lunes, 19 de octubre de 2026

Entre la aridez y las lluvias: La geografía climática de Santiago del Estero

Las lluvias se concentran en los meses cálidos, el invierno llega con sequedad y los vientos aceleran la pérdida de humedad del suelo. Un estudio sobre las condiciones climáticas provinciales describe un territorio donde la disponibilidad de agua depende de un equilibrio frágil, con diferencias marcadas entre el este y el oeste.



Santiago del Estero tiene una relación estrecha con el calor, las lluvias irregulares y la escasez de agua. Esa combinación atraviesa buena parte de su geografía y condiciona tanto el desarrollo de la vegetación como las posibilidades de producción agropecuaria. Aunque el verano suele traer las precipitaciones más abundantes, el agua caída no alcanza necesariamente para compensar las pérdidas provocadas por las altas temperaturas.

El documento Las condiciones climáticas de la provincia de Santiago del Estero, adaptado del libro Climatología General y Agrícola de la Provincia de Santiago del Estero, de Eduardo Torres Bruchmann, con adaptación del licenciado Osvaldo Santillán, reúne datos que permiten reconstruir el funcionamiento de ese sistema. Sus páginas muestran una provincia predominantemente semiárida, con una distribución desigual de las lluvias, temperaturas elevadas durante buena parte del año y un déficit hídrico que persiste incluso en épocas lluviosas.

La información también deja planteada una cuestión central: para entender el clima santiagueño no alcanza con mirar cuánto llueve. Hay que observar cuándo se producen las precipitaciones, qué temperaturas acompañan esas lluvias, cuánta agua pierde el suelo y qué capacidad tiene el territorio para conservarla.

Una gran llanura expuesta a los cambios de tiempo

Con una superficie aproximada de 135.254 kilómetros cuadrados, según el documento, Santiago del Estero presenta un relieve dominado por extensas llanuras. La mayor parte del territorio se encuentra entre los 100 y los 200 metros sobre el nivel del mar. Las elevaciones más importantes aparecen en las sierras de Guasayán, Sumampa y Ambargasta, aunque ninguna supera los 800 metros.

Esta configuración facilita la circulación de masas de aire provenientes del norte y del sur del país. Cuando se encuentran corrientes con características diferentes, pueden desarrollarse frentes meteorológicos que originan nubosidad y precipitaciones.

El territorio está atravesado por dos grandes sistemas fluviales: los ríos Dulce y Salado. A ellos se suman cursos menores, como los ríos Horcones, Urueña y Albigasta. Estos sistemas forman parte de una geografía en la que la disponibilidad de agua superficial y la humedad del suelo adquieren especial relevancia.

La escasa altura del relieve limita las diferencias térmicas atribuibles a la altitud. Por eso, las variaciones de temperatura responden principalmente a otros factores, entre ellos la latitud, la circulación atmosférica y las características de la superficie.

La distancia respecto del océano también influye. El documento señala que la influencia marítima directa es prácticamente nula. Esa condición favorece una marcada amplitud térmica: el territorio puede experimentar temperaturas muy elevadas durante el día y descensos pronunciados durante los períodos fríos.

El verano concentra las lluvias, pero también las mayores pérdidas de agua

El régimen estacional presenta una característica reconocible: los veranos son cálidos y lluviosos, mientras que los inviernos son más secos, con temperaturas relativamente suaves en comparación con otras regiones del país.

Las precipitaciones se concentran principalmente durante la segunda mitad de la primavera y el verano. Enero suele ser el mes con mayores registros. El otoño, en cambio, se caracteriza por una mayor presencia de lloviznas y condiciones de humedad atmosférica más elevadas.

La distribución de las lluvias cambia considerablemente de un sector a otro. De acuerdo con los valores medios anuales consignados en el estudio, el sudeste provincial alcanza alrededor de 900 milímetros, mientras que en el sudoeste los registros descienden hasta unos 450 milímetros.

La diferencia supera los 400 milímetros en una extensión aproximada de 300 kilómetros. Hacia el noroeste, las precipitaciones vuelven a aumentar por la influencia del régimen climático asociado a la selva tucumano-oranense.

Esta distribución muestra que Santiago del Estero no tiene un comportamiento pluviométrico uniforme. El este recibe más agua que el oeste, pero la cantidad de lluvia, por sí sola, no determina la disponibilidad hídrica.

Las altas temperaturas incrementan la evaporación del suelo y la transpiración de las plantas, procesos que en conjunto se conocen como evapotranspiración. Cuanto mayor es la demanda atmosférica de agua, menor es la proporción de lluvia que queda disponible para la vegetación.

El documento advierte que la lluvia efectiva disminuye durante el verano por la intensa evaporación y las condiciones térmicas de esa época. Así, una temporada con precipitaciones abundantes puede dejar una reserva de humedad menor de la esperada.

El calor y las heladas: dos extremos del mismo territorio

Las temperaturas medias estacionales reflejan las diferencias entre el norte y el sur provincial. Durante el verano, los valores medios oscilan entre los 25 grados en el sudeste y los 28 en el norte. En invierno, las medias se ubican aproximadamente entre los 13 y los 17 grados, respectivamente.

Esa moderación de los promedios no impide que se registren extremos térmicos importantes. El estudio sitúa a gran parte de la provincia dentro de una región caracterizada por máximas absolutas cercanas a los 50 grados o superiores, mientras que las mínimas absolutas pueden descender hasta valores de entre 5 y 10 grados bajo cero.

La amplitud térmica es una de las características más destacadas del clima provincial. El documento señala que, al comparar los extremos absolutos de enero y julio, pueden presentarse diferencias próximas a los 60 grados. Se trata de valores extremos y no de una oscilación que ocurra regularmente en todas las localidades.

Las heladas responden principalmente al ingreso de masas de aire polar y a la pérdida de calor que experimenta la superficie terrestre durante la noche. Su frecuencia es mayor en el centro y sur de la provincia, mientras que disminuye hacia el noreste.

Por lo general, las primeras se presentan durante la segunda mitad del otoño y las últimas hacia mediados del invierno. El estudio también menciona las heladas anticipadas o tardías, capaces de alterar el desarrollo de los cultivos.

En relación con este fenómeno, el documento afirma que durante los años considerados por su análisis la frecuencia media de heladas había disminuido notablemente. No ofrece, en el fragmento consultado, una serie estadística fechada que permita establecer la magnitud de esa reducción ni determinar si se mantiene en la actualidad.

Cuando el viento se lleva la humedad del suelo

La primavera trae temperaturas en ascenso, pero también vientos que pueden agravar las condiciones de sequedad. Según el estudio, la velocidad media del viento alcanza sus valores más elevados durante esta estación y disminuye en otoño.

Los vientos del norte y del noreste son frecuentes y pueden transportar aire cálido, húmedo o seco. Los provenientes del sur suelen acompañar el ingreso de aire frío y pueden provocar lluvias o lloviznas frontales. Las corrientes del oeste y del noroeste tienen una frecuencia menor.

Entre julio y septiembre, los vientos pueden intensificar la erosión eólica. El material describe jornadas en las que las partículas de tierra suspendidas en el aire reducen la visibilidad y evidencia cómo la pérdida de humedad deja al suelo más expuesto a la acción del viento.

El problema se extiende a la agricultura. La evaporación acelerada reduce la eficiencia del riego y aumenta la cantidad de agua que se pierde antes de ser aprovechada por las plantas. Entre agosto y octubre, la combinación de viento y ambiente seco también favorece la propagación de incendios forestales.

El viento, de todos modos, no tiene efectos exclusivamente negativos. El documento destaca su posible aprovechamiento para producir energía y para accionar molinos destinados a extraer agua de pozos o aljibes.

Una provincia donde el déficit hídrico domina el balance anual

La clasificación climática de Thornthwaite permite precisar la situación. Este sistema relaciona la temperatura, las precipitaciones y la evapotranspiración para determinar la disponibilidad efectiva de agua.

De acuerdo con los porcentajes presentados en el documento, el 87,6 % de la superficie provincial pertenece a la región semiárida. El 12,4 % restante corresponde al tipo seco subhúmedo y se concentra en el ángulo sudeste.

En las regiones semiáridas, la evapotranspiración potencial supera las precipitaciones durante todo el año. Esto significa que la demanda atmosférica de agua es mayor que el aporte de las lluvias y que el suelo tiende a presentar déficit hídrico incluso durante los meses más húmedos.

El balance hidrológico expuesto en el estudio identifica esa deficiencia como el rasgo dominante de casi todo el territorio. La diferencia entre la demanda potencial de agua y las precipitaciones se acentúa durante la primavera y el verano, cuando las temperaturas elevadas aumentan las pérdidas. En invierno, el déficit se reduce por el descenso térmico.

La deficiencia hídrica media anual estimada oscila entre 200 y 600 milímetros. Los valores más severos aparecen en sectores del centro-norte y del sudoeste, mientras que el sudeste presenta condiciones relativamente menos desfavorables.

En algunos sectores del departamento Rivadavia, el documento identifica períodos en los que las precipitaciones superan temporalmente las pérdidas por evapotranspiración. Esa diferencia permite reponer parte de la humedad del suelo y generar reservas de agua.

La situación del sudeste marca una diferencia dentro de la provincia. Allí, la mayor cantidad de precipitaciones y las condiciones del balance hídrico permiten un almacenamiento estacional que no se observa de la misma manera en las áreas más secas.

La sequía tiene distintas formas y no siempre comienza con la falta de lluvia

El estudio distingue tres formas de sequía que permiten comprender mejor sus consecuencias.

La sequía meteorológica aparece cuando las precipitaciones caen por debajo de los valores habituales durante un período determinado. La sequía hidrológica se manifiesta cuando disminuye la disponibilidad de agua en ríos, embalses y reservas subterráneas. La sequía agrícola, por su parte, se produce cuando la humedad disponible resulta insuficiente para las necesidades de los cultivos y disminuye su rendimiento.

Estas situaciones están relacionadas, pero no son idénticas. Una reducción de las lluvias puede iniciar el proceso, aunque sus consecuencias dependen de la duración del período seco, de las reservas existentes y de la demanda de agua.

En una provincia donde las temperaturas elevadas favorecen la evapotranspiración y el déficit hídrico forma parte del comportamiento climático habitual, una sequía prolongada puede agravar una situación que ya presenta limitaciones.

El documento señala que la producción agrícola en las zonas semiáridas puede desarrollarse mediante el aprovechamiento racional del agua de lluvia y los cultivos de secano. Su rendimiento, no obstante, depende de las condiciones meteorológicas de cada campaña.

La irregularidad de las precipitaciones añade otra dificultad. Dos temporadas con totales de lluvia similares pueden tener efectos distintos si el agua se distribuye de manera diferente a lo largo del ciclo de crecimiento de los cultivos.

El clima como condición de vida y de producción

La información reunida por Torres Bruchmann y adaptada por Santillán permite observar que el clima santiagueño funciona a partir de una combinación de factores. La latitud, el relieve, la circulación de las masas de aire, las temperaturas y las características del suelo intervienen en la distribución de las lluvias y en la conservación de la humedad.

La provincia ocupa una posición de transición entre las áreas más áridas del oeste argentino y las regiones más húmedas de la Mesopotamia. Esa ubicación ayuda a explicar las diferencias entre el sudoeste, donde las lluvias son más escasas, y el sudeste, donde existen mayores posibilidades de acumulación estacional de agua.

El estudio también muestra que el agua caída no siempre queda disponible para las plantas. Parte se evapora, otra es utilizada por la vegetación y la proporción restante depende de las condiciones del suelo y de la época del año.

Por eso, las lluvias intensas del verano no eliminan automáticamente el déficit hídrico. Tampoco una temporada seca basta, por sí sola, para definir una sequía de largo plazo. Para determinar sus alcances es necesario comparar las precipitaciones con los promedios históricos y examinar el estado de los suelos, los cursos de agua y las reservas disponibles.

El clima de Santiago del Estero está marcado por esa tensión entre el agua que llega y la que se pierde. Las lluvias estivales sostienen buena parte de la actividad biológica y productiva, mientras que el calor, los vientos y la prolongada estación seca limitan la posibilidad de conservar la humedad.

Comprender ese equilibrio permite interpretar mejor los períodos de sequía, las dificultades de la producción agrícola y las diferencias ambientales dentro del territorio provincial. También ayuda a distinguir entre una característica climática persistente y una anomalía meteorológica que puede intensificar sus efectos.

Fuentes de referencia: Eduardo Torres Bruchmann, Climatología General y Agrícola de la Provincia de Santiago del Estero, obra citada en Las condiciones climáticas de la provincia de Santiago del Estero, adaptación realizada por el licenciado Osvaldo Santillán.

Referencias teóricas citadas en el material:

  • Köppen (1948), definición de clima como estado medio y proceso ordinario del tiempo de un lugar.
  • Constantino (1951), definición basada en la sucesión habitual de los estados atmosféricos y sus variaciones.
  • De Fina (1951), definición del clima a partir de las modalidades diarias y anuales del tiempo.
  • Papadakis (1952), referencia al ritmo estacional de la vegetación.
  • Thornthwaite (1948-1955), clasificación climática basada, entre otros elementos, en la evapotranspiración potencial.
  • Torres Bruchmann (1972), referencia indicada en el documento para la clasificación de la deficiencia hídrica media anual.

 

 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario