domingo, 30 de agosto de 2026

La Luz Mala: entre el espanto del campo y la ciencia de los gases



Si alguna vez anduviste de noche por el campo, sabés bien lo que se siente. Esa oscuridad cerrada, profunda, que parece tragarse el camino y todo lo que queda alrededor. Y si alguna vez, en medio de esa penumbra, viste un resplandor flotando a lo lejos, seguramente entendés por qué la historia de la Luz Mala sigue dando que hablar.

La Luz Mala -o Ailen Mulelo, como la llamaban algunos pueblos originarios- es una de esas leyendas profundamente arraigadas en el folklore rural argentino. Se transmitió de generación en generación y todavía aparece, de tanto en tanto, en alguna conversación alrededor de un fogón.

Pero detrás de aquellos resplandores queda una pregunta difícil de evitar: ¿eran realmente una presencia del mundo de los muertos o había algo más concreto detrás de esas luces que aparecían en plena noche?

Ahí se encuentran dos maneras muy distintas de interpretar un mismo fenómeno. La tradición encontró una explicación en el mundo sobrenatural. La ciencia buscó las causas en la naturaleza.

Una luz vinculada al mundo de los muertos

Para las comunidades originarias, encontrarse con uno de estos fuegos fatuos no era algo que pudiera tomarse a la ligera. En mapudungun recibió el nombre de Ailen Mulelo, una expresión vinculada a ailliñ, "brasa", y amulen, "andar" o "caminar". De ahí surge esa imagen: la "brasa ardiente que camina".

En otras regiones del interior también se la conoció como Boy Tata.

Ver una de estas luces en medio de un sendero podía ser motivo suficiente para no volver a pasar por ese lugar durante mucho tiempo. Dentro de esa cosmovisión, no era simplemente una curiosidad nocturna, sino una posible manifestación del mundo de los muertos.

Por eso la reacción no era acercarse para averiguar qué ocurría. Era mantener distancia y respetar aquello que no podía comprenderse.

El alma que no encontraba descanso

Con el tiempo, la tradición criolla transformó aquella creencia en una historia de almas en pena.

Según esta versión, la Luz Mala era el espíritu de una persona que había quedado atrapada en una especie de punto intermedio. Había cometido faltas durante su vida, pero no lo suficientemente graves como para condenarla al infierno ni tan leves como para permitirle alcanzar el cielo.

El alma quedaba entonces vagando por la pampa, sin encontrar descanso.

La tradición decía que buscaba acercarse a los vivos porque necesitaba compañía. Esperaba que algún familiar, amigo o ser querido realizara una buena obra en su nombre. Solo así podría alcanzar la redención y abandonar este mundo.

La explicación tenía, por lo tanto, una dimensión moral. Aquella luz no era solamente algo que aparecía en la oscuridad: era la señal de alguien que todavía tenía una deuda pendiente.

La explicación científica

La ciencia propone una interpretación muy diferente.

En determinados ambientes, esos resplandores pueden relacionarse con fenómenos naturales concretos. Uno de ellos son las emanaciones de metano, especialmente frecuentes en terrenos anegados o pantanosos, como los existentes en sectores de la Bahía de Samborombón.

También pueden intervenir los gases producidos por la descomposición de materia orgánica. Restos vegetales, animales o grasas que se descomponen a poca profundidad pueden liberar distintos gases que, bajo determinadas condiciones, producen pequeñas luminiscencias o destellos al entrar en contacto con el aire.

Otra explicación que durante mucho tiempo alimentó la leyenda fue la fosforescencia asociada a determinadas osamentas y restos orgánicos.

Desde esta perspectiva, no hay un espíritu que intenta comunicarse con los vivos. Hay procesos naturales que, bajo ciertas condiciones, pueden generar un fenómeno luminoso.

El cambio de mirada es profundo: donde la tradición veía una presencia, la ciencia busca una causa.

Cuando la oscuridad modifica lo que vemos

La explicación tampoco termina en los gases o en la materia orgánica. La propia noche puede hacer que una luz resulte mucho más difícil de interpretar.

Una brisa apenas perceptible puede desplazar los gases y hacer que el resplandor parezca moverse. La falta de referencias dificulta calcular las distancias y una luz que permanece lejos puede parecer más cercana o incluso cambiar de posición.

A eso se suman el cansancio de la vista y la oscuridad absoluta.

Y está el miedo.

Cuando alguien se encuentra solo en medio del campo y ve una luz que no consigue explicar, la imaginación completa aquello que los ojos no alcanzan a distinguir. Un fenómeno natural puede convertirse así en una experiencia inquietante.

La leyenda encontró en esa incertidumbre un terreno ideal para crecer.

Dos explicaciones para una misma escena

La ciencia puede estudiar los gases, la materia orgánica y las condiciones ambientales capaces de producir una luminiscencia. La tradición, en cambio, le dio a esa luz un significado.

Una hablaba de fenómenos naturales. La otra, de almas que no habían conseguido descansar.

No son solamente dos respuestas diferentes. También son dos formas de enfrentarse a lo desconocido.

Cuando no existía una explicación científica disponible, la leyenda permitía interpretar aquello que aparecía en la oscuridad. Le daba un origen, una intención y hasta una manera de protegerse.

Por eso el conocimiento de posibles causas naturales no hizo desaparecer la historia.

La ciencia puede explicar cómo podría producirse el resplandor. La leyenda conserva la pregunta que durante generaciones acompañó a quienes lo veían: ¿qué significa esa luz que aparece sola, lejos, en medio de la noche?

El contrahechizo del paisano

Frente a aquello que escapaba a toda explicación, el paisano también tenía sus propios recursos.

Según la tradición, había que actuar rápido: encomendarse a Dios con un rezo entre dientes y morder de inmediato la vaina del cuchillo.

El acero ocupaba un lugar especial en ese imaginario. Era una defensa frente a lo desconocido, una manera concreta de hacer frente a aquello que no podía identificarse.

El detalle resulta revelador. No hacía falta saber exactamente qué era aquella luz. Bastaba con no saber qué podía ser.

Una misma luz, dos maneras de mirarla

La Luz Mala quedó entre dos interpretaciones que siguen conviviendo en el imaginario popular.

Para la tradición, podía ser un alma en pena que necesitaba de los vivos para encontrar descanso. Para la ciencia, podía tratarse de un fenómeno natural relacionado con gases, materia orgánica y determinadas condiciones ambientales.

El punto de partida es el mismo: una luz aparece en medio del campo.

Lo que cambia es la pregunta.

La tradición preguntaba quién estaba allí. La ciencia pregunta qué estaba ocurriendo.

Durante generaciones, la primera pregunta alimentó la leyenda. La segunda permitió buscar una explicación natural.

Y, sin embargo, la escena conserva algo de aquella antigua inquietud: el campo oscuro, el camino vacío y un resplandor que aparece a lo lejos.

Podemos conocer las explicaciones científicas y entender los fenómenos que pueden producirlo. Pero eso no cambia el hecho de que, cuando una luz inesperada aparece en medio de la noche, todavía cuesta no mirarla dos veces.

Quizás ahí sobreviva la Luz Mala: no como una respuesta, sino como una vieja historia nacida en ese lugar donde termina lo conocido y empieza aquello que todavía no sabemos interpretar.

 

sábado, 29 de agosto de 2026

La Salamanca y Sachayoj: los misterios que todavía viven en el monte santiagueño

Hay historias que no desaparecen, aunque pasen los años. Se cuentan una y otra vez, cambian algunos detalles, incorporan nuevos personajes, pero mantienen algo esencial: esa capacidad de despertar curiosidad, respeto y, por qué no, un poco de miedo.



Durante generaciones, el monte de Santiago del Estero fue el escenario perfecto para historias que estremecen. Entre caminos solitarios, quebradas y noches en silencio, sobresalen dos figuras que siguen vivas en la memoria popular: el Sachayoj Zupay y la Salamanca.

En la selva saladina santiagueña aún se habla del Sachayoj Zupay, un espíritu errante que recorre los campos a toda velocidad o montado en una mula negra. Y no viene con las manos vacías: lleva mulitas, lechiguanas y otros regalos para quien se anímese a cruzárselo. Imaginar a este jinete misterioso apareciendo de la nada entre la sombra del monte explica bien por qué la historia sobrevivió al tiempo. Son de esos relatos pensados para una noche de fogón, cuando el silencio se pesa y cualquier crujido entre las ramas enciende la cabeza.

Pero si hay una leyenda fuerte en el norte argentino, esa es la Salamanca: una cueva oculta que solo conocen los iniciados en la brujería. Se dice que allí se juntan los sábados a la noche brujos (o calcus), adivinos y animales en un recinto iluminado con aceite humano, en medio de gritos y carcajadas. Entrar no era fácil: hacía falta una contraseña y atravesar un verdadero laberinto. En el camino te embestía el Arunco —un chivo maloliente—, te acechaba una enorme culebra chorreando sangre y te cruzabas con la mirada del basilisco. Quien salía con vida tenía una regla de oro: jamás revelar dónde quedaba la entrada.

Aunque es bien santiagueña, la historia cruzó fronteras. Algunos vinculan la palabra al aimara sallamanca (“piedra abajo”), mientras que otros ven un origen hispano. La creencia se expandió con variantes por Chile, Bolivia y varias provincias. En Chile se decía que los visitantes de la Salamanca perdían la sombra al caminar. En Catamarca, se afirmaba que había que entrar desnudo, acompañado por un cuervo negro, para renegar de Dios y escupir un crucifijo.

En Jujuy, la Salamanca se ubicaba en el cerro Huancar, cerca de Abra Pampa. Allí aparecía el "Tío", el Diablo vestido de gaucho elegante y lleno de plata, ofreciendo riquezas a cambio de un contrato. Así lo cantaba una copla popular:

Voy a firmar un contrato el martes de carnaval, con el diablo principal, que me espera en el Huancar.

Pero no solo se buscaba dinero. La gente también iba a la Salamanca a pedir talento: un cantor quería mejorar su voz, un orador su labia o un jinete su destreza. El Diablo concedía el don a cambio del alma, firmando un pacto —muchas veces con sangre— con fecha de vencimiento. Por eso el folklore y la literatura adoptaron la leyenda; los cantores populares le dedicaron innumerables temas y la historia de Santos Vega inmortalizó su duelo con el Diablo (Juan sin Ropa), un relato recogido por Ascasubi y Obligado.

En el fondo, la Salamanca es la versión criolla del mito de Fausto, la leyenda alemana del hombre que vende su alma por conocimiento y placeres. Ambas historias nacen del mismo impulso humano: el deseo de conseguir lo imposible, cueste lo que cueste.

Al final, no importa si estas historias pasaron de verdad. El verdadero valor de mitos como el Sachayoj Zupay o la Salamanca está en cómo transmiten los miedos, la música y la fascinación de un pueblo por lo desconocido. Cuando alguien los relata, el monte se llena de sombras otra vez y dan ganas de preguntarse qué tanto de todo aquello seguirá escondido entre los árboles.


viernes, 28 de agosto de 2026

Las cicatrices del tiempo en Los Cerrillos: El enigma geológico de Santiago del Estero

A pocos kilómetros de la Sierra de Guasayán, Los Cerrillos esconden una historia geológica que se extiende por cientos de millones de años. Entre areniscas rojas, basaltos, lutitas y antiguas rocas volcánicas, este pequeño conjunto de lomadas conserva las huellas de distintos momentos de la evolución del territorio santiagueño. Los estudios de Omil y Cabrera permitieron comprender su compleja sucesión de rocas y demostrar que, aunque cercanos, Los Cerrillos tienen una historia geológica propia y diferente de la Sierra de Guasayán.



Por: Leyendas del Folclore Santiagueño

Basado en: Omil y Cabrera (1992), Acta Geológica Lilloana

Ubicación: Departamento Guasayán, Santiago del Estero

Los Cerrillos: una historia geológica distinta

A unos 15 kilómetros al este de la Sierra de Guasayán, el paisaje llano de Santiago del Estero se interrumpe de manera repentina por una pequeña alineación de lomadas bajas. Son Los Cerrillos, un accidente topográfico atravesado de oeste a este por la Ruta Nacional N° 64, que divide el conjunto en dos sectores: Cerrillos Norte y Cerrillos Sur.

A primera vista pueden parecer apenas unos montículos entre la vegetación chaqueña. Pero su aspecto actual oculta una historia geológica mucho más compleja. En sus afloramientos aparecen basaltos, areniscas rojas y lavas alteradas que permiten reconstruir una sucesión de acontecimientos ocurridos a lo largo de cientos de millones de años.

Los Cerrillos se encuentran aproximadamente entre los 28° y 28° 07′ de latitud sur y los 64° 39′ y 64° 42′ de longitud oeste. Para entender su origen y su relación con las formaciones de la región hay que volver a los trabajos geológicos que, durante décadas, intentaron ordenar la historia del subsuelo santiagueño.

Las primeras interpretaciones no fueron coincidentes. Recién a comienzos de la década de 1990, el estudio realizado por Marta Omil y Manuel Cabrera permitió precisar las relaciones entre las distintas unidades de roca y plantear que Los Cerrillos constituyen un conjunto geológico diferente e independiente de la Sierra de Guasayán.

Un debate que comenzó hace casi un siglo

El interés geológico por esta zona no es nuevo. En 1928, Bernardo Beder realizó estudios sobre la Sierra de Guasayán y sus alrededores. Con el paso de los años se sumaron otros trabajos, entre ellos los de Minera Tea (1968), Ruiz Huidobro (1973) y Battaglia (1982).

Las interpretaciones fueron cambiando a medida que aparecían nuevos datos.

Ruiz Huidobro (1973), por ejemplo, consideró que las areniscas rojas de la zona pertenecían a la Formación Ichagón y les asignó una edad correspondiente al Carbónico superior-Pérmico inferior, tomando como referencia las primeras dataciones radimétricas disponibles.

Battaglia (1982) propuso después una organización diferente. Denominó Formación Los Cerrillos a las areniscas rojas e incorporó las rocas volcánicas que se encuentran debajo de ellas a la Formación Las Lomitas, a las que atribuyó probablemente una edad del Devónico superior.

Estas diferencias de interpretación hicieron necesario revisar con mayor detalle la relación entre las distintas rocas y, sobre todo, determinar sus edades.

La Cantera San Miguel, una sección clave

Una de las áreas que permitió avanzar en esa discusión fue la Cantera San Miguel. Allí, Marta Omil y Manuel Cabrera, investigadores del Instituto de Geocronología de la Fundación Miguel Lillo-CONICET, analizaron con detalle las relaciones estratigráficas, con el asesoramiento de campo del Dr. Juan Carlos Porto.

El corte Este-Oeste de la cantera permite observar parte de la historia geológica de Los Cerrillos. Los investigadores encontraron evidencias de fluidalidad, fallamiento y sistemas de diaclasas que facilitaron la circulación de soluciones hidrotermales. Como consecuencia, las rocas originales sufrieron importantes modificaciones.

Omil y Cabrera describieron el cambio de color de estas rocas de la siguiente manera:

"Las rocas originalmente pardo violáceas oscuras toman una coloración pardo amarillenta, pardo rojiza o blanquecina".

La zona también presenta formaciones minerales llamativas. En un sector asociado a una falla, los investigadores encontraron un nódulo cuyo interior estaba formado por un agregado de cuarzo hialino y cuya superficie aparecía recubierta por una capa de yeso selenítico, dispuesto en pequeñas rosetas.

Las dataciones realizadas mediante el método Potasio-Argón (K-Ar) sobre roca total, en materiales efusivos de la Formación Las Lomitas, dieron valores de entre 300 ± 10 Ma y 270 ± 10 Ma. Estos resultados ubican ese episodio magmático entre el Carbónico superior y el Pérmico inferior.

Una secuencia de rocas que atraviesa millones de años

Sobre el basamento volcánico alterado aparece, en clara discordancia angular, una sucesión de areniscas rojo ladrillo pertenecientes a la Formación Los Cerrillos. Estas rocas constituyen prácticamente todo el cuerpo serrano occidental.

Las areniscas están formadas principalmente por granos de cuarzo, con tamaños que van aproximadamente de 840 μm a 84 μm, cementados por hematita y limonita. Su color rojizo es uno de los rasgos más visibles del conjunto.

En la entrada de la Cantera San Miguel, ubicada al pie de la ladera oriental de Cerrillos Norte, los investigadores pudieron reconocer una columna continua de unos 25 metros de espesor compuesta por lutitas pardas y verdosas.

La sucesión comienza sobre el nivel superior de las areniscas rojas, que afloran a lo largo de unos 50 metros. Allí se apoyan, en discordancia, 7 metros de lutitas verdoso claras. Por encima aparecen 6 metros de lutitas pardo rojizas y luego otros 10 metros de lutitas verdosas claras, orientadas de norte a sur y con una inclinación de 50° hacia el este.

La secuencia continúa, a través de un plano de falla, con 1,5 metros de lutitas pardas rojizas que contienen lentes verdes. Finalmente, en el techo, aparece un nivel de 0,50 metros de lutita verdosa, casi horizontal.

Este último nivel presenta alteración térmica asociada a la efusión de basaltos pardo grisáceos correspondientes a la Formación Ichagón.

Las dataciones de estos basaltos dieron edades de 240 ± 10 Ma y 203 ± 10 Ma, correspondientes al intervalo comprendido entre el Triásico superior y el Jurásico inferior. Según González y Toselli (1973), estos materiales pueden relacionarse con otros episodios volcánicos registrados en la Sierra de Maz y Famatina, en la provincia de La Rioja.

Una historia que continúa en el Cenozoico

La sucesión geológica de Los Cerrillos no termina allí.

Durante el Cenozoico se incorporaron las andesitas pardo grisáceas de la Formación La Represa, asignadas al Mioceno superior. Estas rocas pueden correlacionarse con las efusiones de la Cantera de Curi, en la Sierra de Guasayán, según el trabajo de Omil y Cabrera (1991).

A ellas se suman los depósitos de arcilitas y yeso de la Formación Río Salí, también correspondiente al Mioceno.

De esta manera, en un espacio relativamente reducido, Los Cerrillos reúnen evidencias de diferentes episodios geológicos separados por enormes intervalos de tiempo. Las rocas volcánicas y sedimentarias que aparecen allí permiten seguir una historia que comienza en el Paleozoico y continúa durante el Mesozoico y el Terciario.

Un conjunto diferente de la Sierra de Guasayán

Uno de los principales aportes del trabajo de Omil y Cabrera (1992) fue precisar que Los Cerrillos no deben interpretarse simplemente como una prolongación de la Sierra de Guasayán.

La diferencia es importante. Mientras la Sierra de Guasayán está constituida principalmente por bloques del basamento pampeano, Los Cerrillos presentan una composición mucho más diversa, con rocas volcánicas efusivas y sedimentarias correspondientes a distintos momentos de la historia geológica regional.

Por eso, detrás de esas lomadas que hoy pueden parecer pequeñas dentro del paisaje santiagueño existe una sucesión de rocas que permite reconstruir acontecimientos ocurridos desde el Paleozoico hasta el Terciario.

Los Cerrillos son, en ese sentido, una pieza particular dentro de la geología de Santiago del Estero. Su importancia no está en la altura de sus lomadas, sino en la variedad y antigüedad de las rocas que afloran en ellas y en la información que conservan sobre la evolución geológica de la región.

Referencias

Battaglia, A. (1982). Descripción Geológica de las Hojas 13f, 13g, 14g, 14h, 15g. Boletín del Servicio Geológico Nacional, 186.

Beder, R. (1928). La Sierra de Guasayán y sus alrededores. Publicación de la Dirección General de Minas, Geología e Hidrología, 39, 1-171.

González, R. R. y Toselli, A. (1973). La efusividad del Mesozoico argentino. XXV Congreso Brasileño de Geología, 259-272.

Lucero Michaut, N. H. (1969/1979). Descripción Geológica de las Hojas 16h y 17h, Chuña Huasi. Boletín de la Dirección Nacional de Geología y Minería.

Moya, M. C. y Salfity, J. A. (1982). Los ciclos magmáticos en el noroeste argentino. V Congreso Latinoamericano de Geología, 3, 523-536.

Omil, M. y Cabrera, M. (1992). Geología de Los Cerrillos, Departamento Guasayán, Provincia de Santiago del Estero. Acta Geológica Lilloana, 17(2), 156-160.

Ruiz Huidobro, O. J. (1973). Hidrogeología de la Sierra de Guasayán. Anales del VII Congreso del Agua, 233-275.

 


jueves, 27 de agosto de 2026

Don Andrés Chazarreta, precursor y triunfador



por María De Quesada

Un metro ochenta de estatura; derecho como el álamo, la piel oscura como el algarrobo, los dientes sanos y la sonrisa abierta y fácil; la mirada viva, la mano ágil y elegante; 73 años de edad y con más proyectos que a los treinta. Así se me aparece el gran santiagueño don Andrés A. Chazarreta, una de las figuras más nobles, serias y consagradas de nuestro folklore.

En verdad, no tendría que haber aclarado de quien se trata; el nombre de Chazarreta es de difusión universal. Pero me complace calificarlo, situarlo y declarar en público mi admiración por estos maestros de argentinidad, por estos hombres de amplia visión que, hace treinta o cuarenta años, presintieron que nuestro suelo no era tan sólo productor de trigo (y Dios bendiga esta tierra que da el pan a tantos pueblos) ni nuestras praderas verdeaban tan sólo para las bestias; que comprendieron que en la entraña v el humus de la tierra argentina fermentaba un germen espiritual, una semilla artística y que las simples y frescas flores silvestres de la canción, la música y la danza criollas, podían ser cultivadas y merecían el esmero y la dedicación que hasta entonces sólo se prestaba a lo extraño.

Hombre de acción al propio tiempo que artista de sensibilidad, generoso al par que ávido de conocimientos, Chazarreta, mozo y desvalido de toda ayuda oficial, se echó al mundo de la gran metrópoli a llevar el mensaje de arte nacional. Hace de esto muchos años. Y puede el maestro estar orgulloso del camino recorrido, desde los días de 1911, cuando el Poder Ejecutivo de la provincia de Santiago del Estero le negaba el teatro oficial 25 de Mayo para presentar en él su conjunto de arte nativo, so pretexto de que dicho coliseo estaba destinado a la actuación de compañías de primer orden.

¿Y qué? ¿Desaliento? ¿Renuncia? ¡Ni soñarlo! El maestro se orientó para otro lado. Contrató el escenario del Pasatiempo del Águila; la sala se llenó noche a noche; los aplausos ensordecían y las representaciones terminaban a deshora porque el público pedía el "bis" de todos los números.

Allí empezó su carrera de divulgador del arte argentino, pues ya entonces Chazarreta era hombre de vasta cultura. Pero comenzaba su experiencia, que, hermanada con su instinto, le hacía acoger en su conjunto folklórico a todos los artistas de vocación, que, ignorantes de lo que eran, llegaban a otorgar lo más genuino y puro de las tradiciones criollas; la vieja Clodomira, gran bailarina de malambos y chacareras; el zapateador santiagueño Antonio Salvatierra; los poetas populares, los cantores sin más escuela que la de los pájaros. * * *

En 1921 Chazarreta vino a Buenos Aires y comenzó la reconquista del país al son de su guitarra. Ahora el país está reconquistado. En toda su extensión, baila sus propios bailes, entona sus lindas canciones, declama sus viejas coplas.

Hablar con don Andrés Chazarreta es un regalo para el espíritu. Hombre sencillo, se da de alma en cuanto advierte que quien lo escucha es sensible y comprende el gran mensaje de la música.

—¿Cuáles eran sus actividades antes de iniciar sus trabajos de recopilación? —le pregunto.

—Maestro de escuela, m'hija. Los chicos me han enseñado muchas cosas. Después fui profesor de la escuela del 18 de Infantería, y Secretario del Consejo de Educación de Santiago.

—Y ¿cuándo sintió su vocación musical?

Chazarreta levanta los negros ojos chispeantes, se encoge de hombros. . .

—No sé. Desde toda la vida. De chico tocaba de oído y formaba conjuntos con los compañeros de grado. Pero seriamente empecé a trabajar en 1906, cuando trasladé al pentagrama la "Zamba de Vargas", que es una pieza que le había oído cantar a mi abuelita cuando me acunaba en las faldas para dormirme.

—¿Toca solamente la guitarra?

—¿Yo? No; toco seis instrumentos; pero la guitarra es mi vocación, mi compañera, mi confidente, mi amiga, mi fortuna, mi secreto, mi. . . ¡todo!

—¿Es muy aficionado a ella el pueblo santiagueño?

—Mucho. Para eso somos como los españoles. El rasguear la guitarra ya no es mérito entre nosotros. Sería falta el no hacerlo.

—Y, ¿cómo nació en usted el propósito de recoger motivos tradicionales?

—Lo llevaba en la sangre. Me angustiaba la idea de que tanta belleza pudiera perderse para siempre, como el humo en el aire. Me sentía capaz de ayudar con mis fuerzas a salvar ese magnífico patrimonio del país. Al principio anduve a tientas; poco a poco vi lo que era preciso hacer, y cómo debía hacerse. Medio me asusté, porque era largo, difícil, tremendamente difícil. . .

—¿Quién lo ayudaba?

—Al principio sólo la gente del pueblo. Músicos populares que ejecutaban sólo para su entretenimiento y en las fiestas tradicionales del carnaval, casamientos, bautizos y entierros de angelitos. Estos entierros eran verdaderos torneos, porque la alegría de mandar un alma al cielo era cosa digna de festejarse. Los músicos menudeaban. Entre ellos un viejo arpista de Tunas Puncu, don Eulogio Ledesma fué quien me trasmitió lo mejorcito de la música que he escrito. Así publiqué mis dos primeros álbumes; al comienzo, con un resultado mediano, y después mejorando. Y mire, hay que hacer justicia a los que nos tendieron lo mano; en aquel tiempo también hubo hombres cultos que me alentaron. Todos ellos están en mi memoria.

—Y ¿cuándo hizo usted su primera presentación en Buenos Aires?

—¡Ah, de eso me acordaré siempre! Fué el 16 de marzo de 1921, en el teatro Politeama. La orquesta la formaban un arpa, tres guitarras, un violín, una flauta, un bombo y dos cajas. El resto eran cantores y bailarines. Entonces hizo su aparición como solista Patrocinio Díaz. Se cantó la "Zamba de Vargas", un escondido, un malambo, y yo toqué en la guitarra tres valses y varias vidalitas. Después empezaron las danzas. El público estaba, al parecer, sorprendido, pero pronto se notó que nuestro espectáculo le llegaba. . . Fué un éxito rotundo. Dimos 150 representaciones seguidas. ¡Y habíamos creído que con una presentación ya sería bastante!

Después comencé a recorrer con mi conjunto las capitales de provincia, y llegué hasta Montevideo. Los diarios nos dedicaron crónicas casi todas comprensivas y muchas elogiosas. Luego me he dado cuenta de que mi aparición fué oportuna; precisamente por aquellos tiempos había empezado el tango "argentino" a imponerse como danza nacional en los salones europeos. Mientras se exportaba el tango, yo aporté las verdaderas danzas nacionales, las que tienen raíz hispana sazonada con los jugos de nuestra tierra. Desde entonces decidí ocuparme sólo de aquello para lo que la providencia me ha destinado, y con un grupo de empeñosos y talentosos folkloristas trabajé sin descanso.

—Y ahora, maestro, ¿qué hace?

—Estoy corrigiendo, revisando y publicando mis obras completas, que no son pocas: nueve álbumes para piano; tres para guitarra; una coreografía descriptiva de las danzas del norte; catorce valses con los nombres de las catorce provincias argentinas. Además, dirijo las grabaciones en discos Víctor y Odeón; ya van 230 grabados en Víctor, y los vendidos creo que llegan a ochocientos mil.

—Lo felicito. ¿Y quién lo secunda en su gran labor?

—Las chicas. Mis hijas me han salido músicas y trabajadoras. Nunca tuve mejores colaboradores. Ana Mercedes, que es profesora de guitarra, está al frente de la Academia que fundé hace años, para difundir entre la infancia y la juventud porteñas el amor a la música y los bailes de nuestra tierra. Hoy cuenta esa Academia con más de 600 alumnos.

—Y ¿qué otras actividades tiene usted?

—Otras, lo que se dice otras, ninguna; porque todas van a parar a lo mismo. Estoy al frente de la Subcomisión honoraria del folklore de Santiago del Estero, y de cuando en cuando hago excursiones por el norte de Tucumán y Catamarca, llevando un conjunto de jóvenes músicos y bailarines.

Mis hijas Andrea Ramona y Josefina me secundan; la primera es una distinguida pianista; la segunda, profesora de danzas, y con sus alumnos realiza toda clase de experiencias en lo relativo a vivificar las tradiciones artísticas de la tierra argentina. Los niños son campo propicio; en sus almas nacientes prenden fuego las chispas de la tradición. Todo lo hacen con gracia y naturalidad, y en poco tiempo convierten en carne de su carne esas bellezas del pasado, esas notas y figuras que ya conocían sus remotos abuelos y que, gracias a unos pocos, también podrán conocer sus nietos.

Mientras habla, contemplo a este hombre de extraordinaria firmeza, que ha comprendido, quizás antes que nadie, el alto significado de difundir y sostener el arte nativo en nuestras masas, haciendo que en él y por él se aúnen las almas y vibre poderosamente el sentimiento de la raza. ¡Es un criollo de ley! Sufrido en las contrariedades, alegre en las ocasiones, retraído en las penas, sensible a la belleza, afable y condescendiente por los años. Pienso que habrá tenido que sostener luchas muy grandes con la incomprensión y la indiferencia, que cien veces habrá tenido que tragar un sorbo amargo. Y se lo digo. La respuesta es encantadora:

—Sí, claro. Pero eso ¿qué importa?

Volvemos a hablar de danzas, de tonadas, de instrumentos musicales.

—¿Cuáles prefiere?

Y la respuesta es la que esperaba:

—La guitarra. No hay como ella. Es canto de pájaro, murmullo de selva, suspiro de amores. Con la guitarra se puede decir todo lo que se quiere...y a veces un poco más de lo que se quiere.

—¿Y de los bailes?

—El malambo; pero el tradicional. Me duele decir que de un tiempo a esta parte nuestros bailadores se están saliendo de las normas del verdadero zapateado y se meten en acrobacias. Esto afecta a la elegancia criolla, porque, retorciendo el cuerpo o meneando los hombros, no se zapatea de verdad. En nuestro malambo son los pies los que han de hacer todo el "trabajo".

La tarde va declinando. Hace más de dos horas que escucho a don Andrés A. Chazarreta, y debo confesar que, intencionadamente, he prolongado la entrevista. Ha sido un rato de diáfana claridad espiritual. Siempre recordaré sus palabras serenas, su simpatía condescendiente, ese no sé qué de aldabonazo que dan sus ideales en nuestro corazón para recordarnos que tenemos fisonomía propia en el arte popular, en el arte imperecedero, en ese arte discreto y poderoso, tierno y rural, en que el amor va siempre enlazado con la naturaleza, y que huele a poleo y a leyenda.

—Señor Chazarreta, ¿quiere que lo deje en su hotel?

—Si es tan amable, m'hija. . .

Y los tres nos volvemos al centro. Los tres: él, yo y su guitarra.

Revista Argentina

1/12/1949

miércoles, 26 de agosto de 2026

Un Portal De Hace 30 Años

 


Por: Silvia Majul

Eran tiempos de Norma Pla, del Perro Santillán, del folklore a imagen del país: pizza con champagne. En estos tiempos la moda empujaba a los artistas a viajar a costosos estudios de Estados Unidos, Peteco se plantó a contracorriente en una peña cordobesa para registrar en vivo "Historias Populares", un disco fundacional presentado un 24 de agosto del 96 en el Club Juniors. Aquella velada de sábado, reunió en el mismo escenario a Mercedes Sosa, León Gieco y al baterista Rodolfo García.

Ese portal de agosto coincidió con mi propio embarazo, los datos fríos del almanaque y la versatilidad de un músico todoterreno. Esa noche el club abrió con la potente proclama de «Los indios de ahora». La primera estrofa resonó directa en mi vientre: "Es tiempo de andar despiertos, no repitamos la historia, los indios de ahora vienen marchando por la memoria."

El lazo de Peteco con Córdoba sumó un capítulo impensado seis años después, cuando La Mona Jiménez lo invitó al templo del cuarteto para grabar a puro tunga-tunga «Tú me enseñaste a ser infiel», pocos meses después de meterse a un estudio junto a Charly García y BRUNO ARIAS para registrar la «Canción del brujito».

15 años después se presentaba -también- el mismo día, con Riendas Libres en el #cck.

Esa versatilidad también había quedado sellada en sus años con Músicos Populares Argentinos (MPA) junto a su entrañable amigo, el Chango Farías Gómez. Entre risas, Peteco recuerda la complicidad de aquellos años en Córdoba, donde el Chango, con su genialidad habitual, le pedía con picardía que le diera la parte con la voz más corta en los arreglos vocales para no tener que exigirse de más en los conciertos.

Sin embargo, el 24 de agosto también se transformó en la fecha del adiós. Exactamente diez años después de aquella mítica velada de Juniors, el 24 de agosto de 2006, fallecía su padre, Carlos Carabajal, el "Padre de la Chacarera". Cinco años más tarde, otro 24 de agosto, pero de 2011, la parca se llevaba al Chango Farías Gómez.

Eduardo Galeano diría que Peteco tiene esa fuerza creadora y esa musicalidad total de un Sting, pero nacido santiagueño. Yo digo que Peteco es sinónimo de folklore: hasta pinta, y es tan inmenso que capaz que también es luthier y artesano, y aún no lo sé.

martes, 25 de agosto de 2026

La Gran Batalla de los Vientos: Anatomía del Mapa Climático Argentino


El mapa donde chocan los gigantes de aire

Argentina es una tierra definida por su extensa gama climática y su gran desarrollo latitudinal. Gran parte de su territorio continental se sitúa en la «zona óptima de energía climática», con un claro predominio del clima templado. Esta configuración no solo influye de forma directa en la fertilidad del suelo, sino que propicia una mayor «energía humana debido a su carácter fresco y variable».

Sin embargo, detrás de esta aparente placidez templada se esconde una dinámica atmosférica permanente y vertiginosa: la acción constante del frente polar, que recorre el país de sur a norte aproximadamente setenta veces al año. Este frente se manifiesta en una verdadera «batalla de masas de aire», favorecida por la ausencia total de barreras orográficas en sentido este-oeste.

Desarrollo: Un país marcado por arideces, contrastes y paradojas meteorológicas

1. Los cuatro motores del clima nacional

El territorio argentino está gobernado por cuatro centros de acción cuyas posiciones oscilan según el movimiento aparente del sol:

  • Los anticiclones subtropicales del Atlántico y del Pacífico: Células anticiclónicas que actúan como manantiales de masas de aire con circulación anti-horaria en el hemisferio sur.
  • El surco de bajas presiones de la extremidad austral: Región dominada por masas subpolares frías y húmedas.
  • La Depresión del Noroeste (NO): Un sistema ciclónico singular de bajas presiones.

2. La paradoja de la Depresión del NO

La Depresión del Noroeste se asocia primordialmente a una masa de aire subtropical continental «cálida y seca». Sorprendentemente, a pesar de ser un centro ciclónico, suele determinar estados de «buen tiempo, calmos y despejados».

No obstante, en pleno verano - especialmente durante enero - ocurre un fenómeno termodinámico extraordinario: el intenso recalentamiento del suelo sobre un relieve accidentado genera presiones tan bajas que resultan «inferiores a las ecuatoriales». En ese momento, la depresión funciona como una gigantesca aspiradora atmosférica que «aspira aire cálido y húmedo amazónico» y atrae irrupciones de aire polar. Esta interacción desencadena precipitaciones clave en la estación cálida, impidiendo que el norte argentino se convierta en «un verdadero desierto» y dando vida a la frondosa selva tucumano-oranense.

3. El mapa del agua: Entre Misiones y el desierto de San Juan

A pesar de la imagen de abundancia agrícola de la Pampa, Argentina es estructuralmente un país árido y semiárido:

  • Escasez extrema: Aproximadamente un tercio de la superficie continental recibe menos de 200 mm de lluvia al año. En San Juan se registran mínimos absolutos de menos de 100 mm anuales, combinados con un déficit hídrico anual récord de 785 mm
  • Abundancia localizada: En el otro extremo, solo un 1\% del territorio supera los 1.500 mm anuales. Sobresalen la provincia de Misiones (con más de 1.600 mm) y la cordillera patagónica alrededor de los 42°c (superando los 4.000mm).
  • El muro andino: Los Andes patagónicos actúan como un filtro infranqueable para las masas húmedas del Pacífico. Retienen el vapor de agua en la cordillera y descargan aire seco hacia la meseta, convirtiendo a la Patagonia en una vasta extensión «seca, fría y ventosa» (como en Colonia Sarmiento, Chubut, donde las marcas térmicas se desploman hasta los -20,0°c).

4. Registros térmicos e hídricos en la geografía nacional

El comportamiento termométrico del país evidencia extremos extraordinarios al recorrer sus distintas unidades climáticas:

En la llanura subtropical marítima, la ciudad de Paso de los Libres (Corrientes) registra un clima sin invierno térmico, con una temperatura media anual de 20,0°c, máximas absolutas que alcanzan los 43,0°C y precipitaciones abundantes de 1.371 mm anuales que dejan un escaso déficit hídrico. Más al sur, en Victorica (La Pampa), el clima muestra cuatro estaciones bien marcadas con una gran amplitud térmica: una media anual de 15,6°C, una máxima de 44,0°C y mínimas invernales de hasta -11,6°C, combinadas con escasas precipitaciones que provocan un elevado déficit hídrico.

Hacia el dominio subtropical continental, Santiago del Estero presenta una temperatura media anual de 20,6°C y máximas sofocantes de hasta 45,2°C, registrando un déficit hídrico anual de 408 mm debido a la elevada evapotranspiración. En la provincia de Catamarca, el calor extremo alcanza su máximo nivel nacional con marcas absolutas de 47,2°C (media de 20,2°C y la evapotranspiración potencial más alta de la Argentina 1.041 mm, generando un severo déficit anual de 680 mm.

En contraste, la altitud y la latitud imponen condiciones de rigor riguroso. En la alta meseta de la Puna, La Quiaca (Jujuy) registra una media anual de apenas 9,4°C y mínimas heladas de -15,1°C, con precipitaciones concentradas en verano, pero un déficit hídrico de 262 mm causado por los vientos y la baja humedad. En los Andes áridos de alta montaña, en Puente del Inca (Mendoza), la media baja a 7,4°C y la mínima extrema desciende a -19,1°C, sufriendo una sequedad fisiológica caracterizada por 154 días de helada al año.

Finalmente, en el extremo austral subpolar, Ushuaia (Tierra del Fuego) vive bajo un clima frío y húmedo permanente, con una temperatura media de 5,6°C y mínimas de -19,6°C, acompañado de vientos constantes, nieblas, lloviznas y nevadas. Por su parte, en las Islas Malvinas, domina un clima oceánico frío con temperatura media de 4,0°C, precipitaciones de 650mm y fuertes tempestades con niebla.

5. Vientos emblemáticos y flagelos regionales

La geografía climática nacional está marcada por fenómenos locales de gran impacto:

  • El Pampero y la Sudestada: En la llanura pampeana, el ingresante aire frío del sudoeste (Pampero) causa bruscas caídas termométricas, mientras que la Sudestada (asociada a los ciclones del Litoral) aporta aire fresco y húmedo desde el mar.
  • El Viento Zonda: Característico Foehn de la región de Cuyo, cálido y desecante en las planicies, pero vital porque proviene de nevadas en la alta montaña que garantizan la reserva hídrica estival.
  • Heladas y Granizo: Catalogados como “flagelos temibles” para las producciones agrícolas y vitivinícolas de Mendoza y San Juan.

El equilibrio dinámico de una geografía viva

El mapa climático de la Argentina demuestra que el territorio es un escenario de permanente interacción dinámica. La masa de aire marítima del Atlántico ingresa cargada de humedad por el norte y el este, chocando con los frentes fríos que irrumpen desde la Patagonia.

Gracias a la singularidad de la Depresión del Noroeste - que rompe la aridez del mapa atrayendo humedad amazónica e irrupciones polares - y a la variabilidad de sus cuatro centros de acción, el país sostiene una biodiversidad que va desde la selva subtropical hasta los hielos subpolares australes. Un mosaico climático donde cada viento y cada cordillera juegan un rol crucial en el sustento de la vida y la producción nacional.


Entre el polvo, la sangre y la leyenda: La epopeya santiagueña de Dalmiro Coronel Lugones

 



Por Leyendas del Folclore Santiagueño | Análisis Literario e Histórico

El eco de cuatro siglos en la voz de un poeta bandeño

Hay tierras donde la geografía no se mide en kilómetros ni en grados centígrados, sino en el dolor de sus salitrales, en el calor abrazador de sus siestas y en la resonancia ancestral de sus bombos legüeros. Santiago del Estero, la «Madre de Ciudades», encierra entre su polvo y sus montes cuatro siglos de contiendas heroicas, traiciones de conquista y mitologías que estremecen la espesura. Redescubrir la monumental obra de Dalmiro Coronel Lugones (1919-1971), compilada en la edición institucional Poesía reunida (2021), representa un viaje documental y periodístico a las raíces identitarias de la Argentina profunda.

Como advierte la investigadora Adriana Del Vitto (2013) en el estudio preliminar a la obra, el reencuentro con la palabra poética del autor bandeño permite comprender de qué modo el agobio climático deja de ser un mero dato técnico para transformarse en «"calor de tierra nativa", con la connotación del amor, de la protección, del abrazo». Por su parte, el renombrado erudito Orestes Di Lullo (1960), en el prólogo original a Romancero del canto nativo, subraya con agudeza el temple del vate: «Lugones, poeta de extraordinaria fibra y honda sensibilidad, calla sus propios impulsos y se refrena para dejar hablar a la tierra». Ese recato lírico es el que permite que la historia vernácula hable con voz viva y desgarradora.

I. La conquista a sangre y ponzoña: El drama de Maquijata y la ciudad errante (1542–1550)

La crónica histórica que hilvana Coronel Lugones se abre con los trazos sangrientos de la primera ocupación española. En el «Romance de la "Entrada" de Diego de Rojas», el poeta traslada al lector al año 1542, cuando las huestes del capitán Diego de Rojas parten del Cuzco por disposición de Vaca de Castro. Animados por el espejismo de divisar el legendario «País de Trapalanda» o la fabulosa «Ciudad de los Césares», los conquistadores se adentran en territorio jurí y lule.

Sin embargo, la expedición pronto naufraga en la tragedia. En los breñales de Maquijata, la ferocidad de las tribus locales asesta un golpe letal mediante una «flecha enherbolada» (envenenada) que hiere de muerte al propio Diego de Rojas. En este pasaje, el poeta saca a la luz una de las intrigas más oscuras y desgarradoras del periodo colonial: la difamación contra Catalina de Enciso, una de las tres únicas mujeres que integraban la mesnada. Mientras el capitán deliraba «bajo la sombra de un tala», las lenguas viperinas del campamento acusaron a Catalina de haber envenenado la flecha para hechizarlo por celos amatorios. Coronel Lugones recrea el drama humano de la mujer acusada injustamente:

«La intriga teje, entretanto, / redes de oscura falacia / y Catalina de Enciso / llora y maldice en venganza / a quienes injustamente / la acusan con torpe saña / de haberle dado un veneno / al Jefe de la mesnada...»

— Dalmiro Coronel Lugones, Romance de la "Entrada" de Diego de Rojas

El destino de aquellos conquistadores iniciales estuvo signado por una trágica fatalidad recíproca. Como acota Del Vitto (2013) al repasar el «Romance de Núñez de Prado», la muerte violenta persiguió uno a uno a los líderes expedicionarios: Francisco de Mendoza cayó asesinado en Malaventura tras fundar el fugaz Real de Medellín; Felipe Gutiérrez fue ejecutado al garrote por Pedro de Puelles; Nicolás de Heredia fue degollado en Pacona por orden de Carvajal; y el misionero Fray Francisco de Galán resultó acribillado a flechazos abrazando la Cruz tras el fallido intento de evangelizar al cacique Canamico.

Contradicción histórica: La traición de Aguirre y el despojo de Núñez de Prado

En el «Romance de Núñez de Prado», el autor expone con firmeza la tensión que rodeó la fundación de la Ciudad del Barco en 1550 a orillas del río Estero. Cuando Núñez de Prado planta el «Rollo e Picota» e inicia el reparto de tierras y algodonales, irrumpen las huestes de Francisco de Aguirre provenientes de Chile. En un asalto nocturno y por la fuerza de las armas, Aguirre apresó a Núñez de Prado «sin razón ni justicia», lo envió desterrado y trasladó el poblado unos kilómetros al norte, rebautizándolo impunemente como Santiago del Estero.

II. El bronce de los Patricios y la sangre en el algarrobo (1810–1820)

El salto al siglo XIX transforma al bardo en el cronista de la gesta emancipadora. Por las venas del propio Dalmiro Coronel Lugones corría la estirpe del Coronel Lorenzo Lugones, prócer de la independencia y veterano de las campañas del Alto Perú. El propio poeta declara con orgullo genealógico y ético: «Y porque a mi patria chica / cuatro centurias me arraigan / (pues en mi sangre hay linajes / de aquellos que la fundaran)».

En el «Romance del coronel Lorenzo Lugones», la narrativa periodística reconstruye el grito de Mayo de 1810. Santiago del Estero fue la primera ciudad del interior en adherir formalmente a la Revolución. De la mano del caudillo Juan Francisco Borges y del teniente Germán Lugones, se alistó el célebre batallón de los 300 Patricios Santiagueños. Nombres como Gallo, Taboada, Ibarra, Carol, Riesco y Gorostiaga marcharon al bautismo de fuego integrando la Expedición Auxiliadora de Ortiz de Ocampo, Balcarce y Díaz Vélez, combatiendo en Suipacha (1810), Huaqui (1811), Las Piedras, Tucumán (1812) y Salta (1813).

No obstante, la crónica no oculta los desgarramientos de las guerras civiles. En 1816, el anhelo de autonomía frente al centralismo tucumano llevó a Juan Francisco Borges a levantarse en armas secundado por Montenegro y Lorenzo Lugones. La respuesta del Directorio fue despiadada: las fuerzas de Lamadrid, Bustos y Paz aplastaron a los autonomistas en la sangrienta lid de Pitambalá.

El 4 de septiembre de 1816, en el paraje de Santo Domingo, el caudillo Borges fue conducido al banquillo de fusilamiento. El poema inmortaliza la dignidad suprema del héroe vencido, rechazando la venda de los ojos y cayendo de pie frente al piquete de ejecución:

«Ni las vendas, ni el banquillo, / de pie, como militar, / de cara al viento y la historia / morirá con dignidad. / Ruido sordo de descargas / ni un solo grito, ni un ay, / y después un gran silencio, / la gloria y la eternidad...! / Ha muerto el Caudillo Borges, / ha florecido un chaguar...»

— Dalmiro Coronel Lugones, Romance del coronel Lorenzo Lugones

Como represalia, el coronel Lorenzo Lugones fue despojado de su grado militar y reducido a la condición de «aventurero» sin goce de sueldo. Habría que esperar al Viernes Santo, 31 de marzo de 1820, para que Juan Felipe Ibarra expulsara al gobernador tucumano Echauri y consolidara la Declaración de Autonomía del 27 de abril de 1820. Paradójicamente, fue el propio Lorenzo Lugones quien, años más tarde, actuaría como el gran diplomático que negoció y firmó la histórica Paz de Vinará, reconciliando definitivamente a las provincias hermanas.

III. El milagro de Pozo de Vargas: La zamba como arma de combate (1867)

Uno de los episodios más singulares e impactantes de la historiografía bélica argentina se halla registrado en el «Romance de Pozo de Vargas». El 10 de abril de 1867, en los abrasados llanos riojanos, se midieron las montoneras de Felipe Varela contra las fuerzas santiagueñas comandadas por el general Manuel Taboada.

La batalla era encarnizada y feroz. El polvo, la sed y la arremetida de las lanzas de Varela tenían a las tropas santiagueñas al borde del colapso y en plena retirada. En ese instante crítico, cuando todo parecía perdido, el general Taboada ejecutó una maniobra táctica desconcertante y genial: en lugar de ordenar toque de a degüello o retirada, le mandó a la banda militar tocar una zamba.

Un testimonio musical único en la historia militar

«Pero el recuerdo del pago / tembló el valor de Taboada / y a la banda el bravo Jefe / mandó tocar una zamba...! / La música de la tierra / con su sabor de nostalgia / recuerdo de patria chica / les trajo en aires de zamba. / Y entonces los santiagueños, / brillando al sol las espadas, / caras y ponchos al viento / volvieron fiero a la carga...! / (...) Era "vencer o la muerte" / la consigna. Y con la zamba / vencieron los santiagueños / allá por Pozo de Vargas...!»

— Dalmiro Coronel Lugones, Romance de Pozo de Vargas

El impacto estético y emocional de la música nativa sobre la tropa exhausta revirtió milagrosamente la contienda. Inflamados por la añoranza de su pago chico, los soldados volvieron caras, arremetieron a sablazos y lograron una victoria épica. La zamba, ritmo de cortejo y nostalgia, se convirtió así en el más mortífero e inspirador himno de victoria.

IV. La naturaleza animada y las sombras del mito

El universo poético de Coronel Lugones no se agota en la reconstrucción militar. Como destaca Alberto Tasso (2004) en sus estudios sobre las letras provinciales, la literatura santiagueña posee una singular capacidad para animar el paisaje e integrar el mito a la experiencia cotidiana. En Romancero del canto nativo, la flora, los ríos y la fauna cobran vida y expresan el sentir del campesino y del hachero.

El Río Dulce es el «Miski-Mayu», un bracero caluroso que baja de las cumbres del Aconquija y que «por quedarse en Santiago / (...) se desborda en los bañados / entre un malambo de garzas». A su vez, el bosque es definido poéticamente como una «Catedral sin Dios ni santos / donde el órgano del viento / suena en las misas del diablo». Es en esa espesura donde irrumpen las figuras místicas recopiladas por el saber folclórico:

  • El Crespín: El trágico mito de Ana María, la mujer que abandonó a su esposo agonizante para ir a bailar en el carnaval. Al informársele que Crespín había muerto, lanzó su fría y célebre sentencia: «"que siga el baile, hay tiempo para llorar"». Como castigo divino, fue transformada en el ave solitaria que clama eternamente por su amado entre las quiponotas.
  • La Telesita: Telésfora Castillo, la niña huérfana trágicamente consumida por el fuego en la selva, cuyos pies desnudos y heridos bailaban ensimismados sobre las brasas. Convertida en «santa sin altares», el pueblo la venera en los célebres rezabailes para hallar objetos perdidos o pedir lluvias.
  • El Kakuy: El mito desgarrador de la venganza fraterna, donde el hermano cansado del maltrato abandona a su hermana en la copa desramada de un alto quebracho. Al caer la noche, la mujer metamorfoseada en ave rompe el silencio siestero con su estremecedor grito de angustia: «¡Turay...! ¡Turay...!» (¡Hermano...! ¡Hermano...!).

V. Tiempo de zamba y malambo: El mapa sonoro de la argentinidad

En su segunda gran obra, Tiempo de zamba y malambo, Dalmiro Coronel Lugones amplía su horizonte lírico para construir lo que él mismo definió como un «glosario poemático para el folclore». Distanciándose de la estructura del romance octosílabo, el poeta recurre aquí a los majestuosos versos alejandrinos para retratar cada una de las regiones e instrumentos del país.

Como señala con admiración el folclorólogo Félix Coluccio (citado por Del Vitto, 2013): «Este libro de Dalmiro Coronel Lugones (...) por haberle infundido el soplo poético más inspirado y armonioso, caminará por todos los senderos de la Patria dejando un auténtico mensaje de belleza y amor». El poemario traza una cartografía cultural donde no existen jerarquías ni fronteras:

Desde los aires de antaño (el minué federal, la gavota, el vals vienés) hasta el candombe de San Telmo («En el barrio de San Telmo / taca-tan suena el tambor»), pasando por la bravura de la Pampa, la melancolía del Litoral y los viñedos de Cuyo. El recorrido alcanza su cumbre en el Altiplano y el Noroeste, donde los coyas promesantes bajan de los cerros con sus erkes, charangos y cajas «y Dios en los senderos mirándolos pasar».

El legado indeleble y la condena del viajero

La crónica periodística de la obra de Dalmiro Coronel Lugones revela que su poesía no pertenece al pasado, sino que palpita en el presente de cada santiagueño. Como anota el crítico Miguel Brevetta Rodríguez (1987), la proyección de Lugones «va mucho más allá de sus tardes amarillas», consolidándose como un faro de la identidad cultural del Noroeste argentino.

Quizás la síntesis más perfecta del ser santiagueño se halle en los versos finales de su «Romance de la vuelta del santiagueño». En ellos, el poeta sintetiza el dramático y noble sino de los hijos de esta tierra: la necesidad de emigrar lejos del pago en busca de sustento, acompañados por una nostalgia incurable que no admite rencor ni queja:

«He de andar por otros rumbos / con ilusiones viajeras / buscando en suelos extraños / lo que mi suelo me niega / destino del santiagueño / vivir de sueños y ausencias, / partir y volver cantando / sin una sola protesta...!»

— Dalmiro Coronel Lugones, Romance de la vuelta del santiagueño

A través de su Poesía reunida, Dalmiro Coronel Lugones saldó con creces su deuda con la patria chica. Con la precisión del historiador, la sensibilidad del poeta y la devoción del hijo, transformó el barro, la sal y las espinas de Santiago del Estero en un monumento literario inmortal que sigue resonando en la memoria colectiva de la Nación.

Basado en la obra "Poesía reunida" (Subsecretaría de Cultura de la Provincia de Santiago del Estero, 2016/2021)

Fuentes y Referencias Documentales Citadas

  • Coronel Lugones, Dalmiro (2021): Poesía reunida. 1ª ed. 2016, reedición digital 2021. Subsecretaría de Cultura de la Provincia de Santiago del Estero. ISBN 978-987-3964-46-6.
  • Del Vitto, Adriana (2013): «Con voz y alma de eterno santiagueño: Estudio preliminar a la obra de Dalmiro Coronel Lugones». Incluido en Poesía reunida, págs. 7–22.
  • Di Lullo, Orestes (1960): Prólogo a Romancero del canto nativo. Reproducido en Poesía reunida, págs. 26–27.
  • Coluccio, Félix: Prólogo a Tiempo de zamba y malambo. Citado en el estudio preliminar de Adriana Del Vitto (2013)[cite: 1].
  • Tasso, Alberto (2004): Cuadernos de Cultura de Santiago del Estero: antología 1970-1995. Santiago del Estero: Barco Edita[cite: 1].
  • Brevetta Rodríguez, Miguel (1987): «Dalmiro Coronel Lugones: más allá de sus tardes amarillas». En diario El Liberal, septiembre, Santiago del Estero[cite: 1].
  • Alén Lascano, Luis y Taralli, Ricardo Dino (1999): Folclore santiagueño. Santiago del Estero: Editorial Santiago Libros[cite: 1].