sábado, 26 de septiembre de 2026

Así soy



En Atamisqui, Santiago del Estero, todos conocían a Pablo. No porque fuera el más rico ni el más importante, sino porque nunca había aprendido a esconder lo que pensaba. Si algo le gustaba, lo decía; si algo le molestaba, también. Esa manera de ser a veces le había traído problemas, pero prefería cargar con las consecuencias antes que fingir una opinión que no sentía. Los viernes por la noche solía reunirse con sus amigos alrededor del fogón. Cuando el calor del día empezaba a aflojar y el monte quedaba en silencio, se juntaban a conversar. Allí Pablo tomaba alguna copa y, cuando la charla se alargaba, terminaba cantando. Beber solo le dejaba un sabor amargo; entre amigos, en cambio, hasta una copa sencilla podía convertirse en un buen momento. Había aprendido que la vida estaba llena de tropiezos y que algunos, aunque dolieran, enseñaban más que cualquier consejo.

No todos sus amigos eran iguales. Algunos habían desaparecido cuando las cosas se pusieron difíciles; otros aparecían solamente cuando necesitaban algo. Pablo no los enfrentaba ni buscaba enemigos, pero tampoco volvía a abrirles la puerta. Había cometido errores y sabía que estaba lejos de ser un hombre perfecto. Justamente por eso había aprendido a reconocer ciertas actitudes que no quería cerca de su vida. Agradecía los favores, respetaba a los mayores por todo lo que habían vivido y buscaba acercarse a las personas de las que podía aprender. En cambio, prefería mantenerse lejos de quienes hablaban mal de los ausentes. Para Pablo, había cosas que decían mucho de una persona, incluso cuando nadie las decía de frente.

Por esos días estaba sin trabajo. Había mandado solicitudes a varios lugares y preguntado a conocidos, pero las respuestas no llegaban. Los días pasaban y las cuentas seguían acumulándose. Cada vez le costaba más explicar en su casa que todavía estaba esperando una oportunidad. Y mientras la vida seguía su ritmo en Atamisqui, con el calor avanzando sobre las calles y las tardes que parecían estirarse sin apuro, para Pablo cada día tenía el peso de una espera que no terminaba. Una jornada más sin trabajo significaba otra jornada de incertidumbre.

No buscaba riquezas ni privilegios. Quería algo mucho más sencillo: trabajar, cobrar por su esfuerzo y poder vivir sin tener que pedir favores. No quería que nadie le regalara nada. Quería ganarse la vida con su trabajo. ¿Qué podía pedir de más? Apenas una oportunidad.

Una mañana lo llamaron de una empresa de la zona. El puesto era bueno, estable y mejor pagado que los trabajos que había tenido antes. Pablo sintió alivio. Después de semanas de esperar una respuesta que no llegaba, por fin aparecía una posibilidad concreta. Por primera vez en mucho tiempo imaginó que podía ponerse al día, ayudar en su casa y dejar de contar las monedas antes de hacer una compra. Quizá aquella llamada podía significar un cambio. El trabajo no era solamente un sueldo. Era la posibilidad de volver a respirar un poco.

La entrevista comenzó bien. El encargado habló del sueldo, los horarios y las tareas. Todo parecía estar en orden. Pero después cerró la puerta y cambió el tono. Le explicó que había ciertos números que debían presentarse de una manera conveniente. No era algo que Pablo tuviera que hacer directamente, al menos no al principio. Bastaba con que firmara algunos informes sin hacer preguntas y evitara comentar determinadas irregularidades.

Pablo entendió enseguida y preguntó si aquello era necesario. El hombre lo miró con una sonrisa cansada y le dijo que todos lo hacían. También le recordó cuánto necesitaba el puesto.

Y ahí apareció el verdadero problema.

Porque Pablo necesitaba ese trabajo. No era una cuestión menor ni una oportunidad que pudiera rechazar sin pensar. El sueldo podía resolver muchas de las dificultades que tenía encima. Podía darle un poco de aire, ayudar en su casa y dejar atrás, aunque fuera por un tiempo, la incertidumbre que venía soportando.

Pero aceptar también significaba otra cosa.

Significaba firmar algunos informes sin preguntar. Significaba callar frente a determinadas irregularidades. Y quizá, con el tiempo, aprender a convivir con algo que desde el principio sabía que no consideraba correcto.

¿Acaso aceptar significaba necesariamente convertirse en una mala persona? ¿O simplemente estaba intentando sobrevivir?

Esa pregunta lo acompañó durante todo el camino de regreso a Atamisqui. Mientras avanzaba por las calles de tierra, Pablo volvía una y otra vez sobre la misma situación. Necesitaba el trabajo, y lo necesitaba de verdad. Pero cuanto más pensaba, menos podía convencerse de que aquello era solamente un trabajo.

De un lado estaba el sueldo que esperaba y todo lo que podía resolver. Del otro, algo que no podía pagar con dinero: la tranquilidad de saber que no estaba haciendo aquello que consideraba incorrecto.

¿Cuánto tiempo podría sostener una mentira antes de dejar de verla como una mentira? ¿En qué momento aquello que primero incomoda empieza a parecer normal?

Había cosas que podían tener precio. Pablo lo sabía. Lo que no estaba dispuesto a decidir tan fácilmente era cuánto podía valer su conciencia.

Esa noche volvió al fogón. El monte estaba oscuro y el fuego iluminaba apenas los rostros de los que estaban sentados alrededor. Pablo escuchó a sus amigos, tomó una copa y permaneció largo rato en silencio. Entonces recordó a su madre y aquella forma sencilla que tenía de enseñarle, sin grandes discursos, que el respeto no debía depender del dinero ni del miedo.

Para Pablo, ella representaba algo que no estaba dispuesto a negociar.

Podía equivocarse, podía tropezar y podía reconocer que había tomado malas decisiones. Sabía que estaba lejos de ser perfecto. Pero una cosa era cometer errores y otra muy distinta era aceptar conscientemente algo que no consideraba correcto. No quería vivir de rodillas ante nadie.

Al día siguiente volvió a la empresa. El encargado esperaba una respuesta. Pablo respiró hondo y rechazó el puesto.

Salió con las manos vacías.

No había otro trabajo esperándolo. No sabía cuánto tardaría en encontrarlo. Y las necesidades que lo habían llevado hasta aquella entrevista seguían ahí. El sueldo que había imaginado durante días ya no estaba. Tampoco estaban resueltas las cuentas ni la incertidumbre.

Había elegido, pero la elección no le había resuelto la vida.

Afuera seguían el mismo pueblo, el mismo calor y los mismos caminos. Pero Pablo volvía a su casa sabiendo que acababa de renunciar a algo que necesitaba. La decisión podía dejarle la conciencia tranquila, pero no le pagaba las cuentas. No hacía desaparecer la preocupación. No convertía la incertidumbre en seguridad.

Y justamente ahí estaba el peso de lo que había decidido.

Cuando llegó a su casa encontró a su madre despierta. Ella lo miró y comprendió que algo había ocurrido. Pablo no explicó demasiado. Solo se sentó a su lado. Había cometido errores y sabía que estaba lejos de ser perfecto, pero aquella noche entendió algo que no necesitaba grandes palabras: también existen decisiones que cuestan dinero y, aun así, permiten dormir con la conciencia tranquila.

Quizá ahí estaba la parte más difícil de aquella verdad. En un pueblo de Santiago del Estero, donde el trabajo no siempre aparece cuando se lo necesita y donde cada ingreso puede ser importante para una familia, la dignidad no siempre se enfrenta a grandes discursos. A veces se juega en una oficina, frente a una firma. A veces aparece en un momento mucho más simple y mucho más difícil: cuando alguien tiene que decidir entre aquello que necesita y aquello que está dispuesto a hacer para conseguirlo.

Porque cuando falta el trabajo, cuando las cuentas se acumulan y una oportunidad parece capaz de aliviarlo todo, la elección deja de ser sencilla.

¿Qué pasa cuando aquello que más necesitas puede obligarte a hacer algo que no quieres?

¿Cuánto puede resistir una persona cuando la necesidad económica empieza a negociar con su conciencia?

Pablo no tenía una respuesta para todos. Apenas tenía una para sí mismo: no quería que la necesidad terminara decidiendo quién era.

 Inspirado en el poema "Así soy", de Pablo R. Trullenque.

 

La Vieja que nunca fue olvidada

 


Dicen que en Salavina, en el sur de la provincia de Santiago del Estero, cuando la tarde se vuelve dorada y el monte empieza a oscurecerse, las guitarras recuerdan aquello que los hombres temen perder. Villa Salavina, cabecera del departamento que lleva su mismo nombre, se encuentra en una tierra donde el paisaje, la música y la memoria parecen caminar juntos. Allí, entre caminos de tierra y la quietud del monte, nadie sabía cuándo había nacido La Vieja.

Los más ancianos aseguraban que era tan antigua como las primeras reuniones junto al fuego, mientras otros decían que había nacido de una guitarra, una noche en que un bombo hizo vibrar la tierra y un bandoneón respondió desde la penumbra.

Durante muchos años viajó de casa en casa. Creció entre guitarras, mandolines, bombos y bandoneones, y cada músico que la tocaba le entregaba un recuerdo: una fiesta, una despedida, un amor, una voz querida. Sin que nadie lo supiera, La Vieja los guardaba todos. Los iba reuniendo dentro de su música, como si cada nota pudiera conservar aquello que el tiempo, tarde o temprano, amenaza con llevarse.

Pero el tiempo pasó y, con él, llegó el olvido. Fuera de Salavina comenzaron a dejar de escucharla. Llegaron otras canciones y los jóvenes dejaron de preguntar por aquella vieja melodía de andar extraño y carácter indomable. ¿Qué sucede con una música cuando ya nadie pregunta por ella? La Vieja comenzó a sentir que aquello que había guardado durante tantos años podía desaparecer con ella. Entonces decidió marcharse.

Una noche cruzó los caminos de tierra y llegó a un pueblo lejano. Allí encontró una guitarra apoyada junto a una ventana y permaneció a su lado durante días, esperando. Nadie la tocó. Nadie preguntó por ella. Hasta que, finalmente, un chango entró en la habitación. Había escuchado hablar de una antigua música capaz de despertar recuerdos dormidos, así que tomó la guitarra y comenzó a tocarla con cuidado, casi con timidez.

Entonces ocurrió algo que nadie habría podido explicar. La primera nota hizo aparecer una imagen: una anciana volvió a verse joven, bailando bajo un cielo estrellado. La segunda trajo el rostro de un padre ausente y la tercera devolvió la risa de un amigo que nadie recordaba desde hacía años. Cada sonido parecía abrir una puerta hacia un pasado que permanecía escondido.

Y entonces La Vieja comprendió que todo aquello que había guardado no estaba muerto. Solo esperaba que alguien volviera a hacerlo sonar. Con cada nota, ella misma comenzó a transformarse. Su cuerpo de melodía se llenó de rostros, voces, manos y pasos, mientras las notas se desprendían de la guitarra y flotaban por el aire como pequeñas luces. Dentro de cada una permanecía un instante del pasado.

Ya no era solamente una canción antigua. Era la memoria viva de quienes la habían tocado, de quienes la habían bailado y de quienes habían dejado algo de sí mismos en ella. La Vieja había comprendido cuál era su verdadero destino: guardar aquello que el tiempo intentaba llevarse y devolverlo cada vez que alguien tuviera el deseo de escuchar.

El muchacho siguió tocando hasta el amanecer. Cuando terminó, las luces regresaron lentamente a la guitarra y todo volvió a quedar en silencio. Desde entonces, La Vieja volvió a Salavina, llevando consigo aquello que había descubierto lejos de su tierra.

Y cada vez que alguien la interpreta con verdadera emoción, algo antiguo despierta entre quienes escuchan. Algunos recuerdan un rostro, otros una casa y otros sienten simplemente que pertenecen a un lugar que quizá nunca habían conocido. Porque una canción puede envejecer, quedar en silencio e incluso parecer olvidada, pero mientras alguien vuelva a tocarla, aquello que guarda sigue viviendo.

Por eso dicen que en Salavina nadie puede olvidar del todo. En esa tierra del sur santiagueño, donde la música forma parte de la memoria de su gente, La Vieja se encarga de recordar por todos.

El secreto de San Esteban: la fiesta santiagueña que esconde un ritual pagano de 500 años

 


En un paraje de Santiago del Estero, cada diciembre, bajo un calor que raja la tierra, un pueblo entero sale a hacer algo que ya no entiende. Corren descalzos desde el monte, se golpean las piernas con ramas verdes, dejan un gajo en cada puerta y terminan sangrando frente a la imagen de un santo.

Todos dicen que festejan a San Esteban. Lo que están haciendo, sin saberlo, es despertar al espíritu del monte.

Un fósil viviente en medio del monte

En 1942, un investigador se metió en Sumamao para ver la fiesta por cuarta vez y la anotó con una precisión de entomólogo. Lo que vio no era una procesión más.

Era un fósil viviente. La única fiesta del norte argentino que, según él, conservaba intacta su coreografía completa. Un teatro sagrado donde conviven dos capas que no deberían tocarse.

Y hay un detalle que la vuelve todavía más rara: es una fiesta de la cosecha que sigue viva donde ya no se cosecha.

El obraje arrasó con los algarrobos, el clima cambió, la agricultura se volvió imposible. Ya nadie cree en un dios de la vegetación. Nadie le pide por los frutos. Le rezan a un santo católico de túnica y barba. Pero los cuerpos siguen repitiendo los mismos gestos de hace cuatro siglos.

Una fiesta de la vegetación que se olvidó de sí misma. Por eso, para el que la estudia, es único en América.

La fiesta antes de la fiesta

Si sacamos al santo ya los caballos por un rato, esto es lo que quedaba.

En el centro de la aldea se levantaba EL Árbol. Un árbol joven trajo del monte a propósito, o un gajo grande pelado hasta arriba, dejando solo un penacho de hojas en la punta para que se viera que estaba vivo. A veces eran dos gajos arqueados y unidos arriba. En lo más alto le colgaban lo más valioso que tenían: frutos y pancitos de harina con forma de animales o de niños. Ese era el dios.

De madrugada — hoy lo hacen al mediodía por el calor, pero los viejos contaban que antes era antes del alba — un grupo de hombres, los "indios", salía corriendo hacia el bosque. Volvían a la carrera, descalzos, con el torso desnudo, mordiendo una ramita de albahaca y fustigándose con ramas frescas. No era castigo. Era limpieza.

Llegaban al caserío y se paraban en cada casa. Cantaban buenos augurios, dejaban el gajo verde en la puerta y la gente les daba algo a cambio. Después iban hasta donde estaba el Árbol, daban vueltas alrededor, bailaban, pasaban por debajo del arco. Uno o varios se trepaban y bajaban los frutos y los pancitos colgados para repartirlos entre todos en una comida común.

Al final venía lo más duro. El sacrificio. Hoy solo queda un gesto mínimo y brutal: frente al altar del santo, el indio se hace una sajada chiquita en la pantorrilla y deja correr un poco de sangre. Ahí mismo donde antes estaba el dios del monte. La ofrenda final.

Si lo pensás, es el mismo esquema del solsticio de verano que vas a encontrar en Grecia o en cualquier cultura agrícola del planeta. El rito para agradecer que la tierra dio.

Cómo los misioneros reescribieron todo sin prohibir nada

Cuando llegaron los españoles y los jesuitas, no vieron solo barbarie. Vieron una oportunidad.

Árbol sagrado, pan compartido, sangre derramada. Era demasiado parecido a la Eucaristía, a la idea de la transubstanciación. No hacía falta destruirlo. Alcanzaba con darlo vuelta.

El propio informe de 1942 cita el truco en un verso del Cid, que es la fórmula perfecta del conquistador:

Los moros e las moras vender non los podremos, que los descabecemos nada non ganaremos; cojámoslos de dentro, ca el señorío tenemos; posaremos en sus casas y dellos nos serviremos.

Traducido a santiagueño: ¿para qué quemar la casa del otro si me puedo mudar adentro y hacer que trabaje para mí?

Y así montaron la nueva fiesta.

Le corrieron el eje. El lugar sagrado ya no fue el Árbol. Lo llevaron unas varas más allá, al rancho donde pusieron el altarcito de San Esteban. El Árbol dejó de ser el centro y se volvió adorno. Multiplicaron los arcos hasta formar una avenida. Una escenografía hermosa. La jugada fue fina: mostrarle muchos árboles al indio para que se olvide de El Árbol.

Metieron el caballo. Y con el caballo entró la jerarquía. Al lado del indio descalzo y semidesnudo apareció el jinete, bien vestido, alto, a caballo. La diferencia de poder se hizo visible. La fiesta ya no era de todos por igual. El indio corre, el jinete lo azuza a los gritos. A veces, cuentan los viejos, a latigazos.

Por eso la gente le sigue diciendo "correr al indio". No es que el indio corre por devoción. Es que lo corren. En muchas fiestas del mundo hay un rito de expulsión del espíritu viejo de la vegetación. Acá los misioneros lo transformaron en otra cosa: la persecución de la barbarie pagana que huye hacia la redención cristiana.

Le invirtieron el sentido a la visita. Antes, el indio traía la fertilidad del monte a la casa. Ahora va de casa en casa a pedir gracia. En cada rancho hay un pesebre armado con el Niño Jesús. El indio ya no bendice. Adora. De portador de la abundancia pasó a ser el que pide perdón.

El teatro del poder

El autor del estudio del 42 deja una idea picando: acá está, en potencia, el acta de nacimiento de la tragedia americana.

¿Por qué? Mirá los personajes. No hay héroes con nombre. No hay próceres. Hay categorías sociales que actúan.

Los "alféreces", que son la autoridad política y tienen la presidencia absoluta de todo. Los "promesantes", que son la fe. Los "indios", que son la marca étnica. Los "celebrantes", que son el pueblo raso.

Es teatro medieval puro. Método ignaciano, jesuita, donde importa la masa y no el individuo. Y el que manda no es el cura. Es el poder civil. Es el patronato regio en acción: la corona por encima de la Iglesia, actuado en vivo, sin discurso.

Pasamos de un rito mágico para que brote el algarrobo a un auto sacramental barroco a caballo. Una clase de catecismo, una demostración de quién manda y una obra de teatro, todo al mismo tiempo.

Mientras todas las fiestas parecidas de Santiago y del norte se fueron perdiendo, esta quedó. Intacta. Como una cápsula.

La Fiesta de San Esteban no es solo una fiesta patronal curiosa. Es el manual de cómo se inventó América. Agarrás algo muy viejo, muy pegado a la tierra, le ponés arriba un santo, le sumás caballos y lo hacés desfilar por una avenida de arcos hasta que la historia original casi no se ve.

Casi.

Porque si te quedás a mirar un rato largo, cuando el indio deja el gajito verde en la puerta y cuando se hace la sajada en la pierna justo frente al santo, el monte sigue ahí, latiendo debajo.

Bibliografía consultada: burla, credo, culpa en la creación anónima – Bernardo Canal Feijoo

 

 

viernes, 25 de septiembre de 2026

Los pueblos indígenas no hablamos dialectos, ni lenguas. Hablamos idiomas

 


 

La semana pasada, el diario El Comercio del Perú, publicó una nota informativa bajo el título: “El quechua muere de vergüenza en el Perú”, en la que, citando a la Agencia EFE, indica que las y los quechuas del país estaríamos abandonando nuestra lengua por vergüenza. Además, dicho matutino señala que la lengua quechua, históricamente promovida por la Iglesia Católica para la evangelización, comenzó a ser prohibida en el Perú a raíz de la rebelión de Túpac Amaru (siglo XVIII).

La colonialidad interna en los estados latinoamericanos se sustenta en la colonialidad cultural que las élites culturales oficiales imponen sobre el resto de las culturas subalternas. La cultura oficial, para justificar su violencia institucionalizada, y garantizar la permanencia de su “superioridad”, afianza el sentimiento de culpabilidad en sus víctimas, fustigando todo acto de rebeldía por parte de los subalternos. Por eso, el Perú criollo dice: “la lengua quechua se pierde porque los campesinos se avergüenzan de hablarlo, ya raíz de la rebelión de Túpac Amaru”. Es decir, ¡por culpa de la rebelión indígena y la vergüenza de los quechuas se pierde el patrimonio cultural peruano!

Las élites oficiales generalmente utilizan terminologías despectivas, no pocas veces prejuiciosas, para referirse y deslegitimar a las culturas no oficiales. Por eso, para aludir a los idiomas nativos utilizan el término de lengua y/o dialecto, pero lo que ellos hablan y enseñan lo categorizan como idioma. Nos llamamos campesinos a los indígenas con la finalidad de anular discursivamente nuestra condición de sujetos de derechos especiales a nivel internacional. Saben que a los campesinos no les asisten mayores derechos.

El lingüista lituano Max Weinreich (siglo XX), definió que la lengua “es un dialecto con un ejército y un navío detrás”. Del mismo modo, en la actualidad, el idioma es una lengua con un ejército y una marina detrás. Es decir, la progresiva jerarquización conceptual de dialecto, lengua, idioma, que supuestamente correspondía a los diferentes niveles de “desarrollo” civilizatario de los pueblos no tiene ningún sustento científico. Fue y es sólo producto de las circunstancias político militares del momento. Según la lingüística, la semiótica o la antropología, todos los pueblos hablamos idiomas, y ninguno es superior o inferior a otro.

Fueron los “vencedores” quienes, sobre los escombros de los pueblos, establecieron que su medio de comunicación se denomine idioma, y el medio de los “derrotados”, lengua o dialecto. Aquellos se imponen como la cultura, modelo oficial, a seguir. Los “derrotados”, idealizan, sueñan con ser parte de los “vencedores”. Por eso, el “vencedor” (ni quienes quieren sentirse parte de ellos) no aprende, ni promueve la “lengua” de los “derrotados”. Pero, regularmente los aymaras hablan quechua y castellano, los quechuas hablamos castellano y otros idiomas. Pero, generalmente los mestizos y/o criollos no hablan idiomas nativos, pero sí se esfuerzan por el inglés, francés, alemán, etc., idiomas de supuestas civilizaciones “desarrolladas”.

Si deseamos realizar una sociometría de la estratificación sociopolítica de la realidad de un país colonizado, o de su condición de colonialidad, suficiente observar la estratificación idiomática en la cotidianidad. Unos pocos esforzándose en los idiomas de los ejércitos dominantes (despreciando los idiomas nativos), y otros muchos, producto del racismo institucionalizado, intentado esconder su milenaria riqueza idiomática. Es más, como bien sostiene el semiólogo suizo Ferdinand de Saussure (siglo XIX), las estructuras idiomáticas son la expresión de las estructuras culturales de los pueblos.

En el mundo coexisten cerca de 5 mil idiomas nativos hablados por otro tanto de pueblos. En el Perú, cerca de 50 idiomas. En Guatemala, 22 idiomas mayas. En Bolivia, más de 30 idiomas nativos. Todos son idiomas. Tan válidos como los de origen europeo, asiático o de cualquier otra procedencia. Si alguien, en el siglo XXI, se quiere atribuir la categoría de superioridad idiomática-cultural padece una gangrena terminal de la enfermedad del racismo, y un crónico complejo de inferioridad. A los pueblos indígenas nos vencieron, pero jamás nos derrotaron. Muestra de ello es la actualidad de nuestra riqueza idiomática milenaria.

Fuente: elciudadano.cl

Hugo Ocaranza: Adiós al amigo

El 30 de mayo de 1998, en horas de la madrugada, falleció a la edad de 54 años este personaje bohemio y singular que pobló radios y escenarios con su palabra inspirada e ingeniosa. Se silencia su voz, pero queda en el recuerdo de sus amigos y del público de peñas y festivales su imagen de ser humano recubierto con una coraza impenetrable, inmune a los avatares de la vida, pero con una ocurrencia a flor de labios y animando las reuniones donde invariablemente era el centro de la atención. Se fue Hugo y nos dejó un vacío que vanamente queremos llenar con la evocación de sus bromas y frases que se han convertido en citas legendarias.



ESCRIBE: OSCAR "CACHÍN" DÍAZ (ESPECIAL)

Difícilmente, pueda aparecer alguien que atestigüe haber visto de mal humor a Hugo Ocaranza. Es seguro que no existe ese alguien, en razón de que el querido locutor y presentador de números folklóricos era toda ocurrencia e ingenio. Un ejemplo, entre tantos, por ser reciente. Estaba presidiendo una tertulia en el bar HP Belgrano entre Urquiza y 9 de Julio, cuando me acerqué a saludarlo. Le puse la mano en el hombro y Ocaranza reaccionó bramando, preanunciando una de sus salidas con las que buscaba dejarme mal parado públicamente. Y lo logró, cuando dijo: "Salí, 'Negro', no me toques, que me desafinas...”, porque de fondo se escuchó una larga risotada de sus amigos contertulios, todos músicos, cantores o promotores de espectáculos, con los que contaba largas jornadas de cigarrillos y cafés.

El dictamen de los médicos dijo que se murió en el Hospital Regional por haber sufrido dos infartos en la cara anterior de su corazón. Tenía 54 años. Había enviudado hace dos años, cuando "Pelusa" murió allá lejos, en La Pampa, rodeada de los cinco varones adolescentes hijos del matrimonio. Pero Hugo se nos fue de pena. Sus amigos, a los que siempre nos cautivó con ese sesgo ocurrirte e ingenioso, ni se nos ocurrió jamás escudriñar adentro de los amigos que quisimos tanto. Por eso, cuando estuvo internado una semana en terapia intensiva del viejo hospital, recién nos avisamos, por ejemplo, que ni obra social tenía. Ni él ni su familia.

Hoy quedan estas líneas para el buen recuerdo. Con la nostalgia del personaje bohemio y el mejor presentador de números folklóricos que pasó en los últimos tiempos por Santiago, Buenos Aires, La Pampa; por radio, televisión y festivales. La gente de Santiago, que es lo que interesa, lo lleva también adentro de su corazón así, con la pinta siempre impecable y ese don innato de presentador sin igual, al que aplaudía fervorosamente como a un artista más.

(Foto: Gentileza Diario El Liberal)

Fuente: Santiago, Guitarra y Copla  

jueves, 24 de septiembre de 2026

El regreso del poeta: cuando La Banda despidió a Julio Argentino Jerez a puro bombo y guitarra

 


Hay viajes que jamás se hacen por placer. Se hacen por mandato, por lealtad, por una última promesa que quema en el pecho. ¿Y los regresos? Hay regresos que no traen alegría alguna, pero sí esa grieta profunda donde se cruzan el orgullo, la pérdida y la nostalgia... esa herida abierta que solo el folclore es capaz de transformar en mito.

A las tres de la tarde de un día implacable, un edema agudo de pulmón le apágó la vida a Julio Argentino Jerez . La partida del gran poeta y compositor bandeño fue repentina, pero su deseo final era un mandato sagrado, casi un susurro desesperado a sus seres queridos: volver a descansar en su tierra . Sus amigos sintieron la urgencia inmediata. No había tiempo para vacilar. Apenas les llegó la trágica noticia, movieron cielo y tierra para que el ausente no quedara lejos de casa.

Tras 18 infinitas horas de viaje, deteniéndose en cada estación como si el paisaje entero le rindiera tributo, el tren Estrella del Norte frenó su marcha a las 9:20 de la mañana del sábado 23 de septiembre. A bordo venía el féretro, custodiado por su cuñado “el Duro” García —quien viajó con el alma en vilo a buscarlo— y por el Dr. José Antonio Faro en representación de SADAIC. El hijo predilecto estaba de vuelta, aunque ya no podía escuchar el alboroto de su gente.

Un recibo ahogado en flores y memoria.

¿Cómo se contiene el dolor de toda una ciudad? La estación de La Banda ya no era una plataforma de trenes; era un mar de gente contenido por la angustia. La noticia había corrido como reguerazo de pólvora y nadie —absolutamente nadie— quiso quedarse afuera de este abrazo de bienvenida y despedida.

Desde allí, el cortejo avanzó lentamente hacia la casa materna en Sarmiento 494 . Quienes pisaron esa vereda jamás olvidarán la escena: el féretro llegó literalmente tapado de flores, sepultado bajo el afecto físico e indestructible de un pueblo que se negaba a dejarlo ir.

El cuerpo permaneció en la casa hasta las cuatro de la tarde. El calor pegaba con fuerza, una siesta abrasadora que quemaba la piel, pero ese sol sofocante no logró dispersarse a la multitud. Nadie se movió. Era el preludio de una de las manifestaciones populares más desgarradoras y conmovedoras de las que se tenga memoria en la región.

Dieciocho cuadras de agonía, dieciocho chacareras de gloria

El pueblo se rebeló contra el silencio fúnebre. Un gigante del cancionero no podía irse a la tumba en penumbras ni con marchas acartonadas. La gente cargó el ataúd a pulso, sintiendo el peso muerto de su ídolo sobre los hombros, y emprendió una caminata de 18 cuadras hacia el cementerio local.

¿Una marcha fúnebre tradicional? En absoluto. Fue una auténtica elegía folclórica nacida de las entrañas de la tierra.

Entre el retumbo visceral de los bombos y el rasgueo desesperado de las guitarras, la procesión se frenaba en cada esquina. ¿Para qué detenerse en medio del sofocante trayecto? Para cantar. En cada cruce de calles, los músicos del pueblo alzaban la voz y ejecutaban una chacarera en su honor. La misma música que Julio les había reglado para siempre era ahora el único refugio para sobrellevar el andar de las 18 cuadras.

El llanto que desbordó en la tumba y la gran deuda pendiente

Al cruzar los portones del cementerio, la tensión acumulada durante horas llegó a su punto de quietud. Al borde de la fosa abierta, sus colegas y vecinos le dedicaron un último responso de música vernácula. Fue el colapso. Ese nudo asfixiante que oprimía las gargantas se rompió de golpe; la angustia contenida estalló en un llanto colectivo e incontenible que deshizo a los presentes en lágrimas sinceras. La ausencia dolía en el cuerpo.

En medio de ese clima de pesar, se alzaron las palabras de despedida para intentar ponerle voz a la tragedia:

  • José Antonio Faro , por SADAIC y los folcloristas santiagueños exiliados por afecto en Buenos Aires.
  • José Fernando Arias , por la Municipalidad y la Comisión Honoraria.
  • Alejandro Bruhn Gauna , en nombre de la peña “Andrés Chazarreta” del Centro de Viajantes.
  • Hipólito Noriega , por la comisión provisoria del Instituto del Folclore.
  • Juan Simón , por sus amigos personales de la vida.
  • Nabor Barrionuevo , en representación de la peña “Benicio Díaz”.
  • Leandro Martínez , por sus entrañables hermanos de La Banda.

Fue Martínez quien, golpeado por la emoción pero con el deseo vivo de que su memoria no fuera devorada por el olvido, lanzó una propuesta que encendió a la multitud: fundar de inmediato la peña “Julio Argentino Jerez” .

Sin embargo, el tiempo pasó y la historia dejó al desnudo una realidad amarga: aquella promesa nunca se concretó en paredes y techo. Pero, ¿necesita acaso el espíritu de su música una estructura de ladrillos para mantenerse en pie? Su legado no quedó atrapado en el olvido, pero el desafío sigue abierto. El llamado continúa flotando en el aire, esperando que los folcloristas bandeños de hoy recojan la posta y le salden, de una vez por todas, la deuda de honor a quien lo dio todo por su tierra.

 

 

miércoles, 23 de septiembre de 2026

Cuando Santiago empezó a contar su propia historia: poetas, músicos y voces que quedaron en la memoria

Antes de que muchas de aquellas voces quedaran en los libros y en los discos, hubo jóvenes que se reunían, escribían revistas, viajaban para encontrarse con otros poetas y buscaban una manera de expresar lo que sentían por su tierra. Entre ellos estuvieron Carlos Abregú Virreira, Enrique Almonacid y Benicio "Soco" Díaz.


Hay momentos en la historia cultural de un pueblo que no parecen extraordinarios mientras están ocurriendo. Unos jóvenes se reúnen, escriben, discuten y publican una revista que quizás dura poco. Viajan a otra ciudad para conocer poetas. Visitan a un escritor famoso. Alguien recuerda, muchos años después, una anécdota ocurrida en otro tiempo. Nada de eso parece, a primera vista, capaz de cambiar la historia. Pero con el paso de los años, esas pequeñas escenas terminan convirtiéndose en memoria. Y cuando uno vuelve sobre ellas, descubre que allí estaban algunas de las personas que ayudaron a construir la identidad cultural de Santiago del Estero.

Hacia 1917-1918, un grupo de jóvenes escritores santiagueños decidió reunirse alrededor de la literatura. Así nació "Los inmortales", un cenáculo literario integrado por Horacio Manuel Maldonado, Carlos Abregú Virreira, José Paz y Enrique Almonacid, entre otros. El grupo también editó dos revistas, "Bohemia" y "Proteo", publicaciones de corta existencia que, sin embargo, dan cuenta de una época de inquietudes y búsquedas. Escribir y publicar significaba entonces abrir un espacio para las nuevas ideas y, de algún modo, empezar a construir una voz propia.

Carlos Abregú Virreira fue uno de aquellos protagonistas. Y fue precisamente él quien dejó el relato de un viaje que terminaría regalando una de esas historias que vale la pena volver a contar.

Un día, Abregú Virreira y Enrique Almonacid decidieron viajar a Tucumán. Querían tomar contacto con los poetas locales, entre ellos Raúl Paverini, Mercedes Maciel Ledesma, David Salmón Cadeneau y Fernando de Prat Gay. Pero antes de visitar a esos escritores tenían una cita que, por sí sola, justificaba el viaje: fueron a la casa de Ricardo Jaimes Freyre, ubicada en 25 de Mayo 397.

Entre los santiagueños, la figura de Jaimes Freyre despertaba opiniones encontradas. Algunos lo admiraban; otros desconfiaban de su prestigio. Algo parecido ocurría con nombres como Leopoldo Lugones y Rubén Darío. Sin embargo, aquella visita parece haber dejado una impresión profunda en los jóvenes.

Jaimes Freyre los recibió cordialmente en su escritorio. Allí comenzó una conversación que Abregú Virreira recordaría muchos años después. Hablaron de literatura, de escritores y de episodios ocurridos en Buenos Aires y París. Jaimes Freyre contó sobre su trato con Rubén Darío, su amistad con Amado Nervo y su admiración por Lugones, pese al distanciamiento que existía entre ambos en aquellos días.

Pero hubo una historia que dejó especialmente impresionados a los visitantes. Una historia que tenía como protagonista a Rubén Darío.

Había ocurrido en Buenos Aires, durante una fiesta literaria organizada por Calixto Oyuela, Vega Belgrano y otras figuras de la cultura. Rubén Darío había comprometido su participación, pero finalmente no pudo llegar. Para no faltar por completo a la cita, envió un poema inédito para que fuera leído durante el acto.

Y entonces surgió un problema inesperado. Nadie quería leerlo. Los versos eran largos y cortos, y el propio Darío los había señalado con lápiz rojo. La lectura requería conocer bien el ritmo del poema.

Faltaban apenas unos minutos para que comenzara el acto cuando llegó Ricardo Jaimes Freyre. La situación parecía tener solución. "¡Nadie más indicado que usted!", le dijeron.

Jaimes Freyre tomó el poema y lo leyó ante el público. Cuando terminó, llegó la ovación. No fue un aplauso pasajero. Según el relato de Abregú Virreira, se mantuvo durante largos minutos, sostenido y unánime.

Entonces Jaimes Freyre hizo una pausa. Miró a los jóvenes santiagueños y, según recuerda Abregú Virreira, sus ojos parecían agrandados por la emoción. Aquel poema que acababa de leer era nada menos que "Marcha triunfal", de Rubén Darío.

Más allá de la anécdota, cuesta no imaginar la escena: un teatro porteño, un poema de Darío, Jaimes Freyre frente al público y, muchos años después, aquel recuerdo llegando hasta dos jóvenes santiagueños que escuchaban la historia en un escritorio de Tucumán. La memoria cultural también se construye así, de boca en boca, de una generación a otra.

Aquella generación tampoco veía una frontera rígida entre literatura, música, danza y tradición popular. Ricardo Jaimes Freyre asesoró en materia artística y coreográfica a Andrés Chazarreta, una figura vinculada al desarrollo del folklore santiagueño. En ese ambiente aparecieron también composiciones relacionadas con la identidad de la provincia, entre ellas "Se oye una vidala", "Vidalita de la santiagueña", "Vidalita del santiagueño", "Ay, el triste santiagueño" y "27 de abril", además de otras obras.

La palabra escrita y la música popular comenzaban a encontrarse en un mismo territorio. Y ese territorio tenía nombre: Santiago del Estero.

Muchos años después de aquellas primeras experiencias literarias, otra voz quedaría ligada para siempre a la memoria musical santiagueña. El 24 de septiembre de 1899 nacía en Salavina Benicio "Soco" Díaz.

Para evocarlo, Enrique Almonacid escribió desde Buenos Aires, el 20 de noviembre de 1949, una poesía titulada "Canción para Benicio Díaz". El poema comienza regresando a la infancia, a Salavina, a la música y a una guitarra. Almonacid imagina al niño Benicio con el alma convertida en cuerda musical, cantando para la tierra y compartiendo las coplas del terruño junto a Cachilo y su guitarra.

La escena tiene algo profundamente ligado al paisaje santiagueño: las estrellas, la tierra, el malambo, la guitarra y una voz que parece confundirse con el lugar donde nació.

Después aparece Salavina nuevamente. La antigua villa bañada por el Misky Mayu. Y aparece también la ausencia. Las estrellas buscan al cantor mientras su voz, lejos de desaparecer, continúa viajando de puerta en puerta.

"Andando... Andando..."

La expresión se transforma en uno de los hilos más fuertes de la evocación. Benicio y Cachilo avanzan juntos, como buscando un nido, una ventana amiga, un lugar donde dejar una serenata. Una serenata que, grabada en disco, ya se había convertido en canción.

Hay algo curioso en estas historias. Los protagonistas probablemente no podían imaginar cómo serían recordados décadas después. Para ellos, escribir una revista, reunirse con otros escritores, viajar a Tucumán o tocar una guitarra formaba parte de la vida cultural de su tiempo.

Pero el tiempo hace su trabajo. Algunas revistas desaparecen. Los papeles se vuelven difíciles de encontrar. Los nombres quedan fuera de las conversaciones cotidianas. Y entonces aparecen los recuerdos: una anécdota contada por alguien que estuvo allí, un poema escrito muchos años después, una canción registrada en un disco, una referencia perdida en una publicación.

Son pequeñas piezas que, juntas, permiten reconstruir una época.

La historia cultural de Santiago del Estero también está hecha de esas piezas. Está en los escritores que intentaron publicar cuando todavía no sabían si alguien los leería. Está en los músicos que llevaron las voces del territorio de un lugar a otro. Está en quienes conservaron una anécdota porque entendieron que algún día podía ser importante.

Por eso vale la pena volver sobre estos nombres. Porque detrás de Carlos Abregú Virreira, Enrique Almonacid, Ricardo Jaimes Freyre y Benicio "Soco" Díaz no hay solamente biografías. Hay una época, una generación que buscó expresarse y que, entre poemas, revistas, guitarras, vidalas y recuerdos, fue dejando una huella.

Una huella que todavía podemos seguir.

Como aquella voz que Almonacid imaginó alejándose por las calles de Salavina: "Andando... Andando..."

Y quizás la memoria de una cultura sea justamente eso: seguir andando, aun cuando quienes comenzaron el camino ya no estén.

Si querés, puedo darle todavía un tono más cercano al de una crónica de "Leyendas del Folclore Santiagueño", con más paisaje, memoria y pequeñas escenas, sin hacerlo demasiado literario.

 

Así soy