jueves, 5 de marzo de 2026

Los muñecos de telgopor que tejieron una amistad

 Ricardo Manuel Gómez Oroná, el hombre que Horacio Guaraní bautizaría como Jacinto Piedra, pasó casi dos años fabricando juguetes de telgopor en un taller clandestino de Buenos Aires. Entre peponas rotas y peñas folklóricas, el futuro referente del folklore argentino forjó su camino.



Cuando Ricardo volvió de Bolivia, se reconectó de inmediato con el folklore. En el fondo - y ahora a la luz -  era santiagueño. Aún faltaban años para que Horacio Guaraní lo escuchara cantar y le pusiera el nombre que lo haría conocido: Jacinto Piedra. Por ahora era solo Ricardo, un pibe flaco y torpe que acababa de regresar a Buenos Aires.

La ciudad lo recibió con algunos trabajos esporádicos. Así llegó al restaurante de Raúl Trullenque en Liniers, sobre la calle Tellier. Trullenque era un coterráneo legendario que hacía maravillas con la chacarera. Pero además del restaurante, en el fondo funcionaba un taller clandestino de muñecos de telgopor.

El taller de los juguetes

Ahí Ricardo conoció a Toño Rearte, otro santiagueño con el que compartió durante casi dos años el oficio de fabricar juguetes. El taller era minúsculo: un silo de dos por dos metros y un compresor de aire para rellenar osos de peluche y peponas.

Toño lo recuerda con cariño: Ricardo era torpe. Su cuerpo largo y flaco no encajaba bien en ese espacio tan chico. De cada cuatro muñecos que armaba, rompía tres o provocaba una lluvia de telgopor.

Durante el armado, el cardenal se ponía nerviosísimo. Con cuidado pegaba los ojos de plástico, agregaba rubor en aerosol en las mejillas y deshilachaba arpillera para las pestañas. Cuando los muñecos no le salían bien - casi siempre - los revoleaba y los maldecía.

Siempre había sido hábil con las manos. Una vez le propuso al viejo Trullenque hacer un muñeco rasta. La idea fue descartada de inmediato.

Los recreos del taller

A veces tomaban té con galletitas, otras tardes comían sándwiches de mortadela. Ricardo estaba siempre de buen humor, aunque renegaba por el viaje eterno en tren hasta Liniers.

Cada tanto se sentaba a un costado del silo a escribir. Llevaba en el bolsillo una libreta chica que cerraba rápido cuando el viejo Trullenque pasaba a buscarlo en su Fiat 128 rojo. Juntos salían por toda la Avenida Santa Fe a repartir muñecos. En esas páginas Ricardo iba anotando letras, melodías, fragmentos de lo que vendría.

La noche en la peña

El restaurante de la calle Tellier también era punto de encuentro, escenario de peñas folklóricas. Fue en una de esas noches cuando Ricardo conoció a Cuti Carabajal, el menor de la familia Carabajal y tío de Peteco, su amigo de infancia.

Cuti era parte de los Manseros Santiagueños. Cuando escuchó la voz de Ricardo y sus canciones, lo invitó a tocar con ellos. El talento del muchacho no podía seguir escondido entre peponas y osos de peluche.

En 1979, cuando los Manseros celebraban sus 20 años de trayectoria en el Luna Park, Ricardo subió al escenario y brilló. Esa noche quedó claro: el pibe torpe del taller tenía algo especial cuando agarraba la guitarra.

Con Cuti Carabajal

Con Cuti las tardes pasaban rápido. Jugaban a componer, a arreglar chacareras. Cantaban con ganas. Nunca grabaron nada en serio. Quizá porque Ricardo seguía siendo, en el fondo, un niño cantor.

Cuti lo recuerda como un chico grande, divertido, despreocupado. Dice que tenía un estilo muy nuevo, distinto, y una voz que atraía: voz de indio. Una voz que venía de la tierra.

El nombre que lo hizo leyenda

Años después, cuando Horacio Guaraní lo escuchó cantar, supo que ese muchacho necesitaba un nombre a la altura de su voz. Lo bautizó Jacinto Piedra. Ricardo Manuel Gómez Oroná pasó a la historia con ese apodo que resonaba como el monte santiagueño.

Pero antes de ser Jacinto Piedra, antes de convertirse en referente del folklore argentino, hubo un pibe flaco que rompía muñecos de telgopor en un taller de Liniers. Un muchacho que viajaba en tren, comía sándwiches de mortadela y escribía a escondidas en una libreta.

Sin apuro

Ricardo llevó su talento sin preocupación, sin querer ser una estrella. Entre muñecos rotos y chacareras, entre el telgopor y el polvo santiagueño que nunca lo abandonó, construyó su camino sin prisa.

Jacinto Piedra nació en las peñas de Liniers, entre el telgopor y la mortadela, mucho antes de que tuviera ese nombre. Fue auténtico desde el primer día, incluso cuando fabricaba peponas que le salían mal.

Información extraída del libro “Que lo recuerden brillando” de Cecilia Rayen Guerrero Dewey

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