viernes, 7 de agosto de 2026

De la Independencia al boom del folklore: la extraordinaria evolución de la música de raíz folklórica argentina

 Dos siglos de historia, identidad y memoria colectiva que convirtieron a la música popular en una de las expresiones culturales más representativas de la Argentina.



La historia de un país también puede contarse a través de sus canciones

El 9 de julio de 1816 marcó el nacimiento político de la Argentina. En la histórica Casa de Tucumán, los representantes de las Provincias Unidas declararon la independencia del dominio español, dando inicio a una nueva etapa para el país. Sin embargo, mientras los libros de historia suelen detenerse en los acontecimientos políticos y militares, existe otra historia menos visible, aunque igualmente profunda: la de la música que acompañó a generaciones enteras y terminó convirtiéndose en uno de los pilares de la identidad nacional.

La música de raíz folklórica no surgió de un día para otro. Es el resultado de siglos de encuentros, mezclas culturales, migraciones, transformaciones sociales y apropiaciones populares. Cada región fue aportando sus sonidos, sus ritmos y sus formas de interpretar la realidad. Así, lo que comenzó como expresiones locales terminó conformando un inmenso patrimonio cultural que aún hoy sigue vigente.

Comprender la evolución del folklore argentino implica recorrer más de doscientos años de historia. Significa descubrir cómo las antiguas danzas coloniales dieron paso a géneros profundamente argentinos; cómo la inmigración europea enriqueció el panorama musical; cómo las migraciones internas acercaron las provincias a Buenos Aires y cómo la radio, los festivales y los grandes intérpretes transformaron un repertorio regional en un fenómeno nacional.

En esta nota de Leyendas del Folclore Santiagueño proponemos un recorrido por ese largo camino, apoyándonos principalmente en el trabajo del músico, compositor y profesor Roberto Mercado, quien sintetizó dos siglos de evolución musical en su ensayo Evolución de la música de raíz folklórica desde 1816 a la fecha.

Antes de la Independencia: el origen de una identidad musical

Hablar de la música folklórica argentina exige retroceder mucho antes de 1816. De hecho, sus raíces se hunden en uno de los procesos históricos más complejos de América: la conquista española.

Como explica Roberto Mercado, la llegada de los conquistadores modificó profundamente las manifestaciones culturales de los pueblos originarios. Gran parte de sus expresiones musicales desaparecieron o fueron absorbidas bajo nuevas formas, dando origen a un lento proceso de mestizaje cultural que terminaría definiendo la identidad musical del territorio.

No obstante, algunos géneros lograron sobrevivir al paso del tiempo.

Diversos investigadores consideran que la baguala y el huayno del Noroeste Argentino, junto con ciertos rituales musicales de comunidades mapuches y tehuelches en la Patagonia, conservan elementos anteriores a la colonización. Estas expresiones representan algunos de los vínculos más antiguos entre la música actual y las culturas originarias del continente.

Mercado propone comprender la evolución musical argentina a partir de tres grandes procesos históricos:

La colonización española, entre los siglos XV y XVIII.

La inmigración europea, aproximadamente entre 1850 y 1930.

La migración interna, iniciada a comienzos del siglo XX y aún vigente.

Cada uno de estos momentos dejó una huella profunda sobre el repertorio popular.

1816: cuando la patria también empezó a cantarse

Mientras los congresales firmaban la Independencia en Tucumán, el pueblo ya tenía sus propias canciones.

El reconocido musicólogo Carlos Vega afirmaba que el gran canto popular de la Independencia fue el Cielito, una composición que abandonó las pampas para acompañar a los ejércitos patriotas y convertirse en símbolo del fervor revolucionario.

Según la célebre descripción de Vega, el Cielito "vino de las pampas bonaerenses, ascendió a los estrados, se incorporó a los ejércitos y difundió por Sudamérica su enardecido grito rural".

Aquellas melodías no sólo entretenían.

Cumplían una función social.

Transmitían ideas.

Fortalecían el sentido de pertenencia.

Celebraban victorias militares.

Acompañaban reuniones populares.

En una época donde la comunicación era limitada, las canciones funcionaban como verdaderos vehículos de identidad.

Pero el Cielito no estaba solo.

En los salones de la élite porteña también se bailaban el Cuando, el Pericón, el Minué, el Vals y el llamado Minué Montonero o Federal, expresiones musicales que convivían con otras provenientes del interior del país.

Mientras tanto, en el Noroeste Argentino florecían el huayno, el yaraví y el triste, géneros profundamente ligados a las tradiciones andinas que con el tiempo comenzarían a extenderse hacia otras regiones argentinas.

La gran transformación del siglo XIX

Hacia mediados del siglo XIX comenzó uno de los cambios culturales más importantes de la historia argentina.

Miles de inmigrantes europeos llegaron al país trayendo nuevas costumbres, instrumentos musicales, danzas y formas literarias. Lejos de reemplazar las expresiones existentes, muchas de ellas se fusionaron con las tradiciones criollas, dando origen a nuevos estilos musicales.

Ese fenómeno fue conocido posteriormente como un proceso de "folklorización".

Un elemento desempeñó un papel decisivo en esa transformación: la guitarra.

Su popularización permitió que las canciones viajaran con facilidad de pueblo en pueblo. Era un instrumento económico, transportable y suficientemente versátil para acompañar bailes, reuniones familiares, serenatas y celebraciones populares.

Gracias a ello, la música dejó de pertenecer exclusivamente a determinados espacios sociales y comenzó a difundirse ampliamente.

Carlos Vega señala que alrededor de 1850 ya se habían arraigado numerosos géneros musicales, algunos con enorme aceptación popular y otros restringidos a determinadas regiones.

Fue entonces cuando comenzaron a consolidarse muchas de las especies musicales que hoy identificamos inmediatamente con la cultura argentina.

La chacarera, el gato, la zamba, el escondido, la firmeza, la media caña, el carnavalito, el bailecito, el malambo, la vidala, la vidalita, el chamamé, la chamarrita, el estilo, la cifra, la milonga y la chaya pasaron a integrar un inmenso repertorio que continuaría creciendo durante las décadas siguientes.

Cada región fue desarrollando una personalidad propia.

En Mendoza se consolidaron la tonada, la cueca, el vals, el estilo, la resbalosa y el gato. En la Patagonia, investigaciones posteriores realizadas por Hugo Giménez Agüero y Marcelo Berbel rescataron expresiones como el loncomeo, el kaani, la cordillerana y la chorrillera.

Esta extraordinaria diversidad demuestra que el folklore argentino nunca fue una expresión uniforme.

Por el contrario, siempre estuvo formado por múltiples voces regionales.

La investigadora María del Carmen Aguilar resumió esta riqueza afirmando que la Argentina posee áreas musicales claramente diferenciadas: el Litoral, el Noroeste, Cuyo, la Región Central, la Pampa y el Sur, cada una con características propias que enriquecen el patrimonio cultural nacional.

Cuando el folklore salió de las provincias

Durante buena parte del siglo XIX la música folklórica permaneció circunscripta a ámbitos muy específicos.

Se interpretaba en ranchos, pulperías, fiestas populares y reuniones familiares. También encontraba espacio en algunos salones, aunque su circulación seguía siendo limitada y difícilmente alcanzaba a los grandes centros urbanos.

Buenos Aires vivía fascinada por las modas europeas.

La ópera italiana, los valses vieneses y otras expresiones del Viejo Continente ocupaban un lugar privilegiado entre las clases acomodadas, relegando las manifestaciones criollas a un segundo plano.

Sin embargo, lentamente comenzó a gestarse un cambio profundo.

Ese cambio tendría un protagonista inesperado: la literatura.

Carlos Vega sostuvo que la publicación de Martín Fierro, de José Hernández, abrió un período decisivo para el desarrollo del movimiento tradicionalista. Emilio Pedro Portorrico destaca que, además de su extraordinaria calidad literaria, las campañas de alfabetización y las ediciones económicas permitieron que la obra alcanzara una difusión inédita, especialmente entre la población rural.

El personaje del gaucho dejó de ser simplemente una figura del campo.

Se transformó en símbolo nacional.

Y con él comenzaron a revalorizarse también sus canciones, sus costumbres y su universo cultural.

Ese fue el terreno sobre el que crecería, pocos años después, la gran expansión del folklore argentino.

Andrés Chazarreta y el momento en que el folklore conquistó Buenos Aires

A comienzos del siglo XX, la música de raíz folklórica ya había echado profundas raíces en las distintas regiones del país. Sin embargo, todavía estaba lejos de ocupar un lugar central dentro de la vida cultural argentina. Su presencia seguía siendo predominantemente regional y su difusión dependía, en gran medida, de fiestas patronales, reuniones familiares, celebraciones populares o pequeños espectáculos organizados en cada provincia.

Todo cambiaría el 16 de marzo de 1921.

Ese día, un maestro santiagueño llamado Andrés Avelino Chazarreta llegó a Buenos Aires acompañado por su Conjunto de Arte Nativo para presentar un espectáculo en el Teatro Politeama. Lo que parecía una simple función artística terminó convirtiéndose en un hecho histórico.

Numerosos investigadores consideran aquella presentación como el verdadero punto de partida de la difusión masiva del folklore argentino. Por primera vez, el público porteño pudo conocer sobre un escenario profesional las danzas, las canciones y los ritmos que desde hacía décadas formaban parte de la vida cotidiana del interior del país.

No fue únicamente un recital.

Fue un acto de reivindicación cultural.

Chazarreta llevó a la gran ciudad aquello que durante mucho tiempo había permanecido relegado al ámbito rural o provincial. Su espectáculo despertó curiosidad, admiración y también sorpresa. Para muchos espectadores porteños era la primera vez que escuchaban una chacarera, un gato o una zamba interpretados por artistas que respetaban las formas tradicionales de cada género.

El éxito de aquella presentación abrió un camino que luego seguirían innumerables músicos y bailarines provenientes de todas las regiones del país.

El santiagueño que preservó una tradición

Hablar de la expansión del folklore argentino implica detenerse en la figura de Andrés Chazarreta. Nacido en Santiago del Estero, comprendió antes que muchos que las expresiones populares necesitaban ser documentadas, enseñadas y difundidas para evitar su desaparición.

Durante años recorrió pueblos y parajes recopilando melodías, letras, danzas y costumbres. Ese trabajo de investigación permitió conservar una enorme cantidad de obras que hasta entonces sobrevivían únicamente gracias a la transmisión oral.

En una época en la que todavía no existían grabaciones de fácil acceso ni archivos sonoros organizados, esa tarea tuvo un valor incalculable.

Chazarreta entendía que cada chacarera, cada escondido o cada gato encerraban mucho más que una simple melodía. Eran testimonios vivos de la historia de un pueblo.

Su aporte trascendió el escenario.

También impulsó la enseñanza de las danzas tradicionales y contribuyó a que numerosas academias comenzaran a incorporarlas dentro de sus programas de formación artística.

Con el tiempo, su nombre quedaría asociado para siempre al nacimiento del movimiento folklórico moderno.

Para quienes siguen el trabajo de difusión cultural que realiza Leyendas del Folclore Santiagueño, resulta imposible no reconocer en Chazarreta a uno de los grandes guardianes de la memoria musical argentina.

La radio cambió para siempre la historia del folklore

Mientras el espectáculo de Chazarreta abría las puertas de Buenos Aires al folklore, otra revolución comenzaba silenciosamente.

La tecnología.

La aparición de la radio modificó de manera definitiva la forma en que los argentinos escuchaban música.

Hasta ese momento, la posibilidad de conocer un artista dependía casi exclusivamente de asistir a una presentación en vivo. Con la radio, las canciones comenzaron a viajar cientos de kilómetros en apenas unos segundos.

Según cita Emilio Pedro Portorrico, las primeras transmisiones radiales regulares comenzaron en 1920 y, entre 1923 y 1929, se inauguró una importante cantidad de emisoras que sentaron las bases del nuevo medio de comunicación. Junto con el disco y, en menor medida, el cinematógrafo, la radio sería responsable de llevar la música nacional a millones de hogares argentinos durante las décadas siguientes.

Por primera vez un cantor de Santiago del Estero podía ser escuchado en Rosario.

Un conjunto correntino podía emocionar a una familia mendocina.

Una vidala del Norte encontraba oyentes en la Patagonia.

Las distancias comenzaban a desaparecer.

El folklore dejaba de pertenecer exclusivamente a una región.

Pasaba a convertirse en patrimonio de todos.

El disco y la construcción de una memoria sonora

La expansión de la industria discográfica produjo otro cambio trascendental.

Antes de las grabaciones comerciales, muchas composiciones desaparecían con el paso de las generaciones. Las letras sufrían modificaciones, las melodías variaban según quien las interpretara y no existía una versión considerada definitiva.

El disco permitió fijar esas obras.

Los grandes intérpretes comenzaron a dejar registros permanentes de su arte.

Gracias a ello, numerosas composiciones llegaron intactas hasta nuestros días.

No sólo cambió la difusión.

También cambió la forma de aprender música.

Muchos guitarristas comenzaron a sacar canciones escuchando discos una y otra vez. Los cantores copiaban estilos interpretativos. Los conjuntos estudiaban arreglos instrumentales que antes sólo podían apreciarse durante una actuación en vivo.

La música empezaba a viajar acompañada de una memoria sonora.

La migración interna: cuando las provincias llevaron su música a la capital

Existe otro fenómeno histórico que explica buena parte del crecimiento del folklore argentino.

La migración interna.

Durante gran parte del siglo XX miles de familias abandonaron las provincias para instalarse en Buenos Aires y otras grandes ciudades en busca de trabajo.

Con ellas viajaron también sus costumbres.

Sus comidas.

Sus fiestas religiosas.

Y, naturalmente, sus canciones.

Roberto Mercado destaca que ese desplazamiento poblacional contribuyó notablemente a la difusión del folklore. Los cantores provincianos encontraron en la capital un escenario mucho más amplio para desarrollar sus carreras artísticas.

La nostalgia desempeñó un papel decisivo.

Quienes habían dejado su tierra necesitaban reencontrarse con aquello que les recordaba el lugar donde habían nacido.

Una chacarera podía devolver por unos minutos el perfume del monte santiagueño.

Una tonada mendocina evocaba las viñas cuyanas.

Un chamamé hacía reaparecer los paisajes del litoral.

Las canciones comenzaron a cumplir una función emocional además de artística.

Se transformaron en un puente entre el pasado y el presente.

Las radios buscaban voces del interior

La expansión de las emisoras produjo un fenómeno hasta entonces desconocido.

Las radios comenzaron a contratar artistas de manera estable.

Cantores, guitarristas y conjuntos folklóricos encontraron nuevas oportunidades laborales gracias a la programación en vivo que caracterizaba a las primeras décadas de la radiodifusión.

Las audiciones musicales se multiplicaban.

Cada emisora intentaba ofrecer una programación más variada que la competencia.

Eso abrió las puertas a músicos provenientes de todas las provincias.

Según señala Mercado, la formación de elencos estables y el crecimiento constante de los programas musicales favorecieron la aparición de nuevos artistas y consolidaron la presencia del folklore dentro de la programación radial argentina.

Muchos nombres que luego serían fundamentales comenzaron precisamente detrás de un micrófono.

La radio se convirtió en una verdadera escuela.

Peñas y centros tradicionalistas: el folklore encontró su casa

Mientras la radio difundía las canciones, otro fenómeno fortalecía el movimiento folklórico.

El nacimiento de las peñas.

Estos espacios reunían a músicos profesionales, aficionados, bailarines y familias enteras alrededor de la música popular.

No existía una separación estricta entre artista y público.

Después de un recital era habitual que cualquiera tomara una guitarra y continuara cantando hasta la madrugada.

Las peñas se transformaron en lugares de encuentro para quienes extrañaban su provincia.

También fueron espacios donde nacieron amistades, conjuntos musicales e incluso composiciones que hoy forman parte del repertorio tradicional.

Mercado destaca igualmente la creación de centros tradicionalistas, instituciones que ayudaron a preservar costumbres criollas, danzas, vestimentas y celebraciones populares, reforzando el sentido de pertenencia de miles de argentinos radicados lejos de su lugar de origen.

Gracias a esos espacios, el folklore dejó de ser solamente un espectáculo.

Pasó a convertirse en una experiencia compartida.

En un modo de mantener vivas las raíces.

El escenario estaba preparado para una revolución cultural

Al finalizar la década de 1950, todos los elementos necesarios para la gran explosión del folklore ya estaban presentes.

Existía un público cada vez más numeroso.

Las radios difundían música nacional.

Las compañías discográficas grababan nuevos artistas.

Las peñas reunían miles de personas.

Los centros tradicionalistas crecían en distintas ciudades.

Y una nueva generación de jóvenes comenzaba a descubrir aquellas canciones que hablaban del paisaje argentino, del trabajo rural, de los amores sencillos y de la vida cotidiana de las provincias.

Lo que todavía nadie imaginaba era que la década siguiente transformaría para siempre el lugar que ocupaba el folklore dentro de la cultura nacional.

Los años sesenta estaban a punto de convertir a la música de raíz folklórica en un fenómeno sin precedentes, capaz de llenar festivales, vender miles de discos y conquistar a una juventud que encontraría en esas canciones una nueva forma de expresar su identidad.

La década de 1960: cuando el folklore conquistó definitivamente a la Argentina

Si la llegada de Andrés Chazarreta a Buenos Aires abrió las puertas para que la música de raíz folklórica alcanzara una mayor difusión, la década de 1960 terminó de convertirla en un verdadero fenómeno social. Fue un período irrepetible en la historia cultural del país, una etapa en la que el folklore dejó de ser visto como una expresión reservada al ámbito rural o a determinadas provincias para transformarse en la banda sonora de millones de argentinos.

Las circunstancias acompañaban ese crecimiento. La radio ya formaba parte de la vida cotidiana de los hogares, la televisión comenzaba a consolidarse como medio de comunicación masivo y la industria discográfica atravesaba un período de gran expansión. Los artistas podían llegar a públicos cada vez más numerosos, mientras que los festivales populares se multiplicaban a lo largo y ancho del país.

Fue en ese contexto cuando nació lo que los investigadores denominan el "boom del folklore", un fenómeno que modificó para siempre el panorama musical argentino.

El escritor e investigador Emilio Pedro Portorrico describe aquel momento con una imagen muy elocuente. Según señala en su Diccionario Biográfico de la Música Argentina de Raíz Folklórica, durante los años sesenta "la fiebre folklórica se apoderó de la juventud", que colmaba los programas televisivos dedicados al género y agotaba las existencias de guitarras en las casas de música.

Aquellas palabras reflejan mucho más que un simple éxito comercial.

Hablan de una generación que encontró en el folklore una forma de expresar su identidad.

Mientras en otras partes del mundo surgían nuevos movimientos musicales asociados al rock o al pop, en Argentina miles de jóvenes descubrían en la chacarera, la zamba, la cueca, la tonada o el chamamé una manera diferente de conectarse con sus raíces.

Cosquín: el escenario que cambió la historia

Si existe un acontecimiento capaz de simbolizar aquella explosión cultural, ese fue el nacimiento del Festival Nacional de Folklore de Cosquín.

En 1961 se realizó su primera edición en la provincia de Córdoba. Lo que inicialmente parecía una propuesta local superó todas las expectativas. La convocatoria fue tan importante que al año siguiente el festival quedó institucionalizado, iniciando una tradición que continúa vigente más de seis décadas después.

Cosquín no fue solamente un festival.

Se convirtió en un escenario consagratorio.

Cada verano, artistas de todas las provincias llegaban con la esperanza de mostrar su talento frente a un público cada vez más numeroso y exigente.

Muchos de los nombres más importantes del folklore argentino encontraron allí el impulso definitivo para sus carreras.

Las noches de la Plaza Próspero Molina comenzaron a formar parte del calendario cultural del país. Familias enteras viajaban cientos de kilómetros para asistir a las presentaciones, mientras que las transmisiones radiales y televisivas permitían que millones de personas siguieran el festival desde sus hogares.

La experiencia de Cosquín también sirvió de inspiración para otras localidades argentinas.

Como señala Portorrico, el modelo fue imitado "a lo largo y ancho del país", dando origen a numerosos festivales que todavía hoy forman parte del patrimonio cultural de cada región.

El nacimiento de una industria cultural

Hasta mediados del siglo XX, la actividad folklórica dependía principalmente del esfuerzo de músicos, investigadores y centros tradicionalistas.

Con el boom de los años sesenta apareció un fenómeno completamente nuevo: la consolidación de una verdadera industria de la música de raíz folklórica.

Las compañías discográficas comenzaron a invertir en nuevos artistas.

Los festivales generaban empleo para técnicos, productores y organizadores.

Las editoriales publicaban cancioneros y libros especializados.

Las academias de danza tradicional aumentaban cada año la cantidad de alumnos.

Las peñas se multiplicaban.

Los programas de radio y televisión dedicaban cada vez más espacio al género.

Portorrico resume ese proceso afirmando que durante aquellos años comenzó a gestarse una auténtica industria vinculada a la música folklórica.

Ese crecimiento permitió profesionalizar la actividad de numerosos artistas que hasta entonces desarrollaban sus carreras con enormes dificultades.

También favoreció la conservación de un patrimonio musical que de otro modo probablemente se habría perdido.

El folklore como símbolo de identidad nacional

Una de las consecuencias más importantes de aquella expansión fue el fortalecimiento del sentido de pertenencia cultural.

La música de raíz folklórica dejó de representar únicamente a determinadas provincias.

Comenzó a ser reconocida como una expresión de toda la Argentina.

Cada región conservó sus características propias.

El chamamé siguió identificando al Litoral.

La chacarera continuó siendo el emblema de Santiago del Estero.

La cueca permaneció profundamente ligada a Cuyo.

La baguala mantuvo su fuerza ancestral en el Noroeste.

Sin embargo, todas esas expresiones empezaron a ser valoradas como partes de un mismo patrimonio nacional.

En otras palabras, el folklore logró algo extraordinario.

Unió la diversidad sin borrar las diferencias.

Cada género conservó su identidad regional mientras contribuía a construir una identidad colectiva mucho más amplia.

Una tradición que continúa viva

Más de dos siglos después de la Declaración de la Independencia, la música de raíz folklórica continúa formando parte de la vida cotidiana de millones de argentinos.

Es cierto que, como toda manifestación cultural, ha atravesado distintas etapas.

Hubo momentos de enorme popularidad y otros de menor presencia en los medios de comunicación.

También aparecieron nuevas formas de interpretar los ritmos tradicionales, incorporando influencias del rock, el jazz, la música latinoamericana e incluso de sonidos electrónicos.

Pero la esencia permanece.

Las peñas continúan reuniendo generaciones enteras.

Los festivales convocan cada verano a miles de personas.

Las academias siguen enseñando danzas tradicionales.

Los jóvenes descubren compositores históricos mientras nuevos artistas aportan miradas contemporáneas.

Lejos de convertirse en una pieza de museo, el folklore continúa evolucionando.

Y esa capacidad de transformarse explica buena parte de su permanencia.

Santiago del Estero y su aporte indispensable

Hablar del desarrollo del folklore argentino implica reconocer el papel fundamental desempeñado por Santiago del Estero.

No solamente por haber dado origen a uno de los géneros más representativos del país, la chacarera, sino también por la enorme cantidad de músicos, compositores e investigadores que dedicaron su vida a preservar ese legado.

La obra de Andrés Chazarreta marcó un antes y un después.

Décadas más tarde, numerosos artistas santiagueños continuarían proyectando esa herencia hacia todo el país y el mundo.

Ese patrimonio cultural sigue inspirando investigaciones, publicaciones y espacios de divulgación como Leyendas del Folclore Santiagueño, cuyo objetivo consiste precisamente en recuperar las historias, personajes y tradiciones que dieron forma a la identidad musical del norte argentino.

Conocer ese pasado no significa mirar únicamente hacia atrás.

También implica comprender de dónde provienen muchas de las expresiones culturales que siguen emocionando a las nuevas generaciones.

Doscientos años de música que cuentan la historia de un país

La evolución de la música de raíz folklórica demuestra que la historia de una nación puede narrarse también a través de sus canciones.

Cada etapa dejó una huella.

La conquista introdujo nuevas influencias que terminaron mezclándose con las tradiciones indígenas.

La Independencia encontró en el Cielito una voz para acompañar el nacimiento de la patria.

La inmigración europea enriqueció el panorama musical con nuevos aportes.

Las migraciones internas acercaron las provincias a las grandes ciudades.

La radio y el disco permitieron que las canciones atravesaran fronteras.

Los festivales consolidaron una identidad compartida.

Y el boom de los años sesenta terminó de instalar al folklore como uno de los símbolos más representativos de la cultura argentina.

Como concluye Roberto Mercado, durante estos doscientos años el folklore "se gestó, desarrolló, arraigó y se instaló definitivamente en el ser nacional". No se trata únicamente de un conjunto de géneros musicales. Es la memoria sonora de un pueblo, el eco de sus paisajes, la voz de sus comunidades y una parte inseparable de la identidad cultural argentina.

Hoy, cuando una chacarera comienza a sonar en una peña, cuando una zamba reúne a una pareja en una pista de baile o cuando un chamamé emociona a quienes viven lejos de su tierra, esa larga historia vuelve a cobrar vida. Es la prueba de que el folklore no pertenece solamente al pasado: sigue siendo un lenguaje vivo, capaz de unir generaciones y de recordar que, antes que cualquier frontera o diferencia, existe una cultura compartida que continúa escribiendo su propia historia.

Fuentes

Mercado, Roberto. Evolución de la música de raíz folklórica desde 1816 a la fecha. Julio de 2016.

Vega, Carlos. Bailes Tradicionales Argentinos. Editorial Julio Korn, 1959. Citado en el trabajo de Roberto Mercado.

Berengan, Augusto. La Canción Criolla Argentina. Editorial Ross, 2011. Citado en el trabajo de Roberto Mercado.

Aguilar, María del Carmen. Folklore para armar. Ediciones Culturales Argentinas, 1991. Citada en el trabajo de Roberto Mercado.

Portorrico, Emilio Pedro. Eso que llamamos Folklore. 2015. Citado en el trabajo de Roberto Mercado.

Portorrico, Emilio Pedro. Diccionario Biográfico de la Música Argentina de Raíz Folklórica. Citado en el trabajo de Roberto Mercado.

La música argentina: Un viaje desde los rituales indígenas hasta el rock nacional

Si cerrás los ojos y pensás en la música argentina, ¿qué escuchás? ¿El quejido melancólico de un bandoneón en un café de San Telmo? ¿El rasguido de una guitarra criolla en una peña folclórica? ¿O quizás el estruendo de una guitarra eléctrica en un estadio repleto de jóvenes saltando al compás del rock nacional?



La música argentina no es solo un conjunto de notas; es el diario íntimo de una nación. Es un relato de choques culturales, de pasiones desbordadas, de guerras, de amores prohibidos y de una búsqueda constante de identidad. Desde las flautas de hueso en los valles calchaquíes hasta los sintetizadores de los años 80, nuestra historia sonora es un verdadero thriller lleno de personajes extravagantes, escándalos de alcoba y genialidades inesperadas.

Preparate, porque vamos a hacer un viaje en el tiempo. Olvidate de los manuales escolares aburridos; la historia de nuestra música se escribió con barro, con pólvora, con vino y con mucha, mucha rebeldía. ¡Acompañame!

El Primer Concierto: Gigantes en la Playa y el Sonido de la Tierra

Todo empieza mucho antes de que existiera el país. Cuando los primeros cronistas europeos llegaron a estas tierras, se encontraron con un paisaje sonoro que los dejó atónitos.

Imaginate la escena: es mayo de 1520. La expedición de Magallanes desembarca en Puerto San Julián, en la Patagonia. Antonio Pigafetta, el cronista del viaje, no puede creer lo que ven sus ojos. Un hombre de "figura gigantesca" (los famosos tehuelches o patagones) se acerca a la arena. No viene a atacar. Viene casi desnudo, cantando y danzando, levantando el índice al cielo. Para los indígenas, la música no era entretenimiento; era un puente con lo divino, una herramienta de guerra y el latido de la comunidad.

Los pueblos originarios ya tenían sus propias "bandas". Los diaguitas en el norte usaban las *quenas* y las sikuras (flautas de Pan). En el litoral, los guaraníes y charrúas atronaban el aire con trompas y tambores. De hecho, cuando los españoles fundaron sus primeros y precarios asentamientos, más de una vez se aterrorizaron al escuchar el "horrible sonido" de los pingollos y bocinas indígenas resonando en la oscuridad de la pampa antes de un ataque.

💡 Dato Curioso: La música salvaba vidas. Un cronista relata que un español llamado Pedro de Miranda fue capturado por los indígenas en 1541. Iban a ejecutarlo, pero como era un flautista virtuoso, la hija de un cacique lo salvó de una muerte segura, "embelesada" por el dulce tañer de su instrumento. ¡El primer indulto musical de la historia argentina!

Los Jesuitas: Los Primeros "Rockstars" de la Colonia

Si pensás que la música clásica en América fue un asunto aburrido y de élites, te tengo que presentar a Domenico Zipoli.

A principios del siglo XVIII, las Misiones Jesuíticas en el norte de nuestro territorio (y lo que hoy es Paraguay) eran verdaderas potencias musicales. Los indígenas guaraníes no solo aprendían a tocar; fabricaban sus propios violines, arpas y órganos con una precisión que dejaba boquiabiertos a los visitantes europeos.

Y ahí estaba Zipoli. Nacido en la Toscana, discípulo de los grandes maestros de Roma, y contemporáneo de nada menos que Johann Sebastian Bach. Zipoli tenía el mundo a sus pies; podía haber sido la estrella de las cortes europeas. Sin embargo, tomó una decisión que hoy nos vuela la cabeza: se hizo jesuita y se vino al "fin del mundo".

Se instaló en Córdoba, donde su fama era tal que las multitudes se agolpaban en las iglesias solo para escucharlo tocar el órgano. Sus partituras eran tan codiciadas que los músicos de Lima (Perú) se las robaban o pedían copias a escondidas. Zipoli murió joven, de tuberculosis, en una estancia jesuítica en Santa Catalina, Córdoba, en 1726. Hoy, los musicólogos lo consideran el músico más grande que pisó tierra americana en toda la época colonial. Un verdadero genio que cambigió los aplausos de los reyes por la evangelización en la selva.

 🎭 Teatros, Obispos Furiosos y un Cohete que Cambió la Historia

Avancemos un poco. Siglo XVIII. Buenos Aires empieza a dejar de ser una aldea polvorienta para convertirse en una ciudad que quiere mirar a Europa. Y con esa ambición, llega el teatro.

En 1757 se inauguró el Teatro de Óperas y Comedias, el primero de la ciudad. La gente estaba enloquecida. Las damas de la alta sociedad se codeaban para ver a los cantantes traídos de Brasil y Europa. Pero había un problema: el Obispo Cayetano Marcellano.

El buen obispo vivía al lado del teatro y estaba harto. Se quejaba del ruido, de que las funciones terminaban muy tarde y, sobre todo, de los "escándalos" morales. En 1759, harto de la situación, amenazó con excomulgar a los empresarios y al público si no cerraban el local. ¡Imaginate el drama! La elite porteña a punto de ser expulsada de la Iglesia por querer ver una ópera un domingo a la noche.

Años más tarde, en 1783, se inauguró el Teatro de la Ranchería. Era el centro de la vida social, donde se estrenó la primera obra de teatro de autor local: Siripo, de Manuel José de Lavardén. Pero el destino (y la pirotecnia) tenía otros planes. En agosto de 1792, durante una festividad religiosa en la cercana iglesia de San Juan Bautista, alguien disparó un "cohete volador". El cohete, caprichoso y fatal, aterrizó en el techo de paja y cañas de la Ranchería. El teatro ardió hasta los cimientos en minutos. Fin de la función.

 🤫 El Secreto de Mariquita: Cómo Nació Nuestro Himno

Llegamos a 1810. La Revolución de Mayo no solo trajo cambios políticos; trajo una explosión de patriotismo que se cantaba en las calles. Los chicos y los jóvenes andaban por las plazas entonando letrillas y cielitos, molestando a los realistas y emocionando a los patriotas.

Pero el momento cumbre ocurrió en un salón privado. El de Mariquita Sánchez de Thompson. Su casa en la calle Florida era el epicentro intelectual de la ciudad. Allí, entre tertulias, mate y discusiones acaloradas sobre el destino de la patria, se cantó por primera vez la Canción Patriótica Nacional (nuestro Himno) el 14 de mayo de 1813.

La música la había compuesto Blas Parera, un maestro español que vivía en Buenos Aires y que, irónicamente, tuvo que huir años más tarde de vuelta a España por problemas económicos, muriendo pobre y olvidado en Mataró. La letra, de Vicente López y Planes, era un grito de libertad.

 📜 La Anécdota: Durante años, la versión original del Himno era larguísima y muy compleja para que la cantara el pueblo en las escuelas o los cuarteles. Con el tiempo, se fue recortando hasta quedar en la versión épica y sintética que hoy nos eriza la piel en los mundiales y los actos escolares.

 🎩 Divas, Escándalos y 14 Pianos en el Salón

A mediados del siglo XIX, Buenos Aires se estaba transformando. La Generación del 80 y las grandes oleadas inmigratorias trajeron una sed insaciable por la cultura europea. El Teatro Colón (el primero, ubicado donde hoy está el Banco Nación) se inauguró en 1857 y se convirtió en el templo de la ópera.

Y con la ópera, llegaron las divas y los fanáticos. En 1855, la ciudad se dividió en dos bandos irreconciliables, como si se tratara de una final de fútbol: los seguidores de la soprano Ida Edelvira y los de Eliza Biscaccianti. A esta última, sus enemigos la apodaron maliciosamente la "Whiskaccianti", acusándola de ser demasiado afecta a la bebida. Los fanáticos esperaban a sus ídolas a la salida del teatro con bandas de música y las acompañaban en procesión hasta sus hoteles. ¡Los primeros "barras bravas" de la lírica!

Pero el verdadero espectáculo de masas lo dio un estadounidense llamado Louis Moreau Gottschalk. En 1868, este pianista virtuoso (una suerte de rockstar del siglo XIX) dio un concierto "monstruo" en el Teatro Colón. ¿Su puesta en escena? Catorce pianos tocados simultáneamente por él y otros músicos locales, acompañados por una gran orquesta. Buenos Aires, en el fin del mundo, era por una noche la capital musical del planeta.

🕺 El Tango: De la Burla en el Barro a los Salones de París

Acá es donde la historia se pone verdaderamente interesante y rompe con todos los mitos románticos. Olvidate por un momento de Carlos Gardel y las parejas bailando abrazadas en los salones elegantes. El tango nació en el barro, en los arrabales, y sus primeros bailarines no eran hombres y mujeres. Eran hombres bailando con otros hombres.

¿Por qué? En las últimas décadas del siglo XIX, los candombes de los negros y mulatos eran fiestas bulliciosas, frenéticas y llenas de ritmo. Los compadritos (los guapos de barrio, muchos de ellos hijos de inmigrantes italianos y españoles) querían entrar, pero a menudo eran rechazados o marginados.

Entonces, ¿qué hacían? Se paraban en las veredas, en las esquinas de los conventillos y los bares, y empezaron a bailar entre ellos, burlándose y caricaturizando los movimientos de los negros. De esa burla, de ese cruce de la habanera cubana, la milonga criolla y el ritmo africano, nació la coreografía del tango: el corte, la quebrada, el abrazo apretado (que al principio era un choque de egos masculinos).

🪗 El Misterio del Bandoneón

Y entonces llegó él. El instrumento que le daría el alma al tango: el bandoneón.

Su origen es fascinante. Fue inventado en Alemania por Heinrich Band a mediados del siglo XIX. ¿Su propósito original? ¡Servir como órgano portátil para las procesiones religiosas en los pueblos donde no había iglesias!

Nadie sabe exactamente quién trajo el primer bandoneón a Buenos Aires. Algunos dicen que llegó en la valija de un marinero alemán, otros que lo trajo un inglés. Lo cierto es que ese "fuelle" melancólico, diseñado para alabar a Dios, encontró su verdadero paraíso en los burdeles, los cafetines de la Boca y los patios de los conventillos. El bandoneón llora, y en su llanto encontró el eco perfecto de la nostalgia del inmigrante que había dejado su tierra para siempre.

🌾 El Folclore: La Sangre de la Tierra

Mientras en Buenos Aires se gestaba el tango, en el interior del país la música seguía siendo el reflejo del paisaje y la historia. Las zambas, las chacareras y los gatos no eran solo bailes; eran crónicas de vida.

Uno de los episodios más épicos de nuestra historia musical ocurrió en 1867, en la Batalla de Pozo de Vargas (La Rioja). Las tropas santiagueñas del general Taboada estaban siendo diezmadas por las fuerzas montoneras de Felipe Varela. La derrota era inminente, la moral estaba por el suelo.

En un acto de desesperación y genialidad, un jefe militar ordenó a la banda que dejara de tocar marchas marciales y tocara una zamba. Al escuchar los acordes de su tierra, el ritmo de sus pagos, los soldados santiagueños sintieron un renacer sobrenatural. Cargaron con un ímpetu tan feroz que dieron vuelta la batalla. Desde ese día, esa melodía se conoce como la "Zamba de Vargas", la única canción en la historia argentina que puede jactarse de haber ganado una guerra.

Décadas más tarde, figuras como Atahualpa Yupanqui (Héctor Chavero) elevarían este folclore a la categoría de poesía universal. Yupanqui no solo cantaba; pintaba con su guitarra. Cuando decía "En el filo de las cumbres se ha degollado la tarde", no estaba describiendo un paisaje; estaba revelando el alma indígena y gaucha que las grandes ciudades intentaban ignorar.

🎸 1982: Cuando la Censura Encendió la Mecha del Rock Nacional

Damos un salto gigantesco en el tiempo. Estamos en 1982. Argentina está sumida en la oscuridad de la última dictadura militar y se desata la Guerra de Malvinas.

En un intento por frenar la influencia cultural enemiga, los militares prohíben la difusión de música en inglés en todas las radios del país. De un día para el otro, Queen, The Beatles, Pink Floyd y The Police desaparecen de las frecuencias. Las radios, desesperadas por llenar las 24 horas de aire con contenido en castellano, empiezan a pasar a los músicos locales que hasta entonces sobrevivían en el under.

Y ahí estaba la magia. Charly García, Luis Alberto Spinetta, León Gieco, Juan Carlos Baglietto, Nito Mestre.

Los jóvenes, que ya venían gestando un movimiento de resistencia cultural en los teatros de barrio y los pubs, de repente se encontraron con los micrófonos abiertos. La música rock se convirtió en la voz de una generación que estaba cansada, que tenía miedo, pero que exigía libertad.

*   León Gieco cantaba "Sólo le pido a Dios" y se convertía en un himno pacifista que resonaba en todo el continente.

*   Serú Girán (la banda de Charly García) llenaba el predio de La Rural con 60.000 personas en 1980, demostrando que el rock argentino podía ser complejo, sinfónico y masivo.

*   Juan Carlos Baglietto traía la "invasión rosarina", con su voz desgarradora y su barba, cantando "La vida es una moneda".

El rock nacional dejó de ser un género musical para convertirse en una identidad. Era la trinchera desde la cual los jóvenes pensaban el país, cuestionaban a los adultos y soñaban con la democracia que estaba a la vuelta de la esquina.

 🎧 El ADN Sonoro: Un Mosaico Inagotable

Si llegaste hasta acá, te darás cuenta de algo fundamental: la música argentina es un sobreviviente.

Es el resultado de la flauta de hueso indígena que se mezcló con el órgano barroco del jesuita. Es el ritmo africano del candombe que fue burlado por el compadrito y terminó conquistando los salones de París con Gardel y Piazzolla. Es la melodía nostálgica del inmigrante italiano que se fundió con la poesía del gaucho en las guitarras de Yupanqui y Falú. Y es, también, la distorsión eléctrica de un pibe de barrio que en los 80 gritó que no quería ser como los demás.

Nuestra música es un campo de batalla donde conviven el bandoneón de Piazzolla (que llevó el tango a las salas de concierto más elitistas del mundo), la Misa Criolla de Ariel Ramírez (que unió la fe con los ritmos andinos y litoraleños) y la genialidad vanguardista de Alberto Ginastera.

🚀 ¿Y ahora qué?

La historia no termina. Hoy, el trap y el urbano argentino dominan los charts globales, heredando esa misma rebeldía, esa misma necesidad de contar la calle, el barrio y la noche que tenían los primeros tangueros y los primeros rockeros. La estética cambia, los instrumentos mutan, pero la actitud... la actitud sigue siendo la misma.

La música argentina es un espejo roto que, cuando juntás los pedazos, te devuelve la imagen de un pueblo que se niega a quedarse callado.

Y vos, ¿con qué sonido te quedás? ¿Sos de los que se emocionan con un rasguido de guitarra en el monte, de los que lloran con un solo de bandoneón, o de los que saltan hasta que duelen las piernas en un recital de rock?

 

👇 Dejame tu opinión en los comentarios. Contame cuál es esa canción argentina que, sin importar dónde estés en el mundo, te hace sentir que estás en casa. ¡Los leo y seguimos charlando de esta hermosa locura que es nuestra cultura!

Fuente citada: Gesualdo, Vicente. La música en la Argentina. Capítulos 1 a 6: de la época colonial al rock nacional (1982-1987).


jueves, 6 de agosto de 2026

Humberto Carfí: Virtuosismo académico y raíz criolla en primera persona

 


Entrevista realizada por José Luis Torres | Rosario - 1 julio 2003

Nací en la ciudad más linda del mundo: Santiago del Estero. Fue hace muchos años: voy a cumplir 90 años el 22 de julio. Bueno, me crié en Santiago de chico y a los 17 años me fui a Europa, a Roma a estudiar y ahí me quedé muchos años. Estalló la guerra y tuve que venirme, la guerra duró mucho más tiempo de lo que yo me imaginaba, porque pensaba volver ya que estaba muy bien ubicado: me había inscripto en el concurso mundial de ese entonces con reina Elizabeth. Empecé a hacer la carrera acá en Buenos Aires, empecé en la orquesta del Teatro Colón, empecé en el concurso de la Universidad y a partir de ahí me introduje en la enseñanza, tocando siempre solista y fui profesor de cinco universidades del país, además jubilado del teatro Colón, solista de la Sinfónica Nacional, he tocado intensamente en mi vida. Ahora, casi a los 90 años sigo enseñando, la nena esta que viene a dar el concierto del jueves toca muy bien. ¿A usted le gusta la música clásica? a mí me gusta mucho, y la chacarera también. Vaya a escucharla, tiene 15 años, va a ser la Menuhin argentina, vale le pena. Contento de ser santiagueño, contento de estar acá y que la guerra me ha evitado que me quede en Europa sino no hubiera podido ver a mis padres.

¿Mi relación con la música folklórica? Ha sido poca, no mucha, porque yo lo hacía con los Abalos, mis amigos de aquella época, le hablo de 1930. Hasta ese año yo tocaba en Santiago del Estero en la orquesta, porque en esa época Santiago era una de las ciudades que más música tenía: en los cines había música, en la confitería había orquesta, y yo tocaba eso. Intervenía en algunas cosas folklóricas, pero folklorista no le puedo decir que soy. Amo el folklore y amo sobre todo la música criolla, hay grabaciones mías de esas cosas, lo hago con mucho gusto, y ahora se van a hacer en Santiago los festejos de su fundación: me declaran ciudadano ilustre, yo digo que no me conviene: me voy a tener que portar bien entonces, un ciudadano ilustre no va a poder macanear.

En los programas yo siempre pongo música argentina, yo he sido educado en Europa, pero amo la música argentina. Han pasado los años, pero soy bien santiagueño, al contrario, soy como los vinos: cuando el tiempo pasa más auténtico.

¡Cómo no lo voy a conocer! Don Manuel Gómez Carrillo no era un gran músico, era casi un autodidacta. Ha escrito muchas composiciones, algunas originales y otras recopiladas, era director de coros en Santiago del Estero. Yo lo acompañé muchas veces, la señora era una ilustre pianista, y la hija mejor pianista todavía, la Muña, que ya es una mujer grande. Éramos de la misma época, lo he acompañado muchas veces en sus conferencias: él hablaba y yo tocaba. A los 12 años comencé a tocar en público, porque mi papá me corría a las patadas si no estudiaba, y claro, tanto estudiar tenía que tocar bien. Uno de sus hijos era Manolo, murió joven ese muchacho, a Muña hace mucho que no la veo ¿usted está en contacto con Jorge, como está? Sí, fueron los primeros de los grupos vocales del país, pero muy buenos. No sabía que el Cuarteto Gómez Carrillo había nacido acá en Rosario. En los Aires Santiagueños editado por la Casa Riccordi, me lo tenía que dedicar a mí, Manolo me ha llamado muchas veces para hacer retoques, me decía “Me tenés que poner una cadencia acá” y yo dejaba para mañana, pasado, en ese momento tenía mi hija chiquita y andaba con muchas preocupaciones, y se enojó y lo dedicó a Pezzina, que de música de Santiago no sabe un pito, el sabe de tallarines nomás ¿qué sabe un italiano de chacareras? Yo sé de eso. Se enojó porque no fuí y se lo dedicó a él. Hace muchos años hice un homenaje a la música de él, Muña me mandó el material. Pero ahora hay un tal Garnica que hace folklore, ¿cómo toca? He oído hablar, escuché una sola grabación de él, dicen que ha estudiado con un alumno mío, Del Lungo, alumno mío tucumano, sobrino nieto del luthier Del Lungo de Tucumán. Me han dicho que ha hecho capote en Córdoba. Este Garnica lo escuché hace 15 días en Santiago, yo no quería creer: toca folklore con virtuosismo académico, el quiere revolucionar todo eso, le da a las chacareras o las zambas adornos, mueve los dedos ¿me entiende?

Quizás es un poco arrebatado, pero eleva la zamba a una cosa realmente virtuosa. Aunque con esas cosas hay que tener cuidado, hay que respetar la esencia: por ejemplo, a una vidala, si le pone cosas alegres se le cambia el sentido. La vidala es una cosa triste, quejumbrosa, por ahí la quieren tocar con alegría: no corresponde. Ahí en la vidala registro dos cosas: penas de amor y alegrías de amor, las dos cosas, hay que ubicarse. Cristina va a tocar allá en Santiago “La canción del árbol del olvido”, es una página simple con versos de Silva Valdés. Es la historia de un tipo enamorado que está abandonado y no puede olvidar a la novia y le dijeron “¿porqué no vas a dormir bajo un árbol así al día siguiente te olvidas de tu sentimiento?, te quedas sin pena”. El fue y se durmió, pero cuando despertó se olvidó que tenía que olvidar. Esa es la esencia. Ahora, el que toca tiene que demostrarlo, Cristina hace eso. Después está “La rosa y el sauce” de Guastavino, son dos notas, pero amigo..., el enamoramiento del sauce con la rosa, nadie lo toca, hablan sin sentido, y los versos dicen así: un sauce llorón crece a la orilla de un arroyuelo, en el monte, alrededor del sauce crece una rosa y ella se enamora de él, ellos platican, conversan. Un día pasa una negrita ve la rosa, la corta y se vá, y el sauce quedó llorando ¡qué tema ese! El que toca eso, tiene que hablar... si es capaz, claro. Hay que pensar lo que se va a tocar. Ahora este muchacho (Garnica) toca una chacarera, y ahí puede ser, pero en una zamba ya es otra cosa. La zamba es una cosa ni alegre ni triste: mediana. Es decir, el luce su virtuosismo, pero eso no tiene nada que ver, entonces yo digo: si quiere hacer virtuosismo que toque Paganini. Pero él tiene mucha facilidad, yo quisiera conocerlo para hablar de técnicas.

Mis grabaciones con los Abalos fueron hace muchos años, yo no tocaba folklore, ellos me pidieron, yo soy amigo de ellos: íbamos a hondear al parque, al colegio. “Mirá Humbertito, yo sé que te molesto, pero tienes que venir, me hace falta un violín para tocar “Santiago manta”, esas chacareras de hace muchos años están grabadas por mí 70 años atrás. Tenían el conjunto y ellos querían que yo siga con ellos, pero yo estaba en otro callejón ¿me entiende? yo me fui a Europa a estudiar en serio. Tal vez mi hermano que ya falleció sí podía hacerlo, el tocó algo de folklore. Yo no lo quiero desmerecer: el folklore bien hecho, de mucha calidad, folklore estilizado es algo hermoso.

Hoy se están tomando los temas de folklore en el plano clásico, como ha hecho Piazzolla que con su cultura musical lo eleva. Cristina va a tocar acá en Rosario una obra musical  de Guastavino que se llama Pampa mapa, es una cadencia hermosa, no la conoce nadie. Son dos notas, pero como las dice. Yo fui amigo de él, murió hace poco, iba a la casa de él y me tocaba el piano, era químico, un hombre muy solitario, buen músico, mas que Ginastera. Tocaba el piano: cantaba y lloraba, sus obras están inspiradas por alguna poesía. En Pampa mapa, el personaje es abandonado por su mujer y el vá por la pampa llorando, es hermoso, no lo puedo contar. Creo que es de Rafael Obligado.

Si aquí vengo con orquesta de cámara de cuerdas, puedo venir con Cristina que toca Adiós Nonino con orquesta, y dar un curso de cello: no hay cursos de cello acá. ¿Sabe como sonaría “Alfonsina y el mar” con cello? Yo la tengo grabada por Ariel, y en el piano las notas son golpeadas. El tema es doloroso, porque es un homenaje a ella cuando va al mar y se suicida, es trágico eso. Cuando los versos dicen “Qué misterios vas a buscar adentro del mar..” tiene que sonar con dolor, y en el piano está golpeado. En cambio, el cello...suena mucho mejor. En el piano se corta la nota, se vá, en cambio en el cello usted la mantiene, es como la voz humana. El cantar de un instrumento de cuerda no lo dá ningún instrumento, por eso es que la cuerda es el corazón que está sonando.

En Santiago de 1925 había mucha música, después de Buenos Aires era la ciudad con más música: humilde, pero con más música que las demás, teníamos orquestas por todos lados. Los cafés tenían orquestas, yo tocaba ahí, en la parte de arriba, tenía 14 años. Dos funciones por día hacía en el teatro, en el cine Petite Palette, tocaba en la orquesta con mi maestro, ahí tocaba Gennero y tantos otros, y cuando venía la noche venía la mamá de los Abalos (el marido se quedaba a dormir porque era ocioso, vago) ella venía solita y yo la acompañaba del brazo a doña Helvecia, y ella me acompañaba al cine a tocar. Con los muchachos somos muy amigos.

¿Segundo Gennero? Claro, fue mi maestro de piano y también de mi hermano Cayetano, hay muchas composiciones de él, varias las toco yo, Poema Nocturnal es hermoso, El Altiplano lo voy a tocar en Santiago para el 25 de julio. Primero ha sido pianista, de La Banda, un hombre que se perfeccionó en Buenos Aires, grande, hermoso, lindo hombre, culto pero bien cachaciento como buen santiagueño, volvió a Santiago como pianista en el cine, y yo tocaba con él, Humbertito me decía. Me dedicaba muchas obras, era compositor, pero era... no digo ocioso pero vea: a mi hermano que estudiaba con él le daba clases en verano siesteando en el catre a la siesta. Se apoyaba así, mi hermano tocaba su lección y de la otra pieza lo iba corrigiendo “Ché, cuidado con la derecha, no te equivoques en esa nota”, por no moverse vea, “cuidado con el cuarto dedo en ese pasaje” le advertía. Escribía composición, se le caía una hoja y no se agachaba a recogerla: el pedía otra. Escribió muchas cosas, era un hombre muy preparado, cachaciento en forma, se casó con una señora mayor que él, muy inteligente ella: no congeniaron. Conservo cartas de ella, una es hermosísima que me hizo cuando vine de Europa después de 11 años, una mujer culta. El era muy cachaciento, vivía el momento, no le importaba nada. Cuando vino de Buenos Aires, habrá sido en el 30 vestía de sobretodo, a lo Carlos Gardel, una pinta bárbara. Yo le dije a mi hermano “Mirá, es tan dejado ese hombre que va a terminar en la miseria”. Cuando llegó la crisis se acabó todo, Renzi cerró el cine y Gennero se quedó sin trabajo, no sabía hacer otra cosa mas que tocar el piano, era muy bueno, muy inteligente, pero no fue previsor, era muy bohemio. Pasaron muchos años, volvió a Buenos Aires, terminó tocando en los pirigundines y un día amaneció muerto en la vereda, sentado y encogido de frío. Venía de tocar en el bajo por la comida, en la miseria absoluta. Así terminó, ¿en qué año?, puede ser por el 58 o 60, el nació en el 1900, tendría 103 años ahora. No tiene descendientes, era de La Banda, lindo tipo, tenía una cicatriz acá (se señala el rostro) tocábamos en el cine, se apagaban las luces y hacía un gesto solamente y había que empezar a improvisar, alumno de Gaito era, otro famoso músico, yo tengo un gran recuerdo de él. El nombre del cine Renzi es porque su dueño era Armando Renzi, quedó el nombre de él, Cuando yo tenía 14 años iba a tocar ahí de pantalón corto y ya era un viejo, grandote, de mucha guita.

Otro maestro de aquella época era Cinquegrani que falleció a los 70 años, ya no me quedan compañeros de aquella época.

Toqué también con don Andrés Chazarreta, tan delgado y con esos bigotes parecía un suncho, nació viejo digo yo, Humbertito me decía, mire le estoy hablando del año 1924, yo tenía 12 años, me llamaban niño prodigio, ya tocaba en público, sabía lo que era un escenario “Mirá Humbertito, me han invitado para tocar, decime ¿cómo me tengo que poner, de frente o dando la espalda?”

“Nó don Andrés, usted tiene que mirar la orquesta, de espalda al público” la hija tocaba la guitarra y bien, siempre con el poncho andaba Chazarreta. El es dueño de muchas cosas que trajo del interior, hizo un trabajo muy importante, vivía en la misma cuadra mía de la calle Mitre, a dos cuadras de mi casa. Muy querido era.

Yo era muy chico, tenía apenas 10 años y ya tocaba en público, a esa edad debuté en el teatro 25 de Mayo, mi mamá me hizo traje de marinero: toqué las Czardas de Monti con orquesta. Me acuerdo que hacía mucho frío y usé los guantes, grises eran, yo miraba los guantes nomas. La orquesta la dirigía un viejito italiano, Carlos Mozzini, yo era muy chico y no sabía que cuando aplaudían había que agradecer al público, así que terminé de tocar y me quedé mirando asombrado al auditorio. Viene uno de la orquesta y me dice “Ché guaso, saludá” y me agarró de la nuca y me hacía mover la cabeza agradeciendo. Cuantos recuerdos...

¿Otros músicos de Santiago? Hermann Kerr, Móttolla, Cinquegrani, Dávila Miranda, era una época floreciente de músicos en Santiago. El violoncellista de la orquesta era de Praga, la escuela de música tenía muchos alumnos, la Banda de Música daba conciertos, el cine tenía orquestas, nosotros tocábamos fantasías, había confiterías con orquesta, y palco. En la retreta la Banda tocaba música de Chopin, de Verdi, de Donnizzetti, de todos esos maestros.

Llegó un periodista porteño en esa época y no podía creer el movimiento musical que se había en Santiago del Estero.

Por esa época tuve que ir a tocar a Tucumán, era chico, y salió un artículo en La Gaceta de Tucumán: “Santiago ya tiene un violín representativo, se llama Humberto Carfi ¿cuándo tendremos algo así en Tucumán? “

Ahora me quieren invitar para hacer un homenaje, les voy a decir “yo he sido profesor en cinco universidades y Santiago no se ha acordado de mí”.

Si a mí me contrataran, en cuatro años les elevo el nivel de la universidad, yo digo acá hay muchos coches pero no hay locomotoras.

Otro buen conjunto musical era el de los hermanos Simón, el chico de uno de ellos estuvo estudiando conmigo en Córdoba, músico de talento en el campo clásico, ahora hace música folklórica en Canadá. Otro buen músico era Orejita, Hugo Díaz, le decíamos así porque tenía una sola oreja. Una vez el Quinteto Llanos vino a mi casa, eran amigos míos, les digo “acá hay una música folklórica”: quedaron asombrados lo que hacía con la armónica. Lustraba zapatos, gustaba de zapatear y silbaba mientras lustraba. Tomaba mucho, se quemó por dentro, si alguno le decía algo contestaba “quiero morir contento”.

Cuando volví de Europa después de 10 años, me dijeron “acá hay un hombre que toca el arpa”, me interesa les dije. Yo me había casado con una arpista y conocía la temática, me llevaron a verlo, atravesamos el monte, íbamos con una comitiva en medio del monte, era difícil llegar al lugar. Llegamos, golpearon las manos y nos recibió, “pasen, ¿quien anda?”, me presentaron al cieguito Gallardo. Nos atendió con respeto típico del santiagueño “Bienvenido, pasen”, ese respeto indígena propio de la raza, esa mansedumbre que tiene nuestra gente, no es como el porteño atrevido. Cuando ví el arpa en un rincón me llamó la atención, era un arpa clásica, con pedales. En 1875 uno de los hermanos Herhart inventó en Europa un arpa con las cuerdas cruzadas, que permitía recursos musicales muy particulares, pero era un lío para tocarla. Eran casi una rareza en el mundo, y encuentro una en el medio del monte santiagueño ¡me quería morir! ¿Cómo ha llegado esto aquí? “Y no sé señor, yo toco algunas cositas, alguna zambita”. No podía creerlo, ni siquiera los arpistas sabían de ese instrumento y este hombre tocaba en ese instrumento tan difícil, no usaba los pedales, todo lo hacía con las cuerdas cruzadas.

Lo conocí también al ciego Aguirre, el arpista de Chazarreta, pero mi papá no me dejaba juntar con esos músicos. Mi papá quería que fuera músico, y yo quería ser abogado, y también boxeador. Me gustaba mucho el fútbol, a los 16 años jugué en primera en Central Córdoba. En aquella época se jugaba realmente al fútbol, se jugaba limpio, ni siquiera apoyarse para cabecear.    

Es cierto, en el folklore no hay grandes violinistas, porque el género no exige gran cosa. Mire, mi hermano le decía “Dígame Don Sixto ¿cómo hace cuando tiene que cambiar de posición” Vea mijito, le contestaba, yo me pongo en la mitad del mango y de ahí no me muevo. Mire si hubiera estudiado....

Hablando de luthiers, recuerdo que en Roma conocí uno que en ese tiempo ya era famoso, un hombre que tendría como 68 años, de apellido Zannino, yo tendría 22. Era napolitano, vivo como él solo, había estado en París y vendió un violín falsificado: lo corrieron. Después hizo correr la voz que había un viejo sacerdote franciscano, que vivía en una iglesia lejana, en Nápoles y tenía un violín viejísimo. Andaba un inglés buscando un violín, se enteró del dato y después de largo andar y vencer muchas dificultades, cruzó la comarca, y encontró al monje. Este lo llevó a un lugar apartado, envejecido, casi destrozado, y le muestra finalmente un violín casi roto, lleno de tierra. El tipo se lo compró sin dudar por la plata que le pidieron: lo cagó, era él que se había disfrazado de monje. Lo querían linchar después...

A veces me invitaba a comer, se llamaba Vincenzo, me hablaba en italiano y me decía “Mirá, vos te haces unos cuantos violines, te los llevás a la Argentina y en 10 años los vendés por auténticos” Nó, don Vicente “mirá: estos parten para Roma” y en el sofá tenía 8 violines hermosos listos para enviar, y los vendía allá a una casa de música por auténticos, realmente falsificaba tan bien que los hacía pasar por buenos. No me podía convencer, un día se enojó y me dijo “Yo soy capaz de hacerte a vos de madera y ni tu madre te va a reconocer” ¡Cómo imitaba, era un artista falsificando! El sonido salía un poco duro, pero sonaba perfecto.

Claro que el sonido tiene que ver con quien lo ejecuta, mire, esto me pasó hace muchos años en Buenos Aires, un tipo que después se fue a Norteamérica. Rabbamus se llamaba, lindo hombre, la señora había muerto en un bombardeo en Londres, empezó como luthier y un día me conoce, en ese tiempo ya era un violinista conocido. Me escuchó tocar y le gustó mi manera de interpretar, a partir de ahí cada vez que quería vender un violín me llamaba para que yo lo toque. Me decía “te doy el 20 por ciento de cada violín”, claro, no era un gran violín pero si uno lo sabe tocar le va a sacar un buen sonido, parece que es otra cosa. Al violín hay que jinetearlo...

Hablar de música me encanta, cuando estaba en la Sinfónica de Tucumán salíamos de tocar los ensayos a las 11 de la noche, nos íbamos para el café, eran las 5 de la mañana los tipos se quedaban dormidos y yo seguía conversando de música, contando cosas. Por ahí me decían “oiga amigo ¿usted no se cansa nunca, se alimenta con dinamita?”, y eso que estoy viejo, pero antes he sido incansable. Vea, después de un partido de fútbol subía a tocar el violín ¿cuántas veces jugaba un partido a la tarde y a la noche tocaba el violín?, ahora no puedo ni caminar.

Muchas veces me llamaban para tocar en la iglesia y me pagaban unos pesitos, claro, había una misa a las 11 y yo jugaba en los infantiles en Central Córdoba, había partido y no me lo iba a perder. Terminaba de jugar y con los botines de fútbol puestos me iba en el coche, de esos tirados por caballos, subía a la iglesia con los botines y tocaba, no tenía tiempo de vestirme.

¿Julio Jerez? Sí, claro, vivía cerca de casa, allá por 1925 o 1928 en la calle Mitre, famoso era. Esos son músicos natos que si hubieran tenido una cultura musical hubieran llegado quien sabe dónde, es una pena que se desperdicien ciertos talentos. Lo mismo que el caso de Sixto, él se ha hecho solito, si hubiera tenido la posibilidad de estudiar música... De todas maneras, esta gente es necesaria en el folklore.

Esta nena que estoy dirigiendo tiene capacidad para llegar a ser una gran violinista, tiene talento, ella apunta arriba. Eso sí, yo le dije: esto exige dedicación total, hay que resignar muchas cosas y postergar otras, si no nada. Nosotros tenemos talento, acá hay mucho material.

En Santiago todos son músicos, todo el mundo toca, es algo más natural que en otros lados, no sé por qué. Yo les digo, aprovechen ese talento, le he dicho al gobernador “pongan una escuela en serio, va a ver que músicos van a salir”, tienen un oído, un ritmo, creo que eso es telúrico. Allá todavía hay gente que habla en quichua, yo conozco algunas palabras.

Hace muchos años me invitaron al Hotel Alvear en Buenos Aires, fuimos a tocar con Pezzini y otro músico que no recuerdo el nombre, peronista era. Había venido un famoso músico ruso, en esa época las relaciones con la Unión Soviétivaeran así..., entonces el tipo vino con los guardaespaldas, unos gigantes de 2 metros. Yo estaba sentado con Pezzini, nos habían invitado al hotel para conversar sobre música, en la mesa todos hablaban en inglés. Uno de estos guardaespaldas se llamaba Zubrysnky, y le hice algunas preguntas en inglés “¿Cuál es el sistema técnico de la escuela violinística en Rusia”, no hubo respuesta? ¿Cómo se estudia? Tampoco hubo respuesta, así me pasó varias veces. Después me dice Pezzini, en esos momentos solista del teatro Colón, “Carfi, me parece que con estos rusos no tenemos nada que hacer acá, únicamente que les hablé en quichua”, y dije un par de palabras en quichua. El ruso se dio vuelta inmediatamente y apuntándome con el dedo me dice “Quichua santiagueño”, me quedé asombrado. ¿Y cómo es que un ruso puede reconocer el quichua santiagueño? La respuesta era que cuando mandaban gente al extranjero, los preparaban para poder reconocer y entender otras lenguas, aún las menos convencionales. Me quedé frío, nunca hubiera imaginado que ellos hubieran podido entenderme, mire que yo había estado tantos años en Europa, conocí y hablé varios idiomas, pero en quichua...            

Acotaciones personales:

Más allá de su relevancia internacional, Humberto Carfí sentía un gran orgullo de su identidad cultural que conoció y absorbió desde su niñez en Santiago del Estero, provincia donde se han rescatado y desarrollado las corrientes más puras y genuinas de nuestra música folklórica.

Las grabaciones donde intervino con Los Hermanos Abalos creo que son de 1943. Los Hermanos Abalos llegaron a Buenos Aires en 1939 y en 1943 comenzaron sus primeras grabaciones. Ellos pensaban que su formación (piano, guitarras, bombo, quena) era demasiado “pobrecito” y querían presentarlo enriquecido con el sonido de violinistas que ya tocaban en el Teatro Colón. Además, eran amigos personales de don Humberto, del mismo lugar originario y de su misma edad. Actualmente queda un solo sobreviviente de aquella agrupación, se llama Vitillo Abalos y tiene actualmente 92 años.

Con Humberto Carfí esa noche hicimos un brindis por dos cuestiones en común: la admiración por la música santiagueña y la fecha de cumpleaños en común. Ambos nacimos en la misma fecha: Carfí nació un 22 de julio de 1913 y yo en 1944.

Fuente: humberto-carfi.jimdofree.com