En las guerras civiles argentinas del siglo XIX, dos mujeres de orígenes muy distintos quedaron enfrentadas por sus ideas políticas. Santos Moreno, la célebre Rubia Moreno, y Dolores Díaz, conocida como La Tigra, tuvieron participación en la batalla de Pozo de Vargas, en 1867. Sus destinos fueron diferentes, pero ambos dejaron al descubierto una parte poco contada de aquella historia: el lugar que ocuparon las mujeres en los conflictos por el poder.
Hay nombres que sobreviven en los libros de historia y otros que siguen andando por los caminos de la memoria popular. En Santiago del Estero, Santos Moreno, la Rubia Moreno, pertenece a estos últimos. Su figura quedó asociada a una pulpería junto al río Dulce, a una falda roja, una vincha y un puñal. La zamba que le dedicaron terminó de convertirla en personaje familiar para varias generaciones de santiagueños.
Mucho menos conocida es Dolores Díaz, apodada La Tigra, una mujer que tomó partido por el federalismo y acompañó las montoneras de Felipe Varela. La historia de ambas aparece en el artículo Mujeres en pugna: la Rubia Moreno y la Tigra, del escritor Juan Carlos Serqueiros, publicado en el blog Esa vieja cultura frita. Allí se reconstruyen sus trayectorias y su participación en uno de los enfrentamientos más duros de las guerras civiles argentinas.
Sus vidas tuvieron un punto de encuentro en Pozo de Vargas, La Rioja, el 10 de abril de 1867. No hay certezas de que se hayan conocido personalmente. Lo que las reuniones fueron la guerra, aunque cada una llegó a ella desde un lugar diferente.
Santos Moreno, la pulpera del río Dulce
Santos Moreno habría nacido en Santiago del Estero en 1840. Los datos sobre su infancia son escasos, pero se sabe, según las reconstrucciones biográficas que circularon sobre ella, que pertenecía a una familia dedicada al comercio. Su padre tenía una pulpería situada cerca del antiguo camino de El Polear, en las proximidades del río Dulce, una zona de tránsito para viajeros, comerciantes y arrieros.
Tras la muerte de su madre, Santos comenzó a colaborar en el negocio familiar. Ese ambiente, frecuentado por hombres acostumbrados a los caminos ya las disputas de la época, habría contribuido a forjar su carácter.
La imagen que quedó de ella es la de una mujer de personalidad firme, capaz de hacerse respetar en un mundo dominado por varones. La tradición la describe con falda roja, el cabello sujeto por una vincha y un punal en la cintura. Conviene recordar que parte de esa estampa también pertenece a la construcción legendaria que el folclore hizo de su figura.
La Rubia Moreno simpatizaba con el liberalismo de los hermanos Antonino y Manuel Taboada, dirigentes que ejercían una poderosa influencia política en Santiago del Estero. Según Serqueiros, llegó a comprometer parte de los recursos familiares en apoyo de ese sector.
Su historia permite asomarse a una época en la que las pulperías eran mucho más que comercios rurales. Allí circulaban noticias, se discutía de política, se organizaban relaciones y se tejían lealtades. Quien manejaba uno de esos establecimientos podía tener una influencia considerable en su entorno.
La Rubia Moreno no fue una espectadora distante de la política. Su adhesión a los Taboada la colocó dentro de una trama de enfrentamientos que excedía las fronteras provinciales.
La Tigra, una mujer en las filas federales
De Dolores Díaz se conocen menos datos. Se desconoce con precisión dónde nació, quiénes fueron sus padres y en qué año llegó al mundo. Algunas versiones la consideran riojana; otras la vinculan con Catamarca. Su apodo, La Tigra, quedó asociado a un carácter decidido ya su participación en las fuerzas federales.
Su camino político fue distinto del de Santos Moreno. Dolores se incorporó a la montonera de Felipe Varela, el caudillo que encabezó una rebelión contra el gobierno de Bartolomé Mitre. En aquel tiempo, las provincias del interior cuestionaron el predominio político de Buenos Aires y la organización nacional impulsada desde el poder central. Las diferencias entre unitarios y federales seguían alimentando levantamientos, persecuciones y enfrentamientos armados.
La Tigra no aparece en los relatos como una figura decorativa que acompañaba a los combatientes. Según la reconstrucción de Serqueiros, actuó en la primera línea de batalla. Su intervención más conocida ocurrió cuando Felipe Varela quedó expuesto al fuego enemigo, después de que su caballo muriera durante el combate.
Dolores se acercó con su montura y ayudó al caudillo a subir. Varela consiguió escapar de una situación que podía haberle costado la vida. El historiador José María Rosa reconoció el episodio y destacó que el jefe federal había salvado la vida gracias a La Tigra.
El relato tiene la fuerza de una escena de guerra, aunque conviene distinguir entre la reconstrucción histórica y los detalles que las narraciones posteriores han transmitido. Lo que permanece es la imagen de una mujer que, en medio del combate, tomó una decisión que pudo cambiar el destino inmediato de uno de los principales dirigentes federales.
Pozo de Vargas: el día en que sus caminos se cruzaron
El 10 de abril de 1867, en las afueras de la ciudad de La Rioja, los ejércitos de Antonino Taboada y Felipe Varela se enfrentaron en la batalla de Pozo de Vargas. El episodio formó parte de las guerras civiles argentinas y de la rebelión federal conocida como la Revolución de los Colorados. La Cámara de Diputados de la Nación ha registrado el enfrentamiento como uno de los acontecimientos que marcaron la derrota de aquella rebelión.
El agua tuvo un papel decisivo. Las tropas de Varela habían recorrido una zona árida y llegaron agotadas y sedientas. Taboada había ubicado sus fuerzas junto al Pozo de Vargas, un reservorio que ofrecía una ventaja estratégica. La superioridad del armamento del ejército nacional también pesó en el resultado.
La batalla se prolongó durante horas. Los federales lanzaron cargas contra las posiciones enemigas, pero no lograron imponerse. Al caer la tarde, Taboada conservó el campo de batalla y Varela debió retirarse.
En ese escenario estaban las dos mujeres. La Rubia Moreno acompañaba al sector de Taboada, mientras La Tigra combatía con los federales. No se enfrentaron necesariamente cara a cara: sus historias quedaron entrelazadas por pertenecer a fuerzas opuestas en una misma batalla.
El resultado tuvo consecuencias personales para ambas. Según Serqueiros, el padre de Santos Moreno murió durante el enfrentamiento. Dolores Díaz fue capturada por las fuerzas vencedoras. La victoria militar había definido quién controlaría el terreno, pero para quienes sobrevivieron comenzaba otra etapa, marcada por las represalias y la incertidumbre.
Dos destinos después de la batalla.
Santos Moreno regresó a Santiago del Estero y continuó vinculado a su pulpería. Las versiones biográficas también le atribuyen una labor de ayuda a niños pobres y desamparados, a quienes habrían apadrinado. Su suerte económica, según Serqueiros, pudo verse afectada por la pérdida de influencia de los Taboada durante los cambios políticos posteriores a la presidencia de Mitre. No contamos con datos suficientes para reconstruir con exactitud todos los detalles de esa etapa.
Su nombre, de todos los modos, no desapareció. La zamba La Rubia Moreno, con versos de Cristóforo Juárez y música de Agustín Carabajal, contribuyó a mantenerla presente en el cancionero popular. La letra recupera la pulpera del camino, su falda roja y su carácter recio, y la sitúa en el paisaje del río Dulce.
La historia de Dolores Díaz tuvo un desenlace mucho más oscuro. Una carta fechada el 7 de febrero de 1868, firmada por Antonino Taboada y dirigida al juez de La Rioja Natanael Morcillo, informa que La Tigra había sido confinada, junto con otras cinco mujeres, en la frontera de Santiago del Estero. Taboada justificaba la medida como una decisión destinada a mantener el orden en La Rioja y señalaba que las mujeres no habían sido sometidas a juicio.
El documento permite comprobar que Dolores fue trasladada por decisión militar y que su situación quedó atravesada por las disputas políticas de la época. También revela el lenguaje con que las autoridades vencedoras describían a sus adversarios: mientras ellas hablaban de orden, a las mujeres vinculadas con la montonera se las presentaba como responsables de robos y desórdenes.
Después de ese registro, su rastro se vuelve incierto. No se conoce con seguridad dónde vivieron sus últimos años, cuándo murió ni dónde fueron sepultados sus restos. A diferencia de la Rubia Moreno, La Tigra tampoco quedó asociada a una zamba que mantuviera su nombre en circulación.
La historia que quedó fuera de los grandes relatos.
Hay una pregunta que atraviesa las vidas de estas dos mujeres: ¿qué lugar les ha reservado la historia argentina a quienes participaron en las guerras civiles sin ocupar los cargos de gobierno ni escribir sus propias memorias?
La documentación sobre Santos Moreno y Dolores Díaz es incompleta. Algunos detalles proceden de reconstrucciones posteriores y otros han llegado a través de la tradición oral. Por eso conviene evitar que las imágenes populares terminen ocupando el lugar de las pruebas históricas. La Rubia Moreno fue mucho más que la mujer de la falda roja, y La Tigra merece ser recordada más allá del episodio en el que salvó a Felipe Varela.
Sus historias también muestran que las mujeres tomaron partido, movilizaron recursos, participaron en los combates y sufrieron las consecuencias de las derrotas. En sus vidas se cruzaron las lealtades políticas, las diferencias sociales y una guerra que dejó heridas mucho más allá del campo de batalla.
Desde Santiago del Estero, la figura de la Rubia Moreno continúa viva gracias a la música y la memoria popular. La Tigra, en cambio, permanece en los márgenes, sostenida por documentos dispersos y relatos históricos que intentan recuperar su trayectoria.
Volver sobre ambas es mirar las guerras civiles desde otro ángulo. En Pozo de Vargas no se enfrentaron solamente dos ejércitos. También se cruzaron dos mujeres que eligieron bandos diferentes y pagaron, cada una a su manera, el precio de aquella decisión.
La historia de una se convirtió en zamba. La de la otra quedó suspendida en una carta militar. Entre ambas hay un capítulo de la Argentina del siglo XIX que todavía merece ser contado.
Fuentes consultadas
Nota editorial: las fechas biográficas, algunos episodios personales y el destino final de La Tigra no están documentados con la misma precisión que la batalla y la carta de 1868. El artículo distingue esos vacíos para no presentar como certezas datos que siguen siendo inciertos.