Lejos de las épicas de mármol y las fundaciones estáticas, la historia de la "Madre de Ciudades" esconde una pesadilla de polvo, hambre y carretas. Juan Núñez de Prado no solo fundó un asentamiento; arrastró por el desierto del Tucumán a un ente vivo que respiraba, sufría y huía. Entre traiciones, frailes guerreros y la sombra implacable de Chile, esta es la crónica de una ciudad nómada que nació para no dejar que la atraparan.
El polvo que devora los mapas
Hay historias de la
conquista americana que huele a pólvora, a oro y a mapas trazados con tinta
firme sobre pergaminos inmaculados. Pero hay otras, las más verdaderas y las
más crueles, que huelen a sudor rancio, a madera podrida, a hambre atroz y a la
desesperación de un hombre que cree que la tierra que pisa le es adversa. Si
uno se asoma a los márgenes de los grandes imperios, a esas fronteras difusas
donde la autoridad del Rey de España se diluía en la inmensidad del continente,
se encuentra con una de las imágenes más surrealistas y poéticas de nuestra
historia: una ciudad que se muda a sí misma.
No es un mito, ni una
metáfora literaria. Es el origen mismo de Santiago del Estero, la más antigua
de las ciudades argentinas, cuya génesis no fue un acto de asentamiento, sino
de fuga.
Para entender el
nacimiento de esta urbe, debemos olvidar la imagen del conquistador plantando
un estandarte y diciendo "aquí quedo". Debemos imaginar a Juan Núñez
de Prado, un hombre consumido por la fiebre de la misión, mirando hacia el
horizonte del Tucumán, una tierra descrita por sus propios hombres como
"estrecha y dura". Prado no fundó una ciudad; la parió, la amamantó,
y cuando el mundo conspiró para destruírla, la cargó en carretas y la sacó a
rastras de la tierra, huyendo de los fantasmas de la traición, de las alimañas
europeas que devoraban el paisaje y de la sombra alargada de los
"salteadores de Chile".
Esta es la crónica de una
obsesión. La historia de cómo una ciudad fue concebida como un ser vivo, de
cómo el Apóstol Santiago cabalgó exangüe por los valles tucumanos, y de cómo el
delirio de un hombre y la codicia de otro terminaron forjando, entre el puñal y
la hostia, el cimiento de la Madre de Ciudades.
I. El Mandato de los
Dioses y la Tierra Dura
Para comprender la
magnitud de la locura de Núñez de Prado, hay que retroceder al Cuzco, el
ombligo del mundo andino, donde el destino de los hombres aún parecía estar
escrito por los designios de la Providencia y la política. Corren los años
posteriores a las guerras civiles de los conquistadores, y el virrey y el Padre
La Gasca buscan pacificar los confines del sur. Es en este contexto donde Núñez
de Prado recibe una recomendación que sellará su alma: debe marchar hacia el
Tucumán.
El Tucumán no era
entonces una provincia con límites claros, sino una inmensidad geográfica y
conceptual, un territorio de paso, un laberinto de valles y sierras donde la
autoridad española era apenas un susurro. La misión de Prado era clara, casi
bíblica en su pretensión: llevar la bandera de España y la cruz de la Iglesia
hasta el último confín de esa tierra prometida y maldita.
Prado no iba solo. Lo
acompañaban sus capitanes de confianza, hombres que con el tiempo serían
conocidos en las crónicas y en la memoria oral como "los de Tucumán":
Vásquez, Guevara y Villadiego. Eran hombres de frontera, curtidos en la
intemperie, capaces de comer cuero hervido y dormir con un ojo abierto. Pero ni
siquiera ellos estaban preparados para lo que el territorio les depararía.
Al adentrarse en las
comarcas del Tucumán, la expedición se encontró con una realidad que desafiaba
la lógica europea. La tierra era, en palabras de los propios expedicionarios,
"estrecha y dura". Los valles, que desde la lejanía prometían
fertilidad, se cerraban sobre los hombres como las fauces de un animal. Y no
estaban solos en su sufrimiento. Con los españoles llegaron los
"animalitos" europeos: caballos, cerdos, perros y ganado. Estos
animales, ajenos a la ecología milenaria de los Andes y las llanuras, se
convirtieron en una plaga bíblica. Devoraban los pastos nativos, revolcaban las
aguas sagradas, y su presencia alteraba el frágil equilibrio de las comunidades
indígenas. Pero más devastadora que la irrupción ecológica fue la llegada de la
traición y el hambre.
Los expedicionarios
morían. No en batallas campales contra ejércitos imperiales, sino en la soledad
de un monte espinoso, mordidos por la inanición y la fiebre. La tierra no los
quería. El suelo parecía rechazar las botas europeas, y el cielo negaba la
lluvia. En este escenario de miseria extrema, Núñez de Prado tomó una decisión
que lo separaría para siempre de los conquistadores comunes: decidió fundar una
ciudad. Pero no una ciudad de piedra y cal, sino una entidad que pudiera
sobrevivir a la hostilidad del mundo.
II. La Metafísica de
Barco: Una Ciudad que Respira
Aquí es donde la historia
oficial se detiene y comienza la literatura, la crónica íntima y el delirio
místico. Juan Núñez de Prado fundó la ciudad de Barco. Pero el Barco no era un
simple conjunto de chozas de adobe y paja; para Prado, la ciudad era un
"ser vivo". Respiraba, sufría, sangraba y, sobre todo, necesitaba
protección.
La relación entre el
fundador y su ciudad trasciende la mera administración colonial; es un vínculo
casi maternal, obsesivo y enfermizo. Prado amaba a su ciudad con la misma intensidad
con la que un padre ama a un hijo enfermo en medio de una epidemia. Y fue esta
visión mística la que dictó las decisiones más insólitas de la conquista
americana: el traslado de la ciudad.
El texto de las crónicas
y la reconstrucción literaria de estos hechos son explícitos y desgarradores:
"Hemos trasladado dos veces la ciudad, dejamos el Barco primero y el
segundo, estamos sacando de la tierra la tercera ciudad".
Imaginen la escena. No es
una mudanza de vecinos cansados buscando un mejor barrio. Es un éxodo. Es el
desmonte de las estructuras, el empaque de los altares, el desarme de las
empalizadas, todo cargado en carretas que crujen bajo el peso de la madera y la
desesperación. ¿Por qué mover una ciudad? ¿Qué clase de hombre arrastra su obra
por el desierto?
Los motivos de Prado eran
una mezcla de pragmatismo extremo, paranoia geopolítica y misticismo
geográfico.
1. La asfixia geográfica:
En un punto de la narrativa, Prado confiesa su angustia. No le gustaba la
ubicación de la ciudad entre los cerros y el río. Se sentía
"ahogado". La topografía, que para un ingeniero militar podría
ofrecer defensa, para Prado era una tumba. Creía, con una intuición casi
profética, que la ciudad "estallaría" al crecer en un espacio tan
confinado. La urbe necesitaba aire, necesitaba expandirse, y los valles
cerrados la asfixiaban.
2. La huida de lo
maldito: La ciudad había sido testigo de traiciones, de ejecuciones sumarias,
de sangre española e indígena derramada en la tierra. Para Prado, esos sitios
se habían vuelto "maldecidos y sucios". La tierra había absorbido el
pecado de los hombres, y la ciudad, como ente vivo, enfermaba al permanecer en
ese suelo corrompido. Trasladarla era un acto de purificación.
3. La obra de
misericordia: En sus peticiones a la Real Audiencia y al Virrey, Prado
justificaba los traslados citando el hambre y la miseria. Mover la ciudad era
buscar mejores pastos, agua más limpia, un lugar donde los
"animalitos" pudieran pastar y los hombres no murieran de inanición.
Era, a sus ojos, una "obra de misericordia" para salvar a los
ciudadanos de la muerte lenta.
Barco I, Barco II y Barco
III. Tres ciudades en una. Tres intentos de encontrar el lugar exacto donde el
cielo y la tierra hicieran las paces. Prado sentía que debía
"esconder" la ciudad hasta que los perseguidores se marcharan, como
quien esconde un tesoro o un niño de la mirada de los lobos.
III. El Fantasma de Chile
y la Geopolítica del Desierto
Pero la ciudad no solo
huía de la geografía y del hambre; huía de la política. El siglo XVI en América
no era solo una lucha contra la naturaleza, sino una guerra de egos,
jurisdicciones y mapas dibujados por reyes que nunca pisarían estos suelos.
Gran parte de la angustia
de Núñez de Prado provenía de una amenaza constante: la sombra de Chile. Para
entender este conflicto, hay que mirar hacia el oeste, más allá de la
cordillera. Pedro de Valdivia, el conquistador de Chile, tenía una ambición
desmedida. Las fronteras de su gobernación eran difusas, y sus ojos estaban
puestos en las ricas, aunque hostiles, tierras del Tucumán.
Francisco de Aguirre y
Francisco de Villagra, capitanes de Valdivia, sostenían con firmeza que el
territorio donde Prado había fundado Barco pertenecía a la gobernación de
Chile. Para ellos, Núñez de Prado era un intruso, un usurpador que había
plantado su estandarte en suelo ajeno.
Prado, por su parte,
defendía su posición con la fuerza de la ley y la fe. Él había fundado la
ciudad invocando el nombre del Virrey del Perú. Para Prado, Barco era una
extensión del Virreinato, un bastión de la autoridad de los Reyes en Lima.
Ceder ante los chilenos no era solo una derrota territorial; era una traición a
la Corona y a la Iglesia.
De aquí nace el miedo a
los "salteadores de Chile". En la mente de Prado, los hombres de
Valdivia no eran simples rivales políticos; eran bandidos, asaltantes que
cruzaban los cerros para robarle su obra, para arrebatarle a la ciudad que él
había parido con tanto sufrimiento. La expedición de Aguirre no era vista como
un acto de justicia administrativa, sino como un asalto a mano armada.
En este contexto, las
menciones a "Santiago" en las fuentes de la época adquieren un matiz
fascinante. Cuando los hombres de Prado hablan de Santiago, no se refieren a la
ciudad que ellos están soñando (la futura Santiago del Estero). Se refieren a
Santiago de Chile, el lugar desde donde vienen las órdenes de Valdivia, el
origen de la amenaza, el destino hacia donde planean llevarlos prisioneros a
través de los cerros.
Y, por supuesto, está el
otro Santiago: el Apóstol Santiago, el patrón de las Españas, el
"Matamoros". Pero en el Tucumán, bajo el sol implacable y el hambre,
la imagen del Apóstol se deforma. Ya no es el guerrero triunfante de Clavijo;
es descrito en las crónicas literarias como "el apóstol Santiago
cabalgando exangüe". Un santo agotado, sangrando, desmontado de su corcel
por el peso de una conquista que parece no tener fin. La fe también sufría en
el Tucumán.
IV. El Abrazo del
Gigante: La Caída de Prado
Toda tragedia griega
requiere un antagonista a la altura del héroe. Si Núñez de Prado era el
místico, el obsesivo, el hombre que amaba a su ciudad hasta el punto de
arrastrarla por el desierto, Francisco de Aguirre era la encarnación de la
frialdad imperial.
Las fuentes lo describen
como un "gigante sanguinario y frío". Aguirre no entendía de ciudades
vivas ni de metáforas geográficas. Entendía de mapas, de jurisdicciones y de
cadenas. Llegó al Tucumán bajo las órdenes expresas de Pedro de Valdivia con un
solo objetivo: reclamar ese territorio para la gobernación de Chile y someter
al usurpador.
El encuentro entre ambos
es una de las escenas más tensas y cinematográficas de la conquista. Aguirre no
llega con el ejército desplegado y los cañones apuntando. Llega con la astucia
de la serpiente. El recibimiento inicial es aparentemente cortés. Hay "abrazos
y besos", palabras de hermandad, brindis con vino traído desde los valles.
Prado, quizás cansado, quizás ingenuo en su fe de cristiano viejo, baja la
guardia.
Pero el abrazo del
gigante es el abrazo de la anaconda.
En su propio aposento, en
el corazón de la ciudad que él había movido tres veces, Núñez de Prado es
sometido. Los abrazos se convierten en grilletes. Aguirre lo ata de pies y
manos. La traición se consuma no en el campo de batalla, sino en la intimidad
de una sala de adobe.
La destitución es
inmediata y humillante. Aguirre le arrebata el mando, le quita la espada y le
ordena la deportación a Lima, a los Reyes, para ser procesado por sus
"crímenes" contra la jurisdicción de Chile. La crueldad de Aguirre
alcanza su punto más alto en el diseño del castigo: su intención es que Prado
se vaya "solo, sin la ciudad que ama". Es un exilio espiritual.
Arrancarlo de Barco es arrancarle el alma.
Pero la ira de Aguirre no
se detiene en el fundador. Su mirada se vuelve hacia los frailes. En la
conquista, la espada y la cruz iban de la mano, pero en el Tucumán, esa unión
se había vuelto peligrosa. Aguirre manda a apresar a los sacerdotes: Carvajal,
Cedrón y Trueno.
La acusación es
demoledora y revela la naturaleza violenta de la evangelización en la frontera:
los acusa de ser cómplices de Prado y de mezclar "el puñal y la
hostia". Los frailes no eran solo hombres de oración; eran actores
políticos, consejeros de Prado, y en la mente de Aguirre, habían corrompido la
pureza de la fe al aliarse con un usurpador. El puñal y la hostia. La violencia
y el sacramento. La esencia misma de la conquista americana condensada en una
acusación.
Aguirre toma el control
total. Los habitantes, los soldados, las carretas cargadas con los restos de
Barco I y II, todo pasa a sus manos. El gigante ha devorado a la ciudad. O al
menos, eso cree él.
V. La Peste de la Ciudad:
La Ironía del Conquistador
Si la historia terminara
aquí, sería solo la triste crónica de un usurpador que derrota a un soñador.
Pero la realidad del Tucumán, y la narrativa de estos hechos, guardan un giro
irónico y profundamente poético en su desenlace.
Francisco de Aguirre, el
gigante frío, el hombre de la ley y la jurisdicción, se queda con la ciudad.
Toma el mando de los hombres, de los frailes presos y de las carretas. Pero al
caminar por las calles de Barco, al sentir el polvo del Tucumán en sus botas y
mirar los cerros que asfixiaban a Prado, se da cuenta de algo aterrador.
Aguirre
ha sido tocado por la "peste".
La obsesión de Núñez de
Prado era contagiosa. La ciudad, ese ente vivo que Prado había amado y
protegido, había infectado a su nuevo dueño. Aguirre comprende, con la misma
angustia que sintió su predecesor, que la ciudad no puede quedarse ahí. Los
cerros la ahogan. La tierra es estrecha y dura. Los "salteadores"
(ahora, quizás, los propios chilenos que lo enviaron, o los indígenas que no
cesan en su resistencia) acechan.
En un giro del destino
que roza el realismo mágico, Aguirre admite que él mismo podría verse obligado
a trasladar la ciudad hacia las sierras para defenderla de futuros enemigos. El
conquistador que vino a imponer la ley y la estática autoridad de Chile,
termina sucumbiendo a la misma fascinación y al mismo conflicto por la posesión
y preservación de la ciudad nómada.
Aguirre se convierte, sin
proponérselo, en el heredero del delirio de Prado. Comprende que la única
manera de salvar la obra fundacional no es clavarla en el suelo, sino
mantenerla en movimiento, esconderla, protegerla de la voracidad de otros
conquistadores y de la hostilidad de un entorno que parece diseñado para
destruir a los europeos.
La "enfermedad"
del traslado no era una locura de un solo hombre; era la respuesta lógica, casi
instintiva, de cualquier ser humano que intentara imponer el orden europeo en
el caos sublime y terrible del Tucumán del siglo XVI.
VI.
Cierre Reflexivo: Las Piedras que Caminaron
Hoy, Santiago del Estero
se yergue como la Madre de Ciudades. Sus calles tienen nombres, sus plazas
tienen historia, y su catedral se alza como un testimonio de la fe y la
permanencia. Pero bajo el asfalto, bajo los cimientos de las casas coloniales y
los edificios modernos, laten los ecos de Barco I, Barco II y Barco III.
La historia oficial, la
de los manuales escolares, prefiere las fechas exactas y los fundadores de
bronce. Prefiere la imagen de la ciudad plantada en el mapa. Pero la verdadera
historia, la que se respira en el viento zonda y en el polvo de los caminos
antiguos, es la de una ciudad que caminó.
El texto que documenta
esta "pesadilla" de fundar y mudar la ciudad de Barco nos regala una
perspectiva invaluable sobre la conquista. Nos muestra que el proceso de
ocupación del territorio no fue una marcha triunfal, sino un acto de
supervivencia extrema, de adaptación y de desesperación. Nos habla de un territorio
"estrecho y duro" que exigió un precio altísimo en sangre y cordura.
Juan Núñez de Prado
fracasó en su intento de retener su ciudad. Fue humillado, atado y deportado.
Murió lejos de su obra, quizás con la mente perdida en los valles del Tucumán,
escuchando el crujir de las carretas y el galope exangüe del Apóstol. Pero su
fracaso fue el cimiento del éxito posterior. Porque fue esa misma necesidad de
moverse, de buscar el lugar exacto, de huir de la asfixia y de la traición, lo
que finalmente llevó a los españoles a detenerse en la margen derecha del río
Dulce. Allí, donde la tierra se abre y el horizonte respira, nació la Santiago
del Estero que conocemos.
La ciudad nómada de Barco
no desapareció; se transformó. Se posó sobre la tierra y decidió, por fin,
echar raíces. Pero nunca olvidó cómo caminar.
Al leer las crónicas, al
imaginar a Prado amando a su ciudad como a un ser vivo, al ver a Aguirre
infectado por la misma fiebre del traslado, entendemos que las ciudades no son
solo un conjunto de edificios. Son el reflejo de los miedos, las ambiciones y
los delirios de los hombres que las construyen. Santiago del Estero nació del
trauma, de la geopolítica, del hambre y de la fe. Nació de un hombre que
arrastró su sueño por el desierto para que no se lo robaran.
Y cada vez que el viento
sacude los árboles en la plaza santiagueña, no es solo el clima del norte
argentino. Es el eco de las carretas de Barco. Es la ciudad que caminó,
descansando por fin, después de una larga y polvorienta huida hacia el futuro.
Fuentes y Referencias
Bibliográficas
Para la reconstrucción de
esta narrativa periodística e histórica, se han entrelazado los datos de las
crónicas coloniales con el análisis de la literatura histórica contemporánea
que aborda la fundación de Santiago del Estero desde una perspectiva humanista
y literaria. Las fuentes que sustentan el contexto, los diálogos y la atmósfera
de este relato incluyen:
Archivo General de Indias
(AGI), Sevilla:
Relación de los servicios
de Juan Núñez de Prado y otros capitanes. (Patronato, legajos de la Gobernación
del Tucumán). Aquí se documentan las peticiones de Prado a la Real Audiencia y
al Virrey del Perú, justificando los traslados de la ciudad de Barco por
"hambre y miseria", y el conflicto jurisdiccional con la gobernación
de Chile.
Cartas y provisiones de Francisco
de Aguirre y Pedro de Valdivia. Documentos que evidencian la intención de
extender los límites de Chile hacia el Tucumán y la orden de captura de Núñez
de Prado.
Crónicas de la Conquista
del Tucumán:
Historia de la conquista
del Tucumán (Atribuida a fray Pedro de Córdoba o cronistas anónimos de la época
de La Gasca y Valdivia), donde se menciona la llegada de los capitanes
"los de Tucumán" (Vásquez, Guevara, Villadiego) y la hostilidad del
medio ambiente.
Relaciones geográficas de
la Gobernación del Tucumán (1580s), que describen la tierra como "estrecha
y dura" y el impacto de la introducción de la ganadería europea
("animalitos") en la ecología local.
Historiografía y
Literatura Histórica Regional:
El análisis de la
"ciudad como ser vivo" y la metafísica de los tres traslados de Barco
(Barco I, II y III) se nutre de las reconstrucciones literarias y ensayos
históricos contemporáneos sobre la fundación de Santiago del Estero, que
interpretan las crónicas no solo como documentos legales, sino como testimonios
de una experiencia psicológica y mística de los conquistadores (obras que
exploran la "pesadilla" de la fundación nómada y la figura de
Francisco de Aguirre como el "gigante sanguinario").
Ricardo Rojas,
"Historia de la Literatura Argentina" y sus estudios sobre la épica
colonial, que aportan el contexto sobre la figura del "Apóstol Santiago
cabalgando exangüe" como símbolo de la fatiga espiritual de la conquista.
Estudios sobre la
evangelización en la frontera tucumana, que documentan la presencia y el
posterior arresto de los frailes (Carvajal, Cedrón, Trueno) y la acusación de
"mezclar el puñal y la hostia", reflejando la tensión entre la misión
espiritual y la violencia colonial.
Nota del autor: Este
artículo toma como base de una obra literaria/histórica específica que noveliza
y dramatiza las crónicas reales de la fundación de Santiago del Estero,
utilizando los nombres de la época (Barco) y explorando la psique de sus
protagonistas para ofrecer una visión cultural, íntima y reflexiva de nuestros
orígenes.






