domingo, 28 de junio de 2026

Tres días con sus noches en un obraje

Por Alberto Tasso.



Esto sucedió en enero de 1967, hace 59 años, y cada vez que lo cuento me parece que hubiera sido ayer. Era el primer viaje a Santiago de un muchacho de 23, que estudiaba sociología en Buenos Aires y después de seis años en la universidad apenas había llegado a la mitad de su carrera. Tenía un mes de vacaciones en la revista El Mensajero donde trabajaba como redactor. Su director, el Padre Mario Anzorena SJ me había dicho unos días antes de Navidad: "Aprovechá tu viaje para escribir algo sobre el norte, hay muchos problemas allá que no conocemos".

Para entonces conocía varios santiagueños y algo sabía de los problemas. Unos meses antes había visto en un pasillo de la facultad un afiche que me interesó: anunciaba la presentación de un documental sobre los obrajes, y aunque nunca pude verlo me creó el deseo de conocerlos por mis propios ojos. 

Preparando el viaje

Antes de la partida me hice una colchoneta liviana (lo había aprendido en el servicio militar) que llevaba al hombro con un morral que contenía una muda de ropa, y además de toalla, peine y cepillo de dietes, un cuaderno de notas y una birome. Viajé en el tren Mixto (carga y pasajeros, un clásico de la época) en segunda clase con bancos de madera en ángulo recto. Aunque largo el viaje fue ameno e instructivo en materia de escuchar modos de hablar, ver a los que desenfundaban su guitarra y cantaban una chacarera, o apreciar la generosidad de la señora que repartía sánguches de mortadela. En resumen, una clase de introducción al mundo de provincia.

En mi memoria están la estación de La Banda, el tren de trocha angosta que cruza el Dulce, la estación de Santiago, la avenida Alvear, y doblando por la Tucumán llegar a la Plaza Libertad. Y en mi libreta anoté los nombres de las personas que conocí y agradezco porque me ayudaron a entrar a este lugar: Pedro Nasser, Julio César Castiglione, Luis Arnaldo Lucena, Néstor René Ledesma.

Luego de una semana en la ciudad –alojado en la pensión Las Camelias del Griego Constantinidis- inicié el viaje, cuya meta era Monte Quemado. En el recorrido conocí Añatuya, Tintina y Campo Gallo. No tenía la menor idea de cómo hacer contacto con un obraje, pero el azar me dio la solución. Un compañero de asiento en el colectivo (El Manso) me dijo: "Estoy trabajando como tractorista en el obraje de Celentano, en Urutaú. Si quieres vamos y te presento". 

Sin efectivo...

Llego a la estación Urutaú a eso de las diez de la noche, y me pongo a conversar con un hachero que regresa a su casa. Le gustaría viajar en el carguero para ahorrarse unos pesos, pero no se anima porque va con su mujer y dos hijos chicos.

-Vos sabés, me quedan nada más que dos mil pesos del sueldo. Me dieron un vale para que lo cobrara en el almacén, y el dueño me dice: "No te puedo dar nada más que la mitad, el resto llevalo en mercaderías porque no me alcanza el efectivo". ¡Mirá si no va a tener plata! Y tuve que agarrar viaje, si no me quedaba sin cobrar... 

Así, por medio del almacén –que a menudo es de su propiedad- el obrajero termina de despojar al hachero del producto de su trabajo. Los hacheros se ven obligados a comprar en el almacén donde les fían, a la vez que les recargan los precios alrededor del 30%.

Teniendo en cuenta que ganan muy poco (se les paga entre 120 y 160 pesos por labrar un durmiente) puede comprenderse que al cabo del mes, una vez deducidos los gastos de mercaderías, cobren apenas una tercera parte de lo ganado. Con buena suerte, esta cantidad oscila entre los 4 y 5.000 pesos.

Esta obligada persecución del pan, del que solo se alcanzan migajas, va generando el desarraigo y la consiguiente amargura por la tierra abandonada, que es bella y dolorosamente cantada por el folklore santiagueño.

Don Lugones 

Don Lugones tiene unos setenta años, pero tienen que decírmelo porque no le daría más de cincuenta. Es fuerte, curtido, habla con humildad y trabaja como un muchacho. No tiene una sola cana en su pelo renegrido, y solamente las arrugas delatan toda su vida en el monte volteando quebrachos.

-Si señor –dice mientras arma un cigarrillo- ahorita, después de los carnavales nos vamos pa'l Chaco a cosechar el algodón. Pagan once pesos por kilo y se gana mucho porque hasta los changuitos ayudan.

Desde principios de febrero los trenes empiezan a llegar al Chaco cargados de gente, familias enteras que llevan hasta las gallinas. Vienen de Santiago, del norte de Santa Fe, de Salta, de todas partes. Después irán a la zafra tucumana y luego regresarán al obraje o a sus ranchos, sabiendo que no hay manera de cortar este peregrinaje. Porque el hambre viene pisando los talones, disfrazado de sequía o de ley que no se cumple.

Comida: morir de a poco

-Siéntese don, vamo'a comer un guisito.

La hospitalidad es ley del provinciano, hasta del empobrecido y sub-alimentado hachero. Se me ocurre que la aclaración que me han hecho amistosamente era necesaria, porque no había ningún sabor que delatara al "guisito". Para que la carne soporte la temperatura del monte hay que charquearla (salarla y secarla al sol). Y además de fideos, harina, papas y cebollas, no hay casi otra materia prima para las comidas.

-Aquí comemos sánguche de moco y guiso de alpargatas -resume don Lugones con humor.

Bajo el calor agobiante de Monte Quemado (límite de Santiago y Chaco) "agua fresca" es una expresión casi absurda, y aun cuando uno se acostumbra pronto a tomarla sucia, el surco de tibieza que deja en la garganta parece darnos todavía más sed.

Faltando casi todo el abecedario de las vitaminas y sometidos a un intenso trabajo, viviendo en ranchos rudimentarios (cuatro horcones y techo de ramas), es comprensible que la tuberculosis y el mal de Chagas tengan altísimos porcentajes entre los hacheros.

La vida en el campamento

Los tres días que pasé fueron una experiencia que me dejó muchas enseñanzas que fui comprendiendo más tarde. En el plano etnográfico me interesa señalar la hospitalidad con que me recibieron y la generosidad de compartir su comida, a la que apenas hizo un pequeño aporte mi bolsillo flaco. Uno quedaba siempre preparando el rancho

Eran cinco hacheros, dos muy jóvenes, conducidos por Don Lugones, el de mayor edad y experiencia. Él seleccionaba los árboles a cortar, lo que supone calcular su valor traducido en rollizos, durmientes, postes y varillas. Además, había que calcular para dónde caería, y entonces decidir el mejor lugar para lanzar el hacha. 

Los acompañaba mirando el trabajo desde cierta distancia. A menudo eran tres ocupados en el mismo árbol. Vi a uno santiguarse antes de comenzar el trabajo, creo que un ritual de perdón. Se turnaban en el manejo del hacha, intercalando bromas y frases que no entendía. Y al final, los alaridos cuando el quebracho caía. Sumados al canto del kakuy, son las voces que no olvido. 

Fuente: El Liberal


sábado, 27 de junio de 2026

"La zamba de Vargas"

 


El 10 de abril de 1906, en el diario El Siglo, el Capitán Ambrosio Salvatierra, que participara en la Batalla de Pozo de Vargas integrando las fuerzas nacionales, pública sus recuerdos de la misma.

Luego de referir pormenores del reñido encuentro dice: "que al iniciar las fuerzas de Varela con un cañonazo, el Gral. Taboada ,ordenó que se contestara con el mismo, pero como las fuerzas no tenían cañón, el Sargento Mayor José Brizuela, Comandante de la Compañía de Infantería de Catamarca, ordenó a la Banda de dicha Compañía que tocara y ésta, se hizo oír con una zamba, llamada desde entonces "Zamba de Vargas"(...) Sigue más adelante: "el efecto fue electrizante, las tropas al oír el baile nacional, prorrumpieron en gritos, vivas a su General y mueras al enemigo".

El 26 de agosto de 1906, el músico y tradicionalista santiagueño Andrés Chazarreta, hizo conocer la versión de la "Zamba de Vargas " que aprendiera desde su niñez de los labios de su tío Manuel Antonio Chazarreta, combatiente de la batalla que nos ocupa, de su abuela AGUSTINA, además, tal como dice el historiador Luis Alen Lascano (cf. "Andrés Chazarreta Y El Folclore" B.A. 1973), de haber consultado con el citado Capitán Salvatierra y con otro combatiente, el Teniente abanderado José María Gauna, músico fallecido en 1910.

Cabe señalar que esta zamba es la primera obra impresa con dicho género (zamba) en la historia del Movimiento Tradicionalista Argentino.

La versión de Andrés Chazarreta, es publicada por éste en 1908, 1912 y 1914 (en París) e integra su Primer Álbum de Música Folclórica en 1906, acompañada con coplas populares y tradicionales.

Otro músico santiagueño, Manuel Gómez Carrillo, publica en 1921, otra versión con diferentes técnicas de notación musical, sustancialmente semejante a la de CHAZARRETA.

Después se suceden las versiones, recopilaciones, arreglos, transcripciones, etc. Siempre sobre la misma línea melódica fundamental.

Versión atamisqueña: una versión totalmente diferente en su música a la mencionada anteriormente, es publicada en 1945, por los tradicionalistas santiagueños Bailón Y Luis Alberto Peralta Luna.

La misma fue recopilada hacia 1938 en Villa Atamisqui, población antigua situada en el centro sud de la provincia, donde se conservó muy viva la tradición del canto, la danza criolla y el habla quichua.

Les fue transmitida a los colectores por los músicos populares: Manuel Roldán Benavidez, José Antonio Sosa y Lindaura Roldán De Santillán, quienes, a su vez, la habían aprendido de viejos pobladores de la zona, músicos de notoria fama regional como los arpistas: Rosario Benavidez, Mercedes Gómez Y María Antonia Sosa.

Las coplas anónimas y populares, dan más realce a Varela, Elizondo y Chumbita que a los propios Taboada.

Se la conoce también con los títulos: "La Vargueña" y "La Taboadista". Musicalmente, como la citada anteriormente, es de las denominadas "cortas" o "de 2 vueltas", por ser su versión original de 32 compases bailables.

(Fuente: "Zambas Históricas Y Tradicionales " José A. Faro, Pag.83/85).

"Zamba De Vargas"(Recop. A. Chazarreta): "Forman los riojanos en Pozo e' Vargas/ los manda Varela, firme en batalla, / contra los santiagueños, / con gran denuedo van a pelear, / ya Don Manuel Taboada, / alta su espada se ve brillar.// Atacó Varela con gran pujanza,/ tocando a degüello a sable y lanza,/ se oyen los alaridos/ y en el estruendo de la carga/ ya pierden terreno/ los santiagueños de Taboada. // Bravo santiagueños!, dijo Taboada/ vencer o la muerte!, vuelvan las cargas,/ por la tierra querida/ demos la vida para triunfar/ y ahí nomás a La Banda, / la vieja zamba, mandó a tocar.// Y en el entrevero se oyó esta zamba, / llevando sus notas bríos al alma./ Y el triunfo consiguieron/ los santiagueños de Taboada, / para eterna memoria/ Zamba de Vargas siempre será".

"Zamba De Vargas"(Versión José Ramón Luna):"Batallón de Varela, Pozo de Vargas,/ formó su pelotón,Manuel Taboada. / Si ay...ay...ay..Manuel Taboada. // Aquel bocón que viene, / ha de acabarnos, / vamos a hacer un tiro/ guapos muchachos. / Ay...ay...ay...guapos muchachos. // Al primer tiro que hizo,/ le dio en la boca,/ fumándose Varela,/valientes tropas!/ Ay...ay...ay...valientes tropas. // Desenvainó su espada/Manuel Taboada/ "si esta guerra pierdo,/ no cargo espada"./ Si ay...ay...ay...no cargo espada ".( Esta versión la cantaba Eusebio More).

"Zamba De Vargas" (Recop. Peralta Luna): " A la carga, a la carga/ dijo Varela, / a la carga artilleros (zambita),/ rompan trincheras.// Rompan trincheras, cierto, / dijo Elizondo, / Batallón lagunero (zambita)/ de 2 en fondo. // A la carga, a la carga,/ dijo Taboada, /" si esta guerra no gano (zambita)/ no cargo espada"./ A la carga, a la carga, / dijo Chimbita,/ "las ansias de quererte ( zambita),/ no se me quitan".

Fuente: Libro Inédito " Historia Del Cancionero Folclórico Santiagueño" De Omar Sapo Estanciero

 

lunes, 22 de junio de 2026

La algarrobiada

 Orestes Di Lullo | El folclore de Santiago del Estero

 


En todos los puntos de la provincia se practica la costumbre de salir en caravana para la cosecha de algarroba. Eran célebres las algarrobiadas que se efectuaban en "El Polear", al otro lado del río, cerca de la ciudad, una de cuyas casas -la de Doroteo Gómez- era el centro de una intensa peregrinación de gente de Santiago que, con árganas, "tipas" y "ponchos" acudían el 24 de diciembre a la cosecha de algarroba. 

El regocijo tenía también un sentido religioso, pues el día del "nacimiento" se velaba al Niño Dios con bailes y cánticos. Allí se escuchaban las notas arrancadas al arpa por la prodigiosa destreza del "finao Lauriano", justamente reputado como uno de los mejores arperos de aquel tiempo.

Durante la noche, después del pesebre, las zambas, los gatos, las chacareras mantenían alerta con sus notas joviales el espíritu de la fiesta. De los árboles colgaban los "noques" repletos de aloja; en torno de los fogones se cocinaban las más suculentas viandas; los hombres en corro bebían enormes "chambaos" y el amor, proclamado mil veces en la canción y la música de las guitarras y cajas y en los giros de las danzas, bajo la noche cálida, constelada de estrellas, era natural y libre; como el deseo incontenible; como la alegría, desbordante.

"El Polear" es todavía un recuerdo vivo de la ciudad. Era el lugar donde residía y había que ir a buscar el amor, como en los campos de la antigua Arcadia. Pasada la fiesta, desocupada el alma, hombres y mujeres con la carga de la cosecha de algarroba en "veranos" y "pozuelos" y niños y doncellas con el haz de leña sobre sus cabezas que sostenían el "pashquil" regresaban al hogar en alegres caravanas, por los caminos olorosos de salvia y de poleo; cruzaban el río llenando el silencio de risas y alegrías, y recomenzaban la tarea diaria, nunca apremiante, con elrecuerdo de la sonrisa de los labios y en la luz de los ojos. 

Hasta aquí lo que escribía Di Lullo en 1943, hace setenta años. Todavía recordamos los que fuimos niños allá por los 50 el gusto por juntar algarroba blanca y negra para disfrutar la dulzura y el alimento que esta fruta natural nos brindaba. Lo mismo la añapa refrescante que salía de la molienda. Bueno es recordar que ella nos hacía aguantar mejor el calor, mientras el tacku (algarrobo en quichua) nos ofrecía sombra a nosostros los chicos y a los animales en esas siestas de 43 grados a la sombra, en tiempos en que la heladera era un lujo. Esto es bueno que lo recuerden aquellos que quieren recuperar la soberanía alimenticia. Con algarroba, mistol, chañar, piquillín. miel de balas, docas, tunas, arrope de algarroba, de tuna y de chañar y otros regalos de la naturaleza sabíamos complementar nuestra dieta santiagueña.

 Fuente: www.desdelolvido.blogspot.com.ar/

 

domingo, 21 de junio de 2026

La madurez del caminante: Raly Barrionuevo y el arte de despojarse de las presiones

 


Hay músicos que dependen del ruido constante y de la validación masiva. Y están los otros, los que entienden este oficio como un sendero largo de tierra. Raly Barrionuevo pertenece a este último grupo. El santiagueño, criado en los patios de Frías y afincado en las Sierras Chicas de Córdoba, pasa hoy por un momento bisagra. Con su último proyecto, el músico alcanzó una libertad absoluta frente a las exigencias del mercado y las expectativas ajenas.

"Alcancé un disco y un camino en el que solo me siento libre de presiones", definió hace poco. No es una frase dicha al pasar, sino una declaración de principios. A sus cincuenta años, Raly ya no tiene que rendir examen. Le cantó a la militancia, cruzó el folklore con el rock nacional y consolidó un repertorio que ya forma parte de la música popular. Lo que le queda ahora es el disfrute puro del viaje.

El regreso a la raíz despojada

Para entender su presente hay que mirar hacia atrás. Desde sus primeros trabajos, como El principio del fin (1995) o Circo Criollo (2000), cargó con el peso de ser señalado como el heredero del compromiso social en la chacarera. Fue un compromiso real: le puso el cuerpo a las luchas campesinas y ambientales en Córdoba. Pero el tiempo pasa y las búsquedas cambian.

Este nuevo tramo en su mapa musical muestra a un Raly enfocado en el minimalismo, en la guitarra acústica y en el valor del silencio. Ese camino libre no es un alejamiento de sus convicciones, sino su maduración. Ya no necesita gritar para ser escuchado; un rasguido sutil y una voz madurada por los años viajan más profundo que un bombo legüero al palo.

La industria actual, dominada por los algoritmos, las colaboraciones forzadas y la urgencia de canciones cortas, no afecta su rutina. Decidió bajarse de esa velocidad. Su proceso actual responde a tiempos más humanos y artesanales: grabar cuando hay algo para decir y callar cuando toca escuchar.

Córdoba y Santiago: El eterno abrazo del paisaje

No se puede separar la obra de Barrionuevo de la geografía que habita. Nacido en Frías, Santiago del Estero, y radicado en Unquillo, Córdoba, su música tiende un puente entre el monte y las sierras. En la tranquilidad cordobesa encontró el refugio ideal para tomar distancia de las presiones urbanas. Lejos del movimiento de la Capital Federal, construyó su espacio de trabajo.

En las sierras se vive a otro ritmo. El contacto con la tierra, la huerta y los vecinos que lo saludan en el almacén como a uno más limpian la mirada. Esa cotidianidad se trasluce en sus composiciones. Sus grabaciones reflejan ese entorno: un paisaje sin estridencias, con texturas y la calma que da la experiencia.

Esa soltura se nota en sus shows en vivo. Quienes lo ven en el escenario se encuentran con una propuesta descontracturada: puede tocar solo con su guitarra, armar un bloque íntimo o invitar a amigos a guitarrear sin una lista de temas rígida. El escenario se vuelve un living.

La madurez como bandera de resistencia

En una cultura que suele priorizar la juventud y el éxito inmediato, sostener una propuesta artística con el paso de los años es una postura firme. Analizar la figura actual de Raly Barrionuevo es ver cómo se madura con dignidad en el escenario. Lejos de sumarse a modas pasajeras o a géneros ajenos para mantenerse en cartel, profundiza en su identidad. Se vuelve más clásico y directo.

Esa falta de presiones se refleja en su forma de cantar. Su voz ganó matices; ya no busca la potencia vocal de sus primeras épocas en Cosquín, sino la palabra justa y la confidencia con el espectador. Es el canto de alguien que caminó, vivió pérdidas y sigue confiando en la fuerza de una canción.

Este presente también le permite cambiar de opinión, experimentar y equivocarse sin la preocupación por la mirada ajena. Raly se ganó el derecho a hacer lo que quiere. Si decide grabar boleros y tangos, lo hace; si prefiere guardarse por meses en su casa, también. El público respeta esos tiempos y lo espera, porque sabe que cuando vuelve, trae algo auténtico.

Al final, lo que Raly Barrionuevo demuestra es que el logro principal no está en los números de las plataformas digitales, sino en reconocerse en la propia obra. Elegir la libertad por sobre el mercado es un aporte valioso para la cultura actual. Raly sigue marchando a su propio ritmo, con la guitarra al hombro y el alma liviana.

 

Las versiones más importantes sobre la leyenda de la Telesita

 Felix Coluccio


Cuenta la tradición que Telésfora Castillo, a quien llamaban Telesita, había nacido en Tolojona, en la costa saladina de Santiago del Estero. 

Era de extraordinaria belleza y ambulaba constantemente por el interior de los bosques, frecuentando algunos boliches donde cantaba y bailaba, habiendo quien asegura haberla visto en la misma ciudad de Santiago del Estero. 

Los paisanos se acostumbraron pronto a la Telesita, a quien querían por su bondad y sencillez. Pero un día -ellos lo dicen- amaneció quemada en un rancho, habiendo quien afirma haberla hallado muerta en una acequia a tres leguas de la ciudad de Santiago del Estero. Lo cierto es que después de su muerte, la Telesita estaba más cerca de los campesinos que antes y se le han atribuido milagros sorprendentes. Se encomendaban -y aún lo hacen- a ella, ofreciéndole un baile con bombo y violín. Y aseveran que así que se producía una pérdida de algún vacuno o prendas de valor eran robadas se hallaban indefectiblemente después de ofrecerle un baile en el que abundase el aguardiente hervido con poleo. 

Las reuniones que se hacen en su homenaje se llaman de todo el país, sobre una u otra canonización popular, las conferencias y mesas redondas, así como los libros editados para difundir su conocimiento, algunos exclusivamente sobre una sola canonización, como ha ocurrido con la Difunta Correa, Pancho Sierra o la Madre María.

Telesiadas, y se llevan a cabo en la casa del que ofrece el baile. Se prepara un muñeco de papel o trapo y se lo coloca sobre una mesa o catafalco, simulando así el cuerpo de la Telesita. Cuatro o cinco velas puestas a su alrededor se encienden antes de comenzar el baile. Cuando éste se inicia, el promesante y su mujer bailan siete chacareras seguidas, y entre una y otra se bebe una copa de caña o aguardiente (los dos danzarines). Después se generaliza el baile y corre abundante la caña, cerveza o vino u otra bebida cualquiera. La música se ejecuta especialmente en los siguientes instrumentos: caja, bombo, violín y guitarra.

Las canciones que tradicionalmente se tocan son chacareras, zambas, gatos, etc. También se escuchan "coplas al angelito", es decir, no alusivas a ella. La fiesta termina a la madrugada, hora en que la imagen de la Telesita es quemada ritualmente, para rememorar el triste fin que en vida tuvo la Telésfora.

La Telesita tiene ciertos puntos de contacto en lo que se refiere a la posibilidad de culto y ofrendas, de rescatar lo perdido, con el Negrito del Pastoreo, el Alma del Quemadito y la Difunta Correa en nuestro país, con el Sacy Perere en Brasil y el Señiles de Panamá.

RICARDO ROJAS- de su libro "El país de la Selva"

Requirió el capataz sus armas, y caminó tras el paloapique, por la orilla laguna. Llegaban del callejón bullentes ecos, y hasta la tranquera del corral los visionarios perros atropellábanse toreando. Nada se discernía, sin embargo, a pesar de la noche diáfana. Algunos sauces lacios sombreaban la opuesta margen, hasta donde se extendía el agua, aplanada en quietud de espejo. De súbito, varios patos domésticos que dormitaban por allí,se despertaron parpando pavores a la desaforada, cuando una sombra pasó de fuga bajo aquellos árboles, reflejándose invertidas en el bruñido azogue de la presa. Se hizo largo silencio, el hombre corrió hacia allá, y vió a la aparición, semivestida de harapos, pugnando por safarse de los perros, y apercollándola, gritóle:

_¿Sois de este mundo o del otro?

La luna se arrebujó de nubes en aquel instante; sutil penumbra veló como de intento la campaña, y una carcajada estridente, larga, cromática, respondió a su reclamo.

¡Era la Telesita!

Tiempo hacía que peregrinaba por los bosques tan extraña mujer. Conocida su fama y su bondad, la acogieron caritativamente; pernoctó en el galpón y al día siguiente avióse, para aparecer después a las riberas del Dulce o sobre la costa del Salado. Se llamaba Telefora o Teresa; tenía padres y hermanos; hasta se indicaba el sitio de su cuna: Paaj - yaquitu... Pero tanto había impresionado al alma crédula de la raza su vida vagabunda y excéntrica, que comenzaron por adulterar en diminutivo de leyenda su nombre bautismal, y concluyeron después de su trágica muerte por convertir su espíritu en una especie de Dionisios femenino y sin forma, cuyo culto en la selva era como en la Grecia jubilosa, culto de guirigayes y coplas, de libaciones y danzas.

Yo he visto esas ceremonias.

Habíamos galopado largo trecho del monte, y a fin de que las cabalgaduras descanzaran, nos detuvimos en un rancho, casi a mitad de nuestro camino. Al acercarnos, se sintió la música entre la confusa arbórbola; y columbramos después el grupo de los que, en el antepatio de la choza, bailaban a la luz de la luna. Moraba allí una vieja alegre, bien conocida en el lugar, por ser la madre de dos muchachas jóvenes, zarca de ojos la una, morena de tez la otra, y ambas dispuestas siempre, lo mismo para una arunga que para un marote. Siendo sábado esa noche, estaban de fiesta...

Cuando asomamos al corro, un hijo de una señora, jarifo como sus hermanas vino a ofrecerme su anacrónico chambao de aloja, a menos que prefiriese escanciar jinebra, en bote donde habían suxsado ya más de veinte labios.

Danzaban chacareras en aquel momento, y a son de cuerdas, el cantor decía:

Si de cristales fuesen

Los corazones

Qué bien claras se viesen

Las intenciones.

Y uso los pies de la pareja, en la postrer mudanza,chisporrotearon cohotes; zahumóse el aire con el hedor de la pólvora; corvetearon caballos bajo los árboles; sonaron voces y palmoteos en la turba; y así volvió a mostrárseme el cuadro ya conocido de las orgías selváticas. No siendo carnaval, ni reyes, ni noche buena, ni otra alguna de las ocasiones clásicas, pregunté el motivo de la fiesta.

- Es una promesa a la Telesita. - me bisbisó un paisano cuyo bigote en garfio adornaba las ondas comisuras de su boca sensual. Averigué quién era la Telesita, y él respondióme con laconismo rehacio:

- Ánima milagrosa...

Como en ese instante se acercaba el ladino de la casa, él abundó en explicaciones.

- Si usté quiere ganar una carrera, o sanar un enfermo, o encontrar una cosa que se le pierda... vamos: algo que usté desea le hace una promesa a la Santa.

- ¿Promesa de qué?

- De ponerle un baile.

Era su deidad milagrosa, la pobre loca oriunda de esas breñas, santificadas por las devociones. Cuando vivió en el bosque, aparecíase hoy en una estancia, más tarde en otras de comarcas luengas. Salvaba a pie distancias fatigosas, recogiéndose a la vera de los caminos, donde asustaba muchas veces a los viajeros nocturnos, o pidiendo albergue en los ranchos, donde enconde tales jornadas. traba un chuse para dormir, un lienzo para cubrir su engurrunido seno, y para el hambre o la sed de tales jornadas: aloja, charqui, locro, amka, lo que pudiesen darle en el desmantelado chocil. Vagaba sin cesar y sin destino, llevando inoficiosamente a cuestas, sobre el pachquil de la cabeza, de un punto al otro de la selva, carga de leñas y de trastos. La acogieron primero con timidez, en seguida con piedad, al fin con cierta supersticiosa inquietud... Era su rostro bello dentro del tipo de la raza; pero la fijeza anormal de su mirada, cernía sobre su faz algo de lúgubre _ el almaentera náufraga en ancestrales desventuras.

Y agregaba mi interlocutor:

- El promesante paga las velas y los licores.

Entonces preguntábale yo:

-¿y qué se hace en el baile?

A lo cual respondía generosamente:

- Cupar y danzar y cantar... El promesante debe tomar siete copas por Ella... Cuando las velas se acaban, el baile sagrado concluye; pero quienes quieran pueden seguir.

-¿Y las velas?

- Ahí están- y se empinó, señalándome con el índice catorce cabos derretidos y coronados por tantas llamas lívidas que oscilaban, umbral adentro de la oscura choza, sobre una mesa adornada de randas y flores.

El rito encerraba, quizás, mucho de ingenuo, más en su espíritu era fiel a la tradición. La Telesita había sido alcoholista y aficionada a los bailes. Muchas veces desvió su rumbo al oír en la noche de las espesuras natales, el compás de los bombos. La acogían también allí; y este recuerdo debió inspirar de nuevo en medio de la selva santiagueña, los cultos dionisíacos que originaron la tragedia antigua: no faltaban ni la deidad orgiástica, ni la ronda báquica ni el ditirambo del coro, a cargo aquí de los trovadores populares:

Cuando un pobre se emborracha

De un rico en la compañía:

La del pobre borrachera

La del rico es alegría.

Veíase a las claras cómo se amrgaron allí las supersticiones católicas del milagro, las costumbres paganas del bosque, y la suprema intuición metafísica que adoraba al puro espíritu de la muerta sin haber caído en las formas de un subalterno fetichismo: pues a nadie se le hubiese ocurrido tallar en la madera de sus árboles la efigie de la santa.

-¿Lo ve a ese mozo que está pintando cerca del violinista?- me preguntó después el del coloquio.

-¿Cuál?

- Ese saco blanco ... Bueno: ese mozo estaba muy mal enfermo...; lo agarró fuerte el costado...; quince días en cama…; ya la médica dijo que no se iba a levantar... Le hicieron una promesa a la Telesita: y ahí lo tiene usté.

Y como en el curso de la conversación preguntasen si ya había concluido la parte religiosa del baile, me respondieron:

- No, señor. Este es más largo porque son dos promesas: la otra fue para que la Telesita hiciera encontrar un caballo de mi primo.

- ¿Y lo encontraron?

- Sí, es ese mala cara que está en el palenque.

Seguían en el corro coplas, músicas, piruetas, contradanzas, aplausos, chundas, zapateadas, libaciones, contoneos, zarabandas y cohotes- mientras el mozo se expedía con tan fácil locuocidad, gracias a los licores que escanciara.

¿Cómo había podido esa vida tan siniestra inspirar este culto tan alegre? ... Fueron los días de la Telesita, torvas ambulaciones de neurosis concluidas en un desenlace de tragedia. Recorrió los senderos como una sombra de delirio. Lo despeinado de su breña encuadraba en hirsutos aladares el rostro lleno de inconciencia mística. Impresionaban la orfandad de su suerte, sus peregrinaciones angustiosas, la noche trágica de sus ojos, su mutismo habitual y siniestro, su castidad incólume, y la juventud que ardía como una llama lóbrega sobre su sexo ya marchito... Iba descalzo el pie, de sudores tringosa la vestidura, y raída por la hostilidad de los ramajes... Hasta que cierto día su cuerpo nómade se extinguió en un incendio de árboles, de donde su alma taumaturga surgió beatificada por el espíritu del fuego.

Encaminándose por el bosque en una de sus habituales peregrinaciones murió quemada, según la tradición. Marchaba por su ruta, aquella tarde de invierno, aterida de frío, cuando vio resplandecer a lo lejos un árbol coronado de llamas. Lo incendiaron, tal vez, a designio, industriales que buscaban carbón; o casualmente propagóse alguna hoguera dejada al pie por otros viajeros de la víspera. La vagabunda se acercó para calentar sus entumecidos miembros, y una lengua de fuego, de las que abrazaban el tronco, lamió el graciento andrajo de su falda, encendiéndola de antuvión. Huyó la desventurada por la ruta, dando gritos atroces; pero el viento contrario de su fuga atizábala cual a una desvastadora tea. Llagada hasta los huesos, flameaban fuegos como alas rojas sobre sus hombros; y en su frente, voraces llamas como cabelleras de furia. Y dijérase que allí, consumida su carne por ese elemento de biblíca purificaciones, su alma desencarnada pudo expandirse más hermosamente trágica en la infinitud de su demencia, hasta que, olvidados los episodios reales de su vida, y perdurables sólo cuanto hubo en ella de extraordinario, el viejo culto de los muertos la erigiese en deidad protectora del bosque donde nació. FBK: patio santiagueño

 

sábado, 20 de junio de 2026

Rosquetes santiagueños ¡Receta criolla!

 


Si sos de Santiago del Estero seguro que los has probado, y si has visitado alguna vez la provincia, probablemente te han invitado unos rosquetes santiagueños. ¡Y estoy mucho más seguro de que quién los ha comido no se los olvida nunca!

Con esta receta, si estamos lejos del pago, podremos prepararnos unos bien ricos. No serán como los loretanos, pero bueno, algo para aplacar la nostalgia del estómago.

Sin más preámbulos te contamos la receta de rosquete santiagueño, bien criollo, bien nuestro.

Cómo hacer Rosquetes santiagueños

Ingredientes que hacen la diferencia:

Para preparar los deliciosos rosquetes santiagueños, necesitarás los siguientes ingredientes:

5 yemas de huevo
1 cucharadita de sal
50 gramos de levadura
200 gramos de azúcar
150 gramos de grasa vacuna derretida
1 kilogramo de harina común (aproximadamente)
Aproximadamente 200 ml de agua tibia

Preparación paso a paso:

Comienza batiendo las yemas hasta que la mezcla espese ligeramente y adquiera una textura cremosa.

Tamiza la harina y agrega la sal alrededor del hueco que formarás en el centro de la harina.

En el hueco, coloque la levadura, una cucharadita de azúcar y un poco de agua tibia. Mezcle estos ingredientes para activar la levadura y lograr una fermentación adecuada.

Luego, incorpora la grasa derretida a la mezcla y continúa agregando el resto del agua tibia poco a poco mientras amasas vigorosamente. Siga amasando hasta obtener una masa suave y elástica.

Divide la masa en pequeñas porciones y forma rollitos de aproximadamente 20 cm de largo (o ajusta el tamaño según tu preferencia). Une los extremos de cada rollito para darles la típica forma de rosquilla.

Coloque los rosquetes en una fuente enmantecada y enharinada, preparándolos para el horneado. Déjalos reposar durante 30 minutos.

Pre-calienta el horno a 200°C y hornea los rosquetes durante unos 35 minutos o hasta que estén dorados y cocidos.

El toque dulce del blanqueo:

El blanqueo es una etapa crucial en la preparación de los rosquetes santiagueños, ya que es lo que les da ese distintivo sabor dulce y la capa brillante. Para blanquear los rosquetes, necesitarás los siguientes ingredientes:

5 claras de huevo
1 taza de azucar
1 taza de agua
Unas gotitas de limón

El proceso de blanqueo:

En una cacerola, lleva a ebullición una taza de agua junto con una taza de azúcar hasta obtener un almíbar a punto de hilo.

Mientras se prepara el almíbar, bate las claras de huevo a punto de nieve, asegurándote de que estén bien firmes.

Agregue lentamente el almíbar caliente a las claras batidas mientras continúa batiendo. También añade unas gotitas de limón para darle un toque de acidez al merengue.

Con la ayuda de un pincel de cocina, cubre los rosquetes con este merengue, asegurándote de cubrirlos completamente para obtener una capa brillante y dulce.

Deja reposar los rosquetes al sol durante un tiempo para que el merengue se seque y se fije sobre ellos.

La degustación:

Una vez que los rosquetes santiagueños han sido blanqueados, es momento de disfrutarlos en todo su esplendor. Su exterior dorado y brillante esconde un interior esponjoso y lleno de sabor. Acompañados de un mate o una buena taza de café, los rosquetes son un verdadero placer para el paladar.

Fte: sursantiago.com.ar

 

domingo, 14 de junio de 2026

La lenta agonía del embalse Río Hondo: La crisis silenciosa que amenaza el corazón hídrico del Norte

Construido para ser el motor de desarrollo del Noroeste argentino, el embalse de las Termas de Río Hondo enfrenta hoy una doble amenaza: la asfixia por sedimentos y un cóctel tóxico que pone en jaque no solo a Santiago del Estero, sino a toda la cuenca del Salí-Dulce. Una historia de promesas incumplidas y un grito ambiental que no puede seguir esperando.



Imaginen un espejo de agua de casi 300 kilómetros cuadrados, diseñado para domar las crecidas, regar más de mil kilómetros cuadrados, generar energía y convertirse en el pulmón turístico de Santiago del Estero. Ese era el sueño original del embalse de Río Hondo. Sin embargo, hoy, bajo la aparente calma de sus 5,3 metros de profundidad media, late un corazón enfermo.


Lo que alguna vez fue una obra de ingeniería de propósitos múltiples se ha transformado en el escenario de una crisis ecológica silenciosa, pero devastadora. Según advierten informes técnicos y la propia Universidad Nacional de Santiago del Estero (UNSE), la vida útil del lago, proyectada originalmente en 200 años, se ha reducido drásticamente a tan solo 70 años. Y de esos, ya hemos consumido 35.

La asfixia lenta: Cuando la montaña se desmorona

El primer enemigo del embalse no llega con estruendo, sino grano a grano. Se llama colmatación.



El proceso es tan brutal como poético en su tragedia: las intensas lluvias del pedemonte tucumano (que superan los 2.800 mm anuales) golpean una montaña degradada por la deforestación para dar lugar a cultivos de cítricos y caña de azúcar. Sin la rugosidad de la vegetación para frenarlo, el suelo arcilloso se disgrega. El agua, ahora cargada de sedimentos rocosos y altamente abrasiva, arrastra todo a su paso con gran energía hasta que, al llegar a la calma del lago, estos materiales se depositan en el fondo.

El resultado es alarmante: el embalse ha perdido entre un 10% y un 17% de su capacidad de almacenamiento según cifras oficiales, pero investigaciones de la UNSE sugieren que esta cifra podría alcanzar el 35%. La sedimentación anual supera el 2%, un ritmo tan acelerado que el propio río Salí ha perdido su cauce natural, formando un nuevo delta en su desembocadura. El lago se está llenando de tierra, y con ella, se entierra su futuro.

Un cóctel tóxico: La contaminación con nombre y apellido

Si la tierra lo asfixia, el agua lo envenena. Durante la época de zafra (de octubre a marzo), cuando el lago suele estar casi lleno, más del 80% de su superficie se encuentra contaminada.





No se trata de un fenómeno abstracto. La contaminación tiene nombre y apellido, y sus fuentes están documentadas por la Policía Ecológica de Tucumán y el Juzgado Federal desde 1995. Los principales culpables son los residuos de la industria azucarera (cachaza, melaza y vinaza), que actúan como fertilizantes descontrolados, alterando el nitrógeno y el fósforo del agua. A esto se suman los desechos cloacales sin tratar y basurales a cielo abierto, como el de Pacará Pintado, donde la quema de PVC libera dioxinas a apenas 10 metros del río Salí.

Pero la amenaza también viaja desde el norte. La Minera La Alumbrera, en Catamarca, traslada su producción mediante un mineraloducto de 317 km que ha sufrido múltiples roturas documentadas. El agua residual de su proceso de deshidratación es vertida en el canal DP2, que desemboca en el río Salí y, finalmente, en nuestro embalse. Informes de Gendarmería ya han detectado metales pesados como cobre y cromo en niveles superiores a los tolerables; inhibidores biológicos capaces de bloquear el transporte de oxígeno en la sangre.

El grito de la cuenca: Una deuda que no admite más postergaciones

El deterioro de Río Hondo no es un problema aislado de Santiago del Estero. Es una bomba de tiempo ecológica que afecta el agua de riego y ganadería local, pone en peligro la biodiversidad de la Laguna de Mar Chiquita en Córdoba y amenaza con contaminar las aguas trasvasadas hacia la provincia de Santa Fe. La fauna ictícola del embalse, advierten los estudios, podría extinguirse en menos de cinco años.

Frente a este panorama, el Foro Ambiental de Las Termas de Río Hondo levantó la voz, presentando un petitorio urgente amparado en el Artículo 41 de la Constitución Nacional. Sus demandas son claras y no admiten medias tintas:

  1. La construcción obligatoria de plantas de tratamiento de efluentes industriales y cloacales en un plazo no mayor a un año.
  2. La declaración de emergencia ambiental para convocar a universidades y expertos a salvar la vida que aún resiste en el embalse.
  3. Un plan inmediato de reforestación y vallas de contención de sedimentos en el pedemonte tucumano.
  4. La inclusión de la sociedad civil en el Comité de Cuenca Salí-Dulce para auditar con nombre y apellido a las empresas contaminantes.

El espejo que nos devuelve nuestra responsabilidad

El agua no tiene memoria, pero la tierra sí. Cada litro de agua que el embalse de Río Hondo pierde por sedimentación o envenena por negligencia industrial, es una promesa rota con las generaciones futuras.

Recuperar este cuerpo de agua no es solo una cuestión de ingeniería o de presupuestos; es una obligación moral. Requiere dragado, sí, pero sobre todo requiere voluntad política, reforestación masiva y un cambio radical en el modelo de producción de la cuenca.

Como reza la última línea del informe que dio origen a esta lucha: "Depende de nosotros". La pregunta que nos queda flotando, como la bruma sobre el lago al amanecer, es si seremos capaces de actuar antes de que el nuevo delta del río Salí se convierta en la única orilla que nos quede.


Nota del editor: Este artículo se basa en el "Informe Ambiental Termas Río Hondo", elaborado a partir de documentación de la Asociación de Ingenieros, Técnicos y Especialistas de Santiago del Estero (AITE) y datos de la UNSE, la Policía Ecológica de Tucumán y el Foro Ambiental de Las Termas.

 

Tres días con sus noches en un obraje