domingo, 17 de mayo de 2026

De los Conventillos de San Telmo al Escenario Global: Gabino Ezeiza y la Geopolítica Oculta del Ritmo


Por Leyendas del Folclore Santiagueño

Hay una verdad incómoda que la historiografía oficial de este rincón del mundo intentó blanquear durante más de un siglo: Argentina nunca fue tan europea como pretendieron firmar los manuales de escuela. Mientras las élites de finales del siglo XIX miraban obsesivamente hacia París y Londres para modelar una nación a imagen y semejanza de la modernidad blanca, en el barro rioplatense se estaba cocinando otra cosa. Una revolución de contrapunto, cuero y madera que hoy, en pleno siglo XXI, adquiere una relevancia geopolítica ineludible.

Hablamos de Gabino Ezeiza, el “Negro” Gabino, un tipo nacido en San Telmo en 1858 que, con una guitarra regalada a los quince años y el pulso de los antiguos candombes corriendo por las venas, inventó mucho más que la payada moderna. Inventó, sin saberlo, los cimientos de la resistencia cultural del Sur Global. 

Para cualquier analista de la política internacional contemporánea, la cultura no es un decorado; es soft power, poder blando en su estado más puro. Si hoy vemos a los jóvenes de Medellín, Buenos Aires, San Juan de Puerto Rico o los suburbios de Madrid dominar las listas globales de reproducción a través del trap y el género urbano, no estamos asistiendo a un fenómeno espontáneo. Es el eco tardío, pero implacable, de una diáspora africana que en el Cono Sur fue invisibilizada, pero jamás extirpada. El historiador Felipe Pigna recordaba recientemente cómo Gabino fusionó los ritmos africanos y las milongas, transformando el arte de la improvisación en un acto de identidad y militancia pura. Y ahí está el nudo ciego que conecta la historia local con la gran política internacional: el control de la narrativa identitaria. 

La geopolítica del olvido en el Cono Sur

El relato de la "Argentina blanca" fue una política de Estado diseñada con precisión quirúrgica por la generación del 80. El objetivo geopolítico era claro: atraer capitales y migración europea, presentando al país como una prolongación de Occidente en el Atlántico Sur. Sin embargo, la cultura popular siempre fue un territorio en disputa. Gabino Ezeiza, discípulo del también afroporteño Pancho Luna, se plantaba en los bancos de madera a responder décimas desafiando el orden establecido. Cuando introdujo la milonga en la payada (un ritmo que él mismo reconocía como la evolución en guitarra criolla del candombe afrouruguayo), modificó la estructura musical de la región. 

Llevar el candombe al formato de la payada fue un movimiento de audacia transfronteriza. La milonga cruzaba los puertos, unía Montevideo y Buenos Aires, y le daba voz a los "nadie" de una cuenca del Plata que crujía bajo las transformaciones del capitalismo global. Desde la perspectiva del análisis político internacional, este cruce cultural representa una de las primeras formas de diplomacia popular y resistencia subalterna en una América Latina que se integraba al mercado mundial como proveedora de materias primas y receptora de hegemonía cultural.

El micrófono como trinchera: De la décima al freestyle

Es imposible no trazar un paralelismo entre aquellos duelos de Gabino y las actuales batallas de gallos que llenan estadios desde México hasta el Luna Park. Lo que hoy llamamos flow, Gabino lo llamaba repentismo. Lo que hoy es el punchline, en el siglo XIX era la décima fulminante que dejaba al adversario sin respuestas en el boliche o en el teatro.

La consagración de Ezeiza ocurrió la noche mítica en la que se enfrentó al oriental Juan de Nava en el Teatro Artigas de Montevideo. Ante un público que esperaba la victoria del local, Gabino tomó la guitarra y lanzó sus versos inmortales: “Paysandú heroico, tu nombre resuena, como un himno eterno que el pueblo sostiene”. El estallido del público oriental no fue solo un triunfo musical; fue un hecho político. Unió el sentir popular de dos naciones que compartían las mismas cicatrices coloniales y civiles. No por nada, en homenaje a esa gesta, cada 23 de julio celebramos el Día del Payador. 

Pero el Negro Gabino no se quedó en la bohemia de los comités y los teatros populares. Entendió que el arte debía validar el destino de las masas. Se convirtió en un militante orgánico de la Unión Cívica Radical, acompañando a Hipólito Yrigoyen en las trincheras de un país que exigía el voto universal y el fin de la oligarquía fraudulenta. Casualidades o sincronías de nuestra historia: el mismo día que Gabino moría, el 12 de octubre de 1916, Yrigoyen asumía la primera presidencia democrática del país. El payador de los desposeídos se iba justo cuando el pueblo entraba al palacio. 

De la periferia al centro: El trap como la nueva diplomacia del sur

¿Por qué esto le importa a la política internacional de hoy? Porque el fenómeno de las industrias culturales globales está sufriendo una descentralización sin precedentes. Durante décadas, el norte global (fundamentalmente Estados Unidos y el Reino Unido) monopolizó las autopistas de la distribución musical y, con ello, la exportación de sus valores, visiones de mundo y estilos de vida. El rap y el hip-hop nacieron en las calles del Bronx como un grito de guerra afroamericano contra el racismo institucional y la exclusión económica.

Sin embargo, cuando el trap y el género urbano desembarcan en el Cono Sur, no lo hacen sobre un terreno vacío. Encuentran un suelo que ya tenía sus propios fantasmas, sus propios ritmos de resistencia y su propia tradición de improvisadores orales que usaban la palabra para relatar la injusticia social. Cuando un pibe de los barrios periféricos de Buenos Aires o de los cordones urbanos de Córdoba se para frente a un micrófono a escupir sus verdades rimadas a una velocidad de vértigo, está reactivando una tecnología cultural que Gabino Ezeiza ya utilizaba cuando decía: “Yo canto para comer, aunque el aplauso me halaga, pero el pan de mis cachorros con aplausos no se paga”. 

El mercado global ha descubierto que el español, combinado con las rítmicas de la herencia afro, posee una fuerza de penetración política y económica descomunal. Hoy, las identidades nacionales ya no se defienden únicamente en las cancillerías o en los foros de la OEA; se defienden en las plataformas de streaming y en la capacidad de los pueblos de exportar su estética sin perder su sustancia ética.

El retorno de la raíz negada

El análisis de las relaciones internacionales actuales no puede ignorar el peso del panafricanismo y de la visibilización de las raíces afrodescendientes en la reconfiguración de las alianzas del Sur Global. Durante años, la narrativa oficial argentina pretendió que los afroporteños simplemente "desaparecieron" debido a las guerras del siglo XIX y a la fiebre amarilla. Una falacia demográfica que buscaba extirpar el elemento negro de la identidad nacional.

Figuras como Gabino Ezeiza demuestran que la comunidad afro no desapareció: se disolvió en el ADN de nuestra música popular, en el ADN del tango, de la milonga y, por carácter transitivo, en la lírica urbana actual. Reconocer a Gabino como el precursor involuntario del trap del siglo XIX no es un mero ejercicio de nostalgia musical; es un acto de justicia histórica y una toma de posición geopolítica. Es afirmar que el sur tiene memoria, que sus expresiones artísticas no son copias baratas de las tendencias del norte, sino ramificaciones de un árbol viejo y profundo que hunde sus raíces en el conventillo, en el candombe y en la rebeldía rioplatense.

 En un mundo en disputa, fragmentado y multipolar, donde las batallas culturales definen la influencia de las naciones, la figura de Gabino Ezeiza se agiganta. Es el recordatorio de que, mucho antes de que existieran las multinacionales discográficas y los algoritmos de internet, la guitarra de un afroporteño ya era una tribuna, su décima ya era una bandera, y la improvisación popular ya era el arma más poderosa para gritarle la verdad al poder. 

Fuente principal: Artículo original de la revista Viva (Diario Clarín), "Gabino Ezeiza, el payador afro precursor del trap en el siglo XIX", donde se analiza la vida del músico y su vinculación directa con las raíces del género urbano contemporáneo.


viernes, 15 de mayo de 2026

Nachi, bailarín, músico y cantor de gran popularidad

 


Nachi Gómez, es por sí mismo una acentuada evocación de nuestro folklore bailable y musical. Es, sin disputa, el santiagueño que más intensamente lo ha vivido. Desde los días inmediatos postcoloniales, Nachi era ya un “chango” a quien arrastraba insensiblemente el baile y el canto popular. En una visión retrospectiva, fugaz y llena de color, nos refiera Nachi sus andanzas de cantor, de bailarín y de músico.

Tenía apenas –dice Nachi- 13 años cuando un hombre como de treinta me desafío a un “malambo”. Yo bailaba descalzo. No tenía zapatos. Así “chaquin ya talla” –con los pies al campo- dice en quichua, me presente. Le gane fácilmente. Sabía yo, muchas mudanzas y tenía las tabas livianas. Me dijeron que el hombre se enojó y que busco para azotarme.

El individuo era de Salavina y pronto se fue. Después de este hecho, mi crédito se agrando. Todos comenzaban a invitarme.

Por esos tiempos –dice haciendo una disgresión- el monte estaba metido todavía en la ciudad. Para llegar a estos lugares –donde hoy vive entre Colon y Pringles, sobre Güemes- al centro, o sea el cabildo, teníamos que ir por un camino de cabras haciendo a un lado los “ichines”, una planta regional sin espinas.

No había mucha gente –prosigue Nachi- que cantara o bailara bien nuestros bailes. Tenían entonces las reuniones, otro carácter. La gente bebía mucho. Los cantores tenían el orgullo cerril de no ser sitio a otros. Cuando se juntaban dos, se producía el reto. Venia la payada, esta seguía de desafíos a beber y cuando no había vencidos evidentes, esta disputa adquiría caracteres más feroces; salían de sus vainas los cuchillos y los hombres se trababan en terrible duelo. Era en los tiempos cosas de machos.

Usted –le decimos a Nachi- debe haber conocido mucha gente y muchos lugares.

Cierto, no había bailes ni fiestas que yo no conociera, en la provincia. Conozco casi todos los santos a los que se hace fiesta. Hombres de todas las categorías. Yo estuve en Rosario con el doctor Manuel Gorostiaga, gran santiagueño. Era ordenanza. Por ahí andando se me ocurrió un percance curioso. Yo no sabía leer. Trabe conocimiento con una “galleguita”. Me enamore y ella se prendió de mí. Y como la mujer enamorada hace milagros, ella me enseñó a leer y escribir. Y en cuanto aprendí, le perdí el amor. Dicen que el diablo también perdió su influencia en la tierra por meterse a enseñar.

Más tarde volví para mis pagos. Cometí otro error, si podemos decir así. Robe a la mujer que hoy es mi esposa y a los tiempos me case. No deje de bailar ni de cantar por eso. Esta era mi pasión más fuerte. Eso si no aprendí ni a beber ni a fumar. Solo tenía la debilidad de “zorriar”. Indica con esto que le cautivaban las faldas. Nachi era además, buen tabeador y los naipes en sus manos, se embrujaban para favorecerlo.

Nachi está hoy un poco viejo. Más de setenta años. Posee una memoria extraordinaria para todas estas cosas. Nos hubiera agradado consignar todo lo que nos ha dicho, pero el espacio, severo dictador, nos lo impide.

Nachi es además compositor. Escribió `piezas bailables. Tiene varias que han sido ya grabadas y se difunden en discos. Tiene otras en preparación.

De modo que es Ud. –decimos- quien más a agitado el folklore

-si, por que yo le he bailado, lo he cantado, lo he tocado y lo he vivido. Todavía lo vivo, aunque con menos intensidad, pero con igual fervor.

Fuente: “El Liberal, Numero del Cincuentenario 1898 - 1948”


miércoles, 13 de mayo de 2026

La mudanza del silencio: El zapateo femenino como acto de resistencia y memoria

Históricamente narrado como un duelo de virilidad y destreza masculina, el malambo esconde bajo la tierra las huellas de mujeres que desafiaron su tiempo. Recuperar su historia no es solo un ejercicio académico, sino un acto político para desarmar los mitos que nos impidieron verlas.




El sonido es un golpe seco, un latido que retumba en el pecho. Por generaciones, nos contaron que ese estruendo contra el suelo era patrimonio exclusivo del gaucho, una prueba de fuerza y masculinidad. Pero si escuchamos con atención, entre los pliegues de nuestra historia, el zapateo también suena en clave de mujer. La presencia femenina en el malambo no es una "incorporación" moderna; es una existencia ancestral que fue sistemáticamente invisibilizada por una narrativa patriarcal.

Romper el mito: La mujer más allá de la sombra

Durante décadas, la historiografía oficial del folklore relegó a la mujer al rol de acompañante: la que espera, la que luce el vestido, la que suaviza la escena. Sin embargo, los estudios de Carlos Vega y otros investigadores nos devuelven una imagen mucho más potente. El malambo, como expresión de identidad, nunca tuvo un solo dueño.

La invisibilización de la mujer en esta danza no fue un accidente, sino el resultado de una construcción cultural que menospreció su capacidad técnica. A pesar de esto, ellas estuvieron ahí, apropiándose de una herramienta de expresión que les permitía demostrar destreza, creatividad y, sobre todo, una fuerza que la sociedad de entonces prefería no ver.

El eco de 1921: Cuando ellas ocuparon el centro

Uno de los testimonios más disruptivos que sobreviven al paso del tiempo proviene de la Encuesta Nacional de Folklore de 1921. Allí, un hombre de 65 años llamado Lorenzo Maratini dejó asentado un dato que hoy es una bandera: la participación de parejas mixtas en competencias de malambo.

Este registro no es una simple anécdota. Es la prueba de que existieron espacios de competencia directa, donde la mujer no era una invitada de piedra, sino una contendiente que desafiaba la norma. Eran mujeres que, hace más de un siglo, ya estaban disputando el territorio del zapateo, demostrando que la técnica y el ritmo no conocen de géneros, sino de pasión y pertenencia.

El malambo como lenguaje de liberación actual

Hoy, el resurgimiento del interés por nuestras raíces ha permitido que miles de bailarinas retomen ese legado. Ya no se trata de "imitar" al varón, sino de reinterpretar el malambo desde la corporalidad y la vivencia femenina. Las nuevas interpretaciones incorporan elementos contemporáneos que dialogan con las luchas actuales de las mujeres en Argentina.

Sin embargo, el camino hacia el reconocimiento pleno sigue teniendo obstáculos. La percepción del malambo como un bastión de lo masculino genera techos de cristal en competencias y festivales. Por eso, las iniciativas de talleres y espacios exclusivos para mujeres no son solo pedagógicas, sino reparadoras: buscan reescribir una narrativa donde ellas sean, por fin, las protagonistas de su propio zapateo.

Un cierre para que la tierra hable

Reconocer la presencia femenina en el malambo es devolverle al folklore su verdadera integridad. No podemos hablar de una danza "nacional" si dejamos fuera a la mitad de la población que la sostuvo en las sombras.

El malambo es, y debe ser, un reflejo de una cultura inclusiva. Mientras cada vez más mujeres marquen sus mudanzas sobre la tierra, el eco de aquellas pioneras de 1921 seguirá vibrando, recordándonos que el zapateo no es solo una danza, sino un grito de libertad que ya nadie puede silenciar.

#MalamboFemenino #FolkloreArgentino #MujeresEnLaHistoria #CulturaNacional #DanzaArgentina

martes, 12 de mayo de 2026

Zamba de Vargas, Versión del zapateador y guitarrero Narciso "Nachi"Gómez

 


Sobre esta zamba: Tanto en Santiago del Estero como en La Rioja, se han recopilado distintas versiones de la zamba de Vargas, llegándose a contabilizar hasta 39, que exaltan a uno u otro ejército según su procedencia. Algo similar sucedió en las provincias vecinas. Es que la denominada ‘canción patriótica’ surgida a partir de la gesta revolucionaria de mayo, como una canción de protesta, había ido transformándose en la denominada canción partidista, que caracterizó al período de las luchas intestinas de mediados del siglo XIX, tanto en el bando unitario como en el federal. Muchas de estas piezas del denominado folclore histórico, transmitidas en forma oral, se perdieron a lo largo de los años por falta de una recopilación sistemática de las mismas, aunque algunas perviven en la memoria colectiva.

Oscar Segundo Carrizo tomó del zapateador y guitarrero Narciso Gómez, ¨Nachi Gómez¨, la siguiente versión:

Nachi Gómez es por sí mismo una acentuada evocación de nuestro folklore bailable y musical. Es, sin disputa, el santiagueño que más intensamente lo ha vivido. Desde los días inmediatos postcoloniales, Nachi era ya un “chango” a quien arrastraba insensiblemente al baile y al canto popular. En toda una visión retrospectiva, fugaz y llena de color, nos refiere Nachi sus andanzas de cantor, de bailarín y de músico.

Tenía apenas –dice Nachi- 13 años cuando hombre como de treinta me desavió a un “malambo”. Yo bailaba descalzo. No tenía zapatos. Así “chaquin ya talla” –con los pies al campo- dice en quichua, me presenté. Le gané fácilmente. Sabía yo muchas mudanzas y tenía las tabas livianas. Me dijeron que el hombre se enojó y que me buscó para azotarme. El individuo era de Salavina y pronto se fue. Después de este hecho mi crédito se agrandó. Todos comenzaban a invitarme.

Por esos tiempos -dice haciendo una digresión- el monte estaba metido todavía en la ciudad. Para llegar a estos lugares -donde hoy vive en Colón y Pringles, sobre Güemes- al centro, o sea al Cabildo, teníamos que ir por un caminito de cabras, haciendo a un lado los “ichiles”, una planta regional sin espinas.

No había mucha gente -prosigue Nachi- que cantar o bailara bien nuestros bailes. Tenían entonces las reuniones otro carácter. La gente bebía mucho. Los cantores tenían el orgullo cerril de no ceder sitio a otros. Cuando se juntaban dos, se producía el reto. Venía la payada, esta seguía el desafío a beber y cuando no había vencidos evidentes, esta disputa adquiría caracteres más feroces: salían de sus vainas los cuchillos y los hombres se trababan en terrible duelo. Era en los tiempos cosas de machos.

Usted, -le decimos a Nachi- debe haber conocido mucha gente y muchos lugares.

Cierto, no había bailes ni fiestas que yo no conociera en la provincia. Conozco casi todos los santos a los que se hace fiesta. Hombres de todas las categorías. Yo estuve en Rosario con el doctor Manuel Gorostiaga, gran santiagueño. Era ordenanza. Por ahí andando me ocurrió un percance curioso. Yo no sabía leer. Trabé conocimiento con una “galleguita”. Me enamoré de ella y ella se prendió de mí. Y como la mujer enamorada hace milagros, ella me enseñó a leer y escribir. Y en cuanto aprendí le perdí el amor. Dicen que el diablo también perdió su influencia en la tierra por meterse a enseñar.

Más tarde volví para mis pagos. Cometí otro error si podemos decir así. Robé a la mujer que es hoy mi esposa y a los tiempos me casé. No dejé de bailar ni de cantar por eso. Esta era mi pasión más fuerte. Eso sí, no aprendí ni a beber ni a fumar. Sólo tenía la debilidad de “zorriar”. Indica con esto que le cautivaban las faldas. Nachi era, además, buen tabeador y los naipes en sus manos, se embrujaban para favorecerlo.

Nachi está hoy un poco viejo. Más de setenta años. Posee una memoria extraordinaria para todas estas cosas. Nos hubiese agradado consignar todo lo que nos ha dicho, pero el espacio, severo dictador, nos lo impide.

Nachi, es además compositor. Escribe piezas bailables. Tiene varias que han sido ya grabadas y se difunden en discos. Tiene otras en preparación.

De modo que es Vd. -decimos- quien más ha agitado el folklore.

-Sí, porque yo lo he bailado, lo he cantado, lo he tocado y lo he vivido. Todavía lo vivo, aunque con menos intensidad, pero con igual fervor

lunes, 11 de mayo de 2026

La expedición que recorrió la Sierra de Guasayán cuando todavía era un territorio desconocido

A comienzos del siglo XX, una travesía geológica intentó registrar por primera vez una de las regiones menos estudiadas de Santiago del Estero

Por Leyendas del Folclore Santiagueño



Hoy la Sierra de Guasayán forma parte del paisaje habitual del oeste santiagueño. Pero hace poco más de cien años, casi no existían estudios sobre esa región. Había referencias aisladas sobre sus cerros, algunas menciones a la piedra caliza y poco más. No había mapas precisos ni investigaciones profundas. En ese contexto, una expedición iniciada en 1921 buscó recorrer y estudiar un territorio que, para la geología de la época, seguía siendo prácticamente desconocido.

Una región de la que casi no se sabía nada

A comienzos de la década de 1920, la información sobre la Sierra de Guasayán era muy limitada. Los pocos datos existentes se reducían a observaciones generales sobre el relieve y algunas referencias a la composición geológica de la zona. La piedra caliza despertaba interés por su posible uso industrial, pero más allá de eso, casi no había estudios concretos.

Además, muchos de esos apuntes ni siquiera provenían de trabajos realizados en el lugar, sino de comentarios y referencias indirectas.

Por eso, en septiembre de 1921, la Dirección General de Minas, Geología e Hidrología encargó un estudio geológico de la región a pedido del gobierno de Santiago del Estero.

El inicio de la travesía

El recorrido comenzó en Choya. Desde allí se realizaron las primeras excursiones por los alrededores y luego la expedición avanzó hacia la Sierra de Ancaján.

El trayecto siguió por el camino del Mojón y La Bajada, atravesando lugares como Las Peñas, Tres Cerros, Las Higuerillas y La Calera. Más tarde, el grupo cruzó la Sierra de Guasayán por la Quebrada de la Puerta del Jardín y continuó por Guampacha y Las Juntas hasta llegar al pueblo de Guasayán, que ya en ese momento aparecía casi despoblado.

Desde allí se realizaron nuevas recorridas hacia el norte, especialmente hasta Santa Bárbara, cerca del final de la cadena serrana. Después pasaron por Los Cerrillos, Santa Catalina y Sol de Mayo. También recorrieron la Quebrada de Maquijata y el Cerro de Ichagón.

Durante algunos días permanecieron en Villa de La Punta para reunir observaciones geológicas de la zona. La primera etapa del viaje terminó hacia fines de noviembre de 1921, con el regreso a Choya.

El segundo viaje y la búsqueda de agua

Al año siguiente, en 1922, la misma iniciativa impulsó una nueva expedición. Esta vez el objetivo principal era determinar si existían recursos de agua que pudieran abastecer a las poblaciones de la región.

La expedición volvió a partir desde Choya y avanzó hacia el sur para estudiar el área comprendida entre la línea ferroviaria que unía Frías con Santiago del Estero y las Salinas Grandes. Desde el punto de vista geológico, no existían datos sobre esa zona.

El recorrido pasó por Las Lomitas, La Juntura, Cerro Rico, Cerrito de Soria, La Cerrillada, San Rafael y Recreo. Luego regresaron por San Antonio de la Paz, Pozancón, Las Tejas y El Rincón.

Más adelante, el viaje continuó hacia Las Termas de Río Hondo, recorriendo la pendiente este de la Sierra de Guasayán. También se realizaron excursiones sobre ambas márgenes del Río Dulce.

En el regreso, la expedición volvió a pasar por localidades como Doña Luisa, El Tableado, Las Juntas, Guampacha, Los Cerrillos, Santa Catalina, Valparaíso, Sol de Mayo y Villa de La Punta para ampliar y corregir las observaciones del año anterior.

Finalmente, el 20 de enero de 1923, el investigador regresó a Buenos Aires.

Trabajar sin mapas

Uno de los mayores problemas durante la expedición fue la falta de cartografía confiable. Los pocos planos disponibles eran incompletos y presentaban errores en la representación del terreno.

Por eso, gran parte del trabajo consistió en elaborar croquis topográficos utilizando brújula y barómetro. Aunque imperfectos, esos registros permitieron construir una idea bastante clara de la región ubicada entre el Río Dulce y las Salinas Grandes.

Como no era posible recorrer todas las poblaciones dispersas del oeste santiagueño, muchas veces fue necesario recurrir a la información brindada por los vecinos. Esos relatos ayudaron a completar datos sobre caminos, parajes y características del terreno.

Un registro pionero para la región

Más de cien años después, aquellas expediciones siguen teniendo valor porque representan uno de los primeros estudios sistemáticos realizados sobre la Sierra de Guasayán y sus alrededores.

En una época con pocos recursos técnicos y grandes dificultades para trasladarse, el trabajo permitió dejar un registro geológico y topográfico de una región que hasta entonces permanecía casi fuera de los mapas científicos de Santiago del Estero.

Las sierras de Guasayán esconden secretos de la historia

 


La ciudad de Santiago del Estero no está sola. A menos de 70 kilómetros, en dirección a Tucumán, se encuentran las conocidas Termas de Río Hondo. Hacia el Sur se halla la localidad de Loreto, con sus famosas rosquitas y, continuando, aparece la zona de Atamisqui donde las teleras despliegan todo su arte y sabiduría ancestral en la confección de mantas y otros productos hechos con hilo y lana.

La provincia esconde rincones. "Lamentablemente, Villa La Punta está olvidada", señala Héctor Pololo Porfirio, un santiagueño que vivió la mayor parte de su vida en esa localidad, recostada sobre la ladera oriental de las sierras de Guasayán. Este cordón serrano tiene una extensión de 76 kilómetros y se sitúa al oeste de Santiago del Estero. Su ancho es de 4 y 6 kilómetros, y la altura máxima ronda los 700 metros sobre el mar.

Representan las últimas estribaciones de las Sierras Pampeanas y su historia geológica es muy antigua. La cadena está recortada por arroyos temporarios que se vuelcan a la cuenca oriental como el Guasayán, del Ojito, Tala Arroyo y Arroyo de Maquijata, además de ojos de agua que afloran en el corazón de la cadena.

El agua no es suficiente para la actividad agrícola, pero sí para la actividad ganadera. Llamativa es la conformación vegetal sobre las laderas, compuesta de especies propias de la región chaqueña, del llano, mixturadas con ejemplares del monte. Se destacan el yuchán o palo borracho, el chañar, el piquillín y la tusca.

Aires del pasado

En el extremo sur del cordón serrano está Villa La Punta, un pequeño poblado que conserva aires de otros tiempos. Allí, la provincia regentea una hostería de discreta categoría, de las pocas que se pueden encontrar fuera de las Termas de Río Hondo o la ciudad de Santiago del Estero. De Villa La Punta se habla más de lo que fue que de lo que es. Más acerca de las familias que la visitaron que de las que hoy concurren al lugar.

No por eso su paisaje perdió el encanto ni tampoco sus pobladores, poseedores de una sencillez hechicera.

Dicen que en la villa se proyectó una película de cine antes que en la misma Santiago del Estero. "En 1940, vi cine en Villa La Punta por primera vez en mi vida. Las películas eran Mañana serán hombres, con Delia Garcés, y La maestrita de los obreros, un film también argentino", comenta Héctor Porfirio.

En las sierras de Guasayán, a la altura de la quebrada de Maquijata, habría sido herido don Diego de Rojas en 1543, el primero de los conquistadores españoles que, proveniente del Alto Perú, penetró en el territorio conocido como el Tucma, fuera de los límites del recién disuelto Imperio Inca.

Luego, Rojas habría fallecido en Soconcho u otro lugar, tal vez a causa de la flecha envenenada aparentemente lanzada por los lules.

Los que lo acompañaban en la expedición continuaron hacia el río Dulce, fundando el poblado de Medellín.

Villa La Punta fue por mucho tiempo el lugar elegido por la aristocracia local para su esparcimiento. Tuvo su época de oro a fines del siglo XIX y principios del XX, hasta la década del veinte. "Si se hubiese hecho pasar el ferrocarril por al lado del pueblo, la villa hubiese crecido" -agrega Pololo.

"La instalación de las vías arrastró las poblaciones a su orilla. Se duplicó la geografía de Santiago. Villa La Punta y estación La Punta, Atamisqui y estación Atamisqui, Brea Pozo y estación Brea Pozo", señala Luis Garay, del Museo Histórico.

Los jardines de las casas exhiben enormes tunas. Las calles están bordeadas por hileras de yuchanes panzones y floridos. Hay comercios pequeños, dos comedores, pero nadie se dedica al turismo, con excepción de la gente de la hostería. "Aunque como changa, personas como Pelusa Castaño te pueden guiar por la sierra".

En Villa La Punta, los pobladores son devotos de Las Telesiadas, fiestas populares en las que se hacen promesas a La Telesita para que, por ejemplo, "ella ayude a que llueva" -dice Bravo.

La gente se compromete a realizar la fiesta, y entonces beber los siete tragos de ginebra, bailar las siete chacareras y divertirse hasta el amanecer.

Septiembre y octubre son los testigos de la visita de la Telesita, una señora -devenida leyenda-, a la que le gustaba el baile y se hacía presente en todas las fiestas, sin que nadie supiera dónde vivía. Hasta que un día se quedó dormida en el monte, su vestimenta comenzó a incendiarse y así murió.

Fuente: La Nación

Sobre Coquito Cáceres

 Por Juan Carlos "Cacho" García  *

 


Cacho García: Yo era chico cuando Coquito vivió un tiempo en Villa Hortensia, mi barrio, donde me crié. Él vivió ese tiempo con don Arturo Aranda y doña Reina. Un matrimonio que no tenían hijos. Don Arturo, era Bandoneonista, tío carnal de Carlos y Juan Saavedra. A su vez don Arturo era Hermano de don Roberto Roldán, también Bandoneonista, que vivía a pocos metros al norte de la Balcarce, por la calle que pasa detrás de la Unse. Ambos ya murieron hace muchos años y los dos eran de Profesión Pasteleros, (reposteros). Hacían facturas, tortas, panificados dulces. Vivían de eso.

Don Arturo hacía música, acompañado en guitarras por el marido de mi prima, que se llamaba Terio Ramírez y por don Lauro Cáceres. Y por supuesto también acompañado por Coquito, en el tiempo que vivió con don Arturo y doña Reina, en Villa Hortensia.

Casi todos los Domingos a la siesta, ellos hacían su Tertulia musical, y nosotros los chicos, mis primos, Nene y Toti Ramírez, Ramón y Pancho Díaz (hermanos) con Raulito Díaz (primo hermano de ellos), seguramente con algunos otros changuitos, que no recuerdo sus nombres, jugábamos en el Patio de tierra. En mi caso, cada tanto, yo me apoyaba en el pilar de la galería y me ponia a escucharlos un ratito.

Toda la música era instrumental, si bien Terio Ramírez era buen cantor, no tengo imágenes de él, cantando en esas Tertulias, pero si de la música instrumental, folclore (chacareras, gatos, zambas) chamamés.

El chamamé que más recuerdo es Casilda, que por varias décadas no lo escuché más, porque no lo difundían en las Radios, ni tampoco ejecutado por algún conjunto chamamecero, en alguna actuación en vivo, hasta que un grupo de música del litoral, que me parece que es santiagueño, lo reeditó en un disco.

La primera vez que lo escuché, me transporté de inmediato a aquel tiempo de mi niñez a las siestas, en la casa de don Arturo Aranda, en mi Villa Hortensia, querido barrio donde pasé mi niñez, adolescencia y parte de mi juventud. En la actualidad esa imagen vuelve a mi memoria, cada vez que escucho aquel hermoso chamamé de mi tiempo de niñez, que es Casilda.

 *Maestro, educador de INCUPO, Comunicador Popular, Cacho compartió con Santiago del Estero, Historia y Cultura esta interesante vivencia personal:

Fuente: Santiago del Estero, Historia y Cultura