viernes, 11 de septiembre de 2026

Remedio Atamisqueño: el galanteo esquinado que nació en el monte santiagueño

 


Hablar de folklore santiagueño es hablar de quichua, de monte y de un ritmo que se mete en las piernas. Pero hay una danza que destaca por su picardía y su elegancia: el Remedio Atamisqueño. No es solo un baile; es un juego de seducción donde los pañuelos y las miradas hacen el trabajo pesado.

El hombre detrás de la danza

Para entender de dónde sale, hay que ir a la fuente: Bailón Peralta Luna. Nacido el 24 de mayo de 1910, Bailón no era solo un bailarín; era profesor, poeta y un obsesivo recopilador de las tradiciones de su tierra.

Junto a su hermano Luis Alberto formó un dúo fundamental. De esa sociedad salieron piezas como la danza “El caballito”, la zamba “Pensando en tu olvido” y la “Resbalosa Atamisqueña”. También le debemos la emblemática “La santiagueña”. Bailón murió en 1967, a los 57 años, pero dejó el folklore argentino marcado a fuego.

Atamisqui: cuna de quichua y de un baile con truco

El Remedio Atamisqueño tiene su cuna en el pueblo de Atamisqui, un bastión histórico de la lengua quichua santiagueña.

Bailón agarró las figuras del "Remedio" tradicional y las llevó a su terreno. ¿Qué cambió? El orden, la extensión musical y, sobre todo, la forma de bailar: lo hizo "esquinado".

Un juego de seducción

Técnicamente, es una danza argentina de pareja suelta y movimiento vivo. Acá los bailarines no se tocan; el galanteo se conquista con el cuerpo y el pañuelo. Pedro Berruti, en su clásico libro Danzas Nativas, lo describió con una precisión que pinta la escena perfecta:

"En su juego coreográfico el caballero festeja asiduamente a su compañera en las esquinas y en las vueltas, luciendo airosos movimientos de pañuelo y le brinda las mejores galas en sus zapateos. La dama, que no le huye a los arrestos de aquel, muestra su donaire tanto en los movimientos del pañuelo como en sus zarandeos y da finalmente su beneplácito a las demandas de su compañero en la coronación, que puede estar engalanada con figuras de pañuelo."

Si te interesa la estructura musical, la cosa es precisa: la danza tiene una introducción y 56 compases de baile. Tanto las esquinas como los zapateos se resuelven en cuatro compases cada uno.

El misterio de su origen

Acá hay un detalle que siempre genera debate entre los estudiosos. Bailón presentó el Remedio Atamisqueño como una danza folklórica, de esas que se transmiten de generación en generación en los pueblos.

Sin embargo, los grandes investigadores de nuestras danzas, como Carlos Vega o Isabel Aretz, nunca la mencionaron en sus estudios sobre el acervo autóctono. ¿Fue una creación de autor que Bailón adaptó para que el pueblo la sintiera propia? ¿O simplemente quedó fuera de los radares de los grandes recopiladores? El origen exacto sigue siendo una incógnita, y eso, en el folklore, siempre le suma valor.

De los discos de pizarra a la inmortalidad

La historia discográfica de la danza también tiene su peso. La primera grabación conocida es de Los Violineros Santiagueños, registrada en aquellos míticos discos de pizarra de 78 rpm del sello TK.

Con los años, la pieza pasó a los equipos de grandes referentes: Waldo Belloso la grabó para el sello Opus Gala, y Marta Viera junto a sus Monterizos la llevaron a Odeón.

Más allá de los datos duros, el Remedio Atamisqueño sigue vivo cada vez que suenan los violines en una peña. Es un recordatorio de que el folklore no es una pieza de museo, sino un lenguaje que se actualiza, se pisa y se siente. La próxima vez que veas a una pareja bailar esquinado, fijate en los pañuelos y en cómo se miran. Ahí está la esencia de Santiago.

Fuente consultada: www.edisalta.ar

 

Chaco Seco: veinte años que cambiaron el paisaje de Santiago del Estero

 Una investigación de la UNSE analizó las transformaciones del territorio santiagueño entre 2000 y 2020 y puso el foco en una pregunta que va mucho más allá del desmonte: ¿qué cambia realmente cuando cambia el monte?

Parque nacional Copo

Una investigación de la UNSE analizó las transformaciones del territorio santiagueño entre 2000 y 2020 y puso el foco en una pregunta que va mucho más allá del desmonte: ¿qué cambia realmente cuando cambia el monte?

Hay paisajes que parecen eternos, y el monte santiagueño es uno de ellos. Está ahí desde siempre, acompañando caminos, pueblos y comunidades. Forma parte de una geografía que aprendimos a reconocer casi sin pensarlo: árboles, animales, tierra seca, calor, silencio y una vida que muchas veces pasa inadvertida.

Pero el paisaje no permanece igual.

Entre 2000 y 2020, grandes transformaciones modificaron el territorio del Chaco Seco en Santiago del Estero. Una investigación realizada por un equipo de la Universidad Nacional de Santiago del Estero analizó ese proceso y sus consecuencias, poniendo el foco en uno de los grandes motores del cambio: la expansión de la actividad agrícola y la transformación del bosque nativo.

El trabajo fue publicado en Human Ecology, una revista científica internacional dedicada a estudiar las relaciones entre las sociedades y el ambiente. Y detrás de los mapas, los cambios de cobertura vegetal y los datos, aparece una cuestión mucho más cercana: qué territorio estamos construyendo y qué estamos dejando atrás.

Veinte años que dejaron huella

La investigación estudió cómo se transformó el paisaje santiagueño durante dos décadas. A primera vista, podría parecer una cuestión relacionada solamente con la cantidad de monte que desapareció; sin embargo, el problema es bastante más profundo.

Cuando un bosque cambia, no desaparecen únicamente los árboles. También se modifican las relaciones entre las personas y el territorio, las posibilidades productivas, la biodiversidad y una serie de beneficios que el ambiente brinda y que muchas veces damos por descontados.

El avance de la frontera agrícola aparece en este proceso como uno de los principales factores de transformación. La expansión productiva puede modificar rápidamente un paisaje: allí donde antes había bosque nativo, comienza a existir otro tipo de territorio, con nuevas actividades, nuevas relaciones económicas y también nuevas consecuencias ambientales y sociales.

El cambio puede verse sobre la tierra, pero sus efectos no terminan allí.

El monte hace mucho más que ocupar espacio

Hay algo que suele perderse cuando hablamos de desmontes: el monte no es simplemente una superficie cubierta de árboles. Los ecosistemas cumplen funciones fundamentales: regulan procesos ambientales, sostienen la biodiversidad, ofrecen recursos y también tienen un valor cultural para quienes viven en esos territorios. Por eso, hablar de la transformación del Chaco Seco implica mirar mucho más allá de una fotografía del paisaje.

La pregunta no es solamente cuánto monte había antes y cuánto queda después. También importa saber qué funciones cumplía ese monte, qué recursos proporcionaba, qué actividades sostenía y qué relaciones sociales y culturales estaban vinculadas con él.

Ahí aparece una de las claves del estudio: los llamados servicios ecosistémicos. Dicho de una manera sencilla, son los beneficios que las personas reciben de los ecosistemas. Algunos son visibles y otros no tanto, pero todos forman parte de la relación cotidiana entre sociedad y naturaleza. Cuando el paisaje cambia, esos beneficios también pueden cambiar.

El problema no termina en el ambiente

La transformación del territorio tampoco puede entenderse solamente como un problema ambiental: tiene consecuencias económicas, sociales y culturales. Una modificación profunda del paisaje puede alterar las formas de producción, el acceso a determinados recursos y la relación que distintas comunidades mantienen con su entorno.

Por eso, el debate sobre el Chaco Seco no debería reducirse a una oposición sencilla entre «producción» y «medio ambiente». La cuestión es bastante más incómoda:

  • ¿Cómo producir sin destruir las condiciones que permiten sostener la vida en el territorio?
  • ¿Quiénes participan de las decisiones sobre el uso de la tierra?
  • ¿Quiénes reciben los beneficios y quiénes enfrentan las consecuencias?
  • Y, sobre todo, ¿qué modelo de territorio queremos para el futuro?

Son preguntas que aparecen detrás de los resultados de la investigación y que exceden ampliamente el ámbito académico.

Los habitantes del monte también tienen algo que decir

Uno de los aspectos destacados del estudio es el papel de las comunidades campesinas e indígenas. Estas poblaciones no aparecen simplemente como habitantes de un territorio que se transforma desde afuera: sus prácticas, conocimientos y formas de relacionarse con el bosque forman parte de la historia del paisaje y también pueden desempeñar un papel importante en su conservación.

Esto obliga a mirar el problema desde otra perspectiva. Conservar no significa necesariamente imaginar un territorio inmóvil, sin personas y sin actividades. Significa preguntarse cómo se utiliza ese territorio, qué prácticas pueden sostenerlo y qué conocimientos construyeron quienes viven allí desde hace generaciones.

El debate, entonces, deja de ser solamente ambiental; también es social, cultural y político.

El desafío: producir sin perder el territorio

La expansión productiva plantea una tensión difícil de ignorar. Por un lado, existe la necesidad de producir y aprovechar los recursos del territorio; por otro, están los costos que pueden acumularse cuando esa transformación se realiza sin considerar todas sus consecuencias.

El problema aparece cuando solamente se observa el beneficio inmediato. Un territorio puede generar rentabilidad, pero también puede perder biodiversidad, modificar sus funciones ambientales y afectar formas de vida vinculadas históricamente con el monte.

Por eso, una mirada de largo plazo resulta indispensable. Lo que está en juego no es únicamente cuánto se produce hoy, sino también qué territorio quedará mañana.

Santiago del Estero, observado desde el mundo

Que esta investigación haya sido publicada en una revista científica internacional también tiene un significado particular. Un grupo de investigadores de la Universidad Nacional de Santiago del Estero llevó a un espacio de discusión internacional una transformación que ocurre dentro de nuestro propio territorio.

El trabajo de Cecilia Soledad Escalada, Raúl Esteban Iturralde y Constanza María Urdapilleta analiza un proceso que durante años estuvo presente en debates locales: la transformación del paisaje santiagueño. Pero esta vez, la mirada se amplía. El Chaco Seco aparece como parte de una discusión mucho mayor sobre las relaciones entre sociedad, producción, conservación y territorio, lo que permite volver a mirar nuestro propio paisaje con otros ojos.

¿Qué estamos perdiendo cuando cambia el monte?

Tal vez esa sea la pregunta que queda después de conocer los resultados de la investigación. Porque el monte no es solamente una superficie que puede conservarse o desmontarse; es un sistema de relaciones. Allí conviven naturaleza, producción, comunidades, conocimientos, recursos y cultura. Y cuando una de esas piezas cambia, las demás también pueden verse afectadas.

En Santiago del Estero, hablar del monte es hablar de mucho más que árboles: es hablar de una parte profunda de la identidad del territorio. Por eso, el desafío no consiste simplemente en elegir entre producir o conservar. Consiste en encontrar formas de habitar y utilizar el territorio sin perder aquello que lo hace posible.

Porque antes de preguntarnos cuánto podemos sacar del monte, quizá deberíamos detenernos un instante y pensar en todo lo que el monte ya nos está dando.

Fuentes:

  • Publicación científica principal: Escalada, C. S., Iturralde, R. E., & Urdapilleta, C. M. (2024). Land System Transformations and Ecosystem Services in the Dry Chaco: A Twenty-Year Analysis in Santiago del Estero, Argentina. Human Ecology, Springer.
  • Institución de adscripción y desarrollo: Universidad Nacional de Santiago del Estero (UNSE) / Instituto de Ciencias de la Tierra, el Agua y el Ambiente (INCTA-UNSE-CONICET).
  • Contexto normativo y datos marco utilizados en la investigación:
    • Ley Nacional N.° 26.331 de Presupuestos Mínimos de Protección Ambiental de los Bosques Nativos (Ley de Bosques) y su Ordenamiento Territorial de Bosques Nativos (OTBN) de Santiago del Estero.
    • Datos cartográficos y de cobertura vegetal del proyecto MapBiomas Chaco y monitoreos de deforestación del Laboratorio de Análisis Regional y Teledetección (LART-FAUBA).

 

 

Telesita, santa laica trashumante


«La Telesita» es una chacarera recopilada por don Andrés Chazarreta a principios del siglo XX, con letra de Agustín Carabajal. Con esa misma música se conoce otra versión con letra de Abel Mónico Saravia - de una poesía muy sugestiva - grabada por Jorge Cafrune.

Uno de los primeros registros de la tragedia que sufrió Telésfora (o como se haya llamado) fue publicado el 8 de enero de 1907 en El Liberal. Las antropólogas María de Hoyo y Laura Migale han recogido versiones orales; ellas afirman que se trató de Teresita del Barco o Telésfora Santillán, una mujer de muy buena posición económica que vivió en la estancia «La Aurora», en las sierras de Guasayán.

Otras fuentes afirman que se llamaba Telésfora Castillo, «Telesita» (la versión más popular). Ninguna asevera con pruebas fehacientes cuál era su verdadero nombre, cómo murió ni a qué zona perteneció. Félix Coluccio, folclorólogo, publicó que nació en Tolojona, departamento Moreno.

La leyenda popular sostiene que era una niña linda que usaba un vestido rasgado; atrapada por la música, se hacía presente en los fogones y bailaba descalza sin parar. Otros afirman que era rubia, de ojos azules, y actuaba como una loca desmedida por el baile. También existen versiones de que una noche, por el frío, se arrimó a una fogata para calentarse y un jirón de su vestido se prendió fuego; luego las llamas tomaron toda su ropa y el cuerpo de la niña ardió hasta morir calcinada.

Así nació la leyenda de La Telesita, a quien el pueblo venera y que inspiró a muchísimos artistas musicales, escritores, poetas, artistas plásticos, dramaturgos, etc.

El pueblo santiagueño la venera en «las telesiadas», una ceremonia en la cual se juntan los vecinos para pedir el hallazgo de un animal u objeto extraviado, o para clamar por lluvias en tiempos de sequía.

El ritual practicado en el Santiago profundo consiste en verdaderos «rezabailes» en los cuales se consume abundante alcohol (vino, aloja, caña), se bailan siete chacareras, se beben siete vasos de alcohol y se prenden siete velas. Cuando estas se consumen («...hasta que las velas no ardan...», dice una chacarera), comienza la algarabía: comidas, bebidas, bombo, guitarra y violín invaden el lugar con chacareras, gatos y escondidos, todo acompañado por el humo y la detonación de gruesas de cohetes. Se baila y se bebe desenfrenadamente, cambiando de pareja, hasta quedar exhaustos. Al final, se quema un muñeco que representa a La Telesita.

LA TELESITA (A. Chazarreta / A. Carabajal)

Telesita la manga mota,
tus ropitas están rotas;
por la costa del Salado
tus pasos van extraviados.
 
No preguntes por tu amor
porque nunca lo hallarás;
un consuelo a tu dolor
en el baile buscarás.
 
Por esos campos de Dios
se lleva tu corazón,
sin saber que tu danzar
es tan solo una ilusión.
 
Con un bombo soñador,
un violín sentimental
y un cieguito al encordao,
el baile va a comenzar.
 
Así te verán bailando,
loca en cada amanecer,
como metida la danza
muy adentro de tu ser.
 
¡Ay, Telésfora Castillo!
Tus ojos no tienen brillo:
lo han perdido por el monte
o buscando el horizonte.
 
Rezabaile del querer,
con su música llamó;
pies desnudos bajo el sol,
la Telesita llegó.
 
Tu esperanza se perdió,
dele bailar y bailar;
llevas en tu pecho un dolor,
pero no sabes llorar.
 
Pobre niña que un fogón
tu cuerpito calcinó,
y en la noche de los tiempos
todo el pueblo te lloró.
 
Y así te verán bailando,
loca en cada amanecer,
como metida la danza
muy adentro de tu ser.

 

LA TELESITA (A. M. Saravia / A. Chazarreta)

He venido, Telesita,
como aquel que no hace nada,
a dejarte el corazón
y llevarme tu mirada.
 
Aquí me tienes, viditay,
deshecho por tus amores;
mi corazón padeciendo
pena de todos colores.
 
Aunque encerrada te tengo,
mezcla de canto y arena,
si el amor es como el mío
sabrás borrar las barreras.
 
Yo te he de querer, viditay,
aunque todos se me opongan;
soy un gavilán constante
cuando silba una paloma.
 
De vicio te estoy mirando,
cara a cara y frente a frente,
y no te puedo decir
lo que mi corazón siente.
 
Telesita, Telesita,
la dueña de mis amores,
no permitas que me acabe
sin gozar de tus favores.
 
Yo sé que andas queriendo
aunque no me digas nada:
lo que no dicen tus labios
me lo dicen tus miradas.
 
Si me quieres, no me apagues;
déjame seguir quemando,
siempre que sean tus amores
los que me estén encendiendo.
 
Ahí tienes mi corazón,
dale muerte si tú quieres;
pero como estás adentro,
si lo matas también mueres.
 
Mucho me temo, viditay,
no complacer tus deseos:
si mi corazón se calla,
los dos juntos moriremos.
 
Al cajón en que me entierren
que no lo claven con clavos;
clávalo vos, Telesita,
con los besos de tus labios.

(Del libro inédito: HISTORIA DEL CANCIONERO FOLCLÓRICO SANTIAGUEÑO, de Omar «Sapo» Estanciero)

 


martes, 8 de septiembre de 2026

Cuando la geografía se convirtió en mito: La invención del suelo nacional


Por Federico J. Fritzsche (I Jornadas de Geografía de la UNLP, La Plata, octubre de 1993)

El mapa como herramienta de identidad

Para justificar la existencia de un Estado-Nación moderno hace falta un argumento duradero. Las llamadas "naciones históricas" europeas construyeron su legitimidad sobre comunidades preexistentes de lengua, cultura o religión. En países con otra trayectoria, el territorio tuvo que hacer ese trabajo pesado: transformarse en el cimiento principal de la cohesión política. Ahí es donde la geografía dejó de ser una simple tarea de descripción para volverse un recurso ideológico clave.

Étienne Balibar (1990) explica que la invención cultural de un pueblo exige dos movimientos. Por un lado, la sublimación a través de la historia (la "ilusión retrospectiva" de un pasado común sin fisuras). Por el otro, la naturalización de la pertenencia, una función que asumió la geografía al definir quién pertenece a un lugar y quién no.

En la Argentina, donde la historia no ofrecía un pasado idílico fácil de homogeneizar, la geografía asumió el rol central. Un ejemplo claro de este proyecto es Geografía y unidad argentina, publicado en 1957 por Federico A. Daus. El autor no escondía su intención: decía abiertamente que un esbozo geográfico de la Argentina debía ser "una contribución útil para el ser nacional" (Daus, 1957: 5).

La institucionalización del discurso territorial

El contexto de los años cincuenta explica bien el alcance de esta postura. En 1953 se creó la carrera de Geografía en la Universidad de Buenos Aires, poco después de que el propio Daus dejara el decanato de la Facultad de Filosofía y Letras. El ámbito académico nacía en sintonía con un Estado necesitado de consolidar un discurso territorial único e indiscutible.

La tesis de Daus es directa: el suelo no es un escenario neutro, sino un ente activo que empuja a los hombres hacia la unidad política. La idea venía de la geopolítica alemana de fines del siglo XIX, con Friedrich Ratzel a la cabeza. Al igual que Ratzel en su Politische Geographie, Daus trata al Estado como un "organismo vivo" que requiere un espacio vital y cuyo destino unitario está marcado por la naturaleza.

Las grietas de la "naturaleza nacional"

Al cruzar la propuesta de Daus con el análisis histórico y sociológico, aparecen contradicciones evidentes.

Fronteras "naturales" versus decisiones de poder

Daus recurre al concepto de "desprendimiento" para referirse a los accidentes geográficos —montañas, desiertos, mares— que frenan la expansión del Estado y lo aíslan de sus vecinos. Bajo esa lógica, llega a sostener que las fronteras argentinas son "un don de la geografía antes que de otros factores de valor episódico o contingente" (Daus, 1957: 61) y que responden al "factor natural y en ningún caso de la decisión de poder".

El argumento esquiva la historia política. Desde el derecho internacional, Juan Carlos Puig (1950) ya había demostrado que la superficie de un Estado depende sobre todo del ejercicio efectivo del poder y de acuerdos jurídicos cambiantes. Decir que los límites argentinos se fijaron de forma pacífica ignora hechos concretos: la Guerra contra el Paraguay (1864-1870) significó la incorporación efectiva de los territorios de Formosa y parte de Corrientes, como lo recuerda J. Natalicio González (1968).

Determinismo regional y exclusión

En su recorrido por las regiones del país, Daus cae una y otra vez en determinismos. Sobre Cuyo, por ejemplo, llega a escribir que "este espíritu sociable y de cooperación —fruto, en definitiva, de las condiciones físicas que constituyen la raíz de la organización económica— es también una pieza importante del organismo que creó la unidad argentina" (Daus, 1957: 94).

Hay una inconsistencia de fondo: aunque define las regiones usando criterios físicos como el relieve o el clima, asume que la porción argentina de zonas compartidas con otros países —como la Puna, el Chaco o la Patagonia— forma una unidad en sí misma por el solo hecho de quedar dentro del límite político. Este tipo de arbitrariedades ya generaba debates en la Sociedad Argentina de Estudios Geográficos (GAEA) en 1949, donde investigadores como Galmarini, Brunengo y Frenguelli cuestionaban que se mezclaran sin rigor las regiones naturales con las humanas o sociales.

Esa misma visión del suelo unificador dejó afuera a las poblaciones originarias. Cuando habla del río Salado en la Pampa, Daus destaca que su curso "formó una línea de resistencia contra los ataques de indígenas en el siglo XVIII y bien entrado el XIX". Así, los pueblos indígenas quedan fuera de la construcción nacional y pasan a ser vistos como un problema o un obstáculo externo.

La capital: mitología y economía real

Para Daus, la capital debía actuar como la "cabeza" del organismo nacional. Defendió la posición de Buenos Aires presentándola como el "centro geográfico" al que convergían de forma natural las comunicaciones, y le asignó un rol casi espiritual: "Buenos Aires acoge, en su íntima afectividad, los valores espirituales de toda la República, los consagra y les da realce nacional" (Daus, 1957: 179).

Esta mirada romántica pasa por alto las razones económicas e históricas del predominio porteño. Como analizó Horacio Giberti (1954), la centralidad de Buenos Aires se consolidó con el auge ganadero y el comercio atlántico tras la caída de la producción minera en el Potosí durante el siglo XVIII. No hubo ningún mandato inmutable de la naturaleza, sino dinámicas de mercado y relaciones de poder.

Un mito que tapó la realidad

El trabajo de Daus fue un intento sistemático de fundar la identidad nacional en una "conciencia territorial" fija y definitiva. En sus propias palabras: "La unidad política argentina no fue obra de un hombre, ni de una generación, ni de un ciego azar de la historia. Muchas generaciones sintieron las incitaciones del suelo y labraron con ellas el tejido sutil del recio entramado de la unidad..." (Daus, 1957: 180).

Sin embargo, los Estados no nacen de la tierra como si fueran un producto biológico. Son construcciones históricas y políticas. Como señaló Immanuel Wallerstein (1987), el Estado siempre precedió a la nación, y no al revés.

Entender cómo se fabricó este relato geográfico permite desmontar la idea del territorio como un mito sagrado. Más que promover una identidad encerrada en fronteras naturales, el desafío pasa por entender el espacio a partir de los problemas concretos y las dinámicas reales de las personas que lo habitan.


La expedición olvidada que reveló los secretos de la Sierra de Guasayán

Entre brújulas, caminos de monte y caseríos dispersos, un geólogo recorrió hace más de un siglo uno de los territorios menos estudiados de Santiago del Estero.



La Sierra de Guasayán se integró al mapa santiagueño de forma tan natural que cuesta recordar lo poco que se sabía de ella hace cien años. A comienzos del siglo XX, la información científica sobre el oeste provincial era mínima: no había cartografía precisa, los estudios geológicos contados con los dedos de una mano se enfocaban casi exclusivamente en la caliza, y buena parte de lo que se daba por cierto provenía de relatos orales. Para saldar esa deuda, en septiembre de 1921 se puso en marcha una expedición con un objetivo concreto: recorrer, medir y documentar la geografía serrana.

Un territorio fuera de los mapas

A principios de los años veinte, la Dirección General de Minas, Geología e Hidrología encomendó este relevamiento a pedido del gobierno de Santiago del Estero. La región representaba un reto logístico evidente: un terreno áspero, de difícil acceso y con poblaciones muy aisladas entre sí.

El punto de partida fijado para la travesía fue la localidad de Choya.

Relevar el terreno en 1921

Explorar Guasayán en esa época exigía adaptarse a las condiciones del terreno. Sin rutas ni mapas confiables, los traslados se hacían a lomo de mula o a pie por huellas abiertas en el monte. Los únicos instrumentos para fijar rumbos y calcular altitudes eran la brújula y el barómetro anerode, sumados al conocimiento práctico de los pobladores locales.

Tras unas primeras observaciones en los alrededores de Choya, la expedición avanzó hacia la Sierra de Ancaján. Continuó por los senderos del Mojón y La Bajada, atravesando parajes como Las Peñas, Tres Cerros, Las Higuerillas y La Calera.

El cruce de la Sierra de Guasayán se hizo a través de la Quebrada de la Puerta del Jardín. De allí pasaron por Guampacha, Las Juntas y el antiguo pueblo de Guasayán, que ya por entonces mostraba un marcado despoblamiento. En cada parada se tomaban notas de relieve, muestras de roca y esquemas de la estructura del suelo.

Del extremo norte al problema del agua

Desde el pueblo de Guasayán se organizaron salidas hacia Santa Bárbara, en el extremo norte de la cadena serrana. La ruta siguió por Los Cerrillos, Santa Catalina, Sol de Mayo, la Quebrada de Maquijata y el Cerro de Ichagón. Tras realizar observaciones durante varios días en Villa de La Punta, el grupo cerró esta primera etapa regresando a Choya a fines de noviembre de 1921.

El trabajo, sin embargo, cobró una segunda dimensión al año siguiente. En 1922, una nueva misión priorizó la búsqueda de fuentes de agua potable e industrial para las poblaciones de la zona.

Esta segunda etapa volvió a salir de Choya y cubrió el trazado ferroviario entre Frías y la capital provincial, además de los bordes de las Salinas Grandes, sectores donde el conocimiento geológico previo era prácticamente nulo.

Croquis a mano y baqueanos

Frente a la falta de cartografía oficial —o la inexactitud de los pocos planos existentes—, el trabajo de campo exigió levantar croquis topográficos sobre la marcha. Las distancias, pendientes y alturas se calculaban de manera artesanal.

Como el tiempo no alcanzaba para llegar a cada caserío disperso, las entrevistas con baqueanos y vecinos resultaron claves. De esas charlas surgieron datos precisos sobre vertientes, picadas, pasos en las quebradas y comportamientos de las vertientes en épocas de sequía.

El regreso y el valor del registro

La exploración se extendió hacia las Termas de Río Hondo, recorriendo ambas márgenes del Río Dulce, y emprendió el regreso por Doña Luisa, El Tableado, Valparaíso y Villa de La Punta.

El 20 de enero de 1923, tras meses de trabajo continuo en el monte, el investigador regresó a Buenos Aires con libretas de apuntes, perfiles geológicos y decenas de croquis.

Más allá de la escala modesta que puedan tener estos documentos frente a los relevamientos satelitales actuales, la expedición de 1921-1923 constituyó el primer diagnóstico técnico riguroso de la Sierra de Guasayán, transformando datos dispersos en información geográfica útil para la provincia.

 

lunes, 7 de septiembre de 2026

Santiago del Estero: la agonía silenciosa del bosque chaqueño. Cómo una provincia que fue potencia forestal perdió el 69% de sus bosques nativos en un siglo

Santiago del Estero pasó de producir 700 mil toneladas de leña al año a perder el 88 % de sus quebrachales centenarios por los desmontes, la expansión sojera y leyes destructivas. Una investigación sobre el desangre de la última frontera verde argentina y la urgente lección de conservación que el mundo nos exige.

 

Crédito: Gustavo Tarchini

 Por Leyendas del folclore santiagueño

El árbol era viejo, ancho como la espalda de un dios de monte. Dicen que su tronco tenía un metro y medio de diámetro, que su sombra podía refrescar a media docena de cabras y que, cuando cayó, allá por los años 50, nadie pensó que también estaba cayendo un símbolo.

Lo cortaron para extraer tanino. Después hicieron durmientes, postes y carbón con su madera. Al final, lo único que quedó fue el hueco. Y el eco.

Hoy, sobre esa misma tierra, los árboles no superan el grosor de una pierna humana. La imagen tiene algo de distopía: un bosque ralo, todavía joven, que parece demasiado pequeño para ocupar el lugar de lo que hubo.

Santiago del Estero perdió seis millones de hectáreas de monte nativo en el último siglo, según datos del Primer Inventario Nacional de Bosques Nativos (2001) y actualizaciones del PIARFON-UNSE. Para imaginar la magnitud, son unas treinta veces la superficie de la Ciudad de Buenos Aires.

Y queda un dato difícil de ignorar: la provincia que alguna vez alimentó con su madera los fuegos del progreso ferroviario hoy importa madera de Paraguay.

La fiebre del tanino: Europa curtía y el norte sangraba

Todo empezó con un barco.

En 1888, desde Buenos Aires partió el primer cargamento de quebracho colorado santiagueño rumbo a Alemania, según documenta el clásico "Maderas y Bosques de la Argentina", de José María Tortorelli (1956). La madera más dura del continente se convirtió en el oro rojo del Cono Sur. Europa necesitaba tanino para curtir cuero y Argentina tenía una enorme reserva natural de quebracho.

Para 1920, el país tenía 19 fábricas de tanino. Dos estaban en Santiago del Estero.

Al principio, el aprovechamiento tenía ciertas reglas. Se talaban árboles maduros y se respetaban los ciclos del monte. No se lo intervenía de cualquier manera.

Eso cambió. El mercado empezó a exigir más y más madera, y el tiempo de recuperación del bosque dejó de importar.

"El exterminio vino después, cuando empezamos a cortar hasta los renuevos de 15 años", explica el ingeniero forestal Néstor Ledesma, entrevistado para este informe y vinculado a distintos trabajos de la UNSE.

Ahí comenzó una diferencia que todavía pesa: sacar madera podía hacerse en unos pocos años. Recuperar un quebrachal, en cambio, podía llevar generaciones.

La ley del hacha: cuando conservar fue un pecado fiscal

En 1996, el gobierno provincial sancionó la Ley 6309, una norma que gravaba con hasta cinco veces más impuestos a los propietarios de tierras consideradas "improductivas".

La paradoja era difícil de ignorar: conservar un bosque podía significar pagar más que desmontarlo.

"Desmonten o paguen". Esa fue, en los hechos, la presión que enfrentaron muchos propietarios. Y desmontaron.

Entre 1990 y 2003, 423.424 hectáreas se convirtieron en campos de soja. Solo entre 2000 y 2003, otras 253.028 hectáreas fueron arrasadas, según registros de deforestación citados en informes del PIARFON-UNSE (2003-2005).

"Era como premiar a quien tira abajo una catedral para vender sus ladrillos", ironiza Ledesma.

Los jinetes del desmonte

1. Inversores sin raíces

Hoy, más del 60% de los desmontes son realizados por empresarios de Córdoba, Santa Fe y Chaco, de acuerdo con datos del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible de la Nación. Muchos llegan atraídos por el bajo costo de la tierra, que puede ser hasta cinco veces menor que en la Pampa Húmeda, y por una legislación forestal que durante años permitió un margen amplio para avanzar sobre el monte.

2. Ingenieros permisivos

Un informe de la Universidad Nacional de Santiago del Estero (UNSE) denuncia la existencia de profesionales que firman planes de desmonte para campos que ya habían sido devastados.

El mecanismo señalado es sencillo: reciclar viejas guías forestales y utilizarlas para continuar extrayendo madera ilegal sin despertar demasiadas sospechas.

3. Campesinos acorralados

En las zonas más pobres del interior santiagueño, las familias que no tienen título de propiedad quedan expuestas a una situación todavía más compleja.

"Si no cortás vos, te lo sacan otros", resume un campesino de Quimilí entrevistado para esta crónica.

Cortar es, muchas veces, la única manera que encuentran para marcar un territorio sobre el que no tienen papeles.

4. El Estado ausente

Desde 1950, la Argentina cuenta con la Ley 13.273 de Defensa de la Riqueza Forestal. Sin embargo, durante décadas no se implementó en Santiago del Estero un plan de manejo forestal efectivo capaz de frenar la degradación del monte.

La ley existe. Los árboles, ya no tanto.

Donde todavía brota resistencia

Desde 2003, la UNSE coordina el PIARFON, Proyecto de Investigación y Acción para la Recuperación del Bosque Nativo. El objetivo es recuperar el monte chaqueño desde una mirada integral y promover formas de aprovechamiento que no dependan de su destrucción.

Los resultados señalados por el proyecto incluyen:

  • Recuperación de 50.000 hectáreas mediante enriquecimiento con especies nativas.
  • Promoción de mercados alternativos vinculados con la miel, los frutos y la leña legal.
  • Incorporación de 120 familias campesinas al manejo sustentable del monte.

La idea central del proyecto puede resumirse en una frase: "un bosque vivo vale más que una soja muerta".

No es solo una discusión ambiental. También es una discusión sobre qué actividades pueden sostener a una comunidad cuando el recurso que las rodea tarda décadas, incluso siglos, en recuperarse.

El espejo alemán

"En Alemania, nadie corta un roble antes de los 150 años", señala Ledesma. Allí, el bosque se entiende como un legado que pasa de una generación a otra. En Santiago, durante mucho tiempo, conservarlo fue tratado como un costo.

Según el Primer Inventario Nacional de Bosques Nativos (2001):

  • En 1966, el 38% del territorio santiagueño era bosque.
  • En 2006, solo quedaba el 12%.

Los quebrachos, una de las especies emblemáticas del norte argentino, crecen apenas entre 4 y 8 milímetros por año. Un ejemplar de un metro de diámetro puede requerir casi 200 años para alcanzar ese tamaño.

La soja, en cambio, puede estar lista para exportarse en apenas unos meses.

Ahí aparece una de las mayores contradicciones del modelo: el monte necesita generaciones para crecer, mientras que una hectárea desmontada puede empezar a producir en una sola campaña.

Europa paga hasta US$300 por hectárea a quienes conservan bosque nativo, según políticas de la Unión Europea relacionadas con servicios ecosistémicos. En Santiago del Estero, desmontar puede resultar más rentable: hasta US$500 por hectárea en soja.

El mercado premia la tala. La historia, no.

Epílogo: la flor amarilla

En Santos Lugares, un niño muestra un vinal joven que plantó su abuelo.

"Cuando sea grande, va a tener flores amarillas", dice.

No hace falta agregar mucho más.

En esa frase aparece, de manera sencilla, una pregunta que atraviesa toda la historia del monte santiagueño: ¿seguiremos midiendo el bosque en pesos por hectárea o empezaremos a verlo también como algo que se entrega a quienes todavía no nacieron?

Como escribió el jefe Seattle: "El hombre no tejió la red de la vida; es solo un hilo. Lo que hace con ella, se lo hace a sí mismo."

Fuentes citadas

  • Sgo. del Estero, una mirada ambiental.
  • Primer Inventario Nacional de Bosques Nativos (2001), Secretaría de Ambiente de la Nación.
  • Informes técnicos PIARFON-UNSE (2003-2005).
  • Maderas y Bosques de la Argentina, José María Tortorelli (1956).
  • Entrevistas a Néstor Ledesma, ingeniero forestal, Universidad Nacional de Santiago del Estero.
  • Ley 6309, Provincia de Santiago del Estero (1996).
  • Ley Nacional 13.273 de Defensa de la Riqueza Forestal.
  • Informes sobre servicios ecosistémicos, Comisión Europea (2020-2024).
  • Entrevistas de campo realizadas entre julio y agosto de 2025 en Quimilí, Tala Atun y Santos Lugares.

 


Donde nace el agua: La boca toma olvidada del canal San Martin

 Los restos de un antiguo canal de riego asoman al sol santiagueño, conectando el presente con una historia del agua, el trabajo y la esperanza. Lo que fue un proyecto de principios del siglo XX ahora emerge como patrimonio de la ciudad, entre viviendas modernas y la orilla del río Dulce.


 

En Santiago del Estero, el agua siempre tiene historia.

Al pie del río Dulce, una excavadora remueve tierra y escombros cuando aparece algo inesperado: un viejo muro de ladrillos y compuertas de hierro. Es la antigua bocatoma de un canal que durante décadas llevó agua hacia las tierras de riego. Una estructura que había quedado olvidada vuelve ahora a quedar a la vista.

Ríos antiguos y acequias coloniales

La historia del riego santiagueño se remonta, al menos, a 1689. Para entonces, la villa ya contaba con un padrón de regantes: agricultores que aprovechaban los bañados del río Dulce para trabajar sus chacras.

Durante la época colonial, la ciudad se abasteció mediante la antigua acequia Municipal, luego llamada Real y finalmente Belgrano. El canal llegaba hasta el corazón de la ciudad y formaba parte de una infraestructura fundamental para una población que dependía del agua del río.

Aquellas primeras obras fueron dando forma, de manera lenta pero sostenida, al sistema de riego que después se extendería por buena parte de la región.

El canal San Martín: una obra decisiva

A comienzos del siglo XX, el crecimiento de Santiago del Estero planteaba una necesidad cada vez más evidente: hacía falta disponer de más agua y ampliar las tierras productivas.

En 1913, durante el gobierno de Antenor Álvarez, se puso en marcha una de las obras más importantes de ese período. La Ley Nacional Nº 460 dispuso la construcción de un canal desde el río Dulce, con toma en el paraje Tarapaya, hasta Villa San Martín. Eran más de 60 kilómetros destinados a llevar agua para el riego de extensas superficies.

La construcción del canal matriz comenzó a fines de 1913. Ingenieros y obreros trabajaron durante años hasta que, finalmente, el 23 de marzo de 1916, quedó habilitado para el servicio.

Con el tiempo llegaron nuevas obras. En 1940 se construyó el dique derivador Los Quiroga y, durante la década de 1950, el sifón que permitía atravesar el río Dulce. Estas incorporaciones modificaron el funcionamiento del sistema y la manera en que el agua llegaba a los canales San Martín y Municipal.

La antigua bocatoma dejó entonces de cumplir la función para la que había sido construida. Sin uso y expuesta al paso de los años, comenzó a deteriorarse. Poco a poco, quedó fuera de la vida cotidiana de la ciudad.

Entre la obra moderna y una estructura olvidada

Ahora, mientras la ciudad avanza con un nuevo barrio de unas 900 viviendas y se extiende la costanera norte junto al río, aquella estructura volvió a aparecer.

Los trabajos de limpieza realizados en el sector comprendido entre la toma de agua y la salida del viejo sifón dejaron al descubierto parte de la antigua construcción. Allí aparecieron las estructuras de mampostería, con sus compuertas de ladrillo y hierro y las almenas de contención.

Según explicó el ingeniero santiagueño Carlos Michaud, la bocatoma recibía el agua a través de un canal que llegaba desde El Deancito, ubicado unos 5 kilómetros aguas arriba. Durante los períodos de estiaje, el agua ingresaba por ese canal. Cuando el río crecía, en cambio, el caudal alcanzaba directamente la entrada de la bocatoma y socavaba sus bordes.

La estructura permite imaginar cómo funcionaba aquel sistema y, sobre todo, la importancia que tenía el manejo del agua en una ciudad asentada junto a un río, pero ubicada en un territorio donde disponer de ella nunca fue un asunto menor.

Los ladrillos y el hierro que hoy vuelven a quedar expuestos forman parte de esa historia. Son restos de una infraestructura que durante años permitió conducir el agua desde el río hacia las zonas de riego.

Una memoria que merece conservarse

El hallazgo también plantea una pregunta inevitable: ¿qué hacer con una estructura que forma parte de la historia de la ciudad?

Habitantes y especialistas ya impulsan la posibilidad de incorporar la antigua bocatoma al patrimonio cultural santiagueño. Preservarla permitiría conservar una parte de la historia de las obras hidráulicas que hicieron posible el desarrollo de la ciudad y de sus áreas productivas.

No se trata solamente de mantener unos viejos muros. La bocatoma permite entender cómo generaciones anteriores enfrentaron una necesidad concreta: captar, conducir y distribuir el agua en un territorio donde ese recurso siempre tuvo un valor fundamental.

Hoy la ciudad crece alrededor de aquella estructura. La costanera cambia, aparecen nuevas viviendas y la maquinaria sigue avanzando. Pero, debajo de esa transformación, permanece una parte de la infraestructura que durante décadas acompañó el crecimiento de Santiago del Estero.

La antigua bocatoma, después de tantos años, volvió a quedar a la vista. Y con ella reaparece una historia que estaba allí, a pocos metros del río Dulce, esperando ser reconocida.

Conservarla sería también conservar la memoria de una ciudad que aprendió, generación tras generación, a vivir y crecer alrededor del agua.