sábado, 30 de agosto de 2025

"Soco" Díaz, Músico de la tierra

Por Atahualpa Yupanqui

 


 

Santiago del Estero es una provincia elegida por los viejos Dioses de la armonía. Es un pago milagrero y deslumbrante.

Como tiene poca agua, y las industrias eligieron otras comarcas, le tocó a Santiago la calificación de "provincia pobre".

Pero la compensación está en los hijos de esa tierra. En los hijos con "autenticidad" santiagueña. Es decir, en los que tienen abuelos enterrados en la tierra bien-amada. Porque esos "hijos" mantienen en sus venas el rumor de la leyenda, la "sacha historia" narrada por las viejas pitadoras, en esas horas en que los changos luchan con el sueño, mientras las hachas derribadoras del monte brillan reflejando un pedacito de luna y los diferentes ruidos del campo no son sino rumores musicalizados por un aire livianito; y el yanácari, "atajacaminos" comienza a atravesar su brevísimo ponchazo sobre las huellas, y el cacuy, en el fondo del algarrobal, pareciera señalar al entendido, la senda que lleva hasta la temida y anhela- da Salamanca de la selva.

No es extraño, entonces, que Santiago del Estero sea tierra de músicos. Tierra de trovadores, de rapsodas, de juglares.

Los hubo en todo tiempo, y muy famosos. Can- tores con mentas de "supayoj", es decir, de "endiablados", como el Chumpi Galarza, que caminando desde el sur de Suncho-Corral, entró en campo santafecino -y, dándose cuenta que había "vandeao" su provincia natal, volvió, y rompiendo la guitarra, se perdió en el monte, y nada se supo de él desde entonces.

Tierra de músicos, de los Nachi Gómez, de los Costas, de los Laurindos. Chazarretas, Aguirres, Guilli González, Acosta, Corvalanes, Díaz, Gallardos y Palavecinos.

Esta noche, quiero conversar, entre rasguido y rasguido de Benicio Díaz, nacido en Salavina, buscó la capital santiqueña para sus estudios secundarios. Estoy seguro que se habrá sorprendido al comprobar que en la ciudad no se enseñaba en quíchua, lengua que él hablaba corrientemente.

Soco Díaz estudió música. Tocaba guitarra y bandoneón. Es decir: Estudió solfeo y teoría. Miró sobre el pentagrama los signos que concretaban en cierto modo ese misterioso mundo que le bullía en el corazón desde niño. Porque la música alentaba dentro de él como una necesidad natural de respirar, de mirar, de sentirlo al desierto, a las salinas, a los jumiales, a las represas, de ver su paisaje con amor de "shalaco", y de expresarlo en música, con una chacarera, con un escondido, con una zamba, o una vidala de esas que se dicen a la hora en que todas las palabras se con- vierten en una íntima confidencia.

Soco Díaz era mozo inteligente y bastante versado en muchas cosas. Lo he tratado durante años, y nos dábamos el trato de hermano. Era ingenioso; y alguna vez, por ahí, en cualquier lugar del campo santiagueño, que recorrimos juntos tanto tiempo, hacíame escuchar un aire de chacarera bien quichuista, y luego, para pedirme que la repitiera yo en guitarra, me decía: "Traducíla". ... Y, en verdad, había que traducirla, del quichua al español, musicalmente hablando.

Otra vez, un director de banda le pidió una música, y leyéndola rápidamente, quiso saber el tiempo de una frase; y le preguntó a Díaz: "Dígame, Díaz, ¿esto va en tiempo "vivo" o "moderato”?". Y el Soco le respondió: "Vea: como si quisiera disparar... Pero después de haber almorzao, sabe?... Le encantaban las ocurrencias. Pero en materia de música, de composición, ya no había bromas. Era serio, y, muchas veces, in- tolerante, exigente. El pensaba que variar una frase de una vidala de Salavina era como arrancar un algarrobo secular para plantar una dalia o cosa así, en su lugar.

Su música era perfectamente bailable. Si lo sabrán los paisanos de allá.  Pero era gratísimo escucharla en silencio, por la noche, cuando el airecito hamacaba los aromas del jume y el poleo, y el patio parecía combo bajo la luz de una vela de largo pabilo, escondida entre las macetas, "pa que dure"...

Alguna otra vuelta seguiremos conversando sobre este Benicio Díaz, entrañablemente santiagueño, y con un universo en su emoción de músico de la tierra. Por ahora, dejemos que avance el recuerdo de sus melodías, que nos compensan de horas ingratas, de muchos sinsabores sin belleza. Sus melodías apuntalan el alma criolla y nos hacen sentirnos más argentinos: argentinos con ganas...

Publicada originalmente en Revista Folklore el 1/04/1962

sábado, 23 de agosto de 2025

Alfredo Abalos, La voz de la chacarera

El folclorista santiagueño cumple 50 años con la música. Defiende el folclore "de fundamento" contra el "abolerado" y cuenta por qué no se lo reconoció hasta ahora.

 


 

Hace apenas unas horas que llegó de Santiago Don Alfredo Abalos. Vino a Buenos Aires prácticamente a secas, no trajo su bombo legüero ni ningún otro instrumento. Sólo su manera inconfundible de frasear se escucha en el segundo piso de la casa en San Cristóbal donde se instaló por unos días.

Enorme la figura de Abalos al final de escalera. Con una luz de mediodía que potencia el áurea circular de su barba y cabellera blanca, invita a pasar mientras reniega con un mate demasiado corto. La "voz de la Chacarera" festeja sus cincuenta años con la música. Esa es un poco la excusa de su retorno a la provincia en que nació un 21 de abril de 1938.

En una pequeña habitación está el afiche que promocionó su último recital en el ND Ateneo. "Es emocionante, ¿has visto? Tener después de tanto tiempo imágenes de uno por toda la Capital. Es el reconocimiento a una vida en la que me dediqué a hacer las cosas que consideraba tenían un valor musical y literario: rescatar la cultura de Santiago del Estero. Nunca grabé nada con la idea de cantar pavadas para vender algunos discos más".

A los 66 años, Alfredo Abalos está más sosegado, debido en gran parte al yoga, disciplina que practica a diario y que le recomendó Edmundo Rivero hace 40 años. "Uno ya no es tan insistidor, es importante marcar el camino y estar en cosas más espirituales", explica.

Hace 32 años que vive en el 8 de abril, un barrio criollo de la capital Santiagueña en el que eligió pasar su vida luego de abandonar San Fernando, ciudad donde se crió y pasó parte de su niñez. Allá: una vida simple "como se vivía antes, llegan los domingos y los vecinos traen una empanadita, por ahí hacemos un asado en la calle. Vivo con mi compañera, Muni, con quien estoy hace 35 años, y todavía canta lindo, y con mis cinco gatos. No me mueve nadie de ahí, hijo. Es el recuerdo: si habremos hecho en casa juntadas con Miguel Simón, Don Sixto (Palavecino), Pablo Raúl Trullenque, Felipe Corpos, Antonio Tarragó Ros".

Se fue para Santiago luego de escuchar desde chico los relatos de Andrés Chazarreta, quien solía parar en la casa de su abuelo. Abalos se crió con sus tíos luego de que su madre falleciera, dos meses después de su nacimiento. Era una casa de músicos: "Papá tocaba la flauta traversa, tío Julio el violín, tío Pancho el bandoneón; todo el mundo cantaba y los fines de semana eran música y música. Cuando me quise acordar también andaba garroteando un bombo, metiendo los dedos en el piano y haciendo los primeros acordes en la guitarra. Un día empecé a cantar también con el bombo y me escuchó Alberto Ocampo. Ahí nomás me sumó a su conjunto. Tenía 16 años".

Así empezó como bombisto en una de las canchas de básquet durante los carnavales en River. En la pista de al lado tocaba la orquesta de Aníbal Troilo y la Jazz San Francisco. Tiempo después, en el sótano de un bar en Paraná y Sarmiento, mientras estudiaba canto con Rubén de Alvarado, se cruzó con el Polaco Goyeneche y Edmundo Rivero, quien le regaló el primer libro de yoga para que aprendiera a respirar. Luego Leo Dan lo llevó al sello Diapasón para grabar su primer trabajo, Herencia folclórica. A partir de ahí, hizo más de quince discos. El último salió hace cuatro años, Te digo chacarera, donde tocó junto a sus hijos Santiago y Martín. Allí, en La doble sentenciosa, talla una de sus máximas como cantor: no me gusta incomodar ni conversar con cualquiera / y si alguno se aburre por culpa de lo que digo/ o se tapa los oídos o puede irse para afuera.

Un viejo cuento santiagueño dice que Tata Dios sólo sale a bailar truncas si las canta Alfredo Abalos. Pese a todo, en Abalos se confirma eso de que nadie es profeta en su propia tierra. Recién ahora, luego de una ausencia prolongada, retorna a los festivales: el próximo 25 de setiembre estará en el Festival de la Tradición en Añatuya.

¿Por qué piensa que no hay un reconocimiento hacia su figura?

No lo puedo explicar. Hemos salido de Santiago con Don Sixto, con Cuti y Roberto Carabajal y nos ha ido muy bien. La última vez, en el Festival de la Salamanca, han contratado a Los Nocheros y a nosotros no nos tuvieron en cuenta. Y esa ingratitud duele, esa idea de estar en la cosa del momento, llámese Soledad, Los Nocheros, Luciano Pereyra es lo que da plata. Ahí está la cosa. Lo que no quiere decir que lleven buena música.

¿Piensa que también usted ha tenido actitudes que lo han ido marginando?

Puede ser, pero no puedo evitar ser peleador defendiendo cosas que a mí me parecen valiosas. Hace cuatro años que no voy a Cosquín, la última vez me han hecho calentar fulero. Esa noche había subido un montón de gente valiosa como Suma Paz, Hugo Jiménez Agüero y nadie les daba bolilla porque esperaban el cierre con Los Nocheros. Entonces dije por el micrófono: "Ahora les voy a cantar una danza tradicional argentina que se baila, ustedes no la deben conocer porque han venido a escuchar boleros, se llama chacarera". ¿Me entiende? Uno no puede dejar de calentarse con eso. A mí me ha pasado de tocar en Santiago con la gente de moda y ver subir a Don Sixto y que todo se venga abajo.

Usted fue el primero en grabar "Angélica" de Roberto Cambaré, y contó una vez que fue bastante criticado por Atahualpa Yupanqui por algo parecido.

Sí, tenía una métrica de zamba pero la letra era medio, como digo ahora, abolerada... romántica. Don Ata, que era tan criollo, nos criticó duro; era bravo cuando criticaba a la gente joven. Nos dijo algo parecido de lo que ahora pienso del folclore abolerado. De esa crítica hemos aprendido a distinguir el folclore abolerado del folclore con fundamento. Hay que respetar las raíces.

Juan José Santillán

Folclore se escribe con C

 



Hace más de 26 años se realizó en Santiago del Estero una campaña muy importante en favor de la castellanización de la palabra "folclore".

El principal motor de esta inquietud fue el Dr. Domingo Antonio Bravo, quien se dedicó a publicar artículos sobre esta propuesta y a realizar presentaciones ante la Academia Argentina de Letras, así como en el III° Congreso de las Academias de Lenguas, que se llevó a cabo en Bogotá, Colombia, en julio de 1960.

La postura liderada por DOMINGO BRAVO era válida y contaba con fundamentos sólidos, algo que él mismo destacó en un artículo publicado en El Liberal el 15 de junio de 1960, hace ya más de 26 años. El título de ese artículo era "Folklore, la posición santiagueña se ajusta a la acentuación del idioma", y se basaba en la propuesta de otros países de América que consideraban que, al adaptar la palabra inglesa al español, debía hacerse como aguda -folclor- ya que así es como generalmente se pronuncia.

En ese artículo que al "folclorizarse", la palabra debería hacerse con la "e" final, puesto que la palabra, para nosotros, era trisílaba: fol - clo - re, ya que esa "e" al final se pronunciaba naturalmente.

En esos, interpretando en sentir general, tras analizar la propuesta formulada por DOMINGO BRAVO, en forma de apoyo, El Liberal dispuso escribir la voz: FOLCLORE, como la sosteníamos los santiagueños, es decir con "c" en lugar de "k". Y así se hizo durante años.

Pero el tiempo...y ya no en vano todo el entusiasmo de esos años fue quedando atrás y "folclore" volvió a escribirse con "k", incluso en El Liberal.

Todos parecieron olvidarse de los fundamentos serios de la propuesta...pero la propuesta había sido tan sólida y tan generalizada que la Real Academia, dispuso castellanizar el vocablo inglés y así, en el Diccionario Oficial de 1970, ya estaba "FOLCLORE" con "c". En realidad, estaba ya en 1970 y está en la última edición del Diccionario de la Academia casi toda una familia de palabras, derivadas de esa voz de origen inglés. En efecto, está folclor, folclore, folclórico y folclorista. Últimamente, estaría faltando el verbo "folclorear", que es común, de uso corriente y de comprensión generalizada.

Si bien es cierto que la Academia parece inclinar su preferencia por el vocablo "folclor" que es la forma como se pronunciaba la palabra inglesa "folklore", también ha incorporado el léxico de nuestra lengua folclore, como lo decimos aquí y en extensas zonas del país.

Lo curioso, lo lamentable, y hasta un poco decepcionante, es ver cómo en nuestros medios se ha olvidado lo correcto y acertado de la forma santiagueña de escribir "FOLCLORE" con "c". En su lugar, se ha vuelto a popularizar la versión inglesa del término, ¡es decir, con "k"! Por lo tanto hay que desterrar la inglesa "Folklore" y ajustarse a lo resuelto por la alta corporación de la lengua castellana que la incorpora al léxico como "FOLCLORE", es decir con "c", al igual que folclórico y folclorista. Señalamos que es tan importante la determinación de la Real Academia, que revistas extranjeras, entre ellas la muy difundida "Selecciones", escribe "folclore" con "c".

(ELVIO AROLDO ÁVILA, 11 de noviembre de 1986, El Liberal)

DEL LIBRO INÉDITO "ANÉCDOTAS DE FOLCLORISTAS SANTIAGUEÑOS " DE OMAR SAPO ESTANCIERO

El retrato oficial de Mama Antula: la historia del artista que la pintó en su lecho de muerte, cómo su obra fue arruinada y la restauración que la rescató.

En 1799, tras el fallecimiento de Santa María Antonia de San José, las hermanas que compartían la Casa de Ejercicios decidieron llamar al pintor José de Salas para que hiciera una copia. Esto fue parte de la recuperación del primer cuadro, que hoy en día se considera el retrato oficial de la Santa. También se abordaron los detalles sobre la reactivación de la causa y las personas que estuvieron involucradas en ella.

El paño con la copia del cuadro de Mama Antula que pintó Salas, en la Basílica de San Pedro. La Santa nunca se dejó retratar en vida. Salas debió pintarla muerta... pero como si estuviera con vida

El 7 de marzo de 1799, a las tres de la tarde, María Antonia, la beata fundadora, falleció en la Casa de Ejercicios. Ante este hecho, notaron que nunca se había realizado un retrato de ella, dado que jamás lo había permitido en vida. Ante el inminente sepelio (que se realizó al otro día, de madrugada, en el camposanto de la iglesia de la Piedad), raudamente se fue a buscar a la ciudad a José Salas. Cabe recordar que la Casa de Ejercicios estaba ubicada muy lejos de casco céntrico, y había que atravesar tres arroyos para llegar a la plaza de la Victoria (actual plaza de Mayo). Además, cuando llovía, eran imposibles de atravesar.

Cuando José de Salas arribó, trazó unos esbozos del rostro de la difunta y con ellos se retiró a pintar el cuadro. Era muy común que se retrataran cuadros con religiosas fallecidas, como por ejemplo la colección de cuadros de las “monjas coronadas” en el Perú. Pero a Salas le solicitaron que la pintara viva, y no difunta.

Por lo tanto, el pintor ubicó a María Antonia de pie, frente a la Casa de Ejercicios, envuelta en su manto negro, que utilizaba en forma de velo y vestida con un hábito negro y al cuello un velo blanco que lo cubre. El cuadro es un óleo cuyas dimensiones son 125 cm de alto por 90 cm de ancho, incluido el marco de madera. La paleta de colores aplicada se limita al ocre, al rojo y al negro. El cuerpo de la beata ocupa la mayor parte de la superficie pictórica. Su rostro se destaca por la forma angular y por la mirada ensimismada, orientada hacia la derecha. En su mano derecha sostiene una cruz alta y en la izquierda un libro abierto. Detrás de ella se observa la puerta de ingreso a la casa de ejercicios. Salas escribirá -textual- debajo del cuadro: “Doña María Antonia de la Paz. Fundadora de esta Santa Casa. Nació en la ciudad de Santiago del Estero el año de 1730; i murió en esta Capital el día 7 de marzo de 1799. Este retrato es obra de Don José Salas, quien, por afecto a esta Señora, lo colocó graciosamente… para perpetuar su memoria.”

De este epígrafe, queda clarísimo que Salas nos dijo dónde nació: “en la ciudad de Santiago del Estero” y el año “1730″. ¿Por qué dudar de un contemporáneo de la santa que dejará por escrito en su obra semejante dato? Si este dato hubiera sido erróneo ¿no creen que lo corregiría? Salas y la santa misma en sus cartas repiten una y otra vez: “…nací en Santiago del estero”. Y otro dato importante: coloca el año de nacimiento.

Este retrato fue colgado en la habitación donde falleció la Santa, pero con el paso del tiempo y el descuido se fue deteriorando. Al notar esto, y antes de sufrir unos de los tantos repintes, fue convocado el pintor retratista García del Molino, para que basando en el cuadro de Salas pintara otro, y así lo hizo.

Lo pintó en 1861, con el fin de reemplazar al de Salas. Es probable que este encargo implicara un desafío significativo por el prestigio de la imagen primigenia, y García del Molino escribirá sobre el mismo cuadro en forma de ovalo: “Da. María Antonia de la Paz. Fundadora de esta Santa Casa de exercicios Espirituales de Buenos Aires, Montevideo y otras. Nació en la ciudad de Santiago del Estero en el año 1730 y murió en esta B° Ayres el 7 de marzo de 1799. D n. José de Salas (a) el madrileño hizo el retrato de la Fundadora y obsequió con él esta Casa. No estando ya bueno este y hubiéndo aparecido el bosquejo original, su paisano Cura de Sn Telmo Dn Ramón García costeó el presente en el año 1861. Pint. p. Fdo García del Molino”

Acá, García del Molino nos repite el lugar del nacimiento y el año, nadie lo corrigió, y eran contemporáneos a la santa. Es decir que los datos eran certeros. Este cuadro de García del Molino podemos observar que es diametralmente opuesto al de José de Salas. Pero era copia fiel… ¿Cómo es posible?

El cuadro de Mama Antula que pintó Salas, muy deteriorado y oscuro antes de la restauración


El cuadro que observó García del Molino cuando hizo la copia es tal y como lo copió. La cuestión es que, con el paso de los siglos, el cuadro de Salas tuvo hasta 12 repintes. Y es importante aclarar que García del Molino encontró los bosquejos del cuadro original, él mismo nos lo dice: “…No estando ya bueno este y habiendo aparecido el bosquejo original…”

La imagen que observamos en García del Molino, es de una señora mayor, (recordemos que tenía 69 años vividos en el s. XVII) con pelo cano y de cara más redonda y este será el rostro de la estatua mortuoria que mandará a ejecutar Mons. Ezcurra en Génova, Italia para depositar en su sepulcro de la actual santa en la basílica de la Piedad. Estas imágenes distan mucho de lo que hoy observamos en el cuadro de Salas.

Fuente: Infobae

domingo, 17 de agosto de 2025

Los prisioneros ingleses que vivieron en Santiago del Estero

Después de la derrota de la primera invasión inglesa a Buenos Aires, unos cien soldados británicos fueron trasladados como prisioneros a Santiago del Estero. Allí vivieron durante casi un año, vestidos con ropa de civiles, despojados de sus uniformes y lejos de imaginar que algunos terminarían echando raíces en la tierra que los recibió como enemigos.



Un episodio curioso en medio de las invasiones inglesas

La historia suele recordarse con grandes batallas y nombres resonantes, pero entre sus pliegues se esconden escenas pequeñas, casi íntimas, que revelan cómo la vida cotidiana se cruzaba con la política y la guerra. Una de esas escenas ocurrió en 1806, tras la derrota de William Carr Beresford en Buenos Aires durante la primera invasión inglesa.

El entonces comandante Santiago de Liniers, temeroso de un nuevo intento británico, ordenó la dispersión de los prisioneros hacia distintas provincias. Así, el 2 de septiembre de 1806, unos 1200 soldados ingleses fueron repartidos en el interior del virreinato. Santiago del Estero recibió alrededor de cien de ellos.

Soldados sin uniforme y casi desnudos

El historiador Carlos Roberts, en su clásico libro Las invasiones inglesas (1938), relata que los uniformes de los prisioneros fueron retirados para vestir a las tropas criollas: los Migueletes, los Cazadores de caballería y los Morenos de infantería. Como consecuencia, los ingleses enviados a Santiago del Estero llegaron en condiciones penosas.

El gobernador de la provincia informó que los soldados arribaron “casi desnudos”, con ropas de civiles improvisadas, mal alimentados y en evidente estado de precariedad. Aquella imagen, insólita y despojada de la épica militar, contrastaba con la visión de los invasores europeos que habían desembarcado con uniformes brillantes apenas unos meses antes.

Diez meses de convivencia y un destino inesperado

Los prisioneros permanecieron en Santiago durante unos diez meses, tiempo en el cual compartieron la vida cotidiana de la población local. Algunos llegaron acompañados de sus esposas e hijos, lo que transformó aquel cautiverio en una convivencia compleja pero menos rígida de lo que se podría imaginar en un contexto bélico.

Tras la segunda derrota británica, en 1807, muchos de los prisioneros fueron repatriados a Inglaterra. Sin embargo, algunos se negaron a regresar. Se habían adaptado a la vida en el interior del virreinato, habían formado vínculos y, en más de un caso, comenzaron nuevas vidas en tierras lejanas a las que los habían visto nacer.

Reflexión final

Este episodio, apenas mencionado en los grandes relatos de las invasiones inglesas, abre una ventana a la dimensión humana de la historia. Más allá de las batallas y las estrategias militares, estaban los cuerpos y las vidas de hombres que, derrotados y humillados, encontraron en un rincón del norte argentino un lugar donde reescribir su destino.

A veces, la historia no avanza solo con cañones y tratados, sino también con esas historias mínimas de supervivencia, desarraigo y arraigo inesperado.

Fuentes consultadas:

* Roberts, C. (1938). Las invasiones inglesas. Buenos Aires: Editorial Huarpes.

* Documentos del gobierno colonial citados en la investigación de Roberts.

sábado, 16 de agosto de 2025

Atacama, el alma feliz: Un viaje a los orígenes de Termas de Río Hondo

 


En septiembre, Termas de Río Hondo soplará las velitas de su 71° aniversario como ciudad. Pero antes de las avenidas arboladas, los hoteles de lujo y el murmullo de los turistas, hubo un territorio que fue semilla de vida y de encuentros: Atacama, un lugar donde la memoria todavía late bajo el agua del embalse.

Donde todo comenzó

El 6 de septiembre no es solo una fecha en el calendario. Para quienes habitamos Termas, es un recordatorio de orgullo y de pertenencia. Sin embargo, la verdad es que cada aniversario también abre una pregunta incómoda y hermosa a la vez: ¿de dónde venimos?

Y ahí aparece un nombre antiguo, con peso y ternura: Atacama. Según documentos coloniales y relatos que viajaron de boca en boca, significa “alma feliz” en quechua. Y es que no costaba imaginarlo: tierras que daban abrigo, manantiales que parecían regalos escondidos, el río Dulce como venas de agua fresca. Un sitio que parecía hecho para abrazar la vida.

Un territorio tejido por culturas

Mucho antes de que los conquistadores españoles dejaran huella, Atacama ya era punto de encuentro. Los arqueólogos lo saben bien: allí aparecieron urnas funerarias, trozos de cerámica y hasta puntas de lanza con seis mil años de antigüedad.

Eran huellas de pueblos que encontraron en este rincón lo esencial para vivir: peces en el río, frutos de la caza, suelos generosos para cultivar y aguas termales que sanaban el cuerpo y, quizá, también el espíritu.

El investigador Sebastián Sabater suele contarlo con una mezcla de fascinación y cariño: “Era un sitio extraordinario. Tenía todo lo necesario para vivir bien, y eso lo sabían tanto los pueblos originarios como los conquistadores que vinieron después”. No sorprende, entonces, que más del 90% de las piezas que hoy se muestran en el museo provengan de ese mismo suelo.

De las mercedes al agua que lo cubrió todo

El tiempo, sin embargo, trae giros inesperados. En 1655, la Corona española concedió la Merced de Atacama al capitán Juan Pérez Moreno: un extenso territorio de 9.000 hectáreas que abarcaba buena parte de la actual ciudad.

Aquellas tierras pronto se convirtieron en escenario de pleitos y herencias. Apellidos como Sotelo, Galiano o Figueroa Roldán quedaron atados a escrituras y disputas que, de alguna manera, siguen resonando en los documentos antiguos.

Y después vino el capítulo más doloroso: la construcción del dique. La obra estatal expropió terrenos, tapó manantiales y sumergió casas, corrales y hasta un mausoleo familiar bajo las aguas del nuevo embalse. A veces, cuando el lago baja, la historia vuelve a mostrarse: ladrillos, paredes, aljibes que reaparecen como fantasmas discretos de un pasado que se niega a hundirse del todo.

La memoria que no se rinde

Aunque la tierra quedó bajo el agua, Atacama nunca desapareció. Vive en los objetos guardados, en los relatos que pasan de generación en generación, en las piezas que se rescatan de la orilla cuando el embalse deja ver lo que esconde.

Sabater recuerda con una sonrisa el inicio de todo: comenzó juntando pedacitos de cerámica mientras pescaba. Los guardaba en una caja de zapatillas, sin sospechar que aquel gesto sencillo sería el germen del museo que hoy cuenta la historia milenaria de la región.

Hablar de Atacama, entonces, es hablar de raíces. Es entender que Termas no nació con el turismo, sino con el pulso de los pueblos originarios que supieron leer en esta tierra un refugio para prosperar.

Una memoria compartida

Desde Termas Nuestra Historia, cada semana intentamos encender esa chispa: traer a la mesa relatos, voces y objetos que no merecen quedarse dormidos en archivos polvorientos. Porque la historia cobra sentido cuando circula: en una sobremesa familiar, en una charla de escuela, en una plaza bajo el sol o incluso en un post de redes sociales.

Y la verdad es que la invitación sigue abierta: fotos antiguas, cartas de abuelos, recuerdos guardados en un cajón… todo suma al mosaico que vamos armando entre todos. Porque la memoria no es propiedad privada ni tarea de unos pocos iluminados: la escribimos juntos, cada vez que recordamos y compartimos.

Fuentes consultadas

* Gramajo de Martínez Moreno, A. (1960). Historia de Santiago del Estero en sus tierras y familias*. Santiago del Estero: Ediciones del Norte.

* Archivo Histórico de Santiago del Estero. Merced de tierras de Atacama (1655). Documento original.

* Sabater, S. (2023). Entrevistas y notas de campo para Museo Arqueológico Regional. Comunicación personal.

* López, J. L. (2023). “Atacama, alma feliz: el primer trazado de nuestra historia”. Proyecto Termas Nuestra Historia.

Tucumanos firmes ante el motín santiagueño

 


Por: Por Carlos Páez de la Torre H

En 1865 marcharon juntos a la Guerra del Paraguay guardias nacionales de Tucumán y de Santiago. Estos últimos se amotinaron en La Viuda.

El 1 de mayo de 1865, los gobiernos de la Argentina, Brasil y Uruguay firmaron el tratado ofensivo y defensivo de “la Triple Alianza” contra la República del Paraguay, que presidía Francisco Solano López. Pocos días después se iniciaba aquella sangrienta contienda, que se extendió hasta 1870 con miles de muertos. El 9 de mayo, la Argentina anunció oficialmente que estaba en guerra.

En las provincias, las autoridades empezaron de inmediato a tomar medidas. En Tucumán, el gobernador José Posse declaró “en estado de asamblea” a la Guardia Nacional, e impuso el enrolamiento en ella de todo vecino de entre 17 y 45 años, además de prohibir a los hombres abandonar el territorio sin autorización militar.

Tucumán en armas

El 4 de mayo se dirigió a la Sala de Representantes, exponiendo la situación creada al país por la Guerra del Paraguay. Acompañaba impresos oficiales remitidos por el Gobierno Nacional. Ellos ilustraban, decía, sobre “el estado de guerra en que se halla la República, sorprendida en su reposo por fuerzas paraguayas, con alevosía salvaje, en plena paz, sin motivo ni pretexto para la agresión vandálica que acaba de sufrir el suelo de la patria, en la provincia hermana de Corrientes”.

Informaba Posse que, por lo tanto, había procedido a “poner en armas la provincia”, alistando la Guardia Nacional para que “esté pronta a la voz del presidente de la República (el general Bartolomé Mitre), si es llamada al servicio de guerra”. Esperaba “del patriotismo de mis conciudadanos, que el nombre tucumano no quedará oscuro en la lucha, y que todos concurrirán donde el deber los llame”. Al mismo tiempo aguardaba, sobre el asunto, una “manifestación de la Sala”, que fuera “expresión viva y genuina de los sentimientos de todo el vecindario de la provincia”.

550 hombres

Cuatro días más tarde, la Sala sancionó una ley autorizando a Posse a dirigirse al Ejecutivo Nacional “ofreciéndole el concurso y decidida cooperación del pueblo tucumano” en la contienda. Se lo autorizaba, igualmente, a “disponer de las rentas de la Provincia como lo estimase conveniente y lo requieran las exigencias de la guerra”.

El gobernador actuó con celeridad. En pocos días logró reunir un contingente de 550 hombres, de los cuales 450 pertenecían a la Guardia Nacional y el resto eran enganchados. Además, y de acuerdo con las instrucciones de Buenos Aires, acuarteló en la ciudad un batallón de reserva de 500 plazas. Simultáneamente con estas medidas, el vecindario, con ayuda del Gobierno, aportaba fondos para auxiliar a las familias de los guardias movilizados.

El 8 de agosto, el contingente partió de Tucumán rumbo a Santiago del Estero. Estaba previsto que, en el pueblo de Matará, debía unirse con los guardias alistados de la vecina provincia. Todo el conjunto estaría bajo el mando del general Antonino Taboada, quien los conduciría personalmente hasta su destino.


Taboada al mando

Amos de Santiago eran, desde varios años atrás, los miembros de la familia Taboada, incondicionales del presidente Mitre. En esos momentos gobernaba la provincia un primo de aquellos, Absalón Ibarra, con el general Antonino Taboada como ministro. Desde el frente de guerra del Paraguay, Mitre había pedido -el 12 de mayo- que Santiago enviara fuerzas para engrosar las de la Triple Alianza. Requería que, además del número dispuesto para reforzar el ejército de línea, le mandara una división extra, para la caballería. Y al día siguiente, desde Corrientes, insistía en que se apurase.

En agosto, llegó a Matará el contingente de Tucumán.

Se le unieron allí los dos batallones santiagueños, que totalizaban 800 hombres, y se pusieron en marcha, con el general Taboada a su frente. El 8 de setiembre, llegaban al fortín La Viuda, ubicado entre Frías y Loreto. En ese punto acamparon.

Motín y represión

Pero a la mañana siguiente, cuando Taboada dio la orden de ensillar, los santiagueños huyeron gritando “¡Vamos vendidos, compañeros!” y se alejaron del fuerte a toda carrera. Entretanto, el contingente de Tucumán cumplía la orden de ensillar sin moverse de su sitio. El episodio era una muestra de algo que se repitió en otros puntos del país. El pueblo no quería ir a pelear al Paraguay. Era una guerra que no comprendían y que, para ellos, significaba dejar familia y trabajo, sin saber si algún día iban a volver.

Cabecillas de la revuelta de La Viuda, según el historiador Luis Alén Lascano, eran “los sargentos José Electo Varela, Tadeo Moreno, Hilario Barreto, Marcelino Ardiles, numerosos cabos y soldados”. El general Taboada, enfurecido, organizó la implacable cacería de los alzados. Los persiguió sin compasión “por campos y pueblos” y pudo capturar a muchos. Designó un Consejo de Guerra, presidido por el coronel Juan Manuel Fernández, que condenó a muerte a la mayoría y a otros les aplicó penas que oscilaban entre los 5 y 10 años de servicio en la frontera.

Informe oficial

Los acusaban de intento de asesinato de jefes, ataque al cuartel principal, traición y fuga. Los fusilamientos se llevaron a cabo, dice Alén Lascano, en Matará, Atamisqui o Sumamao. Algunos de los alzados lograron refugiarse en Córdoba.

En su mensaje a la Legislatura de Santiago, el gobernador Ibarra, el 1 de octubre de 1865, informaba que “cuando la provincia se preparaba a enviar 800 soldados, cuando la marcha se había ya emprendido por el desierto, un puñado de traidores que, formados en las filas, habían logrado seducir, con la infamia y el engaño, a algunos alistados, fraguaron un motín escandaloso en el fuerte La Viuda”.

Añadía que “su plan revolucionario, según las declaraciones de los apresados, era tan inicuo como sus almas”. Se proponían “el asesinato alevoso de todos los jefes y, consumado este hecho, enarbolar el trapo de la reacción”. Afirmaba que “gracias al Todopoderoso, los amotinados de La Viuda fueron contenidos por el valor de los jefes, el apoyo de la escolta que acompaña al ministro general y el contingente de Tucumán, que ha cumplido con su deber”.

No más santiagueños

Informaba que, de las declaraciones de los cabecillas capturados, “se colige que habían ramificaciones ocultas fuera de la provincia”.

De todo esto informaron el gobernador Ibarra y el ministro Taboada, al titular de la cartera de Guerra, general Julián Martínez, y al presidente interino de la Nación, doctor Marcos Paz. Frente a los hechos, Paz “consideró conveniente suspender nuevos reclutamientos, en atención a la sequía padecida por la provincia”. A pesar de eso, el Gobierno Nacional volvió a pedir 500 soldados a Santiago, en 1866, encargando a Taboada que los trajese hasta Rosario. Pero el gobernador Ibarra, dice Alén Lascano, “respondió en agosto con evasivas, esforzado en disimular la impopularidad de la contienda”

Años después, el 30 de octubre de 1868, José Posse (que había perdido ya toda la simpatía que alguna vez tuvo por la poderosa familia santiagueña), tocaba el tema en carta a Domingo Faustino Sarmiento. Le recordaba “aquella sublevación en La Viuda, que a no ser el contingente de Tucumán que se mantuvo firme, tiempo hace que hubiera dado cuenta a Dios de sus malas obras toda la estirpe Taboada...” Fuente: La Gaceta

Zambas históricas: cuando la música guarda memoria de batallas y pasiones

Coplas que nacieron entre la guerra y la vida cotidiana siguen latiendo en el folclore del norte argentino. No fueron solo canciones: muchas veces fueron crónicas cantadas, pañuelos al aire que también hablaban de héroes, derrotas, amores y despedidas.



La zamba argentina no siempre fue únicamente un baile de miradas cómplices. La verdad es que, en más de una ocasión, se convirtió en una forma de contar la historia. En sus letras quedaron atrapados los recuerdos de luchas, de amores contrariados y de identidades que buscaban afirmarse. Entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, en pueblos de Santiago del Estero, Catamarca, La Rioja o Tucumán, las melodías no eran solo entretenimiento: eran relatos colectivos que sobrevivieron de boca en boca, como si fueran cartas que viajaban de generación en generación.

Zamba de Vargas: la voz de Atamisqui

Publicada en 1945 pero recopilada unos años antes en Villa Atamisqui, la “Zamba de Vargas” es el mejor ejemplo de cómo una melodía puede guardar la memoria de un pueblo. Los músicos populares Manuel Roldán Benavidez, José Antonio Sosa y Lindaora Roldán fueron sus portadores, pero detrás de ellos estaban los viejos arpistas de fama regional.

Y es que en sus coplas no se canta a cualquiera: se mencionan nombres como Varela, Elizondo y Chumbita, mientras los atamisqueños evocaban su paso por el Batallón Salavina bajo las órdenes de Taboada. Así, cada verso se volvía un testimonio de tiempos convulsos, donde la música era refugio y recuerdo.

Naranjo esquina: coplas unitarias

Contemporánea a la anterior, esta zamba nos lleva a la década de 1860. Allí aparece la figura del coronel José Miguel Arredondo, un militar uruguayo que perseguía a los derrotados de Pozo de Vargas por los valles del noroeste.

Además, tenía otros nombres que circulaban entre la gente: “Arbolito, arbolito”, “Cueca de Arredondo”, “Canto de los Unitarios”. La recopiló Andrés Chazarreta y, en sus coplas, política y épica se entrelazan. Estanislao Medina, los hermanos Saa, Varela… todos desfilan en la memoria cantada de un país que aún estaba lejos de encontrar paz.

Caspi Cuchara: la zamba de los soldados

El solo nombre ya despierta curiosidad: “Caspi Cuchara”, la cuchara de palo de los soldados. El aire marcial de esta zamba deja en claro su raíz militar. En Santiago se la cantaba hacia 1896, cuando los jóvenes eran llamados a la primera conscripción nacional.

En otros lugares adoptó apodos distintos: “La Artillera” en Salta, “La del 19” en Tucumán. Y aunque la tradición oral quiso vincularla a la Guerra del Paraguay, los investigadores coinciden en que su estructura es posterior, de fines del siglo XIX. De todos modos, cada vez que suena, parece que uno pudiera escuchar el eco lejano de marchas y clarines.

Zamba del 11: música y patriotismo

Dedicada al Regimiento 11 de Línea, que brilló en batallas de la Independencia y luego fue destinado al norte, esta zamba es puro homenaje.

Algunos la atribuyen al maestro Cañete, director de banda en Tucumán; otros al doctor Acuña en Catamarca. Incluso hay quienes hablan del maestro Bonfiglio, que publicó un álbum criollo en 1889. Más allá de esas disputas, lo cierto es que “La Zamba del 11” se convirtió en símbolo: una canción que acompasaba el paso de soldados y, al mismo tiempo, dejaba la emoción de una despedida en la voz de quienes los esperaban.

La Familiar y 🪘 La Huanchaqueña: entre pañuelos y fronteras

No todas las zambas nacieron al calor de la guerra. También hubo espacio para el amor y la melancolía. “La Familiar”, publicada por Chazarreta en 1923, es prueba de ello: en sus versos aparecen pañuelos blancos y celestes, lágrimas que lavan recuerdos y amores que parecen escaparse entre los dedos.

En cambio, “La Huanchaqueña” viajó desde Bolivia, ligada a Huanchaca, cerca de Potosí. Para 1914 ya había cruzado fronteras y se publicó incluso en París, gracias a Lugones. Con el tiempo, sus versiones se multiplicaron en Tucumán y en todo el norte argentino. Sus coplas, que hablan de oro, plata y ojos negros que fulminan de amor, se convirtieron en un canto compartido, un puente musical entre pueblos hermanos.

Un legado vivo

Cada una de estas zambas es más que una melodía: son pequeñas cápsulas de historia. En ellas resuenan las batallas, las despedidas de los conscriptos, el amor de quienes se quedaban esperando y el orgullo de una identidad en construcción.

Escucharlas hoy no es solo un acto cultural: es dejar que esas voces antiguas nos cuenten, otra vez, cómo el pueblo supo transformar dolores y alegrías en canto. Como si cada compás, cada pañuelo al aire, siguiera recordándonos que la música no olvida.


jueves, 14 de agosto de 2025

A 50 años de la muerte de Agustín Carabajal

 



Agustín Carabajal, hijo de María Luisa Paz y Francisco Rosario Carabajal y hermano de Carlos y Cuti; fue apadrinado por el presidente Agustín Pedro Justo por ser el séptimo hijo varón del matrimonio.

Siendo muy joven formó dupla musical con su hermano Carlos, presentándose en La Banda y Santiago. En ese tiempo conoció a Antonio Ramírez con quien luego formó el dúo Los Centinelas. Con él viajó a Buenos Aires en 1956 formando parte de la compañía de cantores y bailarines de Andrés Chazarreta y decidieron quedarse en la ciudad.

Más adelante Agustín y Carlos grabaron discos con algunas compañías discográficas.

En 1959 formó, junto a Antonio Ramírez y los hermanos Luciano y Osvaldo Duthu, el grupo Los Cantores de Salavina. En julio de 1963 Agustín dejó el grupo y fue reemplazado por Víctor Quinteros. En octubre de ese año tres de los integrantes (excepto Osvaldo Duthu) fallecieron en un accidente cuando regresaban de una presentación en Bahía Blanca. En homenaje a este grupo se formó

Las Voces de Salavina, con los hermanos Agustín, Cuti y Raúl Carabajal y el sobrino Cali Carabajal. Luego Raúl se va del grupo y lo reemplaza el hermano Carlos Carabajal. Fue integrante durante ocho meses del grupo Los Manseros Santiagueños.

En 1967 se formó el grupo Los Carabajal del cual fue miembro junto a Carlos, Cuti y Cali. Fue junto a su hermano Carlos el creador del Festival nacional de la Chacarera. Su hermano Cuti compuso la chacarera "Coplas para mi hermano", en alusión a su fallecimiento.

 

COPLAS PARA MI HERMANO
 
Ando buscando una estrella
para ayudarme a cantar,
tata Dios te estoy pidiendo,
que quiero ya comenzar.


Esta chacarera triste
que inunda mi alma de llanto,
al apagarse tu voz hermano,
que quise tanto.


Hermano que quise tanto,
hoy que vuelvo no te encuentro,
me doy cuenta que no estás
por la tristeza del viento.


Enséñame tu camino hermano,
dónde te has ido,
que te iremos a buscar
esta noche con amigos.


Si la encuentran no me cuenten,
o si llorando la vieran,
desvelada su guitarra
buscando su alma estrellera.


En el silbido de un chango
o en la tristeza del río,
andará por todas partes
tu corazón repartido.


A la simpleza yo canto,
canto a la llama encendida,
que dejaste a mi alma
y que yo llevo prendida.


Enséñame tu camino hermano,
dónde te has ido,
que te iremos a buscar
esta noche con amigos.

Fuente: Publicado en facebook por Patio Santiagueño

General San Martín, un hombre que luchó por su patria

 


 

SU VIDA: El 17 de agosto de 1850 moría en Francia José de San Martín. Tras pelear en España contra las tropas napoleónicas, regresó a su patria en 1812. Tuvo su primera victoria a favor de la causa de la independencia de América en el combate de San Lorenzo, al frente de los Granaderos a Caballo. Más tarde, como parte de su estrategia de liberar Chile y Perú del dominio español, asumió la gobernación de Cuyo y organizó el Ejército de los Andes. Tras cruzar la cordillera, obtuvo las victorias de Chacabuco, en 1817, y de Maipú, en 1818, que aseguraron la independencia de Chile. En julio de 1821 entró en Lima, Perú, y el 28 de ese mes declaraba la independencia de ese país. El 3 de agosto San Martín tomó el título “Protector del Perú”.

Junto con Bolívar es considerado el libertador más importante de Sudamérica de la colonización española.

SU RETIRO: Vuelto a Mendoza en enero de 1823, pidió autorización para regresar a Buenos Aires y reencontrarse con su esposa que estaba gravemente enferma. Bernardino Rivadavia, ministro de gobierno del gobernador Martín Rodríguez, se lo negó argumentando que no sería seguro para San Martín volver a la ciudad. Su apoyo a los caudillos del Interior y la desobediencia a una orden que había recibido del gobierno de reprimir a los federales, le valió que los unitarios quisieran someterlo a juicio.

No obstante, decidió viajar a Buenos Aires, donde el 3 de agosto de 1823 falleció su esposa. La lápida de su sepultura, reza: «Aquí yace Remedios de Escalada, esposa y amiga del general San Martín».

Al llegar a Ba As es considerado un conspirador. Desalentado por las luchas internas entre Unitarios y Federales, decide marcharse junto a su hija Mercedes el 10 de febrero de 1824 tenía 45 años.

Allí, en Francia, falleció a la edad de 72 años, a las tres de la tarde del 17 de agosto de 1850, en compañía de su hija Mercedes y de su yerno.

El General don José de San Martín en Santiago del Estero:

Sabías que... En Manogasta, un lugar histórico desconocido para muchos santiagueños, fue una de las postas donde durmieron, comieron y cambiaron sus caballos muchos próceres de la patria en su afán de tener una nación libre y próspera.

En este lugar, San Martín junto a su Ejército detuvo su caballo buscando un alivio para tantas horas de sacrificio. “El general San Martín llegó a la posta de Manogasta y fue atendido por Bernardo Roldán, el hombre encargado de asistir a quienes allí paraban”.

San Martín y el aporte afro a la emancipación argentina

Entre 1810 y 1860 no hubo un solo batallón argentino que no tuviera presencia de soldados afrodescendientes, claves en las batallas sanmartinianas

 


Por Omer Freixa

Arrancó 2017 y las efemérides de la historia sanmartiniana se acumulan y dan (con motivo) de qué hablar y escribir. El Libertador las proveyó: 17 de enero, Bicentenario del inicio del heroico cruce de los Andes, 12 de febrero, batalla de Chacabuco, próximamente los doscientos años de Maipú, y así se puede seguir.

Sin embargo, si prevalece la siempre justa reivindicación del prócer, tal vez se pierde de vista la gesta de los de abajo, sus huestes, que hicieron posible la gloria sanmartiniana, tan bien relatada por Bartolomé Mitre en su insigne "Historia de San Martín" y de la emancipación sudamericana. Es un libro canónico y una completa biografía del "Padre de la Patria", aunque deje de lado la revisión sobre hombres y mujeres que hicieron posible el tan estudiado cruce de los Andes, entre ellos los afrodescendientes, al centrarse en una figura de la talla del prócer patrio.

Las exigencias al momento de escritura de la obra citada eran la de aportar relatos enaltecedores para justificar la construcción de un Estado-Nación, a la europea, blanco y borrando el registro de determinadas alteridades. En general, es un rasgo de la historiografía predominante que reconstruyó la vida del nacido en Yapeyú. Entonces, es el momento propicio para rescatar el aporte de los individuos de origen africano en este capítulo de la historia patria, como todo lo africano, invisibilizado en nuestro país, considerándose orgullosamente casi el más "blanco" de toda América del Sur.

Se relegó al afrodescendiente a la condición de desaparecido y las pocas menciones de su accionar, por caso, en las guerras de independencia, abonan la justificación de su desaparición, entre otros motivos, por esta vía, por la extinción física en los campos de batalla, sin casi resaltar su compromiso y heroísmo. Si bien es imposible hacer notar la presencia en el pasado de todos los combatientes de origen africano durante las luchas del siglo XIX (y menos homenajearlos por tamaño sacrificio), en algunos casos se pudo documentar su presencia, inclusive en el ejército sanmartiniano que cruzó los Andes, libertador de Chile y Perú.

San Martín debió cruzar los pasos andinos que en su opinión eran la preocupación que más le robaban sueño, más que el enemigo, siempre según Mitre, en una de las proezas más grandes de la historia militar mundial. El Ejército de los Andes contó con un aproximado de 5.000 efectivos, de los cuales entre el 40% y el 50% era afro, es decir unos 2.500 hombres. San Martín tuvo un trato muy cercano con varios de los afrodescendientes de su tropa y expresó la simpatía por ellos. El médico de confianza de San Martín era un negro de Lima y uno de entre sus favoritos era un cocinero negro, con el que gustaba conversar mucho. En una ocasión, el Libertador indicó que si los realistas eran los vencedores, los negros serían esclavizados de nuevo, por lo que con más tenacidad lucharon por la causa patriota. Por su parte, a un mes de librada Chacabuco, San Martín exclamó "¡Pobres negros!", en el espacio en donde yacían enterrados buena parte de los combatientes del Batallón N° 8, compuesto de libertos de Cuyo, en un gesto de reconocimiento y homenaje. Se decía que el líder tuvo predilección por los negros libertos entre los combatientes bajo su mando.

Entre los guerreros sobre los que se tiene constancia de haber integrado el Ejército de los Andes figuran el africano Batallón, el capitán Andrés Ibáñez, ambos nacidos en África a fines del siglo XVIII, y el sargento José Cipriano Campana. Entre las mujeres, se conoce la historia de Josefa Tenorio. También se puede incluir al cabo segundo Antonio Ruiz, más recordado como "Falucho" o "Negro Falucho", aunque se discute si este personaje no responde a una invención de la pluma del historiador y ex presidente argentino Mitre.

Batallón, Ibáñez y Campana cruzaron los Andes junto al Libertador y participaron en las batallas de Chacabuco, Cancha Rayada y Maipú. Tenorio marchó en el ejército como esclava y, tras sus méritos, le fue aceptada su solicitud de liberación, en noviembre de 1820. Por último, tal vez es más conocida la historia del soldado apodado Falucho, que formó parte del Batallón N° 8 y que, llegado al Perú, en 1824 defendió la causa emancipadora a despecho de su vida, ya partido San Martín de la conducción del ejército y en una situación muy delicada signada por la inconformidad de las tropas atascadas en el país andino, desmoralizadas, sin recibir paga, encadenándose una rebelión a la que Falucho se opuso costándole la vida. Ruiz, según Mitre, fue fusilado por los alzados, quienes lo tildaron de revolucionario y a quienes respondió: "Malo es ser revolucionario, pero peor es ser traidor".

El escritor Jorge Luis Borges reconoció el mérito a los afrodescendientes: "Los negros de las guerras de la Independencia eran mucho mejores soldados que los blancos". Si bien estos no fueron debidamente reconocidos, muchos sí adquirieron la libertad por haber servido en la guerra. Fue el caso de las dos terceras partes de los esclavos en Mendoza, en los preparativos al cruce de los Andes, pese a la resistencia de los amos, conforme relató Mitre.

Entre 1810 y 1860 no hubo un solo batallón en el actual territorio argentino que no tuviera presencia de soldados afro. En Buenos Aires hubo al menos once afroargentinos con el grado de coronel o teniente coronel, aunque se les negó el grado mayor de general, en la pauta del racismo de la época. Dentro de lo poco que se conoce o cuenta, el sargento Juan Bautista Cabral tiene un sitial en la historia argentina, al haberle salvado la vida a San Martín en la batalla de San Lorenzo, años antes del cruce andino. Lo que hay que remarcar es que su origen era africano, cuestión que no siempre se reconoce, como así faltan subrayar los aportes de los afrodescendientes a la historia argentina en general, y no solo en el plano bélico. El cruce de los Andes fue un capítulo invalorable de la participación de este colectivo en la historia argentina. Gracias a la tropa sanmartiniana fue posible la liberación de Chile y más tarde la del Perú.

Fuente: www.infobae.com

miércoles, 13 de agosto de 2025

Un cuento perfecto

  Jorge Rosenberg - El Zoco de la Buri Buri

 


 

"Lo que es, es, lo que no es, no es". Esta sentencia la escuché siendo yo muy niño de boca de una santiagueña del campo que había venido a trabajar a la ciudad, y desde entonces ha quedado grabada en mi mente como el ejemplo más fiel de la validez de la lógica aristotélica. Aunque parezca descolgado, esto tiene intima relación con lo sucedido en ocasión de que andaba yo caminando por las calles de tierra del barrio Tarapaya, abordando, con otras compañeras municipales, una investigación social acerca de la memoria colectiva de dicho barrio, para decirlo más simplemente, una investigación de la historia del barrio. Tarapaya, desde sus primeros habitantes; un trabajo que yo andaba haciendo con la Negra Achával antes de que me echaran de la Municipalidad por haber considerado mis superiores jerárquicos del rubro cultura (aunque parezca mentira, la cultura es considerada muchas veces como un rubro más) que yo padecía de alucinaciones fuertemente impolíticas, de que mezclaba los síntomas objetivos con los síntomas subjetivos. Y así, una mañana de verano, andando por esas calles de tierra junto con la Negra, qué no que alcanzo a distinguir debajo de la sombra de una planta de paraíso, sentado muy panchamente en el patio de su casa, al señor Carlos Saavedra, muy a sus anchas, estirado en su lugar en el mundo. "Es un informante clave", le digo a la Negra.

Inmediatamente pedimos permiso y nos hacen pasar. La mañana era clara y soplaba un vientito lindo y aromático. Al ratito aparece Adela, su compañera, y empezó a enlazarnos con palabras en perfecto silencio, cebando mate con amor, iba y venía mientras nos entregaba el mate con cadencias de zamba. "Mirá chango", me dice Carlos Saavedra, ¿adónde vas a sentir esta tranquilidad?, si hasta se puede escuchar el silencio ¿qué no?...

Uno que ha vivido y ha andado por tantos lugares del mundo, no hay lugar como este, acota el gran bailarín, y se empezó a acordar del tiempo cuando vivía en Miami, en épocas de sus giras artísticas, y nos cuenta que estaba viviendo en una torre de departamentos, en el piso cuarenta, y que de golpe le había agarrado claustro- fobia y que ahí nomás había hecho las valijas y se había vuelto rajando a Santiago. Y resulta que dice que en una de esas giras artísticas había visitado el lugar donde en la antigüedad estaba una de las siete maravillas del mundo,

Los Jardines Colgantes de Babilonia, por la región de donde era Asiria, para esas partes. Mientras tanto, Adela proseguía brindándose otra ronda de mates danzantes. La mañana se iba agrandando entre colores, aromas y palabras. De pronto se nos acerca un perro regular y medio bayo y Carlos le ordena: "Dao, salí de ahí". "¿Y por qué le dice Dao?", le pregunto. Y porque me lo han dao, me responde Carlos. "Oye, me dice el susodicho, vos que has escrito varias anécdotas de Dido Silvetti en ese Zoco de la Buri que escribes, yo te voy a contar una que seguro que no la conoces. Esto ha sucedido en el ring de Estudiantes Unidos, en la pelea de fondo se enfrentaba Dido Silvetti con un porteño fisiculturista, inmenso el tipo, y rubio para colmo, para colmo rubio, con un cuerpo descomunal. Y en el momento que este sube al ring, saluda al público y se saca la bata que lo cubría, entonces todo el estadio estalla en una ruidosa exclamación. Mientras tanto al famoso Dido lo estaba masajeando don Dámaso en la camilla del camarín, refregándolo con aceite verde. ¿Y por qué grita tanto el público?, le pregunta Dido a don Dámaso. Éste duda un cachito y le responde: "es porque han anunciado tu nombre por los parlantes", Dido, quedate tranquilo que este gringo es pan comido, papita pa'l loro para vos, dice que le había dicho don Dámaso para tranquilizarlo. Ya alistado, nuestro crédito santiagueño va caminando hacia el ring a ubicarse en el correspondiente rincón; ya en su rincón, gira la cabeza para conocer a su rival y con un gesto de asombro y horror exclama ¿y ése?... Empieza nomás el primer round, el porteño grandote en una arrimada le dice en voz baja: "Si me aguantás hasta el tercero te doy ciento cincuenta", al ratito y casi sin querer le sale un zapallazo a Dido y le da en la jeta del rival, por supuesto inmediatamente vino la respuesta y con dos o tres piñas lo manda a la lona a Dido que termina antarca (18) junto a su rincón, entreabre un ojo y le dice a su manager: "Tirá la toalla, tirá la toalla rápido". "No i tráido", le contesta el susodicho. "Entonces pedile al otro, pedile al manager del porteño, que te la preste". Acto seguido, desde el rincón del porteño vuela una toalla prestada y gana Dido Silvetti por abandono.

Lo que es para mí un cuento perfecto es lo que he intentado, con ayuda de la memoria, transcribir en palabras lo relatado por Carlos Saavedra bajo la sombra del patio de su casa, entre los dulces mates de Adela. Pero nada como el haber tenido el placer de escuchar este cuento perfecto de boca propia del maravilloso, bailarín santiagueño, entre los ruidos del silencio en Tarapaya, ahí donde vive su casa.

18 Del quechua. Antarka. adv. Boca arriba, acostado de espaldas, decúbito supino. Antarka wañusa kara 'había muerto boca arriba'. En Albarracín, Lelia Inés. Op. cit., p. 62.

San Gil, una festividad santiagueña

 



Esta celebración se realiza en Sacha Pozo, departamento Banda y la encabeza la familia Hoyos de Covacho. Es una tradición con antecedentes de más de 100 años. Según el Santoral católico, se festeja el 1º de septiembre y fue un abad de origen egipcio (siglo III d. C). Esta manifestación popular se desarrolla en dos momentos:

Agosto: "El Velatorio del Santo", se realiza el 24 de agosto por la noche. Y los promesantes entre rezos y cantos de alabanzas, se preparan para la peregrinación del día siguiente que irá desde Sacha Pozo hasta la Capital (aprox 42 kms).

Durante el viaje se hacen 3 paradas con mesas para comer y descansar: San Gregorio, cabritos y lechones; La Granja, vaquillona; La Banda, gallinas, empanadas y sopa.

En esta celebración es muy importante el papel de los Síndicos:

Síndico Principal: es el que organiza la urna con la imagen y guarda por la seriedad de los promesantes y las banderas y autoriza las paradas o continuación del Santo; además lleva las llaves de la urna.

Síndico de andas: se encarga exclusivamente de la atención y cuidado con que se transporta el Santo. En caso de colocarse ofrendas de flores, velas, promesas de plata, dinero, etc. lo comunica al Síndico principal cuando se llena la alcancía, para que vacíe el cofre.

El día 26 se hace misa y se pasea la imagen en peregrinación.

Septiembre: Esta se realizaba propiamente en Sacha Pozo, en la casa de la familia Hoyos, depositarios de la imagen quienes por herencia deben mantener la tradición por una promesa hecha hace más de 100 años por un antecesor de la familia a un peregrino español portador del Santo, llamado según las referencias orales, Juan Gil Gutiérrez, que fue huésped de la familia y que al morir se los legó pidiéndoles hicieran todos los años decir misa en honor de dicho Santo.

En el lugar de la celebración se forma una feria con ventas diversas y la festividad culmina alrededor de las 6 del día 2, momento en que la imagen del Santo da una vuelta a la capilla para ser saludado por última vez.

martes, 12 de agosto de 2025

El bulón de oro del Puente Carretero: entre la leyenda y el acero.

En 1927, cuando el acero todavía olía a fragua y el Río Dulce era un animal indomable, un capataz llamado Salvador Catálfamo cometió un acto que la ingeniería jamás habría aprobado: escondió un bulón de oro en la entraña del puente. Desde entonces, el metal y el mito viajan juntos, como dos amantes que saben guardar silencio.




El puente que nació mirando al horizonte

En los días de Hipólito Yrigoyen y Manuel Cáceres, Santiago del Estero decidió desafiar al río.

Los alemanes del Ruhr llegaron con planos que parecían mapas de otro mundo, con cascos que reflejaban un sol de provincia y la obstinación fría de quienes están acostumbrados a domar hierro.

El Río Dulce, en cambio, tenía la terquedad líquida de los animales salvajes: a veces manso como un perro viejo, a veces furioso como un potro sin bozal.

Un rumor flotaba por entonces: el puente era, quizá, una disculpa tardía por los barcos hundidos durante la Gran Guerra. El arquitecto José Costas lo niega, pero en Santiago la verdad es como el agua de verano: siempre encuentra su propia grieta para colarse.

Catálfamo y el instante en que la historia se torció

El último día de obra, cuando ya solo quedaban ajustes y remaches, Catálfamo hizo un gesto que habría hecho sonreír a un novelista: sacó de su bolsillo un bulón idéntico a todos… salvo por un detalle imposible de ignorar: era de oro macizo.

Ordenó colocarlo en un punto invisible, lejos de ojos y manos ansiosas. Juraron silencio. Atornillaron el secreto. Y el puente, sin saberlo, se volvió un cofre.

Gabriel Ferraris, de la Secretaría de Turismo, lo resume como si hablara de un conjuro: “Clavó algo más duradero que el acero: una historia que ni el óxido ha podido corroer”.

Las búsquedas y los fracasos

El ingeniero Juan José Gisbert intentó perseguir la pista. Revisó archivos que olían a polvo y desengaño:

* Ningún registro oficial lo menciona.

* Los inventarios alemanes están mudos.

* Ningún obrero rompió el juramento… o ninguno que dejara la traición escrita.

Pero en Santiago, la falta de pruebas no apaga un mito: lo enciende.

Ferraris añade un detalle que parece arrancado de una novela policial: algunas vigas muestran raspaduras, como si manos impacientes hubieran intentado desatornillar el misterio.

El verdadero tesoro

Más que oro, el bulón es un pacto.

Es rebeldía contra la aridez técnica.

Es un secreto compartido por quienes saben mirar el puente con ojos de niño.

Es la certeza de que, a veces, lo valioso no se encuentra… se imagina.

Porque —como susurra el microfolklore— “hay historias tan bien atornilladas que ni la verdad puede aflojarlas”.

Epílogo: cruzar el río como quien atraviesa un cuento

La próxima vez que pases por el Puente Carretero, no lo cruces de golpe.

Detente.

Deja que el sol te golpee los párpados y escucha cómo el viento se enreda en las vigas.

En algún punto, entre el rugido de los autos y el murmullo del Dulce, quizá un destello invisible siga esperando.

Tal vez no sea el reflejo de un metal precioso.

Tal vez sea el brillo obstinado de una historia que se niega a morir.

Pistas para los imprudentes:

1. Las bases de las torres principales —donde el peso aprieta como un secreto.

2. Los remaches junto al escudo provincial —un guiño al orgullo local.

3. Donde nadie busca —porque todo tesoro se oculta en la sombra de lo obvio.

Fuente: Investigación basada en testimonios de Gabriel Ferraris (Secretaría de Turismo de Santiago del Estero), arquitecto José Costas y el ingeniero Juan José Gisbert. Relato original publicado en microfolklore.