miércoles, 8 de julio de 2026

Parque Aguirre: la historia de la arboleda que salvó a Santiago del Estero | Cuando una epidemia cambió para siempre el destino de la ciudad

Mucho antes de convertirse en el principal espacio verde de Santiago del Estero, el Parque Aguirre fue una respuesta desesperada frente a una tragedia sanitaria que parecía no tener fin. Donde hoy hay senderos, clubes deportivos y familias compartiendo una tarde bajo los árboles, hace poco más de un siglo existían bañados, lagunas y nubes de mosquitos que propagaban una enfermedad capaz de paralizar a toda una ciudad. Esta es la historia de cómo una crisis sin precedentes dio origen a uno de los paisajes más emblemáticos de la provincia.



Primera entrega

Una ciudad rodeada por el agua

Resulta difícil imaginar la capital santiagueña de fines del siglo XIX. Quien recorre hoy la Costanera del Río Dulce o atraviesa el Parque Aguirre encuentra un paisaje consolidado, con árboles centenarios, avenidas y espacios recreativos. Sin embargo, hace más de ciento veinte años ese mismo lugar ofrecía una imagen completamente distinta.

El Río Dulce era, al mismo tiempo, una bendición y una amenaza. Sus aguas permitían el desarrollo de la agricultura, abastecían a la población y definían buena parte de la vida económica de la ciudad. Pero cada temporada de crecientes modificaba el paisaje. El río desbordaba, inundaba grandes extensiones y, cuando finalmente regresaba a su cauce, dejaba tras de sí una sucesión de esteros, lagunas y pantanos que permanecían durante meses.

Aquellas depresiones del terreno retenían enormes cantidades de agua estancada. En épocas de calor se convertían en un ambiente ideal para la proliferación de insectos, especialmente del mosquito Anopheles, transmisor del paludismo o malaria.

Los sectores ubicados al sudoeste de la ciudad eran particularmente vulnerables. Allí se extendía un mosaico de bañados y lagunas que dificultaban el crecimiento urbano y representaban un permanente riesgo para la salud pública.

El problema que agravó la mano del hombre

Las condiciones naturales no fueron las únicas responsables del desastre sanitario. Algunas obras hidráulicas realizadas durante aquellos años alteraron el comportamiento del río y terminaron generando nuevos espacios de aguas quietas.

Entre ellas se encontraba la defensa proyectada por el ingeniero Cassaffousth, destinada a proteger la ciudad de las inundaciones. Aunque la obra cumplió parcialmente su objetivo, también dejó un brazo muerto del Río Dulce donde el agua permanecía prácticamente inmóvil.

Tiempo después, durante la administración del gobernador Absalón Rojas, se realizó una prolongación de ese sistema, conocida popularmente como "Dique Palacio". Lejos de resolver el problema sanitario, esas modificaciones contribuyeron a consolidar nuevas zonas anegadas.

Nadie podía prever entonces que esos espejos de agua terminarían convirtiéndose en el principal foco de una enfermedad que marcaría para siempre la historia de Santiago del Estero.

El "chucho": la enfermedad que aterrorizó a la población

Los santiagueños no hablaban de malaria. Para la mayoría era simplemente "el chucho".

El nombre hacía referencia a los violentos escalofríos que sufrían quienes contraían la enfermedad. Primero aparecía un frío intenso e incontrolable. Luego llegaba la fiebre elevada, los dolores musculares, el agotamiento y, en muchos casos, las recaídas durante semanas o meses.

En una época donde aún no existían campañas sanitarias modernas ni tratamientos accesibles para toda la población, el paludismo avanzó con una velocidad alarmante.

Las familias convivían con la incertidumbre. Bastaba la picadura de un mosquito para que un integrante del hogar comenzara un largo padecimiento que muchas veces terminaba en la muerte.

El problema no distinguía clases sociales. Obreros, comerciantes, profesionales, empleados públicos y niños estaban expuestos al mismo riesgo.

Una de las peores crisis sanitarias de la Argentina

Los registros estadísticos de finales del siglo XIX revelan la magnitud de la tragedia.

Entre 1896 y 1901 murieron alrededor de 66.000 personas en Santiago del Estero, una cifra extraordinaria para la población de la época. Más de la mitad de esos fallecimientos estuvieron vinculados a enfermedades infectocontagiosas como la fiebre tifoidea, la tuberculosis y el paludismo.

Las crónicas médicas ofrecen un dato todavía más impactante: de cada cien habitantes, aproximadamente ochenta y ocho padecían malaria.

Las epidemias afectaban todos los aspectos de la vida cotidiana. El comercio disminuía su actividad, muchas escuelas suspendían clases durante los períodos más críticos y las familias evitaban trasladarse por determinadas zonas al caer la tarde, cuando los mosquitos eran más abundantes.

Algunos testimonios de la época describen una escena casi imposible de imaginar hoy: el zumbido constante de los insectos era tan intenso que, según se decía, llegaba a opacar el rugido del propio Río Dulce.

Puede parecer una exageración literaria, pero quienes vivieron aquellos años recurrieron a esa imagen para transmitir la desesperación que generaba la invasión de mosquitos.

Una ciudad que buscaba desesperadamente una solución

Frente al avance del paludismo comenzaron a surgir distintas propuestas para transformar el paisaje.

Ingenieros, médicos y funcionarios coincidían en que el problema no podía resolverse únicamente atendiendo a los enfermos. Era necesario actuar sobre el ambiente que favorecía la reproducción del mosquito.

Se planteó dragar lagunas, rellenar terrenos bajos y modificar el sistema de escurrimiento del agua. Entre quienes impulsaban estas iniciativas figuraban el ingeniero Cassaffousth y el reconocido paisajista Carlos Thays, cuya experiencia en el diseño de parques urbanos ya era ampliamente valorada en el país.

Sin embargo, la propuesta que finalmente cambiaría el rumbo de la ciudad llegaría desde otro ámbito.

El médico que entendió que la salud también se construía plantando árboles

El doctor Antenor Álvarez era mucho más que un médico prestigioso. Formaba parte de una generación de profesionales convencidos de que las enfermedades no podían combatirse únicamente dentro de un hospital.

Como higienista, sostenía que las condiciones ambientales eran determinantes para la salud de la población.

Mientras muchos concentraban sus esfuerzos en aliviar los efectos del paludismo, Álvarez decidió mirar el problema desde su origen.

Observó que los terrenos anegados retenían humedad durante gran parte del año y propuso una intervención que combinaba ingeniería, medicina y forestación: rellenar el brazo muerto del río, eliminar la vegetación que favorecía el estancamiento del agua y plantar especies arbóreas capaces de absorber grandes cantidades de humedad.

Su propuesta fue presentada al gobernador José Barraza, quien comprendió rápidamente la importancia de la iniciativa y decidió respaldarla.

La ciudad estaba ante una oportunidad inédita: transformar un foco permanente de enfermedades en un espacio saludable para las generaciones futuras.

Una idea adelantada a su tiempo

Hoy puede parecer natural pensar en la relación entre espacios verdes y calidad de vida. Sin embargo, a comienzos del siglo XX esa visión resultaba profundamente innovadora.

Las ciudades argentinas recién comenzaban a incorporar criterios modernos de planificación urbana. La creación de parques públicos respondía, en buena medida, a una corriente internacional que asociaba el contacto con la naturaleza, la ventilación y la forestación con la prevención de enfermedades.

Santiago del Estero decidió adoptar esa mirada cuando más la necesitaba.

El proyecto no consistía únicamente en plantar árboles. Buscaba modificar el ambiente, secar los terrenos inundables, reducir la presencia del mosquito transmisor del paludismo y, al mismo tiempo, ofrecer un nuevo espacio público para una ciudad que empezaba a crecer.

Sin proponérselo, sus impulsores estaban sentando las bases de una de las obras urbanísticas más importantes de la historia santiagueña.

El comienzo de una transformación

Las decisiones adoptadas entre 1902 y 1903 marcaron un antes y un después.

Con el apoyo del gobernador José Barraza, la gestión del intendente Andrés A. Figueroa y el asesoramiento técnico de especialistas como Carlos Thays, comenzaron los trabajos que cambiarían para siempre aquel paisaje dominado por el barro y los esteros.

Nadie imaginaba todavía que ese proyecto sanitario terminaría convirtiéndose en el mayor parque urbano de Santiago del Estero y en uno de los símbolos más reconocibles de la ciudad.

La siguiente etapa sería aún más extraordinaria. Miles de árboles empezarían a cubrir el antiguo bañado y cerca de un millar de niños protagonizarían una jornada histórica que permanecería en la memoria colectiva durante generaciones.

Porque el Parque Aguirre no nació únicamente de una decisión política o de un proyecto técnico. También fue el resultado del compromiso de una comunidad que decidió plantar, literalmente, las raíces de un futuro diferente.

En la segunda entrega conoceremos cómo se desarrolló la histórica plantación de eucaliptos del 9 de agosto de 1903, el papel que desempeñaron los mil alumnos de las escuelas santiagueñas, la influencia del diseño paisajístico de Carlos Thays y la evolución del Parque Aguirre hasta convertirse en el gran pulmón verde de Santiago del Estero.

Parque Aguirre: la historia del oasis verde que salvó a Santiago del Estero | De un territorio enfermo al corazón verde de la ciudad

La plantación de miles de eucaliptos cambió para siempre el paisaje santiagueño. Aquella obra nacida para combatir una epidemia terminó convirtiéndose en uno de los espacios públicos más queridos de la provincia. El Parque Aguirre no solo modificó el ambiente de la ciudad: también construyó una nueva forma de encuentro, recreación e identidad colectiva.



Segunda entrega

El día en que Santiago comenzó a plantar su futuro

El 9 de agosto de 1903 quedó grabado como una fecha fundamental en la historia urbana de Santiago del Estero.

Ese día, cientos de alumnos de las escuelas primarias de la provincia participaron de una tarea que, con el paso del tiempo, adquiriría un enorme valor simbólico: la plantación de los primeros eucaliptos que formarían el futuro Parque Aguirre.

La escena debió ser singular. Niños y niñas recorriendo un terreno que hasta pocos años antes era asociado con la enfermedad y el abandono, llevando en sus manos pequeños árboles que representaban una nueva esperanza para la ciudad.

La jornada estuvo organizada como parte del proyecto impulsado por el doctor Antenor Álvarez y contó con la participación de aproximadamente mil estudiantes. Cada alumno plantó un ejemplar, convirtiendo aquella actividad escolar en una verdadera acción colectiva de transformación urbana.

No era simplemente una campaña de forestación. Era una manera de involucrar a toda una generación en la construcción de un nuevo Santiago del Estero.

Aquellos pequeños árboles serían, con el paso de las décadas, los grandes eucaliptos que hoy forman parte del paisaje emocional de miles de santiagueños.

El eucalipto como herramienta contra la enfermedad

La elección del eucalipto no fue casual.

A comienzos del siglo XX existía una fuerte valoración de esta especie por su rápido crecimiento y por su capacidad para absorber humedad del suelo. Los médicos higienistas de la época consideraban que la forestación podía contribuir a modificar ambientes insalubres donde se desarrollaban insectos transmisores de enfermedades.

La idea era clara: transformar una zona de aguas estancadas en un espacio seco, ventilado y saludable.

El proyecto combinaba conocimientos médicos, ingeniería hidráulica y diseño paisajístico. La lucha contra el paludismo ya no se limitaba a tratar enfermos; ahora buscaba eliminar las condiciones que permitían que la enfermedad se propagara.

Con cada árbol plantado se ganaba terreno al antiguo bañado del Río Dulce.

El lugar que durante años había representado una amenaza comenzaba lentamente a convertirse en un espacio de vida.

Carlos Thays y la construcción de un paisaje moderno

La creación del Parque Aguirre también estuvo vinculada a una nueva concepción de los espacios públicos que comenzaba a extenderse en Argentina.

Durante las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX, las ciudades buscaban incorporar parques y paseos inspirados en modelos europeos. Estos lugares no solo tenían una función estética: eran considerados fundamentales para mejorar la higiene urbana y ofrecer espacios de descanso para la población.

En ese contexto apareció la figura de Carlos Thays, uno de los paisajistas más importantes de la Argentina.

Su nombre está asociado al diseño de numerosos parques urbanos del país, entre ellos el Jardín Botánico Carlos Thays y espacios verdes emblemáticos de distintas ciudades.

Su visión combinaba naturaleza, arquitectura y circulación urbana. No se trataba solamente de plantar árboles, sino de crear ambientes armónicos donde el ciudadano pudiera encontrarse con el paisaje.

En Santiago del Estero, su influencia permitió que el proyecto sanitario inicial adquiriera también una dimensión estética y social.

El futuro Parque Aguirre comenzaba a pensarse como un paseo público, un lugar destinado al encuentro de la comunidad.

De zona peligrosa a paseo familiar

Con el avance de la forestación, el paisaje comenzó a cambiar.

Los terrenos húmedos fueron desapareciendo progresivamente y las nuevas arboledas modificaron la imagen de una zona antes vinculada a los problemas sanitarios.

La ciudad empezó a mirar hacia ese sector de otra manera.

Lo que antes era evitado por temor al paludismo comenzó a ser elegido para caminar, descansar y reunirse. El parque se convirtió en un punto de conexión entre los habitantes y el entorno natural.

Durante las primeras décadas del siglo XX, los paseos públicos tenían una importancia social enorme. Eran lugares donde las familias podían encontrarse, donde se realizaban celebraciones y donde la comunidad expresaba una nueva relación con su propia ciudad.

El Parque Aguirre fue adquiriendo ese carácter.

Sus árboles comenzaron a formar parte de la memoria cotidiana: los paseos de la infancia, las tardes de verano, los encuentros familiares y las celebraciones populares.

Las esculturas que llegaron para embellecer el parque

La transformación del Parque Aguirre no se limitó a la forestación.

Con el objetivo de jerarquizar el espacio, comenzaron a incorporarse elementos ornamentales que seguían la tradición de los grandes parques urbanos.


En 1906 llegaron las rejas que delimitaban el ingreso por calle Olaechea, entre Libertad y Urquiza, junto con una serie de esculturas realizadas en hierro fundido.

Se trataba de reproducciones de obras clásicas europeas adaptadas a una escala menor. En total fueron doce figuras que aportaron un nuevo valor artístico al paseo.

Años después, aproximadamente en 1918, se incorporaron las esculturas de mármol conocidas como "Las Cuatro Estaciones".

Estas figuras fueron ubicadas frente a los cuatro accesos principales del parque: calles Libertad, Avellaneda, 9 de Julio y Urquiza.


Con el tiempo, esas esculturas encontraron una nueva ubicación alrededor de la Fuente del Kakuy, otro de los espacios tradicionales del Parque Aguirre.

Cada uno de estos elementos ayudó a construir una identidad propia, mezclando naturaleza, arte y memoria histórica.

Un espacio que acompañó el crecimiento de la ciudad

Durante el siglo XX Santiago del Estero experimentó importantes transformaciones urbanas y el Parque Aguirre acompañó cada una de ellas.

A medida que la ciudad crecía, el parque dejó de ser solamente una solución sanitaria para convertirse en un verdadero centro de actividades.

Se abrieron calles y avenidas, se incorporaron nuevos espacios y comenzaron a instalarse instituciones deportivas y culturales.

El parque pasó a formar parte de la vida cotidiana de la ciudad.

Allí encontraron lugar clubes, encuentros deportivos, actividades recreativas y expresiones culturales que fortalecieron su papel como escenario social.

Para muchas generaciones de santiagueños, el Parque Aguirre está asociado a recuerdos personales: una caminata familiar, una competencia deportiva, una celebración patria, una tarde de verano o simplemente el descanso bajo la sombra de sus árboles.

El parque como símbolo de identidad santiagueña

Algunos lugares de una ciudad dejan de ser solamente espacios físicos y se convierten en parte de su identidad.

Eso ocurrió con el Parque Aguirre.

Su historia resume una característica profunda de Santiago del Estero: la capacidad de transformar las dificultades en oportunidades.

El mismo territorio que había sido señalado como foco de enfermedades terminó convertido en uno de los lugares más representativos de la provincia.

Cada árbol guarda una parte de esa historia.

Detrás de la sombra de un eucalipto centenario existe el recuerdo de una época marcada por la enfermedad, pero también la memoria de quienes buscaron soluciones cuando parecía que no había salida.

El parque es, en cierto modo, un monumento vivo.

No está construido únicamente con piedra o cemento. Está formado por árboles, caminos, sonidos y recuerdos compartidos por varias generaciones.

Más de un siglo de historia bajo los árboles

Con más de cien años de existencia, el Parque Aguirre continúa siendo uno de los espacios más visitados y queridos de Santiago del Estero.

Su importancia excede a la capital provincial. Habitantes de distintos puntos de Santiago encuentran allí un lugar de referencia, un espacio donde la naturaleza y la historia se mezclan.

Hoy sus avenidas reciben deportistas, familias, turistas y vecinos que buscan un momento de tranquilidad dentro del movimiento urbano.

Quizás muchos de quienes recorren sus senderos desconocen que ese lugar nació como respuesta a una de las mayores tragedias sanitarias de la provincia.

Quizás pocos imaginan que bajo esos árboles hubo alguna vez un paisaje de agua estancada, barro y enfermedad.

Pero esa es justamente la riqueza del Parque Aguirre: conservar en silencio una historia de lucha y transformación.

El legado de un bosque que nació para salvar vidas

La historia del Parque Aguirre demuestra que las ciudades también se construyen con decisiones que miran hacia el futuro.

Un médico que pensó la salud desde el ambiente, ingenieros que buscaron soluciones técnicas, funcionarios que impulsaron las obras y cientos de niños que plantaron los primeros árboles fueron parte de una misma obra colectiva.

Más de un siglo después, aquel proyecto continúa dando frutos.

El Parque Aguirre sigue siendo sombra en los días calurosos, refugio para quienes buscan naturaleza y escenario de miles de historias personales.

Pero, sobre todo, permanece como un símbolo de la capacidad de una comunidad para transformar una amenaza en esperanza.

Donde alguna vez reinó el miedo al paludismo, hoy crece uno de los paisajes más queridos de Santiago del Estero.

Un oasis verde nacido de una epidemia. Un parque nacido de la necesidad. Un patrimonio nacido del esfuerzo de todos.

 

El guardián del dial: Cómo "Huesito" Pérez le abrió las puertas de la radio al quichua santiagueño

Antes de que el Alero Quichua fuera un símbolo cultural, hubo un hombre que cedió su espacio en LV11 para que Sixto Palavecino cumpliera su sueño. Conocé la historia de José Alberto Pérez, el bandoneonista y dirigente que fue el puente fundamental para que nuestra lengua originaria saliera al aire.



Por Leyendas del Folclore Santiagueño

Corría la década del sesenta y la radio era el rey absoluto de los medios. En Santiago del Estero, el éter estaba poblado de voces, pero había un silencio ensordecedor: la lengua quichua, el latido ancestral de la provincia, parecía no tener lugar en las frecuencias oficiales. Para Sixto Palavecino, ese vacío era una herida. Su sueño era claro: llevar la cultura, la poesía y la palabra quichua a los parlantes de cada hogar santiagueño. Pero los sueños, para hacerse realidad, necesitan de alguien que esté dispuesto a girar la perilla. Y ese hombre fue José Alberto "Huesito" Pérez.

El "sí" que cambió la historia cultural

La historia del rescate radial del quichua no puede desligarse del nombre de Don José Alberto Pérez. Por aquel entonces, Pérez era una figura respetada en el ambiente folclórico y, desde 1958, se desempeñaba como director interino de la legendaria LV 11 Radio del Norte.

Sixto, que ya había pisado los estudios de la emisora actuando junto a sus hijos y contaba con tres discos grabados, sabía a quién debían recurrir. Junto a Felipe Benicio Corpos, Vicente J. Salto y un grupo de entusiastas, le pidieron a Pérez un espacio para difundir la lengua.

Hubo cierta resistencia inicial; los tiempos y los formatos de la radio comercial no eran sencillos de doblegar. Pero Pérez, lejos de ser un burócrata, era un hombre de profunda inquietud cultural y alma de músico. Entendió la magnitud del pedido y accedió. Así, los días domingos a las 11 de la mañana, nació la "Audición Quichua". Fue un 6 de octubre de 1969 cuando el mensaje quichua-castellano comenzó a irradiarse, marcando el génesis de lo que más tarde sería el monumental Alero Quichua Santiagueño.

Un bandoneón con alma de tierra adentro

Para entender la generosidad cultural de "Huesito" Pérez, hay que mirar su origen. Nació en San Miguel de Tucumán, pero el destino quiso que sus padres lo registraran en Santiago del Estero un 19 de mayo de 1913. Y santiagueño se volvió en cada acorde.

Desde temprana edad abrazó el bandoneón, transitando con la misma solvencia el tango, la música clásica de la mano de la Orquesta de Salvador Carfí, y el folklore profundo. Su casa y la de su cuñado, Don Miguel Simón, eran el epicentro de las peñas y fiestas familiares. Allí, entre mates y guitarras, "Huesito" compartía mesa y música con gigantes como Hugo Díaz, Antonio Faro, Cachilo Díaz y Sara Cartier.

Su huella en la música provincial es indeleble. En 1938 integró el histórico conjunto "Los Criollos" junto a Antonio Ríos, Amabrio Luna y Juan de Dios Gallo. Cuentan las crónicas de la época que fue el propio "Huesito" quien, con su ojo avizor, les sugirió a Leocadio del Carmen Torres y Onofre Paz el nombre que los haría inmortales: Los Manseros Santiagueños.

El compositor y el dirigente

Más allá de su rol como facilitador cultural en la radio, Pérez fue un creador prolífico. Socio de SADAIC, su cancionero es un reflejo de la idiosincrasia local. De su pluma (y de su fuelle) nacieron joyas como la chacarera "Inti Sumaj" (con letra de Fortunato Juárez), el gato "El Amoroso", la vidala "Por una preciosa flor" y "Yacu Mishqui", en coautoría con Fidel Lucero.

Pero su compromiso con la provincia iba más allá de la música: también se desempeñó como dirigente del Club Atlético Mitre, demostrando que su amor por Santiago abarcaba todas las instituciones que la hacían grande.

Las huellas invisibles

Don José Alberto "Huesito" Pérez falleció el 7 de julio de 2001. Hoy, tal vez sean pocos los que conocen en profundidad su vida y obra. La historia suele recordar con más facilidad a las voces que brillan en el escenario, pero rara vez se detiene a agradecer a las manos que construyeron ese escenario.

Pérez fue uno de esos arquitectos invisibles de nuestra identidad. Sin su visión, sin su apertura en la vieja LV 11, el camino de la lengua quichua hacia la masividad habría sido mucho más oscuro y silencioso.

La próxima vez que sintonices un programa de folklore, o escuches la dulce cadencia del quichua en la radio, haz un alto. Recuerda que antes de que fuera una política de Estado o un fenómeno cultural masivo, hubo un bandoneonista llamado "Huesito" que decidió que esa lengua merecía, por derecho propio, un espacio en el dial.


martes, 7 de julio de 2026

Entre la fe, la escuadra y el misterio: Los secretos que guarda la Catedral de Santiago del Estero

Inaugurada en 1877, la "Madre Iglesia" argentina no solo resguarda reliquias y la cripta de héroes locales; también esconde un sincretismo masónico en sus altares y una red de túneles que desafía la leyenda urbana. Un recorrido por el corazón espiritual y subterráneo de la Plaza Libertad.



Por Leyendas del Folclore Santiagueño

Pararse frente a la Plaza Libertad y alzar la vista hacia las dos torres de 50 metros que custodian la calle 24 de Septiembre es, en Santiago del Estero, un ejercicio de arqueología visual. Allí, imponente y serena, se yergue la Catedral Basílica. Pero más allá de su fachada neoclásica y su ubicación privilegiada (Calle 24 de Septiembre 55), este edificio no es solo un templo; es un cofre de piedra que guarda las capas más profundas de la historia provincial.

Hablamos de la primera catedral de Argentina, erigida originalmente en 1570. Sin embargo, el edificio que hoy admiramos, inaugurado en 1877 y declarado Monumento Histórico Nacional en 1953, es en realidad el quinto templo levantado sobre este mismo suelo sagrado. Cada ladrillo, cada vitral y cada metro cúbico de tierra bajo sus cimientos parece susurrar historias que van desde la devoción colonial hasta los secretos de las logias y la supervivencia en tiempos de guerra.

La "Madre Iglesia" y su esplendor interior

Al cruzar el umbral, el ruido de la ciudad se apaga. El interior es un estallido de neoclasicismo y oro. Los techos ornamentados y los altares detallados guían la mirada hacia un órgano de 1931 que aún respira música en las festividades. Pero es en la cripta donde el tiempo se detiene y la historia se vuelve carne: allí descansan los restos de importantes obispos y héroes provinciales como Juan Francisco Borges, tío abuelo de Manuel Belgrano y figura clave en la gesta emancipadora.

Sin embargo, para el ojo entrenado, la Catedral revela una dualidad fascinante. No todo lo que brilla es ortodoxia católica.

El ojo que todo lo ve: Un guiño masónico

A finales del siglo XIX, mientras se reconstruía el edificio actual, la "Generación del 80" santiagueña —intelectuales, arquitectos y constructores— tenía una particularidad: muchos pertenecían a logias masónicas. Esto derivó en un fenómeno único: un sincretismo donde la simbología católica convive, casi en complicidad, con la iconografía masónica.

Si te animas a buscar, encontrarás las "marcas" del taller:

  • El Delta Luminoso: En la cúpula, sobre el altar mayor, el "Ojo que todo lo ve". Para el fiel católico es la Providencia; para el iniciado, representa al Gran Arquitecto del Universo (GADU).
  • Las Columnas: En el sector de la Virgen de Loreto, las columnas no son solo soporte estructural; evocan la estabilidad y la unión mística entre cielo y tierra, un pilar fundamental de la tradición masónica.
  • La Calavera y las Tibias: Quizás el hallazgo más inquietante se encuentra en un vitral dedicado al Señor de los Milagros de Mailín. Lejos de ser un motivo fúnebre cristiano, en la masonería este símbolo del "cuarto de reflexiones" habla de la mortalidad, el desapego y el renacimiento espiritual.

Este fenómeno no es aislado; si caminas por el casco histórico, verás que estas "firmas" también se repiten en fachadas como las de la Biblioteca Sarmiento, dibujando una ciudad paralela sobre la ciudad visible.

El misterio bajo el asfalto: Túneles que son reales

Pero el misterio no termina en las alturas de la cúpula; se profundiza bajo nuestros pies. Durante décadas, la existencia de túneles subterráneos bajo la Catedral y el casco histórico fue tratada como folclore, una simple leyenda urbana para asustar niños. Hoy, la arqueología ha confirmado lo que la memoria colectiva siempre supo: la red es real.

Se dice que estos pasadizos conectaban los puntos neurálgicos del poder en la época colonial y el siglo XIX: uniendo la Catedral con el Antiguo Cabildo (hoy Centro Cultural del Bicentenario) y la antigua casa del gobernador Juan Felipe Ibarra.

¿Para qué servían? La historia oral y los registros de la Dirección de Patrimonio Cultural sugieren funciones vitales:

  1. Escape seguro: Rutas de huida para gobernantes y clérigos ante revueltas o ataques de malones.
  2. Logística oculta: Traslado discreto de prisioneros o circulación de información sin ser vistos.
  3. Herencia colonial: Algunos ramales habrían sido cavados originalmente por jesuitas y dominicos, y ampliados luego por los gobiernos de Ibarra y los Taboada.

Aunque el tramo exacto bajo la Catedral permanece cerrado por seguridad estructural, el misterio sigue vivo y visitable. Solo basta con bajar al Centro Cultural del Bicentenario (CCB) o a la histórica Casa Taboada. Allí, entre paredes de ladrillo antiguo y techos bajos, uno puede caminar por esas venas subterráneas y sentir, literalmente, el pulso del Santiago del ayer.

Reflexión final

La Catedral Basílica de Santiago del Estero es mucho más que un punto de encuentro dominical. Es un palimpsesto de piedra y tierra donde conviven la fe inquebrantable, la ambición intelectual de la masonería del siglo XIX y el ingenio desesperado de supervivencia de sus gobernantes.

La próxima vez que pases por la Plaza Libertad, no mires solo las torres. Recuerda que, bajo tus zapatos, la historia sigue fluyendo en silencio, esperando ser redescubierta.

 

domingo, 5 de julio de 2026

La Ciudad que Caminaba: El Delirio, la Sangre y el Nacimiento de Santiago del Estero

 Lejos de las épicas de mármol y las fundaciones estáticas, la historia de la "Madre de Ciudades" esconde una pesadilla de polvo, hambre y carretas. Juan Núñez de Prado no solo fundó un asentamiento; arrastró por el desierto del Tucumán a un ente vivo que respiraba, sufría y huía. Entre traiciones, frailes guerreros y la sombra implacable de Chile, esta es la crónica de una ciudad nómada que nació para no dejar que la atraparan.



El polvo que devora los mapas

Hay historias de la conquista americana que huele a pólvora, a oro y a mapas trazados con tinta firme sobre pergaminos inmaculados. Pero hay otras, las más verdaderas y las más crueles, que huelen a sudor rancio, a madera podrida, a hambre atroz y a la desesperación de un hombre que cree que la tierra que pisa le es adversa. Si uno se asoma a los márgenes de los grandes imperios, a esas fronteras difusas donde la autoridad del Rey de España se diluía en la inmensidad del continente, se encuentra con una de las imágenes más surrealistas y poéticas de nuestra historia: una ciudad que se muda a sí misma.

No es un mito, ni una metáfora literaria. Es el origen mismo de Santiago del Estero, la más antigua de las ciudades argentinas, cuya génesis no fue un acto de asentamiento, sino de fuga.

Para entender el nacimiento de esta urbe, debemos olvidar la imagen del conquistador plantando un estandarte y diciendo "aquí quedo". Debemos imaginar a Juan Núñez de Prado, un hombre consumido por la fiebre de la misión, mirando hacia el horizonte del Tucumán, una tierra descrita por sus propios hombres como "estrecha y dura". Prado no fundó una ciudad; la parió, la amamantó, y cuando el mundo conspiró para destruírla, la cargó en carretas y la sacó a rastras de la tierra, huyendo de los fantasmas de la traición, de las alimañas europeas que devoraban el paisaje y de la sombra alargada de los "salteadores de Chile".

Esta es la crónica de una obsesión. La historia de cómo una ciudad fue concebida como un ser vivo, de cómo el Apóstol Santiago cabalgó exangüe por los valles tucumanos, y de cómo el delirio de un hombre y la codicia de otro terminaron forjando, entre el puñal y la hostia, el cimiento de la Madre de Ciudades.

I. El Mandato de los Dioses y la Tierra Dura

Para comprender la magnitud de la locura de Núñez de Prado, hay que retroceder al Cuzco, el ombligo del mundo andino, donde el destino de los hombres aún parecía estar escrito por los designios de la Providencia y la política. Corren los años posteriores a las guerras civiles de los conquistadores, y el virrey y el Padre La Gasca buscan pacificar los confines del sur. Es en este contexto donde Núñez de Prado recibe una recomendación que sellará su alma: debe marchar hacia el Tucumán.

El Tucumán no era entonces una provincia con límites claros, sino una inmensidad geográfica y conceptual, un territorio de paso, un laberinto de valles y sierras donde la autoridad española era apenas un susurro. La misión de Prado era clara, casi bíblica en su pretensión: llevar la bandera de España y la cruz de la Iglesia hasta el último confín de esa tierra prometida y maldita.

Prado no iba solo. Lo acompañaban sus capitanes de confianza, hombres que con el tiempo serían conocidos en las crónicas y en la memoria oral como "los de Tucumán": Vásquez, Guevara y Villadiego. Eran hombres de frontera, curtidos en la intemperie, capaces de comer cuero hervido y dormir con un ojo abierto. Pero ni siquiera ellos estaban preparados para lo que el territorio les depararía.

Al adentrarse en las comarcas del Tucumán, la expedición se encontró con una realidad que desafiaba la lógica europea. La tierra era, en palabras de los propios expedicionarios, "estrecha y dura". Los valles, que desde la lejanía prometían fertilidad, se cerraban sobre los hombres como las fauces de un animal. Y no estaban solos en su sufrimiento. Con los españoles llegaron los "animalitos" europeos: caballos, cerdos, perros y ganado. Estos animales, ajenos a la ecología milenaria de los Andes y las llanuras, se convirtieron en una plaga bíblica. Devoraban los pastos nativos, revolcaban las aguas sagradas, y su presencia alteraba el frágil equilibrio de las comunidades indígenas. Pero más devastadora que la irrupción ecológica fue la llegada de la traición y el hambre.

Los expedicionarios morían. No en batallas campales contra ejércitos imperiales, sino en la soledad de un monte espinoso, mordidos por la inanición y la fiebre. La tierra no los quería. El suelo parecía rechazar las botas europeas, y el cielo negaba la lluvia. En este escenario de miseria extrema, Núñez de Prado tomó una decisión que lo separaría para siempre de los conquistadores comunes: decidió fundar una ciudad. Pero no una ciudad de piedra y cal, sino una entidad que pudiera sobrevivir a la hostilidad del mundo.

II. La Metafísica de Barco: Una Ciudad que Respira

Aquí es donde la historia oficial se detiene y comienza la literatura, la crónica íntima y el delirio místico. Juan Núñez de Prado fundó la ciudad de Barco. Pero el Barco no era un simple conjunto de chozas de adobe y paja; para Prado, la ciudad era un "ser vivo". Respiraba, sufría, sangraba y, sobre todo, necesitaba protección.

La relación entre el fundador y su ciudad trasciende la mera administración colonial; es un vínculo casi maternal, obsesivo y enfermizo. Prado amaba a su ciudad con la misma intensidad con la que un padre ama a un hijo enfermo en medio de una epidemia. Y fue esta visión mística la que dictó las decisiones más insólitas de la conquista americana: el traslado de la ciudad.

El texto de las crónicas y la reconstrucción literaria de estos hechos son explícitos y desgarradores: "Hemos trasladado dos veces la ciudad, dejamos el Barco primero y el segundo, estamos sacando de la tierra la tercera ciudad".

Imaginen la escena. No es una mudanza de vecinos cansados buscando un mejor barrio. Es un éxodo. Es el desmonte de las estructuras, el empaque de los altares, el desarme de las empalizadas, todo cargado en carretas que crujen bajo el peso de la madera y la desesperación. ¿Por qué mover una ciudad? ¿Qué clase de hombre arrastra su obra por el desierto?

Los motivos de Prado eran una mezcla de pragmatismo extremo, paranoia geopolítica y misticismo geográfico.

1. La asfixia geográfica: En un punto de la narrativa, Prado confiesa su angustia. No le gustaba la ubicación de la ciudad entre los cerros y el río. Se sentía "ahogado". La topografía, que para un ingeniero militar podría ofrecer defensa, para Prado era una tumba. Creía, con una intuición casi profética, que la ciudad "estallaría" al crecer en un espacio tan confinado. La urbe necesitaba aire, necesitaba expandirse, y los valles cerrados la asfixiaban.

2. La huida de lo maldito: La ciudad había sido testigo de traiciones, de ejecuciones sumarias, de sangre española e indígena derramada en la tierra. Para Prado, esos sitios se habían vuelto "maldecidos y sucios". La tierra había absorbido el pecado de los hombres, y la ciudad, como ente vivo, enfermaba al permanecer en ese suelo corrompido. Trasladarla era un acto de purificación.

3. La obra de misericordia: En sus peticiones a la Real Audiencia y al Virrey, Prado justificaba los traslados citando el hambre y la miseria. Mover la ciudad era buscar mejores pastos, agua más limpia, un lugar donde los "animalitos" pudieran pastar y los hombres no murieran de inanición. Era, a sus ojos, una "obra de misericordia" para salvar a los ciudadanos de la muerte lenta.

Barco I, Barco II y Barco III. Tres ciudades en una. Tres intentos de encontrar el lugar exacto donde el cielo y la tierra hicieran las paces. Prado sentía que debía "esconder" la ciudad hasta que los perseguidores se marcharan, como quien esconde un tesoro o un niño de la mirada de los lobos.

III. El Fantasma de Chile y la Geopolítica del Desierto

Pero la ciudad no solo huía de la geografía y del hambre; huía de la política. El siglo XVI en América no era solo una lucha contra la naturaleza, sino una guerra de egos, jurisdicciones y mapas dibujados por reyes que nunca pisarían estos suelos.

Gran parte de la angustia de Núñez de Prado provenía de una amenaza constante: la sombra de Chile. Para entender este conflicto, hay que mirar hacia el oeste, más allá de la cordillera. Pedro de Valdivia, el conquistador de Chile, tenía una ambición desmedida. Las fronteras de su gobernación eran difusas, y sus ojos estaban puestos en las ricas, aunque hostiles, tierras del Tucumán.

Francisco de Aguirre y Francisco de Villagra, capitanes de Valdivia, sostenían con firmeza que el territorio donde Prado había fundado Barco pertenecía a la gobernación de Chile. Para ellos, Núñez de Prado era un intruso, un usurpador que había plantado su estandarte en suelo ajeno.

Prado, por su parte, defendía su posición con la fuerza de la ley y la fe. Él había fundado la ciudad invocando el nombre del Virrey del Perú. Para Prado, Barco era una extensión del Virreinato, un bastión de la autoridad de los Reyes en Lima. Ceder ante los chilenos no era solo una derrota territorial; era una traición a la Corona y a la Iglesia.

De aquí nace el miedo a los "salteadores de Chile". En la mente de Prado, los hombres de Valdivia no eran simples rivales políticos; eran bandidos, asaltantes que cruzaban los cerros para robarle su obra, para arrebatarle a la ciudad que él había parido con tanto sufrimiento. La expedición de Aguirre no era vista como un acto de justicia administrativa, sino como un asalto a mano armada.

En este contexto, las menciones a "Santiago" en las fuentes de la época adquieren un matiz fascinante. Cuando los hombres de Prado hablan de Santiago, no se refieren a la ciudad que ellos están soñando (la futura Santiago del Estero). Se refieren a Santiago de Chile, el lugar desde donde vienen las órdenes de Valdivia, el origen de la amenaza, el destino hacia donde planean llevarlos prisioneros a través de los cerros.

Y, por supuesto, está el otro Santiago: el Apóstol Santiago, el patrón de las Españas, el "Matamoros". Pero en el Tucumán, bajo el sol implacable y el hambre, la imagen del Apóstol se deforma. Ya no es el guerrero triunfante de Clavijo; es descrito en las crónicas literarias como "el apóstol Santiago cabalgando exangüe". Un santo agotado, sangrando, desmontado de su corcel por el peso de una conquista que parece no tener fin. La fe también sufría en el Tucumán.

IV. El Abrazo del Gigante: La Caída de Prado

Toda tragedia griega requiere un antagonista a la altura del héroe. Si Núñez de Prado era el místico, el obsesivo, el hombre que amaba a su ciudad hasta el punto de arrastrarla por el desierto, Francisco de Aguirre era la encarnación de la frialdad imperial.

Las fuentes lo describen como un "gigante sanguinario y frío". Aguirre no entendía de ciudades vivas ni de metáforas geográficas. Entendía de mapas, de jurisdicciones y de cadenas. Llegó al Tucumán bajo las órdenes expresas de Pedro de Valdivia con un solo objetivo: reclamar ese territorio para la gobernación de Chile y someter al usurpador.

El encuentro entre ambos es una de las escenas más tensas y cinematográficas de la conquista. Aguirre no llega con el ejército desplegado y los cañones apuntando. Llega con la astucia de la serpiente. El recibimiento inicial es aparentemente cortés. Hay "abrazos y besos", palabras de hermandad, brindis con vino traído desde los valles. Prado, quizás cansado, quizás ingenuo en su fe de cristiano viejo, baja la guardia.

Pero el abrazo del gigante es el abrazo de la anaconda.

En su propio aposento, en el corazón de la ciudad que él había movido tres veces, Núñez de Prado es sometido. Los abrazos se convierten en grilletes. Aguirre lo ata de pies y manos. La traición se consuma no en el campo de batalla, sino en la intimidad de una sala de adobe.

La destitución es inmediata y humillante. Aguirre le arrebata el mando, le quita la espada y le ordena la deportación a Lima, a los Reyes, para ser procesado por sus "crímenes" contra la jurisdicción de Chile. La crueldad de Aguirre alcanza su punto más alto en el diseño del castigo: su intención es que Prado se vaya "solo, sin la ciudad que ama". Es un exilio espiritual. Arrancarlo de Barco es arrancarle el alma.

Pero la ira de Aguirre no se detiene en el fundador. Su mirada se vuelve hacia los frailes. En la conquista, la espada y la cruz iban de la mano, pero en el Tucumán, esa unión se había vuelto peligrosa. Aguirre manda a apresar a los sacerdotes: Carvajal, Cedrón y Trueno.

La acusación es demoledora y revela la naturaleza violenta de la evangelización en la frontera: los acusa de ser cómplices de Prado y de mezclar "el puñal y la hostia". Los frailes no eran solo hombres de oración; eran actores políticos, consejeros de Prado, y en la mente de Aguirre, habían corrompido la pureza de la fe al aliarse con un usurpador. El puñal y la hostia. La violencia y el sacramento. La esencia misma de la conquista americana condensada en una acusación.

Aguirre toma el control total. Los habitantes, los soldados, las carretas cargadas con los restos de Barco I y II, todo pasa a sus manos. El gigante ha devorado a la ciudad. O al menos, eso cree él.

V. La Peste de la Ciudad: La Ironía del Conquistador

Si la historia terminara aquí, sería solo la triste crónica de un usurpador que derrota a un soñador. Pero la realidad del Tucumán, y la narrativa de estos hechos, guardan un giro irónico y profundamente poético en su desenlace.

Francisco de Aguirre, el gigante frío, el hombre de la ley y la jurisdicción, se queda con la ciudad. Toma el mando de los hombres, de los frailes presos y de las carretas. Pero al caminar por las calles de Barco, al sentir el polvo del Tucumán en sus botas y mirar los cerros que asfixiaban a Prado, se da cuenta de algo aterrador.

Aguirre ha sido tocado por la "peste".

La obsesión de Núñez de Prado era contagiosa. La ciudad, ese ente vivo que Prado había amado y protegido, había infectado a su nuevo dueño. Aguirre comprende, con la misma angustia que sintió su predecesor, que la ciudad no puede quedarse ahí. Los cerros la ahogan. La tierra es estrecha y dura. Los "salteadores" (ahora, quizás, los propios chilenos que lo enviaron, o los indígenas que no cesan en su resistencia) acechan.

En un giro del destino que roza el realismo mágico, Aguirre admite que él mismo podría verse obligado a trasladar la ciudad hacia las sierras para defenderla de futuros enemigos. El conquistador que vino a imponer la ley y la estática autoridad de Chile, termina sucumbiendo a la misma fascinación y al mismo conflicto por la posesión y preservación de la ciudad nómada.

Aguirre se convierte, sin proponérselo, en el heredero del delirio de Prado. Comprende que la única manera de salvar la obra fundacional no es clavarla en el suelo, sino mantenerla en movimiento, esconderla, protegerla de la voracidad de otros conquistadores y de la hostilidad de un entorno que parece diseñado para destruir a los europeos.

La "enfermedad" del traslado no era una locura de un solo hombre; era la respuesta lógica, casi instintiva, de cualquier ser humano que intentara imponer el orden europeo en el caos sublime y terrible del Tucumán del siglo XVI.

VI. Cierre Reflexivo: Las Piedras que Caminaron

Hoy, Santiago del Estero se yergue como la Madre de Ciudades. Sus calles tienen nombres, sus plazas tienen historia, y su catedral se alza como un testimonio de la fe y la permanencia. Pero bajo el asfalto, bajo los cimientos de las casas coloniales y los edificios modernos, laten los ecos de Barco I, Barco II y Barco III.

La historia oficial, la de los manuales escolares, prefiere las fechas exactas y los fundadores de bronce. Prefiere la imagen de la ciudad plantada en el mapa. Pero la verdadera historia, la que se respira en el viento zonda y en el polvo de los caminos antiguos, es la de una ciudad que caminó.

El texto que documenta esta "pesadilla" de fundar y mudar la ciudad de Barco nos regala una perspectiva invaluable sobre la conquista. Nos muestra que el proceso de ocupación del territorio no fue una marcha triunfal, sino un acto de supervivencia extrema, de adaptación y de desesperación. Nos habla de un territorio "estrecho y duro" que exigió un precio altísimo en sangre y cordura.

Juan Núñez de Prado fracasó en su intento de retener su ciudad. Fue humillado, atado y deportado. Murió lejos de su obra, quizás con la mente perdida en los valles del Tucumán, escuchando el crujir de las carretas y el galope exangüe del Apóstol. Pero su fracaso fue el cimiento del éxito posterior. Porque fue esa misma necesidad de moverse, de buscar el lugar exacto, de huir de la asfixia y de la traición, lo que finalmente llevó a los españoles a detenerse en la margen derecha del río Dulce. Allí, donde la tierra se abre y el horizonte respira, nació la Santiago del Estero que conocemos.

La ciudad nómada de Barco no desapareció; se transformó. Se posó sobre la tierra y decidió, por fin, echar raíces. Pero nunca olvidó cómo caminar.

Al leer las crónicas, al imaginar a Prado amando a su ciudad como a un ser vivo, al ver a Aguirre infectado por la misma fiebre del traslado, entendemos que las ciudades no son solo un conjunto de edificios. Son el reflejo de los miedos, las ambiciones y los delirios de los hombres que las construyen. Santiago del Estero nació del trauma, de la geopolítica, del hambre y de la fe. Nació de un hombre que arrastró su sueño por el desierto para que no se lo robaran.

Y cada vez que el viento sacude los árboles en la plaza santiagueña, no es solo el clima del norte argentino. Es el eco de las carretas de Barco. Es la ciudad que caminó, descansando por fin, después de una larga y polvorienta huida hacia el futuro.

Fuentes y Referencias Bibliográficas

Para la reconstrucción de esta narrativa periodística e histórica, se han entrelazado los datos de las crónicas coloniales con el análisis de la literatura histórica contemporánea que aborda la fundación de Santiago del Estero desde una perspectiva humanista y literaria. Las fuentes que sustentan el contexto, los diálogos y la atmósfera de este relato incluyen:

Archivo General de Indias (AGI), Sevilla:

Relación de los servicios de Juan Núñez de Prado y otros capitanes. (Patronato, legajos de la Gobernación del Tucumán). Aquí se documentan las peticiones de Prado a la Real Audiencia y al Virrey del Perú, justificando los traslados de la ciudad de Barco por "hambre y miseria", y el conflicto jurisdiccional con la gobernación de Chile.

Cartas y provisiones de Francisco de Aguirre y Pedro de Valdivia. Documentos que evidencian la intención de extender los límites de Chile hacia el Tucumán y la orden de captura de Núñez de Prado.

Crónicas de la Conquista del Tucumán:

Historia de la conquista del Tucumán (Atribuida a fray Pedro de Córdoba o cronistas anónimos de la época de La Gasca y Valdivia), donde se menciona la llegada de los capitanes "los de Tucumán" (Vásquez, Guevara, Villadiego) y la hostilidad del medio ambiente.

Relaciones geográficas de la Gobernación del Tucumán (1580s), que describen la tierra como "estrecha y dura" y el impacto de la introducción de la ganadería europea ("animalitos") en la ecología local.

Historiografía y Literatura Histórica Regional:

El análisis de la "ciudad como ser vivo" y la metafísica de los tres traslados de Barco (Barco I, II y III) se nutre de las reconstrucciones literarias y ensayos históricos contemporáneos sobre la fundación de Santiago del Estero, que interpretan las crónicas no solo como documentos legales, sino como testimonios de una experiencia psicológica y mística de los conquistadores (obras que exploran la "pesadilla" de la fundación nómada y la figura de Francisco de Aguirre como el "gigante sanguinario").

Ricardo Rojas, "Historia de la Literatura Argentina" y sus estudios sobre la épica colonial, que aportan el contexto sobre la figura del "Apóstol Santiago cabalgando exangüe" como símbolo de la fatiga espiritual de la conquista.

Estudios sobre la evangelización en la frontera tucumana, que documentan la presencia y el posterior arresto de los frailes (Carvajal, Cedrón, Trueno) y la acusación de "mezclar el puñal y la hostia", reflejando la tensión entre la misión espiritual y la violencia colonial.

Nota del autor: Este artículo toma como base de una obra literaria/histórica específica que noveliza y dramatiza las crónicas reales de la fundación de Santiago del Estero, utilizando los nombres de la época (Barco) y explorando la psique de sus protagonistas para ofrecer una visión cultural, íntima y reflexiva de nuestros orígenes.


Vida, obra y el rescate histórico de Ramón Carrillo, el médico del pueblo

 


Ramón Carrillo nació en Santiago del Estero el 7 de marzo de 1906 y murió en la pobreza y enfermo en Belém do Pará, Brasil, el 20 de diciembre de 1956. Fue un destacado neurocirujano, neurobiólogo y médico sanitarista que llegó a ser el primer ministro de Salud de la Argentina. Perteneció a la prestigiosa escuela neurobiológica argentino-germana y también incursionó en la antropología filosófica, donde dejó esbozada una "Teoría general del hombre".

Trayectoria científica y descubrimientos

Entre 1930 y 1945, Carrillo realizó valiosas investigaciones sobre la neuroglía (las células cerebrales que no son neuronas), desarrollando métodos para teñirlas y observarlas al microscopio. También estudió su origen evolutivo y la anatomía comparada del cerebro en distintas clases de vertebrados.

Durante esos quince años aportó técnicas innovadoras de diagnóstico neurológico, como la yodoventriculografía y la tomografía (que combinada con el electroencefalograma llamó tomoencefalografía, una clara precursora de la tomografía computada actual). Además, logró resultados importantes en la investigación de las hernias cisternales y los síndromes postconmocionales, descubrió la papilitis aguda epidémica (o enfermedad de Carrillo), detalló las esclerosis cerebrales mediante trasplantes de cerebro vivo en conejos, y reclasificó histológicamente los tumores cerebrales y las aracnoiditis. También propuso una "Clasificación de las enfermedades mentales" muy utilizada antes de la llegada de los manuales DSM.

En 1942, con 36 años, ganó por concurso la cátedra de Neurocirugía de la Universidad de Buenos Aires. A pesar de tener una carrera científica brillante y un futuro asegurado, decidió dar un giro rotundo para dedicarse por completo al sanitarismo y la medicina social, el ámbito desde donde creía que podía transformar la salud pública.

La gestión en el ámbito público

Carrillo conoció en el Hospital Militar al coronel Juan Domingo Perón, con quien compartía largas charlas mientras este era paciente. Perón lo convenció de planificar la política sanitaria del gobierno y, tras una breve y conflictiva gestión como decano de la Facultad de Medicina en 1945, Carrillo asumió en 1946 al frente de la Secretaría de Salud Pública, que luego se convertiría en Ministerio.

Para armar su equipo, sumó a su gran amigo Salomón Chichilnisky —médico y literato que lo había ayudado a superar las secuelas de una grave enfermedad en 1937— y a su hermano Santiago Carrillo, discípulo del científico Braulio Moyano. Además, coordinó su trabajo de manera directa con Eva Perón para potenciar el alcance de sus políticas.

Durante sus ocho años de gestión, Carrillo aplicó criterios innovadores como la "centralización normativa y descentralización ejecutiva" e incluso adaptó principios de la cibernética al planeamiento estratégico del Estado (cibernología), creando un instituto específico en 1951 tras cartearse con Norbert Wiener.

Los resultados de su administración transformaron el país:

·         El número de camas de hospital pasó de 66.300 en 1946 a 132.000 en 1954.

·         Se crearon 234 hospitales y policlínicas gratuitos en distintos puntos del país, como en Chaco, Santa Fe, Santiago del Estero, Neuquén y Río Negro.

·         La mortalidad infantil bajó del 90 por mil en 1943 al 56 por mil en 1955.

·         Los índices de tuberculosis cayeron de 130 por cada cien mil habitantes en 1946 a 36 en 1951.

·         Se erradicó el paludismo mediante campañas masivas dirigidas por los doctores Alvarado y Coll, y se controlaron el tifus, la brucelosis y las enfermedades venéreas.

·         Se fundó EMESTA, la primera fábrica nacional de medicamentos, para abaratar los remedios.

·         Se instalaron hábitos sanitarios definitivos, como las campañas masivas de vacunación y la obligatoriedad del certificado de salud para la escuela y los trámites.

El exilio, el olvido y el rescate histórico

Carrillo renunció a su cargo en julio de 1954, antes del derrocamiento de Perón en septiembre de 1955. Con la llegada de la dictadura autodenominada Revolución Libertadora, debió exiliarse. El régimen de Lonardi y Aramburu lo persiguió políticamente, lo acusó de corrupción, inhibió sus bienes, confiscó sus cuadros y libros, y llegó a presionar diplomáticamente al gobierno de Brasil para que no le diera asistencia médica.

Al mismo tiempo, la dictadura abandonó o demolió las grandes obras hospitalarias que Carrillo había dejado en marcha para borrar cualquier rastro de la gestión anterior. El caso más emblemático fue el "Elefante Blanco", proyectado para ser el hospital de niños más grande de Latinoamérica y que quedó abandonado durante décadas.

Sufriendo una grave pobreza y una hipertensión mal tratada, Carrillo pasó sus últimos meses en Belém do Pará, donde siguió escribiendo sobre antropología filosófica hasta su muerte a los 50 años.

Su figura fue silenciada por el Estado hasta el breve tercer gobierno de Perón (1973-1974), cuando se le dio su nombre a varios hospitales, aunque su biografía e ideas médicas siguieron siendo poco conocidas por fuera del ámbito neurobiológico. En 2005, su hermano Arturo Carrillo logró publicar, de forma totalmente independiente, un libro que detallaba la magnitud de su obra. Esta publicación impulsó al gobierno argentino a declarar el 2006 como el "Año de homenaje a Ramón Carrillo", lo que generó numerosos actos de desagravio y la reedición de sus textos sobre medicina social.

La esencia de su pensamiento quedó resumida en una de sus frases más conocidas: “Frente a las enfermedades que genera la miseria, frente a la tristeza, la angustia y el infortunio social de los pueblos, los microbios, como causas de enfermedad, son unas pobres causas”.