Un documento olvidado revela los sueños, las disputas y la fe inquebrantable en el progreso de una provincia que miraba al horizonte con esperanza
En 1885, mientras Buenos
Aires se vestía de modernidad europea y el puerto se llenaba de vapores y
mercancías, un hombre de campo con escuadra y compás se sentó a escribir la historia
de su tierra. Alejandro Gancedo, agrimensor y profesor del Colegio Nacional de
Santiago del Estero, no imaginó que su "Memoria Descriptiva" se
convertiría más de un siglo después en un documento clave para entender las
raíces profundas de la Argentina interior.
La tarea no era menor. El
gobierno nacional había abierto un concurso para que cada provincia redactara
un informe detallado sobre su geografía, economía y posibilidades. Gancedo, sin
embargo, no se limitó a cumplir con el formulario. Con una pluma que oscilaba
entre la precisión técnica y la pasión patriótica, construyó un retrato que es
a la vez inventario, diagnóstico y declaración de principios.
Un
territorio que aún no se definía
Cuando Gancedo empezó a
trazar los límites de Santiago del Estero, se encontró con un problema
incómodo: nadie sabía con certeza dónde terminaba la provincia y dónde
empezaban las vecinas. Catamarca, Córdoba y Tucumán disputaban cada palmo de
tierra, y los documentos coloniales —Cédulas Reales del siglo XVII, deslindes
confusos, actas perdidas— ofrecían más preguntas que respuestas.
"Todo es una
tragedia en la que figuran personajes de forma humana con el más desenfrenado
salvajismo", escribió Gancedo al referirse a la historia política de la
provincia. No exageraba. Las disputas territoriales eran apenas el síntoma de
un problema más profundo: Santiago del Estero, fundada en 1553, era una de las
ciudades más antiguas del territorio argentino, pero también una de las más
castigadas por el aislamiento y la violencia política.
El autor no se guardó críticas. Al describir el acuerdo limítrofe con Catamarca, firmado en 1881, lamentó la pérdida de "no menos de cuarenta leguas cuadradas de terreno". Un agrimensor no podía tolerar que las fronteras se definieran por acuerdos políticos apresurados y no por la geografía y la historia.
El
ombligo del mundo vegetal
Más allá de las disputas
políticas, Gancedo descubrió un universo de riqueza natural que desbordaba los
mapas. Las sierras de Guasayan, Sumampa y Ambargasta eran apenas las arrugas de
una vasta llanura que se extendía hasta perderse en el horizonte. Pero lo que
realmente fascinó al agrimensor fue la exuberancia de una naturaleza que los
porteños ignoraban.
Los algarrobos y
quebrachos, esos árboles de madera dura que desafiaban los siglos, poblaban los
bosques con una generosidad que hoy parece increíble. Gancedo anotó con
precisión científica sus alturas y diámetros, como si estuviera levantando un
inventario de las riquezas del reino vegetal. El quebracho colorado, esa madera
que se petrificaba en el agua y duraba más de un siglo, era el material de
construcción que hacía soñar a ingenieros y arquitectos.
Pero la fauna también
ocupaba un lugar central en el relato. El "tigre americano" (el
jaguar), el puma, el quirquincho, la vibrar de la cruz, y una variedad
asombrosa de aves y peces desfilan por las páginas con nombres científicos y
descripciones minuciosas. Era una naturaleza plena, indómita, que los
santiagueños conocían y respetaban.
La
sal como bendición
Uno de los pasajes más
apasionados de la memoria de Gancedo es su defensa del suelo santiagueño. En su
época, circulaba la idea de que las tierras de Santiago del Estero eran
estériles porque en algunos puntos afloraban sales. Para el agrimensor, esta creencia
no era solo equivocada: era una ofensa al potencial de la provincia.
Citando a agrónomos
europeos y estudios sobre la sal como fertilizante, Gancedo se lanzó a una
defensa encendida del terruño. El cloruro de sodio, argumentaba, no solo no
dañaba el suelo, sino que actuaba como un estimulante natural para los
cultivos. Hablaba de experimentos en los que la sal había aumentado el
rendimiento de la cebada y el trigo, y recordaba que en Suiza e Inglaterra la
sal era considerada un alimento indispensable para el ganado.
"Los economistas Turgot, Neker y otros consideraron siempre la restricción de la sal como contraria al desarrollo de la riqueza pública", escribió Gancedo, citando a las autoridades europeas para refutar a los ignorantes locales. No era solo una cuestión técnica, sino una batalla por el orgullo provincial.
El
agua como obsesión
Si hay un capítulo que
condensa el espíritu visionario de Gancedo, es el dedicado a los ríos Dulce y
Salado. El agua, para él, era el verdadero motor del progreso. Y su gran
obsesión —compartida con el gobernador Manuel Taboada veinte años antes— era
desviar el Río Dulce por su antiguo cauce para que volviera a regar las
poblaciones de Loreto, Atamisqui y Salavina.
"El Dulce es nuestro
Nilo", escribió, parafraseando a Taboada. La obra, que beneficiaría más de
150 leguas cuadradas, era para él "el secreto de nuestro porvenir".
No es difícil imaginar a Gancedo recorriendo los cauces secos, midiendo
pendientes y calculando caudales, convencido de que la solución a todos los
males de la provincia estaba en el manejo inteligente del agua.
Pero también era un
lamento. El río se había desviado de su curso histórico, y las poblaciones que
una vez prosperaron a su orilla habían quedado abandonadas. "Es preciso
que no tomemos con tanto ardor la política y nos dediquemos un momento a
considerar lo que pasa en cada punto de nuestro querido suelo", reclamaba
con un tono que mezclaba la frustración y la esperanza.
El
ferrocarril que no llegaba
Gancedo dedicó varias
páginas a describir el sistema de comunicaciones de la provincia, y el
diagnóstico era implacable: Santiago del Estero estaba aislada. Los caminos
carreteros formaban una "red", pero eran deficientes. Los ríos eran
"susceptibles de ser navegados", pero nadie lo había intentado
seriamente. El Ferrocarril Central Norte apenas rozaba el territorio
provincial, sirviendo más como límite con Catamarca que como vía de
integración.
La construcción de un
ramal desde la estación Frías hasta la ciudad capital era su gran anhelo. El
tren, pensaba Gancedo, traería no solo mercancías, sino "progreso material
e intelectual". Era la fe de su generación: creer que el ferrocarril era
la llave que abriría todas las puertas.
Y en gran medida, no se
equivocaba. La llegada del tren transformó la Argentina del siglo XIX, y
Santiago del Estero no fue la excepción. Pero Gancedo también señalaba lo que
faltaba: correos regulares, telégrafos, caminos en buen estado. Su diagnóstico
era el de un hombre que veía el potencial y las limitaciones con la misma
claridad.
El
despertar agrícola
El capítulo sobre
agricultura es quizás el más vibrante de toda la memoria. Gancedo describe un
fenómeno que estaba transformando la provincia: el auge del cultivo de la caña
de azúcar. "Quién conoció la Provincia seis años antes de esta fecha, la
desconocería completamente en la presente", escribió.
Los datos son
contundentes. En 1876, Santiago del Estero tenía apenas 80 surcos de caña. En
1881, la cifra había saltado a 580 cuadras. La tierra, que antes se vendía por
mil patacones la legua, se cotizaba a "veinte y cinco y treinta pesos la
cuadra". El valor se había centuplicado en pocos años.
Detrás de este despegue
estaban hombres como Pedro San Germes y Jaime Vieyra, a quienes Gancedo retrata
con admiración. Sus ingenios azucareros, con maquinaria moderna traída de
Europa y una organización casi industrial, eran la prueba viviente de que la
agricultura podía ser el motor del desarrollo provincial.
Gancedo calculó con
precisión los costos y rendimientos: los suelos arcillosos, los sistemas de
riego con acequias, los arados norteamericanos, las trilladoras a vapor. Era un
manual práctico de cómo construir una provincia agrícola moderna.
La
ganadería silenciosa
Menos espectacular que la
caña de azúcar, pero igualmente fundamental, era la ganadería. Gancedo
describió con detalle las razas de ganado vacuno, yeguarizo, mular y ovino.
Destacó la superioridad de la mula santiagueña, un animal sufrido y resistente
que era la base de los transportes en toda la región.
Pero también señaló un
problema que persistiría durante décadas: el sistema de cría era
"primitivo". El campo era comunal, los animales pastaban sin control,
y los propietarios a menudo ni siquiera sabían cuántas cabezas tenían. La
solución, para Gancedo, era un Código Rural que ordenara el uso de la tierra y
el manejo del ganado.
Su crítica a los catastros es particularmente mordaz. Los empadronadores, escribió, "no saben valorar una propiedad" y favorecen a amigos y parientes. El resultado son estadísticas falsas que impiden una administración justa de los impuestos. Es una denuncia que todavía resuena en la política argentina actual.
Un
hombre de su tiempo
Lo más fascinante de la
"Memoria Descriptiva" es que Gancedo no se limitó a describir.
También juzgó, criticó y soñó. Su dedicación a la juventud de la provincia, con
la que abre el libro, es un manifiesto completo de sus convicciones:
"Juventud
santiagueña – escribió- No desmayéis ante los pasajeros obstáculos que en
vuestro difícil camino se os presenten; pensando siempre en vuestro deber,
recordad que vuestra provincia posee miles de leguas de terreno de exuberante
vegetación".
Su optimismo era una
elección personal, una decisión de mirar hacia adelante a pesar de todo. Y en
esa mirada, Gancedo fue un hijo de la generación del ochenta, esa elite
intelectual y política que creía en el progreso, la ciencia y la inmigración
como los instrumentos de la redención nacional.
El
mapa de un futuro posible
Hoy, al leer la memoria
de Gancedo, encontramos un documento que es muchas cosas a la vez. Es un
inventario de recursos naturales que ya no existen con la misma abundancia. Es
un diagnóstico económico que adelantó los dilemas del desarrollo regional. Es
una crítica política a un sistema que castigaba el trabajo y premiaba la
especulación.
Pero es también un sueño.
Gancedo creyó que Santiago del Estero podía ser una provincia próspera, con
industrias pujantes, caminos bien trazados, escuelas para todos. Creyó que el
trabajo y la educación podían vencer al caudillismo y la pobreza.
La historia, con su
ironía implacable, le dio la razón a medias. La provincia se transformó, pero
también enfrentó nuevos desafíos. El ferrocarril llegó, pero la concentración
de la tierra y el éxodo rural persistieron.
Aun así, la memoria de Gancedo sigue siendo un recordatorio de que el futuro se construye con diagnósticos precisos y esperanzas bien fundadas. Y también, como él mismo escribió, con la certeza de que "marcharemos siempre adelante, a pesar de todo, buscando el bien de la patria".
Tres
claves para entender el legado de Gancedo:
1. Diagnóstico del
aislamiento – El autor identificó la falta de comunicaciones como el principal
freno al desarrollo de Santiago del Estero, señalando un problema estructural
que marcaría a la provincia durante décadas.
2. Fe en el progreso
agroindustrial – Su defensa de la agricultura, especialmente la caña de azúcar
y la vid, refleja la confianza en el potencial productivo de la tierra, un
optimismo que se tradujo en inversiones reales.
3. Crítica a la
administración – La denuncia de catastros fraudulentos y la falta de
estadísticas confiables revela una conciencia temprana de la necesidad de
modernizar el Estado y combatir la corrupción.
Reflexiones finales:
1. La "Memoria
Descriptiva" captura un momento de transición en la historia argentina,
cuando el país dejaba atrás el caudillismo y se asomaba a la modernidad.
2. La obra de Gancedo es
un testimonio del optimismo de una generación que creía en el progreso como una
fuerza inexorable, capaz de transformar las realidades más adversas.
3. Más allá de su valor
histórico, el documento sigue siendo relevante como ejemplo de cómo se puede
construir una narrativa esperanzadora sin perder de vista los problemas
estructurales.






