martes, 29 de septiembre de 2026

El secreto mejor guardado de Santiago del Estero: La infancia rural que moldeó a Ricardo Rojas



¿Alguna vez te pusiste a pensar de dónde salen las grandes ideas que definen a un país? Muchas veces imaginamos a los grandes pensadores encerrados en bibliotecas gigantescas en Buenos Aires o Europa. Sin embargo, la historia de Ricardo Rojas - uno de los escritores e intelectuales más importantes de Argentina - se empezó a escribir muy lejos del asfalto, entre el polvillo de los caminos, el canto de los pájaros y la sombra de los árboles del monte santiagueño.

Hoy te invitamos a viajar al Departamento Banda, muy cerca del histórico pueblo de Antajé, para descubrir la Estancia del Rosario: el rincón rural donde un joven curioso absorbió el alma de nuestra cultura.

La cuna de una mente brillante

Para entender la historia, hay que viajar a finales del siglo XIX. La Estancia del Rosario no era cualquier campo; era el hogar de Absalón Rojas, un hombre fuerte de la política local que llegó a ser dos veces gobernador de la provincia de Santiago del Estero.

Aunque Ricardo nació por esas casualidades de la vida en Tucumán (en 1882), su corazón y sus años de formación pertenecieron enteramente a este rincón santiagueño. Imagínate a un adolescente recorriendo los senderos del predio, escuchando los relatos de la gente del lugar, observando la mezcla de costumbres e impregnándose del paisaje a orillas del Río Dulce.

Todas esas vivencias no quedaron en el olvido. Años más tarde, cuando Rojas se convirtió en un pensador clave de la literatura y la historia argentina, aquellas tardes en Antajé fueron la chispa que encendió sus obras más famosas.

El origen de Eurindia y el orgullo criollo

Seguramente escuchaste hablar o leíste en la escuela libros como El Santo de la Espada (la biografía fundamental de José de San Martín) o su monumental historia de La Literatura Argentina. Pero la idea más revolucionaria de Rojas fue Eurindia.

¿Qué significaba este concepto? Rojas sostenía que la verdadera identidad argentina no era puramente europea ni exclusivamente indígena, sino la unión armónica de ambas: un mestizaje vivo. ¿Y dónde aprendió eso? Sin duda, en la Estancia del Rosario, donde el folklore, la lengua quichua y las tradiciones criollas se respiraban todos los días.

Ojo con la confusión: ¡no hay alfajores por acá!

Antes de que te tientes y busques dónde comprar merchandising gastronómico, vale hacer una aclaración clave para viajeros e ingeniosos de la trivia:

Aclaración para curiosos: Esta Estancia del Rosario no tiene nada que ver con la conocida fábrica de alfajores y dulces ubicada en La Cumbre, Córdoba. Mientras aquella es un clásico del turismo serrano, la de Antajé es un tesoro del patrimonio histórico y literario del norte argentino.

El Día de la Cultura Nacional nace acá

El impacto de Ricardo Rojas en nuestra historia fue tan profundo que el día de su fallecimiento (el 29 de julio) se conmemora en todo el país el Día de la Cultura Nacional.

Detrás de las grandes cátedras universitarias que dictó y del hermoso palacio que hoy es su museo en la Ciudad de Buenos Aires, late siempre la memoria de la Estancia del Rosario. Es un recordatorio de que las grandes visiones del país muchas veces nacen en la paz del interior.

 

lunes, 28 de septiembre de 2026

Eduardo Ávila: El maestro rural que convirtió la esencia del monte santiagueño en chacareras



¿Cómo enseñarás a leer y escribir cuando tus alumnos hablan una lengua que jamás estudiaste? Imagina llegar a una escuelita en medio de las soledades del monte santiagueño y encontrarte con esa barrera. Lejos de rendirse o imponerse, para Eduardo Carlos Ávila ese desafío inicial se convirtió en el motor de una de las carreras más auténticas y profundas de la música popular argentina. Esta es la historia del docente y cantautor que entendió que, antes de enseñar, debía aprender a escuchar.

De cuna folklórica y vocación de aula

Eduardo nació y fue asentado en el registro civil un 28 de septiembre de 1946 en Santiago del Estero. Creció con el retumbar del bombo legüero y el rasgueo de las guitarras resonando en su hogar. Siendo apenas un niño, se incorporó a Los Ávila , el conjunto musical formado por su padre y sus hermanos. Allí la música no era un simple pasatiempo: era una forma natural de habitar el mundo .

Sin embargo, en su vida latía un deseo con igual fuerza. De su madre, América del Valle —maestra rural—, heredó la vocación irrenunciable por la enseñanza. Siguió sus pasos, se recibió de docente y no buscó un destino cómodo: adquirió el compromiso y marchó directo hacia su primer gran reto profesional.

Mistol Pozo: del choque de realidades al abrazo de una cultura

El verdadero punto de inflexión ocurrió cuando fue asignado a una escuela rural en Mistol Pozo , un pueblo remoto inmerso en las soledades del departamento de Salavina, donde el monte impone su aislamiento.

Salavina no era cualquier lugar: era el corazón palpitante del folklore santiagueño, un territorio donde la tradición ancestral florecía a cada paso. Allí, al ponerse al frente del aula de primer grado inferior, Eduardo chocó de frente con una realidad abrumadora: sus pequeños alumnos, los "changuitos" del lugar, hablaban únicamente en quichua .

¿Qué hacer ante la imposibilidad de comunicarse? La salida fácil hubiera sido forzar la enseñanza en castellano; La decisión de Eduardo fue la empatía. Guiado por su persistente vocación, se propuso aprender el idioma de sus alumnos . De ese esfuerzo nació un diálogo fluido, íntimo y cómplice que rompió cualquier distancia.

La consecuencia fue profunda: al derribar esa barrera, se le abrió de par en par los brotes más puros e incipientes del folklore de Salavina. Esa vivencia moldeó su sensibilidad para siempre e impregnó de verdad su faceta como compositor.

Canciones que ya son parte de nuestra identidad

Eduardo Ávila hizo mucho más que alfabetizar en el pizarrón: tradujo la vivencia, el arraigo y el sentir del monte en obras fundamentales de nuestro cancionero, colaborando con los máximos referentes de la poesía y la música nacional.

Entre sus creaciones más emblemáticas se destacan:

  • El tributo a la docencia y a la tierra: Chacarera pal maestro y Porque le canto a mi patria (junto a Pablo Trullenque).
  • La dulzura y la emoción compartida: Con gusto a miel (junto a Víctor Yunes Castillo y Peteco Carabajal).
  • El latido profundo y el dolor del pago: De Salavina adentro y La niña murió quemada (junto a Víctor Yunes Castillo).
  • El orgullo de las raíces: Grito argentino, Leyenda de la chacarera y Me llaman el santiagueño (junto a Eusebio Héctor Cruz).
  • La ternura provinciana: Decí que sí despacito y Mi niña provinciana (junto a Francisco Silva).

Eduardo Ávila logró hermanar la tiza con la guitarra, demostrando una verdad tan simple como potente: para cantarle con verdad a un pueblo, primero hay que saber escucharlo en su propia lengua.

Los brazos invisibles del campo argentino: la historia detrás del trabajo golondrina

 



Detrás de las marcas récord de exportación, la tecnología de punta y los satélites que miden el rinde de la Pampa Húmeda, la producción agrícola argentina sigue dependiendo de algo tan antiguo como irremplazable: el esfuerzo humano. Cada año, unos 150.000 peones rurales recorren miles de kilómetros siguiendo el calendario de las cosechas. Son los trabajadores golondrina, un motor indispensable para que los alimentos lleguen a las góndolas y a los barcos de exportación.

Pero cuando se mira de cerca quiénes hacen este trabajo, aparece un dato contundente: uno de cada cuatro es santiagueño. Según investigaciones difundidas por Visión Santiagueña e Infobae, más de 35.000 peones salen todos los años de Santiago del Estero hacia los campos del Cuyo, la Patagonia o la Región Pampeana. Más que un movimiento laboral, esta cifra refleja la marcada desigualdad económica que hay entre las provincias.

Un fenómeno histórico con escala global

El empleo agrícola de temporada no es una novedad ni un invento reciente. Está integrado a la matriz agroexportadora del país desde fines del siglo XIX. En 1894, el sociólogo alemán Max Weber analizó el éxito del modelo agrícola argentino y observó que la enorme capacidad del país para exportar granos se apoyaba, en gran medida, en una masa de trabajadores golondrina sin protección laboral que se desplazaba según la demanda.

Este esquema tiene puntos de contacto con otros procesos de migración rural en el mundo, como el conocido Programa Bracero entre México y Estados Unidos o los movimientos de trabajadores en los campos del sur de Europa. En todos los casos, el mercado busca mano de obra dispuesta a mudarse durante los picos de trabajo y a volver a sus hogares cuando la cosecha termina, sin generar costos fijos.

En la Argentina actual, aunque la siembra de granos está casi toda mecanizada, muchos sectores siguen exigiendo recolección manual. El desflorado de maíz híbrido, la cosecha de manzanas y peras en el Alto Valle, las frutas finas, la vendimia y la aceituna necesitan sí o sí del trabajo a mano. La tecnología redujo los plazos de contratación, pero no reemplazó la necesidad de los cosecheros.

Las causas del éxodo santiagueño

Para entender por qué tantas personas salen de Santiago del Estero hay que mirar tanto la realidad ambiental como la falta de empleo local:

  • El impacto ambiental: En un territorio de más de 136.000 kilómetros cuadrados marcado por un clima subtropical semiárido, la deforestación redujo los bosques nativos de ocho millones de hectáreas a solo una décima parte. Esta pérdida dejó sin margen a muchas familias campesinas que vivían de pequeñas parcelas.
  • Un mercado de trabajo cerrado: El informe Mercado laboral, ingresos y vulnerabilidad social del portal Santiago en Datos señala que el 80% de los santiagueños en edad de trabajar no tiene un empleo formal, y en toda la provincia hay apenas 50.000 puestos privados registrados. En zonas como Atamisqui, Loreto, San Martín o Figueroa, viajar a la cosecha no es una elección, sino la única forma de conseguir un ingreso.

La temporada de cosecha dura desde fines de la primavera hasta el otoño. Son jornadas de hasta 14 horas cobradas al destajo —es decir, por kilo o tacho juntado—, muchas veces durmiendo en galpones o carpas sin agua corriente ni luz, dentro de un circuito marcado por la informalidad laboral.

El costo en las familias y en la cultura local

Este desplazamiento continuo altera la vida cotidiana y las tradiciones de las comunidades de origen.

El rol de las mujeres y la separación familiar

En general, los hombres viajan reunidos en cuadrillas de 13 a 17 personas a cargo de un capataz o "cabecilla", y pasan fuera entre dos y tres meses. Durante ese tiempo, las mujeres se quedan solas al frente del hogar: cuidan a los hijos, atienden a los adultos mayores y mantienen las tareas de la casa. En cambio, cuando las mujeres migran a las ciudades para trabajar en casas particulares o en tareas de cuidado, suelen asentarse allí de forma definitiva.

La pérdida de la lengua originaria

El ir y venir constante también aceleró el abandono de costumbres locales. En la zona de los ríos Dulce y Salado, el uso del quichua cayó de manera drástica: mientras que el 70% de los abuelos y el 50% de los padres lo hablaban, hoy solo el 20% de los jóvenes cosecheros conserva la lengua.

Una deuda pendiente con los trabajadores del campo

El trabajo golondrina muestra un contraste claro: un sector agroindustrial moderno y volcado al comercio exterior que convive con condiciones de trabajo muy precarias en la recolección.

Especialistas de la Universidad Nacional de Santiago del Estero coinciden en que las causas están diagnosticadas desde hace años. Lo que falta es una respuesta de fondo por parte del Estado para regular la actividad y garantizar que la producción de alimentos no se haga a costa de la precarización de quienes trabajan la tierra.

Garantizar condiciones dignas de trabajo y generar oportunidades para que la gente no tenga que irse de su provincia sigue siendo una de las deudas más claras de la política social y económica del país.

Para conocer de cerca estas historias, el documental Golondrinas Documental sobre las migraciones temporales muestra el testimonio directo de peones rurales de la localidad de Garza, en Santiago del Estero, y refleja el impacto humano de este viaje que se repite año tras año.

 

 

La noche en que atraparon a la Almamula

 



La noche en que atraparon a la Almamula

Nadie salía de su casa cuando la luna redonda quedaba sobre Tala Pozo. En aquel viejo barrio de Santiago del Estero, las casas estaban unas junto a otras, pero todavía quedaban rincones oscuros, calles en silencio y lugares donde la noche parecía más profunda. Los vecinos conocían una señal que no necesitaba explicación. Si después de la medianoche se escuchaba un tintinear de cadenas, había que cerrar la puerta, apagar la luz y esperar. No hacía falta preguntar qué estaba pasando.

Aquella noche, sin embargo, alguien decidió desafiar la advertencia. Primero fue apenas un sonido. Tin... tin... tin... Llegaba desde el fondo del barrio. Se escuchaba unos segundos y desaparecía. Después regresó, un poco más cerca.

Mientras tanto, en una de las casas de Tala Pozo, Manu seguía despierto. El changuito se había quedado navegando con el celular, entretenido con la pantalla mientras en la casa todos dormían. La luz del teléfono iluminaba apenas su cara y, afuera, la noche parecía tranquila. Hasta que escuche algo. Tin... tin... tin... Manu levantó la mirada. Al principio pensé que había escuchado mal. Bajó el volumen del celular y se quedó quieto. Entonces volví a escucharlo. Tin... tin... tin... Esta vez estaba más claro.

El changuito dejó el teléfono a un costado y se quedó sentado en la cama. El sonido parecía venir desde la calle. No sabía qué era, pero había algo en ese tintinear que le produjo una sensación difícil de explicar. Los perros fueron los primeros en reaccionar. Uno dejado de escalera. Otro se metió debajo de un carro. Poco después, los caballos comenzaron a golpear el suelo dentro de los corrales y levantaron las orejas hacia la oscuridad. Manu escuchó todo desde su habitación.

Entonces llegó el resoplido. Fue profundo, áspero, casi humano. El changuito quedó inmóvil. El celular seguía encendido sobre la cama, pero ya no le prestaba atención. Se acercó lentamente a la ventana y miró hacia afuera sin animarse a abrirla. No alcanzó a ver nada. Solo la calle bañada por la luz de la luna, las sombras de los árboles y alguna luz perdida detrás de las puertas.

El ruido volvió. Esta vez estaba mucho más cerca. Las cadenas arrastraron la tierra. Se oyó un golpe seco. Después, algo parecido al sonido de unos cascos contra el suelo. Manu retrocedió de la ventana. El corazón le golpeaba fuerte en el pecho. Quiso convencerse de que no era nada, pero entonces escuchó otro sonido: un relincho largo y feroz. El changuito se asustó tremendamente. Se metió debajo de las sábanas y se quedó allí, quieto, con el celular apretado entre las manos. Afuera, el sonido de las cadenas volvió a escucharse. Estaño... estaño... estaño...

Mientras tanto, algo avanzaba por el barrio. Algo grande. Algo que no caminaba como un animal conocido. Durante unos segundos volvió a quedar todo en silencio. Y ese silencio era peor. Entonces, bajo la luz de la luna, apareció una silueta. Primero se distinguió apenas el movimiento de las ancas. Después, una figura oscura cruzó por un espacio iluminado. Tenía el cuerpo cubierto de manchas claras y oscuras y avanzaba con una fuerza extraña, como si arrastrara detrás de sí algo pesado. Volví a escucharse el tintinear. La criatura se detuvo. Levantó la cabeza. Y de la oscuridad salió otro relincho largo y feroz. Después, nada.

Los vecinos ya conocieron aquellas historias. Sabían que algunas noches, cuando la luna estaba alta y las calles quedaban casi vacías, algo recorría los alrededores de Tala Pozo. Nadie podía explicar de dónde venía. Nadie sabía hacia dónde iba. Algunos hablaban de una condena. Otros, de un alma que no encontraba descanso. También había quienes aseguraban haber visto unas ancas overas y una marca terrible en el vientre. Pero nadie se ponía de acuerdo sobre lo que realmente era. Hasta que alguien pronunció su nombre: Almamula.

Desde entonces, aquella palabra bastaba para que las puertas se cerraran. Decían que era una criatura feroz, sin orejas, que recorría las calles arrastrando cadenas. Y había algo más que nadie olvidaba: cuando alguien intentaba atraparla, podía arrojar un fuego tan intenso que quemaba las sogas y el cuero. ¿Quién iba a querer acercarse después de saber eso? Durante años, nadie consiguió enfrentarse a ella sin terminar huyendo.

Hasta que un viejo corajudo decidió esperarla en uno de los caminos del barrio. Los vecinos sabían lo que estaba haciendo. También sabía lo que podía ocurrir. Pero el hombre se escondió detrás de unos matorrales y aguardó. Cerca de la medianoche volvió a escuchar el tintineo. Tin... tin... tin... Esta vez venía directamente hacia él. El viejo salió de su escondite y se lanzó sobre la criatura. Pero la Almamula soltó un relincho que pareció sacudir la noche entera y escapó hacia la oscuridad.

El hombre regresó mucho después, cubierto de polvo y con el orgullo bastante lastimado. Había salido dispuesto a enfrentarla. Había vuelto sin conseguirlo. Desde aquella noche, nadie volvió a tomar a la criatura a la ligera.

Pero otro viejo creyó tener la solución. Era conocido por saber cosas que los demás preferían no preguntar. Algunos decían que había aprendido secretos de los antiguos; otros, simplemente, que era brujo. Preparó un cabestro, le puso un cencerro y esperó bajo la luna. Esta vez, pensaba, no habría escapatoria.

La Almamula apareció cuando la noche estaba más cerrada. El viejo esperaba. La dejó acercarse y, cuando la tuvo lo suficientemente cerca, lanzó el lazo. Por un instante, el cabestro se tensó. La criatura estaba atrapada. El hombre irritante. Después de tantos intentos fallidos, finalmente lo había conseguido. Pero la victoria se agotó apenas un instante.

La Almamula abrió la boca y de ella brotó un fuego tan intenso que iluminó los árboles como si hubiera amanecido de golpe. Las sogas comenzaron a arder. El cuero se retorció entre las manos del viejo. El cecerro cayó al suelo. Todo aquello que un instante antes parecía una captura segura se convirtió en peligro.

El hombre soltó el cabestro y corrió. Esta vez no hubo coraje ni desafío. Solo la necesidad de alejarse. Cuando llegó a su casa estaba pálido y temblando. Su comadre lo vio en semejante estado y no preguntó demasiado. Le preparó un té hirviendo de palancho y se quedó a su lado hasta que recuperó el aliento. El hombre había salido convencido de que podía atraparla. Volví sabiendo que no.

Desde entonces, nadie volvió a intentarlo. Y quizás esa fue la verdadera consecuencia de aquella noche: la Almamula no necesitó que nadie creyera en ella. Bastó con que dos hombres intentaran enfrentarla para que el barrio volviera a entender por qué, durante tanto tiempo, las puertas se cerraban cuando aparecía.

Y Manu tampoco volvió a olvidarse de aquella noche. Cuando finalmente se animó a sacar la cabeza de debajo de las sábanas, el barrio había vuelto a quedar en silencio. El celular seguía encendido sobre la cama, pero ya no tenía ganas de seguir navegando. Se quedó quieto, escuchando, esperando que aquel sonido no volviera.

Todavía dicen que, cuando la luna ilumina las calles de Tala Pozo y el barrio queda en silencio, puede escucharse un lejano tintinear de cadenas. Tin... tin... tin... Algunos aseguran que es ella. Que todavía anda por ahí. Y cuando ese sonido aparece en la noche, hasta los más valientes prefieren cerrar las puertas y esperar que la criatura siga de largo.

Porque hay historias que sobreviven al paso de los años. No solamente porque se cuentan, sino porque, de vez en cuando, la noche parece devolverlas. Y quizás por eso, cuando Manu escucha un ruido parecido en la oscuridad, ya no necesita que nadie le explique de qué se trata.

En Tala Pozo, la respuesta parece seguir siendo la misma: cerrar la puerta, apagar la luz y esperar en silencio.

Historia inspirada en "Chacarera del Alma Mula".

 

 

 

 

sábado, 26 de septiembre de 2026

Así soy



En Atamisqui, Santiago del Estero, todos conocían a Pablo. No porque fuera el más rico ni el más importante, sino porque nunca había aprendido a esconder lo que pensaba. Si algo le gustaba, lo decía; si algo le molestaba, también. Esa manera de ser a veces le había traído problemas, pero prefería cargar con las consecuencias antes que fingir una opinión que no sentía. Los viernes por la noche solía reunirse con sus amigos alrededor del fogón. Cuando el calor del día empezaba a aflojar y el monte quedaba en silencio, se juntaban a conversar. Allí Pablo tomaba alguna copa y, cuando la charla se alargaba, terminaba cantando. Beber solo le dejaba un sabor amargo; entre amigos, en cambio, hasta una copa sencilla podía convertirse en un buen momento. Había aprendido que la vida estaba llena de tropiezos y que algunos, aunque dolieran, enseñaban más que cualquier consejo.

No todos sus amigos eran iguales. Algunos habían desaparecido cuando las cosas se pusieron difíciles; otros aparecían solamente cuando necesitaban algo. Pablo no los enfrentaba ni buscaba enemigos, pero tampoco volvía a abrirles la puerta. Había cometido errores y sabía que estaba lejos de ser un hombre perfecto. Justamente por eso había aprendido a reconocer ciertas actitudes que no quería cerca de su vida. Agradecía los favores, respetaba a los mayores por todo lo que habían vivido y buscaba acercarse a las personas de las que podía aprender. En cambio, prefería mantenerse lejos de quienes hablaban mal de los ausentes. Para Pablo, había cosas que decían mucho de una persona, incluso cuando nadie las decía de frente.

Por esos días estaba sin trabajo. Había mandado solicitudes a varios lugares y preguntado a conocidos, pero las respuestas no llegaban. Los días pasaban y las cuentas seguían acumulándose. Cada vez le costaba más explicar en su casa que todavía estaba esperando una oportunidad. Y mientras la vida seguía su ritmo en Atamisqui, con el calor avanzando sobre las calles y las tardes que parecían estirarse sin apuro, para Pablo cada día tenía el peso de una espera que no terminaba. Una jornada más sin trabajo significaba otra jornada de incertidumbre.

No buscaba riquezas ni privilegios. Quería algo mucho más sencillo: trabajar, cobrar por su esfuerzo y poder vivir sin tener que pedir favores. No quería que nadie le regalara nada. Quería ganarse la vida con su trabajo. ¿Qué podía pedir de más? Apenas una oportunidad.

Una mañana lo llamaron de una empresa de la zona. El puesto era bueno, estable y mejor pagado que los trabajos que había tenido antes. Pablo sintió alivio. Después de semanas de esperar una respuesta que no llegaba, por fin aparecía una posibilidad concreta. Por primera vez en mucho tiempo imaginó que podía ponerse al día, ayudar en su casa y dejar de contar las monedas antes de hacer una compra. Quizá aquella llamada podía significar un cambio. El trabajo no era solamente un sueldo. Era la posibilidad de volver a respirar un poco.

La entrevista comenzó bien. El encargado habló del sueldo, los horarios y las tareas. Todo parecía estar en orden. Pero después cerró la puerta y cambió el tono. Le explicó que había ciertos números que debían presentarse de una manera conveniente. No era algo que Pablo tuviera que hacer directamente, al menos no al principio. Bastaba con que firmara algunos informes sin hacer preguntas y evitara comentar determinadas irregularidades.

Pablo entendió enseguida y preguntó si aquello era necesario. El hombre lo miró con una sonrisa cansada y le dijo que todos lo hacían. También le recordó cuánto necesitaba el puesto.

Y ahí apareció el verdadero problema.

Porque Pablo necesitaba ese trabajo. No era una cuestión menor ni una oportunidad que pudiera rechazar sin pensar. El sueldo podía resolver muchas de las dificultades que tenía encima. Podía darle un poco de aire, ayudar en su casa y dejar atrás, aunque fuera por un tiempo, la incertidumbre que venía soportando.

Pero aceptar también significaba otra cosa.

Significaba firmar algunos informes sin preguntar. Significaba callar frente a determinadas irregularidades. Y quizá, con el tiempo, aprender a convivir con algo que desde el principio sabía que no consideraba correcto.

¿Acaso aceptar significaba necesariamente convertirse en una mala persona? ¿O simplemente estaba intentando sobrevivir?

Esa pregunta lo acompañó durante todo el camino de regreso a Atamisqui. Mientras avanzaba por las calles de tierra, Pablo volvía una y otra vez sobre la misma situación. Necesitaba el trabajo, y lo necesitaba de verdad. Pero cuanto más pensaba, menos podía convencerse de que aquello era solamente un trabajo.

De un lado estaba el sueldo que esperaba y todo lo que podía resolver. Del otro, algo que no podía pagar con dinero: la tranquilidad de saber que no estaba haciendo aquello que consideraba incorrecto.

¿Cuánto tiempo podría sostener una mentira antes de dejar de verla como una mentira? ¿En qué momento aquello que primero incomoda empieza a parecer normal?

Había cosas que podían tener precio. Pablo lo sabía. Lo que no estaba dispuesto a decidir tan fácilmente era cuánto podía valer su conciencia.

Esa noche volvió al fogón. El monte estaba oscuro y el fuego iluminaba apenas los rostros de los que estaban sentados alrededor. Pablo escuchó a sus amigos, tomó una copa y permaneció largo rato en silencio. Entonces recordó a su madre y aquella forma sencilla que tenía de enseñarle, sin grandes discursos, que el respeto no debía depender del dinero ni del miedo.

Para Pablo, ella representaba algo que no estaba dispuesto a negociar.

Podía equivocarse, podía tropezar y podía reconocer que había tomado malas decisiones. Sabía que estaba lejos de ser perfecto. Pero una cosa era cometer errores y otra muy distinta era aceptar conscientemente algo que no consideraba correcto. No quería vivir de rodillas ante nadie.

Al día siguiente volvió a la empresa. El encargado esperaba una respuesta. Pablo respiró hondo y rechazó el puesto.

Salió con las manos vacías.

No había otro trabajo esperándolo. No sabía cuánto tardaría en encontrarlo. Y las necesidades que lo habían llevado hasta aquella entrevista seguían ahí. El sueldo que había imaginado durante días ya no estaba. Tampoco estaban resueltas las cuentas ni la incertidumbre.

Había elegido, pero la elección no le había resuelto la vida.

Afuera seguían el mismo pueblo, el mismo calor y los mismos caminos. Pero Pablo volvía a su casa sabiendo que acababa de renunciar a algo que necesitaba. La decisión podía dejarle la conciencia tranquila, pero no le pagaba las cuentas. No hacía desaparecer la preocupación. No convertía la incertidumbre en seguridad.

Y justamente ahí estaba el peso de lo que había decidido.

Cuando llegó a su casa encontró a su madre despierta. Ella lo miró y comprendió que algo había ocurrido. Pablo no explicó demasiado. Solo se sentó a su lado. Había cometido errores y sabía que estaba lejos de ser perfecto, pero aquella noche entendió algo que no necesitaba grandes palabras: también existen decisiones que cuestan dinero y, aun así, permiten dormir con la conciencia tranquila.

Quizá ahí estaba la parte más difícil de aquella verdad. En un pueblo de Santiago del Estero, donde el trabajo no siempre aparece cuando se lo necesita y donde cada ingreso puede ser importante para una familia, la dignidad no siempre se enfrenta a grandes discursos. A veces se juega en una oficina, frente a una firma. A veces aparece en un momento mucho más simple y mucho más difícil: cuando alguien tiene que decidir entre aquello que necesita y aquello que está dispuesto a hacer para conseguirlo.

Porque cuando falta el trabajo, cuando las cuentas se acumulan y una oportunidad parece capaz de aliviarlo todo, la elección deja de ser sencilla.

¿Qué pasa cuando aquello que más necesitas puede obligarte a hacer algo que no quieres?

¿Cuánto puede resistir una persona cuando la necesidad económica empieza a negociar con su conciencia?

Pablo no tenía una respuesta para todos. Apenas tenía una para sí mismo: no quería que la necesidad terminara decidiendo quién era.

 Inspirado en el poema "Así soy", de Pablo R. Trullenque.

 

La Vieja que nunca fue olvidada

 


Dicen que en Salavina, en el sur de la provincia de Santiago del Estero, cuando la tarde se vuelve dorada y el monte empieza a oscurecerse, las guitarras recuerdan aquello que los hombres temen perder. Villa Salavina, cabecera del departamento que lleva su mismo nombre, se encuentra en una tierra donde el paisaje, la música y la memoria parecen caminar juntos. Allí, entre caminos de tierra y la quietud del monte, nadie sabía cuándo había nacido La Vieja.

Los más ancianos aseguraban que era tan antigua como las primeras reuniones junto al fuego, mientras otros decían que había nacido de una guitarra, una noche en que un bombo hizo vibrar la tierra y un bandoneón respondió desde la penumbra.

Durante muchos años viajó de casa en casa. Creció entre guitarras, mandolines, bombos y bandoneones, y cada músico que la tocaba le entregaba un recuerdo: una fiesta, una despedida, un amor, una voz querida. Sin que nadie lo supiera, La Vieja los guardaba todos. Los iba reuniendo dentro de su música, como si cada nota pudiera conservar aquello que el tiempo, tarde o temprano, amenaza con llevarse.

Pero el tiempo pasó y, con él, llegó el olvido. Fuera de Salavina comenzaron a dejar de escucharla. Llegaron otras canciones y los jóvenes dejaron de preguntar por aquella vieja melodía de andar extraño y carácter indomable. ¿Qué sucede con una música cuando ya nadie pregunta por ella? La Vieja comenzó a sentir que aquello que había guardado durante tantos años podía desaparecer con ella. Entonces decidió marcharse.

Una noche cruzó los caminos de tierra y llegó a un pueblo lejano. Allí encontró una guitarra apoyada junto a una ventana y permaneció a su lado durante días, esperando. Nadie la tocó. Nadie preguntó por ella. Hasta que, finalmente, un chango entró en la habitación. Había escuchado hablar de una antigua música capaz de despertar recuerdos dormidos, así que tomó la guitarra y comenzó a tocarla con cuidado, casi con timidez.

Entonces ocurrió algo que nadie habría podido explicar. La primera nota hizo aparecer una imagen: una anciana volvió a verse joven, bailando bajo un cielo estrellado. La segunda trajo el rostro de un padre ausente y la tercera devolvió la risa de un amigo que nadie recordaba desde hacía años. Cada sonido parecía abrir una puerta hacia un pasado que permanecía escondido.

Y entonces La Vieja comprendió que todo aquello que había guardado no estaba muerto. Solo esperaba que alguien volviera a hacerlo sonar. Con cada nota, ella misma comenzó a transformarse. Su cuerpo de melodía se llenó de rostros, voces, manos y pasos, mientras las notas se desprendían de la guitarra y flotaban por el aire como pequeñas luces. Dentro de cada una permanecía un instante del pasado.

Ya no era solamente una canción antigua. Era la memoria viva de quienes la habían tocado, de quienes la habían bailado y de quienes habían dejado algo de sí mismos en ella. La Vieja había comprendido cuál era su verdadero destino: guardar aquello que el tiempo intentaba llevarse y devolverlo cada vez que alguien tuviera el deseo de escuchar.

El muchacho siguió tocando hasta el amanecer. Cuando terminó, las luces regresaron lentamente a la guitarra y todo volvió a quedar en silencio. Desde entonces, La Vieja volvió a Salavina, llevando consigo aquello que había descubierto lejos de su tierra.

Y cada vez que alguien la interpreta con verdadera emoción, algo antiguo despierta entre quienes escuchan. Algunos recuerdan un rostro, otros una casa y otros sienten simplemente que pertenecen a un lugar que quizá nunca habían conocido. Porque una canción puede envejecer, quedar en silencio e incluso parecer olvidada, pero mientras alguien vuelva a tocarla, aquello que guarda sigue viviendo.

Por eso dicen que en Salavina nadie puede olvidar del todo. En esa tierra del sur santiagueño, donde la música forma parte de la memoria de su gente, La Vieja se encarga de recordar por todos.

Inspirado en la chacarera "La Vieja". 

El secreto de San Esteban: la fiesta santiagueña que esconde un ritual pagano de 500 años

 


En un paraje de Santiago del Estero, cada diciembre, bajo un calor que raja la tierra, un pueblo entero sale a hacer algo que ya no entiende. Corren descalzos desde el monte, se golpean las piernas con ramas verdes, dejan un gajo en cada puerta y terminan sangrando frente a la imagen de un santo.

Todos dicen que festejan a San Esteban. Lo que están haciendo, sin saberlo, es despertar al espíritu del monte.

Un fósil viviente en medio del monte

En 1942, un investigador se metió en Sumamao para ver la fiesta por cuarta vez y la anotó con una precisión de entomólogo. Lo que vio no era una procesión más.

Era un fósil viviente. La única fiesta del norte argentino que, según él, conservaba intacta su coreografía completa. Un teatro sagrado donde conviven dos capas que no deberían tocarse.

Y hay un detalle que la vuelve todavía más rara: es una fiesta de la cosecha que sigue viva donde ya no se cosecha.

El obraje arrasó con los algarrobos, el clima cambió, la agricultura se volvió imposible. Ya nadie cree en un dios de la vegetación. Nadie le pide por los frutos. Le rezan a un santo católico de túnica y barba. Pero los cuerpos siguen repitiendo los mismos gestos de hace cuatro siglos.

Una fiesta de la vegetación que se olvidó de sí misma. Por eso, para el que la estudia, es único en América.

La fiesta antes de la fiesta

Si sacamos al santo ya los caballos por un rato, esto es lo que quedaba.

En el centro de la aldea se levantaba EL Árbol. Un árbol joven trajo del monte a propósito, o un gajo grande pelado hasta arriba, dejando solo un penacho de hojas en la punta para que se viera que estaba vivo. A veces eran dos gajos arqueados y unidos arriba. En lo más alto le colgaban lo más valioso que tenían: frutos y pancitos de harina con forma de animales o de niños. Ese era el dios.

De madrugada — hoy lo hacen al mediodía por el calor, pero los viejos contaban que antes era antes del alba — un grupo de hombres, los "indios", salía corriendo hacia el bosque. Volvían a la carrera, descalzos, con el torso desnudo, mordiendo una ramita de albahaca y fustigándose con ramas frescas. No era castigo. Era limpieza.

Llegaban al caserío y se paraban en cada casa. Cantaban buenos augurios, dejaban el gajo verde en la puerta y la gente les daba algo a cambio. Después iban hasta donde estaba el Árbol, daban vueltas alrededor, bailaban, pasaban por debajo del arco. Uno o varios se trepaban y bajaban los frutos y los pancitos colgados para repartirlos entre todos en una comida común.

Al final venía lo más duro. El sacrificio. Hoy solo queda un gesto mínimo y brutal: frente al altar del santo, el indio se hace una sajada chiquita en la pantorrilla y deja correr un poco de sangre. Ahí mismo donde antes estaba el dios del monte. La ofrenda final.

Si lo pensás, es el mismo esquema del solsticio de verano que vas a encontrar en Grecia o en cualquier cultura agrícola del planeta. El rito para agradecer que la tierra dio.

Cómo los misioneros reescribieron todo sin prohibir nada

Cuando llegaron los españoles y los jesuitas, no vieron solo barbarie. Vieron una oportunidad.

Árbol sagrado, pan compartido, sangre derramada. Era demasiado parecido a la Eucaristía, a la idea de la transubstanciación. No hacía falta destruirlo. Alcanzaba con darlo vuelta.

El propio informe de 1942 cita el truco en un verso del Cid, que es la fórmula perfecta del conquistador:

Los moros e las moras vender non los podremos, que los descabecemos nada non ganaremos; cojámoslos de dentro, ca el señorío tenemos; posaremos en sus casas y dellos nos serviremos.

Traducido a santiagueño: ¿para qué quemar la casa del otro si me puedo mudar adentro y hacer que trabaje para mí?

Y así montaron la nueva fiesta.

Le corrieron el eje. El lugar sagrado ya no fue el Árbol. Lo llevaron unas varas más allá, al rancho donde pusieron el altarcito de San Esteban. El Árbol dejó de ser el centro y se volvió adorno. Multiplicaron los arcos hasta formar una avenida. Una escenografía hermosa. La jugada fue fina: mostrarle muchos árboles al indio para que se olvide de El Árbol.

Metieron el caballo. Y con el caballo entró la jerarquía. Al lado del indio descalzo y semidesnudo apareció el jinete, bien vestido, alto, a caballo. La diferencia de poder se hizo visible. La fiesta ya no era de todos por igual. El indio corre, el jinete lo azuza a los gritos. A veces, cuentan los viejos, a latigazos.

Por eso la gente le sigue diciendo "correr al indio". No es que el indio corre por devoción. Es que lo corren. En muchas fiestas del mundo hay un rito de expulsión del espíritu viejo de la vegetación. Acá los misioneros lo transformaron en otra cosa: la persecución de la barbarie pagana que huye hacia la redención cristiana.

Le invirtieron el sentido a la visita. Antes, el indio traía la fertilidad del monte a la casa. Ahora va de casa en casa a pedir gracia. En cada rancho hay un pesebre armado con el Niño Jesús. El indio ya no bendice. Adora. De portador de la abundancia pasó a ser el que pide perdón.

El teatro del poder

El autor del estudio del 42 deja una idea picando: acá está, en potencia, el acta de nacimiento de la tragedia americana.

¿Por qué? Mirá los personajes. No hay héroes con nombre. No hay próceres. Hay categorías sociales que actúan.

Los "alféreces", que son la autoridad política y tienen la presidencia absoluta de todo. Los "promesantes", que son la fe. Los "indios", que son la marca étnica. Los "celebrantes", que son el pueblo raso.

Es teatro medieval puro. Método ignaciano, jesuita, donde importa la masa y no el individuo. Y el que manda no es el cura. Es el poder civil. Es el patronato regio en acción: la corona por encima de la Iglesia, actuado en vivo, sin discurso.

Pasamos de un rito mágico para que brote el algarrobo a un auto sacramental barroco a caballo. Una clase de catecismo, una demostración de quién manda y una obra de teatro, todo al mismo tiempo.

Mientras todas las fiestas parecidas de Santiago y del norte se fueron perdiendo, esta quedó. Intacta. Como una cápsula.

La Fiesta de San Esteban no es solo una fiesta patronal curiosa. Es el manual de cómo se inventó América. Agarrás algo muy viejo, muy pegado a la tierra, le ponés arriba un santo, le sumás caballos y lo hacés desfilar por una avenida de arcos hasta que la historia original casi no se ve.

Casi.

Porque si te quedás a mirar un rato largo, cuando el indio deja el gajito verde en la puerta y cuando se hace la sajada en la pierna justo frente al santo, el monte sigue ahí, latiendo debajo.

Bibliografía consultada: burla, credo, culpa en la creación anónima – Bernardo Canal Feijoo