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domingo, 26 de julio de 2026

Latidos Negros: Redescubriendo la Huella Africana en Argentina y Santiago del Estero

 



En los pliegues de la historia rioplatense una comunidad que, en el siglo XVIII, representó más de la mitad de la población de algunas provincias hoy se debate entre el olvido y la invisibilidad. Su presencia, sin embargo, está impregnada de ritmo, de resistencia y de un legado que sigue resonando en el tango, el candombe y las palabras cotidianas del país.

Raíces que se hunden en la tierra del Río de la Plata

Los primeros varones africanos llegaron a lo que hoy es Argentina como esclavos de los conquistadores españoles. El flujo sistemático de esclavos por la ciudad de Buenos Aires comenzó poco después de su segunda fundación, en 1580, cuando los pobladores, desesperados por la escasez de mano de obra indígena en la zona, reclamaron la importación de “trabajadores” provenientes de Angola y el Congo.

Según los historiadores, de los 60 millones de africanos enviados a América sólo 12 millones sobrevivieron el viaje transatlántico. Buena parte de ese número desembarcó a través de los puertos del Río de la Plata, Montevideo, Valparaíso y Río de Janeiro, donde fueron distribuidos entre labranzas, ganaderías y hogares aristocráticos. Las africanas, además de unirse en “santo matrimonio” con sus compañeros, fueron obligadas a servir sexualmente a sus amos y a sus parientes, generando una población mulata que, a lo largo de los siglos, se mezcló con la criolla y con los inmigrantes europeos.

El auge silencioso bajo la sombra de Rosas

Durante la gobernación de Juan Manuel de Rosas (18291852) la comunidad negra de Buenos Aires alcanzó un nivel inesperado: alrededor del 30 % de la población total. El propio gobernador, acompañado de su familia, asistía regularmente a los candombes, esa forma de baile y canto que, aunque permitida, era una de las escasas expresiones culturales concedidas a los descendientes de africanos.

Los candombes, con sus tambores que “hacían temblar el suelo” y sus voces que entonaban antiguas plegarias, se convirtieron en un escenario de resistencia silenciosa. Cuando la danza se convertía en canción, la pulsación del tambor también marcaba el latido de una memoria que el Estado intentaba amortiguar.

El declive oficial y la invisibilidad

El siglo XIX trajo consigo un descenso sostenido de la población afroargentina. El aluvión migratorio fomentado por la Constitución de 1853 y la llegada masiva de inmigrantes europeos (español, italiano, francoalemán) diluyeron su peso relativo. En los censos, la categoría “negra”, “parda”, “morena” o “de color” fue sustituida por el ambiguo término “trigueña”, que podía aplicarse a cualquier tono de piel o, en algunos casos, a ninguno.

Los registros de 1838 a 1887 muestran una “desaparición artificial” de la comunidad. En 1778, por ejemplo, el noroeste argentino presentaba cifras sorprendentes: en Tucumán el 42 % de la población era negro, en Santiago del Este­ro el 54 % y en Catamarca el 52 %; en Salta el 46 %, en Córdoba el 44 %, mientras que en Mendoza el 24 % y en La Rioja el 20 %.

Hacia fines del siglo, el porcentaje oficial de negros cayó a apenas 1,8 % en 1887, y a partir de esa fecha los censos dejaron de registrar la variable racial, como si la comunidad hubiera desaparecido de la realidad.

La huella que persiste

Música y danza:

El tango, esa danza que define la identidad porteña, nació en los conventillos y en los salones donde los esclavos organizaban sus candombes. La milonga, su predecesora, conserva en su nombre una palabra bantú que significa “mezcla”. La chacarera, el grito de la pampa, también bebe de la tradición afro: su ritmo, sus instrumentos de percusión y sus voces resuenan con ecos de la sabiduría africana.

Pocos nombres quedan en la memoria, pero su aporte fue decisivo: Rosendo Mendizábal, autor de El entrerriano, era negro; Cayetano Silva compuso la música de la Marcha de San Lorenzo; Zenón Rolón escribió la marcha fúnebre que honró el regreso de los restos de José de San Martín en 1882. El legendario payador Gabino Ezeiza y el mítico “moreno” del Martín Fierro son otros testimonios vivos de esa presencia.

Lenguaje cotidiano:

En Santiago del Este­ro y en gran parte del noroeste, vocablos de origen africano siguen siendo parte del habla: mina, milonga, mucama, quilombo, mandinga, arrorro, mondongo, zamba, marote, banana. Estos términos, a veces trivializados, son portadores de una historia que se ha transmitido de generación en generación, aunque sus raíces se pierdan en la cotidianidad.

Religiosidad y festividades:

El legado cultural afro se manifiesta también en la devoción popular. El Carnaval rioplatense, con sus comparsas de candombe, celebra la libertad de los esclavos. En Corrientes, el legendario San Baltasar, el rey mago negro, sigue siendo venerado. San Benito, patrono de los afrodescendientes, tiene altares en varias provincias, recordando que la fe ha sido un refugio y un canal de resistencia.

Voces del pasado, miradas del presente

Domingo F. Sarmiento, presidente durante la gran epidemia de fiebre amarilla y la Guerra del Paraguay, dejó constancia de su postura racista. En su diario de 1848, al referirse a la esclavitud en EE. UU., escribió:

 “La esclavitud es una vegetación parásita que la colonización inglesa ha dejado pegada al árbol frondoso de las libertades…”

Más adelante, en una de sus frases célebres, afirmó:

 “Llego feliz a esta Cámara de Diputados de Buenos Aires, donde no hay gauchos, ni negros, ni pobres.”

Estas palabras, lejos de ser simples anécdotas, reflejan la actitud oficial del Estado que, una vez abolida la esclavitud, buscó borrar la presencia visible de los afrodescendientes, relegándolos al silencio oficial.

Hasta el día de hoy: el legado y la lucha

Los términos negro, negrita, morocho, cabecita negra siguen utilizándose, aunque su carga semántica ha sido desplazada hacia la clase social más que hacia la raza. En la práctica, sus víctimas pueden ser amerindios, europeos o afrodescendientes, evidenciando que el racismo persiste en formas sutiles y a veces encubiertas.

Los festivales, los bailes y los nombres de calles que hoy conmemoran a la comunidad negra son pistas que el país no puede ignorar. Reconocer la desaparición artificial no es sólo un ejercicio estadístico; es una invitación a reescribir la narrativa cultural, a rescatar los rostros que el historiador oficial dejó fuera y a honrar el latido de los tambores que, desde los conventillos del siglo XIX, siguen resonando en los bares de Buenos Aires y en las pampas argentinas.

Fuentes

* Todo es Historia (revista)

* Historia del barrio: Presencia negra – ensantelmo.com

* BBC News, especial sobre esclavitud (2007)

* El Peruano, “Opinión” (2007)

En la medida en que la memoria se vuelve arte, la historia afroargentina deja de ser un vacío y se convierte en un mosaico vibrante que, una vez más, reclama ser visto, escuchado y, sobre todo, celebrado.

sábado, 24 de enero de 2026

Las achuras, “comida de esclavo” y el aporte Afro a la gastronomía argentina

Las achuras, que representan quizás aquello más característico del asado argentino, son una herencia de la esclavitud. En diálogo con el antropólogo Pablo Cirio, buscamos en la historia los aportes afroargentinos a la comida nacional.

 Por Esteban Lleonart

 


Contaba Jorge Luis Borges que allá por la década del ’20, cuando comenzó a frecuentar a los compadritos de Buenos Aires, que un día al regresar a su casa luego de haber comido con ellos, su madre lo increpó: “¿No habrás comido esas porquerías que comen los esclavos?” Se refería a los chinchulines, mollejas y otras partes de la vaca que la sociedad “bien” no consumía y que, a pesar de que la esclavitud quedó abolida definitivamente con la constitución de 1853 (y que Buenos Aires debió aceptar en 1860), seguía estando en aquellos comienzos del siglo XX asociada a los negros argentinos.

En Buenos Aires el primer ingreso de esclavos fue en 1585, aunque el comercio de seres humanos traídos de África en el actual territorio nacional es anterior. Si tomamos 1860 como fecha final, estamos hablando de al menos 275 años de esclavitud en las provincias del Virreinato del Río de la Plata, sin contar que, como los indemnizados fueron los amos esclavistas pero no así los negros que habían sido víctimas, muchos debieron seguir trabajando en una condición de servidumbre que no difirió mucho de la dominación anterior. Esa servidumbre – antes y después de la abolición – tuvo mucho que ver con la cocina. A partir de la década de 1880 empieza la “moda” de las sirvientas francesas, o al menos europeas, pero antes de eso, era muy común que preparar la comida fuera providencia de los negros.

 “Los negros acá tuvieron que hacer todas las comidas para el amo, además de cocerle la ropa, plancharle, todo… hasta trabajo sexual, obviamente no consentido, del que viene mucho del mestizaje actual, muy poco reconocido”, explica Pablo Cirio, antropólogo y Director de la Cátedra Libre de Estudios Afroargentinos y Afrolatinoamericanos de la Universidad de La Plata. Cirio cuenta que, al tener que hacer tantas tareas al mismo tiempo, se popularizó una cocina de en base a guisos y cocciones lentas, ya que esto permitía a los esclavos desarrollar varias actividades al mismo tiempo. En tantos siglos de cocinar guisos y pucheros, puede suponerse que haya habido aportes a las cocciones y condimentaciones hechas por los negros en nuestro territorio, aunque claro, al ser un tema poco estudiado, no existan grandes evidencias de ello. Sí la hay, sin embargo, de que los eran muy hábiles con los dulces, y ya en la época de Rosas había libertos (o sea, hijos de esclavos que debían pagarle una renta a sus amos) que vendían mazamorra y pastelitos para generar ese ingreso.

Volviendo al asado, en épocas en que no había métodos de conservación de las carnes y con abundancia de vacas para comer, los blancos consumían la carne asada, pero no así las achuras, que se tiraban a la basura. “La tripa gorda, los chinchulines, las mollejas…  todo eso es un aporte de la cultura del desperdicio, de los negros que consumían lo que sus amos desperdiciaban, a la culinaria argentina, y que hoy es como el ABC de la argentinidad”, sostiene Cirio.

Esta puede relacionarse también al caso de Antonio Gonzaga.  Autor de “El Cocinero Práctico Argentino” en 1931, Gonzaga fue un negro correntino que se destacó en alta cocina y que trabajó para el Congreso Nacional y diversos hoteles de lujo.  En sus recetarios hay descriptas muchas técnicas para la preparación del asado, y se lo considera responsable por haber difundido en la alta sociedad porteña el consumo de las achuras, el chorizo o las criadillas, por las que fue célebre. También fue famoso su puchero, otra comida relacionada a las cocinas de esclavos durante la época colonial. E incluso Cirio imagina que quizás las salsas que Gonzaga creaba y bautizaba con nombres de fantasía bien podrían ser antiguas salsas africanas, nombradas al gusto de los blancos.

 “Hubo una clase alta negra, de gente muy preparada intelectualmente, como Gonzaga, que todavía existe, y que generalmente ascendió socialmente ya en la época de Rosas a costa de desentenderse de su africanía, abrazando los valores eurocentrados, entre ellos la comida, obviamente.  Eso lo obligaba a vestirse de determinada manera, a no ir a los candombes, a no reproducir nada que no sea de desagrado del blanco, como las lenguas africanas o la religión… muchos empezaron a estudiar abogacía, medicina, y artes plásticas europeas, viajar a Europa para perfeccionarse… y en este caso, bueno, las cocinas”, asevera Cirio. De hecho Gonzaga se describía en los libros como “criollo”, que quiere decir “hijo del país”, pero no como negro.

Sin embargo, y más allá de estos aportes, no puede hablarse propiamente de una cocina afroargentina (ya que, entre esclavitud y pobreza, su cocina se basó más en rescatar desperdicios y comer lo que se pudiera), y ni siquiera ser muy específicos sobre el aporte de esa comunidad a la gastronomía nacional. Junto con la invisibilización de la comunidad afrodescendiente de la argentina (a partir de 1887 se dejó de contar a la población negra en los censos, y se empezó a utilizar el término ambiguo “trigueño”) vino también una falta de estudio sobre sus aportes, en general reducidos a estereotipos coloniales, sin considerar su presencia continua y actual, muchas veces identificada con la pobreza, a la que quedaron relegados quienes mantuvieron su identidad afro, en general puertas adentro, para evitar la discriminación.

Incluso en muchos casos el “blanqueamiento” cultural ha llevado a que muchos afrodescendientes no se perciban como tales. Eso complica, según Cirio, saber cuál es la cantidad actual descendientes de negros que hay en el país. Algunas estimaciones han dicho que son unas 2 millones de personas, o el 4% de la población. Según el censo de 2010 habría 149.493 afrodescendientes en el país, el 0,37% de la población, pero de acuerdo a Cirio, está mal medido: “Porque en primer lugar depende de quién se auto percibe como afrodescendiente, lo que requiere un trabajo de autopercepción previo. Son culturas lastimadas históricamente, como en una época podía ser reconocerse gay”.

Fuente: comunicacionpopular.com.ar

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