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"EL ALGIBE famoso de los Taboada, se ampara en el tiempo y en la cordial enredadera."
Cuando esta sacó pecho sobre el asfalto, y los caserones vastos, de cuatro horizontes abiertos ya no justificaron su antaña presencia, con la última instancia de la piqueta, aquellos patios circunferenciales -oh girasoles familiares- fueron recogiendo cual si fuera un maravilloso pañuelo de sol las cuatro puntas de su dulce intimidad.
Han ido replegándose en el recuerdo
Paralelamente la ciudad ha erguido la fisonomía moderna y en la necesidad impostergable de nuevas exigencias, ha terminado con el litigio de presente y pasado, de centro a periferia.
Así, junto a la ciudad han ido oprimiéndose, marchitándose. Así, ya no se presenta la pausa del tiempo, la luz, luz; las luciérnagas; la luna, florecida luna.
Ya no se distribuye la vida familiar junto al aljibe de roldana quejumbrosa, o al rosal aquel que un día cualquiera vis ti la primavera de púrpura y sol.
Ya no se espera la desnudez del otoño en las manos doradas que voltea la viña mustia. Ni llegan los fríos por la redonda llamadaada del naranjo compañero.
Ni se mira ir la tarde en la ronda infantil desplegada cotidianamente. (Si miráis por los ojos de alguna cancela veréis las figuras recortadas y la voz aún fotografiada):
Buenos días su señoría:
Mantantero liro lá... (Asoma el viejo corredor su rostro surcado de vigas,, y es cribe el recuerdo en la péñola de su silencio)...
Así, junto a la ciudad nueva, el perímetro íntimo de los patios se va diluyendo en la despedida. Pero el desplazamiento fue lento. Tal vez quedó como una intención secreta prendiéndose al encanto de las huertas interiores, o deteniéndose en los dinteles de los caserones predestinados.
Tal vez, al derrumbe del primer caserón de leyenda en más de un solar se guardaban historias y reliquias del recuerdo, saraos, clavecín, espliegos... fue como un cataclismo que signó en el ánimo y en la realidad, las formas perentorias.
Más entonces, en el corazón alineado de la nomenclatura urbana surgieron los parapetos duros, en otro diálogo de pertas y zaguanes. Y el viejo patio terminó retaceado en cuatro macetas.
Los patios viejos ya no tuvieron bando.
Su amplia pulcritud, su conyocar al paisaje fue esfumando su destino. El encanto pequeño de las tertulias, el mantón vívido de rosas té o claveles que cada uno extendiera con grandor de alma, acabó en el museo de las postales de familia. Apenas si Buenos días su señoría hoy, en algunos adobones sobrevivientes, su presencia nos detiene un instante. ¿Cuántos quedan, con gesto amistoso y melancólico? (Yo he mirado por algunos de ellos y he evocado la vida lenta consumida en el reloj de arena de las angustias, de las alegrías y de las voces ausentes).
Con los patios viejos he traído mi ciudad y la postal de su infancia
Miro en su paisaje, y estoy en su olor de tiempo y mentas, en su remanso de años y pasado.
He visto a los niños en la cuerda de plazas y parques. Y digo: los patios ya no tienen bando.
Han ido recogiendo, cual si fuera un pañuelo de sol, las cuatro puntas de su dulce intimidad.
Clementina Rosa Quenel, Santiago, mayo de 1948.
Fuente: Número Del Cincuentenario 1898, diario El Liberal.
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