lunes, 26 de octubre de 2026

La vida de los esclavos en Buenos Aires durante la Revolución de Mayo

 


Pensá en la Buenos Aires de la Revolución de Mayo. Seguramente te vengan a la cabeza las láminas escolares, con vendedores de velas sonrientes, damas con vestidos largos y caballeros de galera. Pero hay un dato que suele quedar afuera de esas imágenes: hacia 1810, alrededor de un tercio de la población porteña era negra o afrodescendiente.

No habían llegado en busca de un futuro mejor. Miles de hombres, mujeres y niños fueron arrancados de África y traídos a América por la fuerza, sometidos a la esclavitud. Trabajaron en las casas, los talleres y las calles de la ciudad, aunque su participación en la vida cotidiana quedó relegada durante mucho tiempo en los relatos tradicionales sobre los orígenes de la Argentina.

¿Cómo vivían esas personas? ¿Dónde dormían? ¿Qué comían? ¿De qué manera conseguían resistir en una sociedad que las trataba como propiedad?

De la bodega del barco a la plaza pública

El sufrimiento empezaba mucho antes de llegar a Buenos Aires. Muchos de los africanos esclavizados que desembarcaban en el Río de la Plata procedían de regiones que hoy forman parte de Angola, la República del Congo y Mozambique. Durante la travesía atlántica viajaban hacinados en las bodegas de los barcos, en condiciones extremas. Muchos morían antes de alcanzar la costa.

Quienes sobrevivían eran desembarcados y trasladados a los lugares donde se realizaban las inspecciones y las ventas. En Buenos Aires hubo distintos espacios vinculados con el comercio de personas esclavizadas, y la ubicación de esos establecimientos fue cambiando con el tiempo.

Una vez allí, los compradores examinaban a hombres y mujeres como si fueran animales: les revisaban los dientes, las manos y la musculatura. La edad, el estado físico y la capacidad de trabajar influían en el precio.

En el comercio esclavista se utilizaba la expresión «pieza de Indias» para establecer una unidad de valoración que tenía en cuenta características físicas y condiciones de salud. La persona quedaba reducida a una mercancía cuyo precio podía bajar por una enfermedad, una lesión o cualquier condición que el comprador considerara desfavorable.

Los avisos de los periódicos de la época muestran hasta qué punto esa práctica estaba integrada en la vida comercial de la ciudad. En el Correo de Comercio, por ejemplo, se publicó un anuncio de alguien que buscaba «una criada negra que sepa lavar, planchar con alguna perfección y coser». La destreza para realizar las tareas domésticas se convertía así en un criterio de compra.

La economía del abuso: ¿cuánto valía una vida?

En los primeros años del siglo XIX, el precio de una persona esclavizada podía alcanzar varios cientos de pesos, según su edad, su estado físico y el trabajo que pudiera realizar. El valor de un adulto joven y sano podía rondar los 250 pesos, mientras que en determinadas operaciones se pagaban sumas mayores.

La distancia entre ese precio y los ingresos de quienes trabajaban para sostenerse era enorme.

Una mujer esclavizada que vendía mazamorra por las calles podía recibir un cuartillo por porción, una suma muy pequeña. En algunos casos, quienes tenían permiso para trabajar por cuenta propia debían entregar una cantidad fija de dinero a sus amos. El resto, si quedaba algo después de cubrir sus gastos, podía servir para reunir el dinero necesario para comprar su libertad.

El camino era largo. Había que vender una cantidad enorme de porciones, guardar moneda por moneda y cumplir con las obligaciones impuestas por el dueño. Conseguir la libertad podía llevar años o décadas.

Algunas personas lograron reunir el dinero para emanciparse y después siguieron trabajando para ayudar a sus hijos o a otros familiares a obtener la libertad. En una sociedad que les negaba derechos básicos, ahorrar para dejar de pertenecer a otra persona era una forma concreta de cambiar el rumbo de sus vidas.

El motor invisible de la ciudad

La esclavitud en Buenos Aires tuvo características distintas de las grandes plantaciones de Brasil o del sur de Estados Unidos. En la ciudad, una parte considerable del trabajo esclavizado se desarrollaba en los hogares, los talleres y las actividades comerciales.

Las tareas eran numerosas. En las casas, hombres y mujeres cocinaban, limpiaban, cargaban agua desde el río, cuidaban animales y atendían a los niños. Algunas mujeres eran obligadas a amamantar a los hijos de sus amas, una práctica conocida como lactancia mercenaria cuando se realizaba mediante una contratación, aunque en condiciones de esclavitud no existía una elección libre.

En las calles había personas esclavizadas que trabajaban como zapateros, panaderos, sastres, sombrereros y vendedores ambulantes. Ofrecían velas, escobas, alimentos y otros productos que formaban parte de la vida cotidiana porteña.

En muchos casos, los amos alquilaban la fuerza de trabajo de las personas esclavizadas a terceros y se quedaban con una parte o con la totalidad de los ingresos. De ese modo, obtenían ganancias sin realizar ellos mismos el trabajo.

Detrás de la ciudad que las familias acomodadas mostraban en sus reuniones y paseos había una extensa red de trabajo forzado. Buena parte de las tareas que permitían mantener ese estilo de vida recaía sobre personas que no podían decidir libremente dónde trabajar ni disponer de su propio tiempo.

La orilla del río: trabajo y encuentro

Las lavanderas ocupaban un lugar habitual en las orillas del Río de la Plata. Llevaban hasta allí la ropa de las casas, la lavaban a mano y la extendían sobre el pasto o las piedras para que se secara. Era un trabajo agotador, sobre todo por el peso de las prendas mojadas y las largas horas de exposición al sol.

Pero la orilla también ofrecía algo que escaseaba en sus vidas: la posibilidad de encontrarse con otras personas en circunstancias parecidas.

Mientras esperaban que la ropa se secara, podían conversar, compartir noticias y tomar mate. En esos encuentros circulaban experiencias y se fortalecían vínculos que la esclavitud intentaba romper. El río era un lugar de trabajo, pero también un espacio de sociabilidad y de intercambio.

Esos momentos no borraban la explotación ni la vigilancia a la que estaban sometidas. Permitían, al menos durante un rato, compartir la vida con otros y construir relaciones más allá de las órdenes de sus amos.

¿Dónde dormían y qué comían?

Las condiciones de vivienda dependían de la casa y de las tareas que cada persona debía realizar. En muchas propiedades, los esclavizados dormían en habitaciones apartadas, ubicadas en los fondos o en dependencias de servicio. Eran espacios modestos, con escasa ventilación y poca privacidad.

La alimentación también variaba según las circunstancias. Podía incluir maíz, guisos y otros alimentos básicos. Entre los productos destinados a los sectores más pobres se encontraba el tasajo, carne salada y seca que se conservaba durante largos períodos y se exportaba, entre otros destinos, a las plantaciones de Brasil y Cuba.

La carne que llegaba a las mesas no era igual para todos. Mientras las familias acomodadas podían elegir entre distintos alimentos, quienes vivían sometidos a la esclavitud dependían de lo que sus amos les proporcionaran o de los recursos que consiguieran por su cuenta.

La distancia entre unos y otros se expresaba en la vivienda, la comida, el descanso y hasta en la posibilidad de formar una familia sin temor a que sus integrantes fueran separados.

Resistencia, candombe y control social

Frente a la violencia cotidiana, las comunidades africanas y afrodescendientes conservaron y transformaron prácticas culturales que les permitieron mantener vínculos con sus orígenes. El candombe ocupó un lugar destacado en esa vida comunitaria.

Los domingos y durante determinadas celebraciones, los tambores, los cantos y los bailes reunían a integrantes de distintas comunidades africanas. No se trataba simplemente de una forma de entretenimiento. Esas reuniones permitían transmitir conocimientos, sostener relaciones sociales y preservar expresiones culturales en una sociedad que pretendía someter todos los aspectos de sus vidas.

Décadas después, durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas, las celebraciones afroporteñas adquirieron una presencia visible en la ciudad. Rosas y miembros de su entorno asistieron a algunos de esos encuentros. Su relación con las comunidades afrodescendientes también formó parte de las estrategias políticas del rosismo, aunque no puede reducirse toda esa vida cultural a una maniobra de control.

Las autoridades podían tolerar determinadas celebraciones y, al mismo tiempo, vigilar a quienes participaban en ellas. La comunidad, por su parte, encontraba en esos espacios una manera de sostener sus prácticas y sus vínculos.

La legislación colonial establecía ciertas obligaciones para los propietarios, como proporcionar alimento, vestido y formación religiosa, y contemplaba límites a los castigos. Pero la existencia de esas normas no garantizaba que se cumplieran. Los malos tratos, los castigos físicos y los encierros formaban parte de la realidad de muchas personas esclavizadas.

Aun así, no todas aceptaron pasivamente esa situación. Hubo quienes recurrieron a los tribunales para denunciar abusos, reclamar bienes o exigir el cumplimiento de disposiciones testamentarias que les reconocían la libertad. Esos litigios muestran que, incluso dentro de un sistema profundamente desigual, algunas personas buscaron hacer valer los derechos que podían invocar ante la justicia.

La Asamblea del Año XIII y una libertad incompleta

En 1813, la Asamblea General Constituyente aprobó la llamada libertad de vientres. La medida estableció que los hijos de mujeres esclavizadas nacidos a partir de su sanción serían considerados libres.

Pero esa decisión no liberó a los adultos que ya estaban sometidos a la esclavitud. Tampoco significó que los niños alcanzaran de inmediato una autonomía plena.

Quienes eran conocidos como libertos debían permanecer bajo determinadas obligaciones de servicio durante su infancia y juventud. El régimen reglamentario fijó edades y condiciones para ese servicio, que fueron objeto de modificaciones posteriores. En la práctica, la libertad reconocida al nacer convivía con una fuerte dependencia respecto de los antiguos amos de sus madres.

La diferencia era decisiva: la medida limitaba la continuidad de la esclavitud por nacimiento, pero no desarmaba el sistema existente.

La abolición constitucional llegó mucho después. La Constitución de 1853 estableció que en la Confederación Argentina no habría esclavos, aunque la aplicación de esa disposición tuvo particularidades territoriales y políticas. Buenos Aires, que por entonces permanecía separada de la Confederación, incorporó el principio abolicionista a su orden constitucional en 1860.

Las huellas que siguen vivas

Si la población africana y afrodescendiente tuvo una presencia tan significativa en la Buenos Aires colonial, ¿por qué quedó relegada en tantos relatos sobre la historia argentina?

La respuesta no se encuentra en una sola causa. La participación de hombres negros en los ejércitos de la independencia y en los conflictos civiles, las epidemias, las condiciones de vida y los cambios demográficos contribuyeron a transformar esas comunidades. A eso se sumó la inmigración europea masiva de fines del siglo XIX y la consolidación de una narrativa nacional que presentó a la Argentina como un país predominantemente blanco y europeo.

Esa imagen simplificó el pasado y dejó en segundo plano la presencia africana y afrodescendiente, que nunca desapareció por completo.

Las huellas pueden rastrearse en distintos ámbitos. En el actual barrio porteño de Monserrat, la concentración histórica de población africana y afrodescendiente dio lugar a denominaciones populares vinculadas con los tambores y las reuniones comunitarias. En la música, las tradiciones afroporteñas participaron en procesos culturales complejos, entre ellos los que dieron forma al tango y al candombe rioplatense. Las influencias africanas en el tango son objeto de estudio y discusión, por lo que conviene reconocerlas sin atribuir el origen de todo el género a una sola tradición.

También persiste la evidencia de la ascendencia africana en la población argentina. Los estudios genéticos han identificado componentes de origen africano en distintos grupos de la sociedad, aunque los porcentajes varían según las muestras y las regiones estudiadas. La historia de esa presencia no puede reconstruirse únicamente a partir de la genética: también está en los documentos, las prácticas culturales y las experiencias de las comunidades.

Los afrodescendientes no fueron espectadores del nacimiento de la Argentina. Trabajaron en sus hogares y talleres, vendieron alimentos en sus calles, participaron en sus conflictos y defendieron sus vínculos familiares y culturales en condiciones de extrema desigualdad. Su presencia forma parte de la historia del país, aunque durante mucho tiempo haya ocupado un lugar secundario en la manera de contarla.

Podes conocer más detalles en el video original de YouTube: Cómo vivían los esclavos en Argentina Colonial.

 

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