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domingo, 28 de junio de 2026

Tres días con sus noches en un obraje

Por Alberto Tasso.



Esto sucedió en enero de 1967, hace 59 años, y cada vez que lo cuento me parece que hubiera sido ayer. Era el primer viaje a Santiago de un muchacho de 23, que estudiaba sociología en Buenos Aires y después de seis años en la universidad apenas había llegado a la mitad de su carrera. Tenía un mes de vacaciones en la revista El Mensajero donde trabajaba como redactor. Su director, el Padre Mario Anzorena SJ me había dicho unos días antes de Navidad: "Aprovechá tu viaje para escribir algo sobre el norte, hay muchos problemas allá que no conocemos".

Para entonces conocía varios santiagueños y algo sabía de los problemas. Unos meses antes había visto en un pasillo de la facultad un afiche que me interesó: anunciaba la presentación de un documental sobre los obrajes, y aunque nunca pude verlo me creó el deseo de conocerlos por mis propios ojos. 

Preparando el viaje

Antes de la partida me hice una colchoneta liviana (lo había aprendido en el servicio militar) que llevaba al hombro con un morral que contenía una muda de ropa, y además de toalla, peine y cepillo de dietes, un cuaderno de notas y una birome. Viajé en el tren Mixto (carga y pasajeros, un clásico de la época) en segunda clase con bancos de madera en ángulo recto. Aunque largo el viaje fue ameno e instructivo en materia de escuchar modos de hablar, ver a los que desenfundaban su guitarra y cantaban una chacarera, o apreciar la generosidad de la señora que repartía sánguches de mortadela. En resumen, una clase de introducción al mundo de provincia.

En mi memoria están la estación de La Banda, el tren de trocha angosta que cruza el Dulce, la estación de Santiago, la avenida Alvear, y doblando por la Tucumán llegar a la Plaza Libertad. Y en mi libreta anoté los nombres de las personas que conocí y agradezco porque me ayudaron a entrar a este lugar: Pedro Nasser, Julio César Castiglione, Luis Arnaldo Lucena, Néstor René Ledesma.

Luego de una semana en la ciudad –alojado en la pensión Las Camelias del Griego Constantinidis- inicié el viaje, cuya meta era Monte Quemado. En el recorrido conocí Añatuya, Tintina y Campo Gallo. No tenía la menor idea de cómo hacer contacto con un obraje, pero el azar me dio la solución. Un compañero de asiento en el colectivo (El Manso) me dijo: "Estoy trabajando como tractorista en el obraje de Celentano, en Urutaú. Si quieres vamos y te presento". 

Sin efectivo...

Llego a la estación Urutaú a eso de las diez de la noche, y me pongo a conversar con un hachero que regresa a su casa. Le gustaría viajar en el carguero para ahorrarse unos pesos, pero no se anima porque va con su mujer y dos hijos chicos.

-Vos sabés, me quedan nada más que dos mil pesos del sueldo. Me dieron un vale para que lo cobrara en el almacén, y el dueño me dice: "No te puedo dar nada más que la mitad, el resto llevalo en mercaderías porque no me alcanza el efectivo". ¡Mirá si no va a tener plata! Y tuve que agarrar viaje, si no me quedaba sin cobrar... 

Así, por medio del almacén –que a menudo es de su propiedad- el obrajero termina de despojar al hachero del producto de su trabajo. Los hacheros se ven obligados a comprar en el almacén donde les fían, a la vez que les recargan los precios alrededor del 30%.

Teniendo en cuenta que ganan muy poco (se les paga entre 120 y 160 pesos por labrar un durmiente) puede comprenderse que al cabo del mes, una vez deducidos los gastos de mercaderías, cobren apenas una tercera parte de lo ganado. Con buena suerte, esta cantidad oscila entre los 4 y 5.000 pesos.

Esta obligada persecución del pan, del que solo se alcanzan migajas, va generando el desarraigo y la consiguiente amargura por la tierra abandonada, que es bella y dolorosamente cantada por el folklore santiagueño.

Don Lugones 

Don Lugones tiene unos setenta años, pero tienen que decírmelo porque no le daría más de cincuenta. Es fuerte, curtido, habla con humildad y trabaja como un muchacho. No tiene una sola cana en su pelo renegrido, y solamente las arrugas delatan toda su vida en el monte volteando quebrachos.

-Si señor –dice mientras arma un cigarrillo- ahorita, después de los carnavales nos vamos pa'l Chaco a cosechar el algodón. Pagan once pesos por kilo y se gana mucho porque hasta los changuitos ayudan.

Desde principios de febrero los trenes empiezan a llegar al Chaco cargados de gente, familias enteras que llevan hasta las gallinas. Vienen de Santiago, del norte de Santa Fe, de Salta, de todas partes. Después irán a la zafra tucumana y luego regresarán al obraje o a sus ranchos, sabiendo que no hay manera de cortar este peregrinaje. Porque el hambre viene pisando los talones, disfrazado de sequía o de ley que no se cumple.

Comida: morir de a poco

-Siéntese don, vamo'a comer un guisito.

La hospitalidad es ley del provinciano, hasta del empobrecido y sub-alimentado hachero. Se me ocurre que la aclaración que me han hecho amistosamente era necesaria, porque no había ningún sabor que delatara al "guisito". Para que la carne soporte la temperatura del monte hay que charquearla (salarla y secarla al sol). Y además de fideos, harina, papas y cebollas, no hay casi otra materia prima para las comidas.

-Aquí comemos sánguche de moco y guiso de alpargatas -resume don Lugones con humor.

Bajo el calor agobiante de Monte Quemado (límite de Santiago y Chaco) "agua fresca" es una expresión casi absurda, y aun cuando uno se acostumbra pronto a tomarla sucia, el surco de tibieza que deja en la garganta parece darnos todavía más sed.

Faltando casi todo el abecedario de las vitaminas y sometidos a un intenso trabajo, viviendo en ranchos rudimentarios (cuatro horcones y techo de ramas), es comprensible que la tuberculosis y el mal de Chagas tengan altísimos porcentajes entre los hacheros.

La vida en el campamento

Los tres días que pasé fueron una experiencia que me dejó muchas enseñanzas que fui comprendiendo más tarde. En el plano etnográfico me interesa señalar la hospitalidad con que me recibieron y la generosidad de compartir su comida, a la que apenas hizo un pequeño aporte mi bolsillo flaco. Uno quedaba siempre preparando el rancho

Eran cinco hacheros, dos muy jóvenes, conducidos por Don Lugones, el de mayor edad y experiencia. Él seleccionaba los árboles a cortar, lo que supone calcular su valor traducido en rollizos, durmientes, postes y varillas. Además, había que calcular para dónde caería, y entonces decidir el mejor lugar para lanzar el hacha. 

Los acompañaba mirando el trabajo desde cierta distancia. A menudo eran tres ocupados en el mismo árbol. Vi a uno santiguarse antes de comenzar el trabajo, creo que un ritual de perdón. Se turnaban en el manejo del hacha, intercalando bromas y frases que no entendía. Y al final, los alaridos cuando el quebracho caía. Sumados al canto del kakuy, son las voces que no olvido. 

Fuente: El Liberal


viernes, 11 de julio de 2025

Parque Nacional Copo: promesa de conservación, realidad en jaque

 


"El Impenetrable ya no es lo que era", suspira José Vicente Pérez, hijo de un antiguo hachero y ahora poblador del Parque Nacional Copo (PN Copo). Su voz resume una paradoja: este rincón semiárido de Santiago del Estero, creado en 2000 para salvaguardar uno de los últimos bosques maduros del Chaco, enfrenta amenazas que podrían vaciarlo de sus especies más icónicas, como el yaguareté y el tatú carreta. Con 118.119 hectáreas, el PN Copo es un laboratorio vivo donde conviven quebrachos centenarios, paleocauces del Río Juramento y culturas criollas arraigadas en los obrajes madereros. Pero, ¿logra cumplir su promesa de conservación?

Historia de creación y marco legal

El PN Copo nació de una larga gestión. En 1968, Santiago del Estero declaró la zona "Reserva Natural Integral", pero fue recién en 1998 cuando un convenio entre la provincia y la Administración de Parques Nacionales (APN) impulsó su transformación en parque nacional, formalizada por la Ley 25.366 en 2000. "El objetivo era frenar la degradación del Chaco semiárido, una de las ecorregiones más amenazadas de Argentina", explica el informe del Plan de Gestión 2019-2028.

Sin embargo, el documento revela contradicciones: aunque la ley de creación no especificaba objetivos, el primer Plan de Manejo (2006) los definió tardíamente. Además, evaluaciones internas admiten que solo el 18% de los proyectos de ese plan se ejecutaron completamente.

Objetivos de conservación: metas vs. realidad

La misión del parque suena ambiciosa: proteger muestras del Chaco semiárido, promover investigación y generar beneficios sociales. Entre sus metas específicas, destacan la recuperación de áreas degradadas y la protección de especies clave como el quebracho colorado y el pecarí quimilero.

Pero el diagnóstico es crudo. "El 67% de los proyectos se ejecutaron de forma parcial o no se iniciaron", señala el Plan. Un ejemplo: aunque se priorizaba la recuperación de pastizales, los paleocauces —hábitat crítico para aves como el suri— siguen arbustizándose por falta de manejo activo.

Ubicación y rasgos biofísicos: un mosaico único

Ubicado entre los 25º y 26º de latitud sur, el PN Copo es una planicie de bosques secos surcada por paleocauces del antiguo Río Juramento. Su clima semiárido (654 mm anuales de lluvia) y suelos arenosos moldean un ecosistema frágil. "Aquí no hay ríos, solo represas hechas por el hombre. El agua es un bien escaso", advierte el guardaparque Ricardo Pérez.

 

La geomorfología divide el paisaje en tres unidades:

Paleocauces: "caños" con pastizales de Elionurus muticus o arbustales de Acacia aroma.

Paleoalbardones: bosques de quebracho colorado y blanco.

Interfluvios: zonas planas con suelos erosionables.

Patrimonio natural: especies bajo presión

El PN Copo alberga 197 especies de aves, 50 de mamíferos y 31 de reptiles, pero su verdadero valor son sus poblaciones de fauna amenazada:

Pecarí quimilero (Catagonus wagneri): endémico del Chaco y "En Peligro". "Es el único parque nacional que lo protege junto con la Reserva Formosa", destaca la bióloga Verónica Quiroga.

Tatú carreta (Priodontes maximus): sus madrigueras son refugio para otras especies, pero su caza persiste.

Yaguareté (Panthera onca): "Era común hasta hace 15 años; hoy solo quedan registros esporádicos", lamenta Quiroga.

La vegetación no escapa a las amenazas. Los quebrachales sufrieron tala intensiva hasta los años 50, y el ganado frena la regeneración: "Los renovales son comidos y quedan como bonsáis", describe el informe.

Patrimonio cultural: saberes que se desvanecen

Los pobladores rurales, descendientes de hacheros, son custodios de tradiciones como la "marcada" de ganado o el uso medicinal de plantas. Pero su cultura se erosiona. "Los jóvenes migran a las ciudades y se pierden saberes", dice José Mercedes Pérez, conocido como "Don Boni".

El parque también guarda huellas arqueológicas —como los "pozos indios"— y restos de obrajes madereros. Sin embargo, el Plan admite que no hay recursos para preservarlos: "Solo cinco sitios están registrados, y algunos están en riesgo por la colmatación".

Un legado en jaque

El PN Copo es un faro de conservación en el Chaco, pero su futuro pende de un hilo. La caza furtiva, los incendios y la presión ganadera ponen en riesgo sus especies emblemáticas. Mientras, las comunidades locales ven cómo su modo de vida se transforma.

"Sin más guardaparques y financiamiento, solo quedará el nombre de 'parque'", advierte Arturo Bales, intendente del área. Su frase resume el desafío: proteger este rincón del Impenetrable requiere no solo leyes, sino acciones concretas. El tiempo corre, y con él, la sombra de un Chaco vaciado.

Fuentes: Plan de Gestión del Parque Nacional Copo 2019-2028 (APN), testimonios de actores clave y datos científicos citados en el documento.