Hay historias que no desaparecen, aunque pasen los años. Se cuentan una y otra vez, cambian algunos detalles, incorporan nuevos personajes, pero mantienen algo esencial: esa capacidad de despertar curiosidad, respeto y, por qué no, un poco de miedo.
En Santiago del Estero,
el monte fue durante generaciones el escenario de muchas de esas historias.
Entre caminos solitarios, cuevas, quebradas y noches de silencio aparecen dos
figuras que todavía forman parte del imaginario popular: Sachayoj Zupay y la
Salamanca.
Sachayoj Zupay, el
espíritu que recorre el monte
En la selva saladina
santiagueña se conserva una antigua leyenda sobre un espíritu errante llamado
Sachayoj Zupay.
Según la tradición,
atraviesa los campos corriendo o montado sobre una mula negra. Y no va con las
manos vacías: lleva mulitas, lechiguanas y otros obsequios para quienes se
animen a encontrarse con él.
La escena tiene algo
inquietante. Imaginar a un jinete misterioso apareciendo en medio del monte,
entre la oscuridad y los caminos perdidos, alcanza para entender por qué este
tipo de relatos sobrevivió durante tanto tiempo.
Son historias que parecen
hechas para una noche alrededor del fogón, cuando el silencio se vuelve más
profundo y cualquier ruido entre los árboles puede alimentar la imaginación.
Pero si hay una leyenda
que ocupa un lugar central en el folklore del norte argentino, esa es la
Salamanca.
La Salamanca, entre
brujos, diablos y secretos
La Salamanca es
presentada como un lugar oculto, conocido únicamente por quienes han sido iniciados
en las artes de la brujería.
La tradición cuenta que
sus reuniones tienen lugar durante las noches de los sábados. Allí se
encuentran hechiceros, adivinos y brujos, conocidos también como
"calcus", acompañados por animales y espíritus.
Quienes aseguran haber
llegado hasta allí describen un ambiente difícil de olvidar: un recinto
iluminado con lámparas de aceite humano, lleno de gritos, carcajadas y un
enorme alboroto.
Pero entrar no sería
sencillo.
Primero había que conocer
una contraseña. Sin ella, la entrada permanecía invisible. Con la palabra
correcta, comenzaba un recorrido por una especie de laberinto en el que el
visitante debía enfrentarse a distintas pruebas.
Y ahí la historia se
vuelve bastante más oscura.
Chivos, serpientes y
basiliscos
Uno de los primeros
obstáculos era el Arunco, un chivo maloliente que embestía al visitante y lo
empujaba hacia el interior.
Después aparecía una
enorme culebra colgante, amenazante, con una baba sanguinolenta que le caía de
la boca.
Y finalmente estaba el
basilisco, con su ojo centelleante.
Quien lograba atravesar
estas pruebas todavía tenía una obligación fundamental: guardar el secreto.
La tradición advertía que
revelar dónde estaba la entrada a la Salamanca podía traer consecuencias
terribles. El misterio, en definitiva, necesitaba del silencio para mantenerse
vivo.
Una leyenda que cruzó
fronteras
Aunque la Salamanca quedó
profundamente arraigada en el folklore del norte argentino, su historia es
mucho más amplia.
Se intentó relacionar el
término con la palabra aimara "sallamanca", interpretada como
"piedra abajo". Sin embargo, también existe la interpretación de que
tanto el nombre como el mito tienen origen hispano y que luego se extendieron
por distintas regiones de América del Sur.
La creencia aparece, con
diferentes variantes, en Chile, Bolivia y varias provincias argentinas.
En Chile, Vicuña
Cifuentes recogió la idea de que las salamancas serían entradas hacia una gran
"Cueva de Salamanca". Incluso existía una curiosa forma de reconocer
a quienes supuestamente habían estado allí: observar si proyectaban sombra al
caminar.
En Catamarca, Villafuerte
registró otra versión. Allí se decía que para entrar había que hacerlo desnudo
y acompañado por un cuervo negro. El visitante debía renegar de Dios y escupir
un crucifijo colocado en la puerta.
Cada lugar fue
incorporando sus propios detalles. Y eso es, justamente, una de las
características más interesantes de estas leyendas: cambian según la región,
pero conservan el núcleo del misterio, la transgresión y el pacto con lo
desconocido.
El Diablo vestido de
gaucho
En Jujuy, los testimonios
recopilados por Berta Vidal ubican una Salamanca en el Huancar, un cerro
cercano a Abra Pampa.
Allí aparece el
"Tío", una representación del Diablo vestido como un gaucho elegante
y adornado con objetos de plata.
Según la tradición,
buscaba hombres dispuestos a realizar un pacto a cambio de riquezas
extraordinarias.
Una copla popular resumía
ese encuentro:
"Voy
a firmar un contrato
el martes de carnaval,
con el diablo principal,
que me espera en el Huancar."
En pocas líneas aparece
uno de los temas centrales de estas historias: el deseo de conseguir algo
extraordinario, aun cuando el precio pueda resultar demasiado alto.
¿Qué buscaban quienes
entraban a la Salamanca?
La Salamanca no era
imaginada solamente como un sitio de brujos y diablos.
También era, dentro de la
creencia popular, un lugar al que podían acudir quienes buscaban determinadas
habilidades.
Un cantor podía entrar
para mejorar su voz. Un orador, para conseguir mayor facilidad de palabra. Un
jinete, para perfeccionar sus destrezas.
El Diablo podía conceder
esos dones, pero había una condición: entregar el alma.
El pacto quedaba
establecido mediante un contrato que debía cumplirse dentro de un plazo
determinado y, según la tradición, podía estar firmado con sangre.
En las zonas montañosas,
la Salamanca solía ubicarse en cuevas y socavones. En las regiones de monte y
llanura, en cambio, se la imaginaba escondida en lo más profundo de la
espesura.
Desde allí, decían,
podían escucharse músicas, risas y cantos. Todo parecía invitar al curioso a
entrar.
Cuando la leyenda llegó
al folklore
Con el paso del tiempo,
estas historias dejaron de pertenecer únicamente a la tradición oral. También
llegaron a la literatura y a la música popular.
Los cantores del norte
argentino encontraron en la Salamanca un tema casi inagotable. Sus canciones
hablan de los pactos, de quienes se aventuraron a entrar y de las habilidades
que supuestamente podían conseguir.
La leyenda también
aparece vinculada a la literatura gauchesca a través de Santos Vega, el famoso
payador que, según la tradición, habría obtenido sus extraordinarias
habilidades en la Salamanca.
Cuando Juan sin Ropa, una
representación del Diablo, aparece para buscarlo, Santos Vega lo enfrenta en un
contrapunto y termina siendo vencido.
La historia fue recogida
en distintas versiones, entre ellas las de Hilario Ascasubi y Rafael Obligado.
De la Salamanca a Fausto
La idea de pactar con el
Diablo para obtener aquello que parece imposible tampoco es exclusiva del
folklore argentino.
Un ejemplo conocido es
Fausto, protagonista de una antigua leyenda alemana. Allí, el personaje entrega
su alma a cambio de conocimiento, placeres y experiencias que van más allá de
los límites humanos.
La historia atravesó
siglos, países y distintas formas de expresión artística.
En ese sentido, la
Salamanca puede entenderse como una versión propia, profundamente ligada al
mundo rural y a las creencias del norte argentino, de un tema mucho más
antiguo: el deseo de conseguir aquello que se quiere con tanta fuerza que hasta
se está dispuesto a negociar con lo desconocido.
El monte también guarda
sus historias
Sachayoj Zupay y la
Salamanca forman parte de ese enorme universo de relatos que acompañaron
durante generaciones a las comunidades santiagueñas.
No hace falta decidir si
estas historias ocurrieron realmente para comprender su importancia. Son parte
de una memoria colectiva construida a través de voces, experiencias, temores y
deseos que fueron pasando de una generación a otra.
Y quizás ahí esté su
verdadero valor.
En estas leyendas
aparecen el monte, los animales, la noche, la música, el misterio y algo
profundamente humano: la necesidad de explicar lo desconocido y, al mismo
tiempo, la esperanza de alcanzar aquello que parece fuera de nuestro alcance.
Por eso todavía nos
atraen.
Porque cuando alguien
cuenta que en algún lugar del monte existe una Salamanca, o que una figura
misteriosa puede aparecer montada sobre una mula negra, el relato deja de ser
simplemente una historia antigua.
Durante unos minutos, el
monte vuelve a llenarse de sombras, sonidos y secretos.
Y queda flotando una
pregunta, de esas que no necesitan respuesta inmediata: ¿cuánto de aquellas
historias se perdió con el paso del tiempo y cuánto sigue escondido, todavía,
entre los árboles y los caminos de Santiago del Estero?
Fuente:
texto base proporcionado, con referencias a recopilaciones y trabajos de José
Ramón Farías, Vicuña Cifuentes, Villafuerte y Berta Vidal, además de la
colaboración de J. A. Barrio.

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