domingo, 25 de octubre de 2026

El Súper Niño y el Paraná: Cuando la creciente también trae vida

Las crecientes del gran río suelen despertar preocupación por los anegamientos y sus consecuencias para las poblaciones ribereñas. Pero detrás del agua que avanza sobre islas, lagunas y bañados ocurre un proceso silencioso: miles de peces encuentran allí las condiciones necesarias para reproducirse y sobrevivir.



El río Paraná tiene sus propios tiempos. A veces retrocede durante meses y deja al descubierto bancos de arena, costas barrosas y lagunas desconectadas. En otros períodos, el agua avanza sobre las islas, cubre los pastizales y vuelve a unir ambientes que permanecían separados. Para quienes viven cerca de sus orillas, una creciente puede significar preocupación, pérdidas materiales y días de incertidumbre. Para la naturaleza, ese mismo movimiento puede poner en marcha uno de los mecanismos más valiosos para sostener la vida en la región.

Una investigación difundida por el diario El Litoral, a partir de una entrevista con el biólogo Pablo Scarabotti, investigador del CONICET y docente de la Universidad Nacional del Litoral, explica por qué las inundaciones periódicas cumplen una función decisiva en el ecosistema del Paraná.

La clave está en comprender que el río no funciona únicamente dentro de su cauce. Su dinámica también depende de las islas, los bañados, los esteros y las lagunas que integran la llanura aluvial.

Las crecientes, una oportunidad para los peces

El sábalo, el dorado, el surubí, el patí y la boga son algunas de las especies cuya reproducción está estrechamente relacionada con las variaciones del nivel del agua. Estos peces han evolucionado en una cuenca donde las crecientes forman parte de los ciclos naturales.

Cuando el río comienza a subir, ciertas especies responden con la maduración reproductiva y el desove. Los huevos son arrastrados por la corriente y, después de unos días, las larvas pueden ingresar en las lagunas y los bañados que quedan conectados con el cauce principal.

Allí encuentran un ambiente mucho más favorable para crecer. La vegetación acuática les ofrece refugio, las aguas poco profundas reducen algunos riesgos y la abundancia de alimento aumenta sus posibilidades de supervivencia.

Scarabotti explicó que un sábalo puede producir hasta un millón de huevos. Pero la cantidad de huevos no garantiza por sí misma que nazcan nuevos peces adultos. Las condiciones ambientales durante las primeras etapas de vida resultan determinantes.

Por eso, una creciente favorable puede tener consecuencias que se extienden durante años. Las generaciones que sobreviven en esos ambientes alimentan, tiempo después, las poblaciones de peces que sostienen parte de la actividad pesquera regional.

Cuando el río baja, el ecosistema pierde espacio

Entre 2019 y 2022, la región atravesó una bajante extraordinaria del Paraná. Durante ese período, aunque los peces continuaron desovando, muchas larvas no pudieron ingresar en los ambientes laterales que necesitan para desarrollarse.

Sin lagunas conectadas, la situación cambia por completo. Las crías quedan más expuestas a los depredadores y disponen de menos refugios y alimento. La reproducción puede ocurrir, pero una proporción mucho menor de esos ejemplares consigue sobrevivir.

Según el investigador, los efectos de una creciente favorable sobre la pesca pueden empezar a notarse dos o tres años después y prolongarse durante varios años más. Esto muestra hasta qué punto el estado actual del río influye sobre la disponibilidad futura de peces.

La relación entre agua, biodiversidad y economía también obliga a pensar la pesca con una mirada de largo plazo. Las decisiones sobre capturas y conservación necesitan contemplar los ciclos hidrológicos, en lugar de considerar cada temporada como un fenómeno aislado.

Fuente: Nicolás Loyarte, «El lado positivo de El Niño: por qué las crecientes del Paraná son claves para la vida en la región», El Litoral, 24 de octubre de 2026. Leer la nota original.

 

martes, 20 de octubre de 2026

Trullenque, 40 años de folclore

 

Pablo con Argentino Ledesma y el Negro Dino Saluzzi
en algún lugar de Buenos Aires. Año 1972.


Pablo Raúl Trullenque asume el canto visceral del pueblo. Sabe del estremecimiento del espíritu humano. Su voz es la palabra de la tierra. El latido. La síncopa del tiempo. Publicar este libro es un acierto editorial, a la vez que una obra necesaria y esperada. La edición contiene éxitos resonantes del autor.

Precisamente los éxitos de las letras o las poesías, como se prefiere, de Pablo Raúl Trullenque se sitúan a la mecionística de Santiago del Estero a la vanguardia del folclore nacional.

Más allá de la cantidad y calidad de músicos que acompañan a nuestro artista y las voces que interpretan sus obras y de premios y galardones, está la otra obra, el otro mérito que a veces queda invisible detrás de los aplausos.

Ese mérito consiste en el camino que abre en ese intrincado territorio del arte. En el reconocimiento profundo de los sentimientos populares. En la capacidad de poder desbrozar esencialidades, recónditas vivencias del hombre y de la tierra. Nuestro poeta nace en Santiago del Estero. Por su sangre vibra el aborigen desde su abuela india. Por el otro lado, un perfil europeo ancestral desde su abuelo vasco. Como santiagueño le cabe también a Trullenque ser el nexo, la unión generacional, entre el coplerío tradicional y la poesía de vanguardia.

Esta vez, más cercano al paisaje espiritual pero unido a la realidad del mundo exterior.

"Chacarera de tierra / luna color de chango / sol lleno de coyuyos / son patios de Santiago."

Amante de su tierra, le canta, la glorifica. Tierra viva, dolida y esperanzada.

"Y estaba donde nací lo que buscaba por ahí."

Trullenque viene de la tradición y el mismo comienza a ser leyenda.

La poesía de nuestro poeta vive y se multiplica en el canto.

El pueblo nutricio la proyecta. Seguramente no existe una sola guitarra nacional que no diga el nombre de Trullenque.

A veces se piensa que cada una de sus letras es un himno. Gritos sonoros de la raza.

Alfonso Nassif

Fuente: Revista  Santiago, Guitarra y Copla Nº 46 / Agradecimiento especial al recopilador santiagueño Omar "Sapo" Estanciero

 

Juan Carlos "Ñato" Gramajo, el trotamundo del folclore

 


 

Le gustaba venir a Mar del Plata y actuar en la Peña Salteña del amigo Delgado. Siempre se hacía un lugar para comer un asado con periodistas del diario El Atlántico, a donde no faltaban las chacareras y los cuentos del "Ñato" Gramajo. Lo vi por última vez en Santiago, en la Plaza Libertad. Recuerdo que tras el saludo me dijo: "Aurelio (por su hermano) está en el Gran Hotel, durmiendo la siesta con aire acondicionado...toma mierda". El popular folclorista recurrió una larga carrera con la música popular. El bombisto, recitador, artesano de bombos y bailarín Juan Carlos "Ñato" Gramajo, creador y fundador de la agrupación nativa La Chacarerata Santiagueña, con sólo 13 años formó parte de la recordada agrupación de Andrés Chazarreta, para luego continuar con el grupo de Ariel Ramírez y viajó por todo el mundo con la obra conceptual "La Misa Criolla". Hasta que promediando la década del `80, fundó la Chacarerata Santiagueña, cuyo nombre fue creado por Vitillo Ábalos.

Por la Chacarerata pasaron cantores populares como Shalo Leguizamón, Motta Luna, Claudia Romero, Coco Banegas, Quique Ponce, Rodolfo Maldonado (actualmente en La Clave Santiagueña) y el lema antes de cada concierto era "Si Bariloche tiene la Camerata, Santiago tiene a la Chacarerata".

Actualmente y hasta que la enfermedad lo dejó sin subir a los escenarios, la agrupación se integró con Sergio Pérez en guitarra y voz, Germán Gómez en violín y Mario Palavecino en bandoneón y el colorido de su hermano el recordado, Aurelio "el Shalako" Gramajo, el "bailarín de los montes". "La Chacarerata, te lleva por delante, a cielazos e infiernazos, como decía el poeta de Santiago de Chuco. Son ritmos que juntan, si, al cielo y al infierno, las estrellas y la Salamanca", comentó Marcelo Simón sobre Gramajo.

Valses, chacareras, zambas y gatos del estilo de "A mi madre", "A mi canasto de mimbre", "Zamba de un sentir", "Chacarera del Cachilo", "La Ceferina", "Fiesta en Mailin", "A mis paisanos santiagueños" y "Que lindo es ver a mi mama", son clásicos en la versión de la Chacarerata. Permanentes fueron protagonistas de los festivales del interior del país como Cosquín (consagración 1987), La Chacarera de Santiago, Jesús María, La Salamanca, Baradero y tantos otros, que los vieron trasladar el reconocido "patio e` tierra" santiagueño a esos escenarios. "La Chacarerata me hace pensar que, a veces, lo más moderno es lo tradicional", finalizó Simón.

Recordemos esta entrevista

Un trajín de 50 años en nuestro folklore como bailarín, bombisto, recitador hacen de Juan Carlos Gramajo un referente indiscutible de nuestra música. Debutó niño aún con don Andrés Chazarreta, fue percusionista de Ariel Ramírez. Profundo conocedor del bombo y sus secretos, proviene de una familia fabricante de bombos legüeros. Fundador de la orquesta nativa “La chacarerata santiagueña” con la que ya ha cumplido 22 años, recorriendo los escenarios del país obteniendo el respeto y el aplauso del público. Distinguido por numerosos e importantes premios como Consagración '87 Cosquín, ACE '96, Trimarg'2000 otorgado por la UNESCO. Un conjunto caracterizado por ejecutar temas tradicionales junto a las nuevas producciones siempre bailables, con una dedicación especial de guardar el estilo y la cadencia de los ritmos folklóricos. Su repertorio está conformado por autores de la talla de Yupanqui, los Hermanos Simón, Raúl Trullenque, Los hermanos Ríos, Peteco Carabajal entre otros, junto a la autoría de sus integrantes.

-¿Cómo se formó la Chacarerata santiagueña?

- Después de permanecer ocho años como percusionista de Ariel Ramírez en Buenos Aires y el mundo, busqué como todo hombre la independencia. De esa manera formó un grupo folklórico que tocaba en diversos lugares pero carecía de nombre. Hasta que los hermanos Abalos nos bautizan con el nombre que nos hace conocidos.

-¿Quiénes fueron sus primeros integrantes del grupo?

-Como todo grupo humano sufrió varias fisuras a lo largo de estos veintidós años. Por la Chacarerata han pasado componentes como Quique Ponce, Aurelio Gramajo e invitados como Shalo Leguizamón, Coco Banegas, Claudia Romero, Motta Luna pero desde hace un tiempo seguimos fijos los cuatro componentes actuales que son: Sergio Pérez en canto y guitarra, German Gómez en violín y guitarra, Mario Palavecino en bandoneón y un servidor en percusión, recitado y voz de mando.

-¿Qué o quién impulsó su carrera musical?

-Sin dudas mis padres. En casa de los Gramajo siempre había lugar para las fiestas, peñas o trincheras donde se autoconvocaban tíos, primos, hermanos...todos hacedores y tocadores de bombos. Y yo soy producto de esto. No estudié percusión ni música.

-¿Cuántos años tenía cuando actuaba con Chazarreta?

En el año '56 tenía unos trece años cuando ya pertenecía a la Compañía de arte nativo perteneciente a Don Andrés Chazarreta. Soy de la camada de Agustín Carabajal, Antonio Ramírez, Los cantores de Salavina, Eduardo Avila. Éramos veintiuno en total. Actuamos en el teatro casino de la calle Maipú con un espectáculo que se llamaba “El alma del quebrachal” donde presentábamos leyendas y costumbres de nuestra provincia Santiago del Estero. Esa gira duró tres meses, culminando en el Parque Independencia de la capital de Tucumán.

Don Andrés Chazarreta fallece en el año 1960 y yo seguí creciendo, hasta que el destino me llevó a Bolivia, Perú, México...

-Pueblo que lo atrapó

- Imposible no querer ese pueblo tan romántico y colorido, con una ubicación geográfica excepcional para hacer giras a Estados Unidos. Bailaba muchísimo en el área de California o Nueva York. Todavía vivía mi madre, así que cada tanto regresaba al país a visitarla ya tocar en diversas peñas. En uno de esos viajes estaba tocando en la peña “El palo borracho”, me ve Ariel Ramírez y me requiere para su espectáculo “Cantemos” que hacía con Lolita Torres. Y me quedé ocho años con él.

-Después vino la Misa criolla.

- Sí, una hermosa experiencia con la que recorrimos Israel, Suiza, Alemania, España, Portugal, Costa Rica, Colombia, México llevando nuestra música. Y todas esas andanzas de Juan Carlos Gramajo culminan en Argentina con la Chacarerata santiagueña.

-Su vida artística queda marcada por...

-Primero don Andrés Chazarreta, después Ariel Ramírez y por supuesto la Chacarerata Santiagueña.

-¿Cuál de las capitales lo deslumbró más?

Sin dudas Buenos Aires en el año 1956. El sueño de estar con don Andrés y su hijo Agustín, siendo apenas un chango que venía de una provincia querendona pero muy árida. Me encontré con esta ciudad llena de plazas con árboles y flores y aunque después la vida me dio la posibilidad de conocer muchas capitales europeas muy importantes, no fue el mismo deslumbramiento.

-¿Qué diferencia encuentra entre el folklore de los años '60 y el actual?

-La diferencia fundamental es la participación de la juventud, el entusiasmo que tienen para hacer palmas, bailan estupendo, saben escuchar nuestros cantores. De la unión de los jóvenes y nosotros nacerá una esa identidad que tanta falta nos está haciendo a los argentinos.

-¿Cuál es la unión del pueblo santiagueño con la música?

-Santiago del Estero tiene en su pueblo una gran familia musical donde siempre están a flor de labios las canciones. Es que la chacarera es una música muy rítmica y siendo una de las provincias más antiguas y bilingüe su pueblo ama su terruño, sus costumbres. Vive cantando y bailando sus ritmos, eso le da una identidad propia.

-¿Modificaría algo si comenzara de nuevo?

-No. Yo creo que puse toda la pasión que tiene el músico santiagueño por sus cosas. Cuando joven tenía la fuerza y ​​​​la frescura, ahora ya mayor conserva la experiencia.

-¿Qué cambios nota fuera del plano musical en los escenarios?

- Muchísimos, las épocas cambian. Cuando nuestros abuelos o padres nos hacían tomar una foto de vez en cuando, no nos podíamos ni reír ni comer. -“Ya te estás haciendo el mono”- nos retaban. Y en la música se debía tocar bien y serio, aunque se puede tocar bien y sonreír no eran los códigos en esos tiempos. No olvidemos que la gente exige más participación, como si aplaudiera con los ojos, le gusta el movimiento. Y hoy algunos cantores de folklore parecen rockeros, porque entre las luces, el humo y un destape en el vestir en donde la televisión tiene mucho que ver. En eso los mayores podemos disentir, pero es indiscutible que también hay muchos que tocan muy bien. En cambio, debíamos vestir el traje azul tradicional, camisa blanca, corbata bordada para estar “ubicados”. Todos los extremos son exagerados, falta el punto de equilibrio.

-¿Suena mejor un instrumento enchufado?

-Yo no sé si suena mejor, pero suena más fuerte. (Risas). La diferencia es el toque por ejemplo el que tiene una guitarra enchufada debe tener un toque más suave, distinguido y de primera sino el instrumento distorsionado mucho.

-¿Está de acuerdo con la introducción de instrumentos no tradicionales?

-Todo y nada es nuestro. Cuando apareció Adolfo Ábalos en el piano las críticas no se hicieron esperar, sin embargo, todo es válido si se pueden combinar bien los sonidos. No nos olvidemos que, en el año 1921, don Andrés Chazarreta cuando graba en RCA Víctor, ya lo hacía con una flauta traversa incorporada y José María de Hoyo con su Banda criolla ponía saxo tenor, flauta traversa, saxo barítono y todos los instrumentos metálicos. Ahora la moda volvió y es válida siempre que haya una buena combinación.

La música de La chacarerata santiagueña nos deja el olor a pan casero ya patio regado de la provincia donde las chacareras y las vidalas entrelazan sus sonidos junto a las alegrías y tristezas de sus pobladores.

Fuente: SENDA FOLCLÓRICA / Patio Santiagueño


lunes, 19 de octubre de 2026

Entre la aridez y las lluvias: La geografía climática de Santiago del Estero

Las lluvias se concentran en los meses cálidos, el invierno llega con sequedad y los vientos aceleran la pérdida de humedad del suelo. Un estudio sobre las condiciones climáticas provinciales describe un territorio donde la disponibilidad de agua depende de un equilibrio frágil, con diferencias marcadas entre el este y el oeste.



Santiago del Estero tiene una relación estrecha con el calor, las lluvias irregulares y la escasez de agua. Esa combinación atraviesa buena parte de su geografía y condiciona tanto el desarrollo de la vegetación como las posibilidades de producción agropecuaria. Aunque el verano suele traer las precipitaciones más abundantes, el agua caída no alcanza necesariamente para compensar las pérdidas provocadas por las altas temperaturas.

El documento Las condiciones climáticas de la provincia de Santiago del Estero, adaptado del libro Climatología General y Agrícola de la Provincia de Santiago del Estero, de Eduardo Torres Bruchmann, con adaptación del licenciado Osvaldo Santillán, reúne datos que permiten reconstruir el funcionamiento de ese sistema. Sus páginas muestran una provincia predominantemente semiárida, con una distribución desigual de las lluvias, temperaturas elevadas durante buena parte del año y un déficit hídrico que persiste incluso en épocas lluviosas.

La información también deja planteada una cuestión central: para entender el clima santiagueño no alcanza con mirar cuánto llueve. Hay que observar cuándo se producen las precipitaciones, qué temperaturas acompañan esas lluvias, cuánta agua pierde el suelo y qué capacidad tiene el territorio para conservarla.

Una gran llanura expuesta a los cambios de tiempo

Con una superficie aproximada de 135.254 kilómetros cuadrados, según el documento, Santiago del Estero presenta un relieve dominado por extensas llanuras. La mayor parte del territorio se encuentra entre los 100 y los 200 metros sobre el nivel del mar. Las elevaciones más importantes aparecen en las sierras de Guasayán, Sumampa y Ambargasta, aunque ninguna supera los 800 metros.

Esta configuración facilita la circulación de masas de aire provenientes del norte y del sur del país. Cuando se encuentran corrientes con características diferentes, pueden desarrollarse frentes meteorológicos que originan nubosidad y precipitaciones.

El territorio está atravesado por dos grandes sistemas fluviales: los ríos Dulce y Salado. A ellos se suman cursos menores, como los ríos Horcones, Urueña y Albigasta. Estos sistemas forman parte de una geografía en la que la disponibilidad de agua superficial y la humedad del suelo adquieren especial relevancia.

La escasa altura del relieve limita las diferencias térmicas atribuibles a la altitud. Por eso, las variaciones de temperatura responden principalmente a otros factores, entre ellos la latitud, la circulación atmosférica y las características de la superficie.

La distancia respecto del océano también influye. El documento señala que la influencia marítima directa es prácticamente nula. Esa condición favorece una marcada amplitud térmica: el territorio puede experimentar temperaturas muy elevadas durante el día y descensos pronunciados durante los períodos fríos.

El verano concentra las lluvias, pero también las mayores pérdidas de agua

El régimen estacional presenta una característica reconocible: los veranos son cálidos y lluviosos, mientras que los inviernos son más secos, con temperaturas relativamente suaves en comparación con otras regiones del país.

Las precipitaciones se concentran principalmente durante la segunda mitad de la primavera y el verano. Enero suele ser el mes con mayores registros. El otoño, en cambio, se caracteriza por una mayor presencia de lloviznas y condiciones de humedad atmosférica más elevadas.

La distribución de las lluvias cambia considerablemente de un sector a otro. De acuerdo con los valores medios anuales consignados en el estudio, el sudeste provincial alcanza alrededor de 900 milímetros, mientras que en el sudoeste los registros descienden hasta unos 450 milímetros.

La diferencia supera los 400 milímetros en una extensión aproximada de 300 kilómetros. Hacia el noroeste, las precipitaciones vuelven a aumentar por la influencia del régimen climático asociado a la selva tucumano-oranense.

Esta distribución muestra que Santiago del Estero no tiene un comportamiento pluviométrico uniforme. El este recibe más agua que el oeste, pero la cantidad de lluvia, por sí sola, no determina la disponibilidad hídrica.

Las altas temperaturas incrementan la evaporación del suelo y la transpiración de las plantas, procesos que en conjunto se conocen como evapotranspiración. Cuanto mayor es la demanda atmosférica de agua, menor es la proporción de lluvia que queda disponible para la vegetación.

El documento advierte que la lluvia efectiva disminuye durante el verano por la intensa evaporación y las condiciones térmicas de esa época. Así, una temporada con precipitaciones abundantes puede dejar una reserva de humedad menor de la esperada.

El calor y las heladas: dos extremos del mismo territorio

Las temperaturas medias estacionales reflejan las diferencias entre el norte y el sur provincial. Durante el verano, los valores medios oscilan entre los 25 grados en el sudeste y los 28 en el norte. En invierno, las medias se ubican aproximadamente entre los 13 y los 17 grados, respectivamente.

Esa moderación de los promedios no impide que se registren extremos térmicos importantes. El estudio sitúa a gran parte de la provincia dentro de una región caracterizada por máximas absolutas cercanas a los 50 grados o superiores, mientras que las mínimas absolutas pueden descender hasta valores de entre 5 y 10 grados bajo cero.

La amplitud térmica es una de las características más destacadas del clima provincial. El documento señala que, al comparar los extremos absolutos de enero y julio, pueden presentarse diferencias próximas a los 60 grados. Se trata de valores extremos y no de una oscilación que ocurra regularmente en todas las localidades.

Las heladas responden principalmente al ingreso de masas de aire polar y a la pérdida de calor que experimenta la superficie terrestre durante la noche. Su frecuencia es mayor en el centro y sur de la provincia, mientras que disminuye hacia el noreste.

Por lo general, las primeras se presentan durante la segunda mitad del otoño y las últimas hacia mediados del invierno. El estudio también menciona las heladas anticipadas o tardías, capaces de alterar el desarrollo de los cultivos.

En relación con este fenómeno, el documento afirma que durante los años considerados por su análisis la frecuencia media de heladas había disminuido notablemente. No ofrece, en el fragmento consultado, una serie estadística fechada que permita establecer la magnitud de esa reducción ni determinar si se mantiene en la actualidad.

Cuando el viento se lleva la humedad del suelo

La primavera trae temperaturas en ascenso, pero también vientos que pueden agravar las condiciones de sequedad. Según el estudio, la velocidad media del viento alcanza sus valores más elevados durante esta estación y disminuye en otoño.

Los vientos del norte y del noreste son frecuentes y pueden transportar aire cálido, húmedo o seco. Los provenientes del sur suelen acompañar el ingreso de aire frío y pueden provocar lluvias o lloviznas frontales. Las corrientes del oeste y del noroeste tienen una frecuencia menor.

Entre julio y septiembre, los vientos pueden intensificar la erosión eólica. El material describe jornadas en las que las partículas de tierra suspendidas en el aire reducen la visibilidad y evidencia cómo la pérdida de humedad deja al suelo más expuesto a la acción del viento.

El problema se extiende a la agricultura. La evaporación acelerada reduce la eficiencia del riego y aumenta la cantidad de agua que se pierde antes de ser aprovechada por las plantas. Entre agosto y octubre, la combinación de viento y ambiente seco también favorece la propagación de incendios forestales.

El viento, de todos modos, no tiene efectos exclusivamente negativos. El documento destaca su posible aprovechamiento para producir energía y para accionar molinos destinados a extraer agua de pozos o aljibes.

Una provincia donde el déficit hídrico domina el balance anual

La clasificación climática de Thornthwaite permite precisar la situación. Este sistema relaciona la temperatura, las precipitaciones y la evapotranspiración para determinar la disponibilidad efectiva de agua.

De acuerdo con los porcentajes presentados en el documento, el 87,6 % de la superficie provincial pertenece a la región semiárida. El 12,4 % restante corresponde al tipo seco subhúmedo y se concentra en el ángulo sudeste.

En las regiones semiáridas, la evapotranspiración potencial supera las precipitaciones durante todo el año. Esto significa que la demanda atmosférica de agua es mayor que el aporte de las lluvias y que el suelo tiende a presentar déficit hídrico incluso durante los meses más húmedos.

El balance hidrológico expuesto en el estudio identifica esa deficiencia como el rasgo dominante de casi todo el territorio. La diferencia entre la demanda potencial de agua y las precipitaciones se acentúa durante la primavera y el verano, cuando las temperaturas elevadas aumentan las pérdidas. En invierno, el déficit se reduce por el descenso térmico.

La deficiencia hídrica media anual estimada oscila entre 200 y 600 milímetros. Los valores más severos aparecen en sectores del centro-norte y del sudoeste, mientras que el sudeste presenta condiciones relativamente menos desfavorables.

En algunos sectores del departamento Rivadavia, el documento identifica períodos en los que las precipitaciones superan temporalmente las pérdidas por evapotranspiración. Esa diferencia permite reponer parte de la humedad del suelo y generar reservas de agua.

La situación del sudeste marca una diferencia dentro de la provincia. Allí, la mayor cantidad de precipitaciones y las condiciones del balance hídrico permiten un almacenamiento estacional que no se observa de la misma manera en las áreas más secas.

La sequía tiene distintas formas y no siempre comienza con la falta de lluvia

El estudio distingue tres formas de sequía que permiten comprender mejor sus consecuencias.

La sequía meteorológica aparece cuando las precipitaciones caen por debajo de los valores habituales durante un período determinado. La sequía hidrológica se manifiesta cuando disminuye la disponibilidad de agua en ríos, embalses y reservas subterráneas. La sequía agrícola, por su parte, se produce cuando la humedad disponible resulta insuficiente para las necesidades de los cultivos y disminuye su rendimiento.

Estas situaciones están relacionadas, pero no son idénticas. Una reducción de las lluvias puede iniciar el proceso, aunque sus consecuencias dependen de la duración del período seco, de las reservas existentes y de la demanda de agua.

En una provincia donde las temperaturas elevadas favorecen la evapotranspiración y el déficit hídrico forma parte del comportamiento climático habitual, una sequía prolongada puede agravar una situación que ya presenta limitaciones.

El documento señala que la producción agrícola en las zonas semiáridas puede desarrollarse mediante el aprovechamiento racional del agua de lluvia y los cultivos de secano. Su rendimiento, no obstante, depende de las condiciones meteorológicas de cada campaña.

La irregularidad de las precipitaciones añade otra dificultad. Dos temporadas con totales de lluvia similares pueden tener efectos distintos si el agua se distribuye de manera diferente a lo largo del ciclo de crecimiento de los cultivos.

El clima como condición de vida y de producción

La información reunida por Torres Bruchmann y adaptada por Santillán permite observar que el clima santiagueño funciona a partir de una combinación de factores. La latitud, el relieve, la circulación de las masas de aire, las temperaturas y las características del suelo intervienen en la distribución de las lluvias y en la conservación de la humedad.

La provincia ocupa una posición de transición entre las áreas más áridas del oeste argentino y las regiones más húmedas de la Mesopotamia. Esa ubicación ayuda a explicar las diferencias entre el sudoeste, donde las lluvias son más escasas, y el sudeste, donde existen mayores posibilidades de acumulación estacional de agua.

El estudio también muestra que el agua caída no siempre queda disponible para las plantas. Parte se evapora, otra es utilizada por la vegetación y la proporción restante depende de las condiciones del suelo y de la época del año.

Por eso, las lluvias intensas del verano no eliminan automáticamente el déficit hídrico. Tampoco una temporada seca basta, por sí sola, para definir una sequía de largo plazo. Para determinar sus alcances es necesario comparar las precipitaciones con los promedios históricos y examinar el estado de los suelos, los cursos de agua y las reservas disponibles.

El clima de Santiago del Estero está marcado por esa tensión entre el agua que llega y la que se pierde. Las lluvias estivales sostienen buena parte de la actividad biológica y productiva, mientras que el calor, los vientos y la prolongada estación seca limitan la posibilidad de conservar la humedad.

Comprender ese equilibrio permite interpretar mejor los períodos de sequía, las dificultades de la producción agrícola y las diferencias ambientales dentro del territorio provincial. También ayuda a distinguir entre una característica climática persistente y una anomalía meteorológica que puede intensificar sus efectos.

Fuentes de referencia: Eduardo Torres Bruchmann, Climatología General y Agrícola de la Provincia de Santiago del Estero, obra citada en Las condiciones climáticas de la provincia de Santiago del Estero, adaptación realizada por el licenciado Osvaldo Santillán.

Referencias teóricas citadas en el material:

  • Köppen (1948), definición de clima como estado medio y proceso ordinario del tiempo de un lugar.
  • Constantino (1951), definición basada en la sucesión habitual de los estados atmosféricos y sus variaciones.
  • De Fina (1951), definición del clima a partir de las modalidades diarias y anuales del tiempo.
  • Papadakis (1952), referencia al ritmo estacional de la vegetación.
  • Thornthwaite (1948-1955), clasificación climática basada, entre otros elementos, en la evapotranspiración potencial.
  • Torres Bruchmann (1972), referencia indicada en el documento para la clasificación de la deficiencia hídrica media anual.

 

 

Termas De Río Hondo Y Las "Aguas Del Sol"



La ciudad de Río Hondo, cuyo nombre original era Miraflores, es un centro de turismo cuya importancia radica en el balneario termal junto al río Dulce. Sobre este mismo río se halla el Dique Frontal, el cual embalsa un lago artificial apto para la náutica y la pesca deportiva.

El dique fue inaugurado en 1967 con el fin de atenuar las crecidas, mejorar el riego y generar energía.

Las aguas del río Dulce eran ya conocidas desde la época precolombina con el nombre de Aguas del Sol. El prestigio de la ciudad existe desde hace siglos; los príncipes del Alto Perú - los incas- llegaban a las "aguas milagrosas" para disfrutar de un microclima único y darle energía termomineral a sus vidas.

Antes de la llegada de los españoles habitaban la zona de aborígenes sedentarios, los tonocotes. Estos se ubicaron a orillas del Soconcho, río de aguas mansas, que en quechua se llamó Misky Mayu y los españoles tradujeron como Río Dulce.

Fueron los príncipes incas quienes organizaron caravanas desde el Cuzco, cruzando el altiplano hasta las orillas del Misky Mayu, para aprovechar las virtudes de las yacu rupáj (aguas calientes) consideradas por ellos de origen divino.

Los incas decían que sus manantiales traían el fuego de la tierra y daban milagrosamente la salud al sufriente o al enfermo. Su fama se extendió con los relatos hasta el imperio del Hijo del Sol, en las alturas del Tahuantisuyo.

Las postas de Vinará y Miraflores le acercaron viajeros ilustres en la época de la Conquista: San Francisco Solano, los congresales de Tucumán, el Ejército del Norte, Facundo Quiroga y los Taboada.

A comienzo del siglo XX, Termas era un villorrio de 300 habitantes y comenzaban a surgir los primeros hoteles para el turismo que encontró algunos precursores a fines del XIX, ya que el primer alojamiento se construyó en 1884.

Fue reubicada a 21 kilómetros de su sitio primitivo en el año 1966, para construir el Dique Frontal.

Su emplazamiento original se encuentra cubierto por las aguas del lago.

Fue declarada ciudad el 6 de septiembre de 1954, pero el Municipio obtuvo su autonomía recién en 1958 y se eligió como primer intendente municipal al sr. Luis Jorge Manzur.

Hoy, es el mayor centro turístico de la provincia y uno de los más importantes de la región.

Se cuenta que san Francisco Solano pasó por la antigua villa rumbo al Tucumán, para proveerse de madera de nogal y construir el templo que hoy se levanta en la ciudad capital de Santiago del Estero. Al regresar, se encontró en las cercanías de Villa Río Hondo con el gran río crecido (río Dulce). Era humanamente imposible vadearlo, pero el santo, se cuenta, desató su cordón, lo arrojó al río y dijo: "Río Hondo, no impedirás nuestro paso". Entonces las aguas se abrieron. Fue el primero en tocar la otra orilla y dejó sus huellas y la de su mula en una piedra que aún se conserva y venera en la nueva Capilla Villa Río Hondo.

A partir de este hecho milagroso, el Santo de la Cruz y el Violín es venerado en la región y el nombre original de Miraflores se transformó a Río Hondo. 

Fuente: facebook/elpatiosantiagueño

 

Arsénico en acuíferos: Influencia sobre la salud de la población

 


En distintas regiones de la Argentina, el acceso al agua potable se ha visto condicionado por la presencia de arsénico, flúor y vanadio en las aguas subterráneas. Cuando estos elementos alcanzan concentraciones elevadas, el consumo prolongado puede provocar efectos perjudiciales para la salud. La exposición crónica al arsénico, en particular, se relaciona con el hidroarsenicismo crónico regional endémico (HACRE), una enfermedad que puede ocasionar lesiones cutáneas y distintos tipos de cáncer.

En este trabajo se analiza la distribución del arsénico en los acuíferos argentinos e identifica las áreas con mayores concentraciones, a partir de estudios y registros disponibles. Se presta especial atención a las regiones donde las características hidrogeológicas y las dificultades de acceso al agua potable aumentan la exposición de la población.

Introducción

La presencia de arsénico (As) en las aguas subterráneas de la Argentina se ha relacionado con la actividad volcánica desarrollada en los Andes durante el Cuaternario. Este proceso fue particularmente intenso en el Altiplano y habría contribuido a las elevadas concentraciones detectadas en distintos cursos de agua. Entre ellos se encuentran los ríos Rosario, Pastos Chicos y Chorrillos, este último con registros de 3,5 mg/l, y San Antonio, con valores de 0,7 mg/l, en las proximidades de San Antonio de los Cobres, Salta. También se han registrado concentraciones de entre 0,10 y 0,15 mg/l en el río Jáchal, San Juan (Trelles, 1970), y de entre 0,15 y 0,8 mg/l en el río San Antonio, departamento de Anta, Salta (Esparza, 1996).

La actividad volcánica también habría favorecido la acumulación de grandes depósitos de vidrios volcánicos con arsénico en el sector oriental de la llanura pampeana. Nicolli (1987) registró concentraciones de 11 ± 0,78 en vidrios frescos y de 14,7 ± 0,70 en vidrios alterados.

La presencia de arsénico disuelto en el agua depende, entre otros factores, de las condiciones químicas del medio. Su solubilidad aumenta especialmente en aguas alcalinas ricas en bicarbonato de sodio. En cambio, las concentraciones suelen ser menores en aguas con abundantes sales de calcio o magnesio, incluso cuando contienen bicarbonatos o sulfatos. Por esta razón, las aguas subterráneas más alcalinas pueden presentar contenidos elevados de este elemento.

La distribución del arsénico varía según las características geológicas y la profundidad de los acuíferos. En Santiago del Estero, por ejemplo, se han identificado concentraciones elevadas en aguas profundas de Monte Quemado, entre los 90 y 100 metros, y en Selva, donde se registraron 0,57 mg/la 40 metros de profundidad (Dodero et al., 1984). También se han señalado problemas en Santa Fe, Chaco, La Rioja y Salta.

En el nordeste de Santiago del Estero, Martín et al. (1993) estudiaron 340 pozos y observaron diferencias vinculadas con su ubicación. Los pozos asentados sobre paleocauces del oeste del departamento Alberdi proporcionaban agua con contenidos relativamente bajos de arsénico, aunque presentaban una elevada contaminación biológica. En cambio, los situados sobre el abanico aluvial de las Sierras Subandinas, al oeste del departamento Copo, registraban concentraciones mayores, con máximos de 0,60 mg/l en perforaciones de entre 80 y 110 metros de profundidad.

En otras provincias, el arsénico también aparece en capas superficiales. Se han identificado concentraciones elevadas en Bell Ville, en la cuenca del río Tercero, y en sectores del centro y norte de Santa Fe, así como en el norte y sur de Buenos Aires (Paoloni et al., 1999). También se han documentado casos en el norte de La Pampa, donde Jacinto Arauz registró 0,4 mg/l, según Dodero et al. (1996b); en Tucumán, a profundidades de entre 6 y 30 metros (Esparza, 1996), y en San Juan (Trelles et al., 1970; Gavarotto, 1984). En Huinca Renancó, Córdoba, se informó una concentración de 0,302 mg/l (ADI Canadá, 1996).

Antecedentes

El Hidroarsenicismo Crónico Regional Endémico (HACRE) es una enfermedad asociada con la ingestión prolongada de agua que contiene arsénico. Su denominación describe una afección vinculada con la exposición crónica de la población de una región donde el problema se presenta de manera persistente. Picheral (1982) la ha abordado como un ejemplo de complejo ecopatológico, en el que interactúan las condiciones ambientales y los efectos sobre la salud.

La enfermedad puede evolucionar a través de distintas manifestaciones clínicas. Entre las primeras se describen la hiperhidrosis palmoplantar, el prurito y la descamación, junto con síntomas como conjuntivitis, vómitos o diarrea. En etapas posteriores pueden aparecer hiperqueratosis palmoplantar, con lesiones dolorosas que dificultan caminar y realizar tareas manuales, y melanodermia en el tronco y la parte superior de los miembros. La exposición también se ha asociado con lesiones precancerosas y distintos tipos de cáncer de piel, entre ellos el epitelioma de Bowen.

En la Argentina, Goyenechea describió la enfermedad en 1917 y la denominó «enfermedad de Bell Ville», por la procedencia de los pacientes estudiados. Ese mismo año, Ayerza documentó sus manifestaciones cutáneas, que dieron origen al nombre de «enfermedad de Ayerza». Posteriormente, Tello (1951) introdujo la denominación con la que se la conoce en los círculos médicos argentinos.

Los registros históricos muestran la persistencia del problema. Tello (1986) contabilizó 339 pacientes provenientes de Córdoba, Santa Fe, Chaco, Buenos Aires y Salta. Por su parte, Biagini et al. (1995) identificaron otros 87 casos entre 1972 y 1993, en su mayoría en Santiago del Estero, Chaco y Salta, y en menor número en Córdoba, Santa Fe y Chile.

Las estadísticas anteriores ya daban cuenta de la magnitud de la enfermedad. Trelles et al. (1970) reprodujeron datos del Hospital Regional de Bell Ville correspondientes al período 1934-1944, durante el cual se registraron 511 afectados por arsenicismo. Ayerza (1917), por su parte, informó 1.300 enfermos sobre una población de 8.534 habitantes, lo que representaba aproximadamente el 15 % de los residentes de Bell Ville.

Las investigaciones posteriores incorporaron herramientas para identificar las zonas de mayor riesgo. Penedo y Zigarán (1998) elaboraron un mapa para la provincia de Córdoba a partir de la incidencia de patologías relacionadas y de las concentraciones de arsénico en el agua destinada al consumo humano. Relevaron 40 localidades, midieron el contenido de arsénico y el pH del agua, y relacionaron esos datos con las tasas de mortalidad por cáncer de piel y de órganos blandos. Los mayores índices de riesgo se localizaron en áreas de llanura, particularmente en los departamentos de San Justo, Marcos Juárez, Unión, Río Cuarto y Río Primero.

Paoloni et al. (1999) publicaron un mapa de riesgo para el sur de la provincia de Buenos Aires, donde delimitaron sectores con concentraciones de hasta 1 mg/l en los alrededores de Médanos.

Los efectos sanitarios de la exposición al arsénico también han sido estudiados en otros países. En Estados Unidos, Lewis et al. (1999) señalaron asociaciones con un mayor riesgo de cáncer de próstata, enfermedades cardiovasculares, nefritis y pericarditis. Calderón et al. (1999) analizaron su relación con los cánceres de piel no melanoma. No obstante, Karagas et al. (1998) advirtieron que no estaba claro si esos efectos podían atribuirse a las concentraciones de arsénico presentes en el agua consumida por esa población, estimadas en 0,05 mg/l. Los resultados señalaron la necesidad de profundizar las investigaciones sobre los efectos de la exposición crónica.

Concha et al. (1998) estudiaron el metabolismo del arsénico en habitantes de San Antonio de los Cobres, Taco Pozo y Rosario de Lerma. Los resultados mostraron diferencias en las concentraciones detectadas en sangre y orina de niños y mujeres, lo que sugirió una variabilidad considerable entre individuos, posiblemente relacionada con factores metabólicos y con el polimorfismo genético.

Materiales y método

El estudio se basó en registros de concentraciones máximas y mínimas de arsénico en aguas subterráneas publicados por Obras Sanitarias de la Nación (1942), Trelles et al. (1970) y Gavarotto (1988).

Se georreferenciaron 125 localidades que presentaban concentraciones superiores a 0,05 mg/l, valor establecido como límite permitido para el agua de consumo humano en la normativa argentina considerada por el trabajo. A partir de esos datos, se trazaron isolíneas para representar las concentraciones máximas y mínimas de arsénico en los acuíferos. La elaboración cartográfica se realizó mediante el programa AutoCAD 2000.

Resultados

El área afectada por la presencia de arsénico en los acuíferos se extiende por la llanura pampeana hasta el norte de Santa Fe y Santiago del Estero. Según el estudio, esta distribución coincide con una región caracterizada por una importante actividad ganadera y una elevada concentración de población.

Las isolíneas de concentraciones máximas muestran focos destacados en el nordeste de Córdoba, donde La Francia registra 12,0 mg/l; en el oeste de Salta, en San Antonio de los Cobres, con 2,9 mg/l, y en el sudoeste de Buenos Aires, en Médanos, con 2,0 mg/l.

El análisis de las concentraciones mínimas también identifica sectores donde los valores continúan siendo elevados. Entre los registros consignados se encuentran 2,00 mg/l en La Francia, Córdoba; 0,60 mg/l en Vila, Santa Fe, y 0,50 mg/l en San Marcos Sur y Assunta, en el sudeste cordobés.

Estos resultados muestran que la presencia de arsénico no se limita a unos pocos puntos aislados. Su distribución abarca amplios sectores del país y presenta diferencias locales que deben considerarse al evaluar la calidad del agua subterránea.

Discusión y conclusiones

Las estimaciones citadas por Rivero (1998) calculaban que más de un millón de personas vivían en áreas de riesgo por la presencia de arsénico en el agua. En las ciudades, el problema podía abordarse mediante el abastecimiento desde fuentes superficiales o el tratamiento del agua para reducir las concentraciones del contaminante. Entre las tecnologías disponibles se encontraban la coagulación, el ablandamiento con cal, la extracción de hierro y manganeso, el intercambio iónico, la electrodiálisis inversa y la filtración por membranas mediante ósmosis inversa.

La aplicación de estos procedimientos exige inversiones, personal capacitado y un control adecuado de las condiciones químicas del agua. Su rendimiento también depende de la composición del recurso que se pretende tratar. El ablandamiento con cal, por ejemplo, resulta poco práctico en aguas de baja dureza. El intercambio iónico y la ósmosis inversa, por su parte, pueden presentar dificultades cuando existen concentraciones elevadas de determinadas sales. En Huinca Renancó, Córdoba, se han señalado limitaciones vinculadas con la presencia de sulfatos en el agua (ADI Canadá, 1996).

En Selva, Santiago del Estero, se instaló en 1980 una planta de tratamiento por ósmosis inversa. El pozo captaba agua a 40 metros de profundidad, con una concentración de arsénico de 0,57 mg/l. Según Dodero et al. (1984), el agua obtenida mediante el tratamiento industrial presentaba valores de entre 0,3 y 0,5 mg/l. La distribución se realizaba a través de ocho canillas públicas y cuatro conexiones domiciliarias, destinadas al hospital, la iglesia, la delegación municipal y la planta de tratamiento. El caso muestra las limitaciones que podía tener el acceso al agua tratada, tanto por la concentración residual del contaminante como por la reducida cobertura del servicio.

En Monte Quemado, también en Santiago del Estero, Obras Sanitarias de la Nación instaló en 1951 una planta que utilizaba sulfato ferroso para adsorber el arsénico. De acuerdo con Dodero et al. (1996a), la instalación continuaba funcionando en 1978.

La provincia de Santa Fe, por su parte, licitó el abastecimiento de agua potable y el saneamiento para 15 grandes ciudades, con una población conjunta de 1,8 millones de personas. Cinco de esas ciudades, que reunían unos 200.000 habitantes, recibían agua con concentraciones superiores al límite establecido por el Código Alimentario Argentino, señalado en el estudio como 0,05 mg/l. Entre los casos mencionados figura Tarragona, cerca de Rufino, con 0,27 mg/l (Madiec et al., 1998).

Los datos de la Secretaría de Recursos Hídricos de la Nación indicaban que, en 1989, había 1.461.584 personas en áreas con aguas contaminadas por arsénico y flúor. Según Pérez Gattorna (1996), buena parte de esa población carecía de servicio de red y dependía de pozos que captaban agua de acuíferos contaminados o de aljibes para recolectar agua de lluvia. En algunos casos, las lesiones de los aljibes permitían la conexión con el acuífero, lo que comprometía la calidad del agua almacenada.

La distribución de esa población mostraba una concentración considerable en Córdoba, con 691.000 habitantes expuestos, y Santa Fe, con 316.434. También se registraban 187.000 personas en La Pampa, 170.000 en Chaco, 71.000 en Buenos Aires y 20.400 en Santiago del Estero.

La dispersión de las viviendas y el tamaño reducido de muchas comunidades dificultaban la instalación de sistemas convencionales de potabilización. Por eso, se planteó la necesidad de desarrollar tecnologías domiciliarias de bajo costo que permitieran reducir el contenido de arsénico. Su funcionamiento, no obstante, dependía de condiciones que no siempre estaban garantizadas: disponibilidad de energía eléctrica, capacitación de los operadores, asistencia técnica y suministro regular de reactivos (Sancha, 1996).

En Salta, desde junio de 1995 se desarrolló una experiencia piloto basada en la floculación, adsorción y decantación. El sistema alcanzó una reducción del arsénico cercana al 70 % y se distribuyeron 40 equipos en los departamentos de Anta, Los Andes y Rivadavia, incluidos Tolloche y Las Lajitas (Rivero, 1998).

La provincia de La Pampa también había instalado sistemas de potabilización por ósmosis inversa desde 1978. Las localidades mencionadas en el estudio fueron La Humada, Algarrobo del Águila, Limay Mahuida, Mauricio Mayer y Metileo. En estas dos últimas se registraban valores de 0,15 mg/l y concentraciones residuales, respectivamente, según la información citada; en Metileo se consignaban valores de 0,05 mg/l y vestigios. Las condiciones de abastecimiento diferían entre localidades: algunas contaban con conexiones domiciliarias y medición del consumo, mientras que otras disponían de una red sin tratamiento y de una canilla pública con agua tratada. El residuo concentrado de la ósmosis inversa se vertía en una laguna sin protección para impedir su reinfiltración en el acuífero (Lastiri et al., 1984).

En cuanto a las alternativas de tratamiento, Pérez Gattorna (1995) consideró adecuado para la Argentina el proceso de coagulación, sedimentación y filtración. Este procedimiento admitía aguas sin tratar con concentraciones de entre 1,00 y 2,00 mg/l, tenía un costo moderado y podía aprovechar la infraestructura de numerosas plantas ya instaladas en el país.

La eventual reducción de los límites máximos permitidos planteaba nuevas exigencias. El estudio señalaba que, si se adoptaban valores de entre 0,01 y 0,02 mg/l, similares a los recomendados entonces por países altamente industrializados, las instalaciones existentes podían encontrar dificultades para detectar y reducir el arsénico hasta esos niveles. También advertía que se desconocía si las plantas disponibles alcanzarían ese rendimiento y que los costos de tratamiento podían aumentar considerablemente (Faiguenbaun, 1995).

El trabajo concluye que la presencia de arsénico en las aguas subterráneas constituye un problema sanitario extendido, cuya resolución requiere considerar las características de cada acuífero, la distribución de la población y las posibilidades reales de acceso al agua tratada. Las diferencias entre las tecnologías disponibles, sus costos y las condiciones de funcionamiento explican parte de las dificultades para garantizar un suministro seguro, especialmente en las comunidades rurales y en las localidades pequeñas.

El estudio también plantea interrogantes sobre los criterios utilizados para establecer los límites de arsénico en el agua destinada al consumo humano. Señala que no siempre resulta claro cómo se han determinado esos valores y qué procedimientos experimentales o estadísticos se han empleado para establecerlos. Mientras persistan concentraciones superiores a los límites sanitarios, la vigilancia de los acuíferos, el control de la calidad del agua y la ampliación de los servicios de potabilización seguirán siendo tareas necesarias para reducir la exposición de la población.

Referencia bibliográfica principal

Curto, SI, Mendiburo, NA, Plastina, R. y Boffi, R. (2001). Arsénico en acuíferos: influencia sobre la salud de la población. Anales de Gæa, Sociedad Argentina de Estudios Geográficos, tomos 21-22, tomo I, págs. 139-150.