Ibatín (Pueblo Viejo, Sitio Viejo
o Tucumán Viejo) es el nombre del primer asiento de la ciudad de San Miguel de
Tucumán, llamada en su acta fundacional: San Miguel de Tucumán y Nueva Tierra
de Promisión, fundada por el capitán Diego de Villarroel, el 31 de mayo de
1565, en un lugar ya denominado "Campos de Ibatín", ubicado
originalmente un cuarto de legua al sur del "río de la Quebrada del
Calchaquí", posteriormente llamado "río del Tejar" y actualmente
"río Pueblo Viejo" en la salida sureste de la Quebrada del Portugués.
Ibatín o Ebatín deriva de la voz
tonocoté eatym (chacra o sementera de maíz, según el Tonocoté de Machoni).
Tierra labrada, para los indígenas. Y para los españoles tierra de panllevar,
tierra próspera, o sea: tierra de promisión.
La ciudad tenía la forma de un
damero o trazado de retícula, un cuadrado con siete manzanas de cada lado; o
sea, cuarenta y nueve manzanas con la de la plaza en el centro. Inicialmente,
era más bien una aldea fortificada, ya que existían solamente unos cuantos
ranchos de paja rodeados de una empalizada. Una zona céntrica más poblada
alrededor de la plaza. Las calles tenían doce varas (10,40 m) de ancho y las
manzanas un largo de ciento sesenta y seis varas (143,75m).
Las construcciones principales
eran el Cabildo con una cárcel y un cuartel, la iglesia Matriz, las iglesias de
los jesuitas, de los mercedarios, de los franciscanos y la de San Judas Tadeo y
San Simón (que era más bien una ermita), destruida en la inundación de 1678 y
cuyas imágenes se conservan en la Catedral de San Miguel de Tucumán. Las
manzanas estaban divididas en cuatro grandes solares, que dejaban en el centro
una zona verde, al encontrarse los fondos no edificados de las viviendas.
La ubicación fue parte de la
estrategia militar diseñada por el veterano conquistador Francisco de Aguirre,
con exhaustivo conocimiento del terreno. Estaba en el corazón de la extensa
Gobernación del Tucumán, en el lugar justo donde el camino desde Lima hasta el
Río de la Plata abandonaba la montaña para introducirse en la llanura.
Era el mismo paraje donde antes
habían estado El Barco I de Núñez del Prado y Cañete de Pérez de Zurita, sin
que esta afirmación signifique que las tres ciudades estuvieran exactamente en
el mismo lugar. Estaban ubicadas cerca del pie de la cuesta que se usaba para
bajar desde el valle del Tafí, que a su vez era el camino hacia los Valles
Calchaquíes; es decir, formaba parte de una de las rutas posibles desde el Alto
Perú.
Esa cuesta, llamada inicialmente
"Quebrada del Calchaquí" y posteriormente "Quebrada del
Portugués", baja de El Mollar directamente hacia el sur; era la ruta usada
por los diaguitas —y quizá los incas— para bajar de los Valles Calchaquíes a la
selva, para aprovisionarse de carne y madera. Fue posteriormente abandonada, y
ahora se accede a Tafí del Valle por la quebrada del río de los Sosa, mucho más
al norte, y más adecuada para comunicarse con la actual ubicación de San Miguel
de Tucumán.
Dice el profesor Teodoro Ricci (’Evolución de la ciudad de San Miguel de Tucumán’) que esta ciudad fue un eslabón más dentro de ese entramado, adquiriendo personalidad definida que le dio rol preponderante dentro del conjunto y la ubicó como la segunda población perdurable de la zona, después de Santiago del Estero.
La antigua ciudad limitaba al
norte con el río Pueblo Viejo (también llamado río de la Quebrada o del Tejar),
afluente del río Balderrama; al sur, a unos 7 kilómetros, con el Seco, afluente
del Salí; al oeste, con las primeras estribaciones del Aconquija y a poca
distancia del actual caserío de Pueblo Viejo.
La Gobernación de Tucumán, Juríes
y Diaguitas fue creada por real cédula de Felipe II, el 29 de agosto de 1563,
estando sometida al virrey de Perú en asuntos de gobierno y a la Audiencia de
Charcas en cuestiones de justicia. El conde de Nieva, a la sazón virrey del
Perú, designó gobernador de la misma a Francisco de Aguirre. Este encomendó a
Villarroel, en provisión del 10 de mayo de 1565, instalar un pueblo "en el
campo que llama en lengua de los naturales Ibatín, ribera del río que sale de
la quebrada".
El 31 de mayo de 1565, Diego de
Villarroel tomó juramento como alcaldes ordinarios a Pedro de Villalba y a Juan
Núñez de Guevara y como regidores a Antonio Berru, Diego de Saldaña, Bartolomé
Hernández, Francisco Díaz Picón, Pedro Lorique y Diego de Vera.
En 1582, vivían en la ciudad,
según Sotelo de Narváez, unos veinticinco vecinos encomenderos y tres mil
indios de servicio de los Diaguitas, Tonocotés y Lules.
En 1607, según la relación de
Alonso de Rivera, los vecinos españoles casados eran treinta y dos, con unos
mil cien indios en paz, repartidos entre ellos; algunos mercaderes y criollos
sueltos, pobres y holgazanes y muchos mestizos de ’la misma calidad’.
En 1618 vivían en la zona doce
mil almas, según carta de Diego de Torres, Provincial de la Compañía de Jesús.
En 1671 los indios encomendados llegaban sólo a dos mil.
En 1680, el padre Altamirano
calculaba en ciento cincuenta los vecinos españoles, gente tan pobre y
decaecida que no pueden efectuar la mudanza.
Allí, la antigua San Miguel de
Tucumán estuvo durante 120 años. Se transformó en una pujante ciudad gracias a
la fertilidad de su suelo y a su ubicación, situada a la vera del camino de la
Quebrada del Portugués que unía Perú con el Río de la Plata, pasando por los
Valles Calchaquíes. En 1590 el padre Lizárraga decía que esta ciudad tenía
mejores edificios que Santiago del Estero.
La vida comercial era activa,
basada en su producción agropecuaria y en sus industrias, la principal de las
cuales era la maderera, favorecida por los tupidos bosques donde abundaban los
cedros y los nogales. Esta materia prima era usada fundamentalmente en la
construcción de carretas, ya que la ciudad era la principal proveedora de este
pesado vehículo en todo el virreinato, gracias al cual se desarrollaba la mayor
parte de la actividad comercial. Eran de tal calidad y los artesanos tan
habilidosos, que era pública voz y fama que no se usaba ningún elemento
metálico, "ni un clavo" en la construcción de los mismos.
En 1678 ocurrió una inundación
nunca antes experimentada, arrasando el agua las viviendas de la zona norte y
destruyendo la ermita de los santos Judas Tadeo y Simón. Al año siguiente, la
situación empeoró, ya que el agua llegó a las manzanas vecinas a la plaza de
armas, siendo contenida por los fuertes muros de la iglesia jesuita, ubicada en
diagonal con la esquina noroeste de la plaza; destruyó, sin embargo, las
huertas y oficinas del colindante convento de la Compañía.2
Después de la gran inundación de
1678, se realizó un cabildo abierto para intentar remediar la dramática
situación. Surgieron allí dos iniciativas: una, que postulaba limpiar el cauce
del río para evitar futuros desbordes y la otra, más radical, que obtuvo
mayoría de votos y proponía directamente abandonar la ubicación actual y
trasladarse a un sitio más septentrional, a 64 kilómetros de distancia,
conocido como La Toma, donde se había formado un asentamiento espontáneo de
tratantes y mercaderes que se dirigían al Perú, pues por allí pasaba el Camino
Real.
En 1685, durante el gobierno de
Fernando Mate de Luna, fue trasladada a ese lugar, que es su ubicación actual.
Las causas de la mudanza fueron además de las mencionadas, el ambiente entonces
poco salubre, las enfermedades provocadas por la calidad del agua (era endémico
el hipotiroidismo por déficit de yodo, que provocaba la hipertrofia de la
glándula tiroides, vulgarmente conocida como bocio o ’coto’) y los mosquitos,
que trajeron las fiebres palúdicas. Ello marcó la decadencia de la ciudad y
movió al vecindario a gestionar el traslado, que ocurrió tras largo y discutido
trámite.
Excavación
Las ruinas de Ibatín están bajo
tierra, en las 100 hectáreas que expropió en 1944 la Intervención Federal de la
Provincia, para preservarlas como reliquia histórica. Estas tierras formaban
parte de la estancia La Florida, propiedad del Dr. José Ignacio Aráoz.
Las primeras excavaciones se
realizaron en 1965 bajo la dirección del arquitecto José Moukarzel con el
asesoramiento del Dr. Lizondo Borda, director del Archivo Histórico Provincial,
actuando como su delegada en terreno Amalia J. Gramajo de Martínez Moreno,
saliendo a la luz algunos utensilios y cimientos de piedra de algunas
edificaciones (Cabildo, Iglesia Matriz, iglesia y colegio de los jesuitas,
iglesia mercedaria, iglesia franciscana) en las manzanas en torno a la antigua
Plaza Mayor.
Fuente: contextotucuman.com

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