lunes, 19 de octubre de 2026

Entre la aridez y las lluvias: La geografía climática de Santiago del Estero

Las lluvias se concentran en los meses cálidos, el invierno llega con sequedad y los vientos aceleran la pérdida de humedad del suelo. Un estudio sobre las condiciones climáticas provinciales describe un territorio donde la disponibilidad de agua depende de un equilibrio frágil, con diferencias marcadas entre el este y el oeste.



Santiago del Estero tiene una relación estrecha con el calor, las lluvias irregulares y la escasez de agua. Esa combinación atraviesa buena parte de su geografía y condiciona tanto el desarrollo de la vegetación como las posibilidades de producción agropecuaria. Aunque el verano suele traer las precipitaciones más abundantes, el agua caída no alcanza necesariamente para compensar las pérdidas provocadas por las altas temperaturas.

El documento Las condiciones climáticas de la provincia de Santiago del Estero, adaptado del libro Climatología General y Agrícola de la Provincia de Santiago del Estero, de Eduardo Torres Bruchmann, con adaptación del licenciado Osvaldo Santillán, reúne datos que permiten reconstruir el funcionamiento de ese sistema. Sus páginas muestran una provincia predominantemente semiárida, con una distribución desigual de las lluvias, temperaturas elevadas durante buena parte del año y un déficit hídrico que persiste incluso en épocas lluviosas.

La información también deja planteada una cuestión central: para entender el clima santiagueño no alcanza con mirar cuánto llueve. Hay que observar cuándo se producen las precipitaciones, qué temperaturas acompañan esas lluvias, cuánta agua pierde el suelo y qué capacidad tiene el territorio para conservarla.

Una gran llanura expuesta a los cambios de tiempo

Con una superficie aproximada de 135.254 kilómetros cuadrados, según el documento, Santiago del Estero presenta un relieve dominado por extensas llanuras. La mayor parte del territorio se encuentra entre los 100 y los 200 metros sobre el nivel del mar. Las elevaciones más importantes aparecen en las sierras de Guasayán, Sumampa y Ambargasta, aunque ninguna supera los 800 metros.

Esta configuración facilita la circulación de masas de aire provenientes del norte y del sur del país. Cuando se encuentran corrientes con características diferentes, pueden desarrollarse frentes meteorológicos que originan nubosidad y precipitaciones.

El territorio está atravesado por dos grandes sistemas fluviales: los ríos Dulce y Salado. A ellos se suman cursos menores, como los ríos Horcones, Urueña y Albigasta. Estos sistemas forman parte de una geografía en la que la disponibilidad de agua superficial y la humedad del suelo adquieren especial relevancia.

La escasa altura del relieve limita las diferencias térmicas atribuibles a la altitud. Por eso, las variaciones de temperatura responden principalmente a otros factores, entre ellos la latitud, la circulación atmosférica y las características de la superficie.

La distancia respecto del océano también influye. El documento señala que la influencia marítima directa es prácticamente nula. Esa condición favorece una marcada amplitud térmica: el territorio puede experimentar temperaturas muy elevadas durante el día y descensos pronunciados durante los períodos fríos.

El verano concentra las lluvias, pero también las mayores pérdidas de agua

El régimen estacional presenta una característica reconocible: los veranos son cálidos y lluviosos, mientras que los inviernos son más secos, con temperaturas relativamente suaves en comparación con otras regiones del país.

Las precipitaciones se concentran principalmente durante la segunda mitad de la primavera y el verano. Enero suele ser el mes con mayores registros. El otoño, en cambio, se caracteriza por una mayor presencia de lloviznas y condiciones de humedad atmosférica más elevadas.

La distribución de las lluvias cambia considerablemente de un sector a otro. De acuerdo con los valores medios anuales consignados en el estudio, el sudeste provincial alcanza alrededor de 900 milímetros, mientras que en el sudoeste los registros descienden hasta unos 450 milímetros.

La diferencia supera los 400 milímetros en una extensión aproximada de 300 kilómetros. Hacia el noroeste, las precipitaciones vuelven a aumentar por la influencia del régimen climático asociado a la selva tucumano-oranense.

Esta distribución muestra que Santiago del Estero no tiene un comportamiento pluviométrico uniforme. El este recibe más agua que el oeste, pero la cantidad de lluvia, por sí sola, no determina la disponibilidad hídrica.

Las altas temperaturas incrementan la evaporación del suelo y la transpiración de las plantas, procesos que en conjunto se conocen como evapotranspiración. Cuanto mayor es la demanda atmosférica de agua, menor es la proporción de lluvia que queda disponible para la vegetación.

El documento advierte que la lluvia efectiva disminuye durante el verano por la intensa evaporación y las condiciones térmicas de esa época. Así, una temporada con precipitaciones abundantes puede dejar una reserva de humedad menor de la esperada.

El calor y las heladas: dos extremos del mismo territorio

Las temperaturas medias estacionales reflejan las diferencias entre el norte y el sur provincial. Durante el verano, los valores medios oscilan entre los 25 grados en el sudeste y los 28 en el norte. En invierno, las medias se ubican aproximadamente entre los 13 y los 17 grados, respectivamente.

Esa moderación de los promedios no impide que se registren extremos térmicos importantes. El estudio sitúa a gran parte de la provincia dentro de una región caracterizada por máximas absolutas cercanas a los 50 grados o superiores, mientras que las mínimas absolutas pueden descender hasta valores de entre 5 y 10 grados bajo cero.

La amplitud térmica es una de las características más destacadas del clima provincial. El documento señala que, al comparar los extremos absolutos de enero y julio, pueden presentarse diferencias próximas a los 60 grados. Se trata de valores extremos y no de una oscilación que ocurra regularmente en todas las localidades.

Las heladas responden principalmente al ingreso de masas de aire polar y a la pérdida de calor que experimenta la superficie terrestre durante la noche. Su frecuencia es mayor en el centro y sur de la provincia, mientras que disminuye hacia el noreste.

Por lo general, las primeras se presentan durante la segunda mitad del otoño y las últimas hacia mediados del invierno. El estudio también menciona las heladas anticipadas o tardías, capaces de alterar el desarrollo de los cultivos.

En relación con este fenómeno, el documento afirma que durante los años considerados por su análisis la frecuencia media de heladas había disminuido notablemente. No ofrece, en el fragmento consultado, una serie estadística fechada que permita establecer la magnitud de esa reducción ni determinar si se mantiene en la actualidad.

Cuando el viento se lleva la humedad del suelo

La primavera trae temperaturas en ascenso, pero también vientos que pueden agravar las condiciones de sequedad. Según el estudio, la velocidad media del viento alcanza sus valores más elevados durante esta estación y disminuye en otoño.

Los vientos del norte y del noreste son frecuentes y pueden transportar aire cálido, húmedo o seco. Los provenientes del sur suelen acompañar el ingreso de aire frío y pueden provocar lluvias o lloviznas frontales. Las corrientes del oeste y del noroeste tienen una frecuencia menor.

Entre julio y septiembre, los vientos pueden intensificar la erosión eólica. El material describe jornadas en las que las partículas de tierra suspendidas en el aire reducen la visibilidad y evidencia cómo la pérdida de humedad deja al suelo más expuesto a la acción del viento.

El problema se extiende a la agricultura. La evaporación acelerada reduce la eficiencia del riego y aumenta la cantidad de agua que se pierde antes de ser aprovechada por las plantas. Entre agosto y octubre, la combinación de viento y ambiente seco también favorece la propagación de incendios forestales.

El viento, de todos modos, no tiene efectos exclusivamente negativos. El documento destaca su posible aprovechamiento para producir energía y para accionar molinos destinados a extraer agua de pozos o aljibes.

Una provincia donde el déficit hídrico domina el balance anual

La clasificación climática de Thornthwaite permite precisar la situación. Este sistema relaciona la temperatura, las precipitaciones y la evapotranspiración para determinar la disponibilidad efectiva de agua.

De acuerdo con los porcentajes presentados en el documento, el 87,6 % de la superficie provincial pertenece a la región semiárida. El 12,4 % restante corresponde al tipo seco subhúmedo y se concentra en el ángulo sudeste.

En las regiones semiáridas, la evapotranspiración potencial supera las precipitaciones durante todo el año. Esto significa que la demanda atmosférica de agua es mayor que el aporte de las lluvias y que el suelo tiende a presentar déficit hídrico incluso durante los meses más húmedos.

El balance hidrológico expuesto en el estudio identifica esa deficiencia como el rasgo dominante de casi todo el territorio. La diferencia entre la demanda potencial de agua y las precipitaciones se acentúa durante la primavera y el verano, cuando las temperaturas elevadas aumentan las pérdidas. En invierno, el déficit se reduce por el descenso térmico.

La deficiencia hídrica media anual estimada oscila entre 200 y 600 milímetros. Los valores más severos aparecen en sectores del centro-norte y del sudoeste, mientras que el sudeste presenta condiciones relativamente menos desfavorables.

En algunos sectores del departamento Rivadavia, el documento identifica períodos en los que las precipitaciones superan temporalmente las pérdidas por evapotranspiración. Esa diferencia permite reponer parte de la humedad del suelo y generar reservas de agua.

La situación del sudeste marca una diferencia dentro de la provincia. Allí, la mayor cantidad de precipitaciones y las condiciones del balance hídrico permiten un almacenamiento estacional que no se observa de la misma manera en las áreas más secas.

La sequía tiene distintas formas y no siempre comienza con la falta de lluvia

El estudio distingue tres formas de sequía que permiten comprender mejor sus consecuencias.

La sequía meteorológica aparece cuando las precipitaciones caen por debajo de los valores habituales durante un período determinado. La sequía hidrológica se manifiesta cuando disminuye la disponibilidad de agua en ríos, embalses y reservas subterráneas. La sequía agrícola, por su parte, se produce cuando la humedad disponible resulta insuficiente para las necesidades de los cultivos y disminuye su rendimiento.

Estas situaciones están relacionadas, pero no son idénticas. Una reducción de las lluvias puede iniciar el proceso, aunque sus consecuencias dependen de la duración del período seco, de las reservas existentes y de la demanda de agua.

En una provincia donde las temperaturas elevadas favorecen la evapotranspiración y el déficit hídrico forma parte del comportamiento climático habitual, una sequía prolongada puede agravar una situación que ya presenta limitaciones.

El documento señala que la producción agrícola en las zonas semiáridas puede desarrollarse mediante el aprovechamiento racional del agua de lluvia y los cultivos de secano. Su rendimiento, no obstante, depende de las condiciones meteorológicas de cada campaña.

La irregularidad de las precipitaciones añade otra dificultad. Dos temporadas con totales de lluvia similares pueden tener efectos distintos si el agua se distribuye de manera diferente a lo largo del ciclo de crecimiento de los cultivos.

El clima como condición de vida y de producción

La información reunida por Torres Bruchmann y adaptada por Santillán permite observar que el clima santiagueño funciona a partir de una combinación de factores. La latitud, el relieve, la circulación de las masas de aire, las temperaturas y las características del suelo intervienen en la distribución de las lluvias y en la conservación de la humedad.

La provincia ocupa una posición de transición entre las áreas más áridas del oeste argentino y las regiones más húmedas de la Mesopotamia. Esa ubicación ayuda a explicar las diferencias entre el sudoeste, donde las lluvias son más escasas, y el sudeste, donde existen mayores posibilidades de acumulación estacional de agua.

El estudio también muestra que el agua caída no siempre queda disponible para las plantas. Parte se evapora, otra es utilizada por la vegetación y la proporción restante depende de las condiciones del suelo y de la época del año.

Por eso, las lluvias intensas del verano no eliminan automáticamente el déficit hídrico. Tampoco una temporada seca basta, por sí sola, para definir una sequía de largo plazo. Para determinar sus alcances es necesario comparar las precipitaciones con los promedios históricos y examinar el estado de los suelos, los cursos de agua y las reservas disponibles.

El clima de Santiago del Estero está marcado por esa tensión entre el agua que llega y la que se pierde. Las lluvias estivales sostienen buena parte de la actividad biológica y productiva, mientras que el calor, los vientos y la prolongada estación seca limitan la posibilidad de conservar la humedad.

Comprender ese equilibrio permite interpretar mejor los períodos de sequía, las dificultades de la producción agrícola y las diferencias ambientales dentro del territorio provincial. También ayuda a distinguir entre una característica climática persistente y una anomalía meteorológica que puede intensificar sus efectos.

Fuentes de referencia: Eduardo Torres Bruchmann, Climatología General y Agrícola de la Provincia de Santiago del Estero, obra citada en Las condiciones climáticas de la provincia de Santiago del Estero, adaptación realizada por el licenciado Osvaldo Santillán.

Referencias teóricas citadas en el material:

  • Köppen (1948), definición de clima como estado medio y proceso ordinario del tiempo de un lugar.
  • Constantino (1951), definición basada en la sucesión habitual de los estados atmosféricos y sus variaciones.
  • De Fina (1951), definición del clima a partir de las modalidades diarias y anuales del tiempo.
  • Papadakis (1952), referencia al ritmo estacional de la vegetación.
  • Thornthwaite (1948-1955), clasificación climática basada, entre otros elementos, en la evapotranspiración potencial.
  • Torres Bruchmann (1972), referencia indicada en el documento para la clasificación de la deficiencia hídrica media anual.

 

 

Termas De Río Hondo Y Las "Aguas Del Sol"



La ciudad de Río Hondo, cuyo nombre original era Miraflores, es un centro de turismo cuya importancia radica en el balneario termal junto al río Dulce. Sobre este mismo río se halla el Dique Frontal, el cual embalsa un lago artificial apto para la náutica y la pesca deportiva.

El dique fue inaugurado en 1967 con el fin de atenuar las crecidas, mejorar el riego y generar energía.

Las aguas del río Dulce eran ya conocidas desde la época precolombina con el nombre de Aguas del Sol. El prestigio de la ciudad existe desde hace siglos; los príncipes del Alto Perú - los incas- llegaban a las "aguas milagrosas" para disfrutar de un microclima único y darle energía termomineral a sus vidas.

Antes de la llegada de los españoles habitaban la zona de aborígenes sedentarios, los tonocotes. Estos se ubicaron a orillas del Soconcho, río de aguas mansas, que en quechua se llamó Misky Mayu y los españoles tradujeron como Río Dulce.

Fueron los príncipes incas quienes organizaron caravanas desde el Cuzco, cruzando el altiplano hasta las orillas del Misky Mayu, para aprovechar las virtudes de las yacu rupáj (aguas calientes) consideradas por ellos de origen divino.

Los incas decían que sus manantiales traían el fuego de la tierra y daban milagrosamente la salud al sufriente o al enfermo. Su fama se extendió con los relatos hasta el imperio del Hijo del Sol, en las alturas del Tahuantisuyo.

Las postas de Vinará y Miraflores le acercaron viajeros ilustres en la época de la Conquista: San Francisco Solano, los congresales de Tucumán, el Ejército del Norte, Facundo Quiroga y los Taboada.

A comienzo del siglo XX, Termas era un villorrio de 300 habitantes y comenzaban a surgir los primeros hoteles para el turismo que encontró algunos precursores a fines del XIX, ya que el primer alojamiento se construyó en 1884.

Fue reubicada a 21 kilómetros de su sitio primitivo en el año 1966, para construir el Dique Frontal.

Su emplazamiento original se encuentra cubierto por las aguas del lago.

Fue declarada ciudad el 6 de septiembre de 1954, pero el Municipio obtuvo su autonomía recién en 1958 y se eligió como primer intendente municipal al sr. Luis Jorge Manzur.

Hoy, es el mayor centro turístico de la provincia y uno de los más importantes de la región.

Se cuenta que san Francisco Solano pasó por la antigua villa rumbo al Tucumán, para proveerse de madera de nogal y construir el templo que hoy se levanta en la ciudad capital de Santiago del Estero. Al regresar, se encontró en las cercanías de Villa Río Hondo con el gran río crecido (río Dulce). Era humanamente imposible vadearlo, pero el santo, se cuenta, desató su cordón, lo arrojó al río y dijo: "Río Hondo, no impedirás nuestro paso". Entonces las aguas se abrieron. Fue el primero en tocar la otra orilla y dejó sus huellas y la de su mula en una piedra que aún se conserva y venera en la nueva Capilla Villa Río Hondo.

A partir de este hecho milagroso, el Santo de la Cruz y el Violín es venerado en la región y el nombre original de Miraflores se transformó a Río Hondo. 

Fuente: facebook/elpatiosantiagueño

 

Arsénico en acuíferos: Influencia sobre la salud de la población

 


En distintas regiones de la Argentina, el acceso al agua potable se ha visto condicionado por la presencia de arsénico, flúor y vanadio en las aguas subterráneas. Cuando estos elementos alcanzan concentraciones elevadas, el consumo prolongado puede provocar efectos perjudiciales para la salud. La exposición crónica al arsénico, en particular, se relaciona con el hidroarsenicismo crónico regional endémico (HACRE), una enfermedad que puede ocasionar lesiones cutáneas y distintos tipos de cáncer.

En este trabajo se analiza la distribución del arsénico en los acuíferos argentinos e identifica las áreas con mayores concentraciones, a partir de estudios y registros disponibles. Se presta especial atención a las regiones donde las características hidrogeológicas y las dificultades de acceso al agua potable aumentan la exposición de la población.

Introducción

La presencia de arsénico (As) en las aguas subterráneas de la Argentina se ha relacionado con la actividad volcánica desarrollada en los Andes durante el Cuaternario. Este proceso fue particularmente intenso en el Altiplano y habría contribuido a las elevadas concentraciones detectadas en distintos cursos de agua. Entre ellos se encuentran los ríos Rosario, Pastos Chicos y Chorrillos, este último con registros de 3,5 mg/l, y San Antonio, con valores de 0,7 mg/l, en las proximidades de San Antonio de los Cobres, Salta. También se han registrado concentraciones de entre 0,10 y 0,15 mg/l en el río Jáchal, San Juan (Trelles, 1970), y de entre 0,15 y 0,8 mg/l en el río San Antonio, departamento de Anta, Salta (Esparza, 1996).

La actividad volcánica también habría favorecido la acumulación de grandes depósitos de vidrios volcánicos con arsénico en el sector oriental de la llanura pampeana. Nicolli (1987) registró concentraciones de 11 ± 0,78 en vidrios frescos y de 14,7 ± 0,70 en vidrios alterados.

La presencia de arsénico disuelto en el agua depende, entre otros factores, de las condiciones químicas del medio. Su solubilidad aumenta especialmente en aguas alcalinas ricas en bicarbonato de sodio. En cambio, las concentraciones suelen ser menores en aguas con abundantes sales de calcio o magnesio, incluso cuando contienen bicarbonatos o sulfatos. Por esta razón, las aguas subterráneas más alcalinas pueden presentar contenidos elevados de este elemento.

La distribución del arsénico varía según las características geológicas y la profundidad de los acuíferos. En Santiago del Estero, por ejemplo, se han identificado concentraciones elevadas en aguas profundas de Monte Quemado, entre los 90 y 100 metros, y en Selva, donde se registraron 0,57 mg/la 40 metros de profundidad (Dodero et al., 1984). También se han señalado problemas en Santa Fe, Chaco, La Rioja y Salta.

En el nordeste de Santiago del Estero, Martín et al. (1993) estudiaron 340 pozos y observaron diferencias vinculadas con su ubicación. Los pozos asentados sobre paleocauces del oeste del departamento Alberdi proporcionaban agua con contenidos relativamente bajos de arsénico, aunque presentaban una elevada contaminación biológica. En cambio, los situados sobre el abanico aluvial de las Sierras Subandinas, al oeste del departamento Copo, registraban concentraciones mayores, con máximos de 0,60 mg/l en perforaciones de entre 80 y 110 metros de profundidad.

En otras provincias, el arsénico también aparece en capas superficiales. Se han identificado concentraciones elevadas en Bell Ville, en la cuenca del río Tercero, y en sectores del centro y norte de Santa Fe, así como en el norte y sur de Buenos Aires (Paoloni et al., 1999). También se han documentado casos en el norte de La Pampa, donde Jacinto Arauz registró 0,4 mg/l, según Dodero et al. (1996b); en Tucumán, a profundidades de entre 6 y 30 metros (Esparza, 1996), y en San Juan (Trelles et al., 1970; Gavarotto, 1984). En Huinca Renancó, Córdoba, se informó una concentración de 0,302 mg/l (ADI Canadá, 1996).

Antecedentes

El Hidroarsenicismo Crónico Regional Endémico (HACRE) es una enfermedad asociada con la ingestión prolongada de agua que contiene arsénico. Su denominación describe una afección vinculada con la exposición crónica de la población de una región donde el problema se presenta de manera persistente. Picheral (1982) la ha abordado como un ejemplo de complejo ecopatológico, en el que interactúan las condiciones ambientales y los efectos sobre la salud.

La enfermedad puede evolucionar a través de distintas manifestaciones clínicas. Entre las primeras se describen la hiperhidrosis palmoplantar, el prurito y la descamación, junto con síntomas como conjuntivitis, vómitos o diarrea. En etapas posteriores pueden aparecer hiperqueratosis palmoplantar, con lesiones dolorosas que dificultan caminar y realizar tareas manuales, y melanodermia en el tronco y la parte superior de los miembros. La exposición también se ha asociado con lesiones precancerosas y distintos tipos de cáncer de piel, entre ellos el epitelioma de Bowen.

En la Argentina, Goyenechea describió la enfermedad en 1917 y la denominó «enfermedad de Bell Ville», por la procedencia de los pacientes estudiados. Ese mismo año, Ayerza documentó sus manifestaciones cutáneas, que dieron origen al nombre de «enfermedad de Ayerza». Posteriormente, Tello (1951) introdujo la denominación con la que se la conoce en los círculos médicos argentinos.

Los registros históricos muestran la persistencia del problema. Tello (1986) contabilizó 339 pacientes provenientes de Córdoba, Santa Fe, Chaco, Buenos Aires y Salta. Por su parte, Biagini et al. (1995) identificaron otros 87 casos entre 1972 y 1993, en su mayoría en Santiago del Estero, Chaco y Salta, y en menor número en Córdoba, Santa Fe y Chile.

Las estadísticas anteriores ya daban cuenta de la magnitud de la enfermedad. Trelles et al. (1970) reprodujeron datos del Hospital Regional de Bell Ville correspondientes al período 1934-1944, durante el cual se registraron 511 afectados por arsenicismo. Ayerza (1917), por su parte, informó 1.300 enfermos sobre una población de 8.534 habitantes, lo que representaba aproximadamente el 15 % de los residentes de Bell Ville.

Las investigaciones posteriores incorporaron herramientas para identificar las zonas de mayor riesgo. Penedo y Zigarán (1998) elaboraron un mapa para la provincia de Córdoba a partir de la incidencia de patologías relacionadas y de las concentraciones de arsénico en el agua destinada al consumo humano. Relevaron 40 localidades, midieron el contenido de arsénico y el pH del agua, y relacionaron esos datos con las tasas de mortalidad por cáncer de piel y de órganos blandos. Los mayores índices de riesgo se localizaron en áreas de llanura, particularmente en los departamentos de San Justo, Marcos Juárez, Unión, Río Cuarto y Río Primero.

Paoloni et al. (1999) publicaron un mapa de riesgo para el sur de la provincia de Buenos Aires, donde delimitaron sectores con concentraciones de hasta 1 mg/l en los alrededores de Médanos.

Los efectos sanitarios de la exposición al arsénico también han sido estudiados en otros países. En Estados Unidos, Lewis et al. (1999) señalaron asociaciones con un mayor riesgo de cáncer de próstata, enfermedades cardiovasculares, nefritis y pericarditis. Calderón et al. (1999) analizaron su relación con los cánceres de piel no melanoma. No obstante, Karagas et al. (1998) advirtieron que no estaba claro si esos efectos podían atribuirse a las concentraciones de arsénico presentes en el agua consumida por esa población, estimadas en 0,05 mg/l. Los resultados señalaron la necesidad de profundizar las investigaciones sobre los efectos de la exposición crónica.

Concha et al. (1998) estudiaron el metabolismo del arsénico en habitantes de San Antonio de los Cobres, Taco Pozo y Rosario de Lerma. Los resultados mostraron diferencias en las concentraciones detectadas en sangre y orina de niños y mujeres, lo que sugirió una variabilidad considerable entre individuos, posiblemente relacionada con factores metabólicos y con el polimorfismo genético.

Materiales y método

El estudio se basó en registros de concentraciones máximas y mínimas de arsénico en aguas subterráneas publicados por Obras Sanitarias de la Nación (1942), Trelles et al. (1970) y Gavarotto (1988).

Se georreferenciaron 125 localidades que presentaban concentraciones superiores a 0,05 mg/l, valor establecido como límite permitido para el agua de consumo humano en la normativa argentina considerada por el trabajo. A partir de esos datos, se trazaron isolíneas para representar las concentraciones máximas y mínimas de arsénico en los acuíferos. La elaboración cartográfica se realizó mediante el programa AutoCAD 2000.

Resultados

El área afectada por la presencia de arsénico en los acuíferos se extiende por la llanura pampeana hasta el norte de Santa Fe y Santiago del Estero. Según el estudio, esta distribución coincide con una región caracterizada por una importante actividad ganadera y una elevada concentración de población.

Las isolíneas de concentraciones máximas muestran focos destacados en el nordeste de Córdoba, donde La Francia registra 12,0 mg/l; en el oeste de Salta, en San Antonio de los Cobres, con 2,9 mg/l, y en el sudoeste de Buenos Aires, en Médanos, con 2,0 mg/l.

El análisis de las concentraciones mínimas también identifica sectores donde los valores continúan siendo elevados. Entre los registros consignados se encuentran 2,00 mg/l en La Francia, Córdoba; 0,60 mg/l en Vila, Santa Fe, y 0,50 mg/l en San Marcos Sur y Assunta, en el sudeste cordobés.

Estos resultados muestran que la presencia de arsénico no se limita a unos pocos puntos aislados. Su distribución abarca amplios sectores del país y presenta diferencias locales que deben considerarse al evaluar la calidad del agua subterránea.

Discusión y conclusiones

Las estimaciones citadas por Rivero (1998) calculaban que más de un millón de personas vivían en áreas de riesgo por la presencia de arsénico en el agua. En las ciudades, el problema podía abordarse mediante el abastecimiento desde fuentes superficiales o el tratamiento del agua para reducir las concentraciones del contaminante. Entre las tecnologías disponibles se encontraban la coagulación, el ablandamiento con cal, la extracción de hierro y manganeso, el intercambio iónico, la electrodiálisis inversa y la filtración por membranas mediante ósmosis inversa.

La aplicación de estos procedimientos exige inversiones, personal capacitado y un control adecuado de las condiciones químicas del agua. Su rendimiento también depende de la composición del recurso que se pretende tratar. El ablandamiento con cal, por ejemplo, resulta poco práctico en aguas de baja dureza. El intercambio iónico y la ósmosis inversa, por su parte, pueden presentar dificultades cuando existen concentraciones elevadas de determinadas sales. En Huinca Renancó, Córdoba, se han señalado limitaciones vinculadas con la presencia de sulfatos en el agua (ADI Canadá, 1996).

En Selva, Santiago del Estero, se instaló en 1980 una planta de tratamiento por ósmosis inversa. El pozo captaba agua a 40 metros de profundidad, con una concentración de arsénico de 0,57 mg/l. Según Dodero et al. (1984), el agua obtenida mediante el tratamiento industrial presentaba valores de entre 0,3 y 0,5 mg/l. La distribución se realizaba a través de ocho canillas públicas y cuatro conexiones domiciliarias, destinadas al hospital, la iglesia, la delegación municipal y la planta de tratamiento. El caso muestra las limitaciones que podía tener el acceso al agua tratada, tanto por la concentración residual del contaminante como por la reducida cobertura del servicio.

En Monte Quemado, también en Santiago del Estero, Obras Sanitarias de la Nación instaló en 1951 una planta que utilizaba sulfato ferroso para adsorber el arsénico. De acuerdo con Dodero et al. (1996a), la instalación continuaba funcionando en 1978.

La provincia de Santa Fe, por su parte, licitó el abastecimiento de agua potable y el saneamiento para 15 grandes ciudades, con una población conjunta de 1,8 millones de personas. Cinco de esas ciudades, que reunían unos 200.000 habitantes, recibían agua con concentraciones superiores al límite establecido por el Código Alimentario Argentino, señalado en el estudio como 0,05 mg/l. Entre los casos mencionados figura Tarragona, cerca de Rufino, con 0,27 mg/l (Madiec et al., 1998).

Los datos de la Secretaría de Recursos Hídricos de la Nación indicaban que, en 1989, había 1.461.584 personas en áreas con aguas contaminadas por arsénico y flúor. Según Pérez Gattorna (1996), buena parte de esa población carecía de servicio de red y dependía de pozos que captaban agua de acuíferos contaminados o de aljibes para recolectar agua de lluvia. En algunos casos, las lesiones de los aljibes permitían la conexión con el acuífero, lo que comprometía la calidad del agua almacenada.

La distribución de esa población mostraba una concentración considerable en Córdoba, con 691.000 habitantes expuestos, y Santa Fe, con 316.434. También se registraban 187.000 personas en La Pampa, 170.000 en Chaco, 71.000 en Buenos Aires y 20.400 en Santiago del Estero.

La dispersión de las viviendas y el tamaño reducido de muchas comunidades dificultaban la instalación de sistemas convencionales de potabilización. Por eso, se planteó la necesidad de desarrollar tecnologías domiciliarias de bajo costo que permitieran reducir el contenido de arsénico. Su funcionamiento, no obstante, dependía de condiciones que no siempre estaban garantizadas: disponibilidad de energía eléctrica, capacitación de los operadores, asistencia técnica y suministro regular de reactivos (Sancha, 1996).

En Salta, desde junio de 1995 se desarrolló una experiencia piloto basada en la floculación, adsorción y decantación. El sistema alcanzó una reducción del arsénico cercana al 70 % y se distribuyeron 40 equipos en los departamentos de Anta, Los Andes y Rivadavia, incluidos Tolloche y Las Lajitas (Rivero, 1998).

La provincia de La Pampa también había instalado sistemas de potabilización por ósmosis inversa desde 1978. Las localidades mencionadas en el estudio fueron La Humada, Algarrobo del Águila, Limay Mahuida, Mauricio Mayer y Metileo. En estas dos últimas se registraban valores de 0,15 mg/l y concentraciones residuales, respectivamente, según la información citada; en Metileo se consignaban valores de 0,05 mg/l y vestigios. Las condiciones de abastecimiento diferían entre localidades: algunas contaban con conexiones domiciliarias y medición del consumo, mientras que otras disponían de una red sin tratamiento y de una canilla pública con agua tratada. El residuo concentrado de la ósmosis inversa se vertía en una laguna sin protección para impedir su reinfiltración en el acuífero (Lastiri et al., 1984).

En cuanto a las alternativas de tratamiento, Pérez Gattorna (1995) consideró adecuado para la Argentina el proceso de coagulación, sedimentación y filtración. Este procedimiento admitía aguas sin tratar con concentraciones de entre 1,00 y 2,00 mg/l, tenía un costo moderado y podía aprovechar la infraestructura de numerosas plantas ya instaladas en el país.

La eventual reducción de los límites máximos permitidos planteaba nuevas exigencias. El estudio señalaba que, si se adoptaban valores de entre 0,01 y 0,02 mg/l, similares a los recomendados entonces por países altamente industrializados, las instalaciones existentes podían encontrar dificultades para detectar y reducir el arsénico hasta esos niveles. También advertía que se desconocía si las plantas disponibles alcanzarían ese rendimiento y que los costos de tratamiento podían aumentar considerablemente (Faiguenbaun, 1995).

El trabajo concluye que la presencia de arsénico en las aguas subterráneas constituye un problema sanitario extendido, cuya resolución requiere considerar las características de cada acuífero, la distribución de la población y las posibilidades reales de acceso al agua tratada. Las diferencias entre las tecnologías disponibles, sus costos y las condiciones de funcionamiento explican parte de las dificultades para garantizar un suministro seguro, especialmente en las comunidades rurales y en las localidades pequeñas.

El estudio también plantea interrogantes sobre los criterios utilizados para establecer los límites de arsénico en el agua destinada al consumo humano. Señala que no siempre resulta claro cómo se han determinado esos valores y qué procedimientos experimentales o estadísticos se han empleado para establecerlos. Mientras persistan concentraciones superiores a los límites sanitarios, la vigilancia de los acuíferos, el control de la calidad del agua y la ampliación de los servicios de potabilización seguirán siendo tareas necesarias para reducir la exposición de la población.

Referencia bibliográfica principal

Curto, SI, Mendiburo, NA, Plastina, R. y Boffi, R. (2001). Arsénico en acuíferos: influencia sobre la salud de la población. Anales de Gæa, Sociedad Argentina de Estudios Geográficos, tomos 21-22, tomo I, págs. 139-150.

 

 

domingo, 18 de octubre de 2026

Los Cerrillos, una historia escrita en las rocas de Santiago del Estero

Crónica geológica a partir del estudio de Marta Omil y Manuel Cabrera, publicado en Acta Geológica Lilloana, tomo XVII, número 2, en 1992.

Fotografia: Gustavo Tarchini


A unos 15 kilómetros al este de la Sierra de Guasayán, en el departamento homónimo de Santiago del Estero, Los Cerrillos guardan una historia que se remonta a cientos de millones de años. Sus lomadas bajas, atravesadas por la Ruta Nacional 64, muestran una sucesión de rocas volcánicas, areniscas rojizas, basaltos y sedimentos que permiten reconstruir transformaciones profundas de la región.

El paisaje parece discreto si se lo compara con las grandes formaciones montañosas del país. Pero detrás de esas elevaciones se encuentra una historia geológica compleja, marcada por episodios volcánicos, movimientos tectónicos, sedimentación y procesos de alteración mineral que se han sucedido desde el Paleozoico hasta tiempos mucho más recientes.

Esa historia ha sido reconstruida por Marta Omil y Manuel Cabrera en su trabajo «Geología de los Cerrillos, departamento Guasayán, provincia de Santiago del Estero», publicado en 1992. A partir de observaciones de campo, estudios microscópicos y dataciones radimétricas, los investigadores revisaron las edades atribuidas a distintas formaciones y propusieron una nueva interpretación de la secuencia geológica local.

El estudio también puso en discusión algunas clasificaciones anteriores. Las diferencias entre los investigadores no fueron menores: según la interpretación adoptada, una misma formación podía quedar ubicada en períodos geológicos distintos, lo que modificaba la reconstrucción de los acontecimientos que habían dado origen al relieve.

Un paisaje dividido por fallas

Los Cerrillos están constituidos por dos alineaciones de lomadas bajas. La mayor se extiende aproximadamente diez kilómetros y aparece dividida en dos sectores por una falla transversal. La alineación menor, situada al oeste, alcanza cerca de cinco kilómetros y está separada de la anterior por otra falla, orientada en dirección noroeste-sudeste.

La Ruta Nacional 64 atraviesa transversalmente el conjunto y delimita los sectores conocidos como Cerrillos Norte y Cerrillos Sur.

Estas formas del terreno no son simples ondulaciones de la superficie. Las fracturas y discontinuidades registradas en las rocas permiten reconocer los movimientos que han afectado a la región a lo largo de su evolución. Las fallas también han intervenido en la circulación de fluidos subterráneos, responsables de alteraciones minerales que todavía pueden observarse en algunos afloramientos.

Antes de la investigación de Omil y Cabrera ya existían antecedentes sobre la geología de la zona. Entre ellos se encontraban los trabajos de Beder, publicados en 1928; los estudios de Minera Tea, de 1968; las investigaciones de Ruiz Huidobro, de 1973, y la descripción geológica de Battaglia, de 1982.

Cada aporte permitió avanzar en el conocimiento de las rocas y su distribución. El trabajo de 1992 retomó esas observaciones y las relacionó con nuevos datos de laboratorio para establecer una secuencia cronológica más precisa.

Cuando el vulcanismo dominaba el paisaje

La historia documentada en las rocas comienza en el Paleozoico superior, durante el Carbonífero y el Pérmico inferior. En ese período se produjeron manifestaciones volcánicas que dieron origen a la Formación Las Lomitas, compuesta por rocas volcánicas ácidas.

Uno de los lugares estudiados fue la Cantera San Miguel. Allí, los investigadores observaron estructuras de flujo, fracturas y numerosos planos de diaclasamiento, es decir, grietas que afectan a la roca. Algunas de estas discontinuidades facilitaron la circulación de soluciones hidrotermales, que modificaron profundamente los materiales originales.

Las rocas, inicialmente de tonalidades pardovioláceas oscuras, presentan sectores amarillentos, rojizos y blanquecinos. Bajo el microscopio, los investigadores reconocieron alteraciones que habían transformado minerales originales, entre ellos plagioclasas, reemplazadas por illita y caolinita.

En las zonas afectadas por la circulación de fluidos también se encontraron minerales de cuarzo y yeso. Cerca de la salida de la cantera, en un sector de falla, se identificó un nódulo cuyo interior estaba formado por cuarzo hialino y cuya superficie presentaba pequeñas rosetas de yeso selenítico.

La presencia de estos minerales ofrece una pista sobre los procesos que actuaron después de la formación de las rocas. El paisaje conserva, de ese modo, señales de acontecimientos diferentes: primero la actividad volcánica y, posteriormente, la circulación de fluidos capaces de modificar la composición y el aspecto de los materiales.

Para determinar la antigüedad de las vulcanitas, los autores recurrieron a dataciones radimétricas realizadas mediante el método potasio-argón (K-Ar). Los resultados consignados en el artículo abarcan aproximadamente entre 300 y 270 millones de años, aunque los investigadores advirtieron que la precisión de esos datos exigía cautela al relacionarlos con fases específicas del magmatismo regional.

La investigación vinculó estas manifestaciones con la discusión geológica sobre la denominada Fase Atacama, caracterizada por Moya y Salfity en 1982. La asociación se planteó con reservas, debido a las limitaciones estadísticas de las dataciones disponibles.

Las areniscas rojas y una discusión sobre su edad

Sobre las rocas volcánicas de la Formación Las Lomitas aparecen las areniscas rojizas que caracterizan buena parte del relieve occidental de Los Cerrillos. Su color, asociado principalmente a óxidos de hierro, contrasta con las tonalidades oscuras de algunas rocas volcánicas y permite reconocerlas a simple vista.

Estas areniscas integran la Formación Los Cerrillos, cuya edad ha sido objeto de distintas interpretaciones.

Ruiz Huidobro había denominado Formación Ichagón a estas rocas y les había atribuido una antigüedad correspondiente al Carbonífero superior y al Pérmico inferior, sobre la base de dataciones radimétricas. Más tarde, Battaglia, en su trabajo de 1982, separó las areniscas rojas de los basaltos situados por debajo de ellas. A las primeras les asignó el nombre de Formación Los Cerrillos y agrupó los basaltos en la Formación Las Lomitas.

La discusión continuó con las investigaciones de Lucero Michaut, quien en 1969 describió distintas clases de areniscas del Paleozoico superior en sectores de Córdoba y Santiago del Estero. En un trabajo posterior, de 1979, el investigador organizó las unidades sedimentarias de la Sierra Norte de Córdoba y ubicó la Formación Los Cerrillos dentro del Cretácico.

Omil y Cabrera revisaron esa interpretación. A partir de las relaciones entre las capas, las observaciones de campo y los antecedentes disponibles, reconsideraron la ubicación cronológica de las areniscas y propusieron relacionarlas con el Pérmico, con la posibilidad de extender su asignación al intervalo Pérmico-Triásico para los niveles superiores.

La diferencia no fue meramente nominal. Establecer si esas rocas pertenecían al Paleozoico superior, al Mesozoico o a una transición entre ambos períodos cambiaba la secuencia de acontecimientos que podía reconstruirse para la región.

El estudio microscópico permitió reconocer que las areniscas están compuestas principalmente por cuarzo, con proporciones que los autores sitúan entre el 60 y el 84 por ciento. También contienen fragmentos de rocas metamórficas, como pizarras y filitas, además de materiales plutónicos en menor proporción. El cemento, escaso, está representado por óxidos de hierro.

Estos componentes aportan información sobre los materiales que existían antes de que se depositaran los sedimentos. Las areniscas, por lo tanto, también conservan rastros de otras rocas y de los procesos que las desintegraron, transportaron y acumularon.

Los basaltos de Ichagón y las edades que exigen cautela

Al sur de la Ruta Nacional 64 aparece una franja de basaltos de aproximadamente dos kilómetros de extensión. Los autores los atribuyeron a la Formación Ichagón, siguiendo la clasificación de Battaglia.

Son rocas pardogrisáceas que presentan fractura concoidea y distintos grados de alteración. En su composición se identificaron plagioclasas, minerales derivados de la alteración del olivino y otros componentes, entre ellos calcita, goethita y magnetita.

Las dataciones realizadas mediante el método K-Ar situaron estas rocas entre el Triásico superior y el Jurásico inferior. Los investigadores, no obstante, señalaron que esos resultados debían tomarse con reserva hasta disponer de nuevas mediciones.

La advertencia revela una característica habitual de la investigación geológica: una fecha obtenida mediante un procedimiento analítico no siempre resuelve por sí sola la edad de una formación. Los resultados necesitan ser contrastados con la composición de las rocas, su posición respecto de otras unidades y las relaciones que pueden observarse en el terreno.

Omil y Cabrera compararon sus observaciones con manifestaciones volcánicas descriptas en otras regiones. Citaron, entre otros antecedentes, los trabajos de González y Toselli sobre rocas mesozoicas de la Argentina, que incluían registros de Sierra de Maz y distintos sectores de La Rioja.

La comparación permitió situar los basaltos de Los Cerrillos dentro de un problema geológico regional más amplio: la distribución temporal y espacial del vulcanismo en las Sierras Pampeanas y en otras áreas del noroeste argentino.

Lutitas, yeso y sedimentos más recientes

La sucesión de rocas no termina con los basaltos. En la entrada de la Cantera San Miguel, al pie de la ladera oriental de Cerrillos Norte, los investigadores describieron un nivel de lutitas pardas y verdosas de aproximadamente 25 metros de espesor.

Las lutitas son rocas sedimentarias de grano muy fino que suelen separarse en láminas. En el perfil estudiado aparecen en distintos niveles, con variaciones de color y disposición. Algunas capas muestran buena fisilidad, una propiedad que facilita su división en superficies delgadas.

Los autores registraron también discontinuidades entre las unidades. Estas discordancias representan interrupciones en la sucesión geológica y pueden reflejar períodos sin sedimentación, erosión o movimientos que modificaron la disposición de las capas antes de que se depositaran nuevos materiales.

En tiempos mucho más recientes, durante el Mioceno, se depositaron sedimentos de la Formación Río Salí, representados en el área por arcilitas pardas y verdosas con yeso. Según Omil y Cabrera, la formación alcanza un espesor aproximado de 550 metros, estimado a partir de perforaciones, aunque en superficie solo afloran algunos metros.

La presencia de estos materiales permite reconocer una etapa distinta de la evolución regional, posterior a los episodios volcánicos y a la sedimentación que dio origen a las areniscas y lutitas más antiguas.

También se identificó la Formación La Represa, integrada por un afloramiento reducido de andesitas pardogrisáceas. Los autores encontraron semejanzas petrográficas entre estas rocas, las de una cantera situada en la Sierra de Guasayán y las andesitas de la Formación Puerta de la Peña.

En este caso, la edad miocena se apoyó en criterios estratigráficos establecidos por Porto y Danieli en 1979 para rocas comparables de la Formación Puerta de la Peña. Omil y Cabrera relacionaron esos afloramientos con una misma manifestación volcánica, aunque su interpretación se basó en las semejanzas y relaciones geológicas observadas.

Por último, en la Cantera San Juan describieron un fanglomerado compuesto principalmente por materiales del basamento y rocas volcánicas. Se trata de uno de los escasos representantes del Cuaternario reconocidos en el sector estudiado.

Una historia geológica distinta de la Sierra de Guasayán

La investigación de 1992 llegó a una conclusión que modifica la manera de interpretar el conjunto del paisaje. Aunque Los Cerrillos se encuentran cerca de la Sierra de Guasayán, ambos presentan características geológicas diferentes.

Omil y Cabrera destacaron que Los Cerrillos están marcados por la presencia de rocas volcánicas de distintas composiciones, ampliamente distribuidas en el área. La sucesión incluye vulcanitas ácidas, basaltos y andesitas, junto con unidades sedimentarias de edades muy diferentes.

El trabajo fue realizado bajo los auspicios del Instituto de Geocronología de la Fundación Miguel Lillo, dentro del programa Geotuc del CONICET. Los autores agradecieron especialmente al doctor Juan Carlos Porto por su colaboración en las tareas de campo y su asesoramiento durante la elaboración del texto.

La bibliografía reúne investigaciones publicadas entre 1928 y comienzos de la década de 1990. Esa continuidad muestra cómo el conocimiento de un paisaje se construye mediante observaciones sucesivas, nuevas técnicas de datación y revisiones de hipótesis anteriores.

Los Cerrillos han conservado en sus rocas episodios volcánicos, sedimentos antiguos, fracturas y minerales formados por procesos posteriores. Cada unidad representa una etapa diferente, y sus contactos permiten reconstruir el orden en que ocurrieron algunos de esos acontecimientos.

La historia que presentan Omil y Cabrera no es una secuencia completamente cerrada. Las reservas expresadas sobre determinadas edades y las diferencias con clasificaciones previas dejan planteadas preguntas que requieren nuevas investigaciones. Precisamente allí reside el valor del estudio: haber reunido evidencias dispersas y propuesto una interpretación geológica que permite comprender mejor la evolución de este sector de Santiago del Estero.

Fuente principal: Omil, Marta y Cabrera, Manuel (1992). «Geología de los Cerrillos, departamento Guasayán, provincia de Santiago del Estero». Acta Geológica Lilloana, XVII (2), pp. 155-160. Las interpretaciones históricas y las edades mencionadas se han tomado del artículo; las incertidumbres señaladas corresponden a las reservas expresadas por sus autores.

 

sábado, 17 de octubre de 2026

El pulso de la tierra y los lujos del espíritu: Cuando Atahualpa Yupanqui abrió las puertas de su casa



Hay entrevistas que son simples cuestionarios y hay otras que funcionan como una máquina del tiempo. Eso es lo que ocurre al asomarse a una charla inédita grabada en Buenos Aires en abril de 1979, donde el periodista dorreguense Eduardo Reyes logró sentar un charlar a Don Atahualpa Yupanqui. Lejos del mito bronceado que imponen los escenarios gigantescos, el folklorista se muestra allí en pantuflas, por decirlo de algún modo: reflexivo, generoso con las palabras y con esa mirada honda que solo tienen los que han caminado cada rincón del país sabiendo mirar sin prisa.

Entre taxistas de Buenos Aires y templos medievales en Europa

La charla arranca desmitificando distancias. Yupanqui venía de pasar una temporada larga en la Argentina, demorando sus compromisos en España y México, y contaba con una sonrisa algo socarrona cómo lo trataba el público. Lejos de ser el artista intocable, recordaba anécdotas cotidianas con la calidez del hombre de a pie: subirse a un taxi en Buenos Aires para ir a buscar un libro de Borges a la calle Florida, y que el chofer, al reconocerlo, se negará a cobrarle el viaje tras hacer ocho kilómetros hasta Palermo.

Pero lo curioso es cómo ese andar por el mundo lo llevaba a encontrar similitudes insospecchadas. Radicado gran parte de su tiempo en Europa, Yupanqui contaba cómo llevaba su arte a pueblitos perdidos de la Bretaña o la Normandía francesa, lugares sin cines ni teatros donde los recitales se armaban directamente en iglesias románicas, con el permiso del cura y la condición de tocar música instrumental y vidalas que no rompieran el clima del templo. Y allí, entre productores de queso camembert y artesanos de la madera, se encontraban al "paisano" europeo: ese trabajador rudimentario que, a pesar de la dureza de las tareas del campo, guardaba en sus manos la paciencia y el pulso necesarios para la artesanía fina. Para Atahualpa, eso eran los "lujos del espíritu paisano": saber hacer cosas bellas con las manos después de haber empuñado el arado o bregado con la bestia.

El galope sin herraduras y la leyenda del paisano errante

Hacia el tramo más entrañable de la charla, la música y la memoria de la infancia se cruzan de golpe. Inevitablemente, al hablar de los ritmos del campo, Yupanqui rescata el sonido más cautivante y misterioso de su niñez pampeana: el galope lento y tendido de un caballo en la noche.

De ahí brota el recuerdo de una leyenda que le contaba su padre en los pagos de Pehuajó: la historia del Paisano Errante. Aquel joven que, tras una ofensa imperdonable a su madre, recibió una maldición campera: vagar por los caminos de la noche al tranco de su caballo, con la pena de que se le rompiera la guitarra y nunca más encontrara sosiego. Para el músico, aquel eco lejano en la oscuridad de los campos no era un relato terrorífico, sino una presencia que invitaba a pensar en los grandes misterios de la llanura.

Los payadores como los primeros periodistas de la Pampa

Defensor acérrimo de la tradición por sobre el mero efecto comercial, Yupanqui también se hizo un tiempo para reivocar la figura del payador. Lejos de verlo solo como un cantor dotado, lo definió con una precisión hermosa: el primer periodista que tuvo la Pampa.

En tiempos donde las noticias tardaban semanas en llegar, era el juglar a caballo quien recorría los pueblos llevando las novedades de lo que pasaba en los pagos vecinos: inundaciones, duelos criollos o historias de caminos. Un oficio emparentado con los viejos juglares europeos del medioevo, que adaptaba su ingenio mental a la rima estricta de la décima mientras la noche comenzaba a cerrarse sobre el horizonte.

El canto para la tradición y no para el disco

Hacia el final, la charla deja una advertencia que el tiempo se convertiría en profecía. Recordando una caminata por Buenos Aires junto al insigne musicólogo Carlos Vega, Atahualpa rescataba una frase lapidaria al escuchar a un grupo joven muy pintón pero vacíos de raíz: “Qué lástima que canten para el disco y no para la tradición”.

Para Yupanqui, el folclore no era un museo estático, pero sí exigía un respeto reverencial. Acercarse a la música de raíz era, en sus propias palabras, ingresar a un templo. Una lección de humildad, memoria y consecuencia que, a décadas de aquella grabación conservada por el Archivo Audiovisual de Coronel Dorrego, sigue resonando con la fuerza de un clarín en medio del monte.

Fuente: Entrevista a Atahualpa Yupanqui (1979) - Archivo Audiovisual de Coronel Dorrego.

 

Mate de exportación: Cuando el valor agregado no llega al cosechero



Hay postales que resumen a la perfección las contradicciones de la época. En los últimos años, el mate dejó de ser solo esa excusa cotidiana con la que nos reconocemos a los argentinos en cualquier rincón del mundo y se transformó en una tendencia global. De la mano de futbolistas de primera línea, creadores de contenido de vida sana y tiendas orgánicas en Berlín, Nueva York o Tokio, la infusión se promociona como un superalimento repleto de antioxidantes. Se exporta a más de veinte países y no para de sumar adeptos en el Norte Global. Pero a millas de kilómetros de las cafeterías donde sirven yerba en recipientes de diseño, la realidad de quienes la cosechan no entra en ningún folleto publicitario.

En Misiones, el corazón de la producción yerbatera junto con Corrientes, el contraste golpea. De un lado está el volumen de ventas al exterior; del otro, la precariedad con la que se junta la hoja en el campo.

El primer eslabón, a la sombra

Detrás de cada ronda de mates está el tarefero. La tarefa —la recolección manual de las hojas— se sigue haciendo prácticamente igual que hace un siglo.

La rutina empieza de madrugada. A las cuatro de la mañana, los cosecheros suben a la caja de camiones viejos para meterse por caminos de tierra roja hacia los yerbales. Por delante les quedan diez o doce horas de trabajo a pleno sol o bajo la humedad agobiante del monte. Cosechan a mano, juntan las ramas y arman las "ponchadas": bultos de yerba recién cortadas que cargan sobre la espalda y que pueden pesar entre 100 y 130 kilos.

Ese esfuerzo diario pasa factura rápido. Columnas desviadas, desgaste articular prematuro y secuelas por accidentes de trabajo —incluidas amputaciones en los secaderos o durante el corte de la planta— son marcas habituales en los cuerpos de los cosecheros. A eso se le suma la inestabilidad laboral. En la región trabajan unos 18.000 tareferos, pero entre los gremios y las organizaciones sociales coinciden en que la cifra real es bastante mayor debido al empleo no registrado.

Trabajan únicamente entre cuatro y seis meses al año, durante la zafra. El resto del tiempo quedan desocupados y sin ningún tipo de ingreso formal. En barrios como 100 Hectáreas, en las afueras de Oberá, viven familias enteras que llevan tres o cuatro generaciones dedicadas a la tarefa, muchas veces en casas precarias y sin acceso regular a agua potable ni luz eléctrica.

Desregulación y el costo del hilo más delgado

La situación se volvió más compleja con los cambios recientes en la política agroindustrial. Históricamente, el cultivo en Misiones dependió de una red de más de 13.000 pequeños y medianos productores, muchos de ellos descendientes de los inmigrantes europeos que poblaron la provincia a comienzos del siglo XX.

Sin embargo, la desregulación del sector y la eliminación de los precios de referencia para la hoja verde desequilibraron la negociación. Con el valor liberado al juego del mercado, las grandes industrias secadoras y los molinos imponen precios más bajos. En esa cadena, el ajuste siempre cae sobre el eslabón más débil: si el pequeño productor cobra menos por kilo de hoja verde, lo primero que se recorta o se congela frente a la inflación es la paga a destajo del tarefero.

Es la misma distorsión que se ve en otros mercados agrícolas globales, como el del café en Centroamérica o el cacao en África. El producto final gana estatus y precio en las góndolas internacionales, pero ese valor agregado nunca baja hasta el trabajador rural que lo cosecha.

Una cuenta que no cierra

El crecimiento de la yerba mate en el exterior impone un debate indispensable. Hoy el consumidor internacional busca saber de dónde viene lo que toma y exige producción sostenible y trabajo justo. Seguir vendiendo una imagen de bienestar y tradición sustentada en el desgaste físico no registrado de millas de familias misioneras no solo es injusto: a la larga tampoco es sostenible.

Cada vez que cebamos un mate, sostenerlo es fácil. Lo difícil es no pensar en los bultos de 130 kilos que todavía se cargan a pulso en la selva para que esa yerba llegue a la mesa.

Fuente elpais.com


"Cigarrillos "Mimados" La Primera Fábrica De Cigarros De Santiago Del Estero. (1928)

 


El domingo 7 de octubre de 1928, en horas del mediodía, se procedió a la inauguración de la primera fábrica de cigarrillos santiagueños, "Mimados". La misma pertenecía a un inmigrante de la comunidad sirio-libanes, de apellido Mdalel. Este acontecimiento histórico para la industria santiagueña contó con una gran participación del público santiagueño, entre los que se encontraba el gobernador de la provincia, Ing. Santiago Maradona, una multitud se congregó en sus instalaciones, no solo por la novedad que concitaba el mismo, si no también por los premios que se entregarían ese día a los presentes, quienes recibían un paquete de cigarros con un número en su interior, con el cual participarían en un sorteo de importantes premios. Algunos datos recolectados del "Diario La Hora", nos cuentan que la producción a la vista generada por las maquinas, producía una gran atención entre las personas, esta elaboraba unos 600 cigarros sueltos por minuto, el personal compuesto en su mayoría por mujeres, solo un hombre trabajaba en esta fábrica, dónde se empaquetaban 400 atados por día trabajando de 7:30 a 11:30 y de 14 a 18. Cobraban 50 centavos por cada 100 paquetes, ganando 2 pesos por día. Se desconoce cuándo se produjo la desaparición de esta fábrica pionera en materia de consumo del tabaco.

Más adelante, hacia 1931, figuraba también registrada en el Catálogo de Fábricas Argentinas de Cigarrillos bajo la denominación Tabacalera Santiagueña (ubicada en Absalón Rojas 176-180), la cual comercializaba "Mimados" junto con otras líneas como Santiagueños Especiales, Santiagueños Extra Finos y Viva Noi. Se desconoce la fecha exacta de su cierre definitivo.

Fuente: Fernando Ramiro Godoy