Santiago
del Estero pasó de producir 700 mil toneladas de leña al año a perder el 88 %
de sus quebrachales centenarios por los desmontes, la expansión sojera y leyes
destructivas. Una investigación sobre el desangre de la última frontera verde
argentina y la urgente lección de conservación que el mundo nos exige.
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| Crédito: Gustavo Tarchini |
Por Leyendas del folclore santiagueño
El árbol era viejo, ancho como la
espalda de un dios de monte. Dicen que su tronco tenía un metro y medio de
diámetro, que su sombra podía refrescar a media docena de cabras y que, cuando
cayó, allá por los años 50, nadie pensó que también estaba cayendo un símbolo.
Lo cortaron para extraer tanino.
Después hicieron durmientes, postes y carbón con su madera. Al final, lo único
que quedó fue el hueco. Y el eco.
Hoy, sobre esa misma tierra, los
árboles no superan el grosor de una pierna humana. La imagen tiene algo de
distopía: un bosque ralo, todavía joven, que parece demasiado pequeño para
ocupar el lugar de lo que hubo.
Santiago del Estero perdió seis
millones de hectáreas de monte nativo en el último siglo, según datos del
Primer Inventario Nacional de Bosques Nativos (2001) y actualizaciones del
PIARFON-UNSE. Para imaginar la magnitud, son unas treinta veces la superficie
de la Ciudad de Buenos Aires.
Y queda un dato difícil de
ignorar: la provincia que alguna vez alimentó con su madera los fuegos del
progreso ferroviario hoy importa madera de Paraguay.
La fiebre del tanino: Europa
curtía y el norte sangraba
Todo empezó con un barco.
En 1888, desde Buenos Aires
partió el primer cargamento de quebracho colorado santiagueño rumbo a Alemania,
según documenta el clásico "Maderas y Bosques de la Argentina", de
José María Tortorelli (1956). La madera más dura del continente se convirtió en
el oro rojo del Cono Sur. Europa necesitaba tanino para curtir cuero y
Argentina tenía una enorme reserva natural de quebracho.
Para 1920, el país tenía 19
fábricas de tanino. Dos estaban en Santiago del Estero.
Al principio, el aprovechamiento
tenía ciertas reglas. Se talaban árboles maduros y se respetaban los ciclos del
monte. No se lo intervenía de cualquier manera.
Eso cambió. El mercado empezó a
exigir más y más madera, y el tiempo de recuperación del bosque dejó de
importar.
"El exterminio vino después,
cuando empezamos a cortar hasta los renuevos de 15 años", explica el
ingeniero forestal Néstor Ledesma, entrevistado para este informe y vinculado a
distintos trabajos de la UNSE.
Ahí comenzó una diferencia que
todavía pesa: sacar madera podía hacerse en unos pocos años. Recuperar un
quebrachal, en cambio, podía llevar generaciones.
La ley del hacha: cuando
conservar fue un pecado fiscal
En 1996, el gobierno provincial
sancionó la Ley 6309, una norma que gravaba con hasta cinco veces más impuestos
a los propietarios de tierras consideradas "improductivas".
La paradoja era difícil de
ignorar: conservar un bosque podía significar pagar más que desmontarlo.
"Desmonten o paguen".
Esa fue, en los hechos, la presión que enfrentaron muchos propietarios. Y
desmontaron.
Entre 1990 y 2003, 423.424
hectáreas se convirtieron en campos de soja. Solo entre 2000 y 2003, otras
253.028 hectáreas fueron arrasadas, según registros de deforestación citados en
informes del PIARFON-UNSE (2003-2005).
"Era como premiar a quien
tira abajo una catedral para vender sus ladrillos", ironiza Ledesma.
Los jinetes del desmonte
1. Inversores sin raíces
Hoy, más del 60% de los desmontes
son realizados por empresarios de Córdoba, Santa Fe y Chaco, de acuerdo con
datos del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible de la Nación. Muchos
llegan atraídos por el bajo costo de la tierra, que puede ser hasta cinco veces
menor que en la Pampa Húmeda, y por una legislación forestal que durante años
permitió un margen amplio para avanzar sobre el monte.
2. Ingenieros permisivos
Un informe de la Universidad
Nacional de Santiago del Estero (UNSE) denuncia la existencia de profesionales
que firman planes de desmonte para campos que ya habían sido devastados.
El mecanismo señalado es
sencillo: reciclar viejas guías forestales y utilizarlas para continuar
extrayendo madera ilegal sin despertar demasiadas sospechas.
3. Campesinos acorralados
En las zonas más pobres del
interior santiagueño, las familias que no tienen título de propiedad quedan
expuestas a una situación todavía más compleja.
"Si no cortás vos, te lo
sacan otros", resume un campesino de Quimilí entrevistado para esta
crónica.
Cortar es, muchas veces, la única
manera que encuentran para marcar un territorio sobre el que no tienen papeles.
4. El Estado ausente
Desde 1950, la Argentina cuenta
con la Ley 13.273 de Defensa de la Riqueza Forestal. Sin embargo, durante
décadas no se implementó en Santiago del Estero un plan de manejo forestal
efectivo capaz de frenar la degradación del monte.
La ley existe. Los árboles, ya no
tanto.
Donde todavía brota resistencia
Desde 2003, la UNSE coordina el
PIARFON, Proyecto de Investigación y Acción para la Recuperación del Bosque
Nativo. El objetivo es recuperar el monte chaqueño desde una mirada integral y
promover formas de aprovechamiento que no dependan de su destrucción.
Los resultados señalados por el
proyecto incluyen:
- Recuperación de 50.000 hectáreas mediante
enriquecimiento con especies nativas.
- Promoción de mercados alternativos vinculados
con la miel, los frutos y la leña legal.
- Incorporación de 120 familias campesinas al
manejo sustentable del monte.
La idea central del proyecto
puede resumirse en una frase: "un bosque vivo vale más que una soja
muerta".
No es solo una discusión
ambiental. También es una discusión sobre qué actividades pueden sostener a una
comunidad cuando el recurso que las rodea tarda décadas, incluso siglos, en
recuperarse.
El espejo alemán
"En Alemania, nadie corta un
roble antes de los 150 años", señala Ledesma. Allí, el bosque se entiende
como un legado que pasa de una generación a otra. En Santiago, durante mucho
tiempo, conservarlo fue tratado como un costo.
Según el Primer Inventario
Nacional de Bosques Nativos (2001):
- En 1966, el 38% del territorio santiagueño
era bosque.
- En 2006, solo quedaba el 12%.
Los quebrachos, una de las
especies emblemáticas del norte argentino, crecen apenas entre 4 y 8 milímetros
por año. Un ejemplar de un metro de diámetro puede requerir casi 200 años para
alcanzar ese tamaño.
La soja, en cambio, puede estar
lista para exportarse en apenas unos meses.
Ahí aparece una de las mayores
contradicciones del modelo: el monte necesita generaciones para crecer,
mientras que una hectárea desmontada puede empezar a producir en una sola
campaña.
Europa paga hasta US$300 por
hectárea a quienes conservan bosque nativo, según políticas de la Unión Europea
relacionadas con servicios ecosistémicos. En Santiago del Estero, desmontar
puede resultar más rentable: hasta US$500 por hectárea en soja.
El mercado premia la tala. La
historia, no.
Epílogo: la flor amarilla
En Santos Lugares, un niño
muestra un vinal joven que plantó su abuelo.
"Cuando sea grande, va a
tener flores amarillas", dice.
No hace falta agregar mucho más.
En esa frase aparece, de manera
sencilla, una pregunta que atraviesa toda la historia del monte santiagueño:
¿seguiremos midiendo el bosque en pesos por hectárea o empezaremos a verlo
también como algo que se entrega a quienes todavía no nacieron?
Como escribió el jefe Seattle:
"El hombre no tejió la red de la vida; es solo un hilo. Lo que hace con
ella, se lo hace a sí mismo."
Fuentes citadas
- Sgo. del Estero, una mirada ambiental.
- Primer Inventario Nacional de Bosques Nativos
(2001), Secretaría de Ambiente de la Nación.
- Informes técnicos PIARFON-UNSE (2003-2005).
- Maderas y Bosques de la Argentina,
José María Tortorelli (1956).
- Entrevistas a Néstor Ledesma, ingeniero
forestal, Universidad Nacional de Santiago del Estero.
- Ley 6309, Provincia de Santiago del Estero
(1996).
- Ley Nacional 13.273 de Defensa de la Riqueza
Forestal.
- Informes sobre servicios ecosistémicos,
Comisión Europea (2020-2024).
- Entrevistas de campo realizadas entre julio y
agosto de 2025 en Quimilí, Tala Atun y Santos Lugares.