jueves, 13 de agosto de 2026

La primera ciudad: el largo camino de Santiago del Estero

 De los valles calchaquíes a la llanura santiagueña, la ciudad del Barco recorrió distintos territorios hasta establecerse, en 1553, en el lugar donde comenzaría la historia de Santiago del Estero.

 


Una ciudad que nació andando

La historia de Santiago del Estero comenzó mucho antes de que existiera la ciudad que hoy conocemos. En aquellos primeros años de la conquista española, un grupo de hombres llegó desde el Cuzco, la Ciudad de los Reyes y Potosí atravesando la Quebrada de Humahuaca y siguiendo el rumbo del Aconquija.

En las faldas de los cerros tucumanos, cerca de la actual Monteros, se estableció la tercera expedición española llegada desde aquellas tierras. El 29 de junio de 1550, sus integrantes fundaron un pequeño asentamiento al que llamaron ciudad del Barco.

La intención era mucho más ambiciosa que levantar unas pocas viviendas. Se buscaba establecer una capital para la extensa región que entonces comprendía la provincia del Tucumán.

Pero aquella primera ciudad tendría una característica particular: no permanecería mucho tiempo en un mismo lugar.

La ciudad del Barco, una ciudad en movimiento

Su fundador, el capitán don Juan Núñez de Prado, pronto se vio obligado a disponer el traslado del asentamiento hacia los valles calchaquíes, en el actual territorio salteño.

La decisión estuvo relacionada con los conflictos jurisdiccionales con Chile y con la necesidad de evitar nuevos enfrentamientos, además de las dificultades que planteaban los pueblos indígenas de la región, entre ellos juríes y diaguitas.

En 1551, ya instalada en su nueva ubicación, la ciudad recibió un nombre más extenso: ciudad del Barco del Nuevo Maestrazgo de Santiago.

El nombre homenajeaba a Pedro La Gasca, presidente de la Audiencia de Lima, nacido en la ciudad de Barco de Ávila, y también al apóstol Santiago el Mayor, patrono de España.

Pero tampoco sería ese el destino definitivo.

Por segunda vez, Núñez de Prado decidió trasladarla. Esta vez el rumbo sería hacia el este, dejando atrás los paisajes montañosos de los valles calchaquíes para internarse en la extensa y boscosa llanura santiagueña.

Como escribió Ricardo Rojas al describir ese desplazamiento, era el paso "del país de la montaña, del reino calchaquí, para entrar en el país de la selva".

Y allí, finalmente, comenzaría otra historia.

Llegar a una tierra desconocida

Las crónicas no son del todo precisas sobre la cantidad de personas que participaron de aquella llegada. Se estima que fueron entre 150 y 200, entre soldados, civiles, algunas familias, indígenas auxiliares y dos sacerdotes.

Al comienzo de la expedición, sin embargo, habían sido apenas 84 los hombres que partieron junto a Núñez de Prado.

No viajaban con las manos vacías. La expedición trasladaba todo lo necesario para volver a empezar.

Los soldados llevaban armas, alimentos y los elementos indispensables para levantar las primeras tiendas. Las mulas y los caballos cargaban bolsas con maíz, trigo y cebada, semillas de zapallo y porotos, además de vasijas y recipientes de cuero destinados a conservar agua y aceite.

También viajaban gallinas en jaulones y un importante número de animales: yeguas, potros, ovejas y cabras.

Todo tenía un propósito. Aquellos animales serían fundamentales para formar las primeras chacras y asegurar la subsistencia del nuevo asentamiento.

En otras palabras, no estaban solamente fundando una ciudad. Estaban trasladando una pequeña comunidad entera, con sus herramientas, sus alimentos, sus animales y sus conocimientos.

El lugar donde comenzó Santiago

El sitio elegido para establecer la ciudad estaba despejado en medio de una vegetación tupida, sobre la margen derecha del llamado río del Estero, nombre que recibía entonces el actual río Dulce.

Según las estimaciones mencionadas en el texto original, el asentamiento se habría ubicado entre 1.400 metros y 2 kilómetros al sur de la actual ciudad de Santiago del Estero. Otra posibilidad lo sitúa en el sector que hoy corresponde al ángulo formado por la avenida Alsina y la calle Independencia.

La elección tampoco fue casual desde el punto de vista político.

Como había ocurrido con los dos asentamientos anteriores, el nuevo emplazamiento quedaba fuera del territorio que la Audiencia de Lima había concedido a Chile. Sin embargo, Pedro de Valdivia, gobernador de Chile, sostenía una posición diferente y pretendía incorporar estos territorios a sus dominios, apoyándose en cálculos geográficos que podían ser erróneos o, según algunas interpretaciones, deliberados.

Así, la fundación de aquella primera ciudad estuvo atravesada desde el principio por disputas territoriales, desplazamientos y decisiones políticas.

Una ciudad que tuvo que empezar de nuevo

La historia de la ciudad del Barco no fue sencilla. Antes de convertirse en el origen de Santiago del Estero, tuvo que cambiar de lugar más de una vez.

Sus habitantes caminaron por caminos difíciles, atravesaron montañas, cruzaron regiones desconocidas y cargaron con todo aquello que necesitaban para reconstruir su vida en otro sitio.

Por eso, cuando hablamos de los comienzos de Santiago del Estero, no deberíamos imaginar solamente una ceremonia de fundación y unas pocas construcciones levantadas en medio del monte.

Detrás de aquella primera ciudad hubo movimiento, incertidumbre y esfuerzo. Hubo hombres y mujeres intentando establecerse en una tierra que todavía no conocían y que, con el paso del tiempo, terminaría convirtiéndose en el escenario de una de las historias urbanas más antiguas de la Argentina.

La ciudad del Barco fue, en cierto modo, una ciudad que nació caminando.

Y quizá esa sea una de las imágenes más interesantes para acercarnos a los primeros tiempos de Santiago del Estero: antes de tener calles, plazas y edificios, tuvo caminos. Antes de echar raíces, tuvo que aprender a moverse.

Allí, entre el monte, el río y los antiguos caminos de la conquista, comenzaba a tomar forma la historia de la "Madre de Ciudades".

Fuentes: 

·     *   Municipalidad de la Ciudad de Santiago del Estero, "Historia de la Ciudad de Santiago del Estero". Municipalidad de Santiago del Estero - Historia de la Ciudad

·     *    Universidad Nacional de Santiago del Estero, Facultad de Humanidades, Ciencias Sociales y de la Salud, "Proceso fundacional de Santiago del Estero, la 'muy noble y leal ciudad'". UNSE - Proceso fundacional de Santiago del Estero


sábado, 8 de agosto de 2026

La voz ancestral del monte: viaje al corazón sagrado de la mitología santiagueña

Entre el viento norte, el crujido del quebracho y el canto de los pájaros nocturnos, Santiago del Estero guarda una mitología profunda y compleja. Es una trama de deidades indígenas, herencias ibéricas y relatos de origen que invitan a pensar en la memoria colectiva, la tranquilidad de la mente y los límites de la experiencia humana.

El Alma Mula


Dicen en el monte santiagueño que la siesta nunca es silenciosa. Quien camina la espesura, donde la luz se filtra entre las espinas de los tunales, tarde o temprano siente la presencia del Sacháyoj o escucha el grito desgarrador desde las copas altas: “¡Turay, Turay!”. No son cuentos para asustar. En la geografía santiagueña existe un universo simbólico donde el mito y la realidad cotidiana conviven.

A través de las lecturas de pensadores como José Ferrater Mora, las investigaciones de Bernardo Canal Feijóo y Orestes Di Lullo, y los aportes de Elsa Danna de Dorado y Adriana Del Vitto, queda claro que los mitos no son invenciones sin sentido. Son esquemas emocionales y existenciales que ayudaron a habitar un territorio imponente y difícil. Este recorrido busca entender esas deidades, los relatos de incesto y redención, los encuentros festivos y el trasfondo que habita en las sombras del monte.

Capítulo I: La arquitectura del mito — El refugio de la conciencia

Para entender la Salamanca o la historia del Kakuy, conviene definir qué es un mito. En su Diccionario de Filosofía, José Ferrater Mora explica que el mito no es una fantasía infantil, sino la narración de un acontecimiento sucedido en un tiempo primordial.

Según Ferrater Mora, el relato mítico explica cómo, por la acción de seres sobrenaturales, surgió una realidad: el cosmos completo o una parte de él, como una planta, un río o una costumbre. Es la narración de una creación. Cuando la explicación racional no alcanzaba para entender lo desconocido, se recurría a estas historias para dar sentido a lo que resultaba difícil de comprender.

En estos relatos, los protagonistas son seres con fuerza, astucia o capacidades superiores. Ahí se marca la diferencia con la leyenda: mientras el mito involucra a entidades cósmicas en los inicios del mundo, la leyenda sitúa en el centro a personas comunes frente a sus propias contradicciones.

Aceptar la visión mítica implica asumir una postura particular. Al adoptar la estructura del relato sagrado, la mente prioriza esa versión sobre otras explicaciones. Sin embargo, este marco ofrece contención. Los conocimientos del relato tradicional aportan certeza ante las dificultades. Al estar los valores definidos por una autoridad trascendente, la persona no necesita resolver cada dilema por su cuenta; las pautas ya están trazadas por la costumbre o los antepasados.

Existe una dinámica clara en esta estructura: los mitos pueden basarse o no en hechos reales, pero no requieren verificación empírica; se sostienen en la convicción compartida. Cuando un relato se somete a la prueba histórica y se demuestra, cambia su naturaleza y pasa a ser un registro documental.

Como señalan Elsa Danna de Dorado y Adriana Del Vitto en su estudio “El Eterno Presente del Mito: Bacanales y Teleseadas” (Revista Nuevos Caminos, 1999), la existencia de una memoria colectiva explica la permanencia de los mitos en distintas culturas. En esa intersección de figuras universales, Santiago del Estero construyó su propia tradición.

Capítulo II: El mestizaje sagrado — El origen de la mitología santiagueña

El origen de la mitología en Santiago del Estero se remonta a la llegada de los españoles a la región del Tucumán. En ese momento, el monte y las riberas estaban habitados por pueblos con una relación directa con el entorno natural. Al no utilizar escritura alfabética, su visión del mundo se transmitió en su alfarería, sus tejidos y en los relatos recogidos por cronistas.

El historiador y médico Orestes Di Lullo estudió la formación de este pensamiento popular. Di Lullo planteó que la mitología santiagueña surge del cruce entre las creencias traídas por los europeos y las visiones de las culturas locales. De esa convivencia surgieron figuras protectoras, relatos de advertencia y celebraciones populares.

Capítulo III: Los guardianes del monte y las figuras de la abundancia

En el interior santiagueño existe una organización implícita sobre el territorio. El árbol, el río y los caminos tienen referencias en la memoria local.

El Sacháyoj y sus variantes: Los señores del monte

El espíritu protector más conocido es el Sacháyoj. El término proviene del quichua: sacha (monte) y el sufijo -yoj (poseedor o dueño). Se lo considera el protector de las plantas y los animales. Quien entra al monte por necesidad no tiene inconvenientes, pero el cazador desmedido se expone a perderse. El Sacháyoj puede tomar la forma de un habitante del lugar o de un animal fácil de seguir, guiando a quien lo persigue hacia la profundidad del bosque.

Una figura emparentada es el Pampayoj (pampa, campo abierto, y -yoj). A diferencia del protector del monte denso, esta entidad se asocia a las llanuras. La tradición señala que realiza acuerdos con personas para otorgar prosperidad o resguardo, cobrando luego su parte con los bienes o la tranquilidad del favorecido.

En el monte también se menciona al Ckaparilo. El nombre deriva del quichua ckapáriti (gritar) con la terminación castellanizada -lo, interpretado como "el que da alaridos". Protege la vegetación y las colmenas. Se dice que imita sonidos del entorno, como cantos de aves o el golpe del hacha. Quien intenta seguir esos ruidos en la espesura corre el riesgo de desorientarse. Es una figura de la que no se registran descripciones visuales; solo referencias sonoras.

El Toro Supay

Entre los relatos vinculados al ganado aparece el Toro Supay. Se lo describe como un animal negro de cuernos brillantes. Esta figura se relaciona con la noción del trato mercantil por fortuna, donde el propietario obtiene hacienda a cambio de compromisos futuros sobre sus tierras o su tranquilidad. Al tratarse de ganado vacuno introducido durante la colonia, los historiadores ven en esta imagen una elaboración propia del periodo colonial.

Deidades del camino y del resplandor

A la vera de los caminos secundarios se menciona a la Umita (uma, cabeza, e -ita). La descripción tradicional habla de una figura que se desplaza cerca del suelo emitiendo un sonido de lamento. A pesar de su caracterización, la costumbre local no la considera dañina, sino una presencia que acompaña a los viajeros nocturnos.

Por otro lado está el Nina Quiru (nina, fuego, y quiru, diente). Se lo describe como una luz intensa que dificulta la observación directa. Se lo asocia con aves o insectos luminosos y se lo considera inofensivo.

Mayu Maman y Sachap Maman

La tradición local conserva también figuras femeninas vinculadas al agua y al monte. La Mayu Maman (mayu, río; mama, madre; y -n, poseedor) se describe como una presencia a la orilla del agua peinándose con un peine dorado. Su figura atrae a los caminantes hacia el cauce.

Por su parte, la Sachap Maman (sacha, monte; -p, de; mama, madre; -n, su) representa la fuerza del bosque no intervenido. Asume formas diversas y sintetiza el respeto por la naturaleza silvestre.

Capítulo IV: El mito del Kakuy y la lectura etnográfica

La historia del Kakuy reúne drama y sentido ético en la narrativa regional.

La historia en las copas de los árboles

Cuenta el relato que dos hermanos vivían solos en el monte. El joven demostraba una atención constante hacia su hermana, buscando alimentos y bienes para el hogar. Ella, en cambio, le respondía con rechazo y malos tratos.

Cansado de la situación, el hermano planeó una respuesta. La invitó a buscar miel en la parte alta de un árbol grande. Para protegerla de los insectos, le cubrió la cabeza y la ayudó a subir. Una vez arriba, cortó las ramas inferiores dejando el tronco liso y se retiró del lugar.

Al notar la soledad, la joven se quitó la manta y vio que no podía bajar. Sus llamados no obtuvieron respuesta. Con el paso de las horas y la llegada de la noche, el relato describe su transformación física: sus manos tomaron forma de garras y sus brazos se cubrieron de plumas hasta convertirse en un ave nocturna. Desde entonces, su canto en el monte se interpreta como el llamado: “¡KAKUY, TURAY, TURAY!” ("¡Hermano, hermano!").

La interpretación de Canal Feijóo

El ensayista Bernardo Canal Feijóo analizó este relato en sus estudios etnográficos, vinculándolo con relatos antiguos sobre crecientes o inundaciones primordiales.

Canal Feijóo citó trabajos comparativos de Lord Raglan sobre historias de la India, Malasia y la comunidad chiriguana en Bolivia, donde dos sobrevivientes se refugian en las alturas (árboles o plantas) ante la crecida de las aguas para dar continuidad a la comunidad.

Siguiendo este esquema, el autor observó coincidencias en la estructura del Kakuy:

La presencia central de los dos hermanos.

El papel del árbol elevado como refugio o límite.

La separación del hermano y el llamado persistente de la hermana.

Para Canal Feijóo, el lamento popular conservó la frase de un ritual antiguo adaptado por el paso del tiempo. Ricardo Rojas también volcó esta historia en la literatura regional, manteniendo su presencia en la cultura local.

Capítulo V: Transgresión y sanción — El Alma Mula

Así como el Kakuy trata los vínculos familiares desde el drama, el Alma Mula lo hace desde la sanción social.

La descripción tradicional

En las noches del interior provincial, la creencia popular ubica el paso de una mula encadenada que emite sonidos fuertes y despide fuego por la boca. Se la vincula con la falta a las normas morales de la comunidad, en particular con relaciones no permitidas dentro del entorno familiar.

El sentido del relato es fijar un límite ético claro: la transgresión de las reglas de convivencia degrada a la persona, aislándola del grupo social.

Capítulo VI: Espacios, rituales y devoción — La Salamanca y La Telesita

La Salamanca

En la tradición oral, La Salamanca representa una cueva oculta en la espesura donde se aprenden destrezas vinculadas a la música, el trabajo o la destreza física a cambio de un compromiso personal. Es un espacio guiado por el Supay.

El relato describe pruebas de acceso donde el aspirante debe superar temores ante animales y visiones. Quien mantiene la calma obtiene el saber buscado; quien cede al miedo pierde el control de sus actos.

La Telesita y las Teleseadas

En contraposición aparece La Telesita, apodo de Telésfora Castillo. La historia la presenta como una joven humilde del monte con inclinación por la música y el baile. Acudía a las fiestas populares a bailar sin pausa hasta el amanecer.

Tras su fallecimiento en un incendio accidental, la comunidad prefirió recordarla mediante el baile y la reunión festiva. Con el tiempo, se acudió a su figura para pedir por la lluvia o la recuperación de animales perdidos, dando origen a la Teleseada.

El estudio de Elsa Danna de Dorado y Adriana Del Vitto describe la estructura de este ritual:

El organizador baila siete chacareras completas en su honor.

Se comparte bebida al finalizar cada tanda de baile.

Se coloca una figura de paja que representa a la devota sobre una cortina blanca.

Al concluir el baile, la figura se quema como cierre del compromiso.

El Tanicu

En la zona de Salavina se celebra en octubre la fiesta del Tanicu, figura asociada a la escasez. La reunión incluye comida comunitaria y el gesto de repartir alimentos a los niños (ichá) como símbolo de previsión para el año. En Atamisqui se encuentra una figura similar llamada Múchuy.

Manifestaciones del Supay

El Supay aparece también en el Huayra Muyoj, un viento en forma de remolino al que los pobladores responden con gestos de protección, o en figuras menores que rondan las viviendas durante las horas del mediodía.

La vigencia de la tradición

Los mitos de Santiago del Estero se mantienen como relatos orales y referencias culturales vigentes. En un entorno dinámico, la tradición del monte ofrece un marco de pertenencia. Cuando el viento mueve los quebrachos o se escucha el canto nocturno en el campo, la comunidad reencuentra las historias que le dieron identidad a lo largo del tiempo.

Referencias Bibliográficas

Ferrater Mora, José. Diccionario de Filosofía. Concepto y función del mito.

Canal Feijóo, Bernardo. Estudios etnográficos sobre la leyenda del Kakuy y literatura comparada.

Di Lullo, Orestes. La Mitología Santiagueña. Análisis del panteón y el sincretismo local.

Danna de Dorado, Elsa & Del Vitto, Adriana. “El Eterno Presente del Mito: Bacanales y Teleseadas”. Revista Nuevos Caminos, Año 8, Nº 19, 1999.

Rojas, Ricardo. Recopilación y recreación de tradiciones del Norte Argentino.

Lord Raglan. Estudios comparados sobre relatos de origen y estructuras mitológicas.

viernes, 7 de agosto de 2026

De la Independencia al boom del folklore: la extraordinaria evolución de la música de raíz folklórica argentina

 Dos siglos de historia, identidad y memoria colectiva que convirtieron a la música popular en una de las expresiones culturales más representativas de la Argentina.



La historia de un país también puede contarse a través de sus canciones

El 9 de julio de 1816 marcó el nacimiento político de la Argentina. En la histórica Casa de Tucumán, los representantes de las Provincias Unidas declararon la independencia del dominio español, dando inicio a una nueva etapa para el país. Sin embargo, mientras los libros de historia suelen detenerse en los acontecimientos políticos y militares, existe otra historia menos visible, aunque igualmente profunda: la de la música que acompañó a generaciones enteras y terminó convirtiéndose en uno de los pilares de la identidad nacional.

La música de raíz folklórica no surgió de un día para otro. Es el resultado de siglos de encuentros, mezclas culturales, migraciones, transformaciones sociales y apropiaciones populares. Cada región fue aportando sus sonidos, sus ritmos y sus formas de interpretar la realidad. Así, lo que comenzó como expresiones locales terminó conformando un inmenso patrimonio cultural que aún hoy sigue vigente.

Comprender la evolución del folklore argentino implica recorrer más de doscientos años de historia. Significa descubrir cómo las antiguas danzas coloniales dieron paso a géneros profundamente argentinos; cómo la inmigración europea enriqueció el panorama musical; cómo las migraciones internas acercaron las provincias a Buenos Aires y cómo la radio, los festivales y los grandes intérpretes transformaron un repertorio regional en un fenómeno nacional.

En esta nota de Leyendas del Folclore Santiagueño proponemos un recorrido por ese largo camino, apoyándonos principalmente en el trabajo del músico, compositor y profesor Roberto Mercado, quien sintetizó dos siglos de evolución musical en su ensayo Evolución de la música de raíz folklórica desde 1816 a la fecha.

Antes de la Independencia: el origen de una identidad musical

Hablar de la música folklórica argentina exige retroceder mucho antes de 1816. De hecho, sus raíces se hunden en uno de los procesos históricos más complejos de América: la conquista española.

Como explica Roberto Mercado, la llegada de los conquistadores modificó profundamente las manifestaciones culturales de los pueblos originarios. Gran parte de sus expresiones musicales desaparecieron o fueron absorbidas bajo nuevas formas, dando origen a un lento proceso de mestizaje cultural que terminaría definiendo la identidad musical del territorio.

No obstante, algunos géneros lograron sobrevivir al paso del tiempo.

Diversos investigadores consideran que la baguala y el huayno del Noroeste Argentino, junto con ciertos rituales musicales de comunidades mapuches y tehuelches en la Patagonia, conservan elementos anteriores a la colonización. Estas expresiones representan algunos de los vínculos más antiguos entre la música actual y las culturas originarias del continente.

Mercado propone comprender la evolución musical argentina a partir de tres grandes procesos históricos:

La colonización española, entre los siglos XV y XVIII.

La inmigración europea, aproximadamente entre 1850 y 1930.

La migración interna, iniciada a comienzos del siglo XX y aún vigente.

Cada uno de estos momentos dejó una huella profunda sobre el repertorio popular.

1816: cuando la patria también empezó a cantarse

Mientras los congresales firmaban la Independencia en Tucumán, el pueblo ya tenía sus propias canciones.

El reconocido musicólogo Carlos Vega afirmaba que el gran canto popular de la Independencia fue el Cielito, una composición que abandonó las pampas para acompañar a los ejércitos patriotas y convertirse en símbolo del fervor revolucionario.

Según la célebre descripción de Vega, el Cielito "vino de las pampas bonaerenses, ascendió a los estrados, se incorporó a los ejércitos y difundió por Sudamérica su enardecido grito rural".

Aquellas melodías no sólo entretenían.

Cumplían una función social.

Transmitían ideas.

Fortalecían el sentido de pertenencia.

Celebraban victorias militares.

Acompañaban reuniones populares.

En una época donde la comunicación era limitada, las canciones funcionaban como verdaderos vehículos de identidad.

Pero el Cielito no estaba solo.

En los salones de la élite porteña también se bailaban el Cuando, el Pericón, el Minué, el Vals y el llamado Minué Montonero o Federal, expresiones musicales que convivían con otras provenientes del interior del país.

Mientras tanto, en el Noroeste Argentino florecían el huayno, el yaraví y el triste, géneros profundamente ligados a las tradiciones andinas que con el tiempo comenzarían a extenderse hacia otras regiones argentinas.

La gran transformación del siglo XIX

Hacia mediados del siglo XIX comenzó uno de los cambios culturales más importantes de la historia argentina.

Miles de inmigrantes europeos llegaron al país trayendo nuevas costumbres, instrumentos musicales, danzas y formas literarias. Lejos de reemplazar las expresiones existentes, muchas de ellas se fusionaron con las tradiciones criollas, dando origen a nuevos estilos musicales.

Ese fenómeno fue conocido posteriormente como un proceso de "folklorización".

Un elemento desempeñó un papel decisivo en esa transformación: la guitarra.

Su popularización permitió que las canciones viajaran con facilidad de pueblo en pueblo. Era un instrumento económico, transportable y suficientemente versátil para acompañar bailes, reuniones familiares, serenatas y celebraciones populares.

Gracias a ello, la música dejó de pertenecer exclusivamente a determinados espacios sociales y comenzó a difundirse ampliamente.

Carlos Vega señala que alrededor de 1850 ya se habían arraigado numerosos géneros musicales, algunos con enorme aceptación popular y otros restringidos a determinadas regiones.

Fue entonces cuando comenzaron a consolidarse muchas de las especies musicales que hoy identificamos inmediatamente con la cultura argentina.

La chacarera, el gato, la zamba, el escondido, la firmeza, la media caña, el carnavalito, el bailecito, el malambo, la vidala, la vidalita, el chamamé, la chamarrita, el estilo, la cifra, la milonga y la chaya pasaron a integrar un inmenso repertorio que continuaría creciendo durante las décadas siguientes.

Cada región fue desarrollando una personalidad propia.

En Mendoza se consolidaron la tonada, la cueca, el vals, el estilo, la resbalosa y el gato. En la Patagonia, investigaciones posteriores realizadas por Hugo Giménez Agüero y Marcelo Berbel rescataron expresiones como el loncomeo, el kaani, la cordillerana y la chorrillera.

Esta extraordinaria diversidad demuestra que el folklore argentino nunca fue una expresión uniforme.

Por el contrario, siempre estuvo formado por múltiples voces regionales.

La investigadora María del Carmen Aguilar resumió esta riqueza afirmando que la Argentina posee áreas musicales claramente diferenciadas: el Litoral, el Noroeste, Cuyo, la Región Central, la Pampa y el Sur, cada una con características propias que enriquecen el patrimonio cultural nacional.

Cuando el folklore salió de las provincias

Durante buena parte del siglo XIX la música folklórica permaneció circunscripta a ámbitos muy específicos.

Se interpretaba en ranchos, pulperías, fiestas populares y reuniones familiares. También encontraba espacio en algunos salones, aunque su circulación seguía siendo limitada y difícilmente alcanzaba a los grandes centros urbanos.

Buenos Aires vivía fascinada por las modas europeas.

La ópera italiana, los valses vieneses y otras expresiones del Viejo Continente ocupaban un lugar privilegiado entre las clases acomodadas, relegando las manifestaciones criollas a un segundo plano.

Sin embargo, lentamente comenzó a gestarse un cambio profundo.

Ese cambio tendría un protagonista inesperado: la literatura.

Carlos Vega sostuvo que la publicación de Martín Fierro, de José Hernández, abrió un período decisivo para el desarrollo del movimiento tradicionalista. Emilio Pedro Portorrico destaca que, además de su extraordinaria calidad literaria, las campañas de alfabetización y las ediciones económicas permitieron que la obra alcanzara una difusión inédita, especialmente entre la población rural.

El personaje del gaucho dejó de ser simplemente una figura del campo.

Se transformó en símbolo nacional.

Y con él comenzaron a revalorizarse también sus canciones, sus costumbres y su universo cultural.

Ese fue el terreno sobre el que crecería, pocos años después, la gran expansión del folklore argentino.

Andrés Chazarreta y el momento en que el folklore conquistó Buenos Aires

A comienzos del siglo XX, la música de raíz folklórica ya había echado profundas raíces en las distintas regiones del país. Sin embargo, todavía estaba lejos de ocupar un lugar central dentro de la vida cultural argentina. Su presencia seguía siendo predominantemente regional y su difusión dependía, en gran medida, de fiestas patronales, reuniones familiares, celebraciones populares o pequeños espectáculos organizados en cada provincia.

Todo cambiaría el 16 de marzo de 1921.

Ese día, un maestro santiagueño llamado Andrés Avelino Chazarreta llegó a Buenos Aires acompañado por su Conjunto de Arte Nativo para presentar un espectáculo en el Teatro Politeama. Lo que parecía una simple función artística terminó convirtiéndose en un hecho histórico.

Numerosos investigadores consideran aquella presentación como el verdadero punto de partida de la difusión masiva del folklore argentino. Por primera vez, el público porteño pudo conocer sobre un escenario profesional las danzas, las canciones y los ritmos que desde hacía décadas formaban parte de la vida cotidiana del interior del país.

No fue únicamente un recital.

Fue un acto de reivindicación cultural.

Chazarreta llevó a la gran ciudad aquello que durante mucho tiempo había permanecido relegado al ámbito rural o provincial. Su espectáculo despertó curiosidad, admiración y también sorpresa. Para muchos espectadores porteños era la primera vez que escuchaban una chacarera, un gato o una zamba interpretados por artistas que respetaban las formas tradicionales de cada género.

El éxito de aquella presentación abrió un camino que luego seguirían innumerables músicos y bailarines provenientes de todas las regiones del país.

El santiagueño que preservó una tradición

Hablar de la expansión del folklore argentino implica detenerse en la figura de Andrés Chazarreta. Nacido en Santiago del Estero, comprendió antes que muchos que las expresiones populares necesitaban ser documentadas, enseñadas y difundidas para evitar su desaparición.

Durante años recorrió pueblos y parajes recopilando melodías, letras, danzas y costumbres. Ese trabajo de investigación permitió conservar una enorme cantidad de obras que hasta entonces sobrevivían únicamente gracias a la transmisión oral.

En una época en la que todavía no existían grabaciones de fácil acceso ni archivos sonoros organizados, esa tarea tuvo un valor incalculable.

Chazarreta entendía que cada chacarera, cada escondido o cada gato encerraban mucho más que una simple melodía. Eran testimonios vivos de la historia de un pueblo.

Su aporte trascendió el escenario.

También impulsó la enseñanza de las danzas tradicionales y contribuyó a que numerosas academias comenzaran a incorporarlas dentro de sus programas de formación artística.

Con el tiempo, su nombre quedaría asociado para siempre al nacimiento del movimiento folklórico moderno.

Para quienes siguen el trabajo de difusión cultural que realiza Leyendas del Folclore Santiagueño, resulta imposible no reconocer en Chazarreta a uno de los grandes guardianes de la memoria musical argentina.

La radio cambió para siempre la historia del folklore

Mientras el espectáculo de Chazarreta abría las puertas de Buenos Aires al folklore, otra revolución comenzaba silenciosamente.

La tecnología.

La aparición de la radio modificó de manera definitiva la forma en que los argentinos escuchaban música.

Hasta ese momento, la posibilidad de conocer un artista dependía casi exclusivamente de asistir a una presentación en vivo. Con la radio, las canciones comenzaron a viajar cientos de kilómetros en apenas unos segundos.

Según cita Emilio Pedro Portorrico, las primeras transmisiones radiales regulares comenzaron en 1920 y, entre 1923 y 1929, se inauguró una importante cantidad de emisoras que sentaron las bases del nuevo medio de comunicación. Junto con el disco y, en menor medida, el cinematógrafo, la radio sería responsable de llevar la música nacional a millones de hogares argentinos durante las décadas siguientes.

Por primera vez un cantor de Santiago del Estero podía ser escuchado en Rosario.

Un conjunto correntino podía emocionar a una familia mendocina.

Una vidala del Norte encontraba oyentes en la Patagonia.

Las distancias comenzaban a desaparecer.

El folklore dejaba de pertenecer exclusivamente a una región.

Pasaba a convertirse en patrimonio de todos.

El disco y la construcción de una memoria sonora

La expansión de la industria discográfica produjo otro cambio trascendental.

Antes de las grabaciones comerciales, muchas composiciones desaparecían con el paso de las generaciones. Las letras sufrían modificaciones, las melodías variaban según quien las interpretara y no existía una versión considerada definitiva.

El disco permitió fijar esas obras.

Los grandes intérpretes comenzaron a dejar registros permanentes de su arte.

Gracias a ello, numerosas composiciones llegaron intactas hasta nuestros días.

No sólo cambió la difusión.

También cambió la forma de aprender música.

Muchos guitarristas comenzaron a sacar canciones escuchando discos una y otra vez. Los cantores copiaban estilos interpretativos. Los conjuntos estudiaban arreglos instrumentales que antes sólo podían apreciarse durante una actuación en vivo.

La música empezaba a viajar acompañada de una memoria sonora.

La migración interna: cuando las provincias llevaron su música a la capital

Existe otro fenómeno histórico que explica buena parte del crecimiento del folklore argentino.

La migración interna.

Durante gran parte del siglo XX miles de familias abandonaron las provincias para instalarse en Buenos Aires y otras grandes ciudades en busca de trabajo.

Con ellas viajaron también sus costumbres.

Sus comidas.

Sus fiestas religiosas.

Y, naturalmente, sus canciones.

Roberto Mercado destaca que ese desplazamiento poblacional contribuyó notablemente a la difusión del folklore. Los cantores provincianos encontraron en la capital un escenario mucho más amplio para desarrollar sus carreras artísticas.

La nostalgia desempeñó un papel decisivo.

Quienes habían dejado su tierra necesitaban reencontrarse con aquello que les recordaba el lugar donde habían nacido.

Una chacarera podía devolver por unos minutos el perfume del monte santiagueño.

Una tonada mendocina evocaba las viñas cuyanas.

Un chamamé hacía reaparecer los paisajes del litoral.

Las canciones comenzaron a cumplir una función emocional además de artística.

Se transformaron en un puente entre el pasado y el presente.

Las radios buscaban voces del interior

La expansión de las emisoras produjo un fenómeno hasta entonces desconocido.

Las radios comenzaron a contratar artistas de manera estable.

Cantores, guitarristas y conjuntos folklóricos encontraron nuevas oportunidades laborales gracias a la programación en vivo que caracterizaba a las primeras décadas de la radiodifusión.

Las audiciones musicales se multiplicaban.

Cada emisora intentaba ofrecer una programación más variada que la competencia.

Eso abrió las puertas a músicos provenientes de todas las provincias.

Según señala Mercado, la formación de elencos estables y el crecimiento constante de los programas musicales favorecieron la aparición de nuevos artistas y consolidaron la presencia del folklore dentro de la programación radial argentina.

Muchos nombres que luego serían fundamentales comenzaron precisamente detrás de un micrófono.

La radio se convirtió en una verdadera escuela.

Peñas y centros tradicionalistas: el folklore encontró su casa

Mientras la radio difundía las canciones, otro fenómeno fortalecía el movimiento folklórico.

El nacimiento de las peñas.

Estos espacios reunían a músicos profesionales, aficionados, bailarines y familias enteras alrededor de la música popular.

No existía una separación estricta entre artista y público.

Después de un recital era habitual que cualquiera tomara una guitarra y continuara cantando hasta la madrugada.

Las peñas se transformaron en lugares de encuentro para quienes extrañaban su provincia.

También fueron espacios donde nacieron amistades, conjuntos musicales e incluso composiciones que hoy forman parte del repertorio tradicional.

Mercado destaca igualmente la creación de centros tradicionalistas, instituciones que ayudaron a preservar costumbres criollas, danzas, vestimentas y celebraciones populares, reforzando el sentido de pertenencia de miles de argentinos radicados lejos de su lugar de origen.

Gracias a esos espacios, el folklore dejó de ser solamente un espectáculo.

Pasó a convertirse en una experiencia compartida.

En un modo de mantener vivas las raíces.

El escenario estaba preparado para una revolución cultural

Al finalizar la década de 1950, todos los elementos necesarios para la gran explosión del folklore ya estaban presentes.

Existía un público cada vez más numeroso.

Las radios difundían música nacional.

Las compañías discográficas grababan nuevos artistas.

Las peñas reunían miles de personas.

Los centros tradicionalistas crecían en distintas ciudades.

Y una nueva generación de jóvenes comenzaba a descubrir aquellas canciones que hablaban del paisaje argentino, del trabajo rural, de los amores sencillos y de la vida cotidiana de las provincias.

Lo que todavía nadie imaginaba era que la década siguiente transformaría para siempre el lugar que ocupaba el folklore dentro de la cultura nacional.

Los años sesenta estaban a punto de convertir a la música de raíz folklórica en un fenómeno sin precedentes, capaz de llenar festivales, vender miles de discos y conquistar a una juventud que encontraría en esas canciones una nueva forma de expresar su identidad.

La década de 1960: cuando el folklore conquistó definitivamente a la Argentina

Si la llegada de Andrés Chazarreta a Buenos Aires abrió las puertas para que la música de raíz folklórica alcanzara una mayor difusión, la década de 1960 terminó de convertirla en un verdadero fenómeno social. Fue un período irrepetible en la historia cultural del país, una etapa en la que el folklore dejó de ser visto como una expresión reservada al ámbito rural o a determinadas provincias para transformarse en la banda sonora de millones de argentinos.

Las circunstancias acompañaban ese crecimiento. La radio ya formaba parte de la vida cotidiana de los hogares, la televisión comenzaba a consolidarse como medio de comunicación masivo y la industria discográfica atravesaba un período de gran expansión. Los artistas podían llegar a públicos cada vez más numerosos, mientras que los festivales populares se multiplicaban a lo largo y ancho del país.

Fue en ese contexto cuando nació lo que los investigadores denominan el "boom del folklore", un fenómeno que modificó para siempre el panorama musical argentino.

El escritor e investigador Emilio Pedro Portorrico describe aquel momento con una imagen muy elocuente. Según señala en su Diccionario Biográfico de la Música Argentina de Raíz Folklórica, durante los años sesenta "la fiebre folklórica se apoderó de la juventud", que colmaba los programas televisivos dedicados al género y agotaba las existencias de guitarras en las casas de música.

Aquellas palabras reflejan mucho más que un simple éxito comercial.

Hablan de una generación que encontró en el folklore una forma de expresar su identidad.

Mientras en otras partes del mundo surgían nuevos movimientos musicales asociados al rock o al pop, en Argentina miles de jóvenes descubrían en la chacarera, la zamba, la cueca, la tonada o el chamamé una manera diferente de conectarse con sus raíces.

Cosquín: el escenario que cambió la historia

Si existe un acontecimiento capaz de simbolizar aquella explosión cultural, ese fue el nacimiento del Festival Nacional de Folklore de Cosquín.

En 1961 se realizó su primera edición en la provincia de Córdoba. Lo que inicialmente parecía una propuesta local superó todas las expectativas. La convocatoria fue tan importante que al año siguiente el festival quedó institucionalizado, iniciando una tradición que continúa vigente más de seis décadas después.

Cosquín no fue solamente un festival.

Se convirtió en un escenario consagratorio.

Cada verano, artistas de todas las provincias llegaban con la esperanza de mostrar su talento frente a un público cada vez más numeroso y exigente.

Muchos de los nombres más importantes del folklore argentino encontraron allí el impulso definitivo para sus carreras.

Las noches de la Plaza Próspero Molina comenzaron a formar parte del calendario cultural del país. Familias enteras viajaban cientos de kilómetros para asistir a las presentaciones, mientras que las transmisiones radiales y televisivas permitían que millones de personas siguieran el festival desde sus hogares.

La experiencia de Cosquín también sirvió de inspiración para otras localidades argentinas.

Como señala Portorrico, el modelo fue imitado "a lo largo y ancho del país", dando origen a numerosos festivales que todavía hoy forman parte del patrimonio cultural de cada región.

El nacimiento de una industria cultural

Hasta mediados del siglo XX, la actividad folklórica dependía principalmente del esfuerzo de músicos, investigadores y centros tradicionalistas.

Con el boom de los años sesenta apareció un fenómeno completamente nuevo: la consolidación de una verdadera industria de la música de raíz folklórica.

Las compañías discográficas comenzaron a invertir en nuevos artistas.

Los festivales generaban empleo para técnicos, productores y organizadores.

Las editoriales publicaban cancioneros y libros especializados.

Las academias de danza tradicional aumentaban cada año la cantidad de alumnos.

Las peñas se multiplicaban.

Los programas de radio y televisión dedicaban cada vez más espacio al género.

Portorrico resume ese proceso afirmando que durante aquellos años comenzó a gestarse una auténtica industria vinculada a la música folklórica.

Ese crecimiento permitió profesionalizar la actividad de numerosos artistas que hasta entonces desarrollaban sus carreras con enormes dificultades.

También favoreció la conservación de un patrimonio musical que de otro modo probablemente se habría perdido.

El folklore como símbolo de identidad nacional

Una de las consecuencias más importantes de aquella expansión fue el fortalecimiento del sentido de pertenencia cultural.

La música de raíz folklórica dejó de representar únicamente a determinadas provincias.

Comenzó a ser reconocida como una expresión de toda la Argentina.

Cada región conservó sus características propias.

El chamamé siguió identificando al Litoral.

La chacarera continuó siendo el emblema de Santiago del Estero.

La cueca permaneció profundamente ligada a Cuyo.

La baguala mantuvo su fuerza ancestral en el Noroeste.

Sin embargo, todas esas expresiones empezaron a ser valoradas como partes de un mismo patrimonio nacional.

En otras palabras, el folklore logró algo extraordinario.

Unió la diversidad sin borrar las diferencias.

Cada género conservó su identidad regional mientras contribuía a construir una identidad colectiva mucho más amplia.

Una tradición que continúa viva

Más de dos siglos después de la Declaración de la Independencia, la música de raíz folklórica continúa formando parte de la vida cotidiana de millones de argentinos.

Es cierto que, como toda manifestación cultural, ha atravesado distintas etapas.

Hubo momentos de enorme popularidad y otros de menor presencia en los medios de comunicación.

También aparecieron nuevas formas de interpretar los ritmos tradicionales, incorporando influencias del rock, el jazz, la música latinoamericana e incluso de sonidos electrónicos.

Pero la esencia permanece.

Las peñas continúan reuniendo generaciones enteras.

Los festivales convocan cada verano a miles de personas.

Las academias siguen enseñando danzas tradicionales.

Los jóvenes descubren compositores históricos mientras nuevos artistas aportan miradas contemporáneas.

Lejos de convertirse en una pieza de museo, el folklore continúa evolucionando.

Y esa capacidad de transformarse explica buena parte de su permanencia.

Santiago del Estero y su aporte indispensable

Hablar del desarrollo del folklore argentino implica reconocer el papel fundamental desempeñado por Santiago del Estero.

No solamente por haber dado origen a uno de los géneros más representativos del país, la chacarera, sino también por la enorme cantidad de músicos, compositores e investigadores que dedicaron su vida a preservar ese legado.

La obra de Andrés Chazarreta marcó un antes y un después.

Décadas más tarde, numerosos artistas santiagueños continuarían proyectando esa herencia hacia todo el país y el mundo.

Ese patrimonio cultural sigue inspirando investigaciones, publicaciones y espacios de divulgación como Leyendas del Folclore Santiagueño, cuyo objetivo consiste precisamente en recuperar las historias, personajes y tradiciones que dieron forma a la identidad musical del norte argentino.

Conocer ese pasado no significa mirar únicamente hacia atrás.

También implica comprender de dónde provienen muchas de las expresiones culturales que siguen emocionando a las nuevas generaciones.

Doscientos años de música que cuentan la historia de un país

La evolución de la música de raíz folklórica demuestra que la historia de una nación puede narrarse también a través de sus canciones.

Cada etapa dejó una huella.

La conquista introdujo nuevas influencias que terminaron mezclándose con las tradiciones indígenas.

La Independencia encontró en el Cielito una voz para acompañar el nacimiento de la patria.

La inmigración europea enriqueció el panorama musical con nuevos aportes.

Las migraciones internas acercaron las provincias a las grandes ciudades.

La radio y el disco permitieron que las canciones atravesaran fronteras.

Los festivales consolidaron una identidad compartida.

Y el boom de los años sesenta terminó de instalar al folklore como uno de los símbolos más representativos de la cultura argentina.

Como concluye Roberto Mercado, durante estos doscientos años el folklore "se gestó, desarrolló, arraigó y se instaló definitivamente en el ser nacional". No se trata únicamente de un conjunto de géneros musicales. Es la memoria sonora de un pueblo, el eco de sus paisajes, la voz de sus comunidades y una parte inseparable de la identidad cultural argentina.

Hoy, cuando una chacarera comienza a sonar en una peña, cuando una zamba reúne a una pareja en una pista de baile o cuando un chamamé emociona a quienes viven lejos de su tierra, esa larga historia vuelve a cobrar vida. Es la prueba de que el folklore no pertenece solamente al pasado: sigue siendo un lenguaje vivo, capaz de unir generaciones y de recordar que, antes que cualquier frontera o diferencia, existe una cultura compartida que continúa escribiendo su propia historia.

Fuentes

Mercado, Roberto. Evolución de la música de raíz folklórica desde 1816 a la fecha. Julio de 2016.

Vega, Carlos. Bailes Tradicionales Argentinos. Editorial Julio Korn, 1959. Citado en el trabajo de Roberto Mercado.

Berengan, Augusto. La Canción Criolla Argentina. Editorial Ross, 2011. Citado en el trabajo de Roberto Mercado.

Aguilar, María del Carmen. Folklore para armar. Ediciones Culturales Argentinas, 1991. Citada en el trabajo de Roberto Mercado.

Portorrico, Emilio Pedro. Eso que llamamos Folklore. 2015. Citado en el trabajo de Roberto Mercado.

Portorrico, Emilio Pedro. Diccionario Biográfico de la Música Argentina de Raíz Folklórica. Citado en el trabajo de Roberto Mercado.