En un paraje de Santiago del Estero, cada diciembre, bajo un calor que raja la tierra, un pueblo entero sale a hacer algo que ya no entiende. Corren descalzos desde el monte, se golpean las piernas con ramas verdes, dejan un gajo en cada puerta y terminan sangrando frente a la imagen de un santo.
Todos dicen que festejan a San Esteban. Lo que están haciendo, sin saberlo, es despertar al espíritu del monte.
Un fósil viviente en medio del monte
En 1942, un investigador se metió en Sumamao para ver la fiesta por cuarta vez y la anotó con una precisión de entomólogo. Lo que vio no era una procesión más.
Era un fósil viviente. La única fiesta del norte argentino que, según él, conservaba intacta su coreografía completa. Un teatro sagrado donde conviven dos capas que no deberían tocarse.
Y hay un detalle que la vuelve todavía más rara: es una fiesta de la cosecha que sigue viva donde ya no se cosecha.
El obraje arrasó con los algarrobos, el clima cambió, la agricultura se volvió imposible. Ya nadie cree en un dios de la vegetación. Nadie le pide por los frutos. Le rezan a un santo católico de túnica y barba. Pero los cuerpos siguen repitiendo los mismos gestos de hace cuatro siglos.
Una fiesta de la vegetación que se olvidó de sí misma. Por eso, para el que la estudia, es único en América.
La fiesta antes de la fiesta
Si sacamos al santo ya los caballos por un rato, esto es lo que quedaba.
En el centro de la aldea se levantaba EL Árbol. Un árbol joven trajo del monte a propósito, o un gajo grande pelado hasta arriba, dejando solo un penacho de hojas en la punta para que se viera que estaba vivo. A veces eran dos gajos arqueados y unidos arriba. En lo más alto le colgaban lo más valioso que tenían: frutos y pancitos de harina con forma de animales o de niños. Ese era el dios.
De madrugada — hoy lo hacen al mediodía por el calor, pero los viejos contaban que antes era antes del alba — un grupo de hombres, los "indios", salía corriendo hacia el bosque. Volvían a la carrera, descalzos, con el torso desnudo, mordiendo una ramita de albahaca y fustigándose con ramas frescas. No era castigo. Era limpieza.
Llegaban al caserío y se paraban en cada casa. Cantaban buenos augurios, dejaban el gajo verde en la puerta y la gente les daba algo a cambio. Después iban hasta donde estaba el Árbol, daban vueltas alrededor, bailaban, pasaban por debajo del arco. Uno o varios se trepaban y bajaban los frutos y los pancitos colgados para repartirlos entre todos en una comida común.
Al final venía lo más duro. El sacrificio. Hoy solo queda un gesto mínimo y brutal: frente al altar del santo, el indio se hace una sajada chiquita en la pantorrilla y deja correr un poco de sangre. Ahí mismo donde antes estaba el dios del monte. La ofrenda final.
Si lo pensás, es el mismo esquema
del solsticio de verano que vas a encontrar en Grecia o en cualquier cultura
agrícola del planeta. El rito para agradecer que la tierra dio.
Cómo los misioneros reescribieron
todo sin prohibir nada
Cuando llegaron los españoles y
los jesuitas, no vieron solo barbarie. Vieron una oportunidad.
Árbol sagrado, pan compartido,
sangre derramada. Era demasiado parecido a la Eucaristía, a la idea de la
transubstanciación. No hacía falta destruirlo. Alcanzaba con darlo vuelta.
El propio informe de 1942 cita el
truco en un verso del Cid, que es la fórmula perfecta del conquistador:
Los moros e las moras vender non
los podremos, que los descabecemos nada non ganaremos; cojámoslos de dentro, ca
el señorío tenemos; posaremos en sus casas y dellos nos serviremos.
Traducido a santiagueño: ¿para
qué quemar la casa del otro si me puedo mudar adentro y hacer que trabaje para
mí?
Y así montaron la nueva fiesta.
Le corrieron el eje. El lugar
sagrado ya no fue el Árbol. Lo llevaron unas varas más allá, al rancho donde
pusieron el altarcito de San Esteban. El Árbol dejó de ser el centro y se
volvió adorno. Multiplicaron los arcos hasta formar una avenida. Una
escenografía hermosa. La jugada fue fina: mostrarle muchos árboles al indio
para que se olvide de El Árbol.
Metieron el caballo. Y con el
caballo entró la jerarquía. Al lado del indio descalzo y semidesnudo apareció
el jinete, bien vestido, alto, a caballo. La diferencia de poder se hizo
visible. La fiesta ya no era de todos por igual. El indio corre, el jinete lo
azuza a los gritos. A veces, cuentan los viejos, a latigazos.
Por eso la gente le sigue
diciendo "correr al indio". No es que el indio corre por devoción. Es
que lo corren. En muchas fiestas del mundo hay un rito de expulsión del
espíritu viejo de la vegetación. Acá los misioneros lo transformaron en otra
cosa: la persecución de la barbarie pagana que huye hacia la redención
cristiana.
Le invirtieron el sentido a la
visita. Antes, el indio traía la fertilidad del monte a la casa. Ahora va de
casa en casa a pedir gracia. En cada rancho hay un pesebre armado con el Niño
Jesús. El indio ya no bendice. Adora. De portador de la abundancia pasó a ser
el que pide perdón.
El teatro del poder
El autor del estudio del 42 deja
una idea picando: acá está, en potencia, el acta de nacimiento de la tragedia
americana.
¿Por qué? Mirá los personajes. No
hay héroes con nombre. No hay próceres. Hay categorías sociales que actúan.
Los "alféreces", que
son la autoridad política y tienen la presidencia absoluta de todo. Los
"promesantes", que son la fe. Los "indios", que son la
marca étnica. Los "celebrantes", que son el pueblo raso.
Es teatro medieval puro. Método
ignaciano, jesuita, donde importa la masa y no el individuo. Y el que manda no
es el cura. Es el poder civil. Es el patronato regio en acción: la corona por
encima de la Iglesia, actuado en vivo, sin discurso.
Pasamos de un rito mágico para
que brote el algarrobo a un auto sacramental barroco a caballo. Una clase de
catecismo, una demostración de quién manda y una obra de teatro, todo al mismo
tiempo.
Mientras todas las fiestas
parecidas de Santiago y del norte se fueron perdiendo, esta quedó. Intacta.
Como una cápsula.
La Fiesta de San Esteban no es
solo una fiesta patronal curiosa. Es el manual de cómo se inventó América.
Agarrás algo muy viejo, muy pegado a la tierra, le ponés arriba un santo, le
sumás caballos y lo hacés desfilar por una avenida de arcos hasta que la
historia original casi no se ve.
Casi.
Porque si te quedás a mirar un
rato largo, cuando el indio deja el gajito verde en la puerta y cuando se hace
la sajada en la pierna justo frente al santo, el monte sigue ahí, latiendo
debajo.
Bibliografía consultada: burla,
credo, culpa en la creación anónima – Bernardo Canal Feijoo

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