lunes, 9 de marzo de 2026

La Placita de las Chismosas: cuando el rumor dibujó un lugar

 


 Santiago del Estero camina hoy con el ritmo de una ciudad moderna. Las calles se llenaron de cemento y acero, los edificios altos desplazaron a las viejas casonas, y muchas costumbres que antes marcaban la vida cotidiana se fueron apagando con los años. Por eso vale la pena rescatar pequeñas historias del pasado. No por nostalgia, sino porque en ellas se entiende cómo nacen los lugares y por qué ciertos nombres sobreviven al tiempo.

La historia empieza antes de que demolieran la antigua casa de Pedro San Germés, en la esquina de Avellaneda y Buenos Aires. Hoy, en ese punto, se levantan tres figuras de mármol colocadas por la Municipalidad muchos años después. Pero antes de la plaza y de las estatuas, lo que había allí era algo más simple: una esquina donde se reunían las mujeres del barrio.

No tenía carteles ni placas. Era, apenas, un punto de encuentro. Sin embargo, para quienes vivían en la zona, ese rincón tenía vida propia.

Corrían los años de la década de 1910. Santiago todavía funcionaba como un gran pueblo: todos se conocían y las noticias viajaban rápido. En ese ambiente apareció una mujer que no tardó en llamar la atención. Había llegado desde Santa Fe, tenía ojos verdes musgo, una risa fácil y una belleza que destacaba demasiado para la moral reservada de la época.

Estaba casada con un abogado prestigioso, hijo de una familia antigua de la ciudad. Había estudiado y volvía con título bajo el brazo, algo poco común entonces. Su forma de moverse, de conversar, de mirar a los demás parecía romper ciertos códigos sociales que en Santiago se respetaban casi sin discutir.

El comentario empezó a circular pronto.

Alguien dijo haberla visto hablando demasiado tiempo con un ministro durante una cena del gobernador. Otro juraba que sonreía a desconocidos con una confianza que parecía impropia. También se comentó que dos matrimonios estuvieron cerca de romperse por miradas que, según algunos, iban más allá de la simple cortesía.

Nadie la nombraba directamente. Entre murmullos la llamaban “la Cosa”. El anonimato tenía un motivo: sus descendientes todavía caminan por estas calles, orgullosos de su apellido.

Las mujeres del pueblo, guardianas de la memoria oral, reaccionaron con firmeza. Dejaron de invitarla a reuniones, evitaban cruzarla en la vereda y nunca se la vio en los encuentros sociales donde antes participaba. El rechazo fue claro.

Pero, curiosamente, ese mismo rechazo terminó volviéndola parte de la historia local.

Cada tarde, cuando las vecinas regresaban del mercado o salían de misa, muchas terminaban en la esquina de San Germés. Allí se detenían unos minutos. Comparaban lo que habían escuchado, agregaban detalles, corregían versiones. El comentario crecía, cambiaba, se volvía relato.

Con el tiempo, la esquina dejó de ser solo una intersección. Algunos empezaron a llamarla el Rincón del Pelele, un apodo dirigido al marido, al que describían como rígido y algo ingenuo. Otros usaban un nombre que terminaría imponiéndose: la Esquina de las Chismosas.

Dos o tres mujeres conversando allí bastaban para que alguien supiera que había una historia nueva circulando.

Con los años, el escándalo perdió fuerza. La mujer quedó embarazada, envejeció y murió ya mayor, después de pasar toda una vida bajo la mirada curiosa del pueblo. Sin embargo, la costumbre de reunirse en esa esquina siguió existiendo.

Décadas más tarde, la Municipalidad decidió demoler la casa de San Germés y convertir el terreno en una pequeña plaza. Oficialmente recibió el nombre de Antonio Castiglione, grabado en letras grandes sobre el frente.

Pero la gente siguió llamándola de otra manera.

Para los santiagueños, ese lugar ya tenía identidad: la Placita de las chismosas.

Tiempo después, para embellecer el espacio, la comuna instaló tres estatuas de mármol blanco. Son figuras delicadas, inspiradas en la estética clásica. A partir de ahí empezó una confusión que todavía circula: muchos creen que el nombre de la plaza proviene de esas esculturas.

La historia real es la contraria.

Primero existió el rumor. Después nació la plaza. Y recién al final llegaron las estatuas.

Las figuras de piedra no dieron origen al nombre. En todo caso, terminaron rindiendo homenaje silencioso a aquellas mujeres que, con sus conversaciones de esquina, habían convertido ese lugar en algo más que un simple cruce de calles.

Hoy, sentarse en un banco de la placita al caer la tarde tiene algo de viaje en el tiempo. Entre los árboles y el ruido lejano del tránsito todavía se percibe esa vieja costumbre de contar historias.

Porque Santiago no está hecho solo de calles y edificios. También está hecho de voces, de rumores, de pequeñas escenas que se repiten durante años hasta volverse parte del paisaje.

Los lugares, al final, no nacen por decreto.

Nacen del uso que la gente hace de ellos.

Y en la esquina de Avellaneda y Buenos Aires, ese origen fue, sin dudas, un chisme compartido.

Fuente: ramirezdevelazco.blogspot.com

domingo, 8 de marzo de 2026

Dr Ramón Carrillo

 Ramón Carrillo, el primer ministro de Salud de la Nación, considerado como el padre de la medicina preventiva y social en la Argentina.



Luego de cursar sus estudios primarios y secundarios en Santiago del Estero, cursando su carrera de Medicina en la universidad de Buenos Aires. Fue tan brillante en sus estudios que obtuvo en 1929, la Medalla de Oro al mejor alumno de su promoción.

Desde estudiante se orienta hacia la neurología y la neurocirugía, colaborando con el Dr. Manuel Balado, eminente neurocirujano de la época, con quien realiza sus primeros trabajos científicos. Obtiene una beca universitaria para perfeccionarse en Europa en su especialidad. Allí, trabaja e investiga junto a los más destacados especialistas del mundo, entre ellos Cornelius Ariens Kappers.

Regresa a Buenos Aires en plena “Década Infame”, donde puede vivenciar el sistemático saqueo y destrucción que sufre Argentina, en un periodo caracterizado por la decadencia moral de la dirigencia, donde se impone la corrupción, el negociado, la enajenación del patrimonio nacional y el empobrecimiento de una gran mayoría poblacional. Adhiere entonces al pensamiento nacional que toma auge en aquella época. Complementa su educación científica con ideas políticas y formación cultural.

Se vincula con hombres como Homero Manzi, claro representante de nuestra cultura y de las nuevas ideas, y la escuela neurobiológica argentina activa en el Hospicio de las Mercedes y el Hospital de Alienadas, luego hospitales Borda y Moyano. Durante esos años se dedica a la investigación y a la docencia, hasta que en 1939 se hace cargo del Servicio de Neurología y Neurocirugía del Hospital Militar Central. Este cargo le permite conocer con mayor profundidad la realidad sanitaria del país. Toma contacto con las historias clínicas de los aspirantes al servicio militar, procedentes de toda la Argentina, y puede comprobar la prevalencia de enfermedades vinculadas con la pobreza, sobre todo en los aspirantes de las provincias más postergadas. Lleva a cabo estudios estadísticos que determinan que el país sólo contaba con el 45% de las camas necesarias, además distribuidas de manera desigual, con regiones que contaban con 0,00% de camas por mil habitantes. Confirmó de esta manera sus recuerdos e imágenes de provincia, que mostraban el estado de postergación en que se encontraba gran parte del interior argentino.

En 1942, con sólo 36 años, gana por concurso la titularidad de la cátedra de Neurocirugía de la Facultad de Ciencias Médicas de Buenos Aires. Brillante era su carrera en el mundo científico y académico. Sin embargo, los sucesos históricos harían cambiar radicalmente el destino de su vida y de sus pasiones. Son precisamente estos hechos los que harían que la figura de Carrillo tome dimensiones trascendentes. Grandes cambios se producen en el país: en 1943 es derrocado el régimen de Castillo y asume un gobierno militar. En este contexto conoce en el Hospital Militar al Coronel Juan Domingo Perón, con quien comparte largas conversaciones.

Es precisamente el Coronel quien convence al Dr. Carrillo de colaborar en la planificación de la política sanitaria de ese gobierno. Luego Perón llegaría a la presidencia, por vía democrática, y confirma al Dr. Carrillo al frente de la Secretaría de Salud Pública, que posteriormente se transformaría en el Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social de la Nación. 

Difícil es enumerar la prolífica obra del Dr. Carrillo frente a esta cartera. Lleva a cabo acciones que no tienen parangón hasta nuestros días. Esta revolución sanitaria, diseñada y llevada adelante por Ramón Carrillo, aumentó el número de camas existentes en el país, de 66.300 en 1946 a 132.000 en 1954, cuando se retira. Erradicó, en sólo dos años, enfermedades endémicas como el paludismo, con campañas sumamente agresivas. Hizo desaparecer prácticamente la sífilis y las enfermedades venéreas. Disminuyó el índice de mortalidad por tuberculosis de 130 por 100.000 a 36 por 100.000. Terminó con epidemias como el tifus y la brucelosis. Redujo drásticamente el índice de mortalidad infantil del 90 por mil a 56 por mil. Todo esto, dando prioritaria importancia al desarrollo de la medicina preventiva, a la organización hospitalaria, a conceptos como la “centralización normativa y descentralización ejecutiva”. Sin embargo, el legado más importante que dejó el Dr. Carrillo fueron las ideas, principios y fundamentos que acompañaron este accionar. A decir de sus palabras, citamos, las siguientes: “Los problemas de la Medicina como rama del Estado, no pueden resolverse si la política sanitaria no está respaldada por una política social. Del mismo modo que no puede haber una política social sin una economía organizada en beneficio de la mayoría.”; “Solo sirven las conquistas científicas sobre la salud si éstas son accesibles al pueblo.”; “Frente a las enfermedades que genera la miseria, frente a la tristeza, la angustia y el infortunio social de los pueblos, los microbios, como causas de enfermedad, son unas pobres causas.”; “Si yo desaparezco, queda mi obra y queda la verdad sobre mi gigantesco esfuerzo donde dejé mi vida.“ Este hombre formado en el pensamiento científico renunció al prestigio que podía brindarle su carrera para dedicarse al desarrollo de la medicina social, lugar desde donde podía realizar y concretar sus ideas sobre salud. Muere a los cincuenta años, pobre, enfermo y exiliado, recibiendo por correo aportes de un amigo.

Un 8 de marzo de 1883 – Nace Manuel Gómez Carrillo, el arqueólogo del alma musical del norte

 


Nació en Santiago del Estero. Fue músico, recopilador y compositor.

Se trasladó a Buenos Aires para estudiar en la Escuela Industrial y en 1916 se recibió de profesor superior de piano. Al año siguiente, la Universidad Nacional de Tucumán le encargó una compilación de música del norte argentino. Para eso presentó un plan de "recopilación y popularización de la música nativa".

En 1919 empezó el trabajo en Jujuy, donde estaba por cuestiones personales. En 1920 mostró la primera parte de la recopilación en la Sociedad Sarmiento de Tucumán y en el teatro Odeón de Buenos Aires. Después siguió por Salta, Tucumán, Catamarca y La Rioja. La obra se publicó en dos tomos y cuadernos sueltos editados por la universidad.

En Santiago del Estero fue profesor de música en la Escuela Normal y el Colegio Nacional. Integró el grupo La Brasa y la comisión directiva de la Biblioteca Sociedad Sarmiento. Con su esposa Inés Landetta César fundó un conservatorio de música y en 1928 la agrupación Amigos del Arte.

En 1936 se mudó a Rosario, donde fue rector del Profesorado Nacional de Música. Después se instaló en Buenos Aires y trabajó como vicedirector del Instituto Nacional de la Tradición, dirigido por Juan Alfonso Carrizo.

Sus hijos formaron el Cuarteto Gómez Carrillo: Carmen, Manuel, Julio y Jorge Rubén.

Falleció el 27 de marzo de 1968.

Entre sus obras: Al tiempo de arrepentirse, Bailecito de Jujuy, Bajo un coposo pino, Canto indígena, Chacarera antigua, Churito, Danza del cuervo, Despedida de carnaval, Despierta joven querida, El angelito, El jardinero, El marote de doña Belisaria, El palito, Loretano, Estate quieto mischi, Gato deTarapaya, La chileciteña, La donosa de Gallardo, La shalaka, Media cifra de los Agüero, Mi corazón a tus rejas, Nostalgias indígenas, Rapsodia santiagueña, Urpila, Vida mía, Yerba buena, Zamba del chicharrón, entre otras.

Una vieja crónica nos permite conocer algo más al enorme “Coquito” Caceres


Por Roberto Vozza.

El conocer más cercanamente aspectos de la vida de aquel célebre “ juglar ” de las calles santiagueñas, “ Coquito ” Cáceres, resultó siempre un misterio pero que no dejó por ello de engrandecer aún más a quien se reconoce como un mito popular.

En estos días, repasando el enorme archivo personal de crónicas del folclore santiagueño que atesora un cultor de estas cosas como lo es Omar “ Sapo ” Estanciero , aparecieron algunas notas dedicadas a él. Son publicaciones de larga data pero que no aportan mucho para conocer en profundidad a quien fue un cantor popular con un sinnúmero de anécdotas graciosas que quedaron para la historia.

Sin embargo, en la entrevista que le hizo Sebastián López, destacado periodista de “ El Liberal ” de entonces, y que se publicó el 27 de junio de 1971, se rescata algo de la intimidad del inolvidable trovador.

El encuentro fue en aquella humilde morada que Cáceres habitó en la calle Caseros casi Alsina. “Un galpón de incompleto techo de chapa por donde se podía ver el cielo, donde Coquito, sentado en un catre destartalado, rasguea suavemente su vieja guitarra acompasando una chacarera que rebota en las paredes donde de un clavo cuelga una deshilachada camisa a cuadros”. Y describe el periodista: “una nota de color en el ambiente frío del piso de tierra recién barrido”.

La pregunta inicial fue cuándo nació.” Seis años antes del comienzo del siglo XX (1894), en octubre, cuando las flores revientan; Por eso estoy alegre. Mirando a otros aprendí a rasguear la guitarra para meterme por esos arrabales de ranchos de quincha y perros desatados y codearme con bohemios y doctores”, contesta.

Cuenta que en 1935 integró la orquesta “Blanco y Negro ” que componían, entre otros amigos de su juventud Pedro Ríos y Juan Loto; pero después se dedicó a la música y al canto solo para actuar en fiestas. Así anduvo por todos los rincones de la provincia como Villa Brana, Las Tinajas, Campo Gallo, Los Telares, Averías, Salavina, Silípica, animando reuniones familiares y en boliches alumbrados a querosén.

Un día se fue a Tucumán con el mismo objetivo donde permaneció cinco años. Después lo intentó Buenos Aires tras un trabajo más rentable. Allí ofició de maestro pastelero, pero sin dejar nunca la guitarra que lo acompañaba a todos lados.

Y volvió a Santiago para rehilar su bohemia y habitar aquel modesto refugio de la calle Caseros, que en un tiempo compartió con su hermano Juanito -conocido por sus improvisados ​​sketches unipersonales- para cantar por las calles de la ciudad y alternar el desaparecido “Rincón de los Artistas ”.

Y mientras el diálogo sigue, el periodista entrevistador observa y describe…” en un brasero próximo, cuatro leños encendidos calientan la triste comida del mediodía. Hierve el agua en la cacerola entibiando un pedazo de hueso y dos papas negras mal peladas que rendirán más tarde tributo al hambre de este viejo cantor de soledades” …

Y no faltó la anécdota, graciosa pero “ no inventada ” como el mismo dice, como ese cuento que afirma que era hijo de Gardel… “ Pero sí, es cierto. Un día cuando iba a una farra en Chumillo me alcanzó un tipo manejando un carro y me invitó a subir… “Yo le contesté… ¡estás loco! ¡No quiero morir en un accidente como Gardel, mi papá!...

Sobre el final de la entrevista reveló haber compuesto algunos temas, no poco graciosos por su contenido ingenioso. Pero uno, titulado “ La Monzonera ” sintetiza la vida de un bohemio trasnochador cuando expresa…” con mi guitarra voy siempre cantando por los caminos, sin saber cómo ni cuándo encontraré mi destino” .

 “Para mí no hay rumbo fijo, voy a donde corre el viento; y aunque sufra lo que sufra, siempre me verán contento ”

Coquito Cáceres le puso música a una chacarera trunca titulada “ Huella del destino ”, y cuya letra es obra de quien fue su protector, don Pedro Evaristo Díaz. Está registrada en SADAIC pero solamente como autoría de don Pedro porque Coquito no acepta figurar.

Entre las memorias de Díaz existe una partitura musical de esa chacarera donde se impronta su nombre y el de José María Cáceres que no es otro que “ Coquito ”. Ahí se revela su nombre auténtico.

Justamente, el dueño del “ Rincón de los Artistas ” decidió un día en un gesto de enorme sensibilidad humana alojarlo en su casa de Moreno y Alsina.

 “Se manifestó ser un hombre afable, correcto y muy educado, y para mí fue una suerte de abuelo postizo ”, supo recordar en estos tiempos Chuni Cardozo, nieto de Díaz.

Seguramente ello coincidió con la entrevista de Sebastián López, quien describe al mítico cantor, con casi 78 años de edad, como si ya estuviera viejo y enfermo.

Por lo demás, siguen las incógnitas como saber dónde nació, en Buenos Aires o Santiago; o de donde vino y si tuvo familia… Tampoco se supo de su final terrenal, cuándo ocurrió y quién se hizo cargo de sus restos mortales. Probablemente, ya modo de ocurrencia, estos habrían sido sepultados en el osario común del cementerio de La Piedad… Nadie se enteró ni se publicó… Acaso siguiendo al derrotero del solitario y romántico cantor del pueblo que quedó convertido en leyenda…

Publicada en Facebook por Patio Santiagueño

Extraída de una vieja crónica de Sebastián López. Fotos de Omar Estanciero


jueves, 5 de marzo de 2026

Los muñecos de telgopor que tejieron una amistad

 Ricardo Manuel Gómez Oroná, el hombre que Horacio Guaraní bautizaría como Jacinto Piedra, pasó casi dos años fabricando juguetes de telgopor en un taller clandestino de Buenos Aires. Entre peponas rotas y peñas folklóricas, el futuro referente del folklore argentino forjó su camino.



Cuando Ricardo volvió de Bolivia, se reconectó de inmediato con el folklore. En el fondo - y ahora a la luz -  era santiagueño. Aún faltaban años para que Horacio Guaraní lo escuchara cantar y le pusiera el nombre que lo haría conocido: Jacinto Piedra. Por ahora era solo Ricardo, un pibe flaco y torpe que acababa de regresar a Buenos Aires.

La ciudad lo recibió con algunos trabajos esporádicos. Así llegó al restaurante de Raúl Trullenque en Liniers, sobre la calle Tellier. Trullenque era un coterráneo legendario que hacía maravillas con la chacarera. Pero además del restaurante, en el fondo funcionaba un taller clandestino de muñecos de telgopor.

El taller de los juguetes

Ahí Ricardo conoció a Toño Rearte, otro santiagueño con el que compartió durante casi dos años el oficio de fabricar juguetes. El taller era minúsculo: un silo de dos por dos metros y un compresor de aire para rellenar osos de peluche y peponas.

Toño lo recuerda con cariño: Ricardo era torpe. Su cuerpo largo y flaco no encajaba bien en ese espacio tan chico. De cada cuatro muñecos que armaba, rompía tres o provocaba una lluvia de telgopor.

Durante el armado, el cardenal se ponía nerviosísimo. Con cuidado pegaba los ojos de plástico, agregaba rubor en aerosol en las mejillas y deshilachaba arpillera para las pestañas. Cuando los muñecos no le salían bien - casi siempre - los revoleaba y los maldecía.

Siempre había sido hábil con las manos. Una vez le propuso al viejo Trullenque hacer un muñeco rasta. La idea fue descartada de inmediato.

Los recreos del taller

A veces tomaban té con galletitas, otras tardes comían sándwiches de mortadela. Ricardo estaba siempre de buen humor, aunque renegaba por el viaje eterno en tren hasta Liniers.

Cada tanto se sentaba a un costado del silo a escribir. Llevaba en el bolsillo una libreta chica que cerraba rápido cuando el viejo Trullenque pasaba a buscarlo en su Fiat 128 rojo. Juntos salían por toda la Avenida Santa Fe a repartir muñecos. En esas páginas Ricardo iba anotando letras, melodías, fragmentos de lo que vendría.

La noche en la peña

El restaurante de la calle Tellier también era punto de encuentro, escenario de peñas folklóricas. Fue en una de esas noches cuando Ricardo conoció a Cuti Carabajal, el menor de la familia Carabajal y tío de Peteco, su amigo de infancia.

Cuti era parte de los Manseros Santiagueños. Cuando escuchó la voz de Ricardo y sus canciones, lo invitó a tocar con ellos. El talento del muchacho no podía seguir escondido entre peponas y osos de peluche.

En 1979, cuando los Manseros celebraban sus 20 años de trayectoria en el Luna Park, Ricardo subió al escenario y brilló. Esa noche quedó claro: el pibe torpe del taller tenía algo especial cuando agarraba la guitarra.

Con Cuti Carabajal

Con Cuti las tardes pasaban rápido. Jugaban a componer, a arreglar chacareras. Cantaban con ganas. Nunca grabaron nada en serio. Quizá porque Ricardo seguía siendo, en el fondo, un niño cantor.

Cuti lo recuerda como un chico grande, divertido, despreocupado. Dice que tenía un estilo muy nuevo, distinto, y una voz que atraía: voz de indio. Una voz que venía de la tierra.

El nombre que lo hizo leyenda

Años después, cuando Horacio Guaraní lo escuchó cantar, supo que ese muchacho necesitaba un nombre a la altura de su voz. Lo bautizó Jacinto Piedra. Ricardo Manuel Gómez Oroná pasó a la historia con ese apodo que resonaba como el monte santiagueño.

Pero antes de ser Jacinto Piedra, antes de convertirse en referente del folklore argentino, hubo un pibe flaco que rompía muñecos de telgopor en un taller de Liniers. Un muchacho que viajaba en tren, comía sándwiches de mortadela y escribía a escondidas en una libreta.

Sin apuro

Ricardo llevó su talento sin preocupación, sin querer ser una estrella. Entre muñecos rotos y chacareras, entre el telgopor y el polvo santiagueño que nunca lo abandonó, construyó su camino sin prisa.

Jacinto Piedra nació en las peñas de Liniers, entre el telgopor y la mortadela, mucho antes de que tuviera ese nombre. Fue auténtico desde el primer día, incluso cuando fabricaba peponas que le salían mal.

Información extraída del libro “Que lo recuerden brillando” de Cecilia Rayen Guerrero Dewey

Juan Carlos "Canqui" Chazarreta: el poeta del folclore que llevó Santiago en el alma

 


Entre los ecos de las guitarreadas y el humo de los fogones, un nombre resuena con la fuerza de un legado: Juan Carlos Chazarreta, "Canqui", cuyo apodo evoca la rebeldía y la raíz indígena de Túpac Amaru, encarnadas en Gabriel Cóndor Canqui. Nacido un 5 de marzo de 1929 en Santiago del Estero, tierra de sol y bagualas, su vida fue un tejido de música, poesía y esa melancolía luminosa que solo el noroeste sabe criar.

Su infancia transcurrió entre las aulas del Colegio Nacional Buenos Aires y el "Absalón Rojas", donde cerró su bachillerato en 1948. Pero fue en los rincones íntimos del arte donde germinó su voz: en la casa de Marta Cartier, entre reuniones folclóricas donde ya despuntaba su talento, o bajo el techo del Achala Huasi, la mítica casona de la calle Esmeralda en Buenos Aires. Allí, guiado por su tío Francisco Cárdenas y junto al recordado Mario Arnedo Gallo, dio vida a sus primeras creaciones. "La Vuelta del Santiagueño", su zamba pionera, no solo lo consagró en los años 50, sino que se convirtió en un himno de identidad, un retorno simbólico a los pagos que lo vieron nacer.

La esquina de Jujuy y La Plata, ese "refugio de musiqueros" que inmortalizó en verso, y la entrañable "Zambita del musiquero" fueron coronadas en Cosquín como las canciones más cantadas de 1965 y 1969. Su pluma, afilada y sentimental, dio letra y música a piezas que Los Chalchaleros, Los Fronterizos y Los Hermanos Abalos llevaron a los escenarios: "La Mujer Santiagueña", "Canta, Cantarranas"... Versos que hablaban de tierra, de amores y de esa sabiduría popular que late en cada copla.

Más allá de la música, su arte se extendió al cine: compuso la banda sonora de El Loro de la Soledad (1967), filme de raigambre nacional rodado en los paisajes santiagueños, con actrices como Milagros de la Vega y Virginia Lago. Y aunque su libro La Ruta Redonda - un tesoro inédito de canciones, poesías y crónicas-  aguarda entre páginas dormidas, su espíritu creador nunca cesó. Tras una década en Buenos Aires (1951-1960), Mar del Plata lo acogió, y allí, entre la bruma costera, siguió sembrando cultura: fundando centros artísticos, integrando jurados y recibiendo el reconocimiento de una ciudad que admiró su efigie de poeta y troubadour.

El 22 de mayo de 2006, a los 77 años, el silencio se llevó su voz. Pero quedan sus canciones, heredadas por su hijo Juan Manuel - cantautor como él -, y ese rumor a zamba que persiste, como un monte sin tiempo, en la memoria del folclore argentino.

 

miércoles, 4 de marzo de 2026

Claudio Ramiro Soria: El changuito que el monte nunca devolvió

 


Hay historias que duelen. Historias que se clavan en la memoria de un pueblo y, con el tiempo, se transforman en leyenda. Esta es una de ellas.

Corría el amanecer de la década del 80 cuando un niño santiagueño logró lo impensado: detener el pulso de toda una provincia con su ausencia.

Claudio Ramiro Soria no era un personaje de fantasía, ni el protagonista de una antigua fábula. Era un changuito real, un niño de rostro moreno y sonrisa ingenua, que corría descalzo entre los quebrachales y se perdía en la inmensidad del monte, su casa.

Un día cualquiera, como tantos otros, salió junto a sus hermanitos a buscar leña. Pero esa jornada, el monte decidió no dejarlo regresar.

Sachayoj, el espíritu que habita en la espesura, lo llamó con el susurro de sus ramas, lo atrajo con su hálito misterioso y lo abrazó con su enredadera invisible. Y luego, el silencio. Un silencio profundo, pesado, asfixiante.

El pueblo entero lo buscó con desesperación. Día y noche, familiares, vecinos y curtidos vaqueanos recorrieron cada rincón del monte. Separaron ramas, rastrillaron cada sendero, gritaron su nombre hasta quedarse sin voz. Pero el monte, indiferente, permanecía callado.

Hasta que, una tarde, cuando el sol ya moría tras un viejo algarrobo, el monte habló. Y en su suelo, entre los tuscales y las flores silvestres, yacía Claudio Ramiro, en eterno descanso, fundido con la tierra que lo vio nacer.

Desde aquel día, su nombre dejó de ser solo un nombre. Se convirtió en un lamento que el viento arrastra entre los quebrachales, en un fulgor que brilla sobre las copas de los árboles cuando la noche cae sobre Santiago.

El poeta Marcelo Ferreyra lo inmortalizó en sus versos, asegurando que su esencia nunca se apagará:

"Porque hay almas que no mueren,
se hacen coplas y fulgores,
y en cada flor del monte
vuelven a abrirse en colores."

Fte: Miguel Coria