Crónica geológica a partir del estudio de Marta Omil y Manuel Cabrera, publicado en Acta Geológica Lilloana, tomo XVII, número 2, en 1992.
A unos 15 kilómetros al este de
la Sierra de Guasayán, en el departamento homónimo de Santiago del Estero, Los
Cerrillos guardan una historia que se remonta a cientos de millones de años.
Sus lomadas bajas, atravesadas por la Ruta Nacional 64, muestran una sucesión
de rocas volcánicas, areniscas rojizas, basaltos y sedimentos que permiten
reconstruir transformaciones profundas de la región.
El paisaje parece discreto si se
lo compara con las grandes formaciones montañosas del país. Pero detrás de esas
elevaciones se encuentra una historia geológica compleja, marcada por episodios
volcánicos, movimientos tectónicos, sedimentación y procesos de alteración
mineral que se han sucedido desde el Paleozoico hasta tiempos mucho más
recientes.
Esa historia ha sido reconstruida
por Marta Omil y Manuel Cabrera en su trabajo «Geología de los Cerrillos,
departamento Guasayán, provincia de Santiago del Estero», publicado en 1992. A
partir de observaciones de campo, estudios microscópicos y dataciones
radimétricas, los investigadores revisaron las edades atribuidas a distintas
formaciones y propusieron una nueva interpretación de la secuencia geológica
local.
El estudio también puso en
discusión algunas clasificaciones anteriores. Las diferencias entre los
investigadores no fueron menores: según la interpretación adoptada, una misma
formación podía quedar ubicada en períodos geológicos distintos, lo que modificaba
la reconstrucción de los acontecimientos que habían dado origen al relieve.
Un paisaje dividido por fallas
Los Cerrillos están constituidos
por dos alineaciones de lomadas bajas. La mayor se extiende aproximadamente
diez kilómetros y aparece dividida en dos sectores por una falla transversal.
La alineación menor, situada al oeste, alcanza cerca de cinco kilómetros y está
separada de la anterior por otra falla, orientada en dirección
noroeste-sudeste.
La Ruta Nacional 64 atraviesa
transversalmente el conjunto y delimita los sectores conocidos como Cerrillos
Norte y Cerrillos Sur.
Estas formas del terreno no son
simples ondulaciones de la superficie. Las fracturas y discontinuidades
registradas en las rocas permiten reconocer los movimientos que han afectado a
la región a lo largo de su evolución. Las fallas también han intervenido en la
circulación de fluidos subterráneos, responsables de alteraciones minerales que
todavía pueden observarse en algunos afloramientos.
Antes de la investigación de Omil
y Cabrera ya existían antecedentes sobre la geología de la zona. Entre ellos se
encontraban los trabajos de Beder, publicados en 1928; los estudios de Minera
Tea, de 1968; las investigaciones de Ruiz Huidobro, de 1973, y la descripción
geológica de Battaglia, de 1982.
Cada aporte permitió avanzar en
el conocimiento de las rocas y su distribución. El trabajo de 1992 retomó esas
observaciones y las relacionó con nuevos datos de laboratorio para establecer
una secuencia cronológica más precisa.
Cuando el vulcanismo dominaba el
paisaje
La historia documentada en las
rocas comienza en el Paleozoico superior, durante el Carbonífero y el Pérmico
inferior. En ese período se produjeron manifestaciones volcánicas que dieron
origen a la Formación Las Lomitas, compuesta por rocas volcánicas ácidas.
Uno de los lugares estudiados fue
la Cantera San Miguel. Allí, los investigadores observaron estructuras de
flujo, fracturas y numerosos planos de diaclasamiento, es decir, grietas que
afectan a la roca. Algunas de estas discontinuidades facilitaron la circulación
de soluciones hidrotermales, que modificaron profundamente los materiales
originales.
Las rocas, inicialmente de
tonalidades pardovioláceas oscuras, presentan sectores amarillentos, rojizos y
blanquecinos. Bajo el microscopio, los investigadores reconocieron alteraciones
que habían transformado minerales originales, entre ellos plagioclasas,
reemplazadas por illita y caolinita.
En las zonas afectadas por la
circulación de fluidos también se encontraron minerales de cuarzo y yeso. Cerca
de la salida de la cantera, en un sector de falla, se identificó un nódulo cuyo
interior estaba formado por cuarzo hialino y cuya superficie presentaba
pequeñas rosetas de yeso selenítico.
La presencia de estos minerales
ofrece una pista sobre los procesos que actuaron después de la formación de las
rocas. El paisaje conserva, de ese modo, señales de acontecimientos diferentes:
primero la actividad volcánica y, posteriormente, la circulación de fluidos
capaces de modificar la composición y el aspecto de los materiales.
Para determinar la antigüedad de
las vulcanitas, los autores recurrieron a dataciones radimétricas realizadas
mediante el método potasio-argón (K-Ar). Los resultados consignados en el
artículo abarcan aproximadamente entre 300 y 270 millones de años, aunque los
investigadores advirtieron que la precisión de esos datos exigía cautela al
relacionarlos con fases específicas del magmatismo regional.
La investigación vinculó estas
manifestaciones con la discusión geológica sobre la denominada Fase Atacama,
caracterizada por Moya y Salfity en 1982. La asociación se planteó con
reservas, debido a las limitaciones estadísticas de las dataciones disponibles.
Las areniscas rojas y una
discusión sobre su edad
Sobre las rocas volcánicas de la
Formación Las Lomitas aparecen las areniscas rojizas que caracterizan buena
parte del relieve occidental de Los Cerrillos. Su color, asociado
principalmente a óxidos de hierro, contrasta con las tonalidades oscuras de algunas
rocas volcánicas y permite reconocerlas a simple vista.
Estas areniscas integran la
Formación Los Cerrillos, cuya edad ha sido objeto de distintas
interpretaciones.
Ruiz Huidobro había denominado
Formación Ichagón a estas rocas y les había atribuido una antigüedad
correspondiente al Carbonífero superior y al Pérmico inferior, sobre la base de
dataciones radimétricas. Más tarde, Battaglia, en su trabajo de 1982, separó
las areniscas rojas de los basaltos situados por debajo de ellas. A las
primeras les asignó el nombre de Formación Los Cerrillos y agrupó los basaltos
en la Formación Las Lomitas.
La discusión continuó con las investigaciones
de Lucero Michaut, quien en 1969 describió distintas clases de areniscas del
Paleozoico superior en sectores de Córdoba y Santiago del Estero. En un trabajo
posterior, de 1979, el investigador organizó las unidades sedimentarias de la
Sierra Norte de Córdoba y ubicó la Formación Los Cerrillos dentro del
Cretácico.
Omil y Cabrera revisaron esa
interpretación. A partir de las relaciones entre las capas, las observaciones
de campo y los antecedentes disponibles, reconsideraron la ubicación
cronológica de las areniscas y propusieron relacionarlas con el Pérmico, con la
posibilidad de extender su asignación al intervalo Pérmico-Triásico para los
niveles superiores.
La diferencia no fue meramente
nominal. Establecer si esas rocas pertenecían al Paleozoico superior, al
Mesozoico o a una transición entre ambos períodos cambiaba la secuencia de
acontecimientos que podía reconstruirse para la región.
El estudio microscópico permitió
reconocer que las areniscas están compuestas principalmente por cuarzo, con
proporciones que los autores sitúan entre el 60 y el 84 por ciento. También
contienen fragmentos de rocas metamórficas, como pizarras y filitas, además de
materiales plutónicos en menor proporción. El cemento, escaso, está
representado por óxidos de hierro.
Estos componentes aportan
información sobre los materiales que existían antes de que se depositaran los
sedimentos. Las areniscas, por lo tanto, también conservan rastros de otras
rocas y de los procesos que las desintegraron, transportaron y acumularon.
Los basaltos de Ichagón y las
edades que exigen cautela
Al sur de la Ruta Nacional 64
aparece una franja de basaltos de aproximadamente dos kilómetros de extensión.
Los autores los atribuyeron a la Formación Ichagón, siguiendo la clasificación
de Battaglia.
Son rocas pardogrisáceas que
presentan fractura concoidea y distintos grados de alteración. En su
composición se identificaron plagioclasas, minerales derivados de la alteración
del olivino y otros componentes, entre ellos calcita, goethita y magnetita.
Las dataciones realizadas
mediante el método K-Ar situaron estas rocas entre el Triásico superior y el
Jurásico inferior. Los investigadores, no obstante, señalaron que esos
resultados debían tomarse con reserva hasta disponer de nuevas mediciones.
La advertencia revela una
característica habitual de la investigación geológica: una fecha obtenida
mediante un procedimiento analítico no siempre resuelve por sí sola la edad de
una formación. Los resultados necesitan ser contrastados con la composición de
las rocas, su posición respecto de otras unidades y las relaciones que pueden
observarse en el terreno.
Omil y Cabrera compararon sus
observaciones con manifestaciones volcánicas descriptas en otras regiones.
Citaron, entre otros antecedentes, los trabajos de González y Toselli sobre
rocas mesozoicas de la Argentina, que incluían registros de Sierra de Maz y
distintos sectores de La Rioja.
La comparación permitió situar
los basaltos de Los Cerrillos dentro de un problema geológico regional más
amplio: la distribución temporal y espacial del vulcanismo en las Sierras
Pampeanas y en otras áreas del noroeste argentino.
Lutitas, yeso y sedimentos más
recientes
La sucesión de rocas no termina
con los basaltos. En la entrada de la Cantera San Miguel, al pie de la ladera
oriental de Cerrillos Norte, los investigadores describieron un nivel de
lutitas pardas y verdosas de aproximadamente 25 metros de espesor.
Las lutitas son rocas
sedimentarias de grano muy fino que suelen separarse en láminas. En el perfil
estudiado aparecen en distintos niveles, con variaciones de color y
disposición. Algunas capas muestran buena fisilidad, una propiedad que facilita
su división en superficies delgadas.
Los autores registraron también
discontinuidades entre las unidades. Estas discordancias representan
interrupciones en la sucesión geológica y pueden reflejar períodos sin
sedimentación, erosión o movimientos que modificaron la disposición de las
capas antes de que se depositaran nuevos materiales.
En tiempos mucho más recientes,
durante el Mioceno, se depositaron sedimentos de la Formación Río Salí,
representados en el área por arcilitas pardas y verdosas con yeso. Según Omil y
Cabrera, la formación alcanza un espesor aproximado de 550 metros, estimado a
partir de perforaciones, aunque en superficie solo afloran algunos metros.
La presencia de estos materiales
permite reconocer una etapa distinta de la evolución regional, posterior a los
episodios volcánicos y a la sedimentación que dio origen a las areniscas y
lutitas más antiguas.
También se identificó la
Formación La Represa, integrada por un afloramiento reducido de andesitas
pardogrisáceas. Los autores encontraron semejanzas petrográficas entre estas
rocas, las de una cantera situada en la Sierra de Guasayán y las andesitas de la
Formación Puerta de la Peña.
En este caso, la edad miocena se
apoyó en criterios estratigráficos establecidos por Porto y Danieli en 1979
para rocas comparables de la Formación Puerta de la Peña. Omil y Cabrera
relacionaron esos afloramientos con una misma manifestación volcánica, aunque
su interpretación se basó en las semejanzas y relaciones geológicas observadas.
Por último, en la Cantera San
Juan describieron un fanglomerado compuesto principalmente por materiales del
basamento y rocas volcánicas. Se trata de uno de los escasos representantes del
Cuaternario reconocidos en el sector estudiado.
Una historia geológica distinta
de la Sierra de Guasayán
La investigación de 1992 llegó a
una conclusión que modifica la manera de interpretar el conjunto del paisaje.
Aunque Los Cerrillos se encuentran cerca de la Sierra de Guasayán, ambos
presentan características geológicas diferentes.
Omil y Cabrera destacaron que Los
Cerrillos están marcados por la presencia de rocas volcánicas de distintas
composiciones, ampliamente distribuidas en el área. La sucesión incluye
vulcanitas ácidas, basaltos y andesitas, junto con unidades sedimentarias de
edades muy diferentes.
El trabajo fue realizado bajo los
auspicios del Instituto de Geocronología de la Fundación Miguel Lillo, dentro
del programa Geotuc del CONICET. Los autores agradecieron especialmente al
doctor Juan Carlos Porto por su colaboración en las tareas de campo y su
asesoramiento durante la elaboración del texto.
La bibliografía reúne
investigaciones publicadas entre 1928 y comienzos de la década de 1990. Esa
continuidad muestra cómo el conocimiento de un paisaje se construye mediante
observaciones sucesivas, nuevas técnicas de datación y revisiones de hipótesis anteriores.
Los Cerrillos han conservado en
sus rocas episodios volcánicos, sedimentos antiguos, fracturas y minerales
formados por procesos posteriores. Cada unidad representa una etapa diferente,
y sus contactos permiten reconstruir el orden en que ocurrieron algunos de esos
acontecimientos.
La historia que presentan Omil y
Cabrera no es una secuencia completamente cerrada. Las reservas expresadas
sobre determinadas edades y las diferencias con clasificaciones previas dejan
planteadas preguntas que requieren nuevas investigaciones. Precisamente allí
reside el valor del estudio: haber reunido evidencias dispersas y propuesto una
interpretación geológica que permite comprender mejor la evolución de este
sector de Santiago del Estero.
Fuente principal: Omil,
Marta y Cabrera, Manuel (1992). «Geología de los Cerrillos, departamento
Guasayán, provincia de Santiago del Estero». Acta Geológica Lilloana, XVII (2),
pp. 155-160. Las interpretaciones históricas y las edades mencionadas se han
tomado del artículo; las incertidumbres señaladas corresponden a las reservas
expresadas por sus autores.

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