Hay entrevistas que son simples
cuestionarios y hay otras que funcionan como una máquina del tiempo. Eso es lo
que ocurre al asomarse a una charla inédita grabada en Buenos Aires en abril de
1979, donde el periodista dorreguense Eduardo Reyes logró sentar un charlar a
Don Atahualpa Yupanqui. Lejos del mito bronceado que imponen los escenarios
gigantescos, el folklorista se muestra allí en pantuflas, por decirlo de algún
modo: reflexivo, generoso con las palabras y con esa mirada honda que solo
tienen los que han caminado cada rincón del país sabiendo mirar sin prisa.
Entre taxistas de Buenos Aires y
templos medievales en Europa
La charla arranca desmitificando
distancias. Yupanqui venía de pasar una temporada larga en la Argentina,
demorando sus compromisos en España y México, y contaba con una sonrisa algo
socarrona cómo lo trataba el público. Lejos de ser el artista intocable,
recordaba anécdotas cotidianas con la calidez del hombre de a pie: subirse a un
taxi en Buenos Aires para ir a buscar un libro de Borges a la calle Florida, y
que el chofer, al reconocerlo, se negará a cobrarle el viaje tras hacer ocho
kilómetros hasta Palermo.
Pero lo curioso es cómo ese andar
por el mundo lo llevaba a encontrar similitudes insospecchadas. Radicado gran
parte de su tiempo en Europa, Yupanqui contaba cómo llevaba su arte a pueblitos
perdidos de la Bretaña o la Normandía francesa, lugares sin cines ni teatros
donde los recitales se armaban directamente en iglesias románicas, con el
permiso del cura y la condición de tocar música instrumental y vidalas que no
rompieran el clima del templo. Y allí, entre productores de queso camembert
y artesanos de la madera, se encontraban al "paisano" europeo: ese
trabajador rudimentario que, a pesar de la dureza de las tareas del campo,
guardaba en sus manos la paciencia y el pulso necesarios para la artesanía fina.
Para Atahualpa, eso eran los "lujos del espíritu paisano": saber
hacer cosas bellas con las manos después de haber empuñado el arado o bregado
con la bestia.
El galope sin herraduras y la
leyenda del paisano errante
Hacia el tramo más entrañable de
la charla, la música y la memoria de la infancia se cruzan de golpe.
Inevitablemente, al hablar de los ritmos del campo, Yupanqui rescata el sonido
más cautivante y misterioso de su niñez pampeana: el galope lento y tendido de
un caballo en la noche.
De ahí brota el recuerdo de una
leyenda que le contaba su padre en los pagos de Pehuajó: la historia del Paisano
Errante. Aquel joven que, tras una ofensa imperdonable a su madre, recibió
una maldición campera: vagar por los caminos de la noche al tranco de su
caballo, con la pena de que se le rompiera la guitarra y nunca más encontrara
sosiego. Para el músico, aquel eco lejano en la oscuridad de los campos no era
un relato terrorífico, sino una presencia que invitaba a pensar en los grandes
misterios de la llanura.
Los payadores como los primeros
periodistas de la Pampa
Defensor acérrimo de la tradición
por sobre el mero efecto comercial, Yupanqui también se hizo un tiempo para
reivocar la figura del payador. Lejos de verlo solo como un cantor dotado, lo
definió con una precisión hermosa: el primer periodista que tuvo la Pampa.
En tiempos donde las noticias
tardaban semanas en llegar, era el juglar a caballo quien recorría los pueblos
llevando las novedades de lo que pasaba en los pagos vecinos: inundaciones,
duelos criollos o historias de caminos. Un oficio emparentado con los viejos
juglares europeos del medioevo, que adaptaba su ingenio mental a la rima
estricta de la décima mientras la noche comenzaba a cerrarse sobre el horizonte.
El canto para la tradición y no
para el disco
Hacia el final, la charla deja
una advertencia que el tiempo se convertiría en profecía. Recordando una
caminata por Buenos Aires junto al insigne musicólogo Carlos Vega, Atahualpa
rescataba una frase lapidaria al escuchar a un grupo joven muy pintón pero
vacíos de raíz: “Qué lástima que canten para el disco y no para la
tradición”.
Para Yupanqui, el folclore no era
un museo estático, pero sí exigía un respeto reverencial. Acercarse a la música
de raíz era, en sus propias palabras, ingresar a un templo. Una lección de
humildad, memoria y consecuencia que, a décadas de aquella grabación conservada
por el Archivo Audiovisual de Coronel Dorrego, sigue resonando con la
fuerza de un clarín en medio del monte.
Fuente: Entrevista a
Atahualpa Yupanqui (1979) - Archivo Audiovisual de Coronel Dorrego.

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