jueves, 2 de julio de 2026

El Sueño de los Ríos Perdidos: La Epopeya Trunca del Salado

Por décadas, los ríos del Gran Chaco fueron las venas por donde los visionarios de la Argentina del siglo XIX soñaron bombear el progreso y la integración continental. Esta es la crónica de una odisea fluvial olvidada, donde el vapor y la madera nativa compitieron contra la geografía, solo para ser devorados por el ferrocarril y el hacha extractivista.

 


«La navegación del Salado va a hacer fraternizar a estos pueblos más que el mejor arbitrio político; porque la conveniencia recíproca establece la unión y la armonía. Nuestros campos hoy desiertos, serán mañana poblados por activos agricultores, y donde sólo se ven rancherías miserables se levantarán ciudades que harán poderosa la Nación y respetable nuestro nombre...».

Estas palabras, escritas en 1859 por B. Fresco, un vecino de Salta, en una carta al empresario Esteban Rams, no eran meras líneas de optimismo. Eran el manifiesto de una generación. Eran el eco de un sueño continental que latía con fuerza en comerciantes, gobernantes, ingenieros y baqueanos que miraban hacia el norte, hacia esa inmensidad verde y hostil conocida como el Gran Chaco, y veían en sus ríos las autopistas del porvenir.

Mucho antes de que el silbato de las locomotoras desgarrara la quietud de la llanura, existió una época en la que el destino de las provincias interiores se jugaba en el cauce de los ríos. La esperanza de lograr el desarrollo económico de esta vasta extensión, situada entre el Paraguay, la Argentina y Bolivia, se convirtió en una obsesión compartida. Para aquellos hombres, el sueño de San Martín, Artigas y Bolívar de constituir una Patria Grande americana no era una quimera, sino un proyecto que podía cumplirse a través del agua.

 Los Cimientos de un Sueño Continental

Para entender la magnitud de la empresa fluvial, debemos retroceder a una época en la que el mapa del Virreinato del Río de la Plata estaba surcado por líneas punteadas que indicaban "territorios inexplorados". El Gran Chaco era el gran desconocido, una frontera líquida y boscosa que separaba y, al mismo tiempo, prometía unir a las provincias andinas con el litoral.

Ya en 1808, el Consulado de Buenos Aires, bajo la visión de Manuel Belgrano, había acariciado un proyecto audaz: traer los productos de las provincias andinas navegando el río Bermejo. La lógica era simple. Las márgenes del río serían colonizadas para asegurar las comunicaciones, creando un cordón de prosperidad.

Pero la realidad política era un freno. Los comerciantes, pragmáticos, se vieron obligados a enfriar los ánimos del prócer: «si bien el proyecto será, a su debido tiempo, de suma utilidad... sin embargo, todo esto deberá realizarse en tiempos más tranquilos».

Y los tiempos tranquilos tardaron en llegar. Durante la guerra de la independencia, los proyectos de comercio y colonización del Chaco quedaron en suspenso.

Recién en 1824, la chispa se reavivó. Se constituyó en Salta la Sociedad del Río Bermejo, que envió una expedición exploratoria que llegó hasta el río Paraguay. Esta gesta probó la navegación del Bermejo y se convirtió en el antecedente más importante de navegación de los ríos interiores.

Después del gobierno de Rosas, dos integrantes de aquella sociedad pretendieron establecer un sistema de barcos a vapor. Para demostrar que era posible, se aventuraron aguas abajo en un bote de fondo plano. El gobierno de Bolivia y el de Corrientes apoyaron estos intentos, entendiendo que el río no era una barrera, sino un puente.

El Yankee del Salado y la Geografía de la Esperanza

Si hubo un río que atrajo mayores expectativas, ese fue el Salado. Su atractivo no era solo económico, sino geopolítico. Los visionarios tenían la convicción de que quedaban grandes zonas de riqueza sin explotar, tierras que solo esperaban la mano del hombre.

A pesar de los fracasos previos, los empresarios de Santa Fe no perdieron el interés. Sus razones eran poderosas:

1.  La geografía era menos hostil: La región que el Salado atravesaba no era tan "salvaje" como la del Bermejo y el Pilcomayo, zonas de tensa frontera con los pueblos originarios.

2.  Soberanía absoluta: La navegación del Salado podía cumplirse totalmente dentro de la jurisdicción argentina, sin depender de relaciones diplomáticas con repúblicas vecinas.

La revolución en la percepción del río llegó desde afuera. En 1853, el capitán de la marina norteamericana Thomas J. Page, al comando del vapor «Water Witch», incursionó por los ríos Paraná, Uruguay, Pilcomayo y Bermejo. Page estudió las posibilidades naturales de estos cursos de agua con una meticulosidad desconocida.

Dejó establecido que «en una u otra forma eran navegables, de importancia, y dignos de ser tenidos en cuenta en el futuro como las vías económicas que convenía a las regiones que atravesaban».

El gobierno argentino envió representantes para concertar planes de largo alcance, obtener la paz con los indígenas y asegurar las comunicaciones. Exploradores como Luis Jorge Fontana fueron estimulados en sus estudios. Incluso Bolivia intentó, con canoas y botes demasiado bajos para el Pilcomayo, establecer conexión con las líneas argentinas de vapores.

Pero sería el Salado el protagonista de la mayor de las odiseas.

La Expedición de Page: Hacia lo Desconocido

Si bien existen referencias a una expedición en bote en 1755 entre Matara (Santiago del Estero) y Santa Fe, recién con Thomas J. Page, en 1855, se recorrió casi en toda su extensión el río Salado, probando su navegabilidad de manera sistemática. Esta expedición fue el origen de una serie de grandes proyectos para convertir el Salado en la gran arteria fluvial de América.

La escena de la partida tiene la épica de los grandes descubrimientos. El 13 de julio de 1855, una multitud se dio cita en el puerto de Santa Fe para despedir al marino norteamericano que, a bordo del vapor «Yerba», iniciaba la navegación por el Salado. La expectativa era enorme, no solo por las perspectivas que se abrían, sino porque la expedición iba hacia lo desconocido.

Antes de partir, la ignorancia local había intentado disuadirlo. Page relataría después que los "mejor informados" le advirtieron que «probablemente podría subir cuarenta y cinco millas». Otros aseguraban que «no había río». Y los más poéticos sostenían que el cauce «tomaba su origen en una de las numerosas lagunas de aquella extensión de campo».

En la primera parte, lo acompañó el gobernador de Santa Fe, Cullen, junto a su familia, en muestra del apoyo provincial. El vapor ascendió con facilidad hasta Monte Aguará. Allí, la naturaleza impuso su primera barrera: la gran bajante de las aguas obligó a abandonar el «Yerba» el 26 de julio y continuar en botes.

Pero Page quedó fascinado. En su diario escribió:

> «Con gran sentimiento deshago el camino, pero con haber ascendido y demostrado la navegabilidad del río Salado hasta Monte Aguará, hemos obtenido algo. Su carácter uniforme, curso firme y barrancas bien definidas; su creciente tal como lo indican marcas en los árboles; la pampa firme a través de la cual todo corre, todo induce a creer que es un río apropiado para la navegación hasta un punto superior al alcanzado. Su explotación completa es de importancia no sólo para la Confederación Argentina, sino para todo el mundo comercial».

Las regiones que se abrieron ante los ojos de los norteamericanos asombraron por su belleza. Page describió cómo cruzaron *«una extensión ondulada cubierta de alfalfa hasta donde alcanzaba la vista, por el medio de la cual serpenteaba el Salado en forma de un atrayente río bordeado de árboles... La atmósfera era resplandecientemente clara y el aire balsámico e impregnado por el perfume de la flor de la alfalfa a través de la cual pastaban los caballos y vacunos enterrados hasta la barriga. Pensé que nunca había visto una región pastoril más rica y hermosa».

Satisfecho por el descubrimiento de que «un vapor debidamente construido para la navegación del río podría remontar, la mayor parte del año, de Santa Fe a Navicha», Page y su tripulación se dirigieron hacia Salta. En la ciudad norteña, el entusiasmo era notable. Los habitantes ya habían formado una sociedad para la adquisición de vapores. Desde Miraflores, el teniente Murdaugh remontó nuevamente el Salado hasta la estancia del general Taboada en Sepulturas, confirmando que el trayecto era navegable.

En su informe, Page destacó que el río era navegable en ochocientas millas. Y arrojó un dato que hoy parece de ciencia ficción: los productos de Santiago del Estero, Tucumán, Salta y Jujuy, que hasta hoy eran llevados a Rosario en carretas de bueyes empleando diez meses, «ahora en botes, pueden llegar al mismo puerto en quince días y volver cargados de mercaderías en veinticinco».

Los Caudillos del Río: Los Taboada y la Forja de una Ruta

La expedición de Page no hubiera sido posible sin el engranaje político y logístico de los poderosos de la tierra. En Santiago del Estero gobernaba don Manuel Taboada, quien junto con sus hermanos —especialmente el general Antonino Taboada— había desarrollado un vasto poder regional. Después de Caseros, los Taboada optaron por seguir la suerte de la Confederación.

Los Taboada entendieron que el aislamiento era la muerte de su provincia. Su pensamiento era claro: unir Santiago con el litoral para beneficiar el comercio de cueros, lanas y otros frutos. Ellos mismos eran estancieros, importaban mulas del litoral y las enviaban a Bolivia y al Perú. El río era la extensión natural de sus negocios.

A través de Lavaysse, se relacionaron con Manuel Leiva, Ministro de Urquiza. Leiva, entusiasmado, le escribía a Manuel Taboada: «Solicito informe de cuantos detalles crea convenientes a este respecto, porque si es así, se podría conseguir que el Director Provisorio prestase su cooperación con los fondos nacionales... pues a no dudarse, el Salado vendría a ser un río navegable y proporcionaría inmensas ventajas al comercio».

Page fue recibido en Santiago con enorme entusiasmo. Para continuar la travesía desde el río Dulce, se utilizó una canoa de propiedad del gobernador. Pero el río Salado estaba caprichoso y los botes no podían llegar a él. La solución fue titánica: la canoa fue transportada por el general Antonino Taboada y su tropa a cuestas, hasta llegar a Matará el 19 de septiembre de 1855.

Desde Matará, Page comenzó a descender lentamente. La navegación fue penosa, llena de raigones y troncos atascados. Cuando el agua no daba tregua, Page, seguido por Antonino Taboada, seguía el curso del río por la costa.

Fue en este contexto donde surgió la figura del baqueano Lino Belbey. Contratado para abrir camino, Belbey se convirtió en el Moisés de aquellas aguas. Las tardes ardían en llamaradas de sol santiagueño, los pájaros lanzaban al aire las estridencias de sus gritos y las balsas seguían adelante a la par del nadador, que abría con sus brazos la ruta que, se soñaba, sería camino de pueblos. Cómo describiría años después Blanca Irurzún, Belbey abría el camino con un valor y entusiasmo notables, recorriendo casi toda la distancia a nado.

El esfuerzo tuvo su recompensa. El 28 de noviembre de 1856, el pueblo y las autoridades santafesinas recibían como héroes a los tripulantes de la falúa «General Urquiza» —construida por Belbey con maderas de los bosques santiagueños, convirtiendo a Matará en un improvisado astillero—, que majestuosa y con sus velas al viento ingresaba al puerto de Santa Fe. Dos provincias argentinas se unían por el agua. Una esperanza estaba en marcha. Concluía, al decir de Orestes Di Lullo, la «odisea más extraordinaria del siglo».

El periódico El Nacional Argentino, del Paraná, celebraba el hito: «El Río Salado o Juramento es navegable en toda estación... Por medio de la navegación del Salado cuatro provincias van a mudar de aspecto transformándose completamente... El vapor es el gran mágico que va a llamar a la vida a todo un mundo nuevo agrícola-industrial y comercial».

El Eco de las Provincias y la Visión de Quesada

El éxito obtenido por la expedición de Page y la hazaña de Belbey despertó el entusiasmo de las provincias recorridas. En Tucumán, el recibimiento fue apoteótico. Se brindaba en todos lados por uno de los acontecimientos más importantes en la historia del país desde la independencia.

Pero quien mejor reflejó el sentimiento de la época fue don Vicente G. Quesada, uno de los más ilustres hombres de letras de la generación del 80. Desde las páginas del periódico El Comercio de Corrientes, Quesada escribía con lucidez:

> «A primera vista parecería que Corrientes no está íntimamente interesada en la prosperidad de las provincias del norte, pero estudiando sus conveniencias comerciales descubrimos cuánto ganaría siendo navegable el Bermejo y abriendo un camino por el Chaco... Santiago del Estero, esa provincia situada casi puede decirse en el centro de la nación, busca bajo la inteligente administración de nuestro amigo el señor Taboada una salida al Paraná para exportar así la multitud de valiosos productos que hoy se pierden por la carestía de los fletes y la inmensidad de las distancias...».

Quesada entendía que el río no era solo un accidente geográfico, sino un instrumento de justicia social y económica. Y terminaba su artículo con una reflexión que hoy resuena con melancolía:

> «Los proyectos de la naturaleza del presente merecen ser apoyados por los verdaderos patriotas: dar vida a poblaciones que mueren, civilizar multitudes salvajes, es altamente moral y profundamente humano... su porvenir dependía de buscarse una salida por el Chaco al Paraná».

Proféticas palabras. Era fundamental para Santiago evitar el aislamiento. Pero el destino de la provincia estaba atado a los vaivenes de la economía global. Pocos años después, fracasada la navegación por el Salado, el ingreso del ferrocarril iniciaría la destrucción de la provincia, tal como Quesada, en su pesimismo más lúcido, quizás temía.

El Colón de Tierra Adentro: La Obsesión de Esteban Rams

Los informes de Page, el relato del joven Amadeo Jacques y el enorme entusiasmo reinante llevaron a no pocos empresarios a interesarse por la navegación del Salado. Entre ellos destacó una figura que pasaría a la historia como el "Colón de tierra adentro", tal como lo llamó Miguel Cané: Esteban Rams y Rupert.

Rams era un viejo conocido de Urquiza, habiéndose desempeñado como proveedor de su ejército en Caseros. Tras la rescisión apresurada de un contrato previo con la Casa Smith Hermanos, Rams firmó el 2 de junio de 1856 un nuevo acuerdo con la Confederación. El gobierno, ansioso por ver resultados, estableció un plazo perentorio para dar comienzo a los trabajos: octubre de 1856.

Rams no perdió el tiempo. Mientras esperaba los vapores encargados en el Brasil, encomendó al baqueano Lino Belbey la construcción de la falúa «General Urquiza» y la exploración inicial. La expedición, custodiada por las tropas de Antonino Taboada, logró llegar a Santa Fe, desatando la euforia.

Pero Rams sabía que la euforia no bastaba; se necesitaba capital, tecnología y una visión industrial. Su principal propósito no era solo navegar, sino establecer en los fértiles valles del río colonias de inmigrantes, replicando el éxito de Colonia Esperanza en Santa Fe. Convencido de que la grandeza de una nación se juzgaba por sus vías de comunicación, Rams declaraba:

> «Las dificultades que debían presentarse para vencer los estorbos que ofrece un río poco caudaloso, que atraviesa un país despoblado y desconocido, jamás se me ocultaron... pero estando persuadido de que unas aguas que vienen desde tan larga distancia sin interrumpir su curso hasta el Paraná, debían ser forzosamente navegables, no he desmayado un solo momento».

En enero de 1857, la proa del vapor «Santa Fe» principió a romper las mansas corrientes. Lo acompañaban el práctico Belbey y el ingeniero Rodolfo Blandovsky. Sin embargo, el río tenía sus propios designios. Naufragó la chata que llevaba los víveres, y al llegar a Monte Aguará, la escasa profundidad los obligó a estacionarse. Allí permanecieron once meses, varados en el limbo de la geografía, a la espera de las crecientes que no llegaban.

Lejos de rendirse, Rams regresó a Santa Fe, adquirió el vapor «Río Salado» y contrató al ingeniero constructor Juan Coghlan, recién llegado de Irlanda. En noviembre de 1858, asistido por los ingenieros José de Guerrico y Neville Mortimer, inició una nueva expedición que concluyó en un rotundo éxito al pasar sin problemas el eterno obstáculo de Monte Aguará, llegando hasta Guaype. Coghlan preparó un minucioso informe que Rams presentó al Gobierno Nacional, donde hacía especial referencia a la imprescindible necesidad de encarar obras de mejoramiento y encauzamiento.

 La Mirada de Europa y el Algodón del Chaco

Las provincias atravesadas apoyaron en todo momento la obra de Rams. Santa Fe concedió tierras para la colonización; Santiago prometió cien leguas cuadradas; Salta comisionó al doctor Pablo Saravia para construir un camino que uniera el Salado con el Bermejo.

Pero Rams no contaba con el capital necesario para seguir adelante. Viajó a Europa y en el viejo mundo hizo editar un folleto en francés, casi desconocido entre nosotros, para publicitar su empresa: *Compagnie de Navigation a Vapeur du Rio Salado*. El folleto, aunque mostraba cierta confusión geográfica (ubicando a Catamarca y Tucumán en las costas del Salado), era una carta de presentación para los inversores europeos.

La visión de Rams trascendía las fronteras. Juan Bautista Alberdi, embajador argentino en Francia, se sintió inmediatamente atraído por el proyecto. Alberdi entendía que la integración fluvial era la clave de la soberanía y el progreso. Tanto es así que se inhibió de separar de su cargo de cónsul en París a don Pedro Gil, gestor de la empresa de Rams, para no entorpecer las negociaciones.

Incluso el imperio británico puso sus ojos en el Chaco. En una expedición posterior, Rams invitó al cónsul británico en Rosario, quien estaba interesado en investigar «si realmente el algodón silvestre crecía en muchos miles de acres como se había informado... a la Asociación Abastecedora de Algodón de Manchester». El cónsul debía averiguar la manera más conveniente de recoger y llevar ese algodón a Inglaterra, en medio de la Revolución Industrial que demandaba materias primas a gritos. El Salado no era solo una ruta local; era una potencial vena alimentadora del capitalismo global.

El Primer Azadonazo y la Sombra del Cólera

La fiebre del Salado llegó a su clímax a finales de 1862 y principios de 1863. Rams, con el apoyo de los Taboada y el concurso de ingenieros como Guillermo Cook, preparaba los proyectos para la canalización del río en el tramo del Bracho viejo.

El 25 de diciembre de 1863, una distinguida concurrencia, llena de fervor y optimismo, se dio cita en Matará para inaugurar las obras de «Canalización, desmonte y limpieza del antiguo cauce del río Salado». El vicario de la provincia bendijo las obras y el gobernador Taboada, como padrino del acto, «dio el primer azadonazo dentro del mencionado cauce, y el primer hachazo a uno de los árboles que allí había... se cantó un Tedeum invocando la protección del altísimo para la consecución de un fin que significa e importa la vida moral y física, no sólo de esta provincia, sino también de todas las del interior».

Rams, emocionado, agradeció a todos, «asegurando que no descansaría hasta ver surcadas las aguas del Salado por el vapor, que es el precursor de la civilización, de la riqueza y del bienestar de todo el país».

Parecía que el destino estaba sellado. A fines de 1865, Rams firmó con el gobernador de Santa Fe un plan de colonización en el que se comprometía a establecer entre tres mil y cinco mil familias extranjeras en las costas del río. El gobernador Nicasio Orono le había facilitado todos los medios.

Pero la historia, a menudo, tiene un sentido trágico del humor. El valiente empresario, el "Colón de tierra adentro", encontró la muerte víctima del cólera el 17 de abril de 1867. La ironía es desgarradora: Rams murió en los momentos precisos en que, al frente de los vapores «Rosario» y «Ventura» y las chatas «Rudecinda» y «San José», cargadas de poderosos elementos destinados a remover los últimos obstáculos que impedían la navegación, se proponía coronar la obra por cuya realización tanto tiempo había suspirado en vano.

Con la muerte de Rams, no solo terminó la vida de un gran visionario y patriota argentino. Terminó con él una idea que de ninguna manera era quimérica. Murió Rams con el pleno convencimiento de que el Salado era navegable, dejando escrito en su última carta: «Tengo la certidumbre de poder asegurar a V.E. que en el mes de julio del próximo año subirá sin tropiezo alguno hasta este punto... y si se forma a la Compañía este año en Inglaterra, desde luego le puedo afirmar que en 1868 llegaré con mi vaporcito a Matará y Sepulturas».

El Hierro Devora al Agua: El Triunfo del Quebracho

La muerte de Rams marcó el inicio del fin para el sueño fluvial. Aunque hubo voces aisladas, como las del ingeniero Jesús Fernández o Alejandro Gancedo, que a fines del siglo XIX siguieron presentando proyectos de canales navegables ante un Congreso Nacional cada vez más desinteresado, la suerte de las provincias interiores ya estaba echada.

Solo habían pasado escasos siete años de la muerte de Rams y Rupert, y el proyecto de navegación del Salado moría irremediablemente. ¿Qué había sucedido? El «progreso» bajo las formas del ferrocarril ingresaba por territorio santiagueño. Pero no era un progreso pensado para integrar a las provincias ni para desarrollar una economía agroindustrial local.

El capital inglés y sus aliados nativos habían diseñado un modelo extractivo. Condenaron a Santiago del Estero y al Chaco a ser la productora de los miles de kilómetros de durmientes para las vías férreas y los postes para los alambrados divisores de las grandes estancias de la pampa húmeda. Para ello, aprovecharon sus interminables quebrachales.

De esta manera, la historia dio un giro cruel. Matará, El Bracho, Suncho Corral, Icaño, Añatuya y los pueblos del gran Chaco no serían los grandes puertos sobre el Salado, puntos de embarque de los productos extraídos de los fértiles valles. Ni tampoco se convertirían en las grandes ciudades industriales, con modernos astilleros que aprovecharían los inmensos bosques seculares para construir una gran flota fluvial que comunicara a las «provincias pobres» del interior y a nuestras hermanas americanas de Bolivia y Paraguay con el litoral atlántico.

Por el contrario, se fundarían nuevas ciudades a la vera del ferrocarril, diseñadas como simples apeaderos para la extracción. Se aislaría con el trazado de las vías férreas a las capitales históricas y a las poblaciones tradicionales. Los antiguos pobladores, atraídos por la «ilusión del bosque» y los salarios de miseria de los obrajes, abandonarían sus hábitos agrícolas-pastoriles para internarse en la esclavitud de la tala.

Sobrevendría la explotación forestal y la devastación más inicua e irracional que conoce la historia de los bosques del Chaco santiagueño. Y con ella, poco a poco, como en una lenta «agonía» al decir de Orestes Di Lullo, llegó la muerte de los «viejos pueblos». El río, abandonado a su suerte, volvió a ser un cauce de troncos y soledad. El ferrocarril no trajo la civilización prometida por los visionarios; trajo el hacha, el quebracho y el desierto verde que hoy conocemos.

Conclusión: El Río que Todavía Nos Espera

Comprender la historia pasada es también poder analizar el presente y, de esta manera, tratar de elaborar y construir nuestro porvenir. La pregunta que flota en el aire, sobre las aguas quietas del Salado y los durmientes podridos por el tiempo, es ineludible: ¿Alguien cree, todavía, que el pensamiento de Alberdi, Vicente Quesada, Mariano Fragueiro, Manuel Leiva, Jesús Fernández y Alejandro Gancedo sobre el futuro de Santiago del Estero y de las provincias interiores es cosa perteneciente al pasado?

La canalización y navegación del Salado y del Bermejo, así como el aprovechamiento integral de las aguas del Paraguay y del Uruguay, entrelazándonos fraternalmente con Bolivia, Paraguay y Brasil, no es historia pasada. Es el presente más inmediato. Es la clave del futuro.

En un mundo que redescubre la importancia de las hidrovías, de la logística sustentable y de la integración regional frente a las crisis globales, la epopeya trunca del Salado nos interpela. Nos recuerda que el desarrollo no se impone desde afuera con rieles de hierro que solo sirven para extraer riquezas y dejar pobreza, sino que se construye desde adentro, integrando las regiones, respetando las geografías y apostando a la producción agroindustrial con valor agregado.

La navegación del Salado, ese sueño de vapor y alfalfa que imaginaron Page, los Taboada y Rams, sigue siendo la posibilidad concreta de recorrer nuevamente el camino trazado por San Martín, Artigas y Bolívar. Un camino que no busca la mera extracción, sino la fraternidad de los pueblos. Un camino que, como profetizó B. Fresco hace más de siglo y medio, hará poderosa a la Nación y respetable nuestro nombre.

El río todavía fluye. La pregunta es si nosotros tendremos el coraje de volver a navegarlo.

Fuentes y Bibliografía:

*   Dargoltz, Raúl E. *Hacha y Quebracho*. (Fuente principal de los datos históricos, expediciones, contratos y análisis socioeconómico sobre el impacto del ferrocarril y la explotación forestal en el Gran Chaco).

*   Archivos históricos de la Confederación Argentina y correspondencia de la época (Cartas de B. Fresco, Manuel Leiva, Thomas J. Page, Vicente G. Quesada y Esteban Rams).

*   Relatos de prensa del siglo XIX (*El Nacional Argentino*, *El Comercio* de Corrientes).

*   Irurzún, Blanca. *Crónicas y relatos del Chaco santiagueño*.

*   Di Lullo, Orestes. *Historia y geografía de Santiago del Estero*.

domingo, 28 de junio de 2026

Tres días con sus noches en un obraje

Por Alberto Tasso.



Esto sucedió en enero de 1967, hace 59 años, y cada vez que lo cuento me parece que hubiera sido ayer. Era el primer viaje a Santiago de un muchacho de 23, que estudiaba sociología en Buenos Aires y después de seis años en la universidad apenas había llegado a la mitad de su carrera. Tenía un mes de vacaciones en la revista El Mensajero donde trabajaba como redactor. Su director, el Padre Mario Anzorena SJ me había dicho unos días antes de Navidad: "Aprovechá tu viaje para escribir algo sobre el norte, hay muchos problemas allá que no conocemos".

Para entonces conocía varios santiagueños y algo sabía de los problemas. Unos meses antes había visto en un pasillo de la facultad un afiche que me interesó: anunciaba la presentación de un documental sobre los obrajes, y aunque nunca pude verlo me creó el deseo de conocerlos por mis propios ojos. 

Preparando el viaje

Antes de la partida me hice una colchoneta liviana (lo había aprendido en el servicio militar) que llevaba al hombro con un morral que contenía una muda de ropa, y además de toalla, peine y cepillo de dietes, un cuaderno de notas y una birome. Viajé en el tren Mixto (carga y pasajeros, un clásico de la época) en segunda clase con bancos de madera en ángulo recto. Aunque largo el viaje fue ameno e instructivo en materia de escuchar modos de hablar, ver a los que desenfundaban su guitarra y cantaban una chacarera, o apreciar la generosidad de la señora que repartía sánguches de mortadela. En resumen, una clase de introducción al mundo de provincia.

En mi memoria están la estación de La Banda, el tren de trocha angosta que cruza el Dulce, la estación de Santiago, la avenida Alvear, y doblando por la Tucumán llegar a la Plaza Libertad. Y en mi libreta anoté los nombres de las personas que conocí y agradezco porque me ayudaron a entrar a este lugar: Pedro Nasser, Julio César Castiglione, Luis Arnaldo Lucena, Néstor René Ledesma.

Luego de una semana en la ciudad –alojado en la pensión Las Camelias del Griego Constantinidis- inicié el viaje, cuya meta era Monte Quemado. En el recorrido conocí Añatuya, Tintina y Campo Gallo. No tenía la menor idea de cómo hacer contacto con un obraje, pero el azar me dio la solución. Un compañero de asiento en el colectivo (El Manso) me dijo: "Estoy trabajando como tractorista en el obraje de Celentano, en Urutaú. Si quieres vamos y te presento". 

Sin efectivo...

Llego a la estación Urutaú a eso de las diez de la noche, y me pongo a conversar con un hachero que regresa a su casa. Le gustaría viajar en el carguero para ahorrarse unos pesos, pero no se anima porque va con su mujer y dos hijos chicos.

-Vos sabés, me quedan nada más que dos mil pesos del sueldo. Me dieron un vale para que lo cobrara en el almacén, y el dueño me dice: "No te puedo dar nada más que la mitad, el resto llevalo en mercaderías porque no me alcanza el efectivo". ¡Mirá si no va a tener plata! Y tuve que agarrar viaje, si no me quedaba sin cobrar... 

Así, por medio del almacén –que a menudo es de su propiedad- el obrajero termina de despojar al hachero del producto de su trabajo. Los hacheros se ven obligados a comprar en el almacén donde les fían, a la vez que les recargan los precios alrededor del 30%.

Teniendo en cuenta que ganan muy poco (se les paga entre 120 y 160 pesos por labrar un durmiente) puede comprenderse que al cabo del mes, una vez deducidos los gastos de mercaderías, cobren apenas una tercera parte de lo ganado. Con buena suerte, esta cantidad oscila entre los 4 y 5.000 pesos.

Esta obligada persecución del pan, del que solo se alcanzan migajas, va generando el desarraigo y la consiguiente amargura por la tierra abandonada, que es bella y dolorosamente cantada por el folklore santiagueño.

Don Lugones 

Don Lugones tiene unos setenta años, pero tienen que decírmelo porque no le daría más de cincuenta. Es fuerte, curtido, habla con humildad y trabaja como un muchacho. No tiene una sola cana en su pelo renegrido, y solamente las arrugas delatan toda su vida en el monte volteando quebrachos.

-Si señor –dice mientras arma un cigarrillo- ahorita, después de los carnavales nos vamos pa'l Chaco a cosechar el algodón. Pagan once pesos por kilo y se gana mucho porque hasta los changuitos ayudan.

Desde principios de febrero los trenes empiezan a llegar al Chaco cargados de gente, familias enteras que llevan hasta las gallinas. Vienen de Santiago, del norte de Santa Fe, de Salta, de todas partes. Después irán a la zafra tucumana y luego regresarán al obraje o a sus ranchos, sabiendo que no hay manera de cortar este peregrinaje. Porque el hambre viene pisando los talones, disfrazado de sequía o de ley que no se cumple.

Comida: morir de a poco

-Siéntese don, vamo'a comer un guisito.

La hospitalidad es ley del provinciano, hasta del empobrecido y sub-alimentado hachero. Se me ocurre que la aclaración que me han hecho amistosamente era necesaria, porque no había ningún sabor que delatara al "guisito". Para que la carne soporte la temperatura del monte hay que charquearla (salarla y secarla al sol). Y además de fideos, harina, papas y cebollas, no hay casi otra materia prima para las comidas.

-Aquí comemos sánguche de moco y guiso de alpargatas -resume don Lugones con humor.

Bajo el calor agobiante de Monte Quemado (límite de Santiago y Chaco) "agua fresca" es una expresión casi absurda, y aun cuando uno se acostumbra pronto a tomarla sucia, el surco de tibieza que deja en la garganta parece darnos todavía más sed.

Faltando casi todo el abecedario de las vitaminas y sometidos a un intenso trabajo, viviendo en ranchos rudimentarios (cuatro horcones y techo de ramas), es comprensible que la tuberculosis y el mal de Chagas tengan altísimos porcentajes entre los hacheros.

La vida en el campamento

Los tres días que pasé fueron una experiencia que me dejó muchas enseñanzas que fui comprendiendo más tarde. En el plano etnográfico me interesa señalar la hospitalidad con que me recibieron y la generosidad de compartir su comida, a la que apenas hizo un pequeño aporte mi bolsillo flaco. Uno quedaba siempre preparando el rancho

Eran cinco hacheros, dos muy jóvenes, conducidos por Don Lugones, el de mayor edad y experiencia. Él seleccionaba los árboles a cortar, lo que supone calcular su valor traducido en rollizos, durmientes, postes y varillas. Además, había que calcular para dónde caería, y entonces decidir el mejor lugar para lanzar el hacha. 

Los acompañaba mirando el trabajo desde cierta distancia. A menudo eran tres ocupados en el mismo árbol. Vi a uno santiguarse antes de comenzar el trabajo, creo que un ritual de perdón. Se turnaban en el manejo del hacha, intercalando bromas y frases que no entendía. Y al final, los alaridos cuando el quebracho caía. Sumados al canto del kakuy, son las voces que no olvido. 

Fuente: El Liberal


sábado, 27 de junio de 2026

"La zamba de Vargas"

 


El 10 de abril de 1906, en el diario El Siglo, el Capitán Ambrosio Salvatierra, que participara en la Batalla de Pozo de Vargas integrando las fuerzas nacionales, pública sus recuerdos de la misma.

Luego de referir pormenores del reñido encuentro dice: "que al iniciar las fuerzas de Varela con un cañonazo, el Gral. Taboada ,ordenó que se contestara con el mismo, pero como las fuerzas no tenían cañón, el Sargento Mayor José Brizuela, Comandante de la Compañía de Infantería de Catamarca, ordenó a la Banda de dicha Compañía que tocara y ésta, se hizo oír con una zamba, llamada desde entonces "Zamba de Vargas"(...) Sigue más adelante: "el efecto fue electrizante, las tropas al oír el baile nacional, prorrumpieron en gritos, vivas a su General y mueras al enemigo".

El 26 de agosto de 1906, el músico y tradicionalista santiagueño Andrés Chazarreta, hizo conocer la versión de la "Zamba de Vargas " que aprendiera desde su niñez de los labios de su tío Manuel Antonio Chazarreta, combatiente de la batalla que nos ocupa, de su abuela AGUSTINA, además, tal como dice el historiador Luis Alen Lascano (cf. "Andrés Chazarreta Y El Folclore" B.A. 1973), de haber consultado con el citado Capitán Salvatierra y con otro combatiente, el Teniente abanderado José María Gauna, músico fallecido en 1910.

Cabe señalar que esta zamba es la primera obra impresa con dicho género (zamba) en la historia del Movimiento Tradicionalista Argentino.

La versión de Andrés Chazarreta, es publicada por éste en 1908, 1912 y 1914 (en París) e integra su Primer Álbum de Música Folclórica en 1906, acompañada con coplas populares y tradicionales.

Otro músico santiagueño, Manuel Gómez Carrillo, publica en 1921, otra versión con diferentes técnicas de notación musical, sustancialmente semejante a la de CHAZARRETA.

Después se suceden las versiones, recopilaciones, arreglos, transcripciones, etc. Siempre sobre la misma línea melódica fundamental.

Versión atamisqueña: una versión totalmente diferente en su música a la mencionada anteriormente, es publicada en 1945, por los tradicionalistas santiagueños Bailón Y Luis Alberto Peralta Luna.

La misma fue recopilada hacia 1938 en Villa Atamisqui, población antigua situada en el centro sud de la provincia, donde se conservó muy viva la tradición del canto, la danza criolla y el habla quichua.

Les fue transmitida a los colectores por los músicos populares: Manuel Roldán Benavidez, José Antonio Sosa y Lindaura Roldán De Santillán, quienes, a su vez, la habían aprendido de viejos pobladores de la zona, músicos de notoria fama regional como los arpistas: Rosario Benavidez, Mercedes Gómez Y María Antonia Sosa.

Las coplas anónimas y populares, dan más realce a Varela, Elizondo y Chumbita que a los propios Taboada.

Se la conoce también con los títulos: "La Vargueña" y "La Taboadista". Musicalmente, como la citada anteriormente, es de las denominadas "cortas" o "de 2 vueltas", por ser su versión original de 32 compases bailables.

(Fuente: "Zambas Históricas Y Tradicionales " José A. Faro, Pag.83/85).

"Zamba De Vargas"(Recop. A. Chazarreta): "Forman los riojanos en Pozo e' Vargas/ los manda Varela, firme en batalla, / contra los santiagueños, / con gran denuedo van a pelear, / ya Don Manuel Taboada, / alta su espada se ve brillar.// Atacó Varela con gran pujanza,/ tocando a degüello a sable y lanza,/ se oyen los alaridos/ y en el estruendo de la carga/ ya pierden terreno/ los santiagueños de Taboada. // Bravo santiagueños!, dijo Taboada/ vencer o la muerte!, vuelvan las cargas,/ por la tierra querida/ demos la vida para triunfar/ y ahí nomás a La Banda, / la vieja zamba, mandó a tocar.// Y en el entrevero se oyó esta zamba, / llevando sus notas bríos al alma./ Y el triunfo consiguieron/ los santiagueños de Taboada, / para eterna memoria/ Zamba de Vargas siempre será".

"Zamba De Vargas"(Versión José Ramón Luna):"Batallón de Varela, Pozo de Vargas,/ formó su pelotón,Manuel Taboada. / Si ay...ay...ay..Manuel Taboada. // Aquel bocón que viene, / ha de acabarnos, / vamos a hacer un tiro/ guapos muchachos. / Ay...ay...ay...guapos muchachos. // Al primer tiro que hizo,/ le dio en la boca,/ fumándose Varela,/valientes tropas!/ Ay...ay...ay...valientes tropas. // Desenvainó su espada/Manuel Taboada/ "si esta guerra pierdo,/ no cargo espada"./ Si ay...ay...ay...no cargo espada ".( Esta versión la cantaba Eusebio More).

"Zamba De Vargas" (Recop. Peralta Luna): " A la carga, a la carga/ dijo Varela, / a la carga artilleros (zambita),/ rompan trincheras.// Rompan trincheras, cierto, / dijo Elizondo, / Batallón lagunero (zambita)/ de 2 en fondo. // A la carga, a la carga,/ dijo Taboada, /" si esta guerra no gano (zambita)/ no cargo espada"./ A la carga, a la carga, / dijo Chimbita,/ "las ansias de quererte ( zambita),/ no se me quitan".

Fuente: Libro Inédito " Historia Del Cancionero Folclórico Santiagueño" De Omar Sapo Estanciero

 

lunes, 22 de junio de 2026

La algarrobiada

 Orestes Di Lullo | El folclore de Santiago del Estero

 


En todos los puntos de la provincia se practica la costumbre de salir en caravana para la cosecha de algarroba. Eran célebres las algarrobiadas que se efectuaban en "El Polear", al otro lado del río, cerca de la ciudad, una de cuyas casas -la de Doroteo Gómez- era el centro de una intensa peregrinación de gente de Santiago que, con árganas, "tipas" y "ponchos" acudían el 24 de diciembre a la cosecha de algarroba. 

El regocijo tenía también un sentido religioso, pues el día del "nacimiento" se velaba al Niño Dios con bailes y cánticos. Allí se escuchaban las notas arrancadas al arpa por la prodigiosa destreza del "finao Lauriano", justamente reputado como uno de los mejores arperos de aquel tiempo.

Durante la noche, después del pesebre, las zambas, los gatos, las chacareras mantenían alerta con sus notas joviales el espíritu de la fiesta. De los árboles colgaban los "noques" repletos de aloja; en torno de los fogones se cocinaban las más suculentas viandas; los hombres en corro bebían enormes "chambaos" y el amor, proclamado mil veces en la canción y la música de las guitarras y cajas y en los giros de las danzas, bajo la noche cálida, constelada de estrellas, era natural y libre; como el deseo incontenible; como la alegría, desbordante.

"El Polear" es todavía un recuerdo vivo de la ciudad. Era el lugar donde residía y había que ir a buscar el amor, como en los campos de la antigua Arcadia. Pasada la fiesta, desocupada el alma, hombres y mujeres con la carga de la cosecha de algarroba en "veranos" y "pozuelos" y niños y doncellas con el haz de leña sobre sus cabezas que sostenían el "pashquil" regresaban al hogar en alegres caravanas, por los caminos olorosos de salvia y de poleo; cruzaban el río llenando el silencio de risas y alegrías, y recomenzaban la tarea diaria, nunca apremiante, con elrecuerdo de la sonrisa de los labios y en la luz de los ojos. 

Hasta aquí lo que escribía Di Lullo en 1943, hace setenta años. Todavía recordamos los que fuimos niños allá por los 50 el gusto por juntar algarroba blanca y negra para disfrutar la dulzura y el alimento que esta fruta natural nos brindaba. Lo mismo la añapa refrescante que salía de la molienda. Bueno es recordar que ella nos hacía aguantar mejor el calor, mientras el tacku (algarrobo en quichua) nos ofrecía sombra a nosostros los chicos y a los animales en esas siestas de 43 grados a la sombra, en tiempos en que la heladera era un lujo. Esto es bueno que lo recuerden aquellos que quieren recuperar la soberanía alimenticia. Con algarroba, mistol, chañar, piquillín. miel de balas, docas, tunas, arrope de algarroba, de tuna y de chañar y otros regalos de la naturaleza sabíamos complementar nuestra dieta santiagueña.

 Fuente: www.desdelolvido.blogspot.com.ar/

 

domingo, 21 de junio de 2026

La madurez del caminante: Raly Barrionuevo y el arte de despojarse de las presiones

 


Hay músicos que dependen del ruido constante y de la validación masiva. Y están los otros, los que entienden este oficio como un sendero largo de tierra. Raly Barrionuevo pertenece a este último grupo. El santiagueño, criado en los patios de Frías y afincado en las Sierras Chicas de Córdoba, pasa hoy por un momento bisagra. Con su último proyecto, el músico alcanzó una libertad absoluta frente a las exigencias del mercado y las expectativas ajenas.

"Alcancé un disco y un camino en el que solo me siento libre de presiones", definió hace poco. No es una frase dicha al pasar, sino una declaración de principios. A sus cincuenta años, Raly ya no tiene que rendir examen. Le cantó a la militancia, cruzó el folklore con el rock nacional y consolidó un repertorio que ya forma parte de la música popular. Lo que le queda ahora es el disfrute puro del viaje.

El regreso a la raíz despojada

Para entender su presente hay que mirar hacia atrás. Desde sus primeros trabajos, como El principio del fin (1995) o Circo Criollo (2000), cargó con el peso de ser señalado como el heredero del compromiso social en la chacarera. Fue un compromiso real: le puso el cuerpo a las luchas campesinas y ambientales en Córdoba. Pero el tiempo pasa y las búsquedas cambian.

Este nuevo tramo en su mapa musical muestra a un Raly enfocado en el minimalismo, en la guitarra acústica y en el valor del silencio. Ese camino libre no es un alejamiento de sus convicciones, sino su maduración. Ya no necesita gritar para ser escuchado; un rasguido sutil y una voz madurada por los años viajan más profundo que un bombo legüero al palo.

La industria actual, dominada por los algoritmos, las colaboraciones forzadas y la urgencia de canciones cortas, no afecta su rutina. Decidió bajarse de esa velocidad. Su proceso actual responde a tiempos más humanos y artesanales: grabar cuando hay algo para decir y callar cuando toca escuchar.

Córdoba y Santiago: El eterno abrazo del paisaje

No se puede separar la obra de Barrionuevo de la geografía que habita. Nacido en Frías, Santiago del Estero, y radicado en Unquillo, Córdoba, su música tiende un puente entre el monte y las sierras. En la tranquilidad cordobesa encontró el refugio ideal para tomar distancia de las presiones urbanas. Lejos del movimiento de la Capital Federal, construyó su espacio de trabajo.

En las sierras se vive a otro ritmo. El contacto con la tierra, la huerta y los vecinos que lo saludan en el almacén como a uno más limpian la mirada. Esa cotidianidad se trasluce en sus composiciones. Sus grabaciones reflejan ese entorno: un paisaje sin estridencias, con texturas y la calma que da la experiencia.

Esa soltura se nota en sus shows en vivo. Quienes lo ven en el escenario se encuentran con una propuesta descontracturada: puede tocar solo con su guitarra, armar un bloque íntimo o invitar a amigos a guitarrear sin una lista de temas rígida. El escenario se vuelve un living.

La madurez como bandera de resistencia

En una cultura que suele priorizar la juventud y el éxito inmediato, sostener una propuesta artística con el paso de los años es una postura firme. Analizar la figura actual de Raly Barrionuevo es ver cómo se madura con dignidad en el escenario. Lejos de sumarse a modas pasajeras o a géneros ajenos para mantenerse en cartel, profundiza en su identidad. Se vuelve más clásico y directo.

Esa falta de presiones se refleja en su forma de cantar. Su voz ganó matices; ya no busca la potencia vocal de sus primeras épocas en Cosquín, sino la palabra justa y la confidencia con el espectador. Es el canto de alguien que caminó, vivió pérdidas y sigue confiando en la fuerza de una canción.

Este presente también le permite cambiar de opinión, experimentar y equivocarse sin la preocupación por la mirada ajena. Raly se ganó el derecho a hacer lo que quiere. Si decide grabar boleros y tangos, lo hace; si prefiere guardarse por meses en su casa, también. El público respeta esos tiempos y lo espera, porque sabe que cuando vuelve, trae algo auténtico.

Al final, lo que Raly Barrionuevo demuestra es que el logro principal no está en los números de las plataformas digitales, sino en reconocerse en la propia obra. Elegir la libertad por sobre el mercado es un aporte valioso para la cultura actual. Raly sigue marchando a su propio ritmo, con la guitarra al hombro y el alma liviana.

 

Las versiones más importantes sobre la leyenda de la Telesita

 Felix Coluccio


Cuenta la tradición que Telésfora Castillo, a quien llamaban Telesita, había nacido en Tolojona, en la costa saladina de Santiago del Estero. 

Era de extraordinaria belleza y ambulaba constantemente por el interior de los bosques, frecuentando algunos boliches donde cantaba y bailaba, habiendo quien asegura haberla visto en la misma ciudad de Santiago del Estero. 

Los paisanos se acostumbraron pronto a la Telesita, a quien querían por su bondad y sencillez. Pero un día -ellos lo dicen- amaneció quemada en un rancho, habiendo quien afirma haberla hallado muerta en una acequia a tres leguas de la ciudad de Santiago del Estero. Lo cierto es que después de su muerte, la Telesita estaba más cerca de los campesinos que antes y se le han atribuido milagros sorprendentes. Se encomendaban -y aún lo hacen- a ella, ofreciéndole un baile con bombo y violín. Y aseveran que así que se producía una pérdida de algún vacuno o prendas de valor eran robadas se hallaban indefectiblemente después de ofrecerle un baile en el que abundase el aguardiente hervido con poleo. 

Las reuniones que se hacen en su homenaje se llaman de todo el país, sobre una u otra canonización popular, las conferencias y mesas redondas, así como los libros editados para difundir su conocimiento, algunos exclusivamente sobre una sola canonización, como ha ocurrido con la Difunta Correa, Pancho Sierra o la Madre María.

Telesiadas, y se llevan a cabo en la casa del que ofrece el baile. Se prepara un muñeco de papel o trapo y se lo coloca sobre una mesa o catafalco, simulando así el cuerpo de la Telesita. Cuatro o cinco velas puestas a su alrededor se encienden antes de comenzar el baile. Cuando éste se inicia, el promesante y su mujer bailan siete chacareras seguidas, y entre una y otra se bebe una copa de caña o aguardiente (los dos danzarines). Después se generaliza el baile y corre abundante la caña, cerveza o vino u otra bebida cualquiera. La música se ejecuta especialmente en los siguientes instrumentos: caja, bombo, violín y guitarra.

Las canciones que tradicionalmente se tocan son chacareras, zambas, gatos, etc. También se escuchan "coplas al angelito", es decir, no alusivas a ella. La fiesta termina a la madrugada, hora en que la imagen de la Telesita es quemada ritualmente, para rememorar el triste fin que en vida tuvo la Telésfora.

La Telesita tiene ciertos puntos de contacto en lo que se refiere a la posibilidad de culto y ofrendas, de rescatar lo perdido, con el Negrito del Pastoreo, el Alma del Quemadito y la Difunta Correa en nuestro país, con el Sacy Perere en Brasil y el Señiles de Panamá.

RICARDO ROJAS- de su libro "El país de la Selva"

Requirió el capataz sus armas, y caminó tras el paloapique, por la orilla laguna. Llegaban del callejón bullentes ecos, y hasta la tranquera del corral los visionarios perros atropellábanse toreando. Nada se discernía, sin embargo, a pesar de la noche diáfana. Algunos sauces lacios sombreaban la opuesta margen, hasta donde se extendía el agua, aplanada en quietud de espejo. De súbito, varios patos domésticos que dormitaban por allí,se despertaron parpando pavores a la desaforada, cuando una sombra pasó de fuga bajo aquellos árboles, reflejándose invertidas en el bruñido azogue de la presa. Se hizo largo silencio, el hombre corrió hacia allá, y vió a la aparición, semivestida de harapos, pugnando por safarse de los perros, y apercollándola, gritóle:

_¿Sois de este mundo o del otro?

La luna se arrebujó de nubes en aquel instante; sutil penumbra veló como de intento la campaña, y una carcajada estridente, larga, cromática, respondió a su reclamo.

¡Era la Telesita!

Tiempo hacía que peregrinaba por los bosques tan extraña mujer. Conocida su fama y su bondad, la acogieron caritativamente; pernoctó en el galpón y al día siguiente avióse, para aparecer después a las riberas del Dulce o sobre la costa del Salado. Se llamaba Telefora o Teresa; tenía padres y hermanos; hasta se indicaba el sitio de su cuna: Paaj - yaquitu... Pero tanto había impresionado al alma crédula de la raza su vida vagabunda y excéntrica, que comenzaron por adulterar en diminutivo de leyenda su nombre bautismal, y concluyeron después de su trágica muerte por convertir su espíritu en una especie de Dionisios femenino y sin forma, cuyo culto en la selva era como en la Grecia jubilosa, culto de guirigayes y coplas, de libaciones y danzas.

Yo he visto esas ceremonias.

Habíamos galopado largo trecho del monte, y a fin de que las cabalgaduras descanzaran, nos detuvimos en un rancho, casi a mitad de nuestro camino. Al acercarnos, se sintió la música entre la confusa arbórbola; y columbramos después el grupo de los que, en el antepatio de la choza, bailaban a la luz de la luna. Moraba allí una vieja alegre, bien conocida en el lugar, por ser la madre de dos muchachas jóvenes, zarca de ojos la una, morena de tez la otra, y ambas dispuestas siempre, lo mismo para una arunga que para un marote. Siendo sábado esa noche, estaban de fiesta...

Cuando asomamos al corro, un hijo de una señora, jarifo como sus hermanas vino a ofrecerme su anacrónico chambao de aloja, a menos que prefiriese escanciar jinebra, en bote donde habían suxsado ya más de veinte labios.

Danzaban chacareras en aquel momento, y a son de cuerdas, el cantor decía:

Si de cristales fuesen

Los corazones

Qué bien claras se viesen

Las intenciones.

Y uso los pies de la pareja, en la postrer mudanza,chisporrotearon cohotes; zahumóse el aire con el hedor de la pólvora; corvetearon caballos bajo los árboles; sonaron voces y palmoteos en la turba; y así volvió a mostrárseme el cuadro ya conocido de las orgías selváticas. No siendo carnaval, ni reyes, ni noche buena, ni otra alguna de las ocasiones clásicas, pregunté el motivo de la fiesta.

- Es una promesa a la Telesita. - me bisbisó un paisano cuyo bigote en garfio adornaba las ondas comisuras de su boca sensual. Averigué quién era la Telesita, y él respondióme con laconismo rehacio:

- Ánima milagrosa...

Como en ese instante se acercaba el ladino de la casa, él abundó en explicaciones.

- Si usté quiere ganar una carrera, o sanar un enfermo, o encontrar una cosa que se le pierda... vamos: algo que usté desea le hace una promesa a la Santa.

- ¿Promesa de qué?

- De ponerle un baile.

Era su deidad milagrosa, la pobre loca oriunda de esas breñas, santificadas por las devociones. Cuando vivió en el bosque, aparecíase hoy en una estancia, más tarde en otras de comarcas luengas. Salvaba a pie distancias fatigosas, recogiéndose a la vera de los caminos, donde asustaba muchas veces a los viajeros nocturnos, o pidiendo albergue en los ranchos, donde enconde tales jornadas. traba un chuse para dormir, un lienzo para cubrir su engurrunido seno, y para el hambre o la sed de tales jornadas: aloja, charqui, locro, amka, lo que pudiesen darle en el desmantelado chocil. Vagaba sin cesar y sin destino, llevando inoficiosamente a cuestas, sobre el pachquil de la cabeza, de un punto al otro de la selva, carga de leñas y de trastos. La acogieron primero con timidez, en seguida con piedad, al fin con cierta supersticiosa inquietud... Era su rostro bello dentro del tipo de la raza; pero la fijeza anormal de su mirada, cernía sobre su faz algo de lúgubre _ el almaentera náufraga en ancestrales desventuras.

Y agregaba mi interlocutor:

- El promesante paga las velas y los licores.

Entonces preguntábale yo:

-¿y qué se hace en el baile?

A lo cual respondía generosamente:

- Cupar y danzar y cantar... El promesante debe tomar siete copas por Ella... Cuando las velas se acaban, el baile sagrado concluye; pero quienes quieran pueden seguir.

-¿Y las velas?

- Ahí están- y se empinó, señalándome con el índice catorce cabos derretidos y coronados por tantas llamas lívidas que oscilaban, umbral adentro de la oscura choza, sobre una mesa adornada de randas y flores.

El rito encerraba, quizás, mucho de ingenuo, más en su espíritu era fiel a la tradición. La Telesita había sido alcoholista y aficionada a los bailes. Muchas veces desvió su rumbo al oír en la noche de las espesuras natales, el compás de los bombos. La acogían también allí; y este recuerdo debió inspirar de nuevo en medio de la selva santiagueña, los cultos dionisíacos que originaron la tragedia antigua: no faltaban ni la deidad orgiástica, ni la ronda báquica ni el ditirambo del coro, a cargo aquí de los trovadores populares:

Cuando un pobre se emborracha

De un rico en la compañía:

La del pobre borrachera

La del rico es alegría.

Veíase a las claras cómo se amrgaron allí las supersticiones católicas del milagro, las costumbres paganas del bosque, y la suprema intuición metafísica que adoraba al puro espíritu de la muerta sin haber caído en las formas de un subalterno fetichismo: pues a nadie se le hubiese ocurrido tallar en la madera de sus árboles la efigie de la santa.

-¿Lo ve a ese mozo que está pintando cerca del violinista?- me preguntó después el del coloquio.

-¿Cuál?

- Ese saco blanco ... Bueno: ese mozo estaba muy mal enfermo...; lo agarró fuerte el costado...; quince días en cama…; ya la médica dijo que no se iba a levantar... Le hicieron una promesa a la Telesita: y ahí lo tiene usté.

Y como en el curso de la conversación preguntasen si ya había concluido la parte religiosa del baile, me respondieron:

- No, señor. Este es más largo porque son dos promesas: la otra fue para que la Telesita hiciera encontrar un caballo de mi primo.

- ¿Y lo encontraron?

- Sí, es ese mala cara que está en el palenque.

Seguían en el corro coplas, músicas, piruetas, contradanzas, aplausos, chundas, zapateadas, libaciones, contoneos, zarabandas y cohotes- mientras el mozo se expedía con tan fácil locuocidad, gracias a los licores que escanciara.

¿Cómo había podido esa vida tan siniestra inspirar este culto tan alegre? ... Fueron los días de la Telesita, torvas ambulaciones de neurosis concluidas en un desenlace de tragedia. Recorrió los senderos como una sombra de delirio. Lo despeinado de su breña encuadraba en hirsutos aladares el rostro lleno de inconciencia mística. Impresionaban la orfandad de su suerte, sus peregrinaciones angustiosas, la noche trágica de sus ojos, su mutismo habitual y siniestro, su castidad incólume, y la juventud que ardía como una llama lóbrega sobre su sexo ya marchito... Iba descalzo el pie, de sudores tringosa la vestidura, y raída por la hostilidad de los ramajes... Hasta que cierto día su cuerpo nómade se extinguió en un incendio de árboles, de donde su alma taumaturga surgió beatificada por el espíritu del fuego.

Encaminándose por el bosque en una de sus habituales peregrinaciones murió quemada, según la tradición. Marchaba por su ruta, aquella tarde de invierno, aterida de frío, cuando vio resplandecer a lo lejos un árbol coronado de llamas. Lo incendiaron, tal vez, a designio, industriales que buscaban carbón; o casualmente propagóse alguna hoguera dejada al pie por otros viajeros de la víspera. La vagabunda se acercó para calentar sus entumecidos miembros, y una lengua de fuego, de las que abrazaban el tronco, lamió el graciento andrajo de su falda, encendiéndola de antuvión. Huyó la desventurada por la ruta, dando gritos atroces; pero el viento contrario de su fuga atizábala cual a una desvastadora tea. Llagada hasta los huesos, flameaban fuegos como alas rojas sobre sus hombros; y en su frente, voraces llamas como cabelleras de furia. Y dijérase que allí, consumida su carne por ese elemento de biblíca purificaciones, su alma desencarnada pudo expandirse más hermosamente trágica en la infinitud de su demencia, hasta que, olvidados los episodios reales de su vida, y perdurables sólo cuanto hubo en ella de extraordinario, el viejo culto de los muertos la erigiese en deidad protectora del bosque donde nació. FBK: patio santiagueño