lunes, 2 de noviembre de 2026

“La pucha con el hombre”: una historia de medio siglo y el libro de sus secretos

 

Silvia Majul investigadora y gestora cultural 

A medio siglo de «La pucha con elhombre», la investigadora y gestora cultural Silvia Majul publicó su tercer libro sobre uno de los himnos de Cuti Carabajal y Pablo Trullenque. “Fue una canción más oída que escuchada. Recién ahora se la está comprendiendo”, afirma la autora.

La versión de “La pucha con el hombre” de Milo J tiene más de 7 millones de reproducciones sólo en Spotify. La canción, sin embargo, no es una novedad: el próximo 18 de diciembre alcanzará los 50 años. Silvia Majul, incansable comunicadora, realizadora y gestora cultural, acaba de publicar un libro sobre aquella obra de Cuti Carabajal y Pablo Trullenque que, afirma, “recién ahora parecer estar siendo comprendida”.

“En los ‘90 era un hit total y lo consumíamos a través de Los Carabajal, que estaban muy de moda. Pero se la usaba más para entretener que para reflexionar. Eso parece estar cambiando”, celebra Majul en diálogo con Negras&Blancas.

“Cuando tan solo está” es el nombre del nuevo libro que acaba de editar Majul sobre “La pucha con el hombre”. El libro es el octavo lanzamiento de una colección llamada “Historia Social de la Canción”, de editorial Mil Campanas, y que proyecta 50 títulos inspirados en obras que forman parte del imaginario popular de los argentinos.

Santiagueña de nacimiento, radicada en Córdoba y conocedora de las identidades musicales de toda la Argentina, Majul hace un aporte en su libro para romper una visión “paisajista” del folklore argentino cuando, como demuestra la letra de Trullenque, a la vez puede contener una profunda carga existencial, filosófica y política.

«La pucha con el hombre» padeció el olvido de ser una canción muy oída pero poco escuchada”, resume Majul para expresar el periplo de 50 años de circulación de la canción.
Y cuenta una anécdota para graficar los vainenes de su recorrido,

–Un ex presidente, Carlos Menem, la escuchaba muchísimo y le gustaba tanto que un día le pregunté a Pablo Raúl Trullenque qué opinaba sobre el hecho de que a este mandatario le encantara su tema.
Él me miró y me tiró una respuesta tajante: “Parece que no la entendió”.

“Cuando tan solo está” se puede leer como una guía de escucha para comprender la hondura de una letra y una música que impactan sin pedir permiso. Traza una radiografía punzante sobre las migraciones internas de los años cincuenta, el posterior boom del folclore en los sesenta y el modo en que estas expresiones populares se erigieron como trincheras de resistencia cultural.

Romina Grosso: ¿Qué representa este libro para vos?

Silvia Majul: Para mí representa volver a una canción que me abrió el marote por completo a los 12 años, cuando la escuché por primera vez y me despertó el interés por la filosofía. A mí me gusta mucho fijarme y examinar aquello que es criticado; por ejemplo a la zamba “La Amanecida” se la cuestionaba por versos como «Montes de soledad nos vamos bebiendo al día», pero para mí es justamente ahí donde radica su belleza única.

«La pucha…» padeció una extraña forma de olvido: la de ser una canción muy oída pero poco escuchada, y me parece que recién ahora está siendo verdaderamente comprendida.

Yo fui joven en los 90, una época donde el tema era un hit total y lo consumíamos a través de Los Carabajal, que estaban muy de moda. Pero esa obra convivía con mi costumbre de cantar a los 20 años «Cuando me abandone el alma» -también de Trullenque- o escuchar «Presente» de Ricardo Soulé y «Mundo agradable» de Serú Girán. Volver a la colección con este libro es quitar la capa superficial del folklore de los 90, que funcionó como espejo de un país neoliberal donde se cantaba masivamente en festivales para entretener, y devolverle a la obra su densidad existencial real.

RG: ¿Cómo describirías el proceso de investigación para contar la historia de la canción y su recorrido?

SM: En lugar de una investigación tradicional o académica rígida, yo utilizo un carácter indiciario. Con el poeta y escritor Carlos Juárez Aldazábal ya veníamos investigando a Pablo Raúl Trullenque; de hecho, ganamos un premio de una fundación en Santiago del Estero por ese trabajo previo. Pero para este libro quise profundizar desde otra perspectiva: la de ir de lo micro a lo macro. Así fue que me enfoqué en las cosas pequeñas, en los detalles, en los gestos y en esos breves momentos que a simple vista parecen mínimos, pero que en realidad contienen las pistas fundamentales para desgranar y entender el contexto social y existencial de la canción. Es una forma de investigar que busca rastros invisibles para reconstruir la historia grande desde las pequeñas vivencias.

RG: ¿Se puede decir que este libro busca interrogar la identidad santiagueña y nacional desde sus márgenes, esquivando los estereotipos habituales del folklore?

SM: Absolutamente, ese fue el norte del libro. Para evitar la postal turística o el cliché festivalero, fue fundamental apoyarme en las rigurosas investigaciones de Luis Garay y de Flavio Dalostto (quien lleva adelante ese espacio tan valioso llamado Los Hijos Qom). Yo quería ir más allá de la superficie e indagar en las raíces profundas: hablar de los pueblos originarios de Santiago y visibilizar la historia de las primeras personas negras esclavizadas que llegaron a Santiago del Estero. Incluso hoy existe San Félix, un pueblo entero de negros e indios único en el mundo, cuyas comunidades siguen resistiendo y preservando su raíz con orgullo.

Además, cuando encaro un libro o una película, mi postura nunca es la de quien se para desde un saber absoluto.

RG: En un pasaje del relato hablás de como “La pucha con el hombre” fue utilizada más que para pensar, para distraer. ¿Cuál es tu mirada sobre este tema?

SM: Yo no tengo un buen recuerdo de los 90. Lo que yo recuerdo de esa década es el dolor, la indiferencia y cómo costaba la comunicación. Recuerdo a un tipo inmenso como Hamlet Lima Quintana padeciendo esa falta de comunicación y a Pablo Raúl Trullenque buscando un espacio, casi mendigando un rincón, para poder recitar sus poemas.

La grieta siempre existió, y en nuestra música operaba de la misma manera: mientras arriba del escenario subían artistas que revoleaban el poncho y movían multitudes en una suerte de chamamé bailable para la distracción, en la otra vereda existía la resistencia con otro tipo de letra, con pensamiento crítico.

A «La pucha con el hombre» su arrolladora popularidad melódica la volvió un hit de festival y la industria la usó para entretener, licuando su peso filosófico.

Pasó un poco lo que pasa cuando se usa un tema profundamente testimonial de Víctor Heredia en las canchas de fútbol: la música se apropia, pero el mensaje a veces se pierde en el grito masivo. Hay una frase inmensa de Atahualpa Yupanqui que dice: «Para el que mira sin ver, la tierra es tierra nomás». ¿Y qué vamos a hacer si la gente no ve?

Bueno, el sentido de este libro es justamente ese: sacudir la modorra, sembrar la duda y dar herramientas para que empecemos a ver la densidad real que habita detrás de lo que cantamos mecánicamente.

-RG: Al evocar a Trullenque, tu libro recupera a los grandes faros de la cultura argentina del siglo pasado, trascendiendo lo estrictamente musical. Desde esa perspectiva, ¿cómo analizas la encrucijada del presente que hoy atravesamos?

-SM: Para contestarte eso, a mí me cuesta ver un solo presente; yo veo dos. Por un lado, está el presente que te cuentan desde Buenos Aires, donde de repente se habla de un «gran auge» o una «moda» del folklore. Por el otro, está el presente real de nuestro mal llamado «interior», donde el folklore no es una moda pasajera sino una línea horizontal, constante, que siempre estuvo ahí latiendo en las peñas y en la vida diaria.

Hay un ejemplo que me parece hermoso y que describe esta diferencia: cuando a un chico en la escuela le preguntan por Santiago del Estero y responde que era una tierra pobre, salta la maestra y le dice: «No, pobre no; empobrecida». Esa lucidez define al interior.

En tiempos tan oscuros como los que atravesamos en lo político y en la geopolítica mundial, pasa algo muy antropológico y sociológico: cuando se viene la tormenta, uno tiende a agarrarse más fuerte de las raíces. Salís corriendo a abrazar a la abuela. Hoy la gente se asombra de que los chicos jóvenes consuman esta música, pero desgraciadamente tenemos una memoria muy frágil. Nos olvidamos de que Luis Alberto Spinetta compuso «Barro tal vez» a los 17 años inspirado en «Zamba para no morir»; que Ricardo Soulé escribió «Presente» a los 17; que «Naranjo en flor» fue compuesta por sus autores a los 17 años o que Víctor Heredia hizo ese temazo de «Quiero volverme tiempo» a esa misma edad.

Citar a Trullenque y a los grandes faros del siglo pasado no es nostalgia; es buscar ese abrazo protector de lo ancestral.

Fuente: negrasyblancas.com.ar

 

domingo, 1 de noviembre de 2026

Ibatín: la primera ciudad de Tucumán que desapareció bajo la tierra y las inundaciones



Durante 120 años, San Miguel de Tucumán tuvo su asiento en Ibatín, una población que llegó a ser un activo centro comercial y productivo del norte argentino. Las inundaciones, las enfermedades y las dificultades del terreno terminaron forzando su traslado. Siglos después, una investigadora santiagueña, Amalia Gramajo de Martínez Moreno, tuvo un papel destacado en las primeras excavaciones que permitieron recuperar parte de aquella ciudad perdida.

Mucho antes de que San Miguel de Tucumán ocupara su ubicación actual, existió otra ciudad con el mismo nombre, levantada entre montes, ríos y caminos que comunicaban el Alto Perú con el Río de la Plata. Se llamaba Ibatín y durante más de un siglo fue uno de los principales asentamientos españoles de la región.

Hoy, sus restos permanecen bajo tierra, en un sitio histórico que guarda las huellas de aquella primera experiencia urbana. Su historia está ligada a la conquista española, al trabajo de los pueblos originarios, al comercio colonial y a una serie de inundaciones que terminaron por cambiar el destino de la población.

Pero hay otro dato que merece ser rescatado: una mujer nacida en Santiago del Estero, la doctora Amalia Gramajo de Martínez Moreno, participó de manera directa en las primeras excavaciones arqueológicas del lugar, contribuyendo a sacar a la luz los vestigios de la antigua ciudad.

Ibatín, la primera San Miguel de Tucumán

La ciudad fue fundada el 31 de mayo de 1565 por el capitán Diego de Villarroel, por disposición del gobernador Francisco de Aguirre. En el acta fundacional recibió el nombre de San Miguel de Tucumán y Nueva Tierra de Promisión.

El asentamiento se estableció en un paraje conocido por los habitantes originarios como Campos de Ibatín, junto al río que actualmente se conoce como Pueblo Viejo, en las proximidades de la salida sudeste de la Quebrada del Portugués.

El nombre Ibatín, también escrito Ebatín, tendría su origen en la voz tonocoté eatym, que significa chacra o sementera de maíz, según la interpretación del vocabulario de esa lengua realizada por el jesuita Antonio Machoni. Para los pueblos indígenas, era una tierra cultivada; para los españoles, una tierra fértil y apta para producir alimentos. De allí que la denominación fundacional hablara de una «tierra de promisión».

La elección del sitio no fue casual. Francisco de Aguirre conocía bien la geografía de la región y buscaba establecer una población en un punto estratégico de las comunicaciones coloniales. Ibatín se encontraba en el corazón de la Gobernación del Tucumán, Juríes y Diaguitas, justamente donde el camino procedente de Lima dejaba atrás las montañas para internarse en la llanura.

Por esa zona pasaban rutas que comunicaban los Valles Calchaquíes con las tierras bajas. La antigua Quebrada del Calchaquí, conocida posteriormente como Quebrada del Portugués, permitía descender desde el valle de Tafí hacia la región selvática. Era un paso utilizado por los diaguitas y posiblemente también por los incas para acceder a recursos como la carne y la madera.

El lugar ya había sido ocupado por otros asentamientos españoles: El Barco I, fundado por Juan Núñez de Prado, y Cañete, establecido por Pérez de Zurita. Aunque se encontraban en la misma región, no necesariamente coincidían en sus emplazamientos exactos.

Una ciudad organizada alrededor de su plaza

Ibatín fue proyectada siguiendo el trazado urbano característico de las ciudades españolas de América: el damero, una cuadrícula de calles que se cruzaban en ángulo recto.

El plano comprendía siete manzanas por lado, con un total de 49, incluida la plaza central. Las calles tenían doce varas de ancho, equivalentes a unos 10,40 metros, mientras que las manzanas alcanzaban aproximadamente 143 metros de longitud.

En sus primeros tiempos, la población se parecía más a una aldea fortificada que a una ciudad consolidada. Había ranchos de paja protegidos por una empalizada y las viviendas se concentraban principalmente alrededor de la plaza.

Con el crecimiento del asentamiento aparecieron las principales instituciones coloniales. Allí funcionaban el Cabildo, la cárcel, un cuartel y la iglesia Matriz. También se instalaron las órdenes religiosas: jesuitas, mercedarios y franciscanos. Existía, además, una pequeña ermita dedicada a San Judas Tadeo y San Simón.

Las manzanas se dividían en cuatro grandes solares. Las viviendas ocupaban sus respectivas parcelas y, en el centro, quedaban espacios sin construir, formados por los fondos de las propiedades.

Aquella organización urbana reflejaba el modelo español de fundación, con la plaza como centro de la vida política, religiosa y comercial.

Una población en crecimiento

Durante sus primeros años, Ibatín se convirtió en un asentamiento de importancia dentro de la Gobernación del Tucumán. Su ubicación favorecía el intercambio comercial y la producción agropecuaria, mientras que los bosques cercanos proporcionaban madera para distintas actividades.

Las fuentes de la época permiten reconstruir, aunque de manera aproximada, la evolución de su población.

En 1582, según el informe de Sotelo de Narváez, vivían allí unos 25 vecinos encomenderos y alrededor de 3.000 indígenas de servicio, pertenecientes a los pueblos diaguita, tonocoté y lule.

Para 1607, Alonso de Rivera registraba 32 vecinos españoles casados y unos 1.100 indígenas encomendados, distribuidos entre ellos. También mencionaba mercaderes, criollos y numerosos mestizos.

En 1618, una carta del jesuita Diego de Torres calculaba en 12.000 las personas que habitaban la zona. Décadas después, en 1671, los indígenas encomendados habían descendido a unos 2.000.

Las cifras muestran las diferencias entre los registros y las dificultades para establecer con precisión cuántas personas vivían en la ciudad y sus alrededores. También permiten advertir la fuerte presencia de los pueblos originarios en la organización económica y social del asentamiento.

En 1590, el padre Lizárraga señalaba que Ibatín tenía edificios mejores que los de Santiago del Estero. No era una población aislada ni insignificante: había desarrollado una actividad comercial sostenida y contaba con una producción que abastecía a otros puntos del territorio colonial.

La ciudad de las carretas

Una de las actividades económicas más destacadas de Ibatín fue la industria maderera. Los montes cercanos, poblados de cedros y nogales, ofrecían materia prima para fabricar distintos objetos, aunque el principal destino de esa madera era la construcción de carretas.

La ciudad llegó a convertirse en una de las principales proveedoras de estos vehículos en el territorio del virreinato. Las carretas eran indispensables para transportar mercancías y mantener el movimiento comercial entre las distintas poblaciones.

Los artesanos de Ibatín tenían una reputación reconocida. Se decía que sus construcciones eran tan resistentes y estaban tan bien realizadas que no necesitaban elementos metálicos, «ni un clavo», para mantener unidas sus piezas.

La actividad agropecuaria completaba una economía favorecida por la fertilidad del suelo y la ubicación sobre las rutas comerciales. Durante buena parte de su existencia, la ciudad tuvo condiciones para crecer y consolidarse.

Pero el mismo entorno natural que había favorecido su desarrollo comenzó a convertirse en un problema.

Las inundaciones que cambiaron su destino

El río Pueblo Viejo, que corría cerca del sector norte de la población, comenzó a provocar desbordes cada vez más perjudiciales.

En 1678 ocurrió una inundación de dimensiones extraordinarias. El agua arrasó viviendas del sector norte y destruyó la ermita de San Judas Tadeo y San Simón. Al año siguiente, la situación empeoró: el desborde alcanzó las manzanas próximas a la plaza principal.

La iglesia de los jesuitas, gracias a sus sólidos muros, logró contener parte del avance del agua. No ocurrió lo mismo con las huertas y dependencias del convento de la Compañía de Jesús, que quedaron destruidas.

La situación provocó una reunión extraordinaria del Cabildo. Durante aquel encuentro se discutieron dos alternativas: limpiar y acondicionar el cauce del río para evitar nuevos desbordes o abandonar definitivamente el emplazamiento.

La segunda propuesta consiguió mayor respaldo. Se planteó trasladar la ciudad hacia el norte, a unos 64 kilómetros, hasta un paraje conocido como La Toma, donde ya existía un pequeño asentamiento de comerciantes y viajeros que utilizaban el Camino Real hacia el Perú.

Las inundaciones no fueron el único motivo. Las condiciones sanitarias también preocupaban a los habitantes. La calidad del agua favorecía la aparición de enfermedades, entre ellas el bocio, conocido popularmente como coto y relacionado con la deficiencia de yodo. Los mosquitos, por su parte, transmitían enfermedades como el paludismo.

La población fue perdiendo las condiciones que habían favorecido su desarrollo inicial. El traslado, de todos modos, no se resolvió de un día para otro. Hubo discusiones y trámites que demoraron la decisión.

Finalmente, en 1685, durante el gobierno de Fernando Mate de Luna, San Miguel de Tucumán fue trasladada a su emplazamiento actual.

Así terminó la historia de Ibatín como ciudad habitada. Después de 120 años, sus calles, edificios y espacios públicos quedaron abandonados, mientras la nueva población comenzaba a desarrollarse en otro lugar.

Amalia Gramajo de Martínez Moreno y las primeras excavaciones

Durante siglos, los restos de la primera San Miguel de Tucumán permanecieron ocultos bajo tierra. El sitio, que formaba parte de la estancia La Florida, propiedad del doctor José Ignacio Aráoz, fue expropiado en 1944 por la Intervención Federal de la provincia, con el propósito de preservar unas cien hectáreas como reserva histórica.

La recuperación arqueológica de Ibatín comenzó en 1965, cuando se organizaron las primeras excavaciones. Los trabajos estuvieron dirigidos por el arquitecto José Moukarzel, con el asesoramiento del doctor Lizondo Borda, entonces director del Archivo Histórico Provincial.

En el terreno actuó como delegada la doctora Amalia Gramajo de Martínez Moreno, investigadora santiagueña que tuvo un papel destacado en aquellas primeras tareas de exploración.

Las excavaciones permitieron recuperar utensilios y descubrir cimientos de piedra correspondientes a distintas construcciones de la antigua ciudad. Entre los sectores identificados se encontraban el Cabildo, la iglesia Matriz, el templo y colegio jesuita, y las iglesias de los mercedarios y franciscanos.

Los hallazgos se concentraron especialmente en las manzanas que rodeaban la antigua Plaza Mayor, el espacio donde había transcurrido buena parte de la vida política, religiosa y cotidiana de Ibatín.

La participación de Amalia Gramajo de Martínez Moreno merece ser recordada también desde Santiago del Estero. Su trabajo en las ruinas de Ibatín la vincula con uno de los primeros esfuerzos por recuperar arqueológicamente una ciudad colonial que durante mucho tiempo había permanecido fuera de la vista.

Una ciudad que todavía tiene mucho para contar

Ibatín fue mucho más que el primer emplazamiento de San Miguel de Tucumán. Durante 120 años funcionó como un centro de producción, comercio y organización política en una región atravesada por caminos que conectaban distintos territorios de la América colonial.

Su historia también permite observar las transformaciones provocadas por la conquista española, la presencia y explotación de los pueblos originarios, el desarrollo de las actividades económicas y las dificultades de habitar un territorio condicionado por los ríos y las enfermedades.

Hoy, bajo la tierra, permanecen los restos de aquella ciudad que alguna vez tuvo plaza, iglesias, Cabildo, talleres y viviendas. Las excavaciones iniciadas en 1965 permitieron recuperar una parte de ese pasado y reconocer el trabajo de quienes se acercaron a sus ruinas para reconstruirlo.

Entre ellos estuvo una santiagueña: Amalia Gramajo de Martínez Moreno, cuyo nombre merece un lugar en la historia de las investigaciones arqueológicas del norte argentino.

Nota editorial: conservé los datos históricos del material original y organicé el relato alrededor de tres ejes: la fundación de Ibatín, su desarrollo y abandono, y la intervención de Amalia Gramajo de Martínez Moreno. Antes de publicar, convendría verificar la documentación específica que respalda su consideración como la primera mujer en excavar el sitio, ya que el texto original también menciona la dirección de José Moukarzel y la participación de Gramajo como delegada en el terreno.

 

Con informacion de: contextotucuman.com

La cuna de la patria: 10 datos fascinantes sobre la ciudad más antigua del país

Entre el retumbar del bombo legüero, lenguas ancestrales y restos de meteoritos, Santiago del Estero guarda las claves fundacionales de la identidad nacional. Un viaje narrativo por la tierra donde el tiempo parece detenerse para cantar.



Hay lugares que no solo se visitan: se escuchan, se prueban y se sienten en la piel. Santiago del Estero es uno de esos rincones donde la historia de Sudamérica tarde al cielo abierto. Conocida con orgullo como la "Madre de Ciudades", esta tierra calurosa no guarda su pasado en un cajón, sino que lo vive un diario entre tradiciones coloniales, folclore del bueno y paisajes únicos.

Si te gusta descubrir esas historias que raras veces aparecen en los libros del colegio, armate un buen mate y acompañanos a repasar diez datos que muestran el alma santiagueña tal cual es.

La chispa inicial

Para entender el mapa de la Argentina de hoy hay que viajar hasta el siglo XVI. En aquellos tiempos de exploración, historiadores y todavía debaten si la fundación oficial fue la de Juan Núñez de Prado en 1550 o la de Francisco de Aguirre en 1553. Pero hay algo indiscutible: es la ciudad más antigua del país que sigue en pie, una auténtica sobreviviente donde nacieron las primeras instituciones de este suelo.

Pero Santiago no se quedó solo con su propio nacimiento, sino que funcionó como el gran punto de partida de la región. De aquí salen las expediciones que terminaron fundando ciudades clave como Tucumán, Córdoba, Salta, La Rioja, Catamarca y Jujuy. En el trazado original de cada una de ellas está la huella santiagueña.

Música, historia y palabra viva.

Hablar de esta provincia es hacer sonar al instante los violines de monte y el retumbo de los bombos. Acá nació la chacarera, Ese ritmo que lleva el pulso de la región. Pioneros como Andrés Chazarreta marcaron el camino para que, años más tarde, familias como los Carabajal llevaron la poesía y el repique santiagueño a escenarios de todo el mundo.

Pero la riqueza cultural no queda solo en la música. En medio de la llanura ocurre algo increíble: más de 100.000 personas hablan quichua, manteniendo viva la variante más austral del continente. Llegada en el siglo XV con los yanaconas que acompañaban a las corrientes conquistadoras, esta lengua ancestral resistió al paso del tiempo y hoy se sigue usando en las charlas de todos los días en los parajes del interior.

Gigantes del monte y del cielo

La naturaleza de la zona tiene historias que parecen sacadas de un libro. Mucho antes de los primeros registros escritos, hace unos 4.000 años, una lluvia gigante de meteoritos cayó en lo que hoy llamamos Campo del Cielo. Pararse al lado de esas enormes moles de hierro y níquel llegadas del espacio es una experiencia impresionante.

Hacia el norte, el monte se vuelve más espeso dentro del Parque Nacional Copo, una reserva de 118.000 hectáreas destinadas a cuidar el Chaco Seco. Entre quebrachos colorados y blancos se encuentran su hogar animales como el yaguareté y el oso hormiguero gigante, protegiendo un rincón natural invaluable.

Aguas termales, fe y el calor que se siente

El calor santiagueño no es ningún mito. En pleno verano el termómetro puede rozar los 50 grados a la sombra, y por eso la siesta aquí es casi una regla para recuperar energías. De todas formas, el clima da tregua con inviernos suaves y mañanas frescas ideales para salir a caminar.

A sólo 70 kilómetros de la capital, la provincia tiene su propio centro de relax en Termas de Río Hondo. Sus 14 napas subterráneas de agua termal —que salen a temperaturas de hasta 50 grados— forman uno de los complejos naturales de agua curativa más importantes de la región.

Esta tierra también fue pionera en la historia religiosa del país: en 1570 se creó aquí la primera diócesis del territorio argentino, haciendo de su catedral el centro espiritual de los primeros tiempos coloniales.

La mesa servida: sabor con historia

Ningún viaje a Santiago estaría completo sin sentarse a comer. Su cocina típica refleja de manera directa sus costumbres: empanadas jugosas hechas al horno de barro, locro bien pulsudo para los días fríos, chipaco calentito con chicharrones para la tarde y el infaltable dulce de cayote con nuez. Son sabores bien nuestros que invitan a compartir la mesa y quedarse de sobremesa.

Santiago del Estero no es solo un punto en el mapa del Norte; es la raíz donde descansan las claves de lo que somos. Sus relatos de tierra, música y lenguaje nos recuerdan que la historia no pertenece solo a los museos, sino al andar de su gente.

 Fuente consultada: @IAandEdits

 

El origen de la chacarera

 


Quizás muchos no lo sepan, pero la chacarera, proveniente de Salavina tiene elementos afros aportados por negros esclavizados llegados desde el Perú a través del Camino Real, una vía de comunicación de cerca de 3 000 km que fuera construida hace más de 400 años por los conquistadores españoles y por la cual transitaban comerciantes, soldados y religiosos, con el objeto de transportar mercancías, violar nativas, diezmar poblaciones originarias, robar obras de arte para fundirlas y transformarlas en lingotes, traer la religión verdadera y poblar el Tucumán y el norte argentino hasta Buenos Aires para crear un acceso al Océano Atlántico. De esta manera se fue formando un camino principal que unía al Alto Perú con Córdoba y demás. Así que, por medio de la ruta antedicha, sabemos llegan los africanos esclavizados desde el Viejo Perú hasta Santiago del Estero y crean en ese lugar la chacarera (en realidad crean el gato, dado que éste es progenitor de aquélla, hay consenso en el rubro sobre esto, lo hablamos con Vitillo además que fue alumno de Don Andrés Chazarreta), cuya sesquialtera, hemiola vertical o rítmica en cruz, que es la polirritmia 3/4-6/8 de la proyección folklórica, viene desde el África; los ritmos de nuestro folklore que están en 6/8 suelen jugar con esa polirritmia entre 2 y 3 tiempos, por eso suelen firmar 6/8 (¾), y esto los asemeja en muchos aspectos entre ellos y con otros ritmos similares, como el joropo venezolano, la zamba, la zamacueca, etc. Esto lo charlamos también con el querido Raúl Carnota, coincidiendo. Asimismo, este viaje, trae el quechua de los Incas (el Inka es el soberano, y Quechua es el pueblo originario) al centro de la actual Argentina (la entrada del quechua al actual territorio nacional es anterior, ver más adelante), que aquí se transforma en el quichua santiagueño. El primer gato registrado fue 'Relaciones para el gato' por Rafael Rodríguez Brizuela, y el segundo, 'Gato' (a secas), dos meses luego, por Juan Varela, José Lizzoli y Eduardo Barberis, ambos grabados en 1905 en cilindro de cera Edison por Robert Lehmann-Nitsche y que quién escribe tiene en su haber. 

Santiago del Estero es la ciudad permanente más antigua del país, fundada en 1553 en su actual emplazamiento. Salavina, que debe su nombre a los Salavinones (pueblo originario) o sanavirones, es la cuna de la chacarera (existen chacareras anónimas con letras antiquísimas en quichua) y del bombo legüero, que es distinto a cualquier otro membranófono nativo. En todo Santiago hubo y hay afrodescendientes; por ejemplo, en San Félix, casi todos sus habitantes lo son (ver más adelante). Recordemos que en 1778 (luego de la creación del Virreinato del Río de La Plata, que fue en 1776) se lleva a cabo el primer censo en el Río de la Plata (Censo de Vértiz), arrojando los siguientes resultados respecto de la población negroafricana: para Catamarca: 52%, Tucumán: 42%, Córdoba: 44%, Buenos Aires: 30%, Santiago del Estero: 54% (el Negro Casimiro Alcorta –hijo de una esclava de Amancio Alcorta, de quien tomó el apellido-, autor de Cara sucia, el más antiguo tango de autor conocido, era afrosantiagueño; Oh mar, a fines del s. XVIII en Santiago del Estero, eran más los no blancos que los blancos, pues la población que no entra en estos porcentajes no era toda blanca, sino que había también originarios y mestizos.

La mención más antigua que hay a la Chacarera fue encontrada por Isabel Aretz, en las "Memorias de Florencio Sal", publicadas en Tucumán (abril de 1913); allí, está escrito que la chacarera se bailaba en esa provincia ya hacia 1850. Aretz recogió chacareras bajo los nombres de Chacra y Molino, en el oeste de Córdoba.

Con respecto a las versiones musicales antiguas de la chacarera, podemos citar, entre otras, las de Andrés Chazarreta (1911, '16, '20 y siguientes), las de Manuel Gómez Carrillo (1920 y '23), y las de Carlos Gardel junto a Razzano (1925 La choyana, con música de Alberto Acuña-letra de René Ruiz).

La etimología del nombre.

La palabra proviene de chacarero, trabajador de una chácara o chacra (del quichua santiagueño chakra: 'maizal', 'tierra de labor', que a su vez viene del quechua čhakra), y se refiere a un terreno o especie de granja, donde se siembra y/o practica a la ganadería, dado que inicialmente se bailó en estos sitios, en el campo.

El aspecto musical.

El ritmo de gato hoy vive en, obviamente, la chacarera, pero además en el escondido, el pala-pala, el malambo, etc., llegando inclusive hasta la provincia de Buenos aires con el nombre de huella.

La “forma” de la chacarera es: intro (frase 2 compases x3)-estrofa (frase 2 compases x4)-inter (6 compases)-estrofa (8 compases)-inter (6 compases)-estrofa (8 compases)-estrofa (o estribillo, 8 compases), todo esto, 2 veces, donde el período de 8 compases que dura cada estrofa está formado por 2 vueltas de 2 antecedentes + 2 consecuentes cada una, y es donde se canta.

Las chacareras pueden ser de 6 u 8 compases (lo que dura la introducción y también las vueltas enteras). La chacarera doble tiene 16 compases más que la chacarera (a secas); o sea, sus 4 estrofas duran 12 compases en vez de 8. Un ejemplo de chacarera doble es Añoranzas de Julio Argentino Jerez o La sachapera de Oscar Valles y Carlos Carabajal. La chacarera trunca puede ser simple (Coplas de cielo y río de Carlos “Negro” Aguirre), doble (La de los angelitos de Adolfo Ábalos y Julián Díaz, Déjame que me vaya de Roberto Ternán y Cuti Carabajal), de 6 u 8 compases, la diferencia está en su escritura musical: la hace trunca la acentuación en su tiempo débil al comienzo y al final, el acento cae en el 2° tiempo del compás de ¾, cosa que no sucede con las chacareras a secas, o sea, las que no son truncas (que suele decírseles derechas), donde el acento cae en el 3er. tiempo del compás. La chacarera trunca (La vieja de los Hnos. Díaz y Oscar “Cacho” Valles) termina todas las frases en el 3er. tiempo, carece de 1º, por lo que se produce un contratiempo debido a la ausencia del mismo. Tanto las chacareras (simples) como las chacareras dobles pueden ser truncas. La chacarera puede ser simple, dentro de las cuales hay normal y trunca, y doble, que también se divide en normal y en trunca. Una chacarera simple es Hacéme sufrir de los hnos. Simón.

El acompañamiento del bajo consta de un silencio de negra y dos negras.

La segunda voz puede ser en 3as. o en 6as. (menos común), ambas descendientes

Sobre la fundación de la ciudad.

Santiago del Estero es la ciudad más antigua del país que aún se mantiene en pie, fundada en 1553 por Francisco de Aguirre, si bien, a rigor, originalmente la ciudad fue fundada el 24 de junio de 1550 por Juan Núñez de Prado, proveniente del Perú, con el nombre de El Barco, en honor a su ciudad natal en España, El Barco de Ávila. Núñez de Prado se vio obligado a trasladarla al año siguiente, y luego, tuvo que retrasladarla, en 1552. Los habitantes de esta tercera ciudad de El Barco fueron conminados por Francisco de Aguirre, proveniente de Chile, a mudarse a una nueva ubicación y, junto con colonos que él mismo traía del territorio trasandino (Nueva Extremadura, perteneciente al Virreinato del Perú en esa época, luego Capitanía General de Chile, a fines del s. XVII), fundó una cuarta. ciudad, pero con otro nombre: Santiago (por el Apóstol Santiago) del Estero (por hallarse junto a una laguna cercana al río Dulce) el 25 de julio de 1553.

Con Núñez de Prado, además de españoles, llegaron numerosos originarios de habla quechua, lengua que dio origen al actual quichua santiagueño, ampliamente difundido en la provincia.

Pero, antes de la llegada de los españoles ya había gente ahí y había una cultura preexistente, estaban los salavinones o sanavirones –de allí el nombre de la ciudad o distrito de Salavina, departamento del mismo nombre-, así que éstos fueron sus primeros habitantes. Los conquistadores españoles los llamaron yugitas, como se advierte en la Información de servicios presentada en julio de 1548 por Pedro González del Prado.

La quechuización del Río de la Plata.

Quechua es el pueblo originario que tuvo si centro en Qosqo, que significa el ombligo del mundo ya la cual los españoles rebautizaron como Cuzco, que no significa nada. El Quichua es la variante lingüística santiagueña.

La quechuización del actual territorio nacional arranca antes, en 1472 más precisamente, 4º período, Incaico o Imperial de la etapa Agroalfarera o de productores en el NOA, región rebautizada como Collasuyu por los quechuas; Domingo A. Bravo atribuye la "primera entrada" del quechua a la región del Tucumán a la expedición del capitán Diego Rojas en 1543. Estas expediciones estaban compuestas por yanaconas (indios de servicio) hablantes quechuas. Entre 1550 y 1553, Santiago del Estero se consolida como capital de dicha región; esta acción quechuizante se da porque el quechua era hablado desde Quito hasta el Reino de Chile y el Reino del Tucma. Según lo expresa el profesor Marcos A. Moringio cuando se refiere a la autoridad del Inca Garcilaso. Fuente: Estado actual del quichua santiagueño. Domingo A. Bravo Ed. 1989.

Como pregunta final, les hago la siguiente: nombren 5 temas de bandas de rock internacionales… ahora nombren 5 títulos de chacareras… voy a ser más bueno y sumamente indulgente: sólo tararéenlas… espero no haber herido susceptibilidades, pero de eso se trata la transculturación, y es un arma más poderosa que la pólvora, dado que no es tan evidente.

San Félix, ciudad negra africana santiagueña.

Dedicado a mi amigo y hermano Carlos Alberto Torres.

En San Félix, Provincia de Santiago del Estero, sus habitantes (gentilicio: “sanfeleños”) se consideran afrodescendientes, y es su orgullo pertenecer a la rama de africanos esclavizados que pusieron el cuerpo para construir la nación. Probablemente no tengan todos el fenotipo africano, pero ése quizás sea un error nuestro: el pretendiente considera afros sólo a los que sí lo manifiestan en la cara. Lo llevan en la sangre, y también lo han heredado culturalmente.

Hace unos años vi una filmación de Titilao Alderete, el poblador más antiguo de San Félix, que en aquel entonces tenía más de cien años y era nieto de los fundadores del pueblo.

“Hoy Usted acaba de aprender algo nuevo”.

pd: como era de esperar, va a surgir un montón de gente iluminada que se aburre porque ya lo sabe todo inclusive lo que yo estoy pensando en este justo preciso momento porque tienen el don de la adivinación entonces ya saben de antemano lo que voy a escribir, y le van a ver errores a esto por todos lados, van a darse cuenta que está todo mal, al punto que es cuasi perverso porque ellos son expertos de los defectos. En lugar de buscar el propósito constructivo de quien lo escribió o mandarle en todo caso un mensaje personal en un acto hidalgo si creyeran notar algo que pudiera no ser correcto, van a defender y escrachar en público y enojarse con quien lo escribió. A toda esa gente, un gran abrazo y profundo deseo de mejora, pues no se puede vivir con toda esa ira adentro: hace mal.

Los Demas Dan Alguna Opinión...........

Roberto Rutigliano Eso mismo, la chacarera es una mezcla de 3/4 con 6/8 un tipo de superposición que no existe en la tradición europea; Claramente es una política heredada de la cultura musical africana...esto es evidente, la constatación histórica ayuda a reforzar la descendencia.

Luis Blaugen-Ballin El joropo venezolano es igual.

Roberto Rutigliano hay toda una musicalidad negra en toda la costa del pacífico que tiene ese estilo en 6/8...el Joropo me parece más parecido con el valsecito peruano...

Luis Blaugen-Ballin Pero el vals es 3/4, y el joropo es polirrítmico.

Milton Blanco En el vals criollo peruano muchas veces escuché que al improvisar los músicos superponian de a tandas 3/4 y 6/8

Roberto Rutigliano el joropo me suena como en 3/4 rápido...

Ruben Trionfini Había dos maneras que tenían los Incas de invadir territorios...... Una por supuesto era la guerra directa, para someter pueblos y anexarlos al sistema de vasallaje, práctica en la que llegaron a eliminar culturas de la faz de la tierra, matando a todos sus integrantes e incluso arando el terreno, si es que las poblaciones en cuestión no se querían someter............ Otra era la utilización de "mitamaes", o sea grupos de población Inca, que se dejaban viviendo en un lugar determinado al cual querían colonizar, para que, por cuestiones de transferencia cultural, con el paso del tiempo, el lugar se amolde primero a la cultura inca, y luego se doblegue a la misma........ Esta manera, creo que fue la elegida en el caso que se hace referencia de Santiago del Estero. mitamaes, lo circunscribió a ese espacio territorial...

Silvana Truyol El quichua es prohibido como lengua en el Tucumán por cédula real (Carlos III) alrededor de 1730. Ya en 1635 el obispo Maldonado expuso su queja por carta al rey diciendo... Poco hablan los indios y españoles en castellano porque esta connaturalizada la lengua general de los indios...

Juan Antonio Campos LAS ACTAS DEL 9 DE JULIO ESTAN REDACTADAS EN QUECHUA Y AIMARA….

Daniel Lescano Gran parte del territorio santiagueño su lengua ancestral es el Quichua no solo en Salavina

Ruben Trionfini Con respecto al ritmo de chacarera, venido con los negros africanos o descendiente de los ritmos traídos por ellos, puede que la entrada haya sido por el camino real que iba de Lima a Sucre, pero, si tenemos en cuenta que los negrosn venían con los españoles y no con los Incas, ese camino fue posterior al utilizado por la colonización para entrar a lo que ahora llamamos Argentina........ Se entró primero por Chile, y desde allí se fundó primero Esteco, desaparecida, y luego Santiago del Estero, por Francisco de Aguirre....... La colonización fue una cuestión familiar, si se puede decir así, y desde Chile, Valdivia mandó a Juan Jufré a fundar San Juan, luego a su hijo Luis Jufré a fundar San Luis y este era sobrino nieto de Aguirre....... Espero haber enriquecido la charla...

Luis Blaugen-Ballin Este camino es el primero, por ese camino arriban los primeros realistas a la actual pcia. de Sgo. del Estero, junto con afros esclavizados y quechuas. Desde Chile serán años luego, cuando venga Aguirre.

Juan Melo Ruben y Luis aqui, ni el articulo tampoco, se menciona el camino del Capasnian o Chapajnian que nacia en anguila noroeste de Cordoba hacia Perú. Según nuestros antiguos pueblos originarios, leáse Inka, queshua. Kolla, aymara, inclusive diaguita quilmes, sanavirones... conocian todo ese camino. Su construcción, casi natural por el tránsito constante, es varios siglos antes de la llegada española. Sobre la chacarera se podría afirmar que su ritmo es similar a otras danzas nativas, preexistentes. Lo probable es que sea de pueblos originarios del NE y no afro. Inclusive el bombo es similar a los tambores nativos a lo que se sumaron los aros para tensar los parches situación que sí aparece en tambores originalmente africanos. Por último, me permito trazar un paralelo donde afirmo que los ritmos africanos relegados a los afro en América, ninguno se parece a la chacarera. Para dar magnitud a esta afirmación a esto digo que ni el tambó (hoy conocido como tango) ni el canbombe rioplatense se parecen a la chacarera en cuestión... dejo abierta la charla para agregar más detalles. Abrazos

Joaquín Dufour Hola Juan. La música rioplatense no guarda parentezco con la chacarera porque las naciones de esclavos que llegaron al Bs As eran mayormente Congos. Los afros que entraron en Santiago (al menos al principio) venían desde Lima, lo hicieron mucho tiempo antes.

Según lo entiendo yo, de las culturas a nivel mundial que desarrollaron la verticalidad de la ritmica (polirritmias), la que nos llega a América es la africana, que en si misma está dividida en culturas muy diferentes entre sí, a las cuales "como son todos iguales de negros" solemos no mirar en detalle. Hasta donde yo tengo entendido, ninguna de las culturas preexistentes de América desarrollo verticalidad rítmica.

En la polirritmia hay dos figuras básicas, la ya conocida 3/4 6/8, que es ternaria (bueh, si se ve de la perspectiva del 3/4 no, pero...) y la conocida como 3 3 2, que es negra con puntillo dos veces y negra. Está figura se entrelaza con el pulso de un compás binario de 4 tiempos. A partir de ahí se estructura prácticamente toda la música popular en América, con excepción de las expresiones originarias y algún que otro ritmo trasplantado de Europa, como la Polka o el Vals.

Cada una de estas polirritmias (que tampoco venían impolutas de África, claro) con el paso de los tiempos se van a vestir de todas las particularidades con las cuales llegaron a nuestros oidos En cuanto a la rítmica. La chacarera como tal o el gato, son una estructura coregráfica musical.

El ritmo madre es el malambo, y este viene de malembe, similar origen afro cómo el de la expresión musical afrovenezolana. Así como lo rítmico musical podría incluirse el zapateo, diferente a la coreografía que es un elemento más bien español, y la incorporación de boleadoras que si bien una simple vista más relacionada con la cultura nativa originaria, en África hay usos rítmico-musicales con elementos similares a estos que acompañan la música/danza, más bien de tipo agrario. Tocar tiene sentido y razón y no la mera expresión artística como lo ha síganos la cultura europea. Esto puede tener con chacarera en su etimología derivada de chacra como por ahí se dice. En cuanto a términos Zamba viene de semba, que en Brasil es la ombligueada, danzas de fertilidad.

Jorge Galian Chazarreta Excelente!!!! ¡Luis Blaugen-Ballin Un orgullo que me lo diga un Chazarreta!

Kyoge Betsuden Así me lo enseño el gran Toro Stafforini

Luis Blaugen-Ballin Pasáme eso por privado, forma parte de un laboratorio más grande esto, que estamos haciendo con otros colaboradores.

Kyoge Betsuden No tengo nada escrito, tu artículo me trajo recuerdos de conversaciones.

Kyoge Betsuden Muy buena la 📝

Jose Pavoni Excelente Luis, admiro tus amplios conocimientos culturales.

Roberto Rutigliano Gracias mestre

Mariela Díaz Sí. La gente se enoja mucho cuando dices que la Chacarera tiene raíces también negras... y que vino de Perú.

Luis Blaugen-Ballin La gente se enoja por cualquier cosa, todo hoy es motivo de agravios, todo el mundo está irascible... el enojo es directamente proporcional a la ignorancia

Roberto Fernández Rizo Luis Blaugen-Ballin acá el ojo viene por lo de negro. En Argentina ocurre que no quieren reconocer lo negro en su cultura. Y lo negro está desde Alaska hasta la Tierra del fuego.

Pero la realidad es más fuerte que cualquier deseo. Tan es así, que si hay algo que identifica a la cultura argentina es el tango. Y el tango proviene de ntangu, palabra del kikongo, que es el idioma del pueblo Kongo. Y los kongos han sido la cultura africana que más aportes hizo a la música popular del continente americano.

Roberto Fernández Rizo Hola Luis, ¿cómo estás? Me interesa mucho tu artículo sobre la Chacarera y conocer más sobre el tema. Intuyo que tango congo, un patrón rítmico afroamericano, también siguió ese camino. Saludos

Luis Blaugen-Ballin El tango venía por otra corriente, del Atlántico digámosle, por eso hay analogías entre el son, la habanera, la milonga, el tango primigenio (no Gardel). En cambio, estos afros, que venían del Perú, muchos eran afros criollos, y generan los ritmos 6/8 (3/4), en contraposición a los del tango, que es otra música, corchea con puntillo semi 2 corcheas o sus derivados (3+3+2)

Roberto Fernández Rizo Luis Blaugen-Ballin muchas gracias.

Luis Blaugen-Ballin Igual nada de lo escribo es una verdad revelada, pues es pasible de ser mejorado, siempre que sea con respeto y sin arrojar descréditos. Tengo un artículo similar sobre el tango. del Indio como decís Yupanqui

Este continente ya tenía caminos y población y muestro desarrollo.

Luis Blaugen-Ballin Existían varios caminos, los quechuas ingresaron al NOA antes que llegarna los españoles, también había otros pueblos en Santiago antes de esto (tonokotés, sanavirones, etc.), pero esos caminos no tenían la extensión de este camino real que ilustro en el mapa...

Por: Luis Blaugen-Ballin -

 


sábado, 31 de octubre de 2026

Los monstruos del folklore argentino: Cinco leyendas que atraviesan generaciones


Hay un perro negro que, según cuentan, recorría los sótanos de los ingenios buscando trabajadores para cumplir un pacto con el diablo. En el monte, un ser de pies invertidos castigaba a quienes no respetaban la naturaleza. Y en los ríos patagónicos, una criatura con forma de cuero esperaba a los desprevenidos para arrastrarlos bajo el agua.

Son historias que parecen salidas de una pesadilla, pero forman parte del folklore argentino. La luz mala, el Pombero, el Familiar, el Cuero y el Lobizón habitan desde hace generaciones los relatos de pueblos y comunidades de distintas regiones del país.

Algunas nacieron del temor a los fenómenos naturales; otras sirvieron para advertir sobre los peligros del entorno, transmitir antiguas creencias o expresar conflictos sociales que pocas veces encontraban otra forma de hacerse escuchar.

Detrás de cada monstruo hay una historia. Y no todas hablan de criaturas sobrenaturales: algunas cuentan mucho sobre la vida, los miedos y las injusticias de quienes las imaginaron.

La luz mala: cuando la muerte parece encenderse en el campo



En las noches de campo, lejos de los pueblos y de cualquier iluminación artificial, una luz que aparece a ras del suelo puede convertirse en una experiencia difícil de olvidar.

La tradición popular la conoce como luz mala. Según las versiones más extendidas, es el alma de un difunto que no recibió sepultura cristiana o de un espíritu condenado a vagar por la tierra. En algunas regiones del Nordeste también recibe el nombre de farol de Mandinga, en referencia al demonio dentro de las creencias populares.

Los relatos distinguen diferentes colores. La luz blanca suele asociarse con tesoros enterrados, mientras que las tonalidades rojizas o verdosas anuncian una presencia peligrosa. Hay quienes aseguran que permanece quieta en medio del campo; otros cuentan que se desplaza a gran velocidad y persigue a viajeros, arrieros y paisanos.

Frente a ella, los hombres de campo tenían sus propios recursos. Una de las creencias indicaba que había que morder la vaina del cuchillo o clavar el facón en la tierra, con el filo orientado hacia la luz. Las armas de fuego no servían contra los espíritus, decían, pero el hierro podía ofrecer protección.

También se creía que aquella aparición señalaba un tesoro enterrado. Algunos buscadores marcaban el lugar donde desaparecía para regresar durante el día y excavar. Se hablaba de antiguas ollas de oro escondidas desde tiempos coloniales. La búsqueda, sin embargo, podía terminar mal: los relatos anunciaban que de la tierra salían gases espesos y náuseas, capaces de enfermar a quien se acercara.

Una de las explicaciones naturales propuestas es el llamado fuego fatuo, un fenómeno asociado a la división de materia orgánica en ambientes húmedos. No obstante, la explicación de que estas luces se atribuyen a la combustión espontánea del fósforo y el metano no está científicamente demostrada para todos los casos.

También existe una interpretación vinculada con la vida rural: en algunos establecimientos se habría difundido la fama de que determinados campos estaban habitados por la luz mala para desalentar a los cuatreros y evitar que se acercaran al ganado durante la noche.

Entre el fenómeno natural y la creencia sobrenatural, la luz mala ocupa un lugar particular en el imaginario campesino. Una pequeña claridad en medio de la oscuridad podía convertirse en señal de muerte, anuncio de un tesoro o advertencia para quien anduviera solo por el campo.

El Pombero: el dueño del monte y de la siesta




En las regiones de influencia guaraní, especialmente en el Nordeste argentino, pocos personajes tienen una presencia tan fuerte como el Pombero.

Los relatos lo describen como un ser pequeño, cubierto de pelo y con un sombrero de paja viejo que oculta buena parte de su rostro. Lleva un bastón y tiene una característica inquietante: sus pies están invertidos, con los talones hacia adelante. Por eso, quien intenta seguir sus huellas puede terminar alejándose de él sin darse cuenta.

Se lo conoce como el dueño de la siesta, ese momento en que el campo parece detenerse y los adultos descansan. Los chicos que se alejaban de sus casas para internarse entre los algarrobales, los cañaverales o la espesura del monte podían encontrarse con él. Según las historias, tenía la capacidad de raptarlos, confundirlos o hacerlos desaparecer durante varias horas.

Pero el Pombero no era una amenaza exclusiva para los niños. También vigilaba el comportamiento de los adultos, especialmente de quienes trabajaban en el monte. Cazar más animales de los necesarios o talar árboles sin respetar el entorno podía despertar su enojo.

Los castigos llegaban durante la noche: piedras contra el techo, animales asustados, sonidos extraños y cantos de pájaros que conducían a los desprevenidos hacia lugares de los que después no podían salir.

La tradición también hablaba de pactos. Durante treinta noches consecutivas, algunas personas dejaban ofrendas en los límites del monte: tabaco, caña y miel. Si el Pombero aceptaba esos regalos, podía convertirse en protector de la vivienda, los cultivos y los animales. Interrumpir la entrega, en cambio, era considerada una falta grave.

La figura del Pombero expresa una relación particular con la naturaleza. No se trata de un monte vacío, disponible para cualquier uso, sino de un espacio habitado por fuerzas que deben respetarse. El temor a sus represalias podía desalentar la caza indiscriminada y la destrucción de la vegetación.

También había una razón doméstica: mantener a los chicos cerca de sus casas durante las horas de descanso de los mayores. Así, una misma criatura sirve para explicar ruidos nocturnos, proteger el entorno y poner límites a las travesuras infantiles.

El Familiar: el monstruo que habitaba los ingenios azucareros


En Tucumán y Salta circula una de las leyendas más oscuras del folklore del Noroeste: la del Familiar. Su historia está asociada con los grandes ingenios azucareros y con las condiciones de explotación que marcaron la vida de millas de trabajadores rurales.

Los relatos lo describen como un perro enorme, de pelaje negro, ojos rojizos, garras afiladas y pesadas cadenas que arrastran por los pasillos subterráneos de los establecimientos industriales. En otras versiones aparece como una serpiente gigante cubierta de pelo.

La leyenda sostenía que los propietarios de los ingenios habían realizado un pacto con el demonio para obtener riquezas, prosperidad económica y cosechas buenas. A cambio, debían entregar una vida humana cada año.

La víctima solía ser un trabajador solitario, alguien sin familiares en la zona o un peón que se había enfrentado a sus patrones. Lo enviaban a buscar una herramienta o cumplir alguna tarea en los sótanos y dependencias más apartadas. Después desaparecía. Al día siguiente, según la narración popular, solo quedaban sus pertenencias, mientras el patrón seguía acumulando riquezas.

Algunas versiones aseguraban que los objetos religiosos, como un rosario de plata bendecido o una cruz, podían proteger al trabajador. También se hablaba de puñales con empuñaduras en forma de cruz, capaces de herir al monstruo y obligarlo a escapar. Quien conseguía sobrevivir, sin embargo, debía abandonar inmediatamente el ingenio.

La leyenda cobra otro sentido cuando se la relaciona con la historia laboral de los establecimientos azucareros. Durante décadas, los trabajadores soportaron jornadas agotadoras, salarios miserables, hacinamiento y relaciones profundamente desiguales. Los propietarios ejercían un poder que muchas veces excedía la organización del trabajo. Las protestas y los reclamos por mejores condiciones podrían terminar en persecuciones y represalias.

En ese contexto, el Familiar puede interpretarse como una representación del miedo que dominaba la vida de los trabajadores. El monstruo que esperaba en los sótanos condensaba la violencia de un sistema en el que los patrones tenían un enorme poder sobre quienes dependían de ellos para sobrevivir.

La historia también pudo servir para explicar desapariciones y mantener sometidos a los peones. El trabajador que bajaba al sótano y no regresaba quedó envuelto en una explicación sobrenatural que podía desviar la atención de las responsabilidades humanas.

Las antiguas chimeneas de los ingenios todavía forman parte del paisaje de Tucumán y Salta. Detrás de esa arquitectura industrial, que transformó la economía del Noroeste, permanece una narración en la que la riqueza de unos pocos tenía un precio que pagaban otros.

El Cuero: la criatura que acecha bajo las aguas patagónicas


En los lagos y ríos de la Patagonia existe una leyenda que convierte un objeto cotidiano en una amenaza mortal: el Cuero.

A primera vista parece una piel de vaca o de oveja flotando sobre el agua. También puede confundirse con una manta abandonada entre las piedras de la orilla. Pero, según la tradición, no se trata de un cuero muerto, sino de una criatura sobrenatural que espera a sus víctimas.

En algunas versiones de origen mapuche aparece bajo el nombre de trülke wekufü. Su aspecto recuerda al de una manta o una piel extendida, aunque tiene características monstruosas: bordes provistos de garras, una boca en la parte central del cuerpo y una especie de ventosa capaz de succionar a los animales y las personas que se acercan.

El ataque es arrepentido. Cuando una víctima pisa la supuesta piel o se acerca demasiado, el Cuero se enrolla alrededor de su cuerpo y la arrastra hacia las profundidades. Algunas historias hablan de animales que desaparecen mientras bebe agua. Otros cuentan episodios protagonizados por niños que descansaban cerca de los ríos mientras sus madres lavaban la ropa.

Las armas comunes no servían contra su cuerpo resbaladizo. La única manera de vencerlo, decían los antiguos relatos, era arrojar al agua ramas espinosas de calafate u otras plantas. Al intentar envolverlas, el monstruo terminaba desgarrándose con sus propias espinas.

No hay pruebas que permitan identificar el cuero con una especie animal concreta. Se han propuesto explicaciones vinculadas con animales acuáticos de cuerpo aplanado, organismos gelatinosos y otros fenómenos naturales capaces de producir apariencias extrañas bajo el agua.

También puede entenderse como una advertencia de nacimiento de la experiencia cotidiana. Los lagos y ríos alimentados por el deshielo pueden ser extremadamente fríos, tener corrientes fuertes y presentar remolinos difíciles de detectar desde la orilla. En ese contexto, una criatura capaz de arrastrar a quienes se acercaban al agua funcionaba como una advertencia para mantener a los chicos alejados de las zonas peligrosas.

El Lobizón: la maldición del séptimo hijo y una leyenda que llegó hasta la Casa Rosada




El Lobizón es una de las criaturas más conocidas del imaginario popular argentino. Su historia, con raíces europeas y guaraníes, se expande por el Litoral y otras regiones del país.

La creencia tradicional sostiene que cuando una familia tiene siete hijos varones consecutivos, sin ninguna mujer entre ellos, el menor queda destinado a convertirse en Lobizón.

La transformación llegaría durante la adolescencia, especialmente las noches de martes y viernes y con mayor intensidad durante la luna llena. Según los relatos, el joven debía alejarse de su casa y dirigirse a un lugar solitario, como un monte, un gallinero o un cementerio. Allí se revolcaba tres veces sobre la tierra y comenzaba una transformación dolorosa.

El resultado era una criatura parecida a un perro enorme, negro y de aspecto feroz. Se decía que recorría los alrededores de los pueblos, se alimentaba de carroña y desenterraba cadáveres. Con la llegada del día recuperaba su apariencia humana y, en algunas versiones, ni siquiera recordaba lo ocurrido durante la noche.

Las consecuencias de esta creencia podrían ser mucho más dolorosas que la propia leyenda. Durante mucho tiempo, las familias que tenían un séptimo hijo varón podían ser objeto de sospechas y temores. Los relatos populares mencionan a niños rechazados y marginados por quienes creían que estaban destinados a convertirse en monstruos.

Para contrarrestar esa amenaza se difundió la costumbre de bautizar al niño y buscarle un padrino poderoso. Una de las tradiciones más conocidas consistía en solicitar que el propio presidente de la Nación asumiera ese compromiso.

La práctica adquirió una dimensión institucional a partir de la llegada de inmigrantes rusos al país. Las familias de ese origen transmitieron una costumbre vinculada con el padrinazgo del séptimo hijo varón por parte del zar. En la Argentina, esa tradición encontró un lugar propio y terminó incorporándose a las prácticas del Estado.

En 1974, durante la presidencia de Juan Domingo Perón, se formalizó el padrinazgo mediante el Decreto presidencial 848/74. En 2009, la práctica se extendió también a la séptima hija mujer. El beneficio contempla una medalla conmemorativa y una beca de estudios.

Una superstición que podía convertir a un niño en objeto de rechazo terminó dando lugar a una tradición institucional de protección. Es uno de los recorridos más singulares de estas leyendas: el Lobizón pasó de los relatos familiares a formar parte de una práctica oficial del Estado argentino.

Los miedos detrás de las leyendas

Las cinco criaturas pertenecen a regiones y tradiciones diferentes, pero sus historias permiten reconocer preocupaciones compartidas. La luz mala daba una explicación a las apariciones luminosas; el Pombero imponía límites en el monte; el Cuero advertía sobre los peligros del agua. El Familiar ponía en escena la violencia de las relaciones laborales y el Lobizón mostraba cómo una superstición podía afectar la vida de una familia.

No todas estas historias nacieron por las mismas razones ni pueden explicarse de una sola manera. Algunas reúnen creencias indígenas y europeas; otras se transformaron al pasar de una generación a otra. Su transmisión oral hizo que convivieran distintas versiones, con personajes y episodios que cambian según la región.

En esas diferencias está buena parte de su riqueza. No son relatos detenidos en el tiempo: siguen circulando porque alguien los cuenta, los recuerda o los incorporan a una conversación familiar.

Quizás la próxima vez que una luz aparezca en un campo oscuro, que algo se mueva entre los árboles o que una sombra cruce la superficie de un lago, alguien vuelva a mencionar alguna de estas historias. Y probablemente no falte quien prefiera cambiar de tema.

Por: Leyendas del Folclore Santiagueño