Hay postales que resumen a la
perfección las contradicciones de la época. En los últimos años, el mate dejó
de ser solo esa excusa cotidiana con la que nos reconocemos a los argentinos en
cualquier rincón del mundo y se transformó en una tendencia global. De la mano
de futbolistas de primera línea, creadores de contenido de vida sana y tiendas
orgánicas en Berlín, Nueva York o Tokio, la infusión se promociona como un
superalimento repleto de antioxidantes. Se exporta a más de veinte países y no
para de sumar adeptos en el Norte Global. Pero a millas de kilómetros de las
cafeterías donde sirven yerba en recipientes de diseño, la realidad de quienes
la cosechan no entra en ningún folleto publicitario.
En Misiones, el corazón de la
producción yerbatera junto con Corrientes, el contraste golpea. De un lado está
el volumen de ventas al exterior; del otro, la precariedad con la que se junta
la hoja en el campo.
El primer eslabón, a la sombra
Detrás de cada ronda de mates
está el tarefero. La tarefa —la recolección manual de las hojas— se sigue
haciendo prácticamente igual que hace un siglo.
La rutina empieza de madrugada. A
las cuatro de la mañana, los cosecheros suben a la caja de camiones viejos para
meterse por caminos de tierra roja hacia los yerbales. Por delante les quedan
diez o doce horas de trabajo a pleno sol o bajo la humedad agobiante del monte.
Cosechan a mano, juntan las ramas y arman las "ponchadas": bultos de
yerba recién cortadas que cargan sobre la espalda y que pueden pesar entre 100
y 130 kilos.
Ese esfuerzo diario pasa factura
rápido. Columnas desviadas, desgaste articular prematuro y secuelas por
accidentes de trabajo —incluidas amputaciones en los secaderos o durante el
corte de la planta— son marcas habituales en los cuerpos de los cosecheros. A
eso se le suma la inestabilidad laboral. En la región trabajan unos 18.000
tareferos, pero entre los gremios y las organizaciones sociales coinciden en
que la cifra real es bastante mayor debido al empleo no registrado.
Trabajan únicamente entre cuatro
y seis meses al año, durante la zafra. El resto del tiempo quedan desocupados y
sin ningún tipo de ingreso formal. En barrios como 100 Hectáreas, en las
afueras de Oberá, viven familias enteras que llevan tres o cuatro generaciones
dedicadas a la tarefa, muchas veces en casas precarias y sin acceso regular a
agua potable ni luz eléctrica.
Desregulación y el costo del hilo
más delgado
La situación se volvió más
compleja con los cambios recientes en la política agroindustrial.
Históricamente, el cultivo en Misiones dependió de una red de más de 13.000
pequeños y medianos productores, muchos de ellos descendientes de los
inmigrantes europeos que poblaron la provincia a comienzos del siglo XX.
Sin embargo, la desregulación del
sector y la eliminación de los precios de referencia para la hoja verde
desequilibraron la negociación. Con el valor liberado al juego del mercado, las
grandes industrias secadoras y los molinos imponen precios más bajos. En esa
cadena, el ajuste siempre cae sobre el eslabón más débil: si el pequeño
productor cobra menos por kilo de hoja verde, lo primero que se recorta o se
congela frente a la inflación es la paga a destajo del tarefero.
Es la misma distorsión que se ve
en otros mercados agrícolas globales, como el del café en Centroamérica o el
cacao en África. El producto final gana estatus y precio en las góndolas
internacionales, pero ese valor agregado nunca baja hasta el trabajador rural
que lo cosecha.
Una cuenta que no cierra
El crecimiento de la yerba mate
en el exterior impone un debate indispensable. Hoy el consumidor internacional
busca saber de dónde viene lo que toma y exige producción sostenible y trabajo
justo. Seguir vendiendo una imagen de bienestar y tradición sustentada en el
desgaste físico no registrado de millas de familias misioneras no solo es
injusto: a la larga tampoco es sostenible.
Cada vez que cebamos un mate,
sostenerlo es fácil. Lo difícil es no pensar en los bultos de 130 kilos que
todavía se cargan a pulso en la selva para que esa yerba llegue a la mesa.
Fuente elpais.com

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