Desde los glaciares de la Patagonia hasta las selvas de Misiones, pasando por desiertos de altura, montañas multicolores y pueblos que conservan tradiciones llegadas de Europa, Argentina reúne paisajes, culturas e historias que parecen pertenecer a países distintos. Un territorio de contrastes que también encontró en sus costumbres, como el mate, una manera de reconocerse.
La distancia entre esos paisajes
es enorme. Desde los cactus de la Puna hasta los glaciares patagónicos, desde
el estruendo de las Cataratas del Iguazú hasta el silencio de los salares, el
país cambia de aspecto una y otra vez. Argentina es el octavo país más grande
del mundo, pero su particularidad no está solamente en la superficie que ocupa.
Está en la cantidad de mundos diferentes que caben dentro de sus fronteras.
Esa es la idea que propone el
documental Argentina: El país que no debería existir: mostrar un territorio
donde la geografía, la historia y las costumbres parecen desafiar cualquier
explicación sencilla.
Un país que lleva el nombre de un
tesoro perdido
La historia empieza con una
curiosidad. El nombre Argentina proviene del latín argentum, que significa
plata. Los primeros navegantes españoles que llegaron al Río de la Plata creían
que remontando sus aguas encontrarían una región rica en ese metal precioso. La
buscada Sierra de la Plata, sin embargo, nunca existió.
El verdadero tesoro estaba mucho
más al norte, en Potosí, dentro del actual territorio boliviano. Pero el nombre
quedó asociado para siempre a estas tierras.
Hay algo curioso en esa historia:
Argentina terminó llamándose como un tesoro que no estaba en su territorio. Una
promesa de riqueza que acompañaría buena parte de su historia, entre períodos
de prosperidad, expectativas enormes y frustraciones recurrentes.
La geografía, en cambio, sí
ofrece riquezas difíciles de discutir.
Entre el techo de América y el
punto más bajo del continente
Hacia el oeste, la cordillera de
los Andes funciona como una enorme columna vertebral. Atraviesa el país de
norte a sur y concentra algunos de los paisajes más extremos del continente.
Allí se levanta el Aconcagua, en
Mendoza, con casi siete mil metros de altura. Es la montaña más alta de América
y también la mayor elevación del planeta fuera de Asia. Su presencia convierte
a la región en un territorio de grandes desafíos para montañistas de todo el
mundo.
No muy lejos, sobre la frontera
con Chile, aparece el Ojos del Salado. Con una altura cercana a los 6.900
metros, es considerado el volcán activo más alto del mundo. Su cumbre, cubierta
de hielo, parece pertenecer a un paisaje de otro planeta.
Pero Argentina también guarda el
extremo opuesto.
En la provincia de Santa Cruz se
encuentra la Laguna del Carbón, una depresión situada aproximadamente a 105
metros bajo el nivel del mar. Es el punto más bajo de América y del hemisferio
sur.
En un mismo país, entonces,
conviven algunas de las mayores alturas del continente y una de sus depresiones
más profundas. La distancia entre esos extremos ayuda a comprender la escala de
un territorio acostumbrado a los contrastes.
Patagonia: hielo, montañas y el
final del camino
Cuando la cordillera avanza hacia
el sur, el paisaje cambia. Las montañas áridas dan paso a bosques, lagos y
campos de hielo. En Santa Cruz aparece uno de los espectáculos naturales más
conocidos del país: el glaciar Perito Moreno.
A diferencia de muchos glaciares
del mundo, que han perdido superficie durante las últimas décadas, el Perito
Moreno ha mantenido durante largos períodos un comportamiento relativamente
estable, con avances y retrocesos. Una de sus particularidades es el proceso de
ruptura que ocurre cuando su frente alcanza la península de Magallanes y forma
un dique natural sobre el Brazo Rico del Lago Argentino.
La presión del agua aumenta hasta
que termina abriendo paso entre las paredes de hielo. Cuando sucede, el
estruendo de los desprendimientos se escucha a gran distancia. Es un
espectáculo que puede durar horas y que transforma por completo la tranquilidad
del paisaje.
Más al norte, en la zona de El
Chaltén, se levantan las agujas del monte Fitz Roy. Sus paredes de granito,
frecuentemente cubiertas por nubes, dominan el horizonte. Los pueblos
originarios tehuelches lo conocían como Chaltén, nombre asociado a la montaña
que humea, por el aspecto que adquieren las nubes alrededor de su cima.
El recorrido continúa hacia
Tierra del Fuego, donde aparece Ushuaia, una ciudad rodeada de montañas,
bosques y aguas frías. El canal Beagle marca parte de su paisaje y su historia.
Desde allí parten numerosas expediciones hacia la Antártida, lo que convirtió a
la ciudad en una de las principales puertas de acceso al continente blanco.
En Ushuaia, la expresión «fin del
mundo» adquiere una dimensión diferente. No hace falta imaginar demasiado:
alcanza con mirar hacia el sur y comprender la inmensidad del espacio que se
abre más allá de la ciudad.
Misiones: cuando la Argentina se
vuelve selva
El salto hacia el norte es casi
un cambio de planeta.
En Misiones, la vegetación cubre
el horizonte, la humedad se siente en la piel y el ruido del agua domina el
paisaje. Allí están las Cataratas del Iguazú, un conjunto de 275 saltos
distribuidos entre Argentina y Brasil.
La Garganta del Diablo concentra
buena parte de la atención. El agua cae con una fuerza impresionante y levanta
una nube permanente de vapor que moja a quienes se acercan a las pasarelas.
El nombre Iguazú proviene del
idioma guaraní y suele traducirse como «agua grande». Una denominación sencilla
para un fenómeno natural que desborda cualquier descripción.
La selva misionera representa uno
de los ambientes más ricos en biodiversidad de Argentina. Su vegetación, sus
animales y sus cursos de agua contrastan con la aridez de otras regiones del
país. Cuesta creer que ambos paisajes formen parte de un mismo territorio.
Montañas de colores y paisajes de
otro planeta
Hacia el noroeste, el relieve
vuelve a cambiar. En Jujuy, la Quebrada de Humahuaca ofrece montañas
atravesadas por franjas de colores que parecen pintadas a mano.
Uno de sus paisajes más conocidos
es el Cerro de los Siete Colores. Sus tonalidades rojizas, verdes, amarillas y
ocres no son producto de ningún artificio: responden a diferentes minerales y
sedimentos acumulados durante millones de años.
El resultado es una composición
geológica que permite observar, casi como si fueran páginas de un libro
abierto, distintas etapas de la historia de la Tierra.
Otro paisaje que parece desafiar
la imaginación aparece en San Juan. En el Parque Provincial Ischigualasto,
conocido como Valle de la Luna, las formaciones rocosas, los suelos desnudos y
las figuras erosionadas por el viento y el agua crean un escenario que recuerda
a la superficie de Marte.
Pero su valor va mucho más allá
de su apariencia. Ischigualasto conserva algunos de los registros fósiles más
antiguos de dinosaurios y otros vertebrados del período Triásico. Sus
descubrimientos científicos permiten reconstruir una etapa decisiva de la evolución
de la vida en el planeta.
Argentina también es eso: un
territorio donde la historia de la Tierra puede leerse directamente sobre el
suelo.
Gales, Italia y las muchas raíces
de la identidad argentina
El documental propone una mirada
que va más allá de los paisajes. Porque la diversidad argentina no se explica
solamente por su geografía. También está en las personas que llegaron, se
quedaron y mezclaron sus costumbres con las de quienes ya habitaban estas
tierras.
En la Patagonia, por ejemplo,
existe una pequeña localidad donde la tradición galesa sigue formando parte de
la vida cotidiana. Se trata de Gaiman.
En 1865 llegaron a sus costas los
primeros colonos galeses. Buscaban un lugar donde preservar su idioma, su
religión y sus tradiciones, lejos de las presiones culturales que sufrían en
Gran Bretaña. El gobierno argentino les ofreció tierras en la Patagonia, aunque
el paisaje que encontraron distaba bastante de las praderas verdes que
imaginaban.
Había viento, aridez y enormes
distancias. Pese a las dificultades, construyeron comunidades, desarrollaron
actividades agrícolas y conservaron buena parte de su cultura.
Todavía hoy, en las casas de té
de Gaiman, se sirven preparaciones tradicionales como la torta negra galesa. El
idioma también permanece vivo entre algunos descendientes. Es una escena poco
habitual: una tradición europea del siglo XIX que encontró en la Patagonia un
lugar para continuar.
Otra de las grandes influencias
culturales llegó desde Italia.
Entre fines del siglo XIX y
comienzos del XX, millones de inmigrantes arribaron a la Argentina. Muchos
escapaban de la pobreza y las dificultades económicas de regiones como
Calabria, Sicilia y Liguria. Se instalaron en ciudades y pueblos, trabajaron,
formaron familias y se mezclaron con la población criolla y los pueblos
originarios.
Esa inmigración dejó marcas
profundas en la cultura nacional. Se percibe en la gastronomía, en ciertos
gestos cotidianos, en el habla y, especialmente, en la música.
El tango nació en ese ambiente de
encuentros y desencuentros, en los barrios populares y los conventillos de
Buenos Aires, donde convivían inmigrantes europeos, afrodescendientes y
trabajadores llegados del interior. No surgió en los grandes salones elegantes,
sino en espacios populares atravesados por la nostalgia, la soledad y las
dificultades de quienes intentaban construir una vida lejos de su lugar de
origen.
Por eso el tango tiene algo tan
particular: nació de una experiencia profundamente local y terminó
convirtiéndose en una expresión reconocida en todo el mundo.
La pampa y los años en que
Argentina fue el granero del mundo
Si existe un paisaje que explica
buena parte del desarrollo económico argentino, ese es la pampa.
Sus extensas llanuras y sus
suelos fértiles permitieron desarrollar una producción agrícola y ganadera de
gran escala. Durante las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX,
el país se convirtió en uno de los principales exportadores mundiales de
cereales y carnes.
Dos transformaciones técnicas
ayudaron a impulsar ese crecimiento. Por un lado, la expansión del alambrado
permitió delimitar propiedades, organizar los campos y mejorar la cría de
ganado. Por otro, los barcos frigoríficos hicieron posible transportar carne
refrigerada hasta los mercados europeos.
La combinación de tierras
productivas, inversiones, ferrocarriles y tecnología transformó la economía
nacional.
Buenos Aires fue una de las
grandes beneficiadas por aquella prosperidad. Se levantaron edificios
monumentales, palacios y avenidas inspirados en las principales capitales
europeas. La ciudad buscaba proyectar una imagen de modernidad y riqueza.
La Avenida 9 de Julio, con su
extraordinaria anchura, suele mencionarse como una expresión de esa ambición
urbana. Su escala parece responder a una época en la que Argentina quería
mostrarse ante el mundo como una nación destinada a ocupar un lugar entre las
grandes potencias.
Aquella prosperidad no fue
permanente. Las crisis económicas y los cambios del escenario internacional
modificaron profundamente el rumbo del país. Pero la imagen de una Argentina
capaz de alimentar al mundo quedó instalada en la memoria colectiva.
Una ruta para atravesar todos los
paisajes
La diversidad geográfica
encuentra una expresión concreta en la Ruta Nacional 40. Con más de cinco mil
kilómetros de extensión, recorre el país de norte a sur siguiendo buena parte
del trazado de la cordillera de los Andes.
A lo largo de su recorrido
aparecen pueblos pequeños, valles, desiertos, viñedos, lagos y paisajes de
montaña. Es una ruta que permite observar cómo cambia el territorio a medida
que uno avanza y cómo las distancias modifican las formas de vida.
La cordillera también ha sido
escenario de tensiones políticas. Una de las más delicadas ocurrió en 1978,
cuando Argentina y Chile estuvieron cerca de enfrentarse en una guerra por la
soberanía de las islas Picton, Nueva y Lennox, en la zona del canal Beagle.
Ambos países estaban gobernados
por dictaduras militares y la escalada del conflicto llegó a un punto crítico.
La intervención diplomática del Vaticano, a través de la mediación del papa
Juan Pablo II, permitió evitar el enfrentamiento armado.
La disputa encontró una solución
mediante el Tratado de Paz y Amistad de 1984. Aquella crisis dejó una marca en
la relación entre los dos países y mostró hasta qué punto la cuestión de las
fronteras puede convertirse en un asunto de identidad nacional.
El mate, una costumbre que
atraviesa el mapa
Después de recorrer montañas,
selvas, glaciares y llanuras, el documental vuelve a una escena mucho más
sencilla: alguien prepara un mate.
Puede parecer un detalle menor
frente a semejante diversidad geográfica, pero quizá sea una de las imágenes
que mejor explican la identidad argentina.
El mate no es solamente una
infusión. Es una costumbre que organiza encuentros, acompaña conversaciones y
atraviesa distintas generaciones. Se comparte en una casa, en una oficina, en
una plaza, durante un viaje o en medio de una jornada de trabajo.
La misma ceremonia se repite en
lugares muy diferentes. Un trabajador rural en la pampa, un empleado en el
centro porteño, un pescador en Tierra del Fuego o un habitante de la Puna
pueden compartir ese hábito: calentar agua, llenar el recipiente con yerba y
ofrecerlo a otra persona.
La bombilla pasa de mano en mano.
Alguien conversa, otro escucha, alguien vuelve a cebar. El ritual no necesita
demasiadas explicaciones porque forma parte de la vida cotidiana.
En un país donde casi todo parece
cambiar de un extremo al otro, el mate funciona como un punto de encuentro.
Argentina, una identidad hecha de
contrastes
Quizá Argentina no sea un país
fácil de explicar porque tampoco responde a una sola imagen.
No es únicamente la pampa
ganadera, ni la Buenos Aires de inspiración europea, ni la Patagonia de los
glaciares. Tampoco es solamente la selva misionera, los pueblos andinos o las
tradiciones criollas. Es todo eso, junto con las contradicciones que atraviesan
su historia.
En pocas horas de viaje, el
paisaje puede pasar de la aridez a la vegetación exuberante. En una misma
sociedad conviven descendientes de inmigrantes europeos, pueblos originarios y
familias criollas, con costumbres que se mezclaron y transformaron a lo largo
del tiempo.
También conviven dos imágenes que
parecen difíciles de reconciliar: la de un país que alguna vez fue considerado
una de las grandes promesas económicas del mundo y la de una nación
acostumbrada a atravesar crisis profundas.
El nombre sigue recordando
aquella vieja promesa de plata que los primeros navegantes nunca encontraron.
Pero los tesoros argentinos terminaron apareciendo en otros lugares: en sus
paisajes, en sus culturas, en su música y en esas pequeñas costumbres que
sobreviven a cualquier cambio.
Tal vez Argentina no sea un país
que no debería existir. Tal vez sea, sencillamente, un país que cuesta imaginar
hasta que uno empieza a recorrerlo. Y entonces descubre que, detrás de cada
paisaje distinto, hay una misma tierra tratando de contar su historia.

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