Fotografías,
velorios, creencias y relatos que mantienen vivos a los que ya no están
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| Foto: © Gustavo Tarchini |
Hay una
hora en Santiago del Estero en la que el paisaje ha comenzado a cambiar.
El monte
ha quedado en silencio, las calles se han ido vaciando y las últimas luces del
día han desaparecido detrás de los árboles. En algunas casas, mientras tanto,
ha comenzado otra actividad. Una familia ha rezado. Alguien ha recordado al que
murió. Se ha encendido una vela. Sobre una mesa se ha acomodado una fotografía.
La noche
ha llegado.
Y con
ella ha aparecido un Santiago del Estero que durante el día puede pasar
inadvertido. Es el territorio de los relatos transmitidos por los mayores, de
las creencias religiosas, de las ceremonias familiares y de las historias sobre
aparecidos, salamancas, ánimas y seres del monte.
En la
cultura santiagueña, la relación con la muerte ha tenido una dimensión
comunitaria, religiosa y simbólica. La despedida de una persona ha podido
convertirse en un momento de reunión, oración y memoria.
Y allí ha
aparecido la imagen.
Una
fotografía ha podido conservar el rostro de alguien que ya no está. Ha
permanecido durante décadas en un álbum familiar, ha acompañado una ceremonia o
ha pasado de una generación a otra, hasta llegar a manos de alguien que jamás
ha conocido personalmente a la persona retratada.
La imagen
ha permanecido.
El cuerpo
ha desaparecido, pero el rostro ha continuado entre nosotros.
Esta
relación entre muerte, noche e imagen ha sido estudiada por la antropóloga
Maricel Alicia Pelegrín en su trabajo "Presencia de la ausencia en la
nocturnidad de Santiago del Estero. Medios audiovisuales como acto de
imagen", publicado en 2026 por la revista e-Image[n]. El estudio ha tomado
como referencia la obra del fotógrafo documentalista santiagueño Gustavo
Tarchini y, especialmente, su proyecto "Religiosidad popular".
La
investigación ha permitido acercarse a una cuestión profunda de la cultura
popular santiagueña: cómo una comunidad ha mantenido el vínculo con quienes han
muerto.
La muerte
también forma parte del patrimonio cultural
Cuando se
ha hablado del patrimonio de Santiago del Estero, han aparecido rápidamente la
chacarera, el bombo, la guitarra, las fiestas populares, los grandes músicos y
las danzas. Han sido expresiones fundamentales de una identidad cultural que la
provincia ha proyectado mucho más allá de sus fronteras.
Pero
también ha existido otro patrimonio, menos visible.
Ha estado
formado por las costumbres familiares, las formas de rezar, las celebraciones
religiosas, las historias que se han contado en el campo, los rituales
relacionados con la muerte y las creencias transmitidas de generación en
generación.
Ese
patrimonio no siempre ha quedado escrito.
Muchas
veces ha sobrevivido porque alguien lo ha contado.
Un abuelo
ha recordado una ceremonia. Una mujer ha explicado cómo se hacía un velorio. Un
paisano ha contado que durante una noche ha escuchado una música extraña en el
monte. Alguien ha recordado cómo se ha rezado junto al féretro de un niño.
Así se ha
conservado una parte importante de la memoria santiagueña.
El Centro
Cultural del Bicentenario ha señalado que los mitos y las leyendas han
constituido uno de los rasgos más expresivos del folclore de Santiago del
Estero y que estas narraciones han continuado vinculando el presente con la
tradición.
Algo
parecido ha ocurrido con las prácticas relacionadas con la muerte.
No han
permanecido idénticas. Han cambiado, se han adaptado, algunas han desaparecido
y otras han sobrevivido transformadas. Detrás de esas modificaciones, sin
embargo, ha persistido una necesidad: recordar.
El
velorio como espacio de encuentro
Durante
mucho tiempo, el velorio ha sido una de las expresiones más importantes de la
vida comunitaria.
La muerte
ha reunido a familiares, vecinos y amigos. La casa del fallecido se ha
transformado durante varias horas. Se ha rezado, se ha conversado, se ha tomado
mate y se han compartido recuerdos.
La noche
ha tenido un papel importante.
Mientras
afuera ha avanzado la oscuridad, dentro de la casa se ha sostenido la vigilia.
El muerto todavía ha permanecido entre los suyos.
La propia
palabra "velorio" ha remitido a permanecer despierto, vigilar y
acompañar. La persona fallecida no ha quedado inmediatamente apartada de la
comunidad. Durante un tiempo, ha seguido ocupando un lugar en medio de
familiares y conocidos.
La
investigación de Pelegrín ha prestado especial atención a estas prácticas y ha
analizado cómo las fotografías de difuntos, los féretros y las ofrendas
funerarias han podido actuar como elementos capaces de mantener simbólicamente
una presencia.
La muerte
ha producido una ausencia física.
El ritual
le ha dado un sentido.
Y la
fotografía, en ese contexto, ha ayudado a sostener ese vínculo.
El
velorio del angelito: cuando la muerte ha adquirido otro significado
Dentro de
las tradiciones funerarias santiagueñas ha existido una práctica
particularmente significativa: el velorio del angelito.
Se ha
tratado de una tradición extendida en distintas regiones de América Latina y
presente también en comunidades de Santiago del Estero. La muerte de un niño
pequeño ha sido interpretada, dentro de determinadas concepciones religiosas y
populares, como el paso del pequeño a una condición de angelito.
La
pérdida ha seguido siendo dolorosa. Pero el ritual ha introducido otra
interpretación. El niño ha sido imaginado como alguien que ha pasado a un
espacio celestial y, por esa razón, su despedida ha adquirido características
diferentes.
Pelegrín
ha estudiado especialmente este ritual en comunidades de la mesopotamia
santiagueña. Su investigación ha incorporado registros relacionados con
ceremonias, prácticas de interacción entre vivos y muertos y diferentes formas
de acompañar al fallecido.
Aquí la
imagen ha vuelto a ocupar un lugar importante.
El rostro
del niño ha podido ser fotografiado y conservado. La fotografía ha quedado como
testimonio de una existencia breve y, con el paso de los años, ha podido
convertirse en uno de los pocos recuerdos materiales de aquella persona.
En
"Leyendas del Folclore Santiagueño", este tema ha merecido un
desarrollo propio: "El velorio del angelito en Santiago del Estero".
Ese
recorrido ha permitido profundizar en el ritual, sus significados, sus
transformaciones y su relación con la religiosidad popular.
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| Foto: © Gustavo Tarchini |
Gustavo
Tarchini y la memoria detrás de una cámara
Hablar de
imágenes de Santiago del Estero ha llevado necesariamente a detenerse en
Gustavo Tarchini.
Su
trabajo fotográfico documental ha registrado durante años distintos aspectos de
la provincia: la vida rural, los trabajadores, los espacios urbanos, las
problemáticas sociales, las celebraciones religiosas y otras expresiones de la
cultura popular.
Pelegrín
ha tomado especialmente su proyecto "Religiosidad popular", que ha
reunido fotografías realizadas entre diciembre de 2008 y septiembre de 2016.
Allí han aparecido celebraciones como la Fiesta del Señor de los Milagros de
Mailín y la de San Esteban, entre otras manifestaciones de la religiosidad
santiagueña.
Su mirada
ha resultado importante porque no se ha limitado a registrar acontecimientos
aislados.
También
ha construido memoria.
Una
fotografía de una fiesta ha podido convertirse con el tiempo en un documento
histórico. Un retrato ha conservado el rostro de alguien que ha muerto. Una
escena rural ha mostrado una costumbre que años después ha desaparecido.
La cámara
ha terminado haciendo algo parecido a la memoria oral: ha guardado lo que el
tiempo ha amenazado con borrar.
Tarchini
también ha planteado una idea interesante sobre la fotografía: las imágenes
pueden generar preguntas que el propio espectador debe formularse.
Una
fotografía antigua no ha necesitado explicarlo todo.
A veces
ha alcanzado con mirarla.
Cuando
una fotografía ha conservado una presencia
Hay
fotografías que han producido una sensación diferente.
No
necesariamente porque hayan sido técnicamente excepcionales ni porque hayan
sido tomadas por un fotógrafo reconocido. La diferencia ha estado en aquello
que han representado.
Una
fotografía de una persona viva nos ha devuelto su rostro. Una fotografía de una
persona muerta ha planteado algo más complejo: hemos visto a alguien que ya no
existe físicamente, pero cuya imagen ha permanecido.
Ahí ha
aparecido la tensión entre presencia y ausencia.
La
persona ha estado ausente.
Pero su
rostro ha estado presente.
La
antropología de la imagen ha reflexionado sobre la capacidad de las imágenes
para establecer relaciones entre cuerpos, memoria y representación. El trabajo
de Pelegrín ha llevado estas herramientas al contexto santiagueño y ha
planteado que determinadas imágenes funerarias han podido actuar dentro de las
relaciones sociales.
Esto ha
permitido comprender por qué una fotografía de un difunto ha conservado una
fuerza emocional durante décadas.
No ha
sido simplemente papel.
Tampoco
ha sido solamente tinta.
Para una
familia ha podido ser la última imagen disponible de un padre, una madre, un
hijo o un hermano.
Y por eso
se ha guardado.
La
religiosidad popular y las formas de recordar
La
religiosidad popular santiagueña tampoco ha podido separarse de esta relación
con la memoria.
En
Santiago del Estero han convivido expresiones católicas con creencias,
prácticas y representaciones provenientes de distintas tradiciones culturales.
Las
peregrinaciones, las fiestas patronales, las promesas, las ofrendas y los
altares domésticos han formado parte de una religiosidad que se ha vivido en la
vida cotidiana.
En muchas
ocasiones, la frontera entre la religión oficial y la creencia popular ha
resultado bastante más compleja de lo que parece.
Una
persona ha podido rezar a un santo, participar de una procesión y, al mismo
tiempo, conservar una creencia transmitida por sus abuelos.
Ha podido
visitar un santuario y después regresar al monte con una historia sobre un
aparecido.
Ha podido
creer en Dios y tener miedo de determinados lugares.
Ese
entramado también ha formado parte de la cultura santiagueña.
Por eso,
este tema ha podido conectarse con un recorrido específico sobre la
religiosidad popular en Santiago del Estero, dedicado a las fiestas, las
promesas, los santos, las devociones y otras prácticas que han formado parte de
este universo.
La relación con la muerte,
entonces, no ha aparecido aislada. Ha formado parte de una concepción más
amplia del mundo.