lunes, 24 de agosto de 2026

Santiago del Estero: El secreto de la llanura que esconde volcanes, ríos errantes y un pasado de conquista

 


Imaginate por un momento que estás conduciendo por Santiago del Estero. Mirás a ambos lados y lo que ves es una inmensidad plana, un horizonte que parece no tener fin. La mayoría de la gente asume que es simplemente una llanura aburrida y monótona. Pero te voy a contar un secreto: **esa planicie es una ilusión óptica, una máscara que esconde uno de los dramas geológicos e históricos más fascinantes de Argentina.

Si la tierra pudiera hablar, Santiago no te contaría una historia de quietud, sino de terremotos, ríos que cambiaron de opinión siete veces, volcanes dormidos y conquistadores que cayeron bajo flechas envenenadas. Agarrate, porque vamos a desenterrar los misterios que se ocultan bajo el suelo santiagueño.

La gran "bañera" hundida y las montañas fantasma

Hablemos claro: Santiago está asentada sobre una cuenca gigante, como una inmensa bañera geológica que se fue hundiendo a lo largo de millones de años. Mientras el fondo se hundía, los bordes se rompían y levantaban.

¿El resultado? Aunque el centro es pura llanura, los márgenes guardan montañas que asoman tímidamente. Hacia el oeste tenés las Sierras de Guasayán, y hacia el sur, las de Sumampa y Ambargasta. Y si creías que las montañas solo estaban en los bordes, ¡sorpresa! En el departamento Pellegrini, asomando entre la llanura como un centinela solitario, se alza el Cerro El Remate. Es el último suspiro de los Andes antes de que se hundan bajo la tierra.

El "río ambulante" y los bultos subterráneos

Si hay un protagonista en esta historia, es el río Salado. Los geólogos lo apodan cariñosamente el "río ambulante", y no es para menos. A lo largo de la historia, ¡cambió su cauce al menos siete veces!

¿Por qué un río decidiría mudarse de casa tantas veces? La culpa la tienen los "altos estructurales". Imaginate que bajo la llanura hay bultos o speed bumps gigantes de roca. El río Salado chocaba contra estos bultos subterráneos, se desviaba, dejaba su cauce antiguo (que hoy son "ríos fantasmas" o paleocauces bajo nuestros pies) y abría uno nuevo. Esas desviaciones crearon inmensos abanicos de tierra fértil y bañados que hoy definen el paisaje.

Flechas envenenadas y un volcán en el patio trasero

La geografía y la historia se dan la mano de forma brutal en la Quebrada de Maquijata. Corría el año 1543 cuando el conquistador español Diego de Rojas, el primero en pisar estas tierras viniendo desde el Alto Perú, cruzó este desfiladero de vegetación densa. Allí, un indígena le disparó una flecha en la pierna. Rojas no le dio importancia, pero la flecha estaba untada con un veneno letal. Días después, el conquistador moría entre dolores agonizantes, siendo enterrado en lo que hoy es el pueblo de Maquijata. Un paisaje hermoso, teñido de los primeros capítulos de la conquista.

Y si creías que Santiago no tenía volcanes, te tengo una excelente noticia: ¡Sí tiene! Escondido al sureste de Guasayán se encuentra el Cerro Ichagón. Aunque hoy está inactivo y parece una simple lomada, es una antigua manifestación volcánica que escupió cenizas y lavas hace millones de años.

El oro blanco y el lienzo de los antiguos

Bajando hacia el sur, la tierra se hunde y el agua se evapora, dando lugar a espectaculares salinas como las de Ambargasta. Son depresiones tectónicas donde el agua se acumula, el sol la evapora y deja un manto blanco de sal que parece un paisaje lunar.

Pero este no es un lugar vacío. Las quebradas de Sumampa y Ambargasta fueron el hogar de los Sanavirones. Si caminás por lugares como Inti Huasi, vas a encontrar sus "cartas" talladas en la piedra: petroglifos y pictogramas que nos hablan de su cosmovisión. También vas a ver "pilancones" (morteros gigantes en la roca) donde molían sus granos. Ellos ya sabían que estas tierras, aunque áridas, guardaban tesoros.

La memoria del suelo: de la selva al monocultivo

Finalmente, hablemos del suelo. El suelo santiagueño es como una esponja frágil. Durante siglos, el monte chaqueño semárido protegió esta esponja. Pero el hombre, en su afán de progreso, le pasó por encima.

A finales del siglo XX, la fiebre del algodón transformó la provincia. De la noche a la mañana, miles de hectáreas de bosque nativo fueron arrasadas para plantar el "oro blanco". Hoy, esa misma tierra ha virado hacia la soja y el trigo. El suelo, que tardó miles de años en formarse, perdió su materia orgánica y su capacidad de retener agua. La tierra recuerda cada cicatriz, y la erosión es el fantasma que acecha en cada temporada seca.

Un nuevo mirar

Santiago del Estero no es solo una llanura. Es un rompecabezas de bloques hundidos, ríos que buscaron su camino a los tumbos, volcanes apagados y cicatrices de una conquista que aún resuena en las quebradas. Es un territorio donde la tierra es frágil, pero su historia es indeleble.

La próxima vez que mires el horizonte plano de Santiago, no veas solo una llanura. Intentá ver los ríos fantasmas bajo tus pies, las montañas que se esconden en el subsuelo y las huellas de los Sanavirones en las rocas. El verdadero viaje no es solo cruzar la provincia, sino aprender a leer lo que la tierra tiene para contarnos.

¿Te animás a descubrir qué otros secretos guarda el suelo que pisas todos los días? ¡Leemos tu opinión en los comentarios y sigamos desenterrando historias juntos!

Fuente: Documento: "Geoestructuras y Geomorfología de la Provincia de Santiago del Estero" 


Brujas, hechizos y gobernadores con miedo: ¿Hubo Inquisición en el Noroeste Argentino?


 

¿Alguna vez te cruzó por la cabeza la idea de que la Inquisición española pudo haber operado en las tierras andinas? Si piensás que las historias de brujas, hechizos y hogueras son exclusivas de los pueblos europeos o de las grandes capitales virreinales, prepárate, porque la historia real de nuestro Noroeste es mucho más fascinante, oscura y atrapante de lo que imaginás.

Ahora vamos a descubrir qué pasaba realmente cuando el miedo a la magia se apoderaba de las calles del antiguo Tucumán.

Una Inquisición "de facto": sin tribunal, pero con mucha hoguera

Acá va el primer gran dato: no, nunca existió un Tribunal oficial de la Inquisición en el Noroeste Argentino. Pero no te lleves a engaño, porque eso no significa que las cosas fueran más tranquilas.

A falta de un edificio oficial con inquisidores de turno, la "justicia ordinaria" (los alcaldes y jueces de cada pueblo) tomaba la ley por su mano y aplicaba los mismos métodos implacables del Santo Oficio. ¿Y quiénes eran los blancos perfectos de esta caza? Casi siempre mujeres de los sectores más marginados: indígenas y negras. Para las autoridades coloniales, estas mujeres no eran solo sospechosas de hacer magia; eran vistas como una amenaza directa al orden social.

Arañas, serpientes gigantes y "celos apasionados"

Los archivos históricos guardan expedientes que parecen el guion de una película de terror y fantasía. Imaginate Santiago del Estero en 1761. Las autoridades acusaban a dos mujeres indígenas, Pancha y Lorenza, de usar arañas, espinas y polvos mágicos para enfermar a la gente.

Lo más alucinante es el testimonio de dónde decían haber aprendido sus artes: en una mítica "Salamanca" subterránea. Según los relatos, allí había fiestas con arpa y guitarra, gente bailando en cueros y... ¡una serpiente gigante que sacaba la lengua y pedía sangre! Pero detrás de la leyenda, había una realidad cruda: una de las mujeres confesó haber envenenado a un hombre que intentó golpearla. La magia, en muchos casos, era el único escudo de defensa que tenían.

Unos años antes, en 1715, otra indígena llamada Lucrecia fue condenada al destierro perpetuo en el Fuerte de Balbuena. ¿Su crimen? Usar hierbas venenosas contra sus rivales amorosas. Sí, la Inquisición (aunque no se llamara así) también juzgaba los crímenes pasionales.

Cuando los médicos actuaban como cazadores de brujas

Si pensás que la ciencia y la magia estaban separadas, te tengo una sorpresa. En 1703, en Tucumán, se investigó la misteriosa enfermedad de los amos de una esclava negra llamada Inés. Para descubrir si había brujería, el médico del pueblo, el doctor Vargas Machuca, aplicó métodos de diagnóstico que hoy nos parecen sacados de un aquelarre.

¿Cómo diagnosticaba el buen doctor? Hervía jabón y, si el agua se "cortaba", era prueba de hechicería. También vertía un huevo fresco en la orina de la paciente: si el huevo flotaba, había magia negra; si se iba al fondo, era una enfermedad normal.

El destino de Inés fue brutal: fue paseada por las calles en un animal de carga, humillada públicamente por un pregonero, y condenada al garrote vil y a la hoguera. La línea entre la medicina colonial y la caza de brujas era, literalmente, inexistente.

El gobernador que murió de miedo (antes de tiempo)

El poder también temblaba. El gobernador Ramírez de Velazco, que mandó en la región a fines del siglo XVI, vivía aterrorizado. ¿La razón? Creía firmemente que los indígenas y los marginados podían "hechizarlo" para enfermarlo o matarlo.

Su paranoia no era para menos; sabía que tres gobernadores anteriores a él tuvieron finales trágicos: degollados o muertos en la cárcel. Para proteger sus propios nervios y su vida, Ramírez de Velazco logró que el Rey de España le diera permiso especial para aplicar castigos extremos, como la hoguera y el destierro perpetuo. El miedo a lo desconocido lo convirtió en un tirano implacable.

Más allá del hechizo: una resistencia cultural

Pero hay que leer entre líneas. Estas mujeres acusadas de brujas no eran simples villanas de cuento. En realidad, eran guardianas de la memoria. Al mezclar sus creencias andinas con nuevas influencias, estaban manteniendo vivas sus raíces en un mundo que intentaba borrarlas. Ser "bruja" o "adivina" se convirtió, casi sin quererlo, en un acto de resistencia cultural frente a un sistema colonial que quería imponer su propia versión de lo que estaba "bien" y lo que estaba "mal".

En resumen: Aunque no hubo un Tribunal de la Inquisición con sello oficial en el Noroeste Argentino, el espíritu inquisitorial estuvo más vivo que nunca. A través de la justicia ordinaria, se persiguió, torturó y condenó a mujeres que, entre hierbas, huevos y serpientes míticas, luchaban por sobrevivir y mantener viva su identidad.

La próxima vez que camines por las calles empedradas de Salta, Tucumán o Santiago del Estero, mirá bien las sombras. La historia oficial habla de conquistadores y fundadores, pero las piedras todavía guardan el eco de aquellas mujeres que se negaron a desaparecer.

¿Y vos, qué pensás? ¿Creés que el miedo a lo desconocido sigue impulsando la caza de brujas en la actualidad, solo que con otras máscaras? ¡los leo en los comentarios!

Fuente:

Poderti, Alicia. (2002). Brujas Andinas. La hechicería colonial en el Noroeste Argentino. Salta, Argentina: Universidad Nacional de Salta (UNSA).

Nota: El documento base es un extracto o artículo derivado de esta obra, escrito por la propia Dra. Poderti, donde se compilan y analizan los expedientes judiciales de la época colonial.

Las ruinas de Esteco y el eco de las profecías del fin del mundo


 

HIGHLAND PARK, Nueva Jersey. - En todo final hay siempre la promesa de un principio, y en toda profecía apocalíptica late el anuncio de un paraíso futuro. Mientras la especie humana avanza guiada por la razón, es la fe la que instala en el horizonte una promesa que se aleja a medida que caminamos hacia ella. En los últimos meses del siglo XX, el horizonte se llenó de vaticinios. Sin embargo, ninguno tan fascinante y terrífico como el que resurgió del desierto salteño, donde la historia y la leyenda volvieron a colisionar.

A fines de julio de 1999, un terceto de arqueólogos argentinos desenterró en el sudeste de la provincia de Salta las ruinas de Talavera de Esteco. El hallazgo no solo reescribió los libros de historia colonial, sino que activó una mecha profética encendida cincuenta años atrás. En 1949, una tribu de gitanos había vaticinado que el descubrimiento de la perdida Esteco coincidiría con el nacimiento del Anticristo y el fin de la historia humana.

La ciudad maldita y los oráculos del desierto

Para entender el peso de esta profecía, hay que remontarse a agosto de 1949. Una tribu de gitanos llegó a Tucumán en medio de un invierno seco y ardiente, bajo cielos nocturnos cargados de fuegos fatuos. Mientras los hombres levantaban carpas en los baldíos del sur y vendían desechos de automóviles, las mujeres recorrían el centro ofreciendo relicarios, piedras de mica y oráculos. Todos ellos, sin embargo, hablaban de los horrores de Esteco, ciudad por cuyas ruinas decían haber pasado sin mirarlas.

El destino histórico de Esteco, lejos de la imaginación gitana, repite trágicamente el relato de Sodoma y Gomorra. Según los registros del obispo Maldonado en el año 1634, la comarca estaba emplazada "entre arenales y salitrales malditos". La realidad geológica era tan hostil como la leyenda: las casas se derrumbaban al compás de abundantes temblores, y los indígenas morían en el intento de reconstruirlas, hasta que un terremoto final se llevó lo que quedaba en pie.

De aquella catástrofe solo sobrevivió el folklore, materializado en una copla popular que los gitanos de 1949 repetían a modo de rezo: "No sigas ese camino, / no seas orgulloso y terco, / no te vayas a perder / como la ciudad de Esteco".

El miedo a los números redondos y otras catástrofes

¿Por qué la humanidad se aferra a estas profecías de salvación y destrucción? El historiador Henri Focillon, en su manual El año mil, ofrece una clave sagaz: la humanidad proyecta todos sus miedos hacia los años de números redondos, convirtiendo esas fechas en una angustia o esperanza perpetua.

Este fenómeno no es exclusivo de Esteco. Tres décadas después del vaticinio gitano, en agosto de 1979, Caracas fue sacudida por una profecía similar. Se vaticinó que la estatua de piedra de María Lionza echaría a volar hacia el mar, abriendo una grieta en la montaña para que las aguas del Caribe inundaran la capital. Según los testimonios de la época, esta invasión del mar pondría fin a la "vana opulencia petrolera", sepultando las casas de los ricos "que están construidas a lo largo del valle, sobre la planicie o sobre las colinas más bajas", para permitir a los pobres de los rancheríos fundar una civilización igualitaria.

Las profecías de salvación son fatalmente irracionales, pero poseen la virtud de ser ambiguas. Ante la inminencia del fin, algunos fanáticos aceleran el apocalipsis, como ocurrió en las sectas de Waco y Jonestown, mientras otros acumulan fortunas o regalan sus bienes, a la espera de una Tierra Prometida.

Nostradamus y el julio que no fue

La fiebre apocalíptica alcanzó su cúspide con una predicción de más de cuatro siglos, difundida recientemente en ciudades remotas de Argentina, México y Colombia. Su autor es Nostradamus, y el augurio corresponde a la estrofa 72 de su libro de Centurias:

"En el séptimo mes del año 1999 / vendrá del cielo un gran Rey del Terror: / hará que resucite el gran rey de los mongoles. / Y Marte gobernará con felicidad antes y después".

El séptimo mes de 1999 era julio. La fecha pasó sin el "Rey del Terror" y sin guerras mundiales devorando el planeta. Las interpretaciones literales fracasaron. Sin embargo, la especie humana, ávida de respuestas, sigue necesitando estos relatos.

El legado de lo que se pierde y regresa

Más allá de la falla cronológica de las profecías, el verdadero legado de Esteco y sus vaticinios reside en su poder simbólico. Los textos apocalípticos, desde las Centurias de Nostradamus hasta los rezos gitanos, nos enseñan una lección inquietante pero reconfortante: en el curso de la historia interminable, todo lo que se pierde regresa, bajo otras formas y con otros lenguajes.

Al pie de las rocas de Sodoma, las estatuas de sal que evocan a la mujer de Lot se han vuelto inmortales en el imaginario colectivo. De manera similar, en el desierto de Salta, las tablillas que los arqueólogos han recuperado de las ruinas de Esteco ya no son solo restos de una ciudad maldita por los temblores; son la prueba física de que, aunque las ciudades caigan y los siglos pasen, la memoria - y la promesa de un nuevo comienzo - siempre permanece intacta bajo la arena.

La paradoja del progreso: Cómo el neoextractivismo moldeó la Argentina del siglo XXI

 


Por Leyendas del Folclore Santiagueño

Cuando el siglo XXI amaneció sobre América Latina, trajo consigo una promesa de ruptura. Los gobiernos progresistas que emergieron tras las cenizas del neoliberalismo de los noventa prometieron un nuevo pacto social, soberanía económica y justicia ambiental. Sin embargo, bajo la retórica emancipadora, un viejo fantasma de la historia colonial y neocolonial no solo sobrevivió, sino que se renovó con fuerza.

En su exhaustivo análisis de 2013, el investigador Jorge Ignacio Frechero pone bajo la lupa la economía argentina del periodo posneoliberal (2003-2012), revelando una contradicción fundacional: la promesa de una reindustrialización soberana chocó contra la realidad de una reprimarización extractivista. Lejos de ser un modelo de transición, la explotación intensiva de la naturaleza se consolidó como el motor indiscutido de la economía, financiando lo que el académico Eduardo Gudynas bautizó como el "Estado compensador".

De la plata colonial a la soja transgénica

Para entender el presente, hay que mirar al pasado. La inserción de América Latina en el capitalismo global nació bajo el signo de la extracción. Como recordaba Karl Marx al describir los albores de la era capitalista, "el descubrimiento de las comarcas auríferas y argentíferas en América, el exterminio, esclavización y soterramiento en las minas de la población aborigen [...] caracterizan los albores de la era de producción capitalista".

Esa vocación de enclave perduró durante el modelo agroexportador y alcanzó su paroxismo durante la década de 1990. Bajo el menemismo, se consolidó lo que Gudynas denomina "extractivismo clásico", donde las transnacionales operaban con un Estado ausente y regulaciones mínimas. Pero cuando el péndulo político giró hacia la izquierda en 2003 con la asunción de Néstor Kirchner, la estructura de despojo no fue desmantelada; fue reconfigurada.

La ilusión industrial y la realidad de los números

El discurso oficial del kirchnerismo se esforzó por vender la imagen de un país que volvía a fabricar. "La industrialización no es una variable económica, responde a un proyecto político de país", sentenció la presidenta Cristina Fernández de Kirchner en septiembre de 2012.

Sin embargo, los datos duros recopilados por Frechero cuentan una historia muy distinta. Si bien hubo una recuperación manufacturera impulsada por el tipo de cambio competitivo, esta fue "defectuosa e incompleta". Al observar la participación de los sectores productores de bienes en el PIB, la agricultura, ganadería, caza y silvicultura incrementó su peso del 17% en 1996 al 25% en 2011. En contrapartida, la industria manufacturera perdió participación relativa, pasando del 54% al 50%.

Lejos de diversificarse, la estructura empresarial se concentró y extranjerizó aún más. Según la Encuesta Nacional de Grandes Empresas de 2009, de las 500 compañías más grandes del país, 324 eran extranjeras. Estas firmas aportaban el 81,4% del valor agregado del grupo. En el ranking de las principales exportadoras de 2011, nueve de cada diez dólares ingresados al país provenían de commodities. Minera Alumbrera, Cargill y Pan American Energy lideraban un podio donde el valor agregado brillaba por su ausencia.

El comercio exterior y la trampa de los commodities

El viento de cola de los precios internacionales disparó el comercio exterior. Entre 2003 y 2011, las exportaciones se cuadruplicaron, pasando de 44.000 a 158.000 millones de dólares. Pero, ¿qué vendía la Argentina? En 2011, un cuarto de todas las ventas externas provenía del complejo sojero.

Esta especialización primaria ató el destino nacional a la demanda asiática, particularmente de China. Mientras Argentina enviaba porotos y aceite de soja, importaba maquinaría y tecnología, reproduciendo una clásica y asimétrica relación centro-periferia. La economía se volvió más dependiente de las importaciones de bienes de capital para sostener su propio ciclo, confirmando que el aparato industrial no era orgánico ni autosuficiente.

Inversiones extranjeras: Las reglas del juego no cambian

Quizás el aspecto más revelador de esta crónica económica sea el patrón de Inversión Extranjera Directa (IED). Lejos de combatir al capital especulativo, el gobierno mantuvo intacta la Ley de Inversiones Extranjeras de 1993 y los beneficios fiscales para la megaminería, que incluyen estabilidad impositiva por tres décadas y regalías que no superan el 3%.

El resultado fue una fiebre extractiva. Entre 2004 y 2010, la IED en minería creció un asombroso 297%, seguida por la agricultura y las oleaginosas. Este modelo generó una sangría de divisas: desde la salida de la convertibilidad hasta 2010, las filiales locales enviaron a sus casas matrices cerca de 37.000 millones de dólares en concepto de ganancias.

Frente a las críticas, la izquierda latinoamericana terminó por legitimar este modelo. El expresidente de Venezuela, Hugo Chávez, lo expresó con una claridad pasmosa: "Estamos empeñados en construir un modelo socialista muy diferente al que imaginó Marx en el siglo xix. Ése es nuestro modelo, contar con esta riqueza petrolera". Como advierte Gudynas, el Estado pasó a concebir el extractivismo como "indispensable para combatir la pobreza", asumiendo los costos socioambientales como el precio a pagar por la inclusión social.

El legado de las zonas de sacrificio

Al contrastar las promesas con la realidad, la conclusión es contundente. En 2003, Néstor Kirchner declaraba que su objetivo era "reducir la participación relativa de los commodities en la oferta exportadora". Ocho años después, la dependencia de la renta extractiva era mayor que nunca.

El legado de esta década dorada del neoextractivismo deja cicatrices profundas. La fragmentación territorial, la degradación de los ecosistemas y la creación de "zonas de sacrificio" - donde comunidades enteras cargan con los pasivos ambientales de la megaminería y los agronegocios - son la contracara de las políticas de transferencia de ingresos.

Como advierte el sociólogo Boaventura de Sousa Santos, la vulnerabilidad de este modelo radica en depender de "la lotería de los recursos naturales". Cuando el ciclo de precios altos termine, la pregunta que quedará flotando en el aire es si la Argentina de hoy estará preparada para enfrentar el futuro, o si seguirá siendo, como lo fue desde los galeones españoles, un simple espacio socioambiental al servicio de las potencias mundiales.

Referencias Bibliográficas:

Frechero, J. I. (2013). Extractivismo en la economía argentina. Categorías, etapas históricas y presente. Estudios Críticos del Desarrollo, Vol. III, Núm. 4, pp. 45–82.

Gambina, H. (2010). Citado en Frechero (2013) sobre la Encuesta Nacional de Grandes Empresas.

Gudynas, E. (2012). Estado compensador y nuevos extractivismos. Nueva Sociedad, Nº 237.

Marx, K. (1998). El capital. México: Siglo XXI.

Santos, B. de S. (2012). A la izquierda de lo posible. Página 12.

Valli, P. (2011). Citado en Frechero (2013) sobre remisión de utilidades al exterior.

Wasilevsky, J. D. (2012). Ranking "Made in Argentina". iProfesional.com.


domingo, 23 de agosto de 2026

Felipe Corpos: la voz quichua que encendió un fuego en Santiago del Estero

Poeta, payador y militante cultural, fundador del Alero Quichua Santiagueño. Su vida fue breve, pero su legado continúa iluminando la memoria y la identidad de un pueblo.




El eco de una lengua ancestral

Cuando se habla de las raíces culturales de Santiago del Estero, el nombre de Felipe Benicio Corpos aparece como una de esas presencias que, aunque breves en el tiempo, dejan huella. Fue poeta, payador, quichuista y uno de los impulsores de un movimiento clave en la defensa del patrimonio lingüístico del norte argentino: el Alero Quichua Santiagueño.

Hablar de él es, inevitablemente, hablar del quichua. Esa lengua que llegó desde los Andes y encontró en Santiago un territorio donde echar raíces propias. Resistió siglos de desprecio y silenciamiento, pero siguió viva en las casas, en las coplas, en los rezos, en las charlas de patio. Felipe entendió temprano que no alcanzaba con resistir: había que darle un lugar visible dentro de la cultura argentina.

Su vida, atravesada por la pasión y el compromiso, también refleja una época en la que las tradiciones luchaban por no quedar arrasadas por la modernidad. Su historia permite ver cómo un hombre del interior del departamento Figueroa logró encender una llama que todavía sigue prendida.

Infancia entre el monte y la lengua quichua

Felipe nació el 23 de agosto de 1935 en Villa Figueroa. Creció en Los Nogales, Pampa Muyoj, en un entorno donde el quichua no era algo excepcional: era el idioma cotidiano. Se hablaba en la familia, en el trabajo, en la vida diaria.

A los nueve años se trasladó a la ciudad de Santiago del Estero con sus padres. Allí terminó la secundaria en la Escuela de Comercio Antenor Ferreyra y se recibió de Perito Mercantil. Ese cambio marcó una tensión que lo acompañaría siempre: el paso de un mundo campesino, íntimamente ligado al quichua, a un espacio urbano donde esa lengua quedaba al margen.

Más tarde viajó a Córdoba para estudiar Abogacía. Cursó tres años y entró en contacto con ambientes universitarios y políticos. Ese paso seguramente reforzó su mirada sobre la situación de las lenguas originarias. Sin embargo, decidió volver. Su camino no estaba en los tribunales, sino en la defensa cultural.

El encuentro con Sixto Palavecino

En 1968, ya de regreso en Santiago, conoció a Sixto Doroteo Palavecino. El vínculo fue inmediato. Compartían la misma preocupación: el quichua seguía vivo, pero recluido, sin reconocimiento público.

Mientras buena parte de la sociedad lo consideraba un idioma menor, ellos lo veían como un núcleo cultural profundo. De esa coincidencia nació una amistad y un proyecto común que terminaría cambiando el panorama cultural de la provincia.

Nace el Alero Quichua Santiagueño

El 5 de octubre de 1969, junto a Vicente Salto y Domingo Antonio Bravo, dieron forma al Alero Quichua Santiagueño. Empezó como un programa de radio, pero rápidamente superó ese formato.

Tenía algo distinto: por primera vez, la radio abría un espacio en lengua indígena en Argentina. No se trataba de hablar *sobre* los campesinos, sino de que ellos mismos tomaran la palabra. Desde distintos puntos de la provincia, la gente participaba con relatos, canciones y coplas.

Felipe lo definía con claridad en una de las aperturas del programa: una voz que se eleva desde el Santiago quichua para mostrar su cultura desde adentro. No era una consigna. Era una forma de devolverle dignidad a una lengua.

Escuelas y expansión

El impacto fue rápido. En 1971 se creó la primera filial en Villa Atamisqui, y después llegaron otras en Córdoba, Buenos Aires y Tucumán.

Pero el crecimiento no fue solo territorial. También hubo un impulso educativo fuerte. Se promovieron escuelas de quichua y, en 1973, se incorporó la cátedra de Cultura Quichua en el profesorado provincial. Ese mismo año se dictaron cursos en distintos puntos de Santiago.

El desafío era grande: enseñar a escribir una lengua que durante siglos se transmitió de forma oral. Aun así, la respuesta fue positiva. El quichua empezaba a salir del ámbito doméstico y a ocupar espacio en las aulas.

Discos y debates culturales

El Alero también impulsó proyectos discográficos. En 1971 se editó un disco documental del canto quichua con el sello Diapasón, con apoyo de Alfredo Ábalos. Allí se incluyó la traducción al quichua del Martín Fierro, realizada por Vicente J. Salto.

En 1973, Felipe organizó una mesa redonda radial sobre el origen de la chacarera. Un tema que, todavía hoy, genera discusión. Ese mismo año se lanzó el disco *Santiago del Estero, desde sus coplas al país*, que amplió la difusión de la cultura local.

El poeta detrás del proyecto

Más allá de su rol como gestor, Felipe era poeta. Escribió letras que luego se transformaron en canciones populares, muchas musicalizadas por Sixto Palavecino. De ahí nacieron piezas como El sacherito, Mi tata sabía canta, Pa’ que bailen o La ñaupa ñaupa.

También trabajó con otros músicos en distintas composiciones. Parte de su obra fue grabada, pero otra sigue inédita. Ese material, todavía disperso, es un reservorio cultural que espera ser recuperado.

Compromiso con la vida cotidiana

Para Felipe, la lengua no era un objeto aislado. En sus programas hablaba de la vida rural, de prácticas agrícolas, de saberes transmitidos de generación en generación. Recuperaba refranes, cuentos, formas de entender el mundo.

En 1974 participó en la creación de la Sociedad de Folkloristas Santiagueños. Ese mismo año lanzó el programa *Domingos Santiagueños*, donde profundizaba en temas vinculados a la identidad local.

También colaboró con investigaciones en historia, arqueología y lingüística. Su objetivo era claro: mostrar que la cultura popular no era un adorno, sino un sistema de conocimiento.

Una vida breve

El 13 de diciembre de 1974, un accidente terminó con su vida. Tenía 39 años. La pérdida fue fuerte y dejó un vacío difícil de cubrir.

Sin embargo, su trabajo no se detuvo. El Alero siguió, las escuelas continuaron, y su nombre empezó a consolidarse como referencia dentro de la cultura santiagueña. Hoy lo recuerdan en espacios públicos y en instituciones educativas que llevan su nombre.

Una herencia que sigue

La historia de Felipe Corpos muestra algo concreto: la cultura no se sostiene sola. Necesita gente que la empuje, que la defienda, que la haga visible.

El quichua santiagueño sigue vivo en gran parte por ese tipo de esfuerzos. Cada vez que se canta en esa lengua o alguien la aprende, hay una continuidad que no se cortó.

Su legado no es abstracto. Está en la voz de la gente, en la música, en las palabras que todavía circulan. Y deja una pregunta abierta, bastante directa: qué estamos dispuestos a sostener para que no desaparezca.

Fuentes consultadas:

Alero Quichua Santiagueño- Diario El Liberal-Diccionario Cultural Santiagueño-María Teresa Papalardo-Antología de poetas santiagueños-Alfonso Nassif.

 

sábado, 22 de agosto de 2026

22 de agosto, día mundial del Folclore y día del Folclore argentino


 

La palabra "folklor" fue creada por el arqueólogo inglés William John Thoms el 22 de Agosto de 1846. Etimológicamente deriva de "folk" (pueblo, gente, raza) y de "lore" (saber, ciencia) y se designa con ella el "saber popular". La fecha coincide, en Argentina, con el nacimiento de Juan Bautista Ambrosetti (1865-1917), reconocido como el "padre de la ciencia folklórica".

El romanticismo del siglo XIX reaccionaba contra el intelectualismo de épocas anteriores y permitía así surgir el estudio sistemático y metódico de las manifestaciones culturales del pueblo, es decir, del folklore. Así William John Thoms crea el vocablo folklore, que vio la luz el 22 de agosto de 1846.

La primera revista de corte científico dedicada al folklore, fue Folklore Record, publicada entre 1878 y 1882 por la Folklore Society de Londres, institución surgida hacia fines de ese siglo. El Primer Congreso Internacional de Folklore se realizó en la ciudad de Buenos Aires en 1960. A dicho evento, presidido por el argentino Augusto Raúl Cortazar, asistieron representantes de 30 países que instauraron el 22 de agosto como Día del Folklore.

El emblema que representa a los folkloristas argentinos - elegido por el Primer Congreso Nacional del Folklore en 1948 - es el árbol, porque el folklore también hunde sus raíces en la tradición, sus ramas representan el pensamiento, el sentido y la imaginación por un lado y la obra de las manos, es decir la creatividad artesanal por el otro. Las escasas hojas representan la juventud primaveral de la ciencia. Las palomas, la unión de lo material con lo espiritual en la amplitud del folklore. El tronco y ramas están envueltas con una banda que dice: Qué y cómo el pueblo piensa, siente, imagina y obra. Este emblema fue ideado por Rafael Jijena Sánchez.

 (Fuente: El Folclore en la Educación, de Rosita Barrera. Edic. Colihue, 366 pág. Bs. As., 1988)

San Gil, una festividad santiagueña

 


 

Esta celebración se realiza en Sacha Pozo, departamento Banda y la encabeza la familia Hoyos de Covacho. Es una tradición con antecedentes de más de 100 años. Según el Santoral católico, se festeja el 1º de septiembre y fue un abad de origen egipcio (siglo III d. C). Esta manifestación popular se desarrolla en dos momentos:

Agosto: "El Velatorio del Santo", se realiza el 24 de agosto por la noche. Y los promesantes entre rezos y cantos de alabanzas, se preparan para la peregrinación del día siguiente que irá desde Sacha Pozo hasta la Capital (aprox 42 kms).

Durante el viaje se hacen 3 paradas con mesas para comer y descansar: San Gregorio, cabritos y lechones; La Granja, vaquillona; La Banda, gallinas, empanadas y sopa.

En esta celebración es muy importante el papel de los Síndicos:

Síndico Principal: es el que organiza la urna con la imagen y guarda por la seriedad de los promesantes y las banderas y autoriza las paradas o continuación del Santo; además lleva las llaves de la urna.

Síndico de andas: se encarga exclusivamente de la atención y cuidado con que se transporta el Santo. En caso de colocarse ofrendas de flores, velas, promesas de plata, dinero, etc. lo comunica al Síndico principal cuando se llena la alcancía, para que vacíe el cofre.

El día 26 se hace misa y se pasea la imagen en peregrinación.

Septiembre: Esta se realizaba propiamente en Sacha Pozo, en la casa de la familia Hoyos, depositarios de la imagen quienes por herencia deben mantener la tradición por una promesa hecha hace más de 100 años por un antecesor de la familia a un peregrino español portador del Santo, llamado según las referencias orales, Juan Gil Gutiérrez, que fue huésped de la familia y que al morir se los legó pidiéndoles hicieran todos los años decir misa en honor de dicho Santo.

En el lugar de la celebración se forma una feria con ventas diversas y la festividad culmina alrededor de las 6 del día 2, momento en que la imagen del Santo da una vuelta a la capilla para ser saludado por última vez.