Desde la colonia hasta hoy, la explotación de los recursos naturales fue una pieza central de la economía argentina. Cambiaron los gobiernos, los discursos y los contextos internacionales, pero el extractivismo sigue marcando el rumbo, ahora bajo nuevas formas y con viejos dilemas que vuelven a aparecer.
La historia económica
argentina se puede contar, sin demasiados rodeos, como una relación persistente
con la naturaleza. Minerales, tierras fértiles, petróleo, gas. Siempre hubo
algo para extraer, vender y convertir en dólares. Y casi siempre, también, una
promesa: que esa riqueza iba a servir como base para un desarrollo más amplio,
más justo, más duradero.
Esa promesa se repite
desde hace siglos. A veces con entusiasmo, otras con resignación. En los
últimos años volvió a ocupar el centro del debate, empujada por el aumento del
precio internacional de los commodities y por el peso que actividades como la
soja, la minería o los hidrocarburos tienen en la economía nacional.
El extractivismo, lejos
de ser un tema del pasado, sigue funcionando como una de las claves para
entender el presente argentino. No solo por su impacto económico, sino también
por sus consecuencias sociales, territoriales y ambientales. Este texto recorre
ese proceso desde una mirada histórica y crítica, siguiendo el análisis de
Jorge Ignacio Frechero y otros autores, para entender por qué el modelo
extractivo sigue vigente y qué tensiones deja abiertas.
Una
historia larga: América Latina entra al mundo como proveedora de recursos
La incorporación de
América Latina a la economía mundial no fue el resultado de un proceso gradual
ni equilibrado. Fue violenta, forzada y profundamente desigual. Desde fines del
siglo XV, los territorios americanos quedaron integrados a un sistema global como
fuente de metales preciosos, materias primas y alimentos destinados a abastecer
a Europa.
La riqueza que permitió
el crecimiento del capitalismo europeo tuvo su contracara en la explotación de
los territorios coloniales. El oro y la plata extraídos de América financiaron
guerras, industrias y sistemas financieros del otro lado del océano, mientras
acá dejaban poblaciones sometidas, economías dependientes y territorios
devastados.
Argentina se insertó en
ese esquema incluso antes de consolidarse como Estado nacional. Durante el
siglo XIX, el país se organizó alrededor de un modelo agroexportador que
combinaba crecimiento económico con una fuerte dependencia externa. Se
exportaban carnes y cereales, se importaban manufacturas. El resultado fue una
economía dinámica, pero desequilibrada, con una estructura productiva poco
diversificada y muy sensible a los vaivenes del mercado internacional.
Ese patrón dejó marcas que todavía pesan: concentración de la tierra, escaso desarrollo industrial autónomo y una inserción internacional subordinada.
Qué
entendemos por extractivismo
Cuando se habla de
extractivismo no se habla simplemente de extraer recursos. Todas las sociedades
lo hacen para sobrevivir. El concepto apunta a algo más preciso: actividades
orientadas a la explotación intensiva de grandes volúmenes de bienes naturales,
con destino principal en la exportación y con bajo nivel de procesamiento
local.
Este tipo de actividades
suele organizarse en economías de enclave. Espacios productivos que están más
conectados con el mercado global que con el resto del país. Minas, yacimientos
petroleros o monocultivos extensivos que generan divisas, pero pocos
encadenamientos productivos internos.
Históricamente, el
extractivismo en América Latina estuvo asociado a una serie de rasgos bastante
claros: dependencia de los precios internacionales, fuerte presencia de capital
extranjero, impactos sociales y ambientales importantes y una baja capacidad para
generar desarrollo diversificado.
Durante buena parte del
siglo XX, especialmente después de la crisis de 1930, este modelo empezó a ser
cuestionado. La industrialización por sustitución de importaciones buscó
reducir la dependencia externa y fortalecer el mercado interno. En países como
Argentina, el Estado asumió un rol central como planificador, regulador y
empresario.
Sin embargo, el
extractivismo nunca desapareció. Se combinó con otros modelos, cambió de forma
y se adaptó a cada contexto histórico.
El
giro neoliberal y el regreso del modelo primario
A partir de la década de
1970, el avance del neoliberalismo volvió a colocar a las actividades
extractivas en un lugar central. Privatizaciones, apertura comercial y
desregulación facilitaron el ingreso de grandes empresas transnacionales,
especialmente en sectores como la minería, el petróleo y el agro.
En Argentina, este
proceso fue particularmente profundo en los años noventa. La privatización de
YPF, la liberalización del sector minero y la apertura indiscriminada de la
economía consolidaron un esquema orientado hacia la exportación de recursos
naturales, con escasa intervención estatal.
La promesa era conocida:
inversión, crecimiento y derrame. El resultado fue un aumento de las
exportaciones, pero también una fuerte extranjerización, concentración
económica y mayor vulnerabilidad frente a las crisis externas. Cuando el ciclo
se agotó, la crisis de 2001 dejó en evidencia los límites de ese modelo.
El
posneoliberalismo y el surgimiento del neoextractivismo
El colapso del
neoliberalismo abrió un nuevo ciclo político en América Latina. A comienzos del
siglo XXI llegaron gobiernos que se presentaron como alternativas al modelo
anterior. En Argentina, el kirchnerismo impulsó una estrategia basada en crecimiento
económico, políticas sociales y mayor presencia del Estado.
Sin embargo, como señalan
varios autores críticos, este giro no implicó el abandono del extractivismo.
Por el contrario, se produjo una profundización del modelo bajo nuevas formas.
A este proceso se lo denomina neoextractivismo.
¿Qué cambió? El Estado
pasó a tener un rol más activo en la captación de la renta y en su
redistribución a través de políticas sociales. El discurso se volvió más
soberano, más ligado a la idea de desarrollo nacional.
¿Y qué se mantuvo? La
dependencia de los commodities, la inserción internacional subordinada y los
impactos sociales y ambientales de las actividades extractivas.
El extractivismo dejó de
ser presentado como un problema y pasó a ser defendido como una herramienta
necesaria para combatir la pobreza y sostener el crecimiento. Esa es una de las
paradojas centrales del período.
El
caso argentino: minería, agronegocio y energía
En Argentina, el
neoextractivismo se expresa con claridad en tres grandes sectores.
El primero es el
agronegocio. La expansión de la soja transgénica transformó el mapa productivo
del país. Millones de hectáreas se destinaron a un monocultivo orientado casi
exclusivamente a la exportación. El complejo sojero se convirtió en la
principal fuente de divisas, pero también profundizó la concentración de la
tierra, desplazó economías regionales y aumentó el uso de agroquímicos.
El segundo es la
megaminería. Desde los años noventa, la minería metalífera a gran escala creció
de manera sostenida. Provincias como San Juan, Catamarca o Santa Cruz
concentran proyectos operados mayoritariamente por empresas transnacionales.
Aunque generan exportaciones y empleo localizado, estos emprendimientos
enfrentan una fuerte resistencia social por sus impactos ambientales y su
escaso aporte al desarrollo local.
El tercero es el sector
hidrocarburífero. El petróleo y el gas siguen siendo estratégicos. La
recuperación parcial de YPF y el desarrollo de Vaca Muerta reforzaron la
apuesta energética, aunque bajo esquemas que combinan control estatal y
asociación con grandes empresas internacionales.
¿Reindustrialización
o reprimarización?
Uno de los debates
centrales del período 2003–2012 gira en torno a la estructura productiva. ¿Hubo
una verdadera reindustrialización o una vuelta al modelo primario?
Los datos muestran una
situación ambigua. La industria creció después de la crisis de 2001 y recuperó
parte del terreno perdido, pero sin modificar su perfil estructural. Gran parte
del crecimiento estuvo ligado al procesamiento de recursos naturales y a
sectores altamente concentrados y extranjerizados.
Al mismo tiempo, aumentó el peso relativo de la agricultura y otras actividades primarias. Esto refuerza la idea de una reprimarización que convive con una industrialización incompleta y dependiente.
Comercio
exterior: exportar recursos, importar industria
El patrón comercial
argentino refuerza esta lectura. Las exportaciones crecieron con fuerza,
impulsadas por productos primarios, manufacturas de origen agropecuario y
algunos sectores industriales, como el automotriz.
Pero las importaciones
crecieron todavía más rápido, especialmente las de bienes de capital, insumos y
piezas industriales. Esto revela una economía que exporta recursos naturales y
depende del exterior para sostener su propio aparato productivo.
Brasil y China se
consolidaron como socios clave, profundizando relaciones comerciales
asimétricas que refuerzan la especialización primaria.
Inversión
extranjera y concentración económica
La inversión extranjera
directa sigue ocupando un lugar central en la economía argentina. Aunque el
Estado recuperó protagonismo en algunos sectores, la estructura empresarial
continúa siendo altamente concentrada y extranjerizada.
Las grandes empresas
exportadoras, vinculadas a la minería, el agro y la energía, concentran la
mayor parte de las divisas. Mientras tanto, miles de pequeñas y medianas
empresas tienen una participación marginal en el comercio exterior.
Este esquema refuerza la
transferencia de excedentes hacia el exterior y limita las posibilidades de un
desarrollo más equilibrado.
Territorios
en disputa y conflictos sociales
El avance del
extractivismo no ocurre sin consecuencias. Afecta territorios concretos y
formas de vida específicas. De ahí surge una creciente conflictividad
socioambiental en distintas regiones del país.
Asambleas vecinales,
comunidades indígenas y organizaciones sociales cuestionan un modelo que
consideran incompatible con el cuidado del ambiente y con un desarrollo a largo
plazo. Estas resistencias ponen sobre la mesa un límite claro: el desarrollo no
puede imponerse sin consenso social.
Cierre:
una discusión que sigue abierta
Argentina vuelve, una vez
más, a enfrentarse al mismo dilema. El extractivismo ofrece ingresos rápidos en
un contexto global que demanda alimentos, energía y minerales. Pero también
reproduce dependencias estructurales y conflictos que se arrastran desde hace
siglos.
El desafío no pasa solo
por decidir qué se extrae, sino para qué, para quién y bajo qué condiciones. La
historia muestra que los ciclos extractivos son finitos. La pregunta es si,
cuando este ciclo termine, el país habrá logrado algo más que repetir el mismo
camino.
Cuando el extractivismo
llega al hielo: glaciares, agua y un límite en disputa
El sol de la mañana ilumina la cordillera y el hielo brilla como un mar congelado. Bajo ese brillo, los glaciares se derriten poco a poco, formando ríos que bajan por los valles y alimentan acequias, napas y canales que sostienen pueblos desde hace generaciones. Es ahí, en ese agua que corre entre la montaña y los campos, donde el extractivismo deja de ser un concepto abstracto y se vuelve tangible. Por eso, cuando el gobierno de Javier Milei envió al Congreso un proyecto para reformar la Ley de Glaciares, la reacción fue inmediata: no se discutía solo una norma ambiental, sino el acceso al agua en un país cada vez más seco.
“Los glaciares son las reservas de agua del
mundo”, dice Marta Maffei desde Cipolletti, Río Negro. No como consigna, sino
como advertencia. Ex diputada nacional, ex dirigente de Ctera y una de las
impulsoras de la ley sancionada en 2010, Maffei conoce cada artículo que hoy se
busca modificar. También conoce los intereses que presionan para hacerlo.
La Ley 26.639 nació tras
años de movilización social, vetos presidenciales y negociaciones tensas.
Estableció algo básico y a la vez incómodo para el extractivismo: que los
glaciares y los ambientes periglaciales son bienes estratégicos, porque de
ellos depende el agua. Y donde hay agua, hay vida. Y donde hay vida, hay
límites.
Quince años después, ese
límite vuelve a correrse. El proyecto oficial propone que sean las provincias
las que decidan qué glaciares proteger y cuáles no. En términos simples,
habilita a cada jurisdicción a definir si un glaciar estorba o no a un
emprendimiento minero. Para las organizaciones socioambientales y numerosos
juristas, se trata de un retroceso inconstitucional. El artículo 41 de la
Constitución es claro: los presupuestos mínimos de protección ambiental los fija
la Nación.
La Corte Suprema ya se
había pronunciado en 2019. Ratificó la constitucionalidad de la ley y rechazó
la demanda de la minera Barrick Gold, que buscaba seguir operando en zonas
protegidas de San Juan. Aun así, las actividades en áreas prohibidas no se
detuvieron del todo. Investigaciones recientes identificaron más de medio
centenar de emprendimientos mineros sobre campos de hielo, con maquinaria,
caminos y piletas de lixiviación.
Para Maffei, la reforma
no apunta a ordenar el territorio, sino a blanquear esas infracciones. “Quieren
una ley que los cubra”, dice. Convertir en legal lo que durante años fue
ilegal. Borrar del inventario nacional lo que resulta incómodo para la
rentabilidad.
El conflicto se vuelve más áspero en un contexto global de crisis hídrica. Informes internacionales advierten que el mundo ya entró en una suerte de quiebra del agua: acuíferos agotados, ríos que no llegan al mar, glaciares que retroceden a un ritmo acelerado. En Argentina, esos hielos alimentan 39 cuencas hídricas que hacen posible la vida y la producción en provincias enteras. Mendoza, San Juan, parte de la Patagonia: sin glaciares, no hay oasis. Sin oasis, no hay nada.
A este escenario se suma
el Régimen de Incentivos para Grandes Inversiones (RIGI), que promete reglas
estables y beneficios excepcionales para proyectos extractivos de gran escala.
Para las comunidades cordilleranas, la cuenta es simple: menos controles, más
presión sobre el agua, menos margen para decidir cómo y para quién se usa el
territorio.
Así, el debate por la Ley
de Glaciares condensa, en el presente, todas las tensiones del extractivismo
argentino. Desarrollo y ambiente, divisas y derechos, urgencia económica y
futuro. Pero también algo más profundo: la pregunta por quién decide. Porque
cuando el agua entra en negociación, no se discute solo un recurso. Se discute
la posibilidad misma de seguir habitando esos lugares.
Fuente: Extractivismo en la economía argentina. Categorías,
etapas históricas y presente. (Jorge Ignacio Frechero)






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