Detrás de
las marcas récord de exportación, la tecnología de punta y los satélites que
miden el rinde de la Pampa Húmeda, la producción agrícola argentina sigue
dependiendo de algo tan antiguo como irremplazable: el esfuerzo humano. Cada
año, unos 150.000 peones rurales recorren miles de kilómetros siguiendo el
calendario de las cosechas. Son los trabajadores golondrina, un motor
indispensable para que los alimentos lleguen a las góndolas y a los barcos de
exportación.
Pero
cuando se mira de cerca quiénes hacen este trabajo, aparece un dato
contundente: uno de cada cuatro es santiagueño. Según investigaciones
difundidas por Visión Santiagueña e Infobae, más de 35.000 peones
salen todos los años de Santiago del Estero hacia los campos del Cuyo, la
Patagonia o la Región Pampeana. Más que un movimiento laboral, esta cifra
refleja la marcada desigualdad económica que hay entre las provincias.
Un
fenómeno histórico con escala global
El empleo
agrícola de temporada no es una novedad ni un invento reciente. Está integrado
a la matriz agroexportadora del país desde fines del siglo XIX. En 1894, el
sociólogo alemán Max Weber analizó el éxito del modelo agrícola argentino y
observó que la enorme capacidad del país para exportar granos se apoyaba, en
gran medida, en una masa de trabajadores golondrina sin protección laboral que
se desplazaba según la demanda.
Este
esquema tiene puntos de contacto con otros procesos de migración rural en el
mundo, como el conocido Programa Bracero entre México y Estados Unidos o los
movimientos de trabajadores en los campos del sur de Europa. En todos los
casos, el mercado busca mano de obra dispuesta a mudarse durante los picos de
trabajo y a volver a sus hogares cuando la cosecha termina, sin generar costos
fijos.
En la
Argentina actual, aunque la siembra de granos está casi toda mecanizada, muchos
sectores siguen exigiendo recolección manual. El desflorado de maíz híbrido, la
cosecha de manzanas y peras en el Alto Valle, las frutas finas, la vendimia y
la aceituna necesitan sí o sí del trabajo a mano. La tecnología redujo los
plazos de contratación, pero no reemplazó la necesidad de los cosecheros.
Las
causas del éxodo santiagueño
Para
entender por qué tantas personas salen de Santiago del Estero hay que mirar
tanto la realidad ambiental como la falta de empleo local:
- El impacto ambiental: En un territorio de más de 136.000 kilómetros cuadrados marcado por un clima subtropical semiárido, la deforestación redujo los bosques nativos de ocho millones de hectáreas a solo una décima parte. Esta pérdida dejó sin margen a muchas familias campesinas que vivían de pequeñas parcelas.
- Un mercado de trabajo cerrado: El informe Mercado laboral, ingresos y vulnerabilidad social del portal Santiago en Datos señala que el 80% de los santiagueños en edad de trabajar no tiene un empleo formal, y en toda la provincia hay apenas 50.000 puestos privados registrados. En zonas como Atamisqui, Loreto, San Martín o Figueroa, viajar a la cosecha no es una elección, sino la única forma de conseguir un ingreso.
La
temporada de cosecha dura desde fines de la primavera hasta el otoño. Son
jornadas de hasta 14 horas cobradas al destajo —es decir, por kilo o tacho
juntado—, muchas veces durmiendo en galpones o carpas sin agua corriente ni
luz, dentro de un circuito marcado por la informalidad laboral.
El costo
en las familias y en la cultura local
Este
desplazamiento continuo altera la vida cotidiana y las tradiciones de las
comunidades de origen.
El rol de
las mujeres y la separación familiar
En
general, los hombres viajan reunidos en cuadrillas de 13 a 17 personas a cargo
de un capataz o "cabecilla", y pasan fuera entre dos y tres meses.
Durante ese tiempo, las mujeres se quedan solas al frente del hogar: cuidan a
los hijos, atienden a los adultos mayores y mantienen las tareas de la casa. En
cambio, cuando las mujeres migran a las ciudades para trabajar en casas
particulares o en tareas de cuidado, suelen asentarse allí de forma definitiva.
La
pérdida de la lengua originaria
El ir y
venir constante también aceleró el abandono de costumbres locales. En la zona
de los ríos Dulce y Salado, el uso del quichua cayó de manera drástica:
mientras que el 70% de los abuelos y el 50% de los padres lo hablaban, hoy solo
el 20% de los jóvenes cosecheros conserva la lengua.
Una deuda
pendiente con los trabajadores del campo
El
trabajo golondrina muestra un contraste claro: un sector agroindustrial moderno
y volcado al comercio exterior que convive con condiciones de trabajo muy
precarias en la recolección.
Especialistas
de la Universidad Nacional de Santiago del Estero coinciden en que las causas
están diagnosticadas desde hace años. Lo que falta es una respuesta de fondo
por parte del Estado para regular la actividad y garantizar que la producción
de alimentos no se haga a costa de la precarización de quienes trabajan la
tierra.
Garantizar
condiciones dignas de trabajo y generar oportunidades para que la gente no
tenga que irse de su provincia sigue siendo una de las deudas más claras de la
política social y económica del país.
Para
conocer de cerca estas historias, el documental Golondrinas Documental sobre
las migraciones temporales muestra el testimonio directo de peones rurales
de la localidad de Garza, en Santiago del Estero, y refleja el impacto humano
de este viaje que se repite año tras año.

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