Ricardo Manuel Gómez Oroná, el hombre que Horacio Guaraní bautizaría como Jacinto Piedra, pasó casi dos años fabricando juguetes de telgopor en un taller clandestino de Buenos Aires. Entre peponas rotas y peñas folklóricas, el futuro referente del folklore argentino forjó su camino.
Cuando Ricardo volvió de
Bolivia, se reconectó de inmediato con el folklore. En el fondo - y ahora a la
luz - era santiagueño. Aún faltaban años
para que Horacio Guaraní lo escuchara cantar y le pusiera el nombre que lo
haría conocido: Jacinto Piedra. Por ahora era solo Ricardo, un pibe flaco y
torpe que acababa de regresar a Buenos Aires.
La ciudad lo recibió con
algunos trabajos esporádicos. Así llegó al restaurante de Raúl Trullenque en
Liniers, sobre la calle Tellier. Trullenque era un coterráneo legendario que
hacía maravillas con la chacarera. Pero además del restaurante, en el fondo
funcionaba un taller clandestino de muñecos de telgopor.
El
taller de los juguetes
Ahí Ricardo conoció a
Toño Rearte, otro santiagueño con el que compartió durante casi dos años el
oficio de fabricar juguetes. El taller era minúsculo: un silo de dos por dos
metros y un compresor de aire para rellenar osos de peluche y peponas.
Toño lo recuerda con
cariño: Ricardo era torpe. Su cuerpo largo y flaco no encajaba bien en ese
espacio tan chico. De cada cuatro muñecos que armaba, rompía tres o provocaba
una lluvia de telgopor.
Durante el armado, el
cardenal se ponía nerviosísimo. Con cuidado pegaba los ojos de plástico,
agregaba rubor en aerosol en las mejillas y deshilachaba arpillera para las
pestañas. Cuando los muñecos no le salían bien - casi siempre - los revoleaba y
los maldecía.
Siempre había sido hábil
con las manos. Una vez le propuso al viejo Trullenque hacer un muñeco rasta. La
idea fue descartada de inmediato.
Los
recreos del taller
A veces tomaban té con
galletitas, otras tardes comían sándwiches de mortadela. Ricardo estaba siempre
de buen humor, aunque renegaba por el viaje eterno en tren hasta Liniers.
Cada tanto se sentaba a
un costado del silo a escribir. Llevaba en el bolsillo una libreta chica que
cerraba rápido cuando el viejo Trullenque pasaba a buscarlo en su Fiat 128
rojo. Juntos salían por toda la Avenida Santa Fe a repartir muñecos. En esas
páginas Ricardo iba anotando letras, melodías, fragmentos de lo que vendría.
La
noche en la peña
El restaurante de la
calle Tellier también era punto de encuentro, escenario de peñas folklóricas.
Fue en una de esas noches cuando Ricardo conoció a Cuti Carabajal, el menor de
la familia Carabajal y tío de Peteco, su amigo de infancia.
Cuti era parte de los
Manseros Santiagueños. Cuando escuchó la voz de Ricardo y sus canciones, lo
invitó a tocar con ellos. El talento del muchacho no podía seguir escondido
entre peponas y osos de peluche.
En 1979, cuando los
Manseros celebraban sus 20 años de trayectoria en el Luna Park, Ricardo subió
al escenario y brilló. Esa noche quedó claro: el pibe torpe del taller tenía
algo especial cuando agarraba la guitarra.
Con
Cuti Carabajal
Con Cuti las tardes
pasaban rápido. Jugaban a componer, a arreglar chacareras. Cantaban con ganas.
Nunca grabaron nada en serio. Quizá porque Ricardo seguía siendo, en el fondo,
un niño cantor.
Cuti lo recuerda como un
chico grande, divertido, despreocupado. Dice que tenía un estilo muy nuevo,
distinto, y una voz que atraía: voz de indio. Una voz que venía de la tierra.
El
nombre que lo hizo leyenda
Años después, cuando
Horacio Guaraní lo escuchó cantar, supo que ese muchacho necesitaba un nombre a
la altura de su voz. Lo bautizó Jacinto Piedra. Ricardo Manuel Gómez Oroná pasó
a la historia con ese apodo que resonaba como el monte santiagueño.
Pero antes de ser Jacinto
Piedra, antes de convertirse en referente del folklore argentino, hubo un pibe
flaco que rompía muñecos de telgopor en un taller de Liniers. Un muchacho que
viajaba en tren, comía sándwiches de mortadela y escribía a escondidas en una
libreta.
Sin
apuro
Ricardo llevó su talento
sin preocupación, sin querer ser una estrella. Entre muñecos rotos y
chacareras, entre el telgopor y el polvo santiagueño que nunca lo abandonó,
construyó su camino sin prisa.
Jacinto Piedra nació en
las peñas de Liniers, entre el telgopor y la mortadela, mucho antes de que
tuviera ese nombre. Fue auténtico desde el primer día, incluso cuando fabricaba
peponas que le salían mal.
Información extraída del
libro “Que lo recuerden brillando” de Cecilia Rayen Guerrero Dewey

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