sábado, 1 de agosto de 2026

Santiago del Estero: entre la gloria de la fundación y la sombra de las disputas territoriales

 Por María Mercedes Tenti.

 


El problema planteado acerca de la fundación de Santiago del Estero guarda estrecha relación con el carácter privado de la conquista española y los conflictos jurisdiccionales generados como consecuencia. A partir de 1535 sobrevino la ocupación más difícil de territorios con poblaciones en estadio cazador recolector asociados a agricultura incipiente, de menor densidad y de estructuras políticas y sociales más débiles. Así comenzó la extensión de la conquista a lo largo de la costa del Pacífico por Chile y la internación por la región del Tucumán -en el actual noroeste argentino-, expandiéndose por el sur en búsqueda del puerto atlántico.

Los conquistadores Francisco Pizarro y Diego de Almagro habían sometido a los quechuas en el Perú -conocidos genéricamente como incas- a partir de 1532, aunque pronto comenzaron ellos y sus herederos una cruenta guerra civil en la que ambos fueron asesinados; sin embargo, luego de sus muertes las disputas continuaron sus beneficiarios y seguidores. La corona española trató de apaciguar el enfrentamiento dividiendo el territorio y cediendo a los pizarristas la zona peruana y a los almagristas la franja del imperio que continuaba por el sur.

En lo referente a la exploración y reconocimiento de nuevos territorios, en 1536 Almagro había incursionado por el Tucumán en su paso para Chile, pero la primera expedición que penetró en espacio santiagueño fue la de Diego de Rojas. El gobernador del Perú nombró en 1543 a Rojas para explorar la región del Tucumán, ubicada más allá de la Puna, sin datos claros de su extensión. Pasó por los valles Calchaquíes y los llanos tucumanos y, tras continuos enfrentamientos con los aborígenes, penetró en territorio santiagueño por las sierras de Guasayán. En la zona de Maquijata, en un enfrentamiento con los tonocotés, Rojas fue herido con una flecha y, como consecuencia, murió. La expedición siguió, recorriendo las actuales provincias de Catamarca, La Rioja y norte de San Juan, hasta entrar en Córdoba y continuar rumbo al Paraná, de donde regresó tras encontrarse con huellas de españoles que habían penetrado por el río de la Plata y remontado el Paraná.

A mediados del siglo XVI, Pedro de la Gasca, presidente de la Audiencia de Lima, que acababa de poner fin a la guerra civil en el Perú, se vio en la necesidad de emplear a la soldadesca desocupada que promovía desórdenes. Por ello encomendó a Juan Núñez de Prado que organizara una expedición y fundara una ciudad para proteger el camino a Chile, informase de las probabilidades de ocupación del territorio y facilitara la apertura de la ruta al río de la Plata y la salida al Atlántico. Núñez partió de Potosí y el 29 de junio de 1550 fundó una ciudad en el valle de Gualán -actual provincia de Tucumán- y le puso por nombre El Barco. Realizó el trazado del poblado, conformó el Cabildo y distribuyó los indios en encomiendas. Estando allí instalado se planteó el primer conflicto de jurisdicción con tropas chilenas que, al mando de Villagra, lo obligaron a reconocer la dependencia de la nueva ciudad respecto de la gobernación de Chile. Una vez que se retiraron Villagra y sus hombres, Núñez de Prado desconoció su autoridad y decidió trasladar el poblado. En 1551 lo ubicó en el valle de Quiriquiri -Salta- que estimaba pertenecía a la jurisdicción de Charcas. Poco duró en esta ubicación ya que, al año siguiente -quizás por los ataques de los aborígenes o por la posibilidad de una nueva incursión de las tropas chilenas- la trasladó nuevamente a orillas del río del Estero – hoy río Dulce-, cerca de la actual Santiago del Estero.

El gobernador de Chile, Pedro de Valdivia, por creer que El Barco estaba dentro de sus territorios, designó gobernador de esta ciudad a Francisco de Aguirre y lo envió a tomar posesión de ella. Su objetivo era unir en una sola gobernación toda la tierra existente entre el Atlántico y el Pacífico. Aguirre, apenas llegó a territorio santiagueño, en mayo de 1553, se apoderó de la ciudad, designó nuevas autoridades, organizó el cabildo, apresó a Núñez de Prado, lo envió prisionero a Chile y decidió trasladar la ciudad a corta distancia de su antigua ubicación, por estar demasiado expuesta a las crecidas del río. Finalmente, convalidó la fundación de una nueva ciudad denominándola Santiago del Estero, el 25 de julio de 1553.

El acta de la fundación de El Barco nunca fue encontrada, como tampoco la de Santiago del Estero. Es por ello que, en 1952, a pedido del gobierno de la provincia, una comisión de historiadores de la Junta de Estudios Históricos de Santiago del Estero, abalados por la Academia Nacional de la Historia, determinó que Santiago del Estero había sido fundada por Francisco de Aguirre el 25 de julio de 1553, basándose especialmente en dos actas del cabildo santiagueño, del 14 de abril de 1774 y del 21 de julio de 1779 -es decir de dos siglos posteriores a la fundación- encontradas por el presidente de la Junta, Alfredo Gargaro, en archivos chilenos. En la primera de ellas, se acordaba organizar la festividad de Santiago Apóstol el 25 de julio, "… en memoria de que en días semejantes introdujeron las armas españolas el Santo Evangelio y se hizo la primera fundación de dicha ciudad".

Como contrapartida, hay innumerables testimonios en probanzas, cartas, relaciones, etc. -contemporáneas al hecho que nos ocupa- que identifican ambas ciudades como una sola. Como ejemplo enunciaremos solamente una de los más significativos: en la carta que escribió Francisco de Aguirre al rey, el 23 de diciembre de 1553, sostiene: "… Porque habrá dos años escribimos a la Audiencia de V.M. que reside en la ciudad de los Reyes lo sucedido en esta ciudad de Santiago…" Como vemos hace referencia a 1551, cuando la ciudad se llamaba El Barco.

Luis Alen Lascano, en su Historia de Santiago del Estero, publicada en 1991, da a conocer el resultado de investigaciones realizadas por Gastón Doucet -investigador del CONICET- en archivos de Sucre, que intenta clarificar este confuso panorama. Según Doucet, documentos judiciales por él encontrado -aunque nunca publicados-, mencionan el libro capitular de la ciudad como iniciado el 29 de junio de 1550, con la fundación de Núñez de Prado, y continuado durante el gobierno de Francisco de Aguirre y los gobernadores sucesivos, a partir de 1553. Es decir que no se cambió de libro de actas quizás porque se consideraba a Santiago del Estero como una continuidad jurídica de la ciudad de El Barco o tal vez, por la precariedad de las fundaciones, no tenían los protagonistas otro libro de actas. Por todo esto Alen Lascano considera a Juan Núñez de Prado como el primer fundador y a Francisco de Aguirre como el poblador definitivo de la ciudad. 

El director del archivo histórico provincial, Juan Viaña, consiguió el año pasado, del Archivo Nacional de Bolivia -Sucre-, de la antigua Audiencia de Charcas, copia de los expedientes 1590-5 entre los que está un documento en el que el escribano del cabildo, de apellido Vallejo, da fe de la fundación de El Barco, por Núñez de Prado, el 29 de junio de 1550 y que el 25 de julio de 1553, luego de tres años, Francisco de Aguirre, enviado por el teniente general de la gobernación de Chile, Pedro de Valdivia, "mudó la ciudad y le puso por nombre Santiago", según consta en el mismo libro del cabildo, ratificando lo descubierto por Doucet.

Como se puede apreciar, Santiago del Estero, la ciudad más antigua del país, la madre de ciudades -como recalcan permanentemente los medios de comunicación y los anuncios oficiales- fundada a orillas del río Dulce, es la ciudad sin acta de fundación que tuvo que esperar cuatrocientos años para que, por un decreto del gobierno de la provincia se estableciera la fecha fundacional. Fue el gobernador peronista Francisco Javier González quien, en 1952, luego del dictamen de la Junta de Estudios Históricos de Santiago del Estero, presidida por el historiador Alfredo Gargaro, sancionó la fecha fundacional mediante un decreto del Poder Ejecutivo provincial, fijándola el 25 de julio de 1553 y a su fundador Francisco de Aguirre, enviado desde Chile. Con esto se ponía fin -aparentemente- a las disputas surgidas entre los historiadores sobre quién era el fundador y cuál la fecha fundacional, disputa dividida entre nuñezpradistas y aguirristas que adjudicaban el mérito de la empresa a Juan Núñez de Prado –fundador de la primitiva ciudad de El Barco- enviado desde Perú- o a Francisco de Aguirre -enviado desde Chile- respectivamente.

Las expediciones se componían de un puñado de españoles, acompañados de indígenas yanaconas que actuaban como lenguaraces, unos pocos caballos, alimentos, armas y vituallas. Tenían que atravesar lugares desconocidos por caminos intrincados y rodeados de monte que terminaba con su escaso ropaje hecho girones. En estas condiciones, las fundaciones eran, en consecuencia, bastante precarias de allí que es entendible que usaran el mismo libro de actas y que participaran de las fundaciones los mismos hombres, aún los enviados por diferentes autoridades.

Como historiadora me pregunto si tiene sentido seguir discutiendo quién es el fundador de la ciudad si, hasta la fecha, no se encontraron documentos fundantes que hagan cambiar el rumbo de las interpretaciones, tanto de un sector como de otro, ya que entran en juego posturas a veces irreconciliables basadas en teorías diversas. El problema no resuelto, a pesar del decreto de 1952, creo que seguirá en la misma instancia, por cuanto tanto uno como otro conquistador venían con mandatos expresos de fundar una ciudad en esta amplia región, poco conocida por entonces, denominada genéricamente Tucma o Tucumán. En síntesis, creo que se trató de una lucha interna de dos jurisdicciones a cargo de los herederos de Almagro y Pizarro por apropiarse de esta extensa región, con una fundación que les diera asidero permanente en ella.  

Luego de la primera celebración sobresaliente del cuarto centenario, en agosto de 1953, con la presencia del presidente Perón en la ciudad, entusiastas ceremonias con desfiles e inauguraciones y la realización de un Congreso Nacional de Historia, a cargo de la Academia Nacional de la Historia -presidido por el historiador Ricardo Levene- que ratificó la fecha fundacional, las conmemoraciones julias fueron in crescendo a lo largo de la segunda mitad del siglo pasado, para transformarse en la actualidad en una festividad que sitúa a la capital santiagueña en el centro de la agenda invernal para la temporada turística. 

A partir de la conmemoración de los cuatrocientos cincuenta años de la fundación, en 2003, las fiestas de julio pretenden transformar la vida santiagueña con espectáculos artísticos callejeros, la feria artesanal que fue creciendo en superficie y duración, la espectacularidad de las festividades religiosas como la de la Virgen del Carmen -patrona de la ciudad- el 16 de julio, de San Francisco Solano –el apóstol de América- el 24 de julio, de Santiago Apóstol el 25 de julio, los fuegos artificiales de la vigilia y muchos otros eventos que permitieron institucionalizar las festividades, invocando la tradición para habitualizar a la sociedad, generar significatividad y afianzar un espíritu de pertenencia. 

La marcha de los bombos, surgida de la iniciativa privada, fue tomada como parte de los festejos del calendario ritualizado, conformando una pretendida costumbre que, si bien reclama cierta historicidad es reciente en su origen, pero pasa a integrar esas "tradiciones inventadas" –al decir de Hobsbawm- que toman de referencia situaciones pasadas y que, por su repetición y espectacularización las actualizan e innovan en el mundo posmoderno.

La institucionalización de las celebraciones, la invención de la tradición y la mercantilización de la cultura son propias de la pos modernidad e impactan en sociedades tradicionales que pretenden insertarse en este mundo globalizado, apelando a viejos usos y a referencias al pasado para instaurar nuevas concepciones, símbolos y percepciones, para dar idea de cohesión social y de continuidad de valores. En ese ámbito se enmarca la fundación de Santiago del Estero. Queda sin embargo por analizar, qué pasa realmente con esta controversia, en el interior de la sociedad santiagueña. Fte: El Liberal

Dra. María Mercedes Tenti. Integrante de la Academia Nacional de la Historia.

Recordando a Juan de Dios Gallo

 


Recordar es entrar en la tierra del pasado y más aún, cuando se recorren los surcos del ayer, los mismos quedaron sembrados con semillas del arte, en este caso el de la música.

Este pasado nos recuerda que Juan de Dios había nacido un 29 de abril, en el Viñalar y que su madre fue doña Teodora Suárez y que se casó con Zulema Beatriz Castillo, habiendo nacido de ese matrimonio, siete hijos.

La evocación nos lleva hasta el diario EL LIBERAL para encontrarnos con una publicación realizada el 14 de enero de 1976, es decir después de la muerte de "Gallito" (el falleció el 13 de enero). La crónica, titulada "Ha muerto un músico nato, Juan de Dios Gallo", refleja las particularidades de este gran creador.

Aptitudes

Violinista y músico de excepción, entregó su existencia desde los 15 años, con exclusividad, a la música nacional. Desde esa edad aprendió el secreto del instrumento, merced a su dedicación como discípulo del otrora bardo popular, Segundo Juárez.

Ya maduro, ya cada vez más avezado en su profesión, convocaba, gracias a su amplitud de conocimientos musicales, a innumerables artistas locales y nacionales –especialmente folcloristas–, para quienes escribía.

En esa noble y destacada misión, trabó amistad con Hugo Díaz y Leo Dan, de quienes era amigo y maestro. Don Andrés Chazarreta lo tuvo entre sus músicos y alumnos; José Gómez Basualdo también supo de las aptitudes artísticas de Juan de Dios Gallo al integrarlo a su compañía musical y de danzas nativas.

Realizó sus primeras apariciones a través del éter de la vieja LV 11. Más tarde, integró la orquesta del maestro Arnaldo Rodríguez y luego formó parte de "Los ases del tango", junto al "Morocho" Martín, Orlando Gerez, Fidel Lucero, Angel del Valle Paz, Américo Navarro y Jorge Lacuor.

Obras

En 1968 obtuvo el primer premio (una medalla) en el concurso de chacareras inéditas, con su inolvidable "Chacarera de las trincheras". Es autor de numerosos temas, entre los que se destacan "La barranquera", el tango "Enemigo de achicarse" y el vals "Mi pecado de amor".

Ahora bien, Carlos Carabajal, lo rememora diciendo que “lo conocía únicamente por la radio allá por el '46. Yo tenía 16 años de edad cuando lo conocí tocando. Fue cuando formó la orquesta con mi hermano Héctor. Fue un hombre muy bueno, alegre y, generalmente, un gran amigo.

Es largo el memorial que hace Carlos Carabajal sobre este prolífero autor. A su turno, Oscar Segundo Carrizo nos comentó que fue socio de la Sociedad Argentina de Autores y Compositores de Música (SADAIC), donde inscribió sus 80 obras musicales, entre las que se destacan: "A mi querida madre", "Nadie te conocía", "El cejeño", "El cara blanca" y "Mi pecado de amor", vals que compuso cuando aún era muy joven. La parte musical para piano lleva una variación a dos voces para bandoneón y está dedicada a Andrés Chazarreta.

En el mes de su natalicio recordamos a Juan de Dios Gallo, un grande en espíritu, amistad y en la música. Un hombre que vivió modestamente, casi en el anonimato, porque rehusó siempre a los halagos y ofrecimientos para integrarse a conjuntos famosos. (Eduardo Manzur | El Liberal 29/04/1993).

 

Las cuatro leyendas: El origen del Tero, el Crespín, el Toro Yacu y el Kakuy

La leyenda del Tero



Eran dos hermanos que se daban la gran vida gracias a la fortuna que les había dejado su padre, un hombre que hizo dinero trabajando en el campo y con muy buenos negocios.

Cuando el padre enfermó y murió, los hermanos esperaron a que pasara el tiempo de luto, tomaron posesión de la herencia y se dedicaron a disfrutarla. Al poco tiempo se llenaron de amigos de ocasión y los gastos se dispararon.

Para sostener ese ritmo de vida desmedido tuvieron que empezar a vender sus bienes, hasta que perdieron la última propiedad que les quedaba. Cuando se dieron cuenta de la pobreza en la que habían caído, los invadió la desesperación. Como no le encontraban salida a la miseria, se fueron al campo a esconderse. A salvo de las miradas ajenas, se pusieron a llorar sin consuelo hasta que se quedaron dormidos.

Al despertar, ya no eran humanos: se habían transformado en aves pequeñas. Conservaban la elegancia de su época de riqueza en la corbata y la pechera de la camisa, y Dios les dejó el copete en la cabeza como marca de su antiguo rango. Sin embargo, en señal de arrepentimiento, les quedó un círculo rojo alrededor de los ojos: la marca indeleble de tanto llorar por su mal comportamiento.

La leyenda del Crespín



En los campos inmensos vivía un matrimonio joven: Chochue Crespín y su esposa Corí. Eran muy felices con la vida rural y sus tareas diarias. Ella se encargaba de la casa y él salía temprano a trabajar la tierra a caballo, acompañado por su perro fiel.

Un día pasó por ahí el diablo y, al notar que la mujer era manipulable, usó sus mañas para engañarla. Le prometió una casa enorme con todas las comodidades, donde viviría rodeada de lujos, sin obligaciones y con sirvientes a su disposición.

Impresionada por semejantes promesas, Corí sintió que su humilde rancho le quedaba chico. Abandonó su casa y siguió al hombre adinerado durante varios días. Una vez que la hubo alejado a muchísimos kilómetros de su hogar, el diablo dio por cumplido su objetivo y la dejó tirada en medio del campo.

Después de llorar amargamente, la mujer recuperó la razón y quiso volver a su rancho, donde siendo pobre había sido muy feliz junto a su marido. Pero el impacto fue enorme al llegar y descubrir que su esposo, desesperado por el abandono, se había ido dejando todo atrás.

Angustiada, quiso recuperar la felicidad perdida. Como el hombre al que tanto amaba ya no estaba, empezó a llamarlo a gritos: ¡Crespín!... ¡Crespín!.

La desesperación fue transformando su voz en un lamento desgarrador que recorría la inmensidad del campo. Siguió llamándolo sin parar hasta que se convirtió en un pajarillo. Hoy en día todavía se la escucha gritar, esperando el regreso de ese marido que trató tan injustamente.

La leyenda del Toro Yacu



En el departamento Río Hondo, sobre la margen derecha del río Dulce y en la zona de las tierras movedizas, dos terratenientes dedicados a la ganadería notaron algo raro: las vacas que le habían comprado a un forastero se multiplicaban a un ritmo insólito. Al investigar, descubrieron que el responsable era un toro de astas doradas que aparecía en las noches de luna llena en una aguada, a la que llamaron "Toro Yacu" (aguada del toro). El animal fantástico atraía a las vacas y se apareaba con ellas, pero la carne de sus crías resultaba fea al paladar.

Un día, un criollo de la zona se propuso enlazar al toro. Justo ese mismo día apareció de nuevo el misterioso forastero que había vendido las vacas y apostó a viva voz que nadie era capaz de enlazar a semejante animal. El criollo aceptó el desafío. Esperó a que hubiera luna llena y fue hasta la aguada.

Después de varios intentos, logró enlazar al toro y arrastrarlo hasta la orilla. Pero el animal cortó el lazo de un tironazo y huyó, llevándose detrás a toda la hacienda del lugar. En la corrida clavo sus astas en el tronco de un tala, de donde brotó un chorro de agua que bebió antes de seguir escapando.

Después de eso lo vieron solo un par de veces más hasta que desapareció por completo, llevándose a las vacas mestizas y a todos sus descendientes.

La gente del lugar dice que ese toro era la encarnación del mal y que el forastero que vendió las vacas y desafió al criollo era el mismísimo diablo. Al final, el bien logró ahuyentar al mal. El toro no volvió a aparecer y solo quedó la leyenda, ya que con el tiempo las aguadas de la zona se fueron secando misteriosamente.

La leyenda del Kakuy



En lo profundo del bosque vivían dos hermanos solos. Él le tenía un afecto tan grande a su hermana que jamás se vio un cariño fraterno igual. No le hacía faltar nada: le traía las mejores frutas, las flores más perfumadas, la miel más rica y la mejor carne de los animales del monte y del río. Ella, en cambio, lo trataba con una crueldad constante.

Cansado de soportar ese maltrato, un día el hermano la invitó a buscar miel, diciéndole que había encontrado una colmena llena en la copa de un árbol gigantesco. Movida por la gula, la chica lo acompañó. Se tapó la cabeza con una manta para protegerse de los insectos y empezó a trepar con la ayuda de una soga larga.

Cuando llegó a lo alto, el hermano empezó a cortar desde abajo todas las ramas del árbol y, al terminar, se fue. La muchacha quedó atrapada en la copa. Al ver que el hermano no volvía, lo llamó una y otra vez, pero solo le respondía el eco lejano.

Pronto cayó la noche. Aterrada, se agarraba con fuerza de las ramas para no caerse. El espasmo de tantas horas de agonía le fue deformando los dedos hasta convertírselos en garras curvas con uñas afiladas. Y cuando la desesperación por bajar fue máxima, abrió los brazos y, convertida en pájaro, salió volando.

viernes, 31 de julio de 2026

La leyenda del viento norte

 


Un joven indio, dotado con bondad por la naturaleza en su escultural cuerpo, vivía por los valles, usando de su habilidad como cazador para matar por gusto los animales de la zona.

Cuando se disponía distraerse de ese modo, subía a las cumbres y hacía sonar su cuerno de cazador, cuyo interminable eco se multiplicaba por los lejanos desfiladeros.

Se unían a él otros compañeros feroces que le seguían en sus correrías y entre los que tenía gran prestigio por su destreza, a tal punto, que le habían conferido la autoridad de cacique.

Las alpacas, vicuñas y llamas, como así las aves y animales, temibles huían en cuanto lo divisaban.

Su conducta empezó a disgustar a Llastay, protector de los seres irracionales.

Un día, después de exterminar una familia completa de guanacos, se acostó debajo de un algarrobo a dormir una siesta, entonces fue despertado por los reproches del dios.

Le anunció que Pacha-Mama, la madre tierra que todo lo creó, habría de castigarlo.

Al principio el indio, atemorizado se contuvo, pero al tiempo, volvió con más crueldad a la caza innecesaria de animales, sólo lo hacía por placer.

Fue entonces que Pacha-Mama desencadenó su castigo sobre el soberbio aborigen. Se levantaron nubarrones en polvo arenoso y cálido. Sus seguidores dominados por el espanto se dispersaron. Luego inútilmente lo llamaron, ya no podían verlo, sólo oían su voz, entre la polvareda arenosa. El silbido del viento reemplazó a su cuerno de caza.

Y en eso consistió el castigo, en que quedó arrebatado por el viento, clamando y pidiendo perdón por sus maldades.

Su música y su lamento se pierden hoy por las quebradas y llegan hasta las pircas, que rodean los ranchos, pero su recuerdo es tan ingrato, que la gente se encierra, para no sufrir la sofocante atmósfera que trae su proximidad.

jueves, 30 de julio de 2026

El Bracho: de fortín de frontera a cárcel de la muerte

Plantado entre los ríos Dulce y Salado, este fortín nació como una trinchera contra el malón y la naturaleza hostil. Pero la sed de venganza política lo convirtió en un lúgubre presidio donde la muerte era la única compañera de los desterrados.

 

Retrato de Fortín El Bracho

Hay rincones de nuestra geografía donde la tierra parece guardar el eco de los lamentos antiguos. Si recorremos los márgenes de los ríos Dulce y Salado, nos topamos con la historia de Las Higuerillas y El Bracho. Para entender estas raíces de dolor y coraje, en Leyendas del Folclore santiagueño siempre partimos de una premisa: estos no fueron simples puestos de avanzada, sino la punta de lanza de una civilización que se internaba a ciegas en el bosque indómito y huraño. Un bastión forjado a sangre, sudor y terror, donde la supervivencia era el único mandato y el nombre del lugar se volvió sinónimo de barbarie y resistencia.

Sus primeros moradores eran hombres de hierro, mitad gauchos y mitad soldados. Vivían en una guerra constante contra el indígena, las alimañas y un clima despiadado que se ensañaba con ellos. Soportaban enjambres de mosquitos y el veneno del monte con un estoicismo de piedra. Para espantar el tedio, el aguardiente y los fuertes cigarros de chala eran sus únicos aliados, una forma de acortar las noches y olvidar el pasado. Lejos de la mujer de sus sueños, confinados en una tierra que sentían ajena, esos seres anónimos construían la patria sin saberlo. Eran duros como el quebracho, recios como los vendavales. Sin embargo, cuando caía la noche y las estrellas iluminaban el monte como lámparas, la guitarra y la payada ablandaban sus almas. Allí, entre cuentos y nostalgias, les temblaba el ternura al cantar a la tierra natal, breves como el rocío de la madrugada.

Pero el destino de este bastión silvestre estaba lejos de estabilizarse. Como bien solemos advertir en Leyendas del Folclore santiagueño, la historia suele dar giros oscuros donde la tragedia se impone a la epopeya. Años después de su fundación, sin que la vida en el fortín hubiera mejorado, el autoritario gobernador Juan Felipe Ibarra decidió darle un nuevo y macabro. Cegado por la sed de venganza tras el asesinato de su hermano Francisco, Ibarra consideró que el azote o la estaca eran castigos insuficientes para sus enemigos. Quería algo peor: que vivieran muriendo. Así, El Bracho dejó de ser un fortín para erigirse como una lúgubre cárcel de la muerte, un presidio remansador de pasiones donde sus remolinos conducían siempre al final.

Pedro Ignacio Únzaga y José Libarona fueron los primeros en caer en ese abismo. Su destierro no solo buscaba hacerlos expiar culpas, sino enviar un mensaje de terror a toda la sociedad. El golpe fue brutal: las lágrimas de las jóvenes esposas quemaron los despachos del ministro Gondra y las calles de la pequeña ciudad. Fue una marca de fuego aplicada en la carne viva de la comunidad. Pero el amor, a veces, es más terco que la tiranía. Una de esas mujeres, la más valiente, se negó a aceptar el silencio de la viudez anticipada. Conociendo el infierno que esperaba a su marido en el presidio, hizo sus bultos y marchó tras sus pasos, desafiando al monte y a la muerte misma.

Hoy, el viento que azota las riberas parece susurrar aún los nombres de aquellos desterrados. Reflexionar sobre estas sombras, desde Leyendas del Folclore santiagueño, nos obliga a reconocer que la historia no se escribió solo con los decretos de los gobernantes, sino con los latidos de los que resistieron en el confinamiento. El Bracho nació como escudo y terminó como tumba, pero mientras alguien cuente la historia de esa mujer que caminó hacia el abismo por amor, o de esos soldados que cantaban a la luna para no enloquecer, el fortín seguirá vivo en nuestra memoria.

Árboles urbanos: los guardianes silenciosos que protegen la vida en nuestras ciudades

Más que un elemento decorativo del paisaje urbano, los árboles son aliados fundamentales frente al calor, la contaminación y la pérdida de calidad ambiental. Su cuidado, especialmente en ciudades emplazadas en zonas áridas como Santiago del Estero, exige una mirada responsable que abandone las podas destructivas y valore su verdadera función ecológica.


 

Cuando una ciudad aprende a mirar sus árboles

Si alguna vez caminamos por una calle cubierta de hojas amarillas durante el otoño, seguramente pudimos experimentar una escena que rompe, por un instante, con el cemento y el ruido urbano. Como señalaba el profesor Julián Cámara Hernández en 1980, quizás muchos niños que recorren ese camino hacia la escuela, al pisar ese colchón natural de hojas, imaginan que atraviesan un bosque escondido dentro de la ciudad.

Esa imagen, sencilla pero profunda, revela una verdad que muchas veces olvidamos: los árboles urbanos no son simples adornos. Son seres vivos que forman parte del equilibrio ambiental de nuestras ciudades y que, a cambio de un cuidado adecuado, ofrecen beneficios indispensables para nuestra vida cotidiana.

Desde "Leyendas del Folclore santiagueño", un espacio dedicado a rescatar historias, tradiciones y paisajes culturales de nuestra tierra, también queremos detenernos en aquellos protagonistas silenciosos que forman parte de la memoria urbana: los árboles que acompañan nuestras calles, plazas y barrios.

La amenaza de una poda mal entendida


Durante años, una práctica frecuente en muchas ciudades ha sido la poda excesiva de los árboles bajo la idea equivocada de que reducir sus ramas favorece su crecimiento. Sin embargo, los especialistas advierten que la llamada "mutilación" de los ejemplares provoca consecuencias negativas para su desarrollo.

Año tras año observamos cómo árboles adaptados a vivir en un ambiente urbano, muchas veces hostil por la falta de espacio, el calor extremo y la contaminación, son sometidos a cortes indiscriminados que alteran su estructura natural.

Cuando se eliminan las ramas principales y se reduce drásticamente la copa del árbol, se generan desequilibrios en su metabolismo. La planta pierde capacidad para alimentarse, queda más vulnerable frente a enfermedades y comienza un proceso de deterioro progresivo.

Los ingenieros agrónomos María del Carmen Echenique, Ricardo González Junyent y Alicia Dobra explican que una poda correcta debe limitarse a intervenciones específicas: retirar ramas secas, quebradas o débiles, y realizar ajustes necesarios para evitar conflictos con cables u otras estructuras urbanas, sin modificar la forma natural de la copa.

El árbol no necesita ser castigado para crecer. Necesita condiciones adecuadas y un manejo respetuoso de sus características como especie.

El árbol urbano como refugio frente al calor



La importancia de los árboles adquiere una dimensión todavía mayor en regiones donde las ciudades se encuentran insertas en ambientes secos o semiáridos.

En zonas como Santiago del Estero, donde durante gran parte del año las temperaturas alcanzan valores elevados, la presencia de árboles representa una herramienta natural para mejorar las condiciones ambientales. Su sombra reduce el impacto del sol sobre calles y veredas, disminuye el calentamiento del pavimento y favorece un aumento de la humedad relativa del aire.

Un árbol ubicado estratégicamente puede transformar una calle, una plaza o un espacio público en un lugar más habitable. No solo ofrece frescura, sino también una sensación de bienestar que influye directamente en la calidad de vida de los vecinos.

Por eso, el arbolado urbano debe ser entendido como una infraestructura ambiental, tan necesaria como otros servicios básicos de una ciudad.

Los árboles también limpian el aire que respiramos



Además de brindar sombra y belleza paisajística, los árboles cumplen una función esencial como filtros naturales. Sus hojas capturan partículas de polvo, contaminantes químicos y otros elementos presentes en el aire producto del tránsito vehicular, las actividades industriales y la construcción.

Una investigación difundida por la Municipalidad de Paraná y la Universidad Nacional de Entre Ríos en 1992 mostró con claridad esta diferencia. En Frankfurt, Alemania, se midió la cantidad de partículas contaminantes presentes en el aire y se encontraron los siguientes resultados:

En calles sin árboles: 12.880 partículas por litro de aire.

En calles arboladas: 3.870 partículas por litro de aire.

En parques: 3.260 partículas por litro de aire.

Los números reflejan una realidad concreta: donde hay árboles, el ambiente urbano mejora.

Pero sus beneficios no terminan allí. Estudios citados por Decourt en 1978 también analizaron la capacidad antimicrobiana de los espacios verdes mediante la medición de microorganismos presentes en el aire. Los resultados fueron contundentes:

En zonas comerciales: 4.000.000 de gérmenes por metro cúbico.

En avenidas urbanas: 575.000 gérmenes por metro cúbico.

En bosques: apenas 50 gérmenes por metro cúbico.

La diferencia muestra el papel fundamental que cumplen las áreas arboladas en la regulación ambiental.

Cuidar los árboles es cuidar la ciudad

Los árboles urbanos son parte del paisaje, pero también forman parte de nuestra historia cotidiana. Están presentes en las veredas donde crecieron generaciones de vecinos, en las plazas donde se reunieron familias y en los caminos que guardan recuerdos.

Por eso, su conservación requiere cambiar algunas prácticas arraigadas. La poda racional, respetuosa de la naturaleza de cada especie, permite mantener ejemplares saludables y aprovechar al máximo sus beneficios. En cambio, la intervención agresiva reduce su capacidad de protegernos y acelera su deterioro.

La ciudad necesita árboles fuertes, no árboles debilitados por decisiones equivocadas.

Una responsabilidad que pertenece a todos

Cada árbol que permanece en pie representa una pequeña reserva de vida dentro del espacio urbano. Su sombra, su capacidad para limpiar el aire y su aporte al paisaje son beneficios que muchas veces damos por hechos hasta que desaparecen.

Comprender el valor del arbolado urbano es también comprender que la relación entre las personas y la naturaleza no termina en los límites de un parque o un bosque. La naturaleza también vive en nuestras calles.

Desde "Leyendas del Folclore santiagueño", donde buscamos preservar las voces y memorias que forman parte de nuestra identidad cultural, recordamos que los paisajes también cuentan historias. Y entre esas historias están los árboles: testigos silenciosos del paso del tiempo, compañeros de nuestras ciudades y guardianes de un futuro más saludable.

Bibliografía consultada

Cámara Hernández, J. (1980). Algunos árboles cultivados en las calles de la ciudad de Buenos Aires. Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires - Secretaría de Educación.

Decourt, N. (1978). Sobre algunas funciones de los árboles y bosques en el medio urbano. Ecología Forestal. Mundi-Prensa.

Echenique, M. y González Junyent, R. (2000). Poda de Especies Ornamentales. Facultad de Ciencias Agrarias - Universidad Nacional del Comahue.

Fundación Biósfera y FCAyF - Universidad Nacional de La Plata (1995). Planeamiento paisajista y medio ambiente.

Municipalidad de Paraná y Universidad Nacional de Entre Ríos (1992). El árbol en la ciudad.

Ros Orta (1996). La empresa de Jardinería y Paisajismo. Mundi-Prensa.

Súpay, el rostro del mal en Santiago del Estero: las leyendas que aún estremecen al monte

Desde el temible Toro-Súpay hasta el Duende Sombrerudo que acecha a los niños durante la siesta, las leyendas santiagueñas han convertido al Diablo en una presencia constante dentro del imaginario popular. Relatos transmitidos de generación en generación mantienen viva la figura del mal, mezclando creencias, advertencias y el profundo misterio del monte.

 


¿Quién es el Súpay? El Diablo de las leyendas santiagueñas

En Santiago del Estero, el Diablo no es una figura abstracta ni un personaje lejano de los textos religiosos. Tiene un nombre propio: Súpay. Desde hace siglos, ocupa un lugar central en el universo de las leyendas populares y representa la encarnación del mal en sus múltiples formas.

Su presencia atraviesa historias narradas al calor del fogón, advertencias familiares y supersticiones que todavía sobreviven en la memoria colectiva. A veces aparece como un elegante caballero; otras, como un aterrador toro negro o un pequeño duende que recorre el monte durante las horas de la siesta. Cambia de aspecto, pero su propósito permanece inalterable: tentar, engañar y llevar a los desprevenidos hacia un destino trágico.

Como ocurre con muchas de las narraciones rescatadas por Leyendas del Folclore Santiagueño, estas historias no solo buscan provocar temor. Detrás de cada relato se esconden antiguas enseñanzas sobre la ambición, la fidelidad, el respeto por la naturaleza y los peligros de dejarse seducir por aquello que parece demasiado bueno para ser cierto.

El monte santiagueño: el territorio donde habita el Toro Súpay

La tradición popular sitúa al monte santiagueño como el territorio predilecto del Súpay. Entre quebrachales, senderos polvorientos y noches sin luna, los relatos aseguran que allí adopta su forma más espantosa: el Toro-Súpay.

La descripción es siempre inquietante. Se trata de un enorme toro negro, de poderosas mandíbulas, gruesos dientes y ojos que despiden chispas de fuego. Pocos afirman haberlo visto con claridad, pero muchos sostienen haber escuchado el estruendo de sus pezuñas y el profundo bufido que rompe el silencio de las madrugadas.

El simple sonido basta para sembrar el miedo. Porque, según la creencia popular, el Toro-Súpay no aparece por casualidad.

El pacto con el Diablo: la leyenda del Toro Súpay y la riqueza maldita

Entre las historias más difundidas se encuentra la del campesino que, cegado por la ambición, decide pactar con el Diablo.

La promesa resulta irresistible: abundante hacienda, excelentes cosechas y prosperidad económica. El precio, sin embargo, es absoluto. Debe entregar su alma y también su cuerpo al Súpay.

Los antiguos pobladores aseguraban que la prueba del pacto llegaba después de la muerte. Al abrir la sepultura, el cadáver desaparecía misteriosamente. Poco después también se esfumaban los animales, los bienes y toda la riqueza obtenida gracias al acuerdo demoníaco.

Así, la leyenda funcionaba como una advertencia contra la avaricia y el deseo desmedido de enriquecerse a cualquier costo.

La leyenda de la joven engañada por el Súpay

Entre todas las historias vinculadas al Súpay, ninguna resulta tan dramática como la que durante décadas contaron las abuelas a las muchachas próximas a casarse.

Dicen que hace mucho tiempo un joven matrimonio vivía feliz en el monte. Ella era dulce y hermosa; él, trabajador y profundamente enamorado de su esposa.

La belleza de la mujer despertó el deseo del Súpay. Para conquistarla abandonó su aspecto monstruoso y se presentó convertido en un apuesto joven vestido con lujosas prendas, montado sobre un magnífico caballo negro y equipado con ricos aperos.

La mujer quedó fascinada.

Antes de despedirse, el misterioso visitante le propuso un encuentro secreto esa misma noche. Le aseguró que un ave nocturna la conduciría hasta un lugar donde solo existirían el placer y la felicidad.

Cuando ella acudió a la cita, el falso galán le pidió una extraña condición: debía dejar sus ojos dentro de una pequeña olla mágica. No tenía nada que temer, le prometió; al regresar los encontraría todavía más negros y brillantes.

Confiando en aquellas palabras, la joven entregó la vista y siguió al desconocido.

El trágico final de la mujer seducida por el Diablo santiagueño

Horas después, el marido despertó y descubrió que su esposa había desaparecido. Desesperado, salió a recorrer el monte hasta encontrar la pequeña olla donde permanecían los ojos de la mujer.

Convencido de que había sido asesinada, regresó a su hogar dispuesto a esperar la luz del día para iniciar la búsqueda del responsable.

Pero antes del amanecer ocurrió lo inesperado.

El Súpay regresó junto a la joven. Al advertir que la olla estaba vacía y que los ojos ya no estaban allí, huyó cobardemente, abandonando a la muchacha en medio del bosque.

Ciega y desorientada, caminó sin rumbo entre los árboles hasta que los primeros rayos del sol acabaron con su vida. Más tarde, unos obrajeros que se dirigían a sus tareas encontraron el cuerpo.

El esposo nunca logró superar aquella tragedia. La leyenda cuenta que, al contemplar los ojos recuperados, pudo descubrir el frenesí de placer y locura que había dominado a la mujer mientras permanecía bajo el hechizo del Súpay. Esa visión lo acompañó hasta el final de sus días.

El Duende Sombrerudo o Ckaparilo: otra manifestación del Súpay

Las leyendas santiagueñas sostienen que nadie escapa a la influencia del Súpay, ni siquiera los más pequeños.

Cuando los niños desobedecían y se negaban a dormir la siesta para salir a cazar pajaritos o jugar con la honda, aparecía el Duende Sombrerudo. La tradición aseguraba que los asustaba y los golpeaba con su pesada mano de plomo.

Muchos lo conocen también como Ckaparilo, palabra quichua que significa "gritón". El personaje posee una habilidad inquietante: imita con absoluta precisión el canto y los sonidos de todos los animales del monte, aunque permanece invisible para quienes intentan encontrarlo.

Existe además otra característica que las historias repiten una y otra vez. El Duende, también llamado Petiso, es descrito como muy "chinitero". Le gusta rondar a las muchachas jóvenes y conquistarlas ofreciéndoles dulces a cambio de sus favores, una conducta que transformó a este personaje en otra de las advertencias tradicionales utilizadas por las familias para proteger a las adolescentes.

Las leyendas del Súpay y su legado en el folclore santiagueño

Las historias del Súpay forman parte de uno de los capítulos más fascinantes del patrimonio oral santiagueño. Más que simples relatos de terror, constituyen un legado cultural que durante siglos transmitió valores, advertencias y formas de comprender el mundo que rodeaba a las comunidades del monte.

En una época donde muchas tradiciones corren el riesgo de perderse, recuperar estas narraciones significa mantener viva una parte esencial de la identidad de Santiago del Estero. Cada leyenda conserva la voz de quienes la contaron junto al fogón, en las largas noches del interior o bajo la sombra de los quebrachos.

Desde Leyendas del Folclore Santiagueño seguimos recuperando estas historias para que las nuevas generaciones descubran la riqueza del folclore provincial y comprendan que, detrás de cada mito, también late una parte de nuestra historia. Porque mientras alguien vuelva a contar la leyenda del Súpay, el antiguo misterio del monte santiagueño seguirá vivo.