miércoles, 27 de mayo de 2026

El Silencio de los Tambores: Crónica de la Argentina Negra Olvidada

La historia oficial suele pintar a la Argentina como un crisol de razas europeas. Sin embargo, bajo esa pátina se esconde una narrativa borrada, una presencia que fue mayoritaria en muchas provincias y que, aunque silenciada en los censos y los libros, late con fuerza en el corazón de nuestra cultura: la de la población afroargentina.





La historia oficial suele pintar a la Argentina como un crisol de razas europeas. Sin embargo, bajo esa pátina se esconde una narrativa borrada, una presencia que fue mayoritaria en muchas provincias y que, aunque silenciada en los censos y los libros, late con fuerza en el corazón de nuestra cultura: la de la población afroargentina.

Un viajero desprevenido que recorriera las provincias del noroeste argentino a finales del siglo XVIII se encontraría con una realidad que desafía por completo la imagen contemporánea del país. En Santiago del Estero, más de la mitad de la población, un 54%, era de origen africano. En Catamarca, el 52%; en Salta, el 46%; en Córdoba, el 44%. Estas no son cifras menores ni anécdotas aisladas; son la fotografía de una Argentina profundamente negra, un país cuyo desarrollo inicial se sostuvo sobre los hombros y el trabajo forzado de miles de hombres y mujeres traídos a la fuerza desde el otro lado del Atlántico.

¿Qué sucedió con ellos? ¿Dónde están sus descendientes? La respuesta popular, repetida a menudo como un mantra exculpatorio, apunta a las guerras y las epidemias. Pero esa es solo una parte de la verdad. La historia de la "desaparición" de los afroargentinos es mucho más compleja: es una crónica de mestizaje, sí; de una mortalidad brutal, también; pero, fundamentalmente, es la historia de un olvido deliberado, de una invisibilización orquestada desde el poder para construir una nación a imagen y semejanza de Europa. Este es el relato de ese silencio, y el de los ecos que, a pesar de todo, se niegan a extinguirse.

El Origen Forzado: Un Continente en Cadenas

La historia de la Argentina negra comienza con la violencia inherente a la conquista. Los primeros africanos no llegaron como inmigrantes en busca de un futuro, sino como propiedad, como esclavos de los conquistadores españoles. Poco después de la segunda y definitiva fundación de Buenos Aires en 1580, el reclamo de los colonos se volvió insistente. La casi total ausencia de poblaciones indígenas para someter al sistema de encomienda en la región pampeana hizo que los ojos de los administradores coloniales se volvieran hacia África. Como señala la investigación histórica, se consideraba a los africanos "indispensables" para la viabilidad económica de la nueva ciudad.

Así comenzó el flujo sistemático. El puerto de Buenos Aires, junto con los de Montevideo, Valparaíso y Río de Janeiro, se convirtió en una de las principales puertas de entrada del comercio de esclavos en el cono sur. Las cifras, analizadas en retrospectiva, son un testimonio escalofriante de la magnitud de esta tragedia humana. Se calcula que, de los aproximadamente 60 millones de africanos secuestrados de sus tierras en el Congo y Angola, solo unos 12 millones sobrevivieron a la brutal travesía del Atlántico, conocida como el "Pasaje del Medio".

Una vez en el Río de la Plata, eran despojados de su nombre, de su lengua, de su familia y de su identidad. Se les marcaba a fuego como al ganado y se les vendía en la Plaza de Mayo, el mismo lugar que hoy es símbolo de la libertad y la protesta popular. Desde allí, eran distribuidos por todo el territorio del Virreinato para cumplir con las más diversas tareas. La economía colonial, desde sus cimientos, se edificó sobre la base de esta mano de obra no remunerada.

Un País Construido con Sudor Ajeno

En el imaginario colectivo, la esclavitud en Argentina a menudo se percibe como más "benigna" o menos extendida que en Brasil o el Caribe. La realidad, documentada por historiadores y archivos, desmiente esta noción. Los africanos esclavizados y sus descendientes fueron la columna vertebral de la economía virreinal.

En el campo, su labor era fundamental en las estancias ganaderas, domando potros, arreando ganado y trabajando en las faenas rurales. En las ciudades, su presencia era aún más visible. Las familias de la oligarquía criolla medían su estatus por la cantidad de esclavos que poseían. Estos no solo se dedicaban a las tareas domésticas, como mucamas, cocineros o niñeras, sino que a menudo eran artesanos altamente cualificados. Como se detalla en el portal En San Telmo, muchos eran enviados por sus amos a trabajar fuera de la casa como talabarteros, ebanistas, plateros o pasteleros. El salario que percibían por su trabajo no les pertenecía; era entregado íntegramente a sus amos, quienes utilizaban ese ingreso para mantener su lujoso tren de vida.

La mujer africana esclavizada enfrentaba una doble opresión. Además de la carga laboral, su cuerpo estaba a perpetua disposición de sus dueños. What's interesting is las uniones forzadas y las violaciones sistemáticas por parte de los amos, sus hijos y parientes, eran una práctica extendida y normalizada. De esta violencia nació una numerosa población "mulata", hijos de la asimetría y el poder, que complejizó aún más el entramado social y racial de la colonia. Aunque la Iglesia promovía el "Santo matrimonio" entre esclavos, la realidad del abuso sexual era una constante ineludible que dejó una marca indeleble en la demografía del país.

El "Espejismo" de Rosas y el Principio del Fin

Hubo un período, durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas (1835-1852), que pareció significar un cierto auge para la comunidad afroporteña, que para entonces representaba cerca del 30% de la población de Buenos Aires. Rosas, un hábil estratega populista, entendió la importancia de esta comunidad. Asistía con su familia y su círculo íntimo a los candombes, las festividades de tambores y danzas que eran el corazón de la vida social y cultural africana. Estas celebraciones, realizadas en los "tangos", los sitios donde las diferentes "naciones" africanas se reunían con permiso de sus amos, , eran uno de los pocos espacios de expresión y resistencia cultural permitidos.

Este acercamiento, sin embargo, era más una estrategia política que un genuino intento de integración. Rosas los incorporó a su ejército y a sus milicias, ganando su lealtad en la lucha contra los unitarios. Pero fuera de este pacto tácito, cualquier acto de insubordinación o rebelión era castigado con una crueldad ejemplar. Este breve período de visibilidad y aparente protagonismo sería, paradójicamente, el preludio de su desaparición programada.

El Blanqueamiento: Guerra, Peste y Tinta

El declive de la población afroargentina a lo largo del siglo XIX fue drástico y multifactorial. La narrativa oficial lo atribuye a dos eventos catastróficos: la Guerra del Paraguay y la epidemia de fiebre amarilla.

La Guerra de la Triple Alianza (1864-1870) fue devastadora. Se ha sostenido históricamente que los batallones estaban desproporcionadamente compuestos por soldados negros, muchos de ellos libertos que canjeaban su servicio militar por una libertad que a menudo no llegaban a disfrutar. Enviados a la vanguardia como carne de cañón, miles murieron en los campos de batalla de Paraguay, produciendo una sangría demográfica, especialmente masculina, de la que la comunidad nunca se recuperaría del todo.

Poco después, en 1871, una terrible epidemia de fiebre amarilla asoló Buenos Aires. La enfermedad se ensañó con los barrios del sur, como San Telmo y Monserrat, donde las condiciones de hacinamiento e insalubridad eran la norma. Era precisamente en estas zonas donde se concentraba la mayor parte de la población afroargentina y los inmigrantes pobres. La elite adinerada huyó hacia el norte de la ciudad, abandonando a los más vulnerables a su suerte. La epidemia diezmó a la comunidad, sumando otra capa a la tragedia demográfica.

Sin embargo, ni la guerra ni la peste alcanzan para explicar la "desaparición" casi total de los registros. El golpe de gracia fue ideológico y administrativo. La Constitución de 1853, en su artículo 25, sentó las bases del proyecto de nación de la Generación del '80: "El Gobierno federal fomentará la inmigración europea". El lema de Juan Bautista Alberdi, "gobernar es poblar", llevaba un implícito racial: poblar con europeos para "mejorar la raza" y dejar atrás el pasado hispano, indígena y africano.

En este contexto, la figura de domingo faustino sarmiento es paradigmática. Sus escritos revelan sin tapujos el pensamiento racista que impregnaba a la elite gobernante. En 1848, tras un viaje a Estados Unidos, escribió con desdén sobre la "cuestión negra": "¿Qué se hace con esa clase negra odiada por la raza blanca?". Años más tarde, ya como figura política consolidada, su célebre y brutal frase al entrar al Congreso resume el proyecto de país que se estaba construyendo: "Llego feliz a esta Cámara de Diputados de Buenos Aires, donde no hay gauchos, ni negros, ni pobres".

Este proyecto se materializó en los censos. Como denuncian hoy las organizaciones afroargentinas, se trató de una "desaparición artificial". Las categorías censales fueron deliberadamente modificadas. Términos como "negro", "pardo" o "moreno" fueron reemplazados por el ambiguo "trigueño", una palabra que diluía la herencia africana y facilitaba la narrativa del blanqueamiento. El período entre 1838 y 1887 es crucial. Si en las primeras décadas del siglo XIX la población negra era significativa, para el censo de 1887 se registra oficialmente un exiguo 1,8%. A partir de esa fecha, la categoría racial simplemente desaparece de los censos nacionales. El Estado argentino, a través de la estadística, había borrado a una parte fundamental de su propia gente.

Los Ecos Innegables: El Legado que se Niega a Morir

Aunque la historiografía oficial los dio por extintos, los ecos de la presencia africana resuenan con una fuerza inusitada en los pliegues más íntimos de la cultura argentina. La influencia es tan profunda que se ha vuelto invisible, naturalizada como propia sin reconocer su origen.

El caso más emblemático es el tango. Como la BBC ha señalado en sus especiales sobre la esclavitud, el tango hereda su nombre, su ritmo y su espíritu de aquellos "tangos" o casas de reunión de los esclavos. La síncopa del candombe y la melancolía del exilio se fundieron en los arrabales de Buenos Aires para dar a luz a la música más representativa del país. La milonga, prima hermana del tango, y hasta la chacarera santiagueña, se nutren de esta misma raíz rítmica. Here's what I found en el lenguaje popular, la herencia es abrumadora: palabras como "mina", "quilombo" (originalmente, un asentamiento de esclavos fugitivos), "mandinga" (el diablo, asociado a un pueblo africano), "mucama", "marote" o "mondongo" son de uso cotidiano y tienen un origen bantú inequívoco.

La música argentina está poblada de figuras afrodescendientes cuyo aporte fue crucial, aunque su origen racial a menudo se omita. El payador Gabino Ezeiza, una leyenda del contrapunto; el pianista Rosendo Mendizábal, autor de "El entrerriano", uno de los primeros tangos canónicos; Cayetano Silva, el compositor de la inmortal "Marcha de San Lorenzo"; y Zenón Rolón, autor de la marcha fúnebre que se ejecutó en 1882 cuando los restos de San Martín regresaron al país. Todos ellos eran hombres negros que enriquecieron un patrimonio cultural que hoy se presenta como exclusivamente blanco y europeo.

En el ámbito religioso, la influencia pervive en la veneración popular de San Baltasar, el rey mago negro, cuya festividad se celebra con tambores y bailes en Corrientes y otras partes del Litoral, y en el culto a San Benito de Palermo.

Un Cierre para la Reflexión: Recuperar la Memoria

La historia de la invisibilización de la Argentina negra no es un capítulo cerrado. El racismo estructural, aunque solapado, sigue presente. Términos como "negro", "morocho" o "cabecita negra" se usan a diario como insultos clasistas, pero su carga semántica está inextricablemente ligada a un desprecio racial histórico. Irónicamente, hoy sus víctimas suelen ser personas de ascendencia mestiza, amerindia o incluso inmigrantes de países limítrofes, demostrando cómo el estigma racial perdura más allá del color de la piel.

En las últimas décadas, una nueva ola de inmigración afrodescendiente, proveniente de países como Senegal, Nigeria, Brasil, Perú o Colombia, junto con el trabajo incansable de organizaciones de afroargentinos que luchan por el reconocimiento, ha vuelto a poner el tema sobre la mesa. The truth is, reclaman no solo el fin de la discriminación, sino también la reescritura de una historia que les fue negada.

La Argentina no fue, ni es, un país blanco-europeo. Es un país mestizo, complejo y diverso. Reconocer la profundidad de su raíz africana no es solo un acto de justicia histórica hacia una comunidad silenciada, es un paso indispensable para que la nación se reconcilie con su verdadera identidad. Los tambores fueron acallados por decreto, pero su eco sigue resonando, esperando el momento de ser escuchado de nuevo.

Fuentes citadas:

* Revista Todo es Historia.

* Ensayo "Presencia negra en San Telmo", disponible en ensantelmo.com.

* Especial sobre la esclavitud de BBC Mundo.

* Artículo de opinión en El Peruano.


martes, 26 de mayo de 2026

El obraje: la herida abierta del bosque y la memoria del hachero

Entre los quebrachales y los silencios de la selva santiagueña, nació el obraje: una institución económica y social que marcó a fuego la historia del norte argentino. Fue motor de riqueza para unos pocos y escenario de explotación para millas. Este artículo recorre sus orígenes, sus protagonistas y sus huellas, con la mirada puesta en la memoria colectiva y en las consecuencias de un modelo extractivo que dejó desiertos donde antes hubo vida.

 



El obraje: la herida abierta del bosque y la memoria del hachero

Entre los quebrachales y los silencios de la selva santiagueña, nació el obraje: una institución económica y social que marcó a fuego la historia del norte argentino. Fue motor de riqueza para unos pocos y escenario de explotación para miles. Este artículo recorre sus orígenes, sus protagonistas y sus huellas, con la mirada puesta en la memoria colectiva y en las consecuencias de un modelo extractivo que dejó desiertos donde antes hubo vida.

Hay silencios que gritan. Silencios que pesan más que mil discursos, grabados a fuego en la tierra yerma donde antes se erigía un universo de vida. Son los silencios del Gran Chaco argentino, del norte profundo, de esas tierras que alguna vez fueron el hogar de bosques impenetrables y que hoy son un páramo de cicatrices y recuerdos. Para entender ese silencio, para escuchar la historia que susurra el viento entre los matorrales secos, es necesario pronunciar una palabra, una que resuena con la fuerza de una tragedia olvidada: obraje.

El obraje. No es solo un lugar, ni una industria. Es un sistema, un drama, el epicentro de una historia de codicia y desolación que marcó a fuego el destino de provincias enteras. Es la historia de un país que, en su febril carrera hacia la modernidad, devoró su propio corazón verde, dejando a su paso un rastro de árboles caídos y vidas rotas. Este es un recorrido por ese capítulo oscuro, un intento de ponerle voz al murmullo de los hacheros anónimos y al crujido final de los gigantes de madera que cayeron en nombre de un progreso que los excluyó. Es un homenaje y, a la vez, una denuncia.

El Bosque, un Dios Caído

Antes del hacha, antes del obraje, estaba el bosque. No como un simple conjunto de árboles, sino como una entidad monumental, una creación divina en su perfección y grandeza. El escritor Orestes Di Lullo lo describió con una melancolía precisa: "El bosque, por lo perfecto y grandioso, no es obra del hombre y, sin embargo, él lo destruye". En esta simple frase se condensa la paradoja fundamental que da origen a nuestra historia. La naturaleza, en su infinita sabiduría, invierte cientos, a veces miles de años en tejer pacientemente ese tapiz de vida. Es una sinfonía de elementos en perfecta armonía: el calor del sol, la maternidad de un suelo fértil que atesora sus gérmenes, el ciclo eterno de semillas que germinan, tallos que se endurecen y troncos que maduran hasta tocar el cielo.

El bosque, en su estado original, es la encarnación de la perpetuidad. Es la vida que se renueva a sí misma, una fisonomía constante a través de los tiempos, un "oro verde de los pueblos", como lo llamó el propio Di Lullo. La suntuosidad de sus copas majestuosas, dialogando con el firmamento, conformaba un escenario casi sagrado. Pero esta catedral natural, este santuario de biodiversidad, no fue visto con ojos de asombro o respeto, sino con la mirada calculadora de la avaricia. La impaciencia del hombre, su afán de riqueza inmediata, lo cegó ante la obra maestra que tenía delante.

Di Lullo nos advierte que es un error considerar el bosque como un simple lugar de leyendas y encantamientos. Su verdadero valor es económico y social, una riqueza que, bien administrada, podría ser eterna. Pero el hombre, en su prisa, ignoró las condiciones necesarias para la vida del árbol, esa "simiente enternecida de calor que lanza la raíz y el brote". Y con una inclemencia brutal, se lanzó a arrancarlo de la tierra, solo para después, irónicamente, empeñarse en repoblar los desiertos que él mismo había creado, movido por una "nueva avidez".

El bosque, majestuoso e impenetrable, se convirtió en el objeto del deseo. Su grandeza era su condena. Sin bosque, no habría obraje. No habría ruidos de hachas turbando la quietud de la selva, ni el eco de la destrucción resonando entre los troncos. El bosque fue la razón de ser, el combustible y, finalmente, la principal víctima de esta historia.

El Obraje: La Máquina de Devorar Hombres y Selvas

Si el bosque es el escenario sagrado, el obraje es el mecanismo profano de su destrucción. ¿Pero qué es exactamente un obraje? La pregunta, que hoy nos parece lejana, era el centro de la vida económica y social del norte argentino durante décadas. En su sentido económico contemporáneo, como explica Luis C. Alen Lascano en su obra homónima, un obraje es "una institución destinada a la explotación forestal, y en algunos casos, también a la transformación de la madera". Se instala donde hay materia prima, en las regiones boscosas, con una inversión mínima: la compra o arriendo de la tierra, la instalación de una proveeduría para el personal y algunas herramientas rudimentarias. El verdadero capital, el motor de todo, es el esfuerzo humano: el trabajo del hachero.

Sin embargo, llamar a esto "industria forestal", como pomposamente se hizo, es un equívoco trágico. El prestigioso economista Adolfo Dorfman define la industria como una actividad que "transforma materias, que modifica sus propiedades" para hacerlas aptas para el consumo. El obraje no hace tal cosa. No hay una verdadera transformación. Su función es puramente extractiva: arrancar la materia prima del medio natural y, con ligeras variantes de forma (postes, durmientes, varillas, leña, carbón), enviarla a los centros de consumo. Es, en esencia, un primitivismo industrial.

El escritor Bernardo Canal-Feijóo lo caracterizó con una precisión demoledora. Para él, el obraje es un "suburbio periódico y momentáneo de focos industriales". Hablar de "industria forestal", según Canal-Feijóo, es un "exceso ecolálico". En realidad, se trata de una "pseudo-industria" que carece de permanencia. Su lógica es nómada y destructiva: "se establece, cumple su objeto local, se levanta y desaparece sin dejar rastro en sentido positivo, abriendo una profunda huella en sentido negativo".

La descripción de Canal-Feijóo es un epitafio perfecto para el ecosistema aniquilado: "deja desierto, botánico y zoológico; deja desolación; provoca desequilibrio atmosférico, irregularidad climática, sequía, erosión, muerte". El obraje no crea riqueza en el lugar; la extrae y la traslada, dejando atrás la miseria. Es un establecimiento móvil que aparece donde hay un bosque virgen para talar y, una vez que el hacha ha hecho su trabajo y el bosque ha desaparecido, el obraje también se va, "en busca de nuevos predios".

 

Esta lógica depredadora es consecuencia directa del modelo de desarrollo de Argentina, un país que funcionó como apéndice proveedor de materias primas para las naciones industrializadas. El obraje era una pieza más en ese engranaje de economía dependiente, un sistema de explotación que transformó provincias ricas en recursos en "provincias pobres", asoladas por una "nueva oligarquía de caballeros de industria sin industrialización".

El funcionamiento interno era tan perverso como su impacto externo. Como señala Di Lullo, el obraje participa más del comercio que de la industria. El obrajero, para sobrevivir, debía transformarse en comerciante, lucrando no sobre el producto, sino "sobre el trabajo y la vida del que lo produce". Así, el aserradero o el horno de leña se convertían en meros pretextos para erigir la "horca del negocio de la proveeduría", el sistema de endeudamiento perpetuo del trabajador a través de la tienda de la empresa, donde los precios inflados garantizaban que el hachero nunca saldría de su deuda.

El Hachero: Corazón y Víctima del Monstruo

En el centro de esta tormenta, moviendo con su músculo las energías de esta industria de la devastación, se encuentra el hachero. Él es el verdadero protagonista de esta epopeya anónima. El hachero es mucho más que un hombre de carne y hueso; es, en palabras de Alen Lascano, "una institución, una categoría social dentro de la escala de los parias del trabajo". Es el personaje humano que conoce la selva, sus caminos secretos hacia el buen árbol, y que desde el amanecer hasta el ocaso trabaja para alimentar con materia prima "a las fauces insaciables del monstruo".

Porque el obraje, como el dios pagano Saturno, sobrevive devorándose a sus propios hijos. Pero a diferencia del dios mitológico, el obraje nunca temió su propia destrucción, seguro de su poder sobre los hombres y de su capital sobre la justicia. La figura del hachero, aunque esfumada en la leyenda, pertenece al simbolismo de las luchas sociales. Es un emblema del fatalismo, de la injusticia, de un destino sellado en la tierra "nacido muerto para toda reivindicación legal". Se convirtió en un fantasma de la servidumbre feudal en plena época contemporánea, un insulto a las conquistas de la humanidad.

Su vida es un yugo permanente. Es un esclavo paria, un nómade que persigue al bosque para explotarlo, encadenado para siempre por la maléfica atracción del obraje. Los obrajes funcionaban como gigantescos campos de concentración en el corazón verde de la América morena, donde los hombres "trabajan, sufren y se pudren", rodeados de selva y distancia, sin poder escapar jamás.

La descripción que dejó el escritor Carlos Bernabé Gómez en su libro Hurgando la vida es un retrato brutal y poético que merece ser citado en toda su crudeza, un testimonio que, a pesar de las décadas, no ha perdido un ápice de vigencia:

"Los fuertes quebrachos que huracanes ni rayos lograron doblegar se abaten ahora en un resquebrajamiento de huesos. El hachero se curva y el hacha traza su círculo terrible. Los golpes se suceden con precisión matemática y en cada uno, el aire, expelido por el fuelle de los pulmones, silba en la garganta del hombre. El árbol, poco a poco va perdiendo sus gajos, y el hachero fortaleza. De repente al agresor se le oscurece la vista. Turbado el sentido cae, y un vómito de sangre epiloga la faena del día. A pesar de todo ha triunfado porque el árbol ha muerto, y él, vuelto en sí luego, retorna a la pocilga que le sirve de vivienda con el hacha homicida al hombro, los miembros fláccidos, la cabeza abrasada, las pupilas brillantes. Vuelve triste, no por los pedazos de entraña que ha dejado en el combate sino porque su victoria no ha sido completa al no haber alcanzado al sustento cotidiano..."

Gómez no se detiene ahí. Describe a los "retoños de los hombres que arrasaron la selva" como figuras apenas humanas: "Débiles, encorvados, abatidos, impotentes para la lucha por la vida luchan desesperadamente con la muerte". Son generaciones empujándose unas a otras hacia el abismo. En el obraje no se canta, porque allí "se ha extinguido la alegría y se ha desvanecido la esperanza de una vida mejor". El alma de estos hombres, escribe, se refleja en sus pupilas fatigadas, moviéndose en las entrañas de la selva "con un simiesco vaivén de marionetas. Ni una rebeldía, ni una protesta".

El destino del paria es un camino sin desvíos. Gómez lo resume con una contundencia que hiela la sangre: "¡Pobres hermanos! Desde el principio al fin tienen un solo camino empinado y abrupto: la miseria y el hambre; un solo manantial: el sudor y las lágrimas; un solo refugio: la tuberculosis, y una sola esperanza salvadora: la muerte prematura."

El hachero es, a la vez, víctima y victimario. Es su hacha la que derriba el árbol, pero él mismo es una herramienta desposeída, un engranaje más en la maquinaria de su propia aniquilación. Cada tronco hachado es "un trozo de vida malogrado", y los miles de troncos apilados semejan "muñones comidos por la lepra". Una batalla feroz donde los generales se salvaron con el oro del pillaje, mientras los soldados quedaron blanqueando como "torvos esqueletos" en el campo de batalla.

La Fiebre del Progreso y el Nacimiento del Desierto

¿Cómo se llegó a este punto de devastación sistemática? la respuesta se encuentra en el modelo de país que se forjó a fines del siglo xix y principios del xx. Argentina se integraba al mundo como una "economía primaria exportadora". La pampa húmeda era el granero del mundo, y para que ese modelo funcionara, se necesitaba una infraestructura colosal.

La expansión de la red ferroviaria fue el gran catalizador. Argentina llegó a tener una de las redes de trenes más extensas del planeta. Y cada kilómetro de vía férrea exigía miles de postes y durmientes de madera dura. La leña y el carbón alimentaban las calderas de las locomotoras. Los palacios de la burguesía porteña se adornaban con parqué de maderas nobles. Los campos de la pampa se alambraban con postes de quebracho. Toda esta demanda insaciable apuntó en una dirección: los bosques del norte.

El gobierno facilitó el saqueo. En 1879, se reglamentó el corte de maderas en propiedad nacional. Pronto comenzaron las concesiones de miles de hectáreas. La llegada del ferrocarril al Chaco en 1892 y a Santiago del Estero a partir de 1890 abrió las puertas del infierno para la selva. Compañías de capital francés, como la compañía francesa de ferrocarriles, impulsaron la explotación a una escala nunca antes vista.

Un hito clave fue la Ley Nacional Nº 4141 de 1902, que zanjó disputas limítrofes y otorgó a la provincia de Santiago del Estero más de 40.000 kilómetros cuadrados de territorio, incorporando los departamentos de Matará, Moreno, Copo y Alberdi. De la noche a la mañana, la provincia se encontró con la reserva forestal más importante del país. Según cálculos de Di Lullo, a principios del siglo XX, el 70% de la provincia estaba cubierta de bosques, lo que representaba la décima parte de toda la superficie forestal de Argentina.

La euforia se desató. Contratistas y obrajeros se lanzaron sobre Santiago del Estero, que se convirtió en la capital socio-económica del obraje. Se montó una explotación gigantesca e intensiva, atrayendo a miles de hombres en un espejismo de riqueza fácil. Pero este auge, como señala Canal-Feijóo, entrañaba una "barbarie injustificable". La "industria forestal", según él, "ha atentado directamente contra la naturaleza... Ha sido y sigue siendo elementalmente destructora; ha destruido la naturaleza sin sustituirle otra cosa".

El resultado fue un desastre ecológico y demográfico. Tras el obraje, quedaba el "yermo total, terrestre y celeste". La deforestación masiva provocó una disminución de la humedad atmosférica, desorden en el régimen de lluvias, calores y fríos más extremos. El "desierto absoluto que ya ni las fieras pueden habitar". Las estadísticas demográficas del norte argentino del siglo XX son elocuentes: tasas negativas de crecimiento, estancamiento poblacional, deserción escolar, alcoholismo, criminalidad y migraciones masivas. La industria forestal primitiva tiene una responsabilidad primordial en esta catástrofe social.

El Silencio del Bosque sin Leyenda

El obraje de hoy, o lo que queda de él, es hijo directo del obraje de ayer. Es la consecuencia de una forma de conquista del bosque que nunca se preocupó por la reforestación. Nadie recordó que un quebracho necesita más de 70 años para crecer. Se aceleró la declinación hasta llegar a un "diluvio de expiaciones en el espacio vacío de árboles", un diluvio de matorrales inútiles donde pasta un ganado raquítico.

El país marcha con cicatrices. El exterminio del bosque, junto al exterminio implícito del trabajador forestal, ha dejado una herida que no cierra. Las vidas de miles de hacheros que levantaron fortunas ajenas con sus manos callosas y sus pulmones destrozados no merecieron la menor conmiseración. No hay cruces ni monumentos para ellos en los caminos de la selva. En las memorias oficiales, son apenas una estadística de producción. Solo un gran silencio los cobija.

Esta crónica es un intento de oponerse a ese silencio, de rescatar del olvido la historia de una institución que fue, a la vez, motor de una economía dependiente y tumba de una riqueza natural invaluable. Es un llamado a reconocer las responsabilidades en este proceso de despojo.

Para cuando el país decida sanar sus heridas, recuperar sus bienes y restituir la dignidad a los valores humanos expoliados, el obraje será solo un recuerdo aberrante de lo que no debe volver a repetirse. Y el pálido fantasma del bosque sin leyenda, ese desierto terroso y languidecente, seguirá allí, como un documento mudo de la impiedad humana, un testimonio eterno del día en que el progreso fue sinónimo de muerte.

Fuentes consultadas:

* Alen Lascano, Luis C. El Obraje. Centro Editor de América Latina, 1972.

* Di Lullo, Orestes. El bosque sin leyenda.

* Gómez, Carlos B. Hurgando la vida.

* Canal-Feijóo, Bernardo. De la estructura mediterránea argentina.

* Dorfman, Adolfo. Historia de la Industria Argentina.

* Miranda, Guido. Tres ciclos chaqueños.

 

lunes, 25 de mayo de 2026

El espejo roto del Río Hondo: cuando un embalse cuenta lo que la cuenca calla

Durante cuatro estaciones, un equipo de investigadores de la UNC y la UNSE sumergió botellas Van Dorn, sondas multiparamétricas y discos de Secchi en las aguas del embalse. Lo que encontraron fue un ecosistema en punto de inflexión: hipereutrófico, con floraciones tóxicas y un oxígeno que se desvanece en la columna de agua. Esta es la crónica científica y narrativa de un paisaje que ya no es el que conocimos, y un llamado a mirar debajo de la superficie.



Todo comenzó con una pregunta simple, de esas que solo surgen cuando el agua deja de comportarse como la memoria colectiva espera: ¿qué ocurre realmente bajo la superficie del embalse Río Hondo? No era una inquietud meramente académica. Era un llamado de atención escrito en la opacidad del agua, en los peces que jadeaban cerca de la orilla, en las manchas verdes que a veces pintaban la superficie como un óleo alterado por el tiempo.



 
Entre octubre de 2006 y septiembre de 2007, un consorcio conformado por la Universidad Nacional de Córdoba y la Universidad Nacional de Santiago del Estero desplegó un programa de monitoreo sistemático. Cuatro campañas estacionales, ocho puntos de muestreo, perfiles verticales, análisis de nutrientes, fitoplancton, zooplancton y cianotoxinas. El resultado, plasmado en el Programa de Monitoreo del Embalse Río Hondo. Informe Final (diciembre de 2007), no fue solo un documento técnico. Fue una radiografía de un cuerpo de agua que había cruzado, silenciosamente, el umbral de la hipereutrofización. Esta nota recorre esos hallazgos con el rigor que la ciencia exige y el lenguaje que la narrativa contemporánea merece. Porque el Río Hondo no es solo un embalse: es un testigo de cómo la cuenca, sus usos productivos y sus descargas han reescrito, sin consultarnos, el equilibrio de un ecosistema templado-tropical.

I. El peso de lo invisible: cuando el agua deja de ser transparente

Para quien lo visita por primera vez, el embalse Río Hondo puede parecer un lago más del noroeste argentino: extenso, rodeado de vegetación ribereña, con esa brisa tibia que anuncia el atardecer en la frontera entre Santiago del Estero y Tucumán. Pero la limnología, esa ciencia que lee los lagos como si fueran libros abiertos, nos enseña que la superficie es solo la portada. El primer parámetro que delató el cambio fue la transparencia. El disco de Secchi, un sencillo instrumento circular pintado de blanco y negro que se hunde hasta desaparecer de la vista del observador, arrojó números alarmantes: entre 0,05 y 0,85 metros. En términos llanos, la luz penetraba menos de un metro.


Para ponerlo en perspectiva, los investigadores compararon estas mediciones con otros cuerpos de agua regionales. La transparencia del Río Hondo resultó cuatro veces menor que la de embalses eutróficos como Los Molinos o La Viña en Córdoba, y ocho veces inferior a la de Piedras Moras, un sistema mesotrófico-eutrófico (Bazán, 2006; del Olmo et al., 2006). ¿Por qué importa esto? Porque la luz es el motor de la vida acuática. Cuando no llega a las capas profundas, la fotosíntesis se restringe, la columna de agua se vuelve un escenario de sombras y la productividad primaria se limita a la superficie. El informe señala que gran parte del embalse presentó una capa fótica reducida a los primeros 50 centímetros, con la luz convirtiéndose en un factor limitante para el crecimiento algal (IETC, 2001).

Esta opacidad no es casual. Es el resultado de una doble carga: sólidos en suspensión de origen inorgánico, arrastrados por la erosión de la cuenca y la resuspensión en zonas litorales por acción del oleaje, y materia orgánica particulada proveniente de vertidos y de la propia biomasa en descomposición (Chapman, 1996). El agua, que debería ser un espejo del cielo, se había vuelto un filtro denso, cargado de la historia de usos agrícolas, urbanos e industriales de su territorio. Los investigadores utilizaron sondas Horiba U-10, U-23 y W-22XD para trazar perfiles de turbiedad, conductividad y temperatura, confirmando que el embalse, de profundidad media menor a 3 metros, funcionaba como un sistema somero donde la resuspensión y el aporte advectivo de sedimentos modificaban constantemente la claridad del agua. El Río Hondo había dejado de reflejar. Había comenzado a absorber.

Foto de campo con disco de Secchi


II. El festín descontrolado: nutrientes, fósforo y el umbral de no retorno

Si la transparencia es la ventana, los nutrientes son el combustible. Y en el Río Hondo, el tanque estaba rebosando. El fósforo total (PT) osciló entre 200 y 1800 µg/L, con un promedio de 500 µg/L. Para dimensionarlo: los lagos mesotróficos suelen mantenerse por debajo de 30 µg/L. Estamos hablando de una concentración 16 veces superior. El fósforo reactivo soluble (PRS), la fracción inmediatamente disponible para las algas, no se quedaba atrás: entre 157 y 798 µg/L, valores que superan en 50 veces los registros de cuerpos eutróficos típicos. El nitrógeno inorgánico total (NIT), dominado por nitratos, mostró gradientes espaciales marcados, con picos en las desembocaduras de los ríos Salí, Gastona, Medina y Marapa, y una distribución que variaba según la campaña, reflejando el pulso hidrológico y las cargas difusas de la cuenca. En marzo de 2007, por ejemplo, el nitrato representó el 89% del NIT, con un gradiente longitudinal claro desde las desembocaduras hacia el centro. En septiembre, la distribución se invirtió, sugiriendo procesos de reciclaje interno y liberación desde los sedimentos tras la estratificación estival.

Mapa espacial de fósforo total


La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OECD, 1982) estableció hace décadas umbrales claros para clasificar el estado trófico de lagos y embalses. Con un PT medio de 500 µg/L, clorofila-a máxima de 77 µg/L y una transparencia mínima de solo 0,15 m, el Río Hondo encaja sin ambigüedades en la categoría de hipereutrófico. El informe es contundente: “Los lagos y embalses hipereutróficos representan la última etapa del proceso de eutrofización. A diferencia de otros sistemas eutróficos, donde las reducciones en la carga de nutrientes pueden revertir el proceso, esas medidas pocas veces son factibles en los cuerpos de agua hipereutróficos”. Esta advertencia no es menor. Señala un punto de no retorno ecológico, donde el sistema ya no responde linealmente a las intervenciones. La acumulación de nutrientes en los sedimentos, la liberación interna durante los periodos de estratificación y la adaptación de la comunidad biológica crean un círculo vicioso. El embalse, que alguna vez fue un sistema dinámico y equilibrado, se había convertido en una trampa biogeoquímica.

Mapa de nitrógeno inorgánico


El Índice de Carlson, habitualmente utilizado para evaluar el estado trófico, fue descartado por los investigadores. ¿La razón? No se cumplían sus supuestos teóricos. La transparencia no dependía solo de la biomasa fitoplanctónica, sino del material en suspensión inorgánico y orgánico. Además, el nutriente limitante durante el periodo estudiado fue el nitrógeno, no el fósforo. Esta excepción metodológica es, en sí misma, un diagnóstico: el Río Hondo ya no obedecía a las reglas de los lagos templados clásicos. Había desarrollado su propia dinámica, alterada por cargas externas y por su morfometría somera. Como señala Chapman (1996), la eutrofización es un proceso de enriquecimiento que, en exceso, simplifica las comunidades biológicas y altera los ciclos naturales. En el Río Hondo, esa simplificación ya estaba en marcha.

III. La marea verde: cianobacterias, toxinas y el silencio regulatorio

Pulsos estacionales de floración: las cianobacterias dominaron en octubre 2006 y junio 2007


Donde hay nutrientes en exceso y luz limitada en profundidad, las algas encuentran su nicho. Pero no todas las algas son iguales. El monitoreo reveló una comunidad fitoplanctónica de baja diversidad genérica: apenas 37 géneros identificados en total. Dominaban las cianófitas, también conocidas como cianobacterias o algas verdeazuladas: Microcystis, Anabaena, Oscillatoria. Junto a ellas, diatomeas como Aulacoseira y Synedra, y euglenófitas como Euglena y Phacus, estas últimas reconocidas internacionalmente como indicadoras de degradación ambiental y alta carga de materia orgánica.


Floración visible de cianobacterias cerca de la presa: la baja transparencia es evidente. Marzo 2007.

En octubre de 2006, en la desembocadura del río Salí, las cianófitas alcanzaron 13,7 millones de células por litro. En junio de 2007, en el centro del embalse, el número se disparó a 156,8 millones de células por litro, con Microcystis como género dominante. Eran floraciones masivas, visibles a veces como parches verdes o espumas en la superficie. Los investigadores las fotografiaron, las contaron en cámaras Sedwick-Rafter bajo microscopio invertido, y registraron sus pulsos estacionales. Pero lo más preocupante no era la cantidad, sino la cualidad. Algunas de estas cianobacterias son productoras de microcistinas, hepatotoxinas cíclicas estables en el agua, resistentes a cambios de pH y temperatura, que solo se destruyen térmicamente a 160 °C.

Manchas verdes en la superficie: las floraciones no fueron homogéneas, sino que formaron parches visibles que alertaban sobre el riesgo sanitario


El estudio detectó variantes MC-LR, MC-RR y MC-YR, con concentraciones totales que variaron entre 0,1 y 26,4 µg/L. El límite de la Organización Mundial de la Salud para agua potable y recreacional es de 1 µg/L. En el 66% de las muestras analizadas durante periodos de predominio de cianófitas, ese límite se superó. 

La OMS (1998, 2003) advierte sobre los riesgos: desde irritaciones cutáneas y problemas gastrointestinales hasta intoxicaciones crónicas con potencial de daño hepático y promoción tumoral. Las microcistinas actúan inhibiendo irreversiblemente las fosfatasas 1 y 2A, desencadenando hemorragias intrahepáticas y destrucción de la arquitectura tisular (Mackintosh et al., 1990; Malbrouk, 2004).

Toxinas por encima del límite de la OMS: en el 66% de las muestras con predominio de cianófitas, la concentración superó 1 µg/L. Fuente: Programa de Monitoreo, UNC-UNSE, 2007.  
Y aquí aparece una brecha normativa que el informe no elude. En Argentina, la legislación sobre calidad de aguas no contemplaba la obligatoriedad de detectar cianófitas ni establecer valores límite para sus toxinas. Solo la provincia de Buenos Aires avanzaba en reformas a la Ley 11820 para incluir este aspecto. Mientras tanto, en las provincias de la cuenca del Salí-Dulce, el vacío legal persistía. La ciencia había puesto el dato sobre la mesa; la política aún no había respondido. Como señala el informe, “a veces una adecuada vigilancia y control resulta difícil… es común como medida a corto plazo, la disposición de la información pública”. Pero la información, sin marcos de acción, es solo un espejo roto. La presencia de espumas en áreas de natación implicaba el riesgo más alto para bañistas y pescadores, y las guías internacionales establecían valores de alarma moderada a partir de 100.000 cél/mL (equivalentes a 50 µg de clorofila/L bajo predominio cianobacteriano). En varias campañas, el Río Hondo superó esos umbrales sin que existiera un protocolo de respuesta sanitaria consolidado.

IV. El aliento que falta: oxígeno, peces y la red trófica en tensión

La eutrofización no solo se mide en nutrientes o toxinas. Se siente en el aliento del agua. El oxígeno disuelto (OD) es el parámetro vital de todo ecosistema acuático aeróbico. En el Río Hondo, sus valores oscilaron entre 0 y 11 mg/L, con una distribución vertical que dibujaba una curva clinógrada típica de cuerpos hipereutróficos: descenso progresivo con la profundidad, agotamiento en el hipolimnio. 

Zonas de anoxia en las desembocaduras: los valores críticos (<4 mg/L) se concentraron en Salí y Gastona, especialmente en invierno, creando 'zonas muertas' para la vida acuática.


En las desembocaduras del Salí y Gastona, y en el fondo del centro y la presa, se registró anoxia o valores inferiores a 4 mg/L, el umbral considerado crítico para la protección de la vida acuática (Wetzel, 1981). Diversos autores sitúan ese límite entre 4 y 5 mg/L; algunas especies como las carpas pueden soportar concentraciones menores a 2 mg/L por lapsos breves, pero no de forma sostenida.

Curva clinógrada típica de embalses eutróficos: el oxígeno se agota en profundidad mientras la temperatura se estratifica, reflejando la dinámica monomíctica tropical del embalse

Los investigadores lo vieron con sus propios ojos: “gran cantidad de alevines y peces mayores ‘boqueando’ cerca de la superficie en la zona de la desembocadura del Salí”. No era una metáfora. Era un síntoma clínico de un ecosistema asfixiado por la descomposición de la materia orgánica y los procesos oxidativos que consumen el oxígeno más rápido de lo que la atmósfera o la fotosíntesis pueden reponerlo. La temperatura del agua, entre 13 y 27 °C, con termoclinas débiles o estacionales, confirmó la clasificación del embalse como monomíctico tropical: mezcla completa en invierno, estratificación en verano. Pero esta dinámica, lejos de purificar, actuaba como un sello temporal. Durante la estratificación, el hipolimnio quedaba aislado, acumulando materia orgánica en descomposición, liberando amonio y fósforo desde los sedimentos, y creando un caldo de cultivo para la anoxia. Cuando la mezcla invernal llegaba, arrastraba esas condiciones hacia la columna completa. El oxígeno, entonces, no era solo un número en una sonda. Era el latido de un sistema que se estaba ahogando en su propia productividad.

Y en ese silencio subacuático, el zooplancton intentaba adaptarse. Rotíferos como Keratella tropica y K. coclearis, copépodos como Acanthocyclops robustus y cladóceros como Daphnia y Bosmina mostraron pulsos de desarrollo desincronizados con el fitoplancton. ¿Por qué? Porque las cianobacterias dominantes no son palatables. Son tóxicas, fibrosas, difíciles de digerir. El zooplancton, ese eslabón fundamental entre productores primarios y consumidores secundarios, se topaba con un alimento de mala calidad nutricional. 

Rotíferos, crustáceos y protozoarios: la comunidad zooplanctónica reflejó los cambios en la calidad del alimento disponible, con predominio de protozoarios cuando dominaban las cianófitas no palatables


Como señalan Conde y Porcuna et al. (2003), el zooplancton no solo depende de la cantidad de alimento, sino de su calidad. La competencia, la depredación y la toxicidad reconfiguraban la red trófica. En la campaña 4, con predominio de crisófitas, los crustáceos respondieron con un pulso de desarrollo. Pero en las campañas de floración cianobacteriana, los protozoarios como Tintinus dominaban, mientras los rotíferos y crustáceos retrocedían. Muchos metabolitos excretados por las cianófitas confieren olor y gusto al agua, y actúan como mecanismos de defensa contra el pastoreo (Odum, 1972). El ecosistema no se había colapsado, pero se había reordenado. Y ese reordenamiento, silencioso pero medible, es la antesala de los cambios que terminan afectando a la ictiofauna, a la pesca, a la recreación y, en última instancia, a las comunidades que dependen del agua.

V. Más allá del dato: ciencia, gestión y la memoria del embalse

El informe de diciembre de 2007 no fue un punto final. Fue un parte de batalla. Los investigadores de la UNC y la UNSE, bajo la dirección del Dr. César Luis Bonelli y con el trabajo de campo de equipos multidisciplinarios que incluyeron biólogos, ingenieros ambientales y técnicos de la Dirección Provincial de Aguas y Saneamiento (DIPAS), entregaron un documento que cumplía con las normas ISO 5667/1, /2 y /3, los protocolos APHA/AWWA/WEF (2000) y las guías de la OMS. Pero la ciencia, por más rigurosa que sea, no opera en el vacío. El Río Hondo es un embalse de uso múltiple: riego, generación hidroeléctrica, recreación, pesca, abastecimiento. Cada uno de estos usos choca con las realidades detectadas. La baja transparencia dificulta la potabilización. Las microcistinas exigen tratamientos avanzados. La anoxia limita la vida acuática y la pesca deportiva. Las floraciones de algas disuaden el turismo y la recreación segura.

Biomasa algal por campaña: la clorofila-a confirmó el estado hipereutrófico del embalse, con picos de hasta 203 µg/L en la desembocadura del Gastona. Síntesis visual del deterioro


Y sin embargo, el marco regulatorio provincial y nacional seguía anclado en paradigmas del siglo XX, centrados en parámetros físicos y químicos clásicos, pero ciegos ante los indicadores biológicos y toxicológicos emergentes. El informe lo dice con claridad: “La detección de valores de OD por debajo de 4 mg/L somete a la ictiofauna… a condiciones que comprometen su desarrollo normal”. Y más adelante: “El mejor conocimiento de la evolución del estado trófico del embalse y la forma en que se afecta a los componentes de la cadena trófica permitirá contar con elementos para una gestión eficiente en la recuperación de la calidad del agua”. Pero la gestión requiere voluntad política, inversión en monitoreo continuo, programas de reducción de cargas en origen (agrícolas, urbanas, industriales) y, sobre todo, una visión de cuenca que trascienda los límites jurisdiccionales.

El Río Hondo no entiende de provincias. Sus afluentes, el Salí, el Gastona, el Medina, el Marapa, tejen una red que nace en Tucumán, cruza Santiago del Estero y desemboca en un embalse que es, en sí mismo, un síntoma de la cuenca. La historia de este cuerpo de agua es la historia de un desarrollo que priorizó la expansión sobre la sostenibilidad, la producción sobre la preservación, la inmediatez sobre la planificación a largo plazo. Y ahora, la ciencia pone el espejo. La pregunta no es si el embalse puede recuperarse. La pregunta es si estamos dispuestos a pagar el precio de esa recuperación: cambiar prácticas, controlar vertidos, monitorear toxinas, educar a la población y, sobre todo, aceptar que el agua no es un recurso infinito, sino un sistema vivo que responde a lo que le damos.

Cierre

Hace casi dos décadas, un equipo de limnólogos, biólogos, ingenieros y técnicos descendió a las aguas del Río Hondo con botellas Van Dorn, sondas multiparamétricas y la paciencia de quien sabe que la verdad se mide en perfiles verticales y campañas estacionales. No buscaron titulares. Buscaron datos. Y los datos contaron una historia que ya estaba escrita en la opacidad del agua, en el jadeo de los peces, en las manchas verdes que pintaban la superficie. El embalse no se degradó de la noche a la mañana. Fue un proceso silencioso, acumulativo, alimentado por decisiones tomadas lejos de sus orillas.

Hoy, más allá de los números y las clasificaciones tróficas, el Río Hondo sigue siendo un testigo. Un espejo que refleja no solo el cielo, sino el modelo de desarrollo de una región. La ciencia nos ha dado el diagnóstico: hipereutrofización, toxinas, anoxia, desequilibrio trófico. Pero la ciencia no cura. La curación requiere política, requiere gestión, requiere comunidad. Porque un embalse no es solo un depósito de agua. Es un pacto entre la naturaleza y quienes la habitan. Y cuando ese pacto se rompe, el agua no grita. Solo se vuelve opaca, tóxica, silenciosa.

Recuperarlo no es un lujo ecológico. Es una necesidad histórica. Y la primera piedra de esa recuperación ya está puesta: en un informe de 2007 que, con rigor y humildad, nos dijo lo que debíamos escuchar. Ahora nos toca decidir si lo seguimos ignorando, o si, por fin, empezamos a mirar debajo de la superficie.

Fuentes y referencias citadas

- Programa de Monitoreo del Embalse Río Hondo. Informe Final. Diciembre 2007. Universidad Nacional de Córdoba – Universidad Nacional de Santiago del Estero.

- OECD (1982). Eutrophication of Waters. Monitoring, Assessment and Control. Organization for Economic Co-Operation and Development.

- OMS (1998, 2003, 2004). Guías para ambientes seguros en aguas recreativas y Guías de calidad del agua potable. Organización Mundial de la Salud.

- Wetzel, R. (1981). Limnología. Ediciones Omega S.A.

- Chapman, D. (1996). Water Quality Assessment. Chapman and Hall / UNESCO/WHO/UNEP.

- Bazán, R. (2006). Evaluación de la calidad del agua, nivel de eutrofización y sus consecuencias en el Embalse Los Molinos, Córdoba. Tesis de Maestría, UNC.

- del Olmo, S. et al. (2006). Caracterización trófica y evaluación de la calidad de agua de tres embalses de la provincia de Córdoba, Argentina.

- Mackintosh, C. et al. (1990). Cyanobacterial microcystin-LR is a potent and specific inhibitor of protein phosphatases 1 and 2A. FEBS.

- Malbrouk, C. et al. (2004). Effect of microcystin-LR on protein phosphatase activity and glycogen content in isolated hepatocytes. Toxicon.

- IETC (2001). Planificación y Manejo de Lagos y embalses: Una visión general de la eutroficación. PNUMA.

- Normas ISO 5667/1, /2, /3; APHA, AWWA, WEF (2000). Standard Methods for the Examination of Water and Wastewater.

- Conde Porcuna, J.M. et al. (2003). El zooplancton como integrante de la estructura trófica de los ecosistemas lénticos. Rev. Ecosistema.

- Odum, E. (1972). Ecología. Editorial Interamericana.

Los barrios más antiguos de Santiago

  

Foto: Vieja acequia Belgrano

Hoy Santiago es un enorme conglomerado de barrios. La ciudad se extendió sobre todo para el sur. Antes El Zanjón quedaba lejos del centro, era campo; hoy está a pocas cuadras del centro. Los más antiguos son el Barrio Chumillo, La Católica y el 8 de Abril.

Los barrios son muy humildes, algunos con muchos años de historia y otros más nuevos.

En la década de 1930 se culminó la Avenida Costanera y se remozó el Mercado Armonía. En la de 1940 el centro urbano se expandió hacia el norte, surgieron los Paseos España y Alvear, se densificó las zonas del Mercado de Abasto, Estación del Ferrocarril Mitre y Regimiento. En 1945 comienza a percibirse un ordenamiento urbano: se construyeron nuevos barrios en la periferia y el servicio urbano de transporte comenzó a comunicarlos entre sí.

La construcción en 1950 de la cercana represa de Los Quiroga sobre el río Dulce solucionó los problemas de escasez de agua e impulsó la agricultura, sobre todo algodón y olivo.

En 1951 comenzó el tendido de la red de gas domiciliario en el sector céntrico de la ciudad. En 1952 se inauguró la actual Casa de Gobierno de la Provincia, y en 1953 se estableció la primera casa de altos estudios de la ciudad, el Instituto Superior del Profesorado.

En 1957 se levantó el primer edificio en altura: el Tab-y-Cast, construido donde antes se erigía la Casa del gobernador Manuel Taboada. Hacia 1959 el gobernador Eduardo Miguel inauguró el barrio 8 de abril.

En la década de 1970 se taló la alameda de la avenida Belgrano, se entubó la acequia real, se suprimieron las platabandas de lapachos de las avenidas Pedro León Gallo y Sáenz Peña para ensancharlas, se forestó la ribera del río Dulce y se instalaron los monumentos a Francisco de Aguirre y el Cristo Redentor. Se instalaron también los primeros semáforos, se construyó el nuevo puente de vinculación con La Banda, se cambió de denominación a los antiguos barrios (por ejemplo, Chumillo por Reconquista e Independencia, Tala Pozo por Almirante Brown, Las Cejas por Don Bosco), se cubrió el empedrado del centro de la ciudad por una capa asfáltica y se creó la Universidad Nacional de Santiago del Estero. También se ampliaron los barrios Jorge Newbery y Belgrano, aparecieron los barrios Tradición, Primera Junta y Cabildo y en 1976 la Ciudad Satélite, como se llamaba al barrio Autonomía.

Fuente: Patio Santiagueño


La chacarera y su largo viaje desde el África hasta tierras santiagueñas

 "El origen de la chacarera". Por Gustavo Daniel Ojeda

 

Foto: El Liberal, Cementerio de esclavos San Félix

Por medio del Camino Real llegan los africanos esclavizados desde el Viejo Perú hasta Santiago del Estero y crean en ese lugar la chacarera (en realidad crean el ritmo de gato, dado que éste es progenitor de aquélla, hay consenso en el rubro sobre esto, lo hablamos con Vitillo además que fue alumno de Don Andrés Chazarreta), cuya sesquialtera, hemiola o rítmica en cruz, que es la polirritmia 3/4-6/8 de la proyección folklórica (joropo, zamba, zamacueca, etc.), viene desde el África. Este viaje también trae el quechua de los Incas (el Inka es el soberano, y Quechua es el pueblo originario) que aquí se transforma en el quichua santiagueño. El primer gato registrado fue Relaciones para el gato por Rafael Rodríguez Brizuela, y Gato, dos meses luego, por Juan Varela, José Lizzoli y Eduardo Barberis, ambos grabados en 1905 en cilindro de cera Edison por Robert Lehmann-Nitsche y que quién escribe tiene en su haber.

Santiago del Estero es la ciudad permanente más antigua del país, fundada en 1553 en su actual lugar. Salavina, que debe su nombre a los Salavinones (pueblo originario) es la cuna de la chacarera (existen chacareras anónimas con letras antiquísimas en quichua) y del bombo legüero, que es distinto a cualquier otro membranófono nativo. En todo Santiago hubo y hay afrodescendientes; por ejemplo, en San Félix, casi todos sus habitantes lo son. En 1778 (luego de la creación del Virreinato del Río de La Plata, que fue en 1776) se lleva a cabo el primer censo en el Río de la Plata (Censo de Vértiz), que arroja los siguientes resultados respecto de la población negra: para Catamarca: 52%, Tucumán: 42%, Córdoba: 44%, Buenos Aires: 30%, Santiago del Estero: 54% (el Negro Casimiro Alcorta, autor de Cara sucia, el más antiguo tango de autor conocido, era afrosantiagueño) y Salta: 46%.

La mención más antigua que hay a la Chacarera fue hallada por Isabel Aretz, en las "Memorias de Florencio Sal", publicadas en Tucumán (abril de 1913); allí, está escrito que la chacarera se bailaba en esa provincia ya hacia 1850. Aretz recogió chacareras bajo los nombres de Chacra y Molino, en el oeste de Córdoba.

Con respecto a las versiones musicales antiguas de la chacarera, podemos citar, entre otras, las de Andrés Chazarreta (1911, ‘16, ‘20 y siguientes), las de Manuel Gómez Carrillo (1920 y ‘23), y las de Carlos Gardel junto a Razzano (1925 La choyana, con música de Alberto Acuña-letra de René Ruiz).

Etimología: la palabra proviene de chacarero, trabajador, la cual viene de chakra (maizal en quichua), dado que inicialmente se danzaba en el campo.

El ritmo de gato hoy vive en, obviamente, la chacarera, pero además en el escondido, el pala-pala, el malambo, la huella, etc.

La “forma” de la chacarera es: intro-estrofa-inter-estrofa-inter-estrofa-estrofa (o estribillo), donde cada estrofa dura un período de 8 compases, formado por 2 vueltas de 2 antecedentes + 2 consecuentes cada una, y es donde se canta.

Las chacareras pueden ser de 6 u 8 compases (lo que dura la introducción y también las vueltas enteras). La chacarera doble tiene 16 compases más que la chacarera (a secas); o sea, sus 4 estrofas duran 12 compases en vez de 8. Un ejemplo de chacarera doble es Añoranzas de Julio Argentino Jerez o La sachapera de Oscar Valles y Carlos Carabajal. La chacarera trunca puede ser simple (Coplas de cielo y río de Carlos “Negro” Aguirre), doble (La de los angelitos de Adolfo Ábalos y Julián Díaz, Déjame que me vaya de Roberto Ternán y Cuti Carabajal), de 6 u 8 compases, la diferencia está en su escritura musical: la hace trunca la acentuación en su tiempo débil al comienzo y al final, el acento cae en el 2° tiempo del compás de ¾, cosa que no sucede con las chacareras a secas, o sea, las que no son truncas (que suele decírseles derechas), donde el acento cae en el 3er. tiempo del compás. La chacarera trunca (La vieja de los Hnos. Díaz y Oscar “Cacho” Valles) termina todas las frases en el 3er. tiempo, carece de 1º, por lo que se produce un contratiempo debido a la ausencia del mismo. Tanto las chacareras (simples) como las chacareras dobles pueden ser truncas. La chacarera puede ser simple, dentro de las cuales hay normal y trunca, y doble, que también se divide en normal y en trunca. Una chacarera simple es Hacéme sufrir de los hnos. Simón.

Como pregunta final, les hago la siguiente: nombren 5 temas de bandas de rock internacionales… ahora nombren 5 títulos de chacareras… voy a ser más bueno y sumamente indulgente: sólo tararéenlas… espero no haber herido susceptibilidades, pero de eso se trata la transculturación, y es un arma más poderosa que la pólvora, dado que no es tan evidente.

 (De Luis Bauglen Baulin) Fuente: Mauricio FernandoVillarroel