martes, 8 de septiembre de 2026

La expedición olvidada que reveló los secretos de la Sierra de Guasayán

Entre brújulas, caminos de monte y caseríos dispersos, un geólogo recorrió hace más de un siglo uno de los territorios menos estudiados de Santiago del Estero.



La Sierra de Guasayán se integró al mapa santiagueño de forma tan natural que cuesta recordar lo poco que se sabía de ella hace cien años. A comienzos del siglo XX, la información científica sobre el oeste provincial era mínima: no había cartografía precisa, los estudios geológicos contados con los dedos de una mano se enfocaban casi exclusivamente en la caliza, y buena parte de lo que se daba por cierto provenía de relatos orales. Para saldar esa deuda, en septiembre de 1921 se puso en marcha una expedición con un objetivo concreto: recorrer, medir y documentar la geografía serrana.

Un territorio fuera de los mapas

A principios de los años veinte, la Dirección General de Minas, Geología e Hidrología encomendó este relevamiento a pedido del gobierno de Santiago del Estero. La región representaba un reto logístico evidente: un terreno áspero, de difícil acceso y con poblaciones muy aisladas entre sí.

El punto de partida fijado para la travesía fue la localidad de Choya.

Relevar el terreno en 1921

Explorar Guasayán en esa época exigía adaptarse a las condiciones del terreno. Sin rutas ni mapas confiables, los traslados se hacían a lomo de mula o a pie por huellas abiertas en el monte. Los únicos instrumentos para fijar rumbos y calcular altitudes eran la brújula y el barómetro anerode, sumados al conocimiento práctico de los pobladores locales.

Tras unas primeras observaciones en los alrededores de Choya, la expedición avanzó hacia la Sierra de Ancaján. Continuó por los senderos del Mojón y La Bajada, atravesando parajes como Las Peñas, Tres Cerros, Las Higuerillas y La Calera.

El cruce de la Sierra de Guasayán se hizo a través de la Quebrada de la Puerta del Jardín. De allí pasaron por Guampacha, Las Juntas y el antiguo pueblo de Guasayán, que ya por entonces mostraba un marcado despoblamiento. En cada parada se tomaban notas de relieve, muestras de roca y esquemas de la estructura del suelo.

Del extremo norte al problema del agua

Desde el pueblo de Guasayán se organizaron salidas hacia Santa Bárbara, en el extremo norte de la cadena serrana. La ruta siguió por Los Cerrillos, Santa Catalina, Sol de Mayo, la Quebrada de Maquijata y el Cerro de Ichagón. Tras realizar observaciones durante varios días en Villa de La Punta, el grupo cerró esta primera etapa regresando a Choya a fines de noviembre de 1921.

El trabajo, sin embargo, cobró una segunda dimensión al año siguiente. En 1922, una nueva misión priorizó la búsqueda de fuentes de agua potable e industrial para las poblaciones de la zona.

Esta segunda etapa volvió a salir de Choya y cubrió el trazado ferroviario entre Frías y la capital provincial, además de los bordes de las Salinas Grandes, sectores donde el conocimiento geológico previo era prácticamente nulo.

Croquis a mano y baqueanos

Frente a la falta de cartografía oficial —o la inexactitud de los pocos planos existentes—, el trabajo de campo exigió levantar croquis topográficos sobre la marcha. Las distancias, pendientes y alturas se calculaban de manera artesanal.

Como el tiempo no alcanzaba para llegar a cada caserío disperso, las entrevistas con baqueanos y vecinos resultaron claves. De esas charlas surgieron datos precisos sobre vertientes, picadas, pasos en las quebradas y comportamientos de las vertientes en épocas de sequía.

El regreso y el valor del registro

La exploración se extendió hacia las Termas de Río Hondo, recorriendo ambas márgenes del Río Dulce, y emprendió el regreso por Doña Luisa, El Tableado, Valparaíso y Villa de La Punta.

El 20 de enero de 1923, tras meses de trabajo continuo en el monte, el investigador regresó a Buenos Aires con libretas de apuntes, perfiles geológicos y decenas de croquis.

Más allá de la escala modesta que puedan tener estos documentos frente a los relevamientos satelitales actuales, la expedición de 1921-1923 constituyó el primer diagnóstico técnico riguroso de la Sierra de Guasayán, transformando datos dispersos en información geográfica útil para la provincia.

 

lunes, 7 de septiembre de 2026

Santiago del Estero: la agonía silenciosa del bosque chaqueño. Cómo una provincia que fue potencia forestal perdió el 69% de sus bosques nativos en un siglo

 Por Leyendas del folclore santiagueño

En 1900, Santiago del Estero producía 700 mil toneladas de leña anuales -siete veces más que Misiones-. Hoy, sus quebrachales centenarios son fantasmas: el 88% desapareció por los desmontes, la soja y una ley que castigaba a quienes no talaban. Esta investigación revela cómo se desangró una de las últimas fronteras verdes de Argentina, mientras Europa nos da una lección: "Un bosque es un préstamo de nuestros hijos".

 

Crédito: Gustavo Tarchini

El árbol era viejo, ancho como la espalda de un dios de monte. Dicen que su tronco tenía un metro y medio de diámetro, que su sombra podía refrescar a media docena de cabras y que, cuando cayó, allá por los años 50, nadie pensó que también estaba cayendo un símbolo.

Lo cortaron para extraer tanino. Después hicieron durmientes, postes y carbón con su madera. Al final, lo único que quedó fue el hueco. Y el eco.

Hoy, sobre esa misma tierra, los árboles no superan el grosor de una pierna humana. La imagen tiene algo de distopía: un bosque ralo, todavía joven, que parece demasiado pequeño para ocupar el lugar de lo que hubo.

Santiago del Estero perdió seis millones de hectáreas de monte nativo en el último siglo, según datos del Primer Inventario Nacional de Bosques Nativos (2001) y actualizaciones del PIARFON-UNSE. Para imaginar la magnitud, son unas treinta veces la superficie de la Ciudad de Buenos Aires.

Y queda un dato difícil de ignorar: la provincia que alguna vez alimentó con su madera los fuegos del progreso ferroviario hoy importa madera de Paraguay.

La fiebre del tanino: Europa curtía y el norte sangraba

Todo empezó con un barco.

En 1888, desde Buenos Aires partió el primer cargamento de quebracho colorado santiagueño rumbo a Alemania, según documenta el clásico "Maderas y Bosques de la Argentina", de José María Tortorelli (1956). La madera más dura del continente se convirtió en el oro rojo del Cono Sur. Europa necesitaba tanino para curtir cuero y Argentina tenía una enorme reserva natural de quebracho.

Para 1920, el país tenía 19 fábricas de tanino. Dos estaban en Santiago del Estero.

Al principio, el aprovechamiento tenía ciertas reglas. Se talaban árboles maduros y se respetaban los ciclos del monte. No se lo intervenía de cualquier manera.

Eso cambió. El mercado empezó a exigir más y más madera, y el tiempo de recuperación del bosque dejó de importar.

"El exterminio vino después, cuando empezamos a cortar hasta los renuevos de 15 años", explica el ingeniero forestal Néstor Ledesma, entrevistado para este informe y vinculado a distintos trabajos de la UNSE.

Ahí comenzó una diferencia que todavía pesa: sacar madera podía hacerse en unos pocos años. Recuperar un quebrachal, en cambio, podía llevar generaciones.

La ley del hacha: cuando conservar fue un pecado fiscal

En 1996, el gobierno provincial sancionó la Ley 6309, una norma que gravaba con hasta cinco veces más impuestos a los propietarios de tierras consideradas "improductivas".

La paradoja era difícil de ignorar: conservar un bosque podía significar pagar más que desmontarlo.

"Desmonten o paguen". Esa fue, en los hechos, la presión que enfrentaron muchos propietarios. Y desmontaron.

Entre 1990 y 2003, 423.424 hectáreas se convirtieron en campos de soja. Solo entre 2000 y 2003, otras 253.028 hectáreas fueron arrasadas, según registros de deforestación citados en informes del PIARFON-UNSE (2003-2005).

"Era como premiar a quien tira abajo una catedral para vender sus ladrillos", ironiza Ledesma.

Los jinetes del desmonte

1. Inversores sin raíces

Hoy, más del 60% de los desmontes son realizados por empresarios de Córdoba, Santa Fe y Chaco, de acuerdo con datos del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible de la Nación. Muchos llegan atraídos por el bajo costo de la tierra, que puede ser hasta cinco veces menor que en la Pampa Húmeda, y por una legislación forestal que durante años permitió un margen amplio para avanzar sobre el monte.

2. Ingenieros permisivos

Un informe de la Universidad Nacional de Santiago del Estero (UNSE) denuncia la existencia de profesionales que firman planes de desmonte para campos que ya habían sido devastados.

El mecanismo señalado es sencillo: reciclar viejas guías forestales y utilizarlas para continuar extrayendo madera ilegal sin despertar demasiadas sospechas.

3. Campesinos acorralados

En las zonas más pobres del interior santiagueño, las familias que no tienen título de propiedad quedan expuestas a una situación todavía más compleja.

"Si no cortás vos, te lo sacan otros", resume un campesino de Quimilí entrevistado para esta crónica.

Cortar es, muchas veces, la única manera que encuentran para marcar un territorio sobre el que no tienen papeles.

4. El Estado ausente

Desde 1950, la Argentina cuenta con la Ley 13.273 de Defensa de la Riqueza Forestal. Sin embargo, durante décadas no se implementó en Santiago del Estero un plan de manejo forestal efectivo capaz de frenar la degradación del monte.

La ley existe. Los árboles, ya no tanto.

Donde todavía brota resistencia

Desde 2003, la UNSE coordina el PIARFON, Proyecto de Investigación y Acción para la Recuperación del Bosque Nativo. El objetivo es recuperar el monte chaqueño desde una mirada integral y promover formas de aprovechamiento que no dependan de su destrucción.

Los resultados señalados por el proyecto incluyen:

  • Recuperación de 50.000 hectáreas mediante enriquecimiento con especies nativas.
  • Promoción de mercados alternativos vinculados con la miel, los frutos y la leña legal.
  • Incorporación de 120 familias campesinas al manejo sustentable del monte.

La idea central del proyecto puede resumirse en una frase: "un bosque vivo vale más que una soja muerta".

No es solo una discusión ambiental. También es una discusión sobre qué actividades pueden sostener a una comunidad cuando el recurso que las rodea tarda décadas, incluso siglos, en recuperarse.

El espejo alemán

"En Alemania, nadie corta un roble antes de los 150 años", señala Ledesma. Allí, el bosque se entiende como un legado que pasa de una generación a otra. En Santiago, durante mucho tiempo, conservarlo fue tratado como un costo.

Según el Primer Inventario Nacional de Bosques Nativos (2001):

  • En 1966, el 38% del territorio santiagueño era bosque.
  • En 2006, solo quedaba el 12%.

Los quebrachos, una de las especies emblemáticas del norte argentino, crecen apenas entre 4 y 8 milímetros por año. Un ejemplar de un metro de diámetro puede requerir casi 200 años para alcanzar ese tamaño.

La soja, en cambio, puede estar lista para exportarse en apenas unos meses.

Ahí aparece una de las mayores contradicciones del modelo: el monte necesita generaciones para crecer, mientras que una hectárea desmontada puede empezar a producir en una sola campaña.

Europa paga hasta US$300 por hectárea a quienes conservan bosque nativo, según políticas de la Unión Europea relacionadas con servicios ecosistémicos. En Santiago del Estero, desmontar puede resultar más rentable: hasta US$500 por hectárea en soja.

El mercado premia la tala. La historia, no.

Epílogo: la flor amarilla

En Santos Lugares, un niño muestra un vinal joven que plantó su abuelo.

"Cuando sea grande, va a tener flores amarillas", dice.

No hace falta agregar mucho más.

En esa frase aparece, de manera sencilla, una pregunta que atraviesa toda la historia del monte santiagueño: ¿seguiremos midiendo el bosque en pesos por hectárea o empezaremos a verlo también como algo que se entrega a quienes todavía no nacieron?

Como escribió el jefe Seattle: "El hombre no tejió la red de la vida; es solo un hilo. Lo que hace con ella, se lo hace a sí mismo."

Fuentes citadas

  • Sgo. del Estero, una mirada ambiental.
  • Primer Inventario Nacional de Bosques Nativos (2001), Secretaría de Ambiente de la Nación.
  • Informes técnicos PIARFON-UNSE (2003-2005).
  • Maderas y Bosques de la Argentina, José María Tortorelli (1956).
  • Entrevistas a Néstor Ledesma, ingeniero forestal, Universidad Nacional de Santiago del Estero.
  • Ley 6309, Provincia de Santiago del Estero (1996).
  • Ley Nacional 13.273 de Defensa de la Riqueza Forestal.
  • Informes sobre servicios ecosistémicos, Comisión Europea (2020-2024).
  • Entrevistas de campo realizadas entre julio y agosto de 2025 en Quimilí, Tala Atun y Santos Lugares.

 


Donde nace el agua: La boca toma olvidada del canal San Martin

 Los restos de un antiguo canal de riego asoman al sol santiagueño, conectando el presente con una historia del agua, el trabajo y la esperanza. Lo que fue un proyecto de principios del siglo XX ahora emerge como patrimonio de la ciudad, entre viviendas modernas y la orilla del río Dulce.


 

En Santiago del Estero, el agua siempre tiene historia.

Al pie del río Dulce, una excavadora remueve tierra y escombros cuando aparece algo inesperado: un viejo muro de ladrillos y compuertas de hierro. Es la antigua bocatoma de un canal que durante décadas llevó agua hacia las tierras de riego. Una estructura que había quedado olvidada vuelve ahora a quedar a la vista.

Ríos antiguos y acequias coloniales

La historia del riego santiagueño se remonta, al menos, a 1689. Para entonces, la villa ya contaba con un padrón de regantes: agricultores que aprovechaban los bañados del río Dulce para trabajar sus chacras.

Durante la época colonial, la ciudad se abasteció mediante la antigua acequia Municipal, luego llamada Real y finalmente Belgrano. El canal llegaba hasta el corazón de la ciudad y formaba parte de una infraestructura fundamental para una población que dependía del agua del río.

Aquellas primeras obras fueron dando forma, de manera lenta pero sostenida, al sistema de riego que después se extendería por buena parte de la región.

El canal San Martín: una obra decisiva

A comienzos del siglo XX, el crecimiento de Santiago del Estero planteaba una necesidad cada vez más evidente: hacía falta disponer de más agua y ampliar las tierras productivas.

En 1913, durante el gobierno de Antenor Álvarez, se puso en marcha una de las obras más importantes de ese período. La Ley Nacional Nº 460 dispuso la construcción de un canal desde el río Dulce, con toma en el paraje Tarapaya, hasta Villa San Martín. Eran más de 60 kilómetros destinados a llevar agua para el riego de extensas superficies.

La construcción del canal matriz comenzó a fines de 1913. Ingenieros y obreros trabajaron durante años hasta que, finalmente, el 23 de marzo de 1916, quedó habilitado para el servicio.

Con el tiempo llegaron nuevas obras. En 1940 se construyó el dique derivador Los Quiroga y, durante la década de 1950, el sifón que permitía atravesar el río Dulce. Estas incorporaciones modificaron el funcionamiento del sistema y la manera en que el agua llegaba a los canales San Martín y Municipal.

La antigua bocatoma dejó entonces de cumplir la función para la que había sido construida. Sin uso y expuesta al paso de los años, comenzó a deteriorarse. Poco a poco, quedó fuera de la vida cotidiana de la ciudad.

Entre la obra moderna y una estructura olvidada

Ahora, mientras la ciudad avanza con un nuevo barrio de unas 900 viviendas y se extiende la costanera norte junto al río, aquella estructura volvió a aparecer.

Los trabajos de limpieza realizados en el sector comprendido entre la toma de agua y la salida del viejo sifón dejaron al descubierto parte de la antigua construcción. Allí aparecieron las estructuras de mampostería, con sus compuertas de ladrillo y hierro y las almenas de contención.

Según explicó el ingeniero santiagueño Carlos Michaud, la bocatoma recibía el agua a través de un canal que llegaba desde El Deancito, ubicado unos 5 kilómetros aguas arriba. Durante los períodos de estiaje, el agua ingresaba por ese canal. Cuando el río crecía, en cambio, el caudal alcanzaba directamente la entrada de la bocatoma y socavaba sus bordes.

La estructura permite imaginar cómo funcionaba aquel sistema y, sobre todo, la importancia que tenía el manejo del agua en una ciudad asentada junto a un río, pero ubicada en un territorio donde disponer de ella nunca fue un asunto menor.

Los ladrillos y el hierro que hoy vuelven a quedar expuestos forman parte de esa historia. Son restos de una infraestructura que durante años permitió conducir el agua desde el río hacia las zonas de riego.

Una memoria que merece conservarse

El hallazgo también plantea una pregunta inevitable: ¿qué hacer con una estructura que forma parte de la historia de la ciudad?

Habitantes y especialistas ya impulsan la posibilidad de incorporar la antigua bocatoma al patrimonio cultural santiagueño. Preservarla permitiría conservar una parte de la historia de las obras hidráulicas que hicieron posible el desarrollo de la ciudad y de sus áreas productivas.

No se trata solamente de mantener unos viejos muros. La bocatoma permite entender cómo generaciones anteriores enfrentaron una necesidad concreta: captar, conducir y distribuir el agua en un territorio donde ese recurso siempre tuvo un valor fundamental.

Hoy la ciudad crece alrededor de aquella estructura. La costanera cambia, aparecen nuevas viviendas y la maquinaria sigue avanzando. Pero, debajo de esa transformación, permanece una parte de la infraestructura que durante décadas acompañó el crecimiento de Santiago del Estero.

La antigua bocatoma, después de tantos años, volvió a quedar a la vista. Y con ella reaparece una historia que estaba allí, a pocos metros del río Dulce, esperando ser reconocida.

Conservarla sería también conservar la memoria de una ciudad que aprendió, generación tras generación, a vivir y crecer alrededor del agua.

 


Fortunato Juárez

Don Fortunato Juárez falleció en Santiago del Estero el 7 de septiembre de 2000, a las tres de la tarde. Tenía 75 años.



Había nacido el 9 de enero de 1925 en Villa San Martín, hoy Loreto, aunque toda su familia era de la histórica Villa Loreto. Allí, en aquel mundo donde el quichua y el castellano convivían naturalmente en el habla cotidiana, creció entre las costumbres y las voces de una "gente feliz, de paz y respeto". Era una comunidad que, sin embargo, tuvo que atravesar un profundo cambio: en 1907, casi toda la población debió trasladarse al actual emplazamiento.

En ese ambiente creció Fortunato. Y allí también comenzó a nacer su vínculo con la música.

Contaba que su abuelo materno, Tatacu Carmen, y su padre eran carpinteros y músicos. Sus hermanos también fueron folcloristas. No resulta difícil entender, entonces, de dónde nació en Fortunato ese deseo de seguir los pasos de sus mayores. La música estaba cerca, formaba parte de su entorno familiar y de su vida cotidiana.

Cada día aprendía algo nuevo de la guitarra. Ese aprendizaje se profundizó cuando llegó a la ciudad de Santiago del Estero, donde ejerció distintos oficios.

Pero la vida también le puso obstáculos.

Un accidente de trabajo, mientras se desempeñaba en una empresa textil, le hizo perder una falange del índice de la mano izquierda. Para un guitarrista, una lesión así podía convertirse en una dificultad enorme. Sin embargo, aquello no le impidió continuar tocando y cantando.

Fortunato siguió adelante.

Con el conjunto Los Hermanos Juárez recorrió el país llevando la música tradicional santiagueña a distintos escenarios. Allí también encontraron lugar las creaciones de Fortunato e Higinio Juárez, que fueron incorporándose al repertorio que el conjunto difundía.

Y cuando no actuaba con sus hermanos, Don Fortunato no se alejaba de la música.

Aceptaba toda invitación para cantar. Se integraba a grupos costumbristas y, cada domingo que estaba en Santiago del Estero, llegaba a la radio con su guitarra para compartir con la gente del Alero Quichua Santiagueño.

Era una presencia constante, cercana, sin necesidad de grandes escenarios para hacer sentir su música.

En los primeros años del Alero Quichua, Don Fortu estuvo muy unido al grupo nativista. Con el tiempo, su participación también tomó otros caminos. Supo asesorar al Secretario de la Comisión Directiva para el correcto manejo de libros, documentos y trámites.

Pero su vínculo con el Alero no se quedó en los papeles ni en la organización.

Fue integrante del elenco que ponía en escena la obra "Casarácoj" ("El Casamiento"), de Don Carlos Maldonado. Durante aquellos viajes a distintos lugares de nuestra provincia y también a Buenos Aires, la gente del Alero tuvo la oportunidad de conocer aún mejor a aquel creador de personalidad humilde y sencilla.

Porque detrás de sus canciones había también una manera de vivir y de entender la cultura: cercana a la gente, ligada a la tradición y profundamente arraigada en su tierra.

Sus creaciones comenzaron a ocupar distintos escenarios del país. Y son muchas las obras que forman parte de ese legado.

Entre ellas se encuentran "Bienhaiga con el Mocito", "Para mi Pago", "De Ahicito", "Así era mi Mamá", "Loretano Soy", "El Violín de Tatacu", "Chacarera del Chilalo", "El Huajchito", "Sumampa Viejo", "Plaza Libertad", "Soy Santiagueño que Vuelve", "El Linyerita" y "Paisanita de mi Pago".

Son muchos temas criollos. Muchas canciones que, de una u otra manera, fueron dejando su marca en el cancionero santiagueño y argentino.

Pero quizá la dimensión más profunda de su obra no esté solamente en las canciones que compuso.

Don Fortunato Juárez también formó nuevos guitarreros y cantores. Y esa tarea tuvo una característica que dice mucho de su manera de hacer las cosas: fue una labor sin estridencias, pero con grandes resultados.

Sembró.

Lo hizo a lo largo de su vida, transmitiendo conocimientos y ayudando a que otros encontraran en la guitarra y en el canto un camino para continuar con la tradición.

Y una siembra de esas características no termina cuando quien la realizó deja de estar.

Sus canciones siguen siendo cantadas. Los conocimientos que transmitió encontraron continuidad en otros músicos. La música que recibió de sus mayores pudo pasar, a través de él, a nuevas generaciones.

Así, la historia de Fortunato Juárez no queda solamente en la fecha de su nacimiento ni en aquella tarde del 7 de septiembre de 2000 en que murió.

Queda en sus canciones.

Queda en los escenarios que recorrió.

Queda en el Alero Quichua Santiagueño.

Y, sobre todo, queda en los guitarreros y cantores que ayudó a formar.

Porque Don Fortunato Juárez no solamente creó páginas para la música argentina. También ayudó a que esa música tuviera quién la siguiera cantando.

Esa fue su siembra.

Y mientras sus canciones sigan sonando, sus frutos seguirán apareciendo.

 

La historia detrás del Fortín El Bracho: fortaleza, castigos y leyenda

 



¿Escuchaste hablar alguna vez del Fortín El Bracho? Está bien metido en la historia de Santiago del Estero, en el departamento Avellaneda, a unos 60 kilómetros de Matará. Nació allá por el siglo XVII con un fin muy concreto: ser un puesto militar en la frontera para frenar los avances indígenas, con soldados apostados ahí de forma permanente.

Pero con los años el lugar tomó un rumbo mucho más oscuro. En la época de Juan Felipe Ibarra, el fortín se transformó en una cárcel de destierro para sus enemigos políticos. A los presos los llevaban caminando hasta allá y los dejaban a su suerte, durmiendo a la intemperie, aguantando el clima, las alimañas y hasta el peligro de los pumas. Sufrían latigazos, humillaciones, trabajos forzados y fusilamientos.

Ahí estuvo encerrada una mujer conocida como "La Tigra", pero la historia que más conmovió a la provincia fue la de Agustina Palacio de Libarona. Agustina decidió acompañar voluntariamente a su marido prisionero, José María, quien terminó enloqueciendo por los tormentos y murió en el lugar. Ella volcó todo ese dolor en unos manuscritos que la convirtieron en una heroína popular.

Tiempo después, los hermanos Taboada usaron el fortín como centro de operaciones. Varios cronistas de la época lo describieron y contaban que parecía casi una fortaleza medieval: tenía una empalizada fortísima, un foso profundo, casillas de guardia, un mangrullo elevado para vigilar y un cañón apuntando al este. Alrededor no había vegetación alta, justamente para detectar a cualquiera que se acercara.

Adentro del recinto estaba la vida cotidiana. Había casas, un molino harinero y algo de ganado para alimentarse. A los soldados no les pagaban con dinero; a cambio de su servicio, les daban una parcela de tierra para que la trabajaran.

¿Qué fue de él? A fines del siglo XIX y principios del XX, la situación en la región cambió por completo. La Conquista del Chaco, la llegada de los inmigrantes y el avance del ferrocarril hicieron que el fuerte perdiera su sentido estratégico, quedando abandonado para siempre.

 

El poeta de las tardes amarillas: Vida, obra y resistencia de Dalmiro Coronel Lugones

 


Olvidado por las instituciones, pero sostenido por la memoria popular, Dalmiro Coronel Lugones se levanta como una de las voces más potentes de Santiago del Estero. Hay creadores que habitan los anaqueles del olvido oficial, y otros que persisten en la respiración de su pueblo: allí germina su figura. Su voz no demanda homenajes de mármol; le basta el latido de una zamba, el susurro de un romance o la simple mención del monte para encender de nuevo su presencia.

Un tributo en Sumampa devolvió su melodía al viento. Durante la consagración de la Patrona de la provincia, la voz joven de Sergio Luna rescató "A la Virgen de Sumampa", obra compuesta en 1965 y preservada en la penumbra de los años. Entre la devoción popular y las luces del santuario, la palabra de Dalmiro volvió a hacerse carne, marcando el inicio de un itinerario hacia el corazón de su memoria.

Aquel hallazgo condujo a La Banda, a la mítica calle Alberdi. La búsqueda de unos discos derivó en el encuentro con Cergio Coronel, hermano menor del poeta, quien a sus 84 años custodiaba el archivo afectivo de la familia. Entre retratos y vivencias, emergió la estampa del escritor nocturno, aquel que envelaba las madrugadas frente a la máquina de escribir para dejar constancia de los fantasmas y bellezas de su tierra.

Nacido el 6 de julio de 1919, tataranieto de héroes de la Independencia, Dalmiro mamó la poesía en la inmensidad del patio paterno. A los once años vertía en versos el amor a su madre, doña Anselma, y el respeto entrañable hacia don José Pío, su guía fundamental. Ese universo doméstico, arbolado y terroso, moldeó la mirada del orador brillante, del estudiante de Derecho que deslumbró en Buenos Aires, del lector voraz en lenguas diversas y del militante perdedor de sosiegos que pagó caro su compromiso con las causas del pueblo.

Consagrado como el poeta épico de la santiagueñidad, su obra trasciende la mera acuarela costumbrista para erigirse en un tratado simbolista. Como bien señaló Adolfo "Bebe" Ponti, en su pluma el hombre y la geografía forman una sola entidad insostenible sin la presencia del otro. Sus versos no describen el monte o el salitral: los padecen, los celebran y los salvan de la nada. "Romance de mis tardes amarillas" y "Romance del río Dulce" se integraron al cancionero de Los Manseros Santiagueños, Raly Barrionuevo y Juan Carlos Carabajal, transformando el papel en canto colectivo.

Esa consagración tuvo su testimonio más fiel en el Sirio Libanés de La Banda, cuando la multitud desbordó el recinto para escuchar su voz afónica y magisterial. Sabía Dalmiro que la poesía sin mensaje carece de destino, y por eso eligió el romance castellano para dar voz a los mitos del sachayoj, la almita o el kakuy, entrelazando la tradición oral con la más alta exigencia literaria.

A pesar de haber recibido distinciones nacionales y la Gran Cruz de Caballero en España, de sus quinientas composiciones solo una porción mínima vio la luz en libros como Romancero del canto nativo y Tiempo de zamba y malambo. El resto permanece en el arcón de lo inédito. Hoy, cuando la tala indiscriminada desdibuja el mapa del monte que él caminó y describió con precisión de botánico y pasión de profeta, sus textos adquieren un valor de trinchera ecológica y cultural.

Ni el silencio impuesto por el centralismo ni la indiferencia de los catálogos oficiales pudieron apagar su fuego. Dalmiro Coronel Lugones no pertenece al ayer. Vive en cada guitarra que se afina al atardecer, en cada aula que nombra la tierra y en cada santiagueño que reconoce en su zamba la geografía intima de su propio corazón.

 

La pucha con el hombre: cuando la canción popular desnuda la contradicción humana

Hace más de 35 años, en un día de diciembre de 1986, nació una canción que no se quedó en los discos, sino que entró en la piel de quienes la escuchan. La pucha con el hombre, un escondido que se convirtió en un espejo de la condición humana, fue obra de Pablo Raúl Trullenque y Saúl “Cuti” Carabajal. No es solo una canción, es una conversación entre dos voces que, sin pretenderlo, nos descubrieron a nosotros mismos.

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Hay canciones que se limitan a sonar y otras que se transforman en verdaderos refugios. "La pucha con el hombre" pertenece a esta última clase: no busca entretener, nos mira directo a los ojos y sacude nuestras certezas con interrogantes devastadores: ¿qué nos define realmente como humanos? ¿Por qué cargamos con una contradicción tan destructiva? La respuesta no descansa en la letra, sino en el peso de la interpretación, el tono elegido y ese silencio abrumador que sobreviene al apagar la música.

Pablo Raúl Trullenque nació en Santiago del Estero el 15 de enero de 1934. La ausencia marcó su vida desde el origen: quedó huérfano de padre a los cuatro meses. Creció bajo la tutela intelectual de don Julio Argentino Jerez —autor de "Añoranzas"—, y antes de ser la voz filosófica de su tierra, se ganó la vida en la calle como lustrabotas, vendedor de diarios y ayudante de sastre. Esa crudeza cotidiana esculpió una sensibilidad poética única.

Tras moldear su talento animando fiestas y recitando sus propias glosas, en 1957 migró a Buenos Aires. Allí unió fuerzas con Roberto Rimoldi Fraga para gestar obras de fuerte arraigo como "Argentino hasta la muerte" y "Revuelo de ponchos rojos". Sin embargo, su mayor esplendor surgió al consagrarse como el pensador más profundo del folklore santiagueño.

En paralelo, Saúl “Cuti” Carabajal crecía en el barrio Los Lagos de La Banda. Nacido el 3 de marzo de 1947 como el menor de doce hermanos, la música fue su destino inevitable. Fundó "Los Changuitos" a los 13 años con su hermano Kali, creó Los Carabajal en 1967 junto a Agustín, Carlos y Kali, y tras un paso clave por Los Manseros Santiagueños, se estableció como un pilar autoral con obras como "Ciudad de La Banda" y "Santiago chango moreno".

El 18 de diciembre de 1986, con ambos creadores cargando años de ruta y desencantos, nació "La pucha con el hombre". La canción arranca con una sentencia desgarradora: “El hombre nace y muere a veces sin vivir”. ¿Acaso hay frustración mayor que llegar al final descubriendo que jamás se habitó la propia existencia? ¿Cuántas vidas se escapan pasando de la niñez a la vejez sin rozar la felicidad, buscándola en horizontes lejanos mientras se diluye al lado nuestro?

Trullenque no suaviza el diagnóstico:

“Tropieza tantas veces en una misma piedra / Fruta es que llega a pasar sin madurar”.

Es el retrato de nuestra propia impotencia: repetir el error, caer en el mismo tropiezo y pudrirse sin haber alcanzado la madurez. Sin embargo, en esa misma naturaleza habita un contraste abismal: “Es muy capaz de dar la vida o de matar”. Somos un río que fluye a ciegas entre la nobleza y el horror.

El hito más crudo y revelador del poema sentencia: “Solo se diferencia del reino animal / Porque es el hombre el único capaz de odiar”. Una verdad incómoda que nos despoja de toda superioridad moral. Pero cuando el abismo parece definitivo, la obra rescata el deseo de redención: mientras el ser humano conserve la capacidad de asombrarse, llorar y reír, seguirá siendo la fantasía que Dios creó. Aun en la ruina de sus contradicciones, late la capacidad intacta de amar, crear y soñar.

Impacto cultural

El impacto de este himno traspasó los límites del género musical:

  • En la academia: Se volvió objeto de análisis en universidades y centros de investigación. Académicas como María Elena de la Fuente destacaron su precisión para condensar la condición humana en un solo verso, convirtiéndola en pieza clave para la crítica social.
  • En lo social: Resonó con fuerza durante la incertidumbre de los años 80 y 90. Se entonó en bares, peñas y casas con el fervor de una confesión íntima, dando voz a quienes buscaban desesperadamente un sentido en medio de profundas crisis económicas y sociales.
  • En el arte: Dejó una marca imborrable en referentes como Mercedes Sosa, Atahualpa Yupanqui y León Gieco, impulsando a nuevas generaciones a abandonar la superficialidad comercial para cantarle a los abismos del alma.

En una época obsesionada con el consumo efímero y el éxito distante, "La pucha con el hombre" opera como un espejo implacable. Nos confronta con una última pregunta: ¿somos apenas una fantasía fallida, o es precisamente esta contradicción entre odiar y amar, entre destruir y soñar, la única fuerza capaz de transformar el mundo?