lunes, 23 de febrero de 2026

Las noches de Islas y los servicios de un mozo singular

 (Para mis amigos los Lechuga Navascues)



Para los que fuimos "jóvenes estudiantes", el camino que nacía en el conocimiento, en los libros de la noche, pasando después por una tira dorada con papas fritas en la esquina de Islas, terminaba siempre en una dicha.

Siguiendo la premisa de que el sabor de la comida depende, no tanto de los ingredientes ni de los condimentos ni de la preparación, sino

de la personalidad del que entrega el alimento, la tira de asado de Islas fue única en el tiempo aquel en que la servía Tucho Méndez.

Ubicado frente a la esquina de Gimnasia B.B.C., en la calle Garibaldi y Congreso, Islas reunía en noches interminables a compañeros y amigos. Cuando cerró sus puertas murieron con él los servicios de un mozo muy singular: Tucho Méndez, mozo y comensal que iba atendiendo las mesas dejando en cada una un vaso para él, así tomaba con todos los presentes. Si una pareja se colocaba en un rincón, Tucho traía tres vasos, entonces ya no eran dos, una tercera persona ocuparía el lugar del fantasma, de la tercera persona del deseo o simplemente de Tucho, el cartonazo de la cabeza color naranja, teñido con un preparado que le sacaba a la hermana. Era la hospitalidad santiagueña elevada hasta los grados límites.

Recuerdo su aspecto tan particular; zapatos mocasines tan gastados que parecían "chatitas", pelo color medio naranja peinado con Brancato o Ricibrill, pantalones "tiro corto" como Cantinflas pero de otro color.

"No me jodas", decía, "sino de un cabezazo te voy a voltear toda la mugre", como si la cara de uno fuera un guardabarros, como si el cuerpo de uno fuera una chapa herrumbrada que junta el barro del tiempo y de las veredas. Tucho hablaba con tonada porteña de arrabal, jugaba a ser porteño. Popularizó términos como "salame", "cartón", "cartonazo", "tigre", "profeta". Autor del tango "La Pucha Pucha" que dice así: "Las doce de la cheno, qué harán los chochamus, estarán en el feca, jugando al yarbí, o estarán colados, en un casamiento, qué solo me siento, la pucha pucha pucha".

(¿Cuánto ganas aquí Tucho?, 3.500 fuera de los descuidos...)

Algunos tirados a ilustrados solían decirle Tucho Menéndez y Pidal. Su espíritu siempre estaba alegre, su humor se cuenta como uno de los más hermosos de este siglo.

Cuando por primera y única vez en la vida Tony Curtis recaló por unas horas en Santiago del Estero para ir a filmar Taras Bulba en la provincia de Salta, allá por los 60, estaba desayunando en la Confitería Ideal, Tucho lo ve y se le acerca, le dice "qué hacés cartón", con una familiaridad que hizo temblar la taza del norte americano.

"Dejame que te haga una breve sinosis", solía decir haciéndose el difícil.

Qué cosa, aterrizar en la noche alta en Islas para rematar era como una consigna, una toma de maravillosa inconsciencia que nos juntaba con amigos.

Boliche de los Navascues, lugar fuerte que perdura en nuestra memoria. Tiras como alpargatas del ocho. Libros, mucha ternura, la risa de Tucho Méndez, el vino que sellaba de infinito los besos que habían quedado suspendidos en los labios casi hasta el amanecer.

Una carcajada, un vaso vacío, otra carcajada en un vaso vacío, y otra más, y otra más.

Eso es todo, una carcajada en un vaso vacío. La ausencia.

El Zoco de la Buri Buri

Jorge Rosenberg

domingo, 22 de febrero de 2026

El Mago de las Lluvias: La increíble historia del hombre que desafió a la naturaleza en Santiago del Estero

 

Baigorri y la máquina de hacer llover

Hay sequías que agrietan la tierra y otras que resquebrajan la fe. La de Santiago del Estero, entre 1934 y 1937, hizo ambas cosas con una eficacia casi bíblica. Tres años sin lluvias no son solo una estadística: son pozos vacíos, ganado exhausto y un horizonte que parece de vidrio caliente. La provincia ardía bajo un sol obstinado, y el cielo —ese viejo proveedor— se había vuelto un patrón ausente.

Entonces apareció un entrerriano con una máquina.

Septiembre de 1937. Mientras los campos del sur santiagueño se parecían más a un desierto distraído que a una llanura fértil, el gerente del Ferrocarril Central Argentino, Ronald McRae, lanzó una pregunta que oscilaba entre la desesperación y la provocación: ¿y si alguien pudiera hacer llover? No era un capricho poético. La sequía afectaba cultivos, economías regionales y, por supuesto, los propios intereses ferroviarios. El progreso, tan orgulloso de su acero y su vapor, empezaba a descubrir que dependía —todavía— de una nube.

La respuesta llegó con nombre y apellido: Juan Baigorri Velar, ingeniero nacido en Entre Ríos, convencido de haber diseñado un dispositivo capaz de provocar precipitaciones artificiales. El 22 de septiembre desembarcó en Estación Pinto acompañado por Hugo Miatello, funcionario encargado de supervisar el experimento. Llevaba consigo una máquina cuyo funcionamiento exacto jamás fue del todo revelado, mezcla de secreto industrial y teatralidad calculada.

Y ocurrió lo impensado.

Tras la puesta en marcha del aparato, la lluvia cayó sobre Pinto. No una llovizna tímida, sino una precipitación suficiente como para que los escépticos miraran el cielo con una mezcla incómoda de asombro y fastidio. La tierra, reseca como una esponja olvidada al sol, absorbió el agua con una avidez conmovedora. Baigorri, envalentonado —¿quién no lo estaría? — decidió aumentar la potencia del dispositivo. El resultado fue un temporal que sacudió la región con una fuerza que rozaba lo desmesurado. De la sequía al diluvio: la naturaleza, tan parsimoniosa durante tres años, parecía haberse vuelto súbitamente expresiva.

La prensa no tardó en bautizarlo: “El Mago de la Lluvia”. El apodo tenía algo de elogio y algo de sospecha. Cuando regresó a Buenos Aires, fue recibido en la Estación Retiro como un héroe popular. Lo llevaron en andas, lo ovacionaron, lo celebraron como si hubiese derrotado a un ejército invisible. Y, en cierto sentido, eso creían.

Pero mientras la multitud coreaba su nombre, en los despachos técnicos el clima era otro. Alfredo Galmarini, director del Servicio Meteorológico Nacional, sostuvo que las lluvias habían sido una coincidencia. La atmósfera, argumentaba, no responde a voluntades individuales ni a artefactos misteriosos. El clima sigue sus propias leyes, incluso cuando preferimos creer en milagros mecánicos.

Ahí comenzó el duelo más fascinante: no entre hombre y naturaleza, sino entre relato y método. Ciencia institucional contra inventor solitario. Prudencia estadística frente a audacia experimental. Baigorri respondió con una ironía que todavía resuena: envió un paraguas al titular del SMN y anunció públicamente que “regalaba” una lluvia a Buenos Aires para el 3 de enero de 1939. Cuando ese día llovió en la capital, la frontera entre coincidencia y hazaña volvió a volverse borrosa, como un vidrio empañado.

Mientras tanto, en las calles, los niños cantaban:

“Que llueva, que llueva; Baigorri está en la cueva, enchufa el aparato y llueve a cada rato”.

La canción era ingenua y brillante. Convertía un debate científico en un juego infantil. Tal vez allí esté el secreto del mito: cuando la técnica se vuelve canción, la duda pierde volumen.

Con los años, Baigorri continuó ofreciendo sus servicios en zonas afectadas por sequías. En 1951 ingresó como asesor ad honorem al Ministerio de Asuntos Técnicos. Trabajó, según registros de la época, en distintos puntos del país. Sin embargo, en 1953, tras solicitar una compensación económica por sus resultados, perdió el respaldo oficial. La gloria pública, tan generosa en aplausos, suele ser austera en contratos.

Entonces hizo algo que parece salido de una tragedia griega: destruyó los planos de su invento y se negó a venderlo al extranjero. Prefirió el silencio antes que la cesión. Fue un gesto orgulloso, acaso impulsivo. O tal vez coherente con su carácter. El secreto de la máquina se disolvió como vapor en el aire. Cuando murió en marzo de 1972, a los 85 años, se llevó consigo la explicación definitiva.

¿Fue un visionario adelantado a su tiempo o un beneficiario brillante de casualidades atmosféricas? La respuesta, incómoda y honesta, es que no lo sabemos del todo. La ciencia moderna ha desarrollado técnicas de siembra de nubes con resultados limitados y controlados, pero nada comparable a los relatos casi épicos que rodearon a Baigorri. Entre la física de la atmósfera y la necesidad humana de creer, siempre habrá una zona gris.

Y quizá ahí radique la verdadera lección.

En una Argentina golpeada por crisis recurrentes —climáticas, económicas, políticas—, la figura de un hombre que promete domesticar el cielo resulta irresistiblemente seductora. Baigorri encarnó algo más profundo que un experimento meteorológico: la esperanza de que la voluntad y la inteligencia puedan torcer el destino, aunque sea por un instante. Fue la antítesis perfecta de la resignación.

Al final, su historia nos deja una pregunta que sigue cayendo, intermitente, como una lluvia caprichosa: ¿qué preferimos creer cuando el horizonte se agrieta, en la paciencia de las leyes naturales o en el ingenio casi quijotesco de un individuo?

Tal vez la diferencia entre magia y ciencia no sea el truco, sino el tiempo. Y el tiempo, como el clima, rara vez da explicaciones.

miércoles, 18 de febrero de 2026

Fantasmas se niegan a dejar un viejo hospital en Santiago del Estero

Las antiguas instalaciones de lo que fue el Hospital de Niños Eva Perón, el primero especializado en atención pediátrica que tuvo Santiago del Estero, pero en el que hoy funcionan un centro de rehabilitación y diversas dependencias del gobierno provincial, encierra entre sus paredes una increíble actividad paranormal que tiene por testigos a empleados, médicos y vigiladores.



Las experiencias más fuertes percibidas en ese inmueble construido a principios de la década del 50, tiene que ver con las manifestaciones audibles de chicos llorando o visuales, ya sea de sombras que surcan veloces el espacio de una habitación o hasta figuras corpóreas que una vez apreciadas por los testigos, se transforman en nada.

Los casos más sorprendentes estallaron a partir de los últimos dos años, y si bien en los últimos tiempos perdieron peso específico frente al caudal informativo cotidiano, de ninguna manera dejaron de lado su vigencia como fenómeno aparentemente inexplicable que se repite y aterra a quienes lo perciben.

Las voces especializadas que han abordado este tipo de episodios paranormales consideran que los hospitales son sin duda una caja de resonancia de las energías liberadas en medio del dolor, la soledad y la desesperación que terminan conformando "residuos psíquicos" que dan lugar a las diversas manifestaciones.

Una investigación oportunamente realizada por el Instituto de Psicología Paranormal (IPP) sobre las manifestaciones extrañas registradas en hospitales y centros asistenciales del país, arrojó que las vivencias escalofriantes relatadas por médicos y enfermeras estaban por lo general asociadas a experiencias cercanas a la muerte.

El trabajo del IPP, que realizó una encuesta anónima entre trabajadores de la salud para recabar la casuística, marcaba como expresiones de esos fenómenos casos de luminiscencias en las salas de terapia y extrañas anomalías registradas en el instrumental médico.

Sin embargo, mientras el estudio del instituto se basa en casos ocurridos durante la práctica médica en un hospital en funcionamiento, lo que ocurre en el viejo Hogar Eva Perón denota la presencia de lo que el investigador Gustavo Fernández ubica este tipo de fenómenos, al igual que las psicofonías, dentro de lo que da en llamar "paquetes de memoria" que expresan "un residuo físico de energía de una persona ya fallecida".

Fantasmas de guardia

Respecto de los hechos que tienen lugar en el antiguo hogar que fue parte de la obra de la Fundación Eva Perón allá cuando fue inaugurado, el relato de los testigos sintetiza una variada sucesión de hechos paranormales alineados en cierto modo con los avances del IPP y las consideraciones.  Los testigos dan cuenta entre la casuística más habitual y si se quiere común a los ruidos sin explicación alguna y, lo que es aún más terrorífico, los llantos y quejidos de niños que hielan la sangre de todo aquel que los escuche.

Claro está que eso no es todo ya que las extrañas situaciones suman murmullos provenientes de pasillos vacíos y presencias, algunas más corpóreas y visibles de las cuales, en algún caso, hasta derivó en el diálogo que mantuvo un vigilador con una mujer que lisa y llanamente no existía.

Ese episodio, relatado en su momento en una crónica publicada por un medio gráfico santiagueño, refería a la recorrida que dos miembros del personal de seguridad realizaron en el sector donde funcionó la cocina en sus años de actividad del hospital desde hace cuatro años trasladado a su nueva sede y convertido en el Centro Provincial de Salud Infantil (CEPSI).

En un momento determinado de esa recorrida efectuada en los días posteriores al traslado del hospital a su nueva casa, uno de los integrantes de la agencia de seguridad escuchó cómo su compañero entablaba diálogo con alguien, en un sector del viejo hogar al que ya nadie tenía acceso.

Cuando se acercó a ver con quién hablaba, encontró al otro vigilador desmayado producto de la impresión causada por su contacto con una aparición que se desvaneció de la cocina no sin antes cruzar unas palabras con su interlocutor.

El hombre recordaba que la mujer le contó que había tenido familia en ese hospital, pero que a su hijito se lo habían llevado a La Banda, situación por la cual le pedía que la ayudara a encontrarlo. En ese punto, el vigilador fue presa del soponcio aludido.

Lejos de haberse aplacado, este tipo de manifestaciones y otras tan inexplicables, se reiteran en el viejo hospital donde los empleados, funcionarios, médicos y personal de seguridad que se desempeñan en el edificio, conviven con esos registros físicos de los chicos que, aunque ya no están en este plano, siguen expresando su dolor y desconsuelo. Fuente: Diariopopular.com.ar

lunes, 16 de febrero de 2026

El Brillo de Potosí: El Origen de un Nombre



Hay nombres que parecen inevitables, como si hubieran estado aguardando siglos para posarse sobre un mapa. Otros, en cambio, nacen casi por accidente: un rumor persistente, una promesa de riqueza, un destello en el agua. Argentina pertenece a esta segunda categoría. Suena a metal pulido, a corriente luminosa, a promesa de abundancia. Y, en efecto, nació de eso: del brillo obsesivo de la plata.

Pero no de cualquier plata.

Todo empieza lejos de Buenos Aires, lejos incluso del estuario que terminaría dándole nombre al país. Empieza en el altiplano andino, en el Cerro Rico de Potosí, esa montaña que se alza como un puño mineral contra el cielo boliviano. En 1545 se descubrió allí uno de los yacimientos de plata más colosales de la historia. Tan vasto que, durante un tiempo, Potosí fue una de las ciudades más pobladas del planeta. Mientras en Europa discutían teologías y coronas, en los Andes se excavaba el corazón del mundo.

La ironía —tan frecuente en la historia— es que un país que aún no existía empezaba a recibir nombre gracias a una montaña situada fuera de sus futuras fronteras.

La fiebre blanca

Antes del hallazgo de Potosí, los conquistadores ya perseguían una quimera: la legendaria Sierra de la Plata. Se hablaba de un “Rey Blanco”, de metales infinitos, de ciudades que relucían como espejismos al amanecer. Era el tipo de mito que se alimenta de la codicia humana como el fuego del oxígeno. Bastaba una chispa para avivarlo.

Potosí fue esa chispa.

La montaña no solo confirmó la leyenda; la superó. De sus entrañas salieron toneladas de plata que cruzaron el continente como si fueran la sangre de un nuevo imperio. La riqueza fluía, sí, pero no hacia los pueblos originarios que trabajaban en condiciones brutales bajo el sistema de la mita, sino hacia la maquinaria imperial española. Una montaña que prometía prosperidad terminó siendo, para muchos, una sentencia.

Así funciona a veces la historia: lo que brilla para unos enceguece a otros.

Del “Mar Dulce” al Río de la Plata

El gran estuario que hoy comparten Argentina y Uruguay no siempre tuvo el nombre que lo hizo célebre. Los primeros exploradores lo llamaron Mar Dulce. Una descripción modesta, casi tímida, para una desembocadura colosal.

Pero los nombres, como las personas, cambian cuando la realidad los supera.

Por ese estuario comenzaron a descender —directa o indirectamente, mediante redes comerciales y rutas terrestres como el Camino Real— cargamentos de plata provenientes del Alto Perú. La alternativa de enviar el metal hacia el Pacífico implicaba atravesar la cordillera y luego sortear los ataques de corsarios en el Caribe. El camino del sur, aunque largo, ofrecía una salida estratégica al Atlántico. Menos épico, quizá, pero más eficaz. Y la historia suele inclinarse ante la eficacia.

El agua empezó a reflejar el metal. Y el metal terminó rebautizando el agua.

Así nació el Río de la Plata. No por poesía —aunque la tuviera— sino por evidencia. El nombre era casi contable: por allí circulaba plata. Punto.

La geografía como destino

A veces imaginamos que los imperios se construyen con discursos y espadas. En realidad, se sostienen con caminos. Y los caminos los dicta la geografía.

Transportar la plata hacia el norte implicaba internarse en selvas implacables y regiones tropicales donde la enfermedad era tan letal como cualquier arma. El sur, en cambio, ofrecía una red de rutas terrestres y fluviales que conectaban el Alto Perú con el Atlántico. No era un trayecto sencillo —ninguno lo era en el siglo XVI— pero resultaba más viable.

La cordillera imponía límites; los ríos ofrecían salidas. Y así, sin discursos solemnes ni decretos grandilocuentes, la geografía inclinó la balanza. Como un arquitecto silencioso, diseñó el destino económico de la región.

Un poeta pone el nombre

El salto final lo dio la lengua.

En 1602, el clérigo y poeta Martín del Barco Centenera publicó un extenso poema titulado La Argentina. Allí utilizó el término derivado del latín argentum, que significa plata. No fue un virrey ni un cartógrafo quien fijó el nombre. Fue un poeta. Y hay algo profundamente humano en eso: que una nación haya sido nombrada no por un decreto, sino por una metáfora.

Argentina: la tierra vinculada a la plata.

Paradójico, ¿no? Un país cuyo nombre evoca riqueza nació, en buena medida, de un circuito extractivo que benefició sobre todo a la metrópoli. Brillo y sombra, abundancia y explotación, promesa y despojo. La antítesis estaba inscrita desde el origen.

El padre invisible

Potosí, entonces, no es solo un capítulo remoto en los manuales. Es el padre mineral de una identidad. Sin su plata, difícilmente el estuario habría cambiado de nombre; sin ese río rebautizado, tal vez la palabra Argentina no habría echado raíces.

Una montaña boliviana terminó dando nombre a una nación vecina. Como si la historia quisiera recordarnos que las fronteras son recientes, pero los procesos son compartidos.

Quizá por eso el nombre aún resuena. No como una simple referencia al metal, sino como eco de una época en la que el mundo se reordenaba al ritmo de la codicia y la esperanza. Un nombre que suena a brillo, sí. Pero también a memoria.

Y la memoria, a diferencia de la plata, no debería agotarse nunca.


sábado, 14 de febrero de 2026

Inés Gómez Carrillo: La pianista que llevó la música latinoamericana al mundo… y la historia la borró

 Una mujer, un piano y un continente de sonidos. La historia de la intérprete que conquistó Carnegie Hall, la Casa Blanca y el silencio de los libros.



Mientras nombres como Martha Argerich o Nelson Freire brillan en la memoria colectiva del piano argentino, hay una figura que durante décadas iluminó escenarios de tres continentes, fue ovacionada por la élite musical de su tiempo y, sin embargo, hoy apenas aparece en un par de líneas de enciclopedias. Inés Gómez Carrillo —Moña para los íntimos— no solo fue una de las pianistas más importantes del siglo XX en Argentina: fue la embajadora oculta de la música latinoamericana, una compositora de sensibilidad nativa y una maestra que formó generaciones. Su historia es un viaje de provincia al mundo, de aplausos al olvido, y una pregunta que resuena hoy: ¿por qué la olvidamos?

El comienzo en el corazón del folclore santiagueño

Nacida el 2 de abril de 1918 en Santiago del Estero, Inés no llegó al piano por azar: nació dentro de él. Su padre, Manuel Gómez Carrillo —compositor, musicólogo y director del Conservatorio Thibaud Piazzini en esa provincia— y su madre, la pianista María Inés Landeta Cesar, le transmitieron el amor por la música desde la cuna. Con solo tres años, ya exploraba el teclado bajo la guía de sus padres. A los doce, egresó como Profesora Superior de Piano, Teoría y Solfeo con calificaciones máximas.

Fue una infancia anclada en la raíz. En sus primeras composiciones —Cunita Blanca, T’hei de dejar, Chascañaui Munanquita— plasmó ritmos del norte argentino: vidalas, chacareras, textos en quechua y modismos santiagueños, envueltos en un lenguaje tonal con matices impresionistas. “Era una fusión de lo incaico con lo europeo; un piano que respiraba nuestra tierra”, describiría años después ella misma en una entrevista radial.

Pero Santiago era pequeño para su talento. En 1940, la Comisión Nacional de Cultura le otorgó una beca para perfeccionarse en el exterior. La Segunda Guerra Mundial desvió su destino: en lugar de Europa, rumbo a Nueva York.

La conquista de Occidente: de la Casa Blanca a Carnegie Hall

A los 22 años, Inés llegó a Nueva York con un maletín, su piano interior y una carta de recomendación de Arthur Rubinstein, quien la había escuchado en Buenos Aires y la definió como “una joya bruta que solo necesita pulirse”. Y se pulió.

Estudió con Edward Steuermann (discípulo directo de Schönberg y heredero de la escuela de Leschetizky), tomó clases de composición con Jerzy Fittelberg y, en un giro inesperado, se sumó a las clases secretas de Wanda Landowska, la reina del clavecín exiliada, que dictaba seminarios en una casa de Connecticut. Pero el gran salto llegó con Olga Samaroff Stokowski —alumna de un discípulo de Liszt— cuyo magisterio le dio la técnica impecable que la caracterizaría.

El mundo se rindió ante sus manos.

* 1942: Clasificó entre las tres mejores pianistas jóvenes de EE.UU. en el Concurso Naumburg (¡60 participantes!). Inmediatamente, la National Broadcasting Company la contrató para 160 emisoras.

* 1943: Debut en el Town Hall de Nueva York. La crítica del New York Times tituló: “Un piano que habla en lenguas universales”.

* 1945: La primera dama Eleanor Roosevelt la invitó a tocar en la Casa Blanca. Impresionados, los Roosevelt le otorgaron una Beca Presidencial que cubrió su manutención por un año.

* 1946-1951: Cuatro giras consecutivas por Europa. Tocó en las salas más emblemáticas: Carnegie Hall (¡tres recitales!), Salle Pleyel en París, Concertgebouw en Ámsterdam. Directores de la talla de Eugene Ormandy (Filarmónica de Filadelfia) la reclamaban como solista.

Pero Inés no era solo técnica; era narradora. En cada programa, incluía al menos una obra argentina o latinoamericana. “Llevaba la música de mi tierra como quien lleva un tesoro en el bolsillo”, contaría más tarde. Grabó discos con La Argentinita (bailadora de flamenco), rescató partituras de compositores contemporáneos y, en 1944, dejó para la posteridad El amor brujo versionado para piano y castañetas —un documento sonoro que hoy es una rareza.

El giro invisible: el amor que silenció el escenario

Todo parecía imparable. Hasta que, en 1952, conoció en una recepción posterior a un concierto a Juan María Campos Catellín Senillosa. Se casaron ese mismo año y nacieron Victoria (1954) y Arturo (1955).

Aquí comienza el gran vacío en su biografía.

Los conciertos se espaciaron. De 1955 a 1960, no hay registro de presentaciones. ¿Por qué? “Las obligaciones de madre y esposa no me permitían dedicarme al piano con la misma intensidad. El piano exige exclusividad; yo elegí la familia”, explicó en una entrevista de 1993.

Aun así, en 1962 —ya divorciada— se mudó a Madrid con sus hijos. Pero el destino la devolvió a casa. En 1968, el director del Conservatorio de La Lucila le ofreció integrarse al nuevo Conservatorio Juan José Castro en Buenos Aires. Aceptó. Así nació su segunda gran vida: la de maestra.

Regresó a Argentina no como la estrella que llenaba teatros, sino como la profesora que formaría a los próximos talentos. Ocasionalmente volvió a los escenarios —en 1980 le ofrecieron volver a EE.UU. con una oferta millonaria: 20.000 dólares por un departamento cerca del Carnegie Hall—, pero rechazó la propuesta: “No podía dejar a mis hijos ni pagar ese alquiler. El piano ya no era mi único hogar”.

La maestra y el legado enterrado

Desde 1969 hasta su jubilación, Inés fue columna del Conservatorio Juan José Castro (luego IUNA/DAMUS). Sus aulas fueron un santuario de rigor y emoción. Entre sus alumnos destacan Amy Wurtz, Lorena Eckell y la propia investigadora que rescató su historia, Mariana Quainelle, quien describe sus clases como “una fusión de disciplina europea y calidez criolla”.

Pero el mayor dolor de su legado fue el olvido público.

A pesar de haber ganado premios municipales, de la Comisión Nacional de Cultura y de ser miembro de la Academia Argentina de Música (1997), su nombre no aparecía en estudios clave:

* 100 años de música en Buenos Aires (Valenti Ferro, 1992)

* Mujeres de la Música (Frega, 2011)

* Música y Modernidad en Buenos Aires (Corrado, 2010)

¿Por qué?

Quien indaga en los archivos descubre la respuesta: Inés no dejó grabaciones de su etapa dorada. Los discos que existen son escasos: las canciones con La Argentinita, unas pocas piezas de su padre y un CD póstumo con grabaciones privadas. Sin esos registros sonoros, su técnica —alabada como “íntgra, perfecta, capaz de hacer llorar al público con un solo arpegio”— quedó en la memoria de quienes la escucharon, no en las vitrinas de la historia.

Mientras otras pianistas de su generación publicaban discos en grandes sellos, ella priorizó la enseñanza y la familia. El resultado: hoy, es la gran ausente de los libros.

El resurgir desde el silencio

La historia de Inés podría haber terminado en el anonimato si no fuera por un detalle: en 2008, la musicóloga Mariana Quainelle la llamó por teléfono, guiada solo por la guía telefónica. Así comenzaron siete años de entrevistas, en su departamento de Recoleta, en residencias de ancianos, en casas de familia. Se ganaron mutua confianza. Inés, ya nonagenaria, abrió sus álbumes de recortes, partituras manuscritas y programas amarillentos.

Gracias a ese trabajo —publicado en el estudio “Inés Gómez Carrillo, creadora y difusora de la música latinoamericana del siglo XX” (2023)— hoy sabemos:

* Fue la única pianista argentina que un maestro brasileño de la Universidad de Hartford conocía personalmente.

* Su genealogía pianística la vincula a Liszt (a través de Olga Samaroff), Scriabin (por Djane Lavoie-Herz) y Chopin (vía Wanda Landowska).

* Compuso 7 obras que fusionaban lo nativo con lo académico, y que hoy son un testimonio único de la generación del 45.

Su mayor triunfo póstumo: en 2014, al morir, los diarios no la mencionaron. Pero en 2023, su nombre resuena en congresos de musicología. “Rescatamos no solo una carrera, sino una voz que conectó el folclore con el concierto universal”, afirma Quainelle.

Cierre reflexivo: ¿quién guarda la memoria del sonido?

Inés Gómez Carrillo murió el 22 de junio de 2014, en la casa de su hija, mientras dormía. Ya no tenía piano. Pero su legado late en cada alumno que enseña, en cada partitura rescatada y en una pregunta incómoda:

¿Cómo es posible que una artista que llenó el Carnegie Hall, la Casa Blanca y el Teatro Colón haya sido borrada de la historia oficial?

La respuesta quizá yace en lo que ella misma eligió: priorizar la vida sobre la fama. En un mundo que celebra el individualismo, Inés optó por la familia, la enseñanza y la música como servicio, no como espectáculo.

Hoy, cuando escuchamos un piano que mezcla una chacarera con un scherzo de Schumann, cuando una joven pianista cita a una maestra que “enseñaba que el piano debe servir a la emoción, no al ego”, estamos ante su sombra benévola.

Su historia no es solo la de un talento olvidado. Es un recordatorio: la cultura no vive solo de los nombres que llenan portadas, sino de aquellas voces que, desde la discreción, tejieron los hilos invisibles de nuestra identidad musical.

Inés Gómez Carrillo no necesitó discos de oro. Su oro fue el silencio de las salas cuando sus dedos tocaban, y el eco de esas notas, que hoy, por fin, empiezan a escucharse.

Fuentes principales para este artículo:

* Quainelle, M. (2023). Inés Gómez Carrillo, pianista argentina. Creadora y difusora de la música latinoamericana del siglo XX. AVANCES, (32). Recuperado de: https://revistas.unc.edu.ar/index.php/avances/article/view/41617

* Benítes, F. L. (1945, 13 de julio). Entrevista a Inés Gómez Carrillo. El Hogar, XLI(1865), pp. 56-61.

* Comisión Nacional de Cultura (1940, 11 de octubre) Beca Comisión Nacional de Cultura. Buenos Aires, Argentina.

* Gómez Carrillo, I. (2009). Sin título [entrevista]. Un puente al pasado, Radio Nacional.

* La pianista Gómez Carrillo define a su patria en Cunita Blanca, Te’i de dejar y Coplas para la Imilla (1941). La Prensa. Nueva York.

* Porto, M. B. (1944/45). Diez minutos con una gran pianista. Para Tí, p. 34.

* Porto, M. B. (1948, mayo). Causa sensación en el mundo Inés Gómez Carrillo. Sintonía, XV, XVI (495), p. 108.

* Discografía: Gómez Carrillo, I. (1996). El amor brujo. Colección de danzas clásicas españolas [disco de vinilo]. Sonifolk. España. / Gómez Carrillo, I. (1943-1945). Argentinita, Danzas españolas con castañuelas [disco de vinilo]. Decca Album. Estados Unidos.

Entre zambas y pañuelos: El romance oculto que vuelve a la vida.

Marina Ábalos, hija de Adolfo Armando Ábalos y Nancy Gordillo, cuenta en qué momento y por qué su padre escribió "Agitando Pañuelos".



Bellas zambas hay muchas, pero pocas como "Agitando pañuelos", la que escribió Adolfo Armando Ábalos, de Los Hermanos Ábalos, tras conocer a la joven bailarina Nancy Gordillo y quedar engualichado por su belleza. Es la que todos bailan, es con la que muchos se enamoraron, es la danza hecha canción de una bella declaración de amor de un hombre que encontró a la mujer de su vida bailando.  

Y hoy, Día de los Enamorados, qué mejor momento para contar esta historia de amor, de vida que se forjó, en los años 50 en "El rancho de los Ábalos", una imponente casona frente al mar en Mar del Plata. De ese amor nacieron, por parafrasear a Los Hermanos Ábalos, según el orden de aparición de la cigüeña: Nancy, Marina, Amílcar y Giselle, también músicos y otrora integrantes del conjunto Los Ábalos Gordillo.

Marina Ábalos está en Santiago. Ella, quien integra el grupo de Raly Barrionuevo, se presentará hoy en el Festival Dorado de la Algarroba cuya XIII edición se realizará en el Club Central Argentino de esa ciudad con el friense como figura central. 

Marina en dialogo con un medio local contó esta historia de amor que el mundo baila y canta y que ella escuchó desde niña.

Dicen que el pañuelo, de un sinnúmero de significados simbólicos, en la zamba es una extensión del cuerpo, utilizado para comunicarse sin hablar. Y es, en esencia, una fuente de inspiración para generaciones para experimentar el amor romántico. "Agitando Pañuelos" es, sin lugar a dudas, una bandera de identidad y expresión sensitiva.

"¡Te vi! ¡No olvidaré...!"

"La zamba "Agitando Pañuelos" es una verdadera declaración de amor de mi padre Adolfo Ábalos a mi mamá Nancy Gordillo. Mi madre era bailarina y tenía una agrupación, cuando era muy jovencita, que se llamaba ""Chunquituy". Nosotros nos criamos con ellos contándonos la historia. Ellos estaban orgullosos, él por haberla hecho y ella porque se la hicieron. En casa, papá tocaba la zamba y mamá la bailaba. Luego, nos enseñaron a cantar, a tocarla".

De esta manera, Marina fue introduciéndonos en la historia de "Agitando Pañuelos". Nos mostró una foto, documentos irrefutable del amor de Adolfo por Nancy: una foto en blanco y negro, en la que aparece bailando Nancy (fallecida hace un año y medio) y en su anverso, de puño y letra de Adolfo, la letra.

Inmediatamente, se sentó al frente del tecladito que le prestaron y arrancó con los primeros acordes de la zamba. "¡Te vi! ¡No olvidaré...! Un carnaval, guitarra, bombo y violín… ¡Agitando pañuelos te vi...! Cadencia al bailar… airoso perfil…", escribió Adolfo. "Literalmente, la conoció bailando y quedó prendado", resaltó Marina.

Un amor que perduró

Marina se emociona a medida que desde el teclado van surgiendo esas armonías que a su padre le brotaron del alma y le salían a borbotones cuando conoció a Nancy. 

"¿Cómo fue la cosa?", destaca Marina para luego empezar a brindar detalles de esa historia de amor. "Mi padre Adolfo vivió, ente el 54 y el 58 en Estados Unidos donde daba unas clínicas de música folclórica. Cuando decide volver a la Argentina se reencuentra con sus cuatro hermanos (Napoleón Benjamín ("Machingo"), Roberto Wilson, Víctor Manuel ("Vitillo") y Marcelo Raúl ("Machaco") en Mar del Plata, donde tenían un lugar para hacer peñas que se llamaba "El rancho de los Ábalos", una hermosa casona frente al mar. Ellos estaban con una muy buena bailarina que era una chica jovencita, Nancy Gordillo, que iba acompañada por su mamá a todos lados, y que era la bailarina de Los Hermanos Ábalos". Quedó prendado".

Y explicó el significado de la segunda estrofa: "¡Me fui… diciendo adiós...! Y en ese adiós quedó enredado un querer… ¡Agitando pañuelos me fui...! ¡Qué lindo añorar… tu zamba de ayer!". Marina contó: "Después que terminaron las actuaciones esa temporada de verano, Los Hermanos Ábalos volvieron a Buenos Aires y estuvieron un tiempito sin verse", destacó Marina.

Entre "Agitando Pañuelos" y "La chacarera del rancho"

Marina reveló también que Adolfo, de la inmensa alegría que tenía de reencontrarse con sus hermanos, sacó el piano al balcón de "El rancho de los Ábalos". Recordó: "Papá ya había hecho la melodía de "Agitando pañuelos". Queda prendado de la bailarina, pero parece que la tuvo que remar un tiempo hasta que mamá lo aceptara. Mi papá tenía 40 años y mi mamá 25. Por la diferencia de edad, mi abuela materna no quería saber nada, pero triunfó el amor". 

Remarcó: "Nancy le inspira la letra de la zamba y se la dedica; mamá tiene en un cuadrito el manuscrito con la dedicatoria, fue en 1958. Después surge una gira para Bariloche y ahí se reencuentran. Pasan menos de un año de novios, se casan, pero no podían tener hijos. En el medio de esos años, buscando los hijos que no llegan, papá escribe la letra de "Chacarera del rancho" y como propiciando la llegada de la guagüita escribe la letra y aparece la estrofa de si alguna guagüita pudiera tener. Y así fue como nació mi hermana mayor, Nancy".

Marina está orgullosa de la historia de amor de sus padres. Sus ojos se enjugan cuando evoca donde se conocieron Adolfo y Nancy. Su voz se entrecorta y, por momentos, deja de tocar en el teclado "Agitando pañuelos" para recordar que su papá falleció en el 2008 y su mamá hace un año y medio.

"Agitando pañuelos", tal como lo dijo Marina, es un himno que inspira. Y es válido recordarlo hoy en el Día de los Enamorados como un ejemplo precioso.

Descendencia de Adolfo y Nancy

Nietos/as: Hijas de Nancy ("Nancyta") son: Rocío y Lucía, y a la vez Rocío tiene una hija Nina, bisnieta; Marina es mamá de Julián y Marino; Amílcar no tiene hijos y Giselle, la hermana más chica que ya nació en Mar del Plata, tiene una hija Jazmín.

En tanto, los hijos de Adolfo de su primer matrimonio son "Fito" (Adolfo) y Beatriz, "que estamos desde chiquitos en hermosa relación", subrayó Marina.

Fuente: El Liberal


viernes, 13 de febrero de 2026

Resistencia en la Cumbre: Crónica de dos siglos de lucha por el Famatina.

Cuando el oro y la plata encienden la codicia a nivel internacional, un cerro en La Rioja se transforma en un símbolo de resistencia tanto ambiental como social.


 

En el corazón de La Rioja, se alza majestuoso el Cerro Nevado de Famatina, conocido también como General Belgrano. Con sus 6.250 metros de altura y su cima siempre cubierta de nieve, esta montaña ha sido un testigo silencioso de dos siglos llenos de violencia, ambición y resistencia. Para los pueblos originarios Diaguitas, este lugar sagrado en el valle oriental de la montaña se llamaba Wamatinaj, pero con el tiempo se convirtió en el centro de una disputa que comenzó en 1822 y que aún persiste hoy en día. Esta es la historia de cómo una montaña argentina se transformó en el escenario de un conflicto entre las ambiciones extractivistas internacionales y las comunidades locales que luchan por proteger su territorio, su agua y su forma de vida.

Los Primeros Golpes: Rivadavia y el Empréstito Baring (1822-1827)

La historia moderna de la explotación del Famatina arranca con Bernardino Rivadavia, quien era ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores de la provincia de Buenos Aires bajo el gobierno de Martín Rodríguez. Según el historiador Henry Ferns en su libro "Gran Bretaña y Argentina en el siglo XIX" (1966), el 19 de agosto de 1822, la Junta de Representantes de Buenos Aires dio luz verde al gobierno para negociar un empréstito de entre tres y cuatro millones de pesos.

El contexto internacional era favorable para las aventuras especulativas. La banca inglesa estaba en plena fiebre de inversión tras la conversión de la deuda inglesa, con 215 millones de libras buscando colocación a intereses más altos. En este marco, el 1 de julio de 1824, se firmó un contrato con la Banca Baring para un empréstito de un millón de libras esterlinas.

Pero Rivadavia tenía planes más ambiciosos. Como menciona Hernán Rolando Medina, investigador del Observatorio de Empresas Transnacionales, solo unos meses antes de obtener el empréstito, el 24 de noviembre de 1823, Rivadavia se dio permiso a sí mismo para impulsar la creación de una sociedad en Inglaterra con el objetivo de explotar las minas de oro y plata en el territorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Un mes antes de conseguir el empréstito, Rivadavia viajó a Londres como ministro plenipotenciario y estableció tres compañías: Buldings Rio Plata Association, Rio Plata Agricultural Association y Rio Plata Mining Association. Esta última rápidamente obtuvo la concesión del monopolio minero en el Río de la Plata, enfocándose especialmente en las riquezas del Cerro Famatina.

El choque con Facundo Quiroga

La ambición centralista de Rivadavia se enfrentó de manera directa al federalismo provincial. Desde 1824, la Famatina Mining Company, organizada por los hermanos británicos Robertson con un capital de 250 mil libras esterlinas, ya estaba explotando los yacimientos del Famatina con la autorización del gobierno riojano, respaldada por la Ley Fundamental que permitía a las provincias gestionar sus riquezas naturales.

Esta situación se convirtió en un verdadero obstáculo para los planes de Rivadavia. Una vez que asumió la presidencia el 6 de febrero de 1826, no perdió tiempo y promulgó una ley que declaraba las tierras públicas y otros bienes inmuebles como propiedad nacional, lo que marcó el regreso del centralismo directorial. Sin embargo, el gobernador de La Rioja, Facundo Quiroga, hizo caso omiso a las órdenes de Rivadavia, complicando el trabajo de los ingenieros ingleses que ya estaban en Famatina.

Rivadavia intentó derrocarlo, pero la realidad se impuso sobre sus ambiciones: los ingenieros descubrieron que el oro no era tan abundante como se había esperado, y que las riquezas del cerro eran más un mito que una realidad.

Como señala Ferns, "los gastos de explotación serían mayores que las ganancias, ya que el enorme obstáculo de la distancia complicaba el transporte hacia el interior y el uso de equipos pesados". Además, los desórdenes revolucionarios habían alterado las relaciones sociales de tal manera que la mano de obra se había reducido drásticamente. El desastre fue total.

En 1827, Rivadavia renunció a la presidencia y la Rio Plata Mining Association se declaró en quiebra en medio de la crisis de 1825. Sus síndicos demandaron al gobierno nacional por daños y perjuicios por 52.520 libras, cuando su capital nominal inicial había sido de un millón de libras esterlinas.

La Famatina Company corrió la misma suerte. "En 1827, sus acciones, que habían costado 50 libras, se vendían a solo dos libras, y este desastre parece haber sido uno de los factores que llevaron a la bancarrota de los hermanos Robertson", señala Ferns.

El Intervalo: La Mejicana y el Cable Carril (1894-1926)

Después de años de estar en un segundo plano, el Famatina volvió a captar la atención de los extractivistas a finales del siglo XIX. En 1894, el ingeniero de minas Emilio Hunicken publicó su trabajo "Síntesis sobre la Industria Minera y Metalúrgica de La Provincia de La Rioja", que estableció las bases científicas y técnicas para un nuevo intento de explotación.

En 1904, con inversiones alemanas, se construyó un Cable Carril para transportar oro y plata desde el proyecto minero La Mejicana hasta la estación del ferrocarril en las afueras de Famatina. Una empresa británica extrajo el oro de la mina hasta la Primera Guerra Mundial, cuando las complicaciones logísticas llevaron a la creación del horno de fundición Santa Florentina, ubicado a siete kilómetros del centro de la ciudad, para convertir el mineral en lingotes.

Finalmente, en 1926, la explotación del Famatina se detuvo porque el oro comenzó a aparecer de manera dispersa y no había tecnologías disponibles para hacer rentable ese tipo de extracción. El recuerdo de La Mejicana sigue siendo amargo en la memoria local. Como mencionan Maristella Svampa, Marian Sola Álvarez y Lorena Bottaro en "Minería transnacional, narrativas del desarrollo y resistencias sociales" (2009), los habitantes de Famatina aún recuerdan: "Ni una dentadura de oro nos dejaron. Se llevaron todo. Lo único que dejaron fueron mujeres viudas..."

El Siglo XXI: La llegada de Barrick Gold

Después de más de 70 años de calma relativa, el Famatina vuelve a estar en el punto de mira del extractivismo internacional con la llegada de Barrick Gold Corporation, la multinacional minera con sede en Toronto, Canadá. Según el Observatorio de Empresas Transnacionales en su informe de 2007, Barrick opera más de 27 minas en 15 países alrededor del mundo.

La empresa comenzó su andadura en América Latina en 1993, llegando primero a Perú y luego a Chile en 1994. En 2001, tras fusionarse con Homestake, Barrick hizo su entrada en Argentina al adquirir el Proyecto Veladero en San Juan. En 2005, llegó a La Rioja con la intención de explotar los yacimientos de oro abandonados de la mina La Mejicana, con una inversión prevista de 10 millones de dólares.

El historial de Barrick Gold

El historial de conflictos de Barrick Gold a nivel mundial es extenso y preocupante, como señala el informe del Observatorio de Empresas Transnacionales:

En Papúa Nueva Guinea, las comunidades indígenas protestaron durante años contra la mina Portera (de Placer Dome, que fue subsidiaria de Barrick hasta 2006), que vertía sustancias tóxicas, incluyendo mercurio, directamente en un río. Los desechos tóxicos superaban hasta 3.000 veces los límites permitidos. El escándalo fue tan grande que en 2009 el Fondo Soberano de Noruega decidió retirar sus acciones de la empresa, citando razones de ética ambiental.

En Filipinas, el gobierno de la provincia de Marinduque presentó una demanda por 100 millones de dólares contra Placer Dome debido a los enormes daños económicos y ambientales causados. Entre 1975 y 1991, la empresa se encargó de depositar más de 200 millones de toneladas de desechos tóxicos en la Bahía de Calancan, lo que afectó la seguridad alimentaria de 12 comunidades pesqueras.

En Tanzania, en marzo de 1999, Barrick adquirió los depósitos de Bulyanhulu al comprar Sutton Resources. El gobierno tanzano y la empresa desalojaron a la fuerza a 200 mil personas. Se reportaron casos alarmantes de 65 mineros que fueron enterrados vivos cuando las autoridades decidieron rellenar los pozos para evitar que los trabajadores regresaran.

En Australia, en Lake Cowal, Barrick utiliza 17 millones de litros de agua al día de fuentes subterráneas, superando el consumo total del distrito de Lismore. Desde que la empresa comenzó sus operaciones, el nivel del agua en la zona ha bajado entre 20 y 50 metros por debajo del nivel del suelo.

La Resistencia en Famatina: "El Famatina No Se Toca"

En 2006, los habitantes de Famatina, Chilecito y otras localidades empezaron a informarse sobre la instalación de un megaproyecto minero. Formaron asambleas para concienciar a la población sobre los posibles peligros. De estas reuniones nació la consigna que se convertiría en un símbolo de resistencia: "El Famatina no se toca".

El 29 de enero de 2007, se llevó a cabo la primera acción directa. Vecinos de varias localidades interrumpieron el tráfico en las rutas nacionales 38 y 74 a la altura de Patquía. Exigieron una ley que prohibiera la minería a cielo abierto en la zona del cordón del Famatina. Los asambleístas contaron con el apoyo del diputado nacional Carlos Tinnirello y el ex legislador Luis Zamora.

La Victoria Temporal

El esfuerzo comenzó a dar sus frutos. El 8 de marzo de 2007, una crisis política estalló en la provincia, involucrando al gobernador Ángel Eduardo Maza y revelando su complicidad con Barrick Gold. Maza renunció y el vicegobernador Luis Beder Herrera tomó el mando, aprovechando la oportunidad para adoptar un discurso ambientalista.

En este contexto, se aprobó la Ley 8137, que prohibía la explotación minera a cielo abierto utilizando sustancias contaminantes como cianuro de sodio, ácido sulfúrico y mercurio. Al mismo tiempo, se promulgó la Ley 8138, que convocaba a una consulta popular en Famatina y Chilecito para el 29 de julio de 2007.

Sin embargo, Barrick Gold declaró que no cumpliría con la orden judicial y que comenzarían a "informar" a la comunidad sobre los beneficios de la minería. Los vecinos decidieron mantener el corte en el acceso al megaproyecto. En julio de 2007, se llevó a cabo en Chilecito-Famatina el IV encuentro de la Unión de Asambleas Ciudadanas (UAC), donde se presentó un enfoque innovador: un juicio oral y público contra Barrick Gold por los daños ambientales, sociales y económicos en América Latina. La sentencia exigió la condena y expulsión de la empresa.

La Traición y la Represión

El 19 de agosto de 2007, Beder Herrera se lanzó a la carrera por la gobernación y logró una victoria contundente. Desde ese momento, su discurso sobre el medio ambiente dio un giro radical. El 7 de agosto de 2008, se eliminaron las leyes que prohibían la minería contaminante y la que convocaba a una consulta popular.

La Cámara Argentina de Empresarios Mineros (CAEM) celebró esta decisión en un comunicado, donde reconocieron haber hecho gestiones ante las autoridades de La Rioja y elogiaron el "liderazgo político" de Beder Herrera. Se fundó la empresa estatal de energía y minas (EPEM) para gestionar el patrimonio minero que se iba a licitar.

Como respuesta a estas acciones, el 12 de agosto, se llevó a cabo en Chilecito una marcha con la participación de dos mil personas. La plaza principal se llenó de pancartas que proclamaban "la vida vale más que el oro" y "El Famatina no se toca".

La Violencia Efectiva Contra los Militantes

Desde agosto de 2008, la relación entre el gobierno provincial, Barrick y las comunidades locales se tornó en un enfrentamiento abierto. Se repitieron los intentos de silenciar y prohibir las charlas informativas sobre minería en las escuelas provinciales. Además, se despidió a periodistas que denunciaron las irregularidades.

El 21 de febrero de 2009, mientras el gobernador Beder Herrera asistía al aniversario de Chilecito, alrededor de 30 miembros de las Asambleas Ciudadanas Riojanas fueron reprimidos por la policía. Según informó el diario Página 12, algunas personas fueron subidas a patrulleros y llevadas a diferentes comisarías. Una mujer de 70 años, con antecedentes cardíacos, tuvo que ser internada de urgencia en terapia intensiva.

El Ataque en Peñas Negras

El episodio más violento tuvo lugar el 14 de abril de 2009. Funcionarios de la Secretaría de Minería y de Ambiente, liderados por el secretario Héctor Eduardo Romero y acompañados por personal de Barrick Gold, llegaron al campamento de los ambientalistas en el cerro Famatina.

De acuerdo con testimonios, arremetieron con sus vehículos 4x4 contra la barrera y agredieron a las mujeres que se sentaban pacíficamente frente a los vehículos. A empujones, golpes y patadas, apartaron a los asambleístas. Un documentalista también fue golpeado. Marcela Crabbe y Carina Díaz Moreno resultaron heridas.

El 21 de junio, el juez Alfredo Ramos de Chilecito decidió aplicar el artículo 194 del Código Penal y encarcelar a Díaz Moreno "por agresión a funcionarios". Curiosamente, el grupo que agredió nunca fue investigado. Sin embargo, tras la presión de los medios y la sociedad, Ramos finalmente accedió a liberar a la asambleísta.

¿Qué es la Minería a Cielo Abierto?

Para entender la magnitud del conflicto, es crucial saber qué implica la minería a cielo abierto que Barrick quería llevar a cabo en el Famatina. Como señala el biólogo Raúl Montenegro, citado por Javier Rodríguez Pardo en "Cuando se grita 'no' a una bomba de tiempo" (2007), este método sustituye al tradicional de socavones.

El proceso comienza con la detección satelital de áreas que tienen una concentración significativa de minerales polimetálicos en extensas zonas. Una vez que se localiza el mineral, se realizan mapeos topográficos y geológicos, se toman muestras y se establecen campamentos.

La explotación implica volar grandes cantidades de rocas en la montaña. Al material resultante se le aplican diversas sustancias químicas (cianuro, ácido sulfúrico, mercurio) que se mezclan con enormes cantidades de agua, dando lugar al proceso de lixiviación, donde se separan los minerales del resto de la roca. A medida que disminuye la cantidad de mineral presente, se requieren más explosivos y agua.

Los impactos son devastadores: hay una destrucción irreversible de los ecosistemas nativos, alteraciones geomorfológicas significativas, distorsión de cuencas hídricas, disminución de la regularidad hídrica, y contaminación del aire, agua y suelo con residuos peligrosos, además de la destrucción del paisaje y la percepción ambiental del lugar.

Los datos preliminares sugerían que el proyecto en Famatina consumiría mil litros de agua por segundo y quemaría enormes cantidades de combustible para mover equipos que necesitan caminos de 60 metros de ancho.

El Contexto Global: Centro y Periferia

Como menciona el geógrafo Ricardo Méndez en "Geopolítica de los recursos naturales" (2006), hay una clara diferencia entre las prácticas mineras en los países centrales y en los periféricos. En naciones como Canadá, de donde proviene Barrick, se tiene muy en cuenta la capacidad contaminante de la minería y se aplican leyes estrictas a las empresas mineras locales.

Por otro lado, en los países periféricos, sus ecosistemas son considerados como recursos semilibres, actuando como sumideros para los países desarrollados. La conservación en el Norte y la explotación depredadora en el Sur son actividades que se complementan y se apoyan mutuamente.

George Benko, en "Economia, espaço e globalizaçao na aurora do Século XXI" (1996), describe la globalización como la "aceleración planetaria de la circulación de flujos, intercambios, tecnologías, culturas, informaciones y mensajes". En este contexto, Latinoamérica ha sucumbido a las influencias externas, ya que posee recursos naturales que han recobrado interés en la última década, especialmente en medio de la crisis del paradigma energético basado en el petróleo

La Identidad y la Resistencia

El cerro Famatina se ha convertido en un pilar esencial de la identidad de la comunidad local. Como señala Manuel Castells en "La Era de la Información" (1999), la identidad es "el proceso de construcción del sentido a partir de un atributo cultural, o un conjunto relacionado de atributos culturales, que se prioriza sobre otras fuentes de significado".

Esta identidad es defensiva, donde se reevalúa el juicio de valor mientras se fortalece la frontera. Los habitantes excluyen a quienes los excluyen, adoptando un "tiempo cosmológico" y rechazando el "tiempo inmediato del desarrollo instrumentalista".

La defensa del cerro está conectada con su historia, que se remonta a tiempos anteriores a la conquista, en la búsqueda de controlar el espacio y el tiempo, preservándolo para las futuras generaciones. No se trata solo de una lucha ambiental, sino de una batalla por el sentido mismo de la vida comunitaria.

Las Normas Internacionales Ignoradas

En 2003, la Organización de las Naciones Unidas emitió las "Normas sobre las responsabilidades de las empresas transnacionales y otras empresas comerciales en la esfera de los derechos humanos". El artículo 14 establece de manera clara:

"Las empresas transnacionales y otras empresas comerciales llevarán a cabo sus actividades de acuerdo con las leyes, reglamentos, prácticas administrativas y políticas nacionales relacionadas con la conservación del medio ambiente [...] y, en general, realizarán sus actividades de manera que contribuyan al logro del objetivo más amplio del desarrollo sostenible."

Lo que ha sucedido en Famatina es un claro ataque a estos principios, no solo contra la naturaleza, sino también contra la dignidad de las comunidades locales, que han sido pisoteadas por una serie de silencios, complicidades y represión efectiva.

El Estado del Conflicto

Para el año 2009, la situación seguía siendo tensa. El 29 de junio, Yamiri S.A., una empresa vinculada a Barrick en varios proyectos, fue vendida en Canadá y se retiró del mercado en una transacción respaldada por el fondo de inversión Endeavour Financial, por un total de 677.268 dólares.

A pesar de esto, los activistas ecologistas no bajan la guardia. El Secretario de Minería, Oscar Lehz, anunció que la exploración minera regresaría a la mina La Mexicana, según lo reportado por Diario Crítica el 21 de julio de 2009.

Reflexiones Finales: Dos Siglos, la Misma Historia

La lucha por la posesión del Famatina revela una continuidad histórica sorprendente. Desde el empréstito Baring y las aventuras especulativas de Rivadavia en el siglo XIX, hasta la llegada de Barrick Gold en el siglo XXI, el patrón se repite: la indiferencia de los políticos locales hacia los intereses argentinos, ahora acentuada por la globalización.

El papel del Estado riojano, tanto en la época de Maza como en la de Beder Herrera, pone de manifiesto la persistencia del clientelismo político que socava los esfuerzos de resistencia. Sin embargo, en Famatina y sus alrededores, muchos de los habitantes se niegan a dar su apoyo social a la explotación minera.

La lucha por el Famatina va más allá de lo ambiental. Es una batalla por el modelo de desarrollo, por la soberanía sobre los recursos naturales, y por el derecho de las comunidades a decidir sobre su territorio. En esencia, es una lucha por el significado mismo de vivir en comunidad y por preservar un legado para las futuras generaciones.

Como menciona Norma Giarracca en "Disputas manifiestas y latentes en La Rioja minera" (2009), la vida y el agua son temas centrales en esta discusión. No es de extrañar que la frase "El Famatina no se toca" haya resonado más allá de La Rioja, convirtiéndose en un símbolo de las luchas ambientales en toda América Latina.

Dos siglos después de Rivadavia, la historia del Famatina nos plantea una pregunta crucial sobre el tipo de país que deseamos ser: ¿uno que entrega sus recursos al mejor postor extranjero, o uno que protege su patrimonio natural y cultural para las futuras generaciones? En las cumbres nevadas del cerro riojano, esa pregunta sigue sin respuesta.

Artículo basado en la investigación “Famatina: Dos siglos de violencia” de Hernán Rolando Medina es Investigador argentino del Observatorio de Empresas Transnacionales (OET). Colaborador del Centro Argentino de Estudios Internacionales (CAEI). Se encuentra cursando la Licenciatura en Geografía de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.).

Fuentes consultadas:

* Medina, Hernán Rolando (2009). "Famatina: Dos siglos de violencia". Observatorio de Empresas Transnacionales.

* Ferns, Henry (1966). "Gran Bretaña y Argentina en el siglo XIX". Buenos Aires: Solar/Hachette.

* Svampa, M., Sola Álvarez, M. y Bottaro, L. (2009). "Minería transnacional, narrativas del desarrollo y resistencias sociales". Buenos Aires: Biblos.

* Observatorio de Empresas Transnacionales (2007). "Reporte número 1: Informe sobre Barrick Gold Corporation".

* Rodríguez Pardo, Javier (2007). "Cuando se grita 'no' a una bomba de tiempo".

* Diario Página 12 y Diario Crítica (2009). Coberturas periodísticas citadas.