Si alguna vez anduviste de noche por el campo, seguro sentiste esa oscuridad cerrada que lo envuelve todo. Y si en medio de esa penumbra viste un resplandor flotando a lo lejos, ya sabés de qué se trata. La Luz Mala - o Ailen Mulelo, como le decían en los pueblos originarios - es de esas historias que moldearon el folklore rural argentino. Pero más allá de los sustos de fogón, ¿qué hay realmente detrás de estas luces que hacían frenar a cualquiera en medio de la nada?
El origen según la
cosmovisión originaria
Para las comunidades
originarias, cruzarse con este fuego fatuo no era un tema menor. En mapudungun
lo bautizaron Ailen Mulelo, uniendo ailliñ (brasa) y amulen (andar o caminar):
la "brasa ardiente que camina". En otras zonas del interior también
se la conoció como Boy Tata.
Ver una de estas luces en
mitad del sendero alcanzaba para que nadie volviera a pasar por ese camino
durante meses. No se trataba de una simple superstición, sino del respeto a lo
que consideraban apariciones directas del más allá.
Un alma errante en busca
de compañía
Con el tiempo, la
tradición criolla absorbió la creencia y le aportó su propio matiz. En el
imaginario popular, esa luz no es más que un alma en pena vagando por la pampa.
Hablamos de espíritus atrapados en un punto medio: gente que cometió faltas en
vida, pero no tan graves como para ir al infierno ni tan leves como para entrar
al cielo.
Esa alma sin rumbo busca
acercarse a los vivos porque necesita compañía. Se queda ahí, flotando en la
nada, esperando que algún familiar o ser querido haga una buena obra en su
nombre que al fin la redima.
Lo que la ciencia tiene
para decir
Por más fascinante o
escalofriante que resulte el relato, la explicación técnica es bastante más
terrenal. En la práctica, el fenómeno responde a tres factores muy concretos:
Emanaciones de metano:
Muy típicas de suelos anegados o pantanosos, como los de la zona de la Bahía de
Samborombón.
Gases de descomposición:
La materia orgánica y las grasas que se pudren a poca profundidad liberan gases
que, al salir a la superficie y tomar contacto con el aire, generan destellos
tenues.
Fosforescencia en
osamentas: Los esqueletos de animales tirados en el campo acumulan sales de
calcio que despiden un brillo particular en la oscuridad.
Una brisa suave alcanza
para mover esos gases y dar la sensación de que la luz baila o te persigue. Y
cuando se trata de los huesos fijos, el combo entre el cansancio de la vista,
la falta de referencias en la noche y el miedo atávico termina por hacer el
resto: el ojo cree ver movimiento donde no lo hay.
El contrahechizo del
paisano
Ahora, si la versión
lógica no te alcanza y preferís no arriesgarte si te la cruzás en la huella, el
paisano dejó su propio método de defensa. Para sacarse de encima la Luz Mala,
la receta era corta y al pie: encomendarse a Dios con un rezo entre dientes y
morder de inmediato la vaina del cuchillo. Porque en la pampa profunda, contra
las cosas del más allá, el acero siempre fue la última línea de defensa.

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