Mostrando las entradas con la etiqueta Ciudad Capital. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Ciudad Capital. Mostrar todas las entradas

viernes, 18 de septiembre de 2026

La ciudad detrás de la fotografía


La primera vez que Clara vio caer una casa antigua, no entendió por qué su abuelo se quedó mirándola durante tanto tiempo. La máquina había mordido una de las paredes de Chumillo y el polvo se levantó lentamente, como una nube que se negara a desaparecer. Ramón permanecía de pie frente a su casa. Tenía setenta y ocho años. Había nacido allí, había crecido allí y allí había visto pasar casi toda su vida. Desde aquella vereda había visto llegar los primeros cambios, desaparecer algunas costumbres y aparecer otras. Había visto crecer la ciudad hasta lugares que, cuando era niño, parecían estar lejos de todo. Ahora una marca roja sobre la pared anunciaba algo que todavía le costaba mirar de frente: su propia casa también tenía los días contados.

-¿El duelo? - preguntó Clara.

R -¿Qué cosa?

C - La casa.

Ramón tardó unos segundos en responder.

- No es la casa, Clara.

Ella lo miró sin entender.

R -Es todo lo que pasó aquí.

Esa tarde, mientras el ruido de las máquinas quedaba suspendido en el aire, Ramón entró a la casa y sacó de un armario una vieja caja de lata. La abrí con cuidado. Adentro había fotografías, boletos de colectivo, una llave oxidada y un pequeño cuaderno de tapas negras. Clara se sentó a su lado y comenzó a mirar. Algunas fotografías muestran calles que ya no reconocía. Otras tenían casas bajas, árboles, terrenos abiertos y caminos de tierra. En el cuaderno aparecían nombres escritos con una letra antigua: Chumillo, El Zanjón, La Católica, 8 de Abril, Tala Pozo, Las Cejas. Debajo de algunos nombres había anotaciones breves: "Acá terminaba la ciudad". "Por este camino íbamos al río". "Antes no había casas". "Después llegó el empedrado".

-¿Quién escribió esto? -preguntó Clara.

R - Mi padre.

C -¿Y para qué?

Ramón sonrió apenas.

- Porque él me dijo que algún día alguien iba a querer saber cómo era esto.

Clara volvió a mirar las fotografías. Una de ellas mostró El Zanjón. Había pocas casas. No se veían avenidas, autos ni luces. Solo una extensión de tierra, algunos árboles y un camino que parecía perderse en el horizonte. Clara sostuvo la fotografía entre las manos y, por un instante, tuvo la sensación de que algo se movía detrás de la imagen. Una corriente de aire frío le rozó la cara. Parpadeo. Cuando volvió a mirar, la fotografía parecía más profunda, como si ya no fuera una fotografía sino una puerta.

Sin saber exactamente por qué, Clara se acercó a la mano.

Y todo cambió.

Cuando abrió los ojos, ya no estaba en la casa de su abuelo. El aire era distinto. No había motores ni cables. Un carro avanzaba lentamente por un camino de tierra. Una mujer sacudía una manta frente a una casa. Un perro cruzó la calle. Dos chicos corrían detrás de una pelota.

Clara miró a su alrededor. El lugar que conocía como El Zanjón estaba allí, pero era otro.

Entonces vio a un niño parado a unos metros.  Tenía unos diez años. Clara lo reconoció inmediatamente. Era Ramón. 

El niño la miró con desconfianza.

-¿Quién sos?

Clara no supo qué responder.

- Mi nombre es Clara.

-¿Viviste por aquí?

Ella miró el paisaje y el nego con la cabeza.

- No exactamente.

Ramón señaló hacia el horizonte.

- Allá empieza el campo.

Clara observó el lugar. Para ella había un terreno vacío. Para Ramón había un barrio entero. Había personas, caminos, juegos, tardes, casas y vida. Lo que para una mirada podía parecer simplemente un espacio sin construir, para quienes lo habían habitado era un mundo completo.

-¿Siempre fue así? -preguntó Clara.

R -¿Así cómo?

C - Tan vacío.

Ramón frunció el fruncido.

- No está vacío.

Clara no alcanzó a un contestador. El viento volvió a levantarse. Cerró los ojos y, cuando los abrió, estaba otra vez en la casa de su abuelo. Tenía tierra en los zapatos y una pequeña piedra en la mano.

Durante varios días no volvió a tocar la caja. Intentó convencerse de que lo ocurrido había sido un sueño. Pero cada vez que miraba la fotografía de El Zanjón grababa al niño que había visto. Recordaba su voz, el camino de tierra y aquella respuesta sencilla que se le había quedado dando vueltas en la cabeza: "No está vacío".

Finalmente volvió a abrir el cuaderno.

Y regresó.

Cada fotografía parecía esconder una puerta. Clara comenzó a atravesarlas una por una. Viajó a los lugares que Ramón había anotado y descubrió cómo habían cambiado con el paso del tiempo. Vio calles de tierra se convirtieron en calles pavimentadas. Vio aparecer casas donde antes había monte. Vio crecer árboles y desaparecer otros. Vio vecinos conversando en las veredas, niños jugando, mujeres barriendo las entradas, hombres regresando del trabajo, carros avanzando lentamente por caminos que después serían atravesados ​​por autos y colectivos.

La ciudad estaba creciendo delante de sus ojos.  Pero Clara empezó a comprender algo que no había imaginado.  Cada regreso se llevaba algo.  Una casa. Un árbol. Una esquina. Un rostro. Una voz.

La transformación no ocurriría de golpe. Era más silenciosa. Un día algo todavía estaba allí. Después ya no. Una calle cambiaba de nombre. Una casa desaparecida. Un terreno se llenaba de construcciones. Una costumbre dejaba de repetirse. Y, poco a poco, aquello que había formado parte de la vida cotidiana comenzaba a parecer lejano.

La ciudad crecía, sí. Pero también iba dejando cosas atrás.

En uno de sus viajes, Clara llegó nuevamente frente a la casa de su abuelo. Era la misma casa, pero muchos años antes. Vio a Ramón cuando todavía era un niño. Vio a su padre. Vio el árbol que apareció en una de las fotografías. Vio la misma ventana que tantas veces había visto desde la vereda.

Entonces entendió por qué Ramón no podía hablar de aquella casa como si fuera simplemente una construcción.

Allí no había solamente paredes.  Había años.  Había personas.

Había conversaciones que ella nunca había escuchado. Había pasos que ya no podían volver. Había tardes que nadie podía recuperar.

Cuando regresó, fue directamente a buscar a su abuelo. 

C -¿Vos conociste El Zanjón cuando casi no había casas?

Ramón la miró en silencio.

-¿Quién te contó?

C - Voz.

Él sonrió.

- Sí.

C -¿Y sabes qué más vi?

Clara esperó.

- Vi la ciudad antes de que fuera como ahora.

Después de unos segundos, Clara preguntó:

- Vi tu casa cuando eras chico.

Ramón bajó la mirada. No dijo nada durante un momento.

- A veces pienso que uno pasa la vida tratando de recordar -dijo finalmente.

 -¿Para qué?

C - Para no perder del todo lo que ya se fue.

Desde entonces, Clara empezó a mirar a Santiago de otra manera. Ya no caminaba por una calle sin preguntarse qué había allí antes. Comenzó a fotografiar casas antiguas, a anotar nombres, a preguntar a los vecinos. Quería saber qué grababan. Quería juntar esas pequeñas historias antes de que desaparecieran con quienes todavía podían contarlas.

Sus amigos comenzaron a acompañarla.

Recorrieron Chumillo, El Zanjón, La Católica, 8 de Abril, Tala Pozo y Las Cejas. Encontraron nombres que habían cambiado, calles transformadas, casas que ya no existían. Pero también encontraron algo que seguía vivo en la memoria de la gente.

"Aquí estaba..."

"Por aquí pasábamos..."

"En esa esquina..."

"Mi padre vivía..."

"Cuando yo era chico..."

Cada frase parecía completar una parte de la ciudad que no aparecía en los mapas.

Clara comprendió entonces que una ciudad también podía existir en la memoria de quienes la habían vivido.

Pasaron los años.

La marca roja seguía sobre la pared de la casa de Ramón.

Hasta que llegó el día.

Clara estaba allí cuando las máquinas volvieron. Ramón también. Esta vez ninguno de los dos dijo nada. El ruido del motor rompió el silencio. La pala tocando la pared. Una parte de la casa pasó.

Clara cierra los ojos.

Pensó en El Zanjón cuando todavía no había calles como las conocía. Pensó en el niño que había sido su abuelo. Pensó en los árboles, en los caminos de tierra, en las casas que habían desaparecido mucho antes de que ella naciera. Pensó en todas aquellas cosas que alguna vez habían sido cotidianas y que ahora solo sobrevivían porque alguien las recordaba.

La pared cayó.

El polvo cubrió la vereda.

Ramón esperó unos segundos y después tomó la vieja caja de lata.

Se la entregó a Clara.

-Ahora es tuya.

Ella la recibió con ambas manos.

-¿Qué hago con ella?

Ramón la miró.

- Lo mismo que hizo mi padre.

C -¿Guardar todo?

R - No.

Hizo una pausa.

R -Contarlo.

Clara presionó la caja contra el pecho.

La casa podía caer. La calle podía cambiar. El barrio podía transformarse. Pero todavía quedaban las historias.

Muchos años después, Clara siguió conservando la caja de lata. El cuaderno de tapas negras estaba lleno de nuevas anotaciones. A los nombres que había escrito Ramón se habían sumado otros. Había fechas, fotografías, recuerdos y voces. Había historias de vecinos, nombres de calles, casas que ya no estaban y lugares que habían cambiado tanto que costaba reconocerlos.

Una tarde buscó la vieja fotografía de El Zanjón.

No la encontró.

Revisó la caja varias veces hasta que descubrió otra fotografía, escondida entre dos papeles. Era una calle de tierra. Había varios niños. Entre ellos estaba Ramón.

Clara observó la imagen durante un largo rato.

Después miró la pequeña piedra que todavía conservaba desde aquel primer viaje.

La inclinación entre los dedos.

Afuera, la ciudad seguía cambiando.

Había nuevas calles, nuevas casas, nuevos ruidos. Algunas cosas desaparecían mientras otras comenzaban. La ciudad no dejaba de avanzar.

Clara cerró el cuaderno.

Una ciudad puede cambiar de calles. Puede cambiar de nombres. Puede derribar sus casas. Puede crecer hasta no reconocerse. Pero mientras alguien recuerda sus historias, mientras alguien vuelve a pronunciarlas, mientras un niño pregunta cómo era el lugar antes de que él llegara, la ciudad no habrá desaparecido.

Solo estará esperando que alguien la vuelva a contar.

 


lunes, 7 de septiembre de 2026

Donde nace el agua: La boca toma olvidada del canal San Martin

 Los restos de un antiguo canal de riego asoman al sol santiagueño, conectando el presente con una historia del agua, el trabajo y la esperanza. Lo que fue un proyecto de principios del siglo XX ahora emerge como patrimonio de la ciudad, entre viviendas modernas y la orilla del río Dulce.


 

En Santiago del Estero, el agua siempre tiene historia.

Al pie del río Dulce, una excavadora remueve tierra y escombros cuando aparece algo inesperado: un viejo muro de ladrillos y compuertas de hierro. Es la antigua bocatoma de un canal que durante décadas llevó agua hacia las tierras de riego. Una estructura que había quedado olvidada vuelve ahora a quedar a la vista.

Ríos antiguos y acequias coloniales

La historia del riego santiagueño se remonta, al menos, a 1689. Para entonces, la villa ya contaba con un padrón de regantes: agricultores que aprovechaban los bañados del río Dulce para trabajar sus chacras.

Durante la época colonial, la ciudad se abasteció mediante la antigua acequia Municipal, luego llamada Real y finalmente Belgrano. El canal llegaba hasta el corazón de la ciudad y formaba parte de una infraestructura fundamental para una población que dependía del agua del río.

Aquellas primeras obras fueron dando forma, de manera lenta pero sostenida, al sistema de riego que después se extendería por buena parte de la región.

El canal San Martín: una obra decisiva

A comienzos del siglo XX, el crecimiento de Santiago del Estero planteaba una necesidad cada vez más evidente: hacía falta disponer de más agua y ampliar las tierras productivas.

En 1913, durante el gobierno de Antenor Álvarez, se puso en marcha una de las obras más importantes de ese período. La Ley Nacional Nº 460 dispuso la construcción de un canal desde el río Dulce, con toma en el paraje Tarapaya, hasta Villa San Martín. Eran más de 60 kilómetros destinados a llevar agua para el riego de extensas superficies.

La construcción del canal matriz comenzó a fines de 1913. Ingenieros y obreros trabajaron durante años hasta que, finalmente, el 23 de marzo de 1916, quedó habilitado para el servicio.

Con el tiempo llegaron nuevas obras. En 1940 se construyó el dique derivador Los Quiroga y, durante la década de 1950, el sifón que permitía atravesar el río Dulce. Estas incorporaciones modificaron el funcionamiento del sistema y la manera en que el agua llegaba a los canales San Martín y Municipal.

La antigua bocatoma dejó entonces de cumplir la función para la que había sido construida. Sin uso y expuesta al paso de los años, comenzó a deteriorarse. Poco a poco, quedó fuera de la vida cotidiana de la ciudad.

Entre la obra moderna y una estructura olvidada

Ahora, mientras la ciudad avanza con un nuevo barrio de unas 900 viviendas y se extiende la costanera norte junto al río, aquella estructura volvió a aparecer.

Los trabajos de limpieza realizados en el sector comprendido entre la toma de agua y la salida del viejo sifón dejaron al descubierto parte de la antigua construcción. Allí aparecieron las estructuras de mampostería, con sus compuertas de ladrillo y hierro y las almenas de contención.

Según explicó el ingeniero santiagueño Carlos Michaud, la bocatoma recibía el agua a través de un canal que llegaba desde El Deancito, ubicado unos 5 kilómetros aguas arriba. Durante los períodos de estiaje, el agua ingresaba por ese canal. Cuando el río crecía, en cambio, el caudal alcanzaba directamente la entrada de la bocatoma y socavaba sus bordes.

La estructura permite imaginar cómo funcionaba aquel sistema y, sobre todo, la importancia que tenía el manejo del agua en una ciudad asentada junto a un río, pero ubicada en un territorio donde disponer de ella nunca fue un asunto menor.

Los ladrillos y el hierro que hoy vuelven a quedar expuestos forman parte de esa historia. Son restos de una infraestructura que durante años permitió conducir el agua desde el río hacia las zonas de riego.

Una memoria que merece conservarse

El hallazgo también plantea una pregunta inevitable: ¿qué hacer con una estructura que forma parte de la historia de la ciudad?

Habitantes y especialistas ya impulsan la posibilidad de incorporar la antigua bocatoma al patrimonio cultural santiagueño. Preservarla permitiría conservar una parte de la historia de las obras hidráulicas que hicieron posible el desarrollo de la ciudad y de sus áreas productivas.

No se trata solamente de mantener unos viejos muros. La bocatoma permite entender cómo generaciones anteriores enfrentaron una necesidad concreta: captar, conducir y distribuir el agua en un territorio donde ese recurso siempre tuvo un valor fundamental.

Hoy la ciudad crece alrededor de aquella estructura. La costanera cambia, aparecen nuevas viviendas y la maquinaria sigue avanzando. Pero, debajo de esa transformación, permanece una parte de la infraestructura que durante décadas acompañó el crecimiento de Santiago del Estero.

La antigua bocatoma, después de tantos años, volvió a quedar a la vista. Y con ella reaparece una historia que estaba allí, a pocos metros del río Dulce, esperando ser reconocida.

Conservarla sería también conservar la memoria de una ciudad que aprendió, generación tras generación, a vivir y crecer alrededor del agua.

 


viernes, 4 de septiembre de 2026

Gran Santiago del Estero-La Banda: la ciudad que se reconstruye entre la historia y la desigualdad

Por Leyendas del Folclore Santiagueño

 

Un aglomerado que crece a contramano del orden

En el corazón del noroeste argentino, entre el río Dulce y la memoria de sus raíces rurales, el aglomerado Gran Santiago del Estero-La Banda sigue creciendo. Pero no lo hace de manera pareja ni ordenada. Su historia urbana está marcada por saltos, avances desiguales y distintas formas de ocupar el territorio.

Esta ciudad intermedia, con más de 400.000 habitantes, no solo crece en cantidad de población. También cambia su aspecto, se extiende más allá de sus límites originales y modifica sus antiguas tramas. Aparecen nuevos fragmentos urbanos que muchas veces no terminan de integrarse entre sí. Es, de alguna manera, una ciudad que se va expandiendo como un conjunto de islas, rodeadas por fuertes contrastes.

De plaza y damero: los orígenes fundacionales

Para entender cómo llegó hasta acá, hay que volver bastante atrás, hasta 1553. Ese año, don Francisco de Aguirre funda Santiago del Estero, considerada la ciudad más antigua de las ciudades argentinas.

Después de varios traslados provocados por las crecidas del río, en 1556 la ciudad se establece definitivamente en el lugar donde hoy se encuentra el Parque Aguirre. Su trazado era sencillo y práctico, siguiendo el modelo de las ciudades coloniales de la época: una plaza central rodeada por manzanas cuadradas. Allí se ubicaban los principales espacios del poder, con el Cabildo y la Iglesia como referencias de la vida civil y religiosa.

La Corona española llegó a reconocerla como la "Muy Noble y Leal Ciudad". Durante mucho tiempo, además, Santiago del Estero tuvo un papel estratégico. Desde aquí partieron procesos de fundación que dieron origen, posteriormente, a otras ciudades del norte y del centro del país.

 


Territorio y poder: establecer los límites

Con la autonomía provincial, en 1820 comienza otra etapa. Santiago del Estero empieza a definir con mayor claridad su territorio político y urbano.

Más adelante, la Constitución Nacional de 1853 y la Constitución provincial de 1856 aportan un nuevo marco jurídico. Hacia 1880 comienzan las primeras mensuras de tierras y las ventas fiscales destinadas a obtener recursos para financiar el Estado.

Mientras tanto, algo más estaba cambiando y tendría consecuencias profundas: llegaba el ferrocarril y comenzaba a regularizarse la propiedad de las tierras bajo riego. Poco a poco, la economía y la sociedad de la región empezaban a transformarse.

En 1891 ocurre un hecho decisivo. Un puente ferroviario permite unir por primera vez las dos márgenes del río Dulce. Santiago del Estero y La Banda empiezan así a acercarse físicamente y, aunque todavía nadie podía imaginarlo del todo, también comienzan a entrelazar su futuro urbano.

 


El tren y las chacras: los primeros signos del conurbano

La llegada del ferrocarril no significó solamente poder viajar más rápido. También cambió la forma de organizar y ocupar el territorio.

La Banda, formalmente fundada en 1912, comenzó a convertirse en un importante nodo ferroviario y productivo. Su crecimiento estuvo muy relacionado con el parcelamiento de antiguas estancias y, poco a poco, fue acercándose cada vez más a la capital.

Desde comienzos del siglo XX se trazaron nuevas calles, aparecieron villas y se creó la oficina de Catastro. También empezaron a reglamentarse los caminos rurales. El territorio, que hasta entonces tenía una fuerte impronta rural, comenzó a adquirir una estructura cada vez más urbana.

Y en 1927 llegó otro momento clave: la construcción del puente carretero Hipólito Yrigoyen terminó de consolidar la conexión física entre las dos ciudades.

A partir de entonces, Santiago y La Banda ya no podían pensarse completamente por separado. Empezaban a crecer como un mismo cuerpo urbano, aunque todavía sin un verdadero plan común.

 

Del peronismo a la vivienda social: urbanizar con el Estado

A partir de 1946, el impulso modernizador del peronismo trae consigo nuevos barrios obreros, obras públicas y una fuerte idea de progreso vinculada a la intervención del Estado.

Sin embargo, sería durante las décadas de 1960 y 1970 cuando esa intervención adquiriría todavía mayor importancia. La crisis agroindustrial y el déficit habitacional generaron una demanda creciente de viviendas y servicios.

En ese contexto aparecen los planes de vivienda social, entre ellos el FONAVI, que tendrían una influencia importante en la forma que fue tomando el paisaje urbano santiagueño durante las décadas siguientes.

Pero el crecimiento no dejó de presentar problemas. La ciudad continuó expandiéndose de manera desordenada y con una regulación desigual. Al mismo tiempo, los intereses privados fueron ganando peso en la producción y valorización del suelo urbano.

.Neoliberalismo, exclusión y ciudad fragmentada

Durante la década de 1990 comienza una nueva etapa. El modelo neoliberal deja huellas profundas en la estructura económica y social: privatizaciones, concentración económica y una creciente precarización.

La ciudad continúa creciendo, aunque lo hace de una manera cada vez más dispersa y desigual.

La expansión se orienta principalmente hacia el norte y el sur, siguiendo el eje marcado por el río Dulce. La vieja ciudad compacta empieza a perder protagonismo y aparece una configuración mucho más difusa.

Y junto con esa expansión también se profundizan las diferencias. La pobreza y la riqueza comienzan a ocupar espacios cada vez más alejados entre sí, como si la propia ciudad fuera dibujando sus fronteras sociales sobre el territorio.



Archipiélagos urbanos: entre country y asentamiento

A partir de 2015, esta transformación adquiere una imagen especialmente clara: la del archipiélago.

Por un lado, aparecen barrios cerrados de baja densidad. Por el otro, asentamientos informales que muchas veces carecen de servicios básicos. Entre unos y otros queda una ciudad cada vez más fragmentada, con espacios que crecen cerca, pero que no necesariamente se relacionan entre sí.

El contraste resulta difícil de ignorar. En 2017, el 45,4 % de la población del aglomerado se encontraba por debajo de la línea de pobreza. Al mismo tiempo, nuevas urbanizaciones destinadas a sectores de mayores ingresos comenzaron a ocupar la periferia sur, siguiendo modelos que ya se habían desarrollado en el Área Metropolitana de Buenos Aires.

Así, el territorio se convierte también en una expresión de las diferencias sociales.

 

Comparación de densidades y tipos de urbanización 

Una ciudad intermedia con problemas de ciudad grande

El caso del Gran Santiago del Estero-La Banda muestra algo que puede resultar llamativo: muchos de los problemas asociados tradicionalmente a las grandes ciudades también aparecen en ciudades intermedias.

La segregación, la fragmentación y la desigualdad llegan más tarde, quizá, pero no por eso tienen menor impacto.

Cuando el crecimiento urbano ocurre sin una planificación suficiente, cuando el mercado inmobiliario tiene una influencia desigual y cuando el Estado pierde capacidad para regular la producción del suelo, la ciudad termina partiéndose en distintos sectores.

Y hay algo más. Cada vez con mayor frecuencia, el lugar donde una persona vive termina condicionando sus posibilidades de acceso a servicios, infraestructura y mejores condiciones de vida.

¿Cómo imaginar el futuro urbano?

Mirar la historia de una ciudad no significa quedarse atrapado en el pasado. En este caso, sirve justamente para pensar qué puede ocurrir de aquí en adelante.

Entender cómo creció Santiago del Estero-La Banda, qué decisiones fueron tomadas, cómo influyeron las migraciones y de qué manera se fueron ocupando los espacios permite reconocer los problemas actuales con mayor claridad.

El desafío, entonces, no parece ser simplemente seguir urbanizando. La cuestión es cómo hacerlo mejor.

Santiago del Estero-La Banda necesita una urbanización que integre, que sea sostenible y que no deje a determinados sectores al margen. Una ciudad donde el acceso a una vivienda, a los servicios y a las oportunidades no dependa tanto del lugar donde cada persona tuvo la posibilidad de instalarse.

Porque la historia de esta ciudad muestra que crecer no siempre significa integrarse. Y quizás uno de los grandes desafíos del futuro sea, justamente, conseguir que esas partes que durante décadas fueron creciendo por separado puedan finalmente formar una ciudad más conectada y más justa.

Fuente principal:

Bonardi, V. J. J. (2025). Ensamblando partes de la historia: la re-construcción urbana del Gran Santiago del Estero-La Banda, una ciudad intermedia del noroeste argentino. Estudios Socioterritoriales, 36(1), 33-54.https://doi.org/10.37838/unicen/est.36-1-102

viernes, 14 de agosto de 2026

El gran sismo de 1817 que marcó la historia de la capital santiagueña

 


Por Leonardo Innamorato

Introducción

La madre naturaleza a veces sorprende con distintos fenómenos, y uno de ellos el más violento, destructivos y que más asustan: los terremotos y temblores. Dicho a madre naturaleza a veces nos sorprende con distintos fenómenos, y uno de ellos, suceso no solo forma parte de las efemérides de nuestra provincia, sino sirve además como un antecedente claro, en que, por esos caprichos de la naturaleza, los reacomodamientos de placas y el carácter imprevisible de tales fenómenos, nos es preciso resaltar una de las crónicas de esa época para describir lo acontecido en la ciudad capital de Santiago del Estero y sus alrededores.

La tierra tembló

Las crónicas de esa época relatan que siendo las 20.30 del viernes 4 de julio de 1817 cuando un destructor sismo, con epicentro a 32 Km al sudoeste de nuestra capital, sacudió la tranquila y apacible vida de las poco más de ocho mil almas que poblaban por aquel entonces la Madre de Ciudades.

El movimiento, llamado técnicamente proceso de licuefacción (1), provocó la destrucción de varios edificios como los templos de La Merced y Matriz (actual Catedral Basílica). El fuerte temblor que sacudió la ciudad con la fuerza de un verdadero terremoto, acabó de resquebrajar las paredes y techos de la Iglesia Matriz (Catedral), destruyendo la parte septentrional de la misma”, relata José Achával en su “Historia de la Iglesia de Santiago del Estero”. Dos años más tarde el techo terminaría por colapsar a causa del grave deterioro que sufrió durante el sismo. No se tardó en hacer un relevamiento las instituciones de esa época nos resaltan de daños totales y estructurales en los edificios coloniales de la ciudad; heridos y gente en estado de conmoción. No faltaron, además, las interpretaciones de los supersticiosos y hasta las interpretaciones del fin del mundo.

Los daños

El terrible sismo del 4 de julio tuvo réplicas que se repitieron hasta el 9 de julio por intervalos de cuatro horas. Se agrietaron casas, templos y edificios públicos, muchos de ellos desmoronados. Las actas capitulares así lo señalan: Explosiones de piedra y agua abrieron surcos en la tierra y los campos. Entre las ruinas, el vecindario temió una destrucción similar a la de Esteco y el Callao, aún presentes en la memoria popular.

También se vio reducida prácticamente a escombros la Iglesia La Merced, tras lo cual tuvo que ser reconstruida completamente. A causa de la destrucción de la Catedral, los oficios de la misma fueron trasladados a La Merced en el año 1823. Era la cuarta vez que el templo mayor era destruido por acción de la naturaleza o incendios. El quinto y actual templo se inauguró en 1877 durante la gestión de Don Manuel Taboada.

Según documentos históricos, el Instituto Nacional de Prevención Sísmica estima que el terremoto de 1817 tuvo una magnitud de 7º en la escala de Richter y una intensidad de VIII en la de Mercalli. Hay que aclarar que una escala mide el grado de intensidad del terremoto y la otra, el poder destructivo del mismo. Para tener una idea de la magnitud del temblor que afectó a Santiago cabe destacar que el último gran terremoto ocurrido en la Argentina el 23 de noviembre de 1977, con epicentro en la provincia de San Juan, alcanzó 7,4 grados en la escala de Richter.

La escala de Mercalli mide la intensidad de los efectos producidos por un terremoto. La escala tiene carácter subjetivo y varía de acuerdo con la severidad de las sacudidas producidas en un lugar determinado. Tiene en cuenta los daños causados en las edificaciones, los efectos en el terreno, en los objetos y en las personas. El grado VIII del terremoto de 1817 corresponde a la categoría de “destructivo”. Además, en la época las construcciones no estaban previstas para soportar terremotos puesto que la mayoría del caserío urbano era a base de adobe y de cimientos vulnerables. 

Durante un temblor de esta intensidad se hace difícil e inseguro el manejo de vehículos. Se producen daños de consideración y el derrumbe parcial en estructuras de albañilería bien construidas.

Conclusiones

Si bien, hay ya un antecedente que marcó a la ciudad capital, no hay que olvidarse también el último terremoto, el de 1997, pero que a opiniones de especialistas geólogos, sostienen que – ante la imprevisibilidad de dichos sucesos-  la actividad sísmica en Santiago del Estero la tenemos registrada superficialmente, en referencia a focos que generalmente se ubican entre los diez y treinta kilómetros al oeste del conglomerado Santiago-La Banda. Eso está determinado, particularmente en las sierras de Guasayán.

                                                                                    Licenciado en sociologia, UNSE.

(1) Licuefacción: paso de un componente u objeto, de un estado gaseoso a un estado líquido.

Notas

ACHAVAL, José Néstor (1993) “Historia de la Iglesia en Santiago del Estero: Siglos XIX y XX”, editorial UCSE, Santiago del Estero.

Actas capitulares de Santiago del Estero, 1817, 4 (1727 a 1833). Acta capitular del 11 de julio de 1817, Buenos Aires.

El liberal diario, “Entrevista al geólogo Juan Castellanos”, 21 de septiembre de 2017.

Disponible en la web: https://www.elliberal.com.ar/noticia/367729/geologo-revelo-provinciapodrian-darse-temblores-fuertes

NAVARRO, Carlos A. (2012) INPRES: "Sismicidad Histórica de la R.A." Argentina

PERUCCA Laura, PEREZ Ángel y NAVARRO Carlos (2006) “Fenómenos de licuefacción asociados a terremotos históricos”; su análisis en la evaluación del peligro sísmico en Argentina. Revista de la Asociación geológica argentina 61