martes, 1 de septiembre de 2026

Santiago del Estero en 1885: Cuando un agrimensor dibujó el mapa de un futuro posible

Un documento olvidado revela los sueños, las disputas y la fe inquebrantable en el progreso de una provincia que miraba al horizonte con esperanza



En 1885, mientras Buenos Aires se vestía de modernidad europea y el puerto se llenaba de vapores y mercancías, un hombre de campo con escuadra y compás se sentó a escribir la historia de su tierra. Alejandro Gancedo, agrimensor y profesor del Colegio Nacional de Santiago del Estero, no imaginó que su "Memoria Descriptiva" se convertiría más de un siglo después en un documento clave para entender las raíces profundas de la Argentina interior.

La tarea no era menor. El gobierno nacional había abierto un concurso para que cada provincia redactara un informe detallado sobre su geografía, economía y posibilidades. Gancedo, sin embargo, no se limitó a cumplir con el formulario. Con una pluma que oscilaba entre la precisión técnica y la pasión patriótica, construyó un retrato que es a la vez inventario, diagnóstico y declaración de principios.

Un territorio que aún no se definía

Cuando Gancedo empezó a trazar los límites de Santiago del Estero, se encontró con un problema incómodo: nadie sabía con certeza dónde terminaba la provincia y dónde empezaban las vecinas. Catamarca, Córdoba y Tucumán disputaban cada palmo de tierra, y los documentos coloniales —Cédulas Reales del siglo XVII, deslindes confusos, actas perdidas— ofrecían más preguntas que respuestas.

"Todo es una tragedia en la que figuran personajes de forma humana con el más desenfrenado salvajismo", escribió Gancedo al referirse a la historia política de la provincia. No exageraba. Las disputas territoriales eran apenas el síntoma de un problema más profundo: Santiago del Estero, fundada en 1553, era una de las ciudades más antiguas del territorio argentino, pero también una de las más castigadas por el aislamiento y la violencia política.

El autor no se guardó críticas. Al describir el acuerdo limítrofe con Catamarca, firmado en 1881, lamentó la pérdida de "no menos de cuarenta leguas cuadradas de terreno". Un agrimensor no podía tolerar que las fronteras se definieran por acuerdos políticos apresurados y no por la geografía y la historia.

El ombligo del mundo vegetal

Más allá de las disputas políticas, Gancedo descubrió un universo de riqueza natural que desbordaba los mapas. Las sierras de Guasayan, Sumampa y Ambargasta eran apenas las arrugas de una vasta llanura que se extendía hasta perderse en el horizonte. Pero lo que realmente fascinó al agrimensor fue la exuberancia de una naturaleza que los porteños ignoraban.

Los algarrobos y quebrachos, esos árboles de madera dura que desafiaban los siglos, poblaban los bosques con una generosidad que hoy parece increíble. Gancedo anotó con precisión científica sus alturas y diámetros, como si estuviera levantando un inventario de las riquezas del reino vegetal. El quebracho colorado, esa madera que se petrificaba en el agua y duraba más de un siglo, era el material de construcción que hacía soñar a ingenieros y arquitectos.

Pero la fauna también ocupaba un lugar central en el relato. El "tigre americano" (el jaguar), el puma, el quirquincho, la vibrar de la cruz, y una variedad asombrosa de aves y peces desfilan por las páginas con nombres científicos y descripciones minuciosas. Era una naturaleza plena, indómita, que los santiagueños conocían y respetaban.

La sal como bendición

Uno de los pasajes más apasionados de la memoria de Gancedo es su defensa del suelo santiagueño. En su época, circulaba la idea de que las tierras de Santiago del Estero eran estériles porque en algunos puntos afloraban sales. Para el agrimensor, esta creencia no era solo equivocada: era una ofensa al potencial de la provincia.

Citando a agrónomos europeos y estudios sobre la sal como fertilizante, Gancedo se lanzó a una defensa encendida del terruño. El cloruro de sodio, argumentaba, no solo no dañaba el suelo, sino que actuaba como un estimulante natural para los cultivos. Hablaba de experimentos en los que la sal había aumentado el rendimiento de la cebada y el trigo, y recordaba que en Suiza e Inglaterra la sal era considerada un alimento indispensable para el ganado.

"Los economistas Turgot, Neker y otros consideraron siempre la restricción de la sal como contraria al desarrollo de la riqueza pública", escribió Gancedo, citando a las autoridades europeas para refutar a los ignorantes locales. No era solo una cuestión técnica, sino una batalla por el orgullo provincial.

El agua como obsesión

Si hay un capítulo que condensa el espíritu visionario de Gancedo, es el dedicado a los ríos Dulce y Salado. El agua, para él, era el verdadero motor del progreso. Y su gran obsesión —compartida con el gobernador Manuel Taboada veinte años antes— era desviar el Río Dulce por su antiguo cauce para que volviera a regar las poblaciones de Loreto, Atamisqui y Salavina.

"El Dulce es nuestro Nilo", escribió, parafraseando a Taboada. La obra, que beneficiaría más de 150 leguas cuadradas, era para él "el secreto de nuestro porvenir". No es difícil imaginar a Gancedo recorriendo los cauces secos, midiendo pendientes y calculando caudales, convencido de que la solución a todos los males de la provincia estaba en el manejo inteligente del agua.

Pero también era un lamento. El río se había desviado de su curso histórico, y las poblaciones que una vez prosperaron a su orilla habían quedado abandonadas. "Es preciso que no tomemos con tanto ardor la política y nos dediquemos un momento a considerar lo que pasa en cada punto de nuestro querido suelo", reclamaba con un tono que mezclaba la frustración y la esperanza.

El ferrocarril que no llegaba

Gancedo dedicó varias páginas a describir el sistema de comunicaciones de la provincia, y el diagnóstico era implacable: Santiago del Estero estaba aislada. Los caminos carreteros formaban una "red", pero eran deficientes. Los ríos eran "susceptibles de ser navegados", pero nadie lo había intentado seriamente. El Ferrocarril Central Norte apenas rozaba el territorio provincial, sirviendo más como límite con Catamarca que como vía de integración.

La construcción de un ramal desde la estación Frías hasta la ciudad capital era su gran anhelo. El tren, pensaba Gancedo, traería no solo mercancías, sino "progreso material e intelectual". Era la fe de su generación: creer que el ferrocarril era la llave que abriría todas las puertas.

Y en gran medida, no se equivocaba. La llegada del tren transformó la Argentina del siglo XIX, y Santiago del Estero no fue la excepción. Pero Gancedo también señalaba lo que faltaba: correos regulares, telégrafos, caminos en buen estado. Su diagnóstico era el de un hombre que veía el potencial y las limitaciones con la misma claridad.

El despertar agrícola

El capítulo sobre agricultura es quizás el más vibrante de toda la memoria. Gancedo describe un fenómeno que estaba transformando la provincia: el auge del cultivo de la caña de azúcar. "Quién conoció la Provincia seis años antes de esta fecha, la desconocería completamente en la presente", escribió.

Los datos son contundentes. En 1876, Santiago del Estero tenía apenas 80 surcos de caña. En 1881, la cifra había saltado a 580 cuadras. La tierra, que antes se vendía por mil patacones la legua, se cotizaba a "veinte y cinco y treinta pesos la cuadra". El valor se había centuplicado en pocos años.

Detrás de este despegue estaban hombres como Pedro San Germes y Jaime Vieyra, a quienes Gancedo retrata con admiración. Sus ingenios azucareros, con maquinaria moderna traída de Europa y una organización casi industrial, eran la prueba viviente de que la agricultura podía ser el motor del desarrollo provincial.

Gancedo calculó con precisión los costos y rendimientos: los suelos arcillosos, los sistemas de riego con acequias, los arados norteamericanos, las trilladoras a vapor. Era un manual práctico de cómo construir una provincia agrícola moderna.

La ganadería silenciosa

Menos espectacular que la caña de azúcar, pero igualmente fundamental, era la ganadería. Gancedo describió con detalle las razas de ganado vacuno, yeguarizo, mular y ovino. Destacó la superioridad de la mula santiagueña, un animal sufrido y resistente que era la base de los transportes en toda la región.

Pero también señaló un problema que persistiría durante décadas: el sistema de cría era "primitivo". El campo era comunal, los animales pastaban sin control, y los propietarios a menudo ni siquiera sabían cuántas cabezas tenían. La solución, para Gancedo, era un Código Rural que ordenara el uso de la tierra y el manejo del ganado.

Su crítica a los catastros es particularmente mordaz. Los empadronadores, escribió, "no saben valorar una propiedad" y favorecen a amigos y parientes. El resultado son estadísticas falsas que impiden una administración justa de los impuestos. Es una denuncia que todavía resuena en la política argentina actual.

Un hombre de su tiempo

Lo más fascinante de la "Memoria Descriptiva" es que Gancedo no se limitó a describir. También juzgó, criticó y soñó. Su dedicación a la juventud de la provincia, con la que abre el libro, es un manifiesto completo de sus convicciones:

"Juventud santiagueña – escribió- No desmayéis ante los pasajeros obstáculos que en vuestro difícil camino se os presenten; pensando siempre en vuestro deber, recordad que vuestra provincia posee miles de leguas de terreno de exuberante vegetación".

Su optimismo era una elección personal, una decisión de mirar hacia adelante a pesar de todo. Y en esa mirada, Gancedo fue un hijo de la generación del ochenta, esa elite intelectual y política que creía en el progreso, la ciencia y la inmigración como los instrumentos de la redención nacional.

El mapa de un futuro posible

Hoy, al leer la memoria de Gancedo, encontramos un documento que es muchas cosas a la vez. Es un inventario de recursos naturales que ya no existen con la misma abundancia. Es un diagnóstico económico que adelantó los dilemas del desarrollo regional. Es una crítica política a un sistema que castigaba el trabajo y premiaba la especulación.

Pero es también un sueño. Gancedo creyó que Santiago del Estero podía ser una provincia próspera, con industrias pujantes, caminos bien trazados, escuelas para todos. Creyó que el trabajo y la educación podían vencer al caudillismo y la pobreza.

La historia, con su ironía implacable, le dio la razón a medias. La provincia se transformó, pero también enfrentó nuevos desafíos. El ferrocarril llegó, pero la concentración de la tierra y el éxodo rural persistieron.

Aun así, la memoria de Gancedo sigue siendo un recordatorio de que el futuro se construye con diagnósticos precisos y esperanzas bien fundadas. Y también, como él mismo escribió, con la certeza de que "marcharemos siempre adelante, a pesar de todo, buscando el bien de la patria".

Tres claves para entender el legado de Gancedo:

1. Diagnóstico del aislamiento – El autor identificó la falta de comunicaciones como el principal freno al desarrollo de Santiago del Estero, señalando un problema estructural que marcaría a la provincia durante décadas.

2. Fe en el progreso agroindustrial – Su defensa de la agricultura, especialmente la caña de azúcar y la vid, refleja la confianza en el potencial productivo de la tierra, un optimismo que se tradujo en inversiones reales.

3. Crítica a la administración – La denuncia de catastros fraudulentos y la falta de estadísticas confiables revela una conciencia temprana de la necesidad de modernizar el Estado y combatir la corrupción.

Reflexiones finales:

1. La "Memoria Descriptiva" captura un momento de transición en la historia argentina, cuando el país dejaba atrás el caudillismo y se asomaba a la modernidad.

2. La obra de Gancedo es un testimonio del optimismo de una generación que creía en el progreso como una fuerza inexorable, capaz de transformar las realidades más adversas.

3. Más allá de su valor histórico, el documento sigue siendo relevante como ejemplo de cómo se puede construir una narrativa esperanzadora sin perder de vista los problemas estructurales.

El mito de los túneles secretos de Santiago del Estero: ¿leyenda urbana o realidad subterránea?


Si te criaste en Santiago o escuchaste hablar de la Madre de Ciudades, seguro te cruzaste con el mito. Ese que jura que debajo del asfalto hay toda una red secreta de pasadizos conectando iglesias, teatros y viejas casonas. Una especie de ciudad oculta construida para esquivar ataques o guardar tesoros.

La idea engancha, no hay duda. Suena a película. Pero cuando la historia y la arqueología se meten a revisar las pruebas, la película se cae bastante rápido.

Lo que realmente hay bajo el suelo

Los historiadores y arqueólogos que entraron a inspeccionar los edificios más viejos de la provincia dicen lo mismo: no hay un solo metro de túnel. Lo que durante décadas se vendió como un sistema de escape no es más que arquitectura práctica de la época, malinterpretada con los años.

Hay dos lugares emblemáticos que alimentaron el mito casi más que ningún otro:

  • El Teatro 25 de Mayo: Se dijo mil veces que debajo del escenario había pasajes ocultos. La realidad es mucho más ingeniosa. Como el teatro se diseñó en forma de herradura, los vacíos bajo las maderas se pensaron como cámaras de aire para amplificar el sonido. Encima, como la base del escenario quedó un metro por encima del suelo natural, la vista engaña y da la sensación de estar parado sobre un sótano profundo.
  • La Casa de los Taboada: Cuando el arquitecto Rodolfo Legname y su equipo excavaron la propiedad, las famosas "entradas a las catacumbas" resultaron ser sótanos y bodegas familiares. En el siglo XIX era de lo más normal tener esos espacios para guardar vino o mantener fresca la comida en pleno verano.

Ataques, cárceles y teorías que no cierran

La voz popular terminó armando un relato casi de ficción, adjudicándole a estas construcciones funciones de refugio militar o calabozos secretos.

Pero los papeles y la lógica histórica dicen otra cosa. Para el siglo XIX ya no había grupos indígenas hostiles operando dentro del casco urbano como para justificar semejante gasto de ingeniería militar. Tampoco se encontró jamás un solo grillete, una compuerta colonial o una conexión física real que uniera el Teatro con la iglesia de San Francisco Solano o la antigua Casa de Gobierno. Nada.

¿Cómo nació semejante historia?

Las leyendas nunca salen de la nada. Entre 1672 y 1702, las crecidas del río obligaron a mudar la ciudad en más de una oportunidad. Con los años, sobre los escombros y cimientos de la vieja infraestructura se construyeron casas nuevas. Cuando en décadas posteriores alguien remodelaba y se chocaba con una pared antigua o un sótano olvidado, el boca a boca hacía la magia pesada y la imaginación colectiva ponía el resto.

Santiago no necesita pasadizos de película para ser interesante. Lo que quedó a la vista y en la superficie alcanza para entender su verdadera historia.

 

El GPS del Imperio: La fascinante historia del Camino Real que unió a Sudamérica

 


Imagínate en pleno siglo XVII. Sin GPS, sin rutas asfaltadas y mucho menos aviones. Un viaje de Buenos Aires a Lima implicaba meses de travesía cruzando selva, montañas y llanuras interminables a bordo de una carreta de madera o sobre el lomo de una mula.

Parece una locura, pero un día como hoy, en 1663, empezó a gestarse la red vial más ambiciosa de la Sudamérica colonial: el Camino Real.

Todo arrancó formalmente en Santiago del Estero - la «Madre de Ciudades» - cuando se trazaron las primeras líneas de la infraestructura que cambiaría la geopolítica del continente para siempre.

Reyes, intrigas y un imperio gigante: El contexto global

Para entender por qué se encaró semejante obra de ingeniería hay que mirar el tablero mundial. En el siglo XVII, España estaba bajo el mando de los Habsburgo. Tras los reinados de Carlos I y Felipe II, la corona pasó por Felipe III («El Piadoso»), Felipe IV («El Rey Planeta») y Carlos II («El Hechizado»), el último antes de la llegada de los Borbones.

Bajo el gobierno de Felipe IV, el dominio español abarcaba un territorio monumental: Portugal, los Países Bajos, Nápoles, Sicilia y casi toda la América ibérica. Controlar semejante gigante desde Madrid no era simple, sobre todo con la presión militar de la Francia de Luis XIV.

Felipe IV sabía que para no perder las colonias americanas necesitaba dos prioridades: orden legal y vías de comunicación efectivas. De esa visión nacieron la Real Audiencia de Buenos Aires en 1662 y la institucionalización del Camino Real al Perú en 1663.

¿Qué era exactamente el Camino Real?

Más que un sendero de tierra, era la gran red pública de carreteras del Imperio. Inspirado en la eficacia de las vías romanas y en el trazado del Qhapaq Ñan incaico, buscaba conectar las ciudades estratégicas con rutas anchas y seguras para carretas, comercio, tropas y viajeros. Partía de Buenos Aires, cruzaba Córdoba, Santiago del Estero, Tucumán, Salta y Jujuy, y se adentraba en el Alto Perú hasta alcanzar Lima.

El gran gestor en estas tierras fue el gobernador de Buenos Aires, José Martínez de Salazar. El trazado oficial salía de una modesta Buenos Aires y, a la altura de Luján, se abría en dos: el Camino Real al Oeste (rumbo a Chile por la cordillera) y el Camino Real del Norte, directo a Lima, la metrópolis más deslumbrante de la región.

Las Postas: Las estaciones de servicio del siglo XVII

Moverse durante meses exigía una logística impecable. A lo largo de miles de kilómetros se instalaron las postas: verdaderos complejos estatales de reabastecimiento ubicados a distancias estratégicas. Una posta no era un simple parador; cumplía funciones operativas clave:

  • Hospedaje y comida para viajeros exhaustos.
  • Remuda de caballos para mantener la marcha sin pausas.
  • Estafeta postal para los chasquis del correo real.
  • Puntos de seguridad con pequeños destacamentos militares.

Con el tiempo, alrededor de estas postas se afincaron comerciantes, artesanos y familias, dando origen a pueblos y ciudades que existen hasta hoy.

La ruta en números: De la selva a los Andes

El recorrido revela la enorme escala de la obra en territorio argentino:

  • Buenos Aires: 70 leguas (~350 km) y 14 postas, con puntos emblemáticos como la Cañada de Morón, Areco y Fontezuelas.
  • Santa Fe: 40 leguas (~200 km) y 7 postas, destacándose Arequito.
  • Córdoba: El tramo más largo de la llanura, con 130 leguas (~650 km) y 30 postas. Pasaba por sitios de gran peso histórico como Cabeza de Tigre, Fraile Muerto (hoy Bell Ville) y Sinsacate. Aquí, la actual Ruta Nacional 9 calca casi al detalle el trazado colonial por más de 500 kilómetros.
  • Santiago del Estero: 93 leguas (~465 km) y 14 postas.
  • Tucumán: 60 leguas (~300 km) y 8 postas, como Vizarra.
  • Salta y Jujuy: 70 leguas (~350 km) y 72 leguas (~360 km) respectivamente, abriéndose paso por la quebrada hacia el Alto Perú antes de encarar más de doscientas paradas adicionales hasta Lima.

El protagonismo (y la paradoja) de Santiago del Estero

En 1663, Santiago del Estero ocupaba un lugar central. Como «Madre de Ciudades», era la capital de la Gobernación del Tucumán y la sede episcopal. Una parada obligada donde los viajeros descansaban días antes de encarar el ascenso al Alto Perú. La ruta ingresaba bordeando el río Dulce y pasaba por postas históricas como Sumampa, Loreto, Silipica y Manogasta.

Pero la historia tiene sus vueltas. A medida que el camino se consolidó en el siglo XVIII, las decisiones políticas cambiaron el mapa: la capital administrativa se mudó a Salta y el obispado a Córdoba. Aunque las carretas y el correo siguieron pasando, la pérdida de rango sumió a la región en un letargo del que recién despertaría tras la Revolución de Mayo y su autonomía en 1820.

Redescubrir las huellas del pasado

Hoy, las ruinas de las antiguas postas salpican el paisaje desde el Río de la Plata hasta el altiplano peruano. Son el testimonio de una época donde las distancias se medían en días a caballo y la voluntad abría rutas en medio de la nada.

Si en Europa circuitos como el Camino de Santiago o las Antiguas Vías Romanas atraen a miles de personas cada año, Sudamérica tiene en el Camino Real una oportunidad gigante. Recuperar y poner en valor este trazado no solo rescataría un patrimonio histórico inestimable, sino que le daría nueva vida económica y turística a decenas de pueblos. Al final, la historia no es solo lo que quedó atrás, sino el camino que todavía podemos volver a caminar.

 

domingo, 30 de agosto de 2026

La Luz Mala: entre el espanto del campo y la ciencia de los gases



Si alguna vez anduviste de noche por el campo, sabés bien lo que se siente. Esa oscuridad cerrada, profunda, que parece tragarse el camino y todo lo que hay alrededor. Y si alguna vez, en medio de esa penumbra, viste un resplandor flotando a lo lejos, entonces seguramente entendés por qué la historia de la Luz Mala sigue dando que hablar.

La Luz Mala -o Ailen Mulelo, como la llamaban algunos pueblos originarios- es una de esas leyendas que quedaron profundamente arraigadas en el folklore rural argentino. Una historia que pasó de generación en generación y que todavía aparece, de tanto en tanto, en alguna conversación alrededor de un fogón.

Pero detrás del miedo y de los relatos de aparecidos hay una pregunta que vale la pena hacerse: ¿qué había realmente detrás de esas luces que, en plena noche y en medio de la nada, podían hacer frenar hasta al paisano más curtido?

El origen según la cosmovisión originaria

Para las comunidades originarias, encontrarse con uno de estos fuegos fatuos no era algo que pudiera tomarse a la ligera. En mapudungun recibió el nombre de Ailen Mulelo, una expresión vinculada a ailliñ, "brasa", y amulen, "andar" o "caminar". De ahí surge esa imagen tan poderosa: la "brasa ardiente que camina".

En otras regiones del interior también se la conoció como Boy Tata.

Dicen que ver una de estas luces en medio de un sendero era motivo suficiente para no volver a pasar por ese lugar durante mucho tiempo. No era simplemente una cuestión de superstición. Había, sobre todo, un profundo respeto por aquello que se entendía como una manifestación del mundo de los muertos, una aparición que escapaba a la comprensión de los vivos.

Un alma errante en busca de compañía

Con el paso de los años, la tradición criolla tomó aquella creencia y la fue transformando a su manera. En el imaginario popular, la Luz Mala terminó convirtiéndose en la presencia de un alma en pena que vaga por la pampa sin encontrar descanso.

Según esta versión, se trata de espíritus que quedaron atrapados en una especie de punto intermedio. Personas que habían cometido faltas durante su vida, aunque no lo suficientemente graves como para condenarlas al infierno ni tan leves como para permitirles alcanzar el cielo.

Y entonces el alma queda ahí. Sin rumbo. Sin descanso.

La tradición decía que buscaba acercarse a los vivos porque necesitaba compañía. Permanecía vagando en la oscuridad, esperando que algún familiar, amigo o ser querido realizara una buena obra en su nombre. Solo así podría, finalmente, encontrar la redención y abandonar este mundo.

Lo que la ciencia tiene para decir

Ahora bien, por fascinante -y también por inquietante- que resulte la leyenda, la explicación científica es bastante más terrenal.

En determinados ambientes, esas luces pueden relacionarse con fenómenos naturales muy concretos.

Uno de ellos son las emanaciones de metano, especialmente frecuentes en terrenos anegados o pantanosos, como los que existen en sectores de la Bahía de Samborombón.

También están los gases producidos por la descomposición de materia orgánica. Cuando restos vegetales, animales o grasas se descomponen a poca profundidad, pueden liberar distintos gases que, bajo determinadas condiciones, producen pequeñas luminiscencias o destellos al entrar en contacto con el aire.

Y existe además otra explicación que durante mucho tiempo alimentó la leyenda: la fosforescencia asociada a determinadas osamentas y restos orgánicos.

Después está la noche.

Una brisa apenas perceptible puede desplazar los gases y hacer que el resplandor parezca moverse, como si bailara en la distancia. Y cuando la luz proviene de un punto fijo, entran en juego otros factores: el cansancio de la vista, la oscuridad absoluta, la falta de referencias para calcular las distancias y, claro, el miedo.

Porque cuando uno está solo en medio del campo y ve una luz que no sabe explicar, la imaginación hace el resto.

El contrahechizo del paisano

Pero, claro, la explicación científica nunca logró borrar del todo las viejas creencias. Y si la lógica no te alcanza o simplemente preferís no correr riesgos cuando la noche se pone brava, el paisano también tenía su propio método para defenderse.

La receta era sencilla y, según la tradición, había que actuar rápido: encomendarse a Dios con un rezo entre dientes y morder de inmediato la vaina del cuchillo.

¿Por qué?

Porque en la pampa profunda, cuando aparecían cosas que escapaban a toda explicación, el acero siempre ocupaba un lugar especial. Era una especie de última defensa frente a lo desconocido.

Y quizás ahí esté buena parte del encanto de la Luz Mala. Entre los gases de la tierra, los restos de animales, la oscuridad de la noche y las antiguas creencias, quedó atrapada una historia que todavía nos obliga a mirar dos veces cuando, allá lejos, aparece una luz solitaria en medio del campo.

Porque hay noches en las que una explicación científica alcanza.

Y hay otras en las que, aunque uno no quiera admitirlo, prefiere seguir de largo.

 

sábado, 29 de agosto de 2026

La Salamanca y Sachayoj: los misterios que todavía viven en el monte santiagueño

 Hay historias que no desaparecen, aunque pasen los años. Se cuentan una y otra vez, cambian algunos detalles, incorporan nuevos personajes, pero mantienen algo esencial: esa capacidad de despertar curiosidad, respeto y, por qué no, un poco de miedo.



En Santiago del Estero, el monte fue durante generaciones el escenario de muchas de esas historias. Entre caminos solitarios, cuevas, quebradas y noches de silencio aparecen dos figuras que todavía forman parte del imaginario popular: Sachayoj Zupay y la Salamanca.

Sachayoj Zupay, el espíritu que recorre el monte

En la selva saladina santiagueña se conserva una antigua leyenda sobre un espíritu errante llamado Sachayoj Zupay.

Según la tradición, atraviesa los campos corriendo o montado sobre una mula negra. Y no va con las manos vacías: lleva mulitas, lechiguanas y otros obsequios para quienes se animen a encontrarse con él.

La escena tiene algo inquietante. Imaginar a un jinete misterioso apareciendo en medio del monte, entre la oscuridad y los caminos perdidos, alcanza para entender por qué este tipo de relatos sobrevivió durante tanto tiempo.

Son historias que parecen hechas para una noche alrededor del fogón, cuando el silencio se vuelve más profundo y cualquier ruido entre los árboles puede alimentar la imaginación.

Pero si hay una leyenda que ocupa un lugar central en el folklore del norte argentino, esa es la Salamanca.

La Salamanca, entre brujos, diablos y secretos

La Salamanca es presentada como un lugar oculto, conocido únicamente por quienes han sido iniciados en las artes de la brujería.

La tradición cuenta que sus reuniones tienen lugar durante las noches de los sábados. Allí se encuentran hechiceros, adivinos y brujos, conocidos también como "calcus", acompañados por animales y espíritus.

Quienes aseguran haber llegado hasta allí describen un ambiente difícil de olvidar: un recinto iluminado con lámparas de aceite humano, lleno de gritos, carcajadas y un enorme alboroto.

Pero entrar no sería sencillo.

Primero había que conocer una contraseña. Sin ella, la entrada permanecía invisible. Con la palabra correcta, comenzaba un recorrido por una especie de laberinto en el que el visitante debía enfrentarse a distintas pruebas.

Y ahí la historia se vuelve bastante más oscura.

Chivos, serpientes y basiliscos

Uno de los primeros obstáculos era el Arunco, un chivo maloliente que embestía al visitante y lo empujaba hacia el interior.

Después aparecía una enorme culebra colgante, amenazante, con una baba sanguinolenta que le caía de la boca.

Y finalmente estaba el basilisco, con su ojo centelleante.

Quien lograba atravesar estas pruebas todavía tenía una obligación fundamental: guardar el secreto.

La tradición advertía que revelar dónde estaba la entrada a la Salamanca podía traer consecuencias terribles. El misterio, en definitiva, necesitaba del silencio para mantenerse vivo.

Una leyenda que cruzó fronteras

Aunque la Salamanca quedó profundamente arraigada en el folklore del norte argentino, su historia es mucho más amplia.

Se intentó relacionar el término con la palabra aimara "sallamanca", interpretada como "piedra abajo". Sin embargo, también existe la interpretación de que tanto el nombre como el mito tienen origen hispano y que luego se extendieron por distintas regiones de América del Sur.

La creencia aparece, con diferentes variantes, en Chile, Bolivia y varias provincias argentinas.

En Chile, Vicuña Cifuentes recogió la idea de que las salamancas serían entradas hacia una gran "Cueva de Salamanca". Incluso existía una curiosa forma de reconocer a quienes supuestamente habían estado allí: observar si proyectaban sombra al caminar.

En Catamarca, Villafuerte registró otra versión. Allí se decía que para entrar había que hacerlo desnudo y acompañado por un cuervo negro. El visitante debía renegar de Dios y escupir un crucifijo colocado en la puerta.

Cada lugar fue incorporando sus propios detalles. Y eso es, justamente, una de las características más interesantes de estas leyendas: cambian según la región, pero conservan el núcleo del misterio, la transgresión y el pacto con lo desconocido.

El Diablo vestido de gaucho

En Jujuy, los testimonios recopilados por Berta Vidal ubican una Salamanca en el Huancar, un cerro cercano a Abra Pampa.

Allí aparece el "Tío", una representación del Diablo vestido como un gaucho elegante y adornado con objetos de plata.

Según la tradición, buscaba hombres dispuestos a realizar un pacto a cambio de riquezas extraordinarias.

Una copla popular resumía ese encuentro:


"Voy a firmar un contrato
el martes de carnaval,
con el diablo principal,
que me espera en el Huancar."

 

En pocas líneas aparece uno de los temas centrales de estas historias: el deseo de conseguir algo extraordinario, aun cuando el precio pueda resultar demasiado alto.

¿Qué buscaban quienes entraban a la Salamanca?

La Salamanca no era imaginada solamente como un sitio de brujos y diablos.

También era, dentro de la creencia popular, un lugar al que podían acudir quienes buscaban determinadas habilidades.

Un cantor podía entrar para mejorar su voz. Un orador, para conseguir mayor facilidad de palabra. Un jinete, para perfeccionar sus destrezas.

El Diablo podía conceder esos dones, pero había una condición: entregar el alma.

El pacto quedaba establecido mediante un contrato que debía cumplirse dentro de un plazo determinado y, según la tradición, podía estar firmado con sangre.

En las zonas montañosas, la Salamanca solía ubicarse en cuevas y socavones. En las regiones de monte y llanura, en cambio, se la imaginaba escondida en lo más profundo de la espesura.

Desde allí, decían, podían escucharse músicas, risas y cantos. Todo parecía invitar al curioso a entrar.

Cuando la leyenda llegó al folklore

Con el paso del tiempo, estas historias dejaron de pertenecer únicamente a la tradición oral. También llegaron a la literatura y a la música popular.

Los cantores del norte argentino encontraron en la Salamanca un tema casi inagotable. Sus canciones hablan de los pactos, de quienes se aventuraron a entrar y de las habilidades que supuestamente podían conseguir.

La leyenda también aparece vinculada a la literatura gauchesca a través de Santos Vega, el famoso payador que, según la tradición, habría obtenido sus extraordinarias habilidades en la Salamanca.

Cuando Juan sin Ropa, una representación del Diablo, aparece para buscarlo, Santos Vega lo enfrenta en un contrapunto y termina siendo vencido.

La historia fue recogida en distintas versiones, entre ellas las de Hilario Ascasubi y Rafael Obligado.

De la Salamanca a Fausto

La idea de pactar con el Diablo para obtener aquello que parece imposible tampoco es exclusiva del folklore argentino.

Un ejemplo conocido es Fausto, protagonista de una antigua leyenda alemana. Allí, el personaje entrega su alma a cambio de conocimiento, placeres y experiencias que van más allá de los límites humanos.

La historia atravesó siglos, países y distintas formas de expresión artística.

En ese sentido, la Salamanca puede entenderse como una versión propia, profundamente ligada al mundo rural y a las creencias del norte argentino, de un tema mucho más antiguo: el deseo de conseguir aquello que se quiere con tanta fuerza que hasta se está dispuesto a negociar con lo desconocido.

El monte también guarda sus historias

Sachayoj Zupay y la Salamanca forman parte de ese enorme universo de relatos que acompañaron durante generaciones a las comunidades santiagueñas.

No hace falta decidir si estas historias ocurrieron realmente para comprender su importancia. Son parte de una memoria colectiva construida a través de voces, experiencias, temores y deseos que fueron pasando de una generación a otra.

Y quizás ahí esté su verdadero valor.

En estas leyendas aparecen el monte, los animales, la noche, la música, el misterio y algo profundamente humano: la necesidad de explicar lo desconocido y, al mismo tiempo, la esperanza de alcanzar aquello que parece fuera de nuestro alcance.

Por eso todavía nos atraen.

Porque cuando alguien cuenta que en algún lugar del monte existe una Salamanca, o que una figura misteriosa puede aparecer montada sobre una mula negra, el relato deja de ser simplemente una historia antigua.

Durante unos minutos, el monte vuelve a llenarse de sombras, sonidos y secretos.

Y queda flotando una pregunta, de esas que no necesitan respuesta inmediata: ¿cuánto de aquellas historias se perdió con el paso del tiempo y cuánto sigue escondido, todavía, entre los árboles y los caminos de Santiago del Estero?

Fuente: texto base proporcionado, con referencias a recopilaciones y trabajos de José Ramón Farías, Vicuña Cifuentes, Villafuerte y Berta Vidal, además de la colaboración de J. A. Barrio.

 

viernes, 28 de agosto de 2026

Las cicatrices del tiempo en Los Cerrillos: El enigma geológico de Santiago del Estero


Por: Leyenda del Folclore Santiagueño

Basado en: Omil & Cabrera (1992), Acta Geológica Lilloana

Ubicación: Depto. Guasayán, Santiago del Estero

Contexto histórico y relevancia

A tan solo 15 kilómetros al este de la majestuosa Sierra de Guasayán, el relieve plano de la provincia de Santiago del Estero se ve interrumpido abruptamente por una modesta alineación de lomadas bajas. Se trata de Los Cerrillos, un accidente topográfico delimitado y atravesado de oeste a este por la Ruta Nacional N° 64, que divide el paisaje en dos sectores bien definidos: Cerrillos Norte y Cerrillos Sur. A simple vista, para el viajero apresurado, podrían parecer simples montículos de tierra marcados por la vegetación chaqueña; sin embargo, en sus entrañas de basalto, areniscas rojas y lavas alteradas se esconde un rompecabezas estratigráfico de cientos de millones de años.

Para desentrañar la historia de este rincón ubicado entre los 28° – 28° 07′ de latitud sur y los 64° 39′ – 64° 42′ de longitud oeste, es necesario sumergirse en las investigaciones que transformaron la cartografía del Noroeste Argentino. Lo que durante décadas se interpretó de forma contradictoria, reveló a inicios de los años noventa una secuencia geológica compleja que otorga a Los Cerrillos un carácter autónomo e independiente del de la Sierra de Guasayán.

Desarrollo: Un viaje por las rocas, los datos y las canteras

1. El debate entre los cronistas de la tierra

La exploración de la zona no es reciente. Ya en 1928, el geólogo Bernardo Beder realizó los primeros estudios sobre la Sierra de Guasayán y su entorno. Con el paso de las décadas, los aportes de Minera Tea (1968), Ruiz Huidobro (1973) y Battaglia (1982) intentaron precisar la edad y composición del subsuelo santiagueño.

Sin embargo, las discrepancias no tardaron en aparecer. Según Ruiz Huidobro (1973), las areniscas rojas de la zona formaban parte de la «Formación Ichagón», asignándoles una antigüedad correspondiente al Carbónico superior - Pérmico inferior sobre la base de las primeras dataciones radimétricas disponibles. Años más tarde, Battaglia (1982) reordenó el mapa estratigráfico: denominó Formación Los Cerrillos a las areniscas rojas e incluyó a las rocas volcánicas subyacentes en la Formación Las Lomitas, sugiriendo para estas últimas una probable edad Devónica superior.

2. Testimonio directo en la Cantera San Miguel

Para resolver estas objeciones y precisar las relaciones estratigráficas, los investigadores Marta Omil y Manuel Cabrera (del Instituto de Geocronología de la Fundación Miguel Lillo - CONICET), con el asesoramiento en campo del Dr. Juan Carlos Porto, analizaron en detalle la Cantera San Miguel.

En el corte transversal Este-Oeste de esta cantera, la historia del Paleozoico quedó expuesta. Los autores observaron cómo la fluidalidad, el fallamiento y los sistemas de diaclasas abrieron paso a soluciones hidrotermales que alteraron la roca original. En palabras de Omil y Cabrera (1992):

"Las rocas originalmente pardo violáceas oscuras toman una coloración pardo amarillenta, pardo rojiza o blanquecina".

A la salida de la cantera, la naturaleza dejó un detalle llamativo:

"En una zona de falla, se ha encontrado un nódulo formado en su interior por un agregado de cuarzo hialino, y recubierto exteriormente por una capa de yeso selenítico en rosetas de pequeñas dimensiones".

Las dataciones mediante el método Potasio-Argón (K-Ar) sobre roca total realizadas por la Secretaría de Minería en efusivas de la Formación Las Lomitas arrojaron valores que varían entre 300 ± 10 Ma y 270 ± 10 Ma, ubicando este magmatismo entre el Carbónico superior y el Pérmico inferior.

3. La secuencia estratigráfica en narrativa

Por encima de este basamento volcánico alterado, y apoyándose en clara discordancia angular, se despliegan las areniscas rojo ladrillo de la Formación Los Cerrillos. Constituyen la casi totalidad del cuerpo serrano occidental y destacan por granos de cuarzo de entre 840μm y 84μm, cohesionados por hematita y limonita.

En la entrada de la Cantera San Miguel, al pie de la ladera oriental de Cerrillos Norte, los geólogos identificaron una columna continua de 25 metros de espesor de lutitas pardas y verdosas. Sobre el labio superior de las areniscas rojas (que afloran a lo largo de 50 metros), descansan en discordancia 7 metros de lutitas verdoso claras. Sobre ellas se apoyan 6 metros de lutitas pardo rojizas y luego 10 metros de lutitas verdosas claras orientadas de norte a sur con inclinación de 50 al este. A través de un plano de falla, la secuencia continúa con 1,5 m de lutitas pardas rojizas con lentes verdes y finaliza en el techo con 0,50 m de lutita verdosa casi horizontal, alterada térmicamente por la efusión de los basaltos pardo grisáceos de la Formación Ichagón.

Estos basaltos mesozoicos (con edades de 240 ± 10 Ma y 203 ± 10 Ma, del Triásico superior al Jurásico inferior) muestran vinculación con eventos volcánicos registrados en la Sierra de Maz y Famatina en La Rioja (González y Toselli, 1973).

El legado geológico de Los Cerrillos

El ciclo concluye en el Cenozoico con las andesitas pardo grisáceas de la Formación La Represa (Mioceno superior) - correlacionables con las efusiones de la Cantera de Curi en la Sierra de Guasayán (Omil y Cabrera, 1991) - y los potentes depósitos de arcilitas y yeso de la Formación Río Salí (Mioceno).

El principal aporte del trabajo de Omil y Cabrera (1992) radica en haber demostrado que Los Cerrillos muestran un carácter geológico sustancialmente diferente al de la Sierra de Guasayán. Mientras que la sierra principal responde a bloques del basamento pampeano, este cordón de lomadas alberga una destacada diversidad de rocas volcánicas efusivas y sedimentarias que abarcan desde el Paleozoico hasta el Terciario.

Referencias recopiladas en el documento

  • Battaglia, A. (1982). Descripción Geológica de las Hojas 13f, 13g, 14g, 14h, 15g. Bol. Serv. Geol. Nac., 186.
  • Beder, R. (1928). La Sierra de Guasayán y sus alrededores. Pub. Dir. Gen. Minas Geol. Hidrol., 39: 1-171.
  • González, R.R. y Toselli, A. (1973). La efusividad del Mesozoico argentino. XXV Cong. Bras. Geol., 259-272.
  • Lucero Michaut, N.H. (1969/1979). Descripción Geológica de las Hojas 16h y 17h, Chuña Huasi. Bol. Dir. Nac. Geol. Min..
  • Moya, M.C. y Salfity, J.A. (1982). Los Ciclos magmáticos en el noroeste argentino. V Cong. Latinoam. Geol., 3: 523-536.
  • Omil, M. y Cabrera, M. (1992). Geología de los Cerrillos, Departamento Guasayán, Provincia de Santiago del Estero. Acta Geológica Lilloana, 17(2): 156-160.
  • Ruiz Huidobro, O.J. (1973). Hidrogeología de la Sierra de Guasayán. An. VII Cong. del Agua, 233-275.

 

jueves, 27 de agosto de 2026

Don Andrés Chazarreta, precursor y triunfador



por María De Quesada

Un metro ochenta de estatura; derecho como el álamo, la piel oscura como el algarrobo, los dientes sanos y la sonrisa abierta y fácil; la mirada viva, la mano ágil y elegante; 73 años de edad y con más proyectos que a los treinta. Así se me aparece el gran santiagueño don Andrés A. Chazarreta, una de las figuras más nobles, serias y consagradas de nuestro folklore.

En verdad, no tendría que haber aclarado de quien se trata; el nombre de Chazarreta es de difusión universal. Pero me complace calificarlo, situarlo y declarar en público mi admiración por estos maestros de argentinidad, por estos hombres de amplia visión que, hace treinta o cuarenta años, presintieron que nuestro suelo no era tan sólo productor de trigo (y Dios bendiga esta tierra que da el pan a tantos pueblos) ni nuestras praderas verdeaban tan sólo para las bestias; que comprendieron que en la entraña v el humus de la tierra argentina fermentaba un germen espiritual, una semilla artística y que las simples y frescas flores silvestres de la canción, la música y la danza criollas, podían ser cultivadas y merecían el esmero y la dedicación que hasta entonces sólo se prestaba a lo extraño.

Hombre de acción al propio tiempo que artista de sensibilidad, generoso al par que ávido de conocimientos, Chazarreta, mozo y desvalido de toda ayuda oficial, se echó al mundo de la gran metrópoli a llevar el mensaje de arte nacional. Hace de esto muchos años. Y puede el maestro estar orgulloso del camino recorrido, desde los días de 1911, cuando el Poder Ejecutivo de la provincia de Santiago del Estero le negaba el teatro oficial 25 de Mayo para presentar en él su conjunto de arte nativo, so pretexto de que dicho coliseo estaba destinado a la actuación de compañías de primer orden.

¿Y qué? ¿Desaliento? ¿Renuncia? ¡Ni soñarlo! El maestro se orientó para otro lado. Contrató el escenario del Pasatiempo del Águila; la sala se llenó noche a noche; los aplausos ensordecían y las representaciones terminaban a deshora porque el público pedía el "bis" de todos los números.

Allí empezó su carrera de divulgador del arte argentino, pues ya entonces Chazarreta era hombre de vasta cultura. Pero comenzaba su experiencia, que, hermanada con su instinto, le hacía acoger en su conjunto folklórico a todos los artistas de vocación, que, ignorantes de lo que eran, llegaban a otorgar lo más genuino y puro de las tradiciones criollas; la vieja Clodomira, gran bailarina de malambos y chacareras; el zapateador santiagueño Antonio Salvatierra; los poetas populares, los cantores sin más escuela que la de los pájaros. * * *

En 1921 Chazarreta vino a Buenos Aires y comenzó la reconquista del país al son de su guitarra. Ahora el país está reconquistado. En toda su extensión, baila sus propios bailes, entona sus lindas canciones, declama sus viejas coplas.

Hablar con don Andrés Chazarreta es un regalo para el espíritu. Hombre sencillo, se da de alma en cuanto advierte que quien lo escucha es sensible y comprende el gran mensaje de la música.

—¿Cuáles eran sus actividades antes de iniciar sus trabajos de recopilación? —le pregunto.

—Maestro de escuela, m'hija. Los chicos me han enseñado muchas cosas. Después fui profesor de la escuela del 18 de Infantería, y Secretario del Consejo de Educación de Santiago.

—Y ¿cuándo sintió su vocación musical?

Chazarreta levanta los negros ojos chispeantes, se encoge de hombros. . .

—No sé. Desde toda la vida. De chico tocaba de oído y formaba conjuntos con los compañeros de grado. Pero seriamente empecé a trabajar en 1906, cuando trasladé al pentagrama la "Zamba de Vargas", que es una pieza que le había oído cantar a mi abuelita cuando me acunaba en las faldas para dormirme.

—¿Toca solamente la guitarra?

—¿Yo? No; toco seis instrumentos; pero la guitarra es mi vocación, mi compañera, mi confidente, mi amiga, mi fortuna, mi secreto, mi. . . ¡todo!

—¿Es muy aficionado a ella el pueblo santiagueño?

—Mucho. Para eso somos como los españoles. El rasguear la guitarra ya no es mérito entre nosotros. Sería falta el no hacerlo.

—Y, ¿cómo nació en usted el propósito de recoger motivos tradicionales?

—Lo llevaba en la sangre. Me angustiaba la idea de que tanta belleza pudiera perderse para siempre, como el humo en el aire. Me sentía capaz de ayudar con mis fuerzas a salvar ese magnífico patrimonio del país. Al principio anduve a tientas; poco a poco vi lo que era preciso hacer, y cómo debía hacerse. Medio me asusté, porque era largo, difícil, tremendamente difícil. . .

—¿Quién lo ayudaba?

—Al principio sólo la gente del pueblo. Músicos populares que ejecutaban sólo para su entretenimiento y en las fiestas tradicionales del carnaval, casamientos, bautizos y entierros de angelitos. Estos entierros eran verdaderos torneos, porque la alegría de mandar un alma al cielo era cosa digna de festejarse. Los músicos menudeaban. Entre ellos un viejo arpista de Tunas Puncu, don Eulogio Ledesma fué quien me trasmitió lo mejorcito de la música que he escrito. Así publiqué mis dos primeros álbumes; al comienzo, con un resultado mediano, y después mejorando. Y mire, hay que hacer justicia a los que nos tendieron lo mano; en aquel tiempo también hubo hombres cultos que me alentaron. Todos ellos están en mi memoria.

—Y ¿cuándo hizo usted su primera presentación en Buenos Aires?

—¡Ah, de eso me acordaré siempre! Fué el 16 de marzo de 1921, en el teatro Politeama. La orquesta la formaban un arpa, tres guitarras, un violín, una flauta, un bombo y dos cajas. El resto eran cantores y bailarines. Entonces hizo su aparición como solista Patrocinio Díaz. Se cantó la "Zamba de Vargas", un escondido, un malambo, y yo toqué en la guitarra tres valses y varias vidalitas. Después empezaron las danzas. El público estaba, al parecer, sorprendido, pero pronto se notó que nuestro espectáculo le llegaba. . . Fué un éxito rotundo. Dimos 150 representaciones seguidas. ¡Y habíamos creído que con una presentación ya sería bastante!

Después comencé a recorrer con mi conjunto las capitales de provincia, y llegué hasta Montevideo. Los diarios nos dedicaron crónicas casi todas comprensivas y muchas elogiosas. Luego me he dado cuenta de que mi aparición fué oportuna; precisamente por aquellos tiempos había empezado el tango "argentino" a imponerse como danza nacional en los salones europeos. Mientras se exportaba el tango, yo aporté las verdaderas danzas nacionales, las que tienen raíz hispana sazonada con los jugos de nuestra tierra. Desde entonces decidí ocuparme sólo de aquello para lo que la providencia me ha destinado, y con un grupo de empeñosos y talentosos folkloristas trabajé sin descanso.

—Y ahora, maestro, ¿qué hace?

—Estoy corrigiendo, revisando y publicando mis obras completas, que no son pocas: nueve álbumes para piano; tres para guitarra; una coreografía descriptiva de las danzas del norte; catorce valses con los nombres de las catorce provincias argentinas. Además, dirijo las grabaciones en discos Víctor y Odeón; ya van 230 grabados en Víctor, y los vendidos creo que llegan a ochocientos mil.

—Lo felicito. ¿Y quién lo secunda en su gran labor?

—Las chicas. Mis hijas me han salido músicas y trabajadoras. Nunca tuve mejores colaboradores. Ana Mercedes, que es profesora de guitarra, está al frente de la Academia que fundé hace años, para difundir entre la infancia y la juventud porteñas el amor a la música y los bailes de nuestra tierra. Hoy cuenta esa Academia con más de 600 alumnos.

—Y ¿qué otras actividades tiene usted?

—Otras, lo que se dice otras, ninguna; porque todas van a parar a lo mismo. Estoy al frente de la Subcomisión honoraria del folklore de Santiago del Estero, y de cuando en cuando hago excursiones por el norte de Tucumán y Catamarca, llevando un conjunto de jóvenes músicos y bailarines.

Mis hijas Andrea Ramona y Josefina me secundan; la primera es una distinguida pianista; la segunda, profesora de danzas, y con sus alumnos realiza toda clase de experiencias en lo relativo a vivificar las tradiciones artísticas de la tierra argentina. Los niños son campo propicio; en sus almas nacientes prenden fuego las chispas de la tradición. Todo lo hacen con gracia y naturalidad, y en poco tiempo convierten en carne de su carne esas bellezas del pasado, esas notas y figuras que ya conocían sus remotos abuelos y que, gracias a unos pocos, también podrán conocer sus nietos.

Mientras habla, contemplo a este hombre de extraordinaria firmeza, que ha comprendido, quizás antes que nadie, el alto significado de difundir y sostener el arte nativo en nuestras masas, haciendo que en él y por él se aúnen las almas y vibre poderosamente el sentimiento de la raza. ¡Es un criollo de ley! Sufrido en las contrariedades, alegre en las ocasiones, retraído en las penas, sensible a la belleza, afable y condescendiente por los años. Pienso que habrá tenido que sostener luchas muy grandes con la incomprensión y la indiferencia, que cien veces habrá tenido que tragar un sorbo amargo. Y se lo digo. La respuesta es encantadora:

—Sí, claro. Pero eso ¿qué importa?

Volvemos a hablar de danzas, de tonadas, de instrumentos musicales.

—¿Cuáles prefiere?

Y la respuesta es la que esperaba:

—La guitarra. No hay como ella. Es canto de pájaro, murmullo de selva, suspiro de amores. Con la guitarra se puede decir todo lo que se quiere...y a veces un poco más de lo que se quiere.

—¿Y de los bailes?

—El malambo; pero el tradicional. Me duele decir que de un tiempo a esta parte nuestros bailadores se están saliendo de las normas del verdadero zapateado y se meten en acrobacias. Esto afecta a la elegancia criolla, porque, retorciendo el cuerpo o meneando los hombros, no se zapatea de verdad. En nuestro malambo son los pies los que han de hacer todo el "trabajo".

La tarde va declinando. Hace más de dos horas que escucho a don Andrés A. Chazarreta, y debo confesar que, intencionadamente, he prolongado la entrevista. Ha sido un rato de diáfana claridad espiritual. Siempre recordaré sus palabras serenas, su simpatía condescendiente, ese no sé qué de aldabonazo que dan sus ideales en nuestro corazón para recordarnos que tenemos fisonomía propia en el arte popular, en el arte imperecedero, en ese arte discreto y poderoso, tierno y rural, en que el amor va siempre enlazado con la naturaleza, y que huele a poleo y a leyenda.

—Señor Chazarreta, ¿quiere que lo deje en su hotel?

—Si es tan amable, m'hija. . .

Y los tres nos volvemos al centro. Los tres: él, yo y su guitarra.

Revista Argentina

1/12/1949