Por Leyendas del Folclore Santiagueño | Análisis Literario e Histórico
El eco de cuatro siglos
en la voz de un poeta bandeño
Hay tierras donde la
geografía no se mide en kilómetros ni en grados centígrados, sino en el dolor
de sus salitrales, en el calor abrazador de sus siestas y en la resonancia
ancestral de sus bombos legüeros. Santiago del Estero, la «Madre de Ciudades»,
encierra entre su polvo y sus montes cuatro siglos de contiendas heroicas, traiciones
de conquista y mitologías que estremecen la espesura. Redescubrir la monumental
obra de Dalmiro Coronel Lugones (1919-1971), compilada en la edición
institucional Poesía reunida (2021), representa un viaje documental y
periodístico a las raíces identitarias de la Argentina profunda.
Como advierte la
investigadora Adriana Del Vitto (2013) en el estudio preliminar a la
obra, el reencuentro con la palabra poética del autor bandeño permite
comprender de qué modo el agobio climático deja de ser un mero dato técnico
para transformarse en «"calor de tierra nativa", con la
connotación del amor, de la protección, del abrazo». Por su parte, el
renombrado erudito Orestes Di Lullo (1960), en el prólogo original a Romancero
del canto nativo, subraya con agudeza el temple del vate: «Lugones,
poeta de extraordinaria fibra y honda sensibilidad, calla sus propios impulsos
y se refrena para dejar hablar a la tierra». Ese recato lírico es el que
permite que la historia vernácula hable con voz viva y desgarradora.
I. La conquista a sangre
y ponzoña: El drama de Maquijata y la ciudad errante (1542–1550)
La crónica histórica que
hilvana Coronel Lugones se abre con los trazos sangrientos de la primera
ocupación española. En el «Romance de la "Entrada" de Diego de
Rojas», el poeta traslada al lector al año 1542, cuando las huestes del
capitán Diego de Rojas parten del Cuzco por disposición de Vaca de Castro.
Animados por el espejismo de divisar el legendario «País de Trapalanda»
o la fabulosa «Ciudad de los Césares», los conquistadores se adentran en
territorio jurí y lule.
Sin embargo, la
expedición pronto naufraga en la tragedia. En los breñales de Maquijata, la
ferocidad de las tribus locales asesta un golpe letal mediante una «flecha
enherbolada» (envenenada) que hiere de muerte al propio Diego de Rojas. En este
pasaje, el poeta saca a la luz una de las intrigas más oscuras y desgarradoras
del periodo colonial: la difamación contra Catalina de Enciso, una de
las tres únicas mujeres que integraban la mesnada. Mientras el capitán deliraba
«bajo la sombra de un tala», las lenguas viperinas del campamento
acusaron a Catalina de haber envenenado la flecha para hechizarlo por celos
amatorios. Coronel Lugones recrea el drama humano de la mujer acusada
injustamente:
«La intriga teje,
entretanto, / redes de oscura falacia / y Catalina de Enciso / llora y maldice
en venganza / a quienes injustamente / la acusan con torpe saña / de haberle
dado un veneno / al Jefe de la mesnada...»
— Dalmiro Coronel
Lugones, Romance de la "Entrada" de Diego de Rojas
El destino de aquellos
conquistadores iniciales estuvo signado por una trágica fatalidad recíproca.
Como acota Del Vitto (2013) al repasar el «Romance de Núñez de Prado»,
la muerte violenta persiguió uno a uno a los líderes expedicionarios: Francisco
de Mendoza cayó asesinado en Malaventura tras fundar el fugaz Real de Medellín;
Felipe Gutiérrez fue ejecutado al garrote por Pedro de Puelles; Nicolás de
Heredia fue degollado en Pacona por orden de Carvajal; y el misionero Fray
Francisco de Galán resultó acribillado a flechazos abrazando la Cruz tras el
fallido intento de evangelizar al cacique Canamico.
Contradicción
histórica: La traición de Aguirre y el despojo de Núñez de Prado
En el «Romance de
Núñez de Prado», el autor expone con firmeza la tensión que rodeó la
fundación de la Ciudad del Barco en 1550 a orillas del río Estero. Cuando Núñez
de Prado planta el «Rollo e Picota» e inicia el reparto de tierras y
algodonales, irrumpen las huestes de Francisco de Aguirre provenientes
de Chile. En un asalto nocturno y por la fuerza de las armas, Aguirre apresó a
Núñez de Prado «sin razón ni justicia», lo envió desterrado y trasladó el
poblado unos kilómetros al norte, rebautizándolo impunemente como Santiago
del Estero.
II. El bronce de los
Patricios y la sangre en el algarrobo (1810–1820)
El salto al siglo XIX
transforma al bardo en el cronista de la gesta emancipadora. Por las venas del
propio Dalmiro Coronel Lugones corría la estirpe del Coronel Lorenzo Lugones,
prócer de la independencia y veterano de las campañas del Alto Perú. El propio
poeta declara con orgullo genealógico y ético: «Y porque a mi patria chica /
cuatro centurias me arraigan / (pues en mi sangre hay linajes / de aquellos que
la fundaran)».
En el «Romance del
coronel Lorenzo Lugones», la narrativa periodística reconstruye el grito de
Mayo de 1810. Santiago del Estero fue la primera ciudad del interior en adherir
formalmente a la Revolución. De la mano del caudillo Juan Francisco Borges
y del teniente Germán Lugones, se alistó el célebre batallón de los 300
Patricios Santiagueños. Nombres como Gallo, Taboada, Ibarra, Carol, Riesco
y Gorostiaga marcharon al bautismo de fuego integrando la Expedición
Auxiliadora de Ortiz de Ocampo, Balcarce y Díaz Vélez, combatiendo en Suipacha
(1810), Huaqui (1811), Las Piedras, Tucumán (1812) y Salta (1813).
No obstante, la crónica
no oculta los desgarramientos de las guerras civiles. En 1816, el anhelo de
autonomía frente al centralismo tucumano llevó a Juan Francisco Borges a
levantarse en armas secundado por Montenegro y Lorenzo Lugones. La respuesta
del Directorio fue despiadada: las fuerzas de Lamadrid, Bustos y Paz aplastaron
a los autonomistas en la sangrienta lid de Pitambalá.
El 4 de septiembre de
1816, en el paraje de Santo Domingo, el caudillo Borges fue conducido al
banquillo de fusilamiento. El poema inmortaliza la dignidad suprema del héroe
vencido, rechazando la venda de los ojos y cayendo de pie frente al piquete de
ejecución:
«Ni las vendas, ni el
banquillo, / de pie, como militar, / de cara al viento y la historia / morirá
con dignidad. / Ruido sordo de descargas / ni un solo grito, ni un ay, / y
después un gran silencio, / la gloria y la eternidad...! / Ha muerto el
Caudillo Borges, / ha florecido un chaguar...»
— Dalmiro Coronel
Lugones, Romance del coronel Lorenzo Lugones
Como represalia, el
coronel Lorenzo Lugones fue despojado de su grado militar y reducido a la
condición de «aventurero» sin goce de sueldo. Habría que esperar al Viernes
Santo, 31 de marzo de 1820, para que Juan Felipe Ibarra expulsara al
gobernador tucumano Echauri y consolidara la Declaración de Autonomía del 27 de
abril de 1820. Paradójicamente, fue el propio Lorenzo Lugones quien, años más
tarde, actuaría como el gran diplomático que negoció y firmó la histórica Paz
de Vinará, reconciliando definitivamente a las provincias hermanas.
III. El milagro de Pozo
de Vargas: La zamba como arma de combate (1867)
Uno de los episodios más
singulares e impactantes de la historiografía bélica argentina se halla
registrado en el «Romance de Pozo de Vargas». El 10 de abril de 1867, en
los abrasados llanos riojanos, se midieron las montoneras de Felipe Varela
contra las fuerzas santiagueñas comandadas por el general Manuel Taboada.
La batalla era
encarnizada y feroz. El polvo, la sed y la arremetida de las lanzas de Varela
tenían a las tropas santiagueñas al borde del colapso y en plena retirada. En
ese instante crítico, cuando todo parecía perdido, el general Taboada ejecutó
una maniobra táctica desconcertante y genial: en lugar de ordenar toque de a
degüello o retirada, le mandó a la banda militar tocar una zamba.
Un testimonio
musical único en la historia militar
«Pero el recuerdo del
pago / tembló el valor de Taboada / y a la banda el bravo Jefe / mandó tocar
una zamba...! / La música de la tierra / con su sabor de nostalgia / recuerdo
de patria chica / les trajo en aires de zamba. / Y entonces los santiagueños, /
brillando al sol las espadas, / caras y ponchos al viento / volvieron fiero a
la carga...! / (...) Era "vencer o la muerte" / la consigna. Y con la
zamba / vencieron los santiagueños / allá por Pozo de Vargas...!»
— Dalmiro Coronel
Lugones, Romance de Pozo de Vargas
El impacto estético y
emocional de la música nativa sobre la tropa exhausta revirtió milagrosamente
la contienda. Inflamados por la añoranza de su pago chico, los soldados
volvieron caras, arremetieron a sablazos y lograron una victoria épica. La
zamba, ritmo de cortejo y nostalgia, se convirtió así en el más mortífero e
inspirador himno de victoria.
IV. La naturaleza animada
y las sombras del mito
El universo poético de
Coronel Lugones no se agota en la reconstrucción militar. Como destaca Alberto
Tasso (2004) en sus estudios sobre las letras provinciales, la literatura
santiagueña posee una singular capacidad para animar el paisaje e integrar el
mito a la experiencia cotidiana. En Romancero del canto nativo, la
flora, los ríos y la fauna cobran vida y expresan el sentir del campesino y del
hachero.
El Río Dulce es el
«Miski-Mayu», un bracero caluroso que baja de las cumbres del Aconquija y que «por
quedarse en Santiago / (...) se desborda en los bañados / entre un malambo de
garzas». A su vez, el bosque es definido poéticamente como una «Catedral
sin Dios ni santos / donde el órgano del viento / suena en las misas del
diablo». Es en esa espesura donde irrumpen las figuras místicas recopiladas
por el saber folclórico:
- El Crespín:
El trágico mito de Ana María, la mujer que abandonó a su esposo agonizante
para ir a bailar en el carnaval. Al informársele que Crespín había muerto,
lanzó su fría y célebre sentencia: «"que siga el baile, hay tiempo
para llorar"». Como castigo divino, fue transformada en el ave
solitaria que clama eternamente por su amado entre las quiponotas.
- La Telesita:
Telésfora Castillo, la niña huérfana trágicamente consumida por el fuego
en la selva, cuyos pies desnudos y heridos bailaban ensimismados sobre las
brasas. Convertida en «santa sin altares», el pueblo la venera en los
célebres rezabailes para hallar objetos perdidos o pedir lluvias.
- El Kakuy:
El mito desgarrador de la venganza fraterna, donde el hermano cansado del
maltrato abandona a su hermana en la copa desramada de un alto quebracho.
Al caer la noche, la mujer metamorfoseada en ave rompe el silencio
siestero con su estremecedor grito de angustia: «¡Turay...! ¡Turay...!»
(¡Hermano...! ¡Hermano...!).
V. Tiempo de zamba y
malambo: El mapa sonoro de la argentinidad
En su segunda gran obra, Tiempo
de zamba y malambo, Dalmiro Coronel Lugones amplía su horizonte lírico para
construir lo que él mismo definió como un «glosario poemático para el
folclore». Distanciándose de la estructura del romance octosílabo, el poeta
recurre aquí a los majestuosos versos alejandrinos para retratar cada una de
las regiones e instrumentos del país.
Como señala con admiración
el folclorólogo Félix Coluccio (citado por Del Vitto, 2013): «Este
libro de Dalmiro Coronel Lugones (...) por haberle infundido el soplo poético
más inspirado y armonioso, caminará por todos los senderos de la Patria dejando
un auténtico mensaje de belleza y amor». El poemario traza una cartografía
cultural donde no existen jerarquías ni fronteras:
Desde los aires de antaño
(el minué federal, la gavota, el vals vienés) hasta el candombe de San Telmo
(«En el barrio de San Telmo / taca-tan suena el tambor»), pasando por la
bravura de la Pampa, la melancolía del Litoral y los viñedos de Cuyo. El
recorrido alcanza su cumbre en el Altiplano y el Noroeste, donde los coyas
promesantes bajan de los cerros con sus erkes, charangos y cajas «y Dios en
los senderos mirándolos pasar».
El legado indeleble y la
condena del viajero
La crónica periodística
de la obra de Dalmiro Coronel Lugones revela que su poesía no pertenece al
pasado, sino que palpita en el presente de cada santiagueño. Como anota el
crítico Miguel Brevetta Rodríguez (1987), la proyección de Lugones «va
mucho más allá de sus tardes amarillas», consolidándose como un faro de la
identidad cultural del Noroeste argentino.
Quizás la síntesis más
perfecta del ser santiagueño se halle en los versos finales de su «Romance
de la vuelta del santiagueño». En ellos, el poeta sintetiza el dramático y
noble sino de los hijos de esta tierra: la necesidad de emigrar lejos del pago
en busca de sustento, acompañados por una nostalgia incurable que no admite
rencor ni queja:
«He de andar por otros
rumbos / con ilusiones viajeras / buscando en suelos extraños / lo que mi suelo
me niega / destino del santiagueño / vivir de sueños y ausencias, / partir y
volver cantando / sin una sola protesta...!»
— Dalmiro Coronel
Lugones, Romance de la vuelta del santiagueño
A través de su Poesía
reunida, Dalmiro Coronel Lugones saldó con creces su deuda con la patria
chica. Con la precisión del historiador, la sensibilidad del poeta y la
devoción del hijo, transformó el barro, la sal y las espinas de Santiago del
Estero en un monumento literario inmortal que sigue resonando en la memoria
colectiva de la Nación.
Basado en la obra
"Poesía reunida" (Subsecretaría de Cultura de la Provincia de
Santiago del Estero, 2016/2021)
Fuentes y Referencias
Documentales Citadas
- Coronel Lugones, Dalmiro (2021):
Poesía reunida. 1ª ed. 2016, reedición digital 2021. Subsecretaría
de Cultura de la Provincia de Santiago del Estero. ISBN 978-987-3964-46-6.
- Del Vitto, Adriana (2013):
«Con voz y alma de eterno santiagueño: Estudio preliminar a la obra de
Dalmiro Coronel Lugones». Incluido en Poesía reunida, págs.
7–22.
- Di Lullo, Orestes (1960):
Prólogo a Romancero del canto nativo. Reproducido en Poesía
reunida, págs. 26–27.
- Coluccio, Félix:
Prólogo a Tiempo de zamba y malambo. Citado en el estudio
preliminar de Adriana Del Vitto (2013)[cite: 1].
- Tasso, Alberto (2004):
Cuadernos de Cultura de Santiago del Estero: antología 1970-1995.
Santiago del Estero: Barco Edita[cite: 1].
- Brevetta Rodríguez, Miguel (1987):
«Dalmiro Coronel Lugones: más allá de sus tardes amarillas». En
diario El Liberal, septiembre, Santiago del Estero[cite: 1].
- Alén Lascano, Luis y Taralli, Ricardo
Dino (1999): Folclore santiagueño.
Santiago del Estero: Editorial Santiago Libros[cite: 1].

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