lunes, 3 de agosto de 2026

El Algarrobo en la medicina Popular

 


La fruta del algarrobo o algarroba es rica en calcio y vitaminas. Primero la farmacopea americana y luego la española utilizaron en infusiones los frutos del algarrobo negro para el lavado en infecciones de ojos; y las del algarrobo blanco para disolver los cálculos de vejiga (sólo chupándolas).

La infusión de la flor es diurética y la de la corteza (al 2%) es antidiarreica. También se considera diurética la fruta del blanco, muy madura. La decocción de los frutos es muy efectiva para las afecciones bronquiales y también puede comerse el fruto crudo para lograr efectos laxantes. El patay se recomienda para las enfermedades venéreas y las afecciones bronquiales. Para quienes padecen asma, también es bueno aspirar el humo de los frutos quemados de algarrobo negro.

Calvicie

Pero quizás uno de los descubrimientos de mayor trascendencia lo constituye el hecho de que su consumo contribuye a combatir la calvicie. Esto no puede extrañarnos, pues el fruto contiene gran cantidad de calcio y vitaminas B1 y B2, como lo ha probado el Dr. Pedro Escudero, del Instituto Nacional de Nutrición. Los elementos citados sirven para ayudar al crecimiento, proteger el sistema nervioso y preservar la juventud. Que los nativos no conocieran la calvicie algunos lo atribuyen justamente al hecho de que consumían algarroba en varias formas.

Oftalmías

Se utiliza también el algarrobo negro para las curaciones del maldiojo o "mal de ojo" (conjuntivitis). Pero para las curaciones de las cataratas o "nubes de los ojos" se prefiere el agüita clara del árbol negro. Para ello se recoge en una cuchara limpia el zumo que segrega un gajo de algarrobo negro por uno de sus extremos mientras el extremo opuesto se pone al calor de las brasas. Se dejan caer tres gotas en los ojos tres veces al día.

Son varias las especies de Prosopis que la medicina popular utiliza contra afecciones de los ojos. En algunos herbolarios de Bs As se vendían los frutos de "retortuño" (P.strombulífera) para calmar el dolor de muelas. Del "vinal" (P. ruscifolia), se emplean las hojas y brotes para curar diversas oftalmías.

Traumatología

Para curar las recalcaduras, la gente prepara una humita con las hojas y la colocan bajo las cenizas envuelta en un trapo húmedo. Cuando está bien caliente la sacan del fuego, la abren y la espolvorean con sal; la cierran y la ponen en el lugar afectado, lo más caliente que la persona soporte.

En algunas regiones curaban las fracturas de los huesos (sin herida) con un emplasto hecho de la siguiente manera: les extraían las semillas a algunas algarrobas verdes, las mezclaban con corteza y machacaban ambos elementos junto a sebo de cabra o de carnero.

En otras regiones, para curar las quebraduras de los huesos, machacan hojas y las colocan al rescoldo, envueltas en un trapo húmedo. Cuando está bien caliente le mezclan pez de Castilla molida y agua ardiente, y lo aplican sobre el hueso fracturado. Vendan la región afectada hasta su curación.

Donde el algarrobo es mejor que el oro

 


 

GUANACO SOMBRIANA, Argentina - Cansadas de que la sequía les arrebate a sus hombres y mate sus animales, las mujeres de Guanaco Sombriana, un pueblo del norte de Argentina, salen a pelear su destino aprovechando un árbol que hasta ahora apenas daba sombra en estos paisajes áridos.

El campo de fútbol es un símbolo de esta región semiárida del departamento de Atamisqui, 120 kilómetros al sur de Santiago del Estero, capital de la provincia homónima.

Dos arcos de ramas secas enmarcan la vegetación rala de cactus y arbustos bajos sobre el suelo blanco y salitroso que se extiende por el distrito de unos 10.000 habitantes.

La cancha vacía tiene un significado igual de desolador: los jugadores, maridos, hermanos, hijos y padres, volaron como trabajadores “golondrinas”, esta vez a la cosecha de maíz y de arándano en el sur del país.

“Me llegué a quedar sola con mis siete hijos hasta ocho meses por año. Para sobrevivir criaba vacas, cabritos, lechones y gallinas. Vendíamos y algo nos quedaba para nuestro consumo. Pero, como hace dos años venimos padeciendo una sequía, muchos animales se han muerto”, cuenta Graciela Sauco.

Dicen que es la peor sequía de los últimos 10 años. No hay dinero para forraje y los animales se mueren ante la impotencia de sus dueños. Son campesinos pobres, con predios de hasta 50 hectáreas, heredados de sus antepasados y que poseen en “ánimo de dueño” (sin título de propiedad).

Tampoco se puede sembrar, como antaño, zapallo ni maíz para los animales.

“Me gustaría que mis hijos tuvieran un trabajo mejor, para que no vayan tan lejos. Los extraños”, dice Sauco entre sollozos.

“El último hijo se fue hoy a la desflorada (de maíz) en Buenos Aires. Viven en casitas prefabricadas, pasan calor, duermen en catres”, se lamenta Eleuteria Ledesma.

Para las fiestas de fin de año, “no les dieron permiso para venir”, lo que entristece más a las mujeres de Guanaco Sombriana.

Pero ahora albergan una esperanza.

Una década atrás se organizaron en la Asociación de Pequeños Productores de las Salinas Atamisqueñas (APPSA Guanaco), hoy integrada por 80 familias en esta aldea de 566 habitantes.

 Los comienzos fueron difíciles, recuerda Lastenio Castaño, asesor técnico de la Subsecretaría de Agricultura Familiar del Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca de Argentina.

 “No hay agua a veces ni para el consumo de las personas, menos para los animales o para sembrar. Aquí lo único que se da es ganado caprino”, observa. Pero, “pese a ser un animalito muy aguerrido, en estos últimos años ha habido mucha mortandad”.

La biodiversidad del monte (bosque de arbustos bajos), tampoco ayuda para “emprender alguna cuestión productiva”, señala a Tierramérica. “Hay muy poca variedad de especies”.

Los campesinos tenían la ilusión de que el galpón de adobe que construyeron fuera “un lugar para acopiar frutos del monte y granos para hacer un alimento balanceado para sus animales”, recuerda Castaño.

APPSA, con apoyo de la Subsecretaría y de la Unidad para el Cambio Rural (UCAR), tiene además un pequeño molino para extraer harina de las vainas del algarrobo blanco (Prosopis alba) y negro (Prosopis nigra), típico de la región y presente hasta en las canciones folklóricas santiagueñas.

Las vainas solo se usaban en Guanaco Sombriana como alimento de ganado en épocas críticas. La Asociación tomó cursos de producción de harina de algarroba y alimentos panificados, de moda en tiendas naturistas y ferias orgánicas.

La harina es aromática y dulce, con sabor similar al cacao, rica en fibras, proteínas, fósforo, potasio, calcio, hierro, pectina, varias vitaminas y taninos.

“Antes molíamos las vainas con mortero. Con el nuevo molino molemos un montón en poco tiempo. No solo vainas, sino todo lo que queramos, también el maíz”, explica Lili Farías.

Tierramérica llegó a la sede de APPSA un día de diciembre de trabajo febril, en plena época de cosecha.

Una camioneta cargada de bolsas con vainas estaciona en la puerta. La Asociación ahora tiene recursos para comprar cosecha a otros poblados.

Las mujeres pesan las bolsas y llevan las cuentas en un cuadernito. Otras muelen, en una carrera contra el tiempo. La temperatura llega a 50 grados en esta época del año y las vainas pueden “abicharse”, explican.

Para hacer sus cuentas usan la calculadora de los teléfonos celulares, que “solo sirven para eso y para sacar fotos, porque no tenemos señal”, se queja Marcela Leguizamón.

Cada socia aporta una botella de agua de sus aljibes. Toman mate, la típica infusión de yerba mate, y festejan unos 2.000 kilogramos de harina.

“Esto ha sido un paso muy importante para la Asociación, que ha crecido y está más independiente; tenemos fondos para manejar. Antes nos arreglábamos con las cuotas de los socios o rifas. Ahora, con la venta de la harina nos queda ganancia”, dice Claudia Rojas.

Castaño señala que es necesario mejorar la distribución comercial, el transporte y servicios básicos como electricidad y agua.

Pero APPSA se ha convertido en un interlocutor más fuerte para plantear sus demandas a las autoridades.

Con un fondo rotatorio de unos 21.000 dólares para esta y otras comunidades, APPSA puede comprar alimentos para el ganado y otorgar microcréditos para alambrado de corrales y construcción de aljibes, entre otras necesidades.

El fondo rotatorio se financia a través del Programa de Desarrollo de Áreas Rurales de UCAR, que tiene alcance nacional y se destina a “contribuir a la cohesión social y productiva” de los campesinos, con énfasis en las economías regionales.

Las asociadas de APPSA sueñan con computadoras “para tener un registro de todo” porque los “papelitos a veces se traspapelan”, señala Leguizamón.

Los ingresos de cada familia comienzan a mejorar. Se emplean en comida, ropa o motocicletas, el medio de transporte por excelencia en esta región de caminos a veces intransitables.

“Estamos viendo que jóvenes que se van como golondrinas se queden aquí a trabajar con los frutos del monte. ¿Para qué van a trabajar otras tierras, pudiendo aprovechar lo que tenemos aquí?”, cuestiona Farías.

Se estima que 75 por ciento de la superficie argentina es tierra seca y 40 por ciento de esa área ya manifiesta síntomas de desertificación.

El gobierno quiere extender el proyecto a otras regiones con algarrobo autóctono.

En San Gerónimo, situado en el vecino departamento de Loreto, se replica una experiencia similar.

Teolinda Coronel, su hija, su sobrina y una nieta se van al monte a cosechar vainas de algarroba a las 6.30 de la mañana.

 “Traemos el termo, tomamos mate y volvemos al mediodía. Para esa hora cada una ha juntado 35 kilos o más”, explica. La cosecha recomienza a las cinco de la tarde, cuando baja el sol lacerante.

Ella espera que los hijos vuelvan. Con lo que ganan como golondrinas “no pueden ni pagar sus cuentas”. Y con las vainas han podido comprar ropa, zapatos o ayudar a sus madres.

El recorrido por las zonas donde la vaina de algarroba se ha vuelto oro termina en una mesa con alfajores, budines y bizcochuelos, acompañados de la bebida aloja y del dulce arrope de chañar, otro árbol leguminoso de la zona.

Estos frutos traen también ganancias que no se anotan en los cuadernos.

“Antes estaba en casa estresada pensando cómo hacer unas moneditas y ahora vienen a mi casa a comprar mis productos, conozco otros lugares, otras personas”, cuenta Graciela Ardiles, productora de la localidad de Arraga, que antes trabajaba limpiando casas ajenas.

 “Ahora tengo mi carrera laboral independiente. Y mis hijos podrán estudiar, como yo no pude”, remata. Fuente: ipsnoticias.net

domingo, 2 de agosto de 2026

Pedro Palomo y Vicente "Morenito" Suárez: Las voces que hicieron eterno el canto santiagueño

El Dúo Suárez-Palomo trascendió generaciones defendiendo la esencia del folclore de Santiago del Estero. Sin artificios ni modas pasajeras, Pedro Palomo y Vicente "Morenito" Suárez construyeron una de las expresiones más auténticas de la música santiagueña, dejando un legado que aún emociona a quienes aman la vidala, la chacarera y el canto con caja.



Dos caminos que nacieron en la misma tierra

Hay encuentros que parecen escritos por el destino. El de Pedro Leandro Palomo y Vicente "Morenito" Suárez fue uno de ellos.

Ambos crecieron en el interior santiagueño, rodeados de guitarras, cajas y bombos. Desde chicos aprendieron que la música no era solamente una expresión artística, sino una forma de contar la vida del monte, de la familia y de las costumbres que pasan de generación en generación.

Pedro Palomo nació el 29 de junio de 1945 en Sauce Bajada, departamento Robles. Fue su padre, don Arturo, quien le enseñó a templar la guitarra y a descubrir el valor de las coplas y las vidalas.

"Morenito", por su parte, nació en Yacu Nioj, cerca de Brea Pozo, en el departamento San Martín. Descendiente de una familia de músicos, heredó desde muy pequeño el amor por el arpa, la guitarra y el canto tradicional. Aunque nunca tuvo formación académica, desarrolló un talento natural que marcaría toda su carrera.

Los Tobas, el punto de partida

El primer gran escenario para ambos fue Los Tobas, uno de los conjuntos más importantes del folclore santiagueño.

Pedro Palomo se incorporó siendo muy joven y allí comenzó a consolidar el estilo que lo convertiría en una de las voces más reconocidas de la provincia.

También fue en ese ambiente donde nació una amistad que cambiaría la historia del folclore santiagueño. Junto a Vicente Suárez descubrieron que compartían la misma manera de entender la música: sin adornos, sin concesiones y con un profundo respeto por las raíces.

El nacimiento del Dúo Suárez-Palomo

En 1973 Pedro dejó Los Tobas y decidió iniciar una nueva etapa artística junto a "Morenito". Primero se presentaron como El Dúo Santiagueño, aunque poco tiempo después adoptarían el nombre que terminaría identificándolos para siempre: Dúo Suárez-Palomo.

A partir de entonces recorrieron escenarios de todo el país llevando la música santiagueña a miles de comprovincianos que vivían lejos de su tierra y también a nuevos públicos que descubrían, a través de ellos, la riqueza cultural de Santiago del Estero.

Una manera distinta de hacer folclore

El éxito del dúo nunca dependió de grandes producciones ni de espectáculos elaborados.

Su fortaleza estaba en otro lado: dos voces perfectamente complementadas, guitarras, cajas y bombos que sonaban como si hubieran nacido juntos.

Pedro aportaba una tercera alta que emocionaba especialmente cuando interpretaba una vidala. Su timbre era tan particular que muchos podían reconocerlo apenas comenzaba a cantar.

"Morenito", en cambio, sumaba una enorme sensibilidad como compositor. Sus canciones hablaban del santiagueño común, del monte, de la familia y de la vida cotidiana. Eran letras simples, sin metáforas rebuscadas, pero cargadas de verdad.

Juntos lograron algo poco frecuente: representar el alma de un pueblo sin necesidad de recurrir a artificios escénicos. Lo suyo era autenticidad pura.

Guardianes de la vidala y la identidad santiagueña

El Dúo Suárez-Palomo tuvo un papel fundamental en la revalorización de la vidala, una expresión musical profundamente ligada a Santiago del Estero.

En muchas de sus presentaciones la interpretaban acompañados únicamente por dos cajas y, en ocasiones, incorporaban el quichua santiagueño, reafirmando el vínculo entre la música y las raíces culturales de la provincia.

Mientras otros artistas buscaban nuevos caminos, ellos eligieron permanecer fieles a la tradición. Esa decisión convirtió al dúo en un verdadero símbolo del folclore santiagueño.

Un legado que sigue vivo

El 28 de julio de 2011 falleció Pedro Palomo. Su partida dejó un enorme vacío entre quienes compartieron escenarios con él y entre el público que lo acompañó durante décadas.

Sin embargo, la historia del Dúo Suárez-Palomo no terminó ese día.

Las grabaciones, las canciones y el recuerdo de sus actuaciones continúan manteniendo viva una forma de hacer folclore basada en la sencillez, el respeto por las raíces y el profundo amor por Santiago del Estero.

Porque más allá de sus trayectorias individuales, Pedro Palomo y Vicente "Morenito" Suárez construyeron una obra común. Dos voces distintas, una misma identidad y un compromiso inquebrantable con la música de su pueblo.

Un patrimonio del folclore santiagueño

El Dúo Suárez-Palomo ocupa un lugar de privilegio dentro de la historia cultural de Santiago del Estero. No solo por la calidad de sus interpretaciones, sino porque supo conservar intacta la esencia del canto tradicional cuando los tiempos comenzaban a cambiar.

Su legado permanece en cada vidala, en cada chacarera y en la memoria de quienes todavía encuentran en sus voces el sonido más genuino del folclore santiagueño. Dos amigos, dos artistas y un mismo destino: hacer de la música un puente entre la tradición y las nuevas generaciones.

sábado, 1 de agosto de 2026

Santiago del Estero: entre la gloria de la fundación y la sombra de las disputas territoriales

 Por María Mercedes Tenti.

 


El problema planteado acerca de la fundación de Santiago del Estero guarda estrecha relación con el carácter privado de la conquista española y los conflictos jurisdiccionales generados como consecuencia. A partir de 1535 sobrevino la ocupación más difícil de territorios con poblaciones en estadio cazador recolector asociados a agricultura incipiente, de menor densidad y de estructuras políticas y sociales más débiles. Así comenzó la extensión de la conquista a lo largo de la costa del Pacífico por Chile y la internación por la región del Tucumán -en el actual noroeste argentino-, expandiéndose por el sur en búsqueda del puerto atlántico.

Los conquistadores Francisco Pizarro y Diego de Almagro habían sometido a los quechuas en el Perú -conocidos genéricamente como incas- a partir de 1532, aunque pronto comenzaron ellos y sus herederos una cruenta guerra civil en la que ambos fueron asesinados; sin embargo, luego de sus muertes las disputas continuaron sus beneficiarios y seguidores. La corona española trató de apaciguar el enfrentamiento dividiendo el territorio y cediendo a los pizarristas la zona peruana y a los almagristas la franja del imperio que continuaba por el sur.

En lo referente a la exploración y reconocimiento de nuevos territorios, en 1536 Almagro había incursionado por el Tucumán en su paso para Chile, pero la primera expedición que penetró en espacio santiagueño fue la de Diego de Rojas. El gobernador del Perú nombró en 1543 a Rojas para explorar la región del Tucumán, ubicada más allá de la Puna, sin datos claros de su extensión. Pasó por los valles Calchaquíes y los llanos tucumanos y, tras continuos enfrentamientos con los aborígenes, penetró en territorio santiagueño por las sierras de Guasayán. En la zona de Maquijata, en un enfrentamiento con los tonocotés, Rojas fue herido con una flecha y, como consecuencia, murió. La expedición siguió, recorriendo las actuales provincias de Catamarca, La Rioja y norte de San Juan, hasta entrar en Córdoba y continuar rumbo al Paraná, de donde regresó tras encontrarse con huellas de españoles que habían penetrado por el río de la Plata y remontado el Paraná.

A mediados del siglo XVI, Pedro de la Gasca, presidente de la Audiencia de Lima, que acababa de poner fin a la guerra civil en el Perú, se vio en la necesidad de emplear a la soldadesca desocupada que promovía desórdenes. Por ello encomendó a Juan Núñez de Prado que organizara una expedición y fundara una ciudad para proteger el camino a Chile, informase de las probabilidades de ocupación del territorio y facilitara la apertura de la ruta al río de la Plata y la salida al Atlántico. Núñez partió de Potosí y el 29 de junio de 1550 fundó una ciudad en el valle de Gualán -actual provincia de Tucumán- y le puso por nombre El Barco. Realizó el trazado del poblado, conformó el Cabildo y distribuyó los indios en encomiendas. Estando allí instalado se planteó el primer conflicto de jurisdicción con tropas chilenas que, al mando de Villagra, lo obligaron a reconocer la dependencia de la nueva ciudad respecto de la gobernación de Chile. Una vez que se retiraron Villagra y sus hombres, Núñez de Prado desconoció su autoridad y decidió trasladar el poblado. En 1551 lo ubicó en el valle de Quiriquiri -Salta- que estimaba pertenecía a la jurisdicción de Charcas. Poco duró en esta ubicación ya que, al año siguiente -quizás por los ataques de los aborígenes o por la posibilidad de una nueva incursión de las tropas chilenas- la trasladó nuevamente a orillas del río del Estero – hoy río Dulce-, cerca de la actual Santiago del Estero.

El gobernador de Chile, Pedro de Valdivia, por creer que El Barco estaba dentro de sus territorios, designó gobernador de esta ciudad a Francisco de Aguirre y lo envió a tomar posesión de ella. Su objetivo era unir en una sola gobernación toda la tierra existente entre el Atlántico y el Pacífico. Aguirre, apenas llegó a territorio santiagueño, en mayo de 1553, se apoderó de la ciudad, designó nuevas autoridades, organizó el cabildo, apresó a Núñez de Prado, lo envió prisionero a Chile y decidió trasladar la ciudad a corta distancia de su antigua ubicación, por estar demasiado expuesta a las crecidas del río. Finalmente, convalidó la fundación de una nueva ciudad denominándola Santiago del Estero, el 25 de julio de 1553.

El acta de la fundación de El Barco nunca fue encontrada, como tampoco la de Santiago del Estero. Es por ello que, en 1952, a pedido del gobierno de la provincia, una comisión de historiadores de la Junta de Estudios Históricos de Santiago del Estero, abalados por la Academia Nacional de la Historia, determinó que Santiago del Estero había sido fundada por Francisco de Aguirre el 25 de julio de 1553, basándose especialmente en dos actas del cabildo santiagueño, del 14 de abril de 1774 y del 21 de julio de 1779 -es decir de dos siglos posteriores a la fundación- encontradas por el presidente de la Junta, Alfredo Gargaro, en archivos chilenos. En la primera de ellas, se acordaba organizar la festividad de Santiago Apóstol el 25 de julio, "… en memoria de que en días semejantes introdujeron las armas españolas el Santo Evangelio y se hizo la primera fundación de dicha ciudad".

Como contrapartida, hay innumerables testimonios en probanzas, cartas, relaciones, etc. -contemporáneas al hecho que nos ocupa- que identifican ambas ciudades como una sola. Como ejemplo enunciaremos solamente una de los más significativos: en la carta que escribió Francisco de Aguirre al rey, el 23 de diciembre de 1553, sostiene: "… Porque habrá dos años escribimos a la Audiencia de V.M. que reside en la ciudad de los Reyes lo sucedido en esta ciudad de Santiago…" Como vemos hace referencia a 1551, cuando la ciudad se llamaba El Barco.

Luis Alen Lascano, en su Historia de Santiago del Estero, publicada en 1991, da a conocer el resultado de investigaciones realizadas por Gastón Doucet -investigador del CONICET- en archivos de Sucre, que intenta clarificar este confuso panorama. Según Doucet, documentos judiciales por él encontrado -aunque nunca publicados-, mencionan el libro capitular de la ciudad como iniciado el 29 de junio de 1550, con la fundación de Núñez de Prado, y continuado durante el gobierno de Francisco de Aguirre y los gobernadores sucesivos, a partir de 1553. Es decir que no se cambió de libro de actas quizás porque se consideraba a Santiago del Estero como una continuidad jurídica de la ciudad de El Barco o tal vez, por la precariedad de las fundaciones, no tenían los protagonistas otro libro de actas. Por todo esto Alen Lascano considera a Juan Núñez de Prado como el primer fundador y a Francisco de Aguirre como el poblador definitivo de la ciudad. 

El director del archivo histórico provincial, Juan Viaña, consiguió el año pasado, del Archivo Nacional de Bolivia -Sucre-, de la antigua Audiencia de Charcas, copia de los expedientes 1590-5 entre los que está un documento en el que el escribano del cabildo, de apellido Vallejo, da fe de la fundación de El Barco, por Núñez de Prado, el 29 de junio de 1550 y que el 25 de julio de 1553, luego de tres años, Francisco de Aguirre, enviado por el teniente general de la gobernación de Chile, Pedro de Valdivia, "mudó la ciudad y le puso por nombre Santiago", según consta en el mismo libro del cabildo, ratificando lo descubierto por Doucet.

Como se puede apreciar, Santiago del Estero, la ciudad más antigua del país, la madre de ciudades -como recalcan permanentemente los medios de comunicación y los anuncios oficiales- fundada a orillas del río Dulce, es la ciudad sin acta de fundación que tuvo que esperar cuatrocientos años para que, por un decreto del gobierno de la provincia se estableciera la fecha fundacional. Fue el gobernador peronista Francisco Javier González quien, en 1952, luego del dictamen de la Junta de Estudios Históricos de Santiago del Estero, presidida por el historiador Alfredo Gargaro, sancionó la fecha fundacional mediante un decreto del Poder Ejecutivo provincial, fijándola el 25 de julio de 1553 y a su fundador Francisco de Aguirre, enviado desde Chile. Con esto se ponía fin -aparentemente- a las disputas surgidas entre los historiadores sobre quién era el fundador y cuál la fecha fundacional, disputa dividida entre nuñezpradistas y aguirristas que adjudicaban el mérito de la empresa a Juan Núñez de Prado –fundador de la primitiva ciudad de El Barco- enviado desde Perú- o a Francisco de Aguirre -enviado desde Chile- respectivamente.

Las expediciones se componían de un puñado de españoles, acompañados de indígenas yanaconas que actuaban como lenguaraces, unos pocos caballos, alimentos, armas y vituallas. Tenían que atravesar lugares desconocidos por caminos intrincados y rodeados de monte que terminaba con su escaso ropaje hecho girones. En estas condiciones, las fundaciones eran, en consecuencia, bastante precarias de allí que es entendible que usaran el mismo libro de actas y que participaran de las fundaciones los mismos hombres, aún los enviados por diferentes autoridades.

Como historiadora me pregunto si tiene sentido seguir discutiendo quién es el fundador de la ciudad si, hasta la fecha, no se encontraron documentos fundantes que hagan cambiar el rumbo de las interpretaciones, tanto de un sector como de otro, ya que entran en juego posturas a veces irreconciliables basadas en teorías diversas. El problema no resuelto, a pesar del decreto de 1952, creo que seguirá en la misma instancia, por cuanto tanto uno como otro conquistador venían con mandatos expresos de fundar una ciudad en esta amplia región, poco conocida por entonces, denominada genéricamente Tucma o Tucumán. En síntesis, creo que se trató de una lucha interna de dos jurisdicciones a cargo de los herederos de Almagro y Pizarro por apropiarse de esta extensa región, con una fundación que les diera asidero permanente en ella.  

Luego de la primera celebración sobresaliente del cuarto centenario, en agosto de 1953, con la presencia del presidente Perón en la ciudad, entusiastas ceremonias con desfiles e inauguraciones y la realización de un Congreso Nacional de Historia, a cargo de la Academia Nacional de la Historia -presidido por el historiador Ricardo Levene- que ratificó la fecha fundacional, las conmemoraciones julias fueron in crescendo a lo largo de la segunda mitad del siglo pasado, para transformarse en la actualidad en una festividad que sitúa a la capital santiagueña en el centro de la agenda invernal para la temporada turística. 

A partir de la conmemoración de los cuatrocientos cincuenta años de la fundación, en 2003, las fiestas de julio pretenden transformar la vida santiagueña con espectáculos artísticos callejeros, la feria artesanal que fue creciendo en superficie y duración, la espectacularidad de las festividades religiosas como la de la Virgen del Carmen -patrona de la ciudad- el 16 de julio, de San Francisco Solano –el apóstol de América- el 24 de julio, de Santiago Apóstol el 25 de julio, los fuegos artificiales de la vigilia y muchos otros eventos que permitieron institucionalizar las festividades, invocando la tradición para habitualizar a la sociedad, generar significatividad y afianzar un espíritu de pertenencia. 

La marcha de los bombos, surgida de la iniciativa privada, fue tomada como parte de los festejos del calendario ritualizado, conformando una pretendida costumbre que, si bien reclama cierta historicidad es reciente en su origen, pero pasa a integrar esas "tradiciones inventadas" –al decir de Hobsbawm- que toman de referencia situaciones pasadas y que, por su repetición y espectacularización las actualizan e innovan en el mundo posmoderno.

La institucionalización de las celebraciones, la invención de la tradición y la mercantilización de la cultura son propias de la pos modernidad e impactan en sociedades tradicionales que pretenden insertarse en este mundo globalizado, apelando a viejos usos y a referencias al pasado para instaurar nuevas concepciones, símbolos y percepciones, para dar idea de cohesión social y de continuidad de valores. En ese ámbito se enmarca la fundación de Santiago del Estero. Queda sin embargo por analizar, qué pasa realmente con esta controversia, en el interior de la sociedad santiagueña. Fte: El Liberal

Dra. María Mercedes Tenti. Integrante de la Academia Nacional de la Historia.

Recordando a Juan de Dios Gallo

 


Recordar es entrar en la tierra del pasado y más aún, cuando se recorren los surcos del ayer, los mismos quedaron sembrados con semillas del arte, en este caso el de la música.

Este pasado nos recuerda que Juan de Dios había nacido un 29 de abril, en el Viñalar y que su madre fue doña Teodora Suárez y que se casó con Zulema Beatriz Castillo, habiendo nacido de ese matrimonio, siete hijos.

La evocación nos lleva hasta el diario EL LIBERAL para encontrarnos con una publicación realizada el 14 de enero de 1976, es decir después de la muerte de "Gallito" (el falleció el 13 de enero). La crónica, titulada "Ha muerto un músico nato, Juan de Dios Gallo", refleja las particularidades de este gran creador.

Aptitudes

Violinista y músico de excepción, entregó su existencia desde los 15 años, con exclusividad, a la música nacional. Desde esa edad aprendió el secreto del instrumento, merced a su dedicación como discípulo del otrora bardo popular, Segundo Juárez.

Ya maduro, ya cada vez más avezado en su profesión, convocaba, gracias a su amplitud de conocimientos musicales, a innumerables artistas locales y nacionales –especialmente folcloristas–, para quienes escribía.

En esa noble y destacada misión, trabó amistad con Hugo Díaz y Leo Dan, de quienes era amigo y maestro. Don Andrés Chazarreta lo tuvo entre sus músicos y alumnos; José Gómez Basualdo también supo de las aptitudes artísticas de Juan de Dios Gallo al integrarlo a su compañía musical y de danzas nativas.

Realizó sus primeras apariciones a través del éter de la vieja LV 11. Más tarde, integró la orquesta del maestro Arnaldo Rodríguez y luego formó parte de "Los ases del tango", junto al "Morocho" Martín, Orlando Gerez, Fidel Lucero, Angel del Valle Paz, Américo Navarro y Jorge Lacuor.

Obras

En 1968 obtuvo el primer premio (una medalla) en el concurso de chacareras inéditas, con su inolvidable "Chacarera de las trincheras". Es autor de numerosos temas, entre los que se destacan "La barranquera", el tango "Enemigo de achicarse" y el vals "Mi pecado de amor".

Ahora bien, Carlos Carabajal, lo rememora diciendo que “lo conocía únicamente por la radio allá por el '46. Yo tenía 16 años de edad cuando lo conocí tocando. Fue cuando formó la orquesta con mi hermano Héctor. Fue un hombre muy bueno, alegre y, generalmente, un gran amigo.

Es largo el memorial que hace Carlos Carabajal sobre este prolífero autor. A su turno, Oscar Segundo Carrizo nos comentó que fue socio de la Sociedad Argentina de Autores y Compositores de Música (SADAIC), donde inscribió sus 80 obras musicales, entre las que se destacan: "A mi querida madre", "Nadie te conocía", "El cejeño", "El cara blanca" y "Mi pecado de amor", vals que compuso cuando aún era muy joven. La parte musical para piano lleva una variación a dos voces para bandoneón y está dedicada a Andrés Chazarreta.

En el mes de su natalicio recordamos a Juan de Dios Gallo, un grande en espíritu, amistad y en la música. Un hombre que vivió modestamente, casi en el anonimato, porque rehusó siempre a los halagos y ofrecimientos para integrarse a conjuntos famosos. (Eduardo Manzur | El Liberal 29/04/1993).

 

Las cuatro leyendas: El origen del Tero, el Crespín, el Toro Yacu y el Kakuy

La leyenda del Tero



Eran dos hermanos que se daban la gran vida gracias a la fortuna que les había dejado su padre, un hombre que hizo dinero trabajando en el campo y con muy buenos negocios.

Cuando el padre enfermó y murió, los hermanos esperaron a que pasara el tiempo de luto, tomaron posesión de la herencia y se dedicaron a disfrutarla. Al poco tiempo se llenaron de amigos de ocasión y los gastos se dispararon.

Para sostener ese ritmo de vida desmedido tuvieron que empezar a vender sus bienes, hasta que perdieron la última propiedad que les quedaba. Cuando se dieron cuenta de la pobreza en la que habían caído, los invadió la desesperación. Como no le encontraban salida a la miseria, se fueron al campo a esconderse. A salvo de las miradas ajenas, se pusieron a llorar sin consuelo hasta que se quedaron dormidos.

Al despertar, ya no eran humanos: se habían transformado en aves pequeñas. Conservaban la elegancia de su época de riqueza en la corbata y la pechera de la camisa, y Dios les dejó el copete en la cabeza como marca de su antiguo rango. Sin embargo, en señal de arrepentimiento, les quedó un círculo rojo alrededor de los ojos: la marca indeleble de tanto llorar por su mal comportamiento.

La leyenda del Crespín



En los campos inmensos vivía un matrimonio joven: Chochue Crespín y su esposa Corí. Eran muy felices con la vida rural y sus tareas diarias. Ella se encargaba de la casa y él salía temprano a trabajar la tierra a caballo, acompañado por su perro fiel.

Un día pasó por ahí el diablo y, al notar que la mujer era manipulable, usó sus mañas para engañarla. Le prometió una casa enorme con todas las comodidades, donde viviría rodeada de lujos, sin obligaciones y con sirvientes a su disposición.

Impresionada por semejantes promesas, Corí sintió que su humilde rancho le quedaba chico. Abandonó su casa y siguió al hombre adinerado durante varios días. Una vez que la hubo alejado a muchísimos kilómetros de su hogar, el diablo dio por cumplido su objetivo y la dejó tirada en medio del campo.

Después de llorar amargamente, la mujer recuperó la razón y quiso volver a su rancho, donde siendo pobre había sido muy feliz junto a su marido. Pero el impacto fue enorme al llegar y descubrir que su esposo, desesperado por el abandono, se había ido dejando todo atrás.

Angustiada, quiso recuperar la felicidad perdida. Como el hombre al que tanto amaba ya no estaba, empezó a llamarlo a gritos: ¡Crespín!... ¡Crespín!.

La desesperación fue transformando su voz en un lamento desgarrador que recorría la inmensidad del campo. Siguió llamándolo sin parar hasta que se convirtió en un pajarillo. Hoy en día todavía se la escucha gritar, esperando el regreso de ese marido que trató tan injustamente.

La leyenda del Toro Yacu



En el departamento Río Hondo, sobre la margen derecha del río Dulce y en la zona de las tierras movedizas, dos terratenientes dedicados a la ganadería notaron algo raro: las vacas que le habían comprado a un forastero se multiplicaban a un ritmo insólito. Al investigar, descubrieron que el responsable era un toro de astas doradas que aparecía en las noches de luna llena en una aguada, a la que llamaron "Toro Yacu" (aguada del toro). El animal fantástico atraía a las vacas y se apareaba con ellas, pero la carne de sus crías resultaba fea al paladar.

Un día, un criollo de la zona se propuso enlazar al toro. Justo ese mismo día apareció de nuevo el misterioso forastero que había vendido las vacas y apostó a viva voz que nadie era capaz de enlazar a semejante animal. El criollo aceptó el desafío. Esperó a que hubiera luna llena y fue hasta la aguada.

Después de varios intentos, logró enlazar al toro y arrastrarlo hasta la orilla. Pero el animal cortó el lazo de un tironazo y huyó, llevándose detrás a toda la hacienda del lugar. En la corrida clavo sus astas en el tronco de un tala, de donde brotó un chorro de agua que bebió antes de seguir escapando.

Después de eso lo vieron solo un par de veces más hasta que desapareció por completo, llevándose a las vacas mestizas y a todos sus descendientes.

La gente del lugar dice que ese toro era la encarnación del mal y que el forastero que vendió las vacas y desafió al criollo era el mismísimo diablo. Al final, el bien logró ahuyentar al mal. El toro no volvió a aparecer y solo quedó la leyenda, ya que con el tiempo las aguadas de la zona se fueron secando misteriosamente.

La leyenda del Kakuy



En lo profundo del bosque vivían dos hermanos solos. Él le tenía un afecto tan grande a su hermana que jamás se vio un cariño fraterno igual. No le hacía faltar nada: le traía las mejores frutas, las flores más perfumadas, la miel más rica y la mejor carne de los animales del monte y del río. Ella, en cambio, lo trataba con una crueldad constante.

Cansado de soportar ese maltrato, un día el hermano la invitó a buscar miel, diciéndole que había encontrado una colmena llena en la copa de un árbol gigantesco. Movida por la gula, la chica lo acompañó. Se tapó la cabeza con una manta para protegerse de los insectos y empezó a trepar con la ayuda de una soga larga.

Cuando llegó a lo alto, el hermano empezó a cortar desde abajo todas las ramas del árbol y, al terminar, se fue. La muchacha quedó atrapada en la copa. Al ver que el hermano no volvía, lo llamó una y otra vez, pero solo le respondía el eco lejano.

Pronto cayó la noche. Aterrada, se agarraba con fuerza de las ramas para no caerse. El espasmo de tantas horas de agonía le fue deformando los dedos hasta convertírselos en garras curvas con uñas afiladas. Y cuando la desesperación por bajar fue máxima, abrió los brazos y, convertida en pájaro, salió volando.

viernes, 31 de julio de 2026

La leyenda del viento norte

 


Un joven indio, dotado con bondad por la naturaleza en su escultural cuerpo, vivía por los valles, usando de su habilidad como cazador para matar por gusto los animales de la zona.

Cuando se disponía distraerse de ese modo, subía a las cumbres y hacía sonar su cuerno de cazador, cuyo interminable eco se multiplicaba por los lejanos desfiladeros.

Se unían a él otros compañeros feroces que le seguían en sus correrías y entre los que tenía gran prestigio por su destreza, a tal punto, que le habían conferido la autoridad de cacique.

Las alpacas, vicuñas y llamas, como así las aves y animales, temibles huían en cuanto lo divisaban.

Su conducta empezó a disgustar a Llastay, protector de los seres irracionales.

Un día, después de exterminar una familia completa de guanacos, se acostó debajo de un algarrobo a dormir una siesta, entonces fue despertado por los reproches del dios.

Le anunció que Pacha-Mama, la madre tierra que todo lo creó, habría de castigarlo.

Al principio el indio, atemorizado se contuvo, pero al tiempo, volvió con más crueldad a la caza innecesaria de animales, sólo lo hacía por placer.

Fue entonces que Pacha-Mama desencadenó su castigo sobre el soberbio aborigen. Se levantaron nubarrones en polvo arenoso y cálido. Sus seguidores dominados por el espanto se dispersaron. Luego inútilmente lo llamaron, ya no podían verlo, sólo oían su voz, entre la polvareda arenosa. El silbido del viento reemplazó a su cuerno de caza.

Y en eso consistió el castigo, en que quedó arrebatado por el viento, clamando y pidiendo perdón por sus maldades.

Su música y su lamento se pierden hoy por las quebradas y llegan hasta las pircas, que rodean los ranchos, pero su recuerdo es tan ingrato, que la gente se encierra, para no sufrir la sofocante atmósfera que trae su proximidad.

El Algarrobo en la medicina Popular