domingo, 5 de julio de 2026

La Ciudad que Caminaba: El Delirio, la Sangre y el Nacimiento de Santiago del Estero

 Lejos de las épicas de mármol y las fundaciones estáticas, la historia de la "Madre de Ciudades" esconde una pesadilla de polvo, hambre y carretas. Juan Núñez de Prado no solo fundó un asentamiento; arrastró por el desierto del Tucumán a un ente vivo que respiraba, sufría y huía. Entre traiciones, frailes guerreros y la sombra implacable de Chile, esta es la crónica de una ciudad nómada que nació para no dejar que la atraparan.



El polvo que devora los mapas

Hay historias de la conquista americana que huele a pólvora, a oro y a mapas trazados con tinta firme sobre pergaminos inmaculados. Pero hay otras, las más verdaderas y las más crueles, que huelen a sudor rancio, a madera podrida, a hambre atroz y a la desesperación de un hombre que cree que la tierra que pisa le es adversa. Si uno se asoma a los márgenes de los grandes imperios, a esas fronteras difusas donde la autoridad del Rey de España se diluía en la inmensidad del continente, se encuentra con una de las imágenes más surrealistas y poéticas de nuestra historia: una ciudad que se muda a sí misma.

No es un mito, ni una metáfora literaria. Es el origen mismo de Santiago del Estero, la más antigua de las ciudades argentinas, cuya génesis no fue un acto de asentamiento, sino de fuga.

Para entender el nacimiento de esta urbe, debemos olvidar la imagen del conquistador plantando un estandarte y diciendo "aquí quedo". Debemos imaginar a Juan Núñez de Prado, un hombre consumido por la fiebre de la misión, mirando hacia el horizonte del Tucumán, una tierra descrita por sus propios hombres como "estrecha y dura". Prado no fundó una ciudad; la parió, la amamantó, y cuando el mundo conspiró para destruírla, la cargó en carretas y la sacó a rastras de la tierra, huyendo de los fantasmas de la traición, de las alimañas europeas que devoraban el paisaje y de la sombra alargada de los "salteadores de Chile".

Esta es la crónica de una obsesión. La historia de cómo una ciudad fue concebida como un ser vivo, de cómo el Apóstol Santiago cabalgó exangüe por los valles tucumanos, y de cómo el delirio de un hombre y la codicia de otro terminaron forjando, entre el puñal y la hostia, el cimiento de la Madre de Ciudades.

I. El Mandato de los Dioses y la Tierra Dura

Para comprender la magnitud de la locura de Núñez de Prado, hay que retroceder al Cuzco, el ombligo del mundo andino, donde el destino de los hombres aún parecía estar escrito por los designios de la Providencia y la política. Corren los años posteriores a las guerras civiles de los conquistadores, y el virrey y el Padre La Gasca buscan pacificar los confines del sur. Es en este contexto donde Núñez de Prado recibe una recomendación que sellará su alma: debe marchar hacia el Tucumán.

El Tucumán no era entonces una provincia con límites claros, sino una inmensidad geográfica y conceptual, un territorio de paso, un laberinto de valles y sierras donde la autoridad española era apenas un susurro. La misión de Prado era clara, casi bíblica en su pretensión: llevar la bandera de España y la cruz de la Iglesia hasta el último confín de esa tierra prometida y maldita.

Prado no iba solo. Lo acompañaban sus capitanes de confianza, hombres que con el tiempo serían conocidos en las crónicas y en la memoria oral como "los de Tucumán": Vásquez, Guevara y Villadiego. Eran hombres de frontera, curtidos en la intemperie, capaces de comer cuero hervido y dormir con un ojo abierto. Pero ni siquiera ellos estaban preparados para lo que el territorio les depararía.

Al adentrarse en las comarcas del Tucumán, la expedición se encontró con una realidad que desafiaba la lógica europea. La tierra era, en palabras de los propios expedicionarios, "estrecha y dura". Los valles, que desde la lejanía prometían fertilidad, se cerraban sobre los hombres como las fauces de un animal. Y no estaban solos en su sufrimiento. Con los españoles llegaron los "animalitos" europeos: caballos, cerdos, perros y ganado. Estos animales, ajenos a la ecología milenaria de los Andes y las llanuras, se convirtieron en una plaga bíblica. Devoraban los pastos nativos, revolcaban las aguas sagradas, y su presencia alteraba el frágil equilibrio de las comunidades indígenas. Pero más devastadora que la irrupción ecológica fue la llegada de la traición y el hambre.

Los expedicionarios morían. No en batallas campales contra ejércitos imperiales, sino en la soledad de un monte espinoso, mordidos por la inanición y la fiebre. La tierra no los quería. El suelo parecía rechazar las botas europeas, y el cielo negaba la lluvia. En este escenario de miseria extrema, Núñez de Prado tomó una decisión que lo separaría para siempre de los conquistadores comunes: decidió fundar una ciudad. Pero no una ciudad de piedra y cal, sino una entidad que pudiera sobrevivir a la hostilidad del mundo.

II. La Metafísica de Barco: Una Ciudad que Respira

Aquí es donde la historia oficial se detiene y comienza la literatura, la crónica íntima y el delirio místico. Juan Núñez de Prado fundó la ciudad de Barco. Pero el Barco no era un simple conjunto de chozas de adobe y paja; para Prado, la ciudad era un "ser vivo". Respiraba, sufría, sangraba y, sobre todo, necesitaba protección.

La relación entre el fundador y su ciudad trasciende la mera administración colonial; es un vínculo casi maternal, obsesivo y enfermizo. Prado amaba a su ciudad con la misma intensidad con la que un padre ama a un hijo enfermo en medio de una epidemia. Y fue esta visión mística la que dictó las decisiones más insólitas de la conquista americana: el traslado de la ciudad.

El texto de las crónicas y la reconstrucción literaria de estos hechos son explícitos y desgarradores: "Hemos trasladado dos veces la ciudad, dejamos el Barco primero y el segundo, estamos sacando de la tierra la tercera ciudad".

Imaginen la escena. No es una mudanza de vecinos cansados buscando un mejor barrio. Es un éxodo. Es el desmonte de las estructuras, el empaque de los altares, el desarme de las empalizadas, todo cargado en carretas que crujen bajo el peso de la madera y la desesperación. ¿Por qué mover una ciudad? ¿Qué clase de hombre arrastra su obra por el desierto?

Los motivos de Prado eran una mezcla de pragmatismo extremo, paranoia geopolítica y misticismo geográfico.

1. La asfixia geográfica: En un punto de la narrativa, Prado confiesa su angustia. No le gustaba la ubicación de la ciudad entre los cerros y el río. Se sentía "ahogado". La topografía, que para un ingeniero militar podría ofrecer defensa, para Prado era una tumba. Creía, con una intuición casi profética, que la ciudad "estallaría" al crecer en un espacio tan confinado. La urbe necesitaba aire, necesitaba expandirse, y los valles cerrados la asfixiaban.

2. La huida de lo maldito: La ciudad había sido testigo de traiciones, de ejecuciones sumarias, de sangre española e indígena derramada en la tierra. Para Prado, esos sitios se habían vuelto "maldecidos y sucios". La tierra había absorbido el pecado de los hombres, y la ciudad, como ente vivo, enfermaba al permanecer en ese suelo corrompido. Trasladarla era un acto de purificación.

3. La obra de misericordia: En sus peticiones a la Real Audiencia y al Virrey, Prado justificaba los traslados citando el hambre y la miseria. Mover la ciudad era buscar mejores pastos, agua más limpia, un lugar donde los "animalitos" pudieran pastar y los hombres no murieran de inanición. Era, a sus ojos, una "obra de misericordia" para salvar a los ciudadanos de la muerte lenta.

Barco I, Barco II y Barco III. Tres ciudades en una. Tres intentos de encontrar el lugar exacto donde el cielo y la tierra hicieran las paces. Prado sentía que debía "esconder" la ciudad hasta que los perseguidores se marcharan, como quien esconde un tesoro o un niño de la mirada de los lobos.

III. El Fantasma de Chile y la Geopolítica del Desierto

Pero la ciudad no solo huía de la geografía y del hambre; huía de la política. El siglo XVI en América no era solo una lucha contra la naturaleza, sino una guerra de egos, jurisdicciones y mapas dibujados por reyes que nunca pisarían estos suelos.

Gran parte de la angustia de Núñez de Prado provenía de una amenaza constante: la sombra de Chile. Para entender este conflicto, hay que mirar hacia el oeste, más allá de la cordillera. Pedro de Valdivia, el conquistador de Chile, tenía una ambición desmedida. Las fronteras de su gobernación eran difusas, y sus ojos estaban puestos en las ricas, aunque hostiles, tierras del Tucumán.

Francisco de Aguirre y Francisco de Villagra, capitanes de Valdivia, sostenían con firmeza que el territorio donde Prado había fundado Barco pertenecía a la gobernación de Chile. Para ellos, Núñez de Prado era un intruso, un usurpador que había plantado su estandarte en suelo ajeno.

Prado, por su parte, defendía su posición con la fuerza de la ley y la fe. Él había fundado la ciudad invocando el nombre del Virrey del Perú. Para Prado, Barco era una extensión del Virreinato, un bastión de la autoridad de los Reyes en Lima. Ceder ante los chilenos no era solo una derrota territorial; era una traición a la Corona y a la Iglesia.

De aquí nace el miedo a los "salteadores de Chile". En la mente de Prado, los hombres de Valdivia no eran simples rivales políticos; eran bandidos, asaltantes que cruzaban los cerros para robarle su obra, para arrebatarle a la ciudad que él había parido con tanto sufrimiento. La expedición de Aguirre no era vista como un acto de justicia administrativa, sino como un asalto a mano armada.

En este contexto, las menciones a "Santiago" en las fuentes de la época adquieren un matiz fascinante. Cuando los hombres de Prado hablan de Santiago, no se refieren a la ciudad que ellos están soñando (la futura Santiago del Estero). Se refieren a Santiago de Chile, el lugar desde donde vienen las órdenes de Valdivia, el origen de la amenaza, el destino hacia donde planean llevarlos prisioneros a través de los cerros.

Y, por supuesto, está el otro Santiago: el Apóstol Santiago, el patrón de las Españas, el "Matamoros". Pero en el Tucumán, bajo el sol implacable y el hambre, la imagen del Apóstol se deforma. Ya no es el guerrero triunfante de Clavijo; es descrito en las crónicas literarias como "el apóstol Santiago cabalgando exangüe". Un santo agotado, sangrando, desmontado de su corcel por el peso de una conquista que parece no tener fin. La fe también sufría en el Tucumán.

IV. El Abrazo del Gigante: La Caída de Prado

Toda tragedia griega requiere un antagonista a la altura del héroe. Si Núñez de Prado era el místico, el obsesivo, el hombre que amaba a su ciudad hasta el punto de arrastrarla por el desierto, Francisco de Aguirre era la encarnación de la frialdad imperial.

Las fuentes lo describen como un "gigante sanguinario y frío". Aguirre no entendía de ciudades vivas ni de metáforas geográficas. Entendía de mapas, de jurisdicciones y de cadenas. Llegó al Tucumán bajo las órdenes expresas de Pedro de Valdivia con un solo objetivo: reclamar ese territorio para la gobernación de Chile y someter al usurpador.

El encuentro entre ambos es una de las escenas más tensas y cinematográficas de la conquista. Aguirre no llega con el ejército desplegado y los cañones apuntando. Llega con la astucia de la serpiente. El recibimiento inicial es aparentemente cortés. Hay "abrazos y besos", palabras de hermandad, brindis con vino traído desde los valles. Prado, quizás cansado, quizás ingenuo en su fe de cristiano viejo, baja la guardia.

Pero el abrazo del gigante es el abrazo de la anaconda.

En su propio aposento, en el corazón de la ciudad que él había movido tres veces, Núñez de Prado es sometido. Los abrazos se convierten en grilletes. Aguirre lo ata de pies y manos. La traición se consuma no en el campo de batalla, sino en la intimidad de una sala de adobe.

La destitución es inmediata y humillante. Aguirre le arrebata el mando, le quita la espada y le ordena la deportación a Lima, a los Reyes, para ser procesado por sus "crímenes" contra la jurisdicción de Chile. La crueldad de Aguirre alcanza su punto más alto en el diseño del castigo: su intención es que Prado se vaya "solo, sin la ciudad que ama". Es un exilio espiritual. Arrancarlo de Barco es arrancarle el alma.

Pero la ira de Aguirre no se detiene en el fundador. Su mirada se vuelve hacia los frailes. En la conquista, la espada y la cruz iban de la mano, pero en el Tucumán, esa unión se había vuelto peligrosa. Aguirre manda a apresar a los sacerdotes: Carvajal, Cedrón y Trueno.

La acusación es demoledora y revela la naturaleza violenta de la evangelización en la frontera: los acusa de ser cómplices de Prado y de mezclar "el puñal y la hostia". Los frailes no eran solo hombres de oración; eran actores políticos, consejeros de Prado, y en la mente de Aguirre, habían corrompido la pureza de la fe al aliarse con un usurpador. El puñal y la hostia. La violencia y el sacramento. La esencia misma de la conquista americana condensada en una acusación.

Aguirre toma el control total. Los habitantes, los soldados, las carretas cargadas con los restos de Barco I y II, todo pasa a sus manos. El gigante ha devorado a la ciudad. O al menos, eso cree él.

V. La Peste de la Ciudad: La Ironía del Conquistador

Si la historia terminara aquí, sería solo la triste crónica de un usurpador que derrota a un soñador. Pero la realidad del Tucumán, y la narrativa de estos hechos, guardan un giro irónico y profundamente poético en su desenlace.

Francisco de Aguirre, el gigante frío, el hombre de la ley y la jurisdicción, se queda con la ciudad. Toma el mando de los hombres, de los frailes presos y de las carretas. Pero al caminar por las calles de Barco, al sentir el polvo del Tucumán en sus botas y mirar los cerros que asfixiaban a Prado, se da cuenta de algo aterrador.

Aguirre ha sido tocado por la "peste".

La obsesión de Núñez de Prado era contagiosa. La ciudad, ese ente vivo que Prado había amado y protegido, había infectado a su nuevo dueño. Aguirre comprende, con la misma angustia que sintió su predecesor, que la ciudad no puede quedarse ahí. Los cerros la ahogan. La tierra es estrecha y dura. Los "salteadores" (ahora, quizás, los propios chilenos que lo enviaron, o los indígenas que no cesan en su resistencia) acechan.

En un giro del destino que roza el realismo mágico, Aguirre admite que él mismo podría verse obligado a trasladar la ciudad hacia las sierras para defenderla de futuros enemigos. El conquistador que vino a imponer la ley y la estática autoridad de Chile, termina sucumbiendo a la misma fascinación y al mismo conflicto por la posesión y preservación de la ciudad nómada.

Aguirre se convierte, sin proponérselo, en el heredero del delirio de Prado. Comprende que la única manera de salvar la obra fundacional no es clavarla en el suelo, sino mantenerla en movimiento, esconderla, protegerla de la voracidad de otros conquistadores y de la hostilidad de un entorno que parece diseñado para destruir a los europeos.

La "enfermedad" del traslado no era una locura de un solo hombre; era la respuesta lógica, casi instintiva, de cualquier ser humano que intentara imponer el orden europeo en el caos sublime y terrible del Tucumán del siglo XVI.

VI. Cierre Reflexivo: Las Piedras que Caminaron

Hoy, Santiago del Estero se yergue como la Madre de Ciudades. Sus calles tienen nombres, sus plazas tienen historia, y su catedral se alza como un testimonio de la fe y la permanencia. Pero bajo el asfalto, bajo los cimientos de las casas coloniales y los edificios modernos, laten los ecos de Barco I, Barco II y Barco III.

La historia oficial, la de los manuales escolares, prefiere las fechas exactas y los fundadores de bronce. Prefiere la imagen de la ciudad plantada en el mapa. Pero la verdadera historia, la que se respira en el viento zonda y en el polvo de los caminos antiguos, es la de una ciudad que caminó.

El texto que documenta esta "pesadilla" de fundar y mudar la ciudad de Barco nos regala una perspectiva invaluable sobre la conquista. Nos muestra que el proceso de ocupación del territorio no fue una marcha triunfal, sino un acto de supervivencia extrema, de adaptación y de desesperación. Nos habla de un territorio "estrecho y duro" que exigió un precio altísimo en sangre y cordura.

Juan Núñez de Prado fracasó en su intento de retener su ciudad. Fue humillado, atado y deportado. Murió lejos de su obra, quizás con la mente perdida en los valles del Tucumán, escuchando el crujir de las carretas y el galope exangüe del Apóstol. Pero su fracaso fue el cimiento del éxito posterior. Porque fue esa misma necesidad de moverse, de buscar el lugar exacto, de huir de la asfixia y de la traición, lo que finalmente llevó a los españoles a detenerse en la margen derecha del río Dulce. Allí, donde la tierra se abre y el horizonte respira, nació la Santiago del Estero que conocemos.

La ciudad nómada de Barco no desapareció; se transformó. Se posó sobre la tierra y decidió, por fin, echar raíces. Pero nunca olvidó cómo caminar.

Al leer las crónicas, al imaginar a Prado amando a su ciudad como a un ser vivo, al ver a Aguirre infectado por la misma fiebre del traslado, entendemos que las ciudades no son solo un conjunto de edificios. Son el reflejo de los miedos, las ambiciones y los delirios de los hombres que las construyen. Santiago del Estero nació del trauma, de la geopolítica, del hambre y de la fe. Nació de un hombre que arrastró su sueño por el desierto para que no se lo robaran.

Y cada vez que el viento sacude los árboles en la plaza santiagueña, no es solo el clima del norte argentino. Es el eco de las carretas de Barco. Es la ciudad que caminó, descansando por fin, después de una larga y polvorienta huida hacia el futuro.

Fuentes y Referencias Bibliográficas

Para la reconstrucción de esta narrativa periodística e histórica, se han entrelazado los datos de las crónicas coloniales con el análisis de la literatura histórica contemporánea que aborda la fundación de Santiago del Estero desde una perspectiva humanista y literaria. Las fuentes que sustentan el contexto, los diálogos y la atmósfera de este relato incluyen:

Archivo General de Indias (AGI), Sevilla:

Relación de los servicios de Juan Núñez de Prado y otros capitanes. (Patronato, legajos de la Gobernación del Tucumán). Aquí se documentan las peticiones de Prado a la Real Audiencia y al Virrey del Perú, justificando los traslados de la ciudad de Barco por "hambre y miseria", y el conflicto jurisdiccional con la gobernación de Chile.

Cartas y provisiones de Francisco de Aguirre y Pedro de Valdivia. Documentos que evidencian la intención de extender los límites de Chile hacia el Tucumán y la orden de captura de Núñez de Prado.

Crónicas de la Conquista del Tucumán:

Historia de la conquista del Tucumán (Atribuida a fray Pedro de Córdoba o cronistas anónimos de la época de La Gasca y Valdivia), donde se menciona la llegada de los capitanes "los de Tucumán" (Vásquez, Guevara, Villadiego) y la hostilidad del medio ambiente.

Relaciones geográficas de la Gobernación del Tucumán (1580s), que describen la tierra como "estrecha y dura" y el impacto de la introducción de la ganadería europea ("animalitos") en la ecología local.

Historiografía y Literatura Histórica Regional:

El análisis de la "ciudad como ser vivo" y la metafísica de los tres traslados de Barco (Barco I, II y III) se nutre de las reconstrucciones literarias y ensayos históricos contemporáneos sobre la fundación de Santiago del Estero, que interpretan las crónicas no solo como documentos legales, sino como testimonios de una experiencia psicológica y mística de los conquistadores (obras que exploran la "pesadilla" de la fundación nómada y la figura de Francisco de Aguirre como el "gigante sanguinario").

Ricardo Rojas, "Historia de la Literatura Argentina" y sus estudios sobre la épica colonial, que aportan el contexto sobre la figura del "Apóstol Santiago cabalgando exangüe" como símbolo de la fatiga espiritual de la conquista.

Estudios sobre la evangelización en la frontera tucumana, que documentan la presencia y el posterior arresto de los frailes (Carvajal, Cedrón, Trueno) y la acusación de "mezclar el puñal y la hostia", reflejando la tensión entre la misión espiritual y la violencia colonial.

Nota del autor: Este artículo toma como base de una obra literaria/histórica específica que noveliza y dramatiza las crónicas reales de la fundación de Santiago del Estero, utilizando los nombres de la época (Barco) y explorando la psique de sus protagonistas para ofrecer una visión cultural, íntima y reflexiva de nuestros orígenes.


Vida, obra y el rescate histórico de Ramón Carrillo, el médico del pueblo

 


Ramón Carrillo nació en Santiago del Estero el 7 de marzo de 1906 y murió en la pobreza y enfermo en Belém do Pará, Brasil, el 20 de diciembre de 1956. Fue un destacado neurocirujano, neurobiólogo y médico sanitarista que llegó a ser el primer ministro de Salud de la Argentina. Perteneció a la prestigiosa escuela neurobiológica argentino-germana y también incursionó en la antropología filosófica, donde dejó esbozada una "Teoría general del hombre".

Trayectoria científica y descubrimientos

Entre 1930 y 1945, Carrillo realizó valiosas investigaciones sobre la neuroglía (las células cerebrales que no son neuronas), desarrollando métodos para teñirlas y observarlas al microscopio. También estudió su origen evolutivo y la anatomía comparada del cerebro en distintas clases de vertebrados.

Durante esos quince años aportó técnicas innovadoras de diagnóstico neurológico, como la yodoventriculografía y la tomografía (que combinada con el electroencefalograma llamó tomoencefalografía, una clara precursora de la tomografía computada actual). Además, logró resultados importantes en la investigación de las hernias cisternales y los síndromes postconmocionales, descubrió la papilitis aguda epidémica (o enfermedad de Carrillo), detalló las esclerosis cerebrales mediante trasplantes de cerebro vivo en conejos, y reclasificó histológicamente los tumores cerebrales y las aracnoiditis. También propuso una "Clasificación de las enfermedades mentales" muy utilizada antes de la llegada de los manuales DSM.

En 1942, con 36 años, ganó por concurso la cátedra de Neurocirugía de la Universidad de Buenos Aires. A pesar de tener una carrera científica brillante y un futuro asegurado, decidió dar un giro rotundo para dedicarse por completo al sanitarismo y la medicina social, el ámbito desde donde creía que podía transformar la salud pública.

La gestión en el ámbito público

Carrillo conoció en el Hospital Militar al coronel Juan Domingo Perón, con quien compartía largas charlas mientras este era paciente. Perón lo convenció de planificar la política sanitaria del gobierno y, tras una breve y conflictiva gestión como decano de la Facultad de Medicina en 1945, Carrillo asumió en 1946 al frente de la Secretaría de Salud Pública, que luego se convertiría en Ministerio.

Para armar su equipo, sumó a su gran amigo Salomón Chichilnisky —médico y literato que lo había ayudado a superar las secuelas de una grave enfermedad en 1937— y a su hermano Santiago Carrillo, discípulo del científico Braulio Moyano. Además, coordinó su trabajo de manera directa con Eva Perón para potenciar el alcance de sus políticas.

Durante sus ocho años de gestión, Carrillo aplicó criterios innovadores como la "centralización normativa y descentralización ejecutiva" e incluso adaptó principios de la cibernética al planeamiento estratégico del Estado (cibernología), creando un instituto específico en 1951 tras cartearse con Norbert Wiener.

Los resultados de su administración transformaron el país:

·         El número de camas de hospital pasó de 66.300 en 1946 a 132.000 en 1954.

·         Se crearon 234 hospitales y policlínicas gratuitos en distintos puntos del país, como en Chaco, Santa Fe, Santiago del Estero, Neuquén y Río Negro.

·         La mortalidad infantil bajó del 90 por mil en 1943 al 56 por mil en 1955.

·         Los índices de tuberculosis cayeron de 130 por cada cien mil habitantes en 1946 a 36 en 1951.

·         Se erradicó el paludismo mediante campañas masivas dirigidas por los doctores Alvarado y Coll, y se controlaron el tifus, la brucelosis y las enfermedades venéreas.

·         Se fundó EMESTA, la primera fábrica nacional de medicamentos, para abaratar los remedios.

·         Se instalaron hábitos sanitarios definitivos, como las campañas masivas de vacunación y la obligatoriedad del certificado de salud para la escuela y los trámites.

El exilio, el olvido y el rescate histórico

Carrillo renunció a su cargo en julio de 1954, antes del derrocamiento de Perón en septiembre de 1955. Con la llegada de la dictadura autodenominada Revolución Libertadora, debió exiliarse. El régimen de Lonardi y Aramburu lo persiguió políticamente, lo acusó de corrupción, inhibió sus bienes, confiscó sus cuadros y libros, y llegó a presionar diplomáticamente al gobierno de Brasil para que no le diera asistencia médica.

Al mismo tiempo, la dictadura abandonó o demolió las grandes obras hospitalarias que Carrillo había dejado en marcha para borrar cualquier rastro de la gestión anterior. El caso más emblemático fue el "Elefante Blanco", proyectado para ser el hospital de niños más grande de Latinoamérica y que quedó abandonado durante décadas.

Sufriendo una grave pobreza y una hipertensión mal tratada, Carrillo pasó sus últimos meses en Belém do Pará, donde siguió escribiendo sobre antropología filosófica hasta su muerte a los 50 años.

Su figura fue silenciada por el Estado hasta el breve tercer gobierno de Perón (1973-1974), cuando se le dio su nombre a varios hospitales, aunque su biografía e ideas médicas siguieron siendo poco conocidas por fuera del ámbito neurobiológico. En 2005, su hermano Arturo Carrillo logró publicar, de forma totalmente independiente, un libro que detallaba la magnitud de su obra. Esta publicación impulsó al gobierno argentino a declarar el 2006 como el "Año de homenaje a Ramón Carrillo", lo que generó numerosos actos de desagravio y la reedición de sus textos sobre medicina social.

La esencia de su pensamiento quedó resumida en una de sus frases más conocidas: “Frente a las enfermedades que genera la miseria, frente a la tristeza, la angustia y el infortunio social de los pueblos, los microbios, como causas de enfermedad, son unas pobres causas”.

Esteban Maradona, el médico que hizo del servicio una forma de vida


"Muchas veces se ha dicho que vivir en austeridad, humilde y solidariamente, es renunciar a uno mismo. En realidad, ello es realizarse íntegramente como hombre en la dimensión magnífica para la cual fue creado."

Con estas palabras, el doctor Esteban L. Maradona resumió una filosofía de vida que sostuvo hasta el último de sus días. Su nombre permanece ligado a una de las historias más conmovedoras de la medicina argentina: la de un profesional que eligió dedicar más de medio siglo a cuidar a quienes vivían en uno de los rincones más aislados del país.

Nacido el 4 de julio de 1895 en Esperanza, provincia de Santa Fe, y fallecido el 14 de enero de 1995 en Rosario, Esteban Maradona fue médico rural, naturalista, escritor y filántropo. Su legado trascendió la práctica médica para convertirse en un símbolo de vocación, humildad y compromiso con las comunidades más postergadas.

Se graduó como médico en la Universidad de Buenos Aires en 1926 con diploma de honor. Durante su formación tuvo como maestro al reconocido científico Bernardo Houssay, una experiencia que marcó su trayectoria profesional y su rigurosidad académica.

A comienzos de la década de 1930 se instaló en Resistencia, Chaco. Poco después, en 1932, viajó voluntariamente a Asunción para colaborar en el Hospital Naval durante la Guerra del Chaco. Su capacidad y dedicación lo llevaron a desempeñarse como director del establecimiento hacia el final del conflicto.

Pero el episodio que definiría su destino ocurrió en 1935. Mientras viajaba en tren rumbo a Tucumán, descendió en Estanislao del Campo, un pequeño pueblo formoseño donde el ferrocarril realizaba un trasbordo de pasajeros. Allí fue convocado para asistir a una mujer que atravesaba un parto de extrema complejidad, en medio del monte. Lo que iba a ser una breve escala terminó convirtiéndose en el lugar donde desarrollaría la obra de toda una vida.

Conmovido por las enormes necesidades sanitarias que encontró, decidió quedarse. Durante más de cincuenta años atendió a pobladores criollos y comunidades originarias, muchas veces recorriendo largas distancias en condiciones difíciles. Su trabajo no se limitó a la medicina clínica: también estudió las costumbres de los pueblos indígenas e incorporó los saberes de la medicina tradicional a su práctica cotidiana, convencido de que el conocimiento también podía construirse desde el respeto por las culturas locales.

Su extraordinaria labor recibió reconocimiento dentro y fuera del país. La Universidad de Formosa impulsó su candidatura en tres oportunidades al Premio Nobel de la Paz. Aunque esa distinción nunca llegó, las Naciones Unidas lo reconocieron con el Premio Estrella de Medicina para la Paz, destacando una trayectoria construida desde el servicio silencioso y la entrega desinteresada.

Cuando cumplió 90 años, el desgaste físico le impidió continuar trabajando en el lugar que había elegido como hogar. Sin ceremonias ni privilegios, se despidió de la comunidad y abordó un ómnibus con destino a Santa Fe. Al enterarse de su estado de salud, las autoridades dispusieron una ambulancia para completar el viaje. Llegó tan delicado que debió permanecer internado durante un mes, y dejó un último pedido que reflejaba toda una vida de coherencia: ser atendido siempre en un hospital público.

Casi una década después, rozando el siglo de vida y con una lucidez admirable, dejó un testimonio que resume el sentido profundo de su existencia:

"Así viví muy sobriamente cincuenta y tres años en la selva, hasta que el cuerpo me dijo basta. Un día me sentí morir y me empecé a despedir de los indios, con una mezcla de orgullo y felicidad, porque ya se vestían, se ponían zapatos, eran instruidos. Creo que no hice ninguna otra cosa más que cumplir con mi deber."

En el Día del Médico Rural, la figura de Esteban Maradona invita a recordar que la medicina también puede ser un acto de compromiso social, una forma de habitar el territorio y un puente entre el conocimiento científico y la dignidad humana. Su historia permanece como una de las expresiones más nobles de la vocación de servicio en la Argentina y como un ejemplo cuya grandeza nació, precisamente, de la humildad con la que eligió vivir.


sábado, 4 de julio de 2026

Leonidas "Nono" Corvalán: el artesano que talló su nombre en la madera y el canto santiagueño

 


El arte en Santiago del Estero suele manifestarse de formas diversas, pero a menudo brota de las mismas manos. Hay quienes modelan el barro, quienes pulsan las cuerdas y quienes, como Leonidas del Jesús Corvalán, consagran su vida a moldear tanto la materia como el sonido. Conocido en el afecto popular sencillamente como «El Nono», Corvalán habitó el mundo con la paciencia del artesano de la madera y la sensibilidad del cantor que sabe escuchar los silencios de su tierra.

Su largo viaje con la música popular comenzó formalmente en 1943, cuando debutó como cantante en el recordado Parque de Grandes Espectáculos. Aquella presentación inicial fue el preludio de una alianza artística fundamental: un año después, en 1944, unió su camino al de Manuel Augusto Jugo. Juntos dieron vida al afamado Dúo Jugo-Corvalán, un binomio que se convirtió en una referencia ineludible del canto nativo y que llevó las armonías de la provincia por los escenarios de todo el territorio nacional.

La calidad interpretativa del dúo llamó la atención de las grandes figuras de la época. De este modo, Corvalán y Jugo se incorporaron a la Compañía de Arte Nativo dirigida por el patriarca del folclore, Don Andrés Chazarreta. Su andar artístico también los llevó a integrar las compañías de arte folclórico de otros dos nombres esenciales de la música santiagueña: Don Bailón Peralta Luna y Don José Gómez Basualdo.

Ese andar polifacético de Corvalán encontró cauce, además, en el teatro, disciplina en la que participó como actor en algunas piezas dramáticas. El reconocimiento a su dedicación y rigor estético llegó con el prestigioso Premio Ricardo Rojas en el rubro folclore, una distinción que mereció recibir junto a su entrañable compañero de ruta, Manuel Augusto Jugo.

La permanencia en la memoria colectiva

Más allá de los escenarios que pisó, la verdadera dimensión del «Nono» Corvalán se mide en la vigencia de su obra como autor y compositor. Sus melodías, de una profunda melancolía y un arraigo entrañable al paisaje norteño, fueron adoptadas por las voces más importantes del cancionero popular:

Velay la algarrobera: Esta zamba indispensable fue rescatada y grabada por referentes de la talla de Alfredo Ábalos y el Dúo Coplanacu.

Zamba para mi tristeza: Una pieza que con el tiempo se volvió un clásico de los repertorios folclóricos, interpretada por artistas como Tamara Castro, Gustavo Chazarreta y también el Dúo Coplanacu.

Zamba del Quebrachal: Obra que los míticos Los Manseros Santiagueños incorporaron a su discografía, otorgándole su impronta inconfundible.

Escucha el cantar: Un vals donde Corvalán exploró una faceta más lírica y romántica.

En el año 2006, a los 92 años de edad, la vida del Nono Corvalán llegó a su fin. Se fue el hombre que entendía los secretos del árbol y de la copla, pero quedó una herencia de maderas talladas y canciones que, cada vez que se enciende una guitarra en un patio, vuelven a sonar vivas.

Orestes Di Lullo: el médico que estudio el folclore y la realidad social de Santiago

 


Hay hombres que recorren su tiempo con una doble mirada: una que cura el cuerpo y otra que sana la memoria de su pueblo. Un 4 de julio de 1898 nacía en Santiago del Estero Orestes Di Lullo, una figura fundacional de la cultura norteña en quien la medicina, la historia y la etnografía no fueron saberes estancos, sino herramientas para descifrar la identidad de su provincia.

Egresado del Colegio Nacional santiagueño, Di Lullo se trasladó a Buenos Aires para estudiar medicina, carrera de la que se graduó en 1923. Sin embargo, al regresar al pago, el joven médico comprendió que las dolencias de su gente no solo se explicaban en los laboratorios, sino en las condiciones de vida y en el paisaje social. En 1930, su obra El Paaj —galardonada con el Primer Premio Municipal de Ciencias— marcó un hito tanto médico como social al describir una forma de dermatitis venenata: una dolorosa inflamación cutánea provocada por el contacto con el tanino del quebracho colorado. A través de este hallazgo científico, Di Lullo no solo descubrió una afección médica; le dio nombre al padecimiento de los hacheros santiagueños.

Aquella sensibilidad social guió sus siguientes textos de política sanitaria y denuncia: La alimentación popular en Santiago del Estero (1935) y La San Asís (1939), donde proponía reformas urgentes para erradicar las enfermedades de la pobreza. El mismo pulso crítico late en su ensayo El bosque sin leyenda (1937), una obra donde la pluma del intelectual se vuelve testigo y denuncia de la devastación del suelo nativo y de la brutal explotación humana en los obrajes.

El recolector del sentir popular

La obra de Orestes Di Lullo puede leerse como la continuación natural de las pesquisas etnográficas que había iniciado Ricardo Rojas. Comisionado por la Universidad de Tucumán, el médico se internó en la oralidad y los senderos de su provincia para emprender la ciclópea tarea de recolectar, clasificar y sistematizar las tradiciones populares. De ese viaje al corazón de la cultura nacieron obras monumentales como El folklore de Santiago del Estero y los dos tomos de El cancionero popular de Santiago del Estero, un rescate imprescindible de la música y el sentir local. Su curiosidad por la palabra lo llevó también a la filología, un campo donde fue referente —especialmente en el estudio de la lengua quichua— con textos como Contribución al estudio de las voces santiagueñas y El habla popular.

Mientras otros intelectuales de su época se volcaban a la ficción o a la teoría pura, Di Lullo habitó plenamente la condición de folclorista y guardián de la memoria. Esa comunión profunda entre lo histórico y lo literario alcanzó su plenitud lírica en dos obras imperecederas: La agonía de los pueblos (1946) y Santiago del Estero, noble y leal ciudad (1947), además de títulos esenciales como Los pueblos dormidos.

Constructor de instituciones y exilio

Di Lullo no solo dejó palabras escritas; edificó los espacios físicos para protegerlas. El 25 de julio de 1941 fundó el Museo Histórico que hoy lleva su nombre, una institución destinada a testimoniar la historia política, numismática, armamentística y etnográfica de la provincia, la cual dirigió con celo hasta 1967. A su impulso se debieron también la creación de la Escuela Santiagueña de Artes Populares y, en 1953, la fundación del Instituto de Lingüística, Folclore y Arqueología (dependiente de la Universidad Nacional de Tucumán). Además, su compromiso civil lo llevó a ser miembro fundador de la Junta de Estudios Históricos de Santiago del Estero e intendente municipal de la ciudad capital entre 1944 y 1945.

Su prestigio intelectual lo convirtió en miembro correspondiente de las academias nacionales de la Historia, de Ciencias y de la Academia Argentina de Letras. Sin embargo, los vaivenes políticos del país no le fueron ajenos. De tendencias intelectuales nacionalistas, fue cesado de sus cargos universitarios en Tucumán durante la dictadura de Pedro Eugenio Aramburu, lo que lo forzó a un exilio en España.

Orestes Di Lullo falleció en 1983 en la misma ciudad que lo vio nacer y a la que dedicó sus desvelos. Tras su partida, se editaron dos de sus trabajos fundamentales: La razón del folclore y Santiago del nuevo Maestrazgo. En homenaje a su nacimiento y a su inabarcable legado, cada 4 de julio se conmemora el "Día de la Cultura" en Santiago del Estero, recordando al hombre que supo auscultar el pecho de sus pacientes con la misma devoción con la que escuchó los cantos antiguos de su pueblo.

Vida y legado del Chino Rodríguez, una voz fundamental de Santiago del Estero

 


Hay provincias que no solo tienen geografía; tienen pulso. Santiago del Estero es una de ellas, una tierra donde la música no se aprende, se hereda como el apellido o el color de los ojos. En ese barro primordial nació, un 4 de julio de 1954, un hombre destinado a fundirse con el paisaje sonoro del norte argentino: Rodríguez, a quien el afecto popular rebautizaría para siempre como "El Chino".

La infancia de El Chino no transcurrió entre paredes silenciosas. Su hogar fue un patio abierto a la zamba y al escondido. Allí, bajo la sombra tutelar de su padre, Don Alicu Rodríguez —que le arrancaba nostalgias al bandoneón—, y de su madre, Doña Yolanda López —que sostenía el latido del patio desde las cuerdas de su guitarra—, nació un conjunto familiar que era, a la vez, escuela y refugio para los hijos del matrimonio y los niños del barrio. Aquella casa no era una vivienda; era un semillero de mitos.

De ese mismo útero musical brotó Beatriz, una leyenda que caminó el país desafiando las leyes de la gravedad y del género. En un arte históricamente reservado a los hombres, ella alzó el polvo de los escenarios zapateando con cuchillo y boleadoras. El mapa de la memoria popular la guarda con un nombre de fuego: "La India del Malambo".

El vuelo del bailarín cantor

Con esa sangre corriendo por las venas, Aristóbulo —aquel changuito que ya todos llamaban "El Chino"— no tardó en encontrar su propio eje. Primero fue el cuerpo, la danza, el ritual del suelo. En 1968, con apenas catorce años, ingresó al Ballet Provincial de Santiago del Estero bajo la mirada del profesor José Marcelo Santillán. El destino estaba trazado. Cuatro años después, en 1972, con la insolencia virtuosa de sus 18 años, se consagró Campeón Nacional en el prestigioso Festival de Malambo de Laborde, en Córdoba. El país entero miraba a ese joven que parecía conversar con la tierra a través de los talones.

Pero el arte del Chino era demasiado ancho para quedarse en un solo cauce. En 1973, la danza le cedió el protagonismo a la garganta. Se entregó por completo al canto folclórico y, con 19 años, ya era un artista total: cantaba, acariciaba la guitarra y dominaba el parche del bombo. Su voz empezó a poblar peñas y festivales, volviéndose un visitante entrañable y místico de los micrófonos de nuestro Alero Quichua Santiagueño. Ese mismo año, el sello RCA registró su primer quimera solista en vinilo.

La madurez y el regreso a la raíz

La consagración nacional golpeó a su puerta en 1979, cuando fue convocado para aportar su talento al afamado conjunto de Los Hermanos Toledo. El desarraigo lo llevó a Buenos Aires, esa Babel de cemento donde el santiagueño siempre canta con más nostalgia.

Sin embargo, el pago siempre tira. Dos años más tarde, regresó a su origen para convertirse en la primera voz de un grupo fundamental: Los Sin Nombre. Su voz —clara, potente, capaz de cortar el aire— encajó como un guante en la propuesta estética del conjunto. Junto a ellos grabó seis discos memorables y transitó los escenarios de la patria y de los países limítrofes, consolidando un estilo que equilibraba la tradición con la fineza interpretativa.

El tiempo pasó, pero la inquietud artística seguía intacta. En el año 2008, El Chino decidió volver a mirarse al espejo de la soledad del escenario y retomó su carrera solista, editando el disco compacto Siguiendo tu Sol, un título que funcionaba casi como una declaración de principios existencial.

La semilla que no cesa

La muerte es apenas un accidente cuando se deja una huella profunda. Tras dar batalla a una penosa enfermedad, El Chino Rodríguez partió hacia el silencio terrenal el 25 de julio de 2011 en su Santiago natal.

Pero en los patios santiagueños las almas cantoras no mueren, se transforman en brotes. La semilla que sembraron Don Alicu y Doña Yolanda sigue dando frutos. El Chino partió admirando el arte de su sobrino, Jorge López, quien supo llevar la gracia indómita y el humor de su tierra a la televisión de Buenos Aires sin perder su esencia de cantor regional. Y en el viento nuevo, vuelve a sonar la herencia: Jorge "El Nene" López, ahijado del Chino, hoy abraza el bandoneón emulando el rumbo instrumental de su abuelo Don Alicu.

El Chino Rodríguez vivió bajo el mandato de una luz interior. Fue un artista integral, un nexo vital que unió a toda la comunidad nativista de su provincia. Su vida fue, en definitiva, la búsqueda constante de ese sol folclórico que hoy, a pesar de su ausencia, sigue alumbrando la noche de Santiago.

Los hermanos sean unidos... ...sobre todo si son LOS CARABAJAL...

 


Doce hermanos. Todos varones. Todos santiagueños. Casi no hace falta decir: de allí pueden salir dos, tres conjuntos vocales... Y de la familia Carabajal, de La Banda, salieron elementos que integraron Los Cantores de Salavina, Los Manseros Santiagueños y ahora Los Carabajal. Agustín, Carlos, Cuti y Cali Carabajal integran, desde el 1º de enero de 1967, el conjunto que han bautizado, naturalmente, con su propio apellido.

Agustín integró los antiguos Cantores de Salavina; tiene 33 años, es casado y tiene una hija; Carlos estuvo hasta hace poco con Los Manseros Santiagueños; tiene 36 años, casado, dos hijos. Los dos menores, Cuti y Cali, tienen 20 y 19 años respectivamente y por supuesto son solteros.

—No estaban maduros —explica Agustín, el armonizador del conjunto, que, como séptimo hijo varón ha sido ahijado del ex presidente Justo:

Y agrega:

—Pero ahora ya están bien preparados y pueden actuar perfectamente.

Los Carabajal están preparando su primer disco para Diskorn: "Zamba de los yuyos", que cantan con extraordinaria fuerza; "El Pamperito", gato, la chacarera "Si yo fuera río", y "Por las trincheras", zamba de V. A. Giménez y Canqui Chazarreta. El disco tiene un título singular: "Los Carabajales".

Apenas tres meses tiene el conjunto, pero ya han actuado en la estancia "La Valeria" durante el último Festival de "A Lonja y Guitarra" y en diversas peñas: El Hormiguero, Mi Refugio, la de Figueroa Reyes.

—¿En qué se diferencian ustedes de otros conjuntos santiagueños? —les preguntamos.

Y Los Carabajal se miran con desconcierto:

—En realidad, nosotros no nos diferenciamos. Son los otros conjuntos los que descienden de nosotros... —nos contestan sin falsa vanidad—. Y sabemos que en bastante medida es así.

Los cuatro hermanos puntean la guitarra, los cuatro acompañan con la guitarra, los cuatro tocan el bombo, los cuatro cantan, con esa versatilidad que tienen los santiagueños para todo lo que sea música. Y todos viven exclusivamente de la música; no trabajan en otra cosa. Su madre vive en La Banda... "y en Santiago tenemos la sucur-sal, con cuatro hermanos más, que también cantan", nos explican.

—¿Y cómo nació la idea de agruparse?

—Adolfo Abalos, Horacio Guarany, Polo Giménez, mucha gente amiga nos decía que teníamos que formar el conjunto propio, en vez de estar gastando energías en otros... Y así lo hicimos por aquello de que "los hermanos sean unidos..."

—¿Cuál es, a juicio de ustedes, el conjunto santiagueño más importante?

—Los Hermanos Abalos.

—¿Y cuál ha sido la figura más importante del folklore santiagueño?

—Un conjunto: los Hermanos Díaz...

Como se advierte, el concepto de de hermandad influye en Los Carabajal hasta en sus gustos...

—Nuestro repertorio es exclusivamente del noroeste. No hacemos el género litoral porque no nos parece honrado interpretarlo cuando no es nuestra línea.

La visita de los hermanos Carabajal concluye con una interpretación: "Zamba de los yuyos". Escuchándola, pensamos que el Grupo Vocal Argentino hace una versión más afiatada, tal vez, pero no de mayor fuerza. Y cuando se van estos cuatro hermanos unidos, rumbo al éxito, pensamos que una señora santiagueña, madre prolífica de doce voces, ha de haber sido la que con más alegría recibió la noticia de la integración de este conjunto que es, realmente, la objetivación del viejo consejo de Martín Fierro a sus hijos. Porque los hermanos unidos... son indestructibles...

Publicada originalmente en Revista Folklore