jueves, 5 de marzo de 2026

Los muñecos de telgopor que tejieron una amistad

 Entre el trajín de un taller clandestino y los viajes en un Fiat 128 rojo, Jacinto Piedra y Pablo Raúl Trullenque compartieron más que un oficio: una historia de arte, frustración y creatividad en el corazón de Liniers.



En un Buenos Aires de calles tejidas por la memoria cultural, Jacinto Piedra y Pablo Raúl Trullenque tejieron un vínculo que fusionaba lazos santiagueños con el murmullo cotidiano de un taller clandestino. Mientras el sol declinaba sobre el barrio de Liniers, el restaurante propiedad de Trullenque - figura legendaria de las chacareras, ritmos que desbordan el alma del norte - ocultaba tras sus muros un taller de muñecos de telgopor. Allí, Jacinto, recién regresado de Bolivia, pasó dos años entre costuras y esencias, compartiendo con Toño Rearte el oficio de rellenar osos de peluche y esas peculiares "peponas" que sonrisas infantiles convertían en tesoros fugaces.

Fueron meses de contradicciones físicas y poéticas. La talla alargada y esbelta de Jacinto, entre tanto bulto de fieltro y celofán, se tornaba en enigma manual. Sus brazos, hábiles pero torcidos por el espacio ajustado, derramaban con frecuencia "lluvias de telgopor", polvo blanco que lo llevaba a maldiciones intermitentes. Entre trozos deshuesados, se intuía un artista desbordado por su proprio entusiasmo: las manos que luego inscribirían versos temblaban con juguetes que les resistían ser obras completas.

En aquella caja de resonancias creativas surgió el rastro de una idea subversiva: Jacinto propuso crear un muñeco rasta, un símbolo de rebeldía textil. Pero el "viejo" Trullenque, dueño de un criterio más arraigado en tradiciones rurales, lo desechó con la autoridad silenciosa de quien cultiva un legado. El rechazo quedó escrito como la huella de una generación y otra: entre el deseo de rupturas y la necesidad de raíces.

El Fiat 128 rojo de Trullenque se transformó en el corredor entre lo real y lo simbólico. En sus viajes por la Avenida Santa Fe, bajo el vaivén de los guardafocos, Jacinto anclaba en una libretita sucedáneos de verso. Cada pausa en la repartición, cada semáforo rojo, eran pretextos para garabatear estrofas antes de cerrar el cuaderno al vislumbrar la sombra de su jefe. Ese acto furtivo, cargado de urgencia poética, parecía simbolizar su propia transición: trabajos efímeros entre Bolivia y el folclore argentino, donde su identidad se retemblaba a través de talleres clandestinos y salones de baile.

El taller de Liniers, lejos de ser un paréntesis vulgar, fue un templo de fragmentos: el telgopor como carne metáforica, los viajes en el coche como cátedra ambulante, y la libreta, aquella caja negra del oficio no dicho. Allí, entre rupturas y repuestos, Jacinto trazaba puentes hacia su reencuentro con círculos folclóricos, gestos que años después lo llevarían a cruzar caminos con figuras como Cuti Carabajal en aquel mismo restaurante.

Esta etapa, más que trabajo, fue una pausa poética: una manera de reconstruirse entre la tierra de Santiago y el universo urbano, donde cada juguete roto - y cada estrofa escrita en secretos pliegues-  hablaba de un oficio de vivir que trasciende los límites del empleo para convertirse en narrativa viva.

Información extraída del libro “Que lo recuerden brillando” de Cecilia Rayen Guerrero Dewey

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