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martes, 16 de septiembre de 2025

El Parque de Grandes Espectáculos

 




Muy pocos lugares se recuerdan con tanto cariño y nostalgia como ese espacio que frecuentaba y gozaba la familia santiagueña en los felices años de los cuarenta y cincuenta del siglo pasado.

Don Guillermo Renzi, el hombre de los cines, obtuvo la concesión municipal para levantar en pleno parque Aguirre unas hermosas instalaciones destinadas al espectáculo y el esparcimiento. En retribución a ello, Renzi donó al municipio una fuente con la figura del “Kakuy”, realizada por el escultor Rafael Delgado. El predio era de considerables dimensiones, unos 100 metros por cincuenta, delimitados por un artístico muro revestido por mayólicas, con glorietas, enredaderas y bancos.

En su interior había dos pistas de baile con mosaicos rojos, entre ellas el “buffet” en forma de un barco, que en las terrazas superiores se podía cenar, y más arriba una cabina con proyectores para exhibir películas de cine. Presidiendo la segunda pista se levantaba el escenario con todas las comodidades para los artistas y un equipamiento técnico de primera línea en sistemas de luces y sonido, lo mejor de esa época, por lo que se podían montar excelentes espectáculos.

La dirección estaba a cargo de Dorio Dante Otinetti, de gran experiencia teatral, y Rodolfo Scilia era el conductor oficial. Se contaba con una numerosa agrupación estable de músicos que integraban la orquesta Gigante Parque bajo la batuta del maestro Frank Botter con sus tres ritmos, y el servicio gastronómico lo ofrecía don Ramón Dieguez.

Por el escenario desfilaron los artistas más famosos de esa época, tanto nacionales como extranjeros: El trío Los Panchos, Pedro Vargas, Miguel de Molina, así como también José Mojica, un cantante que había filmado muchas películas en Hollywood para luego convertirse en sacerdote, tomando los hábitos de monje franciscano, con los que se presentó en el parque en su gira de despedida; cuando el público le pidió que cantara “Granada”, lo hizo gustoso pero cambió la letra, donde decía “tierra de lindas mujeres” cantó: “tierra de lindos claveles”. Un desconocido Tato Bores hizo reír al santiagueño, que bailó jazz con Washington Bertolín, o con Oscar Alemán, y boleros con la voz de Mario Clavel.

Prácticamente había funciones todos los días. Los lunes populares se ofrecía “La Tijera”, donde los aficionados mostraban sus actitudes, y cuando éstos no obtenían los aplausos necesarios, el verdugo encapuchado (Ariri Ottinetti) los sacaba con una inmensa tijera de madera. Los miércoles se presentaban compañías de revistas musicales, operetas o zarzuelas de numerosos integrantes, y los sábados el plato fuerte: la mejor orquesta, el mejor conjunto, el mejor cantante de esos tiempos.

El espectáculo que convocó más público fue la presentación de la orquesta típica de Juan D’Arienzo, con más de 10.000 asistentes. Luego siguieron los Hermanos Ábalos con 8.000, es decir, más del 15% de la población de Santiago. También se desarrollaron jornadas pugilísticas y de otros tipos, como una original competencia automovilística, pero con autitos a pedal conducidos por niños, la que se transmitía por radio con la voz de Fidel Oubiña, quien la relataba como si fuera una carrera de Fórmula 1. En el reportaje a un participante, le requirió impresiones para la próxima carrera, y el niño le respondió: “¡Con mi autito a rulemanes, los voy a hacer acá a todos!”. Desde entonces se lo apodó “autito loco”.

Los que no tenían interés en entrar se quedaban en el “Kakuy”, una confitería al aire libre para tomar un chop con milanesas picadas, y los que no podían pagar la entrada se encaramaban en las tapias para observar gratis el espectáculo y recibían el saludo de los artistas, que se referían a ellos como “la familia Miranda”.

El espectáculo daba comienzo a las 9 de la noche con los acordes de una bella melodía: “Polvo de Estrellas”, y si era una velada bailable, ésta finalizaba a la una, cuando se escuchaba el tango “El amanecer”. Únicamente en los bailes de carnaval la reunión se prolongaba hasta las tres de la mañana.

La tradicional Fiesta de los Estudiantes se realizaba todos los años con la elección de la “Reina de la Primavera”. Los retratos de las candidatas se exponían con antelación en las vidrieras de la sastrería Demasi, y días antes de la función el propio Otinetti les enseñaba cómo tenían que desfilar. Se contrataba al galán de más fama para que leyera el poema seleccionado en un concurso previo, que por lo general lo ganaba Mario Navarro. Arturo de Córdoba, Carlos Cores, Carlos Thomson y muchos otros artistas famosos coronaron a las bellas chicas santiagueñas en veladas inolvidables.

En una de ellas ocurrió lo que hoy se llamaría un “blooper” que causó gran hilaridad; Otinetti tomó el micrófono y dijo lo siguiente: “Ha llegado el momento culminante de esta noche, la reina del año pasado le ofrecerá a la que recién fue elegida… ¡un hermoso ramo de flores de durazno al natural!” lo que provocó la carcajada más sonora en la historia del parque.

En lo que a mí concierne, en varias oportunidades, junto a mi hermano Vicente actuamos en el escenario del parque con nuestras “calcomanías musicales” y al finalizar las presentaciones, el empresario nos decía: “Han estado impagables!” …y por supuesto nunca nos pagó.

Así eran todas las reuniones en este emblemático espacio, donde los santiagueños pasaban momentos de sano esparcimiento en un ambiente familiar y alegre, constituyendo una extensión del patio de sus hogares. Lamentablemente, el tiempo y las lluvias hicieron opacar el brillo de otras épocas, hasta que la piqueta municipal se encargó de hacerlo desaparecer, dejando en pie tan sólo lo que fuera el buffet y algunas glorietas, como testimonio de un inolvidable pasado.

 

Fuente: El Liberal

Memorias del parque de grandes espectáculo

 



En las noches de verano, la música que provenía del parque despertaba la curiosidad de los que aún no teníamos edad para acercarnos al lugar a esa hora.

Siendo una niña, mi madre me llevó a conocer el lugar de donde provenían esos sones. Me impactó la prolijidad de los jardines que rodeaban el famoso Parque de Grandes Espectáculos.

A la entrada a ambos lados de las boleterías, había grandes afiches con las fotos de los que participaban esos días. Contaba con dos pistas de baile alrededor de las cuales se ubicaban las mesas y las sillas de hierro plegadizas pintadas de un inolvidable color naranja. En el centro estaba la confitería que parecía imitar la proa de un barco. Luego de la segunda pista, un gran escenario.

El Parque de Grandes Espectáculos – obra realizada por Guillermo Renzi – era el mejor lugar de esparcimiento con que contaba Santiago del Estero, ya que Dorio Dante Otinetti contrataba a las mejores orquestas y cantores, como Alberto del Castillo, Darienzo, Troilo, Canaro, De Angelis, los Hermanos Abalos, Hugo del Carril, Mario Clavel, Oscar Alemán.

Crecí entre sueños esa hermosa música que más adelante iba a disfrutar como tantos otros santiagueños.

Cuando llegué a la adolescencia, concurrí a los bailes de Carnaval. Para esa fecha venían conjuntos que tocaban música carioca, candombe, cha-cha-cha. Las dos pistas se colmaban y no faltaban quienes jugaban con cerveza o con soda. Los mozos, con su uniforme impecable y su destreza para llevar la bandeja, llegaban a las mesas con el pedido.

Había chicos que se trepaban en las paredes y desde allí compartían nuestra diversión.

También comenzaron a realizarse las estudiantinas, esas fiestas de fin de curso protagonizadas por los estudiantes de los colegios secundarios.

Recuerdo al talentoso “Nano” Gigli cuando hacía la calcomanía de “Mami” de Al Jonson.

Años más tarde comenzó a realizarse también la “Fiesta de la Primavera”, oportunidad en la que se elegía a la Reina. Participaban las chicas del secundario de las distintas escuelas, todas eran bellísimas y elegantes. Desfilaban por un escenario y una pasarela con potentes reflectores.

Antes de su presentación, la Academia de Danzas Clásicas y Contemporáneas de la profesora Julia Cortez de Liendo Paz presentaba a sus alumnas que bailaban distintos ritmos con una escenografía de primera y el vestuario que no quedaba atrás. Un locutor con una voz espléndida presentaba la función.

Para esta ocasión se contrataba a algún artista de cine que tenía la misión de coronar a la Reina de la Primavera que era elegida por el público presente.

Recuerdo que vinieron Oscar Casco, Carlos Thompsom y Alberto de Mendoza. Este último coronó a Ethel Rojo, “Bebé”, quien se convertiría con el tiempo en una gran vedette, junto a su hermana Gogó.

Los bailes de egresados también se hacían ahí, iban todas las familias con sus hijas de traje largo y los muchachos con las mejores galas.

Luego de un lunch, los padres bailaban el vals con sus hijas y las madres, con sus hijos, y después esperábamos que nos sacaran a bailar y no volvíamos a sentarnos más… hasta que nuestros padres decidían que la fiesta había terminado.

Por supuesto que en esas ocasiones todo estaba adornado con guirnaldas y alrededor de las pistas había una especie de enrejado con enredaderas de jazmines. Tampoco faltaban los fotógrafos, como el recordado señor Crespo, del que guardo muchísimas fotos.

Para muchos de los que compartimos este espacio geográfico y tenemos algunos años, la historia del Parque de Grandes Espectáculos es parte de nuestra vida.

¡Cuántas historias de amor habrán nacido en esas pistas! ¡Cuántos sueños habrán germinado entre el perfume de las flores y el aroma húmedo del viento que venía del río!

Cuántas vidas enlazadas para siempre en la magia de las noches inolvidables y eternas de ese Parque de Grandes Espectáculos que sigue vivo en la memoria colectiva de una comunidad que hoy la sigue recordando.

Fuente: El Liberal

miércoles, 20 de noviembre de 2024

Leyenda del Parque de Grandes Espectáculos

 Por Jorge Rosenberg


Municipal y socialmente deleznable, la destrucción del Parque de Grandes Espectáculos resultó un atentado contra la salud física y mental de la población de Santiago del Estero.

Si uno se pone a pensar en términos organicistas, la plaza Libertad es el ombligo de la ciudad, y el maravillosos Parque de Espectáculos ha sido durante muchos años su corazón palpitante. Ahora que los destructores de la salud pública yacen en el olvido, voy a intentar revivir aquello, impulsado por el aroma de sanitarias y jazmines que traen de regreso en el plumaje por los pájaros del parque.

Situado en el mismísimo centro del parque Aguirre, obra irreemplazable de Guillermo Renzi, cercado por una tapia blanquecina, el Parque de Grandes Espectáculos oficiaba de Edén en la escatología de los bailarines santiagueños de la noche. Ya ubicados, queridos comprovincianos, no tenemos más remedio que ir a bailar, divisar una mujer entre aquellas sillas de lata, junto a sus padres y hermanos, llegar más cerca después de haber caminado como cincuenta metros para cruzar la pista y con un indefinible ademán invitarla a danzar, si no estaba sudada, claro, como le habían contestado a uno una vez. ¿Qué lujo, no?, o como aquella vez que me han contado que le había dicho un señor a una señorita “¿Bailamos?”, recostada muy displicente en el respaldo de la silla, estirando la pierna le había contestado. “Estoy comprometida bailar con ese otro”, señalándolo con la pata.

Yo miraba aquello con ojos de niño, no conocía el horror, no concebía el sonido de la palabra desesperanza. En aquel lugar no cabía la desesperanza, miraba con ojos de jabón Pinche que me daba la luna en una ciudad rampante, de gran escozor en su nuca, una ciudad con sangre de pájaro y que hacía escribir a algunos poetas con esa sangre en el blanco y negro de una hoja blanca de papel.

El Parque de Grandes Espectáculos tenía cien metros de largo y como cuarenta de ancho, tenía en sus laterales de afuera veinticuatro bancos como banco de mosaico combinado con mayólica de colores. Así como la ciudad de Amsterdam es un jardín de tulipanes, así como la inimaginable Saba era el país de las especies, aquellos costados de afuera del Parque de Espectáculos eran como me imagino debe haber sido un Edén. En esos costados escondíamos el amor para protegerlos de los malos tratos y de una sociedad limpia y pura que nos mandaba la policía, besos a hurtadilla, al esplendor de una mujer y un hombre en la cima de la vida. Los dos bancos de madera estaban en la entrada, mamita mía, aquella pieza vacía y sin techo de la parte de atrás de la confitería El Kakuy, justo al frente de la entrada, mamita mía, la policía no nos dejaba en paz, la policía siempre fue insistente en eso, por entonces uno no sabía si besaba los labios de una mujer o la jeta de un caballo, qué tiempos. La macana era que tampoco nos dejaban vender bombitas por arriba de la tapia en carnaval. No nos dejaban besar, no nos dejaban vender, realmente existe una generación de santiagueños que ha conocido varios horrores, no solamente uno.

Fragmento extraído del libro “Zoco I”, de Jorge Rosenberg