lunes, 14 de septiembre de 2026

Tinta, plomo y libertad: el nacimiento de El Guardia Nacional y los primeros pasos de la prensa santiagueña

Por Leyendas del Folclore Santiagueño

NOMBRES DE DIARIOS y periódicos de diversas épocas, según los archivos de la historia periodística santiagueña.


Un nacimiento tardío bajo la sombra del despotismo

El 17 de septiembre de 1859 no fue un sábado cualquiera en Santiago del Estero. Tras décadas de silencio forzado, analfabetismo estructural y constantes luchas civiles, salió a la calle la primera hoja impresa producida en la provincia: El Guardia Nacional. Mientras Mendoza y Tucumán contaban con imprenta desde 1817, Córdoba desde 1825 y Corrientes desde 1829, Santiago fue la última provincia argentina en tener un periódico propio.

Como explicó el historiador José F. L. Castiglione en sus trabajos de 1948, semejante demora no fue casual. La prolongada tiranía de Juan Felipe Ibarra entre 1820 y 1851, junto a la escasez de escuelas y la inestabilidad política, ahogaron cualquier intento de libre expresión. El propio Manuel Belgrano lo había advertido en las vísperas de la Revolución de Mayo, en una cita que Castiglione rescata con precisión: «¿Quiénes se oponen a la libertad de prensa? ¿Quiénes le temen? Los déspotas, los tontos y los tímidos». Hizo falta que cayeran los viejos caudillismos y se sancionara la Constitución Nacional de 1853 para que la palabra escrita tuviera, por fin, una imprenta donde nacer.

Una prensa cobrada en deudas de guerra

El origen del equipamiento técnico que dio vida al primer periódico santiagueño parece sacado de una trama bélica. Según documentaron Castiglione y Alfredo Gárgaro, la llegada de la primera máquina tipográfica no respondió a un encargo comercial, sino al cobro de una deuda entre los gobiernos de Tucumán y Santiago del Estero.

Santiago había volcado sus fuerzas militares en la expedición del general Espinosa para derrocar al gobernador tucumano Celedonio Gutiérrez, conflicto que culminó en la batalla de Los Laureles. Para compensar los gastos militares ocasionados, el líder santiagueño Manuel Taboada negoció la entrega de una prensa usada propiedad del gobierno tucumano. El traspaso se formalizó mediante una ley de la Legislatura de Tucumán el 27 de julio de 1854.

La máquina, calificada en los registros de la época como pesada y manejada por "operarios sin inteligencia", exigió traer desde Tucumán a un experto, Pedro F. Robles, para ponerla a punto y capacitar a la primera generación de tipógrafos locales. Cinco jóvenes santiagueños asumieron el desafío de aprender el oficio del plomo y las tintas:

  • Segundo R. Araujo
  • Crisólogo Agüero
  • Crisóstomo Encalada
  • Ramón R. Bravo
  • Mauro Figueroa

Instalada en dependencias del Cabildo, la imprenta fue bautizada "31 de Octubre" —en homenaje a la victoria militar de los Taboada sobre las tropas tucumanas en Tacanitas (1853)— y comenzó a publicar los primeros decretos y papeles oficiales en 1858.

El debut de El Guardia Nacional: formato, voz y vicisitudes

El Guardia Nacional salió finalmente el 17 de septiembre de 1859, durante la gestión del primer gobernador constitucional, Juan Francisco Borges. Tenía salida semanal, una tirada modesta de 150 ejemplares y un formato chico de 30 por 40 centímetros, apenas más grande que un libro. Su primer editor fue el propio Pedro F. Robles, mientras que el rol de redactor principal lo asumió Ezequiel N. Paz, entonces ministro de Gobierno. Sin embargo, en la historiografía existe un debate sobre la conducción del medio: mientras algunos autores le otorgan la dirección a Paz por su rol de redactor, otros afirman que la dirección estaba en manos de Manuel Taboada.

En una provincia con muy pocas escuelas, donde saber leer era un privilegio raro, los pocos ejemplares circulaban de mano en mano o se leían en voz alta ante grupos de vecinos analfabetos. Aun así, la vida del semanario fue corta. En 1860, el gobernador Pedro R. Alcorta cortó su publicación alegando la "escasez de recursos" del tesoro provincial. Se intentó alquilar la imprenta al club político "25 de Mayo", pero los incumplimientos del contrato terminaron en la rescisión del acuerdo, dejando a la provincia de nuevo sin órgano impreso.

Periodismo de trinchera y la figura del "editor responsable"

Tras el cierre de El Guardia Nacional vino una etapa prolífica pero violenta. Los periódicos que le siguieron - La Reforma Pacífica (1860), La Prensa Orgánica (1861) y La Fraternidad (1862) - nacieron al calor de la contienda política. Eran hojas marcadamente facciosas, escritas con un tono agresivo que apuntaba a las personas antes que a los debates de ideas.

Muestra de ese clima fue lo publicado por el periódico La Libertad en octubre de 1875, atacando al mitrismo tras la caída del régimen de los Taboada:

"Mitre, el más nefasto de los ciudadanos, habrá triunfado... A más de revoltoso, es traidor a la Patria".

Recién hacia 1880 empezó a abrirse paso un estilo más templado. En la edición número 287 de La Prensa Libre, el redactor Federico R. Álvarez lo planteaba claramente en su editorial de presentación:

"No, la misión de la prensa es mucho más digna y delicada, y está más arriba de todas esas bajezas y de todas esas miserias; el hogar es el recinto sagrado y el templo santo de la familia a cuyas puertas hemos de deponer todos nuestros odios y rencores..."

En ese contexto tenso, el rol del "editor responsable" - que solía ser el propio tipógrafo o regente del taller - entrañaba un peligro real. Antes de la sanción de la primera Ley de Imprenta provincial en 1885 y sin garantías policiales efectivas, el editor quedaba expuesto a agresiones físicas o a ser desafiado a duelo por cualquier artículo que causara ofensa. Por eso, como observó Castiglione, los cambios constantes de nombre en el pie de imprenta casi siempre delataban un episodio de violencia o persecución.

El legado de la palabra impresa

A pesar de su corta vida y sus limitaciones técnicas, El Guardia Nacional rompió el aislamiento cultural de Santiago del Estero e inició la historia de la prensa local, una trayectoria que Castiglione dividió en tres etapas fundamentales:

  1. Primera etapa (1859-1895): La proliferación de unos cuarenta semanarios de pequeño formato y tiradas reducidas.
  2. Segunda etapa (1895-1932): El salto al periodismo diario con La Provincia (1895) y la consolidación de cabeceras históricas del norte argentino como El Liberal, fundado el 3 de noviembre de 1898 por Juan A. Figueroa.
  3. Tercera etapa (1932 en adelante): La profesionalización del oficio, la despersonalización del comentario político, la llegada de las linotipias y el asentamiento del periodismo informativo moderno.

Aquel primer impreso abrió el camino para que la ciudadanía empezara a fiscalizar al poder. Como concluyó Castiglione al valorar el trabajo de los tipógrafos que manejaban el plomo en el Cabildo de 1859, la prensa no solo contuvo los abusos de los caudillos, sino que «esclareció conciencias y ayudó al pueblo a saber elegir mejor».

 Basado en: "HACE 89 AÑOS QUE VIO LA LUZ EL PRIMER PERIODICO SANTIAGUEÑO" -  Número del Cincuentenario * EL LIBERAL * 3 de Noviembre – 1948

Dos orillas de una misma vida


Cuando llegó el momento de partir, Ismael comprendió que no podía elegir. La creciente había comenzado a avanzar sobre los campos y el camino que tantas veces había recorrido empezaba a desaparecer bajo el agua. Quedarse significaba esperar a que los senderos quedaran cubiertos. Tenía que partir.

Pero no sabía hacia dónde.

Había nacido entre los caminos polvorientos que llevaban hacia Atamisqui... y había aprendido a querer Salavina como se quiere aquello que parece lejano, pero que siempre permanece cerca. En un pueblo estaba la casa de su infancia. En el otro... los recuerdos de las noches junto al monte, las guitarras y aquellas voces que parecían llegar desde mucho antes que sus propios abuelos.

Durante años había pensado que algún día resolvería aquella incertidumbre. Que bastaría con elegir un rumbo. Pero ahora, mientras el cielo comenzaba a oscurecerse sobre los campos, la duda seguía allí. Una parte de él tiraba hacia Atamisqui. La otra... hacia Salavina.

¿Por qué tenía que elegir?

Ismael guardó pocas cosas en un viejo bolso y emprendió la marcha. El verano había dejado los bañados cargados y el río seguía creciendo. El agua avanzaba lentamente por los campos, borrando huellas y cubriendo senderos conocidos. Lo que unas horas antes era camino... poco a poco dejaba de serlo.

Ismael llegó hasta la orilla y se detuvo. Frente a él, el paisaje parecía contener una tormenta que todavía no llegaba.

Entonces recordó al viejo guitarrero. Un hombre silencioso, de manos ásperas y mirada perdida, que alguna vez había recorrido aquellos montes siguiendo sonidos que nadie más podía escuchar. Ismael lo había visto de niño, sentado bajo un algarrobo, con una guitarra gastada sobre las rodillas.

Decían que el monte lo había embrujado. Él nunca supo si aquello era cierto.

Siguió aquella misma senda. La noche lo encontró bajo un cielo lleno de estrellas. El silencio era tan profundo que cualquier ruido parecía venir de otro tiempo.

Ismael se sentó sobre la tierra blanca y sacó del bolso una guitarra vieja. Le faltaban algunas cuerdas. Intentó tocarla. No pudo.

Y entonces el silencio pesó más.

Durante unos segundos sintió que todo aquello que había querido conservar se le escapaba de las manos. Las canciones. Las voces. Los carnavales lejanos. Las reuniones que ya no volverían.

La guitarra estaba allí... pero ya no podía devolverle los sonidos que guardaba en la memoria.

¿Qué quedaba entonces?

El recuerdo.

Eso era lo que todavía permanecía.

No necesitaba que la guitarra sonara para recordar.

A la mañana siguiente, la creciente había dejado el camino cubierto de barro. Ismael miró hacia Atamisqui. Después, hacia Salavina.

Y esta vez no intentó elegir.

Comprendió que ninguno de los dos nombres podía quedar atrás. Eran dos orillas de una misma vida.

Tomó la guitarra rota y emprendió el regreso.

Desde entonces, algunos dicen que en las noches claras puede verse un rastro solitario atravesando los salitrales. Otros aseguran que, cuando sopla el viento, todavía se escucha una melodía perdida entre los montes.

Ismael nunca volvió a preguntarse dónde pertenecía. Porque finalmente había comprendido algo que durante años no había podido aceptar.

Hay lugares que no se abandonan, aunque uno se marche.

Hay recuerdos que no necesitan una canción para seguir sonando.

Y hay patrias que no se eligen.

Se llevan adentro.

 


domingo, 13 de septiembre de 2026

El sabor del recuerdo: la harinita dulce de maíz que conquistó las redes y la memoria criolla

De las pailas rústicas al Mercado Armonía, un recorrido por la historia, el ritual y el encanto artesanal de un tesoro gastronómico que conecta la nostalgia infantil con las raíces de nuestra tierra.

Turismo Santiago


¿Cómo es posible que un par de fotos en una pantalla despierten miles de recuerdos dormidos? Bastó una sola publicación en la página de Turismo Santiago para que la memoria colectiva encendiera sus motores: en cuestión de horas, la harinita dulce de maíz tostado se volvió viral entre risas, nostalgias y suspiros de quienes crecieron entre los años 80 y 2000. A simple vista, parece una golosina austera, humilde y casi invisible. Sin embargo, el contraste es profundo: bajo ese polvo dorado se oculta una costumbre viva que late con fuerza en el corazón del campo santiagueño.

Probarla jamás es un acto apurado; es someterse a un ritual tan exigente como entrañable. ¿Acaso existe otro dulce que ponga a prueba nuestra paciencia? Intentar tragarla con prisa o respirar a destiempo a mitad de bocado trae una consecuencia inmediata e inevitable: un ataque de tos feroz que cualquiera que la haya probado reconoce al instante. La harinita castiga el apuro y premia la calma. Exige comerla despacio, a cucharadas calmas directo de la clásica bolsita transparente, o disuelta pacientemente en leche fría o caliente para transformarse en batidos y atoles que alimentan el cuerpo y reconfortan el alma.

Esta preparación —hermana del fororo, el gofio o la máchica en otros rincones del continente— despierta un deseo urgente en quien busca reencontrarse con su infancia. Por eso, entrar al emblemático Mercado Armonía no es un simple trámite comercial, sino una verdadera búsqueda afectiva. Allí, entre los puestos perfumados por el arrope de chañar, los quesos criollos y los alfajores artesanales, la harinita espera intacta, resistiendo al paso del tiempo.

El secreto de su sabor radica en una verdad incómoda para los tiempos modernos: no admite atajos industriales. Su elaboración es puro esfuerzo físico y rigor artesanal. Granos de maíz amarillo secados al sol se someten a un tostado lento sobre pailas de hierro, donde la frustración acecha a cada segundo: un solo instante de distracción al revolver y el grano se quema, echando a perder horas de trabajo. Solo la dedicación constante logra caramelizar sus azúcares naturales y liberar ese aroma ahumado inconfundible antes de pasar por la molienda manual. En un mundo donde todo parece vertiginoso y desechable, el crujido suave del maíz tostado nos recuerda que los verdaderos tesoros no están en lo sofisticado, sino en los sabores simples que aprendimos a defender y compartir.

 


Filomena Morales

 


Fue una criolla santiagueña que vivió la época del nacimiento del federalismo en zonas boscosas del Departamento Jiménez. Entregó su valor con la indiferencia de las cosas simples y fue protagonista de un hecho que la define.

Allá por 1840, Santiago y Tucumán estaban enfrentadas por constituirse como territorios federales. Tucumán pretendía invadir, ya que quería formar su ambiciosa "república".

Los dos estados federales estaban dominados por Celedonio Gutiérrez y Juan Felipe Ibarra. El primero contaba con el apoyo de las tropas salteñas del general Solá; el nuestro, solo, quizás únicamente con la simpatía del general Paz, de Córdoba. Además, era escaso el número de soldados y de armas. Solo poseía el valor y el conocimiento del terreno, por lo que tenía que apelar a la sagacidad. Ibarra desconfiaba de la existencia de delatores por el odio que algunos le tenían.

Una tarde, con táctica, entró a los bosques del Departamento Jiménez, en los límites con Tucumán. Lo acompañaba una pequeña patrulla de respaldo. Solo, llegó a un rancho perdido en el monte áspero que colindaba con el camino de carretas y preguntó:

—¿Quién vive aquí?

Tuvo inmediatamente una respuesta:

—Nadie más que yo y mi nieto —fue la contestación de una vieja criolla, con vigor y soberbia.

—¿Y los hombres y las mujeres, para dónde han ido?

La mujer, reconociendo el caballo del hombre, sin temor le dijo:

—¡Han ido al monte a esconderse para no ayudar a los federales!

—¿Vos me conocés?

—¡Sí, Tatita! ¿Cómo no voy a conocerlo, si yo soy de usted y mis hijos también?

Ibarra, profundo conocedor de sus paisanos, casi a los gritos volvió a preguntar:

—¿Y vos sabés quién soy yo?

—¡Sí, Tatita, Tatita Ibarra!

No dudó. La anciana lo conocía. Entonces le dijo:

—¿Vos has visto pasar a los tucumanos?

—No, Tatita, todavía no han pasao. Sé por mis hijos que pronto van a pasar, por eso se han ocultao.

El caudillo le ordenó:

—Cuando pasen, vos los vas a contar, ver qué armas llevan y cuántos caballos. ¿Has oído?... Ah... no me has visto por aquí, aunque te maten. ¿Entendés?

—Aunque no sé contar, Tatita, yo le avisaré cuántos son. Seré como muerta para ellos.

—¿Y cuándo me avisarás?

—Apenas pasen. Tengo el caballo escondido en el monte. Ellos ni agua tendrán, porque no avisaré dónde queda el albardón.

—¿Cuánto vas a cobrarme por este servicio?

—Nada, Tatita, nada. Yo soy de usted...

El caudillo vio la hidalguía santiagueña en el alma de esa anciana.

—Bueno, ¿entonces dime cómo te llamás?

—Filomena Morales, para servirle.

La adustez del gobernante, que no había bajado del caballo, tembló de satisfacción y Filomena se encendió de gloria.

—Desde hoy, Filomena Morales, serás un soldado distinguido de mis tropas. También, en pago a tu hidalguía, recibirás cada mes una bolsa de maíz.

Y así sucedió. Desde ese día, Filomena Morales fue considerada un soldado distinguido y recibió la ración prometida.

Y su nombre, como los hilos de las leyendas, pasó a ser trama de los recuerdos en los bosques limítrofes con Tucumán.

Extraído del libro relatos santiagueños, de Mario Alejandro Castro.

Omar "Sapo" Estanciero

 

Dominga Ibarra, La Sargenta Santiagueña


Fue una de las tantas santiagueñas que salieron de su rincón provinciano en busca de trabajo. Había nacido en medio de los mistolares o algarrobales de Tarapaya, Peruchillo o Mal Paso (nunca se ha podido establecer el lugar con exactitud).

Apenas hablaba castellano, mezclado con quichua. Era tan campesina como un tala, fuerte y hecha a todas las inclemencias. Trabajó en Santiago como cocinera, lavandera, acarreadora de leña y en cuanto oficio existiera; apenas le alcanzaba para comer ella y sus hijos. Un día, dejó a sus hijos con la abuela y partió a Buenos Aires en carreta.

Anduvo dos meses vagabunda hasta que encontró trabajo doméstico en la casa de los Sarratea; luego consiguió empleo con los Encalada. Más tarde se empleó en la casa de la familia Mármol y, por último, en la de los Carranza como sirvienta. Fue dejando una estela de dedicación y respeto. Los Carranza tenían ancestros santiagueños, por lo que ella se sentía cómoda y feliz.

En 1806, ocurrieron las primeras invasiones inglesas. Como muchas madres, entregó a sus hijos a la defensa de Buenos Aires y se preparó para dar batalla a los intrusos. Ayudó a transportar municiones, cargar fusiles y atender heridos. En uno de esos trances, vio caer muertos a sus dos hijos; aun teniendo que soportar semejante dolor, no se movió de su puesto de lucha. Liniers resaltó sus actitudes sobresalientes y le dijo: "¡Sargenta!", título que representaba honor, arrojo y valentía.

Pasó el tiempo y se olvidaron de la Sargenta Santiagueña, por lo que Dominga volvió a sus quehaceres hogareños. Sin embargo, no pudo con su genio y volvió a entreverarse entre los soldados, demostrándoles que poseía una fuerza extraordinaria. Se alistó para el Combate de San Lorenzo sin que nadie la convocara; nadie sabe cómo llegó a ese lugar...

De la misma manera, se encontró en Mendoza preparando el Ejército de los Andes. Un día, Dominga cruzó la cordillera desafiando el frío, la nieve y las alturas. Estuvo presente en Chacabuco, pero esta vez no tuvo la misma suerte: cayó prisionera de los godos y fue fusilada junto con otros patriotas.

Cuando los soldados enterraron a los caídos, el asombro y el dolor endurecieron sus rostros al descubrir entre ellos a Dominga.

Tomado de Relatos Santiagueños, de Mario Alejandro Castro. Archivo Gráfico Cultural Santiagueño de Omar "Sapo" Estanciero.

 

viernes, 11 de septiembre de 2026

Remedio Atamisqueño: el galanteo esquinado que nació en el monte santiagueño

 


Hablar de folklore santiagueño es hablar de quichua, de monte y de un ritmo que se mete en las piernas. Pero hay una danza que destaca por su picardía y su elegancia: el Remedio Atamisqueño. No es solo un baile; es un juego de seducción donde los pañuelos y las miradas hacen el trabajo pesado.

El hombre detrás de la danza

Para entender de dónde sale, hay que ir a la fuente: Bailón Peralta Luna. Nacido el 24 de mayo de 1910, Bailón no era solo un bailarín; era profesor, poeta y un obsesivo recopilador de las tradiciones de su tierra.

Junto a su hermano Luis Alberto formó un dúo fundamental. De esa sociedad salieron piezas como la danza “El caballito”, la zamba “Pensando en tu olvido” y la “Resbalosa Atamisqueña”. También le debemos la emblemática “La santiagueña”. Bailón murió en 1967, a los 57 años, pero dejó el folklore argentino marcado a fuego.

Atamisqui: cuna de quichua y de un baile con truco

El Remedio Atamisqueño tiene su cuna en el pueblo de Atamisqui, un bastión histórico de la lengua quichua santiagueña.

Bailón agarró las figuras del "Remedio" tradicional y las llevó a su terreno. ¿Qué cambió? El orden, la extensión musical y, sobre todo, la forma de bailar: lo hizo "esquinado".

Un juego de seducción

Técnicamente, es una danza argentina de pareja suelta y movimiento vivo. Acá los bailarines no se tocan; el galanteo se conquista con el cuerpo y el pañuelo. Pedro Berruti, en su clásico libro Danzas Nativas, lo describió con una precisión que pinta la escena perfecta:

"En su juego coreográfico el caballero festeja asiduamente a su compañera en las esquinas y en las vueltas, luciendo airosos movimientos de pañuelo y le brinda las mejores galas en sus zapateos. La dama, que no le huye a los arrestos de aquel, muestra su donaire tanto en los movimientos del pañuelo como en sus zarandeos y da finalmente su beneplácito a las demandas de su compañero en la coronación, que puede estar engalanada con figuras de pañuelo."

Si te interesa la estructura musical, la cosa es precisa: la danza tiene una introducción y 56 compases de baile. Tanto las esquinas como los zapateos se resuelven en cuatro compases cada uno.

El misterio de su origen

Acá hay un detalle que siempre genera debate entre los estudiosos. Bailón presentó el Remedio Atamisqueño como una danza folklórica, de esas que se transmiten de generación en generación en los pueblos.

Sin embargo, los grandes investigadores de nuestras danzas, como Carlos Vega o Isabel Aretz, nunca la mencionaron en sus estudios sobre el acervo autóctono. ¿Fue una creación de autor que Bailón adaptó para que el pueblo la sintiera propia? ¿O simplemente quedó fuera de los radares de los grandes recopiladores? El origen exacto sigue siendo una incógnita, y eso, en el folklore, siempre le suma valor.

De los discos de pizarra a la inmortalidad

La historia discográfica de la danza también tiene su peso. La primera grabación conocida es de Los Violineros Santiagueños, registrada en aquellos míticos discos de pizarra de 78 rpm del sello TK.

Con los años, la pieza pasó a los equipos de grandes referentes: Waldo Belloso la grabó para el sello Opus Gala, y Marta Viera junto a sus Monterizos la llevaron a Odeón.

Más allá de los datos duros, el Remedio Atamisqueño sigue vivo cada vez que suenan los violines en una peña. Es un recordatorio de que el folklore no es una pieza de museo, sino un lenguaje que se actualiza, se pisa y se siente. La próxima vez que veas a una pareja bailar esquinado, fijate en los pañuelos y en cómo se miran. Ahí está la esencia de Santiago.

Fuente consultada: www.edisalta.ar

 

Chaco Seco: veinte años que cambiaron el paisaje de Santiago del Estero

 Una investigación de la UNSE analizó las transformaciones del territorio santiagueño entre 2000 y 2020 y puso el foco en una pregunta que va mucho más allá del desmonte: ¿qué cambia realmente cuando cambia el monte?

Parque nacional Copo

Una investigación de la UNSE analizó las transformaciones del territorio santiagueño entre 2000 y 2020 y puso el foco en una pregunta que va mucho más allá del desmonte: ¿qué cambia realmente cuando cambia el monte?

Hay paisajes que parecen eternos, y el monte santiagueño es uno de ellos. Está ahí desde siempre, acompañando caminos, pueblos y comunidades. Forma parte de una geografía que aprendimos a reconocer casi sin pensarlo: árboles, animales, tierra seca, calor, silencio y una vida que muchas veces pasa inadvertida.

Pero el paisaje no permanece igual.

Entre 2000 y 2020, grandes transformaciones modificaron el territorio del Chaco Seco en Santiago del Estero. Una investigación realizada por un equipo de la Universidad Nacional de Santiago del Estero analizó ese proceso y sus consecuencias, poniendo el foco en uno de los grandes motores del cambio: la expansión de la actividad agrícola y la transformación del bosque nativo.

El trabajo fue publicado en Human Ecology, una revista científica internacional dedicada a estudiar las relaciones entre las sociedades y el ambiente. Y detrás de los mapas, los cambios de cobertura vegetal y los datos, aparece una cuestión mucho más cercana: qué territorio estamos construyendo y qué estamos dejando atrás.

Veinte años que dejaron huella

La investigación estudió cómo se transformó el paisaje santiagueño durante dos décadas. A primera vista, podría parecer una cuestión relacionada solamente con la cantidad de monte que desapareció; sin embargo, el problema es bastante más profundo.

Cuando un bosque cambia, no desaparecen únicamente los árboles. También se modifican las relaciones entre las personas y el territorio, las posibilidades productivas, la biodiversidad y una serie de beneficios que el ambiente brinda y que muchas veces damos por descontados.

El avance de la frontera agrícola aparece en este proceso como uno de los principales factores de transformación. La expansión productiva puede modificar rápidamente un paisaje: allí donde antes había bosque nativo, comienza a existir otro tipo de territorio, con nuevas actividades, nuevas relaciones económicas y también nuevas consecuencias ambientales y sociales.

El cambio puede verse sobre la tierra, pero sus efectos no terminan allí.

El monte hace mucho más que ocupar espacio

Hay algo que suele perderse cuando hablamos de desmontes: el monte no es simplemente una superficie cubierta de árboles. Los ecosistemas cumplen funciones fundamentales: regulan procesos ambientales, sostienen la biodiversidad, ofrecen recursos y también tienen un valor cultural para quienes viven en esos territorios. Por eso, hablar de la transformación del Chaco Seco implica mirar mucho más allá de una fotografía del paisaje.

La pregunta no es solamente cuánto monte había antes y cuánto queda después. También importa saber qué funciones cumplía ese monte, qué recursos proporcionaba, qué actividades sostenía y qué relaciones sociales y culturales estaban vinculadas con él.

Ahí aparece una de las claves del estudio: los llamados servicios ecosistémicos. Dicho de una manera sencilla, son los beneficios que las personas reciben de los ecosistemas. Algunos son visibles y otros no tanto, pero todos forman parte de la relación cotidiana entre sociedad y naturaleza. Cuando el paisaje cambia, esos beneficios también pueden cambiar.

El problema no termina en el ambiente

La transformación del territorio tampoco puede entenderse solamente como un problema ambiental: tiene consecuencias económicas, sociales y culturales. Una modificación profunda del paisaje puede alterar las formas de producción, el acceso a determinados recursos y la relación que distintas comunidades mantienen con su entorno.

Por eso, el debate sobre el Chaco Seco no debería reducirse a una oposición sencilla entre «producción» y «medio ambiente». La cuestión es bastante más incómoda:

  • ¿Cómo producir sin destruir las condiciones que permiten sostener la vida en el territorio?
  • ¿Quiénes participan de las decisiones sobre el uso de la tierra?
  • ¿Quiénes reciben los beneficios y quiénes enfrentan las consecuencias?
  • Y, sobre todo, ¿qué modelo de territorio queremos para el futuro?

Son preguntas que aparecen detrás de los resultados de la investigación y que exceden ampliamente el ámbito académico.

Los habitantes del monte también tienen algo que decir

Uno de los aspectos destacados del estudio es el papel de las comunidades campesinas e indígenas. Estas poblaciones no aparecen simplemente como habitantes de un territorio que se transforma desde afuera: sus prácticas, conocimientos y formas de relacionarse con el bosque forman parte de la historia del paisaje y también pueden desempeñar un papel importante en su conservación.

Esto obliga a mirar el problema desde otra perspectiva. Conservar no significa necesariamente imaginar un territorio inmóvil, sin personas y sin actividades. Significa preguntarse cómo se utiliza ese territorio, qué prácticas pueden sostenerlo y qué conocimientos construyeron quienes viven allí desde hace generaciones.

El debate, entonces, deja de ser solamente ambiental; también es social, cultural y político.

El desafío: producir sin perder el territorio

La expansión productiva plantea una tensión difícil de ignorar. Por un lado, existe la necesidad de producir y aprovechar los recursos del territorio; por otro, están los costos que pueden acumularse cuando esa transformación se realiza sin considerar todas sus consecuencias.

El problema aparece cuando solamente se observa el beneficio inmediato. Un territorio puede generar rentabilidad, pero también puede perder biodiversidad, modificar sus funciones ambientales y afectar formas de vida vinculadas históricamente con el monte.

Por eso, una mirada de largo plazo resulta indispensable. Lo que está en juego no es únicamente cuánto se produce hoy, sino también qué territorio quedará mañana.

Santiago del Estero, observado desde el mundo

Que esta investigación haya sido publicada en una revista científica internacional también tiene un significado particular. Un grupo de investigadores de la Universidad Nacional de Santiago del Estero llevó a un espacio de discusión internacional una transformación que ocurre dentro de nuestro propio territorio.

El trabajo de Cecilia Soledad Escalada, Raúl Esteban Iturralde y Constanza María Urdapilleta analiza un proceso que durante años estuvo presente en debates locales: la transformación del paisaje santiagueño. Pero esta vez, la mirada se amplía. El Chaco Seco aparece como parte de una discusión mucho mayor sobre las relaciones entre sociedad, producción, conservación y territorio, lo que permite volver a mirar nuestro propio paisaje con otros ojos.

¿Qué estamos perdiendo cuando cambia el monte?

Tal vez esa sea la pregunta que queda después de conocer los resultados de la investigación. Porque el monte no es solamente una superficie que puede conservarse o desmontarse; es un sistema de relaciones. Allí conviven naturaleza, producción, comunidades, conocimientos, recursos y cultura. Y cuando una de esas piezas cambia, las demás también pueden verse afectadas.

En Santiago del Estero, hablar del monte es hablar de mucho más que árboles: es hablar de una parte profunda de la identidad del territorio. Por eso, el desafío no consiste simplemente en elegir entre producir o conservar. Consiste en encontrar formas de habitar y utilizar el territorio sin perder aquello que lo hace posible.

Porque antes de preguntarnos cuánto podemos sacar del monte, quizá deberíamos detenernos un instante y pensar en todo lo que el monte ya nos está dando.

Fuentes:

  • Publicación científica principal: Escalada, C. S., Iturralde, R. E., & Urdapilleta, C. M. (2024). Land System Transformations and Ecosystem Services in the Dry Chaco: A Twenty-Year Analysis in Santiago del Estero, Argentina. Human Ecology, Springer.
  • Institución de adscripción y desarrollo: Universidad Nacional de Santiago del Estero (UNSE) / Instituto de Ciencias de la Tierra, el Agua y el Ambiente (INCTA-UNSE-CONICET).
  • Contexto normativo y datos marco utilizados en la investigación:
    • Ley Nacional N.° 26.331 de Presupuestos Mínimos de Protección Ambiental de los Bosques Nativos (Ley de Bosques) y su Ordenamiento Territorial de Bosques Nativos (OTBN) de Santiago del Estero.
    • Datos cartográficos y de cobertura vegetal del proyecto MapBiomas Chaco y monitoreos de deforestación del Laboratorio de Análisis Regional y Teledetección (LART-FAUBA).