jueves, 31 de julio de 2025

El latido africano de la chacarera: un legado que Santiago del Estero lleva en el alma

 


La chacarera no es solo ese baile que nos hace vibrar en las peñas o en las fiestas populares. Es algo más profundo, ¿sabés? Es como un viejo álbum de foturas sonoras donde se mezclan risas, lágrimas y sudores de tres continentes. El documento que analizamos lo deja claro: ese ritmo que nos hace mover los pies tiene raíces africanas, específicamente de las tierras Níger-Congo y Bantú, con un toque árabe que llegó a Santiago del Estero por el Camino Real. Pero, la verdad es que esta historia muchas veces se ha escondido tras relatos que solo miran hacia Europa. Y es que, como bien dice el texto: "La música latinoamericana es el resultado de la fusión de tres culturas: la nativa, la europea y la negroafricana… eso es innegable" (p. 10).

Santiago del Estero: donde las culturas se abrazan (y a veces se pelean)

Imaginate este lugar: fundado en 1553, el más antiguo de Argentina, un cruce de caminos donde convivieron —no siempre en paz— pueblos originarios como los tonokotés y sanavirones, africanos esclavizados y colonos europeos. Ahí, en ese hervidero humano, nació algo nuevo. Para que te des una idea, el censo de 1778 revela algo que muchos ignoran: ¡el 54% de la población santiagueña era afrodescendiente! (p. 7). Hoy, lugares como Salavina o San Félix guardan esas huellas. De hecho, en San Félix todavía se recuerda a Julián del Rosario Guerra y Felipa Iramain, libertos del siglo XIX que dejaron una marca imborrable (p. 59).

El ritmo que vino de lejos (y se quedó para siempre)

¿Y cómo suena esa herencia? Fijate en la chacarera: esa polirritmia que te hace bailar con un compás de 6/8 y otro de 3/4 superpuestos no es casualidad. Viene de África, de ritmos como el "náñigo afrocubano" de Nigeria (p. 10). Hasta el gran Domingo Cura lo dijo, comparándolo con percusiones senegalesas: "Lo que tocaban era chacarera, pibe, podrían ser músicos de Salavina" (p. 26). Y el bombo legüero, ese que nos estremece, tiene primos lejanos en tambores como el dunumba o el sangban (p. 45). Claro, después se mezcló con lo indígena y lo español, pero su corazón late al ritmo africano.

La polémica que no quiere callarse

Pero no todo es color de rosa. Algunos, como Carlos Vega, insisten en que la chacarera nació de danzas europeas como la gallarda (p. 9). El documento no se anda con vueltas al criticar esta idea: "Con la cantidad comprobada de africanos que ingresaron al continente… es improbable que su aporte cultural haya sido tan minúsculo" (p. 10). Y acá hay algo más: esta discusión no es solo académica. Refleja prejuicios que, todavía hoy, persisten en aulas y escenarios (p. 3).

Conclusión: un baile que es bandera

Al final, la chacarera es más que música. Es memoria. Resistencia. El documento nos recuerda que hoy hay "2 millones de afrodescendientes en Argentina" (p. 74), y su legado suena fuerte en cada zapateo. Como decía Alfredo Ábalos: "El swing de la música de Santiago viene del negro" (p. 74). Reconocer esto no es solo hacer justicia histórica; es celebrar que nuestro folklore lleva, en sus venas, un poco de todo el mundo.

Fuentes: 

Documento principal: El origen afro de la chacarera (ilide.info, pp. 1-78).

Censo de Vértiz (1778), citado en p. 7.

Domingo Cura, en palabras de Milton Blanco (p. 26).

Carlos Vega y su controversial teoría (p. 9), con crítica en p. 10.

La próxima vez que escuches una chacarera, prestá atención. Detrás de cada golpe de bombo hay un viaje de siglos, un grito de libertad y un pueblo que, aunque algunos quisieran olvidarlo, sigue bailando.

lunes, 28 de julio de 2025

Salavina: la historia de un pueblo que el río dejó en silencio

Por Leyendas del Folclore Santiagueño

 


Donde el monte albergó un villorrio con alma

En el sur santiagueño, a orillas del río Dulce, hubo un pueblo que supo estar lleno de vida. Se llamaba Salavina. Hoy parece un lugar detenido, casi vacío, pero durante mucho tiempo fue un centro activo de intercambio, de cultura y de convivencia. Orestes Di Lullo lo retrató con precisión en La agonía de los pueblos, donde lo presenta como ejemplo de esos lugares que alguna vez fueron y hoy quedan al margen.

Orígenes indígenas y un lugar de paso vital

Antes de cualquier división política, Salavina ya existía como asentamiento indígena. Su ubicación no era casual: estaba sobre una ruta clave que conectaba Soconcho con Atamisqui. Por allí circulaban productos, gente y noticias. Era un punto de paso, pero también un lugar donde las cosas quedaban. Los restos prehispánicos dan cuenta de esa continuidad.

Entre la fe, el adobe y la defensa del territorio

En el siglo XVIII, Salavina formaba parte del Obispado de Santiago del Estero. Con el crecimiento de su población, en 1794 se pidió la creación de un curato propio, señal de que el lugar ya tenía peso dentro de la región.

En el siglo XIX, el pueblo estaba bien organizado. Calles rectas, manzanas definidas, casas de adobe con galerías frescas. La plaza, con un gran árbol, concentraba la vida diaria. La iglesia dominaba el espacio: sólida, con campanario de madera y tres altares. A su alrededor, cuatro capillas más pequeñas. El cementerio, con olivos antiguos, marcaba una relación fuerte con el lugar.

También había presencia militar. Un fortín y una comandancia, primero a cargo del Capitán Pedro Ferreyra y después de Marcos, cumplían funciones de defensa en tiempos inestables.

Una voz en la historia nacional

Salavina no fue ajena a los procesos del país. En 1812 participó en acciones militares bajo el mando de Manuel de Lomas. Dos años más tarde, aportó hombres a la causa independentista. El cura Francisco Ibarra tuvo un rol activo en ese contexto.

Hacia 1850, el pueblo alcanzaba unos 10.000 habitantes. Era cabecera departamental, con autoridades propias. No era un asentamiento menor: tenía estructura, población y funciones claras dentro de la provincia.

Tradición, telar y fiesta: la cultura como raíz

La vida cotidiana estaba marcada por el trabajo y las costumbres. Las teleras e hilanderas producían tejidos de algodón, lana y lino, transmitiendo el oficio en el ámbito familiar. Las fiestas religiosas, las cosechas y el carnaval reunían a todos.

El topamiento era uno de los momentos más esperados: juegos con agua y harina, cantos, encuentros. En Semana Santa, los “alabaos” se cantaban al amanecer, en la Misa de Alba. El habla local conservaba giros del léxico chaqueño, parte de una identidad que se expresaba también en el lenguaje.

Di Lullo describe un pueblo activo, con sentido de pertenencia y prácticas compartidas.

Cuando el agua se va, el pueblo también se apaga

El cambio en el curso del río Dulce marcó un punto de quiebre. La pérdida de “El ojo de agua”, que abastecía al pueblo, terminó de agravar la situación. Sin agua, la producción cayó, los animales desaparecieron y las actividades dejaron de sostenerse.

La salida fue irse. La falta de recursos y oportunidades empujó a la población a migrar. Las casas se vaciaron, muchas se deterioraron. La iglesia quedó en pie, pero sin gente. El cementerio, cada vez más silencioso. Lo que había sido un centro activo pasó a convertirse en un lugar abandonado.

La agonía no solo es de ladrillos

Di Lullo plantea que la desaparición de un pueblo no se reduce a lo material. También implica la pérdida de vínculos, de memoria compartida, de una forma de vivir. No es un proceso natural: hay decisiones, ausencias y olvidos detrás.

Salavina resiste en el recuerdo

Hoy, Salavina funciona como testimonio. No solo de lo que fue, sino de lo que puede enseñarnos. Habla de trabajo, de comunidad, de formas de habitar el territorio.

El río cambió su curso. La memoria, no necesariamente. Tal vez el desafío sea mirar estos lugares sin ver solo ruinas, sino entenderlos como parte de una historia que todavía tiene algo para decir.

Fuente: Orestes Di Lullo. La agonía de los pueblos – Viejos pueblos, Santiago del Estero


domingo, 27 de julio de 2025

Matará: la larga agonía de un pueblo olvidado en Santiago del Estero

 


Matará —o Matará de San Miguel, como se la conocía en tiempos más antiguos— no es apenas un lugar más en los confines de Santiago del Estero. Es, más bien, una herida abierta, un vestigio que resiste en el mapa como puede, rodeado de silencio, ruinas y memorias que se niegan a morir. En su quietud polvorienta, este pueblo encarna como pocos la agonía lenta de esas comunidades que, de a poco, se apagan sin testigos, sin despedidas.

Una tierra atravesada por el río y la historia

Ubicada a orillas del Río Salado, cuyas aguas turbias arrastran siglos de historias y desencuentros, Matará está rodeada por un paisaje de árboles robustos y casi sagrados: algarrobos inmensos que parecen guardianes, molles endurecidos por el viento, palos borrachos que se aferran a la tierra como si supieran que están defendiendo un pasado. Pero ese entorno que alguna vez fue fértil, vivo y promisorio, ha cambiado. El deterioro ambiental ha sido brutal.

Los ríos alteraron su curso natural. Los bosques fueron arrasados por una tala que no entendió de límites ni consecuencias. Y las grandes obras hidráulicas, pensadas como motores de progreso, terminaron por secar la esperanza. El ejemplo más crudo: el famoso canal navegable, una promesa que costó millones y dejó poco más que polvo.

Matará, una historia casi sepultada

Los primeros documentos que dan cuenta de su existencia datan de 1727, cuando ya contaba con 105 habitantes. A lo largo del siglo XVIII y buena parte del XIX, Matará tuvo un rol destacado en la vida política, religiosa, ganadera y agrícola de la región. Fue sede de curato junto a Manogasta y Soconcho, y vio crecer entre sus calles a personajes notables como Don Francisco de Ibarra y María Antonia Paz de Ibarra.

Pero la historia de Matará es también la de una decadencia sistemática. En 1777, el número de habitantes cayó a solo 10. Para 1810, quedaban apenas 9. Ese vaciamiento no fue casual: llegó de la mano de decisiones estructurales que cambiaron el destino del pueblo para siempre.

Las rutas que se llevaron el alma

Uno de los golpes más duros fue el trazado de nuevas líneas ferroviarias que, lejos de incluir a Matará, la dejaron al margen de toda ruta comercial. Sin transporte, sin mercado, sin oportunidades, el éxodo fue inevitable. Y lo más doloroso: no hubo esfuerzos reales por detenerlo. Las autoridades, en lugar de resistir el abandono, parecieron fomentar la huida.

El canal navegable —una obra que prometía modernizar la provincia— fue tal vez el símbolo más rotundo de esa traición al desarrollo local. En 1889, luego de ocho años de estudios por parte de la empresa Duilloy y Cía., se aprobó un plan que implicaba tomar el 5% de las aguas de los ríos Dulce y Salado y llevarlas hasta el Paraná. El costo fue descomunal: 21.621.901 pesos oro. Las promesas incluían bajar los costos de transporte, modificar el clima y crear nuevos asentamientos. Nada de eso ocurrió. Al contrario: el canal fue un fracaso rotundo que solo sumó más sequía y aislamiento.

Entre guerras, cuarteles y fronteras

Matará también cargó con el peso de ser frontera. Desde 1746 fue punto estratégico entre Santiago del Estero y Santa Fe, lo que la convirtió en escenario de batallas, cuarteles y levas militares. En 1856, la expedición de Antonino Taboada instaló aquí un destacamento como parte de su “Excursión al Salado”.

Durante las guerras civiles, el pueblo fue saqueado, abandonado y sangrado. Soldados fueron reclutados a la fuerza; muchos partieron sin regreso. Se mencionan fortines con muros gibosos, deformes, que hoy apenas son sombras. Incluso se relata un hecho ocurrido en 1889, cuando se oyó el último grito de un soldado en Matará antes de morir. La Guerra del Paraguay también dejó su huella: hombres de Matará partieron y muchos nunca volvieron.

Entre el polvo y el silencio

Hoy, caminar por Matará es como cruzar el umbral de un lugar suspendido en el tiempo. Las casas, antes llenas de voces, están caídas o desaparecieron. Lo que queda son montículos de tierra, muros vencidos por el viento y el olvido. La plaza está vacía. Las calles, mudas. Solo el canto de una torcaza o el silbido de una lechuza rompen el silencio denso.

Es una helada que no viene del clima, sino del abandono. Una especie de condena social. Como si la historia de este pueblo pudiera simplemente taparse con tierra.

Fiestas que el tiempo se llevó

Sin embargo, Matará tuvo días de fiesta. Su iglesia —antigua, modesta, pero viva— fue centro de la comunidad. Allí se celebraban ferias, misas, encuentros que marcaban el pulso del año. Hoy, esas tradiciones casi no existen. Apenas sobreviven en la memoria de algunos ancianos que aún recuerdan cuando el pueblo latía.

Lo que más duele no es la pérdida física, sino el olvido de las costumbres, de las palabras, de la vida que se tejía en torno a ellas.

Un símbolo de tantos

Matará no está sola. Es apenas uno más de esos pueblos del interior santiagueño que fueron empujados al olvido. Que por decisiones tomadas lejos y sin consulta, terminaron vaciados. En todos, la historia se repite: un pasado cargado de sentido, un presente en ruinas.

Y, sin embargo, Matará sigue ahí. Quieto, testigo. Como si esperara que alguien lo mire, que alguien lo escuche. Que alguien, por fin, lo recuerde.

Basado en:

Di Lullo, Orestes. La agonía de los pueblos. Buenos Aires: Ediciones Culturales Argentinas, Ministerio de Educación y Justicia de la Nación, 1964.

viernes, 25 de julio de 2025

Manogasta: la lenta agonía de un pueblo con alma

 


Manogasta, allá en el corazón de Santiago del Estero, es mucho más que un punto en el mapa de la Argentina profunda. Es una herida abierta. Una de esas que el escritor Orestes Di Lullo supo mirar con ojos atentos y alma dolida, cuando habló de la “agonía de los pueblos”. Este relato quiere meterse en la historia y en la piel de Manogasta. Desde su geografía que aún conserva trazos de belleza salvaje, hasta la vida diaria de su gente, sus silencios y su lucha.

Un paisaje que habla

Manogasta es un villorrio antiguo, de esos que ya no se nombran tanto pero que alguna vez fueron el centro del mundo para quienes lo habitaban. Se levantaba —y aún lo hace, con dignidad— cerca del río Dulce, aunque hoy ese río ya no le pasa tan cerca como antes. Como si también él se hubiera ido alejando.

En su tiempo, fue uno de los pueblos más importantes de Santiago. Se extendía unas ocho o diez leguas al sur de la capital, en una región de contrastes: pequeñas parcelas cultivadas que sobreviven entre campos desiertos, quebradas solitarias, monte cerrado y ese cerro del oeste, con sus laderas rojas y su cima como plata gastada por los años.

A pesar del abandono, hay en esa tierra una belleza tozuda. Una vegetación que no se rinde y una fauna que aún canta su libertad. Es un lugar donde la naturaleza no se ha olvidado del todo de respirar.

Ecos de un pasado noble

La primera vez que se nombró a Manogasta en los papeles fue allá por 1566, en el itinerario de Matizenzo. Y más adelante, se convirtió en parte del sistema de encomiendas. En 1589, el fiscal de Charcas —Ruano de Téllez— no escatimó elogios para esta tierra en una carta dirigida al mismísimo rey.

Pero la historia también guarda sus sombras. Con el tiempo, la población indígena fue desapareciendo, poco a poco, como se borra un dibujo con la yema del dedo. En 1789 quedaban apenas diez indios en el lugar. Diez.

Los documentos de gobernadores como Joseph de Aguirre o Juan Felipe Ibarra dan cuenta de este declive. Manogasta tuvo sus pleitos, sus disputas por el territorio, sus intentos de desarrollo que no llegaron a puerto. Hubo incluso un proyecto de canal navegable, con un costo sideral para la época: más de 21 millones de pesos oro. Pero nunca se concretó.

Y mientras tanto, el pueblo fue quedando a un lado. Como olvidado por quienes podían hacer algo. La verdad es que los gobiernos miraron para otro lado, y el deterioro siguió su curso.

La vida que persiste

La vida cotidiana en Manogasta no era —ni es— fácil. Las familias vivían en ranchos de adobe, en chozas humildes de barro y paja. La economía giraba en torno a la agricultura y la ganadería. La siembra de cereales, el pastoreo… eso era lo que sostenía a la comunidad.

Pero entre tanto esfuerzo, también hay destellos de humanidad que conmueven. Se habla de la mujer manogasteña como alguien afable, trabajadora, con esa ternura rústica que nace del monte. Se desea, incluso, que el fruto de su labor haya traído algo de felicidad. Una esperanza chiquita, pero sincera.

La tierra en torno a Manogasta se volvió seca, vacía, desierta. La miseria se instaló como un huésped al que nadie invitó, pero que ya no se va. Y sin embargo, hay algo que se resiste: las costumbres. Las festividades. Esa llama débil, pero viva, de la vida comunitaria.

Fiestas que desafían el olvido

La religiosidad es profunda. Y se nota. Capillas como la de Santa Bárbara o la de la Inmaculada son referentes para el alma del pueblo. Las fiestas de la Candelaria, cada 2 de febrero, o el carnaval, son más que celebraciones: son actos de resistencia frente al olvido.

La música suena, las parejas giran, cantan, bailan. Hay alegría, sí. Pero también una tristeza que se cuela entre los acordes. La danza del pial, los coros que se funden con el cielo abierto y el monte… todo eso no es solo folklore. Es la voz del pueblo hablando en su propio idioma.

Y están las mujeres sabias, las viejitas que con su palabra protegen, enseñan, resisten. Es en ellas donde todavía se guarda el calor de la comunidad.

Un pueblo que se apaga, pero no se rinde

Hoy, Manogasta parece más un recuerdo que un pueblo. Un eco. Un cementerio silencioso que aún guarda el murmullo de lo que fue. Pero ese silencio no es vacío: está cargado de sentido, de historia, de nombres, de luchas.

Es como un árbol viejo que, a pesar de las raíces carcomidas por la sequía y la indiferencia, todavía intenta florecer. Aunque sea con pocas hojas. Aunque el suelo ya no le dé lo mismo de antes. Manogasta, con su historia, su paisaje y su gente, es una pregunta abierta. Una súplica.

Y tal vez también, una advertencia: que lo que se abandona, no siempre muere en paz.

Mailín: Devoción, historia viva y el lento declive de un pueblo

 Por: Leyendas del Folclore Santiagueño


La historia de Mailín, tal como la recoge Orestes Di Lullo, arranca con una obra entrañable: Noticia Histórica del Señor de los Milagros de Mailín, escrita por Don Balazar Olearchoa y Alcuria. Di Lullo no solo la menciona; la valora profundamente. Y es que, para él, tiene un peso especial por venir de un hijo del lugar, alguien que conoce el alma del pueblo desde adentro.

Di Lullo habla de Mailín con una ternura que se siente. Le brota el amor por su gente, por sus costumbres, por esa fe que no se aprende en los libros, sino que se respira en el aire. Describe al pueblo como una comunidad “sencilla, buena y bonachona”, donde la devoción no es una pose ni una obligación, sino una fiesta del corazón. Hay “fervor y alegría”, dice. Y basta imaginar las celebraciones para entenderlo.

Habla de una verdadera “explosión espiritual”. Y no exagera. Durante las fiestas, se nota en los gestos, en las miradas, en esa manera tan sincera con la que los fieles cargan al Señor y a la Virgen. No es solo tradición; es agradecimiento. Es una manera de decir “aquí estamos”, con fe, con emoción y con la esperanza intacta.

Sobre el nombre “Mailín”, hay cierta incertidumbre. El hermano Emmanuel sugería que podría tener origen indígena, aunque su significado exacto sigue siendo un pequeño misterio. Lo que sí sabemos es que el nombre, con su sonoridad suave, guarda siglos de historia y de sentido.

Ya en 1788, Mailín era parroquia, bajo la advocación de San Roque. Y en 1882 aparece mencionado como un “humilde y pequeño oratorio” consagrado a la Virgen. Di Lullo nos lleva a través de su relato como si fuéramos caminando a su lado. El paisaje que describe tiene algo de postal antigua: algarrobos y chañares que se enredan con el cielo, ruinas silenciosas, tierra rojiza que mancha los pies, y pastizales donde el ganado pasta tranquilo.

Las casas del pueblo, con sus techos bajos y muros gastados por el sol, tienen puertas abiertas que invitan a pasar. En los patios crecen chirimoyas, tunas, y alguna que otra planta que se resiste al olvido. Hay huertos, gallinas, y una vida que sigue su ritmo, entre el calor, los silencios y esa nostalgia que lo impregna todo. Porque sí, el aire en Mailín huele a tiempo detenido.

En el corazón del pueblo está él: el Señor de Mailín. Una imagen pequeña —apenas 35 centímetros—, tallada con devoción en quebracho colorado. Su rostro expresa un dolor sereno. Lo adornan el oro, la plata, y los rezos de generaciones enteras. El templo que lo alberga, aunque marcado por el moho verdoso y los años, todavía guarda restos de su antiguo esplendor: frisos dorados, relieves de bronce, y una atmósfera que estremece.

Cada 3 de mayo, Mailín cobra vida. La fiesta del Señor es mucho más que una celebración religiosa: es reencuentro, es música, es danza, es la emoción de la gente sencilla del campo que llega desde lejos para celebrar con alegría. Los fuegos artificiales iluminan el cielo, pero también el alma colectiva de un pueblo que se niega a desaparecer del todo.

Ahora bien, Di Lullo no esconde el otro lado de la historia. El del dolor. El del deterioro lento. Habla de la “agonía” de Mailín con una pena que atraviesa el papel. Y es que las repetidas inundaciones del río Dulce hicieron estragos. Las aguas no solo arrastraron casas; también obligaron a muchos a marcharse, dejando atrás una tierra que ya no podía sostenerlos. La economía se vino abajo, y con ella, parte del espíritu del pueblo.

Mailín, entonces, se convierte en un símbolo. Un reflejo de tantos pueblos antiguos que, poco a poco, se apagan sin que nadie los escuche. Di Lullo levanta la voz por ellos. Nos llama, nos sacude, nos pide que no miremos para otro lado. Porque si perdemos a estos pueblos, perdemos también una parte de nosotros.

Spotify: Mailín: Devoción, historia viva y el lento declive de un pueblo

jueves, 24 de julio de 2025

El pulso apagado de Loreto: una mirada a la agonía de un pueblo santiagueño

Por: Leyendas del Folclore Santiagueño


Loreto. Un nombre que suena suave, pero que hoy lleva consigo un eco de tristeza.

Situada a "unos kilómetros de Santiago, en la República Argentina", como menciona Orestes Di Lullo en su libro "La agonía de los pueblos", esta localidad alguna vez fue un lugar lleno de vida. Con el paso de los años, sin embargo, esa vitalidad fue desapareciendo. Lo que había sido movimiento, encuentro y esperanza quedó cada vez más ligado al recuerdo.

Su historia se remonta a tiempos muy antiguos. En 1566 ya aparecía en el itinerario de Matienzo bajo el antiguo nombre de Zamaquisqui. Desde entonces, Loreto fue creciendo como una comunidad serena, profundamente arraigada en sus tradiciones. La vida cotidiana tenía su propio ritmo, pausado, sostenido por costumbres compartidas y por un calendario de celebraciones que reunía a la comunidad y atraía a vecinos de localidades cercanas.

Las fiestas en honor a la Virgen de Loreto, cada abril, eran el corazón de la vida loretana. Había color, movimiento y una alegría difícil de olvidar.

Y después estaba el carnaval.

El carnaval de Loreto era una verdadera expresión de alegría popular: máscaras, disfraces, bailes en pareja y música llenaban las calles. Durante esos días, el pueblo parecía cobrar otra energía. También se rendía homenaje a la Virgen de la Merced, con novenas, rezos y actos litúrgicos que fortalecían una fe comunitaria profunda y compartida.

Pero Loreto no vivía solamente de sus celebraciones. Su economía tenía una base sencilla y firme. La agricultura ocupaba un lugar central: maíz, trigo y otros cultivos alimentaban a las familias y sostenían buena parte de la actividad local.

Y estaba el río Dulce.

No era solamente un cauce de agua. Era sustento, posibilidad y esperanza. Cuando se construyó un canal de navegación, las expectativas crecieron. Se imaginaba un futuro próspero, con tierras más productivas y una ganadería capaz de acompañar ese desarrollo.

Pero aquel futuro no llegó como se esperaba.

Con el tiempo, el sueño comenzó a desvanecerse. Para 1898, la situación ya era desoladora. El río Dulce estaba "arruinado", las cosechas eran escasas y una tierra que alguna vez había dado sustento comenzaba a perder su capacidad de hacerlo.

¿Qué ocurre con un pueblo cuando desaparecen el agua y la producción?

Para muchos, la respuesta terminó siendo el abandono. Sin las condiciones necesarias para sostener la vida económica, numerosas personas tuvieron que marcharse en busca de otro destino. No se trataba solamente de cambiar de lugar. Era dejar atrás una tierra, una comunidad y unas raíces construidas durante generaciones.

Orestes Di Lullo no oculta su tristeza al describir este proceso. En sus palabras hay algo más que nostalgia por un pasado perdido. También aparece el señalamiento hacia el abandono y la indiferencia de las autoridades.

Su descripción alcanza una dureza difícil de olvidar: "¡Pobre del pueblo, un blanco sudario, un monte funerario! ¡Paz en la tumba!".

La imagen es contundente. Ya no habla solamente de un pueblo que pierde actividad económica. Habla de un lugar al que la falta de atención parece haber condenado al silencio.

Loreto había conocido las fiestas, la música, los bailes y las celebraciones religiosas. Había tenido agricultura, producción y expectativas de crecimiento. Había mirado al río Dulce como una fuente de sustento y al canal de navegación como una posibilidad de futuro.

Después llegaron la escasez, el deterioro y la partida de sus habitantes.

Por eso la historia de Loreto no puede reducirse a una simple crónica del pasado. También plantea una pregunta incómoda: ¿cuántos pueblos pueden perder su vitalidad lentamente antes de que alguien advierta lo que está ocurriendo?

La historia de Loreto es, en ese sentido, un recordatorio de lo que puede perder una comunidad cuando el tiempo avanza, las condiciones económicas se deterioran y las autoridades dejan de atender sus necesidades.

No se pierde solamente población.

Se pierden celebraciones, formas de vida, vínculos, actividades productivas y parte de una memoria colectiva.

Loreto queda así como testimonio de una historia que alguna vez estuvo llena de movimiento y que, poco a poco, fue quedándose en silencio. Y ese silencio no significa que no haya nada que contar. Al contrario: detrás de él permanece la memoria de lo que el pueblo fue y de todo aquello que se fue perdiendo.

 

Spotify: El Pulso Apagado de Loreto: Una Mirada a la Agonía de un Pueblo Santiagueño

 

 

martes, 15 de julio de 2025

Santiago del Estero: Un mar étnico-lingüístico en el corazón de Argentina

 


La tierra de nadie y de todos

Santiago del Estero, descrita por Orestes Di Lullo como un "mar interior desecado", ha sido por milenios un crisol de culturas, lenguas y contradicciones. Desde hace 8.000 años antes de Cristo, esta planicie surcada por los ríos Dulce y Salado atrajo a pueblos diversos —desde los Lules hasta los Incas— con su clima benigno, recursos abundantes y una aparente facilidad para la vida. Pero detrás de esta aparente generosidad, la tierra escondía una paradoja: "frío y calor; inundaciones y sequías; prodigalidad y avaricia", antagonismos que, según Di Lullo, moldearon el alma de su pueblo.

Historia de poblamiento: Un mosaico de culturas en movimiento

Conectando con la introducción, esta región no solo fue un espacio geográfico, sino un verdadero laboratorio humano donde se mezclaron tradiciones.

La confluencia de pueblos

Santiago del Estero funcionó como un corredor biogeográfico y cultural. Según el documento, aquí confluyeron:

Andinos: Quichuas, Aimaras y Diaguitas desde el noroeste.

Amazónidos: Guaraníes y Matacos-Guaicurúes desde el noreste.

Pámpidos: Huarpes y Sanavirones desde el sur.

La mixigenación fue la norma. Como señala Di Lullo: "Estas mareas humanas... se absorbieron o quedaron remansadas, dejando estratos de civilizaciones superpuestas". Un testimonio del siglo XVII recogido por Lizondo Borda menciona a los Lules cercando a los Diaguitas —un raro ejemplo de resistencia organizada—, pero la mayoría de los pueblos optó por la adaptación pacífica.

Avanzando en el tiempo, el escenario cambió con la llegada de una de las culturas más influyentes.

El legado Inca: Vasallaje sin conquista

A diferencia de otras regiones, los Incas no sometieron militarmente Santiago. Según el cronista Cieza de León, el Inca Yupanqui envió emisarios que lograron un pacto de "amistad perpetua" con los locales, quienes solo debían "guardar la frontera". Esta diplomacia dejó huellas en petroglifos, cráneos deformados ritualmente y herramientas como los "tumis" (cuchillos ceremoniales), aún hallados en la zona.

Rasgos biofísicos y patrimonio natural: Un escenario de contrastes

Para comprender mejor esta dinámica humana, es esencial analizar el escenario natural que la hizo posible.

Geografía y clima

La provincia es una "zona de transición" entre llanuras y serranías, con cinco subzonas mitificadas por sus habitantes: la llanura (Pampáyoj), los ríos (Mayumaman), las sierras (Orkomaman), el bosque (Sacháyoj) y los esteros (Malimpaya). Sus ríos, caudalosos solo dos meses al año, fertilizaban el suelo con limo, permitiendo cultivos como el maíz.

Profundizando en este entorno, la biodiversidad jugó un papel clave en el desarrollo cultural.

Fauna y recursos

Los bosques albergaban "aves, peces y miel", mientras las salinas —codiciadas por los indígenas— eran clave para el trueque. Sin embargo, la fauna megafaunística como gliptodontes ya había desaparecido para la llegada del hombre, según evidencias arqueológicas.

Patrimonio cultural: Resistencia a través del mito y la lengua

Más allá del paisaje, fue en el ámbito cultural donde estos pueblos dejaron su huella más perdurable.

Adaptación vs. resistencia

Los pueblos santiagueños desarrollaron una "plasticidad exterior" para sobrevivir, pero mantuvieron una resistencia cultural silenciosa. Un ejemplo es la Unita, leyenda de una cabeza rodante que advierte peligros, vinculada al culto ancestral de las cabezas-tótem.

En este contexto de preservación cultural, el lenguaje se erige como testimonio vivo del pasado.

Lenguas: Un rompecabezas sin resolver

El documento enumera cientos de topónimos de origen desconocido (ej: Sumampa, Guasiligasta), vestigios de lenguas extintas como el Tonocoté o el Cacán. Di Lullo critica la negligencia académica: "Decimos que no hay nada del Cacan... pero hay una gran ignorancia al respecto".

La llegada de los españoles: El mito de la "belicosidad indígena"

Este rico tapiz cultural enfrentaría su mayor desafío con la llegada de los conquistadores europeos.

Las crónicas españolas exageraron la resistencia local. Baltasar Méndez describió a los Lules como "usadores de ponzoña", pero Di Lullo desmiente: "Eran mansos, salvo contadas excepciones". La verdadera batalla fue contra el medio: "Esa anchura inerte... donde naufragan las mejores fuerzas". Los españoles replicaron las prácticas incaicas de trasplante forzoso, como las encomiendas que desnaturalizaron a comunidades como los Chicoanas.

Conclusión: El indio que no murió

En definitiva, Santiago del Estero es un espejo de América Latina: un territorio donde las culturas no desaparecieron, sino que se reinventaron. Como concluye Di Lullo: "El indio vive en nosotros, en nuestra sangre". Su legado persiste en mitos como la Pachamama, en la toponimia enigmática y en la "filosofía de la necesidad y la facilidad" que aún define a sus habitantes.

Dato final: Un cráneo con deformación circular, hallado en la zona y vinculado a los Aimaras, es hoy parte del acervo del Museo Arqueológico de Santiago —símbolo de un pasado que resiste al olvido.

Fuentes citadas:

Di Lullo, O. (1960). Un cuadro de la prehistoria santiagueña.

Lizondo Borda, M. (1938). El Tucumán indígena.

Cieza de León, P. (1553). Crónica del Perú (citado por Di Lullo).

Proceso fundacional de Santiago del Estero, la “muy noble y leal ciudad”

 Por Adriana Medina / Alejandro Yocca

 


El Siglo XVI se caracterizó por la conquista y fundación de los primeros asentamientos urbanos que permitirían la colonización del actual territorio argentino. Fue la iniciativa de los conquistadores que penetraron en el país por el norte, oeste y este, concretando la fundación de ciudades, y a partir de ellas, el desarrollo político, económico, social y cultural de lo que posteriormente será la República Argentina.

El esquema regional argentino, comenzó a configurarse a partir de las primeras fundaciones hispánicas y posibilitó que cada ciudad fuera organizando el territorio aledaño. En torno a la PLAZA se concentraba el mayor porcentaje de población española, que decrecía hacia la periferia, sustituida por la mestiza, y que desaparecía finalmente con los barrios indios, que se situaban en un área intermedia entre el espacio urbano y el rural.

Así, se puede establecer que las ciudades fundadas por los españoles se erigieron en aquellos sitios que fueron centros de las civilizaciones indígenas o en espacios ya habitados por culturas menores. El centro más dinámico se ubicó en el noroeste, vinculado a la explotación metalífera del Perú. La consecuencia de este proceso fué la ocupación discontinua del espacio y su modelado en regiones poco extensas.

En este contexto, el historiador Luís Alén Lascano sostiene que Santiago nació de un proceso fundacional que se inició con las llamadas "entradas al Tucumán". Estas fueron tres: la primera de Diego de Almagro (1536), la segunda de Diego de Rojas (1543) que llegó a suelo santiagueño y fundó el Fuerte de Medellín de vida efímera y la tercera de Juan Núñez de Prado quien vino con el mandato de fundar ciudad. En virtud de ello, fundó la Ciudad del Barco a mediados de 1550 en territorio de la actual provincia de Tucumán. Sin embargo, la ciudad tuvo que ser trasladada por conflictos de jurisdicción con Chile estableciéndola en territorio salteño en 1551. Allí estuvo sólo un tiempo ya que por el acoso de los calchaquíes debió ser reubicada, esta vez en territorio santiagueño con el nombre de Ciudad del Barco del Nuevo Maestrazgo de Santiago en 1552. Estando allí surgió un nuevo conflicto con Chile, siendo esta vez Don Francisco de Aguirre quien tomó la ciudad y la trasladó nuevamente, un cuarto de legua hacia el noroeste, con el nombre de Santiago del Estero en 1553.

Santiago del Estero recibió el título de Madre de Ciudades porque desde ella partieron las expediciones que fundaron las ciudades de Tucumán, Córdoba, Catamarca, La Rioja, Salta y Jujuy. Además, aquí se erigió la primera Diócesis con su primera Catedral y el primer instituto de Estudios Superiores que marcó el inicio de los estudios universitarios en el país.

En 1.577 el rey Felipe II le otorgó el título de “Muy noble y leal ciudad” junto al Escudo de Armas que presenta un CASTILLO como emblema de fortaleza, tres VENERAS de la Orden de Santiago Apóstol en representación de las tres fundaciones que existían hasta ese momento (San Miguel, Esteco y Córdoba de la Nueva Andalucía) y un RÍO a sus pies correspondiente al Río Dulce.

La fundación de la ciudad, inició el debate acerca de cuándo y por quién fue fundada (sobre todo por la falta del acta fundacional), dividiendo a los intelectuales locales entre aquellos que sostenían la tesis aguirrista y quienes afirmaban que el fundador había sido Núñez del Prado en el año 1550, los nuñezpradistas. Sobre esta cuestión, Fray Eudoxio de Jesús Palacios sostuvo que la primitiva Ciudad del Barco “estuvo ubicada en la margen derecha del Río del Estero… zona cubierta por milenarios bosques de talas, algarrobos, piquillines, mistoles y chañares” y que fue fabricada con horcones, quinchas y techos de paja por lo que no hay vestigios materiales de ella. Respecto a este proceso, el historiador José Néstor Achával indicó que la fecha de la fundación de la Ciudad del Barco en su asiento de Tucumán fue el 24 de junio del año 1550. Mientras que el 23 de diciembre de 1553, es la fecha en que Francisco de Aguirre resolvió el tercer traslado a su cuarto asentamiento por los riesgos de crecida del río con el nombre de Santiago del Estero.

Para Achával, Palacios, Di Lullo y Alén Lascano entre otros historiadores santiagueños, Núñez de Prado fue el fundador legítimo de la ciudad y Aguirre el ejecutante de un simple traslado de las estructuras. Sin embargo, la Academia Nacional de la Historia por pedido del gobierno de la provincia con motivo de cumplir el IV° Centenario dictaminó que la ciudad de Santiago del Estero fue fundada por Francisco de Aguirre el 25 de julio de 1553, fecha en que actualmente se realiza la celebración de su aniversario y que es el día de Santiago Apóstol.En efecto, en julio de 1952, el entonces gobernador de la provincia Francisco Javier González solicitó a la Academia Nacional de la Historia que se manifieste sobre la fecha de fundación y el fundador de Santiago del Estero. Para ello se elevó el dictamen de la Comisión Especial presidida por el historiador Alfredo Gargaro y designada para la ocasión. En él se informaba que si bien es cierto que en 1550 Núñez del Prado funda la ciudad del Barco, la ciudad de Santiago del Estero constituía un “nuevo centro de civilización, llámese traslado o metamorfosis de los anteriores, era independiente de ellos y sometido a una jurisdicción distinta, inicia un nuevo período político, tiene nuevo ejido, nuevos vecinos, nuevas encomiendas. Al expulsar Aguirre a Núñez, al erigir una nueva ciudad, dándole otro nombre, abría una nueva era, a la que ya Núñez era ajeno”.

Este informe fue la base para el dictamen de la Academia que afirma que el fundador fue Aguirre, y la fecha el 25 de julio de 1553. En este contexto, el 10 de noviembre de 1952 el gobierno provincial declara a través del decreto “A” N° 2.532 que el dictamen de la Academia Nacional de la Historia“pone fin al pleito histórico de la fundación de Santiago del Estero, hasta tanto aparezca el acta bautismal presumiblemente existente dadas las normas de rigor de la legislación indiana”. En el mismo se consagra “la magna celebración del IV Centenario de la ciudad de Santiago del Estero, estableciendo el 25 de julio de 1553, como fecha de su fundación, señalando al ilustre conquistador español, Don Francisco de Aguirre, como su fundador y, como precursores en las gestas históricas, a los hidalgos capitanes, Diego de Rojas y Juan Núñez de Prado”.

De este modo, en 1953 en el marco de los festejos por el IV Centenario de la Fundación de la Ciudad, se produjo la visita de Juan Domingo Perón a la provincia. El 29 de agosto, ante un colmado Teatro 25 de Mayo, Perón brindó el Discurso de Clausura del Primer Congreso Nacional de Historia Argentina con la participación de los historiadores Ricardo Levene (Presidente de la Academia Nacional de Historia) y Alfredo Gargaro (Presidente de la Junta de Estudios Históricos de Santiago del Estero), quienes legitimaron la fecha fundacional de la ciudad el 25 de julio de 1553 y a su fundador Francisco de Aguirre, basándose en las actas del cabildo santiagueño del 14 de abril de 1774 y del 21 de julio de 1779.

En lo esencial pareciera que Gárgaro y la Academia Nacional tenían razón puesto que los documentos rubricados por el escribano del Cabildo de Santiago del Estero en 1590 extractados de sus actas capitulares informaban que el 25 de julio de 1.553 Francisco de Aguirre “mudó esta Ciudad y le puso por nombre Santiago”. Sin embargo, para los nuñezpradistas mudar no significa fundar.

 Lo cierto es que hacia 1556, la ciudad ya ocupaba su cuarto emplazamiento en terrenos del actual Parque Aguirre, su trazado era en damero de reducidas dimensiones con un radio de 700 metros aproximadamente, repartidos en manzanas divididas en cuatro solares que llegaban a sumar entre dos a tres cuadras alrededor de la plaza circundadas por un camino de ronda. La plaza habría estado ubicada en Alsina e Independencia y el Cabildo en Alsina y Olaechea.

En este trazado, la Plaza cumplió una doble función, por un lado, servir de punto generador del esquema vial y por otro actuar como sede de las instituciones civiles y eclesiásticas: Cabildo (poder temporal) y la Iglesia (poder espiritual). Sin embargo, poco se puede decir de la fisonomía que tuvo la ciudad en sus comienzos porque no quedaron vestigios materiales. Se infiere que el asentamiento fue precario por causa de las inundaciones que arrasaban casi la totalidad de todo lo plantado en ella. Es decir que luego del traslado efectuado por Aguirre en 1553, la cuidad sufrió otros corriéndose siempre hacia el oeste.

Sobre este tema, el Alén Lascano sostiene que los antecedentes de la existencia de la primera catedral que se erigió en el actual territorio argentino se remontan a partir de 1565 en un lugar no preciso de la ciudad. Se conoce que fue erigida Catedral el 14 de mayo de 1570 por Bula del Papa Pío V bajo la advocación de San Pedro y de San Pablo y que debió estar frente a la plaza principal, pero se desconoce el lugar preciso de su asentamiento. Para el historiador Andrés Figueroa, la plaza y el edificio de la Catedral en su penúltimo traslado habrían estado en los terrenos que hoy ocupa el Teatro 25 de mayo. Agrega, Orestes Di Lullo que en 1670 una nueva inundación obligó a mudarla hacia el lugar donde se encuentra actualmente. Lo cierto es que la llegada de Fray Francisco de Victoria en 1581 convertirá a esta iglesia matriz en la primera Catedral de la Argentina que en su dilatada historia atravesó abandono, traslados, incendios y terremotos que obligaron su reconstrucción en varias ocasiones. El emplazamiento del actual edificio en su asiento final y en su quinta reconstrucción fue en 1877 durante el gobierno de Don Manuel Taboada.

En este contexto, resulta interesante señalar que cuando llegaron los españoles a la región del Tucumán (hoy NOA), introdujeron desde el Perú y Chile semillas y animales necesarios para su subsistencia. La zona pronto comenzó a poblarse de caballos, vacunos, cerdos, cabras y gallinas. Las semillas fructificaron y se multiplicaron en plantaciones de trigo, vides, algodón y olivos. A ellos se sumaron los cultivos americanos como maíz, zapallos, porotos, etc. En tanto, los problemas de jurisdicción entre Chile y Perú concluyeron cuando el rey Felipe II por Real Cédula de 1.563 creó la Gobernación del Tucumán, dependiente en lo político del Virreinato del Perú y en lo judicial de la Audiencia de Charcas y cuya capital era Santiago del Estero. A partir de entonces se desarrolló una política fundacional con objetivos precisos:

Consolidar las fundaciones en el noroeste para una mejor unión con el Perú por Charcas.

Buscar una salida hacia el océano Atlántico que permitiera una comunicación más directa con España a través de la teoría de “Abrir puertas a la tierra”.

Es decir que las primeras ciudades, con Santiago ubicada en un punto estratégico, se convirtieron en centros del comercio local e interregional llevando adelante una economía de subsistencia que permitió, hacia fines del siglo XVI, la articulación de las primeras rutas:

1.      Potosí – Jujuy – Tucumán – Santiago del Estero – Córdoba – Buenos Aires;

2.      Asunción – Buenos Aires, por vía fluvial;

3.      Chile-Mendoza



Fuente: fhu.unse.edu.ar

domingo, 13 de julio de 2025

Santiago del Estero entre el estigma y la identidad

 


Introducción

Santiago del Estero, la provincia más antigua de Argentina, ha sido contada de formas muy distintas a lo largo del tiempo. Por un lado, a través de los ojos de los viajeros europeos del siglo XIX, que la vieron como un lugar detenido, casi abandonado al margen de todo. Por el otro, desde el cancionero folklórico, que la elevó como cuna de tradiciones, de raíces profundas y orgullosas. En este cruce de miradas, Silvia Valiente (2014), en su trabajo Santiago del Estero a los ojos de viajeros y del cancionero, se sumerge en esas narrativas para revelar cómo se fueron tejiendo —y naturalizando— ciertos estigmas que terminaron ocultando la complejidad real de esta provincia. En las páginas que siguen, este ensayo explorará esa dualidad, comenzando por su caracterización geográfica, luego sus desventajas históricas, y finalmente, las huellas identitarias que moldearon su imagen.

Caracterización del lugar: entre ríos y adversidades

Para entender de dónde vienen los estigmas sobre Santiago del Estero, hay que mirar primero su geografía. La provincia está atravesada por los ríos Dulce y Salado, que marcaron un desarrollo muy desigual. Mientras la llamada "diagonal fluvial" concentró desde la época colonial más de la mitad de la población y gran parte de las actividades económicas (Valiente, 2014, p. 5), el este y el norte quedaron relegados, dedicados a la ganadería extensiva y la explotación forestal.

Además, el clima tampoco ayudó: calor extremo, largas sequías, y un paisaje que, a ojos de algunos, parecía hostil. Thomas Page, por ejemplo, en 1855 describió a Santiago como una ciudad de “casas arruinadas y calles silenciosas” (citado en Tasso, 1984, p. 45). Pero claro, esa es solo una parte del cuento. Porque la otra cara es la capacidad de adaptación que tuvieron sus habitantes. Basta mencionar el aprovechamiento del agua del río Dulce, que hizo posible una agricultura intensiva —con frutas y hortalizas— que se volvió clave en la economía del siglo XX (Valiente, 2014, p. 6). No todo fue adversidad: también hubo ingenio y resistencia.

Desventajas comparativas: el peso de la marginalidad

Más allá del terreno y el clima, los estigmas se arraigaron en algo más profundo: la forma en que la provincia fue integrada —o más bien, marginada— dentro del país. Desde el siglo XVII, Santiago quedó atada a la provisión de materias primas como madera o sal, sin recibir casi nada de inversión industrial. Esta situación fue reforzada por visitantes como el italiano Pablo Mantegazza, quien en 1858 la consideró “carente de interés” … aunque, en una vuelta curiosa, también elogió su “vida dulce y patriarcal” (Tasso, 1984, p. 46).

Lo cierto es que esas miradas superficiales pasaron por alto procesos muy profundos. Como la devastación del 80% de sus bosques durante el siglo XX (Valiente, 2014, p. 8), o el éxodo rural provocado por políticas neoliberales. En palabras de Valiente, “las desventajas comparativas no fueron naturales, sino resultado de un modelo extractivo” (2014, p. 9). Es decir, no se trató de un destino inevitable, sino de decisiones concretas que dejaron marcas duraderas.

Estigmatización de la población: entre el folclore y el prejuicio

En lo cultural, la cosa no fue muy distinta. El cancionero folklórico —con exponentes como Los Carabajal— construyó una imagen del santiagueño que oscila entre el orgullo y el estereotipo: “moreno, cantor y bailarín”, pero también “pobre y engañado” (Walter Carabajal, en Valiente, 2014, p. 11).

Mientras tanto, los relatos europeos eran mucho más duros. Algunos lo calificaron como “bárbaro de aspecto salvaje” (Knight, 1880, en Tasso, 1984, p. 50), con un desprecio abierto hacia su herencia indígena. Frente a eso, el folklore actuó como una trinchera: celebró el mestizaje, mantuvo viva la lengua quichua, y defendió una religiosidad popular que sigue muy presente. Como bien dijo Pablo Lozano: “El santiagueño no necesita academia para bailar; lleva la chacarera en el corazón” (Valiente, 2014, p. 11). Y eso lo dice todo.

Estigmatización del territorio: la ciudad "fea" que esconde colores

Algo parecido ocurrió con el territorio. Para muchos viajeros del siglo XIX, Santiago fue apenas un lugar caluroso, desordenado, casi sin encanto. Acarette du Biscay, en 1657, lo llamó directamente “pueblo de perezosos”, por su clima sofocante (Tasso, 1984, p. 28).

Pero esa mirada se quiebra si escuchamos a quienes conocen la provincia desde adentro. El arquitecto Legnane, por ejemplo, defendía la belleza oculta de su paisaje: “Santiago tiene el color del sol y el rosado de los lapachos” (Tasso, 1984, p. 87). Y el folklore volvió a hacer lo suyo: elevó a la provincia a símbolo casi mítico —“tierra madre de trenzas blancas” (Valiente, 2014, p. 13)—. Lo curioso es que, aunque estas visiones parezcan opuestas, comparten una trampa: congelan a Santiago en una postal, ignorando su dinamismo, sus cambios, su historia viva.

Conclusiones: entre el estigma y la reivindicación

En definitiva, lo que muestran los relatos analizados por Valiente es una provincia atrapada entre dos extremos: el estigma de la marginalidad y la idealización romántica. Pero detrás de esos discursos hay una sociedad compleja, que no solo resistió, sino que también reinventó su cultura, su economía y su forma de habitar el territorio.

La lección, entonces, es clara: el estigma no es algo inevitable. Se construye… y por lo tanto, puede desmontarse (Valiente, 2014, p. 14). El verdadero desafío, tanto para quienes investigan como para quienes habitan Santiago del Estero, es narrarla desde su propia voz, sin caer en la compasión fácil ni en la nostalgia vacía. Porque esta tierra —con todos sus contrastes— tiene mucho que decir. Y sobre todo, mucho que reescribir.

Referencias

Valiente, S. (2014). Santiago del Estero a los ojos de viajeros y del cancionero. Perspectivas, UNERMB.

Tasso, A. (1984). Historia de ciudades: Santiago del Estero. CELA.

Entrevistas a Los Carabajal (recopiladas por Valiente, 2014).

"Santiago no es solo lo que los otros dicen que es; es también lo que sus hijos cantan y callan" (Valiente, 2014, p. 10).

sábado, 12 de julio de 2025

Funcionamiento del obraje de paños (en Santiago del Estero)

 Por María Cecilia Rossi, Historiadora

 

El algodón fue, para el Tucumán y especialmente para Santiago del Estero, lo que el oro y la plata para el Perú. En función de ello, prontamente se instalaron "lugares de explotación" llamados "obrajes" (Di Lullo, 1937) "repartimiento de indios dedicados al tejido, hilado y teñido de los paños de algodón... lugares sombríos, techados de ramas, cercados de muros de adobes..." en los que la mano de obra era básica y principalmente femenina, a pesar de que allí vivieran hombres, mujeres y niños. La producción diaria-promedio- de una india era de una onza de hilado, o 60 varas de lienzo al año que costaban treinta pesos. Eran verdaderas fábricas de tejidos de la producción precapitalista (A. Lascano, 1992)

Una carta que enviara el licenciado Padilla al rey Felipe IV nos permite acercarnos a la comprensión de lo que ingresar a trabajar en un obraje de paño significaba para los nativos y como las políticas de seducción pasaban por adelantarles ropa, dinero y un poco de vino. De todos modos, Di Lullo (1937) sospecha que el trabajo debía ser demasiado y pocas las ganancias, lo que explicaría que recurrentemente, los nativos procuraran huir de los obrajes. Para esos casos, estaban montado verdaderos operativos de caza de los prófugos a cargo de los "guatacos", personajes especializados en esta tarea que, si no volvían con los escapados en calidad de prisioneros, tomaban a cualquier familiar que encontraran y lo llevaban al obraje. La "Memorias Secretas" de Julián Ulloa, relatan los sufrimientos de los que los indígenas no podían escapar y como se veían obligados a aceptar cualquier cosa que el encomendero le quisiera dar. Por ejemplo, la comida con que los alimentaban, generalmente formaban parte de lo que para el encomendero eran desechos (reses que se mueren infestada, maíz o cebada que se les ha dañado...)" (Di Lulo, 1937)

Los Cabildos enviaban visitadores a los obrajes para tratar de controlar los abusos y en 1622, el Consejo de Indias recomendaba no dejar las visitas en el puro formalismo ni ejecutar alianzas con los obrajeros, lo que nos lleva a suponer que las recomendaciones del Consejo no solo no eran cumplidas, sino que los dueños de los obrajes compensaban satisfactoriamente a los inspectores. Por lo que se hace necesario sancionar la ordenanza de obrajes en julio de 1664, reglamentando jornales horarios de trabajo, tiempo libre para atender sus animales, salarios en dinero, etc.

 

 

viernes, 11 de julio de 2025

Parque Nacional Copo: promesa de conservación, realidad en jaque

 


"El Impenetrable ya no es lo que era", suspira José Vicente Pérez, hijo de un antiguo hachero y ahora poblador del Parque Nacional Copo (PN Copo). Su voz resume una paradoja: este rincón semiárido de Santiago del Estero, creado en 2000 para salvaguardar uno de los últimos bosques maduros del Chaco, enfrenta amenazas que podrían vaciarlo de sus especies más icónicas, como el yaguareté y el tatú carreta. Con 118.119 hectáreas, el PN Copo es un laboratorio vivo donde conviven quebrachos centenarios, paleocauces del Río Juramento y culturas criollas arraigadas en los obrajes madereros. Pero, ¿logra cumplir su promesa de conservación?

Historia de creación y marco legal

El PN Copo nació de una larga gestión. En 1968, Santiago del Estero declaró la zona "Reserva Natural Integral", pero fue recién en 1998 cuando un convenio entre la provincia y la Administración de Parques Nacionales (APN) impulsó su transformación en parque nacional, formalizada por la Ley 25.366 en 2000. "El objetivo era frenar la degradación del Chaco semiárido, una de las ecorregiones más amenazadas de Argentina", explica el informe del Plan de Gestión 2019-2028.

Sin embargo, el documento revela contradicciones: aunque la ley de creación no especificaba objetivos, el primer Plan de Manejo (2006) los definió tardíamente. Además, evaluaciones internas admiten que solo el 18% de los proyectos de ese plan se ejecutaron completamente.

Objetivos de conservación: metas vs. realidad

La misión del parque suena ambiciosa: proteger muestras del Chaco semiárido, promover investigación y generar beneficios sociales. Entre sus metas específicas, destacan la recuperación de áreas degradadas y la protección de especies clave como el quebracho colorado y el pecarí quimilero.

Pero el diagnóstico es crudo. "El 67% de los proyectos se ejecutaron de forma parcial o no se iniciaron", señala el Plan. Un ejemplo: aunque se priorizaba la recuperación de pastizales, los paleocauces —hábitat crítico para aves como el suri— siguen arbustizándose por falta de manejo activo.

Ubicación y rasgos biofísicos: un mosaico único

Ubicado entre los 25º y 26º de latitud sur, el PN Copo es una planicie de bosques secos surcada por paleocauces del antiguo Río Juramento. Su clima semiárido (654 mm anuales de lluvia) y suelos arenosos moldean un ecosistema frágil. "Aquí no hay ríos, solo represas hechas por el hombre. El agua es un bien escaso", advierte el guardaparque Ricardo Pérez.

 

La geomorfología divide el paisaje en tres unidades:

Paleocauces: "caños" con pastizales de Elionurus muticus o arbustales de Acacia aroma.

Paleoalbardones: bosques de quebracho colorado y blanco.

Interfluvios: zonas planas con suelos erosionables.

Patrimonio natural: especies bajo presión

El PN Copo alberga 197 especies de aves, 50 de mamíferos y 31 de reptiles, pero su verdadero valor son sus poblaciones de fauna amenazada:

Pecarí quimilero (Catagonus wagneri): endémico del Chaco y "En Peligro". "Es el único parque nacional que lo protege junto con la Reserva Formosa", destaca la bióloga Verónica Quiroga.

Tatú carreta (Priodontes maximus): sus madrigueras son refugio para otras especies, pero su caza persiste.

Yaguareté (Panthera onca): "Era común hasta hace 15 años; hoy solo quedan registros esporádicos", lamenta Quiroga.

La vegetación no escapa a las amenazas. Los quebrachales sufrieron tala intensiva hasta los años 50, y el ganado frena la regeneración: "Los renovales son comidos y quedan como bonsáis", describe el informe.

Patrimonio cultural: saberes que se desvanecen

Los pobladores rurales, descendientes de hacheros, son custodios de tradiciones como la "marcada" de ganado o el uso medicinal de plantas. Pero su cultura se erosiona. "Los jóvenes migran a las ciudades y se pierden saberes", dice José Mercedes Pérez, conocido como "Don Boni".

El parque también guarda huellas arqueológicas —como los "pozos indios"— y restos de obrajes madereros. Sin embargo, el Plan admite que no hay recursos para preservarlos: "Solo cinco sitios están registrados, y algunos están en riesgo por la colmatación".

Un legado en jaque

El PN Copo es un faro de conservación en el Chaco, pero su futuro pende de un hilo. La caza furtiva, los incendios y la presión ganadera ponen en riesgo sus especies emblemáticas. Mientras, las comunidades locales ven cómo su modo de vida se transforma.

"Sin más guardaparques y financiamiento, solo quedará el nombre de 'parque'", advierte Arturo Bales, intendente del área. Su frase resume el desafío: proteger este rincón del Impenetrable requiere no solo leyes, sino acciones concretas. El tiempo corre, y con él, la sombra de un Chaco vaciado.

Fuentes: Plan de Gestión del Parque Nacional Copo 2019-2028 (APN), testimonios de actores clave y datos científicos citados en el documento.