Hablar de Vitillo Ábalos
es invocar el patio de tierra santiagueño en medio del cemento porteño. Es
recordar a ese hombre que, hasta sus últimos días en 2019, portaba el bombo
legüero no como un instrumento, sino como una extensión de su propia columna vertebral.
Su historia, y la de sus cuatro hermanos —Machingo, Adolfo, Roberto y Machaco—,
es la crónica de un desembarco cultural que cambió para siempre la música
argentina.
Cuando los Ábalos
llegaron a Buenos Aires a comienzos del siglo pasado, se encontraron con un
desierto de información. El folklore que consumía la capital era una
caricatura: "gauchos truchos" de radioteatro que hablaban un idioma
inventado. La misión de los hermanos fue, desde el primer día, devolverle la
dignidad a lo nativo. No fue fácil. El establishment de la época, personificado
en figuras como Sebastián Piana, los rechazó en Radio Belgrano alegando
"falta de matices". Lo que no entendían era que los Ábalos no estaban
interpretando una partitura rígida, sino traduciendo el silencio del monte y el
ritmo del hogar.
En su casa de Santiago
del Estero, el piano y el bombo eran tan naturales como el aire. Vitillo
recordaba con humor el asombro de los porteños al ver un piano en una zamba.
Para ellos, era el instrumento que tocaban sus padres; para la ciudad, era una
anomalía. Lo mismo pasaba con el bombo. Vitillo llegó a ser "el único
bombisto de la ciudad", invitado a reuniones no por su nombre, sino por
ese instrumento rústico, hecho a hacha, que guardaba en su interior el secreto
del "2-3", esa teoría rítmica que años después estudiarían maestros
como Piazzolla o Salgán.
Los Hnos Abalos fueron
embajadores de una Argentina auténtica en el mundo. Vitillo fue el último
guardián de esa hermandad. Nos dejó el bombo, la elegancia del pañuelo al aire
y la certeza de que, mientras suene una chacarera bien tocada, los cinco
hermanos seguirán bailando en el patio de la memoria colectiva.
Fuente: El Jume Revista
Cultural y política de Silvia Majul.
