sábado, 17 de octubre de 2026

El pulso de la tierra y los lujos del espíritu: Cuando Atahualpa Yupanqui abrió las puertas de su casa



Hay entrevistas que son simples cuestionarios y hay otras que funcionan como una máquina del tiempo. Eso es lo que ocurre al asomarse a una charla inédita grabada en Buenos Aires en abril de 1979, donde el periodista dorreguense Eduardo Reyes logró sentar un charlar a Don Atahualpa Yupanqui. Lejos del mito bronceado que imponen los escenarios gigantescos, el folklorista se muestra allí en pantuflas, por decirlo de algún modo: reflexivo, generoso con las palabras y con esa mirada honda que solo tienen los que han caminado cada rincón del país sabiendo mirar sin prisa.

Entre taxistas de Buenos Aires y templos medievales en Europa

La charla arranca desmitificando distancias. Yupanqui venía de pasar una temporada larga en la Argentina, demorando sus compromisos en España y México, y contaba con una sonrisa algo socarrona cómo lo trataba el público. Lejos de ser el artista intocable, recordaba anécdotas cotidianas con la calidez del hombre de a pie: subirse a un taxi en Buenos Aires para ir a buscar un libro de Borges a la calle Florida, y que el chofer, al reconocerlo, se negará a cobrarle el viaje tras hacer ocho kilómetros hasta Palermo.

Pero lo curioso es cómo ese andar por el mundo lo llevaba a encontrar similitudes insospecchadas. Radicado gran parte de su tiempo en Europa, Yupanqui contaba cómo llevaba su arte a pueblitos perdidos de la Bretaña o la Normandía francesa, lugares sin cines ni teatros donde los recitales se armaban directamente en iglesias románicas, con el permiso del cura y la condición de tocar música instrumental y vidalas que no rompieran el clima del templo. Y allí, entre productores de queso camembert y artesanos de la madera, se encontraban al "paisano" europeo: ese trabajador rudimentario que, a pesar de la dureza de las tareas del campo, guardaba en sus manos la paciencia y el pulso necesarios para la artesanía fina. Para Atahualpa, eso eran los "lujos del espíritu paisano": saber hacer cosas bellas con las manos después de haber empuñado el arado o bregado con la bestia.

El galope sin herraduras y la leyenda del paisano errante

Hacia el tramo más entrañable de la charla, la música y la memoria de la infancia se cruzan de golpe. Inevitablemente, al hablar de los ritmos del campo, Yupanqui rescata el sonido más cautivante y misterioso de su niñez pampeana: el galope lento y tendido de un caballo en la noche.

De ahí brota el recuerdo de una leyenda que le contaba su padre en los pagos de Pehuajó: la historia del Paisano Errante. Aquel joven que, tras una ofensa imperdonable a su madre, recibió una maldición campera: vagar por los caminos de la noche al tranco de su caballo, con la pena de que se le rompiera la guitarra y nunca más encontrara sosiego. Para el músico, aquel eco lejano en la oscuridad de los campos no era un relato terrorífico, sino una presencia que invitaba a pensar en los grandes misterios de la llanura.

Los payadores como los primeros periodistas de la Pampa

Defensor acérrimo de la tradición por sobre el mero efecto comercial, Yupanqui también se hizo un tiempo para reivocar la figura del payador. Lejos de verlo solo como un cantor dotado, lo definió con una precisión hermosa: el primer periodista que tuvo la Pampa.

En tiempos donde las noticias tardaban semanas en llegar, era el juglar a caballo quien recorría los pueblos llevando las novedades de lo que pasaba en los pagos vecinos: inundaciones, duelos criollos o historias de caminos. Un oficio emparentado con los viejos juglares europeos del medioevo, que adaptaba su ingenio mental a la rima estricta de la décima mientras la noche comenzaba a cerrarse sobre el horizonte.

El canto para la tradición y no para el disco

Hacia el final, la charla deja una advertencia que el tiempo se convertiría en profecía. Recordando una caminata por Buenos Aires junto al insigne musicólogo Carlos Vega, Atahualpa rescataba una frase lapidaria al escuchar a un grupo joven muy pintón pero vacíos de raíz: “Qué lástima que canten para el disco y no para la tradición”.

Para Yupanqui, el folclore no era un museo estático, pero sí exigía un respeto reverencial. Acercarse a la música de raíz era, en sus propias palabras, ingresar a un templo. Una lección de humildad, memoria y consecuencia que, a décadas de aquella grabación conservada por el Archivo Audiovisual de Coronel Dorrego, sigue resonando con la fuerza de un clarín en medio del monte.

Fuente: Entrevista a Atahualpa Yupanqui (1979) - Archivo Audiovisual de Coronel Dorrego.

 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario