miércoles, 25 de febrero de 2026

Cacho Lobo y sus cuentos.

 



En Santiago del Estero, los músicos y humoristas se reúnen principalmente en grandes festividades populares, peñas tradicionales y eventos que celebran la identidad local.

Entre los cuales es muy recordado CACHO.... aquí uno de sus cuentos.

Cuento del pescado", que retrata con mucha gracia la picardía santiagueña:

Cuenta Cacho que un pescador saca un pez del río y, en lugar de comerlo, decide criarlo en un balde. Con el tiempo, el pescado se va acostumbrando tanto a estar fuera del agua que empieza a caminar por el patio. El dueño le pone de nombre Pancho.

La historia escala en humor cuando Pancho, el pescado, empieza a comportarse como un perro: corretea entre los pollos, se pelea con los perros de verdad y hasta duerme la siesta bajo el algarrobo. El desenlace es trágico y cómico a la vez: un día, Pancho intenta cruzar un puente, se cae accidentalmente al río y, como ya se había "olvidado de nadar" por pasar tanto tiempo en el patio, ¡muere ahogado!

Otras historias populares en sus discos:

El santiagueño y el Obelisco: Relata la llegada de un paisano al Gran Buenos Aires que, asombrado ante el Obelisco, es abordado por un porteño que intenta "vendérselo". El santiagueño, sin perder la calma, le responde: "Vaya envolviéndolo nomás, señor, que ya vuelvo".

La rivalidad fraternal: Sus cuentos solían jugar con la relación entre santiagueños y tucumanos, siempre aclarando que, a pesar de las bromas sobre quién es más mentiroso o "pícaro", existe una relación de hermandad profunda entre ambas provincias.

Puedes encontrar estas y otras narraciones en su álbum emblemático "Santiagueñadas", donde mezclaba estas historias con sus canciones folclóricas.

"¡Sixto, le he puesto letra al Tero!" Con esta exclamación y una de sus amplias sonrisas entró Cacho Lobo en la peluquería de Don Sixto Palavecino. Las horas compartidas, las actuaciones juntos, la lucha en común por el Alero Quichua Santiagueño, y su particular modo de ser, alegre y extrovertido, hacían que Cacho tuviese ese trato familiar hacia Don Sixto.

Amadeo Lobo era de Laprida, pequeño pueblo del Departamento Choya con una estación de ferrocarril, a poco menos de 40 Km de Loreto yendo hacia Frías. Cacho recordaba siempre a su Laprida como un pueblo tranquilo, de gente amable, algo de salitral y mucho folclore.

Desde chico se inclinó hacia la música folclórica. Aprendió a tocar la guitarra y el charango. El bombo no era para aprender, sino mas bien algo natural, igual que el canto. Un poco más crecido también escribía versos a los que les ponía música.

En la ciudad de Santiago del Estero, Cacho Lobo fue cantor y músico. Su carácter chispeante y ocurrente fue manifestándose cada vez más en los escenarios y poco a poco el humorista casi desplazó al cantor. El humor ante un micrófono es cosa seria, más aún si tenemos en cuenta que Cacho era de los humoristas que no recurren a la palabra soez o a la agresión verbal para arrancar una risa del público.

Se integró al Alero Quichua Santiagueño en la época en que Felipe Corpos conducía la audición radial. Cuando Corpos sufrió el accidente fatal, fueron Nidia Franicevich y Cacho Lobo quienes debieron hacerse cargo de conducir la audición. Después se incorporó Rubén Palavecino a la conducción de la audición, y al poco tiempo Nidia se fue a Jujuy para trabajar como locutora en una emisora de radio.

La conducción de la audición radial era compartida entre Rubén Palavecino y Cacho Lobo. En las reuniones de los Lunes por la noche en la peluquería de Don Sixto se planificaba la audición del Domingo que seguía, las salidas a la campaña y otras actividades. Si tales salidas impedían la emisión directa de la audición radial, se grababa el Jueves por la noche.

Con motivo del casamiento del cantor José Sequeira en Villa Salavina, los integrantes del Alero Quichua hemos viajado en un ómnibus contratado para tal fin. La ceremonia y fiesta de casamiento fueron celebradas un Sábado por la noche. El Domingo por la mañana, Don Sixto, Rubén, Cacho Lobo, José M. Lami Hernández (h) y Edgardo Mansilla han ido hasta Barrancas, donde Doña Abdona de Villarreal ha hecho entrega a Don Sixto del primer violín que él tuviera y que hacía décadas había cambiado por otro mejor. Ese trascendental momento ha sido registrado en fotografías y grabación de audio. Tal como hacía Felipe Corpos, en las salidas del Alero se tomaban grabaciones para luego reproducir en la audición.

En las reuniones de esos tiempos, la gente del Alero Quichua estaba procurando un terreno donde construir La Posta Quichua, que sería un emprendimiento integral tradicionalista. Don Sixto tuvo una entrevista con el Gobernador de la Provincia, General César Fermín Ochoa, con quien dialogó en quichua, pues el General Ochoa era quichuista natural del departamento Atamishqui. De esa reunión, a la que Don Sixto concurrió con otras personas del Alero, surgió la urgente necesidad de tramitar la Personería Jurídica. Cacho Lobo fue uno de los impulsores del trámite que se inició en Septiembre de 1.977 y también fue uno de los integrantes de la Comisión Directiva, que era presidida por Don Sixto Palavecino.

Su primer disco, grabado en el formato Larga Duración, se llama Cacho Lobo y sus Santiagueñadas. El disco ha sido presentado junto con el disco Corazón de Mishtoles de Carmen Palavecino. Esa noche Radio Nacional ha transmitido la presentación desde el Teatro 25 de Mayo, que estaba lleno de público mayoritariamente integrante o simpatizante del Alero Quichua Santiagueño.

En su actividad laboral, llegó a tener una imprenta en la que trabajaba con sus hijos, a los que formaba en lo laboral, en lo artístico y fundamentalmente en los valores humanos.

Generalmente actuaba solo, a veces con Don Sixto y a veces como Cacho Lobo y Sus Hijos. Walter Lobo tocaba la guitarra y cantaba a dúo con Cacho. Pablo tocaba el bandoneón y es un músico de prestigio nacional que participó en la grabación del Volumen 6 del Alero Quichua. Mario es violinista y se dedica a la enseñanza. El más chiquito de los que subían al escenario cantaba y hacía imitaciones, mientras que las dos niñas tocaban el bombo. Cacho escribió y grabó el poema Romance Para mis Hijos, donde los compara con las notas musicales. En el disco Cacho Lobo y Sus Hijos (1.987) participan Walter, Pablo, Mario y las dos chicas.

Serio y firme a la hora de defender convicciones, en el trato personal era alegre y bromista. Gustaba de poner un apodo a su interlocutor, para mudar hacia otro en el próximo encuentro, pues el sobrenombre era solo para el momento. Recordando una expresión de Felipe Corpos, llamaba a la peluquería de Don Sixto "La Jabonería de Vieytes", evocando el local donde se reunían a conspirar los patriotas de Mayo de 1.810. En homenaje a Felipe Corpos, creó el gato El Felipe Benicio.

Don Sixto solía tocar en todas sus actuaciones un gato suyo que imitaba al tero. Cacho sabía bien la melodía por ser compañero habitual en la radio y en otras actuaciones. La noche en que llegó a la peluquería anunciando que había puesto letra al gato, lo cantó enseguida con la guitarra que Don Sixto siempre tenía en su lugar de trabajo. La letra describe poéticamente el aspecto y costumbres de la avecita. Una vez registrado, el nombre quedó como El Canto del Tero, música de Don Sixto Palavecino y letra de Cacho Lobo. Ha sido grabado por intérpretes nacionales.

A los nuevos cantores, ansiosos por subir a los escenarios, Cacho solía aconsejar una buena preparación cultural para tener fundamentos a la hora de hablar al público. Decía que uno debía leer por lo menos el manual Santiago del Estero de la escuela primaria. Sugería ensayar ante un espejo para controlar postura, ademanes y gestos. También solía decir: "Changos, no anden con dudas; consulten a Don Sixto; él no solo es nuestro factor humano aglutinante sino también un hombre que sabe mucho."

De pronto, Cacho Lobo dejó de concurrir a todas las actividades del Alero Quichua. Evitaba hablar de los motivos para tal alejamiento. La muchachada del Alero y del folclore en general concurría a diario a la imprenta, donde había conversación alegre y sana, bromas, música, canto y mate. Bebidas alcohólicas no; ni pensarlo en un lugar de trabajo; además, ni el dueño ni sus hijos bebían.

Años después se fue a vivir en Arrufó, provincia de Santa Fe, de donde volvió enfermo y empobrecido. Falleció en Santiago del Estero el 18 de Marzo de 1.997.

Además del recuerdo de su gran sonrisa, sonoras carcajadas y sanos consejos, nos quedan varias creaciones folclóricas, como la chacarera Coplas Dulces, con música de Don Sixto. Con Orlando Gerez creó el chamamé Río Santiagueño y la chacarera Fuelle Santiagueño. La polca llamada Posiblemente, también es de Cacho, al igual que la zamba Coplitas Jujeñas, la chacarera Amaneciendo en Vidalas, la chacarera Anga Súmaj, la zamba Regresando al Pago y la chacarera Don Braulio. Hay más creaciones de Cacho para conocer o recordar. Habrá que preguntar a sus hijos, que siguen sembrando notas musicales por el pago.

Por: Cristian Ramón Verduc

lunes, 23 de febrero de 2026

El culto a la Telesita: Dionisios en la selva santiagueña

RICARDO ROJAS - de su libro "El país de la Selva"


 

Requirió el capataz sus armas, y caminó tras el paloapique, por la orilla laguna. Llegaban del callejón bullentes ecos, y hasta la tranquera del corral los visionarios perros atropellábanse toreando. Nada se discernía, sin embargo, a pesar de la noche diáfana. Algunos sauces lacios sombreaban la opuesta margen, hasta donde se extendía el agua, aplanada en quietud de espejo. De súbito, varios patos domésticos que dormitaban por allí,se despertaron parpando pavores a la desaforada, cuando una sombra pasó de fuga bajo aquellos árboles, reflejándose invertidas en el bruñido azogue de la presa. Se hizo largo silencio, el hombre corrió hacia allá, y vió a la aparición, semivestida de harapos, pugnando por safarse de los perros, y apercollándola, gritóle:

_ ¿Sois de este mundo o del otro?

La luna se arrebujó de nubes en aquel instante; sutil penumbra veló como de intento la campaña, y una carcajada estridente, larga, cromática, respondió a su reclamo.

¡Era la Telesita!

Tiempo hacía que peregrinaba por los bosques tan extraña mujer. Conocida su fama y su bondad, la acogieron caritativamente; pernoctó en el galpón y al día siguiente avióse, para aparecer después a las riberas del Dulce o sobre la costa del Salado. Se llamaba Telefora o Teresa; tenía padres y hermanos; hasta se indicaba el sitio de su cuna: Paaj - yaquitu... Pero tanto había impresionado al alma crédula de la raza su vida vagabunda y excéntrica, que comenzaron por adulterar en diminutivo de leyenda su nombre bautismal, y concluyeron después de su trágica muerte por convertir su espíritu en una especie de Dionisios femenino y sin forma, cuyo culto en la selva era como en la Grecia jubilosa, culto de guirigayes y coplas, de libaciones y danzas.

Yo he visto esas ceremonias.

Habíamos galopado largo trecho del monte, y a fin de que las cabalgaduras descanzaran, nos detuvimos en un rancho, casi a mitad de nuestro camino. Al acercarnos, se sintió la música entre la confusa arbórbola; y columbramos después el grupo de los que en el antepatio de la choza, bailaban a la luz de la luna. Moraba allí una vieja alegre, bien conocida en el lugar, por ser la madre de dos muchachas jóvenes, zarca de ojos la una, morena de tez la otra, y ambas dispuestas siempre, lo mismo para una arunga que para un marote. Siendo sábado esa noche, estaban de fiesta...

Cuando asomamos al corro, un hijo de una señora, jarifo como sus hermanas vino a ofrecerme su anacrónico chambao de aloja, a menos que prefiriese escanciar jinebra, en bote donde habían suxsado ya más de veinte labios.

Danzaban chacareras en aquel momento, y a son de cuerdas, el cantor decía:

Si de cristales fuesen
Los corazones
Qué bien claras se viesen
Las intenciones.

Y uso los pies de la pareja, en la postrer mudanza,chisporrotearon cohotes; zahumóse el aire con el hedor de la pólvora; corvetearon caballos bajo los árboles; sonaron voces y palmoteos en la turba; y así volvió a mostrárseme el cuadro ya conocido de las orgías selváticas. No siendo carnaval, ni reyes, ni noche buena, ni otra alguna de las ocasiones clásicas, pregunté el motivo de la fiesta.

- Es una promesa a la Telesita. - me bisbisó un paisano cuyo bigote en garfio adornaba las ondas comisuras de su boca sensual. Averigué quién era la Telesita, y él respondióme con laconismo rehacio:

- Ánima milagrosa...

Como en ese instante se acercaba el ladino de la casa, él abundó en explicaciones.

- Si usté quiere ganar una carrera, o sanar un enfermo, o encontrar una cosa que se le pierda... vamos: algo que usté desea le hace una promesa a la Santa.

- ¿Promesa de qué?

- De ponerle un baile.

Era su deidad milagrosa, la pobre loca oriunda de esas breñas, santificadas por las devociones. Cuando vivió en el bosque, aparecíase hoy en una estancia, más tarde en otras de comarcas luengas. Salvaba a pie distancias fatigosas, recogiéndose a la vera de los caminos, donde asustaba muchas veces a los viajeros nocturnos, o pidiendo albergue en los ranchos, donde enconde tales jornadas. traba un chuse para dormir, un lienzo para cubrir su engurrunido seno, y para el hambre o la sed de tales jornadas: aloja, charqui, locro, amka, lo que pudiesen darle en el desmantelado chocil. Vagaba sin cesar y sin destino, llevando inoficiosamente a cuestas, sobre el pachquil de la cabeza, de un punto al otro de la selva, carga de leñas y de trastos. La acogieron primero con timidez, en seguida con piedad, al fin con cierta supersticiosa inquietud... Era su rostro bello dentro del tipo de la raza; pero la fijeza anormal de su mirada, cernía sobre su faz algo de lúgubre _ el almaentera náufraga en ancestrales desventuras.

Y agregaba mi interlocutor:

- El promesante paga las velas y los licores.

Entonces preguntábale yo:

- ¿y qué se hace en el baile?

A lo cual respondía generosamente:

- Cupar y danzar y cantar... El promesante debe tomar siete copas por Ella... Cuando las velas se acaban, el baile sagrado concluye; pero quienes quieran pueden seguir.

-¿Y las velas?

- Ahí están- y se empinó, señalándome con el índice catorce cabos derretidos y coronados por tantas llamas lívidas que oscilaban, umbral adentro de la oscura choza, sobre una mesa adornada de randas y flores.

El rito encerraba, quizás, mucho de ingenuo, más en su espíritu era fiel a la tradición. La Telesita había sido alcoholista y aficionada a los bailes. Muchas veces desvió su rumbo al oir en la noche de las espesuras natales, el compás de los bombos. La acogían también allí; y este recuerdo debió inspirar de nuevo en medio de la selva santiagueña, los cultos dionisíacos que originaron la tragedia antigua: no faltaban ni la deidad orgiástica, ni la ronda báquica ni el ditirambo del coro, a cargo aquí de los trovadores populares:

Cuando un pobre se emborracha
De un rico en la compañia:
La del pobre borrachera
La del rico es alegría.

Veíase a las claras cómo se amrgaron allí las supersticiones católicas del milagro, las costumbres paganas del bosque, y la suprema intuición metafísica que adoraba al puro espíritu de la muerta sin haber caído en las formas de un subalterno fetichismo: pues a nadie se le hubiese ocurrido tallar en la madera de sus árboles la efigie de la santa.

-¿Lo ve a ese mozo que está pintando cerca del violinista?- me preguntó después el del coloquio.

-¿Cuál?

- Ese saco blanco ... Bueno: ese mozo estaba muy mal enfermo... ; lo agarró fuerte el costado...; quince días en cama....; ya la médica dijo que no se iba a levantar... Le hicieron una promesa a la Telesita: y ahí lo tiene usté.

Y como en el curso de la conversación preguntasen si ya había concluído la parte religiosa del baile, me respondieron:

- No, señor. Este es más largo porque son dos promesas: la otra fue para que la Telesita hiciera encontrar un caballo de mi primo.

- ¿Y lo encontraron?

- Sí, es ese mala cara que está en el palenque.

Seguían en el corro coplas, músicas, piruetas, contradanzas, aplausos, chundas, zapateadas, libaciones, contoneos, zarabandas y cohotes- mientras el mozo se expedía con tan fácil locuocidad, gracias a los licores que escanciara.

¿Cómo había podido esa vida tan siniestra inspirar este culto tan alegre? ... Fueron los días de la Telesita, torvas ambulaciones de neurosis concluidas en un desenlace de tragedia. Recorrió los senderos como una sombra de delirio. Lo despeinado de su breña encuadraba en hirsutos aladares el rostro lleno de inconciencia mística. Impresionaban la orfandad de su suerte, sus peregrinaciones angustiosas, la noche trágica de sus ojos, su mutismo habitual y siniestro, su castidad incólume, y la juventud que ardía como una llama lóbrega sobre su sexo ya marchito... Iba descalzo el pie, de sudores tringosa la vestidura, y raída por la hostilidad de los ramajes... Hasta que cierto día su cuerpo nómade se extinguió en un incendio de árboles, de donde su alma taumaturga surgió beatificada por el espíritu del fuego.

Encaminándose por el bosque en una de sus habituales peregrinaciones murió quemada, según la tradición. Marchaba por su ruta, aquella tarde de invierno, aterida de frío, cuando vio resplandecer a lo lejos un árbol coronado de llamas. Lo incendiaron, tal vez, a designio, industriales que buscaban carbón; o casualmente propagóse alguna hoguera dejada al pie por otros viajeros de la víspera. La vagabunda se acercó para calentar sus entumecidos miembros, y una lengua de fuego, de las que abrazaban el tronco, lamió el graciento andrajo de su falda, encendiéndola de antuvión. Huyó la desventurada por la ruta, dando gritos atroces; pero el viento contrario de su fuga atizábala cual a una desvastadora tea. Llagada hasta los huesos, flameaban fuegos como alas rojas sobre sus hombros; y en su frente, voraces llamas como cabelleras de furia. Y dijérase que allí, consumida su carne por ese elemento de biblíca purificaciones, su alma desencarnada pudo expandirse mas hermosamente trágica en la infinitud de su demencia, hasta que olvidados los episodios reales de su vida, y perdurables sólo cuanto hubo en ella de extraordinario, el viejo culto de los muertos la erigiese en deidad protectora del bosque donde nació.

Recordando al Patriarca del Folclore

Nuestra cultura folklórica argentina comienza a gestarse con la llegada de los conquistadores españoles a nuestro territorio. Con el transcurso de los años, fue adquiriendo características propias que crean nuevas formas de vida; al involucrarse con una importantísima cultura nativa, a lo que se fueron incorporando las manifestaciones aportadas por los negros esclavos.



Aproximadamente hacia 1820 podíamos considerar la existencia de una cultura propia que iba reflejando una identidad nacional.

Hacia finales del siglo XIX se origina en la argentina lo que se dio a llamar “La gran inmigración”, donde nuestro país se ve invadido por un número considerable de extranjeros llegados de distintos países de Europa.

Estos nuevos habitantes se instalan en las zonas de puertos y de tierra fértiles (Litoral Argentino, Buenos Aires, Zona Pampeana), como así también, pero en menor medida, en el norte del país. Las nuevas costumbres y expresiones culturales de los inmigrantes produjeron un afán de modernización que motivo la repentina desaparición de la vieja cultura (En las que iban incluidas costumbres) y su alejamiento hacia los más inhóspitos rincones provincianos.

La campaña Santiagueña, no se vio afectada por la gran inmigración y supo conservar todas las manifestaciones autóctonas que quedaron en resguardo y practicadas en los lugares más recónditos de los territorios provincianos.

Todos estos conjuntos de expresiones culturales relegadas al olvido contenían valores fundamentales de nuestra nación argentina. La música, la danza y el canto nativo formaban parte de esas manifestaciones; solo esperaban que alguien, con una profunda noción de patriotismo, las rescatara del olvido y las volviera a la vida.

Así don Andrés Chazarreta sería la persona quien recopilaría, decodificaría y difundiría todas las expresiones culturales ocultas en los suburbios más recónditos del monte santiagueño.

Nació en la ciudad de Santiago del estero el 29 de Mayo de 1876, desde su juventud comenzó a ejecutar diversos instrumentos (Acordeón, guitarra, mandolín, piano y violín) y posteriormente aprendiendo teoría musical y solfeo, junto a su profesor Octavio Esteban.

Ampliado sus conocimientos musicales, le permitieron componer piezas musicales que nacían de su su propia inspiración y formando luego una camada considerable de alumnos.

Allá por el año 1905, enamorado de las costumbres de su tierra; mientras se encontraba por la campaña santiagueña ejerciendo su cargo de inspector de escuelas. Sintió la necesidad de transportar al pentagrama, la música de tantos cantos y bailes que con sorpresa escuchaba en cada punto ejecutar a aquellos nativos, con alma y sentimiento.

Escuchando y observando de cerca los cantares de su tierra y embebido de sus motivos y anhelos, procuro por otra parte; de que todo aquello que iba observando no quedara en el olvido por descuido e indiferencia. En 1906, resolvió iniciar una obra de recopilación realizando unos arreglos al Himno guerrero de los Santiagueños, la inmortal Zamba de Vargas. Obra que desde su infancia la aprendió de su abuela.

Se observaba en sus composiciones la sencillez e ingenuidad con que son expuestas en el pentagrama, tratando cuidadosamente de que su esencia no varíe, ni cambie su aspecto musical. Comprendiendo que, modificándolos, sería ir en contra de la naturaleza y el arte en cual se presenta a nuestros sentidos.

Hacia 1911 nace la idea de presentar por primera vez, a pesar de los escasos recursos, un conjunto criollo a la que se denominó “Compañía de Arte Nativo del Norte Argentino”. Su debut, se originó el 15 y 16 de Junio de ese mismo año en la confitería “El pasatiempo del Águila” de la ciudad de Santiago del Estero; debido a que tuvo que afrontar los primeros conflictos que se le iban anteponiendo en su camino.

El poder Ejecutivo de la provincia niega al maestro Chazarreta el recientemente inaugurado teatro 25 de Mayo mediante un decreto. Luego de programar su presentación en ese teatro, el gobierno de la provincia considero que dicho coliseo estaba destinado solamente para compañías de primer orden. La noticia desalentadora no le permito bajar los brazos, fue así que el gentil ciudadano francés, el Sr. Pablo Mazure, le ofreció un espacio en su confitería, para así poder concretar tan ansiado anhelo.

El debut ocasiono un lleno total esa noche, e impactados por dicho espectáculo y admirados por el coraje de salir en frente de tal compañía, los aplausos al maestro Chazarreta fueron calurosos.

Su éxito lo motivo llevar tal conjunto criollo a la Capital Federal, pero ese sueño para ese entonces fue inalcanzable dado a la falta de recursos económicos y sin el auspicio y respaldo de ningún gobierno o institución. Esto lo llevo a presentar su compañía en el teatro Belgrano de la ciudad de Tucumán, lo que para ese entonces ocasiono una concurrencia nutrida en plateas, pero al querer presentar su segunda función, se presentaron por parte del intendente, a dar por finalizado su espectáculo considerando que no era apropiado que las “botas sucias” de sus gauchos, pisaran el escenario de un teatro donde asistían los mas aristócratas de la sociedad de aquel momento.

Con esta expresión y con el corazón dolido mientras arribaba al ferrocarril, para regresar a su ciudad, fue despedido por un grupo de jóvenes con soberbios silbidos. Al día siguiente, se publica un artículo en un diario de la ciudad vecina; con respecto a la compañía dirigida por el señor Chazarreta y, considerando nuevamente, lo poco apropiado que era presentar un espectáculo de esa índole en un teatro, considerándolo bien apropiado para ser presentado en un Circo.

Dicha situación no motivó a Don Andrés a abandonar algo que había emprendido con un gran afán, esto lo llevo a continuar con pequeñas presentaciones con su compañía en diferentes teatros y confiterías de la ciudad de Santiago del Estero. Consiguiendo en medio cada fracaso una palabra de aliento, así para el año 1916, con motivo del Centenario de la Independencia Argentina publico su primer Álbum musical. Edición que fue realizada por suscriptores que respondieron para premiar su esfuerzo.

Reconocido por el Gobernador de la Provincia de Tucumán, el Señor Ernesto E. Padilla, solicita a Don Andrés Chazarreta una presentación en un salón de dicha ciudad con un verdadero éxito.

En 1914 en una visita a la ciudad de Santiago del Estero, el escritor Leopoldo Lugones, realizó una audición privada a Don Andrés Chazarreta y con el propósito de escribir un artículo para una revista de parís, un informe al que denominó “Música Popular Argentina”. En 1917 siente la motivación, nuevamente, de conquistar Buenos aires; llegando a pesar de que ningún empresario quiso hacerse cargo de su compañía, temiendo un fracaso de la misma.

Llego a Santiago y en 1918 organizó su primer conjunto infantil presentándolo ante el público santiagueño y luego en la ciudad de Tucumán. En 1920 continuó con sus giras por el norte argentino y finalizando en la ciudad de Tucumán, continuando en añatuya en el teatro Olimpo, cuyo empresario el Sr. Juan Mauri concretaría el sueño de conquistar la metropolita.

Ese mismo año, en tiempo ya concurrido y menos pensado, llego a publicar su segundo Álbum Musical con 25 piezas criollas. A comienzos del año 1921, entusiasmado comenzó a preparar su conjunto. Mientras realizaba los ensayos en el mes de enero y febrero con su compañía, el empresario Juan Mauri se encontraba en buenos aires en la búsqueda de un espacio para concretar el espectáculo que Don Andrés Chazarreta venia organizando.

Listo ya con su grupo de músicos y bailarines para presentarse ante el público porteño, hecho que se produjo el 18 de Marzo de 1921 en el teatro Politeama Argentino. Con un éxito inigualable y con un público sorprendido por las expresiones tan representativas y novedosas, resaltando como cantante criolla a la señorita Patrocinio Díaz. El éxito perduro por un mes y diez días.

Anteriormente a este triunfo, el 17 de Marzo de 1921 Chazarreta había realizado un espectáculo privado. El espectáculo estaba destinado a la prensa, escritores y al ambiente cultural en general, entre ellos el reconocido escritor Ricardo Rojas, quien, al día siguiente, publicó un artículo en el diario “La Nación” denominado “El Coro de las Selvas y las Montañas”.

El público porteño había visto de la mano de Don Andrés Chazarreta renacer aquellas expresiones culturales que habían sido relegadas al olvido por diversos motivos, y que contenían valores fundamentales de nuestra nación argentina. Ese fue el día esperado en que alguien, con una profunda noción de patriotismo, rescato del olvido y volvió a la vida a todo ese conjunto de expresiones bien argentinas.

Luego de un rotundo éxito, la prensa se ocupó del valor cultural de ese espectáculo y la labor que venía llevando a cabo Chazarreta. A fines de 1921, regresaba de Buenos Aires luego de dar treinta presentaciones en el teatro Apolo. Luego de un espacio de dos años, continuó con sus giras. Desde 1923 hasta 1936, con otros elementos que iba incorporando a lo largo de su difusión, resaltando como cantantes Elenita Motola, Juanita Gilardi, entre otras.

Surgió la necesidad de plasmar todas esas expresiones musicales interpretadas por la orquesta dirigida por el maestro Andrés Chazarreta, y así fue que comenzaron las grabaciones en diferentes sellos discográficos, como ser Discos Nacional (Discos Odeón), TK, Music Halls, entre otros. Luego en 1929 es contratado por la reconocida empresa discográfica “RCA Víctor”, convirtiéndose más adelante en Artista exclusivo de la RCA.

Se estima que en la RCA Víctor grabo alrededor de 400 obras entre ellas de su autoría y recopilaciones. Lo hizo con su Orquesta típica de arte nativo, solos de guitarra, conjunto de guitarras y arpa, dúos etc.

La orquesta de Don Andrés Chazarreta, estuvo conformada de innumerables maneras, pero siempre respetando los instrumentos típicos para la ejecución de música folklórica y su esencia silvestre. Llego a tocar con una orquesta de veinte músicos, entre ellos resaltaron músicos excelentes y algunos con destreza, como la fue la del reconocido arpista ciego Domingo Aguirre.

En lo que respecta en la parte del canto participaron voces femeninas y masculinas, entre esas hay que resaltar a la cancionista Patrocinio Díaz, Juanita Gilardi, Elenita Motola entre otras. En la parte masculina intervinieron las voces de Santos R. Catan (Bailarín y cantante criollo) con el acompañamiento de Don Andrés Chazarreta, también el dúo Ruiz-Acuña y el dúo A. Gonzales-M. Noriega.

En la parte de danzas que conformaba el grupo de baile de la compañía, resaltaron figuras importantísimas a lo largo de la trayectoria de la compañía de arte nativo, como ser Narcisa Ledesma (bailarina competente de aproximadamente 80 primaveras), Antonio Salvatierra “Antu Puncu”, Narciso Gómez entre otros.

El grupo de baile tuvo aproximadamente entre veinte integrantes, entre ellos gente de zonas aledañas a la ciudad y conocedores de las innumerables danzas que eran practicadas en la campaña Santiagueña.

En el año 1936, luego de conquistar al país con sus presentaciones, decidió reorganizar su conjunto infantil, viendo que, en niños de edad escolar, tomaban con simpatía las danzas autóctonas. En 1937 el presidente de la República Argentina Gral. José P. Justo en una reunión con ministro resuelve otorgar un subsidio a Don Andrés con el objetivo de llegar a Buenos Aires y ofrecer en un Teatro cincuenta presentaciones, destinados a alumnos de escuelas normales y colegios Nacionales.

Integraban numerosos niños el conjunto infantil, entre ellos Marcelo y Víctor Abalaos, realizando una pequeña gira con este grupo de bailarines a córdoba y Tucumán. Para 1938 continuo con la recopilación de motivos criollos y componiendo hasta 1948, catorce valses con los respectivos nombres de las provincias argentinas.

En 1941, junto a su hija Ana Mercedes Chazarreta, compositora, concertista de guitarra y discípula del maestro Julio A. Sagreras, deciden crear la primera institución dedicada a la enseñanza de las danzas nativas, con el nombre de “Instituto de Folklore Andrés A. Chazarreta” Con una considerable cantidad de alumnos, quedo inaugurado la escuela de danzas en la capital federal. Con un breve discurso oficiado por el Maestro Chazarreta.

Se crea en 1942 la orquesta de arte nativo con elementos de la orquestal Buenos Aires y músicos criollos, debutando el 3 de Mayo de ese mismo año, en el teatro Ateneo contando con la presencia del Presidente de ese entonces Dr. Castillo, altas autoridades y público en general.

Ese mismo año, arriba a nuestro país el grupo Walt, empresa norteamericana dirigida por Walt Disney, en una gira por latino América en busca de nuevas expresiones populares. En su llegada a Buenos Aires, se solicita a Don Andrés Chazarreta realizar una presentación privada en la terraza de un hotel con su compañía de músicos y bailarines para la empresa norteamericana.

Las representaciones y ejecuciones de danzas tradicionales, le sirvieron de modelo para la creación del personaje “el gaucho Goofy” de la película “saludos amigos”, y más adelante para la película “Tres caballeros - El gauchito volante”.

Llego a publicar ocho Álbumes de música nativa para piano, tres para guitarra, un Álbum de coreografías descriptivas de las danzas nativas y, aproximadamente, entre cincuenta piezas sueltas para piano y guitarra. Entre sus publicaciones cabe destacar composiciones musicales de gran interés como “El Kakuy” (tango milonga) y” Santiaguito” (Tango criollo).

Entre sus recopilaciones y composiciones se debe destacar: Siete del abril, La criollita Santiagueña, El 180, Anita (Mazurca dedicada a su señora esposa Anita palumbo), el malambo, A orillas del Dulce, Cuando nada te debía, El Pala pala, la firmeza, el palito, Cuando yo me muera, entre muchísimas más.

En 1959 es homenajeado, conjuntamente con otros artistas, al cumplir las bodas del oro como artista exclusivo de RCA Víctor. En su lugar asistió su hijo Agustín Chazarreta para recibir la medalla Víctor de oro, debido a que el estado de salud de Don Andrés Chazarreta comenzó a quebrantarse.

A comienzos de 1960, a Don Andrés Chazarreta, le toca afrontar el fallecimiento de su Señora esposa Anita Palumbo, y sumado el deterioro de su estado de salud; el Patriarca del Folklore Argentino dijo adiós definitivamente minuto antes de la medianoche del 24 de abril de 1960.

La Merced recogió su silencio eterno, como fiel feligrés de nuestra señora del la Merced, fue velado en dicho templo y luego despedido con el acompañamiento de campanas. La presencia de la banda de música de infantería 18, una camada de músicos y entre civiles, que lamentaban la pérdida de un grande del folklore Nacional, ejecutaron en su acompañamiento la zamba de Vargas, la siete de Abril y el Vals Santiago del estero.

Para Chazarreta sus sueños se habían concretado, solo quedaba que el pueblo con un verdadero afán de patriotismo como lo fue el, siguiera en la lucha incansable de defender, preservar y difundir nuestra identidad cultural. Todo aquello que nos identificó e identifica como verdaderos argentinos.

Solo queda decir, que no es posible proyectar un futuro artístico, social y cultural sino se rescata lo valioso que nos legó el pasado. Fruto de grandes patriotas, luchadores por amor al arte y las expresiones populares derivadas del sentimiento profundo de aquellos que fueron gestando una nación, e inspirados por los motivos silvestres que ofrecen estas tierras. Fuente: www.aleroquichua.org.ar

Las noches de Islas y los servicios de un mozo singular

 (Para mis amigos los Lechuga Navascues)



Para los que fuimos "jóvenes estudiantes", el camino que nacía en el conocimiento, en los libros de la noche, pasando después por una tira dorada con papas fritas en la esquina de Islas, terminaba siempre en una dicha.

Siguiendo la premisa de que el sabor de la comida depende, no tanto de los ingredientes ni de los condimentos ni de la preparación, sino

de la personalidad del que entrega el alimento, la tira de asado de Islas fue única en el tiempo aquel en que la servía Tucho Méndez.

Ubicado frente a la esquina de Gimnasia B.B.C., en la calle Garibaldi y Congreso, Islas reunía en noches interminables a compañeros y amigos. Cuando cerró sus puertas murieron con él los servicios de un mozo muy singular: Tucho Méndez, mozo y comensal que iba atendiendo las mesas dejando en cada una un vaso para él, así tomaba con todos los presentes. Si una pareja se colocaba en un rincón, Tucho traía tres vasos, entonces ya no eran dos, una tercera persona ocuparía el lugar del fantasma, de la tercera persona del deseo o simplemente de Tucho, el cartonazo de la cabeza color naranja, teñido con un preparado que le sacaba a la hermana. Era la hospitalidad santiagueña elevada hasta los grados límites.

Recuerdo su aspecto tan particular; zapatos mocasines tan gastados que parecían "chatitas", pelo color medio naranja peinado con Brancato o Ricibrill, pantalones "tiro corto" como Cantinflas pero de otro color.

"No me jodas", decía, "sino de un cabezazo te voy a voltear toda la mugre", como si la cara de uno fuera un guardabarros, como si el cuerpo de uno fuera una chapa herrumbrada que junta el barro del tiempo y de las veredas. Tucho hablaba con tonada porteña de arrabal, jugaba a ser porteño. Popularizó términos como "salame", "cartón", "cartonazo", "tigre", "profeta". Autor del tango "La Pucha Pucha" que dice así: "Las doce de la cheno, qué harán los chochamus, estarán en el feca, jugando al yarbí, o estarán colados, en un casamiento, qué solo me siento, la pucha pucha pucha".

(¿Cuánto ganas aquí Tucho?, 3.500 fuera de los descuidos...)

Algunos tirados a ilustrados solían decirle Tucho Menéndez y Pidal. Su espíritu siempre estaba alegre, su humor se cuenta como uno de los más hermosos de este siglo.

Cuando por primera y única vez en la vida Tony Curtis recaló por unas horas en Santiago del Estero para ir a filmar Taras Bulba en la provincia de Salta, allá por los 60, estaba desayunando en la Confitería Ideal, Tucho lo ve y se le acerca, le dice "qué hacés cartón", con una familiaridad que hizo temblar la taza del norte americano.

"Dejame que te haga una breve sinosis", solía decir haciéndose el difícil.

Qué cosa, aterrizar en la noche alta en Islas para rematar era como una consigna, una toma de maravillosa inconsciencia que nos juntaba con amigos.

Boliche de los Navascues, lugar fuerte que perdura en nuestra memoria. Tiras como alpargatas del ocho. Libros, mucha ternura, la risa de Tucho Méndez, el vino que sellaba de infinito los besos que habían quedado suspendidos en los labios casi hasta el amanecer.

Una carcajada, un vaso vacío, otra carcajada en un vaso vacío, y otra más, y otra más.

Eso es todo, una carcajada en un vaso vacío. La ausencia.

El Zoco de la Buri Buri

Jorge Rosenberg

domingo, 22 de febrero de 2026

El Mago de las Lluvias: La increíble historia del hombre que desafió a la naturaleza en Santiago del Estero

 

Baigorri y la máquina de hacer llover

Hay sequías que agrietan la tierra y otras que resquebrajan la fe. La de Santiago del Estero, entre 1934 y 1937, hizo ambas cosas con una eficacia casi bíblica. Tres años sin lluvias no son solo una estadística: son pozos vacíos, ganado exhausto y un horizonte que parece de vidrio caliente. La provincia ardía bajo un sol obstinado, y el cielo —ese viejo proveedor— se había vuelto un patrón ausente.

Entonces apareció un entrerriano con una máquina.

Septiembre de 1937. Mientras los campos del sur santiagueño se parecían más a un desierto distraído que a una llanura fértil, el gerente del Ferrocarril Central Argentino, Ronald McRae, lanzó una pregunta que oscilaba entre la desesperación y la provocación: ¿y si alguien pudiera hacer llover? No era un capricho poético. La sequía afectaba cultivos, economías regionales y, por supuesto, los propios intereses ferroviarios. El progreso, tan orgulloso de su acero y su vapor, empezaba a descubrir que dependía —todavía— de una nube.

La respuesta llegó con nombre y apellido: Juan Baigorri Velar, ingeniero nacido en Entre Ríos, convencido de haber diseñado un dispositivo capaz de provocar precipitaciones artificiales. El 22 de septiembre desembarcó en Estación Pinto acompañado por Hugo Miatello, funcionario encargado de supervisar el experimento. Llevaba consigo una máquina cuyo funcionamiento exacto jamás fue del todo revelado, mezcla de secreto industrial y teatralidad calculada.

Y ocurrió lo impensado.

Tras la puesta en marcha del aparato, la lluvia cayó sobre Pinto. No una llovizna tímida, sino una precipitación suficiente como para que los escépticos miraran el cielo con una mezcla incómoda de asombro y fastidio. La tierra, reseca como una esponja olvidada al sol, absorbió el agua con una avidez conmovedora. Baigorri, envalentonado —¿quién no lo estaría? — decidió aumentar la potencia del dispositivo. El resultado fue un temporal que sacudió la región con una fuerza que rozaba lo desmesurado. De la sequía al diluvio: la naturaleza, tan parsimoniosa durante tres años, parecía haberse vuelto súbitamente expresiva.

La prensa no tardó en bautizarlo: “El Mago de la Lluvia”. El apodo tenía algo de elogio y algo de sospecha. Cuando regresó a Buenos Aires, fue recibido en la Estación Retiro como un héroe popular. Lo llevaron en andas, lo ovacionaron, lo celebraron como si hubiese derrotado a un ejército invisible. Y, en cierto sentido, eso creían.

Pero mientras la multitud coreaba su nombre, en los despachos técnicos el clima era otro. Alfredo Galmarini, director del Servicio Meteorológico Nacional, sostuvo que las lluvias habían sido una coincidencia. La atmósfera, argumentaba, no responde a voluntades individuales ni a artefactos misteriosos. El clima sigue sus propias leyes, incluso cuando preferimos creer en milagros mecánicos.

Ahí comenzó el duelo más fascinante: no entre hombre y naturaleza, sino entre relato y método. Ciencia institucional contra inventor solitario. Prudencia estadística frente a audacia experimental. Baigorri respondió con una ironía que todavía resuena: envió un paraguas al titular del SMN y anunció públicamente que “regalaba” una lluvia a Buenos Aires para el 3 de enero de 1939. Cuando ese día llovió en la capital, la frontera entre coincidencia y hazaña volvió a volverse borrosa, como un vidrio empañado.

Mientras tanto, en las calles, los niños cantaban:

“Que llueva, que llueva; Baigorri está en la cueva, enchufa el aparato y llueve a cada rato”.

La canción era ingenua y brillante. Convertía un debate científico en un juego infantil. Tal vez allí esté el secreto del mito: cuando la técnica se vuelve canción, la duda pierde volumen.

Con los años, Baigorri continuó ofreciendo sus servicios en zonas afectadas por sequías. En 1951 ingresó como asesor ad honorem al Ministerio de Asuntos Técnicos. Trabajó, según registros de la época, en distintos puntos del país. Sin embargo, en 1953, tras solicitar una compensación económica por sus resultados, perdió el respaldo oficial. La gloria pública, tan generosa en aplausos, suele ser austera en contratos.

Entonces hizo algo que parece salido de una tragedia griega: destruyó los planos de su invento y se negó a venderlo al extranjero. Prefirió el silencio antes que la cesión. Fue un gesto orgulloso, acaso impulsivo. O tal vez coherente con su carácter. El secreto de la máquina se disolvió como vapor en el aire. Cuando murió en marzo de 1972, a los 85 años, se llevó consigo la explicación definitiva.

¿Fue un visionario adelantado a su tiempo o un beneficiario brillante de casualidades atmosféricas? La respuesta, incómoda y honesta, es que no lo sabemos del todo. La ciencia moderna ha desarrollado técnicas de siembra de nubes con resultados limitados y controlados, pero nada comparable a los relatos casi épicos que rodearon a Baigorri. Entre la física de la atmósfera y la necesidad humana de creer, siempre habrá una zona gris.

Y quizá ahí radique la verdadera lección.

En una Argentina golpeada por crisis recurrentes —climáticas, económicas, políticas—, la figura de un hombre que promete domesticar el cielo resulta irresistiblemente seductora. Baigorri encarnó algo más profundo que un experimento meteorológico: la esperanza de que la voluntad y la inteligencia puedan torcer el destino, aunque sea por un instante. Fue la antítesis perfecta de la resignación.

Al final, su historia nos deja una pregunta que sigue cayendo, intermitente, como una lluvia caprichosa: ¿qué preferimos creer cuando el horizonte se agrieta, en la paciencia de las leyes naturales o en el ingenio casi quijotesco de un individuo?

Tal vez la diferencia entre magia y ciencia no sea el truco, sino el tiempo. Y el tiempo, como el clima, rara vez da explicaciones.

miércoles, 18 de febrero de 2026

Fantasmas se niegan a dejar un viejo hospital en Santiago del Estero

Las antiguas instalaciones de lo que fue el Hospital de Niños Eva Perón, el primero especializado en atención pediátrica que tuvo Santiago del Estero, pero en el que hoy funcionan un centro de rehabilitación y diversas dependencias del gobierno provincial, encierra entre sus paredes una increíble actividad paranormal que tiene por testigos a empleados, médicos y vigiladores.



Las experiencias más fuertes percibidas en ese inmueble construido a principios de la década del 50, tiene que ver con las manifestaciones audibles de chicos llorando o visuales, ya sea de sombras que surcan veloces el espacio de una habitación o hasta figuras corpóreas que una vez apreciadas por los testigos, se transforman en nada.

Los casos más sorprendentes estallaron a partir de los últimos dos años, y si bien en los últimos tiempos perdieron peso específico frente al caudal informativo cotidiano, de ninguna manera dejaron de lado su vigencia como fenómeno aparentemente inexplicable que se repite y aterra a quienes lo perciben.

Las voces especializadas que han abordado este tipo de episodios paranormales consideran que los hospitales son sin duda una caja de resonancia de las energías liberadas en medio del dolor, la soledad y la desesperación que terminan conformando "residuos psíquicos" que dan lugar a las diversas manifestaciones.

Una investigación oportunamente realizada por el Instituto de Psicología Paranormal (IPP) sobre las manifestaciones extrañas registradas en hospitales y centros asistenciales del país, arrojó que las vivencias escalofriantes relatadas por médicos y enfermeras estaban por lo general asociadas a experiencias cercanas a la muerte.

El trabajo del IPP, que realizó una encuesta anónima entre trabajadores de la salud para recabar la casuística, marcaba como expresiones de esos fenómenos casos de luminiscencias en las salas de terapia y extrañas anomalías registradas en el instrumental médico.

Sin embargo, mientras el estudio del instituto se basa en casos ocurridos durante la práctica médica en un hospital en funcionamiento, lo que ocurre en el viejo Hogar Eva Perón denota la presencia de lo que el investigador Gustavo Fernández ubica este tipo de fenómenos, al igual que las psicofonías, dentro de lo que da en llamar "paquetes de memoria" que expresan "un residuo físico de energía de una persona ya fallecida".

Fantasmas de guardia

Respecto de los hechos que tienen lugar en el antiguo hogar que fue parte de la obra de la Fundación Eva Perón allá cuando fue inaugurado, el relato de los testigos sintetiza una variada sucesión de hechos paranormales alineados en cierto modo con los avances del IPP y las consideraciones.  Los testigos dan cuenta entre la casuística más habitual y si se quiere común a los ruidos sin explicación alguna y, lo que es aún más terrorífico, los llantos y quejidos de niños que hielan la sangre de todo aquel que los escuche.

Claro está que eso no es todo ya que las extrañas situaciones suman murmullos provenientes de pasillos vacíos y presencias, algunas más corpóreas y visibles de las cuales, en algún caso, hasta derivó en el diálogo que mantuvo un vigilador con una mujer que lisa y llanamente no existía.

Ese episodio, relatado en su momento en una crónica publicada por un medio gráfico santiagueño, refería a la recorrida que dos miembros del personal de seguridad realizaron en el sector donde funcionó la cocina en sus años de actividad del hospital desde hace cuatro años trasladado a su nueva sede y convertido en el Centro Provincial de Salud Infantil (CEPSI).

En un momento determinado de esa recorrida efectuada en los días posteriores al traslado del hospital a su nueva casa, uno de los integrantes de la agencia de seguridad escuchó cómo su compañero entablaba diálogo con alguien, en un sector del viejo hogar al que ya nadie tenía acceso.

Cuando se acercó a ver con quién hablaba, encontró al otro vigilador desmayado producto de la impresión causada por su contacto con una aparición que se desvaneció de la cocina no sin antes cruzar unas palabras con su interlocutor.

El hombre recordaba que la mujer le contó que había tenido familia en ese hospital, pero que a su hijito se lo habían llevado a La Banda, situación por la cual le pedía que la ayudara a encontrarlo. En ese punto, el vigilador fue presa del soponcio aludido.

Lejos de haberse aplacado, este tipo de manifestaciones y otras tan inexplicables, se reiteran en el viejo hospital donde los empleados, funcionarios, médicos y personal de seguridad que se desempeñan en el edificio, conviven con esos registros físicos de los chicos que, aunque ya no están en este plano, siguen expresando su dolor y desconsuelo. Fuente: Diariopopular.com.ar

lunes, 16 de febrero de 2026

El Brillo de Potosí: El Origen de un Nombre



Hay nombres que parecen inevitables, como si hubieran estado aguardando siglos para posarse sobre un mapa. Otros, en cambio, nacen casi por accidente: un rumor persistente, una promesa de riqueza, un destello en el agua. Argentina pertenece a esta segunda categoría. Suena a metal pulido, a corriente luminosa, a promesa de abundancia. Y, en efecto, nació de eso: del brillo obsesivo de la plata.

Pero no de cualquier plata.

Todo empieza lejos de Buenos Aires, lejos incluso del estuario que terminaría dándole nombre al país. Empieza en el altiplano andino, en el Cerro Rico de Potosí, esa montaña que se alza como un puño mineral contra el cielo boliviano. En 1545 se descubrió allí uno de los yacimientos de plata más colosales de la historia. Tan vasto que, durante un tiempo, Potosí fue una de las ciudades más pobladas del planeta. Mientras en Europa discutían teologías y coronas, en los Andes se excavaba el corazón del mundo.

La ironía —tan frecuente en la historia— es que un país que aún no existía empezaba a recibir nombre gracias a una montaña situada fuera de sus futuras fronteras.

La fiebre blanca

Antes del hallazgo de Potosí, los conquistadores ya perseguían una quimera: la legendaria Sierra de la Plata. Se hablaba de un “Rey Blanco”, de metales infinitos, de ciudades que relucían como espejismos al amanecer. Era el tipo de mito que se alimenta de la codicia humana como el fuego del oxígeno. Bastaba una chispa para avivarlo.

Potosí fue esa chispa.

La montaña no solo confirmó la leyenda; la superó. De sus entrañas salieron toneladas de plata que cruzaron el continente como si fueran la sangre de un nuevo imperio. La riqueza fluía, sí, pero no hacia los pueblos originarios que trabajaban en condiciones brutales bajo el sistema de la mita, sino hacia la maquinaria imperial española. Una montaña que prometía prosperidad terminó siendo, para muchos, una sentencia.

Así funciona a veces la historia: lo que brilla para unos enceguece a otros.

Del “Mar Dulce” al Río de la Plata

El gran estuario que hoy comparten Argentina y Uruguay no siempre tuvo el nombre que lo hizo célebre. Los primeros exploradores lo llamaron Mar Dulce. Una descripción modesta, casi tímida, para una desembocadura colosal.

Pero los nombres, como las personas, cambian cuando la realidad los supera.

Por ese estuario comenzaron a descender —directa o indirectamente, mediante redes comerciales y rutas terrestres como el Camino Real— cargamentos de plata provenientes del Alto Perú. La alternativa de enviar el metal hacia el Pacífico implicaba atravesar la cordillera y luego sortear los ataques de corsarios en el Caribe. El camino del sur, aunque largo, ofrecía una salida estratégica al Atlántico. Menos épico, quizá, pero más eficaz. Y la historia suele inclinarse ante la eficacia.

El agua empezó a reflejar el metal. Y el metal terminó rebautizando el agua.

Así nació el Río de la Plata. No por poesía —aunque la tuviera— sino por evidencia. El nombre era casi contable: por allí circulaba plata. Punto.

La geografía como destino

A veces imaginamos que los imperios se construyen con discursos y espadas. En realidad, se sostienen con caminos. Y los caminos los dicta la geografía.

Transportar la plata hacia el norte implicaba internarse en selvas implacables y regiones tropicales donde la enfermedad era tan letal como cualquier arma. El sur, en cambio, ofrecía una red de rutas terrestres y fluviales que conectaban el Alto Perú con el Atlántico. No era un trayecto sencillo —ninguno lo era en el siglo XVI— pero resultaba más viable.

La cordillera imponía límites; los ríos ofrecían salidas. Y así, sin discursos solemnes ni decretos grandilocuentes, la geografía inclinó la balanza. Como un arquitecto silencioso, diseñó el destino económico de la región.

Un poeta pone el nombre

El salto final lo dio la lengua.

En 1602, el clérigo y poeta Martín del Barco Centenera publicó un extenso poema titulado La Argentina. Allí utilizó el término derivado del latín argentum, que significa plata. No fue un virrey ni un cartógrafo quien fijó el nombre. Fue un poeta. Y hay algo profundamente humano en eso: que una nación haya sido nombrada no por un decreto, sino por una metáfora.

Argentina: la tierra vinculada a la plata.

Paradójico, ¿no? Un país cuyo nombre evoca riqueza nació, en buena medida, de un circuito extractivo que benefició sobre todo a la metrópoli. Brillo y sombra, abundancia y explotación, promesa y despojo. La antítesis estaba inscrita desde el origen.

El padre invisible

Potosí, entonces, no es solo un capítulo remoto en los manuales. Es el padre mineral de una identidad. Sin su plata, difícilmente el estuario habría cambiado de nombre; sin ese río rebautizado, tal vez la palabra Argentina no habría echado raíces.

Una montaña boliviana terminó dando nombre a una nación vecina. Como si la historia quisiera recordarnos que las fronteras son recientes, pero los procesos son compartidos.

Quizá por eso el nombre aún resuena. No como una simple referencia al metal, sino como eco de una época en la que el mundo se reordenaba al ritmo de la codicia y la esperanza. Un nombre que suena a brillo, sí. Pero también a memoria.

Y la memoria, a diferencia de la plata, no debería agotarse nunca.


Cacho Lobo y sus cuentos.