sábado, 31 de octubre de 2026

Grandeza y decadencia de Santiago del Estero: La tierra que devora a sus hijos

A partir del ensayo de Orestes Di Lullo (1897-1987)  Grandeza y decadencia de Santiago del Estero .



La tierra que no tiene paisaje

Quien recorre Santiago del Estero, arranca Orestes Di Lullo, tiende a restaurarle importancia. "Ni siquiera tiene paisaje". Ancha, muda, soledosa. Esa pasividad, sin embargo, es un embrujo.

Para Di Lullo - médico, historiador y ensayista central de la santiagueñidad - esa tierra es la protagonista. No son los hombres que hacen la tierra. Es la tierra la que hace a los hombres. Una tierra hecha de extremos: "llanuras y bosques, serranías, esteros y salitrales, verdes lujuriosos y verdes secos; inundaciones y sequías espantosas; fríos siberianos y calorías africanas".

De ahí sale su teoría. Santiago vive en ciclos de acción e inacción, de grandeza y decadencia, de empecinamiento y decepción. Y nada explica mejor al santiagueño que el lazo con esa madre tierra. Lo dice el propio Di Lullo: "Hay una simbiosis entre la tierra y el hombre que convive en ella. Hay un cordón umbilical que va de la madre al hijo".

El Siglo de Oro: Madre de Ciudades

Mediados del siglo XVI. Llegan las corrientes de la conquista: Diego de Rojas, Juan Núñez de Prado, Francisco de Villagrán, Francisco de Aguirre. Por un designio extraño, como lo define Di Lullo, todas confluyen en Santiago. En 1553 se fundó la ciudad que será madre de ciudades.

El dato que rescata es contundente: en 1562, en todo el territorio que hoy es el país, solo queda en pie Santiago del Estero. Londres, Cañete y Córdoba del Calchaquí habían desaparecido. ¿Por qué resistir? Porque, en su tesis, "fue el resultado de un acto de fe". Cuatro veces trasladada. Nunca abandonada.

De su vientre salen Esteco, Madrid de las Juntas, Talavera, San Miguel de Tucumán, Córdoba, La Rioja, Salta, Jujuy. "Toda una maternidad inagotable. Pero cada fundación que promueve, con hombres y pertrechos, suyos, es una sangría de su propia vida. Muere un poco cada vez, pero cumple su destino".

Ese es el siglo de oro, de la fundación hasta fines del XVII. Santiago concentra la primera Catedral del país —donde, nota Di Lullo, se habría consagrado incluso Francisco de Borja—, el primer Seminario, las primeras escuelas de latín y gramática, las primeras bibliotecas importantes como las del Obispo Trejo y el Deán Salcedo. Por allí desfilan Barzana, Victoria, Solano, y cronistas como Lizárraga y Rojas de Oquendo.

La base material es el obraje. Di Lullo marca un contraste que va a sostener todo el ensayo: "El indio en el obraje de antaño era encerrado, pero vivía en comunidad. Trabajaba, pero amparado por una legislación humana". Habla de las Ordenanzas de Alfaro —para él, "la primera legislación obrera y social del país"—, de las Cédulas Reales del 17 de octubre de 1612 y del 3 de octubre de 1614, y de la Junta de Reclamos del 14 de julio de 1664, que regulaba jornales, precio de subsistencias y 40 días pagos para que el indio atendiera su propia sementera.

La estancia colonial es un "vasto taller": carne salada, cuero, jabón con lejía de jumi, velas de sebo, quesos, vino, aloja, dulces de fruta silvestre. Y todo regido por una pedagogía mítica. El Sachayoj, deidad del bosque, "castigando al que cortaba más árboles de los necesarios". El Pampayoj, el Mayumaman, el Orkomaman. Equilibrio entre lo material y lo espiritual.

La noche larga: 1699, el despojo

El quiebre tiene fecha: 1699. Acaba de levantarse la cuarta Iglesia Matriz ya Santiago le quitan el centro eclesiástico. La Catedral se traslada a Córdoba. Con ella se va el Seminario. "Fue la capital del Tucumán y dejó de serlo. Quedó inerme, expoliada, sin derechos y la vida de la población enmudeció de estupor".

Empieza lo que Di Lullo llama "la gran noche de su historia": el siglo XVIII, el siglo de los fortines y la decadencia material. Santiago queda para poner sangre en la frontera, de Jujuy a Córdoba, asegurando los caminos que ella misma había abierto.

El golpe final es la expulsión de los jesuitas en 1767 —el texto mecanografiado trae 1787 por errata—. "Se rompió nada menos que la unidad de la colonia, la única incipiente vertebración que poseíamos". Mil volúmenes de biblioteca, casas, estancias, talleres, esclavos. Todo "quedó en manos de las temporalidades" y fue saqueado.

De esa oscuridad, sin embargo, salen tres rebeldes que Di Lullo rescata:

Sor María Antonia de la Paz y Figueroa. Santiagueña, en 1779 forma "la más grande de las milicias espirituales" y recorre a pie las provincias hasta Buenos Aires para desafiar a Carlos III. Di Lullo consigna que el 8 de agosto de 1917 Benedicto XV firmó el decreto para introducir su causa. Serie la primera santa argentina.

Juan Francisco Borges, precursor de la autonomía.

Juan Felipe Ibarra, campeón del federalismo.

El espejismo del progreso: del 67 al 82

El XIX encuentra un exangüe de Santiago. Hay dos respiros.

El primero es político. Cabildo del 25 de junio de 1810. Di Lullo apunta un detalle que otros dejan pasar: "La proclama del Cabildo de Santiago de 1810, dictada por Borges, es la única que no habla de los derechos de Fernando VII ni de la Madre Patria". Es la voz más radical de Mayo. Después vienen Potosí, Huaqui, Las Piedras, Salta y Tucumán; los pedidos urgentes de reservas en 1814 para la Ciudadela, en 1816 por intermedio de Lacarra, en 1817 por el general Álvarez y en 1819 por el Ejército Auxiliar.

El segundo respiro es económico y tarda en llegar. En 1867 termina la lucha fratricida con la Batalla de Vargas. "Los soldados regresan al lar nativo. El campo se puebla de vida". Llegan la mensajería, el correo, el telégrafo. Para esa época, anota Di Lullo, hay diez ingenios azucareros y más de cien molinos harineros, algunos a vapor.

La estancia vuelve a ser centro. Cita al viajero Hutchinson, que sobre una estancia santiagueña "dijo que no había conocido otro mejor. Y venía dicho autor de Buenos Aires, pasando por Santa Fe y Córdoba".

Entre 1872 y 1882 el esfuerzo productor se multiplica. Llegan Jacques, Groussac, Vella, Saint Germes, Bruchman, Cánepa, Mac Lean, Schafer, Traine, Oberlander, De Mitri y cien más. Se fundan bancos. "Circulaba el dinero a raudales. Las tierras decuplicaron su valor". Faltaba solo el ferrocarril.

El ferrocarril: la estocada final

Acá está la denuncia más dura de Di Lullo.

La primera línea no une los pueblos prósperos que ya existían - Loreto, Atamisqui o Soconcho, Salavina, Sumampa, Matará, Silípica, Figueroa, Guasayán, Río Hondo - sino que "cruzó zonas áridas y desérticas" por "arbitrarias razones especulativas". Los pueblos nuevos, fundados a la vera del riel, "se encontraron de pronto sin agua".

Sin agua, la única riqueza a mano era el bosque. "Ahí estaba, cercano, el bosque impenetrable. Árboles corpulentos formados en el transcurso de siglos". 

Comienza la devastación.

Di Lullo da números que para su época son brutales: de 6.500.000 hectáreas del mejor quebracho del mundo quedan 500.000, "sin beneficio alguno". A 50 pesos la tonelada de ganancia para el obrajero, calcula, "éste habría sacado de la provincia la cantidad de cinco mil millones de pesos. Igual suma habría ingresado a las empresas ferroviarias por concepto de flete".

El progreso se invierte. "En pocos años desaparecen las grandes curtiembres santiagueñas, algunas de las cuales curtían de 20 a 30 mil suelas por año. Los cueros iban en bruto a Norteamérica, Inglaterra o Francia y regresaban curtidos para desalojar a los de plaza. Los rollizos de quebracho eran exportados para la fabricación del tanino. Nuestras maderas se quemaban para hacer carbón, mientras importábamos maderas para la construcción". La frase final es seca: "Fuimos despojados de todo lo noble, hasta que quedamos exhaustos y abarrotados de chafalonías".

El régimen de trabajo es peor que el colonial: "En el obraje actual el paria trabaja para vivir esclavizado, para no morir". Y deja la tesis política del ensayo: "Más que explotación forestal, esta industria debería llamarse explotación humana".

De ahí al éxodo hay un paso. "El éxodo del santiagueño a los obrajes fue una sangría de material humano apto para la agricultura o la ganadería. Se agudizó el problema con la emigración a las cosechas de Tucumán, Córdoba y Santa Fe, y actualmente también al Chaco y Buenos Aires, adonde acude ahora no solamente el hombre sino también la mujer. Esta hemorragia de brazos se ha convertido a la provincia en un vasto vivero humano".

El quebracho y el santiagueño

Di Lullo cierra con su metáfora telúrica y una periodización por ciclos de 50 años: mediados del XVI, conquista y población; fines del XVII, realizaciones materiales, morales y espirituales, el siglo de oro; el XVIII, "el peor ciclo de su historia. Es la pérdida de toda ilusión y de toda esperanza. Es el despojo y el vejamen"; el XIX, hegemonía y organización nacional.

Y deja una imagen que resume todo: el quebracho.

"Reparad, finalmente, en la tierra del santiagueño, sin paisaje ostensible, porque él está dentro de su alma y en esta tierra, un árbol, el quebracho, una variedad que sólo en los precisos términos de la provincia se da y nunca en otra parte del mundo; una variedad que es el símbolo de la permanencia, de la resistencia, del empecinamiento, de la pertinacia: una especie vegetal que une un siglo con otro a través de la historia, que se eleva de la tierra y tardíamente da flores y frutos y en él se reconoce el santiagueño, porque ambos son eternos el quebracho por duro y el santiagueño por esa condición elástica, proteiforme, soslayada, evasiva, mimética de su alma, blandura en fin que es su dureza".

Esa blandura dura es la clave. El santiagueño, dice Di Lullo, ha vivido entre el "facilismo" de una naturaleza pródiga y la "necesidad" que impone una naturaleza inclemente. Entre esos dos polos, "de equilibrios sobre la cuerda floja de la 'ocasión'". Una palabra que, concluye, "tiene significado de destino en esta vida ancha y estrecha del santiagueño (ancha por dentro y estrecha por fuera)".

Cuatro siglos de emigrar, volver, morir en la guerra y renacer del bosque. A mediados del siglo XX, cuando escribe, el hombre está frente a su destino y el éxodo ya no alcanza. Le queda una última transformación: "Puesto en trance, por la necesidad, dejará salir sus deseos reprimidos, su pena derrotada, sus anhelos inflorecidos y caducos. Romperá sus limitaciones y aquel fondo proceloso y ancestral se volcará como las crecidas impetuosas de sus ríos mansos".

Entre las referencias que estos mencionan se encuentra un trabajo publicado en la revista Ampurias, Barcelona, ​​tomo 35, 1973, páginas 255 a 260, titulado “La expedición de Diego de Rojas al Noroeste Argentino y sus derivaciones hacia los estudios arqueológicos”. También se han utilizado las referencias a Pedro de Angelis y Adán Quiroga que aparecen en el material, aunque los documentos no precisan los títulos de las obras correspondientes.

Para los episodios de la marcha, las prácticas medicinales indígenas y los conflictos internos de la expedición, el material cita la crónica de Pedro Gutiérrez de Santa Clara, conocida como Historia de las guerras más que civiles que hubo en el Reino del Perú o Quinquenarios. Se menciona asimismo el testimonio del soldado Diego Fernández sobre el episodio de la ciénaga. Algunas versiones de los hechos presentan diferencias, especialmente en cuanto al lugar exacto de la herida que provocó la muerte de Rojas.

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