lunes, 22 de junio de 2026

La algarrobiada

 Orestes Di Lullo | El folclore de Santiago del Estero

 


En todos los puntos de la provincia se practica la costumbre de salir en caravana para la cosecha de algarroba. Eran célebres las algarrobiadas que se efectuaban en "El Polear", al otro lado del río, cerca de la ciudad, una de cuyas casas -la de Doroteo Gómez- era el centro de una intensa peregrinación de gente de Santiago que, con árganas, "tipas" y "ponchos" acudían el 24 de diciembre a la cosecha de algarroba. 

El regocijo tenía también un sentido religioso, pues el día del "nacimiento" se velaba al Niño Dios con bailes y cánticos. Allí se escuchaban las notas arrancadas al arpa por la prodigiosa destreza del "finao Lauriano", justamente reputado como uno de los mejores arperos de aquel tiempo.

Durante la noche, después del pesebre, las zambas, los gatos, las chacareras mantenían alerta con sus notas joviales el espíritu de la fiesta. De los árboles colgaban los "noques" repletos de aloja; en torno de los fogones se cocinaban las más suculentas viandas; los hombres en corro bebían enormes "chambaos" y el amor, proclamado mil veces en la canción y la música de las guitarras y cajas y en los giros de las danzas, bajo la noche cálida, constelada de estrellas, era natural y libre; como el deseo incontenible; como la alegría, desbordante.

"El Polear" es todavía un recuerdo vivo de la ciudad. Era el lugar donde residía y había que ir a buscar el amor, como en los campos de la antigua Arcadia. Pasada la fiesta, desocupada el alma, hombres y mujeres con la carga de la cosecha de algarroba en "veranos" y "pozuelos" y niños y doncellas con el haz de leña sobre sus cabezas que sostenían el "pashquil" regresaban al hogar en alegres caravanas, por los caminos olorosos de salvia y de poleo; cruzaban el río llenando el silencio de risas y alegrías, y recomenzaban la tarea diaria, nunca apremiante, con elrecuerdo de la sonrisa de los labios y en la luz de los ojos. 

Hasta aquí lo que escribía Di Lullo en 1943, hace setenta años. Todavía recordamos los que fuimos niños allá por los 50 el gusto por juntar algarroba blanca y negra para disfrutar la dulzura y el alimento que esta fruta natural nos brindaba. Lo mismo la añapa refrescante que salía de la molienda. Bueno es recordar que ella nos hacía aguantar mejor el calor, mientras el tacku (algarrobo en quichua) nos ofrecía sombra a nosostros los chicos y a los animales en esas siestas de 43 grados a la sombra, en tiempos en que la heladera era un lujo. Esto es bueno que lo recuerden aquellos que quieren recuperar la soberanía alimenticia. Con algarroba, mistol, chañar, piquillín. miel de balas, docas, tunas, arrope de algarroba, de tuna y de chañar y otros regalos de la naturaleza sabíamos complementar nuestra dieta santiagueña.

 Fuente: www.desdelolvido.blogspot.com.ar/

 

domingo, 21 de junio de 2026

La madurez del caminante: Raly Barrionuevo y el arte de despojarse de las presiones

 


Hay músicos que dependen del ruido constante y de la validación masiva. Y están los otros, los que entienden este oficio como un sendero largo de tierra. Raly Barrionuevo pertenece a este último grupo. El santiagueño, criado en los patios de Frías y afincado en las Sierras Chicas de Córdoba, pasa hoy por un momento bisagra. Con su último proyecto, el músico alcanzó una libertad absoluta frente a las exigencias del mercado y las expectativas ajenas.

"Alcancé un disco y un camino en el que solo me siento libre de presiones", definió hace poco. No es una frase dicha al pasar, sino una declaración de principios. A sus cincuenta años, Raly ya no tiene que rendir examen. Le cantó a la militancia, cruzó el folklore con el rock nacional y consolidó un repertorio que ya forma parte de la música popular. Lo que le queda ahora es el disfrute puro del viaje.

El regreso a la raíz despojada

Para entender su presente hay que mirar hacia atrás. Desde sus primeros trabajos, como El principio del fin (1995) o Circo Criollo (2000), cargó con el peso de ser señalado como el heredero del compromiso social en la chacarera. Fue un compromiso real: le puso el cuerpo a las luchas campesinas y ambientales en Córdoba. Pero el tiempo pasa y las búsquedas cambian.

Este nuevo tramo en su mapa musical muestra a un Raly enfocado en el minimalismo, en la guitarra acústica y en el valor del silencio. Ese camino libre no es un alejamiento de sus convicciones, sino su maduración. Ya no necesita gritar para ser escuchado; un rasguido sutil y una voz madurada por los años viajan más profundo que un bombo legüero al palo.

La industria actual, dominada por los algoritmos, las colaboraciones forzadas y la urgencia de canciones cortas, no afecta su rutina. Decidió bajarse de esa velocidad. Su proceso actual responde a tiempos más humanos y artesanales: grabar cuando hay algo para decir y callar cuando toca escuchar.

Córdoba y Santiago: El eterno abrazo del paisaje

No se puede separar la obra de Barrionuevo de la geografía que habita. Nacido en Frías, Santiago del Estero, y radicado en Unquillo, Córdoba, su música tiende un puente entre el monte y las sierras. En la tranquilidad cordobesa encontró el refugio ideal para tomar distancia de las presiones urbanas. Lejos del movimiento de la Capital Federal, construyó su espacio de trabajo.

En las sierras se vive a otro ritmo. El contacto con la tierra, la huerta y los vecinos que lo saludan en el almacén como a uno más limpian la mirada. Esa cotidianidad se trasluce en sus composiciones. Sus grabaciones reflejan ese entorno: un paisaje sin estridencias, con texturas y la calma que da la experiencia.

Esa soltura se nota en sus shows en vivo. Quienes lo ven en el escenario se encuentran con una propuesta descontracturada: puede tocar solo con su guitarra, armar un bloque íntimo o invitar a amigos a guitarrear sin una lista de temas rígida. El escenario se vuelve un living.

La madurez como bandera de resistencia

En una cultura que suele priorizar la juventud y el éxito inmediato, sostener una propuesta artística con el paso de los años es una postura firme. Analizar la figura actual de Raly Barrionuevo es ver cómo se madura con dignidad en el escenario. Lejos de sumarse a modas pasajeras o a géneros ajenos para mantenerse en cartel, profundiza en su identidad. Se vuelve más clásico y directo.

Esa falta de presiones se refleja en su forma de cantar. Su voz ganó matices; ya no busca la potencia vocal de sus primeras épocas en Cosquín, sino la palabra justa y la confidencia con el espectador. Es el canto de alguien que caminó, vivió pérdidas y sigue confiando en la fuerza de una canción.

Este presente también le permite cambiar de opinión, experimentar y equivocarse sin la preocupación por la mirada ajena. Raly se ganó el derecho a hacer lo que quiere. Si decide grabar boleros y tangos, lo hace; si prefiere guardarse por meses en su casa, también. El público respeta esos tiempos y lo espera, porque sabe que cuando vuelve, trae algo auténtico.

Al final, lo que Raly Barrionuevo demuestra es que el logro principal no está en los números de las plataformas digitales, sino en reconocerse en la propia obra. Elegir la libertad por sobre el mercado es un aporte valioso para la cultura actual. Raly sigue marchando a su propio ritmo, con la guitarra al hombro y el alma liviana.

 

Las versiones más importantes sobre la leyenda de la Telesita

 Felix Coluccio


Cuenta la tradición que Telésfora Castillo, a quien llamaban Telesita, había nacido en Tolojona, en la costa saladina de Santiago del Estero. 

Era de extraordinaria belleza y ambulaba constantemente por el interior de los bosques, frecuentando algunos boliches donde cantaba y bailaba, habiendo quien asegura haberla visto en la misma ciudad de Santiago del Estero. 

Los paisanos se acostumbraron pronto a la Telesita, a quien querían por su bondad y sencillez. Pero un día -ellos lo dicen- amaneció quemada en un rancho, habiendo quien afirma haberla hallado muerta en una acequia a tres leguas de la ciudad de Santiago del Estero. Lo cierto es que después de su muerte, la Telesita estaba más cerca de los campesinos que antes y se le han atribuido milagros sorprendentes. Se encomendaban -y aún lo hacen- a ella, ofreciéndole un baile con bombo y violín. Y aseveran que así que se producía una pérdida de algún vacuno o prendas de valor eran robadas se hallaban indefectiblemente después de ofrecerle un baile en el que abundase el aguardiente hervido con poleo. 

Las reuniones que se hacen en su homenaje se llaman de todo el país, sobre una u otra canonización popular, las conferencias y mesas redondas, así como los libros editados para difundir su conocimiento, algunos exclusivamente sobre una sola canonización, como ha ocurrido con la Difunta Correa, Pancho Sierra o la Madre María.

Telesiadas, y se llevan a cabo en la casa del que ofrece el baile. Se prepara un muñeco de papel o trapo y se lo coloca sobre una mesa o catafalco, simulando así el cuerpo de la Telesita. Cuatro o cinco velas puestas a su alrededor se encienden antes de comenzar el baile. Cuando éste se inicia, el promesante y su mujer bailan siete chacareras seguidas, y entre una y otra se bebe una copa de caña o aguardiente (los dos danzarines). Después se generaliza el baile y corre abundante la caña, cerveza o vino u otra bebida cualquiera. La música se ejecuta especialmente en los siguientes instrumentos: caja, bombo, violín y guitarra.

Las canciones que tradicionalmente se tocan son chacareras, zambas, gatos, etc. También se escuchan "coplas al angelito", es decir, no alusivas a ella. La fiesta termina a la madrugada, hora en que la imagen de la Telesita es quemada ritualmente, para rememorar el triste fin que en vida tuvo la Telésfora.

La Telesita tiene ciertos puntos de contacto en lo que se refiere a la posibilidad de culto y ofrendas, de rescatar lo perdido, con el Negrito del Pastoreo, el Alma del Quemadito y la Difunta Correa en nuestro país, con el Sacy Perere en Brasil y el Señiles de Panamá.

RICARDO ROJAS- de su libro "El país de la Selva"

Requirió el capataz sus armas, y caminó tras el paloapique, por la orilla laguna. Llegaban del callejón bullentes ecos, y hasta la tranquera del corral los visionarios perros atropellábanse toreando. Nada se discernía, sin embargo, a pesar de la noche diáfana. Algunos sauces lacios sombreaban la opuesta margen, hasta donde se extendía el agua, aplanada en quietud de espejo. De súbito, varios patos domésticos que dormitaban por allí,se despertaron parpando pavores a la desaforada, cuando una sombra pasó de fuga bajo aquellos árboles, reflejándose invertidas en el bruñido azogue de la presa. Se hizo largo silencio, el hombre corrió hacia allá, y vió a la aparición, semivestida de harapos, pugnando por safarse de los perros, y apercollándola, gritóle:

_¿Sois de este mundo o del otro?

La luna se arrebujó de nubes en aquel instante; sutil penumbra veló como de intento la campaña, y una carcajada estridente, larga, cromática, respondió a su reclamo.

¡Era la Telesita!

Tiempo hacía que peregrinaba por los bosques tan extraña mujer. Conocida su fama y su bondad, la acogieron caritativamente; pernoctó en el galpón y al día siguiente avióse, para aparecer después a las riberas del Dulce o sobre la costa del Salado. Se llamaba Telefora o Teresa; tenía padres y hermanos; hasta se indicaba el sitio de su cuna: Paaj - yaquitu... Pero tanto había impresionado al alma crédula de la raza su vida vagabunda y excéntrica, que comenzaron por adulterar en diminutivo de leyenda su nombre bautismal, y concluyeron después de su trágica muerte por convertir su espíritu en una especie de Dionisios femenino y sin forma, cuyo culto en la selva era como en la Grecia jubilosa, culto de guirigayes y coplas, de libaciones y danzas.

Yo he visto esas ceremonias.

Habíamos galopado largo trecho del monte, y a fin de que las cabalgaduras descanzaran, nos detuvimos en un rancho, casi a mitad de nuestro camino. Al acercarnos, se sintió la música entre la confusa arbórbola; y columbramos después el grupo de los que, en el antepatio de la choza, bailaban a la luz de la luna. Moraba allí una vieja alegre, bien conocida en el lugar, por ser la madre de dos muchachas jóvenes, zarca de ojos la una, morena de tez la otra, y ambas dispuestas siempre, lo mismo para una arunga que para un marote. Siendo sábado esa noche, estaban de fiesta...

Cuando asomamos al corro, un hijo de una señora, jarifo como sus hermanas vino a ofrecerme su anacrónico chambao de aloja, a menos que prefiriese escanciar jinebra, en bote donde habían suxsado ya más de veinte labios.

Danzaban chacareras en aquel momento, y a son de cuerdas, el cantor decía:

Si de cristales fuesen

Los corazones

Qué bien claras se viesen

Las intenciones.

Y uso los pies de la pareja, en la postrer mudanza,chisporrotearon cohotes; zahumóse el aire con el hedor de la pólvora; corvetearon caballos bajo los árboles; sonaron voces y palmoteos en la turba; y así volvió a mostrárseme el cuadro ya conocido de las orgías selváticas. No siendo carnaval, ni reyes, ni noche buena, ni otra alguna de las ocasiones clásicas, pregunté el motivo de la fiesta.

- Es una promesa a la Telesita. - me bisbisó un paisano cuyo bigote en garfio adornaba las ondas comisuras de su boca sensual. Averigué quién era la Telesita, y él respondióme con laconismo rehacio:

- Ánima milagrosa...

Como en ese instante se acercaba el ladino de la casa, él abundó en explicaciones.

- Si usté quiere ganar una carrera, o sanar un enfermo, o encontrar una cosa que se le pierda... vamos: algo que usté desea le hace una promesa a la Santa.

- ¿Promesa de qué?

- De ponerle un baile.

Era su deidad milagrosa, la pobre loca oriunda de esas breñas, santificadas por las devociones. Cuando vivió en el bosque, aparecíase hoy en una estancia, más tarde en otras de comarcas luengas. Salvaba a pie distancias fatigosas, recogiéndose a la vera de los caminos, donde asustaba muchas veces a los viajeros nocturnos, o pidiendo albergue en los ranchos, donde enconde tales jornadas. traba un chuse para dormir, un lienzo para cubrir su engurrunido seno, y para el hambre o la sed de tales jornadas: aloja, charqui, locro, amka, lo que pudiesen darle en el desmantelado chocil. Vagaba sin cesar y sin destino, llevando inoficiosamente a cuestas, sobre el pachquil de la cabeza, de un punto al otro de la selva, carga de leñas y de trastos. La acogieron primero con timidez, en seguida con piedad, al fin con cierta supersticiosa inquietud... Era su rostro bello dentro del tipo de la raza; pero la fijeza anormal de su mirada, cernía sobre su faz algo de lúgubre _ el almaentera náufraga en ancestrales desventuras.

Y agregaba mi interlocutor:

- El promesante paga las velas y los licores.

Entonces preguntábale yo:

-¿y qué se hace en el baile?

A lo cual respondía generosamente:

- Cupar y danzar y cantar... El promesante debe tomar siete copas por Ella... Cuando las velas se acaban, el baile sagrado concluye; pero quienes quieran pueden seguir.

-¿Y las velas?

- Ahí están- y se empinó, señalándome con el índice catorce cabos derretidos y coronados por tantas llamas lívidas que oscilaban, umbral adentro de la oscura choza, sobre una mesa adornada de randas y flores.

El rito encerraba, quizás, mucho de ingenuo, más en su espíritu era fiel a la tradición. La Telesita había sido alcoholista y aficionada a los bailes. Muchas veces desvió su rumbo al oír en la noche de las espesuras natales, el compás de los bombos. La acogían también allí; y este recuerdo debió inspirar de nuevo en medio de la selva santiagueña, los cultos dionisíacos que originaron la tragedia antigua: no faltaban ni la deidad orgiástica, ni la ronda báquica ni el ditirambo del coro, a cargo aquí de los trovadores populares:

Cuando un pobre se emborracha

De un rico en la compañía:

La del pobre borrachera

La del rico es alegría.

Veíase a las claras cómo se amrgaron allí las supersticiones católicas del milagro, las costumbres paganas del bosque, y la suprema intuición metafísica que adoraba al puro espíritu de la muerta sin haber caído en las formas de un subalterno fetichismo: pues a nadie se le hubiese ocurrido tallar en la madera de sus árboles la efigie de la santa.

-¿Lo ve a ese mozo que está pintando cerca del violinista?- me preguntó después el del coloquio.

-¿Cuál?

- Ese saco blanco ... Bueno: ese mozo estaba muy mal enfermo...; lo agarró fuerte el costado...; quince días en cama…; ya la médica dijo que no se iba a levantar... Le hicieron una promesa a la Telesita: y ahí lo tiene usté.

Y como en el curso de la conversación preguntasen si ya había concluido la parte religiosa del baile, me respondieron:

- No, señor. Este es más largo porque son dos promesas: la otra fue para que la Telesita hiciera encontrar un caballo de mi primo.

- ¿Y lo encontraron?

- Sí, es ese mala cara que está en el palenque.

Seguían en el corro coplas, músicas, piruetas, contradanzas, aplausos, chundas, zapateadas, libaciones, contoneos, zarabandas y cohotes- mientras el mozo se expedía con tan fácil locuocidad, gracias a los licores que escanciara.

¿Cómo había podido esa vida tan siniestra inspirar este culto tan alegre? ... Fueron los días de la Telesita, torvas ambulaciones de neurosis concluidas en un desenlace de tragedia. Recorrió los senderos como una sombra de delirio. Lo despeinado de su breña encuadraba en hirsutos aladares el rostro lleno de inconciencia mística. Impresionaban la orfandad de su suerte, sus peregrinaciones angustiosas, la noche trágica de sus ojos, su mutismo habitual y siniestro, su castidad incólume, y la juventud que ardía como una llama lóbrega sobre su sexo ya marchito... Iba descalzo el pie, de sudores tringosa la vestidura, y raída por la hostilidad de los ramajes... Hasta que cierto día su cuerpo nómade se extinguió en un incendio de árboles, de donde su alma taumaturga surgió beatificada por el espíritu del fuego.

Encaminándose por el bosque en una de sus habituales peregrinaciones murió quemada, según la tradición. Marchaba por su ruta, aquella tarde de invierno, aterida de frío, cuando vio resplandecer a lo lejos un árbol coronado de llamas. Lo incendiaron, tal vez, a designio, industriales que buscaban carbón; o casualmente propagóse alguna hoguera dejada al pie por otros viajeros de la víspera. La vagabunda se acercó para calentar sus entumecidos miembros, y una lengua de fuego, de las que abrazaban el tronco, lamió el graciento andrajo de su falda, encendiéndola de antuvión. Huyó la desventurada por la ruta, dando gritos atroces; pero el viento contrario de su fuga atizábala cual a una desvastadora tea. Llagada hasta los huesos, flameaban fuegos como alas rojas sobre sus hombros; y en su frente, voraces llamas como cabelleras de furia. Y dijérase que allí, consumida su carne por ese elemento de biblíca purificaciones, su alma desencarnada pudo expandirse más hermosamente trágica en la infinitud de su demencia, hasta que, olvidados los episodios reales de su vida, y perdurables sólo cuanto hubo en ella de extraordinario, el viejo culto de los muertos la erigiese en deidad protectora del bosque donde nació. FBK: patio santiagueño

 

sábado, 20 de junio de 2026

Rosquetes santiagueños ¡Receta criolla!

 


Si sos de Santiago del Estero seguro que los has probado, y si has visitado alguna vez la provincia, probablemente te han invitado unos rosquetes santiagueños. ¡Y estoy mucho más seguro de que quién los ha comido no se los olvida nunca!

Con esta receta, si estamos lejos del pago, podremos prepararnos unos bien ricos. No serán como los loretanos, pero bueno, algo para aplacar la nostalgia del estómago.

Sin más preámbulos te contamos la receta de rosquete santiagueño, bien criollo, bien nuestro.

Cómo hacer Rosquetes santiagueños

Ingredientes que hacen la diferencia:

Para preparar los deliciosos rosquetes santiagueños, necesitarás los siguientes ingredientes:

5 yemas de huevo
1 cucharadita de sal
50 gramos de levadura
200 gramos de azúcar
150 gramos de grasa vacuna derretida
1 kilogramo de harina común (aproximadamente)
Aproximadamente 200 ml de agua tibia

Preparación paso a paso:

Comienza batiendo las yemas hasta que la mezcla espese ligeramente y adquiera una textura cremosa.

Tamiza la harina y agrega la sal alrededor del hueco que formarás en el centro de la harina.

En el hueco, coloque la levadura, una cucharadita de azúcar y un poco de agua tibia. Mezcle estos ingredientes para activar la levadura y lograr una fermentación adecuada.

Luego, incorpora la grasa derretida a la mezcla y continúa agregando el resto del agua tibia poco a poco mientras amasas vigorosamente. Siga amasando hasta obtener una masa suave y elástica.

Divide la masa en pequeñas porciones y forma rollitos de aproximadamente 20 cm de largo (o ajusta el tamaño según tu preferencia). Une los extremos de cada rollito para darles la típica forma de rosquilla.

Coloque los rosquetes en una fuente enmantecada y enharinada, preparándolos para el horneado. Déjalos reposar durante 30 minutos.

Pre-calienta el horno a 200°C y hornea los rosquetes durante unos 35 minutos o hasta que estén dorados y cocidos.

El toque dulce del blanqueo:

El blanqueo es una etapa crucial en la preparación de los rosquetes santiagueños, ya que es lo que les da ese distintivo sabor dulce y la capa brillante. Para blanquear los rosquetes, necesitarás los siguientes ingredientes:

5 claras de huevo
1 taza de azucar
1 taza de agua
Unas gotitas de limón

El proceso de blanqueo:

En una cacerola, lleva a ebullición una taza de agua junto con una taza de azúcar hasta obtener un almíbar a punto de hilo.

Mientras se prepara el almíbar, bate las claras de huevo a punto de nieve, asegurándote de que estén bien firmes.

Agregue lentamente el almíbar caliente a las claras batidas mientras continúa batiendo. También añade unas gotitas de limón para darle un toque de acidez al merengue.

Con la ayuda de un pincel de cocina, cubre los rosquetes con este merengue, asegurándote de cubrirlos completamente para obtener una capa brillante y dulce.

Deja reposar los rosquetes al sol durante un tiempo para que el merengue se seque y se fije sobre ellos.

La degustación:

Una vez que los rosquetes santiagueños han sido blanqueados, es momento de disfrutarlos en todo su esplendor. Su exterior dorado y brillante esconde un interior esponjoso y lleno de sabor. Acompañados de un mate o una buena taza de café, los rosquetes son un verdadero placer para el paladar.

Fte: sursantiago.com.ar

 

domingo, 14 de junio de 2026

La lenta agonía del embalse Río Hondo: La crisis silenciosa que amenaza el corazón hídrico del Norte

Construido para ser el motor de desarrollo del Noroeste argentino, el embalse de las Termas de Río Hondo enfrenta hoy una doble amenaza: la asfixia por sedimentos y un cóctel tóxico que pone en jaque no solo a Santiago del Estero, sino a toda la cuenca del Salí-Dulce. Una historia de promesas incumplidas y un grito ambiental que no puede seguir esperando.



Imaginen un espejo de agua de casi 300 kilómetros cuadrados, diseñado para domar las crecidas, regar más de mil kilómetros cuadrados, generar energía y convertirse en el pulmón turístico de Santiago del Estero. Ese era el sueño original del embalse de Río Hondo. Sin embargo, hoy, bajo la aparente calma de sus 5,3 metros de profundidad media, late un corazón enfermo.


Lo que alguna vez fue una obra de ingeniería de propósitos múltiples se ha transformado en el escenario de una crisis ecológica silenciosa, pero devastadora. Según advierten informes técnicos y la propia Universidad Nacional de Santiago del Estero (UNSE), la vida útil del lago, proyectada originalmente en 200 años, se ha reducido drásticamente a tan solo 70 años. Y de esos, ya hemos consumido 35.

La asfixia lenta: Cuando la montaña se desmorona

El primer enemigo del embalse no llega con estruendo, sino grano a grano. Se llama colmatación.



El proceso es tan brutal como poético en su tragedia: las intensas lluvias del pedemonte tucumano (que superan los 2.800 mm anuales) golpean una montaña degradada por la deforestación para dar lugar a cultivos de cítricos y caña de azúcar. Sin la rugosidad de la vegetación para frenarlo, el suelo arcilloso se disgrega. El agua, ahora cargada de sedimentos rocosos y altamente abrasiva, arrastra todo a su paso con gran energía hasta que, al llegar a la calma del lago, estos materiales se depositan en el fondo.

El resultado es alarmante: el embalse ha perdido entre un 10% y un 17% de su capacidad de almacenamiento según cifras oficiales, pero investigaciones de la UNSE sugieren que esta cifra podría alcanzar el 35%. La sedimentación anual supera el 2%, un ritmo tan acelerado que el propio río Salí ha perdido su cauce natural, formando un nuevo delta en su desembocadura. El lago se está llenando de tierra, y con ella, se entierra su futuro.

Un cóctel tóxico: La contaminación con nombre y apellido

Si la tierra lo asfixia, el agua lo envenena. Durante la época de zafra (de octubre a marzo), cuando el lago suele estar casi lleno, más del 80% de su superficie se encuentra contaminada.





No se trata de un fenómeno abstracto. La contaminación tiene nombre y apellido, y sus fuentes están documentadas por la Policía Ecológica de Tucumán y el Juzgado Federal desde 1995. Los principales culpables son los residuos de la industria azucarera (cachaza, melaza y vinaza), que actúan como fertilizantes descontrolados, alterando el nitrógeno y el fósforo del agua. A esto se suman los desechos cloacales sin tratar y basurales a cielo abierto, como el de Pacará Pintado, donde la quema de PVC libera dioxinas a apenas 10 metros del río Salí.

Pero la amenaza también viaja desde el norte. La Minera La Alumbrera, en Catamarca, traslada su producción mediante un mineraloducto de 317 km que ha sufrido múltiples roturas documentadas. El agua residual de su proceso de deshidratación es vertida en el canal DP2, que desemboca en el río Salí y, finalmente, en nuestro embalse. Informes de Gendarmería ya han detectado metales pesados como cobre y cromo en niveles superiores a los tolerables; inhibidores biológicos capaces de bloquear el transporte de oxígeno en la sangre.

El grito de la cuenca: Una deuda que no admite más postergaciones

El deterioro de Río Hondo no es un problema aislado de Santiago del Estero. Es una bomba de tiempo ecológica que afecta el agua de riego y ganadería local, pone en peligro la biodiversidad de la Laguna de Mar Chiquita en Córdoba y amenaza con contaminar las aguas trasvasadas hacia la provincia de Santa Fe. La fauna ictícola del embalse, advierten los estudios, podría extinguirse en menos de cinco años.

Frente a este panorama, el Foro Ambiental de Las Termas de Río Hondo levantó la voz, presentando un petitorio urgente amparado en el Artículo 41 de la Constitución Nacional. Sus demandas son claras y no admiten medias tintas:

  1. La construcción obligatoria de plantas de tratamiento de efluentes industriales y cloacales en un plazo no mayor a un año.
  2. La declaración de emergencia ambiental para convocar a universidades y expertos a salvar la vida que aún resiste en el embalse.
  3. Un plan inmediato de reforestación y vallas de contención de sedimentos en el pedemonte tucumano.
  4. La inclusión de la sociedad civil en el Comité de Cuenca Salí-Dulce para auditar con nombre y apellido a las empresas contaminantes.

El espejo que nos devuelve nuestra responsabilidad

El agua no tiene memoria, pero la tierra sí. Cada litro de agua que el embalse de Río Hondo pierde por sedimentación o envenena por negligencia industrial, es una promesa rota con las generaciones futuras.

Recuperar este cuerpo de agua no es solo una cuestión de ingeniería o de presupuestos; es una obligación moral. Requiere dragado, sí, pero sobre todo requiere voluntad política, reforestación masiva y un cambio radical en el modelo de producción de la cuenca.

Como reza la última línea del informe que dio origen a esta lucha: "Depende de nosotros". La pregunta que nos queda flotando, como la bruma sobre el lago al amanecer, es si seremos capaces de actuar antes de que el nuevo delta del río Salí se convierta en la única orilla que nos quede.


Nota del editor: Este artículo se basa en el "Informe Ambiental Termas Río Hondo", elaborado a partir de documentación de la Asociación de Ingenieros, Técnicos y Especialistas de Santiago del Estero (AITE) y datos de la UNSE, la Policía Ecológica de Tucumán y el Foro Ambiental de Las Termas.

 

martes, 9 de junio de 2026

El día que el Río de la Plata tembló: la noche de pánico que la historia borró

Una madrugada de 1888, un sismo de 5,5 grados sacudió Buenos Aires, Colonia y Montevideo. La crónica de un fenómeno olvidado en una región que se cree inmune a los caprichos de la Tierra.



La madrugada del 5 de junio de 1888 era tan fría como cualquier otra de finales de otoño en el Río de la Plata. En Buenos Aires y Montevideo, las familias dormían al amparo de casas bajas, ajenas a la idea de que el suelo bajo sus pies pudiera traicionarlas. Pero a las 3:20 de la mañana, la geología rompió el libreto: un fuerte sismo de magnitud 5,5 en la escala de Richter, con epicentro a solo 41 kilómetros al este de la capital argentina y a unos 15 kilómetros de Colonia del Sacramento, despertó a miles de personas en un radio de más de 300 kilómetros. El estuario rioplatense, pacífico por antonomasia, acababa de convertirse en el escenario de un terremoto.

Las crónicas de la época rescatan con asombro un pánico generalizado en una población que jamás había experimentado algo semejante. El diario montevideano La Tribuna Popular, en su edición del 6 de junio, describía el caos doméstico con precisión fotográfica:

"El maderamen de las casas crujía fuertemente, las lámparas se bamboleaban, los muebles se movían y los cuadros caían de las paredes. Se rompieron objetos de cristalería y se pudo ver porcelana saltando de los aparadores. Los habitantes han permanecido en vela parte de la noche, azorados a causa de un fortísimo temblor de tierra…".

El fenómeno constó de dos partes. Según los telegramas enviados desde Montevideo y replicados por el diario rosarino El Municipio, se sintió un primer pulso leve, seguido de un breve reposo, y luego un segundo impacto brutal que se prolongó durante 58 agónicos segundos. En Buenos Aires, el cimbronazo provocó la caída y el derrumbe de varios muros en las obras de la iglesia de la Piedad, además de registrarse con fuerza en la recién fundada ciudad de La Plata.

Mientras tanto, en el agua, los efectos rozaron el misticismo. El periódico La Lucha, de Colonia, relató la insólita odisea del vapor Saturno, que navegaba rumbo a Buenos Aires:

"El vapor Saturno (...) navegaba tranquilo por el centro del canal con más de 20 pies de agua cuando de pronto se detuvo como si tocara el fondo. El capitán hizo echar la sonda pero se encontró con que el barco, movido por una fuerza oculta, zarpaba por sí mismo de la varadura y seguía su camino". Era la energía liberada desde el hipocentro, a 30 kilómetros de profundidad, que se abría paso hacia la superficie.

La falta de edificios en altura evitó una tragedia mayor y redujo los daños materiales a niveles leves. Al comprobarse que provincias sísmicas tradicionales como San Luis o las de la región de Cuyo no habían sentido nada, los expertos de la época llegaron a una conclusión inquietante: el temblor provenía directamente del mismísimo subsuelo rioplatense.

El mito de la llanura inmóvil

La memoria humana suele ser frágil frente a los tiempos de la naturaleza. Antes de 1888, ya existía un antecedente el 15 de agosto de 1848, pero al no causar daños, se lo archivó como una anomalía aislada. Se asumió erróneamente que los sismos eran cosas "del Pacífico" o de zonas montañosas lejanas.

Sin embargo, los científicos recuerdan una verdad incómoda: no existen en el mundo regiones totalmente asísmicas. La historia geológica local sumó nuevos capítulos el 26 de junio de 1988 y el 10 de enero de 1990 (este último, el único registrado en el territorio continental uruguayo). Más recientemente, el 30 de noviembre de 2018, la tierra volvió a hablar cuando un sismo de magnitud 3,8 sacudió el sur del Gran Buenos Aires a las 10:27 de la mañana.

¿A qué se deben estos movimientos en una zona supuestamente llana y tranquila? Según Alberto Benavides Sosa, ingeniero agrimensor, máster en geofísica y expresidente del Centro Regional de Sismología para América del Sur (Ceresis)—, las miradas apuntan a la cuenca de Punta del Este. Se trata de una región submarina altamente fallada donde el reacomodamiento y movimiento de bloques tectónicos genera las ondas que terminan por sacudir nuestras costas.

El terremoto de 1888 sobrevive hoy como una joya de la pátina histórica de ambas márgenes del río, un recordatorio de que la calma rioplatense es, a fin de cuentas, un estado transitorio. Debajo de la rutina urbana y del río marrón, la Tierra sigue viva, respirando a su propio ritmo milenario, recordándonos de tanto en tanto que el suelo firme es solo una perspectiva temporal.

 

 

domingo, 7 de junio de 2026

El hilo invisible de la pasión argentina: ¿Qué hace que un pueblo llore unido?

 Desde el trágico vuelo de Jorge Newbery hasta el adiós al Indio Solari, la historia de nuestro país se escribe a través de funerales masivos, pasiones desbordantes y una lealtad que desafía al tiempo.



¿Qué misterioso lazo une a un aristócrata de los cielos, un presidente derrocado, un cantor de tangos, una abanderada de los humildes, un general, un líder patagónico, un dios del fútbol y un cosmonauta del rock? A simple vista, sus vidas transcurrieron por carriles opuestos. Sin embargo, todos ellos —Jorge Newbery, Hipólito Yrigoyen, Carlos Gardel, Eva Perón, Juan Domingo Perón, Néstor Kirchner, Diego Maradona y el Indio Solari— comparten el título de haber protagonizado los fenómenos de idolatría popular más intensos y conmovedores de la historia argentina.

Hay algo en el ADN de este país que no sabe de despedidas discretas. Cuando la Argentina ama, ama hasta el desborde; y cuando pierde a sus ídolos, transforma el dolor en una manifestación colectiva incontrolable.

Los pioneros del mito: El cielo y el llanto de los desposeídos

El fenómeno no es nuevo. El primer eslabón de esta cadena de devoción nació en 1914 con Jorge Newbery. Tenía apenas 38 años cuando su avión se estrelló durante un vuelo acrobático. Newbery pertenecía a la alta sociedad, pero el pueblo lo adoptó como propio. No solo por sus hazañas deportivas y aeronáuticas, sino por un dato que la historia oficial suele barrer bajo la alfombra: su defensa ferviente del petróleo argentino frente a los avances de la norteamericana Standard Oil. Su funeral unió a aristócratas y obreros en un solo dolor. Nacía el primer ídolo popular.

Casi dos décadas después, en 1933, la muerte de Hipólito Yrigoyen inauguró los sepelios de masas con tintes políticos. El expresidente radical, víctima del primer golpe de Estado del país, fue despedido por cientos de miles de personas. Muchos de ellos caminaban con la culpa a cuestas por haber creído en los cantos de sirena de "la hora de la espada". En un acto de puro fervor, la multitud arrancó el féretro de la cureña militar que lo transportaba y lo llevó a pulso, en andas, hasta el cementerio.

Poco después, en 1935, la tragedia de Medellín apagó la voz de Carlos Gardel. El gobierno golpista de la época, temeroso de la reacción popular, dilató durante 45 días el traslado de sus restos desde Colombia. Pero el sentimiento no se enfría con el tiempo: cuando el Zorzal Criollo llegó finalmente al país, las calles se poblaron de un llanto que el tango todavía canta.

La era de las plazas llenas y el dolor político

Si hablamos de mística, el funeral de Eva Perón en 1952 marcó un antes y un después. Su vínculo con las mayorías iba mucho más allá de cualquier aparato de propaganda estatal; Evita era, para los postergados, una santa en la tierra. Las exequias duraron 16 días y obligaron al gobierno a diseñar una logística inédita para que millones de argentinos pudieran tocar, aunque fuera por un segundo, el vidrio de su féretro.

El eco de esa devoción regresó en 1974 con la partida de Juan Domingo Perón. Su muerte no solo trajo dolor, sino un frío presentimiento: se iba el único hombre capaz de contener el vendaval de violencia que acechaba al país. Más de un millón y medio de personas quedaron fuera del Congreso, bajo la lluvia, sin poder darle el último adiós al viejo general.

Ya en el siglo XXI, la historia volvió a repetirse con el fallecimiento sorpresivo de Néstor Kirchner en 2010. Durante cuatro días, una marea de jóvenes y trabajadores desfiló para despedir al hombre que presidia la UNASUR y cuyo liderazgo fue reconocido desde Barack Obama hasta Ban Ki-moon. Millones lo lloraron entonces, y su ausencia sigue pesando en el tablero político actual.

Los dioses modernos: Entre la gambeta y el pogo

Los ídolos no solo habitan en los palacios de gobierno. En noviembre de 2020, el adiós a Diego Armando Maradona demostró que la pasión argentina puede ser tan caótica como hermosa. Su velatorio en la Casa Rosada desbordó cualquier previsión. Cuando la familia decidió acortar los tiempos para iniciar el cortejo hacia Bella Vista, la tensión acumulada en la Avenida 9 de Julio estalló en incidentes. El pueblo sentía que le arrebataban a su Dios pagano, aquel que los había hecho felices cuando no había motivos para serlo.

Y en estos días, la emoción vuelve a encarnarse en la figura del Indio Solari. Su partida física marca su ingreso definitivo al Olimpo de las leyendas nacionales, ese espacio reservado para los que logran mover multitudes que viajan miles de kilómetros por un "pogo", un ritual que excede lo musical para transformarse en pura identidad.

La coherencia como brújula

Al final del día, cabe preguntarse qué une a figuras tan disímiles. La respuesta no está en sus profesiones ni en sus extracciones sociales, sino en dos virtudes escasas: la coherencia a lo largo de sus vidas y, fundamentalmente, la sensibilidad para interpretar los deseos, las frustraciones y las alegrías de las mayorías.

Eso que algunos intentan explicar con la razón y otros simplemente llaman argentinidad: esa fuerza invisible que, a pesar de los golpes y las épocas, sigue empujando a millones de almas a salir a la calle para decir "presente".

Fuentes consultadas: Registros históricos sobre el desarrollo de la aviación y la defensa del petróleo en Argentina (caso Jorge Newbery); crónicas periodísticas de época sobre los funerales de Estado de Hipólito Yrigoyen (1933), Juan Domingo Perón (1974) y Néstor Kirchner (2010); archivos de la repatriación de los restos de Carlos Gardel (1936); documentos oficiales sobre las exequias de Eva Perón (1952); crónicas de los sucesos de la Casa Rosada durante el velatorio de Diego Maradona (2020) y coberturas recientes sobre el legado cultural del Indio Solari.

 

La algarrobiada