domingo, 8 de noviembre de 2026

Atahualpa Yupanqui, en una charla íntima: el paisano, la guitarra y los misterios de la tradición

 En una entrevista de 1979 con el periodista Eduardo Reyes, Atahualpa Yupanqui repasó sus recuerdos de infancia, habló de los paisanos, los payadores y las leyendas de la Pampa. Una charla íntima en la que dejó ver su manera de entender el folclore: como una expresión nacida de la tierra, los oficios y la memoria de quienes la habitaron.

 


Una entrevista realizada en 1979, poco antes de su muerte, permite escuchar a un Atahualpa Yupanqui distendido y reflexivo. En diálogo con el periodista Eduardo Reyes, el artista habló de la cultura rural, los payadores, las leyendas de la Pampa y el sentido profundo del folclore. Sus palabras conservan una mirada singular sobre la música y la vida de los hombres de campo.

Una entrevista para volver a escuchar a Yupanqui

Hay conversaciones que permiten conocer a un artista más allá de sus canciones. En 1979, Atahualpa Yupanqui mantuvo un encuentro con el periodista Eduardo Reyes, de Bahía Blanca, en su departamento de Buenos Aires. La entrevista, recuperada por el Archivo Audiovisual de Coronel Dorrego, muestra a un hombre que habla con naturalidad, se detiene en los recuerdos y encuentra en las pequeñas escenas de la vida cotidiana una puerta de entrada a grandes preguntas sobre la cultura argentina.

La charla tuvo lugar durante una de las estadías de Yupanqui en el país. Por aquellos años, su vida transcurría entre Argentina y Europa, donde desarrollaba una intensa actividad artística. Francia, especialmente París, se había convertido en uno de sus principales puntos de referencia.

Pero aquella mañana, lejos de los escenarios y los compromisos internacionales, el músico se permitió hablar de otras cosas. Del hombre de campo, de los artesanos, de los ritmos de la naturaleza y de una tradición que, a su entender, no podía reducirse a una cuestión de guitarras y canciones.

El cariño de la gente y una Argentina que agradece

Eduardo Reyes comenzó preguntándole por su prolongada estadía en Argentina y por el recibimiento del público.

Yupanqui se mostró sorprendido por las muestras de afecto. No quiso atribuirlas a una supuesta madurez del público, porque, según explicó, eso sería como marcar un gol a favor de su propio equipo. Prefirió destacar una cualidad que encontraba en la gente: la capacidad de agradecer a quienes habían realizado algún aporte a la cultura y al país.

Y lo decía a partir de experiencias concretas.

Cuando recorría Buenos Aires, solía visitar librerías, buscar cuerdas para su guitarra o averiguar cómo marchaban las ventas de sus discos. Le interesaban las novedades literarias, las ediciones del *Martín Fierro* y los libros de historia. Como no tenía vehículo, muchas veces regresaba en taxi.

Entonces ocurría algo que lo conmovía.

Algún chofer lo reconocía y, al llegar a su casa, se negaba a cobrarle el viaje. Yupanqui insistía en que no quería perjudicarlo, que el hombre estaba trabajando. Pero la respuesta era siempre parecida: para el taxista, llevarlo hasta su domicilio era un gusto.

El músico contó que esa situación se había repetido decenas de veces. No era un gesto aislado ni una anécdota excepcional. Era una forma de cariño que encontraba en personas de distintas condiciones sociales.

París, los pueblos franceses y las huellas de una cultura rural

La conversación se trasladó después a Europa.

Yupanqui explicó que, durante sus recorridos por Francia, había actuado en pequeños pueblos donde no existían teatros ni salas de cine. En algunos casos, los conciertos se realizaban en iglesias. El cura del lugar aceptaba que el artista se presentara allí con una condición: que no cantara, sino que tocara música.

Yupanqui encontraba en esos encuentros una experiencia particular. Interpretaba vidalas, estilos de la Pampa, milongas del sur y algunas canciones de otras regiones americanas. También recitaba poemas.

En aquellos pueblos franceses, decía, había encontrado hombres parecidos a los paisanos argentinos.

No hablaba de una semejanza superficial. Se refería a los trabajadores rurales, a los artesanos que conservaban oficios transmitidos durante generaciones y a una forma de relacionarse con el mundo que podía reconocerse a ambos lados del océano.

En Normandía, por ejemplo, había conocido hombres que trabajaban la madera con una delicadeza extraordinaria. Tallaban bastones, yugos para bueyes y otros objetos que podían convertirse en verdaderas piezas de arte.

Yupanqui los comparaba con los antiguos trenzadores argentinos, aquellos que trabajaban el cuero y los tientos en silencio, sin que su habilidad trascendiera demasiado.

En ambos casos, encontraba rastros de una cultura antigua, conservada en las manos de quienes habían aprendido un oficio desde chicos.

La delicadeza escondida en las manos del paisano

Uno de los momentos más interesantes de la entrevista aparece cuando Yupanqui se detiene en una aparente contradicción.

El hombre de campo realiza tareas duras. Trabaja la tierra, doma caballos, maneja animales y se enfrenta a labores que exigen fuerza física. Sus manos están acostumbradas al esfuerzo.

Pero esas mismas manos pueden producir una artesanía de enorme delicadeza.

El músico recordó que algunos paisanos argentinos confeccionaban botones con plumas de paloma, una tarea que requería una habilidad extraordinaria. También destacó la calidad de los trenzados realizados por trabajadores de distintas regiones del país.

Para Yupanqui, esas labores expresaban una sensibilidad que muchas veces permanecía oculta detrás de la rudeza del trabajo cotidiano.

El paisano podía construir un palenque, manejar un caballo o trabajar con herramientas pesadas. Y, al mismo tiempo, tenía la paciencia necesaria para realizar una pieza fina, cuidada hasta en el último detalle.

Eran, según su mirada, los lujos del espíritu del hombre de campo.

El galope de un caballo y una leyenda que lo acompañó toda la vida

La entrevista adquiere un tono más íntimo cuando Eduardo Reyes le pregunta por los sonidos que había recogido a lo largo de sus viajes.

Yupanqui no tarda en recordar uno que lo había acompañado desde la infancia: el galope de un caballo en la noche.

Aclara que no se refiere únicamente a la música, sino a los ritmos que aparecen en la naturaleza y en las actividades humanas. El sonido de una herramienta en una cantera, el movimiento de los trabajadores, el andar de los animales. Cada paisaje tiene sus propios ritmos, y el músico debe aprender a escucharlos.

Pero el galope nocturno tenía para él algo especial.

De chico, en el campo, escuchaba a su familia hablar de un paisano errante. La historia había llegado a sus oídos cerca de Francisco Madero, en la provincia de Buenos Aires, donde había vivido su abuelo.

La leyenda contaba que un joven guitarrero, aficionado a las fiestas y a las reuniones, había cometido una falta grave contra su madre. La mujer, indignada por el comportamiento de su hijo, lo habría maldecido.

Le dijo que se marchara, que anduviera por los caminos, pero que nunca encontrara descanso. Si alguna vez intentaba tocar la guitarra en un boliche, algo ocurriría para romperle el instrumento. Tampoco volvería a encontrar el compás de su música.

Desde entonces, el paisano quedaría condenado a vagar por la Pampa, sin rumbo y sin descanso.

La historia se mezclaba con los sonidos de las noches rurales. Cuando llovía, el galope de algún caballo se escuchaba con mayor intensidad. Los chicos permanecían atentos, mientras los mayores les advertían que el paisano errante andaba por el camino.

Yupanqui recordaba aquellas noches con una mezcla de temor y fascinación.

El sonido de los cascos, que se alejaba en la oscuridad, le había dejado una impresión profunda. Con los años, llegó a considerar que pocos sonidos resultaban tan misteriosos como el galope de un caballo sin herraduras en medio de la noche pampeana.

No era un miedo que buscara asustar. Era algo más hondo, una sensación que invitaba a pensar en los misterios del paisaje y en las historias que una comunidad conserva a través de sus generaciones.

El paisano también lleva la cultura en la sangre

Cuando Reyes le preguntó con qué tipo de paisano argentino se identificaba más, Yupanqui respondió que no era sencillo elegir.

Había conocido hombres de distintas regiones y paisajes. Cada uno tenía características propias, marcadas por el lugar donde vivía y por su relación con la tierra.

Pero había algo que le llamaba especialmente la atención: el silencio.

Recordó a los hombres de los Valles Calchaquíes, aquellos que vivían lejos de las ciudades, de las rutas más transitadas y de los medios de comunicación. En una ocasión, un paisano le había contado que un camionero le había dicho que había ocurrido un temblor en otra provincia.

El hombre no sabía demasiado sobre lo sucedido. Tampoco parecía necesitar más información para continuar con su vida.

Yupanqui se preguntaba entonces de qué manera podía llamarse inculto a alguien así.

Retomó una idea atribuida a Federico García Lorca: hay personas que son cultas aunque no tengan información.

Para el músico, la cultura no dependía exclusivamente de los libros, de los estudios formales o de los conocimientos acumulados. También estaba en la manera de vivir, en el respeto, en la experiencia y en una relación profunda con el entorno.

El paisano podía no conocer los asuntos del mundo, pero llevaba consigo una cultura que se había formado durante generaciones.

Cuando el hombre se aleja del paisaje

La charla también abordó los cambios que la tecnología había producido en la vida rural.

Yupanqui reconocía que la mecanización del campo había transformado las tareas y la relación de los hombres con su entorno. El paisano que antes dependía del caballo ahora podía manejar un camión o un tractor.

Eso no significaba, necesariamente, que hubiera perdido sensibilidad.

El problema, según explicaba, era que las nuevas formas de vida podían modificar la manera de recibir el canto y de comprender la poesía.

El hombre que viajaba a caballo, por ejemplo, llegaba a una reunión después de recorrer varias leguas. Tenía que encontrar dónde dejar su animal, conseguirle alimento y acomodar su apero. Después se acercaba a escuchar a los cantores.

En su experiencia estaban presentes el camino, la humedad de la noche, el aire, el grillo, los árboles y el silencio.

Todo ese mundo acompañaba su escucha.

El hombre que llegaba apurado desde un automóvil o un ómnibus podía recibir la misma canción de otra manera.

Yupanqui no pretendía condenar los cambios ni afirmar que el camionero tuviera menos sensibilidad que el paisano de a caballo. Su preocupación era otra: qué ocurría cuando el hombre se divorciaba del paisaje y perdía ese vínculo que, para él, funcionaba como un cordón umbilical.

Había estudiado durante años la filosofía del folclore y la relación entre el hombre y el paisaje. No encontraba respuestas definitivas. Pero seguía pensando que allí se escondía una de las preguntas más profundas sobre la cultura.

El payador: el primer periodista de la Pampa

La conversación llegó entonces a la figura del payador.

Yupanqui explicó que los antiguos juglares europeos habían cumplido una función que, con el paso del tiempo, también apareció en distintas regiones de América.

Eran hombres que recorrían los caminos, anunciaban acontecimientos y transmitían noticias a través del canto.

En la Argentina, el payador había tenido un papel parecido al de un periodista.

Cuando todavía no existían los medios de comunicación modernos y los diarios no llegaban a muchos pueblos, el payador recorría la campaña y contaba lo que había sucedido en distintos lugares.

Inundaciones, duelos criollos, fiestas populares y acontecimientos importantes circulaban de pueblo en pueblo gracias a su palabra.

Pero para cumplir esa tarea no necesitaba ser un gran cantante.

Lo que debía demostrar era inteligencia, rapidez mental y dominio de la improvisación.

Yupanqui explicó que el payador trabajaba con la décima, una forma poética que exigía una enorme capacidad para construir versos sobre la marcha. Mientras cantaba una estrofa, ya debía estar pensando en el final de la siguiente.

La improvisación requería una habilidad extraordinaria. El payador tenía que encontrar las palabras, respetar la estructura del verso y mantener el hilo de lo que estaba contando.

En esa capacidad para narrar, informar y cantar, Yupanqui encontraba una de las expresiones más genuinas de la cultura popular argentina.

Los libros, el cine y la esperanza

Durante la entrevista también hubo lugar para hablar de la literatura y el cine.

Yupanqui se mostró sorprendido por el movimiento que había encontrado en una feria del libro. Había visto escritores, poetas, ensayistas, dibujantes e ilustradores acompañados por un público numeroso.

Le parecía una señal alentadora. A su entender, la literatura argentina atravesaba un momento de actividad y crecimiento.

Con el cine, en cambio, tenía algunas reservas.

Consideraba que el país contaba con buenos actores y con temas capaces de convertirse en grandes películas. Pero creía que todavía faltaban guiones sólidos y una mejor construcción de las historias.

También expresó su preocupación por ciertas tendencias artísticas que, a su juicio, se alejaban de la comprensión del público.

No rechazaba la libertad de expresión ni pretendía imponer una forma única de hacer arte. Cada artista debía manifestarse de acuerdo con su sensibilidad.

Lo que reclamaba era que esa libertad no perdiera de vista la necesidad de transmitir algo humano.

En ese sentido, se detuvo especialmente en los contenidos destinados a los chicos.

Le preocupaba la violencia que encontraba en algunos dibujos animados y en los programas de televisión. Observaba que los niños hablaban cada vez más fuerte, como si estuvieran acostumbrados a competir con el ruido permanente de la pantalla.

Yupanqui pensaba que la infancia necesitaba otra clase de estímulos.

No pedía censura ni prohibiciones. Deseaba que los guionistas, los escritores y los artistas tuvieran presente una mirada más sensible, capaz de acompañar el crecimiento de los chicos sin quitarles la libertad de imaginar.

Para él, la cultura también debía ofrecer un espacio para la esperanza.

Folclore: cantar para la tradición, no para el disco

Hacia el final de la entrevista, Eduardo Reyes le preguntó por los festivales folclóricos y por las nuevas generaciones de músicos.

Yupanqui reconoció que había jóvenes con voces hermosas, guitarristas de gran habilidad y conjuntos con un excelente trabajo vocal.

Pero también advirtió que, en algunos casos, el repertorio o la manera de interpretar las canciones se alejaban de la tradición.

Para explicar su postura, recordó una caminata junto al musicólogo Carlos Vega, con quien había salido a escuchar cantores.

En aquella ocasión, un conjunto muy conocido había interpretado algunas canciones. Vega quedó impresionado por las voces de los muchachos, pero después le hizo un comentario que Yupanqui nunca olvidó:

Qué lástima que canten para el disco y no para la tradición.

La frase resumía una preocupación que el músico mantenía desde hacía tiempo.

Para él, el folclore no era una música inmóvil ni una prohibición de crear. La composición, la experimentación y la aparición de nuevos ritmos pertenecían al terreno de la libertad artística.

Pero cuando se hablaba de folclore, había que tener presente la tradición.

Eso significaba reconocer a los hombres y las mujeres que habían vivido antes, a quienes habían trabajado la tierra y transmitido sus canciones, sus costumbres y sus formas de entender el mundo.

Yupanqui sostenía que los músicos debían poner sus voces y sus guitarras al servicio de esa tradición, no de la vanidad personal ni de los intereses comerciales.

Su reflexión no era una condena a los artistas jóvenes. Era una invitación a comprender de dónde venía aquello que estaban interpretando.

Una voz que sigue hablando desde la memoria

La entrevista de 1979 permite escuchar a un Atahualpa Yupanqui distinto del que muchas veces aparece en los escenarios: más íntimo, más conversador y dispuesto a detenerse en recuerdos que formaron parte de su vida.

El documento también conserva el vínculo que el artista había construido con Coronel Dorrego.

Según recuerda Cristian De Marco, del Archivo Audiovisual de Coronel Dorrego, esa relación había comenzado en octubre de 1963, después de una extensa correspondencia con Pedro Iribarne, impulsor de la Peña Nativista de la localidad.

Desde entonces, Yupanqui mantuvo una relación de amistad con Dorrego y su gente, que perduró hasta su muerte.

Eduardo Reyes, que ya lo conocía por sus visitas a la localidad, pudo entrevistarlo durante uno de sus viajes a Buenos Aires. El material fue recuperado gracias a su generosidad y al trabajo de preservación del archivo audiovisual.

En aquella charla, Yupanqui habló de la cultura argentina sin encerrarla en una definición. La encontró en los oficios, en los caminos, en la palabra de los payadores, en las manos de los artesanos y en el silencio de los hombres que viven lejos de las ciudades.

También la encontró en un sonido que nunca olvidó: el galope de un caballo que se pierde en la noche.

Quizás allí, en esa imagen que lo acompañó desde la infancia, se encuentre una de las claves de su manera de entender el folclore. Una música que nace de la tierra, que guarda la memoria de quienes la habitaron y que sigue diciendo algo de nosotros, aun cuando el tiempo y las costumbres cambian.

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