sábado, 9 de mayo de 2026

La Tuna (Opuntia Ficus)

 


En nuestra provincia comúnmente llamada “Tuna”, veamos cómo se la denomina el otras partes del mundo: Chile, Bolivia y Perú :Tuna, Nopal, en España :Chumbera, higos de la India o higo chumbo, en EE.UU.: Prickly – pear (pera espinosa), Higuera chumba, ficus en latín.

Habita en las zonas desérticas de EE.UU., México y América del Sur, en Perú y Bolivia. En el Perú se encuentra en la región Andina, donde se desarrolla en forma espontánea y abundante. También se encuentra en la costa, en forma natural y bajo cultivo.

Se desarrolla en suelos sueltos, arenosos calcáreos en tierras marginales y poco fértiles, superficiales, pedregosos, caracterizándole una amplia tolerancia edáfica; sin embargo, los suelos altamente arcillosos y húmedos no son convenientes para su cultivo.

Originaria América, fue llevada por los españoles a Europa y desde allí distribuida hacia otros países del inundo. Esta gran dispersión geográfica dió origen a muchos ecotipos con características locales propias.

Los principales productores mundiales son Méjico, ltalia, España, el norte de africa Chile y Brasil, país donde se la cultiva sólo para forraje.

En nuestro país, los frutos se destinan al consumo humano, tanto en forma fresca como para la elaboración de productos regionales (dulces, arrope). Las pencas son utilizadas como forraje, siendo un recurso muy valioso en épocas de sequía y baja disponibilidad forrajera para el ganado.

El nombre cactus se deriva del griego kaktos, género descrito por Carlos Linneo. Los frutos del nopal son comestibles y se conocen como tunas.

Composición química: Las pencas son ricas en agua y contienen además sales minerales (calcio, fósforo, hierro) y vitaminas sobre todo la vitamina C.Las tunas contienen alrededor de un 15% de azucares.

Propiedades terapéuticas y preparados: Las culturas prehispánicas le dieron una gran importancia al uso medicinal de los nopales: para detener el flujo, las semillas de la tuna; la goma o mucílago templaba el calor de los riñones; para eliminar las fiebres ingerían el jugo. La fruta era útil para el exceso de bilis. La pulpa de la tuna y las pencas asadas se usaban como cataplasma. Para el tratamiento de hernia, hígado irritado, úlceras estomacales y erisipela, utilizaban la raíz. El mucílago o baba del nopal servía para manos y labios partidos. Las pencas mitigan el dolor y curan inflamaciones. Una pequeña plasta curaba el dolor de muelas. La pulpa de las tunas servía para la diarrea. La savia del nopal, contra las fiebres malignas; las pencas descortezadas ayudaban en el parto. Las espinas fueron usadas en la limpieza de infecciones.

El fruto posee un valor nutritivo superior al de otras frutas en varios de sus componentes: 100 gr de la parte comestible posee 58 a 66 unidades calóricas, 3 gr de proteínas, 0,20 gr de grasas, 15,50 gr de carbohidratos, 30 gr de calcio, 28 gr de fósforo y vitaminas (caroteno, niacina, tiamina, riboflavina y ácido ascórbico).

Es empleado directamente en la alimentación o para la fabricación de mermeladas y jaleas, néctar, tunas en almíbar, alcoholes, vinos y colorantes.

Se utiliza mezclada al barro en el tarrajeo de viviendas rurales y también en la industria para la fabricación de películas adherentes de gran finura. Hoy en día se sigue usando como base de pinturas para casas. Para conservar sus murales.

En Israel, aprovechan las corolas de la flor del nopal para el tratamiento del cáncer de próstata. El nopal se usa principalmente como forraje, pero igualmente se comercializan las pencas tiernas para venderse como verdura.

El fruto posee un valor nutritivo superior al de otras frutas en varios de sus componentes. 100 g de la parte comestible posee 58 a 66 unidades calóricas, 3 g de proteínas, 0,20 de grasas, 15,50 de carbohidratos, 30 de calcio, 28 de fósforo y vitaminas (caroteno, niacina, tiamina, riboflavina y ácido ascórbico). Es empleado directamente en la alimentación o para la fabricación de mermeladas y jaleas, néctar, tunas en almibar, alcoholes, vinos y colorantes.

Dulce como el mistol

Por Alicia Fernandez

 


"Los bosques están siempre cubiertos de un eterno verdor y producen una vasta variedad de frutas silvestres, muchas de las cuales se aprovechan por medio de la destilación. Hasta los cercos de los corrales para ganado, en este rico país, están cubiertos de una fruta que produce una melaza llamada arrope, con la cual acostumbran mezclar sus postres de mesa. Las planicies abundan en hierbas y plantas raras..." Descripción de Tucumán en 1825 (Libro de viaje del capitán Joseph Andrews).

"Apuntamos a trabajar con plantas nativas o naturalizadas que crecen en el NOA y que tienen frutos comestibles", asevera María Inés Isla. Muy contenta en "su casa", la cátedra de Química Orgánica y Biológica de la Facultad de Ciencias Naturales, la doctora en Bioquímica recibe a LA GACETA en medio de un clima festivo. Lógico, el trabajo "Valorización de frutos de especies que crecen en el NOA y productos típicos locales", realizado por un equipo de las facultades de Ciencias Naturales y de Bioquímica junto a Inquinoa-Conicet -que ella conduce- ganó una mención especial en la categoría "Valorización de especies y productos típicos locales", en la VIII Edición del Premio de la Fundación ArgenINTA a la Calidad agroalimentaria.

El mistol, el chañar, el algarrobo, las cactáceas, el tomate de árbol y la uva mato son algunas de una gran cantidad de especies autóctonas que no se aprovechan desde el punto de vista comercial. "Todos estos frutos tienen algo útil desde el punto de vista funcional -asegura Isla-, es decir que no sólo tienen valor nutricional sino también que son capaces de ayudar a prevenir enfermedades. Son muy buenos depuradores de radicales libres, tienen capacidades antiinflamatorias y no son tóxicos (no son mutagénicos ni genotóxicos)".

"A partir de los frutos preparamos algunos productos derivados y comprobamos si se mantienen los principios activos. Analizamos cuál es el uso popular y cómo podemos hacer para darles valor agregado de comercialización, a través de mermeladas, arropes o conservas. En algunos casos mantienen sus propiedades y en otros no. Podemos sugerir que a determinados frutos hay que consumirlos frescos y a otros se los puede cocinar; en algunos casos se conservan mejor las propiedades funcionales (por ejemplo, macerado en alcohol para tintura). El mistol, el algarrobo negro y blanco y el tomate de árbol tienen muy buenas propiedades antiinflamatorias y antioxidantes, tanto en fresco como procesados".

La "bajada" a la comunidad se da a través de talleres que dictan Nutrición (Unsta) en comunidades Wichis; o el INTA y la Secretaría de Extensión de la UNT en toda la provincia. Todos con la idea de fomentar el cultivo, la conservación, el uso y la comercialización de estas valiosas especies.

MISTOL: Árbol de 4 a 9 m de altura, de tronco gris plateado. Fruto esférico castaño rojizo de 10-17 mm de diámetro, con pulpa pastosa y dulce.

CHAÑAR: Árbol de hasta 7m de altura. El fruto es globoso u ovoide, de color rojizo 1,5 cm a 3 cm fragantes y dulces, aunque áspero al paladar.

ALGARROBO: Árbol de hasta 18 m de altura. El fruto es una vaina de color claro llena de semillas. Se hace bebida (aloja) y harina (añapa).

CACTÁCEAS: El tallo y las ramas están constituidos por pencas. El fruto es la tuna, una baya polisperma, carnosa, de forma ovoide esférica.

TOMATE DE ÁRBOL: Árbol de 3 m de altura. Fruto rojo oviforme de piel lisa y pulpa gelatinosa sabor agridulce; muchas semillas. (Se cultiva en Tafí Viejo).

UVA MATO: Crece en arbustos o parras caducifolios reptantes o trepadores de la familia de las vitáceas. Las uvas son ásperas y de sabor agridulce. Fuente: FBK Patio santiagueño

El Algarrobo en la medicina Popular


La fruta del algarrobo o algarroba es rica en calcio y vitaminas. Primero la farmacopea americana y luego la española utilizaron en infusiones los frutos del algarrobo negro para el lavado en infecciones de ojos; y las del algarrobo blanco para disolver los cálculos de vejiga (sólo chupándolas).



La infusión de la flor es diurética y la de la corteza (al 2%) es antidiarreica. También se considera diurética la fruta del blanco, muy madura. La decocción de los frutos es muy efectiva para las afecciones bronquiales y también puede comerse el fruto crudo para lograr efectos laxantes. El patay se recomienda para las enfermedades venéreas y las afecciones bronquiales. Para quienes padecen asma, también es bueno aspirar el humo de los frutos quemados de algarrobo negro.

Calvicie

Pero quizás uno de los descubrimientos de mayor trascendencia lo constituye el hecho de que su consumo contribuye a combatir la calvicie. Esto no puede extrañarnos, pues el fruto contiene gran cantidad de calcio y vitaminas B1 y B2, como lo ha probado el Dr. Pedro Escudero, del Instituto Nacional de Nutrición. Los elementos citados sirven para ayudar al crecimiento, proteger el sistema nervioso y preservar la juventud. Que los nativos no conocieran la calvicie algunos lo atribuyen justamente al hecho de que consumían algarroba en varias formas.

Oftalmías

Se utiliza también el algarrobo negro para las curaciones del maldiojo o "mal de ojo" (conjuntivitis). Pero para las curaciones de las cataratas o "nubes de los ojos" se prefiere el agüita clara del árbol negro. Para ello se recoge en una cuchara limpia el zumo que segrega un gajo de algarrobo negro por uno de sus extremos mientras el extremo opuesto se pone al calor de las brasas. Se dejan caer tres gotas en los ojos tres veces al día.

Son varias las especies de Prosopis que la medicina popular utiliza contra afecciones de los ojos. En algunos herbolarios de Bs As se vendían los frutos de "retortuño" (P.strombulífera) para calmar el dolor de muelas. Del "vinal" (P. ruscifolia), se emplean las hojas y brotes para curar diversas oftalmías.

Traumatología

Para curar las recalcaduras, la gente prepara una humita con las hojas y la colocan bajo las cenizas envuelta en un trapo húmedo. Cuando está bien caliente la sacan del fuego, la abren y la espolvorean con sal; la cierran y la ponen en el lugar afectado, lo más caliente que la persona soporte.

En algunas regiones curaban las fracturas de los huesos (sin herida) con un emplasto hecho de la siguiente manera: les extraían las semillas a algunas algarrobas verdes, las mezclaban con corteza y machacaban ambos elementos junto a sebo de cabra o de carnero.

En otras regiones, para curar las quebraduras de los huesos, machacan hojas y las colocan al rescoldo, envueltas en un trapo húmedo. Cuando está bien caliente le mezclan pez de Castilla molida y agua ardiente, y lo aplican sobre el hueso fracturado. Vendan la región afectada hasta su curación.

viernes, 8 de mayo de 2026

El viaje de la empanada: Crónica de un manjar sin fronteras

Desde las tabernas medievales de Europa hasta el corazón de la mesa criolla, la empanada guarda el secreto de los pueblos que la moldearon. ¿Cuál es el origen de este tesoro que "chorrea hasta el codo"?

Por Leyendas del Folclore Santiagueño 

 


Se dice que una buena empanada no solo se come, se conquista. Hay que saber abordarla, entender su temperatura y, sobre todo, respetar su historia. Aunque hoy la sentimos tan nuestra como el sol de mayo, este bocado colosal es el resultado de un mestizaje de siglos, civilizaciones y viajes transatlánticos.

  Un origen que se pierde en el tiempo

A pesar de ser el plato estrella de nuestras festividades, los historiadores no han logrado ponerse de acuerdo sobre su acta de nacimiento. Investigadores de la talla de Eugenio Pereira Salas u Oreste Plath han buscado sin éxito el sitio exacto donde la primera masa envolvió al primer relleno.

Lo que sí sabemos es que su rastro es milenario. Ya en el siglo XIII, la empanada era una figura recurrente en la gastronomía española, aunque muchos sugieren que fueron los moros quienes, durante sus siglos de dominio en la península, legaron esta técnica de encerrar guisos en masa. Incluso en Baviera, el vocablo "Parrada" resuena en las reuniones alemanas, recordándonos que la idea de un pan relleno es una solución universal al hambre y al viaje.

  La llegada a tierras americanas

A Chile y al Río de la Plata, la empanada llegó antes de que las ciudades terminaran de poblarse. Los registros nos llevan incluso a la sacristía de la Catedral de Santiago, donde un cuadro de la Santa Cena que data de 1962 (conservando tradiciones iconográficas mucho más antiguas) la muestra en la mesa más sagrada de la historia.

En estas tierras, la empanada se transformó. Se encontró con los Mapuches, quienes ya conocían el concepto bajo el vocablo "Pirru" —el picadillo de carne, cebolla y ají—. Fue en este encuentro entre la técnica europea y el sabor indígena donde nació la empanada criolla que hoy veneramos: horneada o frita en grasa, siempre con el toque de color y el picante justo.

De la "Empanada Electoral" al honor de la mesa

Hubo un tiempo, cuenta la historia política, en que la empanada fue incluso un arma de seducción electoral. En las campañas de antaño, se utilizaban como instrumentos de coerción; pocos podían resistirse a un bocado bien condimentado. Sin embargo, con el tiempo, esa "empanada política" se envileció. Como bien señalaba Sarmiento y luego Orestes Di Lullo, aquellas versiones electorales terminaron siendo "bolsas de masa cruda", llenas de papa y cebolla, elaboradas con la prisa del negocio y no con el esmero del arte.

Afortunadamente, frente a la especulación y la producción en masa, la empanada casera resistió. Esa que se trabaja por decoro y propia estimación, donde el espíritu de quien cocina queda encerrado entre las dos hojuelas de masa.

  El secreto de Santiago

Para los puristas, especialmente en Santiago del Estero, la elaboración es un rito de responsabilidad tradicional. La masa de harina de trigo debe ser acariciada con salmuera, grasa y leche. El relleno, o "pasta", exige carne de vaca ligeramente sancochada, acompañada con la generosidad del huevo duro, las pasas de uva, el comino y el ají del monte, todo frito en abundante grasa de vaca.

Dato Histórico: Cuando estas mismas piezas se fríen en grasa en lugar de ir al horno, bajo otra forma, reciben tradicionalmente el nombre de pasteles.

Hoy, al morder una empanada que "chorrea", estamos probando siglos de historia. Es un recordatorio de que, a pesar de los cambios en los tiempos y las modas, el paladar criollo no ha perdido su gusto. La empanada sigue siendo ese refugio de sabor donde la probidad y el esmero de la cocinera o el cocinero vencen a la prisa del mundo moderno.

Basado en los textos de Orestes Di Lullo y registros históricos de Locos x Santiago.

jueves, 7 de mayo de 2026

¿Un Quilombo en Santiago del Estero?

San Félix, la única localidad del país en la que todos sus habitantes son afrodescendientes.

Por Cristian Alarcón


Un pueblo que es cosa de negros

Perdido en Santiago del Estero, está habitado por cuarenta familias, unas doscientas personas. Su nombre hace honor al hombre que enamoró a Felipa Guerra, la matrona de este linaje que ya suma seis generaciones: el rubio capitán de montoneras Félix Alderete. Cómo llegaron a ese paraje indómito los primeros esclavos. Las marcas del mestizaje y el orgullo por su identidad.

Para seguir la huella africana en Santiago del Estero hay que probar el sabor del polvo. Es como el clima: caliente y poroso, áspero y seco. Sabe a tierra húmeda cuando se deshace en el paladar. Levita por largos minutos apenas se lo espanta con una sola pisada, hundida unos 25 centímetros en el talco espeso que es el suelo de San Félix, el único pueblo del país en el que todos sus habitantes –cuarenta familias, unas doscientas personas– son descendientes de negros. Aunque la sexta generación de los Guerra tiene la piel más clara, se le ve en el rostro la marca del mestizaje de más de cien años, desde que los primeros esclavos llegaron a este paraje indómito con los Frías, terratenientes dueños de doscientas mil hectáreas de monte santiagueño. San Félix hace honor al nombre del hombre que enamoró a Felipa Guerra, la matrona de este linaje de afrodescendientes: la historia de amor de esa pareja mixta, entre la turgente y bella Felipa y el alto, fornido y rubio capitán de montoneras Félix Alderete, es la huella más fuerte de la familia que ahora se busca en sus antepasados, llena de orgullo por la identidad afro de una provincia en la que, durante la primera mitad del siglo XIX, el 50% de la población era afro.

El cronista llega al paraje acompañado por una troupe que más bien parece la de un circo ambulante: representantes del INADI (Instituto Nacional contra la Discriminación) con Flavio Rapisardi a la cabeza; gente de la Secretaría de Cultura de Santiago del Estero; funcionarios de la Jefatura de Gabinete provincial, todos han aportado una 4x4 para llegar a San Félix este sábado. La temperatura, dicen, nos perdona la vida. Las camionetas tienen que salir de la capital con un intervalo de media hora entre una y otra: el talco de arcilla cuando no ha llovido –la condenada sequía lleva nueve meses, ni una gota de agua desde enero– limita el tránsito, porque la cortina polvorienta y gris que levanta el paso de cualquier vehículo es tan volátil que demora en desaparecer. La ruta 5 nos lleva hacia Pozo Hondo –un punto que apenas si figura en los mapas–. Desde allí hay que tomar un camino de tierra poceado y pleno del bobadal: así se llama ese tipo de senda, por su composición terrosa. Se avanza a veinte kilómetros por hora. La tierra se levanta y cae sobre los vidrios de la camioneta como si la tiraran del cielo. Cualquier otro auto, sin ruedas patonas y doble tracción, quedaría varado porque el radiador colapsaría de tos.

UTURUNGO. –Ésta era una estancia llamada Uturungo.

Dice don Loyolo Alderete, hombre de casi dos metros, como su tatarabuelo, don Félix. Y golpea con el pie enorme el suelo de su patio, a la entrada del paraje. Tiene más de setenta, la piel cobriza, bigotes blancos y prolijos, las canas bien peinadas y cierta elegancia rural del que ha mandado, del jefe de un clan.

–Aquí hay hermanos negros negros y otros rubios. Por allá lejos tenemos un changuito con los ojos verdes y el pelo mota. Acá siempre se ha dicho, para reírse de ellos, de los que heredaron ese pelo de negros, que, cuando se les echa agua a la cabeza, no se les moja.

Ríe don Loyolo de su gracia, y su esposa, que permanece como una anciana quieta y silenciosa a su lado, le sigue la corriente.

–Sí, no se les moja la cabeza. Dice.

La huella de la negritud de San Félix se pierde en la memoria del pueblo. Reside allí donde llegan los recuerdos de sus habitantes más antiguos: don Loyolo alcanza a dibujar el árbol genealógico hasta su madre, la hija de Delfín Alderete, nieto del Félix que desposó a Felipa. Su padre era Cirilo Matías –otro de los apellidos que abunda en la zona–, un “gringo”, dice Loyolo, que es como se les decía a los españoles que llegaban en aquellos tiempos siguiendo el camino que durante la colonia unía Córdoba con Potosí, atravesando el duro interior santiagueño.

–Cirilo Matías vino de España en 1916, y en 1921 llegó a Pozo Hondo. Andaba como vendedor de mercadería ambulante. Mi mamá, María Alderete, lo conoce entonces. Se enamora, se casan y él se instala. Ella tenía su porción de tierra que le correspondía porque era nieta de Felipa Guerra. Aquí mismo era el casco de la estancia Uturungo, que es como le dijeron siempre a la parte que los Frías les dieron a los negros cuando comenzó todo esto.

Uturungo es una voz quechua, una vieja leyenda según la cual un indio se metamorfosea en puma –el Uturungo–. La creencia es que un hombre que necesita vengarse de una ofensa, de un crimen, o de una mancha moral puede hacerlo si pacta con el diablo –“supay”– en una ceremonia en la que se convertirá en el tigre revolcándose sobre el cuero de un animal. Vuelto animal salvaje recorrerá los alrededores de los pueblos y las estancias aterrorizando a la gente que le teme. La prueba de su existencia es que las vacas y los caballos solían aparecer despedazados, y en los alrededores de la bestia yacente, las huellas de un puma que no tiene cuatro dedos, sino cinco, como un ser humano.

PUMA. Los Guerra, los Alderete, los Matías abundan como el sol que todo lo alcanza dieciocho horas al día. En este clan de figuras míticas se han ido cociendo algunas, pocas, historias que le dan sentido a la insularidad de San Félix. Según uno de esos cuentos de fogón, hubo un hombre valiente, en el comienzo de casi todo, que cazaba pumas como si apresara gallinas. Era el hijo del patriarca, Félix Alderete, y llevaba, por primogénito, el nombre de su padre. Salía a buscar las fieras al monte cuando se acercaban demasiado y se atrevían a masticarle las vacas. La mayor hazaña de Félix hijo fue jugarse la vida como un Uturungo, casi transformado en puma. Subió por las ramas de un paraíso y se deslizó con la suavidad del felino hacia lo alto. El animal vigilaba cómodamente afincado sobre un grueso tronco, entre el follaje. El valiente le metió el cuchillo desde abajo, hacia el corazón, lo hundió como si fuera una espada. Cayeron los dos al piso. El puma lo abrazó como quien quiere asfixiar al amante. Le clavó las garras en la espalda y exhaló en el intento. Las heridas en la carne del cristiano fueron profundas. Curarlas llevó tres meses de postración boca arriba. Fue su madre, la mítica Felipa Guerra, ya en una silla de ruedas, la que lo cuidó hasta sanarlo.

Felipa era una negra hermosa. Y fue la matriarca de este clan, aunque no la primera. Era la hija de los primeros negros del lugar. Carlos Torres, sexta generación en la saga familiar y habitante de una casa en la que vende vino frío y picadas de mortadela y queso de campo a los extraños visitantes de la Capital, lo dice con letras de molde:

–Mis antepasados, Julián Guerra, venido de África como esclavo, y Felipa Iramain, traída del Brasil, se casaron, y, como regalo de bodas, los que habían sido sus dueños, los Frías, les dieron una legua cuadrada, que en realidad estaba medida en varas (86 centímetros), por eso la propiedad no tiene 2.500 hectáreas, sino 1.800. Era poco al lado de las 200 mil hectáreas que tenían los Frías en esa época. Luego, a otros negros, en mérito de la lucha federal, les dieron media legua cuadrada, que serían luego los pueblos vecinos de San Andrés y San Ramón. Todos los negros tuvieron el mismo apellido puesto por sus patrones: todos fueron Guerra.

La primogénita de la pareja de negros fue Felipa Guerra. Ella y sus hermanos poblaron Uturungo. Pero fue ella la que se enamoró de Félix Alderete, el capitán de montoneras que vino de la costa del río Salado para quedarse y formar un linaje de bellos mulatos afincados para siempre en el lugar.

LUJO Y ORO. Son bien grandes los Alderete. Los hijos de don Loyolo lo visitan este sábado calenturiento. Uno de ellos es maestro y anda con su pibe, de unos doce años. El chico heredó los rasgos africanos de su tatarabuela pero en una piel blanca. La nariz chata de fosas redondas y el pelo ensortijado, de ese que no se moja. Don Loyolo sabe que los funcionarios que han venido a verlo hoy trajeron tambores desde Santiago, y un cine móvil de la Secretaría de Cultura. Esa pantalla blanca le permitirá ver por primera vez su propia imagen proyectada en la escuelita rural de San Félix, en la que cuarenta niños de los campos vecinos pasan la semana junto a siete maestros. Allí es la fiesta. Hacia el patio rodeado de paraísos y quebrachos, caminan las familias de morenos despintados por las mixturas raciales de un siglo.

Hace muchos años que la pobreza, la sequía y la migración de los más jóvenes –que parten hacia la capital provincial a buscar trabajo– han dejado sin fiestas a San Félix. Lejos quedaron las bacanales de los antiguos, de “los principales”, los siete hijos que tuvieron los esclavos libertos Julián y Felipa a quienes todos les podían ver las marcas que les habían impuesto en los mercados de Buenos Aires y alguna ciudad del Brasil. La pareja había conocido el lujo en la casa de los patrones Frías. Y cuando pudieron, criaron a su descendencia en la comodidad. Tres generaciones duró aquella abundancia.

–Mi abuela me contaba que esto era como vivir en un palacio de reyes. Cómo serían de pretenciosos los negros que no querían comer terneros machos, sólo se les antojaban las terneritas hembras. Las fiestas podían durar tres días. Cada familia mataba un animal y lo repartía, eran miles de cabezas de ganado. Se hacían hormas y hormas de queso. Se ponía la leche en un cuero de vaca, el noque, y en ese cuero entero se lo dejaba. Dos mujeres, una de cada lado, lo llevaban. El lujo les venía de Felipa Guerra, la abuela de mi abuela. Ella terminó en una silla de ruedas que estaba hecha con piezas de oro.

Dice Loyolo.

La fiesta de este sábado es austera pero profunda y sentida. Algo campea el aire de la tarde, algo parecido al respeto, a una memoria silenciosa de niños bien portados que esperan ansiosos el cine jugando a la mancha en el patio. El documental muestra con imágenes de archivos históricos el camino de los esclavos llegados a la Argentina desde África y Brasil, los mercados, las marcas a fuego en la piel, las guerras a las que fueron enviados. El camino Real, entre Córdoba y Potosí, la posición de San Félix y, hacia el final, las imágenes del pueblo. Entonces, las risas de los chicos, las sonrisas de los grandes, la cara iluminada de Loyola que se ve, y se escucha, enorme sobre la pantalla, contando sus recuerdos de la negritud. El INADI ha invitado a la coordinadora del Foro Afro, Mameto Kiamasi, una negra bien argentina que les habla vestida con una amplia pollera blanca, de túnica, y turbante:

–Debemos estar orgullosos de ser negros, de venir de esa sangre.

Les dice.

El nieto. A medio kilómetro de la escuela vive el hombre más anciano del pueblo. Le dicen Titilao, un apodo de niño travieso que le quedó puesto por su abuela, la mismísima Felipa Guerra. Nadie, ni él, sabe cuántos años tiene. Noventa y tantos como mínimo. Sale de su rancho asistido por dos nietos, que lo llevan como bastones hasta la tranquera. Los ojos pequeños se le pegan, y hace esfuerzos por abrirlos y mirar a los extranjeros. Todos sus movimientos son de una lentitud ceremonial. Pero cuando habla, con la voz cascada, la rapidez mental sorprende.

–Los he conocido a los principales. Yo le diré los principales pero usted no anote ahora: Juliana, Isolina, Gregoria y Caucana, Vicente, Félix, Delfín y Ángel. Estanislao es el hijo de Ángel. Es el único que no se casó nunca, ni tuvo hijos. Cumplió funciones de cura. Era el rezador del pueblo. El que casaba. El que bautizaba. El que daba las extremas unciones. El que quedó para contar lo que era Félix Alderete, el patriarca.

–Mi abuela Felipa era bien negrita. Mi abuelo era rubio. Usaba chiripás. Andaba al alba por las camas de los hijos despertándolos cuando iba a llover para que salieran a encerrar los animales. “¡Los bueyes!”, gritaba. Los negros, hermanos de Felipa, le querían pegar cuando se chupaban. Le daban duro los negros. Mi abuelo se reía de ellos. Les decía “cola e’ pishinga” porque se vestían a la moda, usaban camisas blancas, pantalones negros, con un pañuelo blanco que les salía del bolsillo de atrás, como la cola de los zorrinos. –Y dicen que las fiestas eran buenas.

–Acá gustaba el vino. La abuela se iba a San Roque de a caballo con otras negras, y volvían, con las bordelesas cargadas. Dejaban a los maridos a cargo.

Don Félix, cuenta Titilao, fue inteligente y les fue prestando plata a sus cuñados los negros, a quienes les gustaba apostar fuerte. Solían juntarse alrededor del pozo de agua, el jagüel del que aún se proveen todos de un agua termal que sale tibia de las canillas. Todo terminaba a cuchillazo limpio.

Don Titilao cruza las piernas con garbo. Pide un cigarro. Lo enciende. Le pregunta al cronista: –¿Que anota tanto? ¡Éste –les dice al resto de los que lo escuchan– va a tener para escribir una novela en Buenos Aires!

Reímos de las gracias de don Titilao. Y él, feliz de la visita, nos obsequia con sus cantos.

Cuando el sol se pierde en el monte santiagueño, Estanislao Guerra, nieto de Felipa Guerra y Félix Alderete, canta una vidala de esas que entonaba en las fiestas de negros de las épocas de lujo.

Se viene la semana afro en la Argentina

Por tercer año consecutivo, el INADI realizará “Argentina también es Afro”, jornadas político-culturales de reflexión, visibilización y reclamo del movimiento afroargentino. Organizadas junto a la Embajada de Brasil, se podrá participar de mesas de debate, obras de teatro y una ceremonia de tambores con grupos como La Chiringa (Argentina) y Afroreagge (Brasil). Se realizará entre el 9 y el 15 de noviembre próximo.

Fuente: http://alejandrofrigerio.blogspot.com/2009/10/un-quilombo-en-santiago-del-estero.html

martes, 5 de mayo de 2026

El hombre que tiñó de compromiso la palabra: Pablo Raúl Trullenque

Entre libros clásicos, la orfandad y la tintorería, el poeta santiagueño construyó una obra que se niega al eufemismo. Conocé la historia de una de las plumas más sentidas de nuestro folclore.

 


Por Leyendas del Folclore Santiagueño

Hay hombres que escriben para adornar el mundo y hay hombres que escriben porque el mundo, tal como está, les duele. Pablo Raúl Trullenque pertenecía a los segundos. Lejos de las metáforas que esconden miedos y de los versos de porcelana, el poeta santiagueño entendió el arte como un compromiso de vida, un puente tendido entre la crudeza de la realidad y la esperanza de la canción.

El observatorio del barrio y la obsesión de una abuela

La historia de Trullenque no se explica sin el silencio de su infancia. Huérfano de padres desde muy pequeño, su universo se redujo al abrazo de una abuela que, con la sabiduría de los años, le dio la libertad necesaria para volverse "dueño de sí mismo".

Fue ella, una mujer analfabeta, quien sembró en Pablo la semilla que germinaría en su poesía. Paradójicamente, la obsesión de Trullenque por la palabra nació del vacío de su abuela; ella le contaba todo lo que se había perdido por no saber leer ni escribir. Esa carencia se transformó en un mandato.

Más tarde, en el aula de sexto grado, la maestra Petrona Mendívez le abriría las puertas de los cielos literarios: Bécquer, Rubén Darío y Horacio Quiroga pasaron a ser sus compañeros de ruta. Pero Pablo no se quedó encerrado en los libros. Desde su humilde barrio, al que definió como un "observatorio social", fue testigo de la fractura de su tierra: la Santiago del Estero que tiene y la que no tiene.

"La cuestión no es tener, sino agradecer a Dios por tener y, fundamentalmente, saber dar", solía decir el poeta, resumiendo una ética que atravesó cada una de sus estrofas.

De la tintorería a la inmortalidad: El encuentro con los Carabajal

Como toda gran historia argentina, la de su consagración tiene un toque de azar y otro de humildad. Instalado en Buenos Aires, Pablo frecuentaba a la familia Carabajal. Sabía que allí había un motor creativo único. Sin embargo, el camino no fue una alfombra roja.

Cuenta la anécdota que Trullenque le entregó a Carlos Carabajal la letra de "Pa’ carnavalear". En aquel entonces, Carlos se mostró indiferente, guardando aquellos versos en algún rincón de la memoria o de algún cajón.

El tiempo pasó. Pablo seguía con su vida cotidiana, atendiendo su tintorería, entre el vapor y el olor a solvente. Un día, mientras trabajaba, la radio rompió el aire. Eran Los Chalchaleros. La sorpresa fue total cuando reconoció su propia letra, ahora convertida en una chacarera que recorría el país. Ese fue el chispazo inicial de una de las duplas más prolíficas y exitosas de nuestra música popular.

Un legado sin eufemismos

Trullenque no buscaba el aplauso fácil. Su búsqueda era la verdad. "He leído muchas palabras bonitas, pero eso no es todo, hay que decir algo más", afirmaba con la convicción de quien sabe que la poesía es una herramienta de transformación.

Hoy, al volver a sus letras, no solo encontramos ritmo y paisaje; encontramos un hombre que se animó a mirar de frente a la discriminación y al dolor, devolviéndonos una obra cargada de humanidad. Pablo Raúl Trullenque no solo escribió canciones; nos dejó un mapa ético sobre cómo habitar este suelo: con los ojos abiertos, las manos dispuestas al dar y la palabra siempre puesta al servicio del compromiso social.

Basado en testimonios de Alcira Mancilla de Trullenque y el libro "Anécdotas y curiosidades de folcloristas santiagueños" de Omar "Sapo" Estanciero.

sábado, 2 de mayo de 2026

𝐕𝐢𝐭𝐢𝐥𝐥𝐨 Á𝐛𝐚𝐥𝐨𝐬, 𝐋𝐨𝐬 𝐇𝐞𝐫𝐦𝐚𝐧𝐨𝐬 Á𝐛𝐚𝐥𝐨𝐬 𝐲 𝐄𝐥 𝐥𝐚𝐭𝐢𝐝𝐨 𝐝𝐞𝐥 𝐢𝐧𝐭𝐞𝐫𝐢𝐨𝐫 𝐪𝐮𝐞 𝐥𝐥𝐞𝐠ó 𝐚 𝐥𝐚 𝐠𝐫𝐚𝐧 𝐜𝐢𝐮𝐝𝐚𝐝

 


Hablar de Vitillo Ábalos es invocar el patio de tierra santiagueño en medio del cemento porteño. Es recordar a ese hombre que, hasta sus últimos días en 2019, portaba el bombo legüero no como un instrumento, sino como una extensión de su propia columna vertebral. Su historia, y la de sus cuatro hermanos —Machingo, Adolfo, Roberto y Machaco—, es la crónica de un desembarco cultural que cambió para siempre la música argentina.

Cuando los Ábalos llegaron a Buenos Aires a comienzos del siglo pasado, se encontraron con un desierto de información. El folklore que consumía la capital era una caricatura: "gauchos truchos" de radioteatro que hablaban un idioma inventado. La misión de los hermanos fue, desde el primer día, devolverle la dignidad a lo nativo. No fue fácil. El establishment de la época, personificado en figuras como Sebastián Piana, los rechazó en Radio Belgrano alegando "falta de matices". Lo que no entendían era que los Ábalos no estaban interpretando una partitura rígida, sino traduciendo el silencio del monte y el ritmo del hogar.

En su casa de Santiago del Estero, el piano y el bombo eran tan naturales como el aire. Vitillo recordaba con humor el asombro de los porteños al ver un piano en una zamba. Para ellos, era el instrumento que tocaban sus padres; para la ciudad, era una anomalía. Lo mismo pasaba con el bombo. Vitillo llegó a ser "el único bombisto de la ciudad", invitado a reuniones no por su nombre, sino por ese instrumento rústico, hecho a hacha, que guardaba en su interior el secreto del "2-3", esa teoría rítmica que años después estudiarían maestros como Piazzolla o Salgán.

Los Hnos Abalos fueron embajadores de una Argentina auténtica en el mundo. Vitillo fue el último guardián de esa hermandad. Nos dejó el bombo, la elegancia del pañuelo al aire y la certeza de que, mientras suene una chacarera bien tocada, los cinco hermanos seguirán bailando en el patio de la memoria colectiva.

Fuente: El Jume Revista Cultural y política de Silvia Majul.

La Tuna (Opuntia Ficus)