martes, 3 de noviembre de 2026

Del Aconcagua a la Garganta del Diablo: viaje a un país que se contradice

Desde los glaciares de la Patagonia hasta las selvas de Misiones, pasando por desiertos de altura, montañas multicolores y pueblos que conservan tradiciones llegadas de Europa, Argentina reúne paisajes, culturas e historias que parecen pertenecer a países distintos. Un territorio de contrastes que también encontró en sus costumbres, como el mate, una manera de reconocerse.


Hay países que parecen haber sido construidos con lo que sobraba. Argentina, en cambio, da la impresión de haber reunido un poco de todo. En un mismo territorio conviven montañas que rozan los siete mil metros, extensiones heladas, selvas subtropicales, desiertos, llanuras interminables y pueblos donde todavía sobreviven tradiciones traídas desde el otro lado del océano.

La distancia entre esos paisajes es enorme. Desde los cactus de la Puna hasta los glaciares patagónicos, desde el estruendo de las Cataratas del Iguazú hasta el silencio de los salares, el país cambia de aspecto una y otra vez. Argentina es el octavo país más grande del mundo, pero su particularidad no está solamente en la superficie que ocupa. Está en la cantidad de mundos diferentes que caben dentro de sus fronteras.

Esa es la idea que propone el documental Argentina: El país que no debería existir: mostrar un territorio donde la geografía, la historia y las costumbres parecen desafiar cualquier explicación sencilla.

Un país que lleva el nombre de un tesoro perdido

La historia empieza con una curiosidad. El nombre Argentina proviene del latín argentum, que significa plata. Los primeros navegantes españoles que llegaron al Río de la Plata creían que remontando sus aguas encontrarían una región rica en ese metal precioso. La buscada Sierra de la Plata, sin embargo, nunca existió.

El verdadero tesoro estaba mucho más al norte, en Potosí, dentro del actual territorio boliviano. Pero el nombre quedó asociado para siempre a estas tierras.

Hay algo curioso en esa historia: Argentina terminó llamándose como un tesoro que no estaba en su territorio. Una promesa de riqueza que acompañaría buena parte de su historia, entre períodos de prosperidad, expectativas enormes y frustraciones recurrentes.

La geografía, en cambio, sí ofrece riquezas difíciles de discutir.

Entre el techo de América y el punto más bajo del continente

Hacia el oeste, la cordillera de los Andes funciona como una enorme columna vertebral. Atraviesa el país de norte a sur y concentra algunos de los paisajes más extremos del continente.

Allí se levanta el Aconcagua, en Mendoza, con casi siete mil metros de altura. Es la montaña más alta de América y también la mayor elevación del planeta fuera de Asia. Su presencia convierte a la región en un territorio de grandes desafíos para montañistas de todo el mundo.

No muy lejos, sobre la frontera con Chile, aparece el Ojos del Salado. Con una altura cercana a los 6.900 metros, es considerado el volcán activo más alto del mundo. Su cumbre, cubierta de hielo, parece pertenecer a un paisaje de otro planeta.

Pero Argentina también guarda el extremo opuesto.

En la provincia de Santa Cruz se encuentra la Laguna del Carbón, una depresión situada aproximadamente a 105 metros bajo el nivel del mar. Es el punto más bajo de América y del hemisferio sur.

En un mismo país, entonces, conviven algunas de las mayores alturas del continente y una de sus depresiones más profundas. La distancia entre esos extremos ayuda a comprender la escala de un territorio acostumbrado a los contrastes.

Patagonia: hielo, montañas y el final del camino

Cuando la cordillera avanza hacia el sur, el paisaje cambia. Las montañas áridas dan paso a bosques, lagos y campos de hielo. En Santa Cruz aparece uno de los espectáculos naturales más conocidos del país: el glaciar Perito Moreno.

A diferencia de muchos glaciares del mundo, que han perdido superficie durante las últimas décadas, el Perito Moreno ha mantenido durante largos períodos un comportamiento relativamente estable, con avances y retrocesos. Una de sus particularidades es el proceso de ruptura que ocurre cuando su frente alcanza la península de Magallanes y forma un dique natural sobre el Brazo Rico del Lago Argentino.

La presión del agua aumenta hasta que termina abriendo paso entre las paredes de hielo. Cuando sucede, el estruendo de los desprendimientos se escucha a gran distancia. Es un espectáculo que puede durar horas y que transforma por completo la tranquilidad del paisaje.

Más al norte, en la zona de El Chaltén, se levantan las agujas del monte Fitz Roy. Sus paredes de granito, frecuentemente cubiertas por nubes, dominan el horizonte. Los pueblos originarios tehuelches lo conocían como Chaltén, nombre asociado a la montaña que humea, por el aspecto que adquieren las nubes alrededor de su cima.

El recorrido continúa hacia Tierra del Fuego, donde aparece Ushuaia, una ciudad rodeada de montañas, bosques y aguas frías. El canal Beagle marca parte de su paisaje y su historia. Desde allí parten numerosas expediciones hacia la Antártida, lo que convirtió a la ciudad en una de las principales puertas de acceso al continente blanco.

En Ushuaia, la expresión «fin del mundo» adquiere una dimensión diferente. No hace falta imaginar demasiado: alcanza con mirar hacia el sur y comprender la inmensidad del espacio que se abre más allá de la ciudad.

Misiones: cuando la Argentina se vuelve selva

El salto hacia el norte es casi un cambio de planeta.

En Misiones, la vegetación cubre el horizonte, la humedad se siente en la piel y el ruido del agua domina el paisaje. Allí están las Cataratas del Iguazú, un conjunto de 275 saltos distribuidos entre Argentina y Brasil.

La Garganta del Diablo concentra buena parte de la atención. El agua cae con una fuerza impresionante y levanta una nube permanente de vapor que moja a quienes se acercan a las pasarelas.

El nombre Iguazú proviene del idioma guaraní y suele traducirse como «agua grande». Una denominación sencilla para un fenómeno natural que desborda cualquier descripción.

La selva misionera representa uno de los ambientes más ricos en biodiversidad de Argentina. Su vegetación, sus animales y sus cursos de agua contrastan con la aridez de otras regiones del país. Cuesta creer que ambos paisajes formen parte de un mismo territorio.

Montañas de colores y paisajes de otro planeta

Hacia el noroeste, el relieve vuelve a cambiar. En Jujuy, la Quebrada de Humahuaca ofrece montañas atravesadas por franjas de colores que parecen pintadas a mano.

Uno de sus paisajes más conocidos es el Cerro de los Siete Colores. Sus tonalidades rojizas, verdes, amarillas y ocres no son producto de ningún artificio: responden a diferentes minerales y sedimentos acumulados durante millones de años.

El resultado es una composición geológica que permite observar, casi como si fueran páginas de un libro abierto, distintas etapas de la historia de la Tierra.

Otro paisaje que parece desafiar la imaginación aparece en San Juan. En el Parque Provincial Ischigualasto, conocido como Valle de la Luna, las formaciones rocosas, los suelos desnudos y las figuras erosionadas por el viento y el agua crean un escenario que recuerda a la superficie de Marte.

Pero su valor va mucho más allá de su apariencia. Ischigualasto conserva algunos de los registros fósiles más antiguos de dinosaurios y otros vertebrados del período Triásico. Sus descubrimientos científicos permiten reconstruir una etapa decisiva de la evolución de la vida en el planeta.

Argentina también es eso: un territorio donde la historia de la Tierra puede leerse directamente sobre el suelo.

Gales, Italia y las muchas raíces de la identidad argentina

El documental propone una mirada que va más allá de los paisajes. Porque la diversidad argentina no se explica solamente por su geografía. También está en las personas que llegaron, se quedaron y mezclaron sus costumbres con las de quienes ya habitaban estas tierras.

En la Patagonia, por ejemplo, existe una pequeña localidad donde la tradición galesa sigue formando parte de la vida cotidiana. Se trata de Gaiman.

En 1865 llegaron a sus costas los primeros colonos galeses. Buscaban un lugar donde preservar su idioma, su religión y sus tradiciones, lejos de las presiones culturales que sufrían en Gran Bretaña. El gobierno argentino les ofreció tierras en la Patagonia, aunque el paisaje que encontraron distaba bastante de las praderas verdes que imaginaban.

Había viento, aridez y enormes distancias. Pese a las dificultades, construyeron comunidades, desarrollaron actividades agrícolas y conservaron buena parte de su cultura.

Todavía hoy, en las casas de té de Gaiman, se sirven preparaciones tradicionales como la torta negra galesa. El idioma también permanece vivo entre algunos descendientes. Es una escena poco habitual: una tradición europea del siglo XIX que encontró en la Patagonia un lugar para continuar.

Otra de las grandes influencias culturales llegó desde Italia.

Entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, millones de inmigrantes arribaron a la Argentina. Muchos escapaban de la pobreza y las dificultades económicas de regiones como Calabria, Sicilia y Liguria. Se instalaron en ciudades y pueblos, trabajaron, formaron familias y se mezclaron con la población criolla y los pueblos originarios.

Esa inmigración dejó marcas profundas en la cultura nacional. Se percibe en la gastronomía, en ciertos gestos cotidianos, en el habla y, especialmente, en la música.

El tango nació en ese ambiente de encuentros y desencuentros, en los barrios populares y los conventillos de Buenos Aires, donde convivían inmigrantes europeos, afrodescendientes y trabajadores llegados del interior. No surgió en los grandes salones elegantes, sino en espacios populares atravesados por la nostalgia, la soledad y las dificultades de quienes intentaban construir una vida lejos de su lugar de origen.

Por eso el tango tiene algo tan particular: nació de una experiencia profundamente local y terminó convirtiéndose en una expresión reconocida en todo el mundo.

La pampa y los años en que Argentina fue el granero del mundo

Si existe un paisaje que explica buena parte del desarrollo económico argentino, ese es la pampa.

Sus extensas llanuras y sus suelos fértiles permitieron desarrollar una producción agrícola y ganadera de gran escala. Durante las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX, el país se convirtió en uno de los principales exportadores mundiales de cereales y carnes.

Dos transformaciones técnicas ayudaron a impulsar ese crecimiento. Por un lado, la expansión del alambrado permitió delimitar propiedades, organizar los campos y mejorar la cría de ganado. Por otro, los barcos frigoríficos hicieron posible transportar carne refrigerada hasta los mercados europeos.

La combinación de tierras productivas, inversiones, ferrocarriles y tecnología transformó la economía nacional.

Buenos Aires fue una de las grandes beneficiadas por aquella prosperidad. Se levantaron edificios monumentales, palacios y avenidas inspirados en las principales capitales europeas. La ciudad buscaba proyectar una imagen de modernidad y riqueza.

La Avenida 9 de Julio, con su extraordinaria anchura, suele mencionarse como una expresión de esa ambición urbana. Su escala parece responder a una época en la que Argentina quería mostrarse ante el mundo como una nación destinada a ocupar un lugar entre las grandes potencias.

Aquella prosperidad no fue permanente. Las crisis económicas y los cambios del escenario internacional modificaron profundamente el rumbo del país. Pero la imagen de una Argentina capaz de alimentar al mundo quedó instalada en la memoria colectiva.

Una ruta para atravesar todos los paisajes

La diversidad geográfica encuentra una expresión concreta en la Ruta Nacional 40. Con más de cinco mil kilómetros de extensión, recorre el país de norte a sur siguiendo buena parte del trazado de la cordillera de los Andes.

A lo largo de su recorrido aparecen pueblos pequeños, valles, desiertos, viñedos, lagos y paisajes de montaña. Es una ruta que permite observar cómo cambia el territorio a medida que uno avanza y cómo las distancias modifican las formas de vida.

La cordillera también ha sido escenario de tensiones políticas. Una de las más delicadas ocurrió en 1978, cuando Argentina y Chile estuvieron cerca de enfrentarse en una guerra por la soberanía de las islas Picton, Nueva y Lennox, en la zona del canal Beagle.

Ambos países estaban gobernados por dictaduras militares y la escalada del conflicto llegó a un punto crítico. La intervención diplomática del Vaticano, a través de la mediación del papa Juan Pablo II, permitió evitar el enfrentamiento armado.

La disputa encontró una solución mediante el Tratado de Paz y Amistad de 1984. Aquella crisis dejó una marca en la relación entre los dos países y mostró hasta qué punto la cuestión de las fronteras puede convertirse en un asunto de identidad nacional.

El mate, una costumbre que atraviesa el mapa

Después de recorrer montañas, selvas, glaciares y llanuras, el documental vuelve a una escena mucho más sencilla: alguien prepara un mate.

Puede parecer un detalle menor frente a semejante diversidad geográfica, pero quizá sea una de las imágenes que mejor explican la identidad argentina.

El mate no es solamente una infusión. Es una costumbre que organiza encuentros, acompaña conversaciones y atraviesa distintas generaciones. Se comparte en una casa, en una oficina, en una plaza, durante un viaje o en medio de una jornada de trabajo.

La misma ceremonia se repite en lugares muy diferentes. Un trabajador rural en la pampa, un empleado en el centro porteño, un pescador en Tierra del Fuego o un habitante de la Puna pueden compartir ese hábito: calentar agua, llenar el recipiente con yerba y ofrecerlo a otra persona.

La bombilla pasa de mano en mano. Alguien conversa, otro escucha, alguien vuelve a cebar. El ritual no necesita demasiadas explicaciones porque forma parte de la vida cotidiana.

En un país donde casi todo parece cambiar de un extremo al otro, el mate funciona como un punto de encuentro.

Argentina, una identidad hecha de contrastes

Quizá Argentina no sea un país fácil de explicar porque tampoco responde a una sola imagen.

No es únicamente la pampa ganadera, ni la Buenos Aires de inspiración europea, ni la Patagonia de los glaciares. Tampoco es solamente la selva misionera, los pueblos andinos o las tradiciones criollas. Es todo eso, junto con las contradicciones que atraviesan su historia.

En pocas horas de viaje, el paisaje puede pasar de la aridez a la vegetación exuberante. En una misma sociedad conviven descendientes de inmigrantes europeos, pueblos originarios y familias criollas, con costumbres que se mezclaron y transformaron a lo largo del tiempo.

También conviven dos imágenes que parecen difíciles de reconciliar: la de un país que alguna vez fue considerado una de las grandes promesas económicas del mundo y la de una nación acostumbrada a atravesar crisis profundas.

El nombre sigue recordando aquella vieja promesa de plata que los primeros navegantes nunca encontraron. Pero los tesoros argentinos terminaron apareciendo en otros lugares: en sus paisajes, en sus culturas, en su música y en esas pequeñas costumbres que sobreviven a cualquier cambio.

Tal vez Argentina no sea un país que no debería existir. Tal vez sea, sencillamente, un país que cuesta imaginar hasta que uno empieza a recorrerlo. Y entonces descubre que, detrás de cada paisaje distinto, hay una misma tierra tratando de contar su historia.

Basado en el documental: Argentina: el país que no debería existir


"La flor de Hurlingham".



"Cuenta la historia que Mario Arnedo Gallo, se radicó en Hurlingham en 1947 con su familia María Susana Insausti, esposa y su hijo Fernando, en una casa sita en la calle Remedios de Escalada, a media cuadra de la Estación de Hurlingham y, al poco tiempo, se mudaron a Santa María a una casa que estaba en Solís y Vergara, en donde un día, un joven músico, Antonio Rodríguez Villar, quedó prendado por la belleza de una señorita morocha de ojos verdes, hija de padres húngaros, que Vivía cerca de Cinco Esquinas.

El amor no era correspondiente y ella sin saberlo, sería la fuente de inspiración de la célebre chacarera "La flor azul", cuyo autor y compositor es Arnedo Gallo, basándose en unos tonos que había esbozado Rodríguez Villar".

(Fuente: Muro de Silvia Majul)

Antonio "Tonito" Rodríguez Villar, es un guitarrero cantor devenido académico. Ahijado de Edmundo Rivero y gran exégeta de la música criolla. Es un excelente periodista y cronista de tangos.

En su casa puede faltar cualquier cosa, menos un vaso de vino tinto y una empanada, en un clima intelectual y porteño, adornado por las mejores melodías.

(Fuente: www todotango.com)

 Del libro inédito: “historia del cancionero folclórico santiagueño” de Omar Sapo Estanciero

 

¿Qué tiene la guaracha? ¿Qué tiene que hace alegrar?

 


Así como don Julio Argentino Jerez, en la icónica chacarera Añoranzas, expresa todos sus sentimientos y emociones por su tierra natal (que no es otro que su Santiago del Estero y su gente), vale también hacer un reconocimiento para un género musical que se metió en el corazón a todo ritmo y en el gusto del público de las bailantas del país: la guaracha santiagueña.

Al igual que la chacarera (que es patrimonio cultural de la provincia), ella también nació en los pagos del mistol y donde quema mucho el sol, se pita cigarro en chala. Dónde ser criollo también es un honor.

Pero ¿qué más se puede decir de este estilo musical que es sinónimo de fiesta y alegría en Santiago y el país? ¿Cuáles son sus secretos y cómo nacieron sus acordes?, ¿qué efectos extraordinarios causa en la gente que la escucha, la siente y la baila casi sin parar?, ¿es la rival más importante que tiene hoy la chacarera?

Todos estos interrogantes y las respuestas tienen un nombre y un apellido: Marcelo Veliz, el músico que hizo de la guaracha un sentimiento nacional y un fenómeno que llegó a cruzar incluso las fronteras del país. "La guaracha actualmente es la segunda potencia musical del norte grande de Argentina. Es una fuente de trabajo digna para aproximadamente dos mil personas, contando que hay en todo el país un poco más de 600 grupos que tocan guarachas santiagueñas. Todos llevan dignamente un plato de comida a sus hogares gracias a este género que es sinónimo de fiesta sana y total para grandes y chicos", comentó Marcelo que junto a su hermano Jorge (fallecido hace 14 años y creador y autor de grandes éxitos con los Santiagueños de Oro), fueron los que se animaron a descubrir y crear un nuevo estilo dentro del género tropical para llevarla a triunfar y subir a los escenarios.

"La guaracha es una fusión del ritmo de la chacarera instrumental y la polka paraguaya en el golpe del bajo. Yo le agregué la percusión acústica del folclore colombiano", amplió Marcelo cuando reveló una parte de los secretos de la guaracha santiagueña. 

Pero como todo proyecto que nace desde la inspiración y los sueños, el hombre que abrazó la música desde pequeño, hoy siente que la provincia, en el aspecto cultural, aún está en deuda con la guaracha y que debe hacer algo para saldarla.

"La guaracha es un género musical que ya traspasó todos los ámbitos sociales y que espera que los responsables de la cultura local le dé más espacio y cabida para ser escuchada en todo el país. La guaracha santiagueña es la única hija que tiene la chacarera", avisó el ex acordionista del Quinteto Imperial.

La atención y la repercusión que tiene la guaracha hizo que artistas de otros géneros, como el folclore por ejemplo, se prestaran a compartir las grabaciones y encuentros con grupos guaracheros.

Raly Barrionuevo y el dúo Orellana-Lucca, fueron parte de esta movida y pudieron sentir de cerca todas las sensaciones que provoca este ritmo movedizo y contagioso. 

"Creo que todavía tenemos un largo trecho por caminar. Yo hace 45 años que ando transitando por rutas y caminos del país con mi guaracha santiagueña. Gracias a una brillante idea logré filtrarme en los grandes festivales folclóricos de gran parte del país. Incluso logré que folcloristas muy famosos hoy canten una guaracha en sus shows y eso ya significa para mí y todos los guaracheros un gran paso", afirmó Veliz que agradeció el gesto y el apoyo de aquellos colegas que no son del mismo palo. 

Así como el folclore decidió tenderle una mano a su hija (como lo definió su creador), también dentro del rubro de la música tropical hay gente que hace todo un esfuerzo para montar un espectáculo.

Ponerlo en escena cuesta mucho trabajo y dinero sobre todo. Pero, aun así, Santiago hoy tiene productores que se animan al gran desafío y que se arriesgan a pesar de todo.

"Para un dueño de bailes o boliches que se nutre de artistas guaracheros, por el auge mismo de la guaracha, conviene contratarlos porque en muchos casos tienen la misma convocatoria que los artistas nacionales, pero sin los gastos de hotel, combustible y comida que tienen los colegas nacionales. Todo eso encarece un poco más", explicó Daniel Maldonado, uno de los promotores que todos los fines de semana le ofrece al público diferentes propuestas en la Esquina del Recuerdo. Y obvio que allí tampoco falta la guaracha.  

"La guaracha no llegó ahora, es un movimiento que tiene más de 35 años y que seguirá creciendo no sólo en Santiago sino en todo el país, prueba de ello es que los artistas santiagueños son convocados en distintos puntos de la Argentina para mostrar su música. A nivel nacional es el movimiento que se viene y será como hoy lo es el cuarteto. Muy pronto tendremos guaracha de exportación", añadió esperanzado el empresario.

Con la guaracha en un pedestal, el también conductor y locutor de radio fue un poco más allá y recordó a aquellos músicos y compositores que dejaron su gran legado y que ya no están entre nosotros.

"La guaracha, sin dudas, hoy por hoy es la música que prefiere la gente, ya sea en fiestas, bailes y boliches. Es el movimiento de música popular que más pérdidas tuvo. Si bien Koly Arce no hacía tanta guaracha, fue el primero que partió, después Jorge Veliz que fue un verdadero representante del género. Triunfó en plazas importantes como Buenos Aires, Tucumán y por supuesto en su provincia donde fue profeta en su tierra. Tampoco hay que olvidarse de Néstor Soria de Los Rodeños, Huguito Flores que fue noticia a nivel país y este año Mario Gutiérrez que fue cantante de Los Trigales, Kalama y Banda 4", rememoró Maldonado.

El fenómeno de la guaracha no solamente logró afirmarse a partir de la creatividad y de las letras sencillas y llenas de historias (algunas de ellas con vivencias propias) de los Veliz, sino que, además, los medios de comunicación (radio y TV especialmente) fueron clave para su propagación nacional y su penetración en todos los hogares del país. 

Y uno de los locutores y conductores de radio y TV que contribuyó en este sentido fue Willy Ocaranza.

Pero al margen de destacar el presente de la guaracha, Willy retrocedió a las décadas del 60 y 70 y recordó la influencia de la cumbia colombiana para la integración y conformación de los grupos en Santiago. 

"Habría que remontarse a los años 60 con la aparición de jóvenes artistas en el país y en Santiago que fueron tomando por ejemplo el estilo de la música tropical colombiana. Allí estaban el Trío Rubí y el Cuarteto Imperial que eran los pioneros en ese entonces", comentó Willy al analizar primero la punta del iceberg, es decir de cómo la música tropical colombiana inspiró y motivó a los músicos santiagueños para lanzarse al duro mercado discográfico en aquel entonces. 

Y así mencionó por ejemplo a Los Pescadores de Colombia, con Mario Cecilio Arce (bautizado más tarde como Koly Arce); Los del Trópico, con Beto y Valle Jugo; Los Bohemios del Ritmo; Los Diamantes Imperiales y el Cuarteto Ruana.

En aquellos tiempos tampoco la situación económica del país era próspera. Todo se hacía difícil para los grupos locales de contar con los instrumentos por sus altos costos y sobre todo para conseguirlos.

Ocaranza contó una anécdota curiosa que marcó lo duro y difícil que era armarse como conjunto musical y hacerle frente al nuevo desafío. 

"Cómo no había instrumentos en ese momento, un artesano les fabricó a los muchachos las bandurrias, los bajos, los timbales. Todo lo que hacían los grupos de Santiago, se tomaba como base la música tropical colombiana. Se destacaban los paseítos, cumbias y merengues a partir de los años 60 y 70", expresó el locutor en un repaso de la historia de la música tropical. 

Con la aparición de Koly Arce, bautizado como el Rey por el ambiente bailantero del país, la música popular de Santiago cobró una mayor dimensión y protagonismo en otros sitios de la Argentina. Buenos Aires fue uno de ellos.  

La plaza porteña siempre fue la tentación de los músicos y los grupos de todo el país y no era sencillo entrar ni mucho menos de atraer al público de las bailantas.

Pero el santiagueño Mario Cecilio Arce, el "Koly" para todos los fanáticos, lo logró. 

Con su reducido Quinteto Imperial (eran cinco sus integrantes) fue capaz de romper todas las barreras y de ganarse un lugar que hoy incluso se mantiene vigente con sus cumbias, paseítos y merengues.

"Lo de Koly eran cumbias santiagueñas, por las letras que componía, y paseítos. En el 73 llegó a grabar en el sello Diapasón y fue el primero en golpear las puertas de Buenos Aires. Ese fue el puntapié inicial para que la cumbia santiagueña se expandiera con el tiempo por distritos porteños y el interior", expresó Ocaranza para reivindicar a uno de los principales embajadores que tuvo Santiago en el género tropical.

"Chela" Herrera: "Yo sigo poniendo la versión de la guaracha original"

La llegada y el avance de la tecnología en el mundo, con aparatos muy sofisticados y multifuncionales a la vez, hizo que la música (cualquiera sea su ritmo o género) perdiera hoy un poco su autenticidad y su originalidad en su versión para darle lugar a un sonido plagado de efectos y cambios.

Y la guaracha santiagueña no se salvó de ello. 

"Hay muchas diferencia entre los dos sonidos porque en el original se escucha todos los instrumentos y en el remix mucha base y no se escucha bien de lo que uno graba. Ahora está de moda, pero yo no lo uso. Sigo con el original", confesó José "Chela" Herrera, un disc jockey con más de 20 años de trayectoria y con un pasado de amplificar en bailantas, boliches, fiestas privadas, reuniones familiares y sociales de Santiago. 

Cuando se habla de guaracha santiagueña, que tiene un ritmo mucho más veloz que cualquier otro género, surge en la mente la comparación con el cuarteto cordobés que se asemeja a su estilo.

"En la velocidad de la música es prácticamente lo mismo, pero en instrumentos son diferentes para mí. Hoy la guaracha es medio parecida al ritmo del cuarteto porque agregó la trompeta", acotó "Chela" que aclaró que entre ambos ritmos no hay mucha distancia y diferencia en los sonidos.

La música tiene un aura que la hace muy especial. Dentro de ella, hay muchas historias, vivencias y recuerdos que son difíciles de dejar a un costado.

Más si esas épocas en las que se la vivió y disfrutó, fueron marcadas por algún hecho en particular que después caen en el sentimiento de la pura nostalgia y pasión.

Para "Chela" poner hoy una guaracha es revivir aquellos momentos y recordar lugares donde musicalizó para darle alegría y emoción a la gente.

"La guaracha me trae muchos recuerdos de los bailables en los que fui a amplificar cómo se decía antes. Por ejemplo estaban los bailes del club Comercio, Villa Hortensia, Estudiantes de Huaico Hondo y ahora La Esquina del Recuerdo", contó Herrera cuando se dejó llevar por la memoria y las vivencias pasadas. 

Arcanos del Desierto también hace cultura con la guaracha 

Arcanos del Desierto está conformado por un puñado de músicos que hacen de la guaracha santiagueña, un toque diferente en su ritmo, pero sin cambiarle el sentido. 

El grupo surgió por iniciativa propia y por la inquietud de conocer un poco más de este estilo que hoy lo baila todo un país. 

También la banda que lidera Mariano Sarquiz se distingue por algo especial. El vestuario sale del común que usan los músicos guaracheros sobre los escenarios. 

Los músicos de Arcanos lucen vestimenta con espíritu de los países árabes, pero el sonido que dominan es la guaracha santiagueña. 

"Le damos (por la guaracha) un tinte latinoamericano, en la línea de grandes orquestas como las de Tito Puente, Rubén Blades o Celia Cruz. La guaracha es parte del son cubano que nosotros conocemos desde la salsa. Ha ido desembocando en Santiago como una música tropical que se tocaba en el campo, mezclando un ritmo de chacarera rápido con instrumentos del chamamé, como el bajo y el acordeón", detalló Mariano cuando hizo referencia a su creación y que tuvo el aval de Marcelo Véliz en el momento de conocer el proyecto. 

Sarquiz también se sumó a los elogios sobre la guaracha y destacó el efecto que tuvo en la gente y en otros rubros de la música en general. 

"Cuando (la guaracha) llegó a la ciudad, se la discriminaba, era la música de los bailes. Pero a medida que la gente empezó a abrirse fue ganando lugar en el folklore y hoy se la puede apreciar en festivales nacionales e internacionales. Yo siempre digo que no falta una fiesta en la que no se escuche guaracha aquí en Santiago", ponderó.

Cuando surgió la idea de involucrarse con el género de la música tropical, Mariano fue un poco más allá y buscó en la guaracha darle un tinte más latinoamericano y con sonidos que se asemejen a otros grandes grupos como la Delio Valdez por ejemplo.

"Yo sentía que a la guaracha le faltaba esta impronta de gran orquesta, el toque salsero, o los sonidos y la musicalidad de agrupaciones como La Delio Valdez, Sonora Marta La Reina o, en Córdoba, Banda XXI. Yo quería montar ese tipo de orquestación, con vientos y percusiones", señaló Sarquiz durante la emisión del ciclo "Soy Historia" que fue producido por el diario EL LIBERAL, con televisación de Canal 7.

"Aquí comienza la diversión...", un clásico de Coo, el guarachero

Cuando en Santiago, se habla o se escucha guaracha, es inevitable no asociarla con un personaje urbanístico que también le saca un rédito y le da un valor callejero a ella: el popular Coo, el guarachero.

Es común verlo con su güiro en la mano y dando vueltas por el centro, especialmente por las dos peatonales.

Es de transmitir y contagiar alegría que casi siempre viene acompañado con una chispa de humor.

Suele interpretar los clásicos de Kalama Tropical, Los Hechiceros o Jorge Véliz cuando arrancó su carrera con los inolvidables Caimanes Santiagueños (hoy Santiagueños de Oro).

Omar Emilio Antonio es su nombre y un apasionado que encuentra en la guaracha, su elección de vivir la vida y ser otro referente de un género tropical que no sabe ni entiende de exclusión.

Fuente: El Liberal

 

Dn. Juan Panadero Riera

 Don Juan Riera había nacido el 16 de enero de 1894, en Ibiza (España). En ese lugar pasó gran parte de su niñez y adolescencia. Con los años, y a causa de la Primera Guerra Mundial, salió de su país sin rumbo fijo.


 

En 1914 llegó a la Argentina y se instaló en Tucumán donde estuvo solamente un año, se ganaba la vida como vendedor callejero de masas y confites. En esos quehaceres lo sorprendió la propaganda de "Huaytiquina, paga". Dejó Tucumán y se vino a trabajar de carpintero en la extensión ferroviaria a Socompa. En esos andares no abandonó el oficio de panadero, hacía pan, masas y confites para vender entre la gente del lugar. Fiel a su militancia anarquista luchó por sindicalizar a los obreros. Tal empeño le costó su trabajo en el ferrocarril.

Su profesión independiente le permitió radicarse en Salta, donde comenzó a tejer su historia personal, que luego le valdría ser el protagonista de la zamba que compusieron para él dos leyendas del folclor salteño, como el "Cuchi" Leguizamón y Manuel J. Castilla.

Se casó con doña Augusta Cavalleroni, quien había nacido en Salta, el 7 de mayo de 1906, y falleció el 28 de octubre de 1983. De esa unión nacieron nueve hijos, dos de ellos ya fallecidos: Hugo, Armonía (ya fallecida), Electra, Ermes, Floreal (fallecido), Themis, Ermita, Juan José y Nelson, que con los años se hicieron cargo de la panadería. Ellos y Doña Augusta supieron compartir la solidaridad de Don Juan.

Con la ayuda de su mujer retomó el oficio de panadero y confitero. En su local se relacionó con obreros, artesanos, empleadas domésticas, vendedores ambulantes, pequeños comerciantes, empleados estatales, todos y cada uno de ellos le comentaban sus problemas de trabajo: malos tratos, abusos, falta de pago y falta de trabajo. Sensible a las dificultades de sus clientes y fiel a sus principios anarquistas decidió unirlos en un gremio. Fruto de sus desvelos fue la fundación, en 1923 del Sindicato de Oficios Varios. Su militancia sindical y su "peligrosa ideología" lo marcaron como una amenaza para la paz social.

Al producirse, en 1930, el cuartelazo de Uriburu, se fugó a Bolivia para salvar su vida. Pasado el peligro regresó a Salta donde continuó con su actividad gremial y su labor de panadero. Sus hijos mayores se convirtieron en sus ayudantes y son conocidos en las barriadas por su especialidad, el pan cacho, pan preferido por los inmigrantes.

La panadería de Riera, ubicada por entonces en Pellegrini 515, fue un referente importante en las décadas de los '50 y '60. Por un lado, para figuras del folclor, que se juntaban allí para cantar y crear. Allí nació, por ejemplo, el recordado "Dúo Salteño", integrado por Patricio Giménez y Néstor "Chacho" Echenique. Muchas otras figuras de notable talento pasaron por la panadería de Riera. Según datos aportados por Ermes Riera, uno de sus hijos, entre sus amigos estuvo el poeta español León Felipe, mundialmente conocido. También Manuel J. Castilla, Leguizamón, César Fermín Perdiguero y el reconocido guitarrista Eduardo Falú. En su casa se juntaban Ernesto Cabezas, Jaime Dávalos, Julio Espinosa y José Ríos. Don Cayetano Saluzzi y sus hijos, Dino, Celso y Cuchara, deleitaban con música a los que trabajaban en la panadería. Entre otros estaban Juan Ahuerma, Miguel Antonio Sorich, David Antonio Sorich, Manuel Catán y el artista plástico Antonio Yutronich. También pasaron socialistas, anarquistas y libertarios, como el "Che" Guevara, en viaje a México.

Por otro lado, era el alivio para las personas de menores recursos, que podían pasar por allí a comer o simplemente a cobijarse, cuando los días de frío y hambre amenazaban a punta de lanza.

Es quizá esa zamba la que mejor refleja la personalidad de Don Juan. La pluma incomparable del "barbudo" supo sintetizar en cinco cuartetas el inmenso "amor hacia el prójimo" que el panadero tuvo durante toda su vida. "Cómo le iban a robar, ni queriendo a Don Juan Riera, si a los pobres les dejaba de noche la puerta abierta", dice el estribillo de la zamba, pintándolo de cuerpo entero.

Dice el Cuchi Leguizamón: "Mire, nosotros teníamos un amigo, don Juan Riera, quien era propietario de una panadería en la calle Lerma. Manuel (Castilla) todas las mañanas le compraba el pan calentito, pero una vez al Barbudo lo dejaron sin trabajo en el diario El Intransigente, entonces no fue más. Pero al poco tiempo Rierita comenzó a llevarle personalmente el pan de la mañana. Manuel le dijo que no lo aceptaba porque no podía pagarlo y ¿sabe qué le contestó Rierita? ‘Antes cuando usted podía, venía y me compraba el pan, pero ahora que no puede es mi obligación llevárselo todos los días’. Mire qué filosofía."

El escritor Juan Ahuerma, relata una anécdota: "Don Juan, incansable trabajador, aprovecha que llega setiembre y las fiestas del Milagro y decide instalar en la plaza 9 de Julio una mesa para vender biscochuelo, al igual que tantos otros. Pero, ¡oh coincidencia!, las autoridades municipales sacan en el mismo momento una ordenanza prohibiendo toda venta callejera, a no ser las inocentes e infaltables cédulas. Nada es derrota para don Riera. La necesidad, que agudiza el ingenio, le hace improvisar una salida excepcional: sin perder tiempo hace un cartel con la siguiente leyenda: "IGLESIA NUESTRA SEÑORA DE LA LIBERTAD", se coloca en un brazo la banda papal y en el otro los colores anarquistas y vende cédulas como cualquier creyente. Los premios: una porción de biscochuelo". Fuente: portaldesalta.gov.ar

 

lunes, 2 de noviembre de 2026

“La pucha con el hombre”: una historia de medio siglo y el libro de sus secretos

 

Silvia Majul investigadora y gestora cultural 

A medio siglo de «La pucha con elhombre», la investigadora y gestora cultural Silvia Majul publicó su tercer libro sobre uno de los himnos de Cuti Carabajal y Pablo Trullenque. “Fue una canción más oída que escuchada. Recién ahora se la está comprendiendo”, afirma la autora.

La versión de “La pucha con el hombre” de Milo J tiene más de 7 millones de reproducciones sólo en Spotify. La canción, sin embargo, no es una novedad: el próximo 18 de diciembre alcanzará los 50 años. Silvia Majul, incansable comunicadora, realizadora y gestora cultural, acaba de publicar un libro sobre aquella obra de Cuti Carabajal y Pablo Trullenque que, afirma, “recién ahora parecer estar siendo comprendida”.

“En los ‘90 era un hit total y lo consumíamos a través de Los Carabajal, que estaban muy de moda. Pero se la usaba más para entretener que para reflexionar. Eso parece estar cambiando”, celebra Majul en diálogo con Negras&Blancas.

“Cuando tan solo está” es el nombre del nuevo libro que acaba de editar Majul sobre “La pucha con el hombre”. El libro es el octavo lanzamiento de una colección llamada “Historia Social de la Canción”, de editorial Mil Campanas, y que proyecta 50 títulos inspirados en obras que forman parte del imaginario popular de los argentinos.

Santiagueña de nacimiento, radicada en Córdoba y conocedora de las identidades musicales de toda la Argentina, Majul hace un aporte en su libro para romper una visión “paisajista” del folklore argentino cuando, como demuestra la letra de Trullenque, a la vez puede contener una profunda carga existencial, filosófica y política.

«La pucha con el hombre» padeció el olvido de ser una canción muy oída pero poco escuchada”, resume Majul para expresar el periplo de 50 años de circulación de la canción.
Y cuenta una anécdota para graficar los vainenes de su recorrido,

–Un ex presidente, Carlos Menem, la escuchaba muchísimo y le gustaba tanto que un día le pregunté a Pablo Raúl Trullenque qué opinaba sobre el hecho de que a este mandatario le encantara su tema.
Él me miró y me tiró una respuesta tajante: “Parece que no la entendió”.

“Cuando tan solo está” se puede leer como una guía de escucha para comprender la hondura de una letra y una música que impactan sin pedir permiso. Traza una radiografía punzante sobre las migraciones internas de los años cincuenta, el posterior boom del folclore en los sesenta y el modo en que estas expresiones populares se erigieron como trincheras de resistencia cultural.

Romina Grosso: ¿Qué representa este libro para vos?

Silvia Majul: Para mí representa volver a una canción que me abrió el marote por completo a los 12 años, cuando la escuché por primera vez y me despertó el interés por la filosofía. A mí me gusta mucho fijarme y examinar aquello que es criticado; por ejemplo a la zamba “La Amanecida” se la cuestionaba por versos como «Montes de soledad nos vamos bebiendo al día», pero para mí es justamente ahí donde radica su belleza única.

«La pucha…» padeció una extraña forma de olvido: la de ser una canción muy oída pero poco escuchada, y me parece que recién ahora está siendo verdaderamente comprendida.

Yo fui joven en los 90, una época donde el tema era un hit total y lo consumíamos a través de Los Carabajal, que estaban muy de moda. Pero esa obra convivía con mi costumbre de cantar a los 20 años «Cuando me abandone el alma» -también de Trullenque- o escuchar «Presente» de Ricardo Soulé y «Mundo agradable» de Serú Girán. Volver a la colección con este libro es quitar la capa superficial del folklore de los 90, que funcionó como espejo de un país neoliberal donde se cantaba masivamente en festivales para entretener, y devolverle a la obra su densidad existencial real.

RG: ¿Cómo describirías el proceso de investigación para contar la historia de la canción y su recorrido?

SM: En lugar de una investigación tradicional o académica rígida, yo utilizo un carácter indiciario. Con el poeta y escritor Carlos Juárez Aldazábal ya veníamos investigando a Pablo Raúl Trullenque; de hecho, ganamos un premio de una fundación en Santiago del Estero por ese trabajo previo. Pero para este libro quise profundizar desde otra perspectiva: la de ir de lo micro a lo macro. Así fue que me enfoqué en las cosas pequeñas, en los detalles, en los gestos y en esos breves momentos que a simple vista parecen mínimos, pero que en realidad contienen las pistas fundamentales para desgranar y entender el contexto social y existencial de la canción. Es una forma de investigar que busca rastros invisibles para reconstruir la historia grande desde las pequeñas vivencias.

RG: ¿Se puede decir que este libro busca interrogar la identidad santiagueña y nacional desde sus márgenes, esquivando los estereotipos habituales del folklore?

SM: Absolutamente, ese fue el norte del libro. Para evitar la postal turística o el cliché festivalero, fue fundamental apoyarme en las rigurosas investigaciones de Luis Garay y de Flavio Dalostto (quien lleva adelante ese espacio tan valioso llamado Los Hijos Qom). Yo quería ir más allá de la superficie e indagar en las raíces profundas: hablar de los pueblos originarios de Santiago y visibilizar la historia de las primeras personas negras esclavizadas que llegaron a Santiago del Estero. Incluso hoy existe San Félix, un pueblo entero de negros e indios único en el mundo, cuyas comunidades siguen resistiendo y preservando su raíz con orgullo.

Además, cuando encaro un libro o una película, mi postura nunca es la de quien se para desde un saber absoluto.

RG: En un pasaje del relato hablás de como “La pucha con el hombre” fue utilizada más que para pensar, para distraer. ¿Cuál es tu mirada sobre este tema?

SM: Yo no tengo un buen recuerdo de los 90. Lo que yo recuerdo de esa década es el dolor, la indiferencia y cómo costaba la comunicación. Recuerdo a un tipo inmenso como Hamlet Lima Quintana padeciendo esa falta de comunicación y a Pablo Raúl Trullenque buscando un espacio, casi mendigando un rincón, para poder recitar sus poemas.

La grieta siempre existió, y en nuestra música operaba de la misma manera: mientras arriba del escenario subían artistas que revoleaban el poncho y movían multitudes en una suerte de chamamé bailable para la distracción, en la otra vereda existía la resistencia con otro tipo de letra, con pensamiento crítico.

A «La pucha con el hombre» su arrolladora popularidad melódica la volvió un hit de festival y la industria la usó para entretener, licuando su peso filosófico.

Pasó un poco lo que pasa cuando se usa un tema profundamente testimonial de Víctor Heredia en las canchas de fútbol: la música se apropia, pero el mensaje a veces se pierde en el grito masivo. Hay una frase inmensa de Atahualpa Yupanqui que dice: «Para el que mira sin ver, la tierra es tierra nomás». ¿Y qué vamos a hacer si la gente no ve?

Bueno, el sentido de este libro es justamente ese: sacudir la modorra, sembrar la duda y dar herramientas para que empecemos a ver la densidad real que habita detrás de lo que cantamos mecánicamente.

-RG: Al evocar a Trullenque, tu libro recupera a los grandes faros de la cultura argentina del siglo pasado, trascendiendo lo estrictamente musical. Desde esa perspectiva, ¿cómo analizas la encrucijada del presente que hoy atravesamos?

-SM: Para contestarte eso, a mí me cuesta ver un solo presente; yo veo dos. Por un lado, está el presente que te cuentan desde Buenos Aires, donde de repente se habla de un «gran auge» o una «moda» del folklore. Por el otro, está el presente real de nuestro mal llamado «interior», donde el folklore no es una moda pasajera sino una línea horizontal, constante, que siempre estuvo ahí latiendo en las peñas y en la vida diaria.

Hay un ejemplo que me parece hermoso y que describe esta diferencia: cuando a un chico en la escuela le preguntan por Santiago del Estero y responde que era una tierra pobre, salta la maestra y le dice: «No, pobre no; empobrecida». Esa lucidez define al interior.

En tiempos tan oscuros como los que atravesamos en lo político y en la geopolítica mundial, pasa algo muy antropológico y sociológico: cuando se viene la tormenta, uno tiende a agarrarse más fuerte de las raíces. Salís corriendo a abrazar a la abuela. Hoy la gente se asombra de que los chicos jóvenes consuman esta música, pero desgraciadamente tenemos una memoria muy frágil. Nos olvidamos de que Luis Alberto Spinetta compuso «Barro tal vez» a los 17 años inspirado en «Zamba para no morir»; que Ricardo Soulé escribió «Presente» a los 17; que «Naranjo en flor» fue compuesta por sus autores a los 17 años o que Víctor Heredia hizo ese temazo de «Quiero volverme tiempo» a esa misma edad.

Citar a Trullenque y a los grandes faros del siglo pasado no es nostalgia; es buscar ese abrazo protector de lo ancestral.

Fuente: negrasyblancas.com.ar

 

domingo, 1 de noviembre de 2026

Ibatín: la primera ciudad de Tucumán que desapareció bajo la tierra y las inundaciones



Durante 120 años, San Miguel de Tucumán tuvo su asiento en Ibatín, una población que llegó a ser un activo centro comercial y productivo del norte argentino. Las inundaciones, las enfermedades y las dificultades del terreno terminaron forzando su traslado. Siglos después, una investigadora santiagueña, Amalia Gramajo de Martínez Moreno, tuvo un papel destacado en las primeras excavaciones que permitieron recuperar parte de aquella ciudad perdida.

Mucho antes de que San Miguel de Tucumán ocupara su ubicación actual, existió otra ciudad con el mismo nombre, levantada entre montes, ríos y caminos que comunicaban el Alto Perú con el Río de la Plata. Se llamaba Ibatín y durante más de un siglo fue uno de los principales asentamientos españoles de la región.

Hoy, sus restos permanecen bajo tierra, en un sitio histórico que guarda las huellas de aquella primera experiencia urbana. Su historia está ligada a la conquista española, al trabajo de los pueblos originarios, al comercio colonial y a una serie de inundaciones que terminaron por cambiar el destino de la población.

Pero hay otro dato que merece ser rescatado: una mujer nacida en Santiago del Estero, la doctora Amalia Gramajo de Martínez Moreno, participó de manera directa en las primeras excavaciones arqueológicas del lugar, contribuyendo a sacar a la luz los vestigios de la antigua ciudad.

Ibatín, la primera San Miguel de Tucumán

La ciudad fue fundada el 31 de mayo de 1565 por el capitán Diego de Villarroel, por disposición del gobernador Francisco de Aguirre. En el acta fundacional recibió el nombre de San Miguel de Tucumán y Nueva Tierra de Promisión.

El asentamiento se estableció en un paraje conocido por los habitantes originarios como Campos de Ibatín, junto al río que actualmente se conoce como Pueblo Viejo, en las proximidades de la salida sudeste de la Quebrada del Portugués.

El nombre Ibatín, también escrito Ebatín, tendría su origen en la voz tonocoté eatym, que significa chacra o sementera de maíz, según la interpretación del vocabulario de esa lengua realizada por el jesuita Antonio Machoni. Para los pueblos indígenas, era una tierra cultivada; para los españoles, una tierra fértil y apta para producir alimentos. De allí que la denominación fundacional hablara de una «tierra de promisión».

La elección del sitio no fue casual. Francisco de Aguirre conocía bien la geografía de la región y buscaba establecer una población en un punto estratégico de las comunicaciones coloniales. Ibatín se encontraba en el corazón de la Gobernación del Tucumán, Juríes y Diaguitas, justamente donde el camino procedente de Lima dejaba atrás las montañas para internarse en la llanura.

Por esa zona pasaban rutas que comunicaban los Valles Calchaquíes con las tierras bajas. La antigua Quebrada del Calchaquí, conocida posteriormente como Quebrada del Portugués, permitía descender desde el valle de Tafí hacia la región selvática. Era un paso utilizado por los diaguitas y posiblemente también por los incas para acceder a recursos como la carne y la madera.

El lugar ya había sido ocupado por otros asentamientos españoles: El Barco I, fundado por Juan Núñez de Prado, y Cañete, establecido por Pérez de Zurita. Aunque se encontraban en la misma región, no necesariamente coincidían en sus emplazamientos exactos.

Una ciudad organizada alrededor de su plaza

Ibatín fue proyectada siguiendo el trazado urbano característico de las ciudades españolas de América: el damero, una cuadrícula de calles que se cruzaban en ángulo recto.

El plano comprendía siete manzanas por lado, con un total de 49, incluida la plaza central. Las calles tenían doce varas de ancho, equivalentes a unos 10,40 metros, mientras que las manzanas alcanzaban aproximadamente 143 metros de longitud.

En sus primeros tiempos, la población se parecía más a una aldea fortificada que a una ciudad consolidada. Había ranchos de paja protegidos por una empalizada y las viviendas se concentraban principalmente alrededor de la plaza.

Con el crecimiento del asentamiento aparecieron las principales instituciones coloniales. Allí funcionaban el Cabildo, la cárcel, un cuartel y la iglesia Matriz. También se instalaron las órdenes religiosas: jesuitas, mercedarios y franciscanos. Existía, además, una pequeña ermita dedicada a San Judas Tadeo y San Simón.

Las manzanas se dividían en cuatro grandes solares. Las viviendas ocupaban sus respectivas parcelas y, en el centro, quedaban espacios sin construir, formados por los fondos de las propiedades.

Aquella organización urbana reflejaba el modelo español de fundación, con la plaza como centro de la vida política, religiosa y comercial.

Una población en crecimiento

Durante sus primeros años, Ibatín se convirtió en un asentamiento de importancia dentro de la Gobernación del Tucumán. Su ubicación favorecía el intercambio comercial y la producción agropecuaria, mientras que los bosques cercanos proporcionaban madera para distintas actividades.

Las fuentes de la época permiten reconstruir, aunque de manera aproximada, la evolución de su población.

En 1582, según el informe de Sotelo de Narváez, vivían allí unos 25 vecinos encomenderos y alrededor de 3.000 indígenas de servicio, pertenecientes a los pueblos diaguita, tonocoté y lule.

Para 1607, Alonso de Rivera registraba 32 vecinos españoles casados y unos 1.100 indígenas encomendados, distribuidos entre ellos. También mencionaba mercaderes, criollos y numerosos mestizos.

En 1618, una carta del jesuita Diego de Torres calculaba en 12.000 las personas que habitaban la zona. Décadas después, en 1671, los indígenas encomendados habían descendido a unos 2.000.

Las cifras muestran las diferencias entre los registros y las dificultades para establecer con precisión cuántas personas vivían en la ciudad y sus alrededores. También permiten advertir la fuerte presencia de los pueblos originarios en la organización económica y social del asentamiento.

En 1590, el padre Lizárraga señalaba que Ibatín tenía edificios mejores que los de Santiago del Estero. No era una población aislada ni insignificante: había desarrollado una actividad comercial sostenida y contaba con una producción que abastecía a otros puntos del territorio colonial.

La ciudad de las carretas

Una de las actividades económicas más destacadas de Ibatín fue la industria maderera. Los montes cercanos, poblados de cedros y nogales, ofrecían materia prima para fabricar distintos objetos, aunque el principal destino de esa madera era la construcción de carretas.

La ciudad llegó a convertirse en una de las principales proveedoras de estos vehículos en el territorio del virreinato. Las carretas eran indispensables para transportar mercancías y mantener el movimiento comercial entre las distintas poblaciones.

Los artesanos de Ibatín tenían una reputación reconocida. Se decía que sus construcciones eran tan resistentes y estaban tan bien realizadas que no necesitaban elementos metálicos, «ni un clavo», para mantener unidas sus piezas.

La actividad agropecuaria completaba una economía favorecida por la fertilidad del suelo y la ubicación sobre las rutas comerciales. Durante buena parte de su existencia, la ciudad tuvo condiciones para crecer y consolidarse.

Pero el mismo entorno natural que había favorecido su desarrollo comenzó a convertirse en un problema.

Las inundaciones que cambiaron su destino

El río Pueblo Viejo, que corría cerca del sector norte de la población, comenzó a provocar desbordes cada vez más perjudiciales.

En 1678 ocurrió una inundación de dimensiones extraordinarias. El agua arrasó viviendas del sector norte y destruyó la ermita de San Judas Tadeo y San Simón. Al año siguiente, la situación empeoró: el desborde alcanzó las manzanas próximas a la plaza principal.

La iglesia de los jesuitas, gracias a sus sólidos muros, logró contener parte del avance del agua. No ocurrió lo mismo con las huertas y dependencias del convento de la Compañía de Jesús, que quedaron destruidas.

La situación provocó una reunión extraordinaria del Cabildo. Durante aquel encuentro se discutieron dos alternativas: limpiar y acondicionar el cauce del río para evitar nuevos desbordes o abandonar definitivamente el emplazamiento.

La segunda propuesta consiguió mayor respaldo. Se planteó trasladar la ciudad hacia el norte, a unos 64 kilómetros, hasta un paraje conocido como La Toma, donde ya existía un pequeño asentamiento de comerciantes y viajeros que utilizaban el Camino Real hacia el Perú.

Las inundaciones no fueron el único motivo. Las condiciones sanitarias también preocupaban a los habitantes. La calidad del agua favorecía la aparición de enfermedades, entre ellas el bocio, conocido popularmente como coto y relacionado con la deficiencia de yodo. Los mosquitos, por su parte, transmitían enfermedades como el paludismo.

La población fue perdiendo las condiciones que habían favorecido su desarrollo inicial. El traslado, de todos modos, no se resolvió de un día para otro. Hubo discusiones y trámites que demoraron la decisión.

Finalmente, en 1685, durante el gobierno de Fernando Mate de Luna, San Miguel de Tucumán fue trasladada a su emplazamiento actual.

Así terminó la historia de Ibatín como ciudad habitada. Después de 120 años, sus calles, edificios y espacios públicos quedaron abandonados, mientras la nueva población comenzaba a desarrollarse en otro lugar.

Amalia Gramajo de Martínez Moreno y las primeras excavaciones

Durante siglos, los restos de la primera San Miguel de Tucumán permanecieron ocultos bajo tierra. El sitio, que formaba parte de la estancia La Florida, propiedad del doctor José Ignacio Aráoz, fue expropiado en 1944 por la Intervención Federal de la provincia, con el propósito de preservar unas cien hectáreas como reserva histórica.

La recuperación arqueológica de Ibatín comenzó en 1965, cuando se organizaron las primeras excavaciones. Los trabajos estuvieron dirigidos por el arquitecto José Moukarzel, con el asesoramiento del doctor Lizondo Borda, entonces director del Archivo Histórico Provincial.

En el terreno actuó como delegada la doctora Amalia Gramajo de Martínez Moreno, investigadora santiagueña que tuvo un papel destacado en aquellas primeras tareas de exploración.

Las excavaciones permitieron recuperar utensilios y descubrir cimientos de piedra correspondientes a distintas construcciones de la antigua ciudad. Entre los sectores identificados se encontraban el Cabildo, la iglesia Matriz, el templo y colegio jesuita, y las iglesias de los mercedarios y franciscanos.

Los hallazgos se concentraron especialmente en las manzanas que rodeaban la antigua Plaza Mayor, el espacio donde había transcurrido buena parte de la vida política, religiosa y cotidiana de Ibatín.

La participación de Amalia Gramajo de Martínez Moreno merece ser recordada también desde Santiago del Estero. Su trabajo en las ruinas de Ibatín la vincula con uno de los primeros esfuerzos por recuperar arqueológicamente una ciudad colonial que durante mucho tiempo había permanecido fuera de la vista.

Una ciudad que todavía tiene mucho para contar

Ibatín fue mucho más que el primer emplazamiento de San Miguel de Tucumán. Durante 120 años funcionó como un centro de producción, comercio y organización política en una región atravesada por caminos que conectaban distintos territorios de la América colonial.

Su historia también permite observar las transformaciones provocadas por la conquista española, la presencia y explotación de los pueblos originarios, el desarrollo de las actividades económicas y las dificultades de habitar un territorio condicionado por los ríos y las enfermedades.

Hoy, bajo la tierra, permanecen los restos de aquella ciudad que alguna vez tuvo plaza, iglesias, Cabildo, talleres y viviendas. Las excavaciones iniciadas en 1965 permitieron recuperar una parte de ese pasado y reconocer el trabajo de quienes se acercaron a sus ruinas para reconstruirlo.

Entre ellos estuvo una santiagueña: Amalia Gramajo de Martínez Moreno, cuyo nombre merece un lugar en la historia de las investigaciones arqueológicas del norte argentino.

Nota editorial: conservé los datos históricos del material original y organicé el relato alrededor de tres ejes: la fundación de Ibatín, su desarrollo y abandono, y la intervención de Amalia Gramajo de Martínez Moreno. Antes de publicar, convendría verificar la documentación específica que respalda su consideración como la primera mujer en excavar el sitio, ya que el texto original también menciona la dirección de José Moukarzel y la participación de Gramajo como delegada en el terreno.

 

Con informacion de: contextotucuman.com