viernes, 24 de julio de 2026

La voz de la tierra y la memoria: Gabino Ezeiza y el arte inmortal de la payada

Cada 23 de julio, la Argentina rinde tributo a los poetas del instante. Un viaje en el tiempo hasta aquel duelo épico en Montevideo que transformó la improvisación en leyenda y dio a luz al ritmo madre de la milonga.

 


Por Leyendas del Folclore Santiagueño

Hay algo místico y prodigioso en el arte de payar. Imaginar la escena: dos guitarras, un auditorio en silencio absoluto y dos hombres frente a frente que no llevan un libreto, sino la agilidad mental como única arma. La payada no se escribe, no se ensaya; brota en el momento, repentina y certera. Es la poesía rural y urbana dialogando en tiempo real, donde la palabra empeñada en el verso busca conmover, filosofar o simplemente vencer en un elegante duelo de ingenio.

Para entender por qué el 23 de julio se celebra en toda la Argentina el Día del Payador, es preciso viajar hacia atrás en las páginas de nuestra historia, hasta desembarcar en el Montevideo de fines del siglo XIX.

El duelo histórico en el Teatro Artigas

Era la noche del 23 de julio de 1884. El célebre Teatro Artigas de la capital uruguaya se encontraba colmado de público. De un lado del escenario estaba el aclamado cantor oriental Juan de Nava; del otro, un joven afro-porteño nacido el 19 de febrero de 1858 en San Telmo, antiguo barrio porteño marcado por la impronta de la comunidad negra: Gabino Ezeiza.

Ezeiza, que había aprendido los secretos de la encordada y del contrapunto bajo la guía de su maestro —el también afrodescendiente Pancho Luna—, llegó a Montevideo a demostrar el calibre de su inspiración. Aquella noche, ante un auditorio expectante, Gabino no solo improvisó con maestría, sino que inmortalizó allí mismo los versos del célebre tema Heroico Paysandú. Con esa interpretación deslumbrante derrotó a Nava en un contrapunto inolvidable, sellando una gesta que décadas después, en 1992, llevaría al Estado argentino a declarar la fecha como hito oficial (festejado por primera vez masivamente en 1996).

La milonga: de las raíces africanas al corazón del pueblo

El legado de Gabino Ezeiza va mucho más allá de sus victorias en el escenario. Él fue un verdadero revolucionario del folklore rioplatense. Hasta su aparición, las payadas se ejecutaban habitualmente bajo el ritmo de "cifra". Fue Ezeiza quien introdujo la milonga campera en el tono de Do Mayor dentro del contrapunto, expandiendo su ritmo hacia cada rincón de Argentina, Uruguay y el sur de Brasil.

Gabino no dudaba en defender el origen de su música: aseguraba que la milonga era descendiente directa del candombe afro-rioplatense, fruto de los ancestrales ritmos africanos conservados por su comunidad. En una célebre entrevista de 1916, el dramaturgo Nemesio Trejo recordaba aquel impacto inicial:

«En 1884 fue mi primera topada con Gabino Ezeiza, el más célebre de los bardos argentinos... Por aquella época se cantaba por cifra, pero Gabino introdujo la milonga. Es pueblera, ya que es hija del Candombe africano».

Y marcando el compás con sus dedos sobre la mesa, tarareaba el latido original:

«tunga... tatunga... tunga...»

Amistades de leyenda y misterios del camino

La vida de Ezeiza estuvo atravesada por momentos icónicos. En 1894 sostuvo otro duelo antológico en Pergamino contra Pablo J. Vázquez. Su fervor popular también lo llevó a militar activamente en la Unión Cívica Radical de Hipólito Yrigoyen. Fue en esos comités políticos y en las mesas bohemias del mítico Café de los Angelitos donde entabló amistad con unos jóvenes Carlos Gardel y José Razzano. El impacto fue tal que, tras la muerte de Gabino, el célebre dúo cantó en su homenaje Heroico Paysandú, pieza que el propio Gardel llevaría más tarde al disco (historia retratada en la célebre película El último payador, guionada por Homero Manzi).

Los últimos meses de su vida guardan postales cargadas de mística. En julio de 1916, durante el Centenario de la Independencia, Ezeiza se tomó su última fotografía conocida en Justiniano Posse, un pequeño poblado cordobés de tan solo cinco años de vida. Allí posó junto a doña Juana Paredes de Quinteros y su hijo Salvador, primer agricultor criollo de la zona. Las razones exactas de su paso por aquel rincón lejano permanecen en el enigma.

Poco después, el 12 de octubre de 1916, Gabino Ezeiza falleció. Curiosamente, ese mismo día asumía la Presidencia de la Nación el líder radical Hipólito Yrigoyen, marcando una dolorosa e histórica coincidencia.

¿Sabías qué? Origen del término y homenajes

La palabra payador remite a los antiguos campesinos de España (payo en Castilla o payés en Cataluña). Hoy, la tradición sigue viva: en la ciudad bonaerense de Tres Arroyos se erige un monumento al payador, donde cada año decenas de bardos contemporáneos se reúnen con sus guitarras para celebrar la magia de la improvisación.

Un arte que desafía al tiempo

El payador posee un don innato: la capacidad de traducir en un chasquido de dedos reflexiones profundas, casi filosóficas, sobre la vida, el amor, la patria y la justicia. No hay libreto, no hay borrador. Toda brota de la mente al verso y del verso a las cuerdas en un instante fugaz.

Desde las raíces del campo rioplatense hasta expandirse por Chile, Uruguay y Brasil, la payada nos recuerda que la poesía antes de ser escrita fue oral, popular y colectiva. En un mundo acelerado y digital, detenerse a escuchar a un payador es conectar con la identidad pura de nuestro pueblo: la certeza de que mientras haya una guitarra y una causa, habrá siempre una voz dispuesta a improvisar su verdad.

jueves, 23 de julio de 2026

Historia del Ferrocarril en la Estación Matará, Santiago del Estero

 


La estación Matará, ubicada en el departamento Juan Felipe Ibarra, provincia de Santiago del Estero, nació con la expansión del Ferrocarril Central Norte Argentino a comienzos del siglo XX. La llegada del tren transformó la vida del pueblo, ya que permitió el transporte de pasajeros, hacienda, madera, algodón y otros productos regionales hacia diferentes provincias del país. También facilitó la llegada de mercaderías, el correo y el crecimiento económico de la zona. Durante muchos años, la estación fue el centro de la actividad social y comercial de Matará.

El ferrocarril dio origen a nuevas oportunidades de trabajo y favoreció el desarrollo de comercios y servicios. Muchas familias dependían directamente de la actividad ferroviaria y el paso del tren marcaba el ritmo cotidiano de la comunidad.

Con el paso de los años y la reducción de los servicios ferroviarios, el ramal fue perdiendo importancia hasta quedar fuera de funcionamiento. El abandono provocó el deterioro de la estación y de toda la infraestructura ferroviaria.

Uno de los hechos más lamentables fue el saqueo de las vías. Durante varios años, personas ingresaron al ramal y retiraron los rieles, los durmientes, las fijaciones y otras piezas de hierro para venderlas como chatarra o reutilizarlas. Este desmantelamiento se produjo de manera gradual y dejó grandes tramos del recorrido sin vías, haciendo imposible el regreso del servicio ferroviario.

La desaparición de los rieles y durmientes significó una enorme pérdida para Matará, no solo por el valor económico de los materiales, sino también porque se destruyó una parte importante de la historia y del patrimonio cultural del pueblo. Recuperar un ramal ferroviario sin sus vías requiere inversiones muy importantes, por lo que el saqueo redujo considerablemente las posibilidades de reactivar el tren.

Actualmente, la antigua estación permanece como un símbolo del pasado ferroviario de Matará y forma parte de iniciativas que buscan preservar la memoria histórica del Ferrocarril Central Norte y valorar el legado que el tren dejó en la identidad y el desarrollo de la comunidad. Fuente: Matará - Red de Noticias

Julio Argentino Jerez, el poeta que hizo de la nostalgia una bandera santiagueña

A 126 años de su nacimiento, recordamos al creador de "Añoranzas", una de las obras más emblemáticas del folclore argentino y un verdadero símbolo de la identidad cultural de Santiago del Estero.

 


Hay artistas que trascienden por la cantidad de obras que dejaron. Otros, en cambio, alcanzan la inmortalidad porque una sola creación basta para resumir el sentimiento de todo un pueblo. Julio Argentino Jerez pertenece a esta última categoría. Su nombre quedó unido para siempre a "Añoranzas", la chacarera doble que, con el paso de las décadas, se convirtió en el himno sentimental de los santiagueños.

Este 23 de julio se cumplen 126 años de su nacimiento. Es una fecha propicia para volver sobre la vida de un hombre irrepetible, un poeta bohemio que encontró en la música la mejor manera de expresar el amor por su tierra y el dolor de vivir lejos de ella.

Un niño nacido entre el monte y las leyendas

Julio Argentino Jerez nació el 23 de julio de 1900 en Cuyoj, departamento Banda, cuando el monte santiagueño era mucho más que un paisaje: era un universo de historias, sonidos y creencias populares.

Entre algarrobos y quebrachos, el canto del kakuy, el lamento del crespín y las leyendas de la Telesita y la Salamanca formaban parte de la vida cotidiana. Ese mundo profundo, cargado de símbolos y de poesía, dejó una huella imborrable en su sensibilidad.

Años después, su familia se trasladó a la ciudad de La Banda, donde completó la escuela primaria. Sin saberlo, aquel pueblo ferroviario comenzaba a moldear la personalidad de quien llegaría a ser uno de los grandes rapsodas del folclore argentino.

La guitarra, su compañera inseparable

Los que conocieron a Julio Jerez lo describían como un hombre singular. Bohemio, de espíritu libre, reservado y profundamente sensible, parecía vivir guiado únicamente por la inspiración.

Nunca buscó los caminos fáciles ni las fórmulas del éxito. Su compañera más fiel fue siempre la guitarra, el instrumento que lo acompañó desde la juventud hasta los últimos días de su vida.

Con ella recorrió escenarios, reuniones de amigos y largas noches de inspiración. Pero también compartió silencios, nostalgias y desvelos.

Era un artista distinto. Muchos estudiosos del folclore coinciden en que no se pareció a ningún otro compositor de su época y que tampoco dejó herederos artísticos capaces de reproducir la intensidad emocional de su obra.

El viaje que cambió su vida

Como tantos santiagueños durante la primera mitad del siglo XX, Julio Jerez debió abandonar su provincia para buscar un futuro en Buenos Aires.

Tenía apenas veinte años cuando el tren partió desde La Banda rumbo a la gran ciudad. Sin embargo, aunque el viaje trasladó su cuerpo, su corazón permaneció en Santiago del Estero.

Ese desarraigo marcaría para siempre su producción artística.

Lejos del monte, de los amigos y de los paisajes de la infancia, comenzó a escribir canciones atravesadas por la melancolía, la memoria y el deseo permanente de regresar.

La soledad también dejó su huella. Algunas versiones hablan de desilusiones amorosas y profundas heridas sentimentales que nunca logró superar. En lugar de ocultarlas, las transformó en poesía.

Por eso sus versos conservan una autenticidad que todavía conmueve.

"Añoranzas", la canción que se volvió patrimonio de un pueblo

Hablar de Julio Argentino Jerez es hablar inevitablemente de "Añoranzas".

La chacarera doble no solo representa el punto más alto de su carrera como compositor, sino también una de las obras más importantes de toda la música folklórica argentina.

En sus versos logró expresar un sentimiento universal: la nostalgia de quien se encuentra lejos del lugar donde nació.

Cada estrofa parece escrita para esos santiagueños que debieron emigrar buscando trabajo o nuevas oportunidades, pero que nunca dejaron de soñar con volver al pago.

No sorprende, entonces, que la Legislatura de Santiago del Estero la haya declarado Himno Cultural de la provincia a fines de la década de 1990. Más que una canción, "Añoranzas" es una parte esencial de la memoria colectiva santiagueña.

El recuerdo de Lito Bayardo

Una de las imágenes más conmovedoras sobre la vida de Julio Jerez fue narrada por el compositor Lito Bayardo, amigo personal del poeta.

Durante la inauguración del busto que hoy recuerda al autor sobre la avenida que lleva su nombre en la ciudad de La Banda, Bayardo compartió un recuerdo que ayuda a comprender quién era realmente aquel hombre.

Contó que los domingos por la tarde, en el patio de su casa de Buenos Aires, rodeado por edificios y acompañado únicamente por su guitarra, Julio Jerez se sentaba a cantarle a Santiago del Estero.

Lo hacía con los ojos humedecidos por la emoción.

Entonces pronunció una frase que quedó para siempre asociada al rapsoda bandeño:

"Jerez los domingos a la siesta, solamente acompañado por su guitarra, le cantaba a su pueblo con lágrimas en los ojos, porque si tuvo algo de noble y bueno es que nunca olvidó su origen."

Es difícil encontrar una descripción más precisa de un hombre cuya vida estuvo atravesada por el amor a su tierra.

Un juglar sin imitadores

Julio Argentino Jerez fue mucho más que un músico o un compositor.

Fue un poeta popular capaz de transformar experiencias personales en emociones compartidas por miles de personas.

Su obra nunca respondió a las modas ni buscó el aplauso fácil. Escribía desde la memoria, desde las ausencias y desde un profundo sentido de pertenencia.

Quizás por eso sigue siendo una figura única dentro del folclore argentino.

No fundó una escuela artística ni dejó discípulos que continuaran exactamente su camino. Su legado es mucho más profundo: dejó una forma de sentir el folclore, de escribir la nostalgia y de cantar a la tierra natal.

Un legado que el tiempo no pudo borrar

Han pasado 126 años desde aquel nacimiento en Cuyoj y varias décadas desde su partida física. Sin embargo, Julio Argentino Jerez continúa presente en la voz de cada cantor que interpreta "Añoranzas", en cada festival folklórico y en cada santiagueño que vive lejos de su provincia.

Porque hay canciones que sobreviven al paso del tiempo y hay autores que terminan convirtiéndose en patrimonio de su pueblo.

Julio Argentino Jerez pertenece a esa categoría excepcional. Su guitarra ya no suena, pero sus versos siguen viajando de generación en generación, recordándonos que las verdaderas raíces nunca se pierden y que el amor por la tierra natal puede convertirse, cuando encuentra la palabra justa, en una obra eterna.

Los inicios de Santiago del Estero | En el marco de la Asamblea del Año XIII

 


Por: Maria Cecilia Rossi

Como se hizo históricamente, el 1º de enero de 1813 se reunían los capitulares en la Sala Consistorial, bajo la presidencia del Teniente de Gobernador José Prudencio Bargas, junto con el Alcalde de 1er. Voto Germán Lugones, el Alcalde de 2º Voto Tomás Juan de Taboada, el Regidor Alférez Real Manuel Gregorio Caballero, el Regidor Defensor de Menores Antonio Zilbetti, con el objeto de recibir y juramentar a los electos que

desempeñarían los cargos para los que fueron votados. Al respecto debemos recordar que, también como se hacía oportunamente habían sido elegidos en el mes de octubre del año 1812 y que el Gobernador Intendente -generalmente- confirmaba, como fue en este caso.

¿Quiénes serán los hombres que regirán los destinos de la antigua “madre de ciudades” en un año tan importante como fue el de la Asamblea del Año XIII? Pedro José Frías Araujo (1) fue electo Alcalde de 1er. Voto, pero su ausencia de Santiago del Estero al momento de ser juramentado, en tanto se encontraba en Buenos Aires atendiendo sus propios negocios, generó una situación un tanto complicada que quedará en potestad de los capitulares salientes el poder resolver, quien lo reemplazará o que actitud asumirán, también de acuerdo a las indicaciones que recibieran. Luego tomaron un juramento colectivo al resto de los capitulares: Gregorio Antonio Díaz Juárez Baviano como Alcalde de 2º Voto, Roque Jacinto Vieyra Zuasnábar (2) Regidor Alcalde Mayor Provincial, Domingo Cainzo como Regidor Defensor de Menores, Mariano Santillán Alcalde de 1er. Voto con depósito de vara por la ausencia de Frías, y Juan Antonio de Herrera Aguirre (3) como Regidor Llano. El Procurador de la ciudad Pedro de Urréjola, Alcalde de la Santa hermandad del curato de copo Ignacio Argañaráz; por el Partido de Loreto juramentaba Bartolomé Lugones.

Por otra parte, este año se producía el traslado de Bargas como Capitán de la Compañía de Alabarderos de Mendoza y llegaba una comunicación del General Manuel Belgrano, ordenando al Cabildo santiagueño poner en posesión de tal cargo al Teniente Esteban Hernández (4), un hombre que había luchado las guerras de la independencia desde que estas comenzaron con la formación del Ejército del Norte, combatiendo en Cotagaita y en la batalla de Suipacha. Fue comandante en el combate de Chiriquiya, del 31 de mayo de 1811 y en el combate de Yuracoragua (en la pampa de Jesús de Machaca, o Guaqui) el 6 de junio de ese mismo año, como Jefe del Regimiento de Caballería de la Patria, también llamado Dragones Ligeros de la Patria. En esta última oportunidad, el Comandante Hernández luchará junto con el Capitán Eustaquio Moldes. Luego, su historia se torna difusa hasta que lo encontramos en Santiago del Estero con el nombramiento del Gral. Belgrano. Todo indica que éste instalaba en Santiago del Estero un hombre de su confianza, merecedor de todo su respeto militar, y entendiendo que le podía confiar una tarea como la de ordenar políticamente un Cabildo históricamente por demás complicado y atravesado por luchas intestinas que llevaban por lo menos un par de siglos y con miras a agravarse. La situación central de este agravamiento al que hacemos referencia, se venía desarrollando desde 1812, y el Cabildo de comienzos del 1813 recibía las órdenes, impartidas por Feliciano Antonio Chiclana, de separar de su cargo al Alcalde de 1er. Voto del año 1812 Germán Lugones, debía entregar las llaves del Ayuntamiento y todo lo que tuviera a su cargo. ¿Pero qué había pasado para que se tomara semejante actitud? Los capitulares expresaron que Lugones arrebató el Libro de Acuerdo, los puso en el Archivo al que cerró con su llave la que se guardó en el bolsillo y se fue. De modo que sin Libros de Acuerdo no podían asentar el juramento del Teniente de Gobernador Hernández.

Mientras Lugones acometía toda esta clase de actos calificados por su pares capitulares de excesos y escándalos, fallecía el antiguo Teniente Tesorero José Antonio de Velasco y se nombraba, interinamente, a José Pelayo de Alcorta, Administrador Provincial de la Real Renta de Correos, hasta que se nombró a Pedro Pablo Gorostiaga, encargándole que administre fiel y legalmente, con sujeción a las leyes, cédulas e instrucciones, culminando la larga serie de confirmaciones el 4 de enero de 1813 (5). De modo que el breve interinato de Hernández lo compartirá con la administración de Gorostiaga. Pero el mandato de Hernández llegaría pronto a su fin y una nueva orden, esta vez emitida por Juan José Paso, Nicolás Rodríguez Peña, Antonio A. de Fonte, y Juan Manuel de Luca como Secretario, ordenando el cese de las funciones de Hernández y la confirmación en el cargo del Capitán De Regimiento de Número Primero de Patricios, Mariano Sarasa. La confirmación al Cabildo de Santiago se realizará el 1º de febrero de 1813.

Las reuniones capitulares se convierten en breves, precisas, se trata lo necesario y puntualmente, casi como si ser capitular se hubiera convertido en un trabajo. ¿Falta de compromiso con el destino urbano? ¿Excesiva injerencia de la Junta Central (en sus distintos tramos y calificaciones)? He aquí una hipótesis a confirmar. Mientras tanto, y casi al margen de los conflictos políticos, la vida de la ciudad giraba en torno a cuestiones cotidianas y la siempre problemática situación de los presos, que estaban en un edificio que se derrumbaba y no había grillos ni esposas para sujetarlos, por lo tanto se escapaban; se ponían a remate todos los Ramos: Acequia, Carne, Carretas de Abastos, y se fijaban carteles en los “lugares acostumbrados” para que los interesados se reuniesen en las puertas del Cabildo al toque de la caja.

La Revolución había pasado por Santiago y por encima de Santiago, ciudad y jurisdicción que seguía aportando hombres y recursos más que ninguna otra, como lo reconocía Bartolomé Mitre cuando escribía en 1859 la Historia de Belgrano. Pero las cuestiones cotidianas eran las mismas que un año atrás, que dos, que diez o que el siglo pasado.

Continuidades de una historia urbana sosteniendo una pertinencia tenaz (6).

Fuente: Santiago del Estero, Historia y Cultura

Notas                                                                                   

1. Nacido en Santiago del Estero el 29 de octubre de 1777, falleció en buenos Aires en 1837. Era hijo de José de Frías Suárez de Cantillana y de Casilda de Araujo Ibáñez. Casado con Justa de Ávila Paz en 1806 en San Miguel de Tucumán con la cual tuvo seis hijos, José Aparicio, Emiliano Domingo, Cesárea, Josefa Isabel, Justo Pastor y Ángela Frías Ávila.

2. Estaba casado con Melchora Díaz Juárez Baviano y tuvo dos hijos, Mercedes y Mariano Vieyra Zuasnábar Díaz.

3. Era hijo de Diego Martín de Herrera Graneros, nacido en Río Chico, Tucumán, y de Bonifacia Aguirre Aráoz Marcos de Mendoza, casado con María Antonia Suárez de Cantillana Santillán. Fue cabildante en 1816. Testó en su estancia de Pallca, departamento de Silípica el 22 de noviembre de 1842, declarando que sus bienes consistían en tres esclavos, una estanca de un cuarto de legua de frente por tres de fondo, una casa en la ciudad y otro cuarto de lega de tierras contiguas a su estancia.

4. Figueroa, Andrés (1925) Revista del Archivo, Tomo 2, Nº 3, pp. 52-53.

5. Figueroa (1925) Op. Cit. pp. 53-55.

6. Actas Capitulares de Santiago del Estero, Academia Nacional de la Historia (1951) 1806-1833, pp. 408.

Origen: revista Claves para Comprender la Historia. Horizonte Bicentenario 2010-2016 - Año 5 - Nº 21, abril de 2013.


Julio Argentino Gerez y su gloriosa humildad

 



SIEMPRE estaba, con su aire triste, su melancólica sonrisa y esa su eterna cordial benevolencia para todos, ante una mesa del bar de Talcahuano y Corrientes, ese buen santiagueño, excelente camarada, gran músico, compositor y tranquilo libador que se llamaba Julio Argentino Gerez. . .

Gerez -él escribía su apellido así, con G-, tenía esa profunda dulzura provinciana, mitad dubitativa esperanza, mitad confianza en la vida.

Julio Argentino -su padre era un roquista irreversible-, llamado, así como homenaje a Julio Argentino Roca, dos veces presidente del país y fianzador de la conquista del desierto, fue desde niño un espíritu contemplativo.

Cuando tuvo 15 años, le llegó a las manos la primera guitarra. Comenzó como jugando. Pero el milagro de la música se hizo en él. Y desde que sacó en el encordado las primeras melodías, no abandonó más el instrumento. Sus hermanos estudiaron. Lograron su carrera profesional. Pero Julio Argentino, abrazado a su guitarra, le entregaba su emoción esperanzada. Vio pasar a su vera a los otros compañeros, distinguiéndose en el comercio, en la industria. Pero Julio Argentino seguía fiel a lo suyo.

Un buen día fue a la estación de La Banda. Tenía cinco pesos en el bolsillo. Estudió la lista de pasajes, el horario de trenes, y con un pasaje de cinco pesos hizo su primer viaje al Sur. Llegó hasta donde alcanzó el dinero. Ahí se detuvo. Y ahí se enfrentó a la vida, por primera vez. Acababa de dejar el hogar de sus mayores y se disponía a la lucha.

Tenía el arma bajo el brazo: su vieja guitarra. Su voz de cantor y su inspiración poética la dotarían de munición...

Su sueño era llegar a Buenos Aires. Anduvo conociendo mundo, y, como él mismo decía: "Correr mundo es duro, pero enseña". Gerez aprendió mucho. Aprendí ante toda la música de los lugares por donde transitaba. Así, apenas cumplidos los 25 años, llegó a Buenos Aires. Y pasó aquí una vida dura, de lucha y de sacrificios, hasta que, en 1927, cuando se produjo en la ciudad un interés por las cosas folklóricas, entró en la radio.

Pero, para desgracia suya, no lo dejaron hacer folklore. Comenzó su actuación como cantor de tangos. Cantaba bien. Tenía hermosa voz. Y su acento santiagueño, aun en la canción, daba a los tangos un no sé qué de exótico, que gusto.

A los tangos ni siquiera los ensayaba. En las horas de descanso de su trabajo en la radio, ensayaba lo suyo. La música nativa. Como trepado en ella, regresaba a sus pagos, oía las cosas queridas, andaba caminos viejos, asomaba su recuerdo a la puerta de los ranchos, ponía de nuevo el oído a las canciones que arrullaron su niñez y alentaron su adolescencia.

Dos años más tarde, en 1929, nace "La engañera". Fue su gran triunfo. Pero Gerez nunca estuvo entusiasmado con su zamba, a la que alguien llamaba "La cumparsita" del folklore. Una vez, en aquel bar de Talcahuano y Corrientes, que aún existe y es frecuentado por gente de la farándula, nos decía: -La música es de zamba. Pero en la letra me salió el tango... No es lo que yo quería... Pero qué se le va a hacer. Hay que aguantar el éxito, como si fuera merecido...

Tras de redimir de ese éxito. Aparecen "Añoranzas.", "Baguala", "Camino de Buenos Aires", "Amarguras"... y su gran éxito: "Noche, noche...".

Trabaja con ardor. Le brota la música. Mas piensa en su tierra, cuando la ciudad parece absorberlo con más intensidad. Es entonces que escribe. Música y letra suyas, casi siempre. Llega a tener cerca de un centenario de composiciones. Pero él, cuando cantaba, no se limitaba a cantar solamente lo suyo. Hacía lo ajeno con más voluntad. Y a él, a su tesón, se debe el éxito de "Debajo de la morera", de Virgilio Carmona. Julio Argentino trabajó esa zamba con todo su entusiasmo, más que si fuera su propio autor.

Así transcurrió la vida de Julio Argentino Gerez. Humilde, pero florecido de bellas cosas. Generoso hasta la abnegación, siempre estaba dispuesto a darlo todo. Jamás pedía nada. Tanto que Corsini mismo, en la época de su apogeo, le pidió personalmente la zamba " Tardecita norteña ", de la que hizo un suceso.

Después de 40 años de lucha, sin regresar a Santiago como músico, decide regresar. Lo hace al frente de un conjunto de diez ejecutantes, para actuar en espectáculos de primera categoría. Recibe así la consagración en su propia provincia. Esto era su sueño. Ya lo había cumplido. Un año más tarde, con la sonrisa gozosa, entra en la eternidad y nace para el recuerdo de todos los que tanto lo quisimos. Su música lo sobrevive, incorporada ya a lo clásico del folklore argentino. Y es eso: musical y poética, la huella que dejó su paso por la vida, don Julio Argentino Gerez.

 

Publicada originalmente en Revista Folklore (15/1/1962)

 

martes, 21 de julio de 2026

El genocidio invisible: Cómo Occidente destruyó las culturas originarias

Durante siglos, nos vendieron la idea de un "contacto cultural" o una "integración" necesaria. Pero detrás de las buenas intenciones del indigenismo y el paternalismo estatal, se escondió un sistema de etnocidio. A partir de la obra de Adolfo Colombres, repasamos cómo los pueblos originarios pasaron de ser objetos de estudio a los verdaderos protagonistas de su propia liberación.

 


Por: Leyendas del Folclore Santiagueño

"¡Qué de sangre en mi memoria! En mi memoria hay lagunas. Ellas están cubiertas de cabezas de muertos. No están cubiertas de nenúfares".

La frase, perteneciente al poeta martiniqués Aimé Césaire, resuena como un mazazo en los cimientos de nuestra historia oficial. Nos obliga a mirar hacia abajo, a remover el lodo de los ríos donde flotan los esqueletos de un continente que fue saqueado no solo en su oro, sino en su alma. Esta es la puerta de entrada a La colonización cultural de la América Indígena, la obra fundamental del antropólogo Adolfo Colombres, que nos invita a entender que la Conquista no fue un episodio cerrado en el siglo XVI, sino un mecanismo mutante que sigue operando en las trincheras de lo simbólico, lo político y lo económico.

La lógica de la muerte y el "descubrimiento" del otro

Europa llegó a América creyendo que traía la luz de la razón, pero en su equipaje traía la lógica de la muerte. Como señala Colombres, Occidente se miraba a sí mismo como el pináculo de la civilización, midiendo a los demás con la vara de su propio ombligo. Bajo esta óptica, el indígena no era un "otro" con una cosmología válida, sino un error de la naturaleza, un niño al que había que domesticar o una bestia a la que había que extinguir.

La colonización cultural no operó en el vacío. Fue la antesala y el sostén del genocidio físico. La llamada "interacción biótica" —la introducción deliberada o negligente de enfermedades como la viruela— actuó como un arma de destrucción masiva. Más tarde, el despojo ecológico rompió el equilibrio ancestral: pueblos que concebían la tierra como una madre comunitaria fueron obligados a entender los conceptos de mío y tuyo, y a conocer el poder corrosivo de la moneda. El indígena que mataba una oveja para no morir de inanición en tierras que antes eran suyas, pasaba a ser catalogado como un delincuente.

La trampa de las "buenas intenciones"

Quizás el aporte más demoledor del texto de Colombres es su crítica al paternalismo. Durante décadas, el Estado, las iglesias y el llamado "indigenismo" se arrogaron el derecho de hablar por el indígena. Se diseñaron planes de "integración" que, en la práctica, funcionaban como lavaderos de identidad.

Bajo la excusa de salvar al nativo, se lo sometió a un tutelaje humillante. Se lo obligó a cambiar su ropa, a prohibir sus baños rituales, a adoptar una religión que a menudo funcionó como un opio para resignar la injusticia terrenal a cambio de un cielo blanco. Colombres denuncia con crudeza cómo la antropología aplicada y las misiones —incluso aquellas que se decían progresistas— terminaron por quebrar el eje de las culturas originarias. El caso más espeluznante es el de la Amazonía, donde misioneros y empresas extranjeras llegaron a esterilizar a mujeres indígenas para evitar que se multiplicaran cerca de yacimientos de uranio y oro.

El mensaje era claro: el indígena debía dejar de ser indígena para ser "útil" a la sociedad nacional. Se lo proletarizó, se lo confinó a reservas y se lo bombardeó con una cultura de masas que le enseñaba a despreciar sus mitos para desear, desde la miseria de la selva, el último modelo de automóvil occidental.

El despertar: Del objeto al sujeto de la historia

Pero la historia no es un monólogo del opresor. A finales del siglo XX, la resistencia indígena comenzó a hablar con su propia voz. El hito de este giro copernicano fue la Declaración de Barbados (1971), donde un grupo de antropólogos comprometidos admitió que su ciencia había sido, hasta entonces, cómplice de la dominación colonial.

Los pueblos originarios dejaron de pedir limosnas o integración. Exigieron Autogestión y Poder Indio. Comprendieron que asimilarse era rendirse, y que su verdadera liberación pasaba por exigir Estados plurinacionales y multiculturales, donde la educación bilingüe y bicultural no fuera una herramienta de transición hacia el olvido, sino un puente para el diálogo de saberes.

Hoy, los líderes indígenas no quieren ser proletarizados ni fundidos en el crisol de razas. Quieren persistir. Y en su propuesta de vida comunitaria, en su respeto por la naturaleza y en su rechazo al consumismo necrófilo de Occidente, no solo están salvando sus propias culturas: están ofreciendo al mundo un bote salvavidas ante el colapso ecológico y espiritual que nosotros mismos hemos provocado.

Descongelar las raíces

Descolonizar al indígena no es una tarea exclusiva de las minorías étnicas; es el paso fundamental para descolonizar a toda América. Mientras sigamos mirando nuestra historia con los ojos del conquistador, seguiremos condenados a repetir el trauma.

Rescatar esa memoria llena de sangre y no de nenúfares es el primer paso para dejar de ser el eco y la sombra de Europa. Solo cuando aceptemos que América es, antes que nada, vida joven, sangre en movimiento y una lógica orgánica que trasciende la fría medida del racionalismo, podremos empezar a escribir, por fin, nuestra propia historia.

Fuentes y referencias consultadas:

*   Colombres, Adolfo. La colonización cultural de la América Indígena. Buenos Aires: Ediciones del Sol, 2004 (2ª ed. 2ª reimp.). (Específicamente la Nota Preliminar, Introducción y los capítulos sobre los mecanismos de dominación y la autogestión).

*   Césaire, Aimé. Cuaderno de un retorno al país natal (Cita epígrafe utilizada por Colombres).

*   Declaración de Barbados (1971). "Sobre la fricción interétnica en América del Sur". Simposio organizado por la Universidad de Berna y el Concilio Mundial de Iglesias.

*   Freire, Paulo. Pedagogía del oprimido (Conceptos sobre la integración del oprimido a la estructura opresora, citados en el texto base).

*   Ribeiro, Darcy / Chase-Sardi, Miguel / Bartolomé, Miguel A. (Antropólogos firmantes y referentes del giro hacia la antropología del compromiso mencionados en el contexto de Barbados).

viernes, 17 de julio de 2026

El galope que forjó la Patria: Venancio Caro, el chasqui secreto de Belgrano

Mientras los generales firmaban documentos en los escritorios, hombres como este santiagueño arriesgaban la vida en el lomo de un caballo para conectar al Ejército del Norte con la retaguardia. A más de dos siglos de aquellas gestas, el folklore y la memoria popular mantienen vivo el eco de sus cascos.

 


Por Leyendas del Folclore Santiagueño 

Solemos imaginar la Independencia argentina gestada en los grandes salones, entre plumas, tinteros y los mapas desplegados por los generales. Sin embargo, la verdadera columna vertebral de nuestra emancipación se fraguó en el lomo de los caballos, en el polvo asfixiante de los caminos reales y en el silencio heroico de los mensajeros. Indagar en figuras como la de Venancio Caro es comprender que la historia no solo se escribió con tinta, sino también con sudor, lealtad y el galope incansable de los hombres del pueblo.

Un hombre del monte, un chasqui de confianza

Para entender a Venancio Caro, primero debemos viajar en el tiempo y despojarnos de las tecnologías actuales. En el contexto de la Guerra de la Independencia, no existían los telégrafos ni las rutas pavimentadas. La información era el recurso más valioso y, a la vez, el más peligroso de transportar.

Aquí es donde entra en escena el "chasqui". Adoptado del quechua por los criollos, este término designaba a un mensajero a caballo, una suerte de correo secreto de altísima confianza. Venancio Caro era un hombre de la tierra, un santiagueño que conocía como la palma de su mano la topografía agreste, los atajos del monte y las postas de la provincia. Esa sabiduría ancestral del territorio lo convirtió en una pieza clave para la supervivencia de la causa revolucionaria.

El llamado de Belgrano y la retaguardia santiagueña

Corría el año 1812. El General Manuel Belgrano acababa de asumir el mando del Ejército del Norte y enfrentaba un desafío titánico: reorganizar las tropas tras el heroico Éxodo Jujeño y prepararse para los choques decisivos de Tucumán y Salta. En ese tablero de ajedrez, Santiago del Estero no era un mero espectador, sino el pulmón logístico de la retaguardia; la provincia que proveía mulas, caballos, víveres y milicianos.

Belgrano necesitaba mantener un hilo comunicante rápido y discreto con los caudillos y autoridades locales santiagueñas. Venancio Caro, ya sea por elección directa o por el fervor patriótico que lo llevó a ofrecerse, fue el elegido. Su destreza ecuestre, su resistencia física inquebrantable y su lealtad a la causa lo transformaron en el portador oficial de los "oficios" del General.

 El peso de la guerra en las alforjas

¿Qué llevaba Venancio Caro en su viaje? Mucho más que simples cartas. Los registros históricos y la tradición oral coinciden en que sus alforjas cargaban con el destino de la Nación. Sus "partes de guerra" incluían:

*   Órdenes de reclutamiento para engrosar las milicias locales.

*   Solicitudes urgentes de remesas de caballos y mulas, vitales para la caballería y el traslado de la artillería.

*   Informes de inteligencia sobre los movimientos del ejército realista, fundamentales para mantener alerta a la población civil.

*   Comunicados de victoria, como los que llevaron la alegre nueva del triunfo de Tucumán en septiembre de 1812, inyectando moral en un pueblo agotado.

Su misión era clara y vital: llevar el correo de Santiago, galopando caminos largos y esquivando peligros en un tiempo convulsionado donde un mensaje a tiempo podía significar la diferencia entre la libertad y la derrota.

La inmortalidad en una zamba

La historia oficial a veces olvida a los hombres de a pie, pero el folklore es la memoria emocional de los pueblos, y allí Venancio Caro encontró su inmortalidad. Su figura quedó grabada para siempre en la hermosa zamba "El Chasqui Venancio Caro", con la pluma del poeta santiagueño Cristóforo Juárez y la música del inigualable maestro Carlos Carabajal.

La canción trasciende la obra de arte para convertirse en un documento histórico. La tradición cuenta que Caro murió "de viejo" a los "ciento trece años cabales". Más allá de la exactitud biográfica, esta cifra simboliza la resistencia, la longevidad de la memoria y una dedicación absoluta a la patria. Cuando escuchamos aquello de *"con oficio de Belgrano, cuentan trompetas de fama", no estamos solo cantando; estamos escuchando el eco de ese galope que ayudó a forjar nuestra identidad.

El legado de los héroes anónimos

Venancio Caro representa a esa legión de patriotas semianónimos de la historia argentina. No usaba uniforme de general, ni su nombre figura en los grandes decretos, pero su contribución fue igualmente decisiva. Sin chasquis como él, las órdenes de Belgrano se habrían perdido en el monte, y la coordinación entre el Ejército del Norte y el pueblo de Santiago del Estero se habría desmoronado.

La historia no es solo un conjunto de fechas y batallas; es el relato de las personas que cabalgaron para que hoy podamos caminar en libertad. La próxima vez que el viento del norte traiga los acordes de aquella zamba inmortal, o al cruzar un camino de tierra en nuestra querida provincia, deténgase un segundo. Cierre los ojos. Quizás, entre el polvo y el tiempo, aún pueda escuchar el galope de Venancio Caro.