Aunque
Halloween y las Alumbradas comparten algunas imágenes vinculadas con la muerte,
la oscuridad y el mundo de los espíritus, sus historias y sus sentidos
culturales son diferentes. En Santiago del Estero, la costumbre de reunirse en
los cementerios durante el Día de los Fieles Difuntos ha conservado una manera
particular de mantener vivo el vínculo con quienes han muerto.
Una noche para volver al
cementerio
Al caer la tarde del 1 de
noviembre, en distintos pueblos de Santiago del Estero, las familias han
comenzado a llegar a los cementerios con velas, flores, sillas y algo para
compartir. Algunas han viajado desde otras localidades; otras han regresado
desde ciudades lejanas para visitar las tumbas de sus familiares. La reunión
puede prolongarse durante la noche y continuar al día siguiente.
La costumbre se conoce como Alumbrada.
En lugares como Maco, Manogasta, Tuama, Sumamao y La Vuelta de la Barranca,
esta práctica ha reunido a generaciones enteras alrededor de las sepulturas.
Allí se reza, se cuentan anécdotas, se recuerdan episodios familiares y, en
ocasiones, también hay lugar para las bromas y las risas. Los chicos juegan
mientras los mayores conversan. La muerte está presente, pero no ha borrado la
vida cotidiana.
El Centro Cultural del
Bicentenario de Santiago del Estero ha señalado que las Alumbradas forman parte
de la identidad cultural de la región y que en ellas confluyen el calendario
católico y creencias populares vinculadas con los muertos. No se trata solamente
de encender velas frente a una tumba. La reunión permite encontrarse con los
familiares, renovar recuerdos y transmitir una costumbre que ha pasado de una
generación a otra.
Esta particular relación con los
difuntos invita a comparar las Alumbradas con Halloween, una celebración que
también ha incorporado imágenes de la muerte, la noche y los seres
sobrenaturales. Sin embargo, las semejanzas no alcanzan para afirmar que ambas
tradiciones tengan un origen común.
Las Alumbradas: recordar en
compañía
En las Alumbradas, la muerte no
ha quedado reducida a una ceremonia breve ni a un momento de recogimiento
individual. Las familias han llevado sillas hasta las tumbas, se han sentado en
ronda y han compartido mate, comida y bebidas. En algunos casos, los alimentos
se han colocado sobre las sepulturas o junto a ellas. Las velas permanecen
encendidas durante buena parte de la celebración.
La presencia de los vivos
alrededor de los muertos ha dado al cementerio un carácter distinto del
habitual. Por unas horas, deja de ser únicamente un lugar de despedida y se
convierte en un espacio de encuentro. Los recuerdos circulan entre quienes
están allí. Una historia contada por un abuelo puede despertar la memoria de
una persona ausente; una anécdota familiar puede provocar risas en medio de un
ambiente que, desde afuera, alguien imaginaría exclusivamente solemne.
También se ha mantenido la
costumbre de visitar otras tumbas, sobre todo las de familiares y conocidos. La
expresión vecinos de muerto, recogida en testimonios sobre esta
tradición, permite entender una dimensión importante de las Alumbradas: el
vínculo con los difuntos no se limita al parentesco directo. El recuerdo
alcanza a los vecinos y a otras personas que han formado parte de la vida de
una comunidad.
En ese sentido, la celebración no
ha reunido solamente a una familia alrededor de sus muertos. Ha vuelto a poner
en contacto a personas que, durante el resto del año, viven lejos unas de
otras. El regreso de quienes han emigrado a otras provincias ha reforzado ese
carácter comunitario.
Entre el calendario católico y
las creencias populares
Las Alumbradas se realizan
durante las fechas dedicadas a Todos los Santos y a los Fieles Difuntos. La
Iglesia católica ha establecido estas jornadas dentro de su calendario
litúrgico, pero las prácticas que se desarrollan en Santiago del Estero han
adquirido características propias.
El Centro Cultural del
Bicentenario ha relacionado la tradición con una cosmovisión indígena, además
de su marco católico. Esa referencia resulta importante, aunque debe manejarse
con cuidado: reconocer la presencia de creencias de distintos orígenes no permite
establecer, por sí solo, cuáles de los elementos actuales proceden de tiempos
prehispánicos ni cuándo se han incorporado a la celebración.
El investigador Carlos Bonetti,
en un artículo publicado por Noticias del Estero, ha advertido que el
significado específico de la realización nocturna no aparece claramente
establecido en los registros eclesiásticos coloniales ni ha sido explicado de
manera uniforme por quienes participan de la costumbre. Su observación invita a
evitar las respuestas fáciles. No todo aquello que parece antiguo puede
atribuirse, sin más, a una práctica indígena anterior a la conquista.
La diferencia entre las
Alumbradas rurales y las visitas a los cementerios urbanos también merece
atención. En distintas localidades del interior, la reunión ha comenzado al
anochecer y se ha extendido durante la noche. En la ciudad, en cambio, las
visitas suelen concentrarse durante el día y las normas de funcionamiento de
los cementerios pueden limitar el ingreso nocturno.
Esa diferencia no es menor. La
luz de las velas, las conversaciones junto a las tumbas y la permanencia
durante varias horas han dado a las Alumbradas rurales una forma que no siempre
se encuentra en las prácticas urbanas. La costumbre ha expresado, así, una
manera local de relacionarse con la muerte, sin que eso signifique que todos
los santiagueños la vivan del mismo modo.
Samhain, la noche y el mundo de
los espíritus
Halloween tiene una historia
diferente. Entre sus antecedentes se encuentra Samhain, una festividad
vinculada con las antiguas sociedades celtas y con el final de la temporada de
cosechas. Su nombre se ha asociado con el fin del verano y con el comienzo de
una etapa más oscura del año.
En las interpretaciones
tradicionales de Samhain, ese cambio de estación ha estado relacionado con la
idea de un límite más permeable entre el mundo de los vivos y el de los
muertos. Algunas narraciones han sostenido que los espíritus podían regresar
durante ese período. El fuego y las hogueras han ocupado un lugar importante en
las reconstrucciones de la celebración, aunque los detalles de los antiguos
rituales no siempre se han conservado con la precisión que suele atribuirles la
divulgación popular.
Con el avance del cristianismo en
Europa, las celebraciones vinculadas con los muertos se han relacionado con las
jornadas de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos. Con el paso de los
siglos, la víspera de Todos los Santos ha dado lugar a Halloween, cuyo
desarrollo moderno ha incorporado disfraces, calabazas iluminadas, relatos de
terror y actividades recreativas.
En la actualidad, Halloween se ha
extendido por numerosos países y ha adquirido un fuerte componente comercial.
Para muchas personas, sobre todo niños y jóvenes, la celebración se ha
convertido en una ocasión para disfrazarse, recorrer las calles y participar en
fiestas. En otros ámbitos, se ha mantenido o recuperado su relación con
antiguas creencias europeas y con prácticas neopaganas.
Las Alumbradas y Halloween
comparten, entonces, un calendario cercano y ciertas imágenes relacionadas con
la muerte y la oscuridad. Pero esa coincidencia no demuestra una continuidad
histórica entre ambas.
La luz: una semejanza que no
alcanza para probar un origen común
Las velas son uno de los
elementos más visibles de las Alumbradas. Su luz permite reconocer las tumbas,
acompaña la permanencia de las familias y expresa el cuidado de quienes han
muerto. En la tradición santiagueña, mantener encendida una vela puede formar
parte de una obligación afectiva: alguien ha recordado al difunto y ha acudido
a su sepultura.
En algunas familias se han
utilizado velas blancas, mientras que las de otros colores se han asociado con
los niños fallecidos, conocidos popularmente como angelitos. Los
detalles varían de una localidad a otra y entre las propias familias. Por eso,
no corresponde presentar una única forma de celebración como si fuera idéntica
en toda la provincia.
En los relatos sobre Samhain
también aparecen el fuego y las luces, asociados con la protección frente a los
espíritus o con la relación entre ambos mundos. En versiones posteriores de
Halloween, las calabazas talladas e iluminadas se han convertido en uno de sus
símbolos más reconocibles.
La semejanza visual es evidente:
en los dos casos, una luz se destaca en medio de la oscuridad y queda vinculada
con un imaginario sobre la muerte. Pero el parecido no permite concluir que la
vela santiagueña derive de los antiguos fuegos celtas, ni que las Alumbradas
hayan surgido de una tradición equivalente a Samhain. La luz puede adquirir
significados similares en sociedades diferentes sin que exista una transmisión
directa entre ellas.
La comida, la conversación y la
presencia de los ausentes
Otra coincidencia posible se
encuentra en la comida. En las Alumbradas, las familias han compartido
alimentos y bebidas junto a las tumbas. Esas comidas acompañan la reunión y
forman parte de una sociabilidad que se extiende más allá de la visita breve al
cementerio. La conversación, los recuerdos y la presencia de varias
generaciones han convertido la jornada en una experiencia colectiva.
Las descripciones de Samhain
también han incluido referencias a alimentos ofrecidos a los espíritus o
dejados fuera de las viviendas. Sin embargo, las fuentes disponibles no
permiten establecer una equivalencia directa entre esas prácticas y la comida
que las familias santiagueñas llevan a las sepulturas.
Conviene distinguir dos
cuestiones. Una es reconocer que distintas culturas han relacionado los
alimentos con sus muertos. La otra, muy diferente, es sostener que esa
coincidencia revela un origen compartido. Para afirmar lo segundo harían falta
pruebas históricas que, en este caso, no se han presentado.
En las Alumbradas, además, la
comida no tiene un único sentido. Se comparte entre los vivos, acompaña la
conversación y forma parte de la visita a los difuntos. Reducirla a una ofrenda
ritual dejaría afuera buena parte de lo que ocurre durante la reunión.
La noche y las distintas maneras
de vivir la muerte
La realización nocturna ha
contribuido a darle a las Alumbradas una atmósfera particular. Las velas
recortan las siluetas de las tumbas; las conversaciones se escuchan entre los
pasillos y las familias permanecen juntas durante horas. El cementerio, que en
otros momentos suele asociarse con el silencio y la separación, se transforma
en un lugar de encuentro.
Esa escena contrasta con las
formas más habituales de visitar los cementerios urbanos, donde la concurrencia
suele ser diurna y la permanencia más breve. No obstante, la diferencia no debe
interpretarse como una oposición absoluta entre una cultura rural que celebra
la muerte y una cultura urbana que la vive con tristeza. Las prácticas son
diversas y también cambian con el tiempo.
La noche ha tenido un lugar
destacado en las interpretaciones de Samhain, vinculada con el cambio de
estación y con la creencia en una proximidad especial entre los vivos y los
muertos. En Halloween, esa dimensión se ha conservado parcialmente, aunque hoy
convive con el entretenimiento, el consumo y las fiestas de disfraces.
En las Alumbradas, en cambio, el
centro de la reunión sigue siendo el vínculo con personas concretas: padres,
abuelos, hijos, hermanos, vecinos y amigos. Los participantes no acuden a
representar la muerte ni a convertirla en un espectáculo. Van a visitar a sus
muertos y a compartir ese momento con quienes siguen vivos.
¿Existe una relación histórica
entre Halloween y las Alumbradas?
Con la información disponible, no
se ha podido demostrar una relación histórica directa entre Halloween, Samhain
y las Alumbradas de Santiago del Estero. Las semejanzas que se observan son
interesantes para el análisis antropológico, pero no bastan para establecer una
filiación cultural.
Ambas tradiciones han vinculado
determinadas fechas del calendario con la muerte y han recurrido a elementos
como la luz, la reunión colectiva y los alimentos. Sin embargo, esas
coincidencias conviven con diferencias profundas. Halloween ha incorporado con
fuerza el disfraz, los personajes sobrenaturales y las actividades recreativas;
las Alumbradas se han sostenido, sobre todo, en la visita a las tumbas, el
recuerdo familiar y el encuentro comunitario.
Tampoco corresponde atribuir
todos los componentes de las Alumbradas a una única tradición prehispánica. Las
fuentes consultadas han señalado la convivencia de creencias indígenas,
prácticas populares y referencias católicas, pero no han establecido el origen
preciso de cada elemento. La historia de una costumbre puede reunir aportes
diversos sin que sea posible separar con certeza cada uno de ellos.
La comparación resulta más útil
cuando permite reconocer esas diferencias, en lugar de borrarlas.
Una tradición santiagueña que
mantiene vivo el recuerdo
Las Alumbradas han conservado en
Santiago del Estero una manera de visitar a los muertos que combina la memoria
familiar con la vida comunitaria. En los cementerios del interior, las velas
han iluminado las tumbas mientras las familias han compartido historias,
alimentos y silencios. También ha habido risas, chicos jugando y encuentros
entre personas que hacía tiempo no se veían.
Halloween y las Alumbradas
permiten observar cómo distintas sociedades han creado prácticas para
relacionarse con la muerte. Pero no cuentan necesariamente la misma historia ni
responden a una misma tradición.
La costumbre santiagueña tiene un
valor propio. Para comprenderla, no hace falta convertirla en una versión local
de Halloween ni atribuirle un origen que las fuentes no han demostrado. Basta
con atender a lo que sucede cada año en esos cementerios: las familias vuelven,
encienden sus velas y se sientan junto a quienes han formado parte de sus
vidas. Durante unas horas, el recuerdo deja de ser algo individual y se
comparte con los demás.
Fuentes consultadas