martes, 10 de marzo de 2026

El Poeta del Salitral: La Huella de Cristóforo Juárez

 


Fue una de las principales personalidades de la cultura santiagueña y de la región. Maestro, docente, escritor, poeta, investigador, periodista, deportista. Un hombre muy comprometido con las raíces de su tierra natal.

Nació en el paraje Cuyoj, en el departamento Banda, el 24 de julio de 1900. Sus padres fueron don Vicente Juárez y doña Rosario Páez Jerez. Fueron ellos los que advirtieron el desarrollo que tenía el gran pueblo Banda, y eso los llevo a instalarse más cerca de la floreciente ciudad. De esa manera se trasladaron al lugar denominado San Carlos, en el mismo departamento Banda. La familia estaba conformada por siete hermanos, cuatro varones y tres mujeres.

A los nueve años, Cristóforo quedó huérfano de padre. Fue su madre una matrona con fuertes principios cristianos, quien quedó a cargo de sus siete hijos.

Había heredado de su esposo varias hectáreas de campos, y con los frutos de la tierra crió y educó a sus hijos.

El docente

A los dieciséis años se recibió de maestro en la Escuela Normal de La Banda y su primer trabajo como docente fue en Verón, departamento Salavina. De esa manera y allí en relación con la naturaleza y su problemática, esa influencia telúrica de ese hábitat fue lo que trasuntó tiempo después en su obra. Allí captó el conocimiento profundo del monte santiagueño que luego afloró en el poeta y escritor.

Ya casado, junto con su esposa Clara Rosa Caporaletti se trasladó a Suncho Corral y en una escuelita de Azogasta, departamento Sarmiento, a orillas del río Salado, en plena región shalaca santiagueña, continuó su etapa como maestro, para luego trasladarse a la ciudad de La Banda, al barrio La Isla, donde se jubiló como director de su querida Escuela Nacional 409, que él mismo había acunado en su casa, donde vivía con su familia (1955).

Llegó a ocupar el más alto cargo que puede aspirar un docente en Santiago del Estero, fue presidente del Consejo General de Educación y también fue vocal de este estamento oficial.

Obra literaria

Su primer libro “Reflejos del salitral” data del año 1939, con dos ediciones más en 1951 y 1973. Se destacan allí, entre otros poemas, las vidalas restauradas y la poesía dialectal, subtitulada “Brazos de carbón”. En esa obra literaria, con prólogo del escritor, poeta, investigador y abogado santiagueño Bernardo Canal Feijóo, don Cristóforo rescata el valor de la soledad y el dolor por el misterio del monte: ”Me he bañado en la luz de sus lunas nevadas y he pasado corriendo, como sombra ligera de una nube lejana, sin dejarle mis rastros, sin dejarle mis lágrimas, tan salobres y amargas, que se estancan en mi alma como un gran salitral”.

Fue esta obra literaria la que le permitió a nuestro apasionado, respetuoso, sencillo poeta ingresar en ese prestigioso y recordado cenáculo de la historia literaria y política santiagueña: La Brasa.

Esta institución muy cerrada lo admitió en los últimos años de su existencia. Pablo Rojas Paz dijo de nuestro protagonista: “Los que entendemos su lenguaje telúrico llegamos hasta la esencia de su poesía de pueblo castigado, de alma sedienta, de sol rajante, de ceniza caliente, de árbol con las raíces del aire…”.

En 1956 estrena con mucho éxito en el Teatro 25 de Mayo, su obra teatral “La Rubia Moreno”, un drama en tres actos y que fue repuesta muchos años después en 1984.

Don Cristóforo le dedicó como un auténtico eje de su obra un poema a “la Rubia Moreno” y además realizó una investigación histórica de la vida de esta mujer bandeña, Santos Moreno, y su actuación en las luchas por la Independencia provincial y nacional (publicada con estilo periodístico por el diario EL LIBERAL el 18/11/1979) .

Después de algunos años, manifestó su obra con la edición de otra publicación literaria: “Cantares” (1972), allí incluyó chacareras, zambas, gatos, vidalas y coplas, muchas de ellas de carácter histórico y descriptivo (“Romance del Chasqui Venancio Caro” o “Pampa de los Guanacos”. Esta obra sirvió a muchos músicos y cantores para rescatar viejas letras del folclore poético. Allí nuestro poeta dice: “El hombre santiagueño está identificado con el paisaje que lo rodea por la copla, expresión simple y llana; madura de elocuencia y de honda raigambre sentimental”.

En el año 1974 apareció “Llajtay” (pago mío), que es un estudio de carácter histórico-literario en prosa y en verso sobre los orígenes de La Banda, sus personajes, tradiciones, sus árboles, anécdotas de niño, el tren real que unía Buenos Aires con el norte. Ahí demuestra su valoración hacia lo que él consideraba su pueblo. “Absalón el cautivo”, “Carnavales bandeños”, “Los quebrachos colorados”, o sus relatos sobre Antajé, El Polear y Cúyoj, nos conceden a todos los santiagueños el conocimiento profundo de un indiscutible hombre de las letras santiagueñas que marcó el rumbo de esa expresión.

En 1979 nos entrega “La vara prodigiosa”, allí se muestra como un consumado autor de sonetos con entonación filosófica.

Y su obra póstuma “Coplas maduras”, editada por sus hijas y su familia en el año 2011, es una recopilación de varios textos que él no llegó a editar. Allí abundan sus poesías, varias inéditas, letras con métrica de chacareras, zambas, vidalas, todas con esa sangre santiagueña que brotó desde su corazón y que su familia rescató para que su obra perviva en la literatura y el cancionero popular folclórico.

Debemos acotar también que colaboró con destacadas revistas literarias en nuestra provincia como “Picada”, “Vertical” y también en los prestigiosos “Cuadernos de Cultura” en los años setenta.

Su obra musical

Son innumerables los músicos y compositores santiagueños que fundamentaron con melodías sus textos literarios. Sus palabras fueron rescatadas y hoy conforman ese legado vernáculo donde aflora constantemente la esencia tradicional en simbiosis con el ser santiagueño y nacional.

Su primera obra registrada en Sadaic data del año 1964, un 24 de abril y es tal vez la canción que debe tener más versiones. Me estoy refiriendo a la chacarera “A la sombra de mi mama”, con melodía de don Carlos Carabajal.

La familia Carabajal, tanto don Carlos como Agustín, Cuti y Peteco, fueron cautivados por la obra de don Cristóforo Juárez. Pero no fueron los únicos, debemos agregar a esa gran lista nombres prestigiosos del cancionero popular santiagueño de raíz folclórica como: Los Hermanos Simón, Alberto Pérez, Leocadio Torres, Los Hermanos Luis y Antonio Ríos, Orlando Gerez, Juan Díaz, Álvaro Capello, Eduardo Marcos, Hilario Pueyo, Manuel Augusto Jugo, Fortunato Juárez, entre otros, que en dúo autoral con don Cristóforo nos ofrecen manifestaciones musicales de honda influencia musical y poética que se transformaron con el tiempo en cabales enseñanzas para las nuevas generaciones de músicos, cantores, poetas y compositores santiagueños y argentinos que cargan en sus destinos la herencia, convicción y propagación de un mensaje musical que representa la cultura popular de un pueblo.

Cristóforo Juárez pertenece a la especie de esos artistas de una meritoria labor como cronista de la historia, tradiciones y costumbres de su tierra natal, cimentando desde su lugar de escritor, autor, poeta, investigador y periodista, esa búsqueda de representar y dejar constancia de los hechos que marcaron el rumbo y la tradición cultural de esta provincia cuatro veces centenaria.

                     Por: Miguel Coria

Reseña de El Chaco Santiagueño (1921)



Cuando Casimiro González Trilla publicó El Chaco Santiagueño en 1921 no buscaba escribir un tratado académico. Quería contar lo que vio, lo que escuchó y lo que le dolía de una zona de Santiago del Estero que, para la provincia, casi no existía. Hoy, más de cien años después, ese libro sigue siendo la puerta de entrada para entender aquella región.

Contexto y propósito

Trilla se propuso sacar del olvido al Chaco santiagueño. Muchos lo consideraban un rincón marginal, pero él supo que, por su extensión y por sus bosques, era la columna vertebral del sur provincial. No se limita a describir: denuncia. Denuncia el abandono de las autoridades y la tala desenfrenada de los montes, que dejaba a la gente sin recursos. Pero, al mismo tiempo, no cae en el lamento: apunta a un desarrollo posible, equilibrado, integrado realmente a la provincia.

La mirada histórica

El libro empieza por las raíces. Trilla recorre la ocupación colonial sin romanticismos. Explica cómo los juríes, los tonocotés y los vilelas habitaban esas tierras, resistieron a la conquista y fueron lentamente desplazados. La incorporación plena del Chaco al territorio provincial, cuenta, no ocurrió hasta el siglo XIX, cuando la expansión ganadera y agrícola empujó la frontera hacia el oeste. No fue un proceso pacífico; fue la derrota final de un modo de vida.

La riqueza natural

Aquí está lo más concreto del texto. Trilla dedica páginas exactas a los árboles: quebracho, algarrobo, mistol, chañar. No son simples datos botánicos; son la economía de cientos de familias. Describe cómo funcionaban los obrajes: el trabajo agotador, los salarios miserables, la gente que migraba de monte en monte siguiendo la tala. Y no oculta las consecuencias: deforestación acelerada, suelos erosionados, comunidades enteras a la deriva. La fauna y la flora, para él, no son datos de museo: están entrelazadas con la vida cotidiana de quien vive bajo el monte.

La vida social y cultural

Lo más vibrante del libro son estas páginas. Trilla se sienta a tomar mate, asiste a una fiesta patronal, escucha los relatos junto al fogón. Relata las costumbres sin exotismo: cómo se trabajaba, qué se comía, cómo se curaba una herida con hierbas del monte, las creencias mezcladas de lo indígena y lo católico, los cantos que se transmitían de boca en boca. No juzga; observa. Y su descripción —sencilla, sin adornos— transmite la dureza del medio y la ingeniosidad de sus habitantes para sobrevivir en él.

Crítica y propuestas

Trilla no se queda en lo descriptivo. El libro es, también, un reclamo concreto. Pide vías de comunicación, escuelas, un control real sobre los permisos de explotación forestal. Su idea central sigue vigente: el Chaco puede crecer sin que desaparezcan sus bosques ni su gente. Desarrollo, sí —pero con cabeza.

Valor historiográfico

Por eso el libro no envejeció. Trilla combinó archivos provinciales, testimonios orales y su propia observación de campo. Escribe con claridad, sin jerga, y con una pasión contenida que nunca se vuelve sensiblera. Cualquier estudio serio sobre la historia social o económica del sur santiagueño parte de aquí.

Conclusión

El Chaco Santiagueño es, sencillamente, un acto de justicia. Trilla le devolvió la voz a un territorio silenciado y demostró que su historia no es un apéndice, sino una parte esencial de la identidad de Santiago del Estero. Hoy, al leerlo, sigue sonando como un testimonio vivo.

Fuente: Casimiro González Trilla, El Chaco Santiagueño, 1921. Edición del autor. Impreso en El Liberal. / Santiago del Estero, Historia y Cultura


Santiago del Estero, Historia y Cultura

lunes, 9 de marzo de 2026

La Placita de las Chismosas: cuando el rumor dibujó un lugar

 


 Santiago del Estero camina hoy con el ritmo de una ciudad moderna. Las calles se llenaron de cemento y acero, los edificios altos desplazaron a las viejas casonas, y muchas costumbres que antes marcaban la vida cotidiana se fueron apagando con los años. Por eso vale la pena rescatar pequeñas historias del pasado. No por nostalgia, sino porque en ellas se entiende cómo nacen los lugares y por qué ciertos nombres sobreviven al tiempo.

La historia empieza antes de que demolieran la antigua casa de Pedro San Germés, en la esquina de Avellaneda y Buenos Aires. Hoy, en ese punto, se levantan tres figuras de mármol colocadas por la Municipalidad muchos años después. Pero antes de la plaza y de las estatuas, lo que había allí era algo más simple: una esquina donde se reunían las mujeres del barrio.

No tenía carteles ni placas. Era, apenas, un punto de encuentro. Sin embargo, para quienes vivían en la zona, ese rincón tenía vida propia.

Corrían los años de la década de 1910. Santiago todavía funcionaba como un gran pueblo: todos se conocían y las noticias viajaban rápido. En ese ambiente apareció una mujer que no tardó en llamar la atención. Había llegado desde Santa Fe, tenía ojos verdes musgo, una risa fácil y una belleza que destacaba demasiado para la moral reservada de la época.

Estaba casada con un abogado prestigioso, hijo de una familia antigua de la ciudad. Había estudiado y volvía con título bajo el brazo, algo poco común entonces. Su forma de moverse, de conversar, de mirar a los demás parecía romper ciertos códigos sociales que en Santiago se respetaban casi sin discutir.

El comentario empezó a circular pronto.

Alguien dijo haberla visto hablando demasiado tiempo con un ministro durante una cena del gobernador. Otro juraba que sonreía a desconocidos con una confianza que parecía impropia. También se comentó que dos matrimonios estuvieron cerca de romperse por miradas que, según algunos, iban más allá de la simple cortesía.

Nadie la nombraba directamente. Entre murmullos la llamaban “la Cosa”. El anonimato tenía un motivo: sus descendientes todavía caminan por estas calles, orgullosos de su apellido.

Las mujeres del pueblo, guardianas de la memoria oral, reaccionaron con firmeza. Dejaron de invitarla a reuniones, evitaban cruzarla en la vereda y nunca se la vio en los encuentros sociales donde antes participaba. El rechazo fue claro.

Pero, curiosamente, ese mismo rechazo terminó volviéndola parte de la historia local.

Cada tarde, cuando las vecinas regresaban del mercado o salían de misa, muchas terminaban en la esquina de San Germés. Allí se detenían unos minutos. Comparaban lo que habían escuchado, agregaban detalles, corregían versiones. El comentario crecía, cambiaba, se volvía relato.

Con el tiempo, la esquina dejó de ser solo una intersección. Algunos empezaron a llamarla el Rincón del Pelele, un apodo dirigido al marido, al que describían como rígido y algo ingenuo. Otros usaban un nombre que terminaría imponiéndose: la Esquina de las Chismosas.

Dos o tres mujeres conversando allí bastaban para que alguien supiera que había una historia nueva circulando.

Con los años, el escándalo perdió fuerza. La mujer quedó embarazada, envejeció y murió ya mayor, después de pasar toda una vida bajo la mirada curiosa del pueblo. Sin embargo, la costumbre de reunirse en esa esquina siguió existiendo.

Décadas más tarde, la Municipalidad decidió demoler la casa de San Germés y convertir el terreno en una pequeña plaza. Oficialmente recibió el nombre de Antonio Castiglione, grabado en letras grandes sobre el frente.

Pero la gente siguió llamándola de otra manera.

Para los santiagueños, ese lugar ya tenía identidad: la Placita de las chismosas.

Tiempo después, para embellecer el espacio, la comuna instaló tres estatuas de mármol blanco. Son figuras delicadas, inspiradas en la estética clásica. A partir de ahí empezó una confusión que todavía circula: muchos creen que el nombre de la plaza proviene de esas esculturas.

La historia real es la contraria.

Primero existió el rumor. Después nació la plaza. Y recién al final llegaron las estatuas.

Las figuras de piedra no dieron origen al nombre. En todo caso, terminaron rindiendo homenaje silencioso a aquellas mujeres que, con sus conversaciones de esquina, habían convertido ese lugar en algo más que un simple cruce de calles.

Hoy, sentarse en un banco de la placita al caer la tarde tiene algo de viaje en el tiempo. Entre los árboles y el ruido lejano del tránsito todavía se percibe esa vieja costumbre de contar historias.

Porque Santiago no está hecho solo de calles y edificios. También está hecho de voces, de rumores, de pequeñas escenas que se repiten durante años hasta volverse parte del paisaje.

Los lugares, al final, no nacen por decreto.

Nacen del uso que la gente hace de ellos.

Y en la esquina de Avellaneda y Buenos Aires, ese origen fue, sin dudas, un chisme compartido.

Con información de: ramirezdevelazco.blogspot.com


domingo, 8 de marzo de 2026

Dr Ramón Carrillo

 Ramón Carrillo, el primer ministro de Salud de la Nación, considerado como el padre de la medicina preventiva y social en la Argentina.



Luego de cursar sus estudios primarios y secundarios en Santiago del Estero, cursando su carrera de Medicina en la universidad de Buenos Aires. Fue tan brillante en sus estudios que obtuvo en 1929, la Medalla de Oro al mejor alumno de su promoción.

Desde estudiante se orienta hacia la neurología y la neurocirugía, colaborando con el Dr. Manuel Balado, eminente neurocirujano de la época, con quien realiza sus primeros trabajos científicos. Obtiene una beca universitaria para perfeccionarse en Europa en su especialidad. Allí, trabaja e investiga junto a los más destacados especialistas del mundo, entre ellos Cornelius Ariens Kappers.

Regresa a Buenos Aires en plena “Década Infame”, donde puede vivenciar el sistemático saqueo y destrucción que sufre Argentina, en un periodo caracterizado por la decadencia moral de la dirigencia, donde se impone la corrupción, el negociado, la enajenación del patrimonio nacional y el empobrecimiento de una gran mayoría poblacional. Adhiere entonces al pensamiento nacional que toma auge en aquella época. Complementa su educación científica con ideas políticas y formación cultural.

Se vincula con hombres como Homero Manzi, claro representante de nuestra cultura y de las nuevas ideas, y la escuela neurobiológica argentina activa en el Hospicio de las Mercedes y el Hospital de Alienadas, luego hospitales Borda y Moyano. Durante esos años se dedica a la investigación y a la docencia, hasta que en 1939 se hace cargo del Servicio de Neurología y Neurocirugía del Hospital Militar Central. Este cargo le permite conocer con mayor profundidad la realidad sanitaria del país. Toma contacto con las historias clínicas de los aspirantes al servicio militar, procedentes de toda la Argentina, y puede comprobar la prevalencia de enfermedades vinculadas con la pobreza, sobre todo en los aspirantes de las provincias más postergadas. Lleva a cabo estudios estadísticos que determinan que el país sólo contaba con el 45% de las camas necesarias, además distribuidas de manera desigual, con regiones que contaban con 0,00% de camas por mil habitantes. Confirmó de esta manera sus recuerdos e imágenes de provincia, que mostraban el estado de postergación en que se encontraba gran parte del interior argentino.

En 1942, con sólo 36 años, gana por concurso la titularidad de la cátedra de Neurocirugía de la Facultad de Ciencias Médicas de Buenos Aires. Brillante era su carrera en el mundo científico y académico. Sin embargo, los sucesos históricos harían cambiar radicalmente el destino de su vida y de sus pasiones. Son precisamente estos hechos los que harían que la figura de Carrillo tome dimensiones trascendentes. Grandes cambios se producen en el país: en 1943 es derrocado el régimen de Castillo y asume un gobierno militar. En este contexto conoce en el Hospital Militar al Coronel Juan Domingo Perón, con quien comparte largas conversaciones.

Es precisamente el Coronel quien convence al Dr. Carrillo de colaborar en la planificación de la política sanitaria de ese gobierno. Luego Perón llegaría a la presidencia, por vía democrática, y confirma al Dr. Carrillo al frente de la Secretaría de Salud Pública, que posteriormente se transformaría en el Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social de la Nación. 

Difícil es enumerar la prolífica obra del Dr. Carrillo frente a esta cartera. Lleva a cabo acciones que no tienen parangón hasta nuestros días. Esta revolución sanitaria, diseñada y llevada adelante por Ramón Carrillo, aumentó el número de camas existentes en el país, de 66.300 en 1946 a 132.000 en 1954, cuando se retira. Erradicó, en sólo dos años, enfermedades endémicas como el paludismo, con campañas sumamente agresivas. Hizo desaparecer prácticamente la sífilis y las enfermedades venéreas. Disminuyó el índice de mortalidad por tuberculosis de 130 por 100.000 a 36 por 100.000. Terminó con epidemias como el tifus y la brucelosis. Redujo drásticamente el índice de mortalidad infantil del 90 por mil a 56 por mil. Todo esto, dando prioritaria importancia al desarrollo de la medicina preventiva, a la organización hospitalaria, a conceptos como la “centralización normativa y descentralización ejecutiva”. Sin embargo, el legado más importante que dejó el Dr. Carrillo fueron las ideas, principios y fundamentos que acompañaron este accionar. A decir de sus palabras, citamos, las siguientes: “Los problemas de la Medicina como rama del Estado, no pueden resolverse si la política sanitaria no está respaldada por una política social. Del mismo modo que no puede haber una política social sin una economía organizada en beneficio de la mayoría.”; “Solo sirven las conquistas científicas sobre la salud si éstas son accesibles al pueblo.”; “Frente a las enfermedades que genera la miseria, frente a la tristeza, la angustia y el infortunio social de los pueblos, los microbios, como causas de enfermedad, son unas pobres causas.”; “Si yo desaparezco, queda mi obra y queda la verdad sobre mi gigantesco esfuerzo donde dejé mi vida.“ Este hombre formado en el pensamiento científico renunció al prestigio que podía brindarle su carrera para dedicarse al desarrollo de la medicina social, lugar desde donde podía realizar y concretar sus ideas sobre salud. Muere a los cincuenta años, pobre, enfermo y exiliado, recibiendo por correo aportes de un amigo.

Un 8 de marzo de 1883 – Nace Manuel Gómez Carrillo, el arqueólogo del alma musical del norte

 


Nació en Santiago del Estero. Fue músico, recopilador y compositor.

Se trasladó a Buenos Aires para estudiar en la Escuela Industrial y en 1916 se recibió de profesor superior de piano. Al año siguiente, la Universidad Nacional de Tucumán le encargó una compilación de música del norte argentino. Para eso presentó un plan de "recopilación y popularización de la música nativa".

En 1919 empezó el trabajo en Jujuy, donde estaba por cuestiones personales. En 1920 mostró la primera parte de la recopilación en la Sociedad Sarmiento de Tucumán y en el teatro Odeón de Buenos Aires. Después siguió por Salta, Tucumán, Catamarca y La Rioja. La obra se publicó en dos tomos y cuadernos sueltos editados por la universidad.

En Santiago del Estero fue profesor de música en la Escuela Normal y el Colegio Nacional. Integró el grupo La Brasa y la comisión directiva de la Biblioteca Sociedad Sarmiento. Con su esposa Inés Landetta César fundó un conservatorio de música y en 1928 la agrupación Amigos del Arte.

En 1936 se mudó a Rosario, donde fue rector del Profesorado Nacional de Música. Después se instaló en Buenos Aires y trabajó como vicedirector del Instituto Nacional de la Tradición, dirigido por Juan Alfonso Carrizo.

Sus hijos formaron el Cuarteto Gómez Carrillo: Carmen, Manuel, Julio y Jorge Rubén.

Falleció el 27 de marzo de 1968.

Entre sus obras: Al tiempo de arrepentirse, Bailecito de Jujuy, Bajo un coposo pino, Canto indígena, Chacarera antigua, Churito, Danza del cuervo, Despedida de carnaval, Despierta joven querida, El angelito, El jardinero, El marote de doña Belisaria, El palito, Loretano, Estate quieto mischi, Gato deTarapaya, La chileciteña, La donosa de Gallardo, La shalaka, Media cifra de los Agüero, Mi corazón a tus rejas, Nostalgias indígenas, Rapsodia santiagueña, Urpila, Vida mía, Yerba buena, Zamba del chicharrón, entre otras.

Una vieja crónica nos permite conocer algo más al enorme “Coquito” Caceres


Por Roberto Vozza.

El conocer más cercanamente aspectos de la vida de aquel célebre “ juglar ” de las calles santiagueñas, “ Coquito ” Cáceres, resultó siempre un misterio pero que no dejó por ello de engrandecer aún más a quien se reconoce como un mito popular.

En estos días, repasando el enorme archivo personal de crónicas del folclore santiagueño que atesora un cultor de estas cosas como lo es Omar “ Sapo ” Estanciero , aparecieron algunas notas dedicadas a él. Son publicaciones de larga data pero que no aportan mucho para conocer en profundidad a quien fue un cantor popular con un sinnúmero de anécdotas graciosas que quedaron para la historia.

Sin embargo, en la entrevista que le hizo Sebastián López, destacado periodista de “ El Liberal ” de entonces, y que se publicó el 27 de junio de 1971, se rescata algo de la intimidad del inolvidable trovador.

El encuentro fue en aquella humilde morada que Cáceres habitó en la calle Caseros casi Alsina. “Un galpón de incompleto techo de chapa por donde se podía ver el cielo, donde Coquito, sentado en un catre destartalado, rasguea suavemente su vieja guitarra acompasando una chacarera que rebota en las paredes donde de un clavo cuelga una deshilachada camisa a cuadros”. Y describe el periodista: “una nota de color en el ambiente frío del piso de tierra recién barrido”.

La pregunta inicial fue cuándo nació.” Seis años antes del comienzo del siglo XX (1894), en octubre, cuando las flores revientan; Por eso estoy alegre. Mirando a otros aprendí a rasguear la guitarra para meterme por esos arrabales de ranchos de quincha y perros desatados y codearme con bohemios y doctores”, contesta.

Cuenta que en 1935 integró la orquesta “Blanco y Negro ” que componían, entre otros amigos de su juventud Pedro Ríos y Juan Loto; pero después se dedicó a la música y al canto solo para actuar en fiestas. Así anduvo por todos los rincones de la provincia como Villa Brana, Las Tinajas, Campo Gallo, Los Telares, Averías, Salavina, Silípica, animando reuniones familiares y en boliches alumbrados a querosén.

Un día se fue a Tucumán con el mismo objetivo donde permaneció cinco años. Después lo intentó Buenos Aires tras un trabajo más rentable. Allí ofició de maestro pastelero, pero sin dejar nunca la guitarra que lo acompañaba a todos lados.

Y volvió a Santiago para rehilar su bohemia y habitar aquel modesto refugio de la calle Caseros, que en un tiempo compartió con su hermano Juanito -conocido por sus improvisados ​​sketches unipersonales- para cantar por las calles de la ciudad y alternar el desaparecido “Rincón de los Artistas ”.

Y mientras el diálogo sigue, el periodista entrevistador observa y describe…” en un brasero próximo, cuatro leños encendidos calientan la triste comida del mediodía. Hierve el agua en la cacerola entibiando un pedazo de hueso y dos papas negras mal peladas que rendirán más tarde tributo al hambre de este viejo cantor de soledades” …

Y no faltó la anécdota, graciosa pero “ no inventada ” como el mismo dice, como ese cuento que afirma que era hijo de Gardel… “ Pero sí, es cierto. Un día cuando iba a una farra en Chumillo me alcanzó un tipo manejando un carro y me invitó a subir… “Yo le contesté… ¡estás loco! ¡No quiero morir en un accidente como Gardel, mi papá!...

Sobre el final de la entrevista reveló haber compuesto algunos temas, no poco graciosos por su contenido ingenioso. Pero uno, titulado “ La Monzonera ” sintetiza la vida de un bohemio trasnochador cuando expresa…” con mi guitarra voy siempre cantando por los caminos, sin saber cómo ni cuándo encontraré mi destino” .

 “Para mí no hay rumbo fijo, voy a donde corre el viento; y aunque sufra lo que sufra, siempre me verán contento ”

Coquito Cáceres le puso música a una chacarera trunca titulada “ Huella del destino ”, y cuya letra es obra de quien fue su protector, don Pedro Evaristo Díaz. Está registrada en SADAIC pero solamente como autoría de don Pedro porque Coquito no acepta figurar.

Entre las memorias de Díaz existe una partitura musical de esa chacarera donde se impronta su nombre y el de José María Cáceres que no es otro que “ Coquito ”. Ahí se revela su nombre auténtico.

Justamente, el dueño del “ Rincón de los Artistas ” decidió un día en un gesto de enorme sensibilidad humana alojarlo en su casa de Moreno y Alsina.

 “Se manifestó ser un hombre afable, correcto y muy educado, y para mí fue una suerte de abuelo postizo ”, supo recordar en estos tiempos Chuni Cardozo, nieto de Díaz.

Seguramente ello coincidió con la entrevista de Sebastián López, quien describe al mítico cantor, con casi 78 años de edad, como si ya estuviera viejo y enfermo.

Por lo demás, siguen las incógnitas como saber dónde nació, en Buenos Aires o Santiago; o de donde vino y si tuvo familia… Tampoco se supo de su final terrenal, cuándo ocurrió y quién se hizo cargo de sus restos mortales. Probablemente, ya modo de ocurrencia, estos habrían sido sepultados en el osario común del cementerio de La Piedad… Nadie se enteró ni se publicó… Acaso siguiendo al derrotero del solitario y romántico cantor del pueblo que quedó convertido en leyenda…

Publicada en Facebook por Patio Santiagueño

Extraída de una vieja crónica de Sebastián López. Fotos de Omar Estanciero


jueves, 5 de marzo de 2026

Los muñecos de telgopor que tejieron una amistad

 Ricardo Manuel Gómez Oroná, el hombre que Horacio Guaraní bautizaría como Jacinto Piedra, pasó casi dos años fabricando juguetes de telgopor en un taller clandestino de Buenos Aires. Entre peponas rotas y peñas folklóricas, el futuro referente del folklore argentino forjó su camino.



Cuando Ricardo volvió de Bolivia, se reconectó de inmediato con el folklore. En el fondo - y ahora a la luz -  era santiagueño. Aún faltaban años para que Horacio Guaraní lo escuchara cantar y le pusiera el nombre que lo haría conocido: Jacinto Piedra. Por ahora era solo Ricardo, un pibe flaco y torpe que acababa de regresar a Buenos Aires.

La ciudad lo recibió con algunos trabajos esporádicos. Así llegó al restaurante de Raúl Trullenque en Liniers, sobre la calle Tellier. Trullenque era un coterráneo legendario que hacía maravillas con la chacarera. Pero además del restaurante, en el fondo funcionaba un taller clandestino de muñecos de telgopor.

El taller de los juguetes

Ahí Ricardo conoció a Toño Rearte, otro santiagueño con el que compartió durante casi dos años el oficio de fabricar juguetes. El taller era minúsculo: un silo de dos por dos metros y un compresor de aire para rellenar osos de peluche y peponas.

Toño lo recuerda con cariño: Ricardo era torpe. Su cuerpo largo y flaco no encajaba bien en ese espacio tan chico. De cada cuatro muñecos que armaba, rompía tres o provocaba una lluvia de telgopor.

Durante el armado, el cardenal se ponía nerviosísimo. Con cuidado pegaba los ojos de plástico, agregaba rubor en aerosol en las mejillas y deshilachaba arpillera para las pestañas. Cuando los muñecos no le salían bien - casi siempre - los revoleaba y los maldecía.

Siempre había sido hábil con las manos. Una vez le propuso al viejo Trullenque hacer un muñeco rasta. La idea fue descartada de inmediato.

Los recreos del taller

A veces tomaban té con galletitas, otras tardes comían sándwiches de mortadela. Ricardo estaba siempre de buen humor, aunque renegaba por el viaje eterno en tren hasta Liniers.

Cada tanto se sentaba a un costado del silo a escribir. Llevaba en el bolsillo una libreta chica que cerraba rápido cuando el viejo Trullenque pasaba a buscarlo en su Fiat 128 rojo. Juntos salían por toda la Avenida Santa Fe a repartir muñecos. En esas páginas Ricardo iba anotando letras, melodías, fragmentos de lo que vendría.

La noche en la peña

El restaurante de la calle Tellier también era punto de encuentro, escenario de peñas folklóricas. Fue en una de esas noches cuando Ricardo conoció a Cuti Carabajal, el menor de la familia Carabajal y tío de Peteco, su amigo de infancia.

Cuti era parte de los Manseros Santiagueños. Cuando escuchó la voz de Ricardo y sus canciones, lo invitó a tocar con ellos. El talento del muchacho no podía seguir escondido entre peponas y osos de peluche.

En 1979, cuando los Manseros celebraban sus 20 años de trayectoria en el Luna Park, Ricardo subió al escenario y brilló. Esa noche quedó claro: el pibe torpe del taller tenía algo especial cuando agarraba la guitarra.

Con Cuti Carabajal

Con Cuti las tardes pasaban rápido. Jugaban a componer, a arreglar chacareras. Cantaban con ganas. Nunca grabaron nada en serio. Quizá porque Ricardo seguía siendo, en el fondo, un niño cantor.

Cuti lo recuerda como un chico grande, divertido, despreocupado. Dice que tenía un estilo muy nuevo, distinto, y una voz que atraía: voz de indio. Una voz que venía de la tierra.

El nombre que lo hizo leyenda

Años después, cuando Horacio Guaraní lo escuchó cantar, supo que ese muchacho necesitaba un nombre a la altura de su voz. Lo bautizó Jacinto Piedra. Ricardo Manuel Gómez Oroná pasó a la historia con ese apodo que resonaba como el monte santiagueño.

Pero antes de ser Jacinto Piedra, antes de convertirse en referente del folklore argentino, hubo un pibe flaco que rompía muñecos de telgopor en un taller de Liniers. Un muchacho que viajaba en tren, comía sándwiches de mortadela y escribía a escondidas en una libreta.

Sin apuro

Ricardo llevó su talento sin preocupación, sin querer ser una estrella. Entre muñecos rotos y chacareras, entre el telgopor y el polvo santiagueño que nunca lo abandonó, construyó su camino sin prisa.

Jacinto Piedra nació en las peñas de Liniers, entre el telgopor y la mortadela, mucho antes de que tuviera ese nombre. Fue auténtico desde el primer día, incluso cuando fabricaba peponas que le salían mal.

Información extraída del libro “Que lo recuerden brillando” de Cecilia Rayen Guerrero Dewey