Las lluvias se concentran en los meses cálidos, el invierno llega con sequedad y los vientos aceleran la pérdida de humedad del suelo. Un estudio sobre las condiciones climáticas provinciales describe un territorio donde la disponibilidad de agua depende de un equilibrio frágil, con diferencias marcadas entre el este y el oeste.
Santiago del Estero tiene una
relación estrecha con el calor, las lluvias irregulares y la escasez de agua.
Esa combinación atraviesa buena parte de su geografía y condiciona tanto el
desarrollo de la vegetación como las posibilidades de producción agropecuaria.
Aunque el verano suele traer las precipitaciones más abundantes, el agua caída
no alcanza necesariamente para compensar las pérdidas provocadas por las altas
temperaturas.
El documento Las condiciones
climáticas de la provincia de Santiago del Estero, adaptado del libro Climatología
General y Agrícola de la Provincia de Santiago del Estero, de Eduardo
Torres Bruchmann, con adaptación del licenciado Osvaldo Santillán, reúne datos
que permiten reconstruir el funcionamiento de ese sistema. Sus páginas muestran
una provincia predominantemente semiárida, con una distribución desigual de las
lluvias, temperaturas elevadas durante buena parte del año y un déficit hídrico
que persiste incluso en épocas lluviosas.
La información también deja
planteada una cuestión central: para entender el clima santiagueño no alcanza
con mirar cuánto llueve. Hay que observar cuándo se producen las
precipitaciones, qué temperaturas acompañan esas lluvias, cuánta agua pierde el
suelo y qué capacidad tiene el territorio para conservarla.
Una gran llanura expuesta a los
cambios de tiempo
Con una superficie aproximada de
135.254 kilómetros cuadrados, según el documento, Santiago del Estero presenta
un relieve dominado por extensas llanuras. La mayor parte del territorio se
encuentra entre los 100 y los 200 metros sobre el nivel del mar. Las
elevaciones más importantes aparecen en las sierras de Guasayán, Sumampa y
Ambargasta, aunque ninguna supera los 800 metros.
Esta configuración facilita la
circulación de masas de aire provenientes del norte y del sur del país. Cuando
se encuentran corrientes con características diferentes, pueden desarrollarse
frentes meteorológicos que originan nubosidad y precipitaciones.
El territorio está atravesado por
dos grandes sistemas fluviales: los ríos Dulce y Salado. A ellos se suman
cursos menores, como los ríos Horcones, Urueña y Albigasta. Estos sistemas
forman parte de una geografía en la que la disponibilidad de agua superficial y
la humedad del suelo adquieren especial relevancia.
La escasa altura del relieve
limita las diferencias térmicas atribuibles a la altitud. Por eso, las
variaciones de temperatura responden principalmente a otros factores, entre
ellos la latitud, la circulación atmosférica y las características de la superficie.
La distancia respecto del océano
también influye. El documento señala que la influencia marítima directa es
prácticamente nula. Esa condición favorece una marcada amplitud térmica: el
territorio puede experimentar temperaturas muy elevadas durante el día y
descensos pronunciados durante los períodos fríos.
El verano concentra las lluvias,
pero también las mayores pérdidas de agua
El régimen estacional presenta
una característica reconocible: los veranos son cálidos y lluviosos, mientras
que los inviernos son más secos, con temperaturas relativamente suaves en
comparación con otras regiones del país.
Las precipitaciones se concentran
principalmente durante la segunda mitad de la primavera y el verano. Enero
suele ser el mes con mayores registros. El otoño, en cambio, se caracteriza por
una mayor presencia de lloviznas y condiciones de humedad atmosférica más
elevadas.
La distribución de las lluvias
cambia considerablemente de un sector a otro. De acuerdo con los valores medios
anuales consignados en el estudio, el sudeste provincial alcanza alrededor de
900 milímetros, mientras que en el sudoeste los registros descienden hasta unos
450 milímetros.
La diferencia supera los 400
milímetros en una extensión aproximada de 300 kilómetros. Hacia el noroeste,
las precipitaciones vuelven a aumentar por la influencia del régimen climático
asociado a la selva tucumano-oranense.
Esta distribución muestra que
Santiago del Estero no tiene un comportamiento pluviométrico uniforme. El este
recibe más agua que el oeste, pero la cantidad de lluvia, por sí sola, no
determina la disponibilidad hídrica.
Las altas temperaturas
incrementan la evaporación del suelo y la transpiración de las plantas,
procesos que en conjunto se conocen como evapotranspiración. Cuanto mayor es la
demanda atmosférica de agua, menor es la proporción de lluvia que queda disponible
para la vegetación.
El documento advierte que la
lluvia efectiva disminuye durante el verano por la intensa evaporación y las
condiciones térmicas de esa época. Así, una temporada con precipitaciones
abundantes puede dejar una reserva de humedad menor de la esperada.
El calor y las heladas: dos
extremos del mismo territorio
Las temperaturas medias
estacionales reflejan las diferencias entre el norte y el sur provincial.
Durante el verano, los valores medios oscilan entre los 25 grados en el sudeste
y los 28 en el norte. En invierno, las medias se ubican aproximadamente entre
los 13 y los 17 grados, respectivamente.
Esa moderación de los promedios
no impide que se registren extremos térmicos importantes. El estudio sitúa a
gran parte de la provincia dentro de una región caracterizada por máximas
absolutas cercanas a los 50 grados o superiores, mientras que las mínimas
absolutas pueden descender hasta valores de entre 5 y 10 grados bajo cero.
La amplitud térmica es una de las
características más destacadas del clima provincial. El documento señala que,
al comparar los extremos absolutos de enero y julio, pueden presentarse
diferencias próximas a los 60 grados. Se trata de valores extremos y no de una
oscilación que ocurra regularmente en todas las localidades.
Las heladas responden
principalmente al ingreso de masas de aire polar y a la pérdida de calor que
experimenta la superficie terrestre durante la noche. Su frecuencia es mayor en
el centro y sur de la provincia, mientras que disminuye hacia el noreste.
Por lo general, las primeras se
presentan durante la segunda mitad del otoño y las últimas hacia mediados del
invierno. El estudio también menciona las heladas anticipadas o tardías,
capaces de alterar el desarrollo de los cultivos.
En relación con este fenómeno, el
documento afirma que durante los años considerados por su análisis la
frecuencia media de heladas había disminuido notablemente. No ofrece, en el
fragmento consultado, una serie estadística fechada que permita establecer la
magnitud de esa reducción ni determinar si se mantiene en la actualidad.
Cuando el viento se lleva la
humedad del suelo
La primavera trae temperaturas en
ascenso, pero también vientos que pueden agravar las condiciones de sequedad.
Según el estudio, la velocidad media del viento alcanza sus valores más
elevados durante esta estación y disminuye en otoño.
Los vientos del norte y del
noreste son frecuentes y pueden transportar aire cálido, húmedo o seco. Los
provenientes del sur suelen acompañar el ingreso de aire frío y pueden provocar
lluvias o lloviznas frontales. Las corrientes del oeste y del noroeste tienen
una frecuencia menor.
Entre julio y septiembre, los
vientos pueden intensificar la erosión eólica. El material describe jornadas en
las que las partículas de tierra suspendidas en el aire reducen la visibilidad
y evidencia cómo la pérdida de humedad deja al suelo más expuesto a la acción
del viento.
El problema se extiende a la
agricultura. La evaporación acelerada reduce la eficiencia del riego y aumenta
la cantidad de agua que se pierde antes de ser aprovechada por las plantas.
Entre agosto y octubre, la combinación de viento y ambiente seco también
favorece la propagación de incendios forestales.
El viento, de todos modos, no
tiene efectos exclusivamente negativos. El documento destaca su posible
aprovechamiento para producir energía y para accionar molinos destinados a
extraer agua de pozos o aljibes.
Una provincia donde el déficit
hídrico domina el balance anual
La clasificación climática de
Thornthwaite permite precisar la situación. Este sistema relaciona la
temperatura, las precipitaciones y la evapotranspiración para determinar la
disponibilidad efectiva de agua.
De acuerdo con los porcentajes
presentados en el documento, el 87,6 % de la superficie provincial pertenece a
la región semiárida. El 12,4 % restante corresponde al tipo seco subhúmedo y se
concentra en el ángulo sudeste.
En las regiones semiáridas, la
evapotranspiración potencial supera las precipitaciones durante todo el año.
Esto significa que la demanda atmosférica de agua es mayor que el aporte de las
lluvias y que el suelo tiende a presentar déficit hídrico incluso durante los
meses más húmedos.
El balance hidrológico expuesto
en el estudio identifica esa deficiencia como el rasgo dominante de casi todo
el territorio. La diferencia entre la demanda potencial de agua y las
precipitaciones se acentúa durante la primavera y el verano, cuando las temperaturas
elevadas aumentan las pérdidas. En invierno, el déficit se reduce por el
descenso térmico.
La deficiencia hídrica media
anual estimada oscila entre 200 y 600 milímetros. Los valores más severos
aparecen en sectores del centro-norte y del sudoeste, mientras que el sudeste
presenta condiciones relativamente menos desfavorables.
En algunos sectores del
departamento Rivadavia, el documento identifica períodos en los que las
precipitaciones superan temporalmente las pérdidas por evapotranspiración. Esa
diferencia permite reponer parte de la humedad del suelo y generar reservas de agua.
La situación del sudeste marca
una diferencia dentro de la provincia. Allí, la mayor cantidad de
precipitaciones y las condiciones del balance hídrico permiten un
almacenamiento estacional que no se observa de la misma manera en las áreas más
secas.
La sequía tiene distintas formas
y no siempre comienza con la falta de lluvia
El estudio distingue tres formas
de sequía que permiten comprender mejor sus consecuencias.
La sequía meteorológica aparece
cuando las precipitaciones caen por debajo de los valores habituales durante un
período determinado. La sequía hidrológica se manifiesta cuando disminuye la
disponibilidad de agua en ríos, embalses y reservas subterráneas. La sequía
agrícola, por su parte, se produce cuando la humedad disponible resulta
insuficiente para las necesidades de los cultivos y disminuye su rendimiento.
Estas situaciones están
relacionadas, pero no son idénticas. Una reducción de las lluvias puede iniciar
el proceso, aunque sus consecuencias dependen de la duración del período seco,
de las reservas existentes y de la demanda de agua.
En una provincia donde las
temperaturas elevadas favorecen la evapotranspiración y el déficit hídrico
forma parte del comportamiento climático habitual, una sequía prolongada puede
agravar una situación que ya presenta limitaciones.
El documento señala que la
producción agrícola en las zonas semiáridas puede desarrollarse mediante el
aprovechamiento racional del agua de lluvia y los cultivos de secano. Su
rendimiento, no obstante, depende de las condiciones meteorológicas de cada campaña.
La irregularidad de las
precipitaciones añade otra dificultad. Dos temporadas con totales de lluvia
similares pueden tener efectos distintos si el agua se distribuye de manera
diferente a lo largo del ciclo de crecimiento de los cultivos.
El clima como condición de vida y
de producción
La información reunida por Torres
Bruchmann y adaptada por Santillán permite observar que el clima santiagueño
funciona a partir de una combinación de factores. La latitud, el relieve, la
circulación de las masas de aire, las temperaturas y las características del
suelo intervienen en la distribución de las lluvias y en la conservación de la
humedad.
La provincia ocupa una posición
de transición entre las áreas más áridas del oeste argentino y las regiones más
húmedas de la Mesopotamia. Esa ubicación ayuda a explicar las diferencias entre
el sudoeste, donde las lluvias son más escasas, y el sudeste, donde existen
mayores posibilidades de acumulación estacional de agua.
El estudio también muestra que el
agua caída no siempre queda disponible para las plantas. Parte se evapora, otra
es utilizada por la vegetación y la proporción restante depende de las
condiciones del suelo y de la época del año.
Por eso, las lluvias intensas del
verano no eliminan automáticamente el déficit hídrico. Tampoco una temporada
seca basta, por sí sola, para definir una sequía de largo plazo. Para
determinar sus alcances es necesario comparar las precipitaciones con los
promedios históricos y examinar el estado de los suelos, los cursos de agua y
las reservas disponibles.
El clima de Santiago del Estero
está marcado por esa tensión entre el agua que llega y la que se pierde. Las
lluvias estivales sostienen buena parte de la actividad biológica y productiva,
mientras que el calor, los vientos y la prolongada estación seca limitan la
posibilidad de conservar la humedad.
Comprender ese equilibrio permite
interpretar mejor los períodos de sequía, las dificultades de la producción
agrícola y las diferencias ambientales dentro del territorio provincial.
También ayuda a distinguir entre una característica climática persistente y una
anomalía meteorológica que puede intensificar sus efectos.
Fuentes de referencia: Eduardo
Torres Bruchmann, Climatología General y Agrícola de la Provincia de
Santiago del Estero, obra citada en Las condiciones climáticas de la
provincia de Santiago del Estero, adaptación realizada por el licenciado
Osvaldo Santillán.
Referencias teóricas citadas en
el material:
- Köppen (1948), definición de clima como
estado medio y proceso ordinario del tiempo de un lugar.
- Constantino (1951), definición basada en la
sucesión habitual de los estados atmosféricos y sus variaciones.
- De Fina (1951), definición del clima a partir
de las modalidades diarias y anuales del tiempo.
- Papadakis (1952), referencia al ritmo
estacional de la vegetación.
- Thornthwaite (1948-1955), clasificación
climática basada, entre otros elementos, en la evapotranspiración
potencial.
- Torres Bruchmann (1972), referencia indicada
en el documento para la clasificación de la deficiencia hídrica media
anual.

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