me ocultaron... pero estando persuadido de que unas aguas que vienen desde tan larga distancia sin interrumpir su curso hasta el Paraná, debían ser forzosamente navegables, no he desmayado un solo momento».

En enero de 1857, la proa del vapor «Santa Fe» principió a romper las mansas corrientes. Lo acompañaban el práctico Belbey y el ingeniero Rodolfo Blandovsky. Sin embargo, el río tenía sus propios designios. Naufragó la chata que llevaba los víveres, y al llegar a Monte Aguará, la escasa profundidad los obligó a estacionarse. Allí permanecieron once meses, varados en el limbo de la geografía, a la espera de las crecientes que no llegaban.

Lejos de rendirse, Rams regresó a Santa Fe, adquirió el vapor «Río Salado» y contrató al ingeniero constructor Juan Coghlan, recién llegado de Irlanda. En noviembre de 1858, asistido por los ingenieros José de Guerrico y Neville Mortimer, inició una nueva expedición que concluyó en un rotundo éxito al pasar sin problemas el eterno obstáculo de Monte Aguará, llegando hasta Guaype. Coghlan preparó un minucioso informe que Rams presentó al Gobierno Nacional, donde hacía especial referencia a la imprescindible necesidad de encarar obras de mejoramiento y encauzamiento.

 La Mirada de Europa y el Algodón del Chaco

Las provincias atravesadas apoyaron en todo momento la obra de Rams. Santa Fe concedió tierras para la colonización; Santiago prometió cien leguas cuadradas; Salta comisionó al doctor Pablo Saravia para construir un camino que uniera el Salado con el Bermejo.

Pero Rams no contaba con el capital necesario para seguir adelante. Viajó a Europa y en el viejo mundo hizo editar un folleto en francés, casi desconocido entre nosotros, para publicitar su empresa: *Compagnie de Navigation a Vapeur du Rio Salado*. El folleto, aunque mostraba cierta confusión geográfica (ubicando a Catamarca y Tucumán en las costas del Salado), era una carta de presentación para los inversores europeos.

La visión de Rams trascendía las fronteras. Juan Bautista Alberdi, embajador argentino en Francia, se sintió inmediatamente atraído por el proyecto. Alberdi entendía que la integración fluvial era la clave de la soberanía y el progreso. Tanto es así que se inhibió de separar de su cargo de cónsul en París a don Pedro Gil, gestor de la empresa de Rams, para no entorpecer las negociaciones.

Incluso el imperio británico puso sus ojos en el Chaco. En una expedición posterior, Rams invitó al cónsul británico en Rosario, quien estaba interesado en investigar «si realmente el algodón silvestre crecía en muchos miles de acres como se había informado... a la Asociación Abastecedora de Algodón de Manchester». El cónsul debía averiguar la manera más conveniente de recoger y llevar ese algodón a Inglaterra, en medio de la Revolución Industrial que demandaba materias primas a gritos. El Salado no era solo una ruta local; era una potencial vena alimentadora del capitalismo global.

El Primer Azadonazo y la Sombra del Cólera

La fiebre del Salado llegó a su clímax a finales de 1862 y principios de 1863. Rams, con el apoyo de los Taboada y el concurso de ingenieros como Guillermo Cook, preparaba los proyectos para la canalización del río en el tramo del Bracho viejo.

El 25 de diciembre de 1863, una distinguida concurrencia, llena de fervor y optimismo, se dio cita en Matará para inaugurar las obras de «Canalización, desmonte y limpieza del antiguo cauce del río Salado». El vicario de la provincia bendijo las obras y el gobernador Taboada, como padrino del acto, «dio el primer azadonazo dentro del mencionado cauce, y el primer hachazo a uno de los árboles que allí había... se cantó un Tedeum invocando la protección del altísimo para la consecución de un fin que significa e importa la vida moral y física, no sólo de esta provincia, sino también de todas las del interior».

Rams, emocionado, agradeció a todos, «asegurando que no descansaría hasta ver surcadas las aguas del Salado por el vapor, que es el precursor de la civilización, de la riqueza y del bienestar de todo el país».

Parecía que el destino estaba sellado. A fines de 1865, Rams firmó con el gobernador de Santa Fe un plan de colonización en el que se comprometía a establecer entre tres mil y cinco mil familias extranjeras en las costas del río. El gobernador Nicasio Orono le había facilitado todos los medios.

Pero la historia, a menudo, tiene un sentido trágico del humor. El valiente empresario, el "Colón de tierra adentro", encontró la muerte víctima del cólera el 17 de abril de 1867. La ironía es desgarradora: Rams murió en los momentos precisos en que, al frente de los vapores «Rosario» y «Ventura» y las chatas «Rudecinda» y «San José», cargadas de poderosos elementos destinados a remover los últimos obstáculos que impedían la navegación, se proponía coronar la obra por cuya realización tanto tiempo había suspirado en vano.

Con la muerte de Rams, no solo terminó la vida de un gran visionario y patriota argentino. Terminó con él una idea que de ninguna manera era quimérica. Murió Rams con el pleno convencimiento de que el Salado era navegable, dejando escrito en su última carta: «Tengo la certidumbre de poder asegurar a V.E. que en el mes de julio del próximo año subirá sin tropiezo alguno hasta este punto... y si se forma a la Compañía este año en Inglaterra, desde luego le puedo afirmar que en 1868 llegaré con mi vaporcito a Matará y Sepulturas».

El Hierro Devora al Agua: El Triunfo del Quebracho

La muerte de Rams marcó el inicio del fin para el sueño fluvial. Aunque hubo voces aisladas, como las del ingeniero Jesús Fernández o Alejandro Gancedo, que a fines del siglo XIX siguieron presentando proyectos de canales navegables ante un Congreso Nacional cada vez más desinteresado, la suerte de las provincias interiores ya estaba echada.

Solo habían pasado escasos siete años de la muerte de Rams y Rupert, y el proyecto de navegación del Salado moría irremediablemente. ¿Qué había sucedido? El «progreso» bajo las formas del ferrocarril ingresaba por territorio santiagueño. Pero no era un progreso pensado para integrar a las provincias ni para desarrollar una economía agroindustrial local.

El capital inglés y sus aliados nativos habían diseñado un modelo extractivo. Condenaron a Santiago del Estero y al Chaco a ser la productora de los miles de kilómetros de durmientes para las vías férreas y los postes para los alambrados divisores de las grandes estancias de la pampa húmeda. Para ello, aprovecharon sus interminables quebrachales.

De esta manera, la historia dio un giro cruel. Matará, El Bracho, Suncho Corral, Icaño, Añatuya y los pueblos del gran Chaco no serían los grandes puertos sobre el Salado, puntos de embarque de los productos extraídos de los fértiles valles. Ni tampoco se convertirían en las grandes ciudades industriales, con modernos astilleros que aprovecharían los inmensos bosques seculares para construir una gran flota fluvial que comunicara a las «provincias pobres» del interior y a nuestras hermanas americanas de Bolivia y Paraguay con el litoral atlántico.

Por el contrario, se fundarían nuevas ciudades a la vera del ferrocarril, diseñadas como simples apeaderos para la extracción. Se aislaría con el trazado de las vías férreas a las capitales históricas y a las poblaciones tradicionales. Los antiguos pobladores, atraídos por la «ilusión del bosque» y los salarios de miseria de los obrajes, abandonarían sus hábitos agrícolas-pastoriles para internarse en la esclavitud de la tala.

Sobrevendría la explotación forestal y la devastación más inicua e irracional que conoce la historia de los bosques del Chaco santiagueño. Y con ella, poco a poco, como en una lenta «agonía» al decir de Orestes Di Lullo, llegó la muerte de los «viejos pueblos». El río, abandonado a su suerte, volvió a ser un cauce de troncos y soledad. El ferrocarril no trajo la civilización prometida por los visionarios; trajo el hacha, el quebracho y el desierto verde que hoy conocemos.

Conclusión: El Río que Todavía Nos Espera

Comprender la historia pasada es también poder analizar el presente y, de esta manera, tratar de elaborar y construir nuestro porvenir. La pregunta que flota en el aire, sobre las aguas quietas del Salado y los durmientes podridos por el tiempo, es ineludible: ¿Alguien cree, todavía, que el pensamiento de Alberdi, Vicente Quesada, Mariano Fragueiro, Manuel Leiva, Jesús Fernández y Alejandro Gancedo sobre el futuro de Santiago del Estero y de las provincias interiores es cosa perteneciente al pasado?

La canalización y navegación del Salado y del Bermejo, así como el aprovechamiento integral de las aguas del Paraguay y del Uruguay, entrelazándonos fraternalmente con Bolivia, Paraguay y Brasil, no es historia pasada. Es el presente más inmediato. Es la clave del futuro.

En un mundo que redescubre la importancia de las hidrovías, de la logística sustentable y de la integración regional frente a las crisis globales, la epopeya trunca del Salado nos interpela. Nos recuerda que el desarrollo no se impone desde afuera con rieles de hierro que solo sirven para extraer riquezas y dejar pobreza, sino que se construye desde adentro, integrando las regiones, respetando las geografías y apostando a la producción agroindustrial con valor agregado.

La navegación del Salado, ese sueño de vapor y alfalfa que imaginaron Page, los Taboada y Rams, sigue siendo la posibilidad concreta de recorrer nuevamente el camino trazado por San Martín, Artigas y Bolívar. Un camino que no busca la mera extracción, sino la fraternidad de los pueblos. Un camino que, como profetizó B. Fresco hace más de siglo y medio, hará poderosa a la Nación y respetable nuestro nombre.

El río todavía fluye. La pregunta es si nosotros tendremos el coraje de volver a navegarlo.

Fuentes y Bibliografía:

*   Dargoltz, Raúl E. *Hacha y Quebracho*. (Fuente principal de los datos históricos, expediciones, contratos y análisis socioeconómico sobre el impacto del ferrocarril y la explotación forestal en el Gran Chaco).

*   Archivos históricos de la Confederación Argentina y correspondencia de la época (Cartas de B. Fresco, Manuel Leiva, Thomas J. Page, Vicente G. Quesada y Esteban Rams).

*   Relatos de prensa del siglo XIX (*El Nacional Argentino*, *El Comercio* de Corrientes).

*   Irurzún, Blanca. *Crónicas y relatos del Chaco santiagueño*.

*   Di Lullo, Orestes. *Historia y geografía de Santiago del Estero*.