viernes, 13 de marzo de 2026

Tejedoras de Historia: La Lucha Silenciosa de las Mujeres Santiagueñas

Desde los obrajes coloniales hasta la primera gobernadora, un recorrido por el camino hacia la igualdad en una provincia tradicional

Por Leyendas del Folclore Santiagueño | 13 de marzo de 2026



La memoria que no aparece en los libros

En 1857 mujeres textiles en Nueva York iniciaron una huelga. En 1908 otras murieron calcinadas mientras exigían mejores condiciones laborales. El Congreso Internacional de Mujeres Socialistas eligió ese 8 de marzo como día internacional de la mujer en 1910. Las Naciones Unidas lo ratificarían en 1975.

Pero la historia verdadera se escribió lejos de los congresos mundiales. En talleres silenciosos y hogares humildes donde las mujeres de Santiago del Estero tejieron no solo paños, sino también su propia trayectoria.

Este es el relato de quienes cargaron sobre sus hombros el sostenimiento familiar cuando nadie las contaba. De aquellas que desafiaron órdenes reales y convenciones sociales sin recibir aplausos históricos.

El trabajo invisible

Poco sabemos sobre la situación de las mujeres en los pueblos originarios antes de la llegada de los españoles. Lo que sí emerge de los documentos coloniales es cómo los conquistadores utilizaron su superioridad militar para someter —y especialmente— explotar a las mujeres.

Las encomiendas y los obrajes de paño fueron los escenarios principales de dominación. Alonso de Rivera, gobernador del Tucumán en 1608, denunció ante el rey cómo "pobleros, mulatos y mestizos quitaban las mujeres a los indios". Pero las atrocidades no terminaban allí.

En los obrajes las mujeres hilaban todo el año sin respetar descansos ni fiestas religiosas. Castigos corporales y violaciones eran moneda corriente.

Aunque existía legislación protectora de los indígenas, Santiago del Estero era tan remoto que las leyes nunca llegaban realmente a cumplirse. Solo algunas hijas de españoles recibían educación básica, siempre minoritaria y precaria.

María Antonia: una excepción registrada

En medio de este contexto surgía María Antonia de Paz y Figueroa, proveniente de una familia de raigambre capitular. Su vida estaba limitada al hogar doméstico, reuniones familiares e iglesia. Algo cambió cuando comenzó a frecuentar ejercicios espirituales jesuitas.

A los 15 años se asumió como beata de la Compañía. Cuando expulsaron a los jesuitas en 1767, ella tomó acción: decidió reinstaurar esos ejercicios, no solo para hombres sino también para mujeres. Recorrió el noroeste argentino hasta establecerse finalmente en Buenos Aires.

Su epistolario revela una mujer con fortaleza capaz de superar las restricciones de su tiempo. Su rebeldía radicaba en no aceptar la orden real de expulsión y reivindicar su obra desde su rol femenino.

Teleras y luchadoras

En el siglo XIX las mujeres santiagueñas tenían poca visibilidad en documentos oficiales. Sin embargo, informes como el de José Domingo Iramaín en 1805 señalaban claramente que el principal ingreso de la provincia provenía de los telares, la mayoría accionados por mujeres.

Con la entrada de productos manufacturados extranjeros la labor artesanal fue mermando, pero la participación femenina continuó siendo esencial. Una carta conservada en el Museo Histórico Sarmiento escrita por Pastora Ruiz —una "niña pobre" como se autodefinía— acompañaba una colcha tejida "a costa de mucha paciencia y trabajo durante un dilatado número de meses". En ella pedía atención a la falta de apoyo estatal a estos oficios.

La Educación trajo un cambio significativo. Con las presidencias de Sarmiento y Avellaneda, y la ley Láinez, las mujeres comenzaron a ocupar espacios en el mercado laboral como maestras y profesoras. Poco a poco superaron en número a los hombres, aunque los cargos directivos permanecieron en manos masculinas.

El discurso oficial promovía esto legitimando la división sexual del trabajo: la escuela como prolongación del hogar, donde la mujer estaba "naturalmente dotada" de delicadeza y dulzura necesarias para educar niños.

Desigualdades que saltan a la vista

A pesar de estar integradas al mundo del trabajo, las desigualdades económicas eran evidentes. Según la Memoria Descriptiva de Fazio de 1890, los cocineros cobraban $40 mensuales mientras las cocineras solo $16. Los sirvientes percibían $12 frente a $8 de las sirvientas.

En 1908 ocurrieron las primeras huelgas organizadas por mujeres en Santiago del Estero. Comerciantes del mercado, especialmente verduleras y vendedoras del campo, iniciaron protestas contra el aumento del derecho de sisa municipal. Apoyadas por el Partido Socialista y el diario El Pueblo, tras días de manifestaciones portando escobas como estandarte, consiguieron su objetivo.

Perón y los derechos conquistados

Con el peronismo llegó uno de los derechos más trascendentes: el voto femenino. Eva Perón, aunque criticaba formalmente a las feministas, estimuló el protagonismo social de la mujer argentina en la práctica cotidiana. Decía: "Solo las mujeres serán la salvación de las mujeres", y creó el Partido Femenino fuera de la organización política masculina peronista.

En Santiago del Estero, luego de sancionar el voto femenino, las mujeres comenzaron a incorporarse a la Cámara de Diputados. En 1951 se logró la ley que fijaba el pago del aguinaldo para el personal de servicio doméstico. Pero la alianza entre Iglesia Católica, Fuerzas Armadas y empresariado opositor aceleró el golpe militar de 1955, anulado inmediatamente el divorcio vincular que Perón había promulgado.

Dictaduras y resistencia

Durante las décadas de 1960 y 1970 jóvenes hombres y mujeres irrumpieron en la arena política difundiendo ideas de emancipación. Esta fase ascendente fue cortada abruptamente por la dictadura militar, que intensificó el curso reaccionario respecto a la mujer. Isabel Perón ya había prohibido el uso de anticonceptivos y vetado la ley de Patria Potestad.

La ideología de la dictadura enfatizaba que la familia era el "reducto que garantizaba el orden", reforzando la posición subordinada de la mujer como madre y esposa custodio del orden familiar. Hombres y mujeres fueron perseguidos; entre detenidos-desaparecidos, exiliados y cesanteados, las mujeres santiagueñas estuvieron presentes.

Avances y desafíos actuales

La caída de la dictadura abrió espacios democráticos que grupos femeninos trataron de ganar rápidamente. Se desarrollaron numerosos grupos que participaron en Congresos Latinoamericanos de Mujeres y Encuentros Nacionales anuales, promoviendo talleres de discusión sobre problemáticas específicas.

En la actualidad resulta difícil cuantificar la participación de la mujer santiagueña como sujeto histórico. La elección de Cristina Fernández de Kirchner como primera presidenta electa del país da cuenta del avance logrado. No obstante, Santiago del Estero mantiene rasgos patriarcales muy arraigados que coartan la participación femenina en ámbitos públicos.

Su participación en política, amparada por la ley de cupo femenino sancionada durante la última gobernación de Juárez, se ve opacada al momento de ocupar puestos clave donde se privilegia el parentesco sobre la militancia o capacidad para la dirigencia. Marina Aragonés de Juárez, primera gobernadora electa en el siglo XXI, propició medidas favorables como la ley de jubilación para amas de casa, pero no permitió integración plena con hombres en ámbitos partidarios y gubernamentales.

Cierre

La ocupación masculina superó en el censo de 2001 en 23,8 puntos a la femenina en la provincia. Aunque aumentó la participación económica femenina, las mujeres menos calificadas alcanzan registro mayor en tareas informales. En la Universidad Nacional de Santiago del Estero, la asunción de la primera mujer rectora es un hecho auspicioso. Mientras, mujeres campesinas luchan junto a hombres por la defensa de sus tierras.

Sin embargo, la participación no es todavía el signo mayoritario frente a la movilización. Cada mujer que sale de su casa a participar da el primer paso que transgrede el sistema de dominación e impide manipulaciones del patriarcado dominante.

Se requiere un cambio duradero de valores y actitudes que permita a la mujer cumplir un rol equivalente en la vida cotidiana, laboral, gremial y pública. Solo así, mujeres y hombres podrán construir una sociedad más justa e igualitaria.

Porque las teleras de ayer tejen hoy las rutas de nuestra libertad.

Fuente: Adaptación del artículo "La Mujer en Santiago del Estero" de María Mercedes Tenti, disponible en http://historiacriticammt.blogspot.com/2011/03/la-mujer-en-santiago-del-estero-por.html

Marcelo "Cola" Ferreyra, en el recuerdo

 Nota extraída de la revista Santiago Guitarra y Copla, creación del Maestro Juan Carlos Carabajal.


Hablar con Elva Jugo significa ingresar a una marca de recuerdos que tiene que ver con un personaje apasionante: su esposo Marcelo Ferreyra, letrista de folkore santiagueño, hombre de la vieja guardia de músicos y artistas, fallecido en julio de 1992.

La notable capacidad de Marcelo como poeta, su gran visión de folklorista y la cantidad enorme de temas que dejó, son, de alguna manera, indicadores de un camino que debieran seguir, en algún momento, los que se dedican a la tarea de la canción.

Elva Jugo fue durante muchos años su compañera, en la vida y en las letras, y tiene la palabra encendida y clara a la hora de evocar al "Cola i'gallo", como se lo conocía a Ferreyra en el ambiente de los músicos. Esta mujer sencilla que es Elva, que habla con voz medida y sin altisonancias, publicó en 1995 a través del sello Phonodisc una grabación homenaje a su esposo. Son 10 canciones (cuyas músicas pertenecen en su mayoría a Elva) que evocan parte de la muy frondosa producción del escritor santiagueño.

Del lúcido recuerdo de Elva sale un concepto como éste: "Marcelo era extraordinario produciendo temas. Veía algo por la calle que le interesaba, un pájaro, una flor... y era como si entrara en otra dimensión. Cuando volvía, ya tenía completo el tema y me lo recitaba. Tenía una memoria y una facilidad increíble para eso"..

El "Cola" era, según evoca Elva, un hombre muy casero que casi no iba a las reuniones. Eran casi siempre infructuosos los pedidos para una fotografía o un reportaje que documentaran su memoria y su obra. No que ría hacerlo. Ella le preguntaba el por qué; él respondía: "no tiene importancia lo mio, no tiene valor".

Pero la obra del "Cola" sí que tenía importancia. Sus temas fueron grabados por primerísimas figuras del canto argentino (Chalchaleros, Manseros Santiagueños, Zamba Quipildor, Cantores del Alba, Los Santiagueños, entre muchos otros), Lo cual confirma la trascendencia que su mismo autor, un hombre solitario y triste, les negaba.

Historia de amor y de vida

 “El venía a mi casa -recuerda Elva - en calle Unzaga, entre Chacabuco y Patagonia, pues era amigo de una de mis hermanas. Curiosamente, allí nunca lo vi, no lo conocí. Estando en Buenos Aires, tras volver de un viaje de Bolivia adonde estuve establecida un tiempo, mis hermanas sugirieron ir a dar un paseo. Yo por entonces atravesaba una fuerte crisis de depresión por la enfermedad de mi padre. Entonces nos encontramos durante ese paseo, de noche y Marcelo se acercó a saludar a mi hermana. Ahí nos conocimos. Luego de esa vez nunca más nos separamos. Fueron 28 años. Finalmente compramos una casa en Glew, un pueblito lindo de la provincia de Buenos Aires, a 39 minutos de Constitución, que es el lugar en que vivo".

MI AMIGO TIENE UNA PENA / SOLEDAD, TIERRA Y QUIMERA / AUSENCIAS DEL PAGO VIEJO AMORES, MADRE, QUERENCIA. / COPLERO DE CIUDAD Y MONTE / DE RAZAS DESHEREDADAS /PERO REVIVE EN TUS COPLAS/PUEBLOS, CAMPOS Y TU INFANCIA. / COPLERO DE LOS SILENCIOS / DEL AMOR, ALMA Y VIDALA / CANTANDO TUS DULCES ZAMBAS/VUELVO A MI TIERRA LEJANA./ MARCELO COPLA FERRERYA / SONCOY BU- LIA DE MI PECHO/HOY TE CANTA AGRADECIDO ESTE CANTOR SANTIAGUEÑO./

"Coplas para un coplero", de Shalo Leguizamón y Germán Gómez, es una canción dedicada a la figura del poeta santiagueño. Es además una de las obras que inspiró el recuerdo de quien fuera prolífico letrista (oficio que cuenta con prestigiosos nombres: Pablo R. Trullenque, Vicente Castiñeira, y siguen las firmas). "También Felipe Rojas -nos apunta Elva- le escribió un hermoso tema, lo que demuestra el cariño y el afecto con que se lo recuerda".

Pedro Segundo Rojas Cuozzo, historiador de vivencias santiagueñas, también tiene lo suyo para decir acerca de Marcelo Cola i gallo" Ferreyra. "Tenía la mirada puesta en la belleza del cielo santiagueño comienza. Y como una forma de ejemplificar la inventiva de Ferreyra recurre a una anécdota: "en el barrio se ganaba la admiración de todos al hacer letras en forma de parodias en base a canciones conocidas. Luego ingresó en una academia de danzas y se lo distinguía por su elegancia para bailar la zamba. Tengo en el recuerdo noches interminables de amigos, zapateos, guitarra y bombo".

Transcurre la charla y la palabra bohemio surge casi de manera obvia para describir la personalidad de Marcelo Ferreyra. Casi de manera automática, Elva corrige sobre la marcha...

"... era un bohemio muy pulcro, uno muy especial. A pesar de que parecía jocoso era tímido al extremo. Cuando llegaba a un lugar y no conocía a nadie, pegaba la vuelta y se iba. Tenía una cantidad de amigos que lo querían y lo respetaban.

¿Cuál fue la primera canción que le grabaron a Marcelo?

"Chacarera del finado", por Los Chalchaleros. Marcelo conoció a Ernesto Cabezas en la provincia de Buenos Aires, cerca de Merlo. Marcelo tenía la costumbre de silbar despacio cajonear sobre su pecho. Y Cabezas (que no lo conocía hasta entonces) iba sentado a la par en el tren; lo escucho y de inmediato trabaron amistad. Marcelo le canto la chacarera, Ernesto se entusiasmó llevó la propuesta al conjunto de grabársela. También era amigo de Juan Carlos Saravia.

Otros amigos de Marcelo eran Los Manseros Santiagueños

Los quería mucho a Los Manseros: también era amigo de Zamba Quipildor, que le grabo varios temas. También Mercedes Sosa le grabo una canción: "Cuando muere el angelito". Fue muy amigo de Juan Carlos Aguirre de Los Cantores del Alba. Muchos conjuntos importantes llevaron la poesía de Marcelo a distintos puntos del globo.

Nuevamente el que habla es Pedro Rojas Cuozzo: "otra cualidad de Marcelo  Ferreyra que lo distinguía de los adolescentes del barrio, Cuando digo el barrio me refiero al lugar de reunión, Avenida Roca y calle Catamarca.

Marcelo fue un excelente ejecutante de bombo. En el barrio se comentaba que Los Chalchaleros querían tenerlo para que les tocara el bombo a la usanza salteña. Marcelo no congenio con esa propuesta y no ingreso al conjunto. Después, en su andar con el arte nativo fue desarrollando su vuelo poético y lo demostró con su "Zamba del Cuarto Centenario", que había escrito con motivos de los festejos que se avecinaban por la fundación de nuestra ciudad. Afirmado sobre una pared y cajoneando sobre su pecho con las manos, nos cantó la zamba. Las autoridades del Consejo General de Educación oficializaron la zamba para que fuera enseñada en las escuelas".

En su cotidianeidad matrimonial, Marcelo y Elva Jugo conjugaron dos roles: esposos y creadores. Nos dice que era la cosa más natural, algo que ocurría a diario: "Marcelo hacia una letra y me pregúntala si podía ponerle música. Sucedió con María sin luz y con El niño del pájaro, un tema que hicimos para Hugo Díaz que no se conoció. Con Marcelo escribimos muchas canciones. Después de su muerte hice Alma vidalera, sobre una letra”.

 

Fuente: Nota extraída de la revista Santiago Guitarra y Copla, creación del Maestro Juan Carlos Carabajal.

jueves, 12 de marzo de 2026

Carlos Sánchez Gramajo: El pincel y el alma de Santiago del Estero

Un 11 de Marzo de 1919 Nace en Colonia Dora, Departamento Avellaneda, provincia de Santiago del Estero, Carlos Sánchez Gramajo, dibujante, pintor, escultor, docente y funcionario.

 

Óleo sobre madera del destacado pintor Sánchez Gramajo (1919-1991). Representa una anciana sentada, bordando.

Desde su infancia lo acompañaron las imágenes de su tierra natal, y es así como su formación artística comienza con la orientación de su madre, continúa con la enseñanza del arquitecto Aníbal Oberlander y el seguimiento de los maestros Victorica, Policastro, Berni y Soldi. Egresó como Maestro Mayor de Obras en la Escuela Industrial de la Nación. Se crió en una geografía que lo motivó para la creación de sus grandes obras. Fue un amante de su provincia natal y gran caminador de ella, encontrando siempre motivos para pintar. Su obra se refleja a través de vivencias que lo han llevado a retratar costumbrismos (carreras cuadreras, animales de riña), particulares figuras humanas, o el paisaje límpido y grato de su tierra. Sus preferidos fueron los montes y rostros de sus gentes que retrató con magnífica sencillez. No faltaron en sus paisajes árboles típicos de cada zona, pájaros y animales autóctonos, que fue plasmando en telas para dar forma a cada uno de sus reconocidos trabajos. Apreciar un rostro santiagueño pintado por Carlos Sánchez Gramajo es alcanzar a ver la realidad de nuestra gente, por cada arruga de piel, un sufrido camino recorrido, por cada mirada perdida como repasando el tiempo, la desesperanza y el olvido. Sólo el supo y pudo darle esa expresión tan sentida como lo fue su vida y sus raíces. Su estilo está dentro de un realismo subjetivo, que trata de sugerir elementos anímicos, temperamentales y sicológicos del medio y las figuras que le sirven de tema. Comienza a exponer en 1943, dentro de la provincia y fuera de ella, participa en salones y certámenes y obtiene importantes distinciones. En 1959 interrumpe sus presentaciones en salones y muestras para ejercer el cargo de Secretario Académico y la cátedra de Dibujo y Pintura en la Academia Nacional de Bellas Artes Juan Yaparí, siendo uno de sus fundadores. En ese periodo efectúa el diseño y ejecución de varios edificios destacados en el patrimonio arquitectónico de Santiago del Estero, como el Casino de las Termas de Río Hondo.

En 1965 se desempeña como director del Museo de Bellas Artes Ramón Gómez Cornet, y en 1968-1969 como director de Cultura de la Provincia. En 1976 retoma su quehacer artístico dentro de la figuración subjetiva que transmite estados anímicos; plasma las circunstancias que le ha tocado vivir. Domina todas las técnicas, desde acuarelas y óleos hasta temperas, carbonilla, pasteles y lápiz, sin inclinarse preferentemente por ninguna. Su paleta se inclina por los tonos ocres, verdes y amarillos. Incursionó también en la escultura, especialmente en la talla de madera. Supo trabajar la madera y darle la forma del amor, la amistad y la gratitud. Las manos siempre entrelazadas de sus esculturas dan fe de ello, la mano franca y amistosa rodeada de un halo de misterio, la mano del santiagueño. Las manos estilizadas, que se elevan en silenciosa plegaria espiritual. En el patio de su casa natal creció un robusto algarrobo donde jugaba de niño, el árbol murió de viejo, pero reencarnó en una de las más grandes esculturas del artista: El Cristo Santiagueño. La cruz mide aproximadamente 2 metros de altura y el Cristo fue tallado con tal exactitud fisonómica que, repasándola con la yema de los dedos, pueden hasta contase las vértebras del cuerpo.

Entre sus trabajos de temas religiosos, cabe destacar una obra consistente de seis lienzos con escenas de paisajes bíblicos que efectuó para la Capilla de San Antonio de Padua, de Colonia Dora, su tierra natal. Carlos Sánchez Gramajo, fue y será uno de los importantes y exponentes del movimiento plástico de Santiago del Estero y ocupa un lugar destacado en la cultura de esta provincia. Sus obras cotizan en importantes galerías de arte nacionales y del extranjero. Falleció en Santiago del Estero el 2 de Septiembre de 1992. Carlos Sánchez Gramajo, ocupa un lugar destacado en la cultura, sus obras forman parte de colecciones privadas y oficiales.

Los dibujos y pinturas de Carlos Sánchez Gramajo están realizados dentro de la figuración objetiva de la forma, pasando por la subjetividad, cubismo, futurismo, abstracción y expresionismo. Esto queda definido en las propias palabras del artista: "...Diversas etapas reconoce mi actividad profesional. Distintas corrientes estéticas han conformado y conforman las expresiones que deseo realizar dentro de la plástica”. “Cada corriente me iba aportando nuevas técnicas y me habría numerosos panoramas visuales, en cuanto a la forma de interpretar el panorama ambiental de mi medio... Con la decantación de estos elementos y luego de interpretar a mi provincia y al santiagueño en sí, me encuentro en la necesidad de realizar -con cierta subjetividad- un lenguaje plástico que se identifique con el espíritu de potencialidad y eterna espera poética del hombre santiagueño.

Fuente: Patrimonio DE Santiago DEL Estero/FBK

martes, 10 de marzo de 2026

El Poeta del Salitral: La Huella de Cristóforo Juárez

 


Fue una de las principales personalidades de la cultura santiagueña y de la región. Maestro, docente, escritor, poeta, investigador, periodista, deportista. Un hombre muy comprometido con las raíces de su tierra natal.

Nació en el paraje Cuyoj, en el departamento Banda, el 24 de julio de 1900. Sus padres fueron don Vicente Juárez y doña Rosario Páez Jerez. Fueron ellos los que advirtieron el desarrollo que tenía el gran pueblo Banda, y eso los llevo a instalarse más cerca de la floreciente ciudad. De esa manera se trasladaron al lugar denominado San Carlos, en el mismo departamento Banda. La familia estaba conformada por siete hermanos, cuatro varones y tres mujeres.

A los nueve años, Cristóforo quedó huérfano de padre. Fue su madre una matrona con fuertes principios cristianos, quien quedó a cargo de sus siete hijos.

Había heredado de su esposo varias hectáreas de campos, y con los frutos de la tierra crió y educó a sus hijos.

El docente

A los dieciséis años se recibió de maestro en la Escuela Normal de La Banda y su primer trabajo como docente fue en Verón, departamento Salavina. De esa manera y allí en relación con la naturaleza y su problemática, esa influencia telúrica de ese hábitat fue lo que trasuntó tiempo después en su obra. Allí captó el conocimiento profundo del monte santiagueño que luego afloró en el poeta y escritor.

Ya casado, junto con su esposa Clara Rosa Caporaletti se trasladó a Suncho Corral y en una escuelita de Azogasta, departamento Sarmiento, a orillas del río Salado, en plena región shalaca santiagueña, continuó su etapa como maestro, para luego trasladarse a la ciudad de La Banda, al barrio La Isla, donde se jubiló como director de su querida Escuela Nacional 409, que él mismo había acunado en su casa, donde vivía con su familia (1955).

Llegó a ocupar el más alto cargo que puede aspirar un docente en Santiago del Estero, fue presidente del Consejo General de Educación y también fue vocal de este estamento oficial.

Obra literaria

Su primer libro “Reflejos del salitral” data del año 1939, con dos ediciones más en 1951 y 1973. Se destacan allí, entre otros poemas, las vidalas restauradas y la poesía dialectal, subtitulada “Brazos de carbón”. En esa obra literaria, con prólogo del escritor, poeta, investigador y abogado santiagueño Bernardo Canal Feijóo, don Cristóforo rescata el valor de la soledad y el dolor por el misterio del monte: ”Me he bañado en la luz de sus lunas nevadas y he pasado corriendo, como sombra ligera de una nube lejana, sin dejarle mis rastros, sin dejarle mis lágrimas, tan salobres y amargas, que se estancan en mi alma como un gran salitral”.

Fue esta obra literaria la que le permitió a nuestro apasionado, respetuoso, sencillo poeta ingresar en ese prestigioso y recordado cenáculo de la historia literaria y política santiagueña: La Brasa.

Esta institución muy cerrada lo admitió en los últimos años de su existencia. Pablo Rojas Paz dijo de nuestro protagonista: “Los que entendemos su lenguaje telúrico llegamos hasta la esencia de su poesía de pueblo castigado, de alma sedienta, de sol rajante, de ceniza caliente, de árbol con las raíces del aire…”.

En 1956 estrena con mucho éxito en el Teatro 25 de Mayo, su obra teatral “La Rubia Moreno”, un drama en tres actos y que fue repuesta muchos años después en 1984.

Don Cristóforo le dedicó como un auténtico eje de su obra un poema a “la Rubia Moreno” y además realizó una investigación histórica de la vida de esta mujer bandeña, Santos Moreno, y su actuación en las luchas por la Independencia provincial y nacional (publicada con estilo periodístico por el diario EL LIBERAL el 18/11/1979) .

Después de algunos años, manifestó su obra con la edición de otra publicación literaria: “Cantares” (1972), allí incluyó chacareras, zambas, gatos, vidalas y coplas, muchas de ellas de carácter histórico y descriptivo (“Romance del Chasqui Venancio Caro” o “Pampa de los Guanacos”. Esta obra sirvió a muchos músicos y cantores para rescatar viejas letras del folclore poético. Allí nuestro poeta dice: “El hombre santiagueño está identificado con el paisaje que lo rodea por la copla, expresión simple y llana; madura de elocuencia y de honda raigambre sentimental”.

En el año 1974 apareció “Llajtay” (pago mío), que es un estudio de carácter histórico-literario en prosa y en verso sobre los orígenes de La Banda, sus personajes, tradiciones, sus árboles, anécdotas de niño, el tren real que unía Buenos Aires con el norte. Ahí demuestra su valoración hacia lo que él consideraba su pueblo. “Absalón el cautivo”, “Carnavales bandeños”, “Los quebrachos colorados”, o sus relatos sobre Antajé, El Polear y Cúyoj, nos conceden a todos los santiagueños el conocimiento profundo de un indiscutible hombre de las letras santiagueñas que marcó el rumbo de esa expresión.

En 1979 nos entrega “La vara prodigiosa”, allí se muestra como un consumado autor de sonetos con entonación filosófica.

Y su obra póstuma “Coplas maduras”, editada por sus hijas y su familia en el año 2011, es una recopilación de varios textos que él no llegó a editar. Allí abundan sus poesías, varias inéditas, letras con métrica de chacareras, zambas, vidalas, todas con esa sangre santiagueña que brotó desde su corazón y que su familia rescató para que su obra perviva en la literatura y el cancionero popular folclórico.

Debemos acotar también que colaboró con destacadas revistas literarias en nuestra provincia como “Picada”, “Vertical” y también en los prestigiosos “Cuadernos de Cultura” en los años setenta.

Su obra musical

Son innumerables los músicos y compositores santiagueños que fundamentaron con melodías sus textos literarios. Sus palabras fueron rescatadas y hoy conforman ese legado vernáculo donde aflora constantemente la esencia tradicional en simbiosis con el ser santiagueño y nacional.

Su primera obra registrada en Sadaic data del año 1964, un 24 de abril y es tal vez la canción que debe tener más versiones. Me estoy refiriendo a la chacarera “A la sombra de mi mama”, con melodía de don Carlos Carabajal.

La familia Carabajal, tanto don Carlos como Agustín, Cuti y Peteco, fueron cautivados por la obra de don Cristóforo Juárez. Pero no fueron los únicos, debemos agregar a esa gran lista nombres prestigiosos del cancionero popular santiagueño de raíz folclórica como: Los Hermanos Simón, Alberto Pérez, Leocadio Torres, Los Hermanos Luis y Antonio Ríos, Orlando Gerez, Juan Díaz, Álvaro Capello, Eduardo Marcos, Hilario Pueyo, Manuel Augusto Jugo, Fortunato Juárez, entre otros, que en dúo autoral con don Cristóforo nos ofrecen manifestaciones musicales de honda influencia musical y poética que se transformaron con el tiempo en cabales enseñanzas para las nuevas generaciones de músicos, cantores, poetas y compositores santiagueños y argentinos que cargan en sus destinos la herencia, convicción y propagación de un mensaje musical que representa la cultura popular de un pueblo.

Cristóforo Juárez pertenece a la especie de esos artistas de una meritoria labor como cronista de la historia, tradiciones y costumbres de su tierra natal, cimentando desde su lugar de escritor, autor, poeta, investigador y periodista, esa búsqueda de representar y dejar constancia de los hechos que marcaron el rumbo y la tradición cultural de esta provincia cuatro veces centenaria.

                     Por: Miguel Coria

Reseña de El Chaco Santiagueño (1921)



Cuando Casimiro González Trilla publicó El Chaco Santiagueño en 1921 no buscaba escribir un tratado académico. Quería contar lo que vio, lo que escuchó y lo que le dolía de una zona de Santiago del Estero que, para la provincia, casi no existía. Hoy, más de cien años después, ese libro sigue siendo la puerta de entrada para entender aquella región.

Contexto y propósito

Trilla se propuso sacar del olvido al Chaco santiagueño. Muchos lo consideraban un rincón marginal, pero él supo que, por su extensión y por sus bosques, era la columna vertebral del sur provincial. No se limita a describir: denuncia. Denuncia el abandono de las autoridades y la tala desenfrenada de los montes, que dejaba a la gente sin recursos. Pero, al mismo tiempo, no cae en el lamento: apunta a un desarrollo posible, equilibrado, integrado realmente a la provincia.

La mirada histórica

El libro empieza por las raíces. Trilla recorre la ocupación colonial sin romanticismos. Explica cómo los juríes, los tonocotés y los vilelas habitaban esas tierras, resistieron a la conquista y fueron lentamente desplazados. La incorporación plena del Chaco al territorio provincial, cuenta, no ocurrió hasta el siglo XIX, cuando la expansión ganadera y agrícola empujó la frontera hacia el oeste. No fue un proceso pacífico; fue la derrota final de un modo de vida.

La riqueza natural

Aquí está lo más concreto del texto. Trilla dedica páginas exactas a los árboles: quebracho, algarrobo, mistol, chañar. No son simples datos botánicos; son la economía de cientos de familias. Describe cómo funcionaban los obrajes: el trabajo agotador, los salarios miserables, la gente que migraba de monte en monte siguiendo la tala. Y no oculta las consecuencias: deforestación acelerada, suelos erosionados, comunidades enteras a la deriva. La fauna y la flora, para él, no son datos de museo: están entrelazadas con la vida cotidiana de quien vive bajo el monte.

La vida social y cultural

Lo más vibrante del libro son estas páginas. Trilla se sienta a tomar mate, asiste a una fiesta patronal, escucha los relatos junto al fogón. Relata las costumbres sin exotismo: cómo se trabajaba, qué se comía, cómo se curaba una herida con hierbas del monte, las creencias mezcladas de lo indígena y lo católico, los cantos que se transmitían de boca en boca. No juzga; observa. Y su descripción —sencilla, sin adornos— transmite la dureza del medio y la ingeniosidad de sus habitantes para sobrevivir en él.

Crítica y propuestas

Trilla no se queda en lo descriptivo. El libro es, también, un reclamo concreto. Pide vías de comunicación, escuelas, un control real sobre los permisos de explotación forestal. Su idea central sigue vigente: el Chaco puede crecer sin que desaparezcan sus bosques ni su gente. Desarrollo, sí —pero con cabeza.

Valor historiográfico

Por eso el libro no envejeció. Trilla combinó archivos provinciales, testimonios orales y su propia observación de campo. Escribe con claridad, sin jerga, y con una pasión contenida que nunca se vuelve sensiblera. Cualquier estudio serio sobre la historia social o económica del sur santiagueño parte de aquí.

Conclusión

El Chaco Santiagueño es, sencillamente, un acto de justicia. Trilla le devolvió la voz a un territorio silenciado y demostró que su historia no es un apéndice, sino una parte esencial de la identidad de Santiago del Estero. Hoy, al leerlo, sigue sonando como un testimonio vivo.

Fuente: Casimiro González Trilla, El Chaco Santiagueño, 1921. Edición del autor. Impreso en El Liberal. / Santiago del Estero, Historia y Cultura


Santiago del Estero, Historia y Cultura

lunes, 9 de marzo de 2026

La Placita de las Chismosas: cuando el rumor dibujó un lugar

 


 Santiago del Estero camina hoy con el ritmo de una ciudad moderna. Las calles se llenaron de cemento y acero, los edificios altos desplazaron a las viejas casonas, y muchas costumbres que antes marcaban la vida cotidiana se fueron apagando con los años. Por eso vale la pena rescatar pequeñas historias del pasado. No por nostalgia, sino porque en ellas se entiende cómo nacen los lugares y por qué ciertos nombres sobreviven al tiempo.

La historia empieza antes de que demolieran la antigua casa de Pedro San Germés, en la esquina de Avellaneda y Buenos Aires. Hoy, en ese punto, se levantan tres figuras de mármol colocadas por la Municipalidad muchos años después. Pero antes de la plaza y de las estatuas, lo que había allí era algo más simple: una esquina donde se reunían las mujeres del barrio.

No tenía carteles ni placas. Era, apenas, un punto de encuentro. Sin embargo, para quienes vivían en la zona, ese rincón tenía vida propia.

Corrían los años de la década de 1910. Santiago todavía funcionaba como un gran pueblo: todos se conocían y las noticias viajaban rápido. En ese ambiente apareció una mujer que no tardó en llamar la atención. Había llegado desde Santa Fe, tenía ojos verdes musgo, una risa fácil y una belleza que destacaba demasiado para la moral reservada de la época.

Estaba casada con un abogado prestigioso, hijo de una familia antigua de la ciudad. Había estudiado y volvía con título bajo el brazo, algo poco común entonces. Su forma de moverse, de conversar, de mirar a los demás parecía romper ciertos códigos sociales que en Santiago se respetaban casi sin discutir.

El comentario empezó a circular pronto.

Alguien dijo haberla visto hablando demasiado tiempo con un ministro durante una cena del gobernador. Otro juraba que sonreía a desconocidos con una confianza que parecía impropia. También se comentó que dos matrimonios estuvieron cerca de romperse por miradas que, según algunos, iban más allá de la simple cortesía.

Nadie la nombraba directamente. Entre murmullos la llamaban “la Cosa”. El anonimato tenía un motivo: sus descendientes todavía caminan por estas calles, orgullosos de su apellido.

Las mujeres del pueblo, guardianas de la memoria oral, reaccionaron con firmeza. Dejaron de invitarla a reuniones, evitaban cruzarla en la vereda y nunca se la vio en los encuentros sociales donde antes participaba. El rechazo fue claro.

Pero, curiosamente, ese mismo rechazo terminó volviéndola parte de la historia local.

Cada tarde, cuando las vecinas regresaban del mercado o salían de misa, muchas terminaban en la esquina de San Germés. Allí se detenían unos minutos. Comparaban lo que habían escuchado, agregaban detalles, corregían versiones. El comentario crecía, cambiaba, se volvía relato.

Con el tiempo, la esquina dejó de ser solo una intersección. Algunos empezaron a llamarla el Rincón del Pelele, un apodo dirigido al marido, al que describían como rígido y algo ingenuo. Otros usaban un nombre que terminaría imponiéndose: la Esquina de las Chismosas.

Dos o tres mujeres conversando allí bastaban para que alguien supiera que había una historia nueva circulando.

Con los años, el escándalo perdió fuerza. La mujer quedó embarazada, envejeció y murió ya mayor, después de pasar toda una vida bajo la mirada curiosa del pueblo. Sin embargo, la costumbre de reunirse en esa esquina siguió existiendo.

Décadas más tarde, la Municipalidad decidió demoler la casa de San Germés y convertir el terreno en una pequeña plaza. Oficialmente recibió el nombre de Antonio Castiglione, grabado en letras grandes sobre el frente.

Pero la gente siguió llamándola de otra manera.

Para los santiagueños, ese lugar ya tenía identidad: la Placita de las chismosas.

Tiempo después, para embellecer el espacio, la comuna instaló tres estatuas de mármol blanco. Son figuras delicadas, inspiradas en la estética clásica. A partir de ahí empezó una confusión que todavía circula: muchos creen que el nombre de la plaza proviene de esas esculturas.

La historia real es la contraria.

Primero existió el rumor. Después nació la plaza. Y recién al final llegaron las estatuas.

Las figuras de piedra no dieron origen al nombre. En todo caso, terminaron rindiendo homenaje silencioso a aquellas mujeres que, con sus conversaciones de esquina, habían convertido ese lugar en algo más que un simple cruce de calles.

Hoy, sentarse en un banco de la placita al caer la tarde tiene algo de viaje en el tiempo. Entre los árboles y el ruido lejano del tránsito todavía se percibe esa vieja costumbre de contar historias.

Porque Santiago no está hecho solo de calles y edificios. También está hecho de voces, de rumores, de pequeñas escenas que se repiten durante años hasta volverse parte del paisaje.

Los lugares, al final, no nacen por decreto.

Nacen del uso que la gente hace de ellos.

Y en la esquina de Avellaneda y Buenos Aires, ese origen fue, sin dudas, un chisme compartido.

Con información de: ramirezdevelazco.blogspot.com


domingo, 8 de marzo de 2026

Dr Ramón Carrillo

 Ramón Carrillo, el primer ministro de Salud de la Nación, considerado como el padre de la medicina preventiva y social en la Argentina.



Luego de cursar sus estudios primarios y secundarios en Santiago del Estero, cursando su carrera de Medicina en la universidad de Buenos Aires. Fue tan brillante en sus estudios que obtuvo en 1929, la Medalla de Oro al mejor alumno de su promoción.

Desde estudiante se orienta hacia la neurología y la neurocirugía, colaborando con el Dr. Manuel Balado, eminente neurocirujano de la época, con quien realiza sus primeros trabajos científicos. Obtiene una beca universitaria para perfeccionarse en Europa en su especialidad. Allí, trabaja e investiga junto a los más destacados especialistas del mundo, entre ellos Cornelius Ariens Kappers.

Regresa a Buenos Aires en plena “Década Infame”, donde puede vivenciar el sistemático saqueo y destrucción que sufre Argentina, en un periodo caracterizado por la decadencia moral de la dirigencia, donde se impone la corrupción, el negociado, la enajenación del patrimonio nacional y el empobrecimiento de una gran mayoría poblacional. Adhiere entonces al pensamiento nacional que toma auge en aquella época. Complementa su educación científica con ideas políticas y formación cultural.

Se vincula con hombres como Homero Manzi, claro representante de nuestra cultura y de las nuevas ideas, y la escuela neurobiológica argentina activa en el Hospicio de las Mercedes y el Hospital de Alienadas, luego hospitales Borda y Moyano. Durante esos años se dedica a la investigación y a la docencia, hasta que en 1939 se hace cargo del Servicio de Neurología y Neurocirugía del Hospital Militar Central. Este cargo le permite conocer con mayor profundidad la realidad sanitaria del país. Toma contacto con las historias clínicas de los aspirantes al servicio militar, procedentes de toda la Argentina, y puede comprobar la prevalencia de enfermedades vinculadas con la pobreza, sobre todo en los aspirantes de las provincias más postergadas. Lleva a cabo estudios estadísticos que determinan que el país sólo contaba con el 45% de las camas necesarias, además distribuidas de manera desigual, con regiones que contaban con 0,00% de camas por mil habitantes. Confirmó de esta manera sus recuerdos e imágenes de provincia, que mostraban el estado de postergación en que se encontraba gran parte del interior argentino.

En 1942, con sólo 36 años, gana por concurso la titularidad de la cátedra de Neurocirugía de la Facultad de Ciencias Médicas de Buenos Aires. Brillante era su carrera en el mundo científico y académico. Sin embargo, los sucesos históricos harían cambiar radicalmente el destino de su vida y de sus pasiones. Son precisamente estos hechos los que harían que la figura de Carrillo tome dimensiones trascendentes. Grandes cambios se producen en el país: en 1943 es derrocado el régimen de Castillo y asume un gobierno militar. En este contexto conoce en el Hospital Militar al Coronel Juan Domingo Perón, con quien comparte largas conversaciones.

Es precisamente el Coronel quien convence al Dr. Carrillo de colaborar en la planificación de la política sanitaria de ese gobierno. Luego Perón llegaría a la presidencia, por vía democrática, y confirma al Dr. Carrillo al frente de la Secretaría de Salud Pública, que posteriormente se transformaría en el Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social de la Nación. 

Difícil es enumerar la prolífica obra del Dr. Carrillo frente a esta cartera. Lleva a cabo acciones que no tienen parangón hasta nuestros días. Esta revolución sanitaria, diseñada y llevada adelante por Ramón Carrillo, aumentó el número de camas existentes en el país, de 66.300 en 1946 a 132.000 en 1954, cuando se retira. Erradicó, en sólo dos años, enfermedades endémicas como el paludismo, con campañas sumamente agresivas. Hizo desaparecer prácticamente la sífilis y las enfermedades venéreas. Disminuyó el índice de mortalidad por tuberculosis de 130 por 100.000 a 36 por 100.000. Terminó con epidemias como el tifus y la brucelosis. Redujo drásticamente el índice de mortalidad infantil del 90 por mil a 56 por mil. Todo esto, dando prioritaria importancia al desarrollo de la medicina preventiva, a la organización hospitalaria, a conceptos como la “centralización normativa y descentralización ejecutiva”. Sin embargo, el legado más importante que dejó el Dr. Carrillo fueron las ideas, principios y fundamentos que acompañaron este accionar. A decir de sus palabras, citamos, las siguientes: “Los problemas de la Medicina como rama del Estado, no pueden resolverse si la política sanitaria no está respaldada por una política social. Del mismo modo que no puede haber una política social sin una economía organizada en beneficio de la mayoría.”; “Solo sirven las conquistas científicas sobre la salud si éstas son accesibles al pueblo.”; “Frente a las enfermedades que genera la miseria, frente a la tristeza, la angustia y el infortunio social de los pueblos, los microbios, como causas de enfermedad, son unas pobres causas.”; “Si yo desaparezco, queda mi obra y queda la verdad sobre mi gigantesco esfuerzo donde dejé mi vida.“ Este hombre formado en el pensamiento científico renunció al prestigio que podía brindarle su carrera para dedicarse al desarrollo de la medicina social, lugar desde donde podía realizar y concretar sus ideas sobre salud. Muere a los cincuenta años, pobre, enfermo y exiliado, recibiendo por correo aportes de un amigo.