lunes, 28 de septiembre de 2026

La noche en que atraparon a la Almamula

 



La noche en que atraparon a la Almamula

Nadie salía de su casa cuando la luna redonda quedaba sobre Tala Pozo. En aquel viejo barrio de Santiago del Estero, las casas estaban unas junto a otras, pero todavía quedaban rincones oscuros, calles en silencio y lugares donde la noche parecía más profunda. Los vecinos conocían una señal que no necesitaba explicación. Si después de la medianoche se escuchaba un tintinear de cadenas, había que cerrar la puerta, apagar la luz y esperar. No hacía falta preguntar qué estaba pasando.

Aquella noche, sin embargo, alguien decidió desafiar la advertencia. Primero fue apenas un sonido. Tin... tin... tin... Llegaba desde el fondo del barrio. Se escuchaba unos segundos y desaparecía. Después regresó, un poco más cerca.

Mientras tanto, en una de las casas de Tala Pozo, Manu seguía despierto. El changuito se había quedado navegando con el celular, entretenido con la pantalla mientras en la casa todos dormían. La luz del teléfono iluminaba apenas su cara y, afuera, la noche parecía tranquila. Hasta que escuche algo. Tin... tin... tin... Manu levantó la mirada. Al principio pensé que había escuchado mal. Bajó el volumen del celular y se quedó quieto. Entonces volví a escucharlo. Tin... tin... tin... Esta vez estaba más claro.

El changuito dejó el teléfono a un costado y se quedó sentado en la cama. El sonido parecía venir desde la calle. No sabía qué era, pero había algo en ese tintinear que le produjo una sensación difícil de explicar. Los perros fueron los primeros en reaccionar. Uno dejado de escalera. Otro se metió debajo de un carro. Poco después, los caballos comenzaron a golpear el suelo dentro de los corrales y levantaron las orejas hacia la oscuridad. Manu escuchó todo desde su habitación.

Entonces llegó el resoplido. Fue profundo, áspero, casi humano. El changuito quedó inmóvil. El celular seguía encendido sobre la cama, pero ya no le prestaba atención. Se acercó lentamente a la ventana y miró hacia afuera sin animarse a abrirla. No alcanzó a ver nada. Solo la calle bañada por la luz de la luna, las sombras de los árboles y alguna luz perdida detrás de las puertas.

El ruido volvió. Esta vez estaba mucho más cerca. Las cadenas arrastraron la tierra. Se oyó un golpe seco. Después, algo parecido al sonido de unos cascos contra el suelo. Manu retrocedió de la ventana. El corazón le golpeaba fuerte en el pecho. Quiso convencerse de que no era nada, pero entonces escuchó otro sonido: un relincho largo y feroz. El changuito se asustó tremendamente. Se metió debajo de las sábanas y se quedó allí, quieto, con el celular apretado entre las manos. Afuera, el sonido de las cadenas volvió a escucharse. Estaño... estaño... estaño...

Mientras tanto, algo avanzaba por el barrio. Algo grande. Algo que no caminaba como un animal conocido. Durante unos segundos volvió a quedar todo en silencio. Y ese silencio era peor. Entonces, bajo la luz de la luna, apareció una silueta. Primero se distinguió apenas el movimiento de las ancas. Después, una figura oscura cruzó por un espacio iluminado. Tenía el cuerpo cubierto de manchas claras y oscuras y avanzaba con una fuerza extraña, como si arrastrara detrás de sí algo pesado. Volví a escucharse el tintinear. La criatura se detuvo. Levantó la cabeza. Y de la oscuridad salió otro relincho largo y feroz. Después, nada.

Los vecinos ya conocieron aquellas historias. Sabían que algunas noches, cuando la luna estaba alta y las calles quedaban casi vacías, algo recorría los alrededores de Tala Pozo. Nadie podía explicar de dónde venía. Nadie sabía hacia dónde iba. Algunos hablaban de una condena. Otros, de un alma que no encontraba descanso. También había quienes aseguraban haber visto unas ancas overas y una marca terrible en el vientre. Pero nadie se ponía de acuerdo sobre lo que realmente era. Hasta que alguien pronunció su nombre: Almamula.

Desde entonces, aquella palabra bastaba para que las puertas se cerraran. Decían que era una criatura feroz, sin orejas, que recorría las calles arrastrando cadenas. Y había algo más que nadie olvidaba: cuando alguien intentaba atraparla, podía arrojar un fuego tan intenso que quemaba las sogas y el cuero. ¿Quién iba a querer acercarse después de saber eso? Durante años, nadie consiguió enfrentarse a ella sin terminar huyendo.

Hasta que un viejo corajudo decidió esperarla en uno de los caminos del barrio. Los vecinos sabían lo que estaba haciendo. También sabía lo que podía ocurrir. Pero el hombre se escondió detrás de unos matorrales y aguardó. Cerca de la medianoche volvió a escuchar el tintineo. Tin... tin... tin... Esta vez venía directamente hacia él. El viejo salió de su escondite y se lanzó sobre la criatura. Pero la Almamula soltó un relincho que pareció sacudir la noche entera y escapó hacia la oscuridad.

El hombre regresó mucho después, cubierto de polvo y con el orgullo bastante lastimado. Había salido dispuesto a enfrentarla. Había vuelto sin conseguirlo. Desde aquella noche, nadie volvió a tomar a la criatura a la ligera.

Pero otro viejo creyó tener la solución. Era conocido por saber cosas que los demás preferían no preguntar. Algunos decían que había aprendido secretos de los antiguos; otros, simplemente, que era brujo. Preparó un cabestro, le puso un cencerro y esperó bajo la luna. Esta vez, pensaba, no habría escapatoria.

La Almamula apareció cuando la noche estaba más cerrada. El viejo esperaba. La dejó acercarse y, cuando la tuvo lo suficientemente cerca, lanzó el lazo. Por un instante, el cabestro se tensó. La criatura estaba atrapada. El hombre irritante. Después de tantos intentos fallidos, finalmente lo había conseguido. Pero la victoria se agotó apenas un instante.

La Almamula abrió la boca y de ella brotó un fuego tan intenso que iluminó los árboles como si hubiera amanecido de golpe. Las sogas comenzaron a arder. El cuero se retorció entre las manos del viejo. El cecerro cayó al suelo. Todo aquello que un instante antes parecía una captura segura se convirtió en peligro.

El hombre soltó el cabestro y corrió. Esta vez no hubo coraje ni desafío. Solo la necesidad de alejarse. Cuando llegó a su casa estaba pálido y temblando. Su comadre lo vio en semejante estado y no preguntó demasiado. Le preparó un té hirviendo de palancho y se quedó a su lado hasta que recuperó el aliento. El hombre había salido convencido de que podía atraparla. Volví sabiendo que no.

Desde entonces, nadie volvió a intentarlo. Y quizás esa fue la verdadera consecuencia de aquella noche: la Almamula no necesitó que nadie creyera en ella. Bastó con que dos hombres intentaran enfrentarla para que el barrio volviera a entender por qué, durante tanto tiempo, las puertas se cerraban cuando aparecía.

Y Manu tampoco volvió a olvidarse de aquella noche. Cuando finalmente se animó a sacar la cabeza de debajo de las sábanas, el barrio había vuelto a quedar en silencio. El celular seguía encendido sobre la cama, pero ya no tenía ganas de seguir navegando. Se quedó quieto, escuchando, esperando que aquel sonido no volviera.

Todavía dicen que, cuando la luna ilumina las calles de Tala Pozo y el barrio queda en silencio, puede escucharse un lejano tintinear de cadenas. Tin... tin... tin... Algunos aseguran que es ella. Que todavía anda por ahí. Y cuando ese sonido aparece en la noche, hasta los más valientes prefieren cerrar las puertas y esperar que la criatura siga de largo.

Porque hay historias que sobreviven al paso de los años. No solamente porque se cuentan, sino porque, de vez en cuando, la noche parece devolverlas. Y quizás por eso, cuando Manu escucha un ruido parecido en la oscuridad, ya no necesita que nadie le explique de qué se trata.

En Tala Pozo, la respuesta parece seguir siendo la misma: cerrar la puerta, apagar la luz y esperar en silencio.

Historia inspirada en "Chacarera del Alma Mula".

 

 

 

 

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