jueves, 5 de febrero de 2026

La 7 de Abril: El enigma detrás de la "madre de las zambas"

Don Pedro Evaristo Diaz

En el vasto universo del folclore argentino, pocas piezas despiertan tanta fascinación y misterio como "La 7 de Abril". Considerada la madre de las zambas "de tres vueltas" o zambas largas, su estructura de 36 compases y su melodía final diferenciada la convierten en una joya técnica. Pero más allá de su música, lo que realmente cautiva es la densa niebla que rodea su origen y su nombre.

¿Por qué "7 de Abril"?

Aunque la fecha fue instituida como el Día de la Zamba en honor a esta obra, el motivo real del título sigue siendo objeto de debate. Existen tres grandes teorías que mezclan la sangre, el progreso y el corazón:

La huella histórica: Se dice que homenajea a la localidad tucumana de "7 de Abril" (ubicada en el límite con Santiago del Estero). Allí, un 7 de abril de 1840, se inició el pronunciamiento de la "Liga del Norte" contra Juan Manuel de Rosas.

La llegada del progreso: Otros sostienen que el nombre celebra la llegada del ferrocarril al pueblo, ocurrida en la misma fecha pero del año 1908.

El drama del Juez: Una versión romántica cuenta la historia de un joven rico que, tras recibirse de abogado y ser nombrado juez, debió enfrentar su destino más cruel: casar a la mujer pobre que amaba con otro hombre. Se dice que la letra de Pedro Evaristo Díaz y la de Domingo Lombardi nacieron de este dolor.

Una autoría en disputa

¿Quién fue el verdadero creador de esta melodía que hoy todos silbamos? La lista de pretendientes es larga y revela la rica tradición oral de nuestra tierra:

Andrés Chazarreta: Fue el primero en registrarla en 1916 tras escucharla de músicos populares santiagueños.

Los autores anónimos: Investigadores como Isabel Aretz apuntan a que el verdadero autor fue "El Ñato" Carrillo, un violinista tucumano que falleció en 1911. Otros nombres que resuenan en las cuerdas del arpa son Agenor Reynoso y el "Ciego Chaza".

La injusticia de Don Pedro

Aunque la versión más popular en las peñas es la de Pedro Evaristo Díaz, la historia nos deja un sabor agridulce: Don Pedro nunca pudo cobrar por su autoría. El destino decidió que su obra fuera de todos, menos de él en los papeles.

"La 7 de Abril" no es solo una danza; es un rompecabezas de la identidad del NOA, una zamba que se baila con la elegancia de la historia y se canta con el misterio de lo que nunca se llegará a conocer del todo.

Referencia: Basado en el libro inédito "Historia del cancionero folclórico santiagueño" de Omar "Sapo" Estanciero.

Manuel Gómez Carrillo: Publicó una versión musicalmente distinta en 1923, sobre la cual trabajaron figuras como Leda Valladares y la poetisa Blanca Irurzun."LA 7 DE ABRL" (Pedro Evaristo Díaz/Andrés Chazarreta)

Triste y con pena me voy// voy cantando está canción// buscando consuelo en esta zamba// porque me ha pedido el corazón.

Lejos se escucha una voz// mientras dice en si cantar// en aquella noche silenciosa// dando fuerte alivio a mi pesar.

Otros andarán por ahí// igualito como yo// cantando triste mis penas// zamba con mi canción.

Como el perfume de flor// suave, acompasados son// has hecho bailar a muchos criollos// haciendo vivir la tradición.

Tu melodía quizás// siempre ha sido para mi// hace muchas noches he soñado// y así te nombre 7 de abril.

"LA 7 DE ABRIL" (Domingo Lombardi/ Andrés Chazarreta)

La zamba 7 de Abril// vamos vidita a bailar// obligando gracia a tu perfil// y encendiendo amor es tu mirar// con tu pañuelo ya gentil// y como queriéndote alejar.

Una encendida pasión// aceptó encanto sentir// dando una esperanza al corazón// porque tu desdén hace sufrir// no me quites mi alma está ilusion// porque sin ella no podré vivir.

Criolla labios como flor// la que el sol besó al pasar// y brindas las dulzuras// de algarroba y de chañar// no hagas la desventura// de quien te sabe amar.

Quiero volverte a cantar// en esta zamba mi dolor// al ver si por fin puedo alcanzar// y ser dueño de tu corazón// u en el pañuelito he de expresar// al rodear tu pecho mi intención.

Sobre tu frente pondré// una corona triunfal// con amor constante y leal// un liviano paso seguiré// y en tu pollerita de percal// flores de mi sierra pondré.

Va está zamba a terminar// dando tregua a mi dolor// de negarme un consuelo// mi alma tendrás valor// y a tus pies mi pañuelo// rindo en prueba de amor.

"LA 7 DE ABRIL" (Leda Valladares/Manuel Gómez Carrillo).

Vengan al cerro a escuchar// como canta el montaraz // clava su baguala en pleno cielo// con un alarido de horfandad.

Quien sale al campo a llorar// las vidalas del amor// queda engualichado bajo el monte// y entre los quejidos del tambor.

Zamba de largos sauzales// fiel rescoldo del peón// que tu pañuelo al aire// nunca nos diga adiós.

Que lindo es dejarse estar// bajo un viejo quebrachal// cerca de las grandes salamancas// resollando todo el carnaval.

Nadie se quiere morir// sin gozar el carnaval// sin echar la entraña de  su canto// en el vuelo del polvaredal.

Zamba de triste follaje// resolana del cantor// que  tu pañuelo al aire// nunca nos diga adiós.

La Siete de Abril: SIETE DE ABRIL- M. GOMEZ CARRILLO-BLANCA  IRURZÚN.

Sol de abril en Tucumán
Mil deseos de volar
Con sus madreselvas perfumadas
Y con su luz clara el rosedal
Enfrentando a Juan Manuel de Rosa
El jazmín de Tucumán


Adiós la luz la libertad
Como una bomba de cristal
Sueños lejanos
Por sierras vienen y va
Tierra valiente
La tierra de Tucumán


Canto de un 7 de abril
Luminoso y soñador
Haber la esperanza tucumana
Libre la mañana su esplendor
Hay un envainar de resbalosas
Ya universal restaurador


Adiós la luz la libertad
Como una bomba de cristal
Sueños lejanos
Por sierras vienen y va
Tierra valiente
La tierra de Tucumán

(Gentileza de Rubén Chamorro)

OMAR SAPO ESTANCIERO


domingo, 1 de febrero de 2026

Santiago del Estero, la cuna del vino argentino

En 1556, cinco conquistadores y un grupo anónimo de indígenas se embarcaron desde Santiago del Estero en una misión que parecía casi imposible. Su travesía, atravesando desiertos, “tierras de guerra” y cumbres heladas, no solo trajo consigo a un sacerdote. En sus cargamentos, escondía el germen de una industria que marcaría el rumbo de una nación: las primeras plantas de vid.



Imaginen la escena: Santiago del Estero, 1556. Una joven aldea, la primera ciudad argentina, lucha por establecerse en un vasto y desconocido territorio. Entre las muchas carencias, hay una que resulta crucial para la vida espiritual de esta incipiente comunidad: la falta de un sacerdote que oficiara los ritos católicos. Esta necesidad urgente desatará, sin que sus protagonistas lo sepan, un viaje épico cuyo mayor tesoro no será un hombre de fe, sino unos frágiles sarmientos que transformarán para siempre el paladar y la economía del futuro país.

Desarrollo narrativo:

La historia, que se encuentra documentada en papeles oficiales de la época citados por el medio El Liberal, comienza con una decisión valiente. Los habitantes de Santiago, que dependían de la lejana capitanía de Chile, organizaron una expedición para cruzar el continente en busca de un religioso. A finales de ese año, cinco conquistadores españoles partieron, acompañados –como destaca la crónica– por guías y porteadores indígenas “sin los cuales el recorrido hubiera sido imposible”, aunque sus nombres se han perdido en el olvido de los registros.

Tres décadas más tarde, un testigo describiría esa ruta con una elocuencia que eriza la piel. Habló de “caminos extremadamente difíciles de cordilleras nevadas, con un frío intenso y desolados”, un trayecto “de todo extremo y peligroso”. Relató una imagen dantesca: “una gran cantidad de indios muertos, helados, enteros y sin corromperse, gracias al intenso frío”, junto a los caballos muertos de la expedición de Diego de Almagro. Era una travesía donde se jugaba la vida.

Después de atravesar territorios hostiles de los lules y calchaquíes y cruzar la majestuosa cordillera de los Andes, la comitiva llegó a La Serena, en la costa chilena, a principios de 1557. Allí, el éxito superó todas las expectativas. En su regreso, no solo trajeron al fray Juan Cidrón (o Cedrón), sino algo que resultaría invaluable: “semillas de algodón y plantas de viña”. Este cargamento vegetal fue “de mucho provecho”, según los documentos, ya que en la región solo se cultivaba maíz. Así, quedó oficialmente registrada la llegada más antigua de la vid al actual territorio argentino.

La semilla que se convirtió en viña

Desde esa “madre de ciudades” que fue Santiago del Estero, la vid comenzó su lenta pero firme expansión. A medida que se fundaban nuevas ciudades en la Gobernación del Tucumán, los sarmientos viajaron con fundadores, soldados y, sobre todo, con los misioneros. Para el siglo XVII, ya había producción de vinos y aguardientes en La Rioja y Córdoba. La tradición, como indican las fuentes, atribuye a los jesuitas la introducción de vides en Salta, traídas desde Perú y el Alto Perú.

Pero la historia del vino en Argentina tiene más de un solo prólogo. Mientras en el Noroeste se afianzaba la vid “santiagueña”, otra puerta de entrada se abría en el este. Asunción del Paraguay, conocida como otra “Madre de Ciudades” del Litoral, comenzó su producción vitivinícola bastante temprano, probablemente con cepas que llegaron por el Atlántico. Para 1573 –el año en que se fundaron Córdoba y Santa Fe–, Paraguay ya producía alrededor de 6000 arrobas de vino, y medio siglo después contaba con más de un millón y medio de plantas. Sin embargo, con el tiempo, esta vitalidad se fue desvaneciendo, hasta el punto en que Paraguay empezó a consumir vinos de Cuyo, la región que, décadas más tarde, se convertiría en el corazón vitivinícola del país.

Los otros padres fundadores: Valdivia y el primer viñedo mendocino

La historia del vino argentino también se teje con otro nombre emblemático: Pedro de Valdivia. Según cuenta la tradición histórica, este conquistador, tras fundar Santiago de Chile en 1541, cruzó la cordillera y llegó a la región de Cuyo en 1551. Allí, en lo que hoy conocemos como Mendoza, habría establecido lazos con los pueblos huarpes y, lo más importante, plantado el primer viñedo de la región, unos años antes de la famosa epopeya de Cedrón. Este acto pionero, aunque menos documentado que su viaje a Chile, sienta las bases míticas de la vitivinicultura cuyana. Más tarde, en 1561, Pedro del Castillo fundaría formalmente la ciudad de Mendoza, consolidando el lugar desde donde, siglos después, surgirían los vinos que conquistarían el mundo.

La próxima vez que levantemos una copa de vino argentino, vale la pena recordar que su historia no se reduce solo a la tierra fértil o al sol radiante. Se encuentra en el frío implacable de un paso montañoso, en la tenacidad de unos viajeros anónimos –españoles e indígenas– y en el pragmatismo de colonos que, ante todo, buscaban un refugio espiritual. Esa primera viña en Santiago del Estero, surgida de una odisea, fue la semilla de un mapa vitivinícola que se expandiría por el Noroeste, el Litoral y que hallaría en Cuyo su tierra prometida. Así, la historia del vino argentino es también la historia de un riesgo extremo, de un intercambio cultural forzado pero profundo, y de una pequeña planta que, contra todo pronóstico, encontró en estas tierras no solo un hogar, sino una identidad poderosa. En definitiva, la copa que sostenemos contiene mucho más que un simple líquido: guarda la memoria de un viaje fundacional.


Mañu Luna, El último silbido del río dulce

 




En el mapa afectivo de Santiago del Estero, existen nombres que dejan de pertenecer a una familia para transformarse en patrimonio de la memoria colectiva. Manuel Aníbal “Mañu” Luna, nacido aquel 29 de mayo de 1928, fue uno de esos hombres cuya vida se tejió con los hilos de la identidad más profunda: el fútbol, el río y la hermandad del barrio.

Hijo dilecto del Barrio 8 de Abril, Mañu vivió frente al Club Atlético Mitre, en la calle Francisca Jacques. Aquella cercanía no fue solo geográfica, sino sentimental; su estirpe estuvo ligada para siempre al "Aurinegro", donde brilló como un jugador notable, dejando un legado que continuaría en las canchas con sus hijos y nietos —nombres como Musha y Bombón—, quienes heredaron su destreza y su pasión por la redonda.

Un hogar de puertas abiertas

Pero la verdadera mística de los Luna se cocía a fuego lento en la intimidad de su casa. Junto a su compañera de vida, María Sara Véliz, Mañu fundó un hogar que fue, durante medio siglo, un templo de la hospitalidad. Allí, entre 18 hijos y el bullicio de una familia numerosa, se cultivó el rito de la amistad.

Mañu era un "challuero" de alma, un pescador que conocía los secretos y las correntadas del bravo Río Dulce como quien lee las líneas de su propia mano. De sus aguas extraía el sustento y el deleite: bagres, bogas y dorados que Sara transformaba en manjares. Aquella casa se convirtió en una posta obligatoria donde músicos, poetas, deportistas y turistas se sentaban a la mesa para compartir una sopa de bagre o un chupín, borrando las jerarquías en una comunión de cuentos, guitarras y madrugadas.

El mito en la canción y la palabra

La figura de Mañu Luna fue tan potente que desbordó la realidad para instalarse en el cancionero popular. El gran Alfredo Ábalos, con versos de Oscar Valles, inmortalizó su estampa en la chacarera "Mi barrio 8 de Abril", recordándolo como el proveedor de esos bagres que Sara sabía cocinar para los "changos" del lugar.

Incluso por encima de las rivalidades futbolísticas, el afecto hacia él era unánime. Vicente "Morenito" Suárez, ferviente hincha de Central Córdoba, le dedicó su pluma en "Para Mañu Luna", retratándolo con la caña al hombro, silbando bajito un gato o una chacarera mientras miraba la costanera, esperando el pique del dorado bajo la luz del naciente. Asimismo, Miguel Brevetta Rodríguez y el músico Tomás Lescano celebraron en un gato su figura humilde y necesaria, aquel hombre que "chimpaba" las lagunas para calmar la hambruna con los tesoros del río.

El legado del pescador

Mañu no solo fue el hombre del río; fue también un trabajador respetado en la Escuela Manuel Belgrano, donde su bonhomía le ganó el respeto de toda la comunidad educativa.

Su partida física, el 5 de julio de 2000, no logró silenciar el eco de su nombre. Mañu Luna permanece vivo cada vez que alguien cruza el Misky Mayu, cada vez que suena un bombo en el 8 de Abril y en cada plato de comida criolla compartido con un desconocido. Fue, en esencia, el símbolo de un Santiago que se resiste al olvido: un hombre que supo hacer de la sencillez un arte y de la amistad una religión.

Fuente: Extracto del libro inédito "Biografías de Folcloristas Santiagueños, Segunda Parte", de Omar "Sapo" Estanciero.

sábado, 31 de enero de 2026

Los Cabezones: el bar donde Santiago latía al ritmo de la amistad y el arte

En la vereda de la bohemia perdida, un reducto en Independencia 187 se convirtió en el corazón cultural de una provincia. Fue bunker de poetas, refugio de músicos, estación de trenes para almas creativas. Esta es la historia del bar-café que nació sin nombre y se hizo leyenda.

 


Santiago del Estero, cuna milenaria de folclore y artistas, ha visto nacer y morir escenarios de leyenda. Primero fue el mítico "Bar Casino" o "Rincón de los Artistas", que durante casi tres décadas congregó a la bohemia. Pero cuando sus puertas se cerraron en 1976, un silencio incómodo se adueñó de las noches. Hasta que, en 1983, como respondiendo a un llamado de la tierra, dos hermanos encendieron las luces de un nuevo refugio en Independencia 187. Un lugar al que los propios parroquianos, con cariño y complicidad, bautizarían para siempre: "Los Cabezones".

No hubo cartel luminoso que lo anunciara, pero la fama del bar-café de los hermanos Alberto "Ari" y Ramón Paz se extendió como un reguero de pólvora cultural. Lo que comenzó como un local para leer el diario o compartir un café entre amigos, se transformó paulatinamente en el bunker indispensable de la cultura santiagueña y nacional. Sus mesas fueron testigos de la alquimia única que se da cuando el terruño se abre al mundo.

El reconocimiento oficial llegó en 2006, cuando el entonces Secretario de Cultura de la Nación, Jorge Núñez, lo eligió para lanzar el ciclo federal "Café, Cultura Nación". Ese sello fue el impulso que consolidó su epopeya. Por su pequeño escenario y sus rincones desfilaron un mosaico deslumbrante: la voz de Ernesto Sábato se mezcló con la guitarra de Liliana Herrero; la lucidez de Osvaldo Bayer y Juan Mascaró en cine-debate compartió espacio con los pasos de Juan Carlos Copes; el rock de David Lebón resonó junto al jazz de Pablo Tozzi. La plástica dejó su huella literal en las paredes, con obras de Rafael Touriño o el retrato de Alfredo Ábalos que el artista jujeño Guadalupe "Michi" Aparicio dibujó con ceniza y vino.



Era un lugar sin jerarquías, donde poetas como Selva "Pocha" Ramos o Alberto Tasso recitaban versos mientras sonaba una zamba de Chacho Echenique. Las noches de función completa eran leyenda: "Hubo noches que cerraban las puertas porque no cabía un alfiler", recuerda la crónica, y los rezagados escuchaban el recital desde la vereda, convertida en platea libre.

En 2008, como había ocurrido con su antecesor, "Los Cabezones" apagó sus luces definitivamente. Y con él, se fue un pedazo del alma colectiva. La metáfora popular lo dice claro: "Llora el kakuy en la rama, gime el crespín, la Salamanca cerró su cueva y el santiagueño quedó en orfandad cultural".

Pero los lugares que verdaderamente laten en el corazón de la gente nunca mueren del todo. Lo sabía bien el poeta Chilalo Jiménez, quien en una carta publicada en 2008 elevó un sentido homenaje al bar de los hermanos Paz. Para él, y para tantos habitués, "Los Cabezones" no fue solo un espacio público. Fue un "lugar interior", una "estación de trenes" de afectos, un "brasero crepitado de amigos" donde se ejercitaba, por sobre todas las cosas, la camaradería.

Hoy, en la puerta de Independencia 187, no hay una placa que recuerde la epopeya. Solo queda el reclamo silencioso de quienes extrañan "el cielo presto, el canto estable que incendia los sentidos". La historia de "Los Cabezones" es la prueba de que los verdaderos templos culturales no se construyen con ladrillos, sino con abrazos, versos sueltos, acordes y la calidez de un café compartido contra el olvido. Un fueguito que, aunque apagado, sigue ardiendo en la alacena del alma de toda una provincia.

Fuente: Información histórica y testimonial recopilada a partir de crónicas y la carta pública de Chilalo Jiménez (2/3/08, Tucumán), en referencia al bar-café cultural "Los Cabezones" de Santiago del Estero. Archivo de gráfico de Omar Sapo Estanciero.

viernes, 30 de enero de 2026

La casa de don Arsenio Salazar

 


Bajo la sombra de un algarrobo de más de un siglo de vida, un grupo de folcloristas, desde 1996 hasta 2003, en el mes de julio, se reúne para celebrar el homenaje de: "La Fiesta del Árbol Folclórico" en la casa de don Arsenio Salazar (1895-1952) en calle La Plata 717, quien fue promotor social y cultural; dirigente de la Asociación Pro Fomento y Cultura del Barrio Norte (hoy Barrio Alberdi), cuyo Parque Norte, lleva su nombre.

El referente y promotor de este homenaje es Julio Rodríguez Ledesma, músico, autor, compositor, conferencista de folclore, quichuista.

"El algarrobo es el árbol del pan, de la vida; de él sacamos el patay y la aloja".

El hijo de don Salazar, lo alentó a Julio Rodríguez Ledesma para organizar este movimiento cultural que guarda en su memoria lo vivido en ese patio.

Ese añoso árbol guarda en sus entrañas el sonido de las guitarras de Atahualpa Yupanqui, Eduardo Falú, soco y cachilo Díaz, Jaime Dávalos, Horacio Guarany, las mudanzas de Santiago Ayala "el chúcaro", la celestial música del arpa de Baltasar Gallardo, del mandolín de Pecos Rodríguez, entre otros.

Fueron sus iniciadores: "el pibe" Gerez (presidente), Óscar Mario "pelao" navarro, juan Carlos Soria Paz, Nardo Roldán, los hermanos castañares, los hermanos Jiménez, Silvina Caloso (estos 2 últimos venían desde Buenos Aires), entre otros más.

Fuente: Omar sapo Estanciero


jueves, 29 de enero de 2026

El jume y la mazamorra...

 


El Jume, arbusto de la forma de helecho gigante, crece en las zonas salitrosas. El sabor de sus hojas es algo salado e incita al ganado a comer los cogollos tiernos. —La carne de los animales de faeneo que se alimentan de este arbusto, es sabrosa en extremo—. En las faenas rurales la utilizan para tapar parvas y su leña a mucha exigencia, es empleada como combustible. —Sus hojas, reducidas a ceniza, son usadas para la preparación de la mazamorra. Toman un jarro donde echan la ceniza y agua caliente. Una vez que el agua está bien clarita, se le agrega a la mazamorra adquiriendo ésta un color amarillento y un sabor riquísimo. A esto llaman “legía de jume”—. Los gajos de jume, atados con cintas coloradas, formaban parte de la bolsa mágica de nuestros hechiceros quienes la usaban para causar “daño”. Eso sí, debían ser distribuidas dentro de una salamanca para que tuvieran “poder”.

Con sus cenizas, ricas en potasa, se elabora el “jabón de jume”. Cuentan que, en épocas ya lejanas, tal elaboración, así como la de velas de sebo, eran motivo de fiestas que prolongaban hasta el amanecer. Precisaban el sitio donde debían reunirse y allí se contaban entre los presentes al guitarrero, al bombisto y al violinista, al curandero, la “traviesa” o bruja, mozos y chinitas; las “maestras” en el jabón y sus ayudantes. Todos cobijados a la sombra de coposos algarrobos, demostraban sus habilidades y su ciencia. Grandes fogatas esperaban a las ollas y tarros, que cargados de agua, huesos y grasas, se afirmaban en trebes y comenzaban a hervir mientras que una chinita, con un mecedor de tala ancho, afectando la forma de una espumadera, batía el contenido a la vez que quitaba las impurezas que aparecían en la superficie. Poco a poco iban agregando cal y ceniza de jume, en proporción tal que no cortara las materias grasas.

Cuando se creía que todo estaba a punto, introducían en la olla un palito que al retirarse, si salía limpio, es porque debía retirarse la olla del fuego. —Le quitaban los huesos y vaciaban el contenido, que era espeso, en una batea de algarrobo donde se enfriaba hasta adquirir la consistencia del jabón-. El jabón medicinal “de vaca”, lo trabajaban en la misma forma, agregándole hediondilla que adquiriera el color verde y fuera más compacto. Lo empleaban en la medicina casera para lavar y jabonar con agua tibia las “almorranas” y los “chupos”. Hoy también lo emplean para suavizar la cara y el cabello.

Mientras las “maestras” en materia de jabón estaban entregadas a las atareas descriptas, los músicos hacían las delicias de los reunidos ya contando o gastando bromas chispeantes que la mozada celebraba de buen humor. La única que no participaba de éste jolgorio era la “traviesa”, que adoptaba pose circunspecta para hacerse respetar. A ésta la satisfacían en todo y de buen grado. Como los casos de brujería son frecuentes en estos lugares, todos tomaban las debidas precauciones para evitar cualquier “daño” impensado. —Las “maestras” del jabón se turnaban para servirla con asado, mate de leche o alojita fresca y en forma disimulada, evitaban que la “traviesa” se acercara a las ollas, para que no se cortara el jabón—.

—Este vapor hace mal Ña Fermina, le decía una.

—Siéntese y diviértase, tan cortita es la vida, agregaba otra

—Servile alguito a Ña Fermina, pedía una tercera.

—Préndele el cigarro, vociferaba una cuarta.

—Servile agua en el poronguito que trujo tu tata…

Y así, mantenían a raya a la bruja.

Los hombres, por nada del mundo se quitaban los sombreros y es el caso de “Pancho”, el último en llegar a una de estas fiestas después de saludar, puso su sombrero sobre un catre de lazo. Con el mayor disimulo le advirtieron al incauto la presencia de Ña Fermina, la bruja y… ¡Aquí te quiero ver para salvar la situación sin que se diera cuenta la “traviesa”!

Fuente: Víctor HugoSayago

miércoles, 28 de enero de 2026

Tedy Bur: un "bon vivant" por las calles de Santiago

Por Miguel Brevetta Rodriguez


 

Caminaba las calles del centro como un imperativo cotidiano y a su paso derramaba un sin fin de saludos, porque todos lo conocían y apreciaban al primer "mannequin" vivant que tuvo la provincia de Santiago del Estero.

Contaba mi padre que “el gringo” y sus amigos solían “chimpar” en las lagunas que - allá lejos y hace tiempo- se formaban en la esquina de Roca y Rivadavia, sin dejar de rememorar que, en sus continuos viajes a la Capital Federal, casi al final de la década del cuarenta, lo sorprendía la imagen de su amigo sonriendo desde un inmenso cartel al frente del Obelisco, cuando promocionaba los tradicionales cigarrillos Clifton.

Tedy Bur (Juan Carlos Burgos Peralta) modelo publicitario, vivía por entonces en esa convulsionada Buenos Aires que gestaba la segunda revolución popular en 1945 y anunciaba el ascenso del peronismo al poder.

Fue un verdadero pionero del oficio de modelar junto a su amigo, el reconocido Ante Garmaz, y son ellos quienes abonaron los cimientos para que veinte años después se pergeñara la creación de AMA (Asociación Modelos Argentinos) en donde abrevaron Hugo Puigrós (Palmolive), Jorge Lezama (Superuva Donati), Eduardo Murchio (Embajadores); Horacio Bustos (L.M.), Chunchuna Villafañe (Gillete), Marta Cerain (sastrerías Vega) y Karin Pistarini (vino Resero) entre los más conocidos.

Por entonces el “bon vivant”, volvió a Santiago y al poco tiempo lo designaron como administrativo en la planta permanente del Ministerio de Salud, igualmente continuó con su actividad de modelo publicitario para grandes casas de vestir de la época como la sastrería Sirena, New London y Ñaró. Desfiló en el Parque de Grandes Espectáculos, Los Bancarios, el Jockey Club y animó fiestas privadas con su caracterizado glamur distintivo.

Por los años setenta la juventud santiagueña lucia las corbatas “sicodélicas”, comercializadas, distribuidas y firmadas por nuestro personaje, como diseños exclusivos de su autoría. Otra de sus habilidades destacadas, las mostraba en las pistas de los bailes de entonces: “También lo anuncian a: Tedy Bur ese modelo que baila en el centro de la pista, una suerte de zapateo americano, a quien todos le hacemos una especie de círculo para observarlo de cerca, lo bueno es que siempre lo acompañan dos bellas muchachas que, me dijeron, serían de apellido Arias, (que viven cerca del Club Piquito) no tengo más datos”. (1)

Entrados los años noventa era común encontrar a Tedy en las misas vespertinas de la Iglesia San Francisco recolectando las ofrendas o saludando a la feligresía en la puerta de entrada del templo. Los fines de semana asistía como parte de un ritual a compartir un café con nuestro grupo en las mesas del Barquito Bar o el Jockey Club. Siempre elegante, locuaz y distinguido. Falleció a los 88 años, un 19 de agosto del 2008.-  Fuente: brevetta.blogspot.com.ar