La historia empieza antes
de que demolieran la antigua casa de Pedro San Germés, en la esquina de
Avellaneda y Buenos Aires. Hoy, en ese punto, se levantan tres figuras de
mármol colocadas por la Municipalidad muchos años después. Pero antes de la
plaza y de las estatuas, lo que había allí era algo más simple: una esquina
donde se reunían las mujeres del barrio.
No tenía carteles ni
placas. Era, apenas, un punto de encuentro. Sin embargo, para quienes vivían en
la zona, ese rincón tenía vida propia.
Corrían los años de la
década de 1910. Santiago todavía funcionaba como un gran pueblo: todos se
conocían y las noticias viajaban rápido. En ese ambiente apareció una mujer que
no tardó en llamar la atención. Había llegado desde Santa Fe, tenía ojos verdes
musgo, una risa fácil y una belleza que destacaba demasiado para la moral reservada
de la época.
Estaba casada con un
abogado prestigioso, hijo de una familia antigua de la ciudad. Había estudiado
y volvía con título bajo el brazo, algo poco común entonces. Su forma de
moverse, de conversar, de mirar a los demás parecía romper ciertos códigos
sociales que en Santiago se respetaban casi sin discutir.
El
comentario empezó a circular pronto.
Alguien dijo haberla
visto hablando demasiado tiempo con un ministro durante una cena del
gobernador. Otro juraba que sonreía a desconocidos con una confianza que
parecía impropia. También se comentó que dos matrimonios estuvieron cerca de
romperse por miradas que, según algunos, iban más allá de la simple cortesía.
Nadie la nombraba
directamente. Entre murmullos la llamaban “la Cosa”. El anonimato tenía un
motivo: sus descendientes todavía caminan por estas calles, orgullosos de su
apellido.
Las mujeres del pueblo,
guardianas de la memoria oral, reaccionaron con firmeza. Dejaron de invitarla a
reuniones, evitaban cruzarla en la vereda y nunca se la vio en los encuentros
sociales donde antes participaba. El rechazo fue claro.
Pero, curiosamente, ese
mismo rechazo terminó volviéndola parte de la historia local.
Cada tarde, cuando las
vecinas regresaban del mercado o salían de misa, muchas terminaban en la
esquina de San Germés. Allí se detenían unos minutos. Comparaban lo que habían
escuchado, agregaban detalles, corregían versiones. El comentario crecía,
cambiaba, se volvía relato.
Con el tiempo, la esquina
dejó de ser solo una intersección. Algunos empezaron a llamarla el Rincón del
Pelele, un apodo dirigido al marido, al que describían como rígido y algo
ingenuo. Otros usaban un nombre que terminaría imponiéndose: la Esquina de las
Chismosas.
Dos o tres mujeres conversando allí bastaban para que alguien supiera que había una historia nueva circulando.
Con los años, el
escándalo perdió fuerza. La mujer quedó embarazada, envejeció y murió ya mayor,
después de pasar toda una vida bajo la mirada curiosa del pueblo. Sin embargo,
la costumbre de reunirse en esa esquina siguió existiendo.
Décadas más tarde, la
Municipalidad decidió demoler la casa de San Germés y convertir el terreno en
una pequeña plaza. Oficialmente recibió el nombre de Antonio Castiglione,
grabado en letras grandes sobre el frente.
Pero
la gente siguió llamándola de otra manera.
Para los santiagueños,
ese lugar ya tenía identidad: la Placita de las
Tiempo después, para
embellecer el espacio, la comuna instaló tres estatuas de mármol blanco. Son
figuras delicadas, inspiradas en la estética clásica. A partir de ahí empezó
una confusión que todavía circula: muchos creen que el nombre de la plaza
proviene de esas esculturas.
La
historia real es la contraria.
Primero existió el rumor.
Después nació la plaza. Y recién al final llegaron las estatuas.
Las figuras de piedra no
dieron origen al nombre. En todo caso, terminaron rindiendo homenaje silencioso
a aquellas mujeres que, con sus conversaciones de esquina, habían convertido
ese lugar en algo más que un simple cruce de calles.
Hoy, sentarse en un banco
de la placita al caer la tarde tiene algo de viaje en el tiempo. Entre los
árboles y el ruido lejano del tránsito todavía se percibe esa vieja costumbre
de contar historias.
Porque Santiago no está
hecho solo de calles y edificios. También está hecho de voces, de rumores, de
pequeñas escenas que se repiten durante años hasta volverse parte del paisaje.
Los lugares, al final, no
nacen por decreto.
Nacen del uso que la
gente hace de ellos.
Y en la esquina de
Avellaneda y Buenos Aires, ese origen fue, sin dudas, un chisme compartido.
Fuente: ramirezdevelazco.blogspot.com






