Entre el trajín de un taller clandestino y los viajes en un Fiat 128 rojo, Jacinto Piedra y Pablo Raúl Trullenque compartieron más que un oficio: una historia de arte, frustración y creatividad en el corazón de Liniers.
En un Buenos Aires de
calles tejidas por la memoria cultural, Jacinto Piedra y Pablo Raúl Trullenque
tejieron un vínculo que fusionaba lazos santiagueños con el murmullo cotidiano
de un taller clandestino. Mientras el sol declinaba sobre el barrio de Liniers,
el restaurante propiedad de Trullenque - figura legendaria de las chacareras,
ritmos que desbordan el alma del norte - ocultaba tras sus muros un taller de
muñecos de telgopor. Allí, Jacinto, recién regresado de Bolivia, pasó dos años
entre costuras y esencias, compartiendo con Toño Rearte el oficio de rellenar
osos de peluche y esas peculiares "peponas" que sonrisas infantiles
convertían en tesoros fugaces.
Fueron meses de
contradicciones físicas y poéticas. La talla alargada y esbelta de Jacinto,
entre tanto bulto de fieltro y celofán, se tornaba en enigma manual. Sus
brazos, hábiles pero torcidos por el espacio ajustado, derramaban con
frecuencia "lluvias de telgopor", polvo blanco que lo llevaba a
maldiciones intermitentes. Entre trozos deshuesados, se intuía un artista
desbordado por su proprio entusiasmo: las manos que luego inscribirían versos
temblaban con juguetes que les resistían ser obras completas.
En aquella caja de
resonancias creativas surgió el rastro de una idea subversiva: Jacinto propuso
crear un muñeco rasta, un símbolo de rebeldía textil. Pero el "viejo"
Trullenque, dueño de un criterio más arraigado en tradiciones rurales, lo
desechó con la autoridad silenciosa de quien cultiva un legado. El rechazo
quedó escrito como la huella de una generación y otra: entre el deseo de
rupturas y la necesidad de raíces.
El Fiat 128 rojo de
Trullenque se transformó en el corredor entre lo real y lo simbólico. En sus
viajes por la Avenida Santa Fe, bajo el vaivén de los guardafocos, Jacinto
anclaba en una libretita sucedáneos de verso. Cada pausa en la repartición,
cada semáforo rojo, eran pretextos para garabatear estrofas antes de cerrar el
cuaderno al vislumbrar la sombra de su jefe. Ese acto furtivo, cargado de
urgencia poética, parecía simbolizar su propia transición: trabajos efímeros
entre Bolivia y el folclore argentino, donde su identidad se retemblaba a
través de talleres clandestinos y salones de baile.
El taller de Liniers,
lejos de ser un paréntesis vulgar, fue un templo de fragmentos: el telgopor
como carne metáforica, los viajes en el coche como cátedra ambulante, y la
libreta, aquella caja negra del oficio no dicho. Allí, entre rupturas y
repuestos, Jacinto trazaba puentes hacia su reencuentro con círculos
folclóricos, gestos que años después lo llevarían a cruzar caminos con figuras
como Cuti Carabajal en aquel mismo restaurante.
Esta etapa, más que
trabajo, fue una pausa poética: una manera de reconstruirse entre la tierra de
Santiago y el universo urbano, donde cada juguete roto - y cada estrofa escrita
en secretos pliegues- hablaba de un
oficio de vivir que trasciende los límites del empleo para convertirse en
narrativa viva.
Información extraída del
libro “Que lo recuerden brillando” de Cecilia Rayen Guerrero Dewey

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