miércoles, 26 de agosto de 2026

Un Portal De Hace 30 Años

 


Por: Silvia Majul

Eran tiempos de Norma Pla, del Perro Santillán, del folklore a imagen del país: pizza con champagne. En estos tiempos la moda empujaba a los artistas a viajar a costosos estudios de Estados Unidos, Peteco se plantó a contracorriente en una peña cordobesa para registrar en vivo "Historias Populares", un disco fundacional presentado un 24 de agosto del 96 en el Club Juniors. Aquella velada de sábado, reunió en el mismo escenario a Mercedes Sosa, León Gieco y al baterista Rodolfo García.

Ese portal de agosto coincidió con mi propio embarazo, los datos fríos del almanaque y la versatilidad de un músico todoterreno. Esa noche el club abrió con la potente proclama de «Los indios de ahora». La primera estrofa resonó directa en mi vientre: "Es tiempo de andar despiertos, no repitamos la historia, los indios de ahora vienen marchando por la memoria."

El lazo de Peteco con Córdoba sumó un capítulo impensado seis años después, cuando La Mona Jiménez lo invitó al templo del cuarteto para grabar a puro tunga-tunga «Tú me enseñaste a ser infiel», pocos meses después de meterse a un estudio junto a Charly García y BRUNO ARIAS para registrar la «Canción del brujito».

15 años después se presentaba -también- el mismo día, con Riendas Libres en el #cck.

Esa versatilidad también había quedado sellada en sus años con Músicos Populares Argentinos (MPA) junto a su entrañable amigo, el Chango Farías Gómez. Entre risas, Peteco recuerda la complicidad de aquellos años en Córdoba, donde el Chango, con su genialidad habitual, le pedía con picardía que le diera la parte con la voz más corta en los arreglos vocales para no tener que exigirse de más en los conciertos.

Sin embargo, el 24 de agosto también se transformó en la fecha del adiós. Exactamente diez años después de aquella mítica velada de Juniors, el 24 de agosto de 2006, fallecía su padre, Carlos Carabajal, el "Padre de la Chacarera". Cinco años más tarde, otro 24 de agosto, pero de 2011, la parca se llevaba al Chango Farías Gómez.

Eduardo Galeano diría que Peteco tiene esa fuerza creadora y esa musicalidad total de un Sting, pero nacido santiagueño. Yo digo que Peteco es sinónimo de folklore: hasta pinta, y es tan inmenso que capaz que también es luthier y artesano, y aún no lo sé.

martes, 25 de agosto de 2026

La Gran Batalla de los Vientos: Anatomía del Mapa Climático Argentino


El mapa donde chocan los gigantes de aire

Argentina es una tierra definida por su extensa gama climática y su gran desarrollo latitudinal. Gran parte de su territorio continental se sitúa en la «zona óptima de energía climática», con un claro predominio del clima templado. Esta configuración no solo influye de forma directa en la fertilidad del suelo, sino que propicia una mayor «energía humana debido a su carácter fresco y variable».

Sin embargo, detrás de esta aparente placidez templada se esconde una dinámica atmosférica permanente y vertiginosa: la acción constante del frente polar, que recorre el país de sur a norte aproximadamente setenta veces al año. Este frente se manifiesta en una verdadera «batalla de masas de aire», favorecida por la ausencia total de barreras orográficas en sentido este-oeste.

Desarrollo: Un país marcado por arideces, contrastes y paradojas meteorológicas

1. Los cuatro motores del clima nacional

El territorio argentino está gobernado por cuatro centros de acción cuyas posiciones oscilan según el movimiento aparente del sol:

  • Los anticiclones subtropicales del Atlántico y del Pacífico: Células anticiclónicas que actúan como manantiales de masas de aire con circulación anti-horaria en el hemisferio sur.
  • El surco de bajas presiones de la extremidad austral: Región dominada por masas subpolares frías y húmedas.
  • La Depresión del Noroeste (NO): Un sistema ciclónico singular de bajas presiones.

2. La paradoja de la Depresión del NO

La Depresión del Noroeste se asocia primordialmente a una masa de aire subtropical continental «cálida y seca». Sorprendentemente, a pesar de ser un centro ciclónico, suele determinar estados de «buen tiempo, calmos y despejados».

No obstante, en pleno verano - especialmente durante enero - ocurre un fenómeno termodinámico extraordinario: el intenso recalentamiento del suelo sobre un relieve accidentado genera presiones tan bajas que resultan «inferiores a las ecuatoriales». En ese momento, la depresión funciona como una gigantesca aspiradora atmosférica que «aspira aire cálido y húmedo amazónico» y atrae irrupciones de aire polar. Esta interacción desencadena precipitaciones clave en la estación cálida, impidiendo que el norte argentino se convierta en «un verdadero desierto» y dando vida a la frondosa selva tucumano-oranense.

3. El mapa del agua: Entre Misiones y el desierto de San Juan

A pesar de la imagen de abundancia agrícola de la Pampa, Argentina es estructuralmente un país árido y semiárido:

  • Escasez extrema: Aproximadamente un tercio de la superficie continental recibe menos de 200 mm de lluvia al año. En San Juan se registran mínimos absolutos de menos de 100 mm anuales, combinados con un déficit hídrico anual récord de 785 mm
  • Abundancia localizada: En el otro extremo, solo un 1\% del territorio supera los 1.500 mm anuales. Sobresalen la provincia de Misiones (con más de 1.600 mm) y la cordillera patagónica alrededor de los 42°c (superando los 4.000mm).
  • El muro andino: Los Andes patagónicos actúan como un filtro infranqueable para las masas húmedas del Pacífico. Retienen el vapor de agua en la cordillera y descargan aire seco hacia la meseta, convirtiendo a la Patagonia en una vasta extensión «seca, fría y ventosa» (como en Colonia Sarmiento, Chubut, donde las marcas térmicas se desploman hasta los -20,0°c).

4. Registros térmicos e hídricos en la geografía nacional

El comportamiento termométrico del país evidencia extremos extraordinarios al recorrer sus distintas unidades climáticas:

En la llanura subtropical marítima, la ciudad de Paso de los Libres (Corrientes) registra un clima sin invierno térmico, con una temperatura media anual de 20,0°c, máximas absolutas que alcanzan los 43,0°C y precipitaciones abundantes de 1.371 mm anuales que dejan un escaso déficit hídrico. Más al sur, en Victorica (La Pampa), el clima muestra cuatro estaciones bien marcadas con una gran amplitud térmica: una media anual de 15,6°C, una máxima de 44,0°C y mínimas invernales de hasta -11,6°C, combinadas con escasas precipitaciones que provocan un elevado déficit hídrico.

Hacia el dominio subtropical continental, Santiago del Estero presenta una temperatura media anual de 20,6°C y máximas sofocantes de hasta 45,2°C, registrando un déficit hídrico anual de 408 mm debido a la elevada evapotranspiración. En la provincia de Catamarca, el calor extremo alcanza su máximo nivel nacional con marcas absolutas de 47,2°C (media de 20,2°C y la evapotranspiración potencial más alta de la Argentina 1.041 mm, generando un severo déficit anual de 680 mm.

En contraste, la altitud y la latitud imponen condiciones de rigor riguroso. En la alta meseta de la Puna, La Quiaca (Jujuy) registra una media anual de apenas 9,4°C y mínimas heladas de -15,1°C, con precipitaciones concentradas en verano, pero un déficit hídrico de 262 mm causado por los vientos y la baja humedad. En los Andes áridos de alta montaña, en Puente del Inca (Mendoza), la media baja a 7,4°C y la mínima extrema desciende a -19,1°C, sufriendo una sequedad fisiológica caracterizada por 154 días de helada al año.

Finalmente, en el extremo austral subpolar, Ushuaia (Tierra del Fuego) vive bajo un clima frío y húmedo permanente, con una temperatura media de 5,6°C y mínimas de -19,6°C, acompañado de vientos constantes, nieblas, lloviznas y nevadas. Por su parte, en las Islas Malvinas, domina un clima oceánico frío con temperatura media de 4,0°C, precipitaciones de 650mm y fuertes tempestades con niebla.

5. Vientos emblemáticos y flagelos regionales

La geografía climática nacional está marcada por fenómenos locales de gran impacto:

  • El Pampero y la Sudestada: En la llanura pampeana, el ingresante aire frío del sudoeste (Pampero) causa bruscas caídas termométricas, mientras que la Sudestada (asociada a los ciclones del Litoral) aporta aire fresco y húmedo desde el mar.
  • El Viento Zonda: Característico Foehn de la región de Cuyo, cálido y desecante en las planicies, pero vital porque proviene de nevadas en la alta montaña que garantizan la reserva hídrica estival.
  • Heladas y Granizo: Catalogados como “flagelos temibles” para las producciones agrícolas y vitivinícolas de Mendoza y San Juan.

El equilibrio dinámico de una geografía viva

El mapa climático de la Argentina demuestra que el territorio es un escenario de permanente interacción dinámica. La masa de aire marítima del Atlántico ingresa cargada de humedad por el norte y el este, chocando con los frentes fríos que irrumpen desde la Patagonia.

Gracias a la singularidad de la Depresión del Noroeste - que rompe la aridez del mapa atrayendo humedad amazónica e irrupciones polares - y a la variabilidad de sus cuatro centros de acción, el país sostiene una biodiversidad que va desde la selva subtropical hasta los hielos subpolares australes. Un mosaico climático donde cada viento y cada cordillera juegan un rol crucial en el sustento de la vida y la producción nacional.


Entre el polvo, la sangre y la leyenda: La epopeya santiagueña de Dalmiro Coronel Lugones

 



Por Leyendas del Folclore Santiagueño | Análisis Literario e Histórico

El eco de cuatro siglos en la voz de un poeta bandeño

Hay tierras donde la geografía no se mide en kilómetros ni en grados centígrados, sino en el dolor de sus salitrales, en el calor abrazador de sus siestas y en la resonancia ancestral de sus bombos legüeros. Santiago del Estero, la «Madre de Ciudades», encierra entre su polvo y sus montes cuatro siglos de contiendas heroicas, traiciones de conquista y mitologías que estremecen la espesura. Redescubrir la monumental obra de Dalmiro Coronel Lugones (1919-1971), compilada en la edición institucional Poesía reunida (2021), representa un viaje documental y periodístico a las raíces identitarias de la Argentina profunda.

Como advierte la investigadora Adriana Del Vitto (2013) en el estudio preliminar a la obra, el reencuentro con la palabra poética del autor bandeño permite comprender de qué modo el agobio climático deja de ser un mero dato técnico para transformarse en «"calor de tierra nativa", con la connotación del amor, de la protección, del abrazo». Por su parte, el renombrado erudito Orestes Di Lullo (1960), en el prólogo original a Romancero del canto nativo, subraya con agudeza el temple del vate: «Lugones, poeta de extraordinaria fibra y honda sensibilidad, calla sus propios impulsos y se refrena para dejar hablar a la tierra». Ese recato lírico es el que permite que la historia vernácula hable con voz viva y desgarradora.

I. La conquista a sangre y ponzoña: El drama de Maquijata y la ciudad errante (1542–1550)

La crónica histórica que hilvana Coronel Lugones se abre con los trazos sangrientos de la primera ocupación española. En el «Romance de la "Entrada" de Diego de Rojas», el poeta traslada al lector al año 1542, cuando las huestes del capitán Diego de Rojas parten del Cuzco por disposición de Vaca de Castro. Animados por el espejismo de divisar el legendario «País de Trapalanda» o la fabulosa «Ciudad de los Césares», los conquistadores se adentran en territorio jurí y lule.

Sin embargo, la expedición pronto naufraga en la tragedia. En los breñales de Maquijata, la ferocidad de las tribus locales asesta un golpe letal mediante una «flecha enherbolada» (envenenada) que hiere de muerte al propio Diego de Rojas. En este pasaje, el poeta saca a la luz una de las intrigas más oscuras y desgarradoras del periodo colonial: la difamación contra Catalina de Enciso, una de las tres únicas mujeres que integraban la mesnada. Mientras el capitán deliraba «bajo la sombra de un tala», las lenguas viperinas del campamento acusaron a Catalina de haber envenenado la flecha para hechizarlo por celos amatorios. Coronel Lugones recrea el drama humano de la mujer acusada injustamente:

«La intriga teje, entretanto, / redes de oscura falacia / y Catalina de Enciso / llora y maldice en venganza / a quienes injustamente / la acusan con torpe saña / de haberle dado un veneno / al Jefe de la mesnada...»

Dalmiro Coronel Lugones, Romance de la "Entrada" de Diego de Rojas

El destino de aquellos conquistadores iniciales estuvo signado por una trágica fatalidad recíproca. Como acota Del Vitto (2013) al repasar el «Romance de Núñez de Prado», la muerte violenta persiguió uno a uno a los líderes expedicionarios: Francisco de Mendoza cayó asesinado en Malaventura tras fundar el fugaz Real de Medellín; Felipe Gutiérrez fue ejecutado al garrote por Pedro de Puelles; Nicolás de Heredia fue degollado en Pacona por orden de Carvajal; y el misionero Fray Francisco de Galán resultó acribillado a flechazos abrazando la Cruz tras el fallido intento de evangelizar al cacique Canamico.

Contradicción histórica: La traición de Aguirre y el despojo de Núñez de Prado

En el «Romance de Núñez de Prado», el autor expone con firmeza la tensión que rodeó la fundación de la Ciudad del Barco en 1550 a orillas del río Estero. Cuando Núñez de Prado planta el «Rollo e Picota» e inicia el reparto de tierras y algodonales, irrumpen las huestes de Francisco de Aguirre provenientes de Chile. En un asalto nocturno y por la fuerza de las armas, Aguirre apresó a Núñez de Prado «sin razón ni justicia», lo envió desterrado y trasladó el poblado unos kilómetros al norte, rebautizándolo impunemente como Santiago del Estero.

II. El bronce de los Patricios y la sangre en el algarrobo (1810–1820)

El salto al siglo XIX transforma al bardo en el cronista de la gesta emancipadora. Por las venas del propio Dalmiro Coronel Lugones corría la estirpe del Coronel Lorenzo Lugones, prócer de la independencia y veterano de las campañas del Alto Perú. El propio poeta declara con orgullo genealógico y ético: «Y porque a mi patria chica / cuatro centurias me arraigan / (pues en mi sangre hay linajes / de aquellos que la fundaran)».

En el «Romance del coronel Lorenzo Lugones», la narrativa periodística reconstruye el grito de Mayo de 1810. Santiago del Estero fue la primera ciudad del interior en adherir formalmente a la Revolución. De la mano del caudillo Juan Francisco Borges y del teniente Germán Lugones, se alistó el célebre batallón de los 300 Patricios Santiagueños. Nombres como Gallo, Taboada, Ibarra, Carol, Riesco y Gorostiaga marcharon al bautismo de fuego integrando la Expedición Auxiliadora de Ortiz de Ocampo, Balcarce y Díaz Vélez, combatiendo en Suipacha (1810), Huaqui (1811), Las Piedras, Tucumán (1812) y Salta (1813).

No obstante, la crónica no oculta los desgarramientos de las guerras civiles. En 1816, el anhelo de autonomía frente al centralismo tucumano llevó a Juan Francisco Borges a levantarse en armas secundado por Montenegro y Lorenzo Lugones. La respuesta del Directorio fue despiadada: las fuerzas de Lamadrid, Bustos y Paz aplastaron a los autonomistas en la sangrienta lid de Pitambalá.

El 4 de septiembre de 1816, en el paraje de Santo Domingo, el caudillo Borges fue conducido al banquillo de fusilamiento. El poema inmortaliza la dignidad suprema del héroe vencido, rechazando la venda de los ojos y cayendo de pie frente al piquete de ejecución:

«Ni las vendas, ni el banquillo, / de pie, como militar, / de cara al viento y la historia / morirá con dignidad. / Ruido sordo de descargas / ni un solo grito, ni un ay, / y después un gran silencio, / la gloria y la eternidad...! / Ha muerto el Caudillo Borges, / ha florecido un chaguar...»

Dalmiro Coronel Lugones, Romance del coronel Lorenzo Lugones

Como represalia, el coronel Lorenzo Lugones fue despojado de su grado militar y reducido a la condición de «aventurero» sin goce de sueldo. Habría que esperar al Viernes Santo, 31 de marzo de 1820, para que Juan Felipe Ibarra expulsara al gobernador tucumano Echauri y consolidara la Declaración de Autonomía del 27 de abril de 1820. Paradójicamente, fue el propio Lorenzo Lugones quien, años más tarde, actuaría como el gran diplomático que negoció y firmó la histórica Paz de Vinará, reconciliando definitivamente a las provincias hermanas.

III. El milagro de Pozo de Vargas: La zamba como arma de combate (1867)

Uno de los episodios más singulares e impactantes de la historiografía bélica argentina se halla registrado en el «Romance de Pozo de Vargas». El 10 de abril de 1867, en los abrasados llanos riojanos, se midieron las montoneras de Felipe Varela contra las fuerzas santiagueñas comandadas por el general Manuel Taboada.

La batalla era encarnizada y feroz. El polvo, la sed y la arremetida de las lanzas de Varela tenían a las tropas santiagueñas al borde del colapso y en plena retirada. En ese instante crítico, cuando todo parecía perdido, el general Taboada ejecutó una maniobra táctica desconcertante y genial: en lugar de ordenar toque de a degüello o retirada, le mandó a la banda militar tocar una zamba.

Un testimonio musical único en la historia militar

«Pero el recuerdo del pago / tembló el valor de Taboada / y a la banda el bravo Jefe / mandó tocar una zamba...! / La música de la tierra / con su sabor de nostalgia / recuerdo de patria chica / les trajo en aires de zamba. / Y entonces los santiagueños, / brillando al sol las espadas, / caras y ponchos al viento / volvieron fiero a la carga...! / (...) Era "vencer o la muerte" / la consigna. Y con la zamba / vencieron los santiagueños / allá por Pozo de Vargas...!»

Dalmiro Coronel Lugones, Romance de Pozo de Vargas

El impacto estético y emocional de la música nativa sobre la tropa exhausta revirtió milagrosamente la contienda. Inflamados por la añoranza de su pago chico, los soldados volvieron caras, arremetieron a sablazos y lograron una victoria épica. La zamba, ritmo de cortejo y nostalgia, se convirtió así en el más mortífero e inspirador himno de victoria.

IV. La naturaleza animada y las sombras del mito

El universo poético de Coronel Lugones no se agota en la reconstrucción militar. Como destaca Alberto Tasso (2004) en sus estudios sobre las letras provinciales, la literatura santiagueña posee una singular capacidad para animar el paisaje e integrar el mito a la experiencia cotidiana. En Romancero del canto nativo, la flora, los ríos y la fauna cobran vida y expresan el sentir del campesino y del hachero.

El Río Dulce es el «Miski-Mayu», un bracero caluroso que baja de las cumbres del Aconquija y que «por quedarse en Santiago / (...) se desborda en los bañados / entre un malambo de garzas». A su vez, el bosque es definido poéticamente como una «Catedral sin Dios ni santos / donde el órgano del viento / suena en las misas del diablo». Es en esa espesura donde irrumpen las figuras místicas recopiladas por el saber folclórico:

  • El Crespín: El trágico mito de Ana María, la mujer que abandonó a su esposo agonizante para ir a bailar en el carnaval. Al informársele que Crespín había muerto, lanzó su fría y célebre sentencia: «"que siga el baile, hay tiempo para llorar"». Como castigo divino, fue transformada en el ave solitaria que clama eternamente por su amado entre las quiponotas.
  • La Telesita: Telésfora Castillo, la niña huérfana trágicamente consumida por el fuego en la selva, cuyos pies desnudos y heridos bailaban ensimismados sobre las brasas. Convertida en «santa sin altares», el pueblo la venera en los célebres rezabailes para hallar objetos perdidos o pedir lluvias.
  • El Kakuy: El mito desgarrador de la venganza fraterna, donde el hermano cansado del maltrato abandona a su hermana en la copa desramada de un alto quebracho. Al caer la noche, la mujer metamorfoseada en ave rompe el silencio siestero con su estremecedor grito de angustia: «¡Turay...! ¡Turay...!» (¡Hermano...! ¡Hermano...!).

V. Tiempo de zamba y malambo: El mapa sonoro de la argentinidad

En su segunda gran obra, Tiempo de zamba y malambo, Dalmiro Coronel Lugones amplía su horizonte lírico para construir lo que él mismo definió como un «glosario poemático para el folclore». Distanciándose de la estructura del romance octosílabo, el poeta recurre aquí a los majestuosos versos alejandrinos para retratar cada una de las regiones e instrumentos del país.

Como señala con admiración el folclorólogo Félix Coluccio (citado por Del Vitto, 2013): «Este libro de Dalmiro Coronel Lugones (...) por haberle infundido el soplo poético más inspirado y armonioso, caminará por todos los senderos de la Patria dejando un auténtico mensaje de belleza y amor». El poemario traza una cartografía cultural donde no existen jerarquías ni fronteras:

Desde los aires de antaño (el minué federal, la gavota, el vals vienés) hasta el candombe de San Telmo («En el barrio de San Telmo / taca-tan suena el tambor»), pasando por la bravura de la Pampa, la melancolía del Litoral y los viñedos de Cuyo. El recorrido alcanza su cumbre en el Altiplano y el Noroeste, donde los coyas promesantes bajan de los cerros con sus erkes, charangos y cajas «y Dios en los senderos mirándolos pasar».

El legado indeleble y la condena del viajero

La crónica periodística de la obra de Dalmiro Coronel Lugones revela que su poesía no pertenece al pasado, sino que palpita en el presente de cada santiagueño. Como anota el crítico Miguel Brevetta Rodríguez (1987), la proyección de Lugones «va mucho más allá de sus tardes amarillas», consolidándose como un faro de la identidad cultural del Noroeste argentino.

Quizás la síntesis más perfecta del ser santiagueño se halle en los versos finales de su «Romance de la vuelta del santiagueño». En ellos, el poeta sintetiza el dramático y noble sino de los hijos de esta tierra: la necesidad de emigrar lejos del pago en busca de sustento, acompañados por una nostalgia incurable que no admite rencor ni queja:

«He de andar por otros rumbos / con ilusiones viajeras / buscando en suelos extraños / lo que mi suelo me niega / destino del santiagueño / vivir de sueños y ausencias, / partir y volver cantando / sin una sola protesta...!»

Dalmiro Coronel Lugones, Romance de la vuelta del santiagueño

A través de su Poesía reunida, Dalmiro Coronel Lugones saldó con creces su deuda con la patria chica. Con la precisión del historiador, la sensibilidad del poeta y la devoción del hijo, transformó el barro, la sal y las espinas de Santiago del Estero en un monumento literario inmortal que sigue resonando en la memoria colectiva de la Nación.

Basado en la obra "Poesía reunida" (Subsecretaría de Cultura de la Provincia de Santiago del Estero, 2016/2021)

Fuentes y Referencias Documentales Citadas

  • Coronel Lugones, Dalmiro (2021): Poesía reunida. 1ª ed. 2016, reedición digital 2021. Subsecretaría de Cultura de la Provincia de Santiago del Estero. ISBN 978-987-3964-46-6.
  • Del Vitto, Adriana (2013): «Con voz y alma de eterno santiagueño: Estudio preliminar a la obra de Dalmiro Coronel Lugones». Incluido en Poesía reunida, págs. 7–22.
  • Di Lullo, Orestes (1960): Prólogo a Romancero del canto nativo. Reproducido en Poesía reunida, págs. 26–27.
  • Coluccio, Félix: Prólogo a Tiempo de zamba y malambo. Citado en el estudio preliminar de Adriana Del Vitto (2013)[cite: 1].
  • Tasso, Alberto (2004): Cuadernos de Cultura de Santiago del Estero: antología 1970-1995. Santiago del Estero: Barco Edita[cite: 1].
  • Brevetta Rodríguez, Miguel (1987): «Dalmiro Coronel Lugones: más allá de sus tardes amarillas». En diario El Liberal, septiembre, Santiago del Estero[cite: 1].
  • Alén Lascano, Luis y Taralli, Ricardo Dino (1999): Folclore santiagueño. Santiago del Estero: Editorial Santiago Libros[cite: 1].

 

lunes, 24 de agosto de 2026

Santiago del Estero: El secreto de la llanura que esconde volcanes, ríos errantes y un pasado de conquista

 


Imaginate por un momento que estás conduciendo por Santiago del Estero. Mirás a ambos lados y lo que ves es una inmensidad plana, un horizonte que parece no tener fin. La mayoría de la gente asume que es simplemente una llanura aburrida y monótona. Pero te voy a contar un secreto: esa planicie es una ilusión óptica, una máscara que esconde uno de los dramas geológicos e históricos más fascinantes de Argentina.

Si la tierra pudiera hablar, Santiago no te contaría una historia de quietud, sino de terremotos, ríos que cambiaron de opinión siete veces, volcanes dormidos y conquistadores que cayeron bajo flechas envenenadas. Agarrate, porque vamos a desenterrar los misterios que se ocultan bajo el suelo santiagueño.

La gran "bañera" hundida y las montañas fantasma

Hablemos claro: Santiago está asentada sobre una cuenca gigante, como una inmensa bañera geológica que se fue hundiendo a lo largo de millones de años. Mientras el fondo se hundía, los bordes se rompían y levantaban.

¿El resultado? Aunque el centro es pura llanura, los márgenes guardan montañas que asoman tímidamente. Hacia el oeste tenés las Sierras de Guasayán, y hacia el sur, las de Sumampa y Ambargasta. Y si creías que las montañas solo estaban en los bordes, ¡sorpresa! En el departamento Pellegrini, asomando entre la llanura como un centinela solitario, se alza el Cerro El Remate. Es el último suspiro de los Andes antes de que se hundan bajo la tierra.

El "río ambulante" y los bultos subterráneos

Si hay un protagonista en esta historia, es el río Salado. Los geólogos lo apodan cariñosamente el "río ambulante", y no es para menos. A lo largo de la historia, ¡cambió su cauce al menos siete veces!

¿Por qué un río decidiría mudarse de casa tantas veces? La culpa la tienen los "altos estructurales". Imaginate que bajo la llanura hay bultos o speed bumps gigantes de roca. El río Salado chocaba contra estos bultos subterráneos, se desviaba, dejaba su cauce antiguo (que hoy son "ríos fantasmas" o paleocauces bajo nuestros pies) y abría uno nuevo. Esas desviaciones crearon inmensos abanicos de tierra fértil y bañados que hoy definen el paisaje.

Flechas envenenadas y un volcán en el patio trasero

Quebrada de Maquijata (Sierra de Guasayán)

La geografía y la historia se dan la mano de forma brutal en la Quebrada de Maquijata. Corría el año 1543 cuando el conquistador español Diego de Rojas, el primero en pisar estas tierras viniendo desde el Alto Perú, cruzó este desfiladero de vegetación densa. Allí, un indígena le disparó una flecha en la pierna. Rojas no le dio importancia, pero la flecha estaba untada con un veneno letal. Días después, el conquistador moría entre dolores agonizantes, siendo enterrado en lo que hoy es el pueblo de Maquijata. Un paisaje hermoso, teñido de los primeros capítulos de la conquista.

Y si creías que Santiago no tenía volcanes, te tengo una excelente noticia: ¡Sí tiene! Escondido al sureste de Guasayán se encuentra el Cerro Ichagón. Aunque hoy está inactivo y parece una simple lomada, es una antigua manifestación volcánica que escupió cenizas y lavas hace millones de años.

El oro blanco y el lienzo de los antiguos

Bajando hacia el sur, la tierra se hunde y el agua se evapora, dando lugar a espectaculares salinas como las de Ambargasta. Son depresiones tectónicas donde el agua se acumula, el sol la evapora y deja un manto blanco de sal que parece un paisaje lunar.

Pero este no es un lugar vacío. Las quebradas de Sumampa y Ambargasta fueron el hogar de los Sanavirones. Si caminás por lugares como Inti Huasi, vas a encontrar sus "cartas" talladas en la piedra: petroglifos y pictogramas que nos hablan de su cosmovisión. También vas a ver "pilancones" (morteros gigantes en la roca) donde molían sus granos. Ellos ya sabían que estas tierras, aunque áridas, guardaban tesoros.

La memoria del suelo: de la selva al monocultivo

Finalmente, hablemos del suelo. El suelo santiagueño es como una esponja frágil. Durante siglos, el monte chaqueño semárido protegió esta esponja. Pero el hombre, en su afán de progreso, le pasó por encima.

A finales del siglo XX, la fiebre del algodón transformó la provincia. De la noche a la mañana, miles de hectáreas de bosque nativo fueron arrasadas para plantar el "oro blanco". Hoy, esa misma tierra ha virado hacia la soja y el trigo. El suelo, que tardó miles de años en formarse, perdió su materia orgánica y su capacidad de retener agua. La tierra recuerda cada cicatriz, y la erosión es el fantasma que acecha en cada temporada seca.

Un nuevo mirar

Santiago del Estero no es solo una llanura. Es un rompecabezas de bloques hundidos, ríos que buscaron su camino a los tumbos, volcanes apagados y cicatrices de una conquista que aún resuena en las quebradas. Es un territorio donde la tierra es frágil, pero su historia es indeleble.

La próxima vez que mires el horizonte plano de Santiago, no veas solo una llanura. Intentá ver los ríos fantasmas bajo tus pies, las montañas que se esconden en el subsuelo y las huellas de los Sanavirones en las rocas. El verdadero viaje no es solo cruzar la provincia, sino aprender a leer lo que la tierra tiene para contarnos.

¿Te animás a descubrir qué otros secretos guarda el suelo que pisas todos los días? ¡Leemos tu opinión en los comentarios y sigamos desenterrando historias juntos!

Fuente: Documento: "Geoestructuras y Geomorfología de la Provincia de Santiago del Estero" 


Brujas, hechizos y gobernadores con miedo: ¿Hubo Inquisición en el Noroeste Argentino?


 

¿Alguna vez te cruzó por la cabeza la idea de que la Inquisición española pudo haber operado en las tierras andinas? Si piensás que las historias de brujas, hechizos y hogueras son exclusivas de los pueblos europeos o de las grandes capitales virreinales, prepárate, porque la historia real de nuestro Noroeste es mucho más fascinante, oscura y atrapante de lo que imaginás.

Ahora vamos a descubrir qué pasaba realmente cuando el miedo a la magia se apoderaba de las calles del antiguo Tucumán.

Una Inquisición "de facto": sin tribunal, pero con mucha hoguera

Acá va el primer gran dato: no, nunca existió un Tribunal oficial de la Inquisición en el Noroeste Argentino. Pero no te lleves a engaño, porque eso no significa que las cosas fueran más tranquilas.

A falta de un edificio oficial con inquisidores de turno, la "justicia ordinaria" (los alcaldes y jueces de cada pueblo) tomaba la ley por su mano y aplicaba los mismos métodos implacables del Santo Oficio. ¿Y quiénes eran los blancos perfectos de esta caza? Casi siempre mujeres de los sectores más marginados: indígenas y negras. Para las autoridades coloniales, estas mujeres no eran solo sospechosas de hacer magia; eran vistas como una amenaza directa al orden social.

Arañas, serpientes gigantes y "celos apasionados"

Los archivos históricos guardan expedientes que parecen el guion de una película de terror y fantasía. Imaginate Santiago del Estero en 1761. Las autoridades acusaban a dos mujeres indígenas, Pancha y Lorenza, de usar arañas, espinas y polvos mágicos para enfermar a la gente.

Lo más alucinante es el testimonio de dónde decían haber aprendido sus artes: en una mítica "Salamanca" subterránea. Según los relatos, allí había fiestas con arpa y guitarra, gente bailando en cueros y... ¡una serpiente gigante que sacaba la lengua y pedía sangre! Pero detrás de la leyenda, había una realidad cruda: una de las mujeres confesó haber envenenado a un hombre que intentó golpearla. La magia, en muchos casos, era el único escudo de defensa que tenían.

Unos años antes, en 1715, otra indígena llamada Lucrecia fue condenada al destierro perpetuo en el Fuerte de Balbuena. ¿Su crimen? Usar hierbas venenosas contra sus rivales amorosas. Sí, la Inquisición (aunque no se llamara así) también juzgaba los crímenes pasionales.

Cuando los médicos actuaban como cazadores de brujas

Si pensás que la ciencia y la magia estaban separadas, te tengo una sorpresa. En 1703, en Tucumán, se investigó la misteriosa enfermedad de los amos de una esclava negra llamada Inés. Para descubrir si había brujería, el médico del pueblo, el doctor Vargas Machuca, aplicó métodos de diagnóstico que hoy nos parecen sacados de un aquelarre.

¿Cómo diagnosticaba el buen doctor? Hervía jabón y, si el agua se "cortaba", era prueba de hechicería. También vertía un huevo fresco en la orina de la paciente: si el huevo flotaba, había magia negra; si se iba al fondo, era una enfermedad normal.

El destino de Inés fue brutal: fue paseada por las calles en un animal de carga, humillada públicamente por un pregonero, y condenada al garrote vil y a la hoguera. La línea entre la medicina colonial y la caza de brujas era, literalmente, inexistente.

El gobernador que murió de miedo (antes de tiempo)

El poder también temblaba. El gobernador Ramírez de Velazco, que mandó en la región a fines del siglo XVI, vivía aterrorizado. ¿La razón? Creía firmemente que los indígenas y los marginados podían "hechizarlo" para enfermarlo o matarlo.

Su paranoia no era para menos; sabía que tres gobernadores anteriores a él tuvieron finales trágicos: degollados o muertos en la cárcel. Para proteger sus propios nervios y su vida, Ramírez de Velazco logró que el Rey de España le diera permiso especial para aplicar castigos extremos, como la hoguera y el destierro perpetuo. El miedo a lo desconocido lo convirtió en un tirano implacable.

Más allá del hechizo: una resistencia cultural

Pero hay que leer entre líneas. Estas mujeres acusadas de brujas no eran simples villanas de cuento. En realidad, eran guardianas de la memoria. Al mezclar sus creencias andinas con nuevas influencias, estaban manteniendo vivas sus raíces en un mundo que intentaba borrarlas. Ser "bruja" o "adivina" se convirtió, casi sin quererlo, en un acto de resistencia cultural frente a un sistema colonial que quería imponer su propia versión de lo que estaba "bien" y lo que estaba "mal".

En resumen: Aunque no hubo un Tribunal de la Inquisición con sello oficial en el Noroeste Argentino, el espíritu inquisitorial estuvo más vivo que nunca. A través de la justicia ordinaria, se persiguió, torturó y condenó a mujeres que, entre hierbas, huevos y serpientes míticas, luchaban por sobrevivir y mantener viva su identidad.

La próxima vez que camines por las calles empedradas de Salta, Tucumán o Santiago del Estero, mirá bien las sombras. La historia oficial habla de conquistadores y fundadores, pero las piedras todavía guardan el eco de aquellas mujeres que se negaron a desaparecer.

¿Y vos, qué pensás? ¿Creés que el miedo a lo desconocido sigue impulsando la caza de brujas en la actualidad, solo que con otras máscaras? ¡los leo en los comentarios!

Fuente:

Poderti, Alicia. (2002). Brujas Andinas. La hechicería colonial en el Noroeste Argentino. Salta, Argentina: Universidad Nacional de Salta (UNSA).

Nota: El documento base es un extracto o artículo derivado de esta obra, escrito por la propia Dra. Poderti, donde se compilan y analizan los expedientes judiciales de la época colonial.

Las ruinas de Esteco y el eco de las profecías del fin del mundo


 

HIGHLAND PARK, Nueva Jersey. - En todo final hay siempre la promesa de un principio, y en toda profecía apocalíptica late el anuncio de un paraíso futuro. Mientras la especie humana avanza guiada por la razón, es la fe la que instala en el horizonte una promesa que se aleja a medida que caminamos hacia ella. En los últimos meses del siglo XX, el horizonte se llenó de vaticinios. Sin embargo, ninguno tan fascinante y terrífico como el que resurgió del desierto salteño, donde la historia y la leyenda volvieron a colisionar.

A fines de julio de 1999, un terceto de arqueólogos argentinos desenterró en el sudeste de la provincia de Salta las ruinas de Talavera de Esteco. El hallazgo no solo reescribió los libros de historia colonial, sino que activó una mecha profética encendida cincuenta años atrás. En 1949, una tribu de gitanos había vaticinado que el descubrimiento de la perdida Esteco coincidiría con el nacimiento del Anticristo y el fin de la historia humana.

La ciudad maldita y los oráculos del desierto

Para entender el peso de esta profecía, hay que remontarse a agosto de 1949. Una tribu de gitanos llegó a Tucumán en medio de un invierno seco y ardiente, bajo cielos nocturnos cargados de fuegos fatuos. Mientras los hombres levantaban carpas en los baldíos del sur y vendían desechos de automóviles, las mujeres recorrían el centro ofreciendo relicarios, piedras de mica y oráculos. Todos ellos, sin embargo, hablaban de los horrores de Esteco, ciudad por cuyas ruinas decían haber pasado sin mirarlas.

El destino histórico de Esteco, lejos de la imaginación gitana, repite trágicamente el relato de Sodoma y Gomorra. Según los registros del obispo Maldonado en el año 1634, la comarca estaba emplazada "entre arenales y salitrales malditos". La realidad geológica era tan hostil como la leyenda: las casas se derrumbaban al compás de abundantes temblores, y los indígenas morían en el intento de reconstruirlas, hasta que un terremoto final se llevó lo que quedaba en pie.

De aquella catástrofe solo sobrevivió el folklore, materializado en una copla popular que los gitanos de 1949 repetían a modo de rezo: "No sigas ese camino, / no seas orgulloso y terco, / no te vayas a perder / como la ciudad de Esteco".

El miedo a los números redondos y otras catástrofes

¿Por qué la humanidad se aferra a estas profecías de salvación y destrucción? El historiador Henri Focillon, en su manual El año mil, ofrece una clave sagaz: la humanidad proyecta todos sus miedos hacia los años de números redondos, convirtiendo esas fechas en una angustia o esperanza perpetua.

Este fenómeno no es exclusivo de Esteco. Tres décadas después del vaticinio gitano, en agosto de 1979, Caracas fue sacudida por una profecía similar. Se vaticinó que la estatua de piedra de María Lionza echaría a volar hacia el mar, abriendo una grieta en la montaña para que las aguas del Caribe inundaran la capital. Según los testimonios de la época, esta invasión del mar pondría fin a la "vana opulencia petrolera", sepultando las casas de los ricos "que están construidas a lo largo del valle, sobre la planicie o sobre las colinas más bajas", para permitir a los pobres de los rancheríos fundar una civilización igualitaria.

Las profecías de salvación son fatalmente irracionales, pero poseen la virtud de ser ambiguas. Ante la inminencia del fin, algunos fanáticos aceleran el apocalipsis, como ocurrió en las sectas de Waco y Jonestown, mientras otros acumulan fortunas o regalan sus bienes, a la espera de una Tierra Prometida.

Nostradamus y el julio que no fue

La fiebre apocalíptica alcanzó su cúspide con una predicción de más de cuatro siglos, difundida recientemente en ciudades remotas de Argentina, México y Colombia. Su autor es Nostradamus, y el augurio corresponde a la estrofa 72 de su libro de Centurias:

"En el séptimo mes del año 1999 / vendrá del cielo un gran Rey del Terror: / hará que resucite el gran rey de los mongoles. / Y Marte gobernará con felicidad antes y después".

El séptimo mes de 1999 era julio. La fecha pasó sin el "Rey del Terror" y sin guerras mundiales devorando el planeta. Las interpretaciones literales fracasaron. Sin embargo, la especie humana, ávida de respuestas, sigue necesitando estos relatos.

El legado de lo que se pierde y regresa

Más allá de la falla cronológica de las profecías, el verdadero legado de Esteco y sus vaticinios reside en su poder simbólico. Los textos apocalípticos, desde las Centurias de Nostradamus hasta los rezos gitanos, nos enseñan una lección inquietante pero reconfortante: en el curso de la historia interminable, todo lo que se pierde regresa, bajo otras formas y con otros lenguajes.

Al pie de las rocas de Sodoma, las estatuas de sal que evocan a la mujer de Lot se han vuelto inmortales en el imaginario colectivo. De manera similar, en el desierto de Salta, las tablillas que los arqueólogos han recuperado de las ruinas de Esteco ya no son solo restos de una ciudad maldita por los temblores; son la prueba física de que, aunque las ciudades caigan y los siglos pasen, la memoria - y la promesa de un nuevo comienzo - siempre permanece intacta bajo la arena.

La paradoja del progreso: Cómo el neoextractivismo moldeó la Argentina del siglo XXI

 


Por Leyendas del Folclore Santiagueño

Cuando el siglo XXI amaneció sobre América Latina, trajo consigo una promesa de ruptura. Los gobiernos progresistas que emergieron tras las cenizas del neoliberalismo de los noventa prometieron un nuevo pacto social, soberanía económica y justicia ambiental. Sin embargo, bajo la retórica emancipadora, un viejo fantasma de la historia colonial y neocolonial no solo sobrevivió, sino que se renovó con fuerza.

En su exhaustivo análisis de 2013, el investigador Jorge Ignacio Frechero pone bajo la lupa la economía argentina del periodo posneoliberal (2003-2012), revelando una contradicción fundacional: la promesa de una reindustrialización soberana chocó contra la realidad de una reprimarización extractivista. Lejos de ser un modelo de transición, la explotación intensiva de la naturaleza se consolidó como el motor indiscutido de la economía, financiando lo que el académico Eduardo Gudynas bautizó como el "Estado compensador".

De la plata colonial a la soja transgénica

Para entender el presente, hay que mirar al pasado. La inserción de América Latina en el capitalismo global nació bajo el signo de la extracción. Como recordaba Karl Marx al describir los albores de la era capitalista, "el descubrimiento de las comarcas auríferas y argentíferas en América, el exterminio, esclavización y soterramiento en las minas de la población aborigen [...] caracterizan los albores de la era de producción capitalista".

Esa vocación de enclave perduró durante el modelo agroexportador y alcanzó su paroxismo durante la década de 1990. Bajo el menemismo, se consolidó lo que Gudynas denomina "extractivismo clásico", donde las transnacionales operaban con un Estado ausente y regulaciones mínimas. Pero cuando el péndulo político giró hacia la izquierda en 2003 con la asunción de Néstor Kirchner, la estructura de despojo no fue desmantelada; fue reconfigurada.

La ilusión industrial y la realidad de los números

El discurso oficial del kirchnerismo se esforzó por vender la imagen de un país que volvía a fabricar. "La industrialización no es una variable económica, responde a un proyecto político de país", sentenció la presidenta Cristina Fernández de Kirchner en septiembre de 2012.

Sin embargo, los datos duros recopilados por Frechero cuentan una historia muy distinta. Si bien hubo una recuperación manufacturera impulsada por el tipo de cambio competitivo, esta fue "defectuosa e incompleta". Al observar la participación de los sectores productores de bienes en el PIB, la agricultura, ganadería, caza y silvicultura incrementó su peso del 17% en 1996 al 25% en 2011. En contrapartida, la industria manufacturera perdió participación relativa, pasando del 54% al 50%.

Lejos de diversificarse, la estructura empresarial se concentró y extranjerizó aún más. Según la Encuesta Nacional de Grandes Empresas de 2009, de las 500 compañías más grandes del país, 324 eran extranjeras. Estas firmas aportaban el 81,4% del valor agregado del grupo. En el ranking de las principales exportadoras de 2011, nueve de cada diez dólares ingresados al país provenían de commodities. Minera Alumbrera, Cargill y Pan American Energy lideraban un podio donde el valor agregado brillaba por su ausencia.

El comercio exterior y la trampa de los commodities

El viento de cola de los precios internacionales disparó el comercio exterior. Entre 2003 y 2011, las exportaciones se cuadruplicaron, pasando de 44.000 a 158.000 millones de dólares. Pero, ¿qué vendía la Argentina? En 2011, un cuarto de todas las ventas externas provenía del complejo sojero.

Esta especialización primaria ató el destino nacional a la demanda asiática, particularmente de China. Mientras Argentina enviaba porotos y aceite de soja, importaba maquinaría y tecnología, reproduciendo una clásica y asimétrica relación centro-periferia. La economía se volvió más dependiente de las importaciones de bienes de capital para sostener su propio ciclo, confirmando que el aparato industrial no era orgánico ni autosuficiente.

Inversiones extranjeras: Las reglas del juego no cambian

Quizás el aspecto más revelador de esta crónica económica sea el patrón de Inversión Extranjera Directa (IED). Lejos de combatir al capital especulativo, el gobierno mantuvo intacta la Ley de Inversiones Extranjeras de 1993 y los beneficios fiscales para la megaminería, que incluyen estabilidad impositiva por tres décadas y regalías que no superan el 3%.

El resultado fue una fiebre extractiva. Entre 2004 y 2010, la IED en minería creció un asombroso 297%, seguida por la agricultura y las oleaginosas. Este modelo generó una sangría de divisas: desde la salida de la convertibilidad hasta 2010, las filiales locales enviaron a sus casas matrices cerca de 37.000 millones de dólares en concepto de ganancias.

Frente a las críticas, la izquierda latinoamericana terminó por legitimar este modelo. El expresidente de Venezuela, Hugo Chávez, lo expresó con una claridad pasmosa: "Estamos empeñados en construir un modelo socialista muy diferente al que imaginó Marx en el siglo xix. Ése es nuestro modelo, contar con esta riqueza petrolera". Como advierte Gudynas, el Estado pasó a concebir el extractivismo como "indispensable para combatir la pobreza", asumiendo los costos socioambientales como el precio a pagar por la inclusión social.

El legado de las zonas de sacrificio

Al contrastar las promesas con la realidad, la conclusión es contundente. En 2003, Néstor Kirchner declaraba que su objetivo era "reducir la participación relativa de los commodities en la oferta exportadora". Ocho años después, la dependencia de la renta extractiva era mayor que nunca.

El legado de esta década dorada del neoextractivismo deja cicatrices profundas. La fragmentación territorial, la degradación de los ecosistemas y la creación de "zonas de sacrificio" - donde comunidades enteras cargan con los pasivos ambientales de la megaminería y los agronegocios - son la contracara de las políticas de transferencia de ingresos.

Como advierte el sociólogo Boaventura de Sousa Santos, la vulnerabilidad de este modelo radica en depender de "la lotería de los recursos naturales". Cuando el ciclo de precios altos termine, la pregunta que quedará flotando en el aire es si la Argentina de hoy estará preparada para enfrentar el futuro, o si seguirá siendo, como lo fue desde los galeones españoles, un simple espacio socioambiental al servicio de las potencias mundiales.

Referencias Bibliográficas:

Frechero, J. I. (2013). Extractivismo en la economía argentina. Categorías, etapas históricas y presente. Estudios Críticos del Desarrollo, Vol. III, Núm. 4, pp. 45–82.

Gambina, H. (2010). Citado en Frechero (2013) sobre la Encuesta Nacional de Grandes Empresas.

Gudynas, E. (2012). Estado compensador y nuevos extractivismos. Nueva Sociedad, Nº 237.

Marx, K. (1998). El capital. México: Siglo XXI.

Santos, B. de S. (2012). A la izquierda de lo posible. Página 12.

Valli, P. (2011). Citado en Frechero (2013) sobre remisión de utilidades al exterior.

Wasilevsky, J. D. (2012). Ranking "Made in Argentina". iProfesional.com.


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