lunes, 16 de febrero de 2026

El Brillo de Potosí: El Origen de un Nombre



Hay nombres que parecen inevitables, como si hubieran estado aguardando siglos para posarse sobre un mapa. Otros, en cambio, nacen casi por accidente: un rumor persistente, una promesa de riqueza, un destello en el agua. Argentina pertenece a esta segunda categoría. Suena a metal pulido, a corriente luminosa, a promesa de abundancia. Y, en efecto, nació de eso: del brillo obsesivo de la plata.

Pero no de cualquier plata.

Todo empieza lejos de Buenos Aires, lejos incluso del estuario que terminaría dándole nombre al país. Empieza en el altiplano andino, en el Cerro Rico de Potosí, esa montaña que se alza como un puño mineral contra el cielo boliviano. En 1545 se descubrió allí uno de los yacimientos de plata más colosales de la historia. Tan vasto que, durante un tiempo, Potosí fue una de las ciudades más pobladas del planeta. Mientras en Europa discutían teologías y coronas, en los Andes se excavaba el corazón del mundo.

La ironía —tan frecuente en la historia— es que un país que aún no existía empezaba a recibir nombre gracias a una montaña situada fuera de sus futuras fronteras.

La fiebre blanca

Antes del hallazgo de Potosí, los conquistadores ya perseguían una quimera: la legendaria Sierra de la Plata. Se hablaba de un “Rey Blanco”, de metales infinitos, de ciudades que relucían como espejismos al amanecer. Era el tipo de mito que se alimenta de la codicia humana como el fuego del oxígeno. Bastaba una chispa para avivarlo.

Potosí fue esa chispa.

La montaña no solo confirmó la leyenda; la superó. De sus entrañas salieron toneladas de plata que cruzaron el continente como si fueran la sangre de un nuevo imperio. La riqueza fluía, sí, pero no hacia los pueblos originarios que trabajaban en condiciones brutales bajo el sistema de la mita, sino hacia la maquinaria imperial española. Una montaña que prometía prosperidad terminó siendo, para muchos, una sentencia.

Así funciona a veces la historia: lo que brilla para unos enceguece a otros.

Del “Mar Dulce” al Río de la Plata

El gran estuario que hoy comparten Argentina y Uruguay no siempre tuvo el nombre que lo hizo célebre. Los primeros exploradores lo llamaron Mar Dulce. Una descripción modesta, casi tímida, para una desembocadura colosal.

Pero los nombres, como las personas, cambian cuando la realidad los supera.

Por ese estuario comenzaron a descender —directa o indirectamente, mediante redes comerciales y rutas terrestres como el Camino Real— cargamentos de plata provenientes del Alto Perú. La alternativa de enviar el metal hacia el Pacífico implicaba atravesar la cordillera y luego sortear los ataques de corsarios en el Caribe. El camino del sur, aunque largo, ofrecía una salida estratégica al Atlántico. Menos épico, quizá, pero más eficaz. Y la historia suele inclinarse ante la eficacia.

El agua empezó a reflejar el metal. Y el metal terminó rebautizando el agua.

Así nació el Río de la Plata. No por poesía —aunque la tuviera— sino por evidencia. El nombre era casi contable: por allí circulaba plata. Punto.

La geografía como destino

A veces imaginamos que los imperios se construyen con discursos y espadas. En realidad, se sostienen con caminos. Y los caminos los dicta la geografía.

Transportar la plata hacia el norte implicaba internarse en selvas implacables y regiones tropicales donde la enfermedad era tan letal como cualquier arma. El sur, en cambio, ofrecía una red de rutas terrestres y fluviales que conectaban el Alto Perú con el Atlántico. No era un trayecto sencillo —ninguno lo era en el siglo XVI— pero resultaba más viable.

La cordillera imponía límites; los ríos ofrecían salidas. Y así, sin discursos solemnes ni decretos grandilocuentes, la geografía inclinó la balanza. Como un arquitecto silencioso, diseñó el destino económico de la región.

Un poeta pone el nombre

El salto final lo dio la lengua.

En 1602, el clérigo y poeta Martín del Barco Centenera publicó un extenso poema titulado La Argentina. Allí utilizó el término derivado del latín argentum, que significa plata. No fue un virrey ni un cartógrafo quien fijó el nombre. Fue un poeta. Y hay algo profundamente humano en eso: que una nación haya sido nombrada no por un decreto, sino por una metáfora.

Argentina: la tierra vinculada a la plata.

Paradójico, ¿no? Un país cuyo nombre evoca riqueza nació, en buena medida, de un circuito extractivo que benefició sobre todo a la metrópoli. Brillo y sombra, abundancia y explotación, promesa y despojo. La antítesis estaba inscrita desde el origen.

El padre invisible

Potosí, entonces, no es solo un capítulo remoto en los manuales. Es el padre mineral de una identidad. Sin su plata, difícilmente el estuario habría cambiado de nombre; sin ese río rebautizado, tal vez la palabra Argentina no habría echado raíces.

Una montaña boliviana terminó dando nombre a una nación vecina. Como si la historia quisiera recordarnos que las fronteras son recientes, pero los procesos son compartidos.

Quizá por eso el nombre aún resuena. No como una simple referencia al metal, sino como eco de una época en la que el mundo se reordenaba al ritmo de la codicia y la esperanza. Un nombre que suena a brillo, sí. Pero también a memoria.

Y la memoria, a diferencia de la plata, no debería agotarse nunca.


sábado, 14 de febrero de 2026

Inés Gómez Carrillo: La pianista que llevó la música latinoamericana al mundo… y la historia la borró

 Una mujer, un piano y un continente de sonidos. La historia de la intérprete que conquistó Carnegie Hall, la Casa Blanca y el silencio de los libros.



Mientras nombres como Martha Argerich o Nelson Freire brillan en la memoria colectiva del piano argentino, hay una figura que durante décadas iluminó escenarios de tres continentes, fue ovacionada por la élite musical de su tiempo y, sin embargo, hoy apenas aparece en un par de líneas de enciclopedias. Inés Gómez Carrillo —Moña para los íntimos— no solo fue una de las pianistas más importantes del siglo XX en Argentina: fue la embajadora oculta de la música latinoamericana, una compositora de sensibilidad nativa y una maestra que formó generaciones. Su historia es un viaje de provincia al mundo, de aplausos al olvido, y una pregunta que resuena hoy: ¿por qué la olvidamos?

El comienzo en el corazón del folclore santiagueño

Nacida el 2 de abril de 1918 en Santiago del Estero, Inés no llegó al piano por azar: nació dentro de él. Su padre, Manuel Gómez Carrillo —compositor, musicólogo y director del Conservatorio Thibaud Piazzini en esa provincia— y su madre, la pianista María Inés Landeta Cesar, le transmitieron el amor por la música desde la cuna. Con solo tres años, ya exploraba el teclado bajo la guía de sus padres. A los doce, egresó como Profesora Superior de Piano, Teoría y Solfeo con calificaciones máximas.

Fue una infancia anclada en la raíz. En sus primeras composiciones —Cunita Blanca, T’hei de dejar, Chascañaui Munanquita— plasmó ritmos del norte argentino: vidalas, chacareras, textos en quechua y modismos santiagueños, envueltos en un lenguaje tonal con matices impresionistas. “Era una fusión de lo incaico con lo europeo; un piano que respiraba nuestra tierra”, describiría años después ella misma en una entrevista radial.

Pero Santiago era pequeño para su talento. En 1940, la Comisión Nacional de Cultura le otorgó una beca para perfeccionarse en el exterior. La Segunda Guerra Mundial desvió su destino: en lugar de Europa, rumbo a Nueva York.

La conquista de Occidente: de la Casa Blanca a Carnegie Hall

A los 22 años, Inés llegó a Nueva York con un maletín, su piano interior y una carta de recomendación de Arthur Rubinstein, quien la había escuchado en Buenos Aires y la definió como “una joya bruta que solo necesita pulirse”. Y se pulió.

Estudió con Edward Steuermann (discípulo directo de Schönberg y heredero de la escuela de Leschetizky), tomó clases de composición con Jerzy Fittelberg y, en un giro inesperado, se sumó a las clases secretas de Wanda Landowska, la reina del clavecín exiliada, que dictaba seminarios en una casa de Connecticut. Pero el gran salto llegó con Olga Samaroff Stokowski —alumna de un discípulo de Liszt— cuyo magisterio le dio la técnica impecable que la caracterizaría.

El mundo se rindió ante sus manos.

* 1942: Clasificó entre las tres mejores pianistas jóvenes de EE.UU. en el Concurso Naumburg (¡60 participantes!). Inmediatamente, la National Broadcasting Company la contrató para 160 emisoras.

* 1943: Debut en el Town Hall de Nueva York. La crítica del New York Times tituló: “Un piano que habla en lenguas universales”.

* 1945: La primera dama Eleanor Roosevelt la invitó a tocar en la Casa Blanca. Impresionados, los Roosevelt le otorgaron una Beca Presidencial que cubrió su manutención por un año.

* 1946-1951: Cuatro giras consecutivas por Europa. Tocó en las salas más emblemáticas: Carnegie Hall (¡tres recitales!), Salle Pleyel en París, Concertgebouw en Ámsterdam. Directores de la talla de Eugene Ormandy (Filarmónica de Filadelfia) la reclamaban como solista.

Pero Inés no era solo técnica; era narradora. En cada programa, incluía al menos una obra argentina o latinoamericana. “Llevaba la música de mi tierra como quien lleva un tesoro en el bolsillo”, contaría más tarde. Grabó discos con La Argentinita (bailadora de flamenco), rescató partituras de compositores contemporáneos y, en 1944, dejó para la posteridad El amor brujo versionado para piano y castañetas —un documento sonoro que hoy es una rareza.

El giro invisible: el amor que silenció el escenario

Todo parecía imparable. Hasta que, en 1952, conoció en una recepción posterior a un concierto a Juan María Campos Catellín Senillosa. Se casaron ese mismo año y nacieron Victoria (1954) y Arturo (1955).

Aquí comienza el gran vacío en su biografía.

Los conciertos se espaciaron. De 1955 a 1960, no hay registro de presentaciones. ¿Por qué? “Las obligaciones de madre y esposa no me permitían dedicarme al piano con la misma intensidad. El piano exige exclusividad; yo elegí la familia”, explicó en una entrevista de 1993.

Aun así, en 1962 —ya divorciada— se mudó a Madrid con sus hijos. Pero el destino la devolvió a casa. En 1968, el director del Conservatorio de La Lucila le ofreció integrarse al nuevo Conservatorio Juan José Castro en Buenos Aires. Aceptó. Así nació su segunda gran vida: la de maestra.

Regresó a Argentina no como la estrella que llenaba teatros, sino como la profesora que formaría a los próximos talentos. Ocasionalmente volvió a los escenarios —en 1980 le ofrecieron volver a EE.UU. con una oferta millonaria: 20.000 dólares por un departamento cerca del Carnegie Hall—, pero rechazó la propuesta: “No podía dejar a mis hijos ni pagar ese alquiler. El piano ya no era mi único hogar”.

La maestra y el legado enterrado

Desde 1969 hasta su jubilación, Inés fue columna del Conservatorio Juan José Castro (luego IUNA/DAMUS). Sus aulas fueron un santuario de rigor y emoción. Entre sus alumnos destacan Amy Wurtz, Lorena Eckell y la propia investigadora que rescató su historia, Mariana Quainelle, quien describe sus clases como “una fusión de disciplina europea y calidez criolla”.

Pero el mayor dolor de su legado fue el olvido público.

A pesar de haber ganado premios municipales, de la Comisión Nacional de Cultura y de ser miembro de la Academia Argentina de Música (1997), su nombre no aparecía en estudios clave:

* 100 años de música en Buenos Aires (Valenti Ferro, 1992)

* Mujeres de la Música (Frega, 2011)

* Música y Modernidad en Buenos Aires (Corrado, 2010)

¿Por qué?

Quien indaga en los archivos descubre la respuesta: Inés no dejó grabaciones de su etapa dorada. Los discos que existen son escasos: las canciones con La Argentinita, unas pocas piezas de su padre y un CD póstumo con grabaciones privadas. Sin esos registros sonoros, su técnica —alabada como “íntgra, perfecta, capaz de hacer llorar al público con un solo arpegio”— quedó en la memoria de quienes la escucharon, no en las vitrinas de la historia.

Mientras otras pianistas de su generación publicaban discos en grandes sellos, ella priorizó la enseñanza y la familia. El resultado: hoy, es la gran ausente de los libros.

El resurgir desde el silencio

La historia de Inés podría haber terminado en el anonimato si no fuera por un detalle: en 2008, la musicóloga Mariana Quainelle la llamó por teléfono, guiada solo por la guía telefónica. Así comenzaron siete años de entrevistas, en su departamento de Recoleta, en residencias de ancianos, en casas de familia. Se ganaron mutua confianza. Inés, ya nonagenaria, abrió sus álbumes de recortes, partituras manuscritas y programas amarillentos.

Gracias a ese trabajo —publicado en el estudio “Inés Gómez Carrillo, creadora y difusora de la música latinoamericana del siglo XX” (2023)— hoy sabemos:

* Fue la única pianista argentina que un maestro brasileño de la Universidad de Hartford conocía personalmente.

* Su genealogía pianística la vincula a Liszt (a través de Olga Samaroff), Scriabin (por Djane Lavoie-Herz) y Chopin (vía Wanda Landowska).

* Compuso 7 obras que fusionaban lo nativo con lo académico, y que hoy son un testimonio único de la generación del 45.

Su mayor triunfo póstumo: en 2014, al morir, los diarios no la mencionaron. Pero en 2023, su nombre resuena en congresos de musicología. “Rescatamos no solo una carrera, sino una voz que conectó el folclore con el concierto universal”, afirma Quainelle.

Cierre reflexivo: ¿quién guarda la memoria del sonido?

Inés Gómez Carrillo murió el 22 de junio de 2014, en la casa de su hija, mientras dormía. Ya no tenía piano. Pero su legado late en cada alumno que enseña, en cada partitura rescatada y en una pregunta incómoda:

¿Cómo es posible que una artista que llenó el Carnegie Hall, la Casa Blanca y el Teatro Colón haya sido borrada de la historia oficial?

La respuesta quizá yace en lo que ella misma eligió: priorizar la vida sobre la fama. En un mundo que celebra el individualismo, Inés optó por la familia, la enseñanza y la música como servicio, no como espectáculo.

Hoy, cuando escuchamos un piano que mezcla una chacarera con un scherzo de Schumann, cuando una joven pianista cita a una maestra que “enseñaba que el piano debe servir a la emoción, no al ego”, estamos ante su sombra benévola.

Su historia no es solo la de un talento olvidado. Es un recordatorio: la cultura no vive solo de los nombres que llenan portadas, sino de aquellas voces que, desde la discreción, tejieron los hilos invisibles de nuestra identidad musical.

Inés Gómez Carrillo no necesitó discos de oro. Su oro fue el silencio de las salas cuando sus dedos tocaban, y el eco de esas notas, que hoy, por fin, empiezan a escucharse.

Fuentes principales para este artículo:

* Quainelle, M. (2023). Inés Gómez Carrillo, pianista argentina. Creadora y difusora de la música latinoamericana del siglo XX. AVANCES, (32). Recuperado de: https://revistas.unc.edu.ar/index.php/avances/article/view/41617

* Benítes, F. L. (1945, 13 de julio). Entrevista a Inés Gómez Carrillo. El Hogar, XLI(1865), pp. 56-61.

* Comisión Nacional de Cultura (1940, 11 de octubre) Beca Comisión Nacional de Cultura. Buenos Aires, Argentina.

* Gómez Carrillo, I. (2009). Sin título [entrevista]. Un puente al pasado, Radio Nacional.

* La pianista Gómez Carrillo define a su patria en Cunita Blanca, Te’i de dejar y Coplas para la Imilla (1941). La Prensa. Nueva York.

* Porto, M. B. (1944/45). Diez minutos con una gran pianista. Para Tí, p. 34.

* Porto, M. B. (1948, mayo). Causa sensación en el mundo Inés Gómez Carrillo. Sintonía, XV, XVI (495), p. 108.

* Discografía: Gómez Carrillo, I. (1996). El amor brujo. Colección de danzas clásicas españolas [disco de vinilo]. Sonifolk. España. / Gómez Carrillo, I. (1943-1945). Argentinita, Danzas españolas con castañuelas [disco de vinilo]. Decca Album. Estados Unidos.

Entre zambas y pañuelos: El romance oculto que vuelve a la vida.

Marina Ábalos, hija de Adolfo Armando Ábalos y Nancy Gordillo, cuenta en qué momento y por qué su padre escribió "Agitando Pañuelos".



Bellas zambas hay muchas, pero pocas como "Agitando pañuelos", la que escribió Adolfo Armando Ábalos, de Los Hermanos Ábalos, tras conocer a la joven bailarina Nancy Gordillo y quedar engualichado por su belleza. Es la que todos bailan, es con la que muchos se enamoraron, es la danza hecha canción de una bella declaración de amor de un hombre que encontró a la mujer de su vida bailando.  

Y hoy, Día de los Enamorados, qué mejor momento para contar esta historia de amor, de vida que se forjó, en los años 50 en "El rancho de los Ábalos", una imponente casona frente al mar en Mar del Plata. De ese amor nacieron, por parafrasear a Los Hermanos Ábalos, según el orden de aparición de la cigüeña: Nancy, Marina, Amílcar y Giselle, también músicos y otrora integrantes del conjunto Los Ábalos Gordillo.

Marina Ábalos está en Santiago. Ella, quien integra el grupo de Raly Barrionuevo, se presentará hoy en el Festival Dorado de la Algarroba cuya XIII edición se realizará en el Club Central Argentino de esa ciudad con el friense como figura central. 

Marina en dialogo con un medio local contó esta historia de amor que el mundo baila y canta y que ella escuchó desde niña.

Dicen que el pañuelo, de un sinnúmero de significados simbólicos, en la zamba es una extensión del cuerpo, utilizado para comunicarse sin hablar. Y es, en esencia, una fuente de inspiración para generaciones para experimentar el amor romántico. "Agitando Pañuelos" es, sin lugar a dudas, una bandera de identidad y expresión sensitiva.

"¡Te vi! ¡No olvidaré...!"

"La zamba "Agitando Pañuelos" es una verdadera declaración de amor de mi padre Adolfo Ábalos a mi mamá Nancy Gordillo. Mi madre era bailarina y tenía una agrupación, cuando era muy jovencita, que se llamaba ""Chunquituy". Nosotros nos criamos con ellos contándonos la historia. Ellos estaban orgullosos, él por haberla hecho y ella porque se la hicieron. En casa, papá tocaba la zamba y mamá la bailaba. Luego, nos enseñaron a cantar, a tocarla".

De esta manera, Marina fue introduciéndonos en la historia de "Agitando Pañuelos". Nos mostró una foto, documentos irrefutable del amor de Adolfo por Nancy: una foto en blanco y negro, en la que aparece bailando Nancy (fallecida hace un año y medio) y en su anverso, de puño y letra de Adolfo, la letra.

Inmediatamente, se sentó al frente del tecladito que le prestaron y arrancó con los primeros acordes de la zamba. "¡Te vi! ¡No olvidaré...! Un carnaval, guitarra, bombo y violín… ¡Agitando pañuelos te vi...! Cadencia al bailar… airoso perfil…", escribió Adolfo. "Literalmente, la conoció bailando y quedó prendado", resaltó Marina.

Un amor que perduró

Marina se emociona a medida que desde el teclado van surgiendo esas armonías que a su padre le brotaron del alma y le salían a borbotones cuando conoció a Nancy. 

"¿Cómo fue la cosa?", destaca Marina para luego empezar a brindar detalles de esa historia de amor. "Mi padre Adolfo vivió, ente el 54 y el 58 en Estados Unidos donde daba unas clínicas de música folclórica. Cuando decide volver a la Argentina se reencuentra con sus cuatro hermanos (Napoleón Benjamín ("Machingo"), Roberto Wilson, Víctor Manuel ("Vitillo") y Marcelo Raúl ("Machaco") en Mar del Plata, donde tenían un lugar para hacer peñas que se llamaba "El rancho de los Ábalos", una hermosa casona frente al mar. Ellos estaban con una muy buena bailarina que era una chica jovencita, Nancy Gordillo, que iba acompañada por su mamá a todos lados, y que era la bailarina de Los Hermanos Ábalos". Quedó prendado".

Y explicó el significado de la segunda estrofa: "¡Me fui… diciendo adiós...! Y en ese adiós quedó enredado un querer… ¡Agitando pañuelos me fui...! ¡Qué lindo añorar… tu zamba de ayer!". Marina contó: "Después que terminaron las actuaciones esa temporada de verano, Los Hermanos Ábalos volvieron a Buenos Aires y estuvieron un tiempito sin verse", destacó Marina.

Entre "Agitando Pañuelos" y "La chacarera del rancho"

Marina reveló también que Adolfo, de la inmensa alegría que tenía de reencontrarse con sus hermanos, sacó el piano al balcón de "El rancho de los Ábalos". Recordó: "Papá ya había hecho la melodía de "Agitando pañuelos". Queda prendado de la bailarina, pero parece que la tuvo que remar un tiempo hasta que mamá lo aceptara. Mi papá tenía 40 años y mi mamá 25. Por la diferencia de edad, mi abuela materna no quería saber nada, pero triunfó el amor". 

Remarcó: "Nancy le inspira la letra de la zamba y se la dedica; mamá tiene en un cuadrito el manuscrito con la dedicatoria, fue en 1958. Después surge una gira para Bariloche y ahí se reencuentran. Pasan menos de un año de novios, se casan, pero no podían tener hijos. En el medio de esos años, buscando los hijos que no llegan, papá escribe la letra de "Chacarera del rancho" y como propiciando la llegada de la guagüita escribe la letra y aparece la estrofa de si alguna guagüita pudiera tener. Y así fue como nació mi hermana mayor, Nancy".

Marina está orgullosa de la historia de amor de sus padres. Sus ojos se enjugan cuando evoca donde se conocieron Adolfo y Nancy. Su voz se entrecorta y, por momentos, deja de tocar en el teclado "Agitando pañuelos" para recordar que su papá falleció en el 2008 y su mamá hace un año y medio.

"Agitando pañuelos", tal como lo dijo Marina, es un himno que inspira. Y es válido recordarlo hoy en el Día de los Enamorados como un ejemplo precioso.

Descendencia de Adolfo y Nancy

Nietos/as: Hijas de Nancy ("Nancyta") son: Rocío y Lucía, y a la vez Rocío tiene una hija Nina, bisnieta; Marina es mamá de Julián y Marino; Amílcar no tiene hijos y Giselle, la hermana más chica que ya nació en Mar del Plata, tiene una hija Jazmín.

En tanto, los hijos de Adolfo de su primer matrimonio son "Fito" (Adolfo) y Beatriz, "que estamos desde chiquitos en hermosa relación", subrayó Marina.

Fuente: El Liberal


viernes, 13 de febrero de 2026

Resistencia en la Cumbre: Crónica de dos siglos de lucha por el Famatina.

Cuando el oro y la plata encienden la codicia a nivel internacional, un cerro en La Rioja se transforma en un símbolo de resistencia tanto ambiental como social.


 

En el corazón de La Rioja, se alza majestuoso el Cerro Nevado de Famatina, conocido también como General Belgrano. Con sus 6.250 metros de altura y su cima siempre cubierta de nieve, esta montaña ha sido un testigo silencioso de dos siglos llenos de violencia, ambición y resistencia. Para los pueblos originarios Diaguitas, este lugar sagrado en el valle oriental de la montaña se llamaba Wamatinaj, pero con el tiempo se convirtió en el centro de una disputa que comenzó en 1822 y que aún persiste hoy en día. Esta es la historia de cómo una montaña argentina se transformó en el escenario de un conflicto entre las ambiciones extractivistas internacionales y las comunidades locales que luchan por proteger su territorio, su agua y su forma de vida.

Los Primeros Golpes: Rivadavia y el Empréstito Baring (1822-1827)

La historia moderna de la explotación del Famatina arranca con Bernardino Rivadavia, quien era ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores de la provincia de Buenos Aires bajo el gobierno de Martín Rodríguez. Según el historiador Henry Ferns en su libro "Gran Bretaña y Argentina en el siglo XIX" (1966), el 19 de agosto de 1822, la Junta de Representantes de Buenos Aires dio luz verde al gobierno para negociar un empréstito de entre tres y cuatro millones de pesos.

El contexto internacional era favorable para las aventuras especulativas. La banca inglesa estaba en plena fiebre de inversión tras la conversión de la deuda inglesa, con 215 millones de libras buscando colocación a intereses más altos. En este marco, el 1 de julio de 1824, se firmó un contrato con la Banca Baring para un empréstito de un millón de libras esterlinas.

Pero Rivadavia tenía planes más ambiciosos. Como menciona Hernán Rolando Medina, investigador del Observatorio de Empresas Transnacionales, solo unos meses antes de obtener el empréstito, el 24 de noviembre de 1823, Rivadavia se dio permiso a sí mismo para impulsar la creación de una sociedad en Inglaterra con el objetivo de explotar las minas de oro y plata en el territorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Un mes antes de conseguir el empréstito, Rivadavia viajó a Londres como ministro plenipotenciario y estableció tres compañías: Buldings Rio Plata Association, Rio Plata Agricultural Association y Rio Plata Mining Association. Esta última rápidamente obtuvo la concesión del monopolio minero en el Río de la Plata, enfocándose especialmente en las riquezas del Cerro Famatina.

El choque con Facundo Quiroga

La ambición centralista de Rivadavia se enfrentó de manera directa al federalismo provincial. Desde 1824, la Famatina Mining Company, organizada por los hermanos británicos Robertson con un capital de 250 mil libras esterlinas, ya estaba explotando los yacimientos del Famatina con la autorización del gobierno riojano, respaldada por la Ley Fundamental que permitía a las provincias gestionar sus riquezas naturales.

Esta situación se convirtió en un verdadero obstáculo para los planes de Rivadavia. Una vez que asumió la presidencia el 6 de febrero de 1826, no perdió tiempo y promulgó una ley que declaraba las tierras públicas y otros bienes inmuebles como propiedad nacional, lo que marcó el regreso del centralismo directorial. Sin embargo, el gobernador de La Rioja, Facundo Quiroga, hizo caso omiso a las órdenes de Rivadavia, complicando el trabajo de los ingenieros ingleses que ya estaban en Famatina.

Rivadavia intentó derrocarlo, pero la realidad se impuso sobre sus ambiciones: los ingenieros descubrieron que el oro no era tan abundante como se había esperado, y que las riquezas del cerro eran más un mito que una realidad.

Como señala Ferns, "los gastos de explotación serían mayores que las ganancias, ya que el enorme obstáculo de la distancia complicaba el transporte hacia el interior y el uso de equipos pesados". Además, los desórdenes revolucionarios habían alterado las relaciones sociales de tal manera que la mano de obra se había reducido drásticamente. El desastre fue total.

En 1827, Rivadavia renunció a la presidencia y la Rio Plata Mining Association se declaró en quiebra en medio de la crisis de 1825. Sus síndicos demandaron al gobierno nacional por daños y perjuicios por 52.520 libras, cuando su capital nominal inicial había sido de un millón de libras esterlinas.

La Famatina Company corrió la misma suerte. "En 1827, sus acciones, que habían costado 50 libras, se vendían a solo dos libras, y este desastre parece haber sido uno de los factores que llevaron a la bancarrota de los hermanos Robertson", señala Ferns.

El Intervalo: La Mejicana y el Cable Carril (1894-1926)

Después de años de estar en un segundo plano, el Famatina volvió a captar la atención de los extractivistas a finales del siglo XIX. En 1894, el ingeniero de minas Emilio Hunicken publicó su trabajo "Síntesis sobre la Industria Minera y Metalúrgica de La Provincia de La Rioja", que estableció las bases científicas y técnicas para un nuevo intento de explotación.

En 1904, con inversiones alemanas, se construyó un Cable Carril para transportar oro y plata desde el proyecto minero La Mejicana hasta la estación del ferrocarril en las afueras de Famatina. Una empresa británica extrajo el oro de la mina hasta la Primera Guerra Mundial, cuando las complicaciones logísticas llevaron a la creación del horno de fundición Santa Florentina, ubicado a siete kilómetros del centro de la ciudad, para convertir el mineral en lingotes.

Finalmente, en 1926, la explotación del Famatina se detuvo porque el oro comenzó a aparecer de manera dispersa y no había tecnologías disponibles para hacer rentable ese tipo de extracción. El recuerdo de La Mejicana sigue siendo amargo en la memoria local. Como mencionan Maristella Svampa, Marian Sola Álvarez y Lorena Bottaro en "Minería transnacional, narrativas del desarrollo y resistencias sociales" (2009), los habitantes de Famatina aún recuerdan: "Ni una dentadura de oro nos dejaron. Se llevaron todo. Lo único que dejaron fueron mujeres viudas..."

El Siglo XXI: La llegada de Barrick Gold

Después de más de 70 años de calma relativa, el Famatina vuelve a estar en el punto de mira del extractivismo internacional con la llegada de Barrick Gold Corporation, la multinacional minera con sede en Toronto, Canadá. Según el Observatorio de Empresas Transnacionales en su informe de 2007, Barrick opera más de 27 minas en 15 países alrededor del mundo.

La empresa comenzó su andadura en América Latina en 1993, llegando primero a Perú y luego a Chile en 1994. En 2001, tras fusionarse con Homestake, Barrick hizo su entrada en Argentina al adquirir el Proyecto Veladero en San Juan. En 2005, llegó a La Rioja con la intención de explotar los yacimientos de oro abandonados de la mina La Mejicana, con una inversión prevista de 10 millones de dólares.

El historial de Barrick Gold

El historial de conflictos de Barrick Gold a nivel mundial es extenso y preocupante, como señala el informe del Observatorio de Empresas Transnacionales:

En Papúa Nueva Guinea, las comunidades indígenas protestaron durante años contra la mina Portera (de Placer Dome, que fue subsidiaria de Barrick hasta 2006), que vertía sustancias tóxicas, incluyendo mercurio, directamente en un río. Los desechos tóxicos superaban hasta 3.000 veces los límites permitidos. El escándalo fue tan grande que en 2009 el Fondo Soberano de Noruega decidió retirar sus acciones de la empresa, citando razones de ética ambiental.

En Filipinas, el gobierno de la provincia de Marinduque presentó una demanda por 100 millones de dólares contra Placer Dome debido a los enormes daños económicos y ambientales causados. Entre 1975 y 1991, la empresa se encargó de depositar más de 200 millones de toneladas de desechos tóxicos en la Bahía de Calancan, lo que afectó la seguridad alimentaria de 12 comunidades pesqueras.

En Tanzania, en marzo de 1999, Barrick adquirió los depósitos de Bulyanhulu al comprar Sutton Resources. El gobierno tanzano y la empresa desalojaron a la fuerza a 200 mil personas. Se reportaron casos alarmantes de 65 mineros que fueron enterrados vivos cuando las autoridades decidieron rellenar los pozos para evitar que los trabajadores regresaran.

En Australia, en Lake Cowal, Barrick utiliza 17 millones de litros de agua al día de fuentes subterráneas, superando el consumo total del distrito de Lismore. Desde que la empresa comenzó sus operaciones, el nivel del agua en la zona ha bajado entre 20 y 50 metros por debajo del nivel del suelo.

La Resistencia en Famatina: "El Famatina No Se Toca"

En 2006, los habitantes de Famatina, Chilecito y otras localidades empezaron a informarse sobre la instalación de un megaproyecto minero. Formaron asambleas para concienciar a la población sobre los posibles peligros. De estas reuniones nació la consigna que se convertiría en un símbolo de resistencia: "El Famatina no se toca".

El 29 de enero de 2007, se llevó a cabo la primera acción directa. Vecinos de varias localidades interrumpieron el tráfico en las rutas nacionales 38 y 74 a la altura de Patquía. Exigieron una ley que prohibiera la minería a cielo abierto en la zona del cordón del Famatina. Los asambleístas contaron con el apoyo del diputado nacional Carlos Tinnirello y el ex legislador Luis Zamora.

La Victoria Temporal

El esfuerzo comenzó a dar sus frutos. El 8 de marzo de 2007, una crisis política estalló en la provincia, involucrando al gobernador Ángel Eduardo Maza y revelando su complicidad con Barrick Gold. Maza renunció y el vicegobernador Luis Beder Herrera tomó el mando, aprovechando la oportunidad para adoptar un discurso ambientalista.

En este contexto, se aprobó la Ley 8137, que prohibía la explotación minera a cielo abierto utilizando sustancias contaminantes como cianuro de sodio, ácido sulfúrico y mercurio. Al mismo tiempo, se promulgó la Ley 8138, que convocaba a una consulta popular en Famatina y Chilecito para el 29 de julio de 2007.

Sin embargo, Barrick Gold declaró que no cumpliría con la orden judicial y que comenzarían a "informar" a la comunidad sobre los beneficios de la minería. Los vecinos decidieron mantener el corte en el acceso al megaproyecto. En julio de 2007, se llevó a cabo en Chilecito-Famatina el IV encuentro de la Unión de Asambleas Ciudadanas (UAC), donde se presentó un enfoque innovador: un juicio oral y público contra Barrick Gold por los daños ambientales, sociales y económicos en América Latina. La sentencia exigió la condena y expulsión de la empresa.

La Traición y la Represión

El 19 de agosto de 2007, Beder Herrera se lanzó a la carrera por la gobernación y logró una victoria contundente. Desde ese momento, su discurso sobre el medio ambiente dio un giro radical. El 7 de agosto de 2008, se eliminaron las leyes que prohibían la minería contaminante y la que convocaba a una consulta popular.

La Cámara Argentina de Empresarios Mineros (CAEM) celebró esta decisión en un comunicado, donde reconocieron haber hecho gestiones ante las autoridades de La Rioja y elogiaron el "liderazgo político" de Beder Herrera. Se fundó la empresa estatal de energía y minas (EPEM) para gestionar el patrimonio minero que se iba a licitar.

Como respuesta a estas acciones, el 12 de agosto, se llevó a cabo en Chilecito una marcha con la participación de dos mil personas. La plaza principal se llenó de pancartas que proclamaban "la vida vale más que el oro" y "El Famatina no se toca".

La Violencia Efectiva Contra los Militantes

Desde agosto de 2008, la relación entre el gobierno provincial, Barrick y las comunidades locales se tornó en un enfrentamiento abierto. Se repitieron los intentos de silenciar y prohibir las charlas informativas sobre minería en las escuelas provinciales. Además, se despidió a periodistas que denunciaron las irregularidades.

El 21 de febrero de 2009, mientras el gobernador Beder Herrera asistía al aniversario de Chilecito, alrededor de 30 miembros de las Asambleas Ciudadanas Riojanas fueron reprimidos por la policía. Según informó el diario Página 12, algunas personas fueron subidas a patrulleros y llevadas a diferentes comisarías. Una mujer de 70 años, con antecedentes cardíacos, tuvo que ser internada de urgencia en terapia intensiva.

El Ataque en Peñas Negras

El episodio más violento tuvo lugar el 14 de abril de 2009. Funcionarios de la Secretaría de Minería y de Ambiente, liderados por el secretario Héctor Eduardo Romero y acompañados por personal de Barrick Gold, llegaron al campamento de los ambientalistas en el cerro Famatina.

De acuerdo con testimonios, arremetieron con sus vehículos 4x4 contra la barrera y agredieron a las mujeres que se sentaban pacíficamente frente a los vehículos. A empujones, golpes y patadas, apartaron a los asambleístas. Un documentalista también fue golpeado. Marcela Crabbe y Carina Díaz Moreno resultaron heridas.

El 21 de junio, el juez Alfredo Ramos de Chilecito decidió aplicar el artículo 194 del Código Penal y encarcelar a Díaz Moreno "por agresión a funcionarios". Curiosamente, el grupo que agredió nunca fue investigado. Sin embargo, tras la presión de los medios y la sociedad, Ramos finalmente accedió a liberar a la asambleísta.

¿Qué es la Minería a Cielo Abierto?

Para entender la magnitud del conflicto, es crucial saber qué implica la minería a cielo abierto que Barrick quería llevar a cabo en el Famatina. Como señala el biólogo Raúl Montenegro, citado por Javier Rodríguez Pardo en "Cuando se grita 'no' a una bomba de tiempo" (2007), este método sustituye al tradicional de socavones.

El proceso comienza con la detección satelital de áreas que tienen una concentración significativa de minerales polimetálicos en extensas zonas. Una vez que se localiza el mineral, se realizan mapeos topográficos y geológicos, se toman muestras y se establecen campamentos.

La explotación implica volar grandes cantidades de rocas en la montaña. Al material resultante se le aplican diversas sustancias químicas (cianuro, ácido sulfúrico, mercurio) que se mezclan con enormes cantidades de agua, dando lugar al proceso de lixiviación, donde se separan los minerales del resto de la roca. A medida que disminuye la cantidad de mineral presente, se requieren más explosivos y agua.

Los impactos son devastadores: hay una destrucción irreversible de los ecosistemas nativos, alteraciones geomorfológicas significativas, distorsión de cuencas hídricas, disminución de la regularidad hídrica, y contaminación del aire, agua y suelo con residuos peligrosos, además de la destrucción del paisaje y la percepción ambiental del lugar.

Los datos preliminares sugerían que el proyecto en Famatina consumiría mil litros de agua por segundo y quemaría enormes cantidades de combustible para mover equipos que necesitan caminos de 60 metros de ancho.

El Contexto Global: Centro y Periferia

Como menciona el geógrafo Ricardo Méndez en "Geopolítica de los recursos naturales" (2006), hay una clara diferencia entre las prácticas mineras en los países centrales y en los periféricos. En naciones como Canadá, de donde proviene Barrick, se tiene muy en cuenta la capacidad contaminante de la minería y se aplican leyes estrictas a las empresas mineras locales.

Por otro lado, en los países periféricos, sus ecosistemas son considerados como recursos semilibres, actuando como sumideros para los países desarrollados. La conservación en el Norte y la explotación depredadora en el Sur son actividades que se complementan y se apoyan mutuamente.

George Benko, en "Economia, espaço e globalizaçao na aurora do Século XXI" (1996), describe la globalización como la "aceleración planetaria de la circulación de flujos, intercambios, tecnologías, culturas, informaciones y mensajes". En este contexto, Latinoamérica ha sucumbido a las influencias externas, ya que posee recursos naturales que han recobrado interés en la última década, especialmente en medio de la crisis del paradigma energético basado en el petróleo

La Identidad y la Resistencia

El cerro Famatina se ha convertido en un pilar esencial de la identidad de la comunidad local. Como señala Manuel Castells en "La Era de la Información" (1999), la identidad es "el proceso de construcción del sentido a partir de un atributo cultural, o un conjunto relacionado de atributos culturales, que se prioriza sobre otras fuentes de significado".

Esta identidad es defensiva, donde se reevalúa el juicio de valor mientras se fortalece la frontera. Los habitantes excluyen a quienes los excluyen, adoptando un "tiempo cosmológico" y rechazando el "tiempo inmediato del desarrollo instrumentalista".

La defensa del cerro está conectada con su historia, que se remonta a tiempos anteriores a la conquista, en la búsqueda de controlar el espacio y el tiempo, preservándolo para las futuras generaciones. No se trata solo de una lucha ambiental, sino de una batalla por el sentido mismo de la vida comunitaria.

Las Normas Internacionales Ignoradas

En 2003, la Organización de las Naciones Unidas emitió las "Normas sobre las responsabilidades de las empresas transnacionales y otras empresas comerciales en la esfera de los derechos humanos". El artículo 14 establece de manera clara:

"Las empresas transnacionales y otras empresas comerciales llevarán a cabo sus actividades de acuerdo con las leyes, reglamentos, prácticas administrativas y políticas nacionales relacionadas con la conservación del medio ambiente [...] y, en general, realizarán sus actividades de manera que contribuyan al logro del objetivo más amplio del desarrollo sostenible."

Lo que ha sucedido en Famatina es un claro ataque a estos principios, no solo contra la naturaleza, sino también contra la dignidad de las comunidades locales, que han sido pisoteadas por una serie de silencios, complicidades y represión efectiva.

El Estado del Conflicto

Para el año 2009, la situación seguía siendo tensa. El 29 de junio, Yamiri S.A., una empresa vinculada a Barrick en varios proyectos, fue vendida en Canadá y se retiró del mercado en una transacción respaldada por el fondo de inversión Endeavour Financial, por un total de 677.268 dólares.

A pesar de esto, los activistas ecologistas no bajan la guardia. El Secretario de Minería, Oscar Lehz, anunció que la exploración minera regresaría a la mina La Mexicana, según lo reportado por Diario Crítica el 21 de julio de 2009.

Reflexiones Finales: Dos Siglos, la Misma Historia

La lucha por la posesión del Famatina revela una continuidad histórica sorprendente. Desde el empréstito Baring y las aventuras especulativas de Rivadavia en el siglo XIX, hasta la llegada de Barrick Gold en el siglo XXI, el patrón se repite: la indiferencia de los políticos locales hacia los intereses argentinos, ahora acentuada por la globalización.

El papel del Estado riojano, tanto en la época de Maza como en la de Beder Herrera, pone de manifiesto la persistencia del clientelismo político que socava los esfuerzos de resistencia. Sin embargo, en Famatina y sus alrededores, muchos de los habitantes se niegan a dar su apoyo social a la explotación minera.

La lucha por el Famatina va más allá de lo ambiental. Es una batalla por el modelo de desarrollo, por la soberanía sobre los recursos naturales, y por el derecho de las comunidades a decidir sobre su territorio. En esencia, es una lucha por el significado mismo de vivir en comunidad y por preservar un legado para las futuras generaciones.

Como menciona Norma Giarracca en "Disputas manifiestas y latentes en La Rioja minera" (2009), la vida y el agua son temas centrales en esta discusión. No es de extrañar que la frase "El Famatina no se toca" haya resonado más allá de La Rioja, convirtiéndose en un símbolo de las luchas ambientales en toda América Latina.

Dos siglos después de Rivadavia, la historia del Famatina nos plantea una pregunta crucial sobre el tipo de país que deseamos ser: ¿uno que entrega sus recursos al mejor postor extranjero, o uno que protege su patrimonio natural y cultural para las futuras generaciones? En las cumbres nevadas del cerro riojano, esa pregunta sigue sin respuesta.

Artículo basado en la investigación “Famatina: Dos siglos de violencia” de Hernán Rolando Medina es Investigador argentino del Observatorio de Empresas Transnacionales (OET). Colaborador del Centro Argentino de Estudios Internacionales (CAEI). Se encuentra cursando la Licenciatura en Geografía de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.).

Fuentes consultadas:

* Medina, Hernán Rolando (2009). "Famatina: Dos siglos de violencia". Observatorio de Empresas Transnacionales.

* Ferns, Henry (1966). "Gran Bretaña y Argentina en el siglo XIX". Buenos Aires: Solar/Hachette.

* Svampa, M., Sola Álvarez, M. y Bottaro, L. (2009). "Minería transnacional, narrativas del desarrollo y resistencias sociales". Buenos Aires: Biblos.

* Observatorio de Empresas Transnacionales (2007). "Reporte número 1: Informe sobre Barrick Gold Corporation".

* Rodríguez Pardo, Javier (2007). "Cuando se grita 'no' a una bomba de tiempo".

* Diario Página 12 y Diario Crítica (2009). Coberturas periodísticas citadas.

jueves, 12 de febrero de 2026

Roberto Benavidez: las manos que domaban el quebracho y esculpían la memoria de La Banda

 



Hay artistas que buscan su materia prima. Y hay otros —raros, casi obstinados— que nacen ya atravesados por ella. Roberto Benavidez pertenecía a esa segunda especie: la madera no era su herramienta, era su idioma. Tenía el quebracho en la sangre como otros tienen la música o la fiebre. No necesitaba modelos. Los rostros de Santiago del Estero vivían en su memoria con la nitidez de una fotografía antigua, un poco gastada, pero imposible de borrar.

Dicen que el arte se aprende. A veces sí. Pero otras veces ocurre lo contrario: el arte lo elige a uno con la misma firmeza con que el monte elige al quebracho más duro para resistir el viento. Benavidez fue de esos elegidos incómodos, incapaces de escapar a su destino. No hubo academia que le enseñara lo que ya sabía en los huesos. La gubia, en sus manos, parecía una extensión natural de su anatomía.

 “El Negro”, como lo llamaban en La Banda, pertenecía a una estirpe de artesanos que no necesitaban estridencias para ser grandes. Su taller —más santuario que espacio de trabajo— olía a viruta fresca y a silencio concentrado. Allí convivían el quebracho colorado, el itín, el mistol, el algarrobo. Maderas densas, ásperas, resistentes. Maderas como su tierra. Y uno no puede evitar pensar en la ironía: en una provincia tantas veces postergada por el poder central, él eligió el material más duro, más indócil, como si tallar el quebracho fuera también una forma de afirmar dignidad.

Lo extraordinario no era solo su técnica —que la tenía, y sólida— sino su capacidad para esculpir sin mirar. Tallaba al hombre santiagueño sin tenerlo enfrente; conocía de memoria la curva del rostro curtido por el sol, la mirada resignada y orgullosa a la vez. Sus figuras parecían emerger de la madera como agua que brota de una grieta antigua. Él no imponía formas: liberaba las que ya estaban latentes, como si el tronco guardara historias esperando una mano paciente que las despertara.

Caminar por La Banda es, todavía hoy, toparse con su huella. Sus obras habitan casas humildes y edificios públicos, despachos solemnes y salas familiares donde el mate circula sin protocolo. Están ahí, dispersas, como semillas que alguien fue sembrando con discreción. No buscó el museo distante; eligió la cercanía. Esa es otra antítesis que lo define: un arte capaz de llegar a la Cámara de Diputados de la Nación y, al mismo tiempo, descansar en la pared de una cocina bandeña.

Entre sus piezas más emblemáticas destaca Renacer de la Democracia en la época propicia, tallada en algarrobo negro y hoy perteneciente a la Honorable Cámara de Diputados de la Nación. La obra fue donada por Blanca Macedo de Gómez, primera mujer diputada nacional de la UCR por Santiago del Estero, como homenaje a su propia trayectoria y a la de tantas mujeres que abrieron camino en la política argentina. Hay algo profundamente simbólico en esa escena: la democracia, concepto abstracto y tantas veces frágil en nuestra historia, convertida en madera dura, resistente, casi indestructible. Como si el artista hubiera querido recordarnos que la libertad, para perdurar, necesita raíces profundas.

El reconocimiento no se quedó en el norte. Fue invitado a realizar una versión monumental de dos metros en Trelew, Chubut. El quebracho santiagueño viajó al sur, llevando en sus vetas el calor del monte. Resulta difícil no sonreír ante la imagen: un árbol del norte dialogando con el viento patagónico. Argentina, tan diversa y tan fragmentada, reunida en una pieza de madera.

Benavidez fue también hijo de una época dorada de la cultura bandeña, cuando nombres propios se multiplicaban como constelaciones en un cielo claro. Los Benavidez brillaron con luz propia. Su hermano Mario partió antes; ahora, la imaginación popular los reúne en ese firmamento que Santiago reserva para sus artistas queridos. Puede sonar romántico —lo es— pero también es profundamente humano: necesitamos pensar que quienes dieron forma a nuestra identidad siguen, de algún modo, tallando estrellas.

El poeta Pochy Ramón Carrillo y Alito Toledo lo inmortalizaron en una chacarera:

“Tata Dios posó en sus manos / fecundas en la madera / gran domador de quebrachos / de mi tierra bandeña.”

Y la metáfora no es exagerada. Domar el quebracho no es tarea menor. Es una madera áspera, testaruda, casi orgullosa. Domarla sin violentarla, sacarle curvas y miradas sin quebrarla, exige paciencia y respeto. Benavidez lo hacía como quien conversa con un viejo amigo: sin gritos, sin apuro. En tiempos de inmediatez y ruido, su oficio parecía un acto de resistencia silenciosa.

Se apaga la presencia física. Esa es la parte inevitable, la que nunca aprendemos a aceptar del todo. Pero su obra permanece. Y en ella late algo más que técnica: late la memoria de un pueblo. Cada rostro tallado es un espejo; cada escena costumbrista, un archivo sentimental.

Tal vez eso sea, en definitiva, el verdadero arte: no la búsqueda de la fama, sino la obstinación por preservar aquello que el tiempo insiste en desgastar. Como el quebracho mismo, Roberto Benavidez resistirá. No en mármol frío ni en bronce solemne, sino en la calidez áspera de la madera que todavía respira.

Porque las manos que esculpen la identidad de un pueblo no se retiran.

Simplemente cambian de forma. Y siguen ahí, latiendo en cada veta.


martes, 10 de febrero de 2026

El tiempo en que en Santiago se quemaban “brujas” en la hoguera


A propósito de “La noche de brujas” o Halloween, ritual que se introdujo en el país y la provincia, cabe recordar que en el Santiago del Estero colonial también hubo procesos similares que terminaron con mujeres –sobre todo- ajusticiadas por hechicería. Una faceta oscura y poco conocida de nuestra historia.

En Santiago del Estero se introdujo desde hace algunos años la festividad de “Halloween”, cuyo origen es discutido, pero se remonta a Irlanda y Escocia, y algunos autores sostienen que podría haber sido una celebración pagana de los celtas que luego se cristianizó como “Víspera de Todos los Santos”, tras lo cual fue introducida por inmigrantes en EE.UU. Lo cierto es que se popularizó y se vinculó a las leyendas de brujería, extendiéndose a otros países. Pero lo poco conocido por estas latitudes es que en Santiago del Estero la cacería de brujas existió siglos atrás.

 “La salamanca de Lorenza” es un libro de la historiadora Judith Farberman, que rastrea en los archivos coloniales sobrevivientes los juicios por hechicería en la gobernación del Tucumán colonial, y expone un pasado casi olvidado de Santiago del Estero.

Farberman es historiadora, investigadora del Conicet y docente de la Universidad Nacional de Quilmes, que periódicamente visita la provincia y ahora se encuentra abocada al estudio de los comuneros en la zona sur de Santiago, durante la colonia española.

Aunque esos procesos judiciales no son demasiado conocidos y muchos se perdieron por el poco apego -durante siglos- a la conservación de archivos (tendencia que empezó a revertirse hace unos años), Farberman logra rescatar una veintena de juicios de Santiago del Estero y provincias aledañas, en lo que antiguamente se conocía como el Tucumán.

 “Es importante que quede claro que ésta es Justicia Civil, es decir que no se trata de procesos inquisitoriales. Y, por otro lado, hay otra cuestión: la mayor parte de los reos, en realidad, son reas, son mujeres”, advierte en su prólogo.

Con esa prueba documental reconstruye el juzgamiento mayoritario de mujeres indígenas y de color, sospechadas de matar o «asimplar» (volver tontos, mansos) a sus esposos, a las que se atribuyen «daños» y, que, en muchos casos, culminan con la ejecución de las acusadas. Hay muy pocos hombres que figuran llevados a proceso.

Farberman trabajó sobre los casos en el Archivo Histórico de Santiago del Estero, con la colaboración clave de su director Juan Viaña, en los archivos que sobrevivieron al paso de los siglos. En Tucumán y Córdoba no encontraría más que algún caso aislado, aunque podrían haberse perdido algunos documentos, pero de todas formas consideró que en nuestra capital se centraron las persecuciones de hechicería.

En los casos indagados casi siempre se originan con denuncias de los patrones españoles que manejan explotaciones o las reducciones –donde eran obligados a trabajar- porque los indios desaparecían para la época en que maduraba la algarroba y durante semanas se embriagaban, bailaban y tenían sexo promiscuo en lo profundo de los bosques, según los informes de la época.

Esa deserción temporal, porque luego regresaban a sus tareas, resentía la producción y para los conquistadores se trataba de prácticas emparentadas con la brujería, argumento que daría pie a una persecución despiadada, que no fue constante, sino por oleadas.

RAMÍREZ DE VELASCO, UN PURITANO EXTREMO

El gobernador colonial Juan Ramírez de Velasco es tristemente célebre por jactarse de las piras ardientes que dejó en la zona de Tuama, a fines del siglo XVI, después de mandar a la hoguera a numerosos “hechiceros”.

Este español llegó el 15 de julio de 1586 a la aldea de Santiago con su esposa Catalina de Ugarte y una comitiva de sirvientes indios y soldados, designado gobernador por el propio rey Felipe II. Era oriundo de La Rioja, España, y había servido en las campañas de Italia, Flandes, Portugal y Granada desde los 16 años. A los 45 ya era general. Gobernó hasta 1593 y en su gestión fundó Todos los Santos de la Nueva Rioja, hoy ciudad de La Rioja.

En su mandato sobresalió por su puritanismo inflexible, con castigos extremos y ejemplares. Primero contra la soldadesca que llevaba una vida disoluta y tenía por costumbre el amancebamiento, con varias indias cada uno. También se ocupó de casar a las doncellas hijas de españoles y, a las que no pudo unir, las recluyó en el monasterio.

En su cruzada moralizante llegó a sentenciar a la hoguera a un sujeto que confesó practicas la sodomía desde hacía 20 años, llamada con pudor “vicio de del pecado nefando”.

Orestes di Lullo en su libro “Santiago del Estero: muy noble y leal ciudad” dice: “Como resultado de estas medidas, algunos españoles huyeron a los montes con las mancebas indias, entre ellos un vecino de San Miguel, Juan Bautista Muñoz, hijo de Juan Bautista Bernio, quien en 1586 se refugia en los bosques con las cuatro indias que poseía, siendo capturado por una comisión que se mandó al efecto y condenado a muerte”. Pero aclara que -afortunadamente para él- la sentencia no llevó a cumplirse.

Di Lullo señala que “del mismo modo se condujo contra los hechiceros, condenando a la hoguera a muchos de ellos, pues su abusiva intromisión traía perjuicios más que beneficios y había que extirpar esta práctica, no solo entre los indígenas, sino también entre los españoles, pues ciertos frailes, por la necesaria intervención de la iglesia en casos de ‘posesión demoníaca’, habían creado sólidos prestigios de exorcisadores y curaban los embrujamientos que ‘producen dolores, enfermedades y muerte’, tanto en los mismos como los mismos indios”.

 “Arderían las piras en la ciudad de Santiago como un símbolo de purificación de las costumbres –evocó Di Lullo-, pero el Gobernador sería considerado como uno de los más crueles representantes de aquellas épocas bárbaras, de tormentos, de Inquisición y Santo Oficio”.

Di Lullo incluso considera en su obra que Ramírez de Velasco “cumplió con su deber” y recuerda que en Estados Unidos “ajusticiaba a todo el que no confesara ser brujo” y que hasta entrado el siglo XVIII en Europa se envió al tormento y la hoguera a muchos acusados de brujería. Los juicios de Salem son los más recordados en el país de Norte, cuando un grupo de niñas apuntó a un gran un número de vecinos que terminaron en la hoguera.

EN EL SIGLO XVIII SE MULTIPLICAN LOS JUICIOS DE BRUJERÍA

Farberman indica que en el siglo XVIII se dieron algunas oleadas de juicios en Santiago del Estero, donde varias mujeres y sus hijas y nietas fueron sucesivamente juzgadas. Un dato curioso es que los procesos -al menos los que sobrevivieron- no fueron llevados adelante por la Santa Inquisición, que tenía su sede en Córdoba, pero delegados en todas las ciudades coloniales, sino por las autoridades civiles.

Señala que se trataba de jueces, fiscales y defensores legos, que no eran abogados, que en su mayoría eran cabildantes y que pertenecían a los «vecinos principales» de la ciudad.

Hay una atribución preternatural a ciertas enfermedades y muertes, por las que se acusa a estas mujeres y una atribución causal a algunos hechos curiosos que son vinculados a la hechicería: el parto de animales (pescados, sapos, arañas) o de elementos como hilos o huesos que eran endilgados a brujerías.

Farberman considera que la ingesta accidental de trozos de hilo no era inusual en mujeres que se dedicaban justamente a la costura y la hilandería, entre sus actividades domésticas. Pero al aparecer entre sus deshechos se consideraban una prueba contundente del hechizo.

Para contrarrestar esos males se suele intimar a las sospechosas a que los anulen, pero cuando no lo hacen, se echa mano de curanderos o «médicos» para que los reviertan. Esos mismos testigos son utilizados luego para fundamentar la acusación, pero a veces hasta ellos mismos terminan juzgados.

También es curioso el origen de la «salamanca», como hibridación de tradiciones españolas y precolombinas. Las reas son sometidas a una serie de torturas espantosas como el “potro” (estiramiento de las articulaciones) o el «sueño español» (los cuerpos son izados con sogas y se les quema la planta de los pies), donde confiesan una serie de hechos y relatan su iniciación.

También apunta a hipocresía social en esa sociedad rígidamente estamentada, con autoridades españolas, criollos, indios y esclavos africanos: era frecuente que muchos integrantes de la clase dominante acudieran a las hechiceras o curanderos que después terminaban acusados.

LA «SALAMANCA»

El lugar donde se reúnen es en el monte tupido, casi impenetrable, donde no hay cuevas en la predominante llanura santiagueña. El diablo es identificado como un español, con intermediarios indios o mulatos, que exigen sangre de los iniciados para entregarles los insumos para causar males.

 

En ese lugar los salamanqueros ingresan desnudos y hay música y baile (fandango). En algunas de las supuestas confesiones se señalan algunos animales como chivatos o una serpiente, como entidades diabólicas. Y considera que la incorporación de otras bestias es producto del imaginario que enriqueció los ritos con el paso de los siglos.

La salamanca española, donde la Inquisición ubica los encuentros de brujos, se realiza en cuevas precisamente. Y se emplean libros prohibidos para los conjuros, algo que no sucede en el Tucumán, con una población mayoritariamente analfabeta.

En los juicios locales, no llaman salamanca a esas reuniones prohibidas, denominación que es muy probable que provenga de los jueces españoles y su concepción de la brujería europea: la idea de cuevas y de lugares de aprendizaje proviene de la península ibérica. Un detalle es que los indios juzgados hablaban quichua, en su mayoría, por lo que las traducciones se hacían de acuerdo a la concepción de los españoles.

Otro detalle llamativo es que el supay, el diablo, es descripto a menudo como un español.

Los documentos recolectados muestran que los españoles condenaban los ritos de la maduración de la algarroba, entre julio y septiembre, cuando los indígenas se internaban en los montes y durante días bebían aloja y donde había celebraciones y promiscuidad sexual.

En ese tiempo, los nativos además se sustraían al trabajo de los encomenderos, que era una prioridad para las autoridades españolas. Farberman deja entrever que en ese contexto puede haber surgido la idea en las autoridades españolas de reuniones hechiceriles. Por otro lado, considera que aún los españoles creían en la brujería y que, muchos de ellos, acudían frecuentemente a los curanderos y hechiceros o curanderos que después terminaban acusados.

Fuente: librepensador.com.ar