sábado, 26 de septiembre de 2026

El secreto de San Esteban: la fiesta santiagueña que esconde un ritual pagano de 500 años

 


En un paraje de Santiago del Estero, cada diciembre, bajo un calor que raja la tierra, un pueblo entero sale a hacer algo que ya no entiende. Corren descalzos desde el monte, se golpean las piernas con ramas verdes, dejan un gajo en cada puerta y terminan sangrando frente a la imagen de un santo.

Todos dicen que festejan a San Esteban. Lo que están haciendo, sin saberlo, es despertar al espíritu del monte.

Un fósil viviente en medio del monte

En 1942, un investigador se metió en Sumamao para ver la fiesta por cuarta vez y la anotó con una precisión de entomólogo. Lo que vio no era una procesión más.

Era un fósil viviente. La única fiesta del norte argentino que, según él, conservaba intacta su coreografía completa. Un teatro sagrado donde conviven dos capas que no deberían tocarse.

Y hay un detalle que la vuelve todavía más rara: es una fiesta de la cosecha que sigue viva donde ya no se cosecha.

El obraje arrasó con los algarrobos, el clima cambió, la agricultura se volvió imposible. Ya nadie cree en un dios de la vegetación. Nadie le pide por los frutos. Le rezan a un santo católico de túnica y barba. Pero los cuerpos siguen repitiendo los mismos gestos de hace cuatro siglos.

Una fiesta de la vegetación que se olvidó de sí misma. Por eso, para el que la estudia, es único en América.

La fiesta antes de la fiesta

Si sacamos al santo ya los caballos por un rato, esto es lo que quedaba.

En el centro de la aldea se levantaba EL Árbol. Un árbol joven trajo del monte a propósito, o un gajo grande pelado hasta arriba, dejando solo un penacho de hojas en la punta para que se viera que estaba vivo. A veces eran dos gajos arqueados y unidos arriba. En lo más alto le colgaban lo más valioso que tenían: frutos y pancitos de harina con forma de animales o de niños. Ese era el dios.

De madrugada — hoy lo hacen al mediodía por el calor, pero los viejos contaban que antes era antes del alba — un grupo de hombres, los "indios", salía corriendo hacia el bosque. Volvían a la carrera, descalzos, con el torso desnudo, mordiendo una ramita de albahaca y fustigándose con ramas frescas. No era castigo. Era limpieza.

Llegaban al caserío y se paraban en cada casa. Cantaban buenos augurios, dejaban el gajo verde en la puerta y la gente les daba algo a cambio. Después iban hasta donde estaba el Árbol, daban vueltas alrededor, bailaban, pasaban por debajo del arco. Uno o varios se trepaban y bajaban los frutos y los pancitos colgados para repartirlos entre todos en una comida común.

Al final venía lo más duro. El sacrificio. Hoy solo queda un gesto mínimo y brutal: frente al altar del santo, el indio se hace una sajada chiquita en la pantorrilla y deja correr un poco de sangre. Ahí mismo donde antes estaba el dios del monte. La ofrenda final.

Si lo pensás, es el mismo esquema del solsticio de verano que vas a encontrar en Grecia o en cualquier cultura agrícola del planeta. El rito para agradecer que la tierra dio.

Cómo los misioneros reescribieron todo sin prohibir nada

Cuando llegaron los españoles y los jesuitas, no vieron solo barbarie. Vieron una oportunidad.

Árbol sagrado, pan compartido, sangre derramada. Era demasiado parecido a la Eucaristía, a la idea de la transubstanciación. No hacía falta destruirlo. Alcanzaba con darlo vuelta.

El propio informe de 1942 cita el truco en un verso del Cid, que es la fórmula perfecta del conquistador:

Los moros e las moras vender non los podremos, que los descabecemos nada non ganaremos; cojámoslos de dentro, ca el señorío tenemos; posaremos en sus casas y dellos nos serviremos.

Traducido a santiagueño: ¿para qué quemar la casa del otro si me puedo mudar adentro y hacer que trabaje para mí?

Y así montaron la nueva fiesta.

Le corrieron el eje. El lugar sagrado ya no fue el Árbol. Lo llevaron unas varas más allá, al rancho donde pusieron el altarcito de San Esteban. El Árbol dejó de ser el centro y se volvió adorno. Multiplicaron los arcos hasta formar una avenida. Una escenografía hermosa. La jugada fue fina: mostrarle muchos árboles al indio para que se olvide de El Árbol.

Metieron el caballo. Y con el caballo entró la jerarquía. Al lado del indio descalzo y semidesnudo apareció el jinete, bien vestido, alto, a caballo. La diferencia de poder se hizo visible. La fiesta ya no era de todos por igual. El indio corre, el jinete lo azuza a los gritos. A veces, cuentan los viejos, a latigazos.

Por eso la gente le sigue diciendo "correr al indio". No es que el indio corre por devoción. Es que lo corren. En muchas fiestas del mundo hay un rito de expulsión del espíritu viejo de la vegetación. Acá los misioneros lo transformaron en otra cosa: la persecución de la barbarie pagana que huye hacia la redención cristiana.

Le invirtieron el sentido a la visita. Antes, el indio traía la fertilidad del monte a la casa. Ahora va de casa en casa a pedir gracia. En cada rancho hay un pesebre armado con el Niño Jesús. El indio ya no bendice. Adora. De portador de la abundancia pasó a ser el que pide perdón.

El teatro del poder

El autor del estudio del 42 deja una idea picando: acá está, en potencia, el acta de nacimiento de la tragedia americana.

¿Por qué? Mirá los personajes. No hay héroes con nombre. No hay próceres. Hay categorías sociales que actúan.

Los "alféreces", que son la autoridad política y tienen la presidencia absoluta de todo. Los "promesantes", que son la fe. Los "indios", que son la marca étnica. Los "celebrantes", que son el pueblo raso.

Es teatro medieval puro. Método ignaciano, jesuita, donde importa la masa y no el individuo. Y el que manda no es el cura. Es el poder civil. Es el patronato regio en acción: la corona por encima de la Iglesia, actuado en vivo, sin discurso.

Pasamos de un rito mágico para que brote el algarrobo a un auto sacramental barroco a caballo. Una clase de catecismo, una demostración de quién manda y una obra de teatro, todo al mismo tiempo.

Mientras todas las fiestas parecidas de Santiago y del norte se fueron perdiendo, esta quedó. Intacta. Como una cápsula.

La Fiesta de San Esteban no es solo una fiesta patronal curiosa. Es el manual de cómo se inventó América. Agarrás algo muy viejo, muy pegado a la tierra, le ponés arriba un santo, le sumás caballos y lo hacés desfilar por una avenida de arcos hasta que la historia original casi no se ve.

Casi.

Porque si te quedás a mirar un rato largo, cuando el indio deja el gajito verde en la puerta y cuando se hace la sajada en la pierna justo frente al santo, el monte sigue ahí, latiendo debajo.

Bibliografía consultada: burla, credo, culpa en la creación anónima – Bernardo Canal Feijoo

 

 

viernes, 25 de septiembre de 2026

Los pueblos indígenas no hablamos dialectos, ni lenguas. Hablamos idiomas

 


 

La semana pasada, el diario El Comercio del Perú, publicó una nota informativa bajo el título: “El quechua muere de vergüenza en el Perú”, en la que, citando a la Agencia EFE, indica que las y los quechuas del país estaríamos abandonando nuestra lengua por vergüenza. Además, dicho matutino señala que la lengua quechua, históricamente promovida por la Iglesia Católica para la evangelización, comenzó a ser prohibida en el Perú a raíz de la rebelión de Túpac Amaru (siglo XVIII).

La colonialidad interna en los estados latinoamericanos se sustenta en la colonialidad cultural que las élites culturales oficiales imponen sobre el resto de las culturas subalternas. La cultura oficial, para justificar su violencia institucionalizada, y garantizar la permanencia de su “superioridad”, afianza el sentimiento de culpabilidad en sus víctimas, fustigando todo acto de rebeldía por parte de los subalternos. Por eso, el Perú criollo dice: “la lengua quechua se pierde porque los campesinos se avergüenzan de hablarlo, ya raíz de la rebelión de Túpac Amaru”. Es decir, ¡por culpa de la rebelión indígena y la vergüenza de los quechuas se pierde el patrimonio cultural peruano!

Las élites oficiales generalmente utilizan terminologías despectivas, no pocas veces prejuiciosas, para referirse y deslegitimar a las culturas no oficiales. Por eso, para aludir a los idiomas nativos utilizan el término de lengua y/o dialecto, pero lo que ellos hablan y enseñan lo categorizan como idioma. Nos llamamos campesinos a los indígenas con la finalidad de anular discursivamente nuestra condición de sujetos de derechos especiales a nivel internacional. Saben que a los campesinos no les asisten mayores derechos.

El lingüista lituano Max Weinreich (siglo XX), definió que la lengua “es un dialecto con un ejército y un navío detrás”. Del mismo modo, en la actualidad, el idioma es una lengua con un ejército y una marina detrás. Es decir, la progresiva jerarquización conceptual de dialecto, lengua, idioma, que supuestamente correspondía a los diferentes niveles de “desarrollo” civilizatario de los pueblos no tiene ningún sustento científico. Fue y es sólo producto de las circunstancias político militares del momento. Según la lingüística, la semiótica o la antropología, todos los pueblos hablamos idiomas, y ninguno es superior o inferior a otro.

Fueron los “vencedores” quienes, sobre los escombros de los pueblos, establecieron que su medio de comunicación se denomine idioma, y el medio de los “derrotados”, lengua o dialecto. Aquellos se imponen como la cultura, modelo oficial, a seguir. Los “derrotados”, idealizan, sueñan con ser parte de los “vencedores”. Por eso, el “vencedor” (ni quienes quieren sentirse parte de ellos) no aprende, ni promueve la “lengua” de los “derrotados”. Pero, regularmente los aymaras hablan quechua y castellano, los quechuas hablamos castellano y otros idiomas. Pero, generalmente los mestizos y/o criollos no hablan idiomas nativos, pero sí se esfuerzan por el inglés, francés, alemán, etc., idiomas de supuestas civilizaciones “desarrolladas”.

Si deseamos realizar una sociometría de la estratificación sociopolítica de la realidad de un país colonizado, o de su condición de colonialidad, suficiente observar la estratificación idiomática en la cotidianidad. Unos pocos esforzándose en los idiomas de los ejércitos dominantes (despreciando los idiomas nativos), y otros muchos, producto del racismo institucionalizado, intentado esconder su milenaria riqueza idiomática. Es más, como bien sostiene el semiólogo suizo Ferdinand de Saussure (siglo XIX), las estructuras idiomáticas son la expresión de las estructuras culturales de los pueblos.

En el mundo coexisten cerca de 5 mil idiomas nativos hablados por otro tanto de pueblos. En el Perú, cerca de 50 idiomas. En Guatemala, 22 idiomas mayas. En Bolivia, más de 30 idiomas nativos. Todos son idiomas. Tan válidos como los de origen europeo, asiático o de cualquier otra procedencia. Si alguien, en el siglo XXI, se quiere atribuir la categoría de superioridad idiomática-cultural padece una gangrena terminal de la enfermedad del racismo, y un crónico complejo de inferioridad. A los pueblos indígenas nos vencieron, pero jamás nos derrotaron. Muestra de ello es la actualidad de nuestra riqueza idiomática milenaria.

Fuente: elciudadano.cl

Hugo Ocaranza: Adiós al amigo

El 30 de mayo de 1998, en horas de la madrugada, falleció a la edad de 54 años este personaje bohemio y singular que pobló radios y escenarios con su palabra inspirada e ingeniosa. Se silencia su voz, pero queda en el recuerdo de sus amigos y del público de peñas y festivales su imagen de ser humano recubierto con una coraza impenetrable, inmune a los avatares de la vida, pero con una ocurrencia a flor de labios y animando las reuniones donde invariablemente era el centro de la atención. Se fue Hugo y nos dejó un vacío que vanamente queremos llenar con la evocación de sus bromas y frases que se han convertido en citas legendarias.



ESCRIBE: OSCAR "CACHÍN" DÍAZ (ESPECIAL)

Difícilmente, pueda aparecer alguien que atestigüe haber visto de mal humor a Hugo Ocaranza. Es seguro que no existe ese alguien, en razón de que el querido locutor y presentador de números folklóricos era toda ocurrencia e ingenio. Un ejemplo, entre tantos, por ser reciente. Estaba presidiendo una tertulia en el bar HP Belgrano entre Urquiza y 9 de Julio, cuando me acerqué a saludarlo. Le puse la mano en el hombro y Ocaranza reaccionó bramando, preanunciando una de sus salidas con las que buscaba dejarme mal parado públicamente. Y lo logró, cuando dijo: "Salí, 'Negro', no me toques, que me desafinas...”, porque de fondo se escuchó una larga risotada de sus amigos contertulios, todos músicos, cantores o promotores de espectáculos, con los que contaba largas jornadas de cigarrillos y cafés.

El dictamen de los médicos dijo que se murió en el Hospital Regional por haber sufrido dos infartos en la cara anterior de su corazón. Tenía 54 años. Había enviudado hace dos años, cuando "Pelusa" murió allá lejos, en La Pampa, rodeada de los cinco varones adolescentes hijos del matrimonio. Pero Hugo se nos fue de pena. Sus amigos, a los que siempre nos cautivó con ese sesgo ocurrirte e ingenioso, ni se nos ocurrió jamás escudriñar adentro de los amigos que quisimos tanto. Por eso, cuando estuvo internado una semana en terapia intensiva del viejo hospital, recién nos avisamos, por ejemplo, que ni obra social tenía. Ni él ni su familia.

Hoy quedan estas líneas para el buen recuerdo. Con la nostalgia del personaje bohemio y el mejor presentador de números folklóricos que pasó en los últimos tiempos por Santiago, Buenos Aires, La Pampa; por radio, televisión y festivales. La gente de Santiago, que es lo que interesa, lo lleva también adentro de su corazón así, con la pinta siempre impecable y ese don innato de presentador sin igual, al que aplaudía fervorosamente como a un artista más.

(Foto: Gentileza Diario El Liberal)

Fuente: Santiago, Guitarra y Copla  

jueves, 24 de septiembre de 2026

El regreso del poeta: cuando La Banda despidió a Julio Argentino Jerez a puro bombo y guitarra

 


Hay viajes que jamás se hacen por placer. Se hacen por mandato, por lealtad, por una última promesa que quema en el pecho. ¿Y los regresos? Hay regresos que no traen alegría alguna, pero sí esa grieta profunda donde se cruzan el orgullo, la pérdida y la nostalgia... esa herida abierta que solo el folclore es capaz de transformar en mito.

A las tres de la tarde de un día implacable, un edema agudo de pulmón le apágó la vida a Julio Argentino Jerez . La partida del gran poeta y compositor bandeño fue repentina, pero su deseo final era un mandato sagrado, casi un susurro desesperado a sus seres queridos: volver a descansar en su tierra . Sus amigos sintieron la urgencia inmediata. No había tiempo para vacilar. Apenas les llegó la trágica noticia, movieron cielo y tierra para que el ausente no quedara lejos de casa.

Tras 18 infinitas horas de viaje, deteniéndose en cada estación como si el paisaje entero le rindiera tributo, el tren Estrella del Norte frenó su marcha a las 9:20 de la mañana del sábado 23 de septiembre. A bordo venía el féretro, custodiado por su cuñado “el Duro” García —quien viajó con el alma en vilo a buscarlo— y por el Dr. José Antonio Faro en representación de SADAIC. El hijo predilecto estaba de vuelta, aunque ya no podía escuchar el alboroto de su gente.

Un recibo ahogado en flores y memoria.

¿Cómo se contiene el dolor de toda una ciudad? La estación de La Banda ya no era una plataforma de trenes; era un mar de gente contenido por la angustia. La noticia había corrido como reguerazo de pólvora y nadie —absolutamente nadie— quiso quedarse afuera de este abrazo de bienvenida y despedida.

Desde allí, el cortejo avanzó lentamente hacia la casa materna en Sarmiento 494 . Quienes pisaron esa vereda jamás olvidarán la escena: el féretro llegó literalmente tapado de flores, sepultado bajo el afecto físico e indestructible de un pueblo que se negaba a dejarlo ir.

El cuerpo permaneció en la casa hasta las cuatro de la tarde. El calor pegaba con fuerza, una siesta abrasadora que quemaba la piel, pero ese sol sofocante no logró dispersarse a la multitud. Nadie se movió. Era el preludio de una de las manifestaciones populares más desgarradoras y conmovedoras de las que se tenga memoria en la región.

Dieciocho cuadras de agonía, dieciocho chacareras de gloria

El pueblo se rebeló contra el silencio fúnebre. Un gigante del cancionero no podía irse a la tumba en penumbras ni con marchas acartonadas. La gente cargó el ataúd a pulso, sintiendo el peso muerto de su ídolo sobre los hombros, y emprendió una caminata de 18 cuadras hacia el cementerio local.

¿Una marcha fúnebre tradicional? En absoluto. Fue una auténtica elegía folclórica nacida de las entrañas de la tierra.

Entre el retumbo visceral de los bombos y el rasgueo desesperado de las guitarras, la procesión se frenaba en cada esquina. ¿Para qué detenerse en medio del sofocante trayecto? Para cantar. En cada cruce de calles, los músicos del pueblo alzaban la voz y ejecutaban una chacarera en su honor. La misma música que Julio les había reglado para siempre era ahora el único refugio para sobrellevar el andar de las 18 cuadras.

El llanto que desbordó en la tumba y la gran deuda pendiente

Al cruzar los portones del cementerio, la tensión acumulada durante horas llegó a su punto de quietud. Al borde de la fosa abierta, sus colegas y vecinos le dedicaron un último responso de música vernácula. Fue el colapso. Ese nudo asfixiante que oprimía las gargantas se rompió de golpe; la angustia contenida estalló en un llanto colectivo e incontenible que deshizo a los presentes en lágrimas sinceras. La ausencia dolía en el cuerpo.

En medio de ese clima de pesar, se alzaron las palabras de despedida para intentar ponerle voz a la tragedia:

  • José Antonio Faro , por SADAIC y los folcloristas santiagueños exiliados por afecto en Buenos Aires.
  • José Fernando Arias , por la Municipalidad y la Comisión Honoraria.
  • Alejandro Bruhn Gauna , en nombre de la peña “Andrés Chazarreta” del Centro de Viajantes.
  • Hipólito Noriega , por la comisión provisoria del Instituto del Folclore.
  • Juan Simón , por sus amigos personales de la vida.
  • Nabor Barrionuevo , en representación de la peña “Benicio Díaz”.
  • Leandro Martínez , por sus entrañables hermanos de La Banda.

Fue Martínez quien, golpeado por la emoción pero con el deseo vivo de que su memoria no fuera devorada por el olvido, lanzó una propuesta que encendió a la multitud: fundar de inmediato la peña “Julio Argentino Jerez” .

Sin embargo, el tiempo pasó y la historia dejó al desnudo una realidad amarga: aquella promesa nunca se concretó en paredes y techo. Pero, ¿necesita acaso el espíritu de su música una estructura de ladrillos para mantenerse en pie? Su legado no quedó atrapado en el olvido, pero el desafío sigue abierto. El llamado continúa flotando en el aire, esperando que los folcloristas bandeños de hoy recojan la posta y le salden, de una vez por todas, la deuda de honor a quien lo dio todo por su tierra.

 

 

miércoles, 23 de septiembre de 2026

Cuando Santiago empezó a contar su propia historia: poetas, músicos y voces que quedaron en la memoria

Antes de que muchas de aquellas voces quedaran en los libros y en los discos, hubo jóvenes que se reunían, escribían revistas, viajaban para encontrarse con otros poetas y buscaban una manera de expresar lo que sentían por su tierra. Entre ellos estuvieron Carlos Abregú Virreira, Enrique Almonacid y Benicio "Soco" Díaz.


Hay momentos en la historia cultural de un pueblo que no parecen extraordinarios mientras están ocurriendo. Unos jóvenes se reúnen, escriben, discuten y publican una revista que quizás dura poco. Viajan a otra ciudad para conocer poetas. Visitan a un escritor famoso. Alguien recuerda, muchos años después, una anécdota ocurrida en otro tiempo. Nada de eso parece, a primera vista, capaz de cambiar la historia. Pero con el paso de los años, esas pequeñas escenas terminan convirtiéndose en memoria. Y cuando uno vuelve sobre ellas, descubre que allí estaban algunas de las personas que ayudaron a construir la identidad cultural de Santiago del Estero.

Hacia 1917-1918, un grupo de jóvenes escritores santiagueños decidió reunirse alrededor de la literatura. Así nació "Los inmortales", un cenáculo literario integrado por Horacio Manuel Maldonado, Carlos Abregú Virreira, José Paz y Enrique Almonacid, entre otros. El grupo también editó dos revistas, "Bohemia" y "Proteo", publicaciones de corta existencia que, sin embargo, dan cuenta de una época de inquietudes y búsquedas. Escribir y publicar significaba entonces abrir un espacio para las nuevas ideas y, de algún modo, empezar a construir una voz propia.

Carlos Abregú Virreira fue uno de aquellos protagonistas. Y fue precisamente él quien dejó el relato de un viaje que terminaría regalando una de esas historias que vale la pena volver a contar.

Un día, Abregú Virreira y Enrique Almonacid decidieron viajar a Tucumán. Querían tomar contacto con los poetas locales, entre ellos Raúl Paverini, Mercedes Maciel Ledesma, David Salmón Cadeneau y Fernando de Prat Gay. Pero antes de visitar a esos escritores tenían una cita que, por sí sola, justificaba el viaje: fueron a la casa de Ricardo Jaimes Freyre, ubicada en 25 de Mayo 397.

Entre los santiagueños, la figura de Jaimes Freyre despertaba opiniones encontradas. Algunos lo admiraban; otros desconfiaban de su prestigio. Algo parecido ocurría con nombres como Leopoldo Lugones y Rubén Darío. Sin embargo, aquella visita parece haber dejado una impresión profunda en los jóvenes.

Jaimes Freyre los recibió cordialmente en su escritorio. Allí comenzó una conversación que Abregú Virreira recordaría muchos años después. Hablaron de literatura, de escritores y de episodios ocurridos en Buenos Aires y París. Jaimes Freyre contó sobre su trato con Rubén Darío, su amistad con Amado Nervo y su admiración por Lugones, pese al distanciamiento que existía entre ambos en aquellos días.

Pero hubo una historia que dejó especialmente impresionados a los visitantes. Una historia que tenía como protagonista a Rubén Darío.

Había ocurrido en Buenos Aires, durante una fiesta literaria organizada por Calixto Oyuela, Vega Belgrano y otras figuras de la cultura. Rubén Darío había comprometido su participación, pero finalmente no pudo llegar. Para no faltar por completo a la cita, envió un poema inédito para que fuera leído durante el acto.

Y entonces surgió un problema inesperado. Nadie quería leerlo. Los versos eran largos y cortos, y el propio Darío los había señalado con lápiz rojo. La lectura requería conocer bien el ritmo del poema.

Faltaban apenas unos minutos para que comenzara el acto cuando llegó Ricardo Jaimes Freyre. La situación parecía tener solución. "¡Nadie más indicado que usted!", le dijeron.

Jaimes Freyre tomó el poema y lo leyó ante el público. Cuando terminó, llegó la ovación. No fue un aplauso pasajero. Según el relato de Abregú Virreira, se mantuvo durante largos minutos, sostenido y unánime.

Entonces Jaimes Freyre hizo una pausa. Miró a los jóvenes santiagueños y, según recuerda Abregú Virreira, sus ojos parecían agrandados por la emoción. Aquel poema que acababa de leer era nada menos que "Marcha triunfal", de Rubén Darío.

Más allá de la anécdota, cuesta no imaginar la escena: un teatro porteño, un poema de Darío, Jaimes Freyre frente al público y, muchos años después, aquel recuerdo llegando hasta dos jóvenes santiagueños que escuchaban la historia en un escritorio de Tucumán. La memoria cultural también se construye así, de boca en boca, de una generación a otra.

Aquella generación tampoco veía una frontera rígida entre literatura, música, danza y tradición popular. Ricardo Jaimes Freyre asesoró en materia artística y coreográfica a Andrés Chazarreta, una figura vinculada al desarrollo del folklore santiagueño. En ese ambiente aparecieron también composiciones relacionadas con la identidad de la provincia, entre ellas "Se oye una vidala", "Vidalita de la santiagueña", "Vidalita del santiagueño", "Ay, el triste santiagueño" y "27 de abril", además de otras obras.

La palabra escrita y la música popular comenzaban a encontrarse en un mismo territorio. Y ese territorio tenía nombre: Santiago del Estero.

Muchos años después de aquellas primeras experiencias literarias, otra voz quedaría ligada para siempre a la memoria musical santiagueña. El 24 de septiembre de 1899 nacía en Salavina Benicio "Soco" Díaz.

Para evocarlo, Enrique Almonacid escribió desde Buenos Aires, el 20 de noviembre de 1949, una poesía titulada "Canción para Benicio Díaz". El poema comienza regresando a la infancia, a Salavina, a la música y a una guitarra. Almonacid imagina al niño Benicio con el alma convertida en cuerda musical, cantando para la tierra y compartiendo las coplas del terruño junto a Cachilo y su guitarra.

La escena tiene algo profundamente ligado al paisaje santiagueño: las estrellas, la tierra, el malambo, la guitarra y una voz que parece confundirse con el lugar donde nació.

Después aparece Salavina nuevamente. La antigua villa bañada por el Misky Mayu. Y aparece también la ausencia. Las estrellas buscan al cantor mientras su voz, lejos de desaparecer, continúa viajando de puerta en puerta.

"Andando... Andando..."

La expresión se transforma en uno de los hilos más fuertes de la evocación. Benicio y Cachilo avanzan juntos, como buscando un nido, una ventana amiga, un lugar donde dejar una serenata. Una serenata que, grabada en disco, ya se había convertido en canción.

Hay algo curioso en estas historias. Los protagonistas probablemente no podían imaginar cómo serían recordados décadas después. Para ellos, escribir una revista, reunirse con otros escritores, viajar a Tucumán o tocar una guitarra formaba parte de la vida cultural de su tiempo.

Pero el tiempo hace su trabajo. Algunas revistas desaparecen. Los papeles se vuelven difíciles de encontrar. Los nombres quedan fuera de las conversaciones cotidianas. Y entonces aparecen los recuerdos: una anécdota contada por alguien que estuvo allí, un poema escrito muchos años después, una canción registrada en un disco, una referencia perdida en una publicación.

Son pequeñas piezas que, juntas, permiten reconstruir una época.

La historia cultural de Santiago del Estero también está hecha de esas piezas. Está en los escritores que intentaron publicar cuando todavía no sabían si alguien los leería. Está en los músicos que llevaron las voces del territorio de un lugar a otro. Está en quienes conservaron una anécdota porque entendieron que algún día podía ser importante.

Por eso vale la pena volver sobre estos nombres. Porque detrás de Carlos Abregú Virreira, Enrique Almonacid, Ricardo Jaimes Freyre y Benicio "Soco" Díaz no hay solamente biografías. Hay una época, una generación que buscó expresarse y que, entre poemas, revistas, guitarras, vidalas y recuerdos, fue dejando una huella.

Una huella que todavía podemos seguir.

Como aquella voz que Almonacid imaginó alejándose por las calles de Salavina: "Andando... Andando..."

Y quizás la memoria de una cultura sea justamente eso: seguir andando, aun cuando quienes comenzaron el camino ya no estén.

Si querés, puedo darle todavía un tono más cercano al de una crónica de "Leyendas del Folclore Santiagueño", con más paisaje, memoria y pequeñas escenas, sin hacerlo demasiado literario.

 

martes, 22 de septiembre de 2026

Entre mitos, melodías enredadas y memoria viva: la historia de Agustín Carabajal

 

Hablar de la música de Santiago del Estero es meterse en un universo de patios de tierra, bombos retumbando y apellidos que son sinónimo de leyenda. Si hay uno que manda en ese mapa folclórico, es Carabajal. Y dentro de esa dinastía, la figura de Agustín Carabajal se destaca por peso propio: fue cantor, bailarín, cofundador de Los Carabajal, creador del Festival Nacional de la Chacarera y motor de varios grupos clave de la época.

Sin embargo, como suele pasar con las figuras populares, con los años su historia se fue llenando de mitos, errores de registro y relatos orales que pedían a gritos una revisión.

El enredo de las partituras

Para entender sus idas y vueltas con la música hay que remontarse a uno de los episodios más curiosos del cancionero santiagueño. Don Andrés Chazarreta había compuesto dos chacareras instrumentales: "La loretana" y la "Chacarera del itín". Tenían melodías casi idénticas.

La confusión empezó cuando Agustín le puso letra a "La loretana", pero la obra terminó difundiéndose e inscribiéndose popularmente como "Chacarera del itín". Jorge Luis Carabajal, hijo de Agustín, recordaba que esa confusión le trajo a su madre más de un dolor de cabeza en SADAIC a la hora de cobrar los derechos, debido a la superposición de temas y partituras. En los registros oficiales figuran 21 obras inscritas por Agustín, incluida la autoría compartida de la "Chacarera del itín" junto a Chazarreta. Cosas del pago y de los papeles.

Un padrino presidencial y el viaje a Buenos Aires

La vida de Agustín estuvo marcada por hechos singulares desde el comienzo. Nacido el 14 de agosto de 1933 en La Banda, fue el séptimo hijo varón consecutivo del matrimonio de Don Rosario Carabajal y Doña María Luisa Paz. Por ley y costumbre de la época, fue apadrinado por el entonces presidente de la Nación, Agustín Pedro Justo.

De muy joven armó un dúo con su hermano Carlos para recorrer los escenarios locales, hasta que conoció a Antonio Ramírez. Juntos formaron el dúo Los Centinelas y en 1956 armaron las valijas rumbo a Buenos Aires, integrados en la compañía de cantores y bailarines de Andrés Chazarreta.

La tragedia de Los Cantores de Salavina y el mito desarmado

En 1959 nació un grupo fundamental para la música norteña: Los Cantores de Salavina. Durante décadas, la versión popular sostuvo dos cosas: que Agustín había sido su fundador y que se había salvado de milagro del trágico accidente automovilístico de 1963 en el que murieron varios de sus integrantes.

Pero la historia oral no siempre coincide con los hechos. A sus casi 80 años, Osvaldo Duthu, único sobreviviente de aquel choque, decidió poner las cosas en su lugar y aclarar dos puntos clave:

  1. ¿Fundador o integrante? Duthu explicó que el grupo lo creó él en su casa junto a su hermano Luciano. Probaron varias voces y Agustín llegó recomendado. Fue un pilar fundamental del conjunto, pero no su fundador.
  2. El día del accidente: En octubre de 1963, cuando el auto volcó al regresar de una actuación en Bahía Blanca, Agustín no iba a bordo. Se había retirado de la formación cuatro meses antes y su lugar lo ocupaba Víctor Quinteros. En esa ruta murieron Luciano Duthu, Antonio Ramírez y el propio Quinteros.

Tiempo después, para rendir homenaje a los músicos fallecidos, se fundaron Las Voces de Salavina, donde Agustín volvió a cantar junto a sus hermanos Cuti y Carlos, y su sobrino Cali.

El legado de Los Carabajal y el Festival

Tras un breve paso de ocho meses por Los Manseros Santiagueños, en 1967 Agustín dio el paso decisivo: convocó a Carlos, a Cuti y a su sobrino Cali para fundar Los Carabajal. La idea era renovar el sonido de la música santiagueña sin perder la raíz. En paralelo, imaginó y concretó junto a Carlos el Festival Nacional de la Chacarera, un espacio que se convirtió en referencia cultural y que hasta el día de hoy se celebra en el Club Unión Santiago.

Agustín falleció el 14 de junio de 1975 en La Banda. Tenía solo 41 años. En esas cuatro décadas dejó clásicos absolutos del cancionero popular como "La Telesita" (junto a Chazarreta), "Pampa de los Guanacos", "La rubia Moreno" (con Cristóforo Juárez), "Alma de reza baile" y "Escondido del Cachilo".

A veces la memoria colectiva simplifica o confunde los hechos. Pero entre los documentos, el testimonio de quienes compartieron escenario con él y las canciones que se siguen cantando, la historia de Agustín Carabajal ocupa, finalmente, el lugar exacto que le corresponde.

 

Los primeros años de vida en la ciudad de El Barco y Santiago del Estero

“Porqué vos el capitán, Juan Núñez de Prado, aveis de hazer la pacificación de los naturales y población de pueblo que vais a hazer y poblar la provincia de Tucumán.”

  


Por Juan Manuel Viaña , Director Archivo Histórico de Santiago del Estero

La ciudad de Santiago del Estero es el resultado de tres grandes esfuerzos, que se concretan en tres grandes nombres: Diego de Rojas (1543), Juan Núñez de Prado (1550-1552), y Francisco de Aguirre (1553). La ciudad del Barco fue fundada el 29 de junio de 1550, por Juan Núñez de Prado, tal como lo ordenara el Virrey Licenciado Pedro La Gasca el 29 de junio de 1549: “Porqué vos el capitán, Juan Núñez de Prado, aveis de hazer la pacificación de los naturales y población de pueblo que vais a hazer y poblar la provincia de Tucumán.”

¿Pero cómo era este procedimiento de poblar un pueblo?

Desde que llegaron los españoles a américa, fue la preocupación de los reyes españoles que las ciudades fuesen construidas en las costas de mares o ríos, que los lugares sean apropiados para la navegación, y pudieran abastecerse de agua, alimentos. Se recomendaba que tales ciudades estuviesen localizadas en sitios salubres y no húmedos, con agua potable y buen aire, en cercanía de bosques y de tierras cultivables.

Pare ello se estableció una ordenanza en la cual se describía en forma bastante detallada el procedimiento a seguir cuando se fundase una ciudad. Entre los apartados más importantes se detallaba el modo de cómo proceder en la construcción las ciudades. Como información principal se debía conocer el número de los pobladores que habitarán la nueva aldea, y sólo después se debía proceder la división de las parcelas y lotes para edificación de las casas y el trazado de las calles, dejando en el centro de la misma, un lugar destinado a una Plaza, una Iglesia, y las Casas Gubernativas y Municipales, (cabildo y Gobierno). Una vez trazado establecida la ciudad se debía dejar constancia en un pergamino el plano con toda la información de la misma, la orientación, los lotes repartidos, nómina de pobladores, nombre de calles, etc. El mismo debía copiarse y enviar una copia a la sede del virreinato.

Estos procedimientos trajeron muchos inconvenientes a la corona, debido al desorden administrativo, ya que no siempre se respetaban los trazados o las formas en el plano. Un claro ejemplo fue la fundación de Esteco o Talavera, donde se dibujó un plano perfectamente armado y parcelado, mientras que la misma Esteco descubierta 433 años después por el arqueólogo Juan Alfredo Tomasini, las ruinas muestran otro trazado.

En 1573, se promulga otra ordenanza que fue firmada por el rey Felipe II, para una nueva y más moderna urbanización colonial Estas ordenanzas estaban agrupadas en tres partes: la primera referida a los descubrimientos, la segunda a las nuevas poblaciones y la tercera a las pacificaciones.

En cuanto a las nuevas poblaciones, se recomendaba elegir sitios saludables, donde puedan sobrevivir personas y animales, crezcan frutos y plantas de buen tamaño que garanticen el abastecimiento alimenticio. También que haya abundancia en árboles para proveer de leña y permita con la madera la construcción de casas. Debía estar cerca de fuentes de agua para el consumo y el regadío; que el aire fuese puro, el cielo claro y el clima templado, también tenían que estar cerca de pueblos indígenas para poder evangelizarlos.

Una vez escogido el lugar, el primer paso era trazar la Plaza principal, que debía estar ubicada en el centro mismo de la ciudad, y de ella debían partir las calles de forma rectilínea y paralela para llegar a los confines del poblado. Con este esquema reticular, la ciudad tendría la posibilidad de desarrollar un crecimiento ilimitado.

Alrededor de la Plaza central, debían ubicarse una Catedral o Iglesia principal, el Cabildo y la residencia del Gobierno.

En la cercanía de la Iglesia, debía construirse un hospital para enfermos no contagiosos; y un segundo, para los enfermos con males contagiosos, que debía estar en un sitio alejado y sin que el cruce del viento lo llevase hasta el centro de la ciudad.

¿Cómo era Barco/Santiago del Estero, como vivían sus habitantes?

Seguramente debe haber tenido algo de lo arriba descripto, a pesar, que las ordenanzas de Felipe II fueran posteriores, pero seguían los lineamientos de construcciones de la época. Lamentablemente no tenemos planos de Barco o de Santiago del Estero, para saber cómo eran, como estaban trazadas sus calles y cuál fue el repartimiento de solares. Según los estudios arqueológicos, la ciudad fue construida con madera y adobe, con calles de tierra, ya que no se contaba con piedras en la región, como si lo tuvo San Miguel de Tucumán, en su primer asentamiento en la zona de Ibatin.

De la vida de sus pobladores encontramos información en diversos Archivos. Entre ellos podemos ver Expedientes de Concesiones de Encomiendas, de Probanzas de Méritos y Servicios de los Conquistadores, en las Cartas de los Gobernadores, en los Expedientes de Almonedas de Bienes Difuntos, etc. Precisamente estos últimos (tomando como referencia el trabajo de Sosa-Buteler Bonaparte), nos ofrecen muchos datos, y nos brindan un panorama de los primeros años de vida de Barco y Santiago. En ellos no solo son mencionados los nombres de los pobladores, sino que además nos brindan información sobre los bienes materiales en aquellos años, la situación económica, etc.

La práctica se iniciaba cuando un vecino dictaba su testamento, con presencia del escribano público, y designaba albaceas para que al momento de su fallecimiento dispusieran de sus bienes de la mejor manera posible. En todos los casos al mismo día del fallecimiento, el Alcalde y el Escribano público del Cabildo, proceden a inventariar los bienes del difunto, para colocarlos en poder y bajo la protección del Albacea. Luego procedían a hacer la Almoneda de los bienes rematantes. Para ello se efectuaba un pregón durante tres días en la plaza pública, invitando a los vecinos a participar del remate. Los bienes que quedaban sin rematar, quedaban bajo custodia del Albaceas, quien debía realizar una nueva venta en Almoneda. Lo recaudado se enviaba a los herederos que haya declarado el difunto en su testamento.

En el expediente de Almoneda de Difuntos, fechado en Barco en 1552, de Juan Martin Pesquera, el Alcalde Ordinario Miguel de Ardiles, juntamente con un Escribano (quien también figuraba como Alcalde ordinario en 1555, ya Santiago del Estero), se dirigen al hogar de Pesquera, ya fallecido, y certifica que el mismo tenía “una choza con techumbre de ramas”, y realizaron el inventario para su posterior subasta. Los siguientes bienes pertenecientes al difunto fueron:

1 caballo ensillado y enfrenado, 1 yegua castaña, 1 calza de paño y terciopelo, 1 Jubón (chaleco) rojo, 3 herraduras nuevas, 1 plato de peltre pequeño, 1 par alpargatas blancas nuevas y dos negras viejas, 1 arcabuz, sin caja, 2 reservas de trigo y maíz, 12 clavos, 5 perros, 2 se reataron en 44 pesos

1/2 puerca (chancha) que compartía con Santos Blázquez, 1 talabarte viejo y uno nuevo (cinturón donde se cuelga la espada o sable).

En este testamento también figura que se pagaron por 25 misas para el difunto, que recibieron los padres Carvajal y Trueno.

En otra venta de bienes en Almoneda, que fuera de Cristóbal Infante, fallecido en 1555, en el Santiago, se remataron los siguientes bienes: 1 yegua, 1 caballo tres alba (tres patas blancas), 1 caballo morcillo, (color negro), 1 chamarra nagra, 1 cadena de fierros, 1 cuchillo, una barrena y una navaja, 1 chacra temprana junto a esta ciudad, 1 chacra vieja, 1 camisa vieja y un pañuelo, 1 golpe de maíz y una fanega de trigo (equivale a 55 kg), 1 par de borceguíes, etc.

En esta primera ciudad argentina, el pequeño núcleo social contaba ya con todos sus elementos constitutivos representados por españoles, aborígenes y negros. Estos últimos no figuran en su condición de esclavos. En la mayoría de los testamentos figuran como pregoneros (empleados).

Según el censo del año 1608, en cumplimiento de lo ordenado por el Rey para las provincias del Tucumán, se envió los datos de esta ciudad de Santiago del Estero, que fuera cabeza de la gobernación de la provincia del Tucumán el siguiente catastro:

- Llamase por nombre Santiago del Estero, a sesenta y cinco años que se fundó - fue su fundador (en blanco). Llamase toda la provincia Tucumán y está sitiada en llano junto a un rio caudaloso, y los naturales hablan la lengua general y otros, otras lenguas conforme a sus naciones, que algunas de ellas se llaman la quichua, la tonocoté, la cacá, etc.

Tiene esta ciudad por armas un Estero (rio) un Castillo, tres Veneras por mandado del Rey nuestro señor don Felipe II.

= Está poblada esta ciudad con sus cuadras, y en medio la Plaza con cinco cuadras a lo largo que es la mayor longitud en que están avecindados los moradores del pueblo.

= Hay casas, no tiene casas reales (edificación para el rey o gobernante), y las casas de cabildo se trata ahora de levantarlas, y para ello se ha traído algunos materiales porque las que había se cayeron.

= No tiene edificios suntuosos esta ciudad, no tiene arrabales (alrededores poblados), porque saliendo de la ciudad entra el campo, por una parte se va a al río, y por la otra salida a la acequia principal, donde están las chacras para el sustento de los vecinos de ella.

= Los edificios son de adobes, y las casas bajas excepto tres o cuatro que son de altos.

= La forma de los Tribunales que tiene esta ciudad son en la asistencia donde se ocupan en cosas tocantes a justicia y gobierno, así de la dicha ciudad como las demás de esta provincia que ocurren aquí a pedir su justicia.

= Tiene esta ciudad un Gobernador que al presente lo es don Alonso de Ribera por título de su majestad, y un Teniente de Gobernador y Justicia Mayor, dos Alcaldes Ordinarios (El de primer voto era un Juez de primera instancia en asuntos civiles; y el de segundo voto era el juez de primera instancia en lo criminal.), dos Alcaldes de la Hermandad (Eran jueces Entendían en los delitos cometidos en el despoblado, es decir en el campo), un Alguacil Mayor, otro Alguacil Menor, (Alguacil Mayor: Era el que ejercía funciones de Jefe de Policía otro, Alguacil Menor: Era un funcionario de menor rango que el Aguacil Mayor), que esta justicia es toda la que tiene la dicha ciudad, y cada uno de los dichos Jueces y Ministros acuden a las obligaciones de sus oficios y no tienen salario ninguno, solamente el gobernador de la provincia, a que su majestad le tiene señalado que son 4 mil pesos. Hay cabildo y dos oficios de escribanos uno de gobernación, y otro público del cabildo.

= Hay en esta ciudad vecinos y moradores, 160 hombres poco más o menos, y 100 mujeres españolas y mestizas. Hay también en esta ciudad algunos portugueses, habrá 50 negros en esta ciudad y otras tantas negras, muy pocos mulatos.

= Toda esta es tierra llana y arenisca, que andan carretas, y tiene mucho bosque, la mayor parte de algarrobos que es el principal sustento de los naturales. Tiene quebracho blanco y mucha cantidad de cedro.

= En el verano hace mucho calor en esta ciudad, de tal suerte que es excesivo y el invierno 2 meses del año, que son junio y julio, con algún frío.

 = Hay algunas enfermedades que estas corren más en tiempo de frio, que en el de calor. Generalmente viven con mucha salud en esta ciudad.

= Tiene un río que corre poco y se consume en términos de la ciudad. A 40 leguas de ella crece y mengua por sus tiempos.

= Tiene otro rio esta ciudad a 14 leguas de aquí que llaman el Salado, donde están situados los indios de la jurisdicción de esta ciudad. Este rio tiene mucho pescado y lo más común son los sábalos y bagres.

= Se siembra en esta ciudad y su jurisdicción, Trigo, Maíz, Cebada, Garbanzos, Habas, Ajos, Cebollas y otras legumbres y hortalizas, de manera que abastece para españoles e indios.

= Trabajan la tierra con arados y bueyes.

= A ésta ciudad cuando le falta comida acuden de la de Tucumán, Córdoba y Esteco.

= La carne que se come es Vaca y Carnero, vale cada Carnero en pie 12 reales, y una arroba de vaca 2 reales y medio, 16 libras de Pan valen 8 reales, el vino vale 3 reales.

= Dentro de esta ciudad se han hecho más de 600 arrobas de vino de las chacras que están en la acequia principal. (Cuando se habla de la Acequia, se está refiriendo a lo que hoy es la avenida Belgrano que, según unos documentos de 1577, fue abierta por el Gobernador Don Gonzalo de Abreu y Figueroa).

= A 5 leguas de esta ciudad están unas salinas donde se cose sal para el sustento de esta ciudad.

= Esta ciudad tiene en la Catedral 5 sacerdotes y 1 obispo, que la renta del obispo será cada un año de 4 a 5 mil pesos. Los Curas no tienen salario ninguno, más que de algún funeral, casamiento u otros percances.

= Tiene un Hospital esta ciudad y que comúnmente tiene enfermos.

= Hay en esta ciudad el convento del señor San Francisco que tiene 6 frailes, viven de limosna, y no tienen renta ninguna más de la que su Majestad les da para vino y aceite para la lámpara.

= Hay otro convento de Nuestra Señora de las Mercedes que tiene 4 frailes, viven por el mismo orden que los Franciscanos.

= Hay un colegio de la Compañía de Jesús que tiene de 5 a 6 padres, que viven de limosna. Tienen en su casa un estudio de gramática, y una escuela donde se enseña a leer y a escribir a españoles, mestizos e indios que quieren acudir a ellos.

Las fundación de esta primera ciudad, su permanencia y posterior crecimiento, fue producto del esfuerzo y sacrificio de un puñado de personas, alejados de sus tierras y sus familias, y que sufrieron hambre, aislamiento, abandono, y falta de recursos, pero que supieron llevar adelante a Santiago del Estero, y posibilitaron que de ella nacieran nuevas ciudades y nuevos ciudadanos, y así crecieron las familias y se arraigaron, y conformaron el núcleo de nuestra sociedad, componiendo nuestra “sangre” criolla, con la mezcla del europeo, el indio y el negro. La decisión de permanecer en estas ciudades pequeñas, constituyó verdaderamente un gesto de grandeza y valentía, ya que lejos de gozar de beneficios de vivir en grandes y opulentas ciudades como Lima, la Ciudad de los Reyes, Santo Domingo, etc., decidieron enfrentar la nada, y desde la nada construir un pueblo, y por ende una nación.

De nuestra la Madre de Ciudades nacieron:

29 de junio de 1550 - Del Barco, (Juan Núñez de Prado)

1551 - Barco II, (Juan Núñez de Prado)

1552 - Barco III, (Juan Núñez de Prado)

25 de julio de 1553 - Santiago del Estero (Francisco de Aguirre)

24 de junio de 1558 - Londres de la Nueva Inglaterra (J. Pérez de Zurita)

Marzo de 1559 - Córdoba de Calchaquí (Juan Pérez de Zurita)

1560 - Cañete de Ibatín, provincia de Tucumán (Juan Pérez de Zurita)

20 de Agosto de 1561 – Nieva (Juan Pérez de Zurita)

Fuente: www.elliberal.com.ar