En una entrevista de 1979 con el periodista Eduardo Reyes, Atahualpa Yupanqui repasó sus recuerdos de infancia, habló de los paisanos, los payadores y las leyendas de la Pampa. Una charla íntima en la que dejó ver su manera de entender el folclore: como una expresión nacida de la tierra, los oficios y la memoria de quienes la habitaron.
Una
entrevista realizada en 1979, poco antes de su muerte, permite escuchar a un
Atahualpa Yupanqui distendido y reflexivo. En diálogo con el periodista Eduardo
Reyes, el artista habló de la cultura rural, los payadores, las leyendas de la
Pampa y el sentido profundo del folclore. Sus palabras conservan una mirada
singular sobre la música y la vida de los hombres de campo.
Una
entrevista para volver a escuchar a Yupanqui
Hay
conversaciones que permiten conocer a un artista más allá de sus canciones. En
1979, Atahualpa Yupanqui mantuvo un encuentro con el periodista Eduardo Reyes,
de Bahía Blanca, en su departamento de Buenos Aires. La entrevista, recuperada
por el Archivo Audiovisual de Coronel Dorrego, muestra a un hombre que habla
con naturalidad, se detiene en los recuerdos y encuentra en las pequeñas
escenas de la vida cotidiana una puerta de entrada a grandes preguntas sobre la
cultura argentina.
La
charla tuvo lugar durante una de las estadías de Yupanqui en el país. Por
aquellos años, su vida transcurría entre Argentina y Europa, donde desarrollaba
una intensa actividad artística. Francia, especialmente París, se había
convertido en uno de sus principales puntos de referencia.
Pero
aquella mañana, lejos de los escenarios y los compromisos internacionales, el
músico se permitió hablar de otras cosas. Del hombre de campo, de los
artesanos, de los ritmos de la naturaleza y de una tradición que, a su
entender, no podía reducirse a una cuestión de guitarras y canciones.
El
cariño de la gente y una Argentina que agradece
Eduardo
Reyes comenzó preguntándole por su prolongada estadía en Argentina y por el
recibimiento del público.
Yupanqui
se mostró sorprendido por las muestras de afecto. No quiso atribuirlas a una
supuesta madurez del público, porque, según explicó, eso sería como marcar un
gol a favor de su propio equipo. Prefirió destacar una cualidad que encontraba
en la gente: la capacidad de agradecer a quienes habían realizado algún aporte
a la cultura y al país.
Y lo
decía a partir de experiencias concretas.
Cuando recorría Buenos Aires, solía visitar librerías, buscar cuerdas para su guitarra o averiguar cómo marchaban las ventas de sus discos. Le interesaban las novedades literarias, las ediciones del *Martín Fierro* y los libros de historia. Como no tenía vehículo, muchas veces regresaba en taxi.
Entonces
ocurría algo que lo conmovía.
Algún
chofer lo reconocía y, al llegar a su casa, se negaba a cobrarle el viaje.
Yupanqui insistía en que no quería perjudicarlo, que el hombre estaba
trabajando. Pero la respuesta era siempre parecida: para el taxista, llevarlo
hasta su domicilio era un gusto.
El
músico contó que esa situación se había repetido decenas de veces. No era un
gesto aislado ni una anécdota excepcional. Era una forma de cariño que
encontraba en personas de distintas condiciones sociales.
París,
los pueblos franceses y las huellas de una cultura rural
La
conversación se trasladó después a Europa.
Yupanqui
explicó que, durante sus recorridos por Francia, había actuado en pequeños
pueblos donde no existían teatros ni salas de cine. En algunos casos, los
conciertos se realizaban en iglesias. El cura del lugar aceptaba que el artista
se presentara allí con una condición: que no cantara, sino que tocara música.
Yupanqui
encontraba en esos encuentros una experiencia particular. Interpretaba vidalas,
estilos de la Pampa, milongas del sur y algunas canciones de otras regiones
americanas. También recitaba poemas.
En
aquellos pueblos franceses, decía, había encontrado hombres parecidos a los
paisanos argentinos.
No
hablaba de una semejanza superficial. Se refería a los trabajadores rurales, a
los artesanos que conservaban oficios transmitidos durante generaciones y a una
forma de relacionarse con el mundo que podía reconocerse a ambos lados del
océano.
En
Normandía, por ejemplo, había conocido hombres que trabajaban la madera con una
delicadeza extraordinaria. Tallaban bastones, yugos para bueyes y otros objetos
que podían convertirse en verdaderas piezas de arte.
Yupanqui
los comparaba con los antiguos trenzadores argentinos, aquellos que trabajaban
el cuero y los tientos en silencio, sin que su habilidad trascendiera demasiado.
En
ambos casos, encontraba rastros de una cultura antigua, conservada en las manos
de quienes habían aprendido un oficio desde chicos.
La delicadeza escondida en las manos del paisano
Uno de
los momentos más interesantes de la entrevista aparece cuando Yupanqui se
detiene en una aparente contradicción.
El
hombre de campo realiza tareas duras. Trabaja la tierra, doma caballos, maneja
animales y se enfrenta a labores que exigen fuerza física. Sus manos están
acostumbradas al esfuerzo.
Pero
esas mismas manos pueden producir una artesanía de enorme delicadeza.
El
músico recordó que algunos paisanos argentinos confeccionaban botones con
plumas de paloma, una tarea que requería una habilidad extraordinaria. También
destacó la calidad de los trenzados realizados por trabajadores de distintas
regiones del país.
Para
Yupanqui, esas labores expresaban una sensibilidad que muchas veces permanecía
oculta detrás de la rudeza del trabajo cotidiano.
El
paisano podía construir un palenque, manejar un caballo o trabajar con
herramientas pesadas. Y, al mismo tiempo, tenía la paciencia necesaria para
realizar una pieza fina, cuidada hasta en el último detalle.
Eran,
según su mirada, los lujos del espíritu del hombre de campo.
El
galope de un caballo y una leyenda que lo acompañó toda la vida
La
entrevista adquiere un tono más íntimo cuando Eduardo Reyes le pregunta por los
sonidos que había recogido a lo largo de sus viajes.
Yupanqui
no tarda en recordar uno que lo había acompañado desde la infancia: el galope
de un caballo en la noche.
Aclara
que no se refiere únicamente a la música, sino a los ritmos que aparecen en la
naturaleza y en las actividades humanas. El sonido de una herramienta en una
cantera, el movimiento de los trabajadores, el andar de los animales. Cada
paisaje tiene sus propios ritmos, y el músico debe aprender a escucharlos.
Pero el
galope nocturno tenía para él algo especial.
De
chico, en el campo, escuchaba a su familia hablar de un paisano errante. La
historia había llegado a sus oídos cerca de Francisco Madero, en la provincia
de Buenos Aires, donde había vivido su abuelo.
La
leyenda contaba que un joven guitarrero, aficionado a las fiestas y a las
reuniones, había cometido una falta grave contra su madre. La mujer, indignada
por el comportamiento de su hijo, lo habría maldecido.
Le dijo que se marchara, que anduviera por los caminos, pero que nunca encontrara descanso. Si alguna vez intentaba tocar la guitarra en un boliche, algo ocurriría para romperle el instrumento. Tampoco volvería a encontrar el compás de su música.
Desde
entonces, el paisano quedaría condenado a vagar por la Pampa, sin rumbo y sin
descanso.
La
historia se mezclaba con los sonidos de las noches rurales. Cuando llovía, el
galope de algún caballo se escuchaba con mayor intensidad. Los chicos
permanecían atentos, mientras los mayores les advertían que el paisano errante
andaba por el camino.
Yupanqui
recordaba aquellas noches con una mezcla de temor y fascinación.
El
sonido de los cascos, que se alejaba en la oscuridad, le había dejado una
impresión profunda. Con los años, llegó a considerar que pocos sonidos
resultaban tan misteriosos como el galope de un caballo sin herraduras en medio
de la noche pampeana.
No era
un miedo que buscara asustar. Era algo más hondo, una sensación que invitaba a
pensar en los misterios del paisaje y en las historias que una comunidad
conserva a través de sus generaciones.
El
paisano también lleva la cultura en la sangre
Cuando
Reyes le preguntó con qué tipo de paisano argentino se identificaba más,
Yupanqui respondió que no era sencillo elegir.
Había
conocido hombres de distintas regiones y paisajes. Cada uno tenía
características propias, marcadas por el lugar donde vivía y por su relación
con la tierra.
Pero
había algo que le llamaba especialmente la atención: el silencio.
Recordó
a los hombres de los Valles Calchaquíes, aquellos que vivían lejos de las
ciudades, de las rutas más transitadas y de los medios de comunicación. En una
ocasión, un paisano le había contado que un camionero le había dicho que había
ocurrido un temblor en otra provincia.
El
hombre no sabía demasiado sobre lo sucedido. Tampoco parecía necesitar más
información para continuar con su vida.
Yupanqui
se preguntaba entonces de qué manera podía llamarse inculto a alguien así.
Retomó
una idea atribuida a Federico García Lorca: hay personas que son cultas aunque
no tengan información.
Para el músico, la cultura no dependía exclusivamente de los libros, de los estudios formales o de los conocimientos acumulados. También estaba en la manera de vivir, en el respeto, en la experiencia y en una relación profunda con el entorno.
El
paisano podía no conocer los asuntos del mundo, pero llevaba consigo una
cultura que se había formado durante generaciones.
Cuando
el hombre se aleja del paisaje
La
charla también abordó los cambios que la tecnología había producido en la vida
rural.
Yupanqui
reconocía que la mecanización del campo había transformado las tareas y la
relación de los hombres con su entorno. El paisano que antes dependía del
caballo ahora podía manejar un camión o un tractor.
Eso no
significaba, necesariamente, que hubiera perdido sensibilidad.
El
problema, según explicaba, era que las nuevas formas de vida podían modificar
la manera de recibir el canto y de comprender la poesía.
El
hombre que viajaba a caballo, por ejemplo, llegaba a una reunión después de
recorrer varias leguas. Tenía que encontrar dónde dejar su animal, conseguirle
alimento y acomodar su apero. Después se acercaba a escuchar a los cantores.
En su
experiencia estaban presentes el camino, la humedad de la noche, el aire, el
grillo, los árboles y el silencio.
Todo
ese mundo acompañaba su escucha.
El
hombre que llegaba apurado desde un automóvil o un ómnibus podía recibir la
misma canción de otra manera.
Yupanqui
no pretendía condenar los cambios ni afirmar que el camionero tuviera menos
sensibilidad que el paisano de a caballo. Su preocupación era otra: qué ocurría
cuando el hombre se divorciaba del paisaje y perdía ese vínculo que, para él,
funcionaba como un cordón umbilical.
Había
estudiado durante años la filosofía del folclore y la relación entre el hombre
y el paisaje. No encontraba respuestas definitivas. Pero seguía pensando que
allí se escondía una de las preguntas más profundas sobre la cultura.
El
payador: el primer periodista de la Pampa
La
conversación llegó entonces a la figura del payador.
Yupanqui
explicó que los antiguos juglares europeos habían cumplido una función que, con
el paso del tiempo, también apareció en distintas regiones de América.
Eran hombres que recorrían los caminos, anunciaban acontecimientos y transmitían noticias a través del canto.
En la
Argentina, el payador había tenido un papel parecido al de un periodista.
Cuando
todavía no existían los medios de comunicación modernos y los diarios no
llegaban a muchos pueblos, el payador recorría la campaña y contaba lo que
había sucedido en distintos lugares.
Inundaciones,
duelos criollos, fiestas populares y acontecimientos importantes circulaban de
pueblo en pueblo gracias a su palabra.
Pero
para cumplir esa tarea no necesitaba ser un gran cantante.
Lo que
debía demostrar era inteligencia, rapidez mental y dominio de la improvisación.
Yupanqui
explicó que el payador trabajaba con la décima, una forma poética que exigía
una enorme capacidad para construir versos sobre la marcha. Mientras cantaba
una estrofa, ya debía estar pensando en el final de la siguiente.
La
improvisación requería una habilidad extraordinaria. El payador tenía que
encontrar las palabras, respetar la estructura del verso y mantener el hilo de
lo que estaba contando.
En esa
capacidad para narrar, informar y cantar, Yupanqui encontraba una de las
expresiones más genuinas de la cultura popular argentina.
Los
libros, el cine y la esperanza
Durante
la entrevista también hubo lugar para hablar de la literatura y el cine.
Yupanqui
se mostró sorprendido por el movimiento que había encontrado en una feria del
libro. Había visto escritores, poetas, ensayistas, dibujantes e ilustradores
acompañados por un público numeroso.
Le
parecía una señal alentadora. A su entender, la literatura argentina atravesaba
un momento de actividad y crecimiento.
Con el
cine, en cambio, tenía algunas reservas.
Consideraba
que el país contaba con buenos actores y con temas capaces de convertirse en
grandes películas. Pero creía que todavía faltaban guiones sólidos y una mejor
construcción de las historias.
También
expresó su preocupación por ciertas tendencias artísticas que, a su juicio, se
alejaban de la comprensión del público.
No
rechazaba la libertad de expresión ni pretendía imponer una forma única de
hacer arte. Cada artista debía manifestarse de acuerdo con su sensibilidad.
Lo que
reclamaba era que esa libertad no perdiera de vista la necesidad de transmitir
algo humano.
En ese
sentido, se detuvo especialmente en los contenidos destinados a los chicos.
Le
preocupaba la violencia que encontraba en algunos dibujos animados y en los
programas de televisión. Observaba que los niños hablaban cada vez más fuerte,
como si estuvieran acostumbrados a competir con el ruido permanente de la
pantalla.
Yupanqui
pensaba que la infancia necesitaba otra clase de estímulos.
No
pedía censura ni prohibiciones. Deseaba que los guionistas, los escritores y
los artistas tuvieran presente una mirada más sensible, capaz de acompañar el
crecimiento de los chicos sin quitarles la libertad de imaginar.
Para
él, la cultura también debía ofrecer un espacio para la esperanza.
Folclore:
cantar para la tradición, no para el disco
Hacia
el final de la entrevista, Eduardo Reyes le preguntó por los festivales
folclóricos y por las nuevas generaciones de músicos.
Yupanqui
reconoció que había jóvenes con voces hermosas, guitarristas de gran habilidad
y conjuntos con un excelente trabajo vocal.
Pero
también advirtió que, en algunos casos, el repertorio o la manera de
interpretar las canciones se alejaban de la tradición.
Para
explicar su postura, recordó una caminata junto al musicólogo Carlos Vega, con
quien había salido a escuchar cantores.
En
aquella ocasión, un conjunto muy conocido había interpretado algunas canciones.
Vega quedó impresionado por las voces de los muchachos, pero después le hizo un
comentario que Yupanqui nunca olvidó:
Qué
lástima que canten para el disco y no para la tradición.
La
frase resumía una preocupación que el músico mantenía desde hacía tiempo.
Para
él, el folclore no era una música inmóvil ni una prohibición de crear. La
composición, la experimentación y la aparición de nuevos ritmos pertenecían al
terreno de la libertad artística.
Pero
cuando se hablaba de folclore, había que tener presente la tradición.
Eso
significaba reconocer a los hombres y las mujeres que habían vivido antes, a
quienes habían trabajado la tierra y transmitido sus canciones, sus costumbres
y sus formas de entender el mundo.
Yupanqui
sostenía que los músicos debían poner sus voces y sus guitarras al servicio de
esa tradición, no de la vanidad personal ni de los intereses comerciales.
Su
reflexión no era una condena a los artistas jóvenes. Era una invitación a
comprender de dónde venía aquello que estaban interpretando.
Una
voz que sigue hablando desde la memoria
La
entrevista de 1979 permite escuchar a un Atahualpa Yupanqui distinto del que
muchas veces aparece en los escenarios: más íntimo, más conversador y dispuesto
a detenerse en recuerdos que formaron parte de su vida.
El
documento también conserva el vínculo que el artista había construido con
Coronel Dorrego.
Según
recuerda Cristian De Marco, del Archivo Audiovisual de Coronel Dorrego, esa
relación había comenzado en octubre de 1963, después de una extensa
correspondencia con Pedro Iribarne, impulsor de la Peña Nativista de la
localidad.
Desde
entonces, Yupanqui mantuvo una relación de amistad con Dorrego y su gente, que
perduró hasta su muerte.
Eduardo
Reyes, que ya lo conocía por sus visitas a la localidad, pudo entrevistarlo
durante uno de sus viajes a Buenos Aires. El material fue recuperado gracias a
su generosidad y al trabajo de preservación del archivo audiovisual.
En
aquella charla, Yupanqui habló de la cultura argentina sin encerrarla en una
definición. La encontró en los oficios, en los caminos, en la palabra de los
payadores, en las manos de los artesanos y en el silencio de los hombres que
viven lejos de las ciudades.
También
la encontró en un sonido que nunca olvidó: el galope de un caballo que se
pierde en la noche.
Quizás
allí, en esa imagen que lo acompañó desde la infancia, se encuentre una de las
claves de su manera de entender el folclore. Una música que nace de la tierra,
que guarda la memoria de quienes la habitaron y que sigue diciendo algo de
nosotros, aun cuando el tiempo y las costumbres cambian.

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