martes, 18 de agosto de 2026

Un descanso en el camino: Cuando San Martín pisó suelo santiagueño


En pleno verano de 1814, el calor del monte se hacía sentir con fuerza sobre el antiguo Camino Real. Por allí avanzaba José de San Martín, recién nombrado coronel, rumbo al Norte. Su misión no era sencilla: debía asumir el mando de un ejército golpeado y desgastado tras las derrotas que había sufrido Manuel Belgrano. Sin embargo, poco se habla de un hito fundamental de aquel viaje: la marca indeleble que el futuro Libertador dejó a su paso por Santiago del Estero.

A decir verdad, San Martín no llegó a la provincia para combatir ni para establecer un gran campamento militar. Pero su sola presencia revolucionó a la región. Santiago del Estero terminó convertida en una pieza clave del engranaje patriota; funcionó como el gran centro de reabastecimiento donde la tropa encontraba agua, comida, caballos descansados y, sobre todo, un respiro necesario antes de encarar la dura campaña del norte.

Postas, sombras centenarias y mitos de café

Aquella travesía dejó huellas físicas que con los años se transformaron en auténticos tesoros del patrimonio local.



El Algarrobo de Manogasta: Se dice que al llegar a la posta de Manogasta, agobiado por las altas temperaturas, el coronel buscó la copa de un enorme algarrobo para recuperar fuerzas y repasar sus planos. El árbol sigue en pie, resistiendo al tiempo como un testigo silencioso de aquella jornada.

La Casa Carol en la capital: Cuando pisó la ciudad capital, la salud de San Martín ya venía resentida. Fue el propio Belgrano quien le recomendó alojarse en la casona de la familia Carol —en la esquina de las actuales calles 25 de Mayo y 9 de Julio— para que pudiera descansar en condiciones.

El supuesto encuentro con Belgrano: Durante años circuló el rumor de que ambos próceres se habían abrazado por primera vez en suelo santiagueño, cerca de Loreto. Es una versión muy popular en las charlas de café, pero los historiadores son claros al respecto: aunque mantenían una correspondencia casi diaria y sus rutas coincidieron en tiempo y espacio, no existen documentos que prueben que hayan compartido un mate en Santiago antes del histórico encuentro formal en Yatasto.

El peso de un paso fugaz

Más allá de las anécdotas y los lugares de parada, el viaje de San Martín encendió el compromiso de la gente del lugar. La provincia entera terminó alineándose con la causa independentista, desde los encargados de las postas que facilitaban la logística hasta los vecinos que acercaban provisiones o decidían sumarse directamente como voluntarios a las milicias.

Al final, aquel recorrido de 1814 dejó una enseñanza clara: las grandes revoluciones no solo se ganan con cargas de caballería en el campo de batalla, sino también gracias al respaldo silencioso y firme de los pueblos que sostienen la historia desde atrás.

lunes, 17 de agosto de 2026

Bajo el suelo de Santiago: La amenaza silenciosa que pocos conocen

Entre la profundidad del subsuelo y el recuerdo de antiguas grietas, Santiago del Estero guarda una historia que pocas veces ocupa un lugar en la conversación cotidiana: la de una tierra que parece quieta, pero que nunca está completamente inmóvil.


 

Para el santiagueño, la imagen habitual de la provincia está asociada a la siesta, al monte, al calor del verano y al Río Dulce avanzando con su ritmo pausado. Los terremotos parecen pertenecer a otros paisajes, sobre todo a las provincias cordilleranas de Cuyo o del Noroeste. Sin embargo, debajo de esa llanura aparentemente tranquila existe una actividad geológica que, aunque muchas veces pasa inadvertida, forma parte de la historia natural de la región.

La tierra santiagueña también tiembla. A veces lo hace a cientos de kilómetros de profundidad y otras, mucho más cerca de la superficie, con consecuencias que pueden dejar huellas visibles.

Cuando la tierra dejó de estar quieta

Para encontrar uno de los episodios sísmicos más importantes de la historia provincial hay que viajar hasta el 4 de julio de 1817. La Argentina todavía estaba dando sus primeros pasos como nación independiente cuando un fuerte terremoto sacudió la región, con epicentro ubicado al norte de la actual ciudad de Santiago del Estero.

El movimiento, estimado en una magnitud cercana a 7,0, alcanzó una intensidad de VIII en la escala de Mercalli. Las construcciones de adobe, habituales en aquella época, sufrieron graves daños y muchas terminaron convertidas en escombros. También se registraron grietas en el terreno y fenómenos asociados a la licuefacción de los suelos.

Para una sociedad que no contaba con los conocimientos ni los recursos técnicos actuales, aquel terremoto debió sentirse como una verdadera conmoción. La tierra, que hasta entonces parecía firme e inmutable, había demostrado que también podía convertirse en una fuerza capaz de alterar en pocos minutos la vida de una comunidad.

Pero aquel episodio no fue un hecho aislado.

El 17 de junio de 1997, más de 180 años después, Santiago del Estero volvió a sentir un fuerte movimiento. Eran aproximadamente las 19:15 cuando un sismo de magnitud 5,5, con epicentro en el área de las Sierras de Guasayán y a unos 15 kilómetros de profundidad, volvió a despertar el temor entre los habitantes.

Aunque su magnitud estuvo muy lejos de la del terremoto de 1817, el movimiento fue suficiente para provocar grietas en algunas construcciones, desprendimientos de revoques y cortes de servicios en distintos sectores. La capital santiagueña y Termas de Río Hondo estuvieron entre las zonas donde el temblor se hizo sentir con mayor intensidad.

Fue un recordatorio incómodo, pero necesario: la tranquilidad de la llanura no significa que el suelo sea completamente ajeno a la actividad sísmica.

Bajo los caminos del monte no solo permanece la memoria de generaciones. También existe una tierra que se mueve lentamente, impulsada por fuerzas que se originan muy lejos de nuestros ojos.

Un movimiento que nace en las profundidades

Para entender por qué tiembla Santiago del Estero hay que mirar mucho más allá de lo que vemos en la superficie.

Una parte importante de la explicación está relacionada con la interacción entre la Placa de Nazca y la Placa Sudamericana. La primera se introduce progresivamente por debajo de la segunda y genera una enorme zona de actividad tectónica a lo largo de buena parte del oeste de Sudamérica.

Ese proceso también tiene consecuencias en el interior del continente. En Santiago del Estero pueden registrarse sismos de características muy diferentes.

Sismos profundos

Algunos movimientos tienen su origen a cientos de kilómetros bajo nuestros pies. Se relacionan con la denominada zona de Wadati-Benioff, vinculada al hundimiento de la Placa de Nazca.

En esas profundidades pueden producirse terremotos de magnitudes considerables. Sin embargo, entre el lugar donde se origina el movimiento y la superficie existe una enorme cantidad de roca que modifica la forma en que las ondas sísmicas llegan hasta nosotros.

Por eso, un terremoto que en profundidad puede tener una magnitud importante no necesariamente provoca daños en Santiago del Estero. Muchas veces, lo que llega a sentirse en la superficie es apenas un movimiento suave, casi como un balanceo.

Sismos superficiales

La situación cambia cuando el origen del terremoto está mucho más cerca de la superficie.

Los sismos corticales pueden producirse a menos de 30 kilómetros de profundidad y están relacionados con fallas y estructuras geológicas presentes en las Sierras Pampeanas y en sectores de la cuenca Chacopampeana.

Son menos frecuentes que los movimientos profundos, pero tienen una característica que los vuelve más relevantes para la población: al encontrarse más cerca de la superficie, una parte importante de su energía puede transmitirse directamente al terreno y a las construcciones.

El terremoto de 1997 es un buen ejemplo de esta diferencia.

Una provincia de baja peligrosidad, pero no inmune

De acuerdo con la zonificación sísmica del Instituto Nacional de Prevención Sísmica (INPRES), Santiago del Estero se encuentra principalmente dentro de sectores de peligrosidad sísmica muy reducida.

Esto significa que la provincia no pertenece a las regiones argentinas donde los terremotos fuertes son una amenaza permanente. Pero "baja peligrosidad" no significa "riesgo inexistente".

La diferencia es importante.

El riesgo de un terremoto no depende solamente de la fuerza del fenómeno natural. También intervienen las características de las construcciones, el tipo de suelo y la capacidad de una comunidad para responder ante una emergencia.

En ese sentido, existen dos cuestiones que merecen especial atención.

Las características de las construcciones

Las edificaciones antiguas de adobe o aquellas levantadas sin criterios de construcción sismorresistente pueden presentar una mayor vulnerabilidad frente a movimientos fuertes.

No hace falta imaginar un terremoto gigantesco para entender el problema. Una estructura debilitada, una pared sin el debido encadenado o una construcción antigua pueden sufrir daños importantes incluso frente a un movimiento moderado.

El comportamiento del suelo

El terreno también importa.

En sectores cercanos a los grandes cursos de agua, como las áreas vinculadas con los ríos Dulce y Salado, existen depósitos sedimentarios que pueden tener diferentes grados de consolidación. Dependiendo de sus características y de las condiciones del evento, determinados suelos pueden amplificar las ondas sísmicas o, en situaciones particulares, favorecer procesos como la licuefacción.

Por eso, estudiar el suelo es tan importante como estudiar el terremoto.

Recordar para estar preparados

Santiago del Estero no vive con el temor permanente a los terremotos. La vida cotidiana transcurre, como siempre, entre el monte, las ciudades, los caminos y el río. Y probablemente así continúe.

Pero la historia de 1817 y el recuerdo más cercano de 1997 muestran que tampoco sería prudente pensar que los sismos son algo completamente ajeno a nuestra provincia.

La prevención no consiste en vivir esperando que ocurra una tragedia. Consiste, más bien, en conocer el territorio donde vivimos y aprender a convivir con sus características naturales.

Respetar las normas de construcción, conservar adecuadamente las edificaciones antiguas, conocer las recomendaciones de seguridad y prestar atención al conocimiento de los organismos especializados son medidas mucho más útiles que cualquier alarma exagerada.

La tierra santiagueña puede parecer inmóvil durante años. El monte permanece en silencio, el Río Dulce sigue su curso y las ciudades continúan con su rutina.

Pero debajo de todo eso existe otra historia.

Una historia profunda, lenta y casi invisible, escrita por placas tectónicas, fallas y movimientos que comenzaron mucho antes de que existieran nuestras ciudades.

Quizás esa sea una de las grandes particularidades de Santiago del Estero: una provincia que aprendió a vivir bajo la calma aparente de su paisaje, sin olvidar que, muy por debajo de sus pies, la tierra también tiene memoria.

Juan Felipe Ibarra | Por Luis Alén Lascano


Monstruo surgido del averno, bárbaro, ignorante y cruel, para unos. Caudillo indiscutido durante 30 años, guerrero de la independencia y patriarca del federalismo, para otros. Entre ambos extremos se debate la polémica alrededor de la figura de Ibarra.

Hasta ahora los historiadores clásicos lo han condenado sin posibilidad de indulto. Pero en ese juicio no ha habido defensa ni alegato favorable alguno. Ha sido la sentencia del tribunal vencedor; muchas veces cómplice y converso, ansioso por eso mismo de una severidad implacable.

 (...) Ahí está, al filo de los años cuando se aproxima el fin de sus días. Estatura mediana y grueso el cuerpo; frente ancha y despejada, cabello negro y lacio, labios finos, con una sonrisa imperceptible más parecida a un rictus despreciativo. Severa la mirada, imperturbable el gesto y prodigiosa la memoria.

 (...) Tuvo a su antojo el patrimonio entero de la provincia, y en años de escasez no percibía sueldos; se le entregaron bienes en administración a su confianza, como los de la familia Uriarte y fue escrupuloso en el manejo de los dineros ajenos o públicos. Alguna vez, los excesos políticos lo llevaron a confiscar fondos enemigos; los destinaba al ejército y a pagar sus soldados.

Fuera de su violenta pasión federal, era amigo sincero y consecuente; educado cuando quería serlo, don Pedro Ferré escribió de Ibarra: "Conocí y traté en Santa Fe a don Juan Felipe Ibarra, y me hizo la mejor impresión por su educación, y la nobleza de sentimientos que manifestaba".

Páginas similares ofrecen sobre su persona el Dr. Eduardo Lahitte, amigo y corresponsal desde Buenos Aires; el culto historiador y gobernante santafesino Urbano de Iriondo, y otros contemporáneos no afectados por la pasión.

Todo esto es un hombre con un hondo drama sentimental. Se ha casado en 1823 por poder con doña Ventura Saravia, hija del Dr. Mateo Saravia quien sin duda por amistad, consiente u obliga a esta boda. El padre es un rico feudatario en las cercanías de Abipones, mas el origen familiar es salteño, y de allí llega la desposada en una volanta a Santiago.

La espera el gobernador, las autoridades y las mejores familias de la ciudad, y van al nuevo hogar los esposos. Al amanecer, ordena Ibarra atar nuevamente los caballos del carruaje, y en silencio, la esposa parte de retorno. ¿Qué misterio se oculta en esa noche nupcial? El gobernador nunca lo explicará, y el silencio se tiende sobre el episodio para siempre. Un historiador actual piensa que la novia fue obligada por la autoridad paterna, a una boda sin amor. Y que, llegada ante el prometido, no vaciló en confesarle tan desgraciada situación. "En un acto caballeresco, decide el retorno de su esposa a su casa paterna."

No es ésta la actitud de un mandón irresponsable. En la dignidad con que lleva su proceso sentimental íntimo, hay una respuesta para sus detractores. La misma actitud tiene siempre Ventura Saravia. Sus hermanos se tratan fraternalmente con Ibarra, y a Manuel Antonio Saravia lo hace elegir gobernador de Salta y lo sostiene con su influjo. Hasta su misma esposa vuelve a Santiago al saberlo enfermo y lo acompaña hacia el fin de sus días, cuando muere, el 15 de julio de 1851. Ella es albacea y heredera en su testamento, y ella ha de quedar velando su memoria, hasta que la pasión política después de Caseros, confisque sus bienes y la obligue a buscar refugio en Tucumán.

Muere Ibarra como buen cristiano. Pide en su testamento a Dios, "me perdone todas mis culpas”, el hábito mercedario de mortaja, la asistencia de franciscanos y dominicos y ser enterrado en el templo de La Merced; todo lo cual así se hace. Los más distinguidos sacerdotes lo han confesado y ayudado a morir. Nada sabe hasta entonces de los sucesos del litoral, ni de la defección de Urquiza. y puede esperar el fin, seguro de haber sido, como le cantan los trovadores populares a su muerte, "la columna más fuerte de la Confederación".

Si muchos de sus actos no tienen justificativo, hay una explicación coherente para todos. Y por encima del balance postrero, hay una provincia argentina que le debe su erección como estado federal. Fundador de la autonomía santiagueña, en estos 150 años de vida provinciana, todos han disfrutado del privilegio ciudadano de esa santiagueñidad lograda por Ibarra a sangre y fuego. Pocos son los que alguna vez le agradecen esa herencia, cuidada con empecinamiento en 30 años, y dilapidada después por tantos sucesores.

Tres décadas, largas acaso para soportar a un mismo hombre en el poder, pero que dan relevancia inusitada a su provincia en el concierto nacional; donde no se permite la menor trasgreslón a sus fueros y prestigios, y en las cuales su caudillo alcanza estatura mayor dentro del país.

Ibarra demuestra no ser un hombre de la patria chica, constreñido sólo a límites locales. El mismo respeto y jerarquía que quiere para su provincia, le inspiran altivas actitudes argentinas. Todas las determinaciones de su vida acusan una notoria sensibilidad nacional y entiende al país, como una Nación total: geográfica y políticamente integrada.

Es la cohesión conseguida por el federalismo, e Ibarra la manifiesta el 23 de febrero de 1833, al protestar al Rey de Inglaterra por la ocupación de las Islas Malvinas. Ese espíritu está presente en la firma del Tratado Interprovincial del 6 de febrero de 1835, para perseguir en el norte, "toda idea relativa a la desmembración de la más pequeña parte del territorio de la república", y evitar la anexión de Jujuy a Bolivia.

Idea fundamental ésta, de todos sus actos. Por ella rechaza el ofrecimiento de los gobernadores de Catamarca y La Rioja, Cubas y Brizuela, que le proponen retirar a Rosas del manejo de las relaciones exteriores y confiárselo a él como jefe de un bloque mediterráneo.

Por ella se opone a la Coalición del Norte en 1840 y le pregunta a Manuel Sola, gobernador de Salta: "¿Se constituye el país haciendo causa común con los extranjeros que están hostilizando injusta y vilmente a nuestros mismos pueblos?"

Y este sentimiento de la nacionalidad, cuando estaba en pañales o era negada por los letrados del Plata, inspira al bárbaro Ibarra una proclama de repudio a la agresión colonialista anglo-francesa de 1841, donde desentraña el sentido de la emancipación argentina ante España, la codicia de los imperios europeos, y el valor de la Confederación, cuya resistencia como "precio de nuestra independencia nacional, es la sangre de millares de victimas que desde el campo del honor, nos recuerdan nuestros deberes y nuestros juramentos".

Las cosas malas de su existencia, inocultables, se traslucen en un claroscuro de luces y sombras, humanas e imperfectas. Todos las tuvieron, y las tenemos, y ¡cómo habrían de estar exentos de vicios los caudillos de aquel momento fundacional donde con barro y muertes se creó la patria! Pero la tarea del historiador, como dice Vincen Vives, "no es aplaudir ni condenar, sino comprender vitalmente el drama humano".


domingo, 16 de agosto de 2026

La rebelión que cambió la historia de Santiago del Estero: el día que los soldados dijeron "no" a la Guerra del Paraguay

 Un levantamiento olvidado que puso en jaque al poder de los Taboada y desafió los sueños internacionales de la elite argentina


Por Leyendas del Folclore Santiagueño

Corría el año 1865. La Argentina se había embarcado en lo que muchos llamaban "la gran cruzada civilizatoria" contra el Paraguay, una guerra que el presidente Bartolomé Mitre prometía corta y efectiva. Pero, en el norte profundo, por los polvorientos caminos de Santiago del Estero, los soldados que debían marchar al frente tenían otros planes.

Lo ocurrido en el fortín La Viuda, en septiembre de 1865, fue mucho más que una simple sublevación militar. Fue el momento en que los proyectos internacionales de la elite santiagueña chocaron de frente con la resistencia de hombres que no entendían por qué debían pelear contra quienes consideraban sus "iguales". Y fue también el día en que el poder, tan cuidadosamente construido por la familia Taboada, mostró una grieta que ya no podía ocultarse.

La guerra que prometía gloria

Cuando estalló el conflicto con Paraguay, el presidente Bartolomé Mitre sabía que necesitaba mucho más que voluntad para reunir los 40.000 hombres que requería la campaña. Necesitaba el respaldo político y militar de las provincias. Y en Santiago del Estero encontró a sus mejores aliados: los hermanos Taboada.

Manuel y Antonino Taboada eran los amos y señores de la provincia. Habían construido una extensa red de poder que llegaba desde los salones del gobierno hasta los fortines más remotos de la frontera del Salado. Para ellos, la Guerra del Paraguay representaba una oportunidad. La posibilidad de abandonar el escenario estrictamente provincial y proyectarse hacia una dimensión nacional e internacional.

Soñaban con un lugar en la historia. Con esa "gloria futura" que, según imaginaban, podía traerles el conflicto.

No escatimaron esfuerzos. Militarizaron la provincia, organizaron la logística y pusieron en funcionamiento todo el aparato estatal para reclutar hombres. El decreto era tajante: todos los ciudadanos de entre 16 y 60 años debían alistarse. Santiago del Estero debía contribuir con batallones de 500 plazas y cada departamento tenía que aportar su correspondiente cuota.

La provincia, presentada por Mitre como tierra de "beneméritos", se preparaba para la guerra.

Pero había un problema. Los hombres que debían marchar no necesariamente compartían el entusiasmo de quienes gobernaban.

El otro lado de la historia

La mayoría de los reclutas eran campesinos y hombres humildes de la frontera. Vivían entre la pobreza, las incursiones indígenas y la falta de oportunidades. Para ellos, la guerra era algo lejano, una decisión tomada por otros.

Las palabras "Nación" y "Patria", tan importantes en los discursos oficiales, tenían un significado mucho más difuso en su vida cotidiana. Lo concreto era otra cosa: dejar la tierra, abandonar a la familia y marchar hacia un conflicto que no sentían como propio.

Tampoco comprendían por qué debían enfrentarse a los paraguayos, a quienes veían como sus iguales. Desde su perspectiva, aquella campaña significaba someter a esos "hermanos" a una hegemonía que llegaba desde Buenos Aires.

Y entonces apareció una frase que terminaría convirtiéndose en el grito de la rebelión:

"Nos venden, indios".

No era simplemente una consigna. Era una acusación. Hablaba de traición, de despojo y de una identidad compartida que, para aquellos hombres, podía atravesar las fronteras que el nuevo Estado nacional intentaba consolidar.

El "enganche", como se denominaba al reclutamiento, era prácticamente forzoso. Pocos acudían voluntariamente. Muchos eran capturados y, en algunos casos, engrillados para impedir que escaparan. Quienes conseguían evitar el reclutamiento huían hacia los montes o buscaban refugio en Buenos Aires y Santa Fe.

Mientras tanto, la guerra iba dejando al territorio sin brazos para trabajar la tierra y a muchas mujeres solas, con hijos y ancianos a su cargo.

La mecha que comenzó a arder

La tensión no había aparecido de un día para otro. En otras provincias ya habían estallado rebeliones. Los riojanos se habían levantado, los cordobeses marchaban atados por los codos y los entrerrianos de Basualdo se habían amotinado.

El descontento recorría buena parte del país.

En Santiago del Estero, sin embargo, el gobierno confiaba en que nada semejante ocurriría. Las cartas oficiales transmitían tranquilidad. "Aquí no pasa nada de esas cosas terribles", se decía. "Los santiagueños son leales, nunca se sublevarían".

Era más un deseo que una certeza.

Los primeros síntomas aparecieron durante la marcha. El diario de viaje de Manuel Taboada registra las deserciones que comenzaron a mediados de agosto. Primero fue uno. Después, dos. Al día siguiente, cuatro.

Los soldados del Batallón Tucumán fueron los primeros en escapar. Poco después, los santiagueños comenzaron a seguir el mismo camino.

Las condiciones de la marcha tampoco ayudaban. Los reclutas avanzaban a pie o a caballo bajo un sol implacable, con poca agua y una alimentación irregular. Las caballadas se agotaban. Los animales morían. Los hombres enfermaban y algunos no llegaban a destino.

A eso se sumaba la conducta de algunos jefes, que en ocasiones se emborrachaban y vendían alcohol a la tropa.

El malestar crecía. Todavía no era un grito. Era una ola silenciosa que avanzaba por las filas.

El día que explotó la furia

El 8 de septiembre de 1865, en vísperas de la sublevación, las autoridades descubrieron a cuatro sargentos "meditando" un alzamiento.

La advertencia estaba allí, frente a sus ojos. Pero decidieron restarle importancia.

Eran, dijeron, "conversaciones insignificantes". La tropa tenía "buen espíritu".

Fue un error fatal.

Al día siguiente, mientras los soldados acampaban cerca del fortín La Viuda, todo estalló.

En medio de una espantada de caballos comenzaron a escucharse los gritos:

"¡A las armas, nos venden, indios, a la frontera de Córdoba o de Catamarca, a caballo!"

La rebelión se extendió rápidamente.

Los dos batallones santiagueños se alzaron y tomaron el cuartel general. Intentaron asesinar a los jefes militares, entre ellos a los propios Taboada. En medio del caos, cerca de 50 soldados consiguieron escapar en distintas direcciones.

La elite provincial quedó descolocada.

No podían creer lo que estaba sucediendo. Aquellos hombres eran sus soldados. Los mismos que, hasta entonces, habían sido considerados leales.

Pero la lealtad tenía un límite.

La vergüenza y la furia

Ese mismo día, el gobernador Absalón Ibarra escribió dos cartas a Marcos Paz, vicepresidente de la Nación.

La primera intentaba minimizar lo ocurrido. Según Ibarra, se trataba de un incidente aislado provocado por la mala influencia de los federales, esos "enemigos de siempre". Los responsables, aseguraba, estaban en Córdoba, no en Santiago.

Pero pocas horas después tuvo que cambiar el tono.

La realidad ya no podía esconderse: los sublevados eran santiagueños. Pertenecían al Segundo Batallón.

Y había algo todavía peor para el gobierno provincial. Santiago del Estero no podría concurrir a la Guerra del Paraguay.

El sueño de gloria comenzaba a desvanecerse.

La elite provincial reaccionó con furia y prometió castigo. Ibarra escribió que el Gobierno Nacional podía confiar plenamente en el pueblo y el gobierno de Santiago del Estero, que sabría "castigar el hecho ocurrido".

Era, en buena medida, un intento desesperado por salvar las apariencias.

La Viuda, como comenzó a conocerse el episodio, se convirtió en una herida incómoda. Durante décadas, la historiografía local mantuvo el silencio alrededor del hecho. Era difícil admitir que los santiagueños considerados "beneméritos" se habían rebelado contra una guerra que debía otorgar prestigio y gloria a sus dirigentes.

La cacería y el castigo

La represión no tardó en llegar.

Durante más de tres meses, los Taboada organizaron una persecución implacable. Los desertores debían ser buscados "palmo a palmo" por el extenso territorio provincial. No había horarios ni descanso.

Las cartas intercambiadas entre Manuel y Antonino Taboada revelan la obsesión por encontrar y capturar a los sublevados.

Poco a poco comenzaron a aparecer los nombres de los principales cabecillas: Melitón Noriega, Juan Evaristo Catán, el sargento Clímaco y el cabo Abel Albarracín.

Algunos fueron delatados por compañeros sometidos a torturas. Otros fueron capturados mediante engaños. El método parecía importar poco. Lo fundamental era llegar hasta ellos.

El Consejo de Guerra que los juzgó actuó con rapidez y dureza.

Los principales cabecillas fueron condenados a muerte por fusilamiento. Quienes tuvieron "suerte" recibieron penas de entre cinco y diez años en los fortines más hostiles de la frontera. Otros fueron enviados a cumplir servicio en las guardias comunes.

Unos pocos resultaron absueltos.

Fueron la excepción.

Los fusilamientos se convirtieron en espectáculos públicos. Eran rápidos, visibles y cargados de significado. El poder mostraba su rostro más crudo y dejaba un mensaje inequívoco: la rebelión no sería tolerada.

El cuerpo de los condenados se transformaba así en una advertencia para todos los demás.

Las heridas que quedaron

La rebelión de La Viuda marcó un punto de inflexión.

Los Taboada vieron frustradas sus aspiraciones internacionales. El sueño de proyectarse sobre un escenario mayor se desvaneció entre los gritos de aquellos soldados:

"Nos venden, indios".

Santiago del Estero, que debía ocupar un lugar destacado en la guerra, quedó relegada a un papel secundario.

Pero el episodio dejó algo más profundo.

Para los sectores populares, aquella guerra no era una "cruzada civilizatoria". Era una imposición. Un despojo. Una injusticia.

No eran los "beneméritos" de los discursos de Mitre. Eran campesinos arrancados de sus tierras, obligados a combatir contra hombres a quienes consideraban sus iguales para sostener los proyectos de una elite que los necesitaba como soldados.

Los discursos oficiales hablaban de patriotismo, defensa de la Patria y honor nacional. La voz de los sublevados contaba una historia diferente.

"Nos venden, indios".

En ese grito había una identidad popular y mestiza que se resistía a ser absorbida por el proyecto de nación blanca y liberal que comenzaba a consolidarse.

Lo que La Viuda nos enseña

Más de 150 años después, el episodio de La Viuda continúa siendo una herida incómoda de la historia santiagueña.

Durante décadas fue silenciado. Resultaba demasiado difícil recordar que la elite provincial había sido desafiada por sus propios soldados, aquellos hombres a los que creía tener bajo control.

Pero La Viuda también puede leerse como una historia de resistencia popular.

Muestra que, incluso en una sociedad atravesada por mecanismos de control, vigilancia y coerción, los sectores subalternos encontraron una manera de decir "no".

No a la guerra.

No a la imposición.

No a entregar sus vidas en un conflicto que no sentían como propio.

Y quizá allí esté una de las claves más profundas de este episodio. La historia no está hecha solamente de presidentes, generales, batallas y grandes discursos. También la construyen los hombres anónimos que, en un fortín perdido de la frontera del Salado, decidieron que ya no estaban dispuestos a obedecer.

Aquellos soldados no escribieron tratados ni ocuparon las páginas centrales de los grandes relatos nacionales. Pero dejaron una frase que atravesó el tiempo:

"Nos venden, indios".

Santiago del Estero no concurrió a la Guerra del Paraguay. O, al menos, no lo hizo de la manera en que sus dirigentes habían imaginado.

La Viuda fue el principio del fin de los sueños internacionales de la elite local. Y, al mismo tiempo, se convirtió en la expresión de unos hombres que entendían que aquella guerra no era su guerra.

La historia tiene muchas versiones. La oficial, la que suele aparecer en los libros de texto, habla de héroes, batallas y gestas patrióticas. Pero existe también otra historia, más incómoda, que se cuenta desde los márgenes: la de quienes se negaron a formar parte del relato dominante.

La historia de La Viuda pertenece a esa memoria. Y merece ser contada.

Este artículo se basa en la investigación "Un episodio de la Guerra del Paraguay en Santiago del Estero: La Sublevación en el Fortín La Viuda – 1865 –", de la Dra. María Cecilia Rossi. La investigación fue publicada en formato académico.  

 

El increíble destino de los prisioneros ingleses que se quedaron en el norte argentino

Tras las invasiones de 1806, cientos de soldados británicos fueron enviados al interior del Virreinato. Muchos de ellos, lejos de volver a su tierra, decidieron quedarse para siempre.

 


En agosto de 1806, Buenos Aires atravesaba una situación bastante insólita. Después de derrotar a los ingleses en la primera invasión, el Virreinato del Río de la Plata se encontró con un problema que nadie había previsto del todo: había más de mil soldados británicos prisioneros y mantenerlos cerca de la capital era demasiado arriesgado.

La solución fue drástica. Los enviaron al interior, lejos de Buenos Aires y de cualquier posible intento de rescate. Algunos fueron destinados a Córdoba, otros a Tucumán, San Juan, Catamarca y San Luis. Y entre esos destinos estuvo Santiago del Estero.

Un viaje que les cambiaría la vida

Los prisioneros eran, en su mayoría, soldados rasos del 71° Regimiento de Highlanders. El traslado fue duro y las condiciones en las que llegaron estuvieron lejos de ser dignas.

El gobernador de Santiago del Estero llegó a quejarse ante las autoridades por el estado en que habían recibido a aquellos hombres. Según dejó escrito, habían llegado "casi desnudos". A los derrotados les habían quitado sus uniformes para vestir a las nuevas fuerzas organizadas en Buenos Aires, pero el problema no terminaba allí. Tampoco tenían suficientes elementos básicos y, en algunos casos, ni siquiera contaban con ropa de cama.

Un centenar de prisioneros fue enviado a Santiago del Estero. Otros doscientos llegaron a Tucumán, cuatrocientos fueron destinados a Córdoba y el resto quedó repartido entre Mendoza, San Juan y otras jurisdicciones.

La intención era clara: mantenerlos lejos de Buenos Aires y, sobre todo, de Montevideo, donde todavía podía producirse una nueva ofensiva británica. También había una cuestión práctica. Los porteños no estaban precisamente encantados con la idea de convivir, a pocos kilómetros, con los hombres que habían intentado conquistar la ciudad.

La convivencia en tierras santiagueñas

Pero una vez instalados en el interior, la historia tomó un rumbo inesperado.

En lugar de permanecer aislados y bajo una vigilancia permanente, muchos prisioneros comenzaron a relacionarse con los habitantes de los lugares donde habían sido destinados. Con el paso de los meses, algunos dejaron de ser vistos simplemente como enemigos derrotados y empezaron a formar parte de la vida cotidiana.

En la estancia jesuítica de Altagracia, por ejemplo, permaneció durante casi dos años un grupo de 56 prisioneros. Allí, según los relatos que han llegado hasta nuestros días, los vecinos llegaron a tratarlos con una familiaridad que difícilmente habría imaginado un soldado británico recién capturado.

Los ingleses recibían sus sueldos, realizaban compras, establecían pequeños comercios y participaban de reuniones y fiestas. Poco a poco, la frontera entre prisionero y vecino empezó a hacerse menos evidente.

Y, como suele ocurrir cuando las personas conviven durante mucho tiempo, también aparecieron historias de amor.

Una de ellas cuenta que un soldado inglés se enamoró de una mujer que trabajaba en la estancia. Se casó con ella, se convirtió al catolicismo y comenzó a trabajar la tierra. Parecía haber encontrado una nueva vida muy lejos de su país.

Pero la historia terminó de manera trágica.

Cuando llegó la orden de liberar a los prisioneros, en 1808, el hombre quiso regresar a su tierra natal. Su suegro, sin embargo, lo alcanzó y le disparó antes de que pudiera partir.

Es una historia difícil de comprobar en todos sus detalles, pero forma parte de la tradición oral de Altagracia. Dicen que todavía se cuenta en las noches, como esas historias antiguas que sobreviven porque alguien se las contó a otro y ese otro decidió no olvidarlas.

Los que decidieron quedarse

Después de la segunda invasión inglesa de 1807, comenzó a plantearse el regreso de los prisioneros a Buenos Aires para ser intercambiados.

Para algunos, aquello significaba recuperar la libertad y volver a casa. Para otros, en cambio, la posibilidad de regresar a Gran Bretaña ya no resultaba tan atractiva.

Entre quienes consiguieron escapar antes estuvo el general William Carr Beresford y el coronel Dennis Pack. En febrero de 1807 aprovecharon la confianza que las autoridades españolas habían depositado en ellos y lograron huir.

Durante su permanencia en Luján habían llevado una vida bastante particular para tratarse de prisioneros. Cazaban perdices, asistían a reuniones sociales y disfrutaban de una libertad que, vista desde la distancia, resulta casi sorprendente. Finalmente, un plan de fuga les permitió regresar a Montevideo.

Pero la mayoría de los soldados tuvo que enfrentarse a una decisión mucho más personal.

Muchos eran hombres humildes, especialmente irlandeses y campesinos católicos que habían llegado al ejército británico después de escapar de las duras condiciones económicas y sociales de su tierra. Para ellos, regresar no necesariamente significaba volver al hogar.

En las provincias del interior habían encontrado algo distinto: tierra, trabajo, vínculos y, en algunos casos, una familia.

Y algunos decidieron quedarse.

Las huellas que quedaron

En Santiago del Estero y en otras provincias, varios de aquellos antiguos prisioneros terminaron integrándose a la sociedad local.

Algunos fueron bautizados como católicos. Otros adoptaron nombres españoles y comenzaron una nueva vida lejos de los uniformes militares. Se dedicaron a oficios diversos: hubo zapateros, ebanistas, comerciantes y trabajadores rurales. Incluso algunos terminaron incorporándose a los ejércitos que, pocos años después, lucharían por la independencia.

Con el paso de las generaciones, aquella presencia extranjera se fue haciendo cada vez más difícil de reconocer.

Los descendientes de esos hombres conservaron apellidos que, con el tiempo, fueron modificándose. Algunos nombres ingleses se castellanizaron, otros cambiaron su pronunciación y algunos terminaron convertidos en palabras que poco tenían que ver con su forma original.

Así, en Santiago del Estero, Tucumán y otras provincias del norte argentino, quedaron familias que quizá nunca imaginaron que, varias generaciones atrás, alguno de sus antepasados había llegado como prisionero de guerra.

La historia tiene esas vueltas.

Aquellos hombres llegaron al territorio rioplatense formando parte de un ejército que pretendía conquistarlo. Fueron derrotados, enviados al interior y obligados a vivir lejos de su país. Sin embargo, algunos terminaron haciendo exactamente lo contrario de lo que las autoridades habían previsto: echaron raíces.

Ya no regresaron.

Se quedaron, formaron familias y se convirtieron, poco a poco, en parte de la sociedad que inicialmente los había recibido como enemigos.

Un documento que revela una curiosa paradoja

En 1929, el investigador Pedro Grenón encontró un documento firmado por doce prisioneros que se encontraban en la cárcel de Córdoba.

Los hombres pedían autorización para permanecer en la ciudad. Entre sus argumentos había uno particularmente llamativo: temían "perder la fe católica" si regresaban a Inglaterra.

Resulta difícil no detenerse un momento ante esa frase.

Habían llegado al Río de la Plata como soldados de una potencia extranjera. Habían sido derrotados, hechos prisioneros y enviados a cientos de kilómetros de Buenos Aires. Sin embargo, después de vivir durante años entre criollos, comerciantes, campesinos y familias del interior, algunos ya sentían que regresar a Europa podía significar perder aquello que habían construido aquí.

La invasión inglesa dejó muchas heridas y enfrentamientos. Pero también dejó historias más pequeñas, casi íntimas, que rara vez aparecen en los grandes relatos de la historia.

Una de ellas es la de aquellos soldados que llegaron como prisioneros y terminaron convirtiéndose en vecinos, trabajadores, padres y abuelos.

Y quizás, sin saberlo, también en santiagueños.

 

sábado, 15 de agosto de 2026

La Banda tiembla en agosto: el legado de Doña María Luisa que no cesa

Con un busto homenaje de 1,60 metros a Doña María Luisa y un ciclo de música en las escuelas, año a año la Fiesta de la Abuela Carabajal  se prepara para recibir a miles de almas en el mítico barrio Los Lagos.



Por Leyenda del folclore santiagueño

Hay casas cuyas paredes no logran atrapar el sonido, y patios donde la tierra misma parece tararear una chacarera. En la ciudad de La Banda, Santiago del Estero, el patio de la familia Carabajal es el epicentro de un milagro que se renueva cada mes de agosto. La tradicional Fiesta de la Abuela Carabajal no solo congrega año tras año a miles de almas sedientas de violines y bombos, sino que suma hitos que dejan una marca eterna en su paisaje cultural: la inauguración de un imponente busto de 1,60 metros en honor a Doña María Luisa Paz de Carabajal y el lanzamiento de un ciclo de músicos en vivo que lleva la identidad folclórica directamente a las escuelas bandeñas.

Lo que nació hace décadas como una íntima reunión familiar para celebrar el cumpleaños de la matriarca - un festejo tradicional que inició hace más de setenta años y con el tiempo se volvió masivo- , hoy es un fenómeno cultural de escala internacional. Cada año, durante los días 16, 17 y 18 de agosto, el solar del tradicional barrio Los Lagos se transforma en un santuario a cielo abierto. Bajo el nombre "Las Manos de mi Madre"- en una profunda referencia a la célebre canción compuesta por Carlos Oscar "Peteco" Carabajal - , el encuentro despliega un amplio programa de actividades cuyo eje late en la participación espontánea sobre el escenario montado en la calle Ingeniero Iturbe al 100, en la emblemática "Cuna de Poetas y Cantores".

El mapa de un rito que desborda las peñas

Para el verdadero amante del folklore, el festejo comienza mucho antes de los días centrales. El circuito peñero, esa antesala necesaria donde el vino, la gastronomía regional y los encuentros se misturan, da su puntapié inicial cada 14 de agosto. El fuego sagrado se enciende en el célebre quincho de Carlos Carabajal, la mítica casa del padre de "Peteco", Graciela, "Demi" y Enriqueta.

"Con mucho esfuerzo hemos logrado organizar esta movida cultural que denominamos 'Las Manos de mi Madre' junto a Eduardo, Juan y otros hermanos, y siempre con el acompañamiento incondicional de 'Chaca', 'Zua' y Juli Díaz, locutor oficial junto a Edy", destaca Alberto "Fily" Carabajal, uno de los organizadores de esta gran maquinaria cultural, en diálogo con EL LIBERAL, agradeciendo además el apoyo continuo del municipio de La Banda y de la policía provincial.

La fiesta central se vive con intensidad cada 18 de agosto, desde las 15 hasta las 22 horas. El escenario principal recibe a los músicos más representativos de la dinastía Carabajal junto a destacados artistas locales. La música es la invitada de honor para celebrar la vida y el legado de la mujer nacida hace más de un siglo en estas tierras santiagueñas.

Un legado económico y social

Más allá de la poesía y el reencuentro, la Fiesta de la Abuela está firmemente instalada en el calendario turístico nacional. Su impacto trasciende lo estrictamente musical: durante la semana en que se desarrolla, La Banda se convierte en un motor generador de fuentes de trabajo genuinas, dinamizando la economía local y consolidando un evento cultural sumamente significativo para toda la provincia de Santiago del Estero.

El eco de una ausencia presente

Doña María Luisa partió físicamente en 1993, justo una semana antes de su cumpleaños. El tiempo pasa, pero el mito permanece intacto. Hoy, sus hijos, nietos y toda la descendencia que dejó, al igual que sus vecinos del barrio Los Lagos, la siguen recordando con fervor en el día de su nacimiento.

A ellos se suman las casi 20 mil personas que año tras año peregrinan desde los puntos más recónditos del planeta para respirar su atmósfera santiagueña. La Abuela ya no está físicamente en el patio, pero su imponente figura de bronce y las guitarras de su estirpe nos recuerdan que hay manos que nunca, pero nunca, dejan de sostener la identidad de un pueblo.


viernes, 14 de agosto de 2026

El gran sismo de 1817 que marcó la historia de la capital santiagueña

 


Por Leonardo Innamorato

Introducción

La madre naturaleza a veces sorprende con distintos fenómenos, y uno de ellos el más violento, destructivos y que más asustan: los terremotos y temblores. Dicho a madre naturaleza a veces nos sorprende con distintos fenómenos, y uno de ellos, suceso no solo forma parte de las efemérides de nuestra provincia, sino sirve además como un antecedente claro, en que, por esos caprichos de la naturaleza, los reacomodamientos de placas y el carácter imprevisible de tales fenómenos, nos es preciso resaltar una de las crónicas de esa época para describir lo acontecido en la ciudad capital de Santiago del Estero y sus alrededores.

La tierra tembló

Las crónicas de esa época relatan que siendo las 20.30 del viernes 4 de julio de 1817 cuando un destructor sismo, con epicentro a 32 Km al sudoeste de nuestra capital, sacudió la tranquila y apacible vida de las poco más de ocho mil almas que poblaban por aquel entonces la Madre de Ciudades.

El movimiento, llamado técnicamente proceso de licuefacción (1), provocó la destrucción de varios edificios como los templos de La Merced y Matriz (actual Catedral Basílica). El fuerte temblor que sacudió la ciudad con la fuerza de un verdadero terremoto, acabó de resquebrajar las paredes y techos de la Iglesia Matriz (Catedral), destruyendo la parte septentrional de la misma”, relata José Achával en su “Historia de la Iglesia de Santiago del Estero”. Dos años más tarde el techo terminaría por colapsar a causa del grave deterioro que sufrió durante el sismo. No se tardó en hacer un relevamiento las instituciones de esa época nos resaltan de daños totales y estructurales en los edificios coloniales de la ciudad; heridos y gente en estado de conmoción. No faltaron, además, las interpretaciones de los supersticiosos y hasta las interpretaciones del fin del mundo.

Los daños

El terrible sismo del 4 de julio tuvo réplicas que se repitieron hasta el 9 de julio por intervalos de cuatro horas. Se agrietaron casas, templos y edificios públicos, muchos de ellos desmoronados. Las actas capitulares así lo señalan: Explosiones de piedra y agua abrieron surcos en la tierra y los campos. Entre las ruinas, el vecindario temió una destrucción similar a la de Esteco y el Callao, aún presentes en la memoria popular.

También se vio reducida prácticamente a escombros la Iglesia La Merced, tras lo cual tuvo que ser reconstruida completamente. A causa de la destrucción de la Catedral, los oficios de la misma fueron trasladados a La Merced en el año 1823. Era la cuarta vez que el templo mayor era destruido por acción de la naturaleza o incendios. El quinto y actual templo se inauguró en 1877 durante la gestión de Don Manuel Taboada.

Según documentos históricos, el Instituto Nacional de Prevención Sísmica estima que el terremoto de 1817 tuvo una magnitud de 7º en la escala de Richter y una intensidad de VIII en la de Mercalli. Hay que aclarar que una escala mide el grado de intensidad del terremoto y la otra, el poder destructivo del mismo. Para tener una idea de la magnitud del temblor que afectó a Santiago cabe destacar que el último gran terremoto ocurrido en la Argentina el 23 de noviembre de 1977, con epicentro en la provincia de San Juan, alcanzó 7,4 grados en la escala de Richter.

La escala de Mercalli mide la intensidad de los efectos producidos por un terremoto. La escala tiene carácter subjetivo y varía de acuerdo con la severidad de las sacudidas producidas en un lugar determinado. Tiene en cuenta los daños causados en las edificaciones, los efectos en el terreno, en los objetos y en las personas. El grado VIII del terremoto de 1817 corresponde a la categoría de “destructivo”. Además, en la época las construcciones no estaban previstas para soportar terremotos puesto que la mayoría del caserío urbano era a base de adobe y de cimientos vulnerables. 

Durante un temblor de esta intensidad se hace difícil e inseguro el manejo de vehículos. Se producen daños de consideración y el derrumbe parcial en estructuras de albañilería bien construidas.

Conclusiones

Si bien, hay ya un antecedente que marcó a la ciudad capital, no hay que olvidarse también el último terremoto, el de 1997, pero que a opiniones de especialistas geólogos, sostienen que – ante la imprevisibilidad de dichos sucesos-  la actividad sísmica en Santiago del Estero la tenemos registrada superficialmente, en referencia a focos que generalmente se ubican entre los diez y treinta kilómetros al oeste del conglomerado Santiago-La Banda. Eso está determinado, particularmente en las sierras de Guasayán.

                                                                                    Licenciado en sociologia, UNSE.

(1) Licuefacción: paso de un componente u objeto, de un estado gaseoso a un estado líquido.

Notas

ACHAVAL, José Néstor (1993) “Historia de la Iglesia en Santiago del Estero: Siglos XIX y XX”, editorial UCSE, Santiago del Estero.

Actas capitulares de Santiago del Estero, 1817, 4 (1727 a 1833). Acta capitular del 11 de julio de 1817, Buenos Aires.

El liberal diario, “Entrevista al geólogo Juan Castellanos”, 21 de septiembre de 2017.

Disponible en la web: https://www.elliberal.com.ar/noticia/367729/geologo-revelo-provinciapodrian-darse-temblores-fuertes

NAVARRO, Carlos A. (2012) INPRES: "Sismicidad Histórica de la R.A." Argentina

PERUCCA Laura, PEREZ Ángel y NAVARRO Carlos (2006) “Fenómenos de licuefacción asociados a terremotos históricos”; su análisis en la evaluación del peligro sísmico en Argentina. Revista de la Asociación geológica argentina 61