viernes, 16 de octubre de 2026

El enigma del Barco III: La refundación errante y el río que movió sus fronteras. ¿Fue sobre la margen derecha o sobre la izquierda?



En junio de 1552, el capitán Juan Núñez de Prado fundó la ciudad del Barco en los llanos de Tucumán. Fue un asentamiento efímero, pero marcó el origen de lo que hoy es Santiago del Estero. Durante siglos, los historiadores dieron por sentado algo que parecía inamovible: la ciudad se construyó en la margen derecha del río del Estero (hoy río Dulce), al sur de la capital provincial.

Pero en 2012, el historiador Antonio Virgilio Castiglione publicó una investigación que sacudió esa certeza. Reveló un misterio donde la geografía, el agua y la ambición imperial se entrelazan de maneras inesperadas. La premisa es simple pero revolucionaria: ¿y si la ciudad no se construyó donde los historiadores dicen, sino que fue el río el que cambió de cauce y reescribió el mapa?

La cartografía europea: un espejo del pasado

Todo empezó en enero de 2012. Castiglione viajaba a Australia y, como suele hacer, visitó las mapotecas de la National Library y la N.S.W. Public Library. Allí encontró mapas del siglo XVII dibujados por los mejores cartógrafos europeos. Y contaban una historia radicalmente distinta a la que se aceptaba localmente.

En cartas geográficas de Hendrik Hondius (1657), Nicolas Sanson (1691), Vincenzo Coronelli (1693) y Guillaume de L'Isle (1714), la ciudad aparece sistemáticamente en la margen izquierda (este) del río. "En al menos siete u ocho de ellos colocan a la ciudad del 'Varco' o 'St. Jacques del Eftero' o 'S. Iago' en la margen oriental del río Dulce", detalla Castiglione.

La lógica del investigador es implacable: "¿Por qué razones todos los cartógrafos europeos del S. XVII confeccionaron con tanta precisión sus mapas... y se habrían equivocado únicamente con el Barco?".

Las voces de los conquistadores y la Ley del Sol

Para desentrañar el enigma, Castiglione recurrió a las probanzas de méritos y servicios de 1585. Son documentos donde los primeros habitantes relataron sus hazañas. Ninguno especifica en qué margen del río estaba la ciudad, pero sus testimonios revelan la vulnerabilidad del asentamiento.

Gonzalo Sánchez Garzón recordó que Núñez de Prado "la fundó un poco más debajo de donde al presente está". Pero fue Juan Cano quien aportó la pista definitiva sobre el drama hídrico: "por inconvenientes con las avenidas del río se fundó donde ahora está poblada por el Cap. F. de Aguirre, llamándola Santiago del Estero".

Además, hay un detalle legal que respalda la tesis de la margen izquierda. Las Ordenanzas de las Leyes de Indias eran explícitas sobre la orientación de las nuevas urbes: "en caso de edificar a la ribera de algún río, dispongan la población de forma, que saliendo el sol, diese primero en el pueblo, que en el agua". Para cumplir con esa norma real, la ciudad debía fundarse obligatoriamente en la margen izquierda.

La geología de un río errante

La ciencia moderna terminó de cerrar el debate. Consultorías con geólogos y el análisis de imágenes satelitales confirman que el río Dulce es un curso de agua "errante o ambulante". Los paleocauces visibles desde el espacio demuestran que en 1552 el cauce principal estaba más al oeste.

Con el paso de los siglos, el arrastre de sedimentos y las crecidas estivales empujaron al río hacia el este. Eso dejó a la primitiva fundación —y a la posterior ciudad de Aguirre— atrapada en lo que hoy es la margen derecha. Incluso sepultó trazas originales bajo su nuevo lecho.

El litigio de las 100 leguas

La ubicación de El Barco no fue solo una cuestión de hidrodinámica. También fue geopolítica. El gobernador de Chile, Pedro de Valdivia, y sus lugartenientes Francisco de Aguirre y Francisco de Villagra, reclamaban que el territorio pertenecía a su jurisdicción, limitada a 100 leguas desde el Océano Pacífico.

Para validar ese reclamo, en 1556 el piloto Nicolás de Dios testificó que Santiago del Estero caía dentro de la Gobernación de Chile, tras medir su latitud. Pero Castiglione utiliza tecnología actual para desmentir a los chilenos. Calculando la legua castellana de la época (equivalente a 4,175 km) y usando coordenadas satelitales, la distancia real entre Santiago del Estero y Copiapó superaba las 143 leguas.

"Estos modernos elementos confirman que Núñez de Prado estaba acertado cuando fundó las ciudades del Barco II y III... ya que estaba afuera de esa 100 leguas", sentencia el historiador. La demostración es clara: Valdivia y Aguirre reclamaban tierras que legalmente no les correspondían.

El legado de un paisaje cambiante

La historia de la ciudad del Barco enseña algo fundamental: el pasado no está escrito solo con tinta sobre pergamino. También lo escriben el agua, el limo y los sedimentos. La ciudad que Núñez de Prado soñó a la izquierda del río fue devorada y desplazada por la furia y la mutabilidad de la llanura santiagueña.

Hoy, al mirar el cauce del río Dulce, no solo vemos un recurso hídrico vital para Santiago del Estero. Observamos el archivo geológico de una fundación perdida. Un testimonio silencioso de cómo la naturaleza tiene la última palabra sobre los mapas trazados por los hombres.

La ciudad del Barco no desapareció por un error de sus fundadores. Desapareció porque el río, caprichoso y soberano, decidió cambiar de camino.

 

 


jueves, 15 de octubre de 2026

El secuestro del Gobernador Gelasio Lagar (1895)

Septiembre al 200 (hoy Galería Central), en cuyos sótanos los seguidores de Pedro García tuvieron secuestrado en 1895, al Gobernador Gelasio Lagar. Hasta 1953 funcionó en el lugar la Municipalidad de la Capital".


En el año 1895, los sótanos de dicha propiedad fueron utilizados por simpatizantes de Pedro García para mantener secuestrado al gobernador Gelasio Lagar.

Publicado en fbk por Ambito Santiagueño

Archivo: Desaparece el Café Tokio

 


Después de 45 años —nos dicen los bien informados— el Café Tokio, ubicado en la esquina Libertad e Independencia, cierra sus puertas definitivamente. Ha comenzado ya a liquidar todas sus existencias: muebles, mesas de billar, sillas, etc. En el Santiago de 45 años atrás el Café Tokio fue, sin duda, una necesidad y sirvió a sus fines comerciales con el designio impuesto por su fundador, don Soichi Ishihara, auténtico representante de la colonia japonesa que por entonces afluía al país. Pero no solo ser vía café, como podrá suponerse; También tenía cantina y los parroquianos saboreaban buenas minutas a toda hora. Además, incorporó juegos de billar que se constituyeron en motivos de frecuentación bulliciosa para todos. Y eso que desde el comienzo compitió con confiterías de moda como la Del Águila y Condor Huasi, que en su época se hicieron familiares porque contrataban orquestas de señoritas y ofrecían espectáculos. El viejo edificio ha cumplido su ciclo y pronto será demolido. Se construirá allí un local de tres pisos de propiedad del Nuevo Banco de Santiago del Estero, con secciones destinadas a oficinas comerciales y algunos departamentos, según referencias.

Casa Tahuil y casona Díaz Gallo: el patrimonio histórico de Santiago del Estero, entre la demolición y el abandono

La Municipalidad ha impulsado un proyecto para retirar la protección patrimonial de la Casa Tahuil y habilitar su posible demolición. Mientras tanto, la antigua sede del Museo Histórico Orestes Di Lullo sigue esperando la restauración anunciada por el gobernador Gerardo Zamora en septiembre de 2025. Dos casos que vuelven a poner en discusión la conservación de la arquitectura histórica de la capital santiagueña.



Santiago del Estero ha perdido numerosas construcciones antiguas durante las últimas décadas. En el centro, las viviendas que alguna vez definieron el paisaje urbano han cedido lugar a edificios nuevos y emprendimientos inmobiliarios. Ahora, la Casa Tahuil enfrenta la posibilidad de desaparecer, mientras otra construcción emblemática continúa a la espera de una recuperación que no se ha concretado.

Casa Tahuil: una construcción singular bajo amenaza

Ubicada sobre calle Urquiza, la Casa Tahuil ha sido una de las expresiones más particulares de la arquitectura neocolonial que conserva la ciudad. Su diseño combina referencias coloniales con elementos de la corriente californiana desarrollada a comienzos del siglo XX, que recuperaba formas tradicionales mediante técnicas constructivas modernas.

Según explicó el estudiante de Arquitectura de la Universidad Católica de Santiago del Estero Samir Badr, en una entrevista con Info del Estero, la vivienda fue construida originalmente por la familia Zaiek, a partir de un proyecto atribuido al arquitecto Cordero. En 1955 pasó a manos de la familia Tahuil y, años después, fue alquilada para el funcionamiento del Consejo Médico, que permaneció allí hasta 2015.

Desde entonces, el inmueble quedó sin uso. Alrededor de 2020 comenzó a ser vallado y, a principios de 2024, la empresa Lo Bruno SA, actual propietaria, inició trabajos de demolición. Los cuestionamientos públicos y las denuncias difundidas en redes sociales contribuyeron a detener las tareas.

La controversia ha llegado ahora al Concejo Deliberante de la Capital, donde el Departamento Ejecutivo municipal ha impulsado un proyecto para revisar la catalogación patrimonial de la propiedad. Si prospera la desafectación, la casa podría perder la protección que actualmente condiciona su demolición.

La iniciativa se apoya en la Ordenanza 4860/13, que regula la protección de inmuebles y sectores urbanos de valor histórico, arquitectónico y cultural. Entre los argumentos técnicos del municipio figuran la ubicación de la vivienda dentro del terreno, el espacio libre del frente y la discontinuidad que, según el área de Planeamiento, genera en la trama edificada de calle Urquiza. El informe también señala que su disposición reduce la superficie disponible para construir.

El proyecto se encontraba en comisión al momento de difundirse la información, por lo que la decisión todavía no se ha consumado.

Un dictamen que necesita aclaraciones

Entre los fundamentos de la iniciativa municipal se ha mencionado un supuesto dictamen coincidente del Colegio de Arquitectos de Santiago del Estero. Según la información difundida, la entidad ha negado haber avalado la destrucción de la casa.

La diferencia entre ambas versiones requiere una explicación documental. Conocer el dictamen citado por el municipio y contrastarlo con una respuesta formal del Colegio permitiría establecer con precisión qué posición ha adoptado la institución.

El fiscal municipal Martín Ramos ha señalado que la desafectación debe tramitarse en el Concejo Deliberante. El proyecto también establece condiciones para una eventual construcción nueva, que debería respetar la línea municipal y la altura de los edificios linderos y del entorno histórico.

La publicación completa del expediente permitiría conocer los fundamentos de la medida y las alternativas de conservación que se han considerado antes de avanzar con una posible demolición.

¿Conservar o construir? Una discusión que va más allá de una casa

Para Samir Badr, el patrimonio arquitectónico puede ofrecer oportunidades que exceden su valor histórico. Durante la entrevista con Info del Estero, el estudiante ha planteado que la estética urbana también puede atraer visitantes, generar actividad económica y favorecer nuevos circuitos culturales.

«¿Por qué la gente quiere ir a Europa a ver el patrimonio histórico y cultural?», se ha preguntado. Como ejemplo local, ha mencionado el movimiento que genera el Fórum de Santiago del Estero y ha propuesto pensar en otros usos para los edificios antiguos.

En el caso de la Casa Tahuil, una posibilidad sería estudiar su recuperación y adaptación como centro cultural u otro espacio abierto a la comunidad. La viabilidad de esas alternativas dependería de las condiciones edilicias, la inversión necesaria y las características del proyecto.

La ciudad cuenta con Áreas de Protección Histórica establecidas por la Ordenanza 4860/13, entre ellas los sectores Avellaneda–Iglesia San Francisco, Urquiza–Iglesia Santo Domingo y 24 de Septiembre–Iglesia La Merced. Este sistema busca preservar sectores del tejido urbano que conservan valores históricos y arquitectónicos.

La discusión sobre la Casa Tahuil plantea, entonces, una pregunta concreta: ¿qué alternativas se han evaluado antes de considerar el retiro de su protección? La respuesta requiere fundamentos técnicos accesibles y una evaluación que contemple tanto las condiciones del terreno como el valor del inmueble.

 


La casona Díaz Gallo sigue esperando su restauración

Mientras se discute el futuro de la Casa Tahuil, la casona Díaz Gallo, antigua sede del Museo Histórico Orestes Di Lullo, continúa a la espera de una intervención. Con más de dos siglos de antigüedad, es uno de los testimonios de la arquitectura santiagueña de comienzos del siglo XIX que todavía permanecen en pie.

Durante años, el edificio ha funcionado como espacio de conservación y difusión de la memoria provincial. Su valor está ligado tanto a sus características arquitectónicas como a la actividad cultural que ha albergado.

En septiembre de 2025, durante la inauguración del espacio Mama Antula en el Parque Aguirre, el gobernador Gerardo Zamora anunció la intención de remozar la propiedad. Desde entonces, la información disponible no permite establecer con claridad qué avances se han producido, qué trabajos se han previsto ni cuándo comenzarían las obras.

No hay información suficiente para afirmar que exista una iniciativa formal destinada a retirar su protección patrimonial o demolerla. La preocupación pasa por la falta de avances verificables y por el riesgo de que el deterioro se agrave sin un mantenimiento sostenido.

La recuperación necesita un diagnóstico técnico, un presupuesto y un cronograma de ejecución. También hace falta conocer qué destino tendrá el inmueble una vez restaurado y cómo se garantizará su conservación a largo plazo.

Una ciudad que ha perdido parte de su historia

La transformación del centro santiagueño ha modificado profundamente su paisaje. Numerosas viviendas antiguas han sido reemplazadas por edificios de propiedad horizontal y nuevos emprendimientos, reduciendo la presencia de construcciones que permitían reconocer distintas etapas del desarrollo urbano.

Cada demolición implica la pérdida de materiales, técnicas constructivas y formas de habitar que ayudan a comprender cómo ha crecido la ciudad. Las fotografías y los documentos conservan parte de esa memoria, pero no reemplazan la presencia física de los edificios ni su relación con el entorno.

La renovación urbana responde a necesidades concretas, aunque su avance plantea el desafío de establecer reglas que permitan compatibilizar la construcción con la conservación patrimonial. Para eso hacen falta criterios claros, controles efectivos y alternativas viables para recuperar los inmuebles que han perdido su función original.

La Casa Tahuil y la casona Díaz Gallo representan dos situaciones diferentes. En una, el Concejo Deliberante debe resolver si corresponde retirar la protección patrimonial; en la otra, las autoridades provinciales necesitan informar qué ha ocurrido con la restauración anunciada.

Ambos casos reclaman decisiones concretas y explicaciones públicas. Santiago del Estero ha perdido buena parte de su arquitectura histórica y todavía conserva edificios que podrían seguir formando parte de su vida cultural. El futuro de estas dos construcciones dependerá de que las medidas anunciadas se traduzcan en acciones y de que su valor sea considerado antes de que resulte demasiado tarde para recuperarlas.

Fuentes: infodelestero.com - visionsantiago.com

 



miércoles, 14 de octubre de 2026

Napalpí: la masacre que la Argentina intentó olvidar durante casi un siglo

El 19 de julio de 1924, cientos de integrantes de los pueblos Qom y Moqoit fueron víctimas de una brutal represión en el Chaco. Detrás de la matanza había conflictos por la tierra, explotación del trabajo indígena y un sistema que castigaba cualquier resistencia. Casi cien años después, la Justicia reconoció la responsabilidad del Estado.

Población de la Reducción de Napa'alpí, 1920. Foto: Archivo General de la Nación


Hay episodios de la historia argentina que durante décadas quedaron al margen de los libros escolares y de las conversaciones públicas. La masacre de Napalpí es uno de ellos. Ocurrió en 1924, en el corazón del Chaco, cuando la expansión agrícola avanzaba sobre los territorios indígenas y el cultivo del algodón dependía de trabajadores sometidos a condiciones profundamente desiguales.

El 19 de julio de aquel año, un grupo armado atacó a integrantes de los pueblos Qom y Moqoit que se encontraban reunidos en protesta. Murieron centenares de personas. Hubo persecuciones, mutilaciones y enterramientos en fosas comunes. Después llegó un largo período de impunidad y negación que mantuvo los hechos fuera de buena parte de la historia oficial.

En mayo de 2022, casi un siglo más tarde, un juicio por la verdad reconoció la responsabilidad del Estado argentino y calificó los crímenes como delitos de lesa humanidad cometidos en el marco de un proceso de genocidio contra los pueblos indígenas.

Para entender lo ocurrido en Napalpí hay que remontarse a las décadas anteriores. La matanza fue parte de una historia de despojo territorial, explotación y enfrentamientos por el control de la tierra.

Un territorio ocupado y una población sometida

A fines del siglo XIX, el Estado argentino intensificó su avance militar sobre los territorios indígenas del Chaco y Formosa. La ocupación permitió incorporar extensas superficies a la producción agrícola y ganadera, pero tuvo consecuencias devastadoras para las comunidades que habitaban la región.

La pérdida de tierras modificó sus formas de subsistencia. Muchas familias quedaron sometidas a nuevas relaciones laborales y a mecanismos de control que limitaban su autonomía. Las reducciones indígenas, impulsadas por el Estado, concentraron a la población en espacios donde las autoridades buscaban regular la vida cotidiana y disponer de su fuerza de trabajo.

Napalpí formaba parte de ese sistema.

Por entonces, la economía chaqueña atravesaba una transformación acelerada. El algodón ganaba terreno y los productores necesitaban trabajadores para levantar las cosechas. Muchas comunidades indígenas, privadas de buena parte de sus medios de vida, quedaron atrapadas en relaciones laborales que favorecían a los propietarios rurales.

La desigualdad se expresaba en los salarios, pero también en la libertad de movimiento, en las posibilidades de elegir dónde trabajar y en el trato que recibían de las autoridades.

El algodón, la huelga y el conflicto

En 1924, Fernando Centeno gobernaba el Territorio Nacional del Chaco. Durante su gestión se profundizaron las tensiones entre las comunidades indígenas, los productores agrícolas y las autoridades territoriales.

Uno de los principales conflictos giraba en torno a la posibilidad de trasladarse a los ingenios azucareros de Salta y Jujuy para trabajar durante la zafra. Allí, los indígenas podían conseguir ingresos que consideraban más convenientes que los ofrecidos en las explotaciones algodoneras chaqueñas.

Los productores locales querían retener esa mano de obra. Las restricciones a los desplazamientos agravaron el malestar, que también estaba relacionado con las condiciones de trabajo y de vida.

En ese contexto, integrantes de los pueblos Qom y Moqoit se concentraron en la zona de El Aguará, vinculada con la reducción de Napalpí. La protesta expresaba el rechazo a las condiciones impuestas y el reclamo de mayor libertad para decidir sobre su propio trabajo.

Las autoridades interpretaron el movimiento como una amenaza al orden establecido. La prensa local también contribuyó a presentar la protesta como un peligro para la seguridad del territorio.

El conflicto terminó de la peor manera. En lugar de buscar una salida negociada, las autoridades recurrieron a la fuerza.

El 19 de julio de 1924

Aquella mañana, fuerzas policiales y otros hombres armados atacaron a la población indígena reunida en El Aguará. Las reconstrucciones históricas describen una acción organizada en la que participaron más de un centenar de hombres armados.

Entre las víctimas hubo hombres y mujeres, niñas, niños y ancianos. Los relatos recogidos posteriormente dieron cuenta de una violencia que continuó después de los disparos: se produjeron mutilaciones, hubo enterramientos en fosas comunes y los sobrevivientes fueron perseguidos.

La cantidad exacta de muertos todavía presenta dificultades documentales. Los registros disponibles no permiten establecer una cifra indiscutible. Esa incertidumbre también está relacionada con las condiciones en que ocurrió la matanza y con el silenciamiento posterior.

La sentencia del juicio por la verdad de 2022 consideró probados delitos de homicidio agravado y reducción a la servidumbre contra entre 400 y 500 integrantes de las comunidades Qom y Moqoit. Otras fuentes oficiales han mencionado más de 200 personas asesinadas. Las cifras difieren, pero todas remiten a una matanza de enormes dimensiones.

Napalpí no fue un enfrentamiento espontáneo entre grupos que se disputaban un territorio. El ataque se produjo en medio de un conflicto laboral y político, dentro de un sistema que restringía la libertad de las comunidades indígenas y protegía intereses económicos vinculados con la producción agrícola.

Después de la matanza, el silencio

La violencia dejó una marca profunda entre los sobrevivientes y sus familias. El sufrimiento continuó mucho después del ataque. Durante años, el reconocimiento público de lo ocurrido fue limitado y las versiones oficiales contribuyeron a ocultar las responsabilidades.

La memoria de Napalpí se mantuvo viva, en buena medida, gracias a las propias comunidades indígenas. Los testimonios pasaron de una generación a otra. En las familias se conservaron nombres, escenas y recuerdos que no siempre encontraron lugar en los archivos institucionales.

Esa transmisión resultó decisiva cuando comenzaron las investigaciones más profundas. Los relatos de sobrevivientes y descendientes permitieron confrontar las versiones oficiales con otras experiencias del pasado y reconstruir aspectos de la matanza que habían permanecido ocultos.

Los documentos también aportaron pruebas. Los archivos estatales conservaron registros que ayudaron a conocer las condiciones de vida en las reducciones y el funcionamiento de las instituciones involucradas. El Archivo General de la Nación aportó documentación histórica utilizada durante el proceso judicial.

La investigación reunió así fuentes de distinta naturaleza: papeles administrativos, testimonios, estudios históricos y pruebas sobre la actuación de las fuerzas estatales.

En Napalpí aparece una contradicción que atraviesa buena parte de la historia argentina. El Estado impulsó la ocupación del territorio y organizó un modelo productivo que, al mismo tiempo, recurrió a la violencia contra quienes resistían las condiciones impuestas. La falta de reconocimiento posterior prolongó ese daño.

Casi cien años después, la Justicia reconoció los crímenes

Entre abril y mayo de 2022 se desarrolló en Chaco un juicio oral por la verdad. Habían pasado casi cien años desde la matanza y ya no había imputados vivos a quienes juzgar. El proceso buscaba establecer judicialmente lo sucedido y reconocer las responsabilidades por los crímenes cometidos.

El 19 de mayo de 2022, la jueza federal Zunilda Niremperger dictó la sentencia. La Justicia reconoció la responsabilidad del Estado nacional y consideró que los hechos constituían crímenes de lesa humanidad cometidos en el marco de un proceso de genocidio contra los pueblos indígenas.

El fallo estableció medidas de reparación y memoria. Entre ellas, la difusión de la sentencia, un acto público de reconocimiento de responsabilidad, la creación de un museo y sitio de memoria en el lugar de los hechos y el impulso de políticas de reparación histórica para las comunidades Qom y Moqoit.

La sentencia no podía devolver la vida a las víctimas ni borrar el sufrimiento de sus descendientes. Tampoco podía reparar, por sí sola, décadas de silencio. Pero dejó asentado un reconocimiento judicial que durante mucho tiempo había faltado.

La memoria de Napalpí sigue en disputa

Recordar la masacre obliga a revisar una parte incómoda de la historia nacional. Durante mucho tiempo, los relatos sobre la formación del Estado argentino destacaron la expansión territorial y el crecimiento económico sin detenerse lo suficiente en la violencia ejercida contra los pueblos originarios.

Napalpí permite ver de cerca la relación entre territorio, producción y poder. El algodón que impulsaba la economía chaqueña crecía dentro de un sistema en el que los trabajadores indígenas tenían escasa libertad para elegir dónde emplearse y en qué condiciones.

También deja preguntas sobre la manera en que se construye la memoria colectiva. ¿Por qué algunos hechos ocupan un lugar central en la historia pública mientras otros permanecen relegados? ¿Cuánto puede durar el silencio cuando las comunidades siguen transmitiendo sus propios relatos? ¿Qué cambia cuando la Justicia reconoce una responsabilidad que durante décadas fue negada?

Esas preguntas siguen abiertas. La investigación histórica, la educación, la preservación de documentos y el reconocimiento de las voces indígenas forman parte de una tarea que no termina con una sentencia.

La masacre ocurrió el 19 de julio de 1924, pero su historia continuó mucho después. Sobrevivió en los recuerdos familiares, en los testimonios transmitidos entre generaciones y en las investigaciones que reunieron pruebas para reconstruir los hechos. Casi un siglo más tarde, Napalpí obtuvo un reconocimiento judicial que permitió incorporar de manera explícita esa violencia a la historia pública argentina.

Conocer lo sucedido ayuda a comprender cómo se construyó el país y cuáles fueron los costos humanos que quedaron fuera de muchos relatos. Contar Napalpí exige atender a los documentos y testimonios, reconocer la dimensión de la violencia y escuchar a las comunidades que conservaron su memoria cuando las instituciones todavía la relegaban. Durante décadas, ese silencio también formó parte de la historia.

Fuente consultada: www.argentina.gob.ar

 

lunes, 12 de octubre de 2026

Canto y misterio en la Salamanca

 


La noche del viernes, Jacinto salió de su rancho cuando el monte empezaba a llenarse de sombras. Hacía días que venía escuchando hablar de la Salamanca, ese sitio escondido entre los quebrachos donde, según los viejos, se juntaban brujos, animales del demonio y hombres dispuestos a entregar el alma por aprender secretos que ningún cristiano debía conocer.

Llevaba miedo, aunque jamás lo habría reconocido delante de sus amigos. Quería conocer aquel mundo prohibido, escuchar los cantos que algunos aseguraban haber oído desde lejos y demostrar que tenía coraje suficiente para enfrentarse a lo desconocido. La convocatoria le había llegado de noche, mediante una mujer que apareció junto al pozo de su casa y desapareció antes de que él pudiera preguntarle quién era.

Siguió un sendero angosto hasta encontrar una abertura entre las piedras. Allí estaba la bruja, sentada sobre una piedra, con el pelo revuelto y una sonrisa que parecía conocer todos sus pensamientos. Lo recibió como si llevara años esperándolo. Tenía un ojo vivo, burlón, y una voz suave que contrastaba con la oscuridad del lugar.

Jacinto se acercó despacio. Ella le hizo señas para que se sentara a su lado. Conversaron un rato, aunque él nunca supo bien de qué habían hablado. Las palabras de la mujer se mezclaban con un murmullo lejano, parecido al de muchas personas reunidas alrededor de un fuego. Cada tanto, la bruja soltaba una risita y miraba hacia la boca de la cueva.

Antes de permitirle entrar, le impuso una condición: debía despojarse de toda la ropa. No habría prendas, cuchillo ni escapulario que pudieran acompañarlo. Si quería cruzar el umbral, tendría que presentarse tal como había venido al mundo.

Jacinto dudó. Sintió vergüenza, una vergüenza distinta del miedo, porque allí no había nadie conocido ante quien cuidar las apariencias. La bruja lo observó en silencio y le advirtió que todavía estaba a tiempo de volverse. Para ser salamanquero, le explicó, no alcanzaba con tener curiosidad. Había que sostener la mirada frente a aquello que hacía temblar hasta al más guapo.

El joven apretó los dientes y aceptó.

Apenas cruzó la entrada, algo se movió entre las piedras. Primero aparecieron unos sapos enormes, de piel húmeda y ojos amarillentos. Después, las arañas comenzaron a descender desde las grietas, mientras varias víboras se deslizaban alrededor de sus pies. De todos los tamaños, los bichos se le fueron acercando hasta cerrarle el paso.

Jacinto quiso retroceder, pero detrás suyo la abertura había desaparecido. Ya no había sendero ni cielo, ni siquiera el viento seco del monte. Solo aquella cueva iluminada por un resplandor rojizo y el roce de cientos de patas sobre la tierra.

Las víboras treparon por sus piernas. Un sapo le saltó al pecho y quedó inmóvil, mirándolo con una expresión casi humana. Las arañas le recorrieron los brazos y se acomodaron sobre sus hombros. El muchacho sintió que las rodillas se le aflojaban. Estuvo a punto de gritar, pero una voz profunda surgió desde el fondo y lo dejó paralizado.

Entonces comprendió que el verdadero peligro no estaba en los animales. Lo que lo aterraba era la posibilidad de que su coraje no fuera más que una fanfarronada.

Cerró los ojos. Respiró hondo y dejó de luchar contra cada movimiento. Poco a poco, los bichos se aquietaron. El sapo abandonó su pecho; las víboras se apartaron y las arañas volvieron a sus escondites. Cuando abrió los ojos, la cueva se había transformado.

A su alrededor se extendía una sala inmensa, con rollos de ampalagua enroscados como bancos. Hombres y mujeres formaban un círculo, cantando al compás de una música que parecía brotar de las paredes. Algunos tenían rostros conocidos; otros, facciones que Jacinto habría jurado haber visto en sueños. Nadie le preguntó su nombre. Le hicieron un lugar entre ellos.

Durante horas escuchó aquellos cantos y aprendió melodías que no se parecían a ninguna que hubiera oído en los ranchos. La bruja permanecía cerca del fuego, observándolo con la misma sonrisa del comienzo.

Cuando el canto cesó, Jacinto se encontró otra vez junto a la entrada de la cueva. Vestido, con el cuchillo en la cintura y el alba clareando sobre los quebrachos, emprendió el regreso.

Al llegar a su rancho, descubrió que había pasado una sola noche, aunque sentía en el cuerpo el cansancio de muchos días. Desde entonces, cada viernes, al caer la oscuridad, una música lejana lo llamaba desde el monte.

Nunca contó lo que había visto. Pero cuando agarraba la guitarra, sus dedos encontraban melodías que nadie le había enseñado, y en las noches quietas su canto parecía traer, desde lo más hondo de la tierra, las voces de quienes seguían reunidos en la Salamanca.

Inspirado en "De la salamanca vengo" de Sixto Palavecino.

Alfredo Ábalos es de otro planeta

 


Hombre serio, este hombre, don Alfredo Martín Ábalos. No quiere nada de Lolas (y menos de Lolitas) ya las pruebas nos remitimos.

Contento de no haber comercializado jamás (vale el subrayado), se pasa la vida cantando como los dioses, Zeus es testigo, investigando y compartiendo con su familia todos los momentos posibles.

Entre otras cosas, este corpulento y barbado cantor huye constantemente del ruido, tan es así que días atrás un amigo lo arrancó de su Santiago Miski, lo trajo a la Capi con la sinísima intención de presentarlo a la prensa ávida —¡y cómo no! — de entrevistar a los talentos de interior, pero hete aquí que el dueño de ilustre apellido desapareció.

Entrañable lector amigo: Alfredo Martín Abalos canta de maravillas. Si no lo ha escuchado, córrase hasta la disquería más cercana —de su casa o de su laburo, como le venga mejor— e invierta unos pesos en el redondo. El placer será grande, se lo aseguramos.

UN SANTIAGUEÑO QUE NO ES SANTIAGUEÑO

Uno de los más importantes intérpretes santiagueños de la actual promoción de cantates tradicionales, no es santiagueño.

Alfredo Martín Abalos, uno de los ocho hijos de don Enrique Abalos, nació en San Fernando, provincia de Buenos Aires.

Pero la sangre santiagueña tira y se siente más santiagueño que don Enrique, que tocaba la flauta y armaba incansables orquestas familiares haciendo bailar a todos los transeúntes que acertaban a pasar por cerca de la casa de los Ábalos y Abalitos. Todos los tíos eran también músicos y se sacaban chispas con los Hermanos Ríos, con don Julio Gerez, y con don Pedro Pascual Sánchez. En la casa había piano, contrabajo y violines. Después se agregaron flautas, guitarras y bombos.

A lo largo de las generaciones abálicas, la tradición, en vez de perderse, se renueva y ahora es en la casa de Alfredo donde las "tenidas" se mantienen con su esposa e hijos, a los que se unen don Miguel Simón, Orlando Gerez y todos los que golpean la puerta del hogar musical.

—Nunca me he comercializado y me mantengo puro de toda contaminación extraña en lo que considero inigualable y fundamental. Nunca estuve en lo exitista - dice - por eso estoy siempre en mi casa y no me apuro a salir de Santiago, donde soy feliz.

Uno que recorrió ya tanto y vio tantas cosas, al final, en el meridiano de la vida, se recluye en lo que considera su verdad: la paz provinciana, la familia, los amigos y el hogar para seguir creando.

Considero vital tratar de hacer uno mismo la cosa, y persistir en perfeccionarse.

A los viajeros que llegan a mi puerta les muestro el verdadero Santiago tradicional y les ayudo a encontrarse con los viejos músicos. Por mi parte, siempre voy al campo a recoger coplas populares. Antes de su muerte, mi ladero era mi gran amigo Felipe Corpos.

"No soy solo un intérprete. Entre mis principales metas está la recolección de coplas con las que haré un libro". — Alfredo Martín Ábalos

EL INVESTIGADOR

—Una de las principales metas es la recolección de coplas populares que lleva consigo gracias a la colaboración de los maestros. Mi mujer es una. Ella hace 17 años que está en el monte como maestra y con su ayuda estoy haciendo un libro.

Es muy importante la cantidad de material que se recoge en el interior de la provincia. No se termina nunca de coleccionar. Estoy entusiasmado con ese trabajo, aunque nunca gané plata con ello. Pero no me sentiría bien trabajando mecánicamente. Lo mismo que en el canto. Nunca gané mucha plata con el canto aunque me gustaría poder vivir de eso, lo que siento.

Siempre lo hice por el placer de llevar mi mensaje y cantar mis vivencias.

Este año, por ejemplo, me fue muy bien con Cosquín. El periodismo opinaba: "Un canto a la manera de antes", "Un hombre que no busca el trabajo fácil".

Me sorprendieron con las preguntas que me hicieron; más técnicas de los que acostumbran. ¿Cuántas clases de vidalas conoces?, por ejemplo.

Fortunato Juárez les explico y recordó una vidala de Corpos con reminiscencia de bagualas; y otras vidalas más o menos rápidas. También se cantan estilos, que antes eran comunes en Santiago. Por ejemplo, las vidalas de Salavina o la de Atamisqui o la de la ciudad, son distintas; Se nota mucha la diferencia. Realmente me quedo con la música "silvestre", que es una barbaridad.

Aún hay muchos vidaleros que hacen la Vidala Dedicada, en la que el homenajeado luego de recibir la dedicatoria, tira cohetes. Me acuerdo un día en Brea Pozo, cantando el gato donde se sobra la población, tuve que dejar de cantar porque fue una impresionante explosión de cohetes.

—¿Y descubriste alguna cosa poco común en tus andanzas?

—En una de nuestras incursiones por el departamento Figueroa descubrimos que desde comienzos de siglo se usaba una tabla de cardón con forma de guitarra y cuerdas de acero, a la que se llama "La Cardon Guitarra", Chiquín Gómez la reprodujo con don Pío Corpos. La utilizamos y se nos venció. Tiene un sonido como una mandolín estridente, pero en dúo con el violín tiene un sonido que es una preciosura. Posiblemente sonaría como el arpa.

—¿Actualmente hay fabricantes de instrumentos que no están comercializados? De bombos, por ejemplo.

-Si. González, que vive por la Boca Toma. Sus bombas tienen una pureza y un sabor a monte muy especial.

—Cuáles fueron las formaciones instrumentales más típicas en Santiago?

—Las de arpa, violín y "cajonero del arpa". Esta era una tercera persona, sentada en cuclillas, golpeaba el cajón del arpa, que da un sabor muy distinto al bombo.

—¿Y otros instrumentos?

—En algunas ceremonias como la de San Esteban, por ejemplo, se usan los erkes. Nosotros conseguimos algunos para hacer la teatralización de esa festividad. Después de la desaparición del arpa, llegó el bandoneón. Actualmente no hay arpistas, pero sí muchos violinistas.

EL INTÉRPRETE

Volvamos a Alfredo Ábalos el intérprete.

—Intento seguir grabando para entregar lo viejo y lo nuevo, como Jugo, Juárez o el Mono Corbalán. Me alegro cuando se dicen que lo hago que es un canto popular aún no corrompido por el comercio.

— ¿Cuál es la canción que sentiste más?

—Una chacarera de Manuel Jugo, "Otoño y Savia Nueva", donde habla de lo fundamental que es la familia. La grabé hace poco. Yo soy muy apegado a mi familia, que es el principio de todo. Allí le habla a la mujer y le dice: "Compañera de mi vida, mirá la siembra que hicimos, floración de nuestra carne, en delicioso racimo".

Me gusta y gusta. Como me gusta disfrutar de la compañía de mis hijos Martín, Santiago y Carolina, de 9 y 7 años y 15 meses, la última.

Fuente: Revista Folklore (1980)