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sábado, 1 de agosto de 2026

Santiago del Estero: entre la gloria de la fundación y la sombra de las disputas territoriales

 Por María Mercedes Tenti.

 


El problema planteado acerca de la fundación de Santiago del Estero guarda estrecha relación con el carácter privado de la conquista española y los conflictos jurisdiccionales generados como consecuencia. A partir de 1535 sobrevino la ocupación más difícil de territorios con poblaciones en estadio cazador recolector asociados a agricultura incipiente, de menor densidad y de estructuras políticas y sociales más débiles. Así comenzó la extensión de la conquista a lo largo de la costa del Pacífico por Chile y la internación por la región del Tucumán -en el actual noroeste argentino-, expandiéndose por el sur en búsqueda del puerto atlántico.

Los conquistadores Francisco Pizarro y Diego de Almagro habían sometido a los quechuas en el Perú -conocidos genéricamente como incas- a partir de 1532, aunque pronto comenzaron ellos y sus herederos una cruenta guerra civil en la que ambos fueron asesinados; sin embargo, luego de sus muertes las disputas continuaron sus beneficiarios y seguidores. La corona española trató de apaciguar el enfrentamiento dividiendo el territorio y cediendo a los pizarristas la zona peruana y a los almagristas la franja del imperio que continuaba por el sur.

En lo referente a la exploración y reconocimiento de nuevos territorios, en 1536 Almagro había incursionado por el Tucumán en su paso para Chile, pero la primera expedición que penetró en espacio santiagueño fue la de Diego de Rojas. El gobernador del Perú nombró en 1543 a Rojas para explorar la región del Tucumán, ubicada más allá de la Puna, sin datos claros de su extensión. Pasó por los valles Calchaquíes y los llanos tucumanos y, tras continuos enfrentamientos con los aborígenes, penetró en territorio santiagueño por las sierras de Guasayán. En la zona de Maquijata, en un enfrentamiento con los tonocotés, Rojas fue herido con una flecha y, como consecuencia, murió. La expedición siguió, recorriendo las actuales provincias de Catamarca, La Rioja y norte de San Juan, hasta entrar en Córdoba y continuar rumbo al Paraná, de donde regresó tras encontrarse con huellas de españoles que habían penetrado por el río de la Plata y remontado el Paraná.

A mediados del siglo XVI, Pedro de la Gasca, presidente de la Audiencia de Lima, que acababa de poner fin a la guerra civil en el Perú, se vio en la necesidad de emplear a la soldadesca desocupada que promovía desórdenes. Por ello encomendó a Juan Núñez de Prado que organizara una expedición y fundara una ciudad para proteger el camino a Chile, informase de las probabilidades de ocupación del territorio y facilitara la apertura de la ruta al río de la Plata y la salida al Atlántico. Núñez partió de Potosí y el 29 de junio de 1550 fundó una ciudad en el valle de Gualán -actual provincia de Tucumán- y le puso por nombre El Barco. Realizó el trazado del poblado, conformó el Cabildo y distribuyó los indios en encomiendas. Estando allí instalado se planteó el primer conflicto de jurisdicción con tropas chilenas que, al mando de Villagra, lo obligaron a reconocer la dependencia de la nueva ciudad respecto de la gobernación de Chile. Una vez que se retiraron Villagra y sus hombres, Núñez de Prado desconoció su autoridad y decidió trasladar el poblado. En 1551 lo ubicó en el valle de Quiriquiri -Salta- que estimaba pertenecía a la jurisdicción de Charcas. Poco duró en esta ubicación ya que, al año siguiente -quizás por los ataques de los aborígenes o por la posibilidad de una nueva incursión de las tropas chilenas- la trasladó nuevamente a orillas del río del Estero – hoy río Dulce-, cerca de la actual Santiago del Estero.

El gobernador de Chile, Pedro de Valdivia, por creer que El Barco estaba dentro de sus territorios, designó gobernador de esta ciudad a Francisco de Aguirre y lo envió a tomar posesión de ella. Su objetivo era unir en una sola gobernación toda la tierra existente entre el Atlántico y el Pacífico. Aguirre, apenas llegó a territorio santiagueño, en mayo de 1553, se apoderó de la ciudad, designó nuevas autoridades, organizó el cabildo, apresó a Núñez de Prado, lo envió prisionero a Chile y decidió trasladar la ciudad a corta distancia de su antigua ubicación, por estar demasiado expuesta a las crecidas del río. Finalmente, convalidó la fundación de una nueva ciudad denominándola Santiago del Estero, el 25 de julio de 1553.

El acta de la fundación de El Barco nunca fue encontrada, como tampoco la de Santiago del Estero. Es por ello que, en 1952, a pedido del gobierno de la provincia, una comisión de historiadores de la Junta de Estudios Históricos de Santiago del Estero, abalados por la Academia Nacional de la Historia, determinó que Santiago del Estero había sido fundada por Francisco de Aguirre el 25 de julio de 1553, basándose especialmente en dos actas del cabildo santiagueño, del 14 de abril de 1774 y del 21 de julio de 1779 -es decir de dos siglos posteriores a la fundación- encontradas por el presidente de la Junta, Alfredo Gargaro, en archivos chilenos. En la primera de ellas, se acordaba organizar la festividad de Santiago Apóstol el 25 de julio, "… en memoria de que en días semejantes introdujeron las armas españolas el Santo Evangelio y se hizo la primera fundación de dicha ciudad".

Como contrapartida, hay innumerables testimonios en probanzas, cartas, relaciones, etc. -contemporáneas al hecho que nos ocupa- que identifican ambas ciudades como una sola. Como ejemplo enunciaremos solamente una de los más significativos: en la carta que escribió Francisco de Aguirre al rey, el 23 de diciembre de 1553, sostiene: "… Porque habrá dos años escribimos a la Audiencia de V.M. que reside en la ciudad de los Reyes lo sucedido en esta ciudad de Santiago…" Como vemos hace referencia a 1551, cuando la ciudad se llamaba El Barco.

Luis Alen Lascano, en su Historia de Santiago del Estero, publicada en 1991, da a conocer el resultado de investigaciones realizadas por Gastón Doucet -investigador del CONICET- en archivos de Sucre, que intenta clarificar este confuso panorama. Según Doucet, documentos judiciales por él encontrado -aunque nunca publicados-, mencionan el libro capitular de la ciudad como iniciado el 29 de junio de 1550, con la fundación de Núñez de Prado, y continuado durante el gobierno de Francisco de Aguirre y los gobernadores sucesivos, a partir de 1553. Es decir que no se cambió de libro de actas quizás porque se consideraba a Santiago del Estero como una continuidad jurídica de la ciudad de El Barco o tal vez, por la precariedad de las fundaciones, no tenían los protagonistas otro libro de actas. Por todo esto Alen Lascano considera a Juan Núñez de Prado como el primer fundador y a Francisco de Aguirre como el poblador definitivo de la ciudad. 

El director del archivo histórico provincial, Juan Viaña, consiguió el año pasado, del Archivo Nacional de Bolivia -Sucre-, de la antigua Audiencia de Charcas, copia de los expedientes 1590-5 entre los que está un documento en el que el escribano del cabildo, de apellido Vallejo, da fe de la fundación de El Barco, por Núñez de Prado, el 29 de junio de 1550 y que el 25 de julio de 1553, luego de tres años, Francisco de Aguirre, enviado por el teniente general de la gobernación de Chile, Pedro de Valdivia, "mudó la ciudad y le puso por nombre Santiago", según consta en el mismo libro del cabildo, ratificando lo descubierto por Doucet.

Como se puede apreciar, Santiago del Estero, la ciudad más antigua del país, la madre de ciudades -como recalcan permanentemente los medios de comunicación y los anuncios oficiales- fundada a orillas del río Dulce, es la ciudad sin acta de fundación que tuvo que esperar cuatrocientos años para que, por un decreto del gobierno de la provincia se estableciera la fecha fundacional. Fue el gobernador peronista Francisco Javier González quien, en 1952, luego del dictamen de la Junta de Estudios Históricos de Santiago del Estero, presidida por el historiador Alfredo Gargaro, sancionó la fecha fundacional mediante un decreto del Poder Ejecutivo provincial, fijándola el 25 de julio de 1553 y a su fundador Francisco de Aguirre, enviado desde Chile. Con esto se ponía fin -aparentemente- a las disputas surgidas entre los historiadores sobre quién era el fundador y cuál la fecha fundacional, disputa dividida entre nuñezpradistas y aguirristas que adjudicaban el mérito de la empresa a Juan Núñez de Prado –fundador de la primitiva ciudad de El Barco- enviado desde Perú- o a Francisco de Aguirre -enviado desde Chile- respectivamente.

Las expediciones se componían de un puñado de españoles, acompañados de indígenas yanaconas que actuaban como lenguaraces, unos pocos caballos, alimentos, armas y vituallas. Tenían que atravesar lugares desconocidos por caminos intrincados y rodeados de monte que terminaba con su escaso ropaje hecho girones. En estas condiciones, las fundaciones eran, en consecuencia, bastante precarias de allí que es entendible que usaran el mismo libro de actas y que participaran de las fundaciones los mismos hombres, aún los enviados por diferentes autoridades.

Como historiadora me pregunto si tiene sentido seguir discutiendo quién es el fundador de la ciudad si, hasta la fecha, no se encontraron documentos fundantes que hagan cambiar el rumbo de las interpretaciones, tanto de un sector como de otro, ya que entran en juego posturas a veces irreconciliables basadas en teorías diversas. El problema no resuelto, a pesar del decreto de 1952, creo que seguirá en la misma instancia, por cuanto tanto uno como otro conquistador venían con mandatos expresos de fundar una ciudad en esta amplia región, poco conocida por entonces, denominada genéricamente Tucma o Tucumán. En síntesis, creo que se trató de una lucha interna de dos jurisdicciones a cargo de los herederos de Almagro y Pizarro por apropiarse de esta extensa región, con una fundación que les diera asidero permanente en ella.  

Luego de la primera celebración sobresaliente del cuarto centenario, en agosto de 1953, con la presencia del presidente Perón en la ciudad, entusiastas ceremonias con desfiles e inauguraciones y la realización de un Congreso Nacional de Historia, a cargo de la Academia Nacional de la Historia -presidido por el historiador Ricardo Levene- que ratificó la fecha fundacional, las conmemoraciones julias fueron in crescendo a lo largo de la segunda mitad del siglo pasado, para transformarse en la actualidad en una festividad que sitúa a la capital santiagueña en el centro de la agenda invernal para la temporada turística. 

A partir de la conmemoración de los cuatrocientos cincuenta años de la fundación, en 2003, las fiestas de julio pretenden transformar la vida santiagueña con espectáculos artísticos callejeros, la feria artesanal que fue creciendo en superficie y duración, la espectacularidad de las festividades religiosas como la de la Virgen del Carmen -patrona de la ciudad- el 16 de julio, de San Francisco Solano –el apóstol de América- el 24 de julio, de Santiago Apóstol el 25 de julio, los fuegos artificiales de la vigilia y muchos otros eventos que permitieron institucionalizar las festividades, invocando la tradición para habitualizar a la sociedad, generar significatividad y afianzar un espíritu de pertenencia. 

La marcha de los bombos, surgida de la iniciativa privada, fue tomada como parte de los festejos del calendario ritualizado, conformando una pretendida costumbre que, si bien reclama cierta historicidad es reciente en su origen, pero pasa a integrar esas "tradiciones inventadas" –al decir de Hobsbawm- que toman de referencia situaciones pasadas y que, por su repetición y espectacularización las actualizan e innovan en el mundo posmoderno.

La institucionalización de las celebraciones, la invención de la tradición y la mercantilización de la cultura son propias de la pos modernidad e impactan en sociedades tradicionales que pretenden insertarse en este mundo globalizado, apelando a viejos usos y a referencias al pasado para instaurar nuevas concepciones, símbolos y percepciones, para dar idea de cohesión social y de continuidad de valores. En ese ámbito se enmarca la fundación de Santiago del Estero. Queda sin embargo por analizar, qué pasa realmente con esta controversia, en el interior de la sociedad santiagueña. Fte: El Liberal

Dra. María Mercedes Tenti. Integrante de la Academia Nacional de la Historia.

miércoles, 8 de julio de 2026

Parque Aguirre: la historia del oasis verde que salvó a Santiago del Estero | De un territorio enfermo al corazón verde de la ciudad

La plantación de miles de eucaliptos cambió para siempre el paisaje santiagueño. Aquella obra nacida para combatir una epidemia terminó convirtiéndose en uno de los espacios públicos más queridos de la provincia. El Parque Aguirre no solo modificó el ambiente de la ciudad: también construyó una nueva forma de encuentro, recreación e identidad colectiva.



Segunda entrega

El día en que Santiago comenzó a plantar su futuro

El 9 de agosto de 1903 quedó grabado como una fecha fundamental en la historia urbana de Santiago del Estero.

Ese día, cientos de alumnos de las escuelas primarias de la provincia participaron de una tarea que, con el paso del tiempo, adquiriría un enorme valor simbólico: la plantación de los primeros eucaliptos que formarían el futuro Parque Aguirre.

La escena debió ser singular. Niños y niñas recorriendo un terreno que hasta pocos años antes era asociado con la enfermedad y el abandono, llevando en sus manos pequeños árboles que representaban una nueva esperanza para la ciudad.

La jornada estuvo organizada como parte del proyecto impulsado por el doctor Antenor Álvarez y contó con la participación de aproximadamente mil estudiantes. Cada alumno plantó un ejemplar, convirtiendo aquella actividad escolar en una verdadera acción colectiva de transformación urbana.

No era simplemente una campaña de forestación. Era una manera de involucrar a toda una generación en la construcción de un nuevo Santiago del Estero.

Aquellos pequeños árboles serían, con el paso de las décadas, los grandes eucaliptos que hoy forman parte del paisaje emocional de miles de santiagueños.

El eucalipto como herramienta contra la enfermedad

La elección del eucalipto no fue casual.

A comienzos del siglo XX existía una fuerte valoración de esta especie por su rápido crecimiento y por su capacidad para absorber humedad del suelo. Los médicos higienistas de la época consideraban que la forestación podía contribuir a modificar ambientes insalubres donde se desarrollaban insectos transmisores de enfermedades.

La idea era clara: transformar una zona de aguas estancadas en un espacio seco, ventilado y saludable.

El proyecto combinaba conocimientos médicos, ingeniería hidráulica y diseño paisajístico. La lucha contra el paludismo ya no se limitaba a tratar enfermos; ahora buscaba eliminar las condiciones que permitían que la enfermedad se propagara.

Con cada árbol plantado se ganaba terreno al antiguo bañado del Río Dulce.

El lugar que durante años había representado una amenaza comenzaba lentamente a convertirse en un espacio de vida.

Carlos Thays y la construcción de un paisaje moderno

La creación del Parque Aguirre también estuvo vinculada a una nueva concepción de los espacios públicos que comenzaba a extenderse en Argentina.

Durante las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX, las ciudades buscaban incorporar parques y paseos inspirados en modelos europeos. Estos lugares no solo tenían una función estética: eran considerados fundamentales para mejorar la higiene urbana y ofrecer espacios de descanso para la población.

En ese contexto apareció la figura de Carlos Thays, uno de los paisajistas más importantes de la Argentina.

Su nombre está asociado al diseño de numerosos parques urbanos del país, entre ellos el Jardín Botánico Carlos Thays y espacios verdes emblemáticos de distintas ciudades.

Su visión combinaba naturaleza, arquitectura y circulación urbana. No se trataba solamente de plantar árboles, sino de crear ambientes armónicos donde el ciudadano pudiera encontrarse con el paisaje.

En Santiago del Estero, su influencia permitió que el proyecto sanitario inicial adquiriera también una dimensión estética y social.

El futuro Parque Aguirre comenzaba a pensarse como un paseo público, un lugar destinado al encuentro de la comunidad.

De zona peligrosa a paseo familiar

Con el avance de la forestación, el paisaje comenzó a cambiar.

Los terrenos húmedos fueron desapareciendo progresivamente y las nuevas arboledas modificaron la imagen de una zona antes vinculada a los problemas sanitarios.

La ciudad empezó a mirar hacia ese sector de otra manera.

Lo que antes era evitado por temor al paludismo comenzó a ser elegido para caminar, descansar y reunirse. El parque se convirtió en un punto de conexión entre los habitantes y el entorno natural.

Durante las primeras décadas del siglo XX, los paseos públicos tenían una importancia social enorme. Eran lugares donde las familias podían encontrarse, donde se realizaban celebraciones y donde la comunidad expresaba una nueva relación con su propia ciudad.

El Parque Aguirre fue adquiriendo ese carácter.

Sus árboles comenzaron a formar parte de la memoria cotidiana: los paseos de la infancia, las tardes de verano, los encuentros familiares y las celebraciones populares.

Las esculturas que llegaron para embellecer el parque

La transformación del Parque Aguirre no se limitó a la forestación.

Con el objetivo de jerarquizar el espacio, comenzaron a incorporarse elementos ornamentales que seguían la tradición de los grandes parques urbanos.


En 1906 llegaron las rejas que delimitaban el ingreso por calle Olaechea, entre Libertad y Urquiza, junto con una serie de esculturas realizadas en hierro fundido.

Se trataba de reproducciones de obras clásicas europeas adaptadas a una escala menor. En total fueron doce figuras que aportaron un nuevo valor artístico al paseo.

Años después, aproximadamente en 1918, se incorporaron las esculturas de mármol conocidas como "Las Cuatro Estaciones".

Estas figuras fueron ubicadas frente a los cuatro accesos principales del parque: calles Libertad, Avellaneda, 9 de Julio y Urquiza.


Con el tiempo, esas esculturas encontraron una nueva ubicación alrededor de la Fuente del Kakuy, otro de los espacios tradicionales del Parque Aguirre.

Cada uno de estos elementos ayudó a construir una identidad propia, mezclando naturaleza, arte y memoria histórica.

Un espacio que acompañó el crecimiento de la ciudad

Durante el siglo XX Santiago del Estero experimentó importantes transformaciones urbanas y el Parque Aguirre acompañó cada una de ellas.

A medida que la ciudad crecía, el parque dejó de ser solamente una solución sanitaria para convertirse en un verdadero centro de actividades.

Se abrieron calles y avenidas, se incorporaron nuevos espacios y comenzaron a instalarse instituciones deportivas y culturales.

El parque pasó a formar parte de la vida cotidiana de la ciudad.

Allí encontraron lugar clubes, encuentros deportivos, actividades recreativas y expresiones culturales que fortalecieron su papel como escenario social.

Para muchas generaciones de santiagueños, el Parque Aguirre está asociado a recuerdos personales: una caminata familiar, una competencia deportiva, una celebración patria, una tarde de verano o simplemente el descanso bajo la sombra de sus árboles.

El parque como símbolo de identidad santiagueña

Algunos lugares de una ciudad dejan de ser solamente espacios físicos y se convierten en parte de su identidad.

Eso ocurrió con el Parque Aguirre.

Su historia resume una característica profunda de Santiago del Estero: la capacidad de transformar las dificultades en oportunidades.

El mismo territorio que había sido señalado como foco de enfermedades terminó convertido en uno de los lugares más representativos de la provincia.

Cada árbol guarda una parte de esa historia.

Detrás de la sombra de un eucalipto centenario existe el recuerdo de una época marcada por la enfermedad, pero también la memoria de quienes buscaron soluciones cuando parecía que no había salida.

El parque es, en cierto modo, un monumento vivo.

No está construido únicamente con piedra o cemento. Está formado por árboles, caminos, sonidos y recuerdos compartidos por varias generaciones.

Más de un siglo de historia bajo los árboles

Con más de cien años de existencia, el Parque Aguirre continúa siendo uno de los espacios más visitados y queridos de Santiago del Estero.

Su importancia excede a la capital provincial. Habitantes de distintos puntos de Santiago encuentran allí un lugar de referencia, un espacio donde la naturaleza y la historia se mezclan.

Hoy sus avenidas reciben deportistas, familias, turistas y vecinos que buscan un momento de tranquilidad dentro del movimiento urbano.

Quizás muchos de quienes recorren sus senderos desconocen que ese lugar nació como respuesta a una de las mayores tragedias sanitarias de la provincia.

Quizás pocos imaginan que bajo esos árboles hubo alguna vez un paisaje de agua estancada, barro y enfermedad.

Pero esa es justamente la riqueza del Parque Aguirre: conservar en silencio una historia de lucha y transformación.

El legado de un bosque que nació para salvar vidas

La historia del Parque Aguirre demuestra que las ciudades también se construyen con decisiones que miran hacia el futuro.

Un médico que pensó la salud desde el ambiente, ingenieros que buscaron soluciones técnicas, funcionarios que impulsaron las obras y cientos de niños que plantaron los primeros árboles fueron parte de una misma obra colectiva.

Más de un siglo después, aquel proyecto continúa dando frutos.

El Parque Aguirre sigue siendo sombra en los días calurosos, refugio para quienes buscan naturaleza y escenario de miles de historias personales.

Pero, sobre todo, permanece como un símbolo de la capacidad de una comunidad para transformar una amenaza en esperanza.

Donde alguna vez reinó el miedo al paludismo, hoy crece uno de los paisajes más queridos de Santiago del Estero.

Un oasis verde nacido de una epidemia. Un parque nacido de la necesidad. Un patrimonio nacido del esfuerzo de todos.

 

viernes, 5 de junio de 2026

Murió Paulino, postal y olvido de las calles de Santiago

 



En el día de hoy murió Paulino a los 75 años. Se fue un eterno personaje de las calles céntricas de Santiago. Consuetudinario mendigo; nadie conoció dónde vivía, cuál era su nombre real, si comía o si tenía hijos. Creo que a la sociedad poco y nada le interesó su vida.

Perduró en el tiempo a pesar de que la vida le fue esquiva. No ofendía a nadie, ni aun cuando se le negaba una limosna. Él seguía deambulando: desaseado, flaco, de pelo duro, desdentado y con evidentes rasgos afro, una condición que también lo marginaba. Tampoco se supo si tuvo educación escolar; hace años, mendigaba junto a su madre.

Lo cierto es que pasaron los años y los gobiernos, y nadie se ocupó de mejorarle la vida a este y a otros personajes de la ciudad. Son postales urbanas, pero no pueden morir así, indigentes y postergados.

No es una exageración lo que relato. En el Nuevo Diario del 27 de julio de 2003 se contaba una anécdota suya en el desaparecido Trust Pastelero, que quedará grabada en la memoria de quienes la vivieron:

"Resulta que el muchacho que atendía la caja estaba muy entretenido mirando la televisión. Habían pedido un lomito y el mozo se lo dejó a un costado para que se fiche. En eso, Paulino, que volvía del baño, se dio cuenta y, como el cajero estaba abstraído, empezó a comerlo: primero un mordisco, después otro y por último se llevó el resto. Todos los muchachos que eran habitués del bar se dieron cuenta, pero no dijeron nada; se unieron en solidaridad y complicidad. Obviamente, cuando el mozo se avivó, fue raudamente a buscarlo a la vereda. Pero Paulino ya andaba por ahí, satisfecho y escabullido entre la gente. ¡Por fin carne!"

Miguel Brevetta Rodriguez escribió un poema "Paulino" y que Tomás Lescano en ritmo de chamamé, lo describe a la perfección y el que grabó interpretándolo por destacados artistas santiagueños:


lunes, 25 de mayo de 2026

Los barrios más antiguos de Santiago

  

Foto: Vieja acequia Belgrano

Hoy Santiago es un enorme conglomerado de barrios. La ciudad se extendió sobre todo para el sur. Antes El Zanjón quedaba lejos del centro, era campo; hoy está a pocas cuadras del centro. Los más antiguos son el Barrio Chumillo, La Católica y el 8 de Abril.

Los barrios son muy humildes, algunos con muchos años de historia y otros más nuevos.

En la década de 1930 se culminó la Avenida Costanera y se remozó el Mercado Armonía. En la de 1940 el centro urbano se expandió hacia el norte, surgieron los Paseos España y Alvear, se densificó las zonas del Mercado de Abasto, Estación del Ferrocarril Mitre y Regimiento. En 1945 comienza a percibirse un ordenamiento urbano: se construyeron nuevos barrios en la periferia y el servicio urbano de transporte comenzó a comunicarlos entre sí.

La construcción en 1950 de la cercana represa de Los Quiroga sobre el río Dulce solucionó los problemas de escasez de agua e impulsó la agricultura, sobre todo algodón y olivo.

En 1951 comenzó el tendido de la red de gas domiciliario en el sector céntrico de la ciudad. En 1952 se inauguró la actual Casa de Gobierno de la Provincia, y en 1953 se estableció la primera casa de altos estudios de la ciudad, el Instituto Superior del Profesorado.

En 1957 se levantó el primer edificio en altura: el Tab-y-Cast, construido donde antes se erigía la Casa del gobernador Manuel Taboada. Hacia 1959 el gobernador Eduardo Miguel inauguró el barrio 8 de abril.

En la década de 1970 se taló la alameda de la avenida Belgrano, se entubó la acequia real, se suprimieron las platabandas de lapachos de las avenidas Pedro León Gallo y Sáenz Peña para ensancharlas, se forestó la ribera del río Dulce y se instalaron los monumentos a Francisco de Aguirre y el Cristo Redentor. Se instalaron también los primeros semáforos, se construyó el nuevo puente de vinculación con La Banda, se cambió de denominación a los antiguos barrios (por ejemplo, Chumillo por Reconquista e Independencia, Tala Pozo por Almirante Brown, Las Cejas por Don Bosco), se cubrió el empedrado del centro de la ciudad por una capa asfáltica y se creó la Universidad Nacional de Santiago del Estero. También se ampliaron los barrios Jorge Newbery y Belgrano, aparecieron los barrios Tradición, Primera Junta y Cabildo y en 1976 la Ciudad Satélite, como se llamaba al barrio Autonomía.

Fuente: Patio Santiagueño


jueves, 26 de marzo de 2026

Tula Gómez, el caballero de la Plaza Libertad

Con su elegante traje y una rosa en el ojal, Dr. Mario “Tula” Gómez era un personaje inolvidable del microcentro santiagueño. Todas las tardes, desde los cafés frente a la Plaza Libertad, saludaba cortésmente a quienes pasaban, dejando tras de sí una estela de anécdotas y leyendas urbanas.




La figura de Mario “Tula” Gómez emergía cada tarde bajo la sombra de los ficus y los faroles antiguos de la plaza. Alto, delgado y siempre impecable, Tula caminaba con paso altivo entre las mesas de los cafés. Saludaba a las damas con una sonrisa amable y un piropo respetuoso, un ritual tan habitual como la salida del sol. Dicen que su porte elegante y la rosa en el ojal dejaban una fragancia de época: la de un tiempo en que la cortesía era un arte casi perdido.

De la política a los cafés del centro

Detrás de aquel personaje galante se escondía un hombre de buen pasar económico y trayectoria pública. En el primer gobierno peronista, Mario Tula Gómez fue Presidente de la Cámara de Diputados de la provincia. Más tarde, dejó la función legislativa para dirigir el Registro del Automotor, que curiosamente instaló en su propia casa, en la calle 24 de Septiembre al 400. Aquellos que lo conocieron aseguran que, pese a su estatus social, Tula era tan cercano como cualquier vecino de barrio: lo veías subir a su coche gris después de despachar algún trámite, o tomarse un mate en la vereda mientras leía el periódico. Su elegancia no opacaba su humanidad; al contrario, era la cara amable de la burocracia cotidiana.

El ingenio del piropo

No faltan las historias donde su humor fue protagonista. Una anécdota célebre narra que mientras esperaba su turno en la oficina, el doctor Tula entretenía a dos ingenieros explicándoles las mejores maneras de conquistar a una chica. Uno de ellos interrumpió divertido: “No se moleste con tantas explicaciones… mi amigo el ingeniero Fulano es muy amante de su mujer, hombre de iglesia y sumamente correcto”. Ante esta afirmación, Tula los miró con picardía y soltó: “¿Y usted? –Yo, ¿yo? ¡Soy maricón! –respondió con sorna al encontrarse con esa anécdota publicada en el diario local. Este relato da cuenta de su ingenio y de cómo rompía moldes con un humor franco y desinhibido.\

De hombre real a leyenda popular

El encanto de Tula traspasó la realidad cuando la música popular santiagueña lo inmortalizó en un vals. Compuesto por Miguel Brevetta Rodríguez y Tomás Lescano e interpretado por Alberto “Lechuga” Gerez, el tema “Tula Gómez” retrata su imagen con versos poéticos:

Las vecinas lo han visto pasar / con su trajinar altivo al doctor / dejando la fragancia ancestral / de su palpitar, de su bella flor…

El vals prosigue evocando el sombrero al viento y la rosa de equipaje que siempre llevaba consigo, símbolos de un linaje modesto pero orgulloso. En él se escucha una voz nostálgica que señala: “Tula Gómez, ¿quién te vio por esas calles pasar?”. Así, la canción convierte al personaje en una “estampa” que vive para siempre en el paisaje urbano.

Legado y memoria de un personaje popular

Años después, la figura de Tula Gómez sigue viva en la memoria de Santiago del Estero. Para algunos fue simplemente un hombre amable y divertido; para otros, un símbolo de un pasado donde lo cotidiano se teñía de folclore. Más allá de la anécdota o el vals, su historia invita a reflexionar sobre aquellos personajes que dan color al día a día de la ciudad. El Dr. Tula nos recuerda que detrás de cada calle empedrada hay héroes anónimos con historias para contar: hombres que con un saludo cortés o un verso improvisado tejieron la narrativa de una época. Así, caminando por la Plaza Libertad, es fácil imaginar su figura elegante, saludando, piropeando y dejando para quienes quieren escucharlo un mensaje poético escrito en cada flor de su ojal.

Tula Gómez, símbolo de elegancia y picardía

Una rosa en el ojal, un sombrero al viento y un piropo bajo la manga: así recorría Santiago del Estero el inolvidable Dr. Mario “Tula” Gómez. En pocas líneas revive la imagen de este personaje legendario del microcentro santiagueño.

¿Quién no lo ha visto alguna vez pasear por la Plaza Libertad con su porte altivo? Tula Gómez, de sonrisa fácil y traje impecable, encarnaba un estilo propio en las tardes santiagueñas. Fue diputado provincial en el primer gobierno peronista y, después, director del Registro del Automotor —¡desde su propia casa! —, pero fueron sus piropos corteses y su humor los que conquistaron corazones. Se cuenta que, en una sala de espera, al hablar de amores, soltó con sorna: “¿Y yo? ¡Soy maricón!”, arrancando risas.

Su fama llegó incluso a la música: un vals folclórico lo inmortaliza cantando su altivo caminar con sombrero y rosa. Décadas más tarde, Mario “Tula” Gómez vive en la memoria popular como un caballero pícaro que convertía cada saludo en un verso. Así, bajo la luna santiagueña, su leyenda sigue andando por las veredas, tan viva como siempre.

 

viernes, 8 de agosto de 2025

Santiago del Estero en el siglo XX: entre el progreso y la nostalgia. Cuando la modernidad llegó a caballo, con epidemias y ladrillos

El siglo XX no llegó a Santiago del Estero con bombos y platillos. Llegó con mosquitos, con duelos callejeros, con inmigrantes que se hacían pasar por arquitectos y con criollos que miraban, entre desconfiados y curiosos, cómo sus cocinas de humo se convertían en salones de reunión familiar. Esta es la historia de una ciudad que se reinventó entre epidemias y adoquines, donde el progreso a veces olía a desinfectante y otras, a tierra mojada.



Imaginen despertarse en 1900 con un zumbido en los oídos. No era el río Dulce: eran los mosquitos del paludismo, tan ensordecedores que, dicen, tapaban hasta el sonido del agua. Mientras la gente moría de "chucho" (así le decían al paludismo, con esa mezcla de humor y resignación criolla), los ricos discutían si el bidet era una herejía francesa. Así arrancó el siglo en Santiago: con la muerte en un barrio y los azulejos importados en otro.

La ciudad que respiraba entre epidemias

El año en que los mosquitos ganaron la batalla

No hubo fiesta de fin de siglo. En 1900, Santiago del Estero tenía otras preocupaciones: de cada 100 personas, 88 tenían paludismo. Los números duelen: entre 1896 y 1901, murieron 66 mil personas. El río, ese que siempre había sido vida, ahora era un pantano lleno de anófeles.

El médico Antenor Álvarez, un tipo con más agallas que recursos, le dijo al gobernador Barraza: "Hay que secar esto y plantar árboles". Y así, entre escepticismo y desesperación, nacieron los 1.600 eucaliptos del Parque Aguirre. Hoy son un paseo hermoso; entonces, fueron una apuesta contra la muerte.

El día que el agua llegó corriendo (y lo cambió todo)

El 1° de diciembre de 1904, don Pablo Berdaguer abrió la canilla en su casa de la calle 9 de Julio y se volvió famoso. Para nosotros es un gesto normal, pero en esa época, el agua corriente era tan revolucionaria como un iPhone en los 90.

Las cocinas dejaron de ser lugares llenos de humo donde los sirvientes molían maíz. Ahora tenían planchas de hierro fundido, y las familias se reunían alrededor como si fuera un televisor.

Los baños pasaron de ser un cuartito oscuro a "templos de higiene" (aunque el bidet, ese misterioso artefacto, tardó años en ser aceptado: "¿Para qué quiero eso si yo me lavo con balde?").

Las bañeras con patas de león escandalizaron a medio pueblo. "¡Pero si parece un mueble de pecado!", decían las viejas.

Los albañiles que jugaban a ser arquitectos

Cuando el "estilo santiagueño" era un poco de todo

En los primeros años del siglo, no había arquitectos en Santiago. Los edificios los diseñaban inmigrantes italianos y españoles que mezclaban estilos como quien revuelve un locro. El resultado fue un eclecticismo gloriosamente caótico:

El Banco de la Nación (1905): columnas griegas, balcones renacentistas y algún que otro detalle que solo Dios sabe de dónde salió.

El Teatro 25 de Mayo (1910): art nouveau en la fachada, pero con un alma bien criolla adentro.

Las casas de la avenida Belgrano: donde los primeros placards embutidos hicieron gritar a más de una abuela: "¡Eso es para esconder cosas!".

El ingeniero Carlos Colombo, en 1927, se cansó de tanta improvisación y denunció: "Estos tipos son albañiles, no arquitectos". Pero los "maestros de obra" tenían una excusa lista: "Perdimos los títulos en el barco". La ciudad se rió, pero los edificios quedaron ahí, testigos de una época donde todo se hacía a puro pulso.

Los funerales: el espectáculo social del año

En los años 20, morirse era un asunto de prestigio. Las familias competían por quién tenía el panteón más grande, mientras los pobres se conformaban con cruces de madera. Los funerales eran el evento del año:

"¿Viste cómo lloró la viuda? Parecía de verdad."

"El doctor dio propinas hasta al que barría la calle."

"Qué discurso, che... casi me hizo llorar."

Era la mezcla perfecta entre el drama italiano y el culto criollo a los muertos.

El progreso que iluminó (solo) a algunos

La electricidad que no llegaba a todos

Santiago fue la segunda ciudad argentina con luz eléctrica (1889), gracias a Otto Semmelak y sus 10 focos. Pero la modernidad tenía sus límites:

La usina de Belisario García (1906) iluminaba el Parque Aguirre... mientras el oeste seguía en penumbras.

Las calles adoquinadas (1916) empezaron por la plaza Libertad, donde las señoras paseaban sus vestidos traídos de Europa.

El ferrocarril que se llevó más de lo que trajo

El tren prometía progreso, pero dejó cicatrices:

Pueblos enteros desaparecieron porque quedaron fuera de las rutas.

Los obrajes forestales arrasaron con los bosques, y los criollos, sin tierra, se convirtieron en peones o se fueron para siempre.

La ciudad que nunca terminó de cambiar

Hoy, si caminás por Santiago, las huellas de esa época siguen ahí:

En el Parque Aguirre, donde los eucaliptos crecieron sobre el dolor del paludismo.

En las fachadas de la calle Salta, con sus molduras imposibles, como si los albañiles hubieran dicho: "Qué sé yo, pongámosle un poco de esto y un poco de aquello".

En el Mercado de Abasto, que antes fue matadero y ahora vibra con los gritos de los vendedores.

El siglo XX le dio a Santiago baños con azulejos, pero también le arrancó pedazos de su alma criolla. Como escribió Delgado: "Fue el siglo donde unos construyeron palacetes... y otros siguieron peleando por lo poco que quedaba".

Fuente: Santiago del Estero. Recorrido por una ciudad histórica (Arq. Roberto R. Delgado).

 

¿Sabías qué? La primera casa con ropero embutido fue el chalet de los Cáceres en 1914. "¡Mirá vos, ahora la ropa se esconde!", decían las vecinas. El escándalo duró meses.

domingo, 27 de julio de 2025

Gran Santiago del Estero-La Banda: la ciudad que se reconstruye entre la historia y la desigualdad

Por Leyendas del Folclore Santiagueño

 

Un aglomerado que crece a contramano del orden

En el corazón del noroeste argentino, entre el río Dulce y la memoria de sus raíces rurales, el aglomerado Gran Santiago del Estero-La Banda se expande. Lo hace de un modo particular: entre saltos históricos, avances desiguales y tensiones territoriales. Esta ciudad intermedia, con más de 400.000 habitantes, no solo crece en población, sino que muta en su fisonomía, desbordando límites fundacionales, alterando tramas y produciendo fragmentos urbanos que, más que integrarse, se dispersan como archipiélagos en un mar de contrastes.

De plaza y damero: los orígenes fundacionales

La historia comienza en 1553, cuando Don Francisco de Aguirre funda Santiago del Estero, la más antigua de las ciudades argentinas. Tras varios traslados por las crecidas del río, en 1556 se asienta en su ubicación definitiva, en lo que hoy es el Parque Aguirre. Su trazado original, simple y funcional, respondía al clásico modelo colonial: una plaza central rodeada de manzanas cuadradas, donde el Cabildo y la Iglesia marcaban el eje civil y espiritual.

Aquella “Muy Noble y Leal Ciudad”, como la llamó la Corona española, fue durante siglos un nodo estratégico para las fundaciones posteriores de otras ciudades del norte y centro del país.

 


Territorio y poder: establecer los límites

En 1820, con la autonomía provincial, Santiago del Estero comienza a definir su territorio político y urbano. La Constitución Nacional de 1853 y su equivalente provincial de 1856 le dan un marco jurídico, y hacia 1880 se inician las primeras mensuras de tierras y ventas fiscales para financiar el Estado. El avance del ferrocarril y la legalización de tierras bajo riego comienzan a transformar la matriz económica y social de la región. En 1891, un puente ferroviario une por primera vez las márgenes del Dulce: Santiago del Estero y La Banda comienzan, sin saberlo, a entrelazar su destino urbano.

 


El tren y las chacras: los primeros signos del conurbano

La irrupción del ferrocarril no solo acorta distancias, también transforma geografías. La Banda —formalmente fundada en 1912— se convierte en un nodo ferroviario y productivo. Su crecimiento, ligado al parcelamiento de antiguas estancias, anticipa la conurbación con la capital. A partir de 1900 se trazan nuevas calles, se fundan villas, se crea la oficina de Catastro y se reglamentan los caminos rurales. Para 1927, el puente carretero Hipólito Yrigoyen termina de sellar la unión física entre ambas ciudades.

Santiago y La Banda ya no crecen por separado: lo hacen como un solo cuerpo en expansión, aún sin un plan común.

 

Del peronismo a la vivienda social: urbanizar con el Estado

Desde 1946, el impulso modernizador del peronismo suma nuevos barrios obreros, obras públicas y discursos sobre progreso. Pero es recién en las décadas de 1960 y 1970, con la crisis agroindustrial y el déficit habitacional, cuando el Estado toma un rol más activo. Nacen los planes de vivienda social, como el FONAVI, que marcarán la configuración del paisaje urbano santiagueño durante las décadas siguientes.

El problema: el crecimiento urbano sigue siendo desordenado, desigualmente regulado y con fuerte presencia de intereses privados en la producción del suelo.

Neoliberalismo, exclusión y ciudad fragmentada

Durante los años noventa, la ciudad entra en una nueva etapa. El auge del modelo neoliberal deja marcas profundas: privatizaciones, concentración económica y precarización social. La urbanización sigue, pero de forma dispersa y desigual. El crecimiento se orienta hacia el sur y el norte, siguiendo el eje del río Dulce. La tradicional ciudad compacta cede paso a una nueva configuración difusa, donde la pobreza y la riqueza habitan territorios cada vez más distantes entre sí.

Evolución del crecimiento urbano entre 1990 y 2010 



Archipiélagos urbanos: entre country y asentamiento

Desde 2015, el proceso de expansión adquiere una forma elocuente: la del archipiélago. Barrios cerrados de baja densidad conviven —a la distancia— con asentamientos informales sin servicios. Entre ambos, una ciudad cada vez más disgregada. En 2017, el 45,4 % de la población del aglomerado vivía por debajo de la línea de pobreza. Al mismo tiempo, nuevas urbanizaciones de élite comienzan a poblar la periferia sur, replicando modelos importados del Área Metropolitana de Buenos Aires.

 

Comparación de densidades y tipos de urbanización 

Una ciudad intermedia con problemas de ciudad grande

El caso del GSELB revela un patrón: los problemas de las grandes ciudades —segregación, fragmentación, desigualdad— se reproducen, con sus matices, en ciudades intermedias como esta. Lo hacen más tarde, sí, pero con igual profundidad. El crecimiento sin planificación, la influencia desigual del mercado inmobiliario y la retirada del Estado como regulador generan una ciudad partida, donde el lugar que se habita determina cada vez más la calidad de vida.

¿Cómo imaginar el futuro urbano?

Mirar hacia atrás, como hace este análisis, no es un ejercicio de nostalgia, sino una herramienta para el futuro. Entender cómo creció esta ciudad —entre decisiones estatales, oleadas migratorias y avances desiguales— permite pensar en nuevas formas de intervenir. Santiago del Estero-La Banda no necesita solo más urbanización, sino mejor urbanización: integradora, sostenible y con derecho a la ciudad para todos.

Fuente principal:

Bonardi, V. J. J. (2025). Ensamblando partes de la historia: la re-construcción urbana del Gran Santiago del Estero-La Banda, una ciudad intermedia del noroeste argentino. Estudios Socioterritoriales, 36(1), 33-54.https://doi.org/10.37838/unicen/est.36-1-102

lunes, 20 de enero de 2025

Tiempo legendario

 


Se sabe, Santiago vivió su tiempo legendario, en épocas no tan lejanas. Apenas hay que dar vuelta para atrás unas páginas de la historia, para encontrar algunas de las leyendas fundacionales de la provincia. Están a la vuelta de la esquina. De las tres más importantes, el Linyerita de la Belgrano y vías, el bulón de oro del puente Carretero y los túneles que salían de la casa de Juan Felipe Ibarra, dos no han cumplido un siglo. Esto quiere decir que están vivos algunos de quienes fueron testigos de esas leyendas. O sus hijos, que si son ciertas las afirmaciones sobre las verdades de la transmisión oral, vienen a ser testigos casi de primera mano.

El Parnaso santiagueño tiene sus dioses, semidioses, héroes, mitos, próceres mayores y menores. Y sus antihéroes. Siempre, por supuesto, más aquí de la Telesita, la Almamula y otros seres que poblaron estas tierras en la prehistoria y que son justamente recordados por el folklore más antiguo. Y algunos personajes anónimos que se colaron para siempre en la eternidad, con algún gesto que hace que todavía hoy sigan presentes en el recuerdo popular.

Hubo un tiempo luminoso de la ciudad, recordado por vates de la altura de Jorge Rosenberg o historiadores de vivencias, como Pedro Rojas Cuozzo.

En la Urquiza y Belgrano había un puente y desde allí el agua corría calle abajo hacia la Roca, recordando a todos que el pasado campesino estaba a la vuelta de la esquina, apenas pasando el barrio de las Catalinas. El estadio de Central Córdoba, en el que a veces las hinchadas desean la muerte de los rivales, era el cementerio de la ciudad, barrio de Cantarranas, según los memoriosos. Para el otro lado, en lo que hoy es pleno centro todavía, Cachi Pampa no imaginaba las campanas de San Roque siempre puntuales, llamando a misa.

Y en medio de ese Santiago que despertaba a inventos modernos que al fin llegaban, un joven Vicente Gigli, tomaba fotografías, inmortalizando para siempre una leyenda que, gracias a sus hijos y sus nietos sigue vigente. Santiago sería mucho menos, si no se hubieran levantado registros gráficos de lo que sucedía, porque la historia no es lo que sucedió sino lo que se sabe que sucedió.

Fuente: revistaelpuntoylacoma.blogspot.com.ar/

jueves, 12 de diciembre de 2024

Tiempo legendario

 


Se sabe, Santiago vivió su tiempo legendario, en épocas no tan lejanas. Apenas hay que dar vuelta para atrás unas páginas de la historia, para encontrar algunas de las leyendas fundacionales de la provincia. Están a la vuelta de la esquina. De las tres más importantes, el Linyerita de la Belgrano y vías, el bulón de oro del puente Carretero y los túneles que salían de la casa de Juan Felipe Ibarra, dos no han cumplido un siglo. Esto quiere decir que están vivos algunos de quienes fueron testigos de esas leyendas. O sus hijos, que si son ciertas las afirmaciones sobre las verdades de la transmisión oral, vienen a ser testigos casi de primera mano.

El Parnaso santiagueño tiene sus dioses, semidioses, héroes, mitos, próceres mayores y menores. Y sus antihéroes. Siempre, por supuesto, más aquí de la Telesita, la Almamula y otros seres que poblaron estas tierras en la prehistoria y que son justamente recordados por el folklore más antiguo. Y algunos personajes anónimos que se colaron para siempre en la eternidad, con algún gesto que hace que todavía hoy sigan presentes en el recuerdo popular.

Hubo un tiempo luminoso de la ciudad, recordado por vates de la altura de Jorge Rosenberg o historiadores de vivencias, como Pedro Rojas Cuozzo.

En la Urquiza y Belgrano había un puente y desde allí el agua corría calle abajo hacia la Roca, recordando a todos que el pasado campesino estaba a la vuelta de la esquina, apenas pasando el barrio de las Catalinas. El estadio de Central Córdoba, en el que a veces las hinchadas desean la muerte de los rivales, era el cementerio de la ciudad, barrio de Cantarranas, según los memoriosos. Para el otro lado, en lo que hoy es pleno centro todavía, Cachi Pampa no imaginaba las campanas de San Roque siempre puntuales, llamando a misa.

Y en medio de ese Santiago que despertaba a inventos modernos que al fin llegaban, un joven Vicente Gigli, tomaba fotografías, inmortalizando para siempre una leyenda que, gracias a sus hijos y sus nietos sigue vigente. Santiago sería mucho menos, si no se hubieran levantado registros gráficos de lo que sucedía, porque la historia no es lo que sucedió sino lo que se sabe que sucedió.

Fuente: revistaelpuntoylacoma.blogspot.com.ar/

lunes, 9 de diciembre de 2024

EL HABITAR

 Por Arq. Roberto R. Delgado

 


De los diversos legados que tenemos para conocer e interpretar la Historia, los elementos arquitectónicos son documentos de fundamental importancia.

Entendamos como Arquitectura no la simple construcción de algo, sino la organización de un espacio destinado at habitar. Puede ser un techo protector, una pared o una senda que permite comunicación entre los hombres.

El espacio para habitar involucra todas sus consecuencias: arraigo, costumbre y tradición, religión, cobijo, hogar, etc.

Así como marcamos un rastro al caminar modificando el suelo natural, el habitar produce alteraciones en el contexto, sea, por incorporación de elementos extraños o adaptación al mismo. Esta posibilidad la logramos mediante una técnica que nos acercará al hecho de la Arquitectura.

Esta técnica no surge del abstracto, posee una subordinación al medio ambiente, por ser el que nos facilitará la materia prima y por consiguiente el tipo de herramienta para su manufactura. Para comprender esta expresión imaginémonos con qué elementos construye su hábitat el hombre de la montaña, bosque, río, hielo o desierto.

Extraído del libro: Santiago del Estero. Recorrido por una ciudad Histórica

BARRO Y PAISAJE

 Por Arq. Roberto R. Delgado

 


Desde siglos la Arquitectura de Santiago del Estero se hizo de barro: en crudo (adobe) o cocido (ladrillo). A pesar de la nobleza de estos materiales al dejarlos en abandono se descomponen y vuelven a su estado original: tierra. Tierra que está presente en la trágica historia de Santiago del Estero en su lucha por ser y permanecer.

Si bien toda Arquitectura, como construcción tiene por misión resguardar al hombre y sus manifestaciones, en Santiago su Arquitectura fue el Paisaje, la Naturaleza.

"Vivir en el paisaje santiagueño es entregarse a él, es dejar de ser, es ser el paisaje". (Di Lullo).

No existen construcciones que puedan testimoniar épocas de esplendor o no; ejemplos para establecer una cronología y justificar tantas historias narradas. Nada, sólo el hombre con sus leyendas.

¿Sería que el santiagueño no tuvo tiempo?

¿Acaso le cambiaron sus tintas del ornato en cerámica y tejidos por armas haciéndolo guerrero, o le dieron el hacha haciéndolo hachero?

Extraído del libro: Santiago del Estero. Recorrido por una ciudad Histórica 

PECULIAR ORIGEN DE LA CIUDAD

Por Arq. Roberto R. Delgado

 


El hombre para poder vivir en comunidad crea una "Segunda Naturaleza": la Ciudad.

La ciudad de Santiago del Estero tuvo varios intentos de nacimiento hasta que quedó localizada estratégicamente en un bajo de llanura, lamida por las aguas de un caudaloso río. Una llanura definida por accidentes del suelo y una caprichosa curva del río, huaico hondo (Depresión Pronunciada), que juntaba flora y fauna cuando se retiraban las aguas y dejaban al alcance de la mano lo necesario para la vida: alimento y cobijo. Todas la ciudades fundadas en la época de la conquista española respondían a un trazado dictado en las Leyes de Indias, por Felipe II Rey de España, en 1573.

Santiago del Estero fue fundada 20 años antes, ¿qué patrón de trazado la definió?.

Una ciudad sin casas, sin calles, no es nada. La única razón atendible para comprender el asentamiento de esta ciudad, es la posibilidad de riego aprovechando la curva del río, la pendiente natural y el escaso esfuerzo para lograrlo tanto en su toma como en su recorrido.

Los primeros Padres Jesuitas que se radicaron en ella, que de esto sabían mucho, usaron el principio básico que a todo suelo además de regarlo hay que drenarlo, por ello hicieron la famosa Acequia Real (la desaparecida Acequia Bel- grano), en 1577. Hacia el este regaban, del oeste drenaban, generando un sistema de terrazas! Con posterioridad otras acequias complementarían el complejo hídrico.

 

Este fue el fundamento de la ciudad de Santiago del Este- ro, una supercuadrícula irregular originada por el serpenteo de las acequias y no la traza ortogonal, "a tiro de cañón", que establecía las Leyes de Indias.

Poco se puede decir de cómo era la arquitectura y construcciones de entonces implantadas dentro de esa cuadrícula, no quedaron vestigios materiales y los documentos escritos son escasos, contrapuestos y de relativa validez para el tema que nos ocupa. Se supone que el asentamiento fue precario pues durante dos centurias la ciudad fue azotada por inundaciones que arrasaron casi la totalidad de lo plantado (años 1628, 1663, 1670, 1723, 1730), además de varios intentos de levantarla para trasladarla a otros parajes, como sucedió en 1606 cuando el capitán Gaspar Doncel reclutó gran parte de los vecinos y los llevó a reedificar, lo que más tarde sería el pueblo de "San Juan Bautista de la Ribera de Londres" (Catamarca).

En 1570 había una Iglesia a cargo de los Mercedarios que fue erigida Catedral por Bula del Papa Pío V. Mucho antes había una ermita bajo la advocación de los Mártires de San Sebastián y San Fabián que era centro de oración y culto.(1554).

La Iglesia matriz o catedral debió estar frente a la plaza principal. ¿Dónde estaba la plaza principal?. En 1583 Bartolomé de Mansilla confirma en escritura pública que el terreno del convento y Escuela de la Orden de San Francisco estaba frente a la plaza. ¿Había más de una?. La ciudad se componía de no más de medio centenar de casas ocupadas por 66 vecinos principales.

 

Por dos Centurias, a partir del primer asentamiento, la ciudad se caracterizó por períodos de conquista, pero fluctuante, sujetos a la decisión de los Gobernadores que se sucedieron vertiginosamente, planteándose discrepancias entre el poder civil y el religioso, poblándose y despoblándose continuamente. Es el período de la creación de la primera diócesis, de la primera Universidad en esta región, de un Hospital, Seminario, etc., todos ellos de vida efímera.

Extraído del libro: Santiago del Estero. Recorrido por una ciudad Histórica

El Algarrobo en la medicina Popular