Por Leyendas del Folclore Santiagueño
Hay una verdad incómoda
que la historiografía oficial de este rincón del mundo intentó blanquear
durante más de un siglo: Argentina nunca fue tan europea como pretendieron
firmar los manuales de escuela. Mientras las élites de finales del siglo XIX
miraban obsesivamente hacia París y Londres para modelar una nación a imagen y
semejanza de la modernidad blanca, en el barro rioplatense se estaba cocinando
otra cosa. Una revolución de contrapunto, cuero y madera que hoy, en pleno
siglo XXI, adquiere una relevancia geopolítica ineludible.
Hablamos de Gabino
Ezeiza, el “Negro” Gabino, un tipo nacido en San Telmo en 1858 que, con una
guitarra regalada a los quince años y el pulso de los antiguos candombes
corriendo por las venas, inventó mucho más que la payada moderna. Inventó, sin
saberlo, los cimientos de la resistencia cultural del Sur Global.
Para cualquier analista
de la política internacional contemporánea, la cultura no es un decorado; es
soft power, poder blando en su estado más puro. Si hoy vemos a los jóvenes de
Medellín, Buenos Aires, San Juan de Puerto Rico o los suburbios de Madrid
dominar las listas globales de reproducción a través del trap y el género
urbano, no estamos asistiendo a un fenómeno espontáneo. Es el eco tardío, pero
implacable, de una diáspora africana que en el Cono Sur fue invisibilizada,
pero jamás extirpada. El historiador Felipe Pigna recordaba recientemente cómo
Gabino fusionó los ritmos africanos y las milongas, transformando el arte de la
improvisación en un acto de identidad y militancia pura. Y ahí está el nudo
ciego que conecta la historia local con la gran política internacional: el
control de la narrativa identitaria.
La
geopolítica del olvido en el Cono Sur
El relato de la
"Argentina blanca" fue una política de Estado diseñada con precisión
quirúrgica por la generación del 80. El objetivo geopolítico era claro: atraer
capitales y migración europea, presentando al país como una prolongación de
Occidente en el Atlántico Sur. Sin embargo, la cultura popular siempre fue un
territorio en disputa. Gabino Ezeiza, discípulo del también afroporteño Pancho
Luna, se plantaba en los bancos de madera a responder décimas desafiando el
orden establecido. Cuando introdujo la milonga en la payada (un ritmo que él
mismo reconocía como la evolución en guitarra criolla del candombe
afrouruguayo), modificó la estructura musical de la región.
Llevar el candombe al
formato de la payada fue un movimiento de audacia transfronteriza. La milonga
cruzaba los puertos, unía Montevideo y Buenos Aires, y le daba voz a los
"nadie" de una cuenca del Plata que crujía bajo las transformaciones
del capitalismo global. Desde la perspectiva del análisis político
internacional, este cruce cultural representa una de las primeras formas de
diplomacia popular y resistencia subalterna en una América Latina que se
integraba al mercado mundial como proveedora de materias primas y receptora de
hegemonía cultural.
El
micrófono como trinchera: De la décima al freestyle
Es imposible no trazar un
paralelismo entre aquellos duelos de Gabino y las actuales batallas de gallos
que llenan estadios desde México hasta el Luna Park. Lo que hoy llamamos flow,
Gabino lo llamaba repentismo. Lo que hoy es el punchline, en el siglo XIX era
la décima fulminante que dejaba al adversario sin respuestas en el boliche o en
el teatro.
La consagración de Ezeiza
ocurrió la noche mítica en la que se enfrentó al oriental Juan de Nava en el
Teatro Artigas de Montevideo. Ante un público que esperaba la victoria del
local, Gabino tomó la guitarra y lanzó sus versos inmortales: “Paysandú
heroico, tu nombre resuena, como un himno eterno que el pueblo sostiene”. El
estallido del público oriental no fue solo un triunfo musical; fue un hecho
político. Unió el sentir popular de dos naciones que compartían las mismas
cicatrices coloniales y civiles. No por nada, en homenaje a esa gesta, cada 23
de julio celebramos el Día del Payador.
Pero el Negro Gabino no
se quedó en la bohemia de los comités y los teatros populares. Entendió que el
arte debía validar el destino de las masas. Se convirtió en un militante
orgánico de la Unión Cívica Radical, acompañando a Hipólito Yrigoyen en las
trincheras de un país que exigía el voto universal y el fin de la oligarquía
fraudulenta. Casualidades o sincronías de nuestra historia: el mismo día que
Gabino moría, el 12 de octubre de 1916, Yrigoyen asumía la primera presidencia
democrática del país. El payador de los desposeídos se iba justo cuando el
pueblo entraba al palacio.
De
la periferia al centro: El trap como la nueva diplomacia del sur
¿Por qué esto le importa
a la política internacional de hoy? Porque el fenómeno de las industrias
culturales globales está sufriendo una descentralización sin precedentes.
Durante décadas, el norte global (fundamentalmente Estados Unidos y el Reino
Unido) monopolizó las autopistas de la distribución musical y, con ello, la
exportación de sus valores, visiones de mundo y estilos de vida. El rap y el
hip-hop nacieron en las calles del Bronx como un grito de guerra afroamericano
contra el racismo institucional y la exclusión económica.
Sin embargo, cuando el
trap y el género urbano desembarcan en el Cono Sur, no lo hacen sobre un
terreno vacío. Encuentran un suelo que ya tenía sus propios fantasmas, sus
propios ritmos de resistencia y su propia tradición de improvisadores orales que
usaban la palabra para relatar la injusticia social. Cuando un pibe de los
barrios periféricos de Buenos Aires o de los cordones urbanos de Córdoba se
para frente a un micrófono a escupir sus verdades rimadas a una velocidad de
vértigo, está reactivando una tecnología cultural que Gabino Ezeiza ya
utilizaba cuando decía: “Yo canto para comer, aunque el aplauso me halaga, pero
el pan de mis cachorros con aplausos no se paga”.
El mercado global ha
descubierto que el español, combinado con las rítmicas de la herencia afro,
posee una fuerza de penetración política y económica descomunal. Hoy, las
identidades nacionales ya no se defienden únicamente en las cancillerías o en
los foros de la OEA; se defienden en las plataformas de streaming y en la
capacidad de los pueblos de exportar su estética sin perder su sustancia ética.
El
retorno de la raíz negada
El análisis de las
relaciones internacionales actuales no puede ignorar el peso del panafricanismo
y de la visibilización de las raíces afrodescendientes en la reconfiguración de
las alianzas del Sur Global. Durante años, la narrativa oficial argentina
pretendió que los afroporteños simplemente "desaparecieron" debido a
las guerras del siglo XIX y a la fiebre amarilla. Una falacia demográfica que
buscaba extirpar el elemento negro de la identidad nacional.
Figuras como Gabino
Ezeiza demuestran que la comunidad afro no desapareció: se disolvió en el ADN
de nuestra música popular, en el ADN del tango, de la milonga y, por carácter
transitivo, en la lírica urbana actual. Reconocer a Gabino como el precursor
involuntario del trap del siglo XIX no es un mero ejercicio de nostalgia
musical; es un acto de justicia histórica y una toma de posición geopolítica.
Es afirmar que el sur tiene memoria, que sus expresiones artísticas no son
copias baratas de las tendencias del norte, sino ramificaciones de un árbol
viejo y profundo que hunde sus raíces en el conventillo, en el candombe y en la
rebeldía rioplatense.
En un mundo en disputa, fragmentado y
multipolar, donde las batallas culturales definen la influencia de las
naciones, la figura de Gabino Ezeiza se agiganta. Es el recordatorio de que,
mucho antes de que existieran las multinacionales discográficas y los
algoritmos de internet, la guitarra de un afroporteño ya era una tribuna, su
décima ya era una bandera, y la improvisación popular ya era el arma más
poderosa para gritarle la verdad al poder.
Fuente principal:
Artículo original de la revista Viva (Diario Clarín), "Gabino Ezeiza, el
payador afro precursor del trap en el siglo XIX", donde se analiza la vida
del músico y su vinculación directa con las raíces del género urbano
contemporáneo.






