viernes, 4 de septiembre de 2026

Maternidad, caza y poder: las caras olvidadas de las mujeres prehistóricas

 


Durante generaciones dimos por sentado que los hombres salían a cazar mamuts y pintar cavernas mientras las mujeres esperaban en la sombra, cuidando a los chicos. Pero cuando escarbás un poco en la evidencia —como lo hace magistralmente la prehistoriadora Marylène Patou-Mathis— te das cuenta de algo obvio: esa historia dice muchísimo sobre los prejuicios del siglo XIX y casi nada sobre cómo vivían nuestros antepasados.

Si te pido que imagines la prehistoria, seguro ves lo mismo que nos vendieron siempre: un tipo alto, lleno de pieles, empuñando una lanza frente a una bestia enorme. De fondo, al fondo de la cueva, una mujer sentada junto al fuego sosteniendo un bebé.

Esa estampa la tenemos grabada a fuego porque nos la repitieron hasta el cansancio en la escuela, el cine y los libros. El problema es que cuando los investigadores modernos empezaron a cruzar datos sin los anteojos del siglo XIX, la fantasía se cayó a pedazos. La mitad femenina de la humanidad no estaba esperando en un rincón; la borraron del relato.

La "mujer de la cueva": un invento victoriano

Para entender cómo compramos este mito, hay que mirar cuándo nació la arqueología como ciencia: pleno siglo XIX. Los primeros académicos eran hombres de su época. ¿Y qué hicieron? Agarraron la estructura social victoriana —la familia nuclear, el hombre proveedor y la mujer abnegada en la casa— y la proyectaron miles de años hacia atrás.

De un plumazo inventaron una división del trabajo conveniente:

  • Lo importante (para ellos): Cazar, pescar, fabricar armas y pelear quedó marcado como "cosa de hombres".
  • Lo secundario: Recolectar, cocinar, coser pieles y criar pasó a ser "tarea femenina", restándole cualquier valor estratégico.

Hasta la idea de que vivíamos en una guerra sangrienta permanente es cuestionable. Los fósiles muestran esqueletos con fracturas graves totalmente soldadas. Eso no habla de brutalidad ciega, sino de comunidades que pasaban semanas cuidando a sus heridos. La clave del éxito humano no fue la violencia individual, sino la cooperación.

Cuando los sesgos se disfrazan de ciencia

La invisibilidad de la mujer no fue un error casual; se metió directamente en el método científico. El varón se convirtió en el molde universal y cualquier otra cosa era una excepción.

Esta idea se sostuvo con dos argumentos que cambiaron de forma, pero no de fondo:

  1. El mandato divino: Durante siglos se enseñó que la subordinación femenina era un orden natural o sagrado.
  2. El determinismo biológico: En el siglo XIX, la ciencia positivista intentó medir cráneos y buscar explicaciones "médicas" para justificar por qué las mujeres no debían ocupar espacios de poder.

Ya en el siglo XV, pensadoras como Cristina de Pizán avisaban que si las mujeres no destacaban en ciertos ámbitos no era por falta de capacidad, sino por falta de acceso y educación. La comunidad científica prefirió mirar para otro lado durante quinientos años más.

Lo que los huesos realmente dicen

Todo empezó a cambiar en los años 70 con la llegada de la arqueología de género. Varias investigadoras volvieron a mirar los yacimientos, pero esta vez analizando la evidencia sin dar nada por sentado.

Los descubrimientos hablaron solos:

  • Manos en la pared: El análisis biomecánico de las huellas de manos en negativo en las cuevas paleolíticas demostró que muchas pertenecían a mujeres. Las artistas también firmaban.
  • Caza y tecnología: Fabricar herramientas de piedra o rastrear animales requiere precisión, paciencia y técnica, no solo fuerza bruta. Nada indica que las mujeres estuvieran excluidas de la caza.
  • Tumbas con honores: Los enterramientos femeninos del Paleolítico muestran ajuares llenos de valor simbólico y herramientas, exactamente iguales a los de los hombres.

El caso más revelador es el de la guerrera vikinga de Birka. Durante más de un siglo, su tumba repleta de espadas, escudos y caballos se usó como el ejemplo perfecto de un "gran jefe militar masculino". En 2017, un análisis de ADN confirmó que los restos eran de una mujer. Cien años de teoría científica derrumbados por un simple test genético.

Rebeldes con causa

Esta resistencia a aceptar el rol activo de las mujeres no se queda en las cavernas. Civilizaciones como la mesopotámica o la egipcia tuvieron mujeres gobernando, administrando tierras y ejerciendo la ley. Y cuando las reglas se volvieron más rígidas, siempre hubo quienes rompieron el molde.

Ahí está Jeanne Baret, que en el siglo XVIII se vistió de hombre para embarcarse en una expedición científica alrededor del mundo y terminó haciendo aportes botánicos clave. O las revolucionarias de 1848 como Eugénie Niboyet o Flora Tristán, que armaron periódicos y clubes políticos para exigir derechos laborales y voto.

Ninguna de ellas esperó a que le dieran permiso. Participaron de la historia a la par de los hombres, muchas veces pagando costos altísimos por salirse del libreto.

Cambiar la historia para entender el presente

Revisar lo que pasó hace miles de años no es un capricho de historiadores. Entender que la dominación masculina no es un rasgo biológico heredado del Paleolítico, sino un invento cultural bastante reciente, nos cambia la cancha hoy.

Si las mujeres de la prehistoria cazaban, pintaban, curaban y lideraban, se termina el cuento de la "naturaleza femenina pasiva". No se trata de inventar un matriarcado de fantasía para reemplazar el mito del cazador, sino de hacer algo más honesto: devolverle a la historia la mitad que le falta. Y de paso, dejar de usar el pasado para justificar los límites del presente.

Blanca Carabajal Espeche, Suray: una voz santiagueña que salió a recorrer el mundo

 


Hay nombres que quedan ligados para siempre a una tierra. Nombres que, aunque hayan viajado lejos, parecen conservar el aroma del monte, el sonido de una guitarra y esa manera tan particular que tiene Santiago del Estero de contar sus historias.

Uno de esos nombres es el de Blanca Carabajal Espeche.

El 2 de septiembre de 1932, en Laprida, departamento Choya, nacía esta cantante, profesora de literatura y artista santiagueña que, con el tiempo, sería conocida por su nombre artístico: "Suray".

Desde aquel pequeño rincón de Santiago del Estero hasta los escenarios de Europa, Sudamérica y la Unión Soviética, su vida estuvo atravesada por la música, la literatura y una profunda relación con la cultura popular.

Una hija del monte y de las palabras

Blanca era hija de José Víctor Carabajal, de oficio arriero, e Isolina Espeche.

Su historia familiar estaba vinculada a esa Santiago profunda de caminos de tierra, largas distancias y hombres que conocían el monte y sus secretos. Era una tierra donde las historias viajaban de boca en boca y donde una guitarra podía decir tanto como un libro.

Tal vez por eso no resulte extraño que Blanca encontrara en la música y en la literatura dos maneras de expresar aquello que llevaba adentro.

Con los años eligió el nombre de "Suray" para presentarse artísticamente. El seudónimo fue creado por ella misma a partir de las sílabas iniciales de la palabra quechua "suyay" y la sílaba final de "churay".

Pero la historia tenía todavía una vuelta más.

Tiempo después, el escritor y folklorista José Ramón Luna le explicó que "suray" significaba "lirio del valle".

Y aquel nombre terminó quedándole como anillo al dedo. Tenía algo de paisaje, de naturaleza y de poesía.

La voz santiagueña que llegó a la radio

Durante la década de 1950, Suray comenzó a consolidar su trayectoria artística y cultural.

En 1959 se desempeñó como asesora literaria en Radio Nacional. Allí pudo unir sus dos grandes caminos: la palabra y la música.

La radio era entonces mucho más que un medio de comunicación. Era una ventana abierta al país. A través de ella, las voces de los artistas podían llegar a lugares donde jamás habían pisado.

Y Suray supo aprovechar ese espacio.

Su formación como profesora de literatura le daba una mirada particular. No se trataba solamente de cantar. También estaba la palabra, la poesía, la historia y esa necesidad de preservar las expresiones de una cultura que se transmitía de generación en generación.

Santiago en la valija

En 1962 llegó uno de los momentos más importantes de su carrera.

Blanca viajó a Italia becada para estudiar idioma y literatura italiana. Para una mujer nacida en Laprida, aquella experiencia significaba cruzar un océano y encontrarse con un mundo completamente diferente.

Pero hay algo que suele ocurrir con quienes llevan una tierra adentro: cuando se alejan, las raíces se hacen todavía más presentes.

De regreso en la Argentina, Suray participó en el programa "Argentina canta y baila", continuando una carrera que ya comenzaba a tener una dimensión nacional.

Poco después volvió a Europa. Actuó en Francia y España y, más tarde, emprendió una gira por distintos países de Sudamérica.

La muchacha de Laprida se había convertido en una artista viajera.

Y aunque los mapas fueran cambiando, había algo que permanecía con ella: la identidad de una tierra que sabía de chacareras, de coplas, de poesía y de noches largas alrededor de una guitarra.

Hasta la Unión Soviética llegó su canto

En 1971, Suray protagonizó uno de los episodios más llamativos de su trayectoria.

Viajó por distintas ciudades de la Unión Soviética, acompañada en guitarra por Alberto Favier.

Pensar en aquella época ayuda a dimensionar el viaje. No eran tiempos de comunicaciones instantáneas ni de redes sociales. Llegar desde Santiago del Estero hasta escenarios tan lejanos implicaba una verdadera aventura.

Y allí estuvo ella, llevando su música y su manera de interpretar la cultura argentina a miles de kilómetros de su lugar de nacimiento.

Desde Laprida hasta Europa. Desde Santiago del Estero hasta la Unión Soviética.

El camino había sido largo.

"Tres cuerdas y el ayer"

La radio volvió a ocupar un lugar importante en su vida.

En Radio Nacional participó del ciclo "Tres cuerdas y el ayer", junto a Suma Paz y Alma García.

El nombre del programa parece casi una invitación a mirar hacia atrás. Tres cuerdas, una guitarra, una voz y toda una memoria detrás.

Porque el folklore tiene justamente eso: la capacidad de traer el pasado al presente. Una canción puede recuperar una historia, una costumbre, un paisaje o el recuerdo de alguien que ya no está.

Suray también creó y dirigió su propio espacio, "Los cantos rodados de Suray".

Desde allí continuó trabajando con la palabra y la música, dos elementos que habían acompañado su vida desde sus primeros años.

Una mujer que llevó su tierra consigo

Blanca Carabajal Espeche falleció el 20 de marzo de 2002, en Tigre, provincia de Buenos Aires.

Se fue una mujer que había nacido en Laprida y que llegó mucho más lejos de lo que probablemente podían imaginar aquellos primeros caminos de su infancia.

Pero su historia no puede medirse solamente en kilómetros recorridos ni en escenarios visitados.

Hay algo más profundo.

Suray fue parte de esa generación de artistas que entendieron que el folklore no era simplemente un repertorio de canciones. Era una forma de conservar la memoria, de contar quiénes somos y de mantener unido al presente con aquello que viene de lejos.

Y en su caso, esa tarea estuvo acompañada por la literatura, la radio y la música.

Quizás por eso, cuando se pronuncia su nombre, es inevitable volver mentalmente a Santiago del Estero. A Laprida. Al monte. A los caminos por donde alguna vez transitó su padre arriero. A una guitarra sonando en la distancia.

Porque hay artistas que viajan y dejan atrás su lugar de origen.

Y hay otros que viajan llevando su tierra consigo.

Suray fue de estos últimos.

Nació en Santiago del Estero, recorrió el mundo y, allá donde estuvo, llevó consigo una parte de aquella tierra donde había comenzado todo.

Gran Santiago del Estero-La Banda: la ciudad que se reconstruye entre la historia y la desigualdad

Por Leyendas del Folclore Santiagueño

 

Un aglomerado que crece a contramano del orden

En el corazón del noroeste argentino, entre el río Dulce y la memoria de sus raíces rurales, el aglomerado Gran Santiago del Estero-La Banda sigue creciendo. Pero no lo hace de manera pareja ni ordenada. Su historia urbana está marcada por saltos, avances desiguales y distintas formas de ocupar el territorio.

Esta ciudad intermedia, con más de 400.000 habitantes, no solo crece en cantidad de población. También cambia su aspecto, se extiende más allá de sus límites originales y modifica sus antiguas tramas. Aparecen nuevos fragmentos urbanos que muchas veces no terminan de integrarse entre sí. Es, de alguna manera, una ciudad que se va expandiendo como un conjunto de islas, rodeadas por fuertes contrastes.

De plaza y damero: los orígenes fundacionales

Para entender cómo llegó hasta acá, hay que volver bastante atrás, hasta 1553. Ese año, don Francisco de Aguirre funda Santiago del Estero, considerada la ciudad más antigua de las ciudades argentinas.

Después de varios traslados provocados por las crecidas del río, en 1556 la ciudad se establece definitivamente en el lugar donde hoy se encuentra el Parque Aguirre. Su trazado era sencillo y práctico, siguiendo el modelo de las ciudades coloniales de la época: una plaza central rodeada por manzanas cuadradas. Allí se ubicaban los principales espacios del poder, con el Cabildo y la Iglesia como referencias de la vida civil y religiosa.

La Corona española llegó a reconocerla como la "Muy Noble y Leal Ciudad". Durante mucho tiempo, además, Santiago del Estero tuvo un papel estratégico. Desde aquí partieron procesos de fundación que dieron origen, posteriormente, a otras ciudades del norte y del centro del país.

 


Territorio y poder: establecer los límites

Con la autonomía provincial, en 1820 comienza otra etapa. Santiago del Estero empieza a definir con mayor claridad su territorio político y urbano.

Más adelante, la Constitución Nacional de 1853 y la Constitución provincial de 1856 aportan un nuevo marco jurídico. Hacia 1880 comienzan las primeras mensuras de tierras y las ventas fiscales destinadas a obtener recursos para financiar el Estado.

Mientras tanto, algo más estaba cambiando y tendría consecuencias profundas: llegaba el ferrocarril y comenzaba a regularizarse la propiedad de las tierras bajo riego. Poco a poco, la economía y la sociedad de la región empezaban a transformarse.

En 1891 ocurre un hecho decisivo. Un puente ferroviario permite unir por primera vez las dos márgenes del río Dulce. Santiago del Estero y La Banda empiezan así a acercarse físicamente y, aunque todavía nadie podía imaginarlo del todo, también comienzan a entrelazar su futuro urbano.

 


El tren y las chacras: los primeros signos del conurbano

La llegada del ferrocarril no significó solamente poder viajar más rápido. También cambió la forma de organizar y ocupar el territorio.

La Banda, formalmente fundada en 1912, comenzó a convertirse en un importante nodo ferroviario y productivo. Su crecimiento estuvo muy relacionado con el parcelamiento de antiguas estancias y, poco a poco, fue acercándose cada vez más a la capital.

Desde comienzos del siglo XX se trazaron nuevas calles, aparecieron villas y se creó la oficina de Catastro. También empezaron a reglamentarse los caminos rurales. El territorio, que hasta entonces tenía una fuerte impronta rural, comenzó a adquirir una estructura cada vez más urbana.

Y en 1927 llegó otro momento clave: la construcción del puente carretero Hipólito Yrigoyen terminó de consolidar la conexión física entre las dos ciudades.

A partir de entonces, Santiago y La Banda ya no podían pensarse completamente por separado. Empezaban a crecer como un mismo cuerpo urbano, aunque todavía sin un verdadero plan común.

 

Del peronismo a la vivienda social: urbanizar con el Estado

A partir de 1946, el impulso modernizador del peronismo trae consigo nuevos barrios obreros, obras públicas y una fuerte idea de progreso vinculada a la intervención del Estado.

Sin embargo, sería durante las décadas de 1960 y 1970 cuando esa intervención adquiriría todavía mayor importancia. La crisis agroindustrial y el déficit habitacional generaron una demanda creciente de viviendas y servicios.

En ese contexto aparecen los planes de vivienda social, entre ellos el FONAVI, que tendrían una influencia importante en la forma que fue tomando el paisaje urbano santiagueño durante las décadas siguientes.

Pero el crecimiento no dejó de presentar problemas. La ciudad continuó expandiéndose de manera desordenada y con una regulación desigual. Al mismo tiempo, los intereses privados fueron ganando peso en la producción y valorización del suelo urbano.

.Neoliberalismo, exclusión y ciudad fragmentada

Durante la década de 1990 comienza una nueva etapa. El modelo neoliberal deja huellas profundas en la estructura económica y social: privatizaciones, concentración económica y una creciente precarización.

La ciudad continúa creciendo, aunque lo hace de una manera cada vez más dispersa y desigual.

La expansión se orienta principalmente hacia el norte y el sur, siguiendo el eje marcado por el río Dulce. La vieja ciudad compacta empieza a perder protagonismo y aparece una configuración mucho más difusa.

Y junto con esa expansión también se profundizan las diferencias. La pobreza y la riqueza comienzan a ocupar espacios cada vez más alejados entre sí, como si la propia ciudad fuera dibujando sus fronteras sociales sobre el territorio.



Archipiélagos urbanos: entre country y asentamiento

A partir de 2015, esta transformación adquiere una imagen especialmente clara: la del archipiélago.

Por un lado, aparecen barrios cerrados de baja densidad. Por el otro, asentamientos informales que muchas veces carecen de servicios básicos. Entre unos y otros queda una ciudad cada vez más fragmentada, con espacios que crecen cerca, pero que no necesariamente se relacionan entre sí.

El contraste resulta difícil de ignorar. En 2017, el 45,4 % de la población del aglomerado se encontraba por debajo de la línea de pobreza. Al mismo tiempo, nuevas urbanizaciones destinadas a sectores de mayores ingresos comenzaron a ocupar la periferia sur, siguiendo modelos que ya se habían desarrollado en el Área Metropolitana de Buenos Aires.

Así, el territorio se convierte también en una expresión de las diferencias sociales.

 

Comparación de densidades y tipos de urbanización 

Una ciudad intermedia con problemas de ciudad grande

El caso del Gran Santiago del Estero-La Banda muestra algo que puede resultar llamativo: muchos de los problemas asociados tradicionalmente a las grandes ciudades también aparecen en ciudades intermedias.

La segregación, la fragmentación y la desigualdad llegan más tarde, quizá, pero no por eso tienen menor impacto.

Cuando el crecimiento urbano ocurre sin una planificación suficiente, cuando el mercado inmobiliario tiene una influencia desigual y cuando el Estado pierde capacidad para regular la producción del suelo, la ciudad termina partiéndose en distintos sectores.

Y hay algo más. Cada vez con mayor frecuencia, el lugar donde una persona vive termina condicionando sus posibilidades de acceso a servicios, infraestructura y mejores condiciones de vida.

¿Cómo imaginar el futuro urbano?

Mirar la historia de una ciudad no significa quedarse atrapado en el pasado. En este caso, sirve justamente para pensar qué puede ocurrir de aquí en adelante.

Entender cómo creció Santiago del Estero-La Banda, qué decisiones fueron tomadas, cómo influyeron las migraciones y de qué manera se fueron ocupando los espacios permite reconocer los problemas actuales con mayor claridad.

El desafío, entonces, no parece ser simplemente seguir urbanizando. La cuestión es cómo hacerlo mejor.

Santiago del Estero-La Banda necesita una urbanización que integre, que sea sostenible y que no deje a determinados sectores al margen. Una ciudad donde el acceso a una vivienda, a los servicios y a las oportunidades no dependa tanto del lugar donde cada persona tuvo la posibilidad de instalarse.

Porque la historia de esta ciudad muestra que crecer no siempre significa integrarse. Y quizás uno de los grandes desafíos del futuro sea, justamente, conseguir que esas partes que durante décadas fueron creciendo por separado puedan finalmente formar una ciudad más conectada y más justa.

Fuente principal:

Bonardi, V. J. J. (2025). Ensamblando partes de la historia: la re-construcción urbana del Gran Santiago del Estero-La Banda, una ciudad intermedia del noroeste argentino. Estudios Socioterritoriales, 36(1), 33-54.https://doi.org/10.37838/unicen/est.36-1-102

El Petit Palais: La Historia de un Cine que Sobrevivió a las Llamas, a los Años y a la Memoria Olvidada

Durante décadas, el Petit Palais fue mucho más que una sala de cine. Allí se encontraron el espectáculo, la música, la vida social y algunos de los acontecimientos que marcaron la historia cultural de Santiago del Estero.

 “Las cosas no mueren si las recordamos.” - Leonardo “Nano” Gigli -




Hubo una época en la que ir al cine era bastante más que sentarse frente a una pantalla. Era ponerse la mejor ropa, encontrarse con conocidos, escuchar música en vivo y dejarse llevar, aunque fuera por un rato, hacia historias que llegaban desde muy lejos.

En pleno centro de Santiago del Estero, el Cine-Teatro Petit Palais fue parte de esa experiencia. Desde su inauguración en 1917, atravesó distintas etapas, cambió de aspecto, recibió a artistas destacados, sobrevivió a un incendio devastador y volvió a abrir sus puertas convertido en una moderna sala Art Déco.

Pero para entender su historia hay que retroceder un poco.

Antes del Petit Palais estuvo el Teatro Cervantes

En los terrenos cercanos a la histórica Catedral, sobre la calle 24 de Septiembre, funcionaban a comienzos del siglo XX distintos espacios que formaban parte de la vida urbana de la ciudad.

Entre ellos estaba el Teatro Cervantes, considerado el primer teatro de Santiago del Estero. En sus primeros años había sido conocido como Zenatti-Ollantay y estaba bajo la dirección de los hermanos Edippo.

Aunque ocasionalmente proyectaba películas, su actividad principal estaba vinculada al teatro y la música. En 1906 adoptó definitivamente el nombre de Teatro Cervantes.

La construcción era sencilla: techos de madera y ladrillo cubiertos con chapas de zinc y una fachada con cinco puertas. Sobre ella, un friso llevaba orgullosamente la inscripción "Teatro Cervantes".

El teatro funcionó hasta los primeros años de la década de 1910. Después, el lugar cambió de manos y con el tiempo surgió allí un bazar llamado Ollantay, que mantuvo de alguna manera vivo el recuerdo de aquel antiguo escenario.

En 1917: nace el Petit Palais

Enero de 1917 marcó un nuevo capítulo.

En terrenos alquilados a Alfredo Ricci comenzó a funcionar el primer Cine-Teatro de Santiago del Estero: el Petit Palais. Al mismo tiempo, en el mismo entorno, se levantaba la nueva Confitería del Águila, administrada inicialmente por la firma Barrionuevo y Pujadas.

La historia del nombre también tiene su pequeño detalle.

A fines de 1916, Juan Figueroa, director del diario "El Liberal", se reunió con Paul Mazure. Durante aquella conversación surgió la idea de dejar que fueran los propios santiagueños quienes eligieran el nombre del nuevo proyecto mediante un concurso publicado en el diario.

Así nació el nombre Cine-Teatro Petit Palais Mazure.

Con el tiempo, Roberto Carlos Mazure, hijo de Paul, se convertiría en una figura central del negocio familiar.

Una sala que recibió a Gardel y Razzano

El Petit Palais rápidamente comenzó a ganar prestigio.

Uno de los acontecimientos más recordados ocurrió el 16 de mayo de 1919, cuando el dúo Gardel-Razzano llegó a la sala acompañado por José Ricardo Razzano.

La respuesta del público fue extraordinaria. Tanto, que las presentaciones tuvieron que repetirse durante dos días consecutivos.

Y mientras los espectadores disfrutaban de aquellos artistas, también podían asistir a proyecciones de películas mudas, entre ellas las protagonizadas por el actor William Russell.

En aquellos años, el cine todavía necesitaba algo fundamental: música.

Las películas mudas eran acompañadas en vivo por el pianista alemán Carlos Esclinger, nacido en Stuttgart, quien tenía la tarea de crear una banda sonora para las imágenes que aparecían en pantalla.

El espectáculo, entonces, era mucho más que una película. Era una combinación de imágenes, música, público y ambiente.

Una ventana a la vida de la provincia

El Petit Palais tuvo además una particularidad que hoy resulta especialmente valiosa.

Las funciones solían estar precedidas por noticieros realizados en forma de cortometrajes documentales mudos. Muchas de esas imágenes fueron registradas por el italiano Vicente Gigli.

Según el texto de referencia, aquella colección cinematográfica era prácticamente única en el norte argentino. Santiago del Estero llegó a conservar registros audiovisuales de acontecimientos sociales, políticos y religiosos de comienzos del siglo XX.

Es decir, el cine no solamente mostraba historias inventadas.

También estaba registrando la vida real.

Para quienes hoy intentamos reconstruir cómo era aquella Santiago del Estero, esas imágenes tienen un valor enorme.

La música también tenía su lugar

Durante la década de 1920, el Petit Palais sumó una orquesta propia, dirigida por Pedro Cinquegrani e integrada por músicos como Carlos Silinger, José Parisi, Alfonso Mottola, Tito Mottola, Guido Degano y Benito Fernández.

La música acompañaba las funciones cinematográficas y también formaba parte de la actividad de la Confitería El Águila.

El cine era, por entonces, un verdadero punto de encuentro.

La administración estaba a cargo de Bruno Osimani, con el apoyo de su cuñado Guillermo Renzi, vinculado a los primeros emprendimientos de artículos eléctricos y mecánicos.

La calidad de las películas también ayudó a consolidar el prestigio de la sala. Llegaban producciones distribuidas por empresas como Max Gluschamann Foxx Film, Nueva York Film y Exchange, además de películas nacionales.

Por ubicación, infraestructura y programación, el Petit Palais se convirtió en una de las salas más exclusivas de la época, solo superada por el Teatro 25 de Mayo.

Una fachada que se transformó

En 1922, Roberto Carlos Mazure adquirió las propiedades donde funcionaban el Petit Palais y la Confitería El Águila.

Un año después, la concesión del cine pasó a Guillermo Renzi, y la sala llegó a compararse con el prestigioso Splendid de Tucumán.

Entre 1926 y 1930, el edificio experimentó una importante transformación.

La fachada comenzó a mostrar los rasgos arquitectónicos de moda. Dos escudos ocupaban la parte superior, acompañados por liras en los laterales y un mascarón ornamental en el centro.

Las columnas tenían bajorrelieves de instrumentos musicales y otros motivos decorativos. Más arriba aparecían frisos y dentículos de orden corintio, mientras que cinco grandes ventanales semicirculares completaban la composición.

Antes de esta remodelación, el aspecto era mucho más sencillo, con ladrillos a la vista, una entrada semicircular y una estructura de hierro forjado que rodeaba la puerta principal.

Por las noches, las pequeñas bombillas de época aportaban una iluminación cálida que seguramente convertía aquella esquina en un lugar particularmente atractivo.

La madrugada en que todo cambió

Pero la historia del Petit Palais también tuvo un capítulo dramático.

En la madrugada del 11 de octubre de 1937, alrededor de las cuatro, un incendio comenzó a consumir el interior del cine y parte de la Confitería El Águila.

Un policía advirtió las llamas y el humo y dio aviso. Poco después llegaron efectivos policiales y bomberos, que intentaron controlar el fuego.

No alcanzó.

Las llamas avanzaron rápidamente y destruyeron las estructuras internas, las puertas y los cristales. La escena era impresionante: el fuego que salía del edificio daba la sensación de que una manzana entera estaba ardiendo.

La multitud comenzó a reunirse alrededor del lugar.

Recién cerca de las ocho de la mañana las llamas cedieron.

El Petit Palais había quedado reducido a cenizas. También se habían perdido los fondos de la confitería.

Las pérdidas fueron estimadas en 50 mil pesos para el salón de espectáculos y 5 mil para la confitería.

Las autoridades detuvieron a varias personas, entre ellas integrantes del personal del cine y de la confitería, aunque las causas del incendio no pudieron determinarse con claridad.

En aquella época, además, los incendios en salas cinematográficas eran frecuentes debido a la alta inflamabilidad de los nitratos utilizados en las películas.

Del fuego a la reconstrucción

Y, sin embargo, el Petit Palais no desapareció.

En poco más de un año volvió a levantarse.

El 7 de diciembre de 1938, la sala reabrió sus puertas con un nuevo proyecto arquitectónico realizado por Aníbal Oberlander y bajo la producción de Remo Staffolani.

Esta vez, el edificio adoptó el estilo Art Déco y sumó importantes mejoras técnicas.

Se trabajó especialmente en la acústica y se incorporó un sistema moderno de refrigeración con extractores de aire ubicados en la parte superior.

La capacidad también aumentó: de 700 butacas pasó a 900 butacas Pullman.

Carlos Mazure, hijo de Paul, viajó para presenciar la reapertura y comprobar cómo el emprendimiento iniciado por su padre volvía a ponerse en marcha.

El Petit Palais había resurgido del fuego.

Los últimos años

En 1949, Carlos Mazure vendió la Confitería El Águila y la propiedad a José Noguerol.

Al año siguiente, el Cine Petit pasó a manos de la Sociedad Inmobiliaria del Norte S.R.L., aunque la administración continuó bajo la Compañía Cinematográfica del Norte S.A. de Tucumán, con Alfredo Gramajo como gerente.

La confitería quedó a cargo de "Higa y Cía", la misma firma que administraba el Café Tokio.

Con el tiempo, El Águila cerró sus puertas.

El cine, en cambio, continuó funcionando durante varias décadas más, hasta finales de los años 80.

Un cine que también fue memoria

El Petit Palais fue mucho más que un edificio destinado a proyectar películas.

Durante décadas fue un lugar de encuentro para los santiagueños. Allí hubo música, teatro, cine, encuentros sociales y momentos que quedaron ligados a la vida cotidiana de varias generaciones.

Su historia también muestra cómo fue cambiando la ciudad. Primero estuvo el Teatro Cervantes. Después llegó el Petit Palais. Más tarde aparecieron nuevas formas de entretenimiento y otros espacios ocuparon su lugar.

Pero hay algo que permanece.

Las salas de cine no solamente muestran historias. También forman parte de ellas.

En el caso del Petit Palais, las películas compartieron espacio con artistas, músicos, espectadores y acontecimientos de una ciudad que estaba cambiando. Incluso los registros documentales proyectados antes de las funciones terminaron convirtiéndose, con el tiempo, en parte de la memoria histórica de Santiago del Estero.

Quizás por eso recordar al Petit Palais no significa solamente mirar hacia atrás.

Significa recuperar una parte de aquella ciudad que alguna vez se reunía bajo sus luces, esperaba que comenzara la función y, durante unas horas, dejaba afuera el mundo cotidiano.

El pequeño palacio ya no está como entonces. Pero su historia sigue ahí, entre fotografías antiguas, recuerdos familiares y documentos que permiten reconstruir aquella Santiago del Estero donde el cine comenzaba a convertirse en una verdadera experiencia colectiva.

Fuente: texto base proporcionado por el usuario, correspondiente a la historia del Teatro Cervantes, Cine-Teatro Petit Palais y Confitería El Águila.

martes, 1 de septiembre de 2026

Santiago del Estero en 1885: Cuando un agrimensor dibujó el mapa de un futuro posible

Un documento olvidado revela los sueños, las disputas y la fe inquebrantable en el progreso de una provincia que miraba al horizonte con esperanza



En 1885, mientras Buenos Aires se vestía de modernidad europea y el puerto se llenaba de vapores y mercancías, un hombre de campo con escuadra y compás se sentó a escribir la historia de su tierra. Alejandro Gancedo, agrimensor y profesor del Colegio Nacional de Santiago del Estero, no imaginó que su "Memoria Descriptiva" se convertiría más de un siglo después en un documento clave para entender las raíces profundas de la Argentina interior.

La tarea no era menor. El gobierno nacional había abierto un concurso para que cada provincia redactara un informe detallado sobre su geografía, economía y posibilidades. Gancedo, sin embargo, no se limitó a cumplir con el formulario. Con una pluma que oscilaba entre la precisión técnica y la pasión patriótica, construyó un retrato que es a la vez inventario, diagnóstico y declaración de principios.

Un territorio que aún no se definía

Cuando Gancedo empezó a trazar los límites de Santiago del Estero, se encontró con un problema incómodo: nadie sabía con certeza dónde terminaba la provincia y dónde empezaban las vecinas. Catamarca, Córdoba y Tucumán disputaban cada palmo de tierra, y los documentos coloniales —Cédulas Reales del siglo XVII, deslindes confusos, actas perdidas— ofrecían más preguntas que respuestas.

"Todo es una tragedia en la que figuran personajes de forma humana con el más desenfrenado salvajismo", escribió Gancedo al referirse a la historia política de la provincia. No exageraba. Las disputas territoriales eran apenas el síntoma de un problema más profundo: Santiago del Estero, fundada en 1553, era una de las ciudades más antiguas del territorio argentino, pero también una de las más castigadas por el aislamiento y la violencia política.

El autor no se guardó críticas. Al describir el acuerdo limítrofe con Catamarca, firmado en 1881, lamentó la pérdida de "no menos de cuarenta leguas cuadradas de terreno". Un agrimensor no podía tolerar que las fronteras se definieran por acuerdos políticos apresurados y no por la geografía y la historia.

El ombligo del mundo vegetal

Más allá de las disputas políticas, Gancedo descubrió un universo de riqueza natural que desbordaba los mapas. Las sierras de Guasayan, Sumampa y Ambargasta eran apenas las arrugas de una vasta llanura que se extendía hasta perderse en el horizonte. Pero lo que realmente fascinó al agrimensor fue la exuberancia de una naturaleza que los porteños ignoraban.

Los algarrobos y quebrachos, esos árboles de madera dura que desafiaban los siglos, poblaban los bosques con una generosidad que hoy parece increíble. Gancedo anotó con precisión científica sus alturas y diámetros, como si estuviera levantando un inventario de las riquezas del reino vegetal. El quebracho colorado, esa madera que se petrificaba en el agua y duraba más de un siglo, era el material de construcción que hacía soñar a ingenieros y arquitectos.

Pero la fauna también ocupaba un lugar central en el relato. El "tigre americano" (el jaguar), el puma, el quirquincho, la vibrar de la cruz, y una variedad asombrosa de aves y peces desfilan por las páginas con nombres científicos y descripciones minuciosas. Era una naturaleza plena, indómita, que los santiagueños conocían y respetaban.

La sal como bendición

Uno de los pasajes más apasionados de la memoria de Gancedo es su defensa del suelo santiagueño. En su época, circulaba la idea de que las tierras de Santiago del Estero eran estériles porque en algunos puntos afloraban sales. Para el agrimensor, esta creencia no era solo equivocada: era una ofensa al potencial de la provincia.

Citando a agrónomos europeos y estudios sobre la sal como fertilizante, Gancedo se lanzó a una defensa encendida del terruño. El cloruro de sodio, argumentaba, no solo no dañaba el suelo, sino que actuaba como un estimulante natural para los cultivos. Hablaba de experimentos en los que la sal había aumentado el rendimiento de la cebada y el trigo, y recordaba que en Suiza e Inglaterra la sal era considerada un alimento indispensable para el ganado.

"Los economistas Turgot, Neker y otros consideraron siempre la restricción de la sal como contraria al desarrollo de la riqueza pública", escribió Gancedo, citando a las autoridades europeas para refutar a los ignorantes locales. No era solo una cuestión técnica, sino una batalla por el orgullo provincial.

El agua como obsesión

Si hay un capítulo que condensa el espíritu visionario de Gancedo, es el dedicado a los ríos Dulce y Salado. El agua, para él, era el verdadero motor del progreso. Y su gran obsesión —compartida con el gobernador Manuel Taboada veinte años antes— era desviar el Río Dulce por su antiguo cauce para que volviera a regar las poblaciones de Loreto, Atamisqui y Salavina.

"El Dulce es nuestro Nilo", escribió, parafraseando a Taboada. La obra, que beneficiaría más de 150 leguas cuadradas, era para él "el secreto de nuestro porvenir". No es difícil imaginar a Gancedo recorriendo los cauces secos, midiendo pendientes y calculando caudales, convencido de que la solución a todos los males de la provincia estaba en el manejo inteligente del agua.

Pero también era un lamento. El río se había desviado de su curso histórico, y las poblaciones que una vez prosperaron a su orilla habían quedado abandonadas. "Es preciso que no tomemos con tanto ardor la política y nos dediquemos un momento a considerar lo que pasa en cada punto de nuestro querido suelo", reclamaba con un tono que mezclaba la frustración y la esperanza.

El ferrocarril que no llegaba

Gancedo dedicó varias páginas a describir el sistema de comunicaciones de la provincia, y el diagnóstico era implacable: Santiago del Estero estaba aislada. Los caminos carreteros formaban una "red", pero eran deficientes. Los ríos eran "susceptibles de ser navegados", pero nadie lo había intentado seriamente. El Ferrocarril Central Norte apenas rozaba el territorio provincial, sirviendo más como límite con Catamarca que como vía de integración.

La construcción de un ramal desde la estación Frías hasta la ciudad capital era su gran anhelo. El tren, pensaba Gancedo, traería no solo mercancías, sino "progreso material e intelectual". Era la fe de su generación: creer que el ferrocarril era la llave que abriría todas las puertas.

Y en gran medida, no se equivocaba. La llegada del tren transformó la Argentina del siglo XIX, y Santiago del Estero no fue la excepción. Pero Gancedo también señalaba lo que faltaba: correos regulares, telégrafos, caminos en buen estado. Su diagnóstico era el de un hombre que veía el potencial y las limitaciones con la misma claridad.

El despertar agrícola

El capítulo sobre agricultura es quizás el más vibrante de toda la memoria. Gancedo describe un fenómeno que estaba transformando la provincia: el auge del cultivo de la caña de azúcar. "Quién conoció la Provincia seis años antes de esta fecha, la desconocería completamente en la presente", escribió.

Los datos son contundentes. En 1876, Santiago del Estero tenía apenas 80 surcos de caña. En 1881, la cifra había saltado a 580 cuadras. La tierra, que antes se vendía por mil patacones la legua, se cotizaba a "veinte y cinco y treinta pesos la cuadra". El valor se había centuplicado en pocos años.

Detrás de este despegue estaban hombres como Pedro San Germes y Jaime Vieyra, a quienes Gancedo retrata con admiración. Sus ingenios azucareros, con maquinaria moderna traída de Europa y una organización casi industrial, eran la prueba viviente de que la agricultura podía ser el motor del desarrollo provincial.

Gancedo calculó con precisión los costos y rendimientos: los suelos arcillosos, los sistemas de riego con acequias, los arados norteamericanos, las trilladoras a vapor. Era un manual práctico de cómo construir una provincia agrícola moderna.

La ganadería silenciosa

Menos espectacular que la caña de azúcar, pero igualmente fundamental, era la ganadería. Gancedo describió con detalle las razas de ganado vacuno, yeguarizo, mular y ovino. Destacó la superioridad de la mula santiagueña, un animal sufrido y resistente que era la base de los transportes en toda la región.

Pero también señaló un problema que persistiría durante décadas: el sistema de cría era "primitivo". El campo era comunal, los animales pastaban sin control, y los propietarios a menudo ni siquiera sabían cuántas cabezas tenían. La solución, para Gancedo, era un Código Rural que ordenara el uso de la tierra y el manejo del ganado.

Su crítica a los catastros es particularmente mordaz. Los empadronadores, escribió, "no saben valorar una propiedad" y favorecen a amigos y parientes. El resultado son estadísticas falsas que impiden una administración justa de los impuestos. Es una denuncia que todavía resuena en la política argentina actual.

Un hombre de su tiempo

Lo más fascinante de la "Memoria Descriptiva" es que Gancedo no se limitó a describir. También juzgó, criticó y soñó. Su dedicación a la juventud de la provincia, con la que abre el libro, es un manifiesto completo de sus convicciones:

"Juventud santiagueña – escribió- No desmayéis ante los pasajeros obstáculos que en vuestro difícil camino se os presenten; pensando siempre en vuestro deber, recordad que vuestra provincia posee miles de leguas de terreno de exuberante vegetación".

Su optimismo era una elección personal, una decisión de mirar hacia adelante a pesar de todo. Y en esa mirada, Gancedo fue un hijo de la generación del ochenta, esa elite intelectual y política que creía en el progreso, la ciencia y la inmigración como los instrumentos de la redención nacional.

El mapa de un futuro posible

Hoy, al leer la memoria de Gancedo, encontramos un documento que es muchas cosas a la vez. Es un inventario de recursos naturales que ya no existen con la misma abundancia. Es un diagnóstico económico que adelantó los dilemas del desarrollo regional. Es una crítica política a un sistema que castigaba el trabajo y premiaba la especulación.

Pero es también un sueño. Gancedo creyó que Santiago del Estero podía ser una provincia próspera, con industrias pujantes, caminos bien trazados, escuelas para todos. Creyó que el trabajo y la educación podían vencer al caudillismo y la pobreza.

La historia, con su ironía implacable, le dio la razón a medias. La provincia se transformó, pero también enfrentó nuevos desafíos. El ferrocarril llegó, pero la concentración de la tierra y el éxodo rural persistieron.

Aun así, la memoria de Gancedo sigue siendo un recordatorio de que el futuro se construye con diagnósticos precisos y esperanzas bien fundadas. Y también, como él mismo escribió, con la certeza de que "marcharemos siempre adelante, a pesar de todo, buscando el bien de la patria".

Tres claves para entender el legado de Gancedo:

1. Diagnóstico del aislamiento – El autor identificó la falta de comunicaciones como el principal freno al desarrollo de Santiago del Estero, señalando un problema estructural que marcaría a la provincia durante décadas.

2. Fe en el progreso agroindustrial – Su defensa de la agricultura, especialmente la caña de azúcar y la vid, refleja la confianza en el potencial productivo de la tierra, un optimismo que se tradujo en inversiones reales.

3. Crítica a la administración – La denuncia de catastros fraudulentos y la falta de estadísticas confiables revela una conciencia temprana de la necesidad de modernizar el Estado y combatir la corrupción.

Reflexiones finales:

1. La "Memoria Descriptiva" captura un momento de transición en la historia argentina, cuando el país dejaba atrás el caudillismo y se asomaba a la modernidad.

2. La obra de Gancedo es un testimonio del optimismo de una generación que creía en el progreso como una fuerza inexorable, capaz de transformar las realidades más adversas.

3. Más allá de su valor histórico, el documento sigue siendo relevante como ejemplo de cómo se puede construir una narrativa esperanzadora sin perder de vista los problemas estructurales.

El mito de los túneles secretos de Santiago del Estero: ¿leyenda urbana o realidad subterránea?


Si te criaste en Santiago o escuchaste hablar de la Madre de Ciudades, seguro te cruzaste con el mito. Ese que jura que debajo del asfalto hay toda una red secreta de pasadizos conectando iglesias, teatros y viejas casonas. Una especie de ciudad oculta construida para esquivar ataques o guardar tesoros.

La idea engancha, no hay duda. Suena a película. Pero cuando la historia y la arqueología se meten a revisar las pruebas, la película se cae bastante rápido.

Lo que realmente hay bajo el suelo

Los historiadores y arqueólogos que entraron a inspeccionar los edificios más viejos de la provincia dicen lo mismo: no hay un solo metro de túnel. Lo que durante décadas se vendió como un sistema de escape no es más que arquitectura práctica de la época, malinterpretada con los años.

Hay dos lugares emblemáticos que alimentaron el mito casi más que ningún otro:

  • El Teatro 25 de Mayo: Se dijo mil veces que debajo del escenario había pasajes ocultos. La realidad es mucho más ingeniosa. Como el teatro se diseñó en forma de herradura, los vacíos bajo las maderas se pensaron como cámaras de aire para amplificar el sonido. Encima, como la base del escenario quedó un metro por encima del suelo natural, la vista engaña y da la sensación de estar parado sobre un sótano profundo.
  • La Casa de los Taboada: Cuando el arquitecto Rodolfo Legname y su equipo excavaron la propiedad, las famosas "entradas a las catacumbas" resultaron ser sótanos y bodegas familiares. En el siglo XIX era de lo más normal tener esos espacios para guardar vino o mantener fresca la comida en pleno verano.

Ataques, cárceles y teorías que no cierran

La voz popular terminó armando un relato casi de ficción, adjudicándole a estas construcciones funciones de refugio militar o calabozos secretos.

Pero los papeles y la lógica histórica dicen otra cosa. Para el siglo XIX ya no había grupos indígenas hostiles operando dentro del casco urbano como para justificar semejante gasto de ingeniería militar. Tampoco se encontró jamás un solo grillete, una compuerta colonial o una conexión física real que uniera el Teatro con la iglesia de San Francisco Solano o la antigua Casa de Gobierno. Nada.

¿Cómo nació semejante historia?

Las leyendas nunca salen de la nada. Entre 1672 y 1702, las crecidas del río obligaron a mudar la ciudad en más de una oportunidad. Con los años, sobre los escombros y cimientos de la vieja infraestructura se construyeron casas nuevas. Cuando en décadas posteriores alguien remodelaba y se chocaba con una pared antigua o un sótano olvidado, el boca a boca hacía la magia pesada y la imaginación colectiva ponía el resto.

Santiago no necesita pasadizos de película para ser interesante. Lo que quedó a la vista y en la superficie alcanza para entender su verdadera historia.