En 1556, cinco conquistadores y un grupo anónimo de indígenas se embarcaron desde Santiago del Estero en una misión que parecía casi imposible. Su travesía, atravesando desiertos, “tierras de guerra” y cumbres heladas, no solo trajo consigo a un sacerdote. En sus cargamentos, escondía el germen de una industria que marcaría el rumbo de una nación: las primeras plantas de vid.
Imaginen la escena:
Santiago del Estero, 1556. Una joven aldea, la primera ciudad argentina, lucha
por establecerse en un vasto y desconocido territorio. Entre las muchas
carencias, hay una que resulta crucial para la vida espiritual de esta
incipiente comunidad: la falta de un sacerdote que oficiara los ritos
católicos. Esta necesidad urgente desatará, sin que sus protagonistas lo sepan,
un viaje épico cuyo mayor tesoro no será un hombre de fe, sino unos frágiles
sarmientos que transformarán para siempre el paladar y la economía del futuro
país.
Desarrollo
narrativo:
La historia, que se
encuentra documentada en papeles oficiales de la época citados por el medio El
Liberal, comienza con una decisión valiente. Los habitantes de Santiago, que
dependían de la lejana capitanía de Chile, organizaron una expedición para
cruzar el continente en busca de un religioso. A finales de ese año, cinco
conquistadores españoles partieron, acompañados –como destaca la crónica– por
guías y porteadores indígenas “sin los cuales el recorrido hubiera sido
imposible”, aunque sus nombres se han perdido en el olvido de los registros.
Tres décadas más tarde,
un testigo describiría esa ruta con una elocuencia que eriza la piel. Habló de
“caminos extremadamente difíciles de cordilleras nevadas, con un frío intenso y
desolados”, un trayecto “de todo extremo y peligroso”. Relató una imagen
dantesca: “una gran cantidad de indios muertos, helados, enteros y sin
corromperse, gracias al intenso frío”, junto a los caballos muertos de la
expedición de Diego de Almagro. Era una travesía donde se jugaba la vida.
Después de atravesar
territorios hostiles de los lules y calchaquíes y cruzar la majestuosa
cordillera de los Andes, la comitiva llegó a La Serena, en la costa chilena, a
principios de 1557. Allí, el éxito superó todas las expectativas. En su
regreso, no solo trajeron al fray Juan Cidrón (o Cedrón), sino algo que
resultaría invaluable: “semillas de algodón y plantas de viña”. Este cargamento
vegetal fue “de mucho provecho”, según los documentos, ya que en la región solo
se cultivaba maíz. Así, quedó oficialmente registrada la llegada más antigua
de la vid al actual territorio argentino.
La
semilla que se convirtió en viña
Desde esa “madre de
ciudades” que fue Santiago del Estero, la vid comenzó su lenta pero firme
expansión. A medida que se fundaban nuevas ciudades en la Gobernación del
Tucumán, los sarmientos viajaron con fundadores, soldados y, sobre todo, con
los misioneros. Para el siglo XVII, ya había producción de vinos y aguardientes
en La Rioja y Córdoba. La tradición, como indican las fuentes, atribuye a los
jesuitas la introducción de vides en Salta, traídas desde Perú y el Alto Perú.
Pero la historia del vino
en Argentina tiene más de un solo prólogo. Mientras en el Noroeste se afianzaba
la vid “santiagueña”, otra puerta de entrada se abría en el este. Asunción del
Paraguay, conocida como otra “Madre de Ciudades” del Litoral, comenzó su
producción vitivinícola bastante temprano, probablemente con cepas que llegaron
por el Atlántico. Para 1573 –el año en que se fundaron Córdoba y Santa Fe–,
Paraguay ya producía alrededor de 6000 arrobas de vino, y medio siglo después
contaba con más de un millón y medio de plantas. Sin embargo, con el tiempo,
esta vitalidad se fue desvaneciendo, hasta el punto en que Paraguay empezó a
consumir vinos de Cuyo, la región que, décadas más tarde, se convertiría en el
corazón vitivinícola del país.
Los
otros padres fundadores: Valdivia y el primer viñedo mendocino
La historia del vino
argentino también se teje con otro nombre emblemático: Pedro de Valdivia. Según
cuenta la tradición histórica, este conquistador, tras fundar Santiago de Chile
en 1541, cruzó la cordillera y llegó a la región de Cuyo en 1551. Allí, en lo
que hoy conocemos como Mendoza, habría establecido lazos con los pueblos
huarpes y, lo más importante, plantado el primer viñedo de la región, unos
años antes de la famosa epopeya de Cedrón. Este acto pionero, aunque menos
documentado que su viaje a Chile, sienta las bases míticas de la vitivinicultura
cuyana. Más tarde, en 1561, Pedro del Castillo fundaría formalmente la ciudad
de Mendoza, consolidando el lugar desde donde, siglos después, surgirían los
vinos que conquistarían el mundo.
La próxima vez que
levantemos una copa de vino argentino, vale la pena recordar que su historia no
se reduce solo a la tierra fértil o al sol radiante. Se encuentra en el frío
implacable de un paso montañoso, en la tenacidad de unos viajeros anónimos
–españoles e indígenas– y en el pragmatismo de colonos que, ante todo, buscaban
un refugio espiritual. Esa primera viña en Santiago del Estero, surgida de una
odisea, fue la semilla de un mapa vitivinícola que se expandiría por el
Noroeste, el Litoral y que hallaría en Cuyo su tierra prometida. Así, la
historia del vino argentino es también la historia de un riesgo extremo, de un
intercambio cultural forzado pero profundo, y de una pequeña planta que, contra
todo pronóstico, encontró en estas tierras no solo un hogar, sino una identidad
poderosa. En definitiva, la copa que sostenemos contiene mucho más que un
simple líquido: guarda la memoria de un viaje fundacional.






