Pensá en la Buenos Aires de la
Revolución de Mayo. Seguramente te vengan a la cabeza las láminas escolares,
con vendedores de velas sonrientes, damas con vestidos largos y caballeros de
galera. Pero hay un dato que suele quedar afuera de esas imágenes: hacia 1810,
alrededor de un tercio de la población porteña era negra o afrodescendiente.
No habían llegado en busca de un
futuro mejor. Miles de hombres, mujeres y niños fueron arrancados de África y
traídos a América por la fuerza, sometidos a la esclavitud. Trabajaron en las
casas, los talleres y las calles de la ciudad, aunque su participación en la
vida cotidiana quedó relegada durante mucho tiempo en los relatos tradicionales
sobre los orígenes de la Argentina.
¿Cómo vivían esas personas?
¿Dónde dormían? ¿Qué comían? ¿De qué manera conseguían resistir en una sociedad
que las trataba como propiedad?
De la bodega del barco a la plaza
pública
El sufrimiento empezaba mucho
antes de llegar a Buenos Aires. Muchos de los africanos esclavizados que
desembarcaban en el Río de la Plata procedían de regiones que hoy forman parte
de Angola, la República del Congo y Mozambique. Durante la travesía atlántica
viajaban hacinados en las bodegas de los barcos, en condiciones extremas.
Muchos morían antes de alcanzar la costa.
Quienes sobrevivían eran
desembarcados y trasladados a los lugares donde se realizaban las inspecciones
y las ventas. En Buenos Aires hubo distintos espacios vinculados con el
comercio de personas esclavizadas, y la ubicación de esos establecimientos fue
cambiando con el tiempo.
Una vez allí, los compradores
examinaban a hombres y mujeres como si fueran animales: les revisaban los
dientes, las manos y la musculatura. La edad, el estado físico y la capacidad
de trabajar influían en el precio.
En el comercio esclavista se
utilizaba la expresión «pieza de Indias» para establecer una unidad de
valoración que tenía en cuenta características físicas y condiciones de salud.
La persona quedaba reducida a una mercancía cuyo precio podía bajar por una
enfermedad, una lesión o cualquier condición que el comprador considerara
desfavorable.
Los avisos de los periódicos de
la época muestran hasta qué punto esa práctica estaba integrada en la vida
comercial de la ciudad. En el Correo de Comercio, por ejemplo, se publicó un
anuncio de alguien que buscaba «una criada negra que sepa lavar, planchar con
alguna perfección y coser». La destreza para realizar las tareas domésticas se
convertía así en un criterio de compra.
La economía del abuso: ¿cuánto
valía una vida?
En los primeros años del siglo
XIX, el precio de una persona esclavizada podía alcanzar varios cientos de
pesos, según su edad, su estado físico y el trabajo que pudiera realizar. El
valor de un adulto joven y sano podía rondar los 250 pesos, mientras que en
determinadas operaciones se pagaban sumas mayores.
La distancia entre ese precio y
los ingresos de quienes trabajaban para sostenerse era enorme.
Una mujer esclavizada que vendía
mazamorra por las calles podía recibir un cuartillo por porción, una suma muy
pequeña. En algunos casos, quienes tenían permiso para trabajar por cuenta
propia debían entregar una cantidad fija de dinero a sus amos. El resto, si
quedaba algo después de cubrir sus gastos, podía servir para reunir el dinero
necesario para comprar su libertad.
El camino era largo. Había que
vender una cantidad enorme de porciones, guardar moneda por moneda y cumplir
con las obligaciones impuestas por el dueño. Conseguir la libertad podía llevar
años o décadas.
Algunas personas lograron reunir
el dinero para emanciparse y después siguieron trabajando para ayudar a sus
hijos o a otros familiares a obtener la libertad. En una sociedad que les
negaba derechos básicos, ahorrar para dejar de pertenecer a otra persona era
una forma concreta de cambiar el rumbo de sus vidas.
El motor invisible de la ciudad
La esclavitud en Buenos Aires
tuvo características distintas de las grandes plantaciones de Brasil o del sur
de Estados Unidos. En la ciudad, una parte considerable del trabajo esclavizado
se desarrollaba en los hogares, los talleres y las actividades comerciales.
Las tareas eran numerosas. En las
casas, hombres y mujeres cocinaban, limpiaban, cargaban agua desde el río,
cuidaban animales y atendían a los niños. Algunas mujeres eran obligadas a
amamantar a los hijos de sus amas, una práctica conocida como lactancia
mercenaria cuando se realizaba mediante una contratación, aunque en condiciones
de esclavitud no existía una elección libre.
En las calles había personas
esclavizadas que trabajaban como zapateros, panaderos, sastres, sombrereros y
vendedores ambulantes. Ofrecían velas, escobas, alimentos y otros productos que
formaban parte de la vida cotidiana porteña.
En muchos casos, los amos
alquilaban la fuerza de trabajo de las personas esclavizadas a terceros y se
quedaban con una parte o con la totalidad de los ingresos. De ese modo,
obtenían ganancias sin realizar ellos mismos el trabajo.
Detrás de la ciudad que las
familias acomodadas mostraban en sus reuniones y paseos había una extensa red
de trabajo forzado. Buena parte de las tareas que permitían mantener ese estilo
de vida recaía sobre personas que no podían decidir libremente dónde trabajar
ni disponer de su propio tiempo.
La orilla del río: trabajo y
encuentro
Las lavanderas ocupaban un lugar
habitual en las orillas del Río de la Plata. Llevaban hasta allí la ropa de las
casas, la lavaban a mano y la extendían sobre el pasto o las piedras para que
se secara. Era un trabajo agotador, sobre todo por el peso de las prendas
mojadas y las largas horas de exposición al sol.
Pero la orilla también ofrecía
algo que escaseaba en sus vidas: la posibilidad de encontrarse con otras
personas en circunstancias parecidas.
Mientras esperaban que la ropa se
secara, podían conversar, compartir noticias y tomar mate. En esos encuentros
circulaban experiencias y se fortalecían vínculos que la esclavitud intentaba
romper. El río era un lugar de trabajo, pero también un espacio de sociabilidad
y de intercambio.
Esos momentos no borraban la
explotación ni la vigilancia a la que estaban sometidas. Permitían, al menos
durante un rato, compartir la vida con otros y construir relaciones más allá de
las órdenes de sus amos.
¿Dónde dormían y qué comían?
Las condiciones de vivienda
dependían de la casa y de las tareas que cada persona debía realizar. En muchas
propiedades, los esclavizados dormían en habitaciones apartadas, ubicadas en
los fondos o en dependencias de servicio. Eran espacios modestos, con escasa
ventilación y poca privacidad.
La alimentación también variaba
según las circunstancias. Podía incluir maíz, guisos y otros alimentos básicos.
Entre los productos destinados a los sectores más pobres se encontraba el
tasajo, carne salada y seca que se conservaba durante largos períodos y se
exportaba, entre otros destinos, a las plantaciones de Brasil y Cuba.
La carne que llegaba a las mesas
no era igual para todos. Mientras las familias acomodadas podían elegir entre
distintos alimentos, quienes vivían sometidos a la esclavitud dependían de lo
que sus amos les proporcionaran o de los recursos que consiguieran por su
cuenta.
La distancia entre unos y otros
se expresaba en la vivienda, la comida, el descanso y hasta en la posibilidad
de formar una familia sin temor a que sus integrantes fueran separados.
Resistencia, candombe y control
social
Frente a la violencia cotidiana,
las comunidades africanas y afrodescendientes conservaron y transformaron
prácticas culturales que les permitieron mantener vínculos con sus orígenes. El
candombe ocupó un lugar destacado en esa vida comunitaria.
Los domingos y durante
determinadas celebraciones, los tambores, los cantos y los bailes reunían a
integrantes de distintas comunidades africanas. No se trataba simplemente de
una forma de entretenimiento. Esas reuniones permitían transmitir conocimientos,
sostener relaciones sociales y preservar expresiones culturales en una sociedad
que pretendía someter todos los aspectos de sus vidas.
Décadas después, durante el
gobierno de Juan Manuel de Rosas, las celebraciones afroporteñas adquirieron
una presencia visible en la ciudad. Rosas y miembros de su entorno asistieron a
algunos de esos encuentros. Su relación con las comunidades afrodescendientes
también formó parte de las estrategias políticas del rosismo, aunque no puede
reducirse toda esa vida cultural a una maniobra de control.
Las autoridades podían tolerar
determinadas celebraciones y, al mismo tiempo, vigilar a quienes participaban
en ellas. La comunidad, por su parte, encontraba en esos espacios una manera de
sostener sus prácticas y sus vínculos.
La legislación colonial
establecía ciertas obligaciones para los propietarios, como proporcionar
alimento, vestido y formación religiosa, y contemplaba límites a los castigos.
Pero la existencia de esas normas no garantizaba que se cumplieran. Los malos tratos,
los castigos físicos y los encierros formaban parte de la realidad de muchas
personas esclavizadas.
Aun así, no todas aceptaron
pasivamente esa situación. Hubo quienes recurrieron a los tribunales para
denunciar abusos, reclamar bienes o exigir el cumplimiento de disposiciones
testamentarias que les reconocían la libertad. Esos litigios muestran que, incluso
dentro de un sistema profundamente desigual, algunas personas buscaron hacer
valer los derechos que podían invocar ante la justicia.
La Asamblea del Año XIII y una
libertad incompleta
En 1813, la Asamblea General
Constituyente aprobó la llamada libertad de vientres. La medida estableció que
los hijos de mujeres esclavizadas nacidos a partir de su sanción serían
considerados libres.
Pero esa decisión no liberó a los
adultos que ya estaban sometidos a la esclavitud. Tampoco significó que los
niños alcanzaran de inmediato una autonomía plena.
Quienes eran conocidos como
libertos debían permanecer bajo determinadas obligaciones de servicio durante
su infancia y juventud. El régimen reglamentario fijó edades y condiciones para
ese servicio, que fueron objeto de modificaciones posteriores. En la práctica,
la libertad reconocida al nacer convivía con una fuerte dependencia respecto de
los antiguos amos de sus madres.
La diferencia era decisiva: la
medida limitaba la continuidad de la esclavitud por nacimiento, pero no
desarmaba el sistema existente.
La abolición constitucional llegó
mucho después. La Constitución de 1853 estableció que en la Confederación
Argentina no habría esclavos, aunque la aplicación de esa disposición tuvo
particularidades territoriales y políticas. Buenos Aires, que por entonces
permanecía separada de la Confederación, incorporó el principio abolicionista a
su orden constitucional en 1860.
Las huellas que siguen vivas
Si la población africana y
afrodescendiente tuvo una presencia tan significativa en la Buenos Aires
colonial, ¿por qué quedó relegada en tantos relatos sobre la historia
argentina?
La respuesta no se encuentra en
una sola causa. La participación de hombres negros en los ejércitos de la
independencia y en los conflictos civiles, las epidemias, las condiciones de
vida y los cambios demográficos contribuyeron a transformar esas comunidades. A
eso se sumó la inmigración europea masiva de fines del siglo XIX y la
consolidación de una narrativa nacional que presentó a la Argentina como un
país predominantemente blanco y europeo.
Esa imagen simplificó el pasado y
dejó en segundo plano la presencia africana y afrodescendiente, que nunca
desapareció por completo.
Las huellas pueden rastrearse en
distintos ámbitos. En el actual barrio porteño de Monserrat, la concentración
histórica de población africana y afrodescendiente dio lugar a denominaciones
populares vinculadas con los tambores y las reuniones comunitarias. En la
música, las tradiciones afroporteñas participaron en procesos culturales
complejos, entre ellos los que dieron forma al tango y al candombe rioplatense.
Las influencias africanas en el tango son objeto de estudio y discusión, por lo
que conviene reconocerlas sin atribuir el origen de todo el género a una sola
tradición.
También persiste la evidencia de
la ascendencia africana en la población argentina. Los estudios genéticos han
identificado componentes de origen africano en distintos grupos de la sociedad,
aunque los porcentajes varían según las muestras y las regiones estudiadas. La
historia de esa presencia no puede reconstruirse únicamente a partir de la
genética: también está en los documentos, las prácticas culturales y las
experiencias de las comunidades.
Los afrodescendientes no fueron
espectadores del nacimiento de la Argentina. Trabajaron en sus hogares y
talleres, vendieron alimentos en sus calles, participaron en sus conflictos y
defendieron sus vínculos familiares y culturales en condiciones de extrema
desigualdad. Su presencia forma parte de la historia del país, aunque durante
mucho tiempo haya ocupado un lugar secundario en la manera de contarla.
Podes conocer más detalles en el
video original de YouTube: Cómo vivían los esclavos en Argentina Colonial.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario