jueves, 1 de octubre de 2026

El secreto del monte santiagueño

 


En las tierras antiguas de Santiago del Estero había un bosque que parecía estar allí desde siempre. Nadie sabía cuándo habían nacido sus primeros quebrachos ni cuánto tiempo llevaban los algarrobos hundiendo las raíces en aquella tierra caliente. Los más viejos decían que el monte había existido antes que los caminos, antes que las casas y quizás antes que los hombres que un día comenzaron a ponerle nombre a las cosas. Desde lejos parecía tranquilo, casi inmóvil. Pero quien se animaba a entrar descubriría enseguida que allí adentro siempre estaba pasando algo. Las ramas se rozaban, los troncos crujían y las hojas temblaban cuando el viento se metía entre las copas. Algunas tardes, cuando la brisa atravesaba los quebrachos, todo el monte parecía una enorme catedral verde, sin santos ni altares, donde los árboles sostenían el cielo y el viento se encargaba de la música.

Cerca de aquel bosque vivía Julián, un muchacho de unos quince años que conocía buena parte de sus senderos. Su abuelo le había enseñado a distinguir los algarrobos de los chañares, a reconocer los huiñaj por el brillo de sus hojas y a saber cuándo los coyuyos estaban por comenzar su canto de verano. También le había enseñado algo que Julián nunca terminaba de tomar en serio. Al monte había que entrar sin miedo, pero siempre con respeto. "El monte escucha", le decía. "Y cuando escucha demasiado, también sabe responder". Julián sonreía cada vez que oía aquella advertencia. Pensaba que las historias sobre criaturas escondidas entre los árboles eran cosas de antes, relatos que los viejos conservaban para asustar a los más chicos. Sin embargo, había algo que nunca se animaba a hacer: entrar al monte después de la caída del sol.

Hasta aquel verano. Una tarde, el abuelo salió hacia el monte y no regresó. Primero pensaron que se había demorado. Después comenzaron a buscarlo. Cuando cayó la noche, varios paisanos recorrieron los senderos con linternas y lo buscaron durante horas. Nadie respondió. No se encontraron rastros de él. Solo apareció su machete tirado entre las hojas.

Julián pasó la noche sin dormir. Cuando todavía no había amanecido, tomó una vieja linterna, una cantimplora y el pañuelo de su abuelo. Nadie pudo convencerlo de esperar. Salió solo y entró en el monte. Durante los primeros minutos intentó convencerse de que no tenía nada que temer. Los pájaros comenzaban a moverse entre las ramas. Las calandrias cantaban a lo lejos y los mirlos saltaban de una rama a otra. Unas chuñas lo observaron desde el borde del sendero y después desaparecieron entre la vegetación. Una lagartija cruzó frente a sus pies y se perdió entre las piedras.

Julián siguió avanzando. Después de un rato dejó de escuchar a los pájaros. Se detuvo y miró hacia arriba. Entre las ramas apenas entraba la claridad de la madrugada. No se veía nada extraño. Continuó caminando. Poco después también desaparecieron los insectos. El aire se volvió pesado. Hasta el viento, que hacía unos minutos movía las hojas, parecía apagarse de golpe. Julián sintió un escalofrío. No sabía por qué, pero tuvo la sensación de que alguien lo estaba observando. Se dio vuelta. No había nadie. Siguió caminando.

Entonces escuchó un golpe seco. Tac. Julián quedó inmóvil. Esperó unos segundos. Tac. El sonido venía de más adelante. Avanzó despacio, apartando las ramas con las manos. Cada vez estaba más cerca. Finalmente llegó hasta un enorme quebracho. En una de sus ramas había un carpintero. Tac. El pájaro volvió a golpear el tronco. Julián levantó la vista y entonces vio algo extraño. Entre las grietas de la madera había una luz pequeña, amarillenta. Parecía moverse. Por momentos daba la impresión de que respiraba dentro del árbol. El muchacho se acercó, extendió la mano y apoyó los dedos sobre la corteza. El árbol tembló. Julián retiró la mano de golpe.

Entonces escuchó una voz. No supo de dónde venía. Parecía estar alrededor suyo. En el suelo, entre las ramas, dentro del mismo tronco. La voz le habló de su abuelo. Le contó que había llegado hasta el corazón del monte para impedir que unos hombres derribaran un viejo algarrobo. Habían llegado con hachas y herramientas para abrir un camino donde durante generaciones había existido un sendero. El abuelo había intentado detenerlos y entonces había desaparecido.

Julián sintió que el miedo le apretaba el pecho. La luz dentro del árbol creció. Una rama se movió detrás de él. Julián se dio vuelta. Nada. Escuchó otro ruido, esta vez entre los chañares. Algo había pasado corriendo. Julián retrocedió. Escuchó ramas quebrarse. Más cerca. Entonces vio una sombra atravesar los matorrales. Era grande. Demasiado grande para ser un animal común. Julián dejó de respirar. Dos ojos brillaron entre las ramas. Por un instante creyó reconocer al Runa Uturungo, aquella criatura mitad hombre y mitad tigre que tantas veces había escuchado nombrar a su abuelo. Quiso correr, pero las piernas no le respondieron. Los ojos desaparecieron.

Julián permaneció quieto, esperando que algo volviera a moverse. Y justo cuando pensaba que la criatura se había ido, una figura apareció frente a él. Al principio creyó que era una mujer perdida entre los árboles. Tenía el cabello largo y oscuro, y el cuerpo parecía cubierto de ramas, hojas y pequeñas enredaderas. Permanecía inmóvil. Había algo extraño en su presencia, como si acabara de surgir de la misma esperanza. Julián no había escuchado pasos. No la había visto llegar. Era como si el bosque la hubiera formado delante de sus ojos. Julián no se animó a acercarse. La figura levantó lentamente la mirada. Sus ojos tenían un brillo profundo y extraño. En ellos, Julián creyó ver reflejadas las copas de los árboles. Entonces comprendió quién estaba frente a él. Su abuelo le había hablado muchas veces de aquel espíritu, aunque siempre lo hacía en voz baja, como si hasta pronunciar su nombre pudiera llamar su atención. Era el Sachayoj, el guardián del monte.

La figura no dijo una palabra. Solo levantó lentamente una mano. El suelo comenzó a vibrar. Primero fue apenas un temblor. Después aumentó. Los árboles crujieron. Las ramas se sacudieron. Los algarrobos comenzaron a dejar caer sus vainas y los chañares se movieron con violencia, aunque el aire seguía completamente quieto. Entonces los coyuyos empezaron a zumbar. Uno, después otro, después cientos. El sonido creció hasta convertirse en un rugido que parecía venir de todas partes. Julián se tapó los oídos. No sirvió de nada.

Desde el fondo del monte llegó un lamento. Después otro. Y otro más. Julián se dio vuelta. Entre los árboles había una figura blanca. Parecía una persona. Estaba lejos, demasiado lejos para distinguir su rostro. Pero lloraba. Julián dio un paso atrás. La figura comenzó a alejarse lentamente. Entonces, desde lo alto, se escuchó un grito. Un grito largo y desgarrador que atravesó el monte de lado a lado. Julián sintió que se le helaba la sangre. En ese instante comprendió que las historias de su abuelo no eran simples cuentos. Aquellas criaturas, aquellos sonidos y aquellas apariciones pertenecían al monte. Formaban parte de él. Y el monte estaba en peligro.

Julián salió corriendo. Ya no le importaban las ramas que le golpeaban la cara ni las espinas que se enganchaban en su ropa. Corría siguiendo la dirección que le había indicado aquella voz. Corría buscando a su abuelo. Entonces escuchó un golpe. Después otro. Esta vez reconoció el sonido. No era un carpintero. Era un hacha. Julián frenó en seco. Más adelante había varios hombres. Los vio junto a un viejo algarrobo. Y allí, atado al tronco, estaba su abuelo. Julián sintió una mezcla de alivio y miedo. "¡Abuelo!", gritó. El anciano levantó la cabeza. Uno de los hombres tomó el hacha. Julián corrió hacia ellos. "¡No lo hagan!". El hombre no se detuvo. Levantó el brazo.

El hacha quedó suspendida en el aire. Y entonces el monte rugió. Un viento violento bajó desde las copas y atravesó el claro. Las linternas se apagaron de golpe. Las ramas comenzaron a golpearse unas contra otras y el cielo se oscureció como si una tormenta hubiera caído de repente sobre el bosque. Los hombres quedaron paralizados. Algo se movió detrás de ellos. Uno miró hacia atrás. Sus ojos se abrieron de miedo. Entre los árboles había una silueta felina. Alta, inmóvil, mirándolos. Otro hombre retrocedió. Entonces apareció una segunda sombra entre los chañares. Un silbido triste cruzó el claro. Después se escuchó aquel grito otra vez. Los hombres soltaron las herramientas y corrieron. Corrieron sin mirar atrás.

Julián se quedó quieto hasta que el último de ellos desapareció entre los árboles. Después corrió hacia su abuelo y comenzó a desatarlo. Tenía las manos lastimadas, pero estaba vivo. Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada. El viento había desaparecido. El bosque volvió a quedarse quieto. El abuelo se acercó al algarrobo y apoyó una mano sobre su tronco. Después miró a Julián. "Ahora entiendo", dijo. Julián miró a su alrededor. Ya no veía sombras. Ya no escuchaba lamentos. Solo el viento movía suavemente las hojas. Asintió.

Desde aquel día nunca volvió a burlarse de las historias del monte. Tampoco los hombres regresaron con sus hachas. Con el tiempo, el sendero volvió a cubrirse de plantas y los árboles recuperaron su lugar. Los pájaros regresaron a las ramas y el bosque volvió a llenarse de sonidos.

Cada verano, cuando el sol parecía quedar suspendido entre las copas, Julián acompañaba a su abuelo hasta el corazón del monte. Caminaban despacio, sin apuro. Escuchaban a los mirlos y a las calandrias, veían a las chuñas salir durante las siestas y a los lagartos cruzar los senderos. Y siempre, en algún lugar cercano, volvía a escucharse el mismo sonido. Tac. Tac. Tac. El carpintero golpeaba la madera de algún árbol.

Julián se quedó escuchándolo. Ya no pensaba que era simplemente el ruido de un pájaro. Para él, aquel golpeteo era otra cosa. Era como un corazón marcando su ritmo en medio del monte. Había aprendido que algunas tierras cuentan lo que les pasa de muchas maneras. A veces alcanza con quedarse quieto y escuchar.

Mientras los árboles siguieran en pie, mientras las criaturas continuaran recorriendo sus senderos y las viejas historias permanecieran escondidas entre las ramas, aquel bosque santiagueño seguiría guardando sus secretos. Y de vez en cuando, cuando alguien olvidara que el monte también sabe defenderse, volvería a responder.

Inspirado en "Romance del Bosque", de Dalmiro Coronel Lugones.

miércoles, 30 de septiembre de 2026

La música del coyuyo dura lo que el verano y se va en otoño después de los carnavales



Por Luis Borelli

“Ya se viene el verano”, dicen los vallistos cuando, a mediados de octubre, escuchan al primer coyuyo de la temporada. En cambio, en el Chaco salteño sostienen que él hará madurar la algarroba. Lo cierto es que, en octubre, cuando el sol castiga los campos y a los animales, el coyuyo afina su voz, de cara al sol, y comienza a cantar día y noche en todo el norte. Entonces su chirrido se expande por toda la comarca como si en las copas de los árboles se hubiese instalado un gran coro polifónico. Su música dura lo que el verano y solo se interrumpe por mal tiempo. Por eso, el criollo sostiene que, cuando el coyuyo silencia, solo lo hace por mal tiempo. Y luego sigue con su canto hasta que, en los primeros días frescos del otoño, se apagará su voz para siempre. Entonces el vallisto dice: “Ya se ha ido el verano; se va con el coyuyo y el carnaval”.

Reproducción. Y mientras coyuyos o cigarras cantan y se aparean, a poco las hembras mueren luego de desovar en tallos y ramas secas. Al final del verano, esos huevos caerán al suelo transformados en larvas que permanecerán bajo tierra nada menos que entre 2 y 17 años.

Humorada instructiva. Sobre el canto del coyuyo recuerdo una humorada ilustrativa de Gustavo «Cuchi» Leguizamón, profesor de Historia y Literatura del Colegio Nacional. Un curioso dato de la zoología le permitió, allá por los años sesenta, gastar un chiste y, de paso, dejar una enseñanza. Era noviembre y los coyuyos ya se habían adueñado de las acacias de la Antipalúdica, muy cerca de la vereda por donde Leguizamón solía pasar rumbo al Colegio Nacional.

—A ver —preguntó una calurosa mañana—, ¿cuáles son los animales más felices del mundo?

Por temor al ridículo, muchos se llamaron a silencio; pero, como siempre, uno cayó en el lazo. El chango, con voz engolada y con aires de sabiondo, espetó: «Profesor, el más feliz es el hombre. Los animales son instintivos».

¡Para qué! A todo pulmón, manos en los bolsillos y desde el fondo del aula, Leguizamón respondió: «No, señor. Los más felices de la tierra son los coyuyos y los sapos machos. ¿Y saben por qué? Porque sus mujeres son mudas; sapas y coyuyas no dicen ni mu», remató, al tiempo que lanzaba una estruendosa carcajada. Por supuesto, el curso entero compartió su ocurrencia, pero el sabiondo seguramente estaba rogando que la tierra se lo tragara.

Pero con esa humorada, a manera de introducción, Gustavo Leguizamón comenzó, sin querer queriendo, a dar una clase de zoología que pocos olvidaremos. Prosiguió hablando del coyuyo: «El macho es el único que hace música. ¿Y saben dónde trae sus instrumentos musicales? A los costados del abdomen», agregó. Eso le permite a este maravilloso animalito hacer algo que muchos querrían imitar: comer y cantar al mismo tiempo. Y ahí nomás aprovechó para enriquecer su matinal perorata con otra humorada: «¿Se imaginan ustedes al turco Eduardo Falú tocar la guitarra mientras se come un cupi? ¡Qué maravilloso! Lamentablemente - continuó - esto es imposible para nosotros, los humanos. Nunca podremos alcanzar la perfección musical del coyuyo, que canta y come hasta morir junto al verano. Pero sapo y coyuyo - prosiguió explicando con entusiasmo - también son seres exquisitamente románticos; cantan por amor, para enamorar a sapas y coyuyas, con las que después tendrán sus hijitos».

Otros datos. Y así fue que, por aquella entretenida humorada de Leguizamón, los changos del Nacional nos enteramos esa mañana de que el coyuyo podía vivir hasta 17 años bajo tierra. Allí permanece hasta que un buen día, en estado de ninfa, se le da por salir. Marcha hacia la superficie por un túnel que cava ex profeso y, a partir de entonces, vive entre los árboles. Allí se transforma en adulto, se alimenta de savia y canta con tanta potencia que la frecuencia de su vibración puede alcanzar, según los biólogos, los 86 Hz  - 86 vibraciones por segundo -. También aprendimos que el coyuyo canta para atraer a las hembras; que lo hace a cualquier hora del día, pero con más frecuencia e intensidad cuando amanece y a la oración - a la tarde -; que el sonido que emite lo produce con un aparato estridulador ubicado a los costados del primer segmento del abdomen. Allí posee unas membranas denominadas timbales y también unos sacos de aire que son verdaderas cajas de resonancia.

Finalmente, como buen coreuta que es, el coyuyo macho puede llegar a entregar su vida en plena función. Eso les ocurre cuando, en su interior, se produce una brusca diferencia de presión sonora.

Fuente: Patio Santiagueño

La Mulanima

 



Por Félix Coluccio

- ¡Pachamama, ayúdame! ¡Pachamama, no me abandones! - iba musitando Pastor Luna, el ollero de Punta Negra.

La noche lo había sorprendido en el camino de regreso.

Lo más tremendo que podía acontecerle, era no sólo que las sombras lo envolvieran, sino que ello ocurriera frente al pequeño cementerio donde estaban sepultados los restos de sus padres y la pequeña guagua que había muerto sin que nadie supiera de qué.

Su mula iba al paso, lentamente, y sus ojos buscaban en la sombra signos de figuras imprecisas y fantasmales, que desde chango lo atormentaban en la soledad de su precaria vivienda hecha de piedra y techada con ichu, ahora compartida con su mujer, Tomasa Arancibia y los hijos, Pastor y Juan.

Buscaba llegar cuanto antes hasta la apacheta, que hacia el final del camposanto era como un faro opaco, en esa noche para él de angustia.

Cuando llegó, descendió de su cabalgadura y se abrazó a las piedras como si hubiera encontrado el regazo de su madre. Dejó su acullico, sacó de la alforja un puñado de hojas de coca y el charqui que no había podido terminar y lo depositó al pie de la irregular pirámide.

Se puso a rezar con voz temblorosa, y pidió una y otra vez protección a la Pachamama en este regreso interminable desde la alta Puna, donde había ido a trocar sus cacharros por harina, maíz y fetos de llama.

Más tranquilo, reemprendió la marcha. Le faltaba un tramo corto pero difícil. El camino se hizo de pronto un sendero de piso áspero que se estrechaba a medida que ascendía, hasta convertirse en una verdaderas cornisa, balcón del abismo que enmarcaba, desde cuyo fondo, inmensamente oscuro, ascendían gritos, imprecaciones, lamentos, y a veces fosforescencias, como si el infierno mismo estuviese allí dentro.

Pastor Luna, con dificultad, avanzaba.

El animal no respondía a su estímulo, ya ratos quería dar el anca, ante el terror del jinete que trataba de contener las mañas de la bestia, la cual, sin duda, olía algún peligro cercano.

Cuando empezó el descenso, sintió un galope irregular, veloz y fatídico que se acercaba como un remolino.

Pronto vio el cuerpo oscuro de la mulánima que avanzaba en sentido inverso de propia su marcha, precedida por lenguas de fuego que salían ardientes de sus ojos y boca. Instintivamente, cubrió su rostro con ambas manos e invocó de nuevo a la madre de los cerros, con desesperación y terror.

- ¡Pachamama, sálvame!...

Pero fue en vano.

La mulánima, como imagen del demonio, ya estaba sobre él, y ciegamente, en el angosto sendero, golpeó contra Pastor Luna y su bestia.

Todos rodaron por la abismal pendiente, y las laderas se enrojecían a medida que se desbarrancaban.

Cuando llegaron al fondo mismo de la profunda herida de la montaña, un incendio entre amarillento y rojizo, elevaba sus llamas, y voces enloquecidas, confusas, no de este mundo, bramaban en torno al cuerpo calcinado de Pastor Luna...

Allá, en su rancho de Punta Negra, Tomasa Albarracín, aferrada a sus hijos lloraba convulsivamente la muerte anunciada por un viento silencioso y helado, que arteramente se colaba por entre los intersticios de las piedras.

Fuente: FBK – Patio Santiagueño

Foto: don Felix Coluccio

martes, 29 de septiembre de 2026

Añapa y arrope: Sabores antiguos de Santiago del Estero


En Santiago del Estero, los frutos del monte fueron durante mucho tiempo parte de la vida cotidiana. Con ellos se preparaban comidas, bebidas y dulces, aprovechando lo que ofrecía el territorio y los conocimientos que se iban transmitiendo dentro de las familias.

Para muchas de estas preparaciones no hacía falta demasiado. Unos frutos maduros, un mortero, agua, fuego y, sobre todo, saber cómo hacer las cosas. Ese saber se aprende mirando a los mayores, acompañándolos en la tarea y guardando en la memoria cada pequeño secreto de la preparación.

Entre esas antiguas formas de aprovechar los frutos del monte aparecen la añapa y el arrope. Las dos tienen una historia ligada a los productos de la región, pero el resultado es muy diferente.

La añapa es una bebida que se prepara a partir del fruto molido y agua. El arrope, en cambio, requiere fuego y una cocción prolongada para concentrar el jugo hasta convertirlo en un preparado espeso y dulce.

La añapa, una bebida de los frutos del monte

La añapa se preparaba principalmente con la vaina madura y tierna del algarrobo. También podía hacerse con chañar o mistol. Era una bebida fresca y, según los testimonios recogidos, de sabor más suave que la aloja.

Su preparación comenzó en el mortero. Allí se colocaba la algarroba madura y se la iba moliendo mientras se agregaba agua de a poco. El trabajo permitía desamar el fruto y extraer su jugo.

Después llegaba el momento de colarlo. Con un paño se separaba el líquido de la parte sólida y el jugo obtenido quedaba listo para dejarlo reposar y luego beberlo fresco.

Como suele ocurrir con las preparaciones transmitidas de manera oral, también había pequeños detalles que se aprendían con la experiencia.

Nigelia Díaz de Pérez, de Las Parvas, Santiago del Estero, recomendaba utilizar algarroba blanca antes que negra. También explicaba que al fruto molido se le podía agregar agua hasta tres veces. Después de eso, publicidad, el jugo comenzaba a ponerse amargo.

Blanca Albornoz, también de Santiago del Estero, registró otra forma de preparar la bebida. Se podía utilizar algarroba blanca o negra, que se iba humedeciendo mientras se desarmaba en el mortero. Una vez extraída la parte sólida, se agregaba más agua y azúcar al jugo.

Incluso lo que quedaba en el mortero podía aprovecharse. La algarroba que permanecía después de extraer el líquido se podía chupar y así aprovechar hasta el último resto de sabor del fruto.

Cuando hablamos de añapa, entonces, estamos ante una preparación sencilla en sus elementos, aunque cargada de conocimiento. Fruto molido, agua, colado y una bebida para tomar fresca. El fuego y la cocción prolongada no forman parte de su preparación.



El arrope, una preparación que lleva tiempo

Con el arrope entramos en otro mundo.

Aquí el fuego tiene un papel fundamental. El jugo de los frutos se cocina durante bastante tiempo, hasta perder buena parte del agua y convertirse en un preparado espeso, dulce y concentrado, parecido a un jarabe.

Una de las formas tradicionales de preparar arrope comenzaba con la uva. Se pisaban entre 10 y 15 kilos en una batea para obtener el jugo. Después se separaba el orujo y el mosto se colocaba en una paila grande que iba directamente al fuego.

La preparación exige paciencia y atención.

Durante la cocción se incorporaban pencas de atún peladas y una pequeña cantidad de ceniza. Antes de que el mosto llegara al hervor, había que observar con cuidado la borra que subía hacia los bordes de la paila y retirarla.

Después se retiraba del fuego y se dejaba reposar. Ese tiempo permitió que los sedimentos se quedaran al fondo. Luego el líquido se pasó cuidadosamente a otra vasija, tratando de no mover lo que había quedado asentado.

Todavía faltaba otra etapa de limpieza. Se pudo incorporar nuevamente pencas de atún y cáscaras de huevo, y el mosto volvió al fuego. Cuando comenzaba a calentarse y estaba cerca del hervor, se retiraba la espuma que se formaba en la superficie.

Recién entonces comenzaba la parte central de la preparación: la reducción.

El mosto volvía a la paila y continuaba cocinándose hasta que el volumen disminuía. Cuando quedaba algo menos de la mitad de la cantidad original, era señal de que el arrope estaba llegando a su punto.

Se retiraba del fuego y la paila podía colocarse ligeramente inclinada. El arrope se batía con una cuchara grande de madera o una desespumadera, ayudando también a que comenzara a enfriarse.

El arrope tampoco estaba limitado a la uva. También se preparaba con chañar, mistol, atún y quiscaloro o quiscaruro. En algunas recetas podrían incorporarse cascos de zapallo o duraznos cuaresmillos.

Dos formas de aprovechar los frutos del monte

La diferencia entre la añapa y el arrope se entiende mejor cuando se observa el camino que sigue cada preparación.

Para hacer añapa se muele el fruto, se agrega agua, se extrae el jugo y se lo cuela. Después se toma fresco.

El arrope requiere otra dedicación. Primero hay que obtener el jugo y limpiarlo. Después llega una cocción larga, durante la cual el líquido va perdiendo agua y concentrando sus sabores hasta transformarse en una preparación espesa.

También cambia el trabajo necesario. Para la añapa bastaban los frutos maduros, un mortero, agua y un paño. El arrope, en cambio, demandaba fuego, una paila, tiempo y atención constante.

Son dos maneras de aprovechar lo que daba el monte.

Con la añapa, la algarroba, el chañar o el mistol podrían convertirse en una bebida fresca. Con el arrope, esos mismos frutos podían seguir otro camino y terminar convertidos, después de horas de fuego, en un alimento concentrado que podía conservarse y utilizarse de distintas maneras.

Y ahí está una de las cosas más interesantes de estas preparaciones.

El monte no era solamente el paisaje que estaba alrededor de las casas y los caminos. También era una fuente de alimentos y de conocimientos. Había que saber qué fruto recoger, cuándo hacerlo, cómo trabajarlo y de qué manera aprovechar cada parte.

Ese conocimiento muchas veces no estaba escrito en ningún lado. Se aprendía mirando a los mayores, acompañando las tareas y repitiendo los gestos hasta aprenderlos.

Por eso, detrás de un vaso de añapa o de una cucharada de arrope hay mucho más que una receta antigua. Hay una manera de conocer el monte y de aprovechar sus frutos. Hay paciencia, memoria y experiencia.

Y también hay una parte de la historia cotidiana de Santiago del Estero, guardada en sabores que durante generaciones pasaron de una mano a otra, de una cocina a otra, y de los mayores a los más jóvenes.


El secreto mejor guardado de Santiago del Estero: La infancia rural que moldeó a Ricardo Rojas



¿Alguna vez te has puesto a pensar de dónde salen las grandes ideas que definen a un país? Muchas veces imaginamos a los grandes pensadores encerrados en bibliotecas gigantescas en Buenos Aires o Europa. Sin embargo, la historia de Ricardo Rojas -uno de los escritores e intelectuales más importantes de Argentina- se empezó a escribir muy lejos del asfalto, entre el polvillo de los caminos, el canto de los pájaros y la sombra de los árboles del monte santiagueño.

Hoy te invitamos a viajar al Departamento Banda, muy cerca del histórico pueblo de Antajé , para descubrir la Estancia del Rosario: el rincón rural donde un joven curioso absorbió el alma de nuestra cultura.

La cuna de una mente brillante

Para entender la historia, hay que viajar a finales del siglo XIX. La Estancia del Rosario no era ningún campo; era el hogar de Absalón Rojas , un hombre fuerte de la política local que llegó a ser dos veces gobernador de la provincia de Santiago del Estero.

Aunque Ricardo nació por esas casualidades de la vida en Tucumán (en 1882), su corazón y sus años de formación pertenecieron enteramente a este rincón santiagueño. Imagínate a un adolescente recorriendo los senderos del predio, escuchando los relatos de la gente del lugar, observando la mezcla de costumbres e impregnándose del paisaje a orillas del Río Dulce.

Todas esas vivencias no quedaron en el olvido. Años más tarde, cuando Rojas se convirtió en un pensador clave de la literatura y la historia argentina, aquellas tardes en Antajé fueron la chispa que encendió sus obras más famosas.

El origen de Eurindia y el orgullo criollo.

Seguramente escuchaste hablar o leíste en la escuela libros como El Santo de la Espada (la biografía fundamental de José de San Martín) o su monumental historia de La Literatura Argentina . Pero la idea más revolucionaria de Rojas fue Eurindia .

¿Qué significaba este concepto? Rojas sostenía que la verdadera identidad argentina no era puramente europea ni exclusivamente indígena, sino la unión armónica de ambas: un mestizaje vivo. ¿Y dónde aprendió eso? Sin duda, en la Estancia del Rosario, donde el folklore, la lengua quichua y las tradiciones criollas se respiraban todos los días.

Ojo con la confusión: ¡no hay alfajores por acá!

Antes de que te tientes y busques dónde comprar merchandising gastronómico, vale hacer una aclaración clave para viajeros e ingeniosos de la trivia:

Aclaración para curiosos: Esta Estancia del Rosario no tiene nada que ver con la conocida fábrica de alfajores y dulces ubicada en La Cumbre, Córdoba. Mientras aquella es un clásico del turismo serrano, la de Antajé es un tesoro del patrimonio histórico y literario del norte argentino.

El Día de la Cultura Nacional nace aquí

El impacto de Ricardo Rojas en nuestra historia fue tan profundo que el día de su fallecimiento (el 29 de julio) se conmemora en todo el país el Día de la Cultura Nacional.

Detrás de las grandes cátedras universitarias que dictó y del hermoso palacio que hoy es su museo en la Ciudad de Buenos Aires, late siempre la memoria de la Estancia del Rosario. Es un recordatorio de que las grandes visiones del país muchas veces nacen en la paz del interior.

 

lunes, 28 de septiembre de 2026

Eduardo Ávila: El maestro rural que convirtió la esencia del monte santiagueño en chacareras



¿Cómo enseñarás a leer y escribir cuando tus alumnos hablan una lengua que jamás estudiaste? Imagina llegar a una escuelita en medio de las soledades del monte santiagueño y encontrarte con esa barrera. Lejos de rendirse o imponerse, para Eduardo Carlos Ávila ese desafío inicial se ha convertido en el motor de una de las carreras más auténticas y profundas de la música popular argentina. Esta es la historia del docente y cantautor que ha entendido que, antes de enseñar, debía aprender a escuchar.

Eduardo ha nacido y ha sido asentado en el registro civil un 28 de septiembre de 1946 en Santiago del Estero. Ha crecido con el repique del bombo legüero y el rasgueo de las guitarras resonando en su hogar. Siendo apenas un niño, se ha incorporado a Los Ávila, el conjunto musical formado por su padre y sus hermanos. Allí la música no era un simple pasatiempo, sino una forma natural de habitar el mundo.

Sin embargo, en su vida latía un deseo con igual fuerza. De su madre, América del Valle, maestra rural, ha heredado la vocación irrenunciable por la enseñanza. Ha seguido sus pasos, se ha recibido de docente y no ha buscado un destino cómodo, sino que ha adquirido el compromiso y ha marchado directo hacia su primer gran reto profesional.

El verdadero punto de inflexión ha ocurrido cuando ha sido asignado a una escuela rural en Mistol Pozo, un pueblo remoto inmerso en las soledades del departamento de Salavina, donde el monte impone su aislamiento. Salavina no era cualquier lugar, sino el corazón palpitante del folklore santiagueño, un territorio donde la tradición ancestral florecía a cada paso. Allí, al ponerse al frente del aula de primer grado inferior, Eduardo ha chocado de frente con una realidad abrumadora, ya que sus pequeños alumnos, los changuitos del lugar, hablaban únicamente en quichua.

¿Qué hacer ante la imposibilidad de comunicarse? La salida fácil hubiera sido forzar la enseñanza en castellano, pero la decisión de Eduardo ha sido la empatía. Guiado por su persistente vocación, se ha propuesto aprender el idioma de sus alumnos. De ese esfuerzo ha nacido un diálogo fluido, íntimo y cómplice que ha roto cualquier distancia.

La consecuencia ha sido profunda. Al derribar esa barrera, se le han abierto de par en par los brotes más puros e incipientes del folklore de Salavina. Esa vivencia ha moldeado su sensibilidad para siempre e ha impregnado de verdad su faceta como compositor.

Eduardo Ávila ha hecho mucho más que alfabetizar en el pizarrón. Ha traducido la vivencia, el arraigo y el sentimiento del monte en obras fundamentales de nuestro cancionero, colaborando con los máximos referentes de la poesía y la música nacional.

Entre sus creaciones más emblemáticas se destacan el tributo a la docencia ya la tierra en Chacarera pal maestro y Porque le canto a mi patria, escritas junto a Pablo Trullenque. La dulzura y la emoción compartida han quedado plasmadas en Con gusto a miel, junto a Víctor Yunes Castillo y Peteco Carabajal, mientras que el latido profundo y el dolor del pago han resonado en De Salavina adentro y La niña murió quemada, también junto a Víctor Yunes Castillo. Asimismo, ha expresado el orgullo de las raíces en Grito argentino, Leyenda de la chacarera y Me llaman el santiagueño, elaboradas junto a Eusebio Héctor Cruz, sumadas a la ternura provinciana en Decí que sí despacito y Mi niña provinciana, compartidas con Francisco Silva.

Eduardo Ávila ha logrado hermanar la tiza con la guitarra, demostrando una verdad tan simple como potente, pues para cantarle con verdad a un pueblo, primero hay que saber escucharlo en su propia lengua.


Los brazos invisibles del campo argentino: la historia detrás del trabajo golondrina

 



Detrás de las marcas récord de exportación, la tecnología de punta y los satélites que miden el rinde de la Pampa Húmeda, la producción agrícola argentina sigue dependiendo de algo tan antiguo como irremplazable: el esfuerzo humano. Cada año, unos 150.000 peones rurales recorren miles de kilómetros siguiendo el calendario de las cosechas. Son los trabajadores golondrina, un motor indispensable para que los alimentos lleguen a las góndolas y a los barcos de exportación.

Pero cuando se mira de cerca quiénes hacen este trabajo, aparece un dato contundente: uno de cada cuatro es santiagueño. Según investigaciones difundidas por Visión Santiagueña e Infobae, más de 35.000 peones salen todos los años de Santiago del Estero hacia los campos del Cuyo, la Patagonia o la Región Pampeana. Más que un movimiento laboral, esta cifra refleja la marcada desigualdad económica que hay entre las provincias.

Un fenómeno histórico con escala global

El empleo agrícola de temporada no es una novedad ni un invento reciente. Está integrado a la matriz agroexportadora del país desde fines del siglo XIX. En 1894, el sociólogo alemán Max Weber analizó el éxito del modelo agrícola argentino y observó que la enorme capacidad del país para exportar granos se apoyaba, en gran medida, en una masa de trabajadores golondrina sin protección laboral que se desplazaba según la demanda.

Este esquema tiene puntos de contacto con otros procesos de migración rural en el mundo, como el conocido Programa Bracero entre México y Estados Unidos o los movimientos de trabajadores en los campos del sur de Europa. En todos los casos, el mercado busca mano de obra dispuesta a mudarse durante los picos de trabajo y a volver a sus hogares cuando la cosecha termina, sin generar costos fijos.

En la Argentina actual, aunque la siembra de granos está casi toda mecanizada, muchos sectores siguen exigiendo recolección manual. El desflorado de maíz híbrido, la cosecha de manzanas y peras en el Alto Valle, las frutas finas, la vendimia y la aceituna necesitan sí o sí del trabajo a mano. La tecnología redujo los plazos de contratación, pero no reemplazó la necesidad de los cosecheros.

Las causas del éxodo santiagueño

Para entender por qué tantas personas salen de Santiago del Estero hay que mirar tanto la realidad ambiental como la falta de empleo local:

  • El impacto ambiental: En un territorio de más de 136.000 kilómetros cuadrados marcado por un clima subtropical semiárido, la deforestación redujo los bosques nativos de ocho millones de hectáreas a solo una décima parte. Esta pérdida dejó sin margen a muchas familias campesinas que vivían de pequeñas parcelas.
  • Un mercado de trabajo cerrado: El informe Mercado laboral, ingresos y vulnerabilidad social del portal Santiago en Datos señala que el 80% de los santiagueños en edad de trabajar no tiene un empleo formal, y en toda la provincia hay apenas 50.000 puestos privados registrados. En zonas como Atamisqui, Loreto, San Martín o Figueroa, viajar a la cosecha no es una elección, sino la única forma de conseguir un ingreso.

La temporada de cosecha dura desde fines de la primavera hasta el otoño. Son jornadas de hasta 14 horas cobradas al destajo —es decir, por kilo o tacho juntado—, muchas veces durmiendo en galpones o carpas sin agua corriente ni luz, dentro de un circuito marcado por la informalidad laboral.

El costo en las familias y en la cultura local

Este desplazamiento continuo altera la vida cotidiana y las tradiciones de las comunidades de origen.

El rol de las mujeres y la separación familiar

En general, los hombres viajan reunidos en cuadrillas de 13 a 17 personas a cargo de un capataz o "cabecilla", y pasan fuera entre dos y tres meses. Durante ese tiempo, las mujeres se quedan solas al frente del hogar: cuidan a los hijos, atienden a los adultos mayores y mantienen las tareas de la casa. En cambio, cuando las mujeres migran a las ciudades para trabajar en casas particulares o en tareas de cuidado, suelen asentarse allí de forma definitiva.

La pérdida de la lengua originaria

El ir y venir constante también aceleró el abandono de costumbres locales. En la zona de los ríos Dulce y Salado, el uso del quichua cayó de manera drástica: mientras que el 70% de los abuelos y el 50% de los padres lo hablaban, hoy solo el 20% de los jóvenes cosecheros conserva la lengua.

Una deuda pendiente con los trabajadores del campo

El trabajo golondrina muestra un contraste claro: un sector agroindustrial moderno y volcado al comercio exterior que convive con condiciones de trabajo muy precarias en la recolección.

Especialistas de la Universidad Nacional de Santiago del Estero coinciden en que las causas están diagnosticadas desde hace años. Lo que falta es una respuesta de fondo por parte del Estado para regular la actividad y garantizar que la producción de alimentos no se haga a costa de la precarización de quienes trabajan la tierra.

Garantizar condiciones dignas de trabajo y generar oportunidades para que la gente no tenga que irse de su provincia sigue siendo una de las deudas más claras de la política social y económica del país.

Para conocer de cerca estas historias, el documental Golondrinas Documental sobre las migraciones temporales muestra el testimonio directo de peones rurales de la localidad de Garza, en Santiago del Estero, y refleja el impacto humano de este viaje que se repite año tras año.

 

 

El secreto del monte santiagueño