domingo, 23 de agosto de 2026

Felipe Corpos: la voz quichua que encendió un fuego en Santiago del Estero

Poeta, payador y militante cultural, fundador del Alero Quichua Santiagueño. Su vida fue breve, pero su legado continúa iluminando la memoria y la identidad de un pueblo.




El eco de una lengua ancestral

Cuando se habla de las raíces culturales de Santiago del Estero, el nombre de Felipe Benicio Corpos aparece como una de esas presencias que, aunque breves en el tiempo, dejan huella. Fue poeta, payador, quichuista y uno de los impulsores de un movimiento clave en la defensa del patrimonio lingüístico del norte argentino: el Alero Quichua Santiagueño.

Hablar de él es, inevitablemente, hablar del quichua. Esa lengua que llegó desde los Andes y encontró en Santiago un territorio donde echar raíces propias. Resistió siglos de desprecio y silenciamiento, pero siguió viva en las casas, en las coplas, en los rezos, en las charlas de patio. Felipe entendió temprano que no alcanzaba con resistir: había que darle un lugar visible dentro de la cultura argentina.

Su vida, atravesada por la pasión y el compromiso, también refleja una época en la que las tradiciones luchaban por no quedar arrasadas por la modernidad. Su historia permite ver cómo un hombre del interior del departamento Figueroa logró encender una llama que todavía sigue prendida.

Infancia entre el monte y la lengua quichua

Felipe nació el 23 de agosto de 1935 en Villa Figueroa. Creció en Los Nogales, Pampa Muyoj, en un entorno donde el quichua no era algo excepcional: era el idioma cotidiano. Se hablaba en la familia, en el trabajo, en la vida diaria.

A los nueve años se trasladó a la ciudad de Santiago del Estero con sus padres. Allí terminó la secundaria en la Escuela de Comercio Antenor Ferreyra y se recibió de Perito Mercantil. Ese cambio marcó una tensión que lo acompañaría siempre: el paso de un mundo campesino, íntimamente ligado al quichua, a un espacio urbano donde esa lengua quedaba al margen.

Más tarde viajó a Córdoba para estudiar Abogacía. Cursó tres años y entró en contacto con ambientes universitarios y políticos. Ese paso seguramente reforzó su mirada sobre la situación de las lenguas originarias. Sin embargo, decidió volver. Su camino no estaba en los tribunales, sino en la defensa cultural.

El encuentro con Sixto Palavecino

En 1968, ya de regreso en Santiago, conoció a Sixto Doroteo Palavecino. El vínculo fue inmediato. Compartían la misma preocupación: el quichua seguía vivo, pero recluido, sin reconocimiento público.

Mientras buena parte de la sociedad lo consideraba un idioma menor, ellos lo veían como un núcleo cultural profundo. De esa coincidencia nació una amistad y un proyecto común que terminaría cambiando el panorama cultural de la provincia.

Nace el Alero Quichua Santiagueño

El 5 de octubre de 1969, junto a Vicente Salto y Domingo Antonio Bravo, dieron forma al Alero Quichua Santiagueño. Empezó como un programa de radio, pero rápidamente superó ese formato.

Tenía algo distinto: por primera vez, la radio abría un espacio en lengua indígena en Argentina. No se trataba de hablar *sobre* los campesinos, sino de que ellos mismos tomaran la palabra. Desde distintos puntos de la provincia, la gente participaba con relatos, canciones y coplas.

Felipe lo definía con claridad en una de las aperturas del programa: una voz que se eleva desde el Santiago quichua para mostrar su cultura desde adentro. No era una consigna. Era una forma de devolverle dignidad a una lengua.

Escuelas y expansión

El impacto fue rápido. En 1971 se creó la primera filial en Villa Atamisqui, y después llegaron otras en Córdoba, Buenos Aires y Tucumán.

Pero el crecimiento no fue solo territorial. También hubo un impulso educativo fuerte. Se promovieron escuelas de quichua y, en 1973, se incorporó la cátedra de Cultura Quichua en el profesorado provincial. Ese mismo año se dictaron cursos en distintos puntos de Santiago.

El desafío era grande: enseñar a escribir una lengua que durante siglos se transmitió de forma oral. Aun así, la respuesta fue positiva. El quichua empezaba a salir del ámbito doméstico y a ocupar espacio en las aulas.

Discos y debates culturales

El Alero también impulsó proyectos discográficos. En 1971 se editó un disco documental del canto quichua con el sello Diapasón, con apoyo de Alfredo Ábalos. Allí se incluyó la traducción al quichua del Martín Fierro, realizada por Vicente J. Salto.

En 1973, Felipe organizó una mesa redonda radial sobre el origen de la chacarera. Un tema que, todavía hoy, genera discusión. Ese mismo año se lanzó el disco *Santiago del Estero, desde sus coplas al país*, que amplió la difusión de la cultura local.

El poeta detrás del proyecto

Más allá de su rol como gestor, Felipe era poeta. Escribió letras que luego se transformaron en canciones populares, muchas musicalizadas por Sixto Palavecino. De ahí nacieron piezas como El sacherito, Mi tata sabía canta, Pa’ que bailen o La ñaupa ñaupa.

También trabajó con otros músicos en distintas composiciones. Parte de su obra fue grabada, pero otra sigue inédita. Ese material, todavía disperso, es un reservorio cultural que espera ser recuperado.

Compromiso con la vida cotidiana

Para Felipe, la lengua no era un objeto aislado. En sus programas hablaba de la vida rural, de prácticas agrícolas, de saberes transmitidos de generación en generación. Recuperaba refranes, cuentos, formas de entender el mundo.

En 1974 participó en la creación de la Sociedad de Folkloristas Santiagueños. Ese mismo año lanzó el programa *Domingos Santiagueños*, donde profundizaba en temas vinculados a la identidad local.

También colaboró con investigaciones en historia, arqueología y lingüística. Su objetivo era claro: mostrar que la cultura popular no era un adorno, sino un sistema de conocimiento.

Una vida breve

El 13 de diciembre de 1974, un accidente terminó con su vida. Tenía 39 años. La pérdida fue fuerte y dejó un vacío difícil de cubrir.

Sin embargo, su trabajo no se detuvo. El Alero siguió, las escuelas continuaron, y su nombre empezó a consolidarse como referencia dentro de la cultura santiagueña. Hoy lo recuerdan en espacios públicos y en instituciones educativas que llevan su nombre.

Una herencia que sigue

La historia de Felipe Corpos muestra algo concreto: la cultura no se sostiene sola. Necesita gente que la empuje, que la defienda, que la haga visible.

El quichua santiagueño sigue vivo en gran parte por ese tipo de esfuerzos. Cada vez que se canta en esa lengua o alguien la aprende, hay una continuidad que no se cortó.

Su legado no es abstracto. Está en la voz de la gente, en la música, en las palabras que todavía circulan. Y deja una pregunta abierta, bastante directa: qué estamos dispuestos a sostener para que no desaparezca.

Fuentes consultadas:

Alero Quichua Santiagueño- Diario El Liberal-Diccionario Cultural Santiagueño-María Teresa Papalardo-Antología de poetas santiagueños-Alfonso Nassif.

 

sábado, 22 de agosto de 2026

22 de agosto, día mundial del Folclore y día del Folclore argentino


 

La palabra "folklor" fue creada por el arqueólogo inglés William John Thoms el 22 de Agosto de 1846. Etimológicamente deriva de "folk" (pueblo, gente, raza) y de "lore" (saber, ciencia) y se designa con ella el "saber popular". La fecha coincide, en Argentina, con el nacimiento de Juan Bautista Ambrosetti (1865-1917), reconocido como el "padre de la ciencia folklórica".

El romanticismo del siglo XIX reaccionaba contra el intelectualismo de épocas anteriores y permitía así surgir el estudio sistemático y metódico de las manifestaciones culturales del pueblo, es decir, del folklore. Así William John Thoms crea el vocablo folklore, que vio la luz el 22 de agosto de 1846.

La primera revista de corte científico dedicada al folklore, fue Folklore Record, publicada entre 1878 y 1882 por la Folklore Society de Londres, institución surgida hacia fines de ese siglo. El Primer Congreso Internacional de Folklore se realizó en la ciudad de Buenos Aires en 1960. A dicho evento, presidido por el argentino Augusto Raúl Cortazar, asistieron representantes de 30 países que instauraron el 22 de agosto como Día del Folklore.

El emblema que representa a los folkloristas argentinos - elegido por el Primer Congreso Nacional del Folklore en 1948 - es el árbol, porque el folklore también hunde sus raíces en la tradición, sus ramas representan el pensamiento, el sentido y la imaginación por un lado y la obra de las manos, es decir la creatividad artesanal por el otro. Las escasas hojas representan la juventud primaveral de la ciencia. Las palomas, la unión de lo material con lo espiritual en la amplitud del folklore. El tronco y ramas están envueltas con una banda que dice: Qué y cómo el pueblo piensa, siente, imagina y obra. Este emblema fue ideado por Rafael Jijena Sánchez.

 (Fuente: El Folclore en la Educación, de Rosita Barrera. Edic. Colihue, 366 pág. Bs. As., 1988)

San Gil, una festividad santiagueña

 


 

Esta celebración se realiza en Sacha Pozo, departamento Banda y la encabeza la familia Hoyos de Covacho. Es una tradición con antecedentes de más de 100 años. Según el Santoral católico, se festeja el 1º de septiembre y fue un abad de origen egipcio (siglo III d. C). Esta manifestación popular se desarrolla en dos momentos:

Agosto: "El Velatorio del Santo", se realiza el 24 de agosto por la noche. Y los promesantes entre rezos y cantos de alabanzas, se preparan para la peregrinación del día siguiente que irá desde Sacha Pozo hasta la Capital (aprox 42 kms).

Durante el viaje se hacen 3 paradas con mesas para comer y descansar: San Gregorio, cabritos y lechones; La Granja, vaquillona; La Banda, gallinas, empanadas y sopa.

En esta celebración es muy importante el papel de los Síndicos:

Síndico Principal: es el que organiza la urna con la imagen y guarda por la seriedad de los promesantes y las banderas y autoriza las paradas o continuación del Santo; además lleva las llaves de la urna.

Síndico de andas: se encarga exclusivamente de la atención y cuidado con que se transporta el Santo. En caso de colocarse ofrendas de flores, velas, promesas de plata, dinero, etc. lo comunica al Síndico principal cuando se llena la alcancía, para que vacíe el cofre.

El día 26 se hace misa y se pasea la imagen en peregrinación.

Septiembre: Esta se realizaba propiamente en Sacha Pozo, en la casa de la familia Hoyos, depositarios de la imagen quienes por herencia deben mantener la tradición por una promesa hecha hace más de 100 años por un antecesor de la familia a un peregrino español portador del Santo, llamado según las referencias orales, Juan Gil Gutiérrez, que fue huésped de la familia y que al morir se los legó pidiéndoles hicieran todos los años decir misa en honor de dicho Santo.

En el lugar de la celebración se forma una feria con ventas diversas y la festividad culmina alrededor de las 6 del día 2, momento en que la imagen del Santo da una vuelta a la capilla para ser saludado por última vez.

viernes, 21 de agosto de 2026

Nicolás Segundo Gennero: El genio santiagueño que unió el cine mudo, la gran música y la mística del monte

 


Por Leyendas del Folclore Santiagueño

Si te pedimos que nombres a las grandes figuras de la música de Santiago del Estero, es muy probable que se te vengan a la cabeza nombres como Amancio Alcorta, Manuel Gómez Carrillo o el entrañable Andrés Chazarreta. Y no está nada mal: son los gigantes que copan los libros de historia, las partituras y las grabaciones clásicas. Pero, ¿qué pasaría si te contáramos que al lado de ellos caminaba otro creador igual de brillante, pero misteriosamente olvidado por el tiempo?

Te presentamos a Nicolás Segundo Gennero. Nacido en La Banda un 2 de septiembre de 1899, este santiagueño no solo fue un compositor descomunal, sino también un personaje fascinante cuya vida parece sacada de un guion de película.

Del piano del cine mudo a las grandes orquestas

Para entender la magia de Gennero hay que viajar a sus comienzos. Imaginate la escena: principios del siglo XX, las primeras salas de cine en Santiago del Estero y una pantalla gigante proyectando imágenes sin sonido. Ahí, a oscuras frente al piano, estaba un joven Gennero improvisando en vivo cada emoción, persecución o romance de la película. Esa maravillosa «gimnasia» musical lo convirtió en un maestro absoluto del teclado y de la improvisación.

No tardó mucho en saltar a la radio local, donde además de tocar se desempeñó como vicedirector junto al famoso violinista Pedro Cinquegrani. Su prestigio creció tanto que pronto lo convocaron para enseñar en el Conservatorio Provincial de Música. Con el tiempo, al jubilarse el director fundador (el profesor Enrique Arias), Gennero asumió la dirección de la institución, dejando una huella imborrable en la docencia local.

Las huellas de Gennero en el folclore que seguro escuchaste

Tal vez pienses que no conocés su obra, pero es muy probable que sus melodías ya hayan sonado en tu casa:

Mano a mano con Atahualpa Yupanqui: Fueron grandes amigos. Don Ata sentía tanta admiración por su trabajo que le grabó dos piezas para guitarra fabulosas: “Alegría en los pañuelos” y la misteriosa “La Alma Mula”.

El éxito con los Hermanos Ábalos: Gennero compuso la música del famoso escondido “El Isleño (Todos los domingos)”, popularizado en todo el país por los Hermanos Ábalos.

Un clásico en la armónica de Hugo Díaz: Recopiló y adaptó la zamba popular anónima “La chujchala”, que más tarde volaría alto en el soplo del inolvidable Hugo Díaz.

La conquista de Buenos Aires

Cuando le llegó el momento de jubilarse en la docencia, Gennero no se sentó a descansar. Se instaló en la Capital Federal y su carrera tomó un impulso cosmopolita envidiable. Fue nombrado inspector en SADAIC, donde tenía la delicada tarea de revisar y aprobar la música que los compositores de todo el país enviaban para registrar.

Paralelamente, se convirtió en una figura de la escena porteña: daba conciertos en el prestigioso Teatro San Martín, conducía su propio espacio en la mítica Radio Municipal y llegó a dirigir nada menos que las orquestas de Radio Nacional y Radio El Mundo. En octubre de 1963, el diario La Nación destacaba cómo su emblemática obra “Alborada Quichua” sonaba en todo el país a través del violín del santiagueño Humberto Carfí y el piano de su hermana Anahí.

Un camaleón musical: Del folclore profundo a la música clásica

Lo deslumbrante de Nicolás Segundo Gennero era su versatilidad. No se encasillaba. En su catálogo podemos encontrar desde folclore puro hasta obras estilizadas con aires regionales (como “En el altiplano”, “Estilo” o “Santiagueña”).

También le puso música a la gran literatura, componiendo canciones sobre textos de Rubén Darío (“Leda”) y José Santos Chocano (“Poema del retorno”). Y si eso fuera poco, se movió con soltura por los senderos más exigentes de la música académica y de cámara, regalándonos piezas inolvidables como:

La fuga “Ahí viene la vaca”.

El elegante rondó “Sarabanda de otoño”.

El poema sinfónico “Al alba florecen los ceibos”.

El ballet “El pala pala” y diversos divertimentos instrumentales.

«Gennero era mucho más aún: era el artista que, tras haber bebido con profundas raíces esa enorme riqueza musical que Santiago tiene, la llevó a planos elevados, incursionando hasta en el difícil terreno de la música de cámara... sin que por ello perdiera su más pura esencia

- Prof. Sergio Valle, músico y docente.-

Hora de devolverle su lugar en la historia

A pesar de que hoy su nombre bautiza a la Escuela de Música ESPEA N°1 de Santiago del Estero y a una calle del barrio Borges, la historia escrita lo ha tratado con excesiva modestia. Apenas si se lo menciona brevemente en algunas enciclopedias y diccionarios culturales haciendo referencia a sus profesores (Grandes maestros como Alfredo Grandi, Jorge de Lalewicz y Floro Ugarte).

Gennero no solo componía: investigaba. Su trabajo monográfico “Música folclórica de Santiago del Estero” es un rescate invaluable donde adaptó para piano hermosas canciones populares que corrían el riesgo de perderse.

Redescubrir a Nicolás Segundo Gennero no es un mero ejercicio nostálgico. Es un acto de justicia cultural. Significa mirar nuestra historia musical con ojos federales, desempolvar sus partituras y lograr que los músicos de hoy vuelvan a tocarlas, arreglarlas y hacerlas sonar en los escenarios. ¡Su obra está más viva que nunca!

martes, 18 de agosto de 2026

Un descanso en el camino: Cuando San Martín pisó suelo santiagueño


En pleno verano de 1814, el calor del monte se hacía sentir con fuerza sobre el antiguo Camino Real. Por allí avanzaba José de San Martín, recién nombrado coronel, rumbo al Norte. Su misión no era sencilla: debía asumir el mando de un ejército golpeado y desgastado tras las derrotas que había sufrido Manuel Belgrano. Sin embargo, poco se habla de un hito fundamental de aquel viaje: la marca indeleble que el futuro Libertador dejó a su paso por Santiago del Estero.

A decir verdad, San Martín no llegó a la provincia para combatir ni para establecer un gran campamento militar. Pero su sola presencia revolucionó a la región. Santiago del Estero terminó convertida en una pieza clave del engranaje patriota; funcionó como el gran centro de reabastecimiento donde la tropa encontraba agua, comida, caballos descansados y, sobre todo, un respiro necesario antes de encarar la dura campaña del norte.

Postas, sombras centenarias y mitos de café

Aquella travesía dejó huellas físicas que con los años se transformaron en auténticos tesoros del patrimonio local.



El Algarrobo de Manogasta: Se dice que al llegar a la posta de Manogasta, agobiado por las altas temperaturas, el coronel buscó la copa de un enorme algarrobo para recuperar fuerzas y repasar sus planos. El árbol sigue en pie, resistiendo al tiempo como un testigo silencioso de aquella jornada.

La Casa Carol en la capital: Cuando pisó la ciudad capital, la salud de San Martín ya venía resentida. Fue el propio Belgrano quien le recomendó alojarse en la casona de la familia Carol —en la esquina de las actuales calles 25 de Mayo y 9 de Julio— para que pudiera descansar en condiciones.

El supuesto encuentro con Belgrano: Durante años circuló el rumor de que ambos próceres se habían abrazado por primera vez en suelo santiagueño, cerca de Loreto. Es una versión muy popular en las charlas de café, pero los historiadores son claros al respecto: aunque mantenían una correspondencia casi diaria y sus rutas coincidieron en tiempo y espacio, no existen documentos que prueben que hayan compartido un mate en Santiago antes del histórico encuentro formal en Yatasto.

El peso de un paso fugaz

Más allá de las anécdotas y los lugares de parada, el viaje de San Martín encendió el compromiso de la gente del lugar. La provincia entera terminó alineándose con la causa independentista, desde los encargados de las postas que facilitaban la logística hasta los vecinos que acercaban provisiones o decidían sumarse directamente como voluntarios a las milicias.

Al final, aquel recorrido de 1814 dejó una enseñanza clara: las grandes revoluciones no solo se ganan con cargas de caballería en el campo de batalla, sino también gracias al respaldo silencioso y firme de los pueblos que sostienen la historia desde atrás.

lunes, 17 de agosto de 2026

Bajo el suelo de Santiago: La amenaza silenciosa que pocos conocen

Entre la profundidad del subsuelo y el recuerdo de antiguas grietas, Santiago del Estero guarda una historia que pocas veces ocupa un lugar en la conversación cotidiana: la de una tierra que parece quieta, pero que nunca está completamente inmóvil.


 

Para el santiagueño, la imagen habitual de la provincia está asociada a la siesta, al monte, al calor del verano y al Río Dulce avanzando con su ritmo pausado. Los terremotos parecen pertenecer a otros paisajes, sobre todo a las provincias cordilleranas de Cuyo o del Noroeste. Sin embargo, debajo de esa llanura aparentemente tranquila existe una actividad geológica que, aunque muchas veces pasa inadvertida, forma parte de la historia natural de la región.

La tierra santiagueña también tiembla. A veces lo hace a cientos de kilómetros de profundidad y otras, mucho más cerca de la superficie, con consecuencias que pueden dejar huellas visibles.

Cuando la tierra dejó de estar quieta

Para encontrar uno de los episodios sísmicos más importantes de la historia provincial hay que viajar hasta el 4 de julio de 1817. La Argentina todavía estaba dando sus primeros pasos como nación independiente cuando un fuerte terremoto sacudió la región, con epicentro ubicado al norte de la actual ciudad de Santiago del Estero.

El movimiento, estimado en una magnitud cercana a 7,0, alcanzó una intensidad de VIII en la escala de Mercalli. Las construcciones de adobe, habituales en aquella época, sufrieron graves daños y muchas terminaron convertidas en escombros. También se registraron grietas en el terreno y fenómenos asociados a la licuefacción de los suelos.

Para una sociedad que no contaba con los conocimientos ni los recursos técnicos actuales, aquel terremoto debió sentirse como una verdadera conmoción. La tierra, que hasta entonces parecía firme e inmutable, había demostrado que también podía convertirse en una fuerza capaz de alterar en pocos minutos la vida de una comunidad.

Pero aquel episodio no fue un hecho aislado.

El 17 de junio de 1997, más de 180 años después, Santiago del Estero volvió a sentir un fuerte movimiento. Eran aproximadamente las 19:15 cuando un sismo de magnitud 5,5, con epicentro en el área de las Sierras de Guasayán y a unos 15 kilómetros de profundidad, volvió a despertar el temor entre los habitantes.

Aunque su magnitud estuvo muy lejos de la del terremoto de 1817, el movimiento fue suficiente para provocar grietas en algunas construcciones, desprendimientos de revoques y cortes de servicios en distintos sectores. La capital santiagueña y Termas de Río Hondo estuvieron entre las zonas donde el temblor se hizo sentir con mayor intensidad.

Fue un recordatorio incómodo, pero necesario: la tranquilidad de la llanura no significa que el suelo sea completamente ajeno a la actividad sísmica.

Bajo los caminos del monte no solo permanece la memoria de generaciones. También existe una tierra que se mueve lentamente, impulsada por fuerzas que se originan muy lejos de nuestros ojos.

Un movimiento que nace en las profundidades

Para entender por qué tiembla Santiago del Estero hay que mirar mucho más allá de lo que vemos en la superficie.

Una parte importante de la explicación está relacionada con la interacción entre la Placa de Nazca y la Placa Sudamericana. La primera se introduce progresivamente por debajo de la segunda y genera una enorme zona de actividad tectónica a lo largo de buena parte del oeste de Sudamérica.

Ese proceso también tiene consecuencias en el interior del continente. En Santiago del Estero pueden registrarse sismos de características muy diferentes.

Sismos profundos

Algunos movimientos tienen su origen a cientos de kilómetros bajo nuestros pies. Se relacionan con la denominada zona de Wadati-Benioff, vinculada al hundimiento de la Placa de Nazca.

En esas profundidades pueden producirse terremotos de magnitudes considerables. Sin embargo, entre el lugar donde se origina el movimiento y la superficie existe una enorme cantidad de roca que modifica la forma en que las ondas sísmicas llegan hasta nosotros.

Por eso, un terremoto que en profundidad puede tener una magnitud importante no necesariamente provoca daños en Santiago del Estero. Muchas veces, lo que llega a sentirse en la superficie es apenas un movimiento suave, casi como un balanceo.

Sismos superficiales

La situación cambia cuando el origen del terremoto está mucho más cerca de la superficie.

Los sismos corticales pueden producirse a menos de 30 kilómetros de profundidad y están relacionados con fallas y estructuras geológicas presentes en las Sierras Pampeanas y en sectores de la cuenca Chacopampeana.

Son menos frecuentes que los movimientos profundos, pero tienen una característica que los vuelve más relevantes para la población: al encontrarse más cerca de la superficie, una parte importante de su energía puede transmitirse directamente al terreno y a las construcciones.

El terremoto de 1997 es un buen ejemplo de esta diferencia.

Una provincia de baja peligrosidad, pero no inmune

De acuerdo con la zonificación sísmica del Instituto Nacional de Prevención Sísmica (INPRES), Santiago del Estero se encuentra principalmente dentro de sectores de peligrosidad sísmica muy reducida.

Esto significa que la provincia no pertenece a las regiones argentinas donde los terremotos fuertes son una amenaza permanente. Pero "baja peligrosidad" no significa "riesgo inexistente".

La diferencia es importante.

El riesgo de un terremoto no depende solamente de la fuerza del fenómeno natural. También intervienen las características de las construcciones, el tipo de suelo y la capacidad de una comunidad para responder ante una emergencia.

En ese sentido, existen dos cuestiones que merecen especial atención.

Las características de las construcciones

Las edificaciones antiguas de adobe o aquellas levantadas sin criterios de construcción sismorresistente pueden presentar una mayor vulnerabilidad frente a movimientos fuertes.

No hace falta imaginar un terremoto gigantesco para entender el problema. Una estructura debilitada, una pared sin el debido encadenado o una construcción antigua pueden sufrir daños importantes incluso frente a un movimiento moderado.

El comportamiento del suelo

El terreno también importa.

En sectores cercanos a los grandes cursos de agua, como las áreas vinculadas con los ríos Dulce y Salado, existen depósitos sedimentarios que pueden tener diferentes grados de consolidación. Dependiendo de sus características y de las condiciones del evento, determinados suelos pueden amplificar las ondas sísmicas o, en situaciones particulares, favorecer procesos como la licuefacción.

Por eso, estudiar el suelo es tan importante como estudiar el terremoto.

Recordar para estar preparados

Santiago del Estero no vive con el temor permanente a los terremotos. La vida cotidiana transcurre, como siempre, entre el monte, las ciudades, los caminos y el río. Y probablemente así continúe.

Pero la historia de 1817 y el recuerdo más cercano de 1997 muestran que tampoco sería prudente pensar que los sismos son algo completamente ajeno a nuestra provincia.

La prevención no consiste en vivir esperando que ocurra una tragedia. Consiste, más bien, en conocer el territorio donde vivimos y aprender a convivir con sus características naturales.

Respetar las normas de construcción, conservar adecuadamente las edificaciones antiguas, conocer las recomendaciones de seguridad y prestar atención al conocimiento de los organismos especializados son medidas mucho más útiles que cualquier alarma exagerada.

La tierra santiagueña puede parecer inmóvil durante años. El monte permanece en silencio, el Río Dulce sigue su curso y las ciudades continúan con su rutina.

Pero debajo de todo eso existe otra historia.

Una historia profunda, lenta y casi invisible, escrita por placas tectónicas, fallas y movimientos que comenzaron mucho antes de que existieran nuestras ciudades.

Quizás esa sea una de las grandes particularidades de Santiago del Estero: una provincia que aprendió a vivir bajo la calma aparente de su paisaje, sin olvidar que, muy por debajo de sus pies, la tierra también tiene memoria.

Juan Felipe Ibarra | Por Luis Alén Lascano


Monstruo surgido del averno, bárbaro, ignorante y cruel, para unos. Caudillo indiscutido durante 30 años, guerrero de la independencia y patriarca del federalismo, para otros. Entre ambos extremos se debate la polémica alrededor de la figura de Ibarra.

Hasta ahora los historiadores clásicos lo han condenado sin posibilidad de indulto. Pero en ese juicio no ha habido defensa ni alegato favorable alguno. Ha sido la sentencia del tribunal vencedor; muchas veces cómplice y converso, ansioso por eso mismo de una severidad implacable.

 (...) Ahí está, al filo de los años cuando se aproxima el fin de sus días. Estatura mediana y grueso el cuerpo; frente ancha y despejada, cabello negro y lacio, labios finos, con una sonrisa imperceptible más parecida a un rictus despreciativo. Severa la mirada, imperturbable el gesto y prodigiosa la memoria.

 (...) Tuvo a su antojo el patrimonio entero de la provincia, y en años de escasez no percibía sueldos; se le entregaron bienes en administración a su confianza, como los de la familia Uriarte y fue escrupuloso en el manejo de los dineros ajenos o públicos. Alguna vez, los excesos políticos lo llevaron a confiscar fondos enemigos; los destinaba al ejército y a pagar sus soldados.

Fuera de su violenta pasión federal, era amigo sincero y consecuente; educado cuando quería serlo, don Pedro Ferré escribió de Ibarra: "Conocí y traté en Santa Fe a don Juan Felipe Ibarra, y me hizo la mejor impresión por su educación, y la nobleza de sentimientos que manifestaba".

Páginas similares ofrecen sobre su persona el Dr. Eduardo Lahitte, amigo y corresponsal desde Buenos Aires; el culto historiador y gobernante santafesino Urbano de Iriondo, y otros contemporáneos no afectados por la pasión.

Todo esto es un hombre con un hondo drama sentimental. Se ha casado en 1823 por poder con doña Ventura Saravia, hija del Dr. Mateo Saravia quien sin duda por amistad, consiente u obliga a esta boda. El padre es un rico feudatario en las cercanías de Abipones, mas el origen familiar es salteño, y de allí llega la desposada en una volanta a Santiago.

La espera el gobernador, las autoridades y las mejores familias de la ciudad, y van al nuevo hogar los esposos. Al amanecer, ordena Ibarra atar nuevamente los caballos del carruaje, y en silencio, la esposa parte de retorno. ¿Qué misterio se oculta en esa noche nupcial? El gobernador nunca lo explicará, y el silencio se tiende sobre el episodio para siempre. Un historiador actual piensa que la novia fue obligada por la autoridad paterna, a una boda sin amor. Y que, llegada ante el prometido, no vaciló en confesarle tan desgraciada situación. "En un acto caballeresco, decide el retorno de su esposa a su casa paterna."

No es ésta la actitud de un mandón irresponsable. En la dignidad con que lleva su proceso sentimental íntimo, hay una respuesta para sus detractores. La misma actitud tiene siempre Ventura Saravia. Sus hermanos se tratan fraternalmente con Ibarra, y a Manuel Antonio Saravia lo hace elegir gobernador de Salta y lo sostiene con su influjo. Hasta su misma esposa vuelve a Santiago al saberlo enfermo y lo acompaña hacia el fin de sus días, cuando muere, el 15 de julio de 1851. Ella es albacea y heredera en su testamento, y ella ha de quedar velando su memoria, hasta que la pasión política después de Caseros, confisque sus bienes y la obligue a buscar refugio en Tucumán.

Muere Ibarra como buen cristiano. Pide en su testamento a Dios, "me perdone todas mis culpas”, el hábito mercedario de mortaja, la asistencia de franciscanos y dominicos y ser enterrado en el templo de La Merced; todo lo cual así se hace. Los más distinguidos sacerdotes lo han confesado y ayudado a morir. Nada sabe hasta entonces de los sucesos del litoral, ni de la defección de Urquiza. y puede esperar el fin, seguro de haber sido, como le cantan los trovadores populares a su muerte, "la columna más fuerte de la Confederación".

Si muchos de sus actos no tienen justificativo, hay una explicación coherente para todos. Y por encima del balance postrero, hay una provincia argentina que le debe su erección como estado federal. Fundador de la autonomía santiagueña, en estos 150 años de vida provinciana, todos han disfrutado del privilegio ciudadano de esa santiagueñidad lograda por Ibarra a sangre y fuego. Pocos son los que alguna vez le agradecen esa herencia, cuidada con empecinamiento en 30 años, y dilapidada después por tantos sucesores.

Tres décadas, largas acaso para soportar a un mismo hombre en el poder, pero que dan relevancia inusitada a su provincia en el concierto nacional; donde no se permite la menor trasgreslón a sus fueros y prestigios, y en las cuales su caudillo alcanza estatura mayor dentro del país.

Ibarra demuestra no ser un hombre de la patria chica, constreñido sólo a límites locales. El mismo respeto y jerarquía que quiere para su provincia, le inspiran altivas actitudes argentinas. Todas las determinaciones de su vida acusan una notoria sensibilidad nacional y entiende al país, como una Nación total: geográfica y políticamente integrada.

Es la cohesión conseguida por el federalismo, e Ibarra la manifiesta el 23 de febrero de 1833, al protestar al Rey de Inglaterra por la ocupación de las Islas Malvinas. Ese espíritu está presente en la firma del Tratado Interprovincial del 6 de febrero de 1835, para perseguir en el norte, "toda idea relativa a la desmembración de la más pequeña parte del territorio de la república", y evitar la anexión de Jujuy a Bolivia.

Idea fundamental ésta, de todos sus actos. Por ella rechaza el ofrecimiento de los gobernadores de Catamarca y La Rioja, Cubas y Brizuela, que le proponen retirar a Rosas del manejo de las relaciones exteriores y confiárselo a él como jefe de un bloque mediterráneo.

Por ella se opone a la Coalición del Norte en 1840 y le pregunta a Manuel Sola, gobernador de Salta: "¿Se constituye el país haciendo causa común con los extranjeros que están hostilizando injusta y vilmente a nuestros mismos pueblos?"

Y este sentimiento de la nacionalidad, cuando estaba en pañales o era negada por los letrados del Plata, inspira al bárbaro Ibarra una proclama de repudio a la agresión colonialista anglo-francesa de 1841, donde desentraña el sentido de la emancipación argentina ante España, la codicia de los imperios europeos, y el valor de la Confederación, cuya resistencia como "precio de nuestra independencia nacional, es la sangre de millares de victimas que desde el campo del honor, nos recuerdan nuestros deberes y nuestros juramentos".

Las cosas malas de su existencia, inocultables, se traslucen en un claroscuro de luces y sombras, humanas e imperfectas. Todos las tuvieron, y las tenemos, y ¡cómo habrían de estar exentos de vicios los caudillos de aquel momento fundacional donde con barro y muertes se creó la patria! Pero la tarea del historiador, como dice Vincen Vives, "no es aplaudir ni condenar, sino comprender vitalmente el drama humano".