domingo, 18 de octubre de 2026

Los Cerrillos, una historia escrita en las rocas de Santiago del Estero

Crónica geológica a partir del estudio de Marta Omil y Manuel Cabrera, publicado en Acta Geológica Lilloana, tomo XVII, número 2, en 1992.

Fotografia: Gustavo Tarchini


A unos 15 kilómetros al este de la Sierra de Guasayán, en el departamento homónimo de Santiago del Estero, Los Cerrillos guardan una historia que se remonta a cientos de millones de años. Sus lomadas bajas, atravesadas por la Ruta Nacional 64, muestran una sucesión de rocas volcánicas, areniscas rojizas, basaltos y sedimentos que permiten reconstruir transformaciones profundas de la región.

El paisaje parece discreto si se lo compara con las grandes formaciones montañosas del país. Pero detrás de esas elevaciones se encuentra una historia geológica compleja, marcada por episodios volcánicos, movimientos tectónicos, sedimentación y procesos de alteración mineral que se han sucedido desde el Paleozoico hasta tiempos mucho más recientes.

Esa historia ha sido reconstruida por Marta Omil y Manuel Cabrera en su trabajo «Geología de los Cerrillos, departamento Guasayán, provincia de Santiago del Estero», publicado en 1992. A partir de observaciones de campo, estudios microscópicos y dataciones radimétricas, los investigadores revisaron las edades atribuidas a distintas formaciones y propusieron una nueva interpretación de la secuencia geológica local.

El estudio también puso en discusión algunas clasificaciones anteriores. Las diferencias entre los investigadores no fueron menores: según la interpretación adoptada, una misma formación podía quedar ubicada en períodos geológicos distintos, lo que modificaba la reconstrucción de los acontecimientos que habían dado origen al relieve.

Un paisaje dividido por fallas

Los Cerrillos están constituidos por dos alineaciones de lomadas bajas. La mayor se extiende aproximadamente diez kilómetros y aparece dividida en dos sectores por una falla transversal. La alineación menor, situada al oeste, alcanza cerca de cinco kilómetros y está separada de la anterior por otra falla, orientada en dirección noroeste-sudeste.

La Ruta Nacional 64 atraviesa transversalmente el conjunto y delimita los sectores conocidos como Cerrillos Norte y Cerrillos Sur.

Estas formas del terreno no son simples ondulaciones de la superficie. Las fracturas y discontinuidades registradas en las rocas permiten reconocer los movimientos que han afectado a la región a lo largo de su evolución. Las fallas también han intervenido en la circulación de fluidos subterráneos, responsables de alteraciones minerales que todavía pueden observarse en algunos afloramientos.

Antes de la investigación de Omil y Cabrera ya existían antecedentes sobre la geología de la zona. Entre ellos se encontraban los trabajos de Beder, publicados en 1928; los estudios de Minera Tea, de 1968; las investigaciones de Ruiz Huidobro, de 1973, y la descripción geológica de Battaglia, de 1982.

Cada aporte permitió avanzar en el conocimiento de las rocas y su distribución. El trabajo de 1992 retomó esas observaciones y las relacionó con nuevos datos de laboratorio para establecer una secuencia cronológica más precisa.

Cuando el vulcanismo dominaba el paisaje

La historia documentada en las rocas comienza en el Paleozoico superior, durante el Carbonífero y el Pérmico inferior. En ese período se produjeron manifestaciones volcánicas que dieron origen a la Formación Las Lomitas, compuesta por rocas volcánicas ácidas.

Uno de los lugares estudiados fue la Cantera San Miguel. Allí, los investigadores observaron estructuras de flujo, fracturas y numerosos planos de diaclasamiento, es decir, grietas que afectan a la roca. Algunas de estas discontinuidades facilitaron la circulación de soluciones hidrotermales, que modificaron profundamente los materiales originales.

Las rocas, inicialmente de tonalidades pardovioláceas oscuras, presentan sectores amarillentos, rojizos y blanquecinos. Bajo el microscopio, los investigadores reconocieron alteraciones que habían transformado minerales originales, entre ellos plagioclasas, reemplazadas por illita y caolinita.

En las zonas afectadas por la circulación de fluidos también se encontraron minerales de cuarzo y yeso. Cerca de la salida de la cantera, en un sector de falla, se identificó un nódulo cuyo interior estaba formado por cuarzo hialino y cuya superficie presentaba pequeñas rosetas de yeso selenítico.

La presencia de estos minerales ofrece una pista sobre los procesos que actuaron después de la formación de las rocas. El paisaje conserva, de ese modo, señales de acontecimientos diferentes: primero la actividad volcánica y, posteriormente, la circulación de fluidos capaces de modificar la composición y el aspecto de los materiales.

Para determinar la antigüedad de las vulcanitas, los autores recurrieron a dataciones radimétricas realizadas mediante el método potasio-argón (K-Ar). Los resultados consignados en el artículo abarcan aproximadamente entre 300 y 270 millones de años, aunque los investigadores advirtieron que la precisión de esos datos exigía cautela al relacionarlos con fases específicas del magmatismo regional.

La investigación vinculó estas manifestaciones con la discusión geológica sobre la denominada Fase Atacama, caracterizada por Moya y Salfity en 1982. La asociación se planteó con reservas, debido a las limitaciones estadísticas de las dataciones disponibles.

Las areniscas rojas y una discusión sobre su edad

Sobre las rocas volcánicas de la Formación Las Lomitas aparecen las areniscas rojizas que caracterizan buena parte del relieve occidental de Los Cerrillos. Su color, asociado principalmente a óxidos de hierro, contrasta con las tonalidades oscuras de algunas rocas volcánicas y permite reconocerlas a simple vista.

Estas areniscas integran la Formación Los Cerrillos, cuya edad ha sido objeto de distintas interpretaciones.

Ruiz Huidobro había denominado Formación Ichagón a estas rocas y les había atribuido una antigüedad correspondiente al Carbonífero superior y al Pérmico inferior, sobre la base de dataciones radimétricas. Más tarde, Battaglia, en su trabajo de 1982, separó las areniscas rojas de los basaltos situados por debajo de ellas. A las primeras les asignó el nombre de Formación Los Cerrillos y agrupó los basaltos en la Formación Las Lomitas.

La discusión continuó con las investigaciones de Lucero Michaut, quien en 1969 describió distintas clases de areniscas del Paleozoico superior en sectores de Córdoba y Santiago del Estero. En un trabajo posterior, de 1979, el investigador organizó las unidades sedimentarias de la Sierra Norte de Córdoba y ubicó la Formación Los Cerrillos dentro del Cretácico.

Omil y Cabrera revisaron esa interpretación. A partir de las relaciones entre las capas, las observaciones de campo y los antecedentes disponibles, reconsideraron la ubicación cronológica de las areniscas y propusieron relacionarlas con el Pérmico, con la posibilidad de extender su asignación al intervalo Pérmico-Triásico para los niveles superiores.

La diferencia no fue meramente nominal. Establecer si esas rocas pertenecían al Paleozoico superior, al Mesozoico o a una transición entre ambos períodos cambiaba la secuencia de acontecimientos que podía reconstruirse para la región.

El estudio microscópico permitió reconocer que las areniscas están compuestas principalmente por cuarzo, con proporciones que los autores sitúan entre el 60 y el 84 por ciento. También contienen fragmentos de rocas metamórficas, como pizarras y filitas, además de materiales plutónicos en menor proporción. El cemento, escaso, está representado por óxidos de hierro.

Estos componentes aportan información sobre los materiales que existían antes de que se depositaran los sedimentos. Las areniscas, por lo tanto, también conservan rastros de otras rocas y de los procesos que las desintegraron, transportaron y acumularon.

Los basaltos de Ichagón y las edades que exigen cautela

Al sur de la Ruta Nacional 64 aparece una franja de basaltos de aproximadamente dos kilómetros de extensión. Los autores los atribuyeron a la Formación Ichagón, siguiendo la clasificación de Battaglia.

Son rocas pardogrisáceas que presentan fractura concoidea y distintos grados de alteración. En su composición se identificaron plagioclasas, minerales derivados de la alteración del olivino y otros componentes, entre ellos calcita, goethita y magnetita.

Las dataciones realizadas mediante el método K-Ar situaron estas rocas entre el Triásico superior y el Jurásico inferior. Los investigadores, no obstante, señalaron que esos resultados debían tomarse con reserva hasta disponer de nuevas mediciones.

La advertencia revela una característica habitual de la investigación geológica: una fecha obtenida mediante un procedimiento analítico no siempre resuelve por sí sola la edad de una formación. Los resultados necesitan ser contrastados con la composición de las rocas, su posición respecto de otras unidades y las relaciones que pueden observarse en el terreno.

Omil y Cabrera compararon sus observaciones con manifestaciones volcánicas descriptas en otras regiones. Citaron, entre otros antecedentes, los trabajos de González y Toselli sobre rocas mesozoicas de la Argentina, que incluían registros de Sierra de Maz y distintos sectores de La Rioja.

La comparación permitió situar los basaltos de Los Cerrillos dentro de un problema geológico regional más amplio: la distribución temporal y espacial del vulcanismo en las Sierras Pampeanas y en otras áreas del noroeste argentino.

Lutitas, yeso y sedimentos más recientes

La sucesión de rocas no termina con los basaltos. En la entrada de la Cantera San Miguel, al pie de la ladera oriental de Cerrillos Norte, los investigadores describieron un nivel de lutitas pardas y verdosas de aproximadamente 25 metros de espesor.

Las lutitas son rocas sedimentarias de grano muy fino que suelen separarse en láminas. En el perfil estudiado aparecen en distintos niveles, con variaciones de color y disposición. Algunas capas muestran buena fisilidad, una propiedad que facilita su división en superficies delgadas.

Los autores registraron también discontinuidades entre las unidades. Estas discordancias representan interrupciones en la sucesión geológica y pueden reflejar períodos sin sedimentación, erosión o movimientos que modificaron la disposición de las capas antes de que se depositaran nuevos materiales.

En tiempos mucho más recientes, durante el Mioceno, se depositaron sedimentos de la Formación Río Salí, representados en el área por arcilitas pardas y verdosas con yeso. Según Omil y Cabrera, la formación alcanza un espesor aproximado de 550 metros, estimado a partir de perforaciones, aunque en superficie solo afloran algunos metros.

La presencia de estos materiales permite reconocer una etapa distinta de la evolución regional, posterior a los episodios volcánicos y a la sedimentación que dio origen a las areniscas y lutitas más antiguas.

También se identificó la Formación La Represa, integrada por un afloramiento reducido de andesitas pardogrisáceas. Los autores encontraron semejanzas petrográficas entre estas rocas, las de una cantera situada en la Sierra de Guasayán y las andesitas de la Formación Puerta de la Peña.

En este caso, la edad miocena se apoyó en criterios estratigráficos establecidos por Porto y Danieli en 1979 para rocas comparables de la Formación Puerta de la Peña. Omil y Cabrera relacionaron esos afloramientos con una misma manifestación volcánica, aunque su interpretación se basó en las semejanzas y relaciones geológicas observadas.

Por último, en la Cantera San Juan describieron un fanglomerado compuesto principalmente por materiales del basamento y rocas volcánicas. Se trata de uno de los escasos representantes del Cuaternario reconocidos en el sector estudiado.

Una historia geológica distinta de la Sierra de Guasayán

La investigación de 1992 llegó a una conclusión que modifica la manera de interpretar el conjunto del paisaje. Aunque Los Cerrillos se encuentran cerca de la Sierra de Guasayán, ambos presentan características geológicas diferentes.

Omil y Cabrera destacaron que Los Cerrillos están marcados por la presencia de rocas volcánicas de distintas composiciones, ampliamente distribuidas en el área. La sucesión incluye vulcanitas ácidas, basaltos y andesitas, junto con unidades sedimentarias de edades muy diferentes.

El trabajo fue realizado bajo los auspicios del Instituto de Geocronología de la Fundación Miguel Lillo, dentro del programa Geotuc del CONICET. Los autores agradecieron especialmente al doctor Juan Carlos Porto por su colaboración en las tareas de campo y su asesoramiento durante la elaboración del texto.

La bibliografía reúne investigaciones publicadas entre 1928 y comienzos de la década de 1990. Esa continuidad muestra cómo el conocimiento de un paisaje se construye mediante observaciones sucesivas, nuevas técnicas de datación y revisiones de hipótesis anteriores.

Los Cerrillos han conservado en sus rocas episodios volcánicos, sedimentos antiguos, fracturas y minerales formados por procesos posteriores. Cada unidad representa una etapa diferente, y sus contactos permiten reconstruir el orden en que ocurrieron algunos de esos acontecimientos.

La historia que presentan Omil y Cabrera no es una secuencia completamente cerrada. Las reservas expresadas sobre determinadas edades y las diferencias con clasificaciones previas dejan planteadas preguntas que requieren nuevas investigaciones. Precisamente allí reside el valor del estudio: haber reunido evidencias dispersas y propuesto una interpretación geológica que permite comprender mejor la evolución de este sector de Santiago del Estero.

Fuente principal: Omil, Marta y Cabrera, Manuel (1992). «Geología de los Cerrillos, departamento Guasayán, provincia de Santiago del Estero». Acta Geológica Lilloana, XVII (2), pp. 155-160. Las interpretaciones históricas y las edades mencionadas se han tomado del artículo; las incertidumbres señaladas corresponden a las reservas expresadas por sus autores.

 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario