Si alguna vez anduviste
de noche por el campo, sabés bien lo que se siente. Esa oscuridad cerrada,
profunda, que parece tragarse el camino y todo lo que hay alrededor. Y si
alguna vez, en medio de esa penumbra, viste un resplandor flotando a lo lejos,
entonces seguramente entendés por qué la historia de la Luz Mala sigue dando
que hablar.
La Luz Mala -o Ailen
Mulelo, como la llamaban algunos pueblos originarios- es una de esas leyendas
que quedaron profundamente arraigadas en el folklore rural argentino. Una
historia que pasó de generación en generación y que todavía aparece, de tanto
en tanto, en alguna conversación alrededor de un fogón.
Pero detrás del miedo y
de los relatos de aparecidos hay una pregunta que vale la pena hacerse: ¿qué
había realmente detrás de esas luces que, en plena noche y en medio de la nada,
podían hacer frenar hasta al paisano más curtido?
El origen según la
cosmovisión originaria
Para las comunidades
originarias, encontrarse con uno de estos fuegos fatuos no era algo que pudiera
tomarse a la ligera. En mapudungun recibió el nombre de Ailen Mulelo, una
expresión vinculada a ailliñ, "brasa", y amulen, "andar" o
"caminar". De ahí surge esa imagen tan poderosa: la "brasa
ardiente que camina".
En otras regiones del
interior también se la conoció como Boy Tata.
Dicen que ver una de
estas luces en medio de un sendero era motivo suficiente para no volver a pasar
por ese lugar durante mucho tiempo. No era simplemente una cuestión de
superstición. Había, sobre todo, un profundo respeto por aquello que se
entendía como una manifestación del mundo de los muertos, una aparición que
escapaba a la comprensión de los vivos.
Un alma errante en busca
de compañía
Con el paso de los años,
la tradición criolla tomó aquella creencia y la fue transformando a su manera.
En el imaginario popular, la Luz Mala terminó convirtiéndose en la presencia de
un alma en pena que vaga por la pampa sin encontrar descanso.
Según esta versión, se
trata de espíritus que quedaron atrapados en una especie de punto intermedio.
Personas que habían cometido faltas durante su vida, aunque no lo
suficientemente graves como para condenarlas al infierno ni tan leves como para
permitirles alcanzar el cielo.
Y entonces el alma queda
ahí. Sin rumbo. Sin descanso.
La tradición decía que
buscaba acercarse a los vivos porque necesitaba compañía. Permanecía vagando en
la oscuridad, esperando que algún familiar, amigo o ser querido realizara una
buena obra en su nombre. Solo así podría, finalmente, encontrar la redención y
abandonar este mundo.
Lo que la ciencia tiene
para decir
Ahora bien, por
fascinante -y también por inquietante- que resulte la leyenda, la explicación
científica es bastante más terrenal.
En determinados
ambientes, esas luces pueden relacionarse con fenómenos naturales muy
concretos.
Uno de ellos son las
emanaciones de metano, especialmente frecuentes en terrenos anegados o
pantanosos, como los que existen en sectores de la Bahía de Samborombón.
También están los gases
producidos por la descomposición de materia orgánica. Cuando restos vegetales,
animales o grasas se descomponen a poca profundidad, pueden liberar distintos
gases que, bajo determinadas condiciones, producen pequeñas luminiscencias o
destellos al entrar en contacto con el aire.
Y existe además otra
explicación que durante mucho tiempo alimentó la leyenda: la fosforescencia
asociada a determinadas osamentas y restos orgánicos.
Después está la noche.
Una brisa apenas
perceptible puede desplazar los gases y hacer que el resplandor parezca
moverse, como si bailara en la distancia. Y cuando la luz proviene de un punto
fijo, entran en juego otros factores: el cansancio de la vista, la oscuridad
absoluta, la falta de referencias para calcular las distancias y, claro, el
miedo.
Porque cuando uno está
solo en medio del campo y ve una luz que no sabe explicar, la imaginación hace
el resto.
El contrahechizo del
paisano
Pero, claro, la
explicación científica nunca logró borrar del todo las viejas creencias. Y si
la lógica no te alcanza o simplemente preferís no correr riesgos cuando la
noche se pone brava, el paisano también tenía su propio método para defenderse.
La receta era sencilla y,
según la tradición, había que actuar rápido: encomendarse a Dios con un rezo
entre dientes y morder de inmediato la vaina del cuchillo.
¿Por qué?
Porque en la pampa
profunda, cuando aparecían cosas que escapaban a toda explicación, el acero
siempre ocupaba un lugar especial. Era una especie de última defensa frente a
lo desconocido.
Y quizás ahí esté buena
parte del encanto de la Luz Mala. Entre los gases de la tierra, los restos de
animales, la oscuridad de la noche y las antiguas creencias, quedó atrapada una
historia que todavía nos obliga a mirar dos veces cuando, allá lejos, aparece
una luz solitaria en medio del campo.
Porque hay noches en las
que una explicación científica alcanza.
Y hay otras en las que,
aunque uno no quiera admitirlo, prefiere seguir de largo.






