lunes, 11 de mayo de 2026

Sobre Coquito Cáceres

 Por Juan Carlos "Cacho" García  *

 


Cacho García: Yo era chico cuando Coquito vivió un tiempo en Villa Hortensia, mi barrio, donde me crié. Él vivió ese tiempo con don Arturo Aranda y doña Reina. Un matrimonio que no tenían hijos. Don Arturo, era Bandoneonista, tío carnal de Carlos y Juan Saavedra. A su vez don Arturo era Hermano de don Roberto Roldán, también Bandoneonista, que vivía a pocos metros al norte de la Balcarce, por la calle que pasa detrás de la Unse. Ambos ya murieron hace muchos años y los dos eran de Profesión Pasteleros, (reposteros). Hacían facturas, tortas, panificados dulces. Vivían de eso.

Don Arturo hacía música, acompañado en guitarras por el marido de mi prima, que se llamaba Terio Ramírez y por don Lauro Cáceres. Y por supuesto también acompañado por Coquito, en el tiempo que vivió con don Arturo y doña Reina, en Villa Hortensia.

Casi todos los Domingos a la siesta, ellos hacían su Tertulia musical, y nosotros los chicos, mis primos, Nene y Toti Ramírez, Ramón y Pancho Díaz (hermanos) con Raulito Díaz (primo hermano de ellos), seguramente con algunos otros changuitos, que no recuerdo sus nombres, jugábamos en el Patio de tierra. En mi caso, cada tanto, yo me apoyaba en el pilar de la galería y me ponia a escucharlos un ratito.

Toda la música era instrumental, si bien Terio Ramírez era buen cantor, no tengo imágenes de él, cantando en esas Tertulias, pero si de la música instrumental, folclore (chacareras, gatos, zambas) chamamés.

El chamamé que más recuerdo es Casilda, que por varias décadas no lo escuché más, porque no lo difundían en las Radios, ni tampoco ejecutado por algún conjunto chamamecero, en alguna actuación en vivo, hasta que un grupo de música del litoral, que me parece que es santiagueño, lo reeditó en un disco.

La primera vez que lo escuché, me transporté de inmediato a aquel tiempo de mi niñez a las siestas, en la casa de don Arturo Aranda, en mi Villa Hortensia, querido barrio donde pasé mi niñez, adolescencia y parte de mi juventud. En la actualidad esa imagen vuelve a mi memoria, cada vez que escucho aquel hermoso chamamé de mi tiempo de niñez, que es Casilda.

 *Maestro, educador de INCUPO, Comunicador Popular, Cacho compartió con Santiago del Estero, Historia y Cultura esta interesante vivencia personal:

Fuente: Santiago del Estero, Historia y Cultura


sábado, 9 de mayo de 2026

San La Muerte en Santiago del Estero: la estatua gigante que abrió un debate sobre fe, miedo y religiosidad popular

La aparición de una enorme imagen sobre la Ruta 1, en La Bajada, generó sorpresa, discusiones religiosas y una fuerte repercusión social en Santiago del Estero. Detrás de la polémica aparecen la devoción popular, las tensiones culturales y una disputa judicial que todavía sigue abierta.

Créditos: El Liberal


Por Leyendas del Folclore Santiagueño

De noche, los ojos iluminados se ven desde lejos.

Quienes pasan por la Ruta 1, en la zona de La Bajada, bajan la velocidad casi por reflejo. Algunos frenan para mirar mejor. Otros siguen de largo, incómodos. En pocos días, la enorme figura levantada al costado del camino se convirtió en uno de los temas más comentados de Santiago del Estero.

La estructura representa a San La Muerte. Todavía está rodeada de andamios y en plena construcción, pero eso no impidió que despertara curiosidad, rechazo, preguntas y todo tipo de comentarios. El lugar, además, está frente a un santuario del Gauchito Gil, en un sector donde crecieron viviendas nuevas y el movimiento de gente es constante.

La noticia rápidamente salió de los grupos de vecinos y pasó a los medios provinciales. Después llegaron las opiniones de antropólogos, sociólogos, referentes religiosos y dirigentes políticos. También aparecieron denuncias judiciales alrededor del dueño del predio y discusiones sobre el sentido de estas creencias populares.

Lo que empezó como una imagen llamativa al borde de una ruta terminó abriendo una discusión mucho más profunda.

Una figura imposible de ignorar

La primera impresión es el tamaño.

La estatua sobresale en medio del paisaje rural y se impone incluso a distancia. Los ojos con luces, la estructura oscura y el entorno todavía en obra generan una escena difícil de pasar por alto.

Muchos vecinos se enteraron por fotos y videos compartidos en redes sociales. Otros llegaron hasta el lugar simplemente por curiosidad. En poco tiempo, la imagen de San La Muerte se volvió viral en Santiago del Estero.

El misterio alrededor del proyecto ayudó a que crecieran los rumores. Durante varios días nadie explicó claramente cuál era el objetivo del lugar ni quién estaba detrás de la construcción. Se hablaba de un “santuario de sanación”, aunque sin demasiados detalles.

Ese vacío alimentó todavía más las especulaciones.

El peso simbólico de San La Muerte

San La Muerte es una figura de devoción popular muy extendida en el noreste argentino, Paraguay y algunas zonas de Brasil. Suele representarse como un esqueleto y sus devotos le atribuyen protección, favores y capacidad de intercesión espiritual.

No forma parte de los santos reconocidos oficialmente por la Iglesia Católica, pero eso no impidió que su culto creciera durante décadas en distintos sectores populares.

En muchas familias la devoción permanece puertas adentro. Por eso la aparición de una estatua gigantesca llamó tanto la atención. No era un pequeño altar doméstico ni una imagen escondida en un santuario improvisado. Era una estructura monumental ubicada a la vista de todos.

La antropóloga Pilar Velazquez explicó que este tipo de expresiones deben entenderse dentro de la religiosidad popular y no solamente desde el prejuicio.

Según planteó, detrás de la construcción puede existir una promesa cumplida o una forma pública de agradecimiento. También remarcó que en Argentina conviven distintas creencias religiosas, aunque muchas veces se mantenga la idea de un país culturalmente homogéneo y exclusivamente católico.

En provincias como Santiago del Estero, las devociones populares forman parte de la vida cotidiana desde hace generaciones.

El “Campito de la Sanación”

Con el paso de los días apareció el nombre del propietario del predio: Daniel Quinteros.

En declaraciones periodísticas, se presentó como creyente de Jesucristo, del Gauchito Gil y de San La Muerte. También aseguró que el lugar nació a partir de una promesa familiar relacionada con la salud de un sobrino.

Según contó, hace muchos años atravesó una situación difícil y pidió ayuda espiritual para el niño. Cuando el sobrino se recuperó, sintió que tenía una deuda pendiente.

Así comenzó el llamado “Campito de la Sanación”.

El espacio no reúne solamente imágenes de San La Muerte. También hay figuras de la Virgen del Valle, San Expedito, San Jorge, Difunta Correa y Mama Antula.

Quinteros insistió varias veces en que no ve contradicción entre la fe católica y las devociones populares. “Soy católico y creo en los milagros del santo pagano”, dijo durante una entrevista.

Esa convivencia de símbolos religiosos y creencias populares es justamente uno de los puntos que más discusión generó.

La reacción de la Iglesia

La repercusión llegó rápidamente a distintos sectores religiosos.

Un pastor evangélico consultado por medios locales cuestionó la construcción y habló del avance de “un culto a la muerte”. Incluso adelantó que referentes evangélicos pensaban presentar un pedido para solicitar la demolición de la estructura.

Pero el pronunciamiento más fuerte fue el de Vicente Bokalic.

El arzobispo difundió un comunicado donde advirtió sobre la mezcla entre símbolos católicos y prácticas que consideró ajenas a la fe cristiana. En el texto sostuvo que la fe católica no puede combinarse con elementos esotéricos, supersticiones o sincretismos religiosos.

Bokalic también pidió a los fieles no buscar “seguridades en elementos mágicos o creencias contrarias al Evangelio”.

Al mismo tiempo, reconoció que la religiosidad popular tiene un valor importante dentro de la identidad santiagueña. Pero aclaró que pierde sentido cuando se aparta de las enseñanzas cristianas.

El comunicado tuvo gran repercusión porque puso en discusión un tema histórico dentro de la Iglesia: el límite entre la fe popular y las prácticas consideradas supersticiosas.

Una discusión más social que religiosa

El sociólogo Leonardo Innamorato analizó el fenómeno desde otro lugar.

Según explicó, muchas personas buscan respuestas espirituales rápidas frente a problemas económicos, emocionales o personales. Cuando sienten que las instituciones tradicionales no les dan contención, aparecen otras figuras o creencias que ocupan ese espacio.

Innamorato también señaló que las expresiones religiosas populares existieron siempre y que forman parte de procesos sociales mucho más amplios.

La diferencia, en este caso, es la visibilidad.

La estatua no está escondida. Está al borde de una ruta y se convirtió en una imagen pública imposible de ignorar.

Eso generó reacciones muy distintas. Hay quienes la ven como una expresión legítima de fe popular y quienes la consideran una señal preocupante.

En el fondo, el debate parece hablar menos de la estatua y más de las tensiones culturales que existen alrededor de ciertas creencias.

El rechazo del Círculo Nacionalista

La polémica sumó otro capítulo cuando el Círculo Nacionalista de Santiago del Estero difundió un comunicado cuestionando el crecimiento de “cultos vinculados a la muerte” y “prácticas paganas”.

La organización también criticó a sectores de la Iglesia Católica a los que acusó de relativizar la doctrina religiosa bajo ideas de “inculturación”.

El texto planteó que estas expresiones son ajenas a la tradición espiritual santiagueña y manifestó preocupación por su crecimiento.

Con eso, la discusión dejó de ser únicamente religiosa y pasó a tocar cuestiones culturales e identitarias.

La disputa judicial detrás del santuario

Mientras el debate seguía creciendo, apareció otro conflicto: la situación judicial del terreno donde se construye el santuario.

El abogado Néstor Chazarreta aseguró que existe una causa iniciada hace más de diez años por la propiedad del predio. Según explicó, la Justicia falló en primera instancia a favor de una familia que reclama esas tierras.

La causa todavía espera una resolución definitiva.

Chazarreta también sostuvo que la instalación de imágenes religiosas podría formar parte de una estrategia para dificultar un eventual desalojo.

Daniel Quinteros rechazó esas acusaciones y afirmó que el terreno le pertenece legalmente. Además, negó versiones sobre actividades ilegales o rituales violentos dentro del lugar.

 “Yo no vivo del santo”, declaró en entrevistas periodísticas.

Las causas penales y la controversia

La situación se volvió todavía más tensa cuando distintos medios publicaron que Quinteros aparece mencionado en investigaciones judiciales vinculadas a episodios violentos ocurridos en departamentos del interior santiagueño.

Según esas publicaciones, existen causas relacionadas con conflictos rurales y hechos ocurridos en Alberdi y Aguirre durante 2023.

Los expedientes siguen en proceso judicial y no hay condenas firmes. Sin embargo, la difusión de esas denuncias profundizó aún más la polémica alrededor del santuario.

La discusión ya no giraba solamente alrededor de la fe o la religiosidad popular. También empezaban a aparecer temas vinculados al poder territorial, los conflictos por tierras y la violencia rural.

Una provincia atravesada por la religiosidad popular

Santiago del Estero mantiene una relación muy fuerte con las creencias populares.

Las promesas, los altares familiares, las peregrinaciones y los santos populares forman parte del paisaje cotidiano en muchas localidades del interior.

Por eso, la existencia de devotos de San La Muerte no resulta algo extraño para gran parte de la población.

Lo que sí cambió fue la escala.

La enorme estatua transformó una devoción que muchas veces permanecía en ámbitos privados en una presencia visible y permanente sobre una ruta transitada.

Y ahí apareció el verdadero impacto.

Porque la imagen obligó a todos a posicionarse de alguna manera. Algunos la interpretan como una expresión de fe. Otros sienten temor o rechazo. Y muchos simplemente observan el fenómeno con curiosidad.

El efecto de las redes sociales

Las redes terminaron amplificando todo.

Videos nocturnos, fotos de los ojos iluminados y transmisiones en vivo multiplicaron la circulación de imágenes del santuario. También aparecieron rumores, teorías exageradas y comentarios de todo tipo.

La viralización convirtió a la estatua en un fenómeno provincial.

Ya no era solamente una construcción en La Bajada. Era un tema de conversación en toda Santiago del Estero.

Y como suele pasar en internet, las posiciones se volvieron cada vez más extremas.

Un debate abierto

Mientras la obra sigue en construcción, las discusiones continúan.

La Iglesia mantiene su postura crítica. Los devotos defienden el lugar como un espacio de fe y sanación. La causa judicial todavía espera definiciones. Y la imagen de San La Muerte sigue creciendo al costado de la Ruta 1.

Más allá de las opiniones, el fenómeno dejó algo claro: las creencias populares siguen teniendo una presencia fuerte en la vida social santiagueña.

La enorme estatua levantada en La Bajada terminó funcionando como un espejo de muchas tensiones que ya existían. Religión, identidad cultural, prejuicios, necesidad espiritual y conflictos sociales aparecieron mezclados alrededor de una sola figura.

Y probablemente por eso el tema sigue generando tanto impacto.

Fuentes consultadas: El Liberal, Info del Estero

La Tuna (Opuntia Ficus)

 


En nuestra provincia comúnmente llamada “Tuna”, veamos cómo se la denomina el otras partes del mundo: Chile, Bolivia y Perú :Tuna, Nopal, en España :Chumbera, higos de la India o higo chumbo, en EE.UU.: Prickly – pear (pera espinosa), Higuera chumba, ficus en latín.

Habita en las zonas desérticas de EE.UU., México y América del Sur, en Perú y Bolivia. En el Perú se encuentra en la región Andina, donde se desarrolla en forma espontánea y abundante. También se encuentra en la costa, en forma natural y bajo cultivo.

Se desarrolla en suelos sueltos, arenosos calcáreos en tierras marginales y poco fértiles, superficiales, pedregosos, caracterizándole una amplia tolerancia edáfica; sin embargo, los suelos altamente arcillosos y húmedos no son convenientes para su cultivo.

Originaria América, fue llevada por los españoles a Europa y desde allí distribuida hacia otros países del inundo. Esta gran dispersión geográfica dió origen a muchos ecotipos con características locales propias.

Los principales productores mundiales son Méjico, ltalia, España, el norte de africa Chile y Brasil, país donde se la cultiva sólo para forraje.

En nuestro país, los frutos se destinan al consumo humano, tanto en forma fresca como para la elaboración de productos regionales (dulces, arrope). Las pencas son utilizadas como forraje, siendo un recurso muy valioso en épocas de sequía y baja disponibilidad forrajera para el ganado.

El nombre cactus se deriva del griego kaktos, género descrito por Carlos Linneo. Los frutos del nopal son comestibles y se conocen como tunas.

Composición química: Las pencas son ricas en agua y contienen además sales minerales (calcio, fósforo, hierro) y vitaminas sobre todo la vitamina C.Las tunas contienen alrededor de un 15% de azucares.

Propiedades terapéuticas y preparados: Las culturas prehispánicas le dieron una gran importancia al uso medicinal de los nopales: para detener el flujo, las semillas de la tuna; la goma o mucílago templaba el calor de los riñones; para eliminar las fiebres ingerían el jugo. La fruta era útil para el exceso de bilis. La pulpa de la tuna y las pencas asadas se usaban como cataplasma. Para el tratamiento de hernia, hígado irritado, úlceras estomacales y erisipela, utilizaban la raíz. El mucílago o baba del nopal servía para manos y labios partidos. Las pencas mitigan el dolor y curan inflamaciones. Una pequeña plasta curaba el dolor de muelas. La pulpa de las tunas servía para la diarrea. La savia del nopal, contra las fiebres malignas; las pencas descortezadas ayudaban en el parto. Las espinas fueron usadas en la limpieza de infecciones.

El fruto posee un valor nutritivo superior al de otras frutas en varios de sus componentes: 100 gr de la parte comestible posee 58 a 66 unidades calóricas, 3 gr de proteínas, 0,20 gr de grasas, 15,50 gr de carbohidratos, 30 gr de calcio, 28 gr de fósforo y vitaminas (caroteno, niacina, tiamina, riboflavina y ácido ascórbico).

Es empleado directamente en la alimentación o para la fabricación de mermeladas y jaleas, néctar, tunas en almíbar, alcoholes, vinos y colorantes.

Se utiliza mezclada al barro en el tarrajeo de viviendas rurales y también en la industria para la fabricación de películas adherentes de gran finura. Hoy en día se sigue usando como base de pinturas para casas. Para conservar sus murales.

En Israel, aprovechan las corolas de la flor del nopal para el tratamiento del cáncer de próstata. El nopal se usa principalmente como forraje, pero igualmente se comercializan las pencas tiernas para venderse como verdura.

El fruto posee un valor nutritivo superior al de otras frutas en varios de sus componentes. 100 g de la parte comestible posee 58 a 66 unidades calóricas, 3 g de proteínas, 0,20 de grasas, 15,50 de carbohidratos, 30 de calcio, 28 de fósforo y vitaminas (caroteno, niacina, tiamina, riboflavina y ácido ascórbico). Es empleado directamente en la alimentación o para la fabricación de mermeladas y jaleas, néctar, tunas en almibar, alcoholes, vinos y colorantes.

Dulce como el mistol

Por Alicia Fernandez

 


"Los bosques están siempre cubiertos de un eterno verdor y producen una vasta variedad de frutas silvestres, muchas de las cuales se aprovechan por medio de la destilación. Hasta los cercos de los corrales para ganado, en este rico país, están cubiertos de una fruta que produce una melaza llamada arrope, con la cual acostumbran mezclar sus postres de mesa. Las planicies abundan en hierbas y plantas raras..." Descripción de Tucumán en 1825 (Libro de viaje del capitán Joseph Andrews).

"Apuntamos a trabajar con plantas nativas o naturalizadas que crecen en el NOA y que tienen frutos comestibles", asevera María Inés Isla. Muy contenta en "su casa", la cátedra de Química Orgánica y Biológica de la Facultad de Ciencias Naturales, la doctora en Bioquímica recibe a LA GACETA en medio de un clima festivo. Lógico, el trabajo "Valorización de frutos de especies que crecen en el NOA y productos típicos locales", realizado por un equipo de las facultades de Ciencias Naturales y de Bioquímica junto a Inquinoa-Conicet -que ella conduce- ganó una mención especial en la categoría "Valorización de especies y productos típicos locales", en la VIII Edición del Premio de la Fundación ArgenINTA a la Calidad agroalimentaria.

El mistol, el chañar, el algarrobo, las cactáceas, el tomate de árbol y la uva mato son algunas de una gran cantidad de especies autóctonas que no se aprovechan desde el punto de vista comercial. "Todos estos frutos tienen algo útil desde el punto de vista funcional -asegura Isla-, es decir que no sólo tienen valor nutricional sino también que son capaces de ayudar a prevenir enfermedades. Son muy buenos depuradores de radicales libres, tienen capacidades antiinflamatorias y no son tóxicos (no son mutagénicos ni genotóxicos)".

"A partir de los frutos preparamos algunos productos derivados y comprobamos si se mantienen los principios activos. Analizamos cuál es el uso popular y cómo podemos hacer para darles valor agregado de comercialización, a través de mermeladas, arropes o conservas. En algunos casos mantienen sus propiedades y en otros no. Podemos sugerir que a determinados frutos hay que consumirlos frescos y a otros se los puede cocinar; en algunos casos se conservan mejor las propiedades funcionales (por ejemplo, macerado en alcohol para tintura). El mistol, el algarrobo negro y blanco y el tomate de árbol tienen muy buenas propiedades antiinflamatorias y antioxidantes, tanto en fresco como procesados".

La "bajada" a la comunidad se da a través de talleres que dictan Nutrición (Unsta) en comunidades Wichis; o el INTA y la Secretaría de Extensión de la UNT en toda la provincia. Todos con la idea de fomentar el cultivo, la conservación, el uso y la comercialización de estas valiosas especies.

MISTOL: Árbol de 4 a 9 m de altura, de tronco gris plateado. Fruto esférico castaño rojizo de 10-17 mm de diámetro, con pulpa pastosa y dulce.

CHAÑAR: Árbol de hasta 7m de altura. El fruto es globoso u ovoide, de color rojizo 1,5 cm a 3 cm fragantes y dulces, aunque áspero al paladar.

ALGARROBO: Árbol de hasta 18 m de altura. El fruto es una vaina de color claro llena de semillas. Se hace bebida (aloja) y harina (añapa).

CACTÁCEAS: El tallo y las ramas están constituidos por pencas. El fruto es la tuna, una baya polisperma, carnosa, de forma ovoide esférica.

TOMATE DE ÁRBOL: Árbol de 3 m de altura. Fruto rojo oviforme de piel lisa y pulpa gelatinosa sabor agridulce; muchas semillas. (Se cultiva en Tafí Viejo).

UVA MATO: Crece en arbustos o parras caducifolios reptantes o trepadores de la familia de las vitáceas. Las uvas son ásperas y de sabor agridulce. Fuente: FBK Patio santiagueño

El Algarrobo en la medicina Popular


La fruta del algarrobo o algarroba es rica en calcio y vitaminas. Primero la farmacopea americana y luego la española utilizaron en infusiones los frutos del algarrobo negro para el lavado en infecciones de ojos; y las del algarrobo blanco para disolver los cálculos de vejiga (sólo chupándolas).



La infusión de la flor es diurética y la de la corteza (al 2%) es antidiarreica. También se considera diurética la fruta del blanco, muy madura. La decocción de los frutos es muy efectiva para las afecciones bronquiales y también puede comerse el fruto crudo para lograr efectos laxantes. El patay se recomienda para las enfermedades venéreas y las afecciones bronquiales. Para quienes padecen asma, también es bueno aspirar el humo de los frutos quemados de algarrobo negro.

Calvicie

Pero quizás uno de los descubrimientos de mayor trascendencia lo constituye el hecho de que su consumo contribuye a combatir la calvicie. Esto no puede extrañarnos, pues el fruto contiene gran cantidad de calcio y vitaminas B1 y B2, como lo ha probado el Dr. Pedro Escudero, del Instituto Nacional de Nutrición. Los elementos citados sirven para ayudar al crecimiento, proteger el sistema nervioso y preservar la juventud. Que los nativos no conocieran la calvicie algunos lo atribuyen justamente al hecho de que consumían algarroba en varias formas.

Oftalmías

Se utiliza también el algarrobo negro para las curaciones del maldiojo o "mal de ojo" (conjuntivitis). Pero para las curaciones de las cataratas o "nubes de los ojos" se prefiere el agüita clara del árbol negro. Para ello se recoge en una cuchara limpia el zumo que segrega un gajo de algarrobo negro por uno de sus extremos mientras el extremo opuesto se pone al calor de las brasas. Se dejan caer tres gotas en los ojos tres veces al día.

Son varias las especies de Prosopis que la medicina popular utiliza contra afecciones de los ojos. En algunos herbolarios de Bs As se vendían los frutos de "retortuño" (P.strombulífera) para calmar el dolor de muelas. Del "vinal" (P. ruscifolia), se emplean las hojas y brotes para curar diversas oftalmías.

Traumatología

Para curar las recalcaduras, la gente prepara una humita con las hojas y la colocan bajo las cenizas envuelta en un trapo húmedo. Cuando está bien caliente la sacan del fuego, la abren y la espolvorean con sal; la cierran y la ponen en el lugar afectado, lo más caliente que la persona soporte.

En algunas regiones curaban las fracturas de los huesos (sin herida) con un emplasto hecho de la siguiente manera: les extraían las semillas a algunas algarrobas verdes, las mezclaban con corteza y machacaban ambos elementos junto a sebo de cabra o de carnero.

En otras regiones, para curar las quebraduras de los huesos, machacan hojas y las colocan al rescoldo, envueltas en un trapo húmedo. Cuando está bien caliente le mezclan pez de Castilla molida y agua ardiente, y lo aplican sobre el hueso fracturado. Vendan la región afectada hasta su curación.

viernes, 8 de mayo de 2026

El viaje de la empanada: Crónica de un manjar sin fronteras

Desde las tabernas medievales de Europa hasta el corazón de la mesa criolla, la empanada guarda el secreto de los pueblos que la moldearon. ¿Cuál es el origen de este tesoro que "chorrea hasta el codo"?

Por Leyendas del Folclore Santiagueño 

 


Se dice que una buena empanada no solo se come, se conquista. Hay que saber abordarla, entender su temperatura y, sobre todo, respetar su historia. Aunque hoy la sentimos tan nuestra como el sol de mayo, este bocado colosal es el resultado de un mestizaje de siglos, civilizaciones y viajes transatlánticos.

  Un origen que se pierde en el tiempo

A pesar de ser el plato estrella de nuestras festividades, los historiadores no han logrado ponerse de acuerdo sobre su acta de nacimiento. Investigadores de la talla de Eugenio Pereira Salas u Oreste Plath han buscado sin éxito el sitio exacto donde la primera masa envolvió al primer relleno.

Lo que sí sabemos es que su rastro es milenario. Ya en el siglo XIII, la empanada era una figura recurrente en la gastronomía española, aunque muchos sugieren que fueron los moros quienes, durante sus siglos de dominio en la península, legaron esta técnica de encerrar guisos en masa. Incluso en Baviera, el vocablo "Parrada" resuena en las reuniones alemanas, recordándonos que la idea de un pan relleno es una solución universal al hambre y al viaje.

  La llegada a tierras americanas

A Chile y al Río de la Plata, la empanada llegó antes de que las ciudades terminaran de poblarse. Los registros nos llevan incluso a la sacristía de la Catedral de Santiago, donde un cuadro de la Santa Cena que data de 1962 (conservando tradiciones iconográficas mucho más antiguas) la muestra en la mesa más sagrada de la historia.

En estas tierras, la empanada se transformó. Se encontró con los Mapuches, quienes ya conocían el concepto bajo el vocablo "Pirru" —el picadillo de carne, cebolla y ají—. Fue en este encuentro entre la técnica europea y el sabor indígena donde nació la empanada criolla que hoy veneramos: horneada o frita en grasa, siempre con el toque de color y el picante justo.

De la "Empanada Electoral" al honor de la mesa

Hubo un tiempo, cuenta la historia política, en que la empanada fue incluso un arma de seducción electoral. En las campañas de antaño, se utilizaban como instrumentos de coerción; pocos podían resistirse a un bocado bien condimentado. Sin embargo, con el tiempo, esa "empanada política" se envileció. Como bien señalaba Sarmiento y luego Orestes Di Lullo, aquellas versiones electorales terminaron siendo "bolsas de masa cruda", llenas de papa y cebolla, elaboradas con la prisa del negocio y no con el esmero del arte.

Afortunadamente, frente a la especulación y la producción en masa, la empanada casera resistió. Esa que se trabaja por decoro y propia estimación, donde el espíritu de quien cocina queda encerrado entre las dos hojuelas de masa.

  El secreto de Santiago

Para los puristas, especialmente en Santiago del Estero, la elaboración es un rito de responsabilidad tradicional. La masa de harina de trigo debe ser acariciada con salmuera, grasa y leche. El relleno, o "pasta", exige carne de vaca ligeramente sancochada, acompañada con la generosidad del huevo duro, las pasas de uva, el comino y el ají del monte, todo frito en abundante grasa de vaca.

Dato Histórico: Cuando estas mismas piezas se fríen en grasa en lugar de ir al horno, bajo otra forma, reciben tradicionalmente el nombre de pasteles.

Hoy, al morder una empanada que "chorrea", estamos probando siglos de historia. Es un recordatorio de que, a pesar de los cambios en los tiempos y las modas, el paladar criollo no ha perdido su gusto. La empanada sigue siendo ese refugio de sabor donde la probidad y el esmero de la cocinera o el cocinero vencen a la prisa del mundo moderno.

Basado en los textos de Orestes Di Lullo y registros históricos de Locos x Santiago.

jueves, 7 de mayo de 2026

¿Un Quilombo en Santiago del Estero?

San Félix, la única localidad del país en la que todos sus habitantes son afrodescendientes.

Por Cristian Alarcón


Un pueblo que es cosa de negros

Perdido en Santiago del Estero, está habitado por cuarenta familias, unas doscientas personas. Su nombre hace honor al hombre que enamoró a Felipa Guerra, la matrona de este linaje que ya suma seis generaciones: el rubio capitán de montoneras Félix Alderete. Cómo llegaron a ese paraje indómito los primeros esclavos. Las marcas del mestizaje y el orgullo por su identidad.

Para seguir la huella africana en Santiago del Estero hay que probar el sabor del polvo. Es como el clima: caliente y poroso, áspero y seco. Sabe a tierra húmeda cuando se deshace en el paladar. Levita por largos minutos apenas se lo espanta con una sola pisada, hundida unos 25 centímetros en el talco espeso que es el suelo de San Félix, el único pueblo del país en el que todos sus habitantes –cuarenta familias, unas doscientas personas– son descendientes de negros. Aunque la sexta generación de los Guerra tiene la piel más clara, se le ve en el rostro la marca del mestizaje de más de cien años, desde que los primeros esclavos llegaron a este paraje indómito con los Frías, terratenientes dueños de doscientas mil hectáreas de monte santiagueño. San Félix hace honor al nombre del hombre que enamoró a Felipa Guerra, la matrona de este linaje de afrodescendientes: la historia de amor de esa pareja mixta, entre la turgente y bella Felipa y el alto, fornido y rubio capitán de montoneras Félix Alderete, es la huella más fuerte de la familia que ahora se busca en sus antepasados, llena de orgullo por la identidad afro de una provincia en la que, durante la primera mitad del siglo XIX, el 50% de la población era afro.

El cronista llega al paraje acompañado por una troupe que más bien parece la de un circo ambulante: representantes del INADI (Instituto Nacional contra la Discriminación) con Flavio Rapisardi a la cabeza; gente de la Secretaría de Cultura de Santiago del Estero; funcionarios de la Jefatura de Gabinete provincial, todos han aportado una 4x4 para llegar a San Félix este sábado. La temperatura, dicen, nos perdona la vida. Las camionetas tienen que salir de la capital con un intervalo de media hora entre una y otra: el talco de arcilla cuando no ha llovido –la condenada sequía lleva nueve meses, ni una gota de agua desde enero– limita el tránsito, porque la cortina polvorienta y gris que levanta el paso de cualquier vehículo es tan volátil que demora en desaparecer. La ruta 5 nos lleva hacia Pozo Hondo –un punto que apenas si figura en los mapas–. Desde allí hay que tomar un camino de tierra poceado y pleno del bobadal: así se llama ese tipo de senda, por su composición terrosa. Se avanza a veinte kilómetros por hora. La tierra se levanta y cae sobre los vidrios de la camioneta como si la tiraran del cielo. Cualquier otro auto, sin ruedas patonas y doble tracción, quedaría varado porque el radiador colapsaría de tos.

UTURUNGO. –Ésta era una estancia llamada Uturungo.

Dice don Loyolo Alderete, hombre de casi dos metros, como su tatarabuelo, don Félix. Y golpea con el pie enorme el suelo de su patio, a la entrada del paraje. Tiene más de setenta, la piel cobriza, bigotes blancos y prolijos, las canas bien peinadas y cierta elegancia rural del que ha mandado, del jefe de un clan.

–Aquí hay hermanos negros negros y otros rubios. Por allá lejos tenemos un changuito con los ojos verdes y el pelo mota. Acá siempre se ha dicho, para reírse de ellos, de los que heredaron ese pelo de negros, que, cuando se les echa agua a la cabeza, no se les moja.

Ríe don Loyolo de su gracia, y su esposa, que permanece como una anciana quieta y silenciosa a su lado, le sigue la corriente.

–Sí, no se les moja la cabeza. Dice.

La huella de la negritud de San Félix se pierde en la memoria del pueblo. Reside allí donde llegan los recuerdos de sus habitantes más antiguos: don Loyolo alcanza a dibujar el árbol genealógico hasta su madre, la hija de Delfín Alderete, nieto del Félix que desposó a Felipa. Su padre era Cirilo Matías –otro de los apellidos que abunda en la zona–, un “gringo”, dice Loyolo, que es como se les decía a los españoles que llegaban en aquellos tiempos siguiendo el camino que durante la colonia unía Córdoba con Potosí, atravesando el duro interior santiagueño.

–Cirilo Matías vino de España en 1916, y en 1921 llegó a Pozo Hondo. Andaba como vendedor de mercadería ambulante. Mi mamá, María Alderete, lo conoce entonces. Se enamora, se casan y él se instala. Ella tenía su porción de tierra que le correspondía porque era nieta de Felipa Guerra. Aquí mismo era el casco de la estancia Uturungo, que es como le dijeron siempre a la parte que los Frías les dieron a los negros cuando comenzó todo esto.

Uturungo es una voz quechua, una vieja leyenda según la cual un indio se metamorfosea en puma –el Uturungo–. La creencia es que un hombre que necesita vengarse de una ofensa, de un crimen, o de una mancha moral puede hacerlo si pacta con el diablo –“supay”– en una ceremonia en la que se convertirá en el tigre revolcándose sobre el cuero de un animal. Vuelto animal salvaje recorrerá los alrededores de los pueblos y las estancias aterrorizando a la gente que le teme. La prueba de su existencia es que las vacas y los caballos solían aparecer despedazados, y en los alrededores de la bestia yacente, las huellas de un puma que no tiene cuatro dedos, sino cinco, como un ser humano.

PUMA. Los Guerra, los Alderete, los Matías abundan como el sol que todo lo alcanza dieciocho horas al día. En este clan de figuras míticas se han ido cociendo algunas, pocas, historias que le dan sentido a la insularidad de San Félix. Según uno de esos cuentos de fogón, hubo un hombre valiente, en el comienzo de casi todo, que cazaba pumas como si apresara gallinas. Era el hijo del patriarca, Félix Alderete, y llevaba, por primogénito, el nombre de su padre. Salía a buscar las fieras al monte cuando se acercaban demasiado y se atrevían a masticarle las vacas. La mayor hazaña de Félix hijo fue jugarse la vida como un Uturungo, casi transformado en puma. Subió por las ramas de un paraíso y se deslizó con la suavidad del felino hacia lo alto. El animal vigilaba cómodamente afincado sobre un grueso tronco, entre el follaje. El valiente le metió el cuchillo desde abajo, hacia el corazón, lo hundió como si fuera una espada. Cayeron los dos al piso. El puma lo abrazó como quien quiere asfixiar al amante. Le clavó las garras en la espalda y exhaló en el intento. Las heridas en la carne del cristiano fueron profundas. Curarlas llevó tres meses de postración boca arriba. Fue su madre, la mítica Felipa Guerra, ya en una silla de ruedas, la que lo cuidó hasta sanarlo.

Felipa era una negra hermosa. Y fue la matriarca de este clan, aunque no la primera. Era la hija de los primeros negros del lugar. Carlos Torres, sexta generación en la saga familiar y habitante de una casa en la que vende vino frío y picadas de mortadela y queso de campo a los extraños visitantes de la Capital, lo dice con letras de molde:

–Mis antepasados, Julián Guerra, venido de África como esclavo, y Felipa Iramain, traída del Brasil, se casaron, y, como regalo de bodas, los que habían sido sus dueños, los Frías, les dieron una legua cuadrada, que en realidad estaba medida en varas (86 centímetros), por eso la propiedad no tiene 2.500 hectáreas, sino 1.800. Era poco al lado de las 200 mil hectáreas que tenían los Frías en esa época. Luego, a otros negros, en mérito de la lucha federal, les dieron media legua cuadrada, que serían luego los pueblos vecinos de San Andrés y San Ramón. Todos los negros tuvieron el mismo apellido puesto por sus patrones: todos fueron Guerra.

La primogénita de la pareja de negros fue Felipa Guerra. Ella y sus hermanos poblaron Uturungo. Pero fue ella la que se enamoró de Félix Alderete, el capitán de montoneras que vino de la costa del río Salado para quedarse y formar un linaje de bellos mulatos afincados para siempre en el lugar.

LUJO Y ORO. Son bien grandes los Alderete. Los hijos de don Loyolo lo visitan este sábado calenturiento. Uno de ellos es maestro y anda con su pibe, de unos doce años. El chico heredó los rasgos africanos de su tatarabuela pero en una piel blanca. La nariz chata de fosas redondas y el pelo ensortijado, de ese que no se moja. Don Loyolo sabe que los funcionarios que han venido a verlo hoy trajeron tambores desde Santiago, y un cine móvil de la Secretaría de Cultura. Esa pantalla blanca le permitirá ver por primera vez su propia imagen proyectada en la escuelita rural de San Félix, en la que cuarenta niños de los campos vecinos pasan la semana junto a siete maestros. Allí es la fiesta. Hacia el patio rodeado de paraísos y quebrachos, caminan las familias de morenos despintados por las mixturas raciales de un siglo.

Hace muchos años que la pobreza, la sequía y la migración de los más jóvenes –que parten hacia la capital provincial a buscar trabajo– han dejado sin fiestas a San Félix. Lejos quedaron las bacanales de los antiguos, de “los principales”, los siete hijos que tuvieron los esclavos libertos Julián y Felipa a quienes todos les podían ver las marcas que les habían impuesto en los mercados de Buenos Aires y alguna ciudad del Brasil. La pareja había conocido el lujo en la casa de los patrones Frías. Y cuando pudieron, criaron a su descendencia en la comodidad. Tres generaciones duró aquella abundancia.

–Mi abuela me contaba que esto era como vivir en un palacio de reyes. Cómo serían de pretenciosos los negros que no querían comer terneros machos, sólo se les antojaban las terneritas hembras. Las fiestas podían durar tres días. Cada familia mataba un animal y lo repartía, eran miles de cabezas de ganado. Se hacían hormas y hormas de queso. Se ponía la leche en un cuero de vaca, el noque, y en ese cuero entero se lo dejaba. Dos mujeres, una de cada lado, lo llevaban. El lujo les venía de Felipa Guerra, la abuela de mi abuela. Ella terminó en una silla de ruedas que estaba hecha con piezas de oro.

Dice Loyolo.

La fiesta de este sábado es austera pero profunda y sentida. Algo campea el aire de la tarde, algo parecido al respeto, a una memoria silenciosa de niños bien portados que esperan ansiosos el cine jugando a la mancha en el patio. El documental muestra con imágenes de archivos históricos el camino de los esclavos llegados a la Argentina desde África y Brasil, los mercados, las marcas a fuego en la piel, las guerras a las que fueron enviados. El camino Real, entre Córdoba y Potosí, la posición de San Félix y, hacia el final, las imágenes del pueblo. Entonces, las risas de los chicos, las sonrisas de los grandes, la cara iluminada de Loyola que se ve, y se escucha, enorme sobre la pantalla, contando sus recuerdos de la negritud. El INADI ha invitado a la coordinadora del Foro Afro, Mameto Kiamasi, una negra bien argentina que les habla vestida con una amplia pollera blanca, de túnica, y turbante:

–Debemos estar orgullosos de ser negros, de venir de esa sangre.

Les dice.

El nieto. A medio kilómetro de la escuela vive el hombre más anciano del pueblo. Le dicen Titilao, un apodo de niño travieso que le quedó puesto por su abuela, la mismísima Felipa Guerra. Nadie, ni él, sabe cuántos años tiene. Noventa y tantos como mínimo. Sale de su rancho asistido por dos nietos, que lo llevan como bastones hasta la tranquera. Los ojos pequeños se le pegan, y hace esfuerzos por abrirlos y mirar a los extranjeros. Todos sus movimientos son de una lentitud ceremonial. Pero cuando habla, con la voz cascada, la rapidez mental sorprende.

–Los he conocido a los principales. Yo le diré los principales pero usted no anote ahora: Juliana, Isolina, Gregoria y Caucana, Vicente, Félix, Delfín y Ángel. Estanislao es el hijo de Ángel. Es el único que no se casó nunca, ni tuvo hijos. Cumplió funciones de cura. Era el rezador del pueblo. El que casaba. El que bautizaba. El que daba las extremas unciones. El que quedó para contar lo que era Félix Alderete, el patriarca.

–Mi abuela Felipa era bien negrita. Mi abuelo era rubio. Usaba chiripás. Andaba al alba por las camas de los hijos despertándolos cuando iba a llover para que salieran a encerrar los animales. “¡Los bueyes!”, gritaba. Los negros, hermanos de Felipa, le querían pegar cuando se chupaban. Le daban duro los negros. Mi abuelo se reía de ellos. Les decía “cola e’ pishinga” porque se vestían a la moda, usaban camisas blancas, pantalones negros, con un pañuelo blanco que les salía del bolsillo de atrás, como la cola de los zorrinos. –Y dicen que las fiestas eran buenas.

–Acá gustaba el vino. La abuela se iba a San Roque de a caballo con otras negras, y volvían, con las bordelesas cargadas. Dejaban a los maridos a cargo.

Don Félix, cuenta Titilao, fue inteligente y les fue prestando plata a sus cuñados los negros, a quienes les gustaba apostar fuerte. Solían juntarse alrededor del pozo de agua, el jagüel del que aún se proveen todos de un agua termal que sale tibia de las canillas. Todo terminaba a cuchillazo limpio.

Don Titilao cruza las piernas con garbo. Pide un cigarro. Lo enciende. Le pregunta al cronista: –¿Que anota tanto? ¡Éste –les dice al resto de los que lo escuchan– va a tener para escribir una novela en Buenos Aires!

Reímos de las gracias de don Titilao. Y él, feliz de la visita, nos obsequia con sus cantos.

Cuando el sol se pierde en el monte santiagueño, Estanislao Guerra, nieto de Felipa Guerra y Félix Alderete, canta una vidala de esas que entonaba en las fiestas de negros de las épocas de lujo.

Se viene la semana afro en la Argentina

Por tercer año consecutivo, el INADI realizará “Argentina también es Afro”, jornadas político-culturales de reflexión, visibilización y reclamo del movimiento afroargentino. Organizadas junto a la Embajada de Brasil, se podrá participar de mesas de debate, obras de teatro y una ceremonia de tambores con grupos como La Chiringa (Argentina) y Afroreagge (Brasil). Se realizará entre el 9 y el 15 de noviembre próximo.

Fuente: http://alejandrofrigerio.blogspot.com/2009/10/un-quilombo-en-santiago-del-estero.html

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