martes, 2 de junio de 2026

Cadenas en el monte: El Almamula, la maldición del norte argentino que nadie se atreve a nombrar

En las noches de Santiago del Estero, el viento helado y el sonido de hierros arrastrándose anuncian la llegada de una criatura que no es un simple monstruo, sino el castigo viviente de los pecados ocultos. Un viaje al corazón de una leyenda que usó el miedo para imponer la moral y que, hasta el día de hoy, eriza la piel de los viajeros.



Hay tierras en el corazón del norte argentino donde el calor parece derretir el aire y los montes guardan secretos que la gente prefiere no despertar. Santiago del Estero es una de ellas. Allí, cuando el sol cae y las sombras se alargan entre los cañaverales y los senderos de tierra, las familias se encierran. No temen a un animal salvaje ni a las alimañas. Temen al castigo. Temen al Almamula.

La anatomía de la culpa

Dicen los que saben que el Almamula no nace de la biología, sino del pecado. En comunidades antiguas, profundamente marcadas por el dogma de la Iglesia y el peso de la sociedad, aquellos que cometían actos prohibidos, incesto, adulterio o deseos inconfesables, eran condenados a una maldición terrible.

Durante el día, el pecador podía caminar entre sus vecinos con una apariencia completamente normal. Pero al caer el sol, la humanidad se desprendía de su cuerpo para dar paso al tormento. La persona se transformaba en una mula descomunal, negra como la noche, de crines desordenadas y ojos rojos como brazas encendidas. Pero lo peor no era su figura, sino lo que cargaba: cadenas colgando del cuello, el peso metálico de su propia culpa.

El terror que cabalga en la oscuridad

Qquienes aseguran haberlo visto coinciden en un detalle escalofriante: al almamula primero se lo escucha. No llega en silencio. Su presencia se anuncia con el chirrido de las cadenas arrastrándose sobre la tierra seca, un viento helado que corta el aire estival del monte y un bramido grave, desgarrador, que rompe el silencio de la noche.

Entonces, el monte reacciona. Los perros de las casas ladran desesperados, tirando de sus cadenas; las aves enmudecen. Y la gente, desde el interior de los ranchos, se aferra a sus rosarios rezando para que la sombra de ojos brillantes pase de largo. El animal corre, relincha y golpea la tierra con sus cascos, en un intento fútil por liberarse de lo que lo atormenta, solo logrando infundir un terror absoluto en quien se atreva a cruzarlo.

El control social y las huellas del amanecer

Más allá del espanto, la leyenda siempre cumplió un propósito implacable: el control social. Los viejos del monte contaban que el almamula era la prueba viviente del precio del pecado. Y había una forma de descubrir al condenado: bastaba con seguir las huellas del animal al amanecer. Invariablemente, el rastro terminaba en la puerta de un rancho. Y detrás de esas paredes, vivía el portador del secreto.

Los testimonios se multiplican por los caminos santiagueños. Un ciclista que volvía de un baile juró haber sido perseguido por la bestia incansable, salvándose únicamente al cruzar el umbral de la iglesia local. En los ingenios azucareros, los obreros aún hablan del sonido metálico que se cuela entre los cañaverales, rodeándolos en la oscuridad.

También están las tragedias familiares. Una mujer relató cómo su tía, señalada por el pueblo como pecadora, era asediada cada noche por los bramidos cerca de su casa. El día que la tía murió, el monte entero guardó un silencio sepulcral. Nunca más se volvió a escuchar al Almamula en esa zona.

Facones de plata en Clodomira

Las crónicas orales guardan relatos que se transmiten de generación en generación, como la de una familia que en los años 70 acampaba en la vieja estación de tren de Clodomira. Era una noche de verano, y los durmientes descansaban en los catres de la galería cuando los perros estallaron en ladridos frenéticos.

Los hombres de la casa no dudaron. Salieron a la oscuridad armados con faroles y facones de plata cruzados en forma de espada, listos para hacerle frente a la bestia. Afuera, la silueta de un caballo negro de ojos rojos los observaba. El tiempo que duró el enfrentamiento es un misterio que los niños, escondidos adentro, nunca terminaron de entender, pero que quedó grabado a fuego en la memoria familiar de los santiagueños.

Un mito universal con raíces profundas

El Almamula no camina solo por el mundo de los mitos. Comparte el deambular eterno con La Llorona, aunque mientras esta busca a sus hijos, la mula maldita carga con el peso de la transgresión. Incluso resuena con figuras de otras latitudes, como los Skinwalkers (brujos transformados en animales) de los navajos en Estados Unidos.

Sin embargo, a diferencia de los críptidos que la criptozoología intenta explicar cómo bestias físicas, como el Yeti o el Okapi, , el Almamula tiene un origen puramente sobrenatural y religioso. No es un animal del monte. Es un castigo. Los investigadores coinciden en que esta leyenda fue una herramienta magistral para imponer reglas en comunidades aisladas, utilizando un miedo tan visceral que logró atravesar los siglos.

El peso de los secretos

Pero entonces, la duda persiste en el aire espeso de la noche. Si solo fuera un cuento para asustar niños, ¿cómo se explican las cadenas? ¿Las persecuciones a muerte en medio de la ruta? ¿El silencio antinatural del monte cuando alguien muere?

Quizás el Almamula no sea más que el reflejo de lo que más tememos como sociedad: el castigo, la culpa ineludible y esos secretos aterradores que, tarde o temprano, siempre salen a la luz.

Así que ya lo sabes. Si alguna vez tus pasos te llevan por el norte argentino, por los caminos de tierra de Santiago del Estero, y sientes que el viento se vuelve helado de repente; si escuchas cadenas arrastrándose en la oscuridad y un bramido retumba en el monte... reza. Porque quizás lo que se acerca no es un animal cualquiera. Quizás sea el Almamula, y venga a cobrar lo que se le debe.

Fuente y material de referencia: ElAlmamula: la leyenda argentina que nadie quiere escuchar 

 


FORTUNATO JUÁREZ: Genuina personalidad del nativismo santiagueño

 Por Miguel Coria



Una tarde del año 1990 llegó a la disquería RADAR (Peatonal Tucumán N°16) a una reunión con el gerente para concretar la grabación y edición de un material discográfico. 

Don FORTUNATO JUÁREZ llegó con toda su humildad a cuestas, con su sonrisa inconfundible, con esa personalidad austera y paisana, pero con toda una trayectoria a sus espaldas como músico, autor, compositor y figura legendaria del arte nativo santiagueño.

Allí lo conocí personalmente; artísticamente lo hice desde siempre. Desde sus consagradas obras musicales marcando la belleza, el paisaje, los personajes y la historia de un Santiago que hoy extraña sus formas y su arte.

Don Fortunato junto a sus hermanos y sobrino, LOS HERMANOS JUÁREZ, lograron plasmar en una grabación (cassette) un material discográfico (foto) que hoy es un objeto de "culto" en el patrimonio musical santiagueño de raíz nativa.

Hasta cuando caminaba mostraba la "santiagueñidad" don Fortunato. 

Con un vocabulario plagado de santiagueñismos auténticos (utilizaba muchos diminutivos), los que alguna vez hemos podido dialogar con él, además de estar hablando con una figura fundamental del movimiento tradicionalista santiagueño, nos nutrimos de aquel hombre de "tierra adentro", cuya personalidad y costumbres seguían unidos a la tierra, su vida seguía atada a las tradiciones de éste pueblo y ese camino lo llevó a enriquecer la cultura popular de nuestro suelo.

En otra de sus visitas a la disqueria y productora discográfica RADAR me obsequió una gacetilla (todavía la conservo) con una serie de notas periodísticas de medios santiagueños y argentinos. 

Hoy se recuerda 21 años de su fallecimiento, de su paso hacia ese otro plano; pero su recuerdo y su obra siguen estando presente en cada músico, en cada cantor, en cada compositor, en cada poeta santiagueño dando prueba de su existencia y preservando esa autenticidad nacida desde las raíces mismas de una provincia donde más allá de los tiempos todavía habitan en su arte la belleza y la frescura de lo genuino. 

 

sábado, 30 de mayo de 2026

Crónica desde el corazón de Santiago: donde la ecología y el orgullo de los oficios ancestrales vencieron al desmonte

 



En la inmensidad del mapa argentino, hay lugares donde el tiempo parece haber tomado una decisión sabia: no apurarse, sino madurar. Unos 200 kilómetros al este de la capital de Santiago del Estero, donde el sol dobla la apuesta y el polvo cuenta historias, se encuentra Quimilí Paso, un pequeño rincón del monte que se convirtió en el epicentro de un milagro silencioso. No es un milagro de esos que salen en los noticieros con luces de neón, sino uno que se amasa con las manos, se teje en el telar y se respira bajo la sombra de los algarrobos.

La historia reciente de este pueblo es el testimonio de cómo la ecología y la identidad cultural pueden salvarse mutuamente. En pleno corazón de la llanura chaqueña-santiagueña, una comunidad decidió plantarse frente al desmonte y el olvido para reconstruir su destino a partir de lo que mejor sabe hacer: honrar la herencia de sus mayores.

Un refugio verde en la tierra del mistol

El punto de inflexión para Quimilí Paso comenzó a gestarse hace poco más de dos décadas con la creación de la Reserva Natural Amílcar Romeo, un espacio que nació bajo el ala protectora de la Asociación Adobe. En aquel entonces, el monte santiagueño sufría, como tantas otras regiones del Gran Chaco, el avance implacable de la frontera agrícola y la deforestación.

Hoy, caminar por los senderos de la reserva es entrar a una suerte de arca de Noé botánica. En poco más de veinte años, el área protegida logró lo que muchos creían imposible: recuperar especies nativas de fauna y flora que estaban al borde de desaparecer de la zona. El paisaje, antes amenazado, hoy vibra con el verde grisáceo de las tunas nativas, los mistoles, los chañares y esos algarrobos históricos que son la columna vertebral de la vida santiagueña.

La reserva demostró que el monte no es "tierra vacía" o "maleza a desmontar", sino un ecosistema vivo y productivo. Pero el verdadero acierto de la Asociación Adobe —impulsada fuertemente por la enorme labor de Andreina Bassetti de Rocca, quien falleció en 2024 a los 99 años de edad dejando un legado imborrable— fue entender que no se puede proteger la naturaleza si se expulsa o se condena al olvido a la gente que vive en ella.

Manos santiagueñas: la resurrección de los oficios

La ecología en Quimilí Paso vino acompañada de una revolución cultural en las aulas y los patios coloniales. A través de un trabajo constante en las escuelas de la zona, la asociación comenzó a sembrar una semilla en los más chicos: el orgullo por las técnicas ancestrales. Se reactivaron talleres de alfarería moldeada a mano, tejidos en telar criollo que reviven los antiguos baetones (mantas de lana tupida) y, fundamentalmente, la ebanistería.

Es imposible hablar de Quimilí Paso sin encontrarse con el apellido Galeano. La tradición de tallar la madera corre por las venas de esta familia como la savia misma. Todo comenzó con don Juan de la Cruz Galeano y sus hijos (Chango, Raúl y Juan Segundo), y continuó con Néstor Raúl, recordado con cariño por todo el pueblo como "don Boli".

Hoy, el heredero de ese conocimiento es Renzo Galeano, un joven ebanista que se transformó en un auténtico referente del diseño sustentable y cuyos muebles hoy atraen a viajeros de todo el país hasta este rincón santiagueño, cerca de Colonia Dora.

Ebanistería de monte adentro: el secreto de la luna menguante

Renzo trabaja la madera con una filosofía que desconcierta a la inmediatez de la vida urbana. No se trata de talar por talar; el respeto por el monte es absoluto. Para las piezas de gran porte utiliza algarrobo, pero siempre bajo la premisa de que sea "seco en pie", es decir, árboles que terminaron su ciclo vital de forma natural.

Sin embargo, el verdadero sello distintivo de sus sillas y sillones es el uso del chañar.

"El chañar para muchos es plaga y para nosotros es una bendición. No sirve para mucho más que para este tipo de muebles", explica Renzo Galeano con el orgullo de quien custodia un secreto antiguo.

Y el secreto no es menor. Para que un mueble de chañar resista el paso del tiempo y dure cien años sin quebrarse ni ser atacado por los insectos, los artesanos siguen a rajatabla una lección heredada de los pueblos indígenas y los viejos hacheros del monte: la madera solo se puede cortar durante dos semanas al año, bajo la estricta influencia de la luna en cuarto menguante, entre los meses de mayo y junio.

Esta sincronía perfecta entre el ritmo cósmico, los ciclos de la naturaleza y el trabajo manual es lo que dota a las piezas de Renzo de un valor único. Hace unos cinco años, el ebanista montó un showroom construido íntegramente en adobe a la vera de la ruta, un espacio casi surrealista en medio del paisaje donde los muebles de diseño contemporáneo conviven con baetones antiguos expuestos como obras de arte.

Arquitectura con aroma a tierra: la Capilla de Adobe

El renacimiento de Quimilí Paso también quedó tallado en sus paredes. En el año 2006, la comunidad sintió la necesidad de levantar un espacio de encuentro espiritual. Fieles a su identidad, decidieron rechazar el cemento industrial y volvieron a la técnica constructiva que define al norte argentino: el adobe.

 

La capilla de Quimilí Paso, levantada en adobe en 2006, un símbolo de fe, comunión y arquitectura identitaria.. Source: La Nación

 

La obra fue dirigida por el propio "don Boli" Galeano, quien se inspiró en los planos de una antigua capilla familiar ubicada en San Nicolás. El resultado es una estructura bellísima que se mimetiza con la tierra circundante. Cuenta con un campanario exento construido completamente en madera y un interior rústico que invita al silencio. Andreina Bassetti de Rocca trajo desde Milán, su tierra natal, la imagen de la Virgen Niña que hoy corona el altar, consagrado formalmente el 19 de noviembre de 2006 ante las lágrimas y los aplausos de todos los vecinos.

La capilla no es solo un templo; es el recordatorio físico de que el adobe —tantas veces asociado injustamente a la postergación— es en realidad una técnica de arquitectura bioclimática formidable, capaz de aislar el impiadoso calor del verano santiagueño y conservar el calor durante las heladas noches de invierno.

Identidad como motor de futuro

Lo que ocurre en este paraje santiagueño no es un hecho aislado en el mapa de la cultura argentina, sino una tendencia que empieza a tomar fuerza: el turismo vivencial y de arraigo. Los viajeros ya no buscan solamente paisajes de postal para sacarse una foto; buscan experiencias con alma, historias reales y objetos que tengan una identidad clara.

Quimilí Paso demuestra que el camino para fijar la población al territorio y evitar el desarraigo de los jóvenes hacia las grandes periferias urbanas no pasa por olvidar el pasado, sino por actualizarlo. Cuando un chico del monte ve que los muebles que hace su vecino se venden a nivel nacional, o que los tejidos de sus madres son valorados como piezas de alta artesanía, la perspectiva cambia. El monte deja de ser un lugar del que hay que escapar para convertirse en el lugar donde se elige echar raíces.

Con su reserva protegida, sus huertas orgánicas comunitarias, su fe de barro y sus ebanistas que miran la luna antes de tocar un árbol, este pequeño pueblo nos deja una lección enorme: la verdadera modernidad consiste, a veces, en tener el coraje de volver a las fuentes.

Guía para el viajero: Datos útiles

Si tenés ganas de conocer este rincón santiagueño, te dejamos algunas recomendaciones clave para armar el viaje:

  • Cuándo ir: Se recomienda planificar la visita para los meses de otoño, invierno o primavera (de mayo a octubre). El verano santiagueño suele registrar temperaturas extremadamente altas que dificultan las caminatas por el monte.
  • Cómo visitarlo: Para recorrer la Reserva Natural Amílcar Romeo, conocer la huerta comunitaria y visitar la capilla de adobe, es fundamental coordinar una cita previa para asegurar que los guías locales e integrantes del proyecto estén disponibles.
  • Contactos de la Asociación Adobe:
    • En Santiago del Estero: (3844) 58-6403 (Diego Flamenco).
    • En Buenos Aires: (11) 2554-5504.

 

 

viernes, 29 de mayo de 2026

Las manos de mi madre: el latido eterno que vuelve a encender los fuegos de La Banda

Con un busto homenaje de 1,60 metros a Doña María Luisa y un ciclo de música en las escuelas, año a año la Fiesta de la Abuela Carabajal  se prepara para recibir a miles de almas en el mítico barrio Los Lagos.



Por Leyenda del folclore santiagueño

Hay hogares cuyas paredes no logran contener el sonido, y patios donde la tierra misma parece tararear una chacarera. En la ciudad de La Banda, Santiago del Estero, el patio de la familia Carabajal es el epicentro de un milagro que se renueva cada mes de agosto. La tradicional Fiesta de la Abuela Carabajal no solo congrega año tras año a miles de almas sedientas de violines y bombos, sino que suma hitos que dejan una marca eterna en su paisaje cultural: la inauguración de un imponente busto de 1,60 metros en honor a Doña María Luisa Paz de Carabajal y el lanzamiento de un ciclo de músicos en vivo que lleva la identidad folclórica directamente a las escuelas bandeñas.

Lo que nació hace décadas como una íntima reunión familiar para celebrar el cumpleaños de la matriarca —un festejo tradicional que inició hace más de setenta años y con el tiempo se volvió masivo—, hoy es un fenómeno cultural de escala internacional. Cada año, durante los días 16, 17 y 18 de agosto, el solar del tradicional barrio Los Lagos se transforma en un santuario a cielo abierto. Bajo el nombre "Las Manos de mi Madre" —en una profunda referencia a la célebre canción compuesta por Carlos Oscar "Peteco" Carabajal—, el encuentro despliega un amplio programa de actividades cuyo eje late en la participación espontánea sobre el escenario montado en la calle Ingeniero Iturbe al 100, en la emblemática "Cuna de Poetas y Cantores".

El mapa de un rito que desborda las peñas

Para el verdadero amante del folklore, el festejo comienza mucho antes de los días centrales. El circuito peñero, esa antesala necesaria donde el vino, la gastronomía regional y los encuentros se misturan, da su puntapié inicial cada 14 de agosto. El fuego sagrado se enciende en el célebre quincho de Carlos Carabajal, la mítica casa del padre de "Peteco", Graciela, "Demi" y Enriqueta.

"Con mucho esfuerzo hemos logrado organizar esta movida cultural que denominamos 'Las Manos de mi Madre' junto a Eduardo, Juan y otros hermanos, y siempre con el acompañamiento incondicional de 'Chaca', 'Zua' y Juli Díaz, locutor oficial junto a Edy", destaca Alberto "Fily" Carabajal, uno de los organizadores de esta gran maquinaria cultural, en diálogo con EL LIBERAL, agradeciendo además el apoyo continuo del municipio de La Banda y de la policía provincial.

La fiesta central se vive con intensidad cada 18 de agosto, desde las 15 hasta las 22 horas. El escenario principal recibe a los músicos más representativos de la dinastía Carabajal junto a destacados artistas locales. La música es la invitada de honor para celebrar la vida y el legado de la mujer nacida hace más de un siglo en estas tierras santiagueñas.

Un legado económico y social

Más allá de la poesía y el reencuentro, la Fiesta de la Abuela está firmemente instalada en el calendario turístico nacional. Su impacto trasciende lo estrictamente musical: durante la semana en que se desarrolla, La Banda se convierte en un motor generador de fuentes de trabajo genuinas, dinamizando la economía local y consolidando un evento cultural sumamente significativo para toda la provincia de Santiago del Estero.

El eco de una ausencia presente

Doña María Luisa partió físicamente en 1993, justo una semana antes de su cumpleaños. El tiempo pasa, pero el mito permanece intacto. Hoy, sus hijos, nietos y toda la descendencia que dejó, al igual que sus vecinos del barrio Los Lagos, la siguen recordando con fervor en el día de su nacimiento.

A ellos se suman las casi 20 mil personas que año tras año peregrinan desde los puntos más recónditos del planeta para respirar su atmósfera santiagueña. La Abuela ya no está físicamente en el patio, pero su imponente figura de bronce y las guitarras de su estirpe nos recuerdan que hay manos que nunca, pero nunca, dejan de sostener la identidad de un pueblo.


Primavera del Kakuy, Julioy

 


 

Dos fueron sus despedidas: cuando se fue a Santiago, la más importante, y cuando se fue de la vida, la segunda.

La segunda sucedió el 21 de septiembre de 1954 y no es antojadizo ver en la fecha, todo un símbolo: el canto de Julio Argentino Jerez debía apagarse entonces, en tiempo de vidala en flor, para que quedaran, sobreviviendo todos los inviernos, sus canciones: "La Baguala", "La Engañera", "Chacarera de mis pagos", "Añoranzas"...

Vivía hasta su adiós, en un caserón de Boedo, donde había instalado, en cada habitación, distintas jaulas de pájaros: un presupuesto en alpiste y en ternura.

Era un bohemio total, definitivo, y dueño, sí, del auténtico carisma, el de los elegidos: sus amigos recuerdan su fácil éxito entre las mujeres, sorprendente pues no se trataba de un buen mozo.

Nada sorprendente pues se trataba de un ser con encanto.

Con el encanto que navega en sus coplas plañideras: "Cuando salí de Santiago, todo el camino lloré. / Lloré sin saber por qué, pero si les aseguro, que mi corazón es duro, pero aquel día aflojé..."

Por eso, pensamos, el mejor recuerdo en este aniversario es referirse a aquella primera, sentida des- pedida, que pocos conocen: el momento en que Julio Argentino se fue de Santiago.

Un comprensivo suyo, Marco Antonio Díaz, le enderezó entonces un sentido discurso, mechado con frases en quechua. Era el 15 de febrero de 1948. Transcribimos ese increíblemente cariñoso testimonio en forma textual.

¿No te parece bien, Julioy? (¿Qué dice tu cabeza, mi Julio?): Ruda como la del tropero, carrero, do- mador, tiene, sin embargo, rasgos que anuncian su contenido; es una máquina sensata, generadora de músicas y bellos pensamientos.

¿No te lo imaginas, Julioy? (¿Qué dicen tus ojos...?): Que te pierdes en sueños mientras muestran, además, fiereza montaraz.

Imaina uiaricum voznike? (¿Cómo se oye tu voz?): Arrulladora, como un susurro. Está apagada por las miles de horas de canto que resonaron en tu garganta, ¡y por las siete mil aguardentadas!... (sic).

Viaikeka gestojlla (sólo con el gesto de tu cara) nos llenas de misterio y nos lleva, involuntariamente, a las regiones de tus cantos.

Yo te vi retozando en las trincheras p'al carnaval, en medio del alboroto del paisanaje (¡como potro en las praderas!): ahí estabas. Y te he visto en reunión de familia: ¡sabías estar!

Nunca me olvidaré que te he visto en el Tipiro salir de la reunión, cruzar los alambrados y ostensiblemente, como si hubieras distinguido a tu propio Tata, obsequiar un trago a ese viejo que horquetiaba la fiesta sobre su mulo pardo...

Julio, Julioy, ¡me cuesta creer que seas humano!

¡Supieras los celos que sientes cuando te vas, cuando te alejas de tu selva!... Pero no podemos atajarte porque sos como tu Huayra Rupaj, más allá del Zonda y, aurita nomás, el Huayra Muioj.

¡Cómo me gustaría, Huaukey, verte tallado en quebracho, asentado en las pashkas de un árbol de nuestros montes, guitarra en mano y en actitud de canto!

Y no puedo resistir más, Julioy: ¡tengo el presentimiento de que vos sois la encarnación del Kakuy en los seres humanos!

Publicado originalmente en Revista Folklore

Porqué soy folklorista

 


Por Juan Carlos Carabajal

Esencialmente por mi condición de santiagueño que lleva en la sangre el mandato de mis mayores y de la gente que habita en esta tierra bendita. Por la emoción que me produce cuando escucho a Juanita Simón y a sus hermanos, a don Sixto hablando el dulce idioma quichua y a su violín desgranando melodías centenarias y Carlos y Graciela Carabajal cantando la vidala “Te hei vuelto a ver”.

Soy folklorista porque desde mi tierna infancia escuché en una radio a batería a don Eduardo Falú tocar “La cuartelera” y a don Atahualpa cantar “El arriero” y a los músicos del pueblito El Pértigo interpretar algún chamamecito retozón para que bailara la paisanada. De vez en cuando aparecía don Leandro Mansilla con su guitarra y me asombraba cantando la chacarera del Mishky Mayu. Un día vino un paisano de la capital, pidió una guitarra y cantó el tema que estaba de moda: la zamba “Qué lindo se ha puesto el pago” de don Manuel Jugo. Escena inolvidable que con sólo recordarla se me calienta el alma.

No podría haber sido otra cosa que folklorista si don Miguel Simón no me llamaba un día a su casa y me daba una melodía de gato que con mi letra se transformó en “Te dejo mi adiós”. Me emociona recordar la fiesta en homenaje a San José los diecinueves de marzo en Sauce Solo, un escondido paraje loretano y ver a la gente bailar una chacarera a la manera tradicional como lo aprendieron de sus mayores y sin atisbos de academia alguna. También a la madre en un patio de tierra enseñar con amoroso gesto a su changuito las vueltas de la coreografía de un gato.

No hubo elección en esto de ser folklorista, simplemente a edad temprana me dediqué a cultivar la música y la poesía teniendo como ejemplo a tanto poeta y músico talentoso que ha parido esta tierra sin igual.

Por mi parte hice lo mío cuya validez no puedo justipreciar, tan solamente vertí sobre el papel lo que me dictaban mis emociones y sentimientos. Tal vez cuando me vaya para el silencio quede alguna línea de mis canciones en la memoria de mi pueblo. Tal vez, quien dice.

Juan Carlos Carabajal / Santiago del Estero, otoño de 2014

miércoles, 27 de mayo de 2026

El Silencio de los Tambores: Crónica de la Argentina Negra Olvidada

La historia oficial suele pintar a la Argentina como un crisol de razas europeas. Sin embargo, bajo esa pátina se esconde una narrativa borrada, una presencia que fue mayoritaria en muchas provincias y que, aunque silenciada en los censos y los libros, late con fuerza en el corazón de nuestra cultura: la de la población afroargentina.





La historia oficial suele pintar a la Argentina como un crisol de razas europeas. Sin embargo, bajo esa pátina se esconde una narrativa borrada, una presencia que fue mayoritaria en muchas provincias y que, aunque silenciada en los censos y los libros, late con fuerza en el corazón de nuestra cultura: la de la población afroargentina.

Un viajero desprevenido que recorriera las provincias del noroeste argentino a finales del siglo XVIII se encontraría con una realidad que desafía por completo la imagen contemporánea del país. En Santiago del Estero, más de la mitad de la población, un 54%, era de origen africano. En Catamarca, el 52%; en Salta, el 46%; en Córdoba, el 44%. Estas no son cifras menores ni anécdotas aisladas; son la fotografía de una Argentina profundamente negra, un país cuyo desarrollo inicial se sostuvo sobre los hombros y el trabajo forzado de miles de hombres y mujeres traídos a la fuerza desde el otro lado del Atlántico.

¿Qué sucedió con ellos? ¿Dónde están sus descendientes? La respuesta popular, repetida a menudo como un mantra exculpatorio, apunta a las guerras y las epidemias. Pero esa es solo una parte de la verdad. La historia de la "desaparición" de los afroargentinos es mucho más compleja: es una crónica de mestizaje, sí; de una mortalidad brutal, también; pero, fundamentalmente, es la historia de un olvido deliberado, de una invisibilización orquestada desde el poder para construir una nación a imagen y semejanza de Europa. Este es el relato de ese silencio, y el de los ecos que, a pesar de todo, se niegan a extinguirse.

El Origen Forzado: Un Continente en Cadenas

La historia de la Argentina negra comienza con la violencia inherente a la conquista. Los primeros africanos no llegaron como inmigrantes en busca de un futuro, sino como propiedad, como esclavos de los conquistadores españoles. Poco después de la segunda y definitiva fundación de Buenos Aires en 1580, el reclamo de los colonos se volvió insistente. La casi total ausencia de poblaciones indígenas para someter al sistema de encomienda en la región pampeana hizo que los ojos de los administradores coloniales se volvieran hacia África. Como señala la investigación histórica, se consideraba a los africanos "indispensables" para la viabilidad económica de la nueva ciudad.

Así comenzó el flujo sistemático. El puerto de Buenos Aires, junto con los de Montevideo, Valparaíso y Río de Janeiro, se convirtió en una de las principales puertas de entrada del comercio de esclavos en el cono sur. Las cifras, analizadas en retrospectiva, son un testimonio escalofriante de la magnitud de esta tragedia humana. Se calcula que, de los aproximadamente 60 millones de africanos secuestrados de sus tierras en el Congo y Angola, solo unos 12 millones sobrevivieron a la brutal travesía del Atlántico, conocida como el "Pasaje del Medio".

Una vez en el Río de la Plata, eran despojados de su nombre, de su lengua, de su familia y de su identidad. Se les marcaba a fuego como al ganado y se les vendía en la Plaza de Mayo, el mismo lugar que hoy es símbolo de la libertad y la protesta popular. Desde allí, eran distribuidos por todo el territorio del Virreinato para cumplir con las más diversas tareas. La economía colonial, desde sus cimientos, se edificó sobre la base de esta mano de obra no remunerada.

Un País Construido con Sudor Ajeno

En el imaginario colectivo, la esclavitud en Argentina a menudo se percibe como más "benigna" o menos extendida que en Brasil o el Caribe. La realidad, documentada por historiadores y archivos, desmiente esta noción. Los africanos esclavizados y sus descendientes fueron la columna vertebral de la economía virreinal.

En el campo, su labor era fundamental en las estancias ganaderas, domando potros, arreando ganado y trabajando en las faenas rurales. En las ciudades, su presencia era aún más visible. Las familias de la oligarquía criolla medían su estatus por la cantidad de esclavos que poseían. Estos no solo se dedicaban a las tareas domésticas, como mucamas, cocineros o niñeras, sino que a menudo eran artesanos altamente cualificados. Como se detalla en el portal En San Telmo, muchos eran enviados por sus amos a trabajar fuera de la casa como talabarteros, ebanistas, plateros o pasteleros. El salario que percibían por su trabajo no les pertenecía; era entregado íntegramente a sus amos, quienes utilizaban ese ingreso para mantener su lujoso tren de vida.

La mujer africana esclavizada enfrentaba una doble opresión. Además de la carga laboral, su cuerpo estaba a perpetua disposición de sus dueños. What's interesting is las uniones forzadas y las violaciones sistemáticas por parte de los amos, sus hijos y parientes, eran una práctica extendida y normalizada. De esta violencia nació una numerosa población "mulata", hijos de la asimetría y el poder, que complejizó aún más el entramado social y racial de la colonia. Aunque la Iglesia promovía el "Santo matrimonio" entre esclavos, la realidad del abuso sexual era una constante ineludible que dejó una marca indeleble en la demografía del país.

El "Espejismo" de Rosas y el Principio del Fin

Hubo un período, durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas (1835-1852), que pareció significar un cierto auge para la comunidad afroporteña, que para entonces representaba cerca del 30% de la población de Buenos Aires. Rosas, un hábil estratega populista, entendió la importancia de esta comunidad. Asistía con su familia y su círculo íntimo a los candombes, las festividades de tambores y danzas que eran el corazón de la vida social y cultural africana. Estas celebraciones, realizadas en los "tangos", los sitios donde las diferentes "naciones" africanas se reunían con permiso de sus amos, , eran uno de los pocos espacios de expresión y resistencia cultural permitidos.

Este acercamiento, sin embargo, era más una estrategia política que un genuino intento de integración. Rosas los incorporó a su ejército y a sus milicias, ganando su lealtad en la lucha contra los unitarios. Pero fuera de este pacto tácito, cualquier acto de insubordinación o rebelión era castigado con una crueldad ejemplar. Este breve período de visibilidad y aparente protagonismo sería, paradójicamente, el preludio de su desaparición programada.

El Blanqueamiento: Guerra, Peste y Tinta

El declive de la población afroargentina a lo largo del siglo XIX fue drástico y multifactorial. La narrativa oficial lo atribuye a dos eventos catastróficos: la Guerra del Paraguay y la epidemia de fiebre amarilla.

La Guerra de la Triple Alianza (1864-1870) fue devastadora. Se ha sostenido históricamente que los batallones estaban desproporcionadamente compuestos por soldados negros, muchos de ellos libertos que canjeaban su servicio militar por una libertad que a menudo no llegaban a disfrutar. Enviados a la vanguardia como carne de cañón, miles murieron en los campos de batalla de Paraguay, produciendo una sangría demográfica, especialmente masculina, de la que la comunidad nunca se recuperaría del todo.

Poco después, en 1871, una terrible epidemia de fiebre amarilla asoló Buenos Aires. La enfermedad se ensañó con los barrios del sur, como San Telmo y Monserrat, donde las condiciones de hacinamiento e insalubridad eran la norma. Era precisamente en estas zonas donde se concentraba la mayor parte de la población afroargentina y los inmigrantes pobres. La elite adinerada huyó hacia el norte de la ciudad, abandonando a los más vulnerables a su suerte. La epidemia diezmó a la comunidad, sumando otra capa a la tragedia demográfica.

Sin embargo, ni la guerra ni la peste alcanzan para explicar la "desaparición" casi total de los registros. El golpe de gracia fue ideológico y administrativo. La Constitución de 1853, en su artículo 25, sentó las bases del proyecto de nación de la Generación del '80: "El Gobierno federal fomentará la inmigración europea". El lema de Juan Bautista Alberdi, "gobernar es poblar", llevaba un implícito racial: poblar con europeos para "mejorar la raza" y dejar atrás el pasado hispano, indígena y africano.

En este contexto, la figura de domingo faustino sarmiento es paradigmática. Sus escritos revelan sin tapujos el pensamiento racista que impregnaba a la elite gobernante. En 1848, tras un viaje a Estados Unidos, escribió con desdén sobre la "cuestión negra": "¿Qué se hace con esa clase negra odiada por la raza blanca?". Años más tarde, ya como figura política consolidada, su célebre y brutal frase al entrar al Congreso resume el proyecto de país que se estaba construyendo: "Llego feliz a esta Cámara de Diputados de Buenos Aires, donde no hay gauchos, ni negros, ni pobres".

Este proyecto se materializó en los censos. Como denuncian hoy las organizaciones afroargentinas, se trató de una "desaparición artificial". Las categorías censales fueron deliberadamente modificadas. Términos como "negro", "pardo" o "moreno" fueron reemplazados por el ambiguo "trigueño", una palabra que diluía la herencia africana y facilitaba la narrativa del blanqueamiento. El período entre 1838 y 1887 es crucial. Si en las primeras décadas del siglo XIX la población negra era significativa, para el censo de 1887 se registra oficialmente un exiguo 1,8%. A partir de esa fecha, la categoría racial simplemente desaparece de los censos nacionales. El Estado argentino, a través de la estadística, había borrado a una parte fundamental de su propia gente.

Los Ecos Innegables: El Legado que se Niega a Morir

Aunque la historiografía oficial los dio por extintos, los ecos de la presencia africana resuenan con una fuerza inusitada en los pliegues más íntimos de la cultura argentina. La influencia es tan profunda que se ha vuelto invisible, naturalizada como propia sin reconocer su origen.

El caso más emblemático es el tango. Como la BBC ha señalado en sus especiales sobre la esclavitud, el tango hereda su nombre, su ritmo y su espíritu de aquellos "tangos" o casas de reunión de los esclavos. La síncopa del candombe y la melancolía del exilio se fundieron en los arrabales de Buenos Aires para dar a luz a la música más representativa del país. La milonga, prima hermana del tango, y hasta la chacarera santiagueña, se nutren de esta misma raíz rítmica. Here's what I found en el lenguaje popular, la herencia es abrumadora: palabras como "mina", "quilombo" (originalmente, un asentamiento de esclavos fugitivos), "mandinga" (el diablo, asociado a un pueblo africano), "mucama", "marote" o "mondongo" son de uso cotidiano y tienen un origen bantú inequívoco.

La música argentina está poblada de figuras afrodescendientes cuyo aporte fue crucial, aunque su origen racial a menudo se omita. El payador Gabino Ezeiza, una leyenda del contrapunto; el pianista Rosendo Mendizábal, autor de "El entrerriano", uno de los primeros tangos canónicos; Cayetano Silva, el compositor de la inmortal "Marcha de San Lorenzo"; y Zenón Rolón, autor de la marcha fúnebre que se ejecutó en 1882 cuando los restos de San Martín regresaron al país. Todos ellos eran hombres negros que enriquecieron un patrimonio cultural que hoy se presenta como exclusivamente blanco y europeo.

En el ámbito religioso, la influencia pervive en la veneración popular de San Baltasar, el rey mago negro, cuya festividad se celebra con tambores y bailes en Corrientes y otras partes del Litoral, y en el culto a San Benito de Palermo.

Un Cierre para la Reflexión: Recuperar la Memoria

La historia de la invisibilización de la Argentina negra no es un capítulo cerrado. El racismo estructural, aunque solapado, sigue presente. Términos como "negro", "morocho" o "cabecita negra" se usan a diario como insultos clasistas, pero su carga semántica está inextricablemente ligada a un desprecio racial histórico. Irónicamente, hoy sus víctimas suelen ser personas de ascendencia mestiza, amerindia o incluso inmigrantes de países limítrofes, demostrando cómo el estigma racial perdura más allá del color de la piel.

En las últimas décadas, una nueva ola de inmigración afrodescendiente, proveniente de países como Senegal, Nigeria, Brasil, Perú o Colombia, junto con el trabajo incansable de organizaciones de afroargentinos que luchan por el reconocimiento, ha vuelto a poner el tema sobre la mesa. The truth is, reclaman no solo el fin de la discriminación, sino también la reescritura de una historia que les fue negada.

La Argentina no fue, ni es, un país blanco-europeo. Es un país mestizo, complejo y diverso. Reconocer la profundidad de su raíz africana no es solo un acto de justicia histórica hacia una comunidad silenciada, es un paso indispensable para que la nación se reconcilie con su verdadera identidad. Los tambores fueron acallados por decreto, pero su eco sigue resonando, esperando el momento de ser escuchado de nuevo.

Fuentes citadas:

* Revista Todo es Historia.

* Ensayo "Presencia negra en San Telmo", disponible en ensantelmo.com.

* Especial sobre la esclavitud de BBC Mundo.

* Artículo de opinión en El Peruano.