sábado, 4 de julio de 2026

Los hermanos sean unidos... ...sobre todo si son LOS CARABAJAL...

 


Doce hermanos. Todos varones. Todos santiagueños. Casi no hace falta decir: de allí pueden salir dos, tres conjuntos vocales... Y de la familia Carabajal, de La Banda, salieron elementos que integraron Los Cantores de Salavina, Los Manseros Santiagueños y ahora Los Carabajal. Agustín, Carlos, Cuti y Cali Carabajal integran, desde el 1º de enero de 1967, el conjunto que han bautizado, naturalmente, con su propio apellido.

Agustín integró los antiguos Cantores de Salavina; tiene 33 años, es casado y tiene una hija; Carlos estuvo hasta hace poco con Los Manseros Santiagueños; tiene 36 años, casado, dos hijos. Los dos menores, Cuti y Cali, tienen 20 y 19 años respectivamente y por supuesto son solteros.

—No estaban maduros —explica Agustín, el armonizador del conjunto, que, como séptimo hijo varón ha sido ahijado del ex presidente Justo:

Y agrega:

—Pero ahora ya están bien preparados y pueden actuar perfectamente.

Los Carabajal están preparando su primer disco para Diskorn: "Zamba de los yuyos", que cantan con extraordinaria fuerza; "El Pamperito", gato, la chacarera "Si yo fuera río", y "Por las trincheras", zamba de V. A. Giménez y Canqui Chazarreta. El disco tiene un título singular: "Los Carabajales".

Apenas tres meses tiene el conjunto, pero ya han actuado en la estancia "La Valeria" durante el último Festival de "A Lonja y Guitarra" y en diversas peñas: El Hormiguero, Mi Refugio, la de Figueroa Reyes.

—¿En qué se diferencian ustedes de otros conjuntos santiagueños? —les preguntamos.

Y Los Carabajal se miran con desconcierto:

—En realidad, nosotros no nos diferenciamos. Son los otros conjuntos los que descienden de nosotros... —nos contestan sin falsa vanidad—. Y sabemos que en bastante medida es así.

Los cuatro hermanos puntean la guitarra, los cuatro acompañan con la guitarra, los cuatro tocan el bombo, los cuatro cantan, con esa versatilidad que tienen los santiagueños para todo lo que sea música. Y todos viven exclusivamente de la música; no trabajan en otra cosa. Su madre vive en La Banda... "y en Santiago tenemos la sucur-sal, con cuatro hermanos más, que también cantan", nos explican.

—¿Y cómo nació la idea de agruparse?

—Adolfo Abalos, Horacio Guarany, Polo Giménez, mucha gente amiga nos decía que teníamos que formar el conjunto propio, en vez de estar gastando energías en otros... Y así lo hicimos por aquello de que "los hermanos sean unidos..."

—¿Cuál es, a juicio de ustedes, el conjunto santiagueño más importante?

—Los Hermanos Abalos.

—¿Y cuál ha sido la figura más importante del folklore santiagueño?

—Un conjunto: los Hermanos Díaz...

Como se advierte, el concepto de de hermandad influye en Los Carabajal hasta en sus gustos...

—Nuestro repertorio es exclusivamente del noroeste. No hacemos el género litoral porque no nos parece honrado interpretarlo cuando no es nuestra línea.

La visita de los hermanos Carabajal concluye con una interpretación: "Zamba de los yuyos". Escuchándola, pensamos que el Grupo Vocal Argentino hace una versión más afiatada, tal vez, pero no de mayor fuerza. Y cuando se van estos cuatro hermanos unidos, rumbo al éxito, pensamos que una señora santiagueña, madre prolífica de doce voces, ha de haber sido la que con más alegría recibió la noticia de la integración de este conjunto que es, realmente, la objetivación del viejo consejo de Martín Fierro a sus hijos. Porque los hermanos unidos... son indestructibles...

Publicada originalmente en Revista Folklore


viernes, 3 de julio de 2026

La Rubia Moreno de Agustín Carabajal

 


Una melodía sencilla y unos versos tomados del libro "Reflejos del salitral" del poeta Cristóforo Juárez, sirvieron para que un músico casi desconocido, hiciera un éxito. El poema originario, era demasiado largo para una zamba, de ahí que hubo necesidad de cortarlo y adecuar las estrofas restantes a la melodía, de tal manera que el conjunto no perdiera en sentido ni en belleza. Toda la tarea la realizó el compositor, que se sintió atraído por aquellas estrofas del poeta incógnito, que, sin embargo, le hablaba de una manera especial a su intimidad, casi como diciendo lo que él mismo quería expresar. Hacía más de veinte años que había sido editado aquel libro de poemas, pero la personalidad de "La Rubia Moreno" aún subyugaba a quienes lo leían, y en especial a aquel músico que quería dar voz a sus sentimientos.

"La Rubia Moreno" cobró voz y vida a mediados de agosto de 1965, y la inspiradora, que es muy conocida en Santiago, le dio en seguida fama a la canción.

Cuando "Los Manseros Santiagueños la oyeron, en seguida quisieron integrar su repertorio con ese canto a una mujer santiagueña y la estrenaron el 18 de noviembre.

Aunque músico y poeta se conocían desde años atrás, nunca habían imaginado una asociación para el cancionero. La circunstancia fue de lo más favorable, ya que, del primer intento, se llegó al éxito.

El concepto de tradicionalista estricto que observa el compositor, no le quita actualidad a su obra, que es recibida con entusiasmo por todos los intérpretes.

Nos confiesa: —Aspiro a convivir musicalmente con los que hacen los llamados “temas de vanguardia”. Y continúa: —Aunque esta zamba es mi primera obra, creo que es un aporte para nuestra música, lo que me anima a seguir componiendo, que, por otra parte, es lo más ambicioso. Quiero agradecer, además, públicamente, a todos los folkloristas que hicieron posible que esta zamba se conociera, demostrando ausencia de egoísmo y alto espíritu de compañerismo. Es realmente alentador para un compositor, que, siendo un desconocido, su voz llegue a todos los rincones de la patria, y que cantantes que no tienen amistad con uno, se acerquen para pedirnos que les “pasemos” alguna obra.

—¿Qué opina de sus colegas?

—La música popular cuenta con músicos e intérpretes capaces, que hacen posible que se supere continuamente. Además, es importante, comprobar que tanto los intérpretes como el público, se están volcando hacia las canciones auténticas y con verdadero espíritu folklórico.

—La “Rubia Moreno” me ha dado muchas satisfacciones. No solo el hecho de sus numerosas grabaciones, que pueden significar algún beneficio económico. También el haberme puesto en contacto con mucha gente, entre la que he encontrado verdaderos amigos. Tal vez la influencia de la personalidad de la verdadera “Rubia Moreno”, trasciende hacia sus autores, y nos regala con la aureola de afectividad de que ella disfrutaba. Y hasta es probable que la historia no termine allí. ¿Quién sabe si no encontramos a lo largo de la vida, muchas “¿Rubias Morenos”, en música y en persona, para hacer más agradable nuestra existencia...?

Nosotros creemos que, rubias o morenas, o rubias morenos, la obra de ambos creadores, va a estar jalonada de éxitos.

Articulo publicado por la revista “Folclore”

Guardianes de la niebla chaqueña: la odisea de los mataraes y su viaje a las entrañas del Tucumán colonial

Entre la cruz, el arco y el telar, la fascinante historia de una comunidad indígena que sobrevivió a tres siglos de transformaciones fronterizas actuando como el puente invisible entre dos mundos irreconciliables.

Por Leyendas del Folclore Santiagueño


En 1789, mientras Europa se asomaba a la Revolución Francesa, el jesuita José Jolís terminaba de escribir en el Gran Chaco su Ensayo sobre la historia natural del Gran Chaco. En sus páginas, Jolís dedicaba un espacio a una parcialidad indígena particular: los mataraes.

Al describirlos, el misionero señalaba que eran un grupo pacífico, pedestre y dócil en comparación con las tribus ecuestres que atacaban las estancias hispanocriollas. Sin embargo, Jolís tenía una duda. Sabía que existía un pueblo de indios llamado Matará a orillas del río Salado, en Santiago del Estero. ¿Eran esos indios sometidos los mismos que habitaban el interior del Chaco? El jesuita no estaba seguro, pero registró un dato clave: ambos grupos habían dejado atrás su lengua originaria —el tonocoté— para adoptar el quichua, la lengua que los conquistadores y doctrineros impusieron en el noroeste argentino para la catequesis y el control.

Esta duda resume una historia compleja. Los mataraes no eran originarios del río Salado; llegaron allí tras el colapso de Concepción del Bermejo. A lo largo de tres siglos, este pueblo sobrevivió transformándose en intermediario, guía, comerciante y soldado en una frontera que oscilaba entre la tregua y la guerra. Esta es la crónica de su transición entre el mundo hispano y el indígena.

Los labradores del Chaco y el colapso de Concepción del Bermejo

Para entender el origen de los mataraes hay que volver a 1585, cuando Alonso de Vera y Aragón, "el Tupí", se internó en el Chaco para fundar Concepción de Nuestra Señora del Bermejo. Su objetivo era conectar Asunción con el Tucumán y abrir una ruta hacia el Alto Perú.

Cerca de la nueva fundación, Vera y Aragón encontró tres grandes aldeas agrícolas; dos pertenecían a los mataraes. En una carta al obispo Francisco de Victoria, el conquistador afirmó haber descubierto a más de veinte mil indios agricultores con miles de fanegas de maíz. Aunque las cifras buscaban impresionar a la Corona, reflejaban una realidad: a diferencia de los guaycurúes, tobas o abipones, que eran cazadores-recolectores nómadas, los mataraes eran sedentarios, cultivaban la tierra, tejían algodón y vivían en aldeas estables. Esta condición facilitó su reparto en encomienda. El jesuita Alonso de Barzana se dedicó a evangelizarlos y llegó a estudiar el tonocoté, redactando gramáticas que hoy están perdidas.

Sin embargo, Concepción del Bermejo estaba rodeada por los "frentones", etnias guerreras que rechazaban la presencia española y el sometimiento de los agricultores. Atrapados en el conflicto, los mataraes sufrieron las consecuencias de su alianza forzada. Para la década de 1630, la presión indígena se volvió insoportable. En 1632, los vecinos y los indios sobrevivientes abandonaron la ciudad y escaparon hacia Corrientes.

El gran destierro: del Bermejo a las orillas del Salado

Tras la caída de Concepción, la población se dividió. Una parte cruzó el río Paraná y fundó el pueblo de Guacará en Corrientes. El grupo principal, en cambio, inició un traslado hacia el oeste, empujado por las autoridades coloniales que necesitaban mano de obra para el Tucumán.

Hacia la década de 1650, el gobernador dispuso su asentamiento definitivo en la frontera oriental del río Salado, en Santiago del Estero, una zona expuesta a los ataques chaqueños. Allí se fundó el pueblo de indios de Matará. El asentamiento mantuvo una estructura dual basada en dos cacicazgos traídos del Bermejo: Matará de Alonso de Vera y Matará de Melchor de Almonacid. Integrados como indios tributarios, las fuentes administrativas empezaron a llamarlos "indios cristianos" o "domésticos", y el término "Matará" pasó de designar al grupo étnico a convertirse en el topónimo que identifica a esa geografía hasta hoy.

La economía de la supervivencia

La vida en Matará combinaba las obligaciones de la encomienda con la autonomía económica. Santiago del Estero abastecía de textiles de algodón y lana a centros mineros como Potosí. Las inspecciones coloniales de finales del siglo XVII, como la del oidor Diego de Arregui, documentan que las mujeres de Matará pasaban los días en los telares fabricando ponchos y mantas que los encomenderos comercializaban.

Por su parte, los hombres aprovechaban su conocimiento del Chaco para internarse en el monte a recolectar cera y miel silvestre, y a cazar para obtener cueros. De este modo, se convirtieron en los proveedores oficiales de cera para las iglesias de Santiago, Córdoba y Buenos Aires. Además, actuaban como intermediarios comerciales autónomos: entraban a las tolderías de grupos no sometidos, como los vilelas, para intercambiar herramientas de hierro por tejidos y ganado, lo que les dio un margen de negociación frente a sus propios encomenderos.

Intérpretes y soldados de la Corona

A finales del siglo XVII y durante el XVIII, la adopción del caballo por parte de abipones y mocovíes intensificó la guerra fronteriza. En este escenario, Matará se convirtió en un punto estratégico de defensa. Sus hombres fueron incorporados a las milicias coloniales como "indios soldados". Aportaban habilidades clave: conocían los senderos del monte, rastreaban huellas y localizaban pozos de agua.

Los mataraes marcharon a la vanguardia en las expediciones de los gobernadores Esteban de Urizar (1710) y Gerónimo Matorras (1774). Asimismo, sirvieron como "lenguaraces" (intérpretes) en las reducciones jesuitas de Concepción de Abipones o San José de Vilelas, traduciendo oraciones y facilitando el contacto con las tribus del Chaco. Este servicio militar les permitió obtener la exención del pago del tributo, derecho que sus cacicazgos defendieron con éxito ante la Real Audiencia de Charcas durante el siglo XVIII.

Una identidad intermedia

Esta posición generó ambigüedad. Para las autoridades coloniales, los mataraes nunca dejaron de ser chaqueños; aunque rezaran y hablaran quichua, su relación fluida con los indios del monte despertaba sospechas de espionaje o complicidad en rebeliones. Al mismo tiempo, para las etnias libres del Chaco, eran vistos como colaboradores del opresor blanco. Vivían en una frontera cultural, combinando las pautas hispanas con los saberes del bosque.

Epílogo: el Matará criollo

El siglo XIX y las guerras de independencia desmantelaron el sistema de encomiendas y la estructura de los pueblos de indios. Hacia la segunda década del siglo, los registros oficiales dejaron de clasificar a los habitantes por su origen étnico y la comunidad se disolvió administrativamente dentro de la población rural de la provincia.

Los descendientes de los mataraes se integraron al paisanaje criollo de la frontera del Salado, formando parte de las milicias y montoneras federales de líderes como Juan Felipe Ibarra. Su herencia persiste en la actualidad en la toponimia de la localidad de Matará, en el quichua que aún se habla en la región y en las destrezas rurales de una comunidad que sobrevivió integrando dos mundos distintos.

Nota de origen: Este texto se basa en la investigación histórica de Judith Farberman: "Entre intermediarios fronterizos y guardianes del Chaco: la larga historia de los mataraes santiagueños (siglos XVI a XIX)", publicada en Nuevo Mundo Mundos Nuevos (2011). Las citas de José Jolís (1789) y Alonso de Vera y Aragón (1585) corresponden a las fuentes analizadas por la autora en dicho estudio.

 

jueves, 2 de julio de 2026

La Odisea Frustrada del Río Salado

Por décadas, los ríos del Gran Chaco fueron las venas por donde los visionarios de la Argentina del siglo XIX soñaron bombear el progreso y la integración continental. Esta es la crónica de una odisea fluvial olvidada, donde el vapor y la madera nativa compitieron contra la geografía, solo para ser devorados por el ferrocarril y el hacha extractivista.

 


«La navegación del Salado va a hacer fraternizar a estos pueblos más que el mejor arbitrio político; porque la conveniencia recíproca establece la unión y la armonía. Nuestros campos hoy desiertos, serán mañana poblados por activos agricultores, y donde sólo se ven rancherías miserables se levantarán ciudades que harán poderosa la Nación y respetable nuestro nombre...».

Estas palabras, escritas en 1859 por B. Fresco, un vecino de Salta, en una carta al empresario Esteban Rams, no eran meras líneas de optimismo. Eran el manifiesto de una generación. Eran el eco de un sueño continental que latía con fuerza en comerciantes, gobernantes, ingenieros y baqueanos que miraban hacia el norte, hacia esa inmensidad verde y hostil conocida como el Gran Chaco, y veían en sus ríos las autopistas del porvenir.

Mucho antes de que el silbato de las locomotoras desgarrara la quietud de la llanura, existió una época en la que el destino de las provincias interiores se jugaba en el cauce de los ríos. La esperanza de lograr el desarrollo económico de esta vasta extensión, situada entre el Paraguay, la Argentina y Bolivia, se convirtió en una obsesión compartida. Para aquellos hombres, el sueño de San Martín, Artigas y Bolívar de constituir una Patria Grande americana no era una quimera, sino un proyecto que podía cumplirse a través del agua.

 Los Cimientos de un Sueño Continental

Para entender la magnitud de la empresa fluvial, debemos retroceder a una época en la que el mapa del Virreinato del Río de la Plata estaba surcado por líneas punteadas que indicaban "territorios inexplorados". El Gran Chaco era el gran desconocido, una frontera líquida y boscosa que separaba y, al mismo tiempo, prometía unir a las provincias andinas con el litoral.

Ya en 1808, el Consulado de Buenos Aires, bajo la visión de Manuel Belgrano, había acariciado un proyecto audaz: traer los productos de las provincias andinas navegando el río Bermejo. La lógica era simple. Las márgenes del río serían colonizadas para asegurar las comunicaciones, creando un cordón de prosperidad.

Pero la realidad política era un freno. Los comerciantes, pragmáticos, se vieron obligados a enfriar los ánimos del prócer: «si bien el proyecto será, a su debido tiempo, de suma utilidad... sin embargo, todo esto deberá realizarse en tiempos más tranquilos».

Y los tiempos tranquilos tardaron en llegar. Durante la guerra de la independencia, los proyectos de comercio y colonización del Chaco quedaron en suspenso.

Recién en 1824, la chispa se reavivó. Se constituyó en Salta la Sociedad del Río Bermejo, que envió una expedición exploratoria que llegó hasta el río Paraguay. Esta gesta probó la navegación del Bermejo y se convirtió en el antecedente más importante de navegación de los ríos interiores.

Después del gobierno de Rosas, dos integrantes de aquella sociedad pretendieron establecer un sistema de barcos a vapor. Para demostrar que era posible, se aventuraron aguas abajo en un bote de fondo plano. El gobierno de Bolivia y el de Corrientes apoyaron estos intentos, entendiendo que el río no era una barrera, sino un puente.

El Yankee del Salado y la Geografía de la Esperanza

Si hubo un río que atrajo mayores expectativas, ese fue el Salado. Su atractivo no era solo económico, sino geopolítico. Los visionarios tenían la convicción de que quedaban grandes zonas de riqueza sin explotar, tierras que solo esperaban la mano del hombre.

A pesar de los fracasos previos, los empresarios de Santa Fe no perdieron el interés. Sus razones eran poderosas:

1.  La geografía era menos hostil: La región que el Salado atravesaba no era tan "salvaje" como la del Bermejo y el Pilcomayo, zonas de tensa frontera con los pueblos originarios.

2.  Soberanía absoluta: La navegación del Salado podía cumplirse totalmente dentro de la jurisdicción argentina, sin depender de relaciones diplomáticas con repúblicas vecinas.

La revolución en la percepción del río llegó desde afuera. En 1853, el capitán de la marina norteamericana Thomas J. Page, al comando del vapor «Water Witch», incursionó por los ríos Paraná, Uruguay, Pilcomayo y Bermejo. Page estudió las posibilidades naturales de estos cursos de agua con una meticulosidad desconocida.

Dejó establecido que «en una u otra forma eran navegables, de importancia, y dignos de ser tenidos en cuenta en el futuro como las vías económicas que convenía a las regiones que atravesaban».

El gobierno argentino envió representantes para concertar planes de largo alcance, obtener la paz con los indígenas y asegurar las comunicaciones. Exploradores como Luis Jorge Fontana fueron estimulados en sus estudios. Incluso Bolivia intentó, con canoas y botes demasiado bajos para el Pilcomayo, establecer conexión con las líneas argentinas de vapores.

Pero sería el Salado el protagonista de la mayor de las odiseas.

La Expedición de Page: Hacia lo Desconocido

Si bien existen referencias a una expedición en bote en 1755 entre Matara (Santiago del Estero) y Santa Fe, recién con Thomas J. Page, en 1855, se recorrió casi en toda su extensión el río Salado, probando su navegabilidad de manera sistemática. Esta expedición fue el origen de una serie de grandes proyectos para convertir el Salado en la gran arteria fluvial de América.

La escena de la partida tiene la épica de los grandes descubrimientos. El 13 de julio de 1855, una multitud se dio cita en el puerto de Santa Fe para despedir al marino norteamericano que, a bordo del vapor «Yerba», iniciaba la navegación por el Salado. La expectativa era enorme, no solo por las perspectivas que se abrían, sino porque la expedición iba hacia lo desconocido.

Antes de partir, la ignorancia local había intentado disuadirlo. Page relataría después que los "mejor informados" le advirtieron que «probablemente podría subir cuarenta y cinco millas». Otros aseguraban que «no había río». Y los más poéticos sostenían que el cauce «tomaba su origen en una de las numerosas lagunas de aquella extensión de campo».

En la primera parte, lo acompañó el gobernador de Santa Fe, Cullen, junto a su familia, en muestra del apoyo provincial. El vapor ascendió con facilidad hasta Monte Aguará. Allí, la naturaleza impuso su primera barrera: la gran bajante de las aguas obligó a abandonar el «Yerba» el 26 de julio y continuar en botes.

Pero Page quedó fascinado. En su diario escribió:

> «Con gran sentimiento deshago el camino, pero con haber ascendido y demostrado la navegabilidad del río Salado hasta Monte Aguará, hemos obtenido algo. Su carácter uniforme, curso firme y barrancas bien definidas; su creciente tal como lo indican marcas en los árboles; la pampa firme a través de la cual todo corre, todo induce a creer que es un río apropiado para la navegación hasta un punto superior al alcanzado. Su explotación completa es de importancia no sólo para la Confederación Argentina, sino para todo el mundo comercial».

Las regiones que se abrieron ante los ojos de los norteamericanos asombraron por su belleza. Page describió cómo cruzaron «una extensión ondulada cubierta de alfalfa hasta donde alcanzaba la vista, por el medio de la cual serpenteaba el Salado en forma de un atrayente río bordeado de árboles... La atmósfera era resplandecientemente clara y el aire balsámico e impregnado por el perfume de la flor de la alfalfa a través de la cual pastaban los caballos y vacunos enterrados hasta la barriga. Pensé que nunca había visto una región pastoril más rica y hermosa».

Satisfecho por el descubrimiento de que «un vapor debidamente construido para la navegación del río podría remontar, la mayor parte del año, de Santa Fe a Navicha», Page y su tripulación se dirigieron hacia Salta. En la ciudad norteña, el entusiasmo era notable. Los habitantes ya habían formado una sociedad para la adquisición de vapores. Desde Miraflores, el teniente Murdaugh remontó nuevamente el Salado hasta la estancia del general Taboada en Sepulturas, confirmando que el trayecto era navegable.

En su informe, Page destacó que el río era navegable en ochocientas millas. Y arrojó un dato que hoy parece de ciencia ficción: los productos de Santiago del Estero, Tucumán, Salta y Jujuy, que hasta hoy eran llevados a Rosario en carretas de bueyes empleando diez meses, «ahora en botes, pueden llegar al mismo puerto en quince días y volver cargados de mercaderías en veinticinco».

Los Caudillos del Río: Los Taboada y la Forja de una Ruta

La expedición de Page no hubiera sido posible sin el engranaje político y logístico de los poderosos de la tierra. En Santiago del Estero gobernaba don Manuel Taboada, quien junto con sus hermanos —especialmente el general Antonino Taboada— había desarrollado un vasto poder regional. Después de Caseros, los Taboada optaron por seguir la suerte de la Confederación.

Los Taboada entendieron que el aislamiento era la muerte de su provincia. Su pensamiento era claro: unir Santiago con el litoral para beneficiar el comercio de cueros, lanas y otros frutos. Ellos mismos eran estancieros, importaban mulas del litoral y las enviaban a Bolivia y al Perú. El río era la extensión natural de sus negocios.

A través de Lavaysse, se relacionaron con Manuel Leiva, Ministro de Urquiza. Leiva, entusiasmado, le escribía a Manuel Taboada: «Solicito informe de cuantos detalles crea convenientes a este respecto, porque si es así, se podría conseguir que el Director Provisorio prestase su cooperación con los fondos nacionales... pues a no dudarse, el Salado vendría a ser un río navegable y proporcionaría inmensas ventajas al comercio».

Page fue recibido en Santiago con enorme entusiasmo. Para continuar la travesía desde el río Dulce, se utilizó una canoa de propiedad del gobernador. Pero el río Salado estaba caprichoso y los botes no podían llegar a él. La solución fue titánica: la canoa fue transportada por el general Antonino Taboada y su tropa a cuestas, hasta llegar a Matará el 19 de septiembre de 1855.

Desde Matará, Page comenzó a descender lentamente. La navegación fue penosa, llena de raigones y troncos atascados. Cuando el agua no daba tregua, Page, seguido por Antonino Taboada, seguía el curso del río por la costa.

Fue en este contexto donde surgió la figura del baqueano Lino Belbey. Contratado para abrir camino, Belbey se convirtió en el Moisés de aquellas aguas. Las tardes ardían en llamaradas de sol santiagueño, los pájaros lanzaban al aire las estridencias de sus gritos y las balsas seguían adelante a la par del nadador, que abría con sus brazos la ruta que, se soñaba, sería camino de pueblos. Cómo describiría años después Blanca Irurzún, Belbey abría el camino con un valor y entusiasmo notables, recorriendo casi toda la distancia a nado.

El esfuerzo tuvo su recompensa. El 28 de noviembre de 1856, el pueblo y las autoridades santafesinas recibían como héroes a los tripulantes de la falúa «General Urquiza» —construida por Belbey con maderas de los bosques santiagueños, convirtiendo a Matará en un improvisado astillero—, que majestuosa y con sus velas al viento ingresaba al puerto de Santa Fe. Dos provincias argentinas se unían por el agua. Una esperanza estaba en marcha. Concluía, al decir de Orestes Di Lullo, la «odisea más extraordinaria del siglo».

El periódico El Nacional Argentino, del Paraná, celebraba el hito: «El Río Salado o Juramento es navegable en toda estación... Por medio de la navegación del Salado cuatro provincias van a mudar de aspecto transformándose completamente... El vapor es el gran mágico que va a llamar a la vida a todo un mundo nuevo agrícola-industrial y comercial».

El Eco de las Provincias y la Visión de Quesada

El éxito obtenido por la expedición de Page y la hazaña de Belbey despertó el entusiasmo de las provincias recorridas. En Tucumán, el recibimiento fue apoteótico. Se brindaba en todos lados por uno de los acontecimientos más importantes en la historia del país desde la independencia.

Pero quien mejor reflejó el sentimiento de la época fue don Vicente G. Quesada, uno de los más ilustres hombres de letras de la generación del 80. Desde las páginas del periódico El Comercio de Corrientes, Quesada escribía con lucidez:

> «A primera vista parecería que Corrientes no está íntimamente interesada en la prosperidad de las provincias del norte, pero estudiando sus conveniencias comerciales descubrimos cuánto ganaría siendo navegable el Bermejo y abriendo un camino por el Chaco... Santiago del Estero, esa provincia situada casi puede decirse en el centro de la nación, busca bajo la inteligente administración de nuestro amigo el señor Taboada una salida al Paraná para exportar así la multitud de valiosos productos que hoy se pierden por la carestía de los fletes y la inmensidad de las distancias...».

Quesada entendía que el río no era solo un accidente geográfico, sino un instrumento de justicia social y económica. Y terminaba su artículo con una reflexión que hoy resuena con melancolía:

«Los proyectos de la naturaleza del presente merecen ser apoyados por los verdaderos patriotas: dar vida a poblaciones que mueren, civilizar multitudes salvajes, es altamente moral y profundamente humano... su porvenir dependía de buscarse una salida por el Chaco al Paraná».

Proféticas palabras. Era fundamental para Santiago evitar el aislamiento. Pero el destino de la provincia estaba atado a los vaivenes de la economía global. Pocos años después, fracasada la navegación por el Salado, el ingreso del ferrocarril iniciaría la destrucción de la provincia, tal como Quesada, en su pesimismo más lúcido, quizás temía.

El Colón de Tierra Adentro: La Obsesión de Esteban Rams

Los informes de Page, el relato del joven Amadeo Jacques y el enorme entusiasmo reinante llevaron a no pocos empresarios a interesarse por la navegación del Salado. Entre ellos destacó una figura que pasaría a la historia como el "Colón de tierra adentro", tal como lo llamó Miguel Cané: Esteban Rams y Rupert.

Rams era un viejo conocido de Urquiza, habiéndose desempeñado como proveedor de su ejército en Caseros. Tras la rescisión apresurada de un contrato previo con la Casa Smith Hermanos, Rams firmó el 2 de junio de 1856 un nuevo acuerdo con la Confederación. El gobierno, ansioso por ver resultados, estableció un plazo perentorio para dar comienzo a los trabajos: octubre de 1856.

Rams no perdió el tiempo. Mientras esperaba los vapores encargados en el Brasil, encomendó al baqueano Lino Belbey la construcción de la falúa «General Urquiza» y la exploración inicial. La expedición, custodiada por las tropas de Antonino Taboada, logró llegar a Santa Fe, desatando la euforia.

Pero Rams sabía que la euforia no bastaba; se necesitaba capital, tecnología y una visión industrial. Su principal propósito no era solo navegar, sino establecer en los fértiles valles del río colonias de inmigrantes, replicando el éxito de Colonia Esperanza en Santa Fe. Convencido de que la grandeza de una nación se juzgaba por sus vías de comunicación, Rams declaraba:

> «Las dificultades que debían presentarse para vencer los estorbos que ofrece un río poco caudaloso, que atraviesa un país despoblado y desconocido, jamás se me ocultaron... pero estando persuadido de que unas aguas que vienen desde tan larga distancia sin interrumpir su curso hasta el Paraná, debían ser forzosamente navegables, no he desmayado un solo momento».

En enero de 1857, la proa del vapor «Santa Fe» principió a romper las mansas corrientes. Lo acompañaban el práctico Belbey y el ingeniero Rodolfo Blandovsky. Sin embargo, el río tenía sus propios designios. Naufragó la chata que llevaba los víveres, y al llegar a Monte Aguará, la escasa profundidad los obligó a estacionarse. Allí permanecieron once meses, varados en el limbo de la geografía, a la espera de las crecientes que no llegaban.

Lejos de rendirse, Rams regresó a Santa Fe, adquirió el vapor «Río Salado» y contrató al ingeniero constructor Juan Coghlan, recién llegado de Irlanda. En noviembre de 1858, asistido por los ingenieros José de Guerrico y Neville Mortimer, inició una nueva expedición que concluyó en un rotundo éxito al pasar sin problemas el eterno obstáculo de Monte Aguará, llegando hasta Guaype. Coghlan preparó un minucioso informe que Rams presentó al Gobierno Nacional, donde hacía especial referencia a la imprescindible necesidad de encarar obras de mejoramiento y encauzamiento.

 La Mirada de Europa y el Algodón del Chaco

Las provincias atravesadas apoyaron en todo momento la obra de Rams. Santa Fe concedió tierras para la colonización; Santiago prometió cien leguas cuadradas; Salta comisionó al doctor Pablo Saravia para construir un camino que uniera el Salado con el Bermejo.

Pero Rams no contaba con el capital necesario para seguir adelante. Viajó a Europa y en el viejo mundo hizo editar un folleto en francés, casi desconocido entre nosotros, para publicitar su empresa: Compagnie de Navigation a Vapeur du Rio Salado. El folleto, aunque mostraba cierta confusión geográfica (ubicando a Catamarca y Tucumán en las costas del Salado), era una carta de presentación para los inversores europeos.

La visión de Rams trascendía las fronteras. Juan Bautista Alberdi, embajador argentino en Francia, se sintió inmediatamente atraído por el proyecto. Alberdi entendía que la integración fluvial era la clave de la soberanía y el progreso. Tanto es así que se inhibió de separar de su cargo de cónsul en París a don Pedro Gil, gestor de la empresa de Rams, para no entorpecer las negociaciones.

Incluso el imperio británico puso sus ojos en el Chaco. En una expedición posterior, Rams invitó al cónsul británico en Rosario, quien estaba interesado en investigar «si realmente el algodón silvestre crecía en muchos miles de acres como se había informado... a la Asociación Abastecedora de Algodón de Manchester». El cónsul debía averiguar la manera más conveniente de recoger y llevar ese algodón a Inglaterra, en medio de la Revolución Industrial que demandaba materias primas a gritos. El Salado no era solo una ruta local; era una potencial vena alimentadora del capitalismo global.

El Primer Azadonazo y la Sombra del Cólera

La fiebre del Salado llegó a su clímax a finales de 1862 y principios de 1863. Rams, con el apoyo de los Taboada y el concurso de ingenieros como Guillermo Cook, preparaba los proyectos para la canalización del río en el tramo del Bracho viejo.

El 25 de diciembre de 1863, una distinguida concurrencia, llena de fervor y optimismo, se dio cita en Matará para inaugurar las obras de «Canalización, desmonte y limpieza del antiguo cauce del río Salado». El vicario de la provincia bendijo las obras y el gobernador Taboada, como padrino del acto, «dio el primer azadonazo dentro del mencionado cauce, y el primer hachazo a uno de los árboles que allí había... se cantó un Tedeum invocando la protección del altísimo para la consecución de un fin que significa e importa la vida moral y física, no sólo de esta provincia, sino también de todas las del interior».

Rams, emocionado, agradeció a todos, «asegurando que no descansaría hasta ver surcadas las aguas del Salado por el vapor, que es el precursor de la civilización, de la riqueza y del bienestar de todo el país».

Parecía que el destino estaba sellado. A fines de 1865, Rams firmó con el gobernador de Santa Fe un plan de colonización en el que se comprometía a establecer entre tres mil y cinco mil familias extranjeras en las costas del río. El gobernador Nicasio Orono le había facilitado todos los medios.

Pero la historia, a menudo, tiene un sentido trágico del humor. El valiente empresario, el "Colón de tierra adentro", encontró la muerte víctima del cólera el 17 de abril de 1867. La ironía es desgarradora: Rams murió en los momentos precisos en que, al frente de los vapores «Rosario» y «Ventura» y las chatas «Rudecinda» y «San José», cargadas de poderosos elementos destinados a remover los últimos obstáculos que impedían la navegación, se proponía coronar la obra por cuya realización tanto tiempo había suspirado en vano.

Con la muerte de Rams, no solo terminó la vida de un gran visionario y patriota argentino. Terminó con él una idea que de ninguna manera era quimérica. Murió Rams con el pleno convencimiento de que el Salado era navegable, dejando escrito en su última carta: «Tengo la certidumbre de poder asegurar a V.E. que en el mes de julio del próximo año subirá sin tropiezo alguno hasta este punto... y si se forma a la Compañía este año en Inglaterra, desde luego le puedo afirmar que en 1868 llegaré con mi vaporcito a Matará y Sepulturas».

El Hierro Devora al Agua: El Triunfo del Quebracho

La muerte de Rams marcó el inicio del fin para el sueño fluvial. Aunque hubo voces aisladas, como las del ingeniero Jesús Fernández o Alejandro Gancedo, que a fines del siglo XIX siguieron presentando proyectos de canales navegables ante un Congreso Nacional cada vez más desinteresado, la suerte de las provincias interiores ya estaba echada.

Solo habían pasado escasos siete años de la muerte de Rams y Rupert, y el proyecto de navegación del Salado moría irremediablemente. ¿Qué había sucedido? El «progreso» bajo las formas del ferrocarril ingresaba por territorio santiagueño. Pero no era un progreso pensado para integrar a las provincias ni para desarrollar una economía agroindustrial local.

El capital inglés y sus aliados nativos habían diseñado un modelo extractivo. Condenaron a Santiago del Estero y al Chaco a ser la productora de los miles de kilómetros de durmientes para las vías férreas y los postes para los alambrados divisores de las grandes estancias de la pampa húmeda. Para ello, aprovecharon sus interminables quebrachales.

De esta manera, la historia dio un giro cruel. Matará, El Bracho, Suncho Corral, Icaño, Añatuya y los pueblos del gran Chaco no serían los grandes puertos sobre el Salado, puntos de embarque de los productos extraídos de los fértiles valles. Ni tampoco se convertirían en las grandes ciudades industriales, con modernos astilleros que aprovecharían los inmensos bosques seculares para construir una gran flota fluvial que comunicara a las «provincias pobres» del interior y a nuestras hermanas americanas de Bolivia y Paraguay con el litoral atlántico.

Por el contrario, se fundarían nuevas ciudades a la vera del ferrocarril, diseñadas como simples apeaderos para la extracción. Se aislaría con el trazado de las vías férreas a las capitales históricas y a las poblaciones tradicionales. Los antiguos pobladores, atraídos por la «ilusión del bosque» y los salarios de miseria de los obrajes, abandonarían sus hábitos agrícolas-pastoriles para internarse en la esclavitud de la tala.

Sobrevendría la explotación forestal y la devastación más inicua e irracional que conoce la historia de los bosques del Chaco santiagueño. Y con ella, poco a poco, como en una lenta «agonía» al decir de Orestes Di Lullo, llegó la muerte de los «viejos pueblos». El río, abandonado a su suerte, volvió a ser un cauce de troncos y soledad. El ferrocarril no trajo la civilización prometida por los visionarios; trajo el hacha, el quebracho y el desierto verde que hoy conocemos.

Conclusión: El Río que Todavía Nos Espera

Comprender la historia pasada es también poder analizar el presente y, de esta manera, tratar de elaborar y construir nuestro porvenir. La pregunta que flota en el aire, sobre las aguas quietas del Salado y los durmientes podridos por el tiempo, es ineludible: ¿Alguien cree, todavía, que el pensamiento de Alberdi, Vicente Quesada, Mariano Fragueiro, Manuel Leiva, Jesús Fernández y Alejandro Gancedo sobre el futuro de Santiago del Estero y de las provincias interiores es cosa perteneciente al pasado?

La canalización y navegación del Salado y del Bermejo, así como el aprovechamiento integral de las aguas del Paraguay y del Uruguay, entrelazándonos fraternalmente con Bolivia, Paraguay y Brasil, no es historia pasada. Es el presente más inmediato. Es la clave del futuro.

En un mundo que redescubre la importancia de las hidrovías, de la logística sustentable y de la integración regional frente a las crisis globales, la epopeya trunca del Salado nos interpela. Nos recuerda que el desarrollo no se impone desde afuera con rieles de hierro que solo sirven para extraer riquezas y dejar pobreza, sino que se construye desde adentro, integrando las regiones, respetando las geografías y apostando a la producción agroindustrial con valor agregado.

La navegación del Salado, ese sueño de vapor y alfalfa que imaginaron Page, los Taboada y Rams, sigue siendo la posibilidad concreta de recorrer nuevamente el camino trazado por San Martín, Artigas y Bolívar. Un camino que no busca la mera extracción, sino la fraternidad de los pueblos. Un camino que, como profetizó B. Fresco hace más de siglo y medio, hará poderosa a la Nación y respetable nuestro nombre.

El río todavía fluye. La pregunta es si nosotros tendremos el coraje de volver a navegarlo.

Fuentes y Bibliografía:

*   Dargoltz, Raúl E. Hacha y Quebracho. (Fuente principal de los datos históricos, expediciones, contratos y análisis socioeconómico sobre el impacto del ferrocarril y la explotación forestal en el Gran Chaco).

*   Archivos históricos de la Confederación Argentina y correspondencia de la época (Cartas de B. Fresco, Manuel Leiva, Thomas J. Page, Vicente G. Quesada y Esteban Rams).

*   Relatos de prensa del siglo XIX (El Nacional Argentino, El Comercio de Corrientes).

*   Irurzún, Blanca. Crónicas y relatos del Chaco santiagueño.

*   Di Lullo, Orestes. Historia y geografía de Santiago del Estero.

domingo, 28 de junio de 2026

Tres días con sus noches en un obraje

Por Alberto Tasso.



Esto sucedió en enero de 1967, hace 59 años, y cada vez que lo cuento me parece que hubiera sido ayer. Era el primer viaje a Santiago de un muchacho de 23, que estudiaba sociología en Buenos Aires y después de seis años en la universidad apenas había llegado a la mitad de su carrera. Tenía un mes de vacaciones en la revista El Mensajero donde trabajaba como redactor. Su director, el Padre Mario Anzorena SJ me había dicho unos días antes de Navidad: "Aprovechá tu viaje para escribir algo sobre el norte, hay muchos problemas allá que no conocemos".

Para entonces conocía varios santiagueños y algo sabía de los problemas. Unos meses antes había visto en un pasillo de la facultad un afiche que me interesó: anunciaba la presentación de un documental sobre los obrajes, y aunque nunca pude verlo me creó el deseo de conocerlos por mis propios ojos. 

Preparando el viaje

Antes de la partida me hice una colchoneta liviana (lo había aprendido en el servicio militar) que llevaba al hombro con un morral que contenía una muda de ropa, y además de toalla, peine y cepillo de dietes, un cuaderno de notas y una birome. Viajé en el tren Mixto (carga y pasajeros, un clásico de la época) en segunda clase con bancos de madera en ángulo recto. Aunque largo el viaje fue ameno e instructivo en materia de escuchar modos de hablar, ver a los que desenfundaban su guitarra y cantaban una chacarera, o apreciar la generosidad de la señora que repartía sánguches de mortadela. En resumen, una clase de introducción al mundo de provincia.

En mi memoria están la estación de La Banda, el tren de trocha angosta que cruza el Dulce, la estación de Santiago, la avenida Alvear, y doblando por la Tucumán llegar a la Plaza Libertad. Y en mi libreta anoté los nombres de las personas que conocí y agradezco porque me ayudaron a entrar a este lugar: Pedro Nasser, Julio César Castiglione, Luis Arnaldo Lucena, Néstor René Ledesma.

Luego de una semana en la ciudad –alojado en la pensión Las Camelias del Griego Constantinidis- inicié el viaje, cuya meta era Monte Quemado. En el recorrido conocí Añatuya, Tintina y Campo Gallo. No tenía la menor idea de cómo hacer contacto con un obraje, pero el azar me dio la solución. Un compañero de asiento en el colectivo (El Manso) me dijo: "Estoy trabajando como tractorista en el obraje de Celentano, en Urutaú. Si quieres vamos y te presento". 

Sin efectivo...

Llego a la estación Urutaú a eso de las diez de la noche, y me pongo a conversar con un hachero que regresa a su casa. Le gustaría viajar en el carguero para ahorrarse unos pesos, pero no se anima porque va con su mujer y dos hijos chicos.

-Vos sabés, me quedan nada más que dos mil pesos del sueldo. Me dieron un vale para que lo cobrara en el almacén, y el dueño me dice: "No te puedo dar nada más que la mitad, el resto llevalo en mercaderías porque no me alcanza el efectivo". ¡Mirá si no va a tener plata! Y tuve que agarrar viaje, si no me quedaba sin cobrar... 

Así, por medio del almacén –que a menudo es de su propiedad- el obrajero termina de despojar al hachero del producto de su trabajo. Los hacheros se ven obligados a comprar en el almacén donde les fían, a la vez que les recargan los precios alrededor del 30%.

Teniendo en cuenta que ganan muy poco (se les paga entre 120 y 160 pesos por labrar un durmiente) puede comprenderse que al cabo del mes, una vez deducidos los gastos de mercaderías, cobren apenas una tercera parte de lo ganado. Con buena suerte, esta cantidad oscila entre los 4 y 5.000 pesos.

Esta obligada persecución del pan, del que solo se alcanzan migajas, va generando el desarraigo y la consiguiente amargura por la tierra abandonada, que es bella y dolorosamente cantada por el folklore santiagueño.

Don Lugones 

Don Lugones tiene unos setenta años, pero tienen que decírmelo porque no le daría más de cincuenta. Es fuerte, curtido, habla con humildad y trabaja como un muchacho. No tiene una sola cana en su pelo renegrido, y solamente las arrugas delatan toda su vida en el monte volteando quebrachos.

-Si señor –dice mientras arma un cigarrillo- ahorita, después de los carnavales nos vamos pa'l Chaco a cosechar el algodón. Pagan once pesos por kilo y se gana mucho porque hasta los changuitos ayudan.

Desde principios de febrero los trenes empiezan a llegar al Chaco cargados de gente, familias enteras que llevan hasta las gallinas. Vienen de Santiago, del norte de Santa Fe, de Salta, de todas partes. Después irán a la zafra tucumana y luego regresarán al obraje o a sus ranchos, sabiendo que no hay manera de cortar este peregrinaje. Porque el hambre viene pisando los talones, disfrazado de sequía o de ley que no se cumple.

Comida: morir de a poco

-Siéntese don, vamo'a comer un guisito.

La hospitalidad es ley del provinciano, hasta del empobrecido y sub-alimentado hachero. Se me ocurre que la aclaración que me han hecho amistosamente era necesaria, porque no había ningún sabor que delatara al "guisito". Para que la carne soporte la temperatura del monte hay que charquearla (salarla y secarla al sol). Y además de fideos, harina, papas y cebollas, no hay casi otra materia prima para las comidas.

-Aquí comemos sánguche de moco y guiso de alpargatas -resume don Lugones con humor.

Bajo el calor agobiante de Monte Quemado (límite de Santiago y Chaco) "agua fresca" es una expresión casi absurda, y aun cuando uno se acostumbra pronto a tomarla sucia, el surco de tibieza que deja en la garganta parece darnos todavía más sed.

Faltando casi todo el abecedario de las vitaminas y sometidos a un intenso trabajo, viviendo en ranchos rudimentarios (cuatro horcones y techo de ramas), es comprensible que la tuberculosis y el mal de Chagas tengan altísimos porcentajes entre los hacheros.

La vida en el campamento

Los tres días que pasé fueron una experiencia que me dejó muchas enseñanzas que fui comprendiendo más tarde. En el plano etnográfico me interesa señalar la hospitalidad con que me recibieron y la generosidad de compartir su comida, a la que apenas hizo un pequeño aporte mi bolsillo flaco. Uno quedaba siempre preparando el rancho

Eran cinco hacheros, dos muy jóvenes, conducidos por Don Lugones, el de mayor edad y experiencia. Él seleccionaba los árboles a cortar, lo que supone calcular su valor traducido en rollizos, durmientes, postes y varillas. Además, había que calcular para dónde caería, y entonces decidir el mejor lugar para lanzar el hacha. 

Los acompañaba mirando el trabajo desde cierta distancia. A menudo eran tres ocupados en el mismo árbol. Vi a uno santiguarse antes de comenzar el trabajo, creo que un ritual de perdón. Se turnaban en el manejo del hacha, intercalando bromas y frases que no entendía. Y al final, los alaridos cuando el quebracho caía. Sumados al canto del kakuy, son las voces que no olvido. 

Fuente: El Liberal


sábado, 27 de junio de 2026

"La zamba de Vargas"

 


El 10 de abril de 1906, en el diario El Siglo, el Capitán Ambrosio Salvatierra, que participara en la Batalla de Pozo de Vargas integrando las fuerzas nacionales, pública sus recuerdos de la misma.

Luego de referir pormenores del reñido encuentro dice: "que al iniciar las fuerzas de Varela con un cañonazo, el Gral. Taboada ,ordenó que se contestara con el mismo, pero como las fuerzas no tenían cañón, el Sargento Mayor José Brizuela, Comandante de la Compañía de Infantería de Catamarca, ordenó a la Banda de dicha Compañía que tocara y ésta, se hizo oír con una zamba, llamada desde entonces "Zamba de Vargas"(...) Sigue más adelante: "el efecto fue electrizante, las tropas al oír el baile nacional, prorrumpieron en gritos, vivas a su General y mueras al enemigo".

El 26 de agosto de 1906, el músico y tradicionalista santiagueño Andrés Chazarreta, hizo conocer la versión de la "Zamba de Vargas " que aprendiera desde su niñez de los labios de su tío Manuel Antonio Chazarreta, combatiente de la batalla que nos ocupa, de su abuela AGUSTINA, además, tal como dice el historiador Luis Alen Lascano (cf. "Andrés Chazarreta Y El Folclore" B.A. 1973), de haber consultado con el citado Capitán Salvatierra y con otro combatiente, el Teniente abanderado José María Gauna, músico fallecido en 1910.

Cabe señalar que esta zamba es la primera obra impresa con dicho género (zamba) en la historia del Movimiento Tradicionalista Argentino.

La versión de Andrés Chazarreta, es publicada por éste en 1908, 1912 y 1914 (en París) e integra su Primer Álbum de Música Folclórica en 1906, acompañada con coplas populares y tradicionales.

Otro músico santiagueño, Manuel Gómez Carrillo, publica en 1921, otra versión con diferentes técnicas de notación musical, sustancialmente semejante a la de CHAZARRETA.

Después se suceden las versiones, recopilaciones, arreglos, transcripciones, etc. Siempre sobre la misma línea melódica fundamental.

Versión atamisqueña: una versión totalmente diferente en su música a la mencionada anteriormente, es publicada en 1945, por los tradicionalistas santiagueños Bailón Y Luis Alberto Peralta Luna.

La misma fue recopilada hacia 1938 en Villa Atamisqui, población antigua situada en el centro sud de la provincia, donde se conservó muy viva la tradición del canto, la danza criolla y el habla quichua.

Les fue transmitida a los colectores por los músicos populares: Manuel Roldán Benavidez, José Antonio Sosa y Lindaura Roldán De Santillán, quienes, a su vez, la habían aprendido de viejos pobladores de la zona, músicos de notoria fama regional como los arpistas: Rosario Benavidez, Mercedes Gómez Y María Antonia Sosa.

Las coplas anónimas y populares, dan más realce a Varela, Elizondo y Chumbita que a los propios Taboada.

Se la conoce también con los títulos: "La Vargueña" y "La Taboadista". Musicalmente, como la citada anteriormente, es de las denominadas "cortas" o "de 2 vueltas", por ser su versión original de 32 compases bailables.

(Fuente: "Zambas Históricas Y Tradicionales " José A. Faro, Pag.83/85).

"Zamba De Vargas"(Recop. A. Chazarreta): "Forman los riojanos en Pozo e' Vargas/ los manda Varela, firme en batalla, / contra los santiagueños, / con gran denuedo van a pelear, / ya Don Manuel Taboada, / alta su espada se ve brillar.// Atacó Varela con gran pujanza,/ tocando a degüello a sable y lanza,/ se oyen los alaridos/ y en el estruendo de la carga/ ya pierden terreno/ los santiagueños de Taboada. // Bravo santiagueños!, dijo Taboada/ vencer o la muerte!, vuelvan las cargas,/ por la tierra querida/ demos la vida para triunfar/ y ahí nomás a La Banda, / la vieja zamba, mandó a tocar.// Y en el entrevero se oyó esta zamba, / llevando sus notas bríos al alma./ Y el triunfo consiguieron/ los santiagueños de Taboada, / para eterna memoria/ Zamba de Vargas siempre será".

"Zamba De Vargas"(Versión José Ramón Luna):"Batallón de Varela, Pozo de Vargas,/ formó su pelotón,Manuel Taboada. / Si ay...ay...ay..Manuel Taboada. // Aquel bocón que viene, / ha de acabarnos, / vamos a hacer un tiro/ guapos muchachos. / Ay...ay...ay...guapos muchachos. // Al primer tiro que hizo,/ le dio en la boca,/ fumándose Varela,/valientes tropas!/ Ay...ay...ay...valientes tropas. // Desenvainó su espada/Manuel Taboada/ "si esta guerra pierdo,/ no cargo espada"./ Si ay...ay...ay...no cargo espada ".( Esta versión la cantaba Eusebio More).

"Zamba De Vargas" (Recop. Peralta Luna): " A la carga, a la carga/ dijo Varela, / a la carga artilleros (zambita),/ rompan trincheras.// Rompan trincheras, cierto, / dijo Elizondo, / Batallón lagunero (zambita)/ de 2 en fondo. // A la carga, a la carga,/ dijo Taboada, /" si esta guerra no gano (zambita)/ no cargo espada"./ A la carga, a la carga, / dijo Chimbita,/ "las ansias de quererte ( zambita),/ no se me quitan".

Fuente: Libro Inédito " Historia Del Cancionero Folclórico Santiagueño" De Omar Sapo Estanciero

 

lunes, 22 de junio de 2026

La algarrobiada

 Orestes Di Lullo | El folclore de Santiago del Estero

 


En todos los puntos de la provincia se practica la costumbre de salir en caravana para la cosecha de algarroba. Eran célebres las algarrobiadas que se efectuaban en "El Polear", al otro lado del río, cerca de la ciudad, una de cuyas casas -la de Doroteo Gómez- era el centro de una intensa peregrinación de gente de Santiago que, con árganas, "tipas" y "ponchos" acudían el 24 de diciembre a la cosecha de algarroba. 

El regocijo tenía también un sentido religioso, pues el día del "nacimiento" se velaba al Niño Dios con bailes y cánticos. Allí se escuchaban las notas arrancadas al arpa por la prodigiosa destreza del "finao Lauriano", justamente reputado como uno de los mejores arperos de aquel tiempo.

Durante la noche, después del pesebre, las zambas, los gatos, las chacareras mantenían alerta con sus notas joviales el espíritu de la fiesta. De los árboles colgaban los "noques" repletos de aloja; en torno de los fogones se cocinaban las más suculentas viandas; los hombres en corro bebían enormes "chambaos" y el amor, proclamado mil veces en la canción y la música de las guitarras y cajas y en los giros de las danzas, bajo la noche cálida, constelada de estrellas, era natural y libre; como el deseo incontenible; como la alegría, desbordante.

"El Polear" es todavía un recuerdo vivo de la ciudad. Era el lugar donde residía y había que ir a buscar el amor, como en los campos de la antigua Arcadia. Pasada la fiesta, desocupada el alma, hombres y mujeres con la carga de la cosecha de algarroba en "veranos" y "pozuelos" y niños y doncellas con el haz de leña sobre sus cabezas que sostenían el "pashquil" regresaban al hogar en alegres caravanas, por los caminos olorosos de salvia y de poleo; cruzaban el río llenando el silencio de risas y alegrías, y recomenzaban la tarea diaria, nunca apremiante, con elrecuerdo de la sonrisa de los labios y en la luz de los ojos. 

Hasta aquí lo que escribía Di Lullo en 1943, hace setenta años. Todavía recordamos los que fuimos niños allá por los 50 el gusto por juntar algarroba blanca y negra para disfrutar la dulzura y el alimento que esta fruta natural nos brindaba. Lo mismo la añapa refrescante que salía de la molienda. Bueno es recordar que ella nos hacía aguantar mejor el calor, mientras el tacku (algarrobo en quichua) nos ofrecía sombra a nosostros los chicos y a los animales en esas siestas de 43 grados a la sombra, en tiempos en que la heladera era un lujo. Esto es bueno que lo recuerden aquellos que quieren recuperar la soberanía alimenticia. Con algarroba, mistol, chañar, piquillín. miel de balas, docas, tunas, arrope de algarroba, de tuna y de chañar y otros regalos de la naturaleza sabíamos complementar nuestra dieta santiagueña.

 Fuente: www.desdelolvido.blogspot.com.ar/