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lunes, 27 de octubre de 2025

Relatos de salamancas

 


Las "salamancas" son una creencia generalizada en la mesopotamia santiagueña: no hay localidad que no tenga en sus proximidades una salamanca. Todo varón que se destaque en la música, en la danza, en el juego, en el éxito con las mujeres, en los negocios, y en fin, en cualquier aspecto, es sospechado de haber aprendido en la salamanca, cueva en la que ha hecho tratos con el diablo. Todo aquel que quiera aprender muy rápido y con suma destreza alguna de esas artes, se encamina a la salamanca, y se convierte de este modo en un "estudiante" y un frecuentador asiduo. Pero de todas las artes, las más importantes y las más comunes están relacionadas con la música. También mujeres curanderas o brujas han aprendido allí. Pero generalmente las mujeres van sólo para tener tratos íntimos con el diablo y a entregarse a la bacanal, en el baile que allí adentro se desarrolla.

Los lugareños pueden señalar la entrada de la "cueva", que suele ser o un hueco en el borde de una barranca, o una hondonada dejada por el antiguo cauce del río o una aguada, en cuyo caso, la cueva está al fondo de ella. Pero la "cueva" propiamente no se ve: "se abre cuando el que va quiere dentrar", se desnuda y de repente pierde piso y cae en ella. Después de superar una serie de pruebas en el "umbral", el "estudiante" ingresa a ella. Allí se desarrolla una gran baile campesino orgiástico, todos desnudos, en medio del cual el diablo le enseña lo que él desea. Esa enseñanza y esos bailes son frecuentados por los "salamanqueros" de ahí en adelante, aún después de haber aprendido de modo excelente su arte.

Este complejo mito-ritual se remonta al período colonial y tal vez se hayan transformado en él antiguas creencias o rituales indígenas, y se hayan incorporado otras, negras. Los nombres con que allí se llama al Diablo: Diablu o Malu, en español, Supay, en quichua, y Mandinga, entre los negros, indican una interculturalidad constitutiva.

 (...)

Es común que cuando se pregunta por alguna historia de salamancas en las áreas rurales, de norte a sur y de este a oeste de la mesopotamia santiagueña, después de haber negado saber nada, los lugareños relaten varias historias y señalen lugares próximos, donde "todavía está una... antiiigua!...", o donde "hace poco se ha empezáo a escuchar..." (se escucha la música del baile que allí acontece). Historias de salamancas se recogen sobre todo en el campo, pero también las hay en las periferias de las ciudades: las salamancas siempre están en medio del monte, retiradas, cerca de los ríos, fluentes o muertos. Esos relatos, con frecuencia, transitan el bilingüismo: se cuenta todo en quichua o sólo partes, alternando quichua y español.

En general, las historias viejas se cuentan (en parte o totalmente) en quichua, pero cuando se habla de salamancas, aunque sean relatos recientes o actuales, aparecen siempre frases o términos quichuas, algunos de ellos muy propios para referirse a lo relacionado con estas "cuevas": caynitas, utulas o petisitus ("estitos", "pequeñitos" o "petisitos", como se llama a ciertos personajes que aparecen junto al Diablu), corajudus (que son quienes tienen el coraje suficiente para entrar a la salamanca), bichuscuna o bichus ("bichos", como se nombra a los animales que por allí merodean, y que recorren el cuerpo desnudo del "estudiante", como una de las primeras pruebas, en la entrada: arañas, víboras, lagartijas), ampalau o lampalagua ("ampalagua", también llamada en ese contexto "viborón", es una boa constrictor de la zona, de unos 5 y hasta 6 mts. de largo, una de las formas que toma el Diablu dentro de la salamanca).

El complejo mito-ritual de la salamanca

Se le llama "salamanca", en el área mesopotámica, a una cueva oculta en medio del monte, próxima a un brazo seco del río, o directamente ubicada en las barrancas viejas, o que se encuentra en el fondo de alguna laguna que han dejado las crecientes. [NOTA: La salamanca es un complejo mito-ritual extendido en todo el centro y noroeste argentino (Pagés Larraya 1996), pero aparentemente la creencia es mucho más intensa, y con una fuerza de vigencia incomparable, en la mesopotamia santiagueña. Sólo me ocupo aquí de su versión santiagueña.]

Es decir, siempre la salamanca guarda alguna relación con los ríos: con sus cauces abandonados o con sus desbordes, con los dos polos diferenciales (defecto y exceso) de los ríos.

Esta cueva subterránea sólo se abre cuando algún "estudiante" o "salamanquero" desea entrar: no se la ve, el propio suelo se abre. Nunca se ven las salamancas, son cuevas invisibles. "Estudiantes" son aquellos que se dirigen allí para aprender alguna destreza u adquirir algún don en que quieren sobresalir. Para ello deben establecer allí trato con el diablo, quien les enseñará. "Salamanqueros" son aquellos que han aprendido su arte, y que regresan a la salamanca sólo por placer. El diablo es también localmente llamado "Malu", o en quichua Supay, o con su nombre afro "Mandinga". También hay mujeres que van a la salamanca para hacerse "brujas" o para tener relaciones carnales con el demonio y los asistentes.

Determinados animales, sobre todo cuando aparecen juntos, señalan la presencia cercana de una salamanca: ampalaguas (víboras de gran tamaño, localmente llamadas "lampalaguas" o "viborón"), arañas, lagartijas o iguanas. Todos ellos son, en la comprensión general local, metamorfosis de lo diabólico.

"Estudiantes", salamanqueros y mujeres no deben permitir que se los siga cuando se dirigen a la salamanca, y sobre todo no deben ser vistos cuando están por entrar a la cueva. Si eso sucede, si son descubiertos en ese momento, se pierden, se desorientan totalmente, y enloquecen. En la entrada, deben despreciar a los representantes celestes de la fe cristiana: Jesucristo, la Virgen y San José, y una vez adentro no deben invocar su poder por nada.

También a la entrada deben desnudarse, y en el interior, la primera experiencia es una sesión de caricias realizadas por aquellos animales, que recorren todo el cuerpo, poniendo a prueba toda confianza. El/la ingresante no debe dejarse llevar por el temor, la repulsión o el terror, pase lo que pase, vea lo que vea, sienta lo que sienta. En varios relatos, el viborón se enrosca sobre sí, con su cabeza erecta al centro y el/la ingresante se debe sentar allí, permitiendo que el reptil recorra todas sus partes. Luego el Diablo/Supay/Mandinga toma diversas formas humanas y animales.

Allí dentro hay una gran fiesta, con música y baile, en la que participan todos desnudos, entregados a la bebida y a los placeres. El Diablo va enseñando a quienes desean aprender, quienes lo hacen muy rápidamente, adelantando varias etapas en cada visita. Pero si bien con esas artes tendrán facilitado el ascenso social, no podrán vivir de acuerdo con su riqueza: permanecerán viviendo como pobres (y hasta miserables), a pesar de hacer mucho dinero.

Las entradas a la salamanca tienen lugar a horas de la siesta y a la noche, cualquier día, aunque las "brujas" lo hagan sobre todo martes y viernes. Según la circulación mesopotámica de los relatos, hay muchas salamancas, próximas a diversas localidades, simultáneas. La multiplicidad, la alteración de las experiencias sensoriales (espaciales, temporales, eróticas) y el atravesamiento de las formas definidas (las metamorfosis) hacen a los modos de percepción y de acción "salamanqueros". Quien es asiduo a la salamanca obtiene aquel poder metamórfico y el don de la velocidad.

La presencia de una salamanca es reconocida en una zona porque se oye música de fiesta a la distancia, música de bombo, violín y guitarra (o bandoneón), música de chacareras, que es aquella forma musical con la que los "santiagueños" se identifican. De acuerdo con la abierta sociabilidad campesina, si hay fiesta, es el propio sonido de la música la invitación misma que los vecinos necesitan para asistir. Por lo tanto, al escuchar música, algunos vecinos de la zona deciden ir, con la sospecha de que se trate de una salamanca, ya que nadie ha hablado de que habría fiesta en esos días.

Todos quedan intrigados. La música de salamanca se escucha en un momento hacia un lado, en otro momento hacia otro, luego vuelve a cambiar hacia otro sitio, y así, quien decide seguirla, termina perdido en medio del monte, en una aterradora sensación de desconcierto y vulnerabilidad. Al otro día, los vecinos averiguan dónde hubo fiesta, y no la hubo. En el campo, si uno va a hacer fiesta con baile, necesita un permiso policial. En ello también se reconoce que se trataba de una salamanca: nadie solicitó permiso en el puesto policial de la zona.

Tres notas importantes me interesan destacar aquí:

1. La salamanca manifiesta su presencia porque se la escucha, y se la escucha como música de chacareras, ejecutada con sus instrumentos clásicos (guitarra o bandoneón, bombo y violín).

2. Quien no se dirige a ella con la intención de aprender algún arte, comienza a dar vueltas por detrás de la procedencia de la música, se interna en el monte y se pierde. El monte mesopotámico santiagueño, después de la explotación forestal de este siglo, es de altura mediana (3 mts.), con algunos árboles aislados, llano y monótono, lo cual impide (sobre todo por la noche), hasta a un conocedor, encontrar señales de orientación. Quien comienza a girar de aquí para allá, se pierde. La salamanca muestra una fuerte relación entre pérdida en medio del monte y locura, en el elemento de una música capaz de desorientar, tal vez por su extrema fluidez.

3. Se trata de un baile clandestino, móvil, no localizable, y que se realiza sin permiso policial. Siempre en los márgenes, en medio del monte, lejos de los espacios urbanos, pero también retirado de los asentamientos rurales y de las casas aisladas, en una liminariedad: "campo afuera" dicen los habitantes rurales (ese "afuera" que también señalaba la rezadora de Loreto hablando de las alumbradas del Día de Muertos, y el Oficial Principal de Villa Atamisqui, señalando dónde "se sigue la quichua"), donde tiene lugar una "communitas" dionisíaca, erótica y musical, rituales de inversión en los que se desprecia (se escupen, se pisan, se arrojan al suelo, se empujan violentamente, se niegan o maldicen) las imágenes y los nombres del cristianismo hegemónico (Turner 1970).

Una salamanca está provisoriamente "localizada" en un sitio, pero después de un tiempo se muda, a medianoche o en horas de la siesta. Es decir, se comporta como los ríos, yendo de un cauce a otro. Tal vez sea una vieja movilidad obligada, de cuando el río, al cambiar de curso y llenar el cauce viejo, la desplazaba. Ahora, a pesar de que los ríos han sido domesticados, cambia periódicamente de sitio.

Es creencia común, tanto en las áreas rurales como urbanas, que quien se destaca por su habilidad en la ejecución de un instrumento o en su inspiración poética para componer canciones ha pasado por una salamanca. Del mismo modo, quien tiene mucha suerte en el juego, o hace mucho dinero en poco tiempo, o danza de un modo espectacular, o tiene un especial poder de seducción. En todos estos casos, los salamanqueros son varones. Las mujeres sólo procuran allí la hechicería o el goce erótico y sexual.

Las salamancas siguen abundando hoy. En primer lugar, cuando uno pregunta si se sabe de alguna cerca, los lugareños siempre niegan. Lo mismo sucede cuando se pregunta si se sabe quichua o si se conoce algún "cementerio de indios" en las proximidades, como ya hemos visto. Avanzando la conversación o en otro encuentro, surgen las historias. Pero, en el caso de la salamanca, este segundo momento suele demorarse más, y se habla en voz baja, la voz se hace más íntima, las frases son breves, suspendidas, con entonaciones que suben y bajan a puntos extremos, y narraciones llenas de sobreentendidos, contadas a medias, en las que los salamanqueros son calladamente señalados.

Las salamancas proliferan en toda la mesopotamia santiagueña: hay una a 5 km. de Villa Atamisqui, en un paraje llamado La Bajadita; otra cerca de Soconcho; otra en Tiun Puncu, junto al gran "cementerio de indios" y a un costado del brazo seco del Dulce; en Taco Pozo, un poco más al norte; en Loreto Viejo, junto al lecho del Río Ñambí, que sólo recoge agua en verano, y se la escucha en las proximidades de su desembocadura en el Dulce; en Cruz Pozo, junto a Manogasta; en Maquito, cerca de la ciudad de Santiago; en Pozo Ckomer, cerca de Villa Robles y otra en una laguna de igual nombre, cerca de Loreto Viejo; en Tullitullu, cerca de Alasampa; en La Cañada; en Uritu Huasi; en La Loma; en Tusca Pozo; en El Aybal; otras dos en sendos remansos del Salado: Ampalausníoj y Mishíoj; en las lagunas de Jume Esquina; en La Bruja; en Río Verde, cerca de Mayupunta; en Lana Pozo ... Como pasa con los "cementerios de indios", no hay localidad que no tenga una que se escuche en sus proximidades.

La salamanca de Tuama, según me contara Doña Juana Torrez en 1996, estaba, hasta 1930, en la laguna que formaba un brazo del Dulce que se abría del cauce principal, y que hoy es un bajo, a unos 200 mts. del actual cauce, camino a Mili. Por aquella época, contaba Doña Juana, "el Dulce se voltió para aquel láo" (más al este, por donde pasa ahora) y la laguna se secó. En tonces un sacerdote "la había tapáo", lo que significa que la había bendecido. "Y la salamanca se jué, y ha'i d' ser que se ha ido nomás, porque ya no se escuchaba". Ahora ha vuelto, un poco más al sur de donde había estado, en la barranca vieja del río.

Cuando falleció Doña Juana en Septiembre de 1997, "se escuchaba clarito, música linda, todos esos días de la novena", me decía Olga, su hija, y la han seguido escuchando después. Con Olga fui a fines de 1997 al lugar donde había estado la antigua salamanca. Es una hondanada de unos 20 x 10 mts., que mantiene humedad y con bastante vegetación. Un muchacho le había contado a una de sus hijas que él conocía dónde había una nueva. Ellos ya sabían que había una porque la habían escuchado. Olga y sus hijos piensan que "seguro él ha querido estudiar algo, y por eso encontró". Sospechan que tal vez anda queriendo conquistar a alguna joven. Olga me confesaba que a ella le daba miedo ir a averiguar dónde está, o pasar cerca de la barranca, por los "bichos" que han aparecido: víboras y arañas.

 

Fuente: Indios Muertos, Negros Invisibles. La Identidad "Santiagueña" en Argentina. de José Luis Grosso

sábado, 2 de noviembre de 2024

Las Salamancas de Lorenza

Por: Judith Faberman

 

Introducción

Una noche de enero de 1725, Francisco de Milla y Andrés de Zurita salieron de paseo por el campo. (1) Tenían la intención de "dar música" juntos, pero la repentina desaparición de Andrés dio por tierra con los planes para aquella velada. Al día siguiente, Zurita se justificó frente a su amigo. Se había apartado por miedo, "me ha pasado un caso grande", le explicó. Por curiosidad, había ingresado en el rancho donde la india Luisa vivía con su hija Antuca, en el pueblo santiagueño de Pitambalá. Eraya muy tarde y, sin embargo, no halló en la casa "sino las camas tendidas"y la ausencia de las dos mujeres. Se escondió entonces en un rincón, dispuesto a esperarlas, pero fue sólo "al cuarto del alba" que las vio regresar. Ambas estaban desnudas y lo único que Zurita alcanzó a oír fue un reproche que la hija le dirigió a la madre: "quepara qué iban todas las noches tan lejos a cansarse". Esas palabras consiguieron que Andrés de Zurita huyera del rancho con la velocidad del viento.

Al parecer, no sólo nuestro curioso músico se dedicaba a espiar a las dos indias. Don Joseph Landriel, vecino de Atamisqui, también había escuchado inquietantes conversaciones privadas entre Luisa y Antuca. 'Por hacer daño a la señora Clara, hemos de matar a su marido", le había oído decir a la madre. A las pocas horas, vio a las dos mujeres desnudarse y partir hacia el río hasta que "debajo de la barranca se metieron". Landriel se decidió a seguirlas, pero también en él, el miedo pudo más y optó por el regreso a su casa.

¿Por qué dos mujeres solas despertaban tanto temor? ¿Dónde se suponía que pasaban sus noches? ¿Que relación guardaban su desaparición tras las barrancas, la desnudez la muerte anunciada del vecino? Entre los campesinos santiagueños, la celebración de cónclaves nocturnos en el corazón del monte parecía ser un secreto a voces. Vero ni Zurita ni handriel osaron ponerles nombre a aquellas reuniones.

***

La historia de Luisa de Pitambalá surge de un proceso judicial iniciado contra ella en 1729. No fue necesario para los testigos proporcionar más referencias que las mencionadas sobre el lugar o las actividades que convocaban a Luisa y a Antuca, porque todos sabían de qué se trataba. Y era justamente por eso que les temían tanto. Por aprender el arte, madre e hija desafiaban la espesura del monte y la oscuridad de la noche: en la salamanca las estaban esperando. Ese arte consistía en "hacer daño", aunque también allí era posible aprender a repararlo. En una misma escuela y con los mismos maestros, habrían de formarse hechiceros y médicos.

Este libro se ocupa de la magia y de sus usos hechícenles y terapéuticos en Santiago del Estero (y de manera subordinada en San Miguel de Tucumán) en tiempos coloniales. Más precisamente, estarán en el centro de nuestra atención los sujetos sospechosos de producir daño, conducidos por ello a los estrados judiciales. Así, entonces, nuestro acceso al reino de la magia y de sus practicantes se debe a la judicialización de ciertos episodios que, como el de Luisa de Pitambalá, nos han llegado en un relato escrito a varias voces.

Seguramente, el enlace entre hechicería y fuente judicial evoca al lector los ya innumerables estudios existentes sobre la Inquisición y sus perseguidos. Hace muchos años que la historiografía europea ha renovado su abordaje sobre aquellos viejos expedientes: ya no se limita a preguntarse por los inquisidores, más bien aguza su mirada etnográfica y se dispone a escuchar a los acusados con el mismo espíritu y la misma atención que el antropólogo les dedica a sus informantes. En este sentido, Cario Ginzburg es uno de los autores más representativos del "nuevo paradigma" en el estudio histórico de la brujería/2'

Creencias Mágicas

Con admirable maestría, el historiador italiano consiguió demostrar que las creencias mágicas populares se mantuvieron durante mucho tiempo "como una cultura de algún modo alternativa" frente a la ortodoxia religiosa.3) Ese mundo folclórico, verdadera alteridad para el inquisidor, podía ser descubierto con el auxilio de aquellas confesiones que por su contenido inverosímil habían sido antes dejadas de lado por la investigación histórica. Sin embargo, resultaba insoslayable que los reos no podían sustraerse ni a las presiones físicas y psicológicas ejercidas por los inquisidores para obtener sus testimonios, ni a la fuerza y coherencia de su demonología. Desde esta perspectiva, se comprende que Ginzburg reconozca en el estereotipo del sabbat europeo, componente central de las cazas de brujas de los siglos XVI y XVII, una "formación cultural de compromiso: el híbrido resultado de un conflicto entre cultura folklórico y cultura docta".4) La clave de lectura aportada por Cario Ginzburg no pasó inadvertida para quienes se ocuparon de la "bastarda" hija americana de la Inquisición europea. En este sentido, Pierre Duviols encontró en el bello estudio de Ginzburg sobre los benandanti friulanos un adecuado modelo teórico y metodológico para abordarlos procesos andinos de extirpación de idolatrías del siglo XVII.

El objetivo de I benandanti era reconstruir el proceso de demonización de un ancestral complejo de creencias y rituales campesinos ligados a la fertilidad de la tierra. 6) La descripción de tales ritos agrarios, que originariamente suponían la lucha entre dos bandos, el de los brujos y el de los benandanti, había sido gradualmente alojada en el estereotipo del sabbat. Tan rotundo había sido el éxito de los inquisidores que hasta los mismos benandanti terminaron por apropiarse del sabbat y confesaron su participación en los diabólicos cónclaves. De manera análoga, en América también había tenido lugar un proceso de demonización de las religiones nativas y la actividad de los extirpadores tema que ver en ello. Por un lado, los clérigos católicos llegaban a estas costas cargando con sus propias coordenadas teológicas; por el otro, su misión era erradicar aquellos residuos de las antiguas creencias que se obstinaban en perdurar en las comunidades indígenas, protegidas por la acción mancomunada de caciques, chamanes y campesinos. El objeto del clero era "extirpar" la "idolatría", vale decir, el pecado de rendirle culto a una criatura como si fuese Dios. La idea de que el pacto diabólico presidía esas acciones culturales y la identificación del idólatra con el hechicero hicieron que la persecución religiosa de los indios y la inquisitorial fueran, con todas sus diferencias, comparables.

El Santo Oficio

Por fin, del mismo modo que los procesos de extirpación, también los inquisidores de los tres tribunales del Santo Oficio abiertos en América tuvieron que prestarse a un singular "duelo de imaginarios" en sus intentos de juzgar la hechicería/8' Aunque desde muy temprano se les privó de jurisdicción sobre la población indígena, lo cierto es que los indios siempre aparecen entreverados en los relatos de hombres y mujeres, españoles y de castas, involucrados en episodios de maleficio, magia amorosa o curanderismo. Así es como la alteridad cultural se abre paso también en el más especializado de los tribunales religiosos: lo hace irrumpiendo con sus recetas y con sus hierbas, con sus conjuros, su materia médica y sus aproximaciones peculiares a lo sagrado y a lo diabólicos.

Aunque extremadamente escueto, este rodeo historio-gráfico nos ha alejado un poco de la santiagueña Luisa y de sus salamancas. Es hora de que regresemos a ella, para puntualizar las principales diferencias que separan a nuestra hechicera y a sus jueces de los sujetos recién evocados.

En primer lugar, divide las aguas el tipo de tribunal que se ocupó de los reos de Santiago del Estero y San Miguel de Tucumán. Fue la justicia capitular, civil y lega, la que recogió denuncias, promovió sumarias generales y recepcionó las eventuales querellas de los vecinos. Por ese mismo motivo, los jueces privilegiaron una faceta del delito de hechicería que no era la que más preocupaba al Santo Oficio o a la Extirpación y que concernía a los aspectos estrictamente criminales de las causas. En este sentido, la enfermedad o la muerte de una persona atribuida a un accidente extraordinario, lo cual justificaba la clasificación del expediente como proceso por hechicería, era un delito fronterizo con el homicidio.

En segundo lugar, tuvo consecuencias relevantes la relativa lejanía de nuestras cabeceras capitulares respecto de las principales capitales virreinales. Esta situación periférica hizo posible una administración de justicia que gozó de extraordinaria autonomía y que se guió más por el sentido común de sus agentes que por los corpus legales en vigencia. De este modo, procedimientos como la tortura -legales y permitidos, pero raramente utilizados por la justicia inquisitorial o civil de otras jurisdicciones (y tanto menos por la Extirpación)-, sentencias tan poco frecuentes como la pena capital y alegatos del todo inconsultos son normales en estas fronteras del imperio colonial español.

Las salamancas

Por último, sobresale en algunos de los procesos judiciales que hemos de utilizar un estereotipo particular, al que habremos de prestarle especial atención: se trata de la ya mencionada salamanca. En trabajos referidos a otras regiones, hemos hallado descripciones que presentan llamativas semejanzas con las que atesoran nuestros procesos. Sin embargo, dos cuestiones destacan a las salamancas de Santiago: la pluricentenaria perduración de la creencia hasta nuestros días y su configuración mestiza.0' El primer señalamiento nos invita a realizar un análisis del estereotipo en la larga duración, atento a las sucesivas resignificaciones que a lo largo de siglos lo fueron vaciando de algunos de sus componentes originarios y, en particular, de su contenido étnico. En cuanto a la segunda dimensión del análisis, la referencia es a una problemática estrictamente colonial -la de los procesos de mestizaje- y exige un profundo conocimiento del contexto local.

***

Además de la asistencia a salamancas, a Luisa de Pitam-balá se le achacaba la muerte de dos criadas mulatas -con las que había reñido poco tiempo antes- y la enfermedad de los hijos de su amo. Según los testigos, si estos últimos habían logrado escapar a una muerte segura, había sido gracias a las oportunas amenazas del padre, que forzaron a la hechicera a reparar prestamente el daño. También una tercera mujer presa "del mesmo mal de hechizos" fue considerada víctima de Luisa. Frente a la mirada atónita de algunos pobladores, la maleficiada había echado por la boca una misteriosa bolsita. Se trataba de un dispositivo mágico (encanto) que llevaba la firma de Luisa: en efecto, la talega había sido cerrada con una cinta negra que la india, desafiando la repugnancia de los asistentes, había hurtado en un velorio.

Esta breve narración resume bien algunos elementos recurrentes en las cosmovisiones que reconocen un orden mágico de causalidad. El resentimiento y el enojo como motor del daño,

la capacidad del hechicero para repararlo, la utilización de encantos que se introducen en el organismo de la víctima, la transmisión hereditaria de los poderes y saberes mágicos, y el consenso acerca de la eficacia de la magia son todos elementos que responden a una lógica en buena medida universal. En otras palabras, la magia configura una estructura de pensamiento y, en el interior del pensamiento mágico, la hechicería o la brujería pueden ser consideradas causas social-mente relevantes para explicar el infortunio, o el fracaso personal o colectivo.

Este mismo carácter estructural de la magia nos sirve como pretexto para acometer la aventura de navegar entre pasado y presente. Mencionamos ya la vigencia que mantiene el estereotipo de la salamanca; pues bien, también el modo peculiar de concebir salud y enfermedad tiene profundas raíces mágicas en nuestra región. De aquí que, aunque el núcleo de nuestro análisis abarque el siglo XVII, debamos remontarnos al período prehispánico y alcanzar los umbrales de nuestro presente para ofrecer explicaciones más completas y satisfactorias. En congruencia con lo dicho, nuestro corpus documental principal consiste en un conjunto de veinte procesos contra hechiceros juzgados en Santiago del Estero y San Miguel de Tucumán, pero también serán contempladas crónicas tempranas del siglo XVI y material etnográfico; sobresale en este sentido el aportado por la Encuesta Nacional de Folclore de 1921. Somos conscientes de que estos últimos registros nos están hablando de la cultura campesina del siglo pasado y de que ésta es conservadora, pero no inmóvil. No obstante, creemos que vale la pena el desafío de su confrontación con los históricos, no para proyectar datos del presente hacia el pasado ni para cubrir con ellos vacíos documentales, sino para que ambos se iluminen mutuamente.

El énfasis en las continuidades que acabamos de señalar no le quita especificidad a la hechicería colonial, corazón de nuestro estudio.'"' Es obvio que una insalvable distancia separa al prestigioso especialista religioso de la comunidad indígena prehispánica de la hechicera que ejercita su arte diabólico en la sociedad colonial, y a ésta del "estudiante" salamanquero de nuestros días. En todo caso, una de las facetas más interesantes que el tramo colonial de nuestra historia nos invita a reconstruir es aquel proceso de mestizaje o hibridación cultural, que afectó también las actividades mágicas y lo hizo en buena medida "de abajo hacia arriba". Esta dinámica singular generó no pocas paradojas, ya que la magia es capaz de unir, aunque más no sea temporalmente, a sujetos de jerarquías socioétnicas contrapuestas, en un marco en el que pocos descreían de su eficacia. Para bien o para mal, el español que acudía a la hechicera indígena o al curandero negro debía someterse a su voluntad: una temporaria reversión de las relaciones de poder tiene lugar en el acto de curación, adivinación o daño a terceros. La situación del proceso judicial, por el contrario, volvía a poner las cosas en su lugar y los jueces -notables locales- decidían la suerte de la hechicera y retornaban el poder sobre ella.

Como contrapartida de la universalidad de las prácticas mágicas, este libro busca también incorporar la mirada local; en otras palabras, deliberadamente atiende a la "variante" tucumano-santiagueña. En efecto, ¿qué puede comprenderse de los episodios de persecución de hechiceros si se ignora el entramado social en el que éstos estallaron, el mundo en el que aquellos sujetos desarrollaron su existencia? Como veremos, las prácticas hechiceriles y terapéuticas que emergen de los procesos están permeadas de referencias que sólo resultan inteligibles desde un adecuado conocimiento del contexto. Intentar desentrañarlas a partir de la extrapolación mecánica de fenómenos como la brujomanía europea de los siglos XVI y XVII y aun de la extirpación de idolatrías andinas, sólo puede acercarnos muy parcialmente al mundo de los hechiceros (o mejor dicho de las hechiceras, que son la abrumadora mayoría entre los reos) que pueblan nuestros procesos. Desprovistas de su escenario, las atractivas (y a menudo truculentas) historias contenidas en los expedientes judiciales podrían haber transcurrido casi en cualquier parte, ya que, como hemos dicho, la hechicería es un componente estructural de múltiples sociedades. Por el contrario, acercarse a las brujas desde "su" mundo, (13) que obviamente no se limitaba a la magia, sino 'que abarcaba la vida material, las relaciones con los vecinos, las pequeñas cosas de todos los días, contribuye a enriquecer desde una disposición nueva y diferente nuestra experiencia de ese mundo. En otras palabras, el conflicto que se plantea sobre estas hechiceras nos abre una suerte de ventana a través de la cual observar su contexto desde una perspectiva microhistórica. Fuente: fundacioncultural.org

*Del libro homónimo. Siglo XXI - Editores Argentina