sábado, 11 de abril de 2026

La noche trágica de Villa Loreto

 


A 12 km de la Ciudad de Loreto se encuentra la Villa Vieja sepultada bajo las aguas del Mishki Mayu. Conoció su destino de desgracia hace más de 100 años, posiblemente un 18 de noviembre. En 1908 fue arrastrada por una masa de agua y lodo desbordados del Mishki mayu.

La creciente llegó a las tres de la madrugada y no hubo tiempo de salvar nada. El agua furiosa los sorprendió mientras sus pobladores descansaban después de una calurosa jornada de trabajo.

Indalecio Gómez, un antiguo poblador y sobreviviente de la inundación, la llamó “la noche trágica”. Sólo algunos atinaron a subir a techos y árboles, pues el cauce del canal de Tuama había desbordado por tercera vez. El amanecer encontró a los pobladores con dos metros y medio de agua y un sordo silencio de espanto los invadió.

El párroco Juan Retambay, durante toda la noche y en bote, hablaba a los pobladores, les pedía que piensen, que debían abandonar sus casas para trasladarse hacia la Estación Loreto. Los invitaba a viajar junto a la patrona y muchos lo siguieron. Según la historia, "TATACU" Carmen (Tata: Padre; cu: más que), violinisto y botero de la zona, salvó a varios vecinos. Otros, huyeron. Los objetos de culto y la imagen de la Virgen fueron trasladados a la Estación Loreto.

Retambay construye sobre la vieja capilla en honor a la Virgen de las Mercedes el templo a la virgen patrona, iniciando los trabajos entre los años 1934 y 1937 junto con los sobrevivientes de la desparecida Villa Loreto.

El carácter reflexivo de la historia permitió a los pobladores emitir un único y valioso punto de vista, la inundación fue el resultado de numerosos factores de desencuentros políticos, de indiferencia comunitaria y de excesivas riquezas materiales, las que no permitieron avizorar aquel trágico final.

 

Violín de Tatacu (Letra y música: Fortunato Juárez)

 

Pucha! que lindo pago
fue la Villa Loreto
rodeada de gente feliz
de paz y respeto,
casitas con recovas
y lindos parapetos.
Al tan, tan!! del campanario
se llenaba el viejo templo
y la Virgen de Loreto
Dejaba su bendición.
 
El Río Dulce regaba
canales y acequias.
 
El paisano con su arado
canturreando vidalitas
sembraba siempre soñando
cosechar dichas sin fin.
 
Andaba en esos tiempos
Tatacu con su violín.
 
Tatacu Carmen su violín
paseaba en las fiestas
en épocas del carnaval
andaba en la siesta
embrujando trincheras
hasta el amanecer.
 
Carpintero era su oficio
botero y nadador
vencedor del Río Dulce
quichuista de lo mejor.
 
Así llegó aquel día
que es tan triste contarlo.
 
El Río Dulce y su bravura
se llevó a Villa Loreto
y Tatacu con sus botes
salvando a la población.
 
Todo eso ya es recuerdo
que me oprime el corazón.

 

Fuente: FolkloreCLUB

El general San Martín en Santiago

Por Crístian Ramón Verduc


Los atardeceres veraniegos en la provincia de Santiago del Estero se hacen agradables con el aroma de yuyos, con el canto de los pájaros y “lejos lejos” (de vez en cuando) el cantar de una vidala. Los recuerdos de esa conjunción de horizonte rojizo y alta temperatura, hacen que el vidalero cante en tierras lejanas: “Atardeceres de fuego ¡Ay, quién pudiera volver a aquellos tiempos ya idos, revivir aquel ayer!” La vidala llamada La Manogasteña, que interpretan Los Manseros Santiagueños, nos cuenta de la nostalgia que siente el criollo de Manogasta que vive en un pago lejano, diferente al de su origen.

Es muy posible que esa persona se sienta inconscientemente obligada a parecer lo que no es. Esto ocurre generalmente con los provincianos que emigran hacia Buenos Aires. Estando allá, procuran ocultar su verdadera identidad y mimetizarse en la masa de gente llegada de todo el país. Es una enorme masa humana de diversos orígenes, casi todos procurando imitar a los “porteños”.

Esos llamados porteños son en su mayoría gente que ha llegado antes, como tributo de las provincias al remolino succionante que son la Capital Federal y alrededores. Si una persona joven provinciana es de escasos recursos económicos, es muy probable que deba viajar a Buenos Aires para procurar empleo y enviar dinero a la familia que quedó en el pago querido.

En otros casos, en los que no hay apuros materiales, la juventud debe emigrar de su lugar de origen hacia Buenos Aires u otro centro urbano desarrollado para tener mejores posibilidades en cuanto a educación. Los artistas viajan hacia Buenos Aires para procurar el éxito, pues en el pago se reconoce más a lo que viene desde la gran ciudad. Lamentablemente, el centralismo no es una característica exclusiva de nuestro país ni de estos tiempos. Se puede ver históricamente en los imperios y países, grandes o pequeños, todos con su ciudad capital recibiendo tributos desde los confines territoriales, como cuando se exprime una fruta, presionando de afuera hacia adentro.

Históricamente han sido las ciudades sede del gobierno las que han recibido los mayores recursos y ofrecido para sus habitantes las mejores oportunidades. Se puede afirmar sin temor a errar, que esa situación se viene dando desde el fondo de los tiempos en todos los continentes de nuestro planeta. A fines del Siglo XVIII, un matrimonio español que vivía en un lejano departamento del Virreynato del Río de la Plata, quiso darles a sus hijos buenas oportunidades, con visión de futuro, así que todos emigraron a Buenos Aires, y de ahí a España.

El menor de los cinco hijos era un “gurí” correntino, que había nacido el 25 de Febrero de 1778 en Yapeyú, departamento de las Misiones Guaraníticas. Era José Francisdo de San Martín y Matorras, hijo de Juan de San Martín, Teniente Gobernador del departamento Yapeyú, y de Doña Gregoria Matorras del Ser. Como era costumbre en esa época, el niño fue criado en su primera infancia por una empleada o criada de la casa.

En el caso de José de San Martín, su niñera era guaraní, de nombre Rosa Guarú. Hay sospechas de que Rosa Guarú sería la madre biológica de nuestro prócer, lo que le otorgaría criollismo de sangre, además del que demostró en los sentimientos. Más allá de especulaciones, el hecho es que el mayor prócer argentino nació en Yapeyú, actual provincia de Corrientes, y amó a su lugar natal, a todo el país y su gente.

José de San Martín tenía seis años de edad cuando toda la familia se estableció un tiempo en Buenos Aires y de allí partió hacia España. A los once años de edad ingresó como Cadete en el Regimiento de Murcia. Pocos años después, combatió en el Norte de África, también en territorio español y francés. A los treinta y cuatro años de edad, cuando ya era Teniente Coronel de Caballería del Ejército de España, retornó a Buenos Aires junto con otros oficiales nacidos en nuestro territorio.

El Triunvirato reconoció el grado militar de San Martín y le encomendó la formación de un cuerpo de caballería, unidad terrestre de rápida movilización y poderosa en el combate. Así nació el Regimiento de Granaderos a Caballo, el que tuvo su bautismo de fuego en San Lorenzo, unos kilómetros al Norte de Rosario, el 3 de Febrero de 1.812. Poco después, San Martín tomó el Camino Real, con orden de relevar al General Manuel Belgrano en el mando del Ejército del Norte, recientemente derrotado por los españoles en Vilcapugio y Ayohuma. Ambos próceres de la Patria se encontraron en la provincia de Salta, posiblemente en Yatasto, y en Tucumán conversaron largamentesobre las dificultades para hacer retroceder a los españoles del Alto Perú (hoy Bolivia), naciendo así en el Padre de la Patria la idea de cruzar hacia Chile para expulsar a las tropas realistas y de allí pasar a Perú con el mismo objetivo.

El Camino Real era la ruta terrestre que unía Buenos Aires con Tarija, en el Alto Perú (actual Bolivia), pasando por las provincias de Santa Fe, Córdoba, Santiago del Estero, Tucumán, Salta y Jujuy. Cada tanto, entre las ciudades, había una posta, lugar de descanso y recambio de animales. Viniendo del Sur, la última posta antes de la ciudad de Santiago del Estero ha sido la de Manogasta, distante poco más de treinta kilómetros de la Madre de Ciudades.

 

Éste fue uno de los lugares donde paró a descansar el Padre de la Patria en su extenso viaje. Hoy es fácil llegar hasta Manogasta, pues la ruta que antes era el Camino Real está pavimentada. Se sale de la ciudad de Santiago del Estero por la calle Independencia y, pasando por Los Flores, Maco, Maquito, La Vuelta de la Barranca, Los Cardozo, San Pedro y Upianita, se puede ver una isleta en el centro de la ruta. En esa isleta está protegido el Algarrobo Histórico que diera sombra a Don José de San Martín.

Hacia la derecha nace el camino hacia Buey Rodeo y a la izquierda está el cementerio de Manogasta. Es posible que, mientras la tropa descansaba en Manogasta, San Martín haya tocado la guitarra y cantado bajo el algarrobo, o tal vez haya escuchado el cantar de algún manogasteño. El canto era una de los principales entretenimientos de aquellos tiempos no tan lejanos. “Pago antiguo y tan sufrido, vieja posta del ayer. Aquí te canta tu hijo, que tanto añora el volver.”

El santiagueño que canta desde la distancia, deseando regresar al pago, se siente más apegado a su terruño. Cuando está agrupado con los coterráneos también emigrados, deja de lado la ficción negadora de su origen y se muestra tal cual es. Desde Santiago del Estero, lo mejor que podemos hacer para que el emigrado y el visitante encuentren a Santiago del Estero cuando vengan, es mantener intactas las raíces folclóricas que nos dan personalidad. El quichua forma parte de nuestra identidad santiagueña.

Somos santiagueños; hemos nacido y pasado nuestros mejores años en nuestra provincia. Seamos lo que debemos ser: Auténticos santiagueños. Ya lo dijo el General José de San Martín, nacido hace doscientos cuarenta y seis años en Corrientes, el mismo Libertador que pasó por nuestra provincia hace doscientos dos años: “Serás lo que debas ser, o no serás nada.”


Lo que escribió Mario Arnedo Gallo cuando murió su amigo "Soco" Díaz, su homenaje a Luis Billaud y a la acequia de la Belgrano

 


“Salavina ¡Ay, Salavina! Quisiera verte otra vez…” escribía el gran músico y poeta, nostalgioso y apenado al enterarse de la muerte de su amigo Benicio Díaz. Mario Arnedo Gallo estaba en la provincia de Buenos Aires, sin posibilidades de poder dar un último adiós al “Soco” Díaz, y su pena tomó forma de zamba.

Mario Arnedo Gallo nació en Santiago del Estero el 15 de Mayo de 1.915. En su época de estudiante vivió en Santa Fe. Luego volvió a Santiago, para años después radicarse en la provincia de Buenos Aires, donde vivió hasta el fin de sus días, aunque siempre volviendo al pago aunque sea por lapsos muy breves.

La zamba Salavina es una de las piezas más valiosas e interpretadas del folclore nacional; su melodía es cautivante y su letra va al monte, sobrevuela el río y vuelve al pequeño poblado.

Villa Salavina es una de las poblaciones más antiguas de la provincia de Santiago del Estero, construida a orillas del Río Dulce y cargada de historia. Para conocer gran parte de esa rica historia, hay que procurar leer La Agonía de los Pueblos, del Dr. Orestes Di Lullo. En el capítulo dedicado a Salavina, nos relata en una prosa sentida la importancia económica, política y cultural que tuviera la Villa Salavina y su decadencia posterior. Cabe agregar que en la actualidad, Salavina no está agonizando y sigue siendo una importante población del sur de nuestra provincia. Mejorando la comunicación vial, seguramente Salavina volverá a florecer totalmente.

Extraído de una nota de Cristian Ramón Verduc

CHACARERA DEL CANTOR

Es muy probable que la Chacarera del Cantor la haya compuesto en homenaje o recuerdo de su amigo el Dr. Luis Billaud, como lo sugiere su estribillo "Chacarera, chacarera, chacarera de mi flor y mi bombo sumameño recuerdo de Luis Billaud". Mario Arnedo se juntaba en largas y recordadas veladas con los hermanos Julián “Cachilo” y Benicio “Soco” Díaz en guitarra y bandoneón, el juez Luis Billaud en el bombo y Sofanor Díaz, en guitarra. También menciona al Dr. Billaud en la chacarera “Ayayitay”: “Vino hay en las penas, sangre en el color y una cruz de palo en el dolor. Ayayitay Luis Billaud.”. Es el mismo personaje que aparece en una de las dos letras de la chacarera La Mocha: “El doctor Billaud bailaba y al pelo la chacarera, despacito mudanceaba en medio la polvareda”. Una letra es de Oscar Arturo Mazanti (Oscar Cacho Valle) y la otra del Dr. José Antonio Faro Palumbo, sobrino de don A. Chazarreta.-

Con su bombo sumameño se está refiriendo al Pueblo de Sumamao - Departamento de Silípica – donde se festeja a San Esteban (26 de diciembre) una de las manifestaciones más populares de fe, y se caracteriza por una mezcla de rito católico con pagano que fueron introducidas por los aborígenes, donde los promesantes acuden a caballo y al ritmo de los bombos. Me comentó mi amigo e investigador Alberto “Gringo” Bravo de Zamora que el bombo de Billaut lo conserva la esposa de Arnedo Gallo, doña María Susana Insausti. Un dato más que interesante: el Dr. Luis Billaud es autor de la zamba “Agüita chirle”.-

LA DURA VIDA EN CAPITAL

Arnedo Gallo vivió casi cuatro décadas en Hurlingham, en 1947 llegó con su mujer, y su pequeño hijo Fernando. La familia alquiló una casa sobre la calle Remedios de Escalada, a media cuadra de la estación Hurlingham y al poco tiempo se mudaron a Santa María, una casa quinta que estaba en Solís y Vergara y que ya fue demolida. Era muy grande y tenía muchas habitaciones, medía 40 metros de frente y los fondos llegaban hasta la calle Remedios de Escalada. Por ahí pasaron muchos músicos que gracias al enorme espacio podían tocar hasta la hora que quisieran sin molestar a nadie. Ensayaban y hacían guitarreadas a las que concurrían amigos y familiares.

Seguramente cantaban hasta la madrugada y por el gusto de cantar, como dice la chacarera. Yo soy cantor y disculpen, santiagueñito i' nacido, soy como el viejo quebracho, vivo mejor al descuido (pelusitas de totora- chacarera)

Como todo provinciano, en especial el santiagueño, la vida en la “Capi” fue siempre dura y difícil. Mario Arnedo no fue la excepción: Cuando salí de Santiago todo el camino pensaba, que solo con mi ponchito, y mis alpargatas sobraban. Llegando a Buenos Aires, me di cuenta el equívoco, porque a veces no comía y al otro día tampoco. Así barajao' el naipe, venía la cosa muy fea, pensando en parar la olla, dentre a cantar chacareras. (la yuya- chacarera).Tuvo que vender el piano para poder pagar el parto en el que nació su hijo Diego (hoy integrante de Divididos).

No cabe dudas que esa dureza que marca el desarraigo quizás la podía en cierta forma sosegar con su “cantar” porqué como bien lo dice en la zamba “Tristeza santiagueña” No es bueno hacerse mal juicio, de quién arrastra un penar, tan sólo el alba comprende cuando un santiagueño se pone a cantar.-

La estrofa que dice Cuando la gente no canta y no nos deja cantar me da ganas de prestarles un corazón de zorzal es de una formidable exactitud para quienes hemos tenido la oportunidad de compartir guitarreadas o reuniones –especialmente de amigos- donde no falta uno o varios comensales que ni siquiera vale la pena prestarles un corazón de zorzal.

LA ACEQUIA DE LA BELGRANO

La célebre acequia de la Belgrano


Para Mario Arnedo todo canta…Canta el agua, canta el río, el coyuyo y el crespín (el crespín va rompiendo el silencio sobre amargos senderos de sal -Salavina-zamba), así cantaba un paisano por los pagos de Mailín. (Mi chacarerita mota si me habrás visto “machao”, cuando el diablo anda en el vino por Mailín y Sumamao. Cuando el diablo anda en el vino-chacarera).

Canta el agua en las acequias el otrora fresco y arbolado paseo, sacude la memoria de los que peinan canas. Y también amaga una lágrima furtiva escaparse ante el inevitable cotejo entre pasado y presente. La acequia de la avenida Belgrano fue una sorprendente obra de ingeniería que dio origen a la agricultura de riego. Nuestra “acequia principal”, como se la llamó primitivamente por ser única y la de mayor caudal, al servicio de “chacras y sementeras”, fue centro de interés económico, político, social y religioso de la ciudad, desde los albores de su existencia. Según relata la historiadora Sara Díaz de Raed, en su libro “Monumentos y Lugares Históricos de Santiago del Estero”.

Adalberto Mario Raúl Arnedo Gallo, falleció el 22 de noviembre de 2.001 a los 83 años.-

Foto:Julián y Benicio Díaz, Sofanor Díaz, Luis Billaud en el bombo y Mario Arnedo Gallo en el piano. La célebre acequia de la Belgrano.

Publicado por Dardo Molina Chazarreta | FBK: Patio santiagueño

Cuando el monte enseñaba a tocar: la historia de Carlos Carabajal y Don Ponciano Luna

 


En los caminos polvorientos del norte santiagueño, lejos de radios y escenarios, la música nacía al calor del fogón. Esta es la historia de un encuentro que dejó huella en el cancionero popular.

Un viaje largo hacia el corazón del monte

A fines de los años 40, cuando viajar dentro de Santiago del Estero era casi una aventura, Carlos Carabajal emprendió un trayecto que marcaría su vida para siempre.

Su destino era Nueva Esperanza, en el departamento Pellegrini, a más de 200 kilómetros de la capital provincial. Allí trabajaba su hermano, Ernesto "Tito" Carabajal, quien había sido nombrado en el Correo años antes.

El viaje no era sencillo. Había que descender en 7 de Abril y continuar en sulky durante horas, con paradas obligadas para que el caballo descansara. Ocho horas más, bajo el calor, el polvo y el silencio del monte.

Pero al llegar, lo esperaba algo más que compañía familiar.

El encuentro con un maestro del monte

En ese paisaje áspero y profundo, Carlos conoció a Ponciano Luna, un hombre mayor, de esos que parecen hechos de tierra y música.

Luna era un musiquero completo: bandoneón, guitarra, violín. Tocaba todo, y lo hacía con una naturalidad que no se aprende en academias. Ya tenía referencias del joven Carabajal, y no tardaron en armar un pequeño conjunto junto a Lucindo Prado, cuñado de Tito.

Así empezó una etapa intensa: noches de baile en el campo, carnavales monte adentro, escenarios improvisados sobre acoplados y públicos de cientos de personas que llegaban a pie, a caballo o en sulky.

No había micrófonos. No había parlantes. Había que cantar fuerte, sostener el ritmo, atravesar la noche.

Bailes, calor y vino caliente

Las condiciones eran duras. El calor apretaba, los caminos eran largos, y el “refrigerio” para el viaje era vino —puro y caliente— que acompañaba el trajín.

En esos bailes, la música era todo. Folclore, chamamé, tangos, valses. Un repertorio amplio para un público exigente que no conocía otra forma de escuchar que no fuera en vivo.

Y en medio de ese mundo, Don Ponciano tenía su sello.

Cuando alguien se acercaba a agradecerle, él fingía no escuchar. Se hacía el sordo, miraba de reojo y respondía con picardía:

—"Cerceza nomás. Gracias".

Una escena mínima, pero suficiente para entender el carácter del personaje.

Aprender al lado del fogón

La relación entre Carlos y Ponciano fue mucho más que musical. Fue, en esencia, una transmisión.

Años después, descendientes de Luna recordarían cómo aquel joven llegó casi sin nada: una tarde fría, con un bolsito gastado, tímido, silencioso. Lo recibieron con mate y tortilla a la parrilla, y se quedó.

No solo encontró un lugar donde dormir. Encontró una familia.

Le dieron ropa, calzado. Lo acompañaron. Y, sobre todo, le enseñaron.

Las noches se volvían largas entre guitarras y bandoneones. Ponciano tocaba, Carlos aprendía a acompañar. No había partituras, no había teoría: había oído, repetición, paciencia.

Ahí, en ese intercambio casi invisible, empezó a formarse una manera de entender la música.

Una amistad que se volvió canción

El tiempo separó los caminos. Carlos tuvo que regresar para cumplir con el servicio militar. Después volvió, se reencontraron, compartieron nuevas melodías.

Pero la vida siguió su curso.

Años más tarde, ya instalado en Buenos Aires, Carlos Carabajal transformó esa memoria en música. Junto a Peteco Carabajal, compuso una chacarera que sería un homenaje directo:

 “A Don Ponciano Luna”

Una canción cargada de afecto, de aprendizaje, de gratitud. En sus versos aparecen los lugares, los recuerdos, los consejos de aquel hombre que le enseñó algo más que acordes.

Le enseñó una forma de estar en el mundo.

Lo que queda cuando la música pasa

Historias como esta no suelen figurar en los grandes libros. O quedan, como en este caso, en manuscritos inéditos, en relatos familiares, en la memoria oral.

Pero dicen mucho.

Hablan de una época en la que la música no era espectáculo, sino encuentro. En la que un joven podía llegar con nada y, sin darse cuenta, empezar a construir un camino.

Y también hablan de esos maestros anónimos —como Ponciano Luna— que no dejaron discos ni escenarios, pero sí algo más difícil de registrar: la huella en otros.

A veces, el verdadero legado no se escucha en una grabación.

Se escucha, todavía, en la forma en que alguien toca una guitarra bajo el mismo cielo del monte.

Fuentes consultadas: Fragmento de la entrevista de Juan Carlos Carabajal a Carlos Carabajal en el programa Mateando con Juan Carlos. Nuevo Diario web. Libro inédito "historia del cancionero folclórico santiagueño" de Omar sapo Estanciero


viernes, 10 de abril de 2026

La Estirpe del Monte y el Diapasón: El Encuentro que Forjó una Leyenda



En el vasto mapa sentimental de Santiago del Estero, existen encuentros que trascienden la mera anécdota para convertirse en mitología fundacional de nuestra cultura. Uno de esos instantes ocurrió a finales de la década del 40, en el corazón de Nueva Esperanza, cuando un joven Carlos Carabajal —quien por entonces dividía su fervor entre los goles de Sarmiento y el canto— cruzó su destino con el de Don Ponciano Luna. Aquel encuentro, rescatado del archivo sonoro de Juan Carlos Carabajal en su emblemático programa Mateando con Juan Carlos, no solo dio origen a una de las chacareras más entrañables del cancionero popular, sino que cristalizó una forma de entender la vida y el arte.

El Retrato de una Nobleza Rural

Hacia 1947, el llamado del fútbol llevó a Carlos a Nueva Esperanza. Sin embargo, en la casa de su hermano Tito, la pelota cedió protagonismo al asombro. Allí lo esperaba Ponciano Luna. Al recordarlo, la voz de Carlos se impregna de una devoción casi sagrada: describe a Ponciano no solo como un músico, sino como el arquetipo de la hidalguía del monte. Era una nobleza que no se heredaba por títulos, sino por la educación del silencio, el trato afectuoso y esa hospitalidad intrínseca del hombre de campo.

La conexión fue inmediata y telúrica. Ponciano desenfundó el violín y Carlos, con la intuición de los elegidos, se dispuso a acompañarlo. En ese diálogo entre cuerdas y madera, nació un afecto que pronto se expandió hacia los caminos polvorientos de la provincia.

La Liturgia del Camino: Sulquis y Leguas

La formación de un trío junto a Don Lucindo Prado marcó una época de trashumancia musical. Eran tiempos donde la distancia se medía en el cansancio de los animales y la paciencia del viajero. Para tocar un sábado, la partida se imponía el viernes; el sulky era el templo móvil donde se custodiaban los instrumentos. Había una ética del cuidado: llegar antes para que los caballos descansaran, un respeto por el ritmo natural que hoy parece olvidado en la urgencia de la modernidad.

A través de leguas y barriales, Carlos operaba como un puente cultural. Él traía consigo las melodías "de moda" de la capital santiagueña, transmitiéndolas de boca en boca a Ponciano y Lucindo, quienes las tamizaban a través de su propia sensibilidad rural.

El Humor como Refugio

La narrativa de Carlos Carabajal nos regala también una pincelada del ingenio criollo. Entre las "barritas" de jóvenes que rodeaban a los músicos en busca de novedades, Ponciano Luna ejercía una sabiduría pícara. Ante la insistencia de algún muchacho que, buscando lucirse, le preguntaba qué pieza seguía en el repertorio —“¿Qué viene, Don Ponciano?”—, el violinista apelaba a una sordera táctica y magistral. “Cerveza nomás, hijo”, respondía, transformando la ansiedad del pedido en una invitación al brindis, recordándoles que el arte, en el baile, es también una celebración del encuentro.

Del Recuerdo a la Canción

Aquel vínculo, forjado en la nobleza de las madrugadas de Nueva Esperanza, terminó por decantar en la creación artística. Años más tarde, Carlos, junto a su hijo Peteco, traduciría esa admiración en los versos y la melodía de “A Don Ponciano Luna”.

Lo que comenzó como una invitación para jugar un campeonato de fútbol terminó convirtiéndose en un hito de la identidad cultural santiagueña. La historia de Ponciano Luna, rescatada por los Carabajal, nos recuerda que detrás de cada gran chacarera palpita un hombre, un camino recorrido en sulky y la inagotable nobleza de una estirpe que se niega a ser silencio. Don Ponciano Luna fallecería en mayo de 1970.

Fuente: Fragmento de la entrevista de Juan Carlos Carabajal a Carlos Carabajal en el programa Mateando con Juan Carlos.


jueves, 9 de abril de 2026

La memoria sumergida: un réquiem y renacimiento de Villa Río Hondo

 


Una geografía fantasma yace bajo la extensión turquesa del Embalse del Dique Frontal. En las profundidades del embalse, inaugurado en la primavera de septiembre de 1967, yacen los cimientos de un mundo entregado a las aguas. Es un paisaje marcado por el desarraigo —ese profundo y singular sentimiento hispano de desarraigo— donde el sacrificio de un pueblo se convirtió en el precio del progreso.

La liturgia de la partida

El 26 de marzo permanece grabado en la memoria colectiva de la región, no como un día de derrota, sino como un testimonio de fortaleza comunitaria. Hace cincuenta y nueve años, los habitantes de Villa Río Hondo realizaron un último y desgarrador rito de paso. Liderados por el inquebrantable Padre Juan Bradford, la comunidad transformó su desplazamiento en una procesión.

Con una cruz en alto y sus pertenencias mundanas a cuestas, emprendieron un éxodo tanto espiritual como físico. Fue una epopeya del pueblo, un momento donde la dicotomía entre pérdida y esperanza se desdibujó. El padre Bradford no se limitó a ofrecer oraciones; les brindó el apoyo emocional necesario para sobrellevar el trauma de ver su tierra ancestral destinada a ser sepultada bajo el agua.

La arquitectura de la memoria

En 2026, a las puertas del sexagésimo aniversario de este acontecimiento trascendental, se ha iniciado un minucioso trabajo de recuperación histórica. Este año marca un periodo de profunda reflexión archivística: la recopilación de fechas, documentos antiguos y testimonios orales de las familias que llevaron el espíritu de la antigua villa a su nuevo emplazamiento.

Sin embargo, el testimonio más conmovedor de esta historia no se encuentra en un libro de contabilidad, sino en la viva silueta del Museo Histórico y Religioso. Allí, en el umbral de la iglesia patrimonial, se alza un árbol que ha resistido el paso de las décadas. Durante cuarenta y cinco años, sus dos ramas principales se han extendido hacia el cielo, imitando la postura de un alma en perpetua súplica.

"Estos 'brazos implorantes' sirven como un monumento botánico silencioso a la presencia del Padre y al legado perdurable del grupo juvenil 'Juan Bradford' ."

Una visión para el Jubileo de Diamante

Este árbol simbólico sigue siendo un puente entre el pasado sumergido y el presente resiliente. Mientras la comunidad se prepara para las conmemoraciones históricas de 2026, la atención trasciende la mera nostalgia. Es una invitación a contemplar el Éxodo de Villa Río Hondo con una mirada crítica: como la historia de un pueblo que, ante la creciente ola de cambios, eligió caminar unido, guiado por su fe.

En el suave murmullo de las olas del embalse y en las ramas que se extienden sobre el árbol guardián del museo, la historia de Villa Río Hondo sigue latente, un testimonio de la belleza que puede rescatarse de las profundidades del sacrificio.

El arquitecto de lo invisible: Don José Gómez Basualdo y los ritmos de la Tierra

 

Don José Hilario Gómez Basualdo

En el panteón de la identidad argentina, existen figuras cuyas sombras se ciernen imponentes sobre el paisaje, pero cuyos nombres solo susurran el viento y los más devotos de la tradición. Don José Hilario Gómez Basualdo es una de ellas: un arquitecto silencioso del alma de Santiago. A menudo eclipsado por los "Patriarcas" del folclore, Basualdo fue quien tradujo el pulso de los bosques secos y el polvo de los salitrales en un sofisticado lenguaje coreográfico. Hablar de él es hablar de una vida entregada por completo al ritual de la danza.

El origen de un movimiento

Nacido el 14 de enero de 1907 en el corazón de Santiago del Estero, la iniciación de Basualdo en los sagrados misterios del movimiento comenzó a la tierna edad de ocho años. En el íntimo patio de la familia Pastoriza, bajo la tutela de su tío, Don “Nachi” Gómez, el joven José sintió por primera vez la gravedad de la tierra a través de sus talones.

En la década de 1920, se había convertido en un puente entre dos mundos. En una época en que la danza tradicional se limitaba en gran medida a la periferia rural, Basualdo llevó estas "formas renovadoras" al centro urbano de Santiago. Poseía la rara habilidad de preservar la energía cruda y visceral del campo, a la vez que la refinaba para el escenario. Esta dualidad llamó la atención de Andrés Chazarreta , el titán del folclore argentino, y Basualdo pronto se convirtió en el bailarín principal de la compañía de Chazarreta, actuando en el legendario Teatro Politeama .

Una cartografía del alma: 112 obras de arte

Sin embargo, un espíritu creativo tan inquieto como el de Basualdo no podía permanecer mucho tiempo como mero intérprete. Buscando una voz independiente, se separó del «Patriarca» para fundar su propia academia. Fue allí donde floreció su genio, dando como resultado una impresionante obra: 112 composiciones originales. Basualdo no se limitó a coreografiar; desenterró el inconsciente colectivo de su pueblo. Sus creaciones eran unidades artísticas completas, que entrelazaban música, letra y movimiento. Si bien algunas de sus obras siguen siendo pilares del repertorio nacional, otras se han convertido en valiosas reliquias de la historia cultural de Santiago.

Los Pilares:  Huayra Muyoj y La Cortejada, expresiones que capturaron el diálogo rítmico del cortejo y el viento.

Los Clásicos Escondidos:  Achachita , El Marote Horco , Santiago Manta , y el inquietante El Crespín .

Los Ecos Míticos:  El Turay o Kakuy y El Humam Puca , donde la leyenda cobra vida.

Finalmente, estas danzas fueron consagradas como "Danzas Tradicionales Argentinas", un reconocimiento a su integridad estructural y a su profunda resonancia cultural.

La pedagogía de la tradición

En 1962, tras retirarse de la administración pública, Basualdo emprendió una nueva misión: la institucionalización de la danza. Trasladándose a Rosario y, posteriormente, expandiéndose a Córdoba, fundó academias que elevaron el folclore de un simple pasatiempo a una rigurosa disciplina académica. Bajo su tutela, cientos de estudiantes aspiraron a obtener los títulos de Maestro de Folclore y Profesor de Ciencias Folclóricas y Danzas Nativas.

Comprendió que, para que una tradición perdure, debe enseñarse con la misma precisión que el ballet clásico o la filosofía. Este compromiso le valió el máximo reconocimiento en 1977, cuando, en el Auditorio Triunfal de Buenos Aires, fue proclamado oficialmente "Padre de las Danzas Argentinas".

El Eterno Retorno: Del 25 de Mayo a Cosquín

Aunque Don José falleció el 25 de julio de 1981, su obra conserva una vitalidad inagotable. Resurge periódicamente para recordar a la nación sus raíces. En 2005, el Teatro 25 de Mayo le rindió homenaje, pero quizás la celebración más brillante tuvo lugar durante el Festival Nacional de Folklore de Cosquín en 2014.

Allí, la delegación oficial de Santiago del Estero —una constelación de maestros que incluía a Isabel Neirot, Motta Luna y los herederos de Simón— revivió sus zambas, chacareras y gatos. Mientras los bailarines trazaban los intrincados patrones del Huayra Muyoj y el El Tuaj , quedó claro que el legado de Basualdo no es una pieza estática de museo. Es una entidad viva y palpitante.

"Presenciar una coreografía de Basualdo es ver la historia de Santiago del Estero escrita en el aire."

Hoy, al recordar a este titán de las artes, vemos a un hombre que hizo más que enseñar pasos; forjó una identidad. Don José Gómez Basualdo sigue siendo el latido silencioso del bombo, el sutil polvo que levanta un zapateo y la gracia imperecedera de un pueblo que se niega a olvidar la belleza de sus orígenes.

La noche trágica de Villa Loreto