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martes, 15 de septiembre de 2026

Agua en tierras de sequía: el sueño de transformar el río Dulce

En la Santiago del Estero de mediados del siglo XX, el problema no parecía ser solamente la falta de agua, sino la dificultad para aprovecharla. Mientras el río Dulce podía alcanzar crecidas de 2.400 metros cúbicos por segundo, extensas regiones de la provincia sufrían la desecación de sus bañados y el retroceso de la agricultura y la ganadería. En ese escenario, una obra iniciada en 1938 y proyectada para entrar en servicio en 1949 aparecía como una de las grandes apuestas para transformar la relación de Santiago con sus ríos.



Hay una imagen que resume una de las grandes contradicciones de Santiago del Estero: un río que desborda de agua junto a tierras que padecen sed. En una provincia acostumbrada a los períodos de sequía, las crecidas del río Dulce podían convertirse en una fuerza difícil de contener. Pero, al mismo tiempo, buena parte de esa enorme cantidad de agua terminaba perdiéndose lejos de las zonas que más podían necesitarla.

Esa contradicción estaba en el centro de las grandes obras hidráulicas que se proyectaban en la provincia. Entre ellas, el Dique Los Quiroga ocupaba un lugar destacado. Su construcción había comenzado en junio de 1938, al norte de la ciudad capital, y una década después se encontraba en plena ejecución. Para principios de 1949 se esperaba terminar el dique junto con su Canal Matriz y la red de canales destinada al riego de las tierras de la margen izquierda del Dulce.

La obra, por lo tanto, no era un proyecto recién iniciado. Llevaba años de construcción y planificación. Y las expectativas que despertaba eran enormes.

Una obra que comenzó en 1938

El Dique Los Quiroga comenzó a construirse en junio de 1938 con fondos de la Nación y un presupuesto de 20 millones de pesos. Su finalidad principal era regular las aguas del río Dulce y destinarlas al riego de una extensa zona agrícola.

El proyecto contemplaba inicialmente una superficie de unas 40.000 hectáreas bajo riego. Pero esa cifra representaba solo una primera etapa. Una vez que el sistema estuviera en funcionamiento, se estimaba que el área beneficiada podría llegar a 100.000 hectáreas.

La obra incluía el dique, un Canal Matriz y una red de canales para distribuir el agua hacia las tierras de la margen izquierda del río. No se trataba simplemente de levantar una estructura sobre el cauce. El propósito era crear un sistema que permitiera aprovechar el agua de manera regular y ampliar las posibilidades productivas de la región.

Mientras tanto, durante la década de 1940, las obras avanzaban y el río seguía mostrando la magnitud de sus crecidas.

Cuando el Dulce llevaba 2.400 metros cúbicos por segundo

El informe del ingeniero Martín Malinar, quien dirigía por entonces la construcción del dique por disposición de la Dirección de Agua y Energía de la Nación, registraba un dato que permite dimensionar la fuerza del río.

Durante una de las últimas crecientes, el Dulce llegó a pasar por las obras en construcción a razón de 2.400 metros cúbicos por segundo.

El dato resultaba significativo. Allí estaba el agua, abundante, corriendo con enorme fuerza frente a una provincia que en otros momentos del año podía sufrir justamente lo contrario: la escasez necesaria para sostener cultivos, animales y poblaciones.

La cuestión, entonces, no era solamente cuánta agua tenía Santiago. Era cómo aprovecharla.

El Dique Los Quiroga buscaba dar una respuesta a ese problema. Regular las crecidas permitiría que el agua no dependiera exclusivamente de los ciclos naturales del río y pudiera ser conducida hacia las tierras destinadas a la producción.

1949: la fecha prevista para terminar la obra

Hacia fines de la década de 1940, el proyecto entraba en una etapa decisiva. La documentación de la época señalaba que para principios de 1949 estaría terminado el Dique Los Quiroga, junto con su Canal Matriz y la red de canales de riego.

La secuencia es importante para entender el proyecto: la construcción había comenzado en 1938 y, durante los años siguientes, las obras fueron avanzando hasta llegar a una etapa que, hacia 1948, se presentaba como próxima a su finalización.

La expectativa era que el nuevo sistema comenzara a prestar servicio a la agricultura santiagueña cuanto antes.

Después de esa primera etapa estaba prevista otra obra: una usina hidroeléctrica con capacidad para 1.500 kilovatios. Su presupuesto ya había sido aprobado por el Gobierno nacional.

El proyecto tenía así dos objetivos. Primero, ampliar y regular el riego. Después, aprovechar también el recurso hídrico para generar energía.

En las obras, además, los trabajadores se organizaban bajo una gran cooperativa, presentada en aquel momento como un ejemplo de organización.

El problema iba más allá del dique

Pero el Dique Los Quiroga no podía resolver por sí solo la cuestión del agua en toda la provincia.

Al sudeste, departamentos como Atamisqui, Salavina y Quebrachos habían conocido épocas de mayor prosperidad agrícola y ganadera. La dinámica del río Dulce había sido fundamental para esa riqueza.

Las crecidas llegaban a los bañados y aportaban agua para los cultivos y el ganado. Con el tiempo, sin embargo, esa dinámica se había alterado.

El texto de la época señalaba que las importantes extracciones de agua realizadas a la altura de la ciudad capital reducían el volumen de las crecidas, acortaban su duración e incluso podían anular su llegada a determinadas zonas.

El efecto sobre aquellos territorios era profundo. La progresiva desecación de los bañados había privado a las tierras de cereales y forraje verde. Con menos alimento disponible, la explotación ganadera fue decayendo y también se produjo una disminución de la población.

Era la otra cara del problema. Mientras en un sector de la provincia se construía una gran obra para aprovechar el agua, otras regiones sufrían porque las crecidas ya no llegaban como antes.

La propuesta de guardar el agua

El diagnóstico de la época no consideraba irreversible esa situación. La alternativa planteada era aprovechar técnicamente las aguas de las crecidas del Dulce que terminaban perdiéndose en la laguna Mar Chiquita.

Al llegar a los departamentos mencionados, el río se dividía en numerosos brazos que distribuían el caudal de manera irregular. La propuesta consistía en sistematizar esa red de cauces y construir pequeños diques de embalse.

La idea era retener parte del agua durante las crecientes para disponer de ella después, cuando el río ya no tuviera el mismo caudal.

Según aquellas estimaciones, las obras permitirían contar con agua durante siete u ocho meses e incluso durante todo el año, suficiente para producir cereales y algodón y sostener la alimentación de personas y animales.

La propuesta también recuperaba una memoria de prosperidad. Se recordaba que esa región había producido trigo y ganado para las provincias vecinas y que había llegado a contar con más de cuarenta molinos harineros a piedra.

El agua aparecía, entonces, como una condición fundamental para intentar recuperar aquella capacidad productiva y una población que había ido disminuyendo.

Un horizonte de 300.000 hectáreas

La mirada sobre el aprovechamiento del agua no terminaba en el río Dulce ni en el Dique Los Quiroga.

El planteo de la época sostenía que el caudal medio del Dulce era suficiente para abastecer el riego de medio millón de hectáreas. Si se conseguían embalsar los excedentes de las grandes crecidas, Santiago podría llegar a regar holgadamente unas 300.000 hectáreas.

La comparación con otras provincias servía para reforzar esa expectativa. Tucumán, según aquella perspectiva, no podía regar mucho más que las 200.000 hectáreas que cultivaba. San Juan, con una superficie agrícola semejante, lograba buenos resultados gracias al riego abundante, la parcelación de la tierra y una explotación intensiva.

El argumento era concreto: Santiago tenía tierras, clima y recursos hídricos, pero necesitaba infraestructura y una forma más racional de aprovechar el agua.

El río Salado también formaba parte de ese horizonte. El texto señalaba que Salta no podía aprovechar la totalidad de sus aguas y que existía un sobrante que Santiago podía utilizar mediante obras de embalse.

Entre ellas aparecía el proyecto de Jume-Esquina, considerado técnicamente resuelto y señalado como una obra de ejecución prioritaria. Su aprovechamiento permitiría, según aquellas estimaciones, incorporar otras 50.000 hectáreas a la producción agrícola, particularmente en el departamento Figueroa.

El sueño de hacer que el agua se quedara

Mirado desde aquel momento histórico, el Dique Los Quiroga representaba mucho más que una obra de infraestructura. Formaba parte de una visión sobre el futuro productivo de Santiago del Estero.

La cronología permite entender mejor esa apuesta. La construcción comenzó en junio de 1938. Durante la década siguiente las obras continuaron avanzando. Hacia 1948, el dique era presentado como una obra próxima a terminarse. Para principios de 1949, estaba prevista la finalización del dique, el Canal Matriz y la red de canales de riego. Después debía avanzar la construcción de la usina hidroeléctrica proyectada.

Pero detrás de esas fechas había una preocupación mucho más antigua.

Santiago podía tener agua en abundancia durante las grandes crecidas y, al mismo tiempo, sufrir largos períodos de escasez. El problema no era únicamente cuánto agua había en los ríos. También era cómo almacenarla, conducirla y distribuirla.

Por eso, aquella expresión, "Agua en tierras de sequía", conserva una fuerza particular. Resume una contradicción que atravesó la historia de la provincia: un río capaz de correr con 2.400 metros cúbicos por segundo y, no muy lejos de allí, tierras esperando una crecida que ya no llegaba.

El gran desafío era transformar esa abundancia momentánea en un recurso disponible durante más tiempo. El Dique Los Quiroga nació dentro de ese propósito: hacer que el agua del río Dulce dejara de ser solamente una crecida que pasa y pudiera convertirse en una herramienta para producir, sostener poblaciones y darle nuevas posibilidades a la tierra santiagueña.

 

lunes, 14 de septiembre de 2026

La batalla secular de la "Madre de Ciudades": cuando el Río Dulce dictaba la historia de Santiago del Estero

 


Durante casi cuatro siglos, la decana de las ciudades argentinas libró una lucha constante contra las crecidas del río Dulce. Entre desbordes, catedrales destruidas, defensas improvisadas y rieles de tren arrojados al cauce para frenar la corriente, esta es la historia de una población que se negó a abandonar su territorio.

Desde la llegada de los conquistadores españoles al Tucumán, la supervivencia de Santiago del Estero estuvo condicionada por la inestabilidad del río Dulce. Juan Núñez del Prado fundó la tercera ciudad del Barco a orillas del cauce, a cincuenta leguas al sur de Quiriquiri, entre los poblados Juríes. Lo que pretendía ser un asentamiento definitivo dio paso a una larga secuencia de mudanzas, reconstrucciones y terraplenes arrasados.

El ingeniero Carlos Michaud documentó esta cronología el 1 de enero de 1935, detallando los esfuerzos técnicos y comunitarios por sostener la ciudad sobre un terreno amenazado por el agua.

Un pueblo que se movía a la par de la corriente

Al poco tiempo de instalarse la ciudad del Barco, las avenidas del Dulce anegaron los solares trazados. Núñez del Prado ordenó trasladar la población unos 60 kilómetros al sur, hacia Titingasta, manteniendo la cercanía con el cauce. En diciembre de 1553, Francisco de Aguirre llegó desde Chile y, ante los continuos daños de las crecidas, movió el poblado un tramo hacia el norte, bautizándolo como "Santiago del Estero".

La medida no resolvió el problema de fondo. Para 1586, el río ya había destruido la acequia que Gonzalo de Abreu había construido para el riego. Cuatro años después, en 1590, el gobernador Ramírez de Velazco propuso mudar nuevamente la ciudad. Explicaba que el lecho se había socavado tanto que resultaba imposible volver a canalizar agua, y pedía buscar tierras sin salitre donde los vecinos pudieran "hacer casas perpetuas", ya que la sal corroía los cimientos en menos de cuatro años.

Pese a las advertencias de Ramírez de Velazco, el traslado formal no se ejecutó. Santiago del Estero continuó siendo la capital de la provincia, sede del Gobernador y del Obispo, y el centro urbano más poblado de la región durante los siglos XVI y XVII. Pero la convivencia con el agua tuvo un costo alto. En 1615, un incendio destruyó la catedral, reconstruida tiempo después de que la primera iglesia fuera arrastrada por la corriente. Sin decretos ni actos oficiales, los vecinos comenzaron a edificar sus casas cada vez más al oeste, empujados por el avance del cauce.

El impacto más severo ocurrió en febrero de 1628. El gobernador Felipe de Albornoz dejó asentado que entre el 6 y el 7 de ese mes, el río rompió "los reparos antiguos, y uno moderno" financiado por el cabildo y la gobernación. La riada destruyó 34 casas —la mitad de la población— y derrumbó la residencia de los jesuitas. El agua llegó a correr por la plaza principal. El gobernador Francisco del Monte intentó mover la ciudad hacia el norte, pero la imposibilidad técnica de construir una acequia en la nueva zona obligó a cancelar el plan.

Aunque una Real Cédula autorizó el traslado en 1630, la población optó por reconstruir la franja destruida sobre el margen oeste. Décadas más tarde, entre marzo y abril de 1663, otra creciente afectó el sector este de la ciudad y dejó el curso del río a pocos metros del convento de San Francisco. Paul Groussac anotó que este episodio dio origen a la creencia popular de que San Francisco Solano había profetizado la catástrofe al orientar la puerta principal de la iglesia hacia el oeste.

Las pérdidas acumuladas motivaron la partida de las autoridades eclesiásticas. El obispo Ulloa solicitó mudar la sede catedralicia a Córdoba, cambio que la corona española autorizó por Real Cédula el 15 de octubre de 1696. Los reclamos del Cabildo y del gobernador Esteban de Veiger en 1714 no lograron revertir la decisión. Para justificar el traslado, el obispo Ulloa afirmó que Santiago "sólo tiene el nombre de ciudad es toda ella un bosque inmundo falto de todo lo necesario para el sustento", pronosticando que terminaría despoblada. Tras la partida del obispo y la radicación del gobernador en Salta, la antigua capital inició un período de estancamiento.

De la inacción a los primeros proyectos del Estado

Durante el siglo XVIII y la primera mitad del XIX, los registros sobre el río disminuyen en la documentación oficial. Las reestructuraciones territoriales y los conflictos políticos durante el gobierno de Juan Felipe Ibarra hasta 1850 absorbieron la mayor parte de los recursos provinciales. Una muestra del desplazamiento del río es que, hasta 1767, se realizaban procesiones desde el terreno que ocupaba la antigua ciudad —que para esa época formaba parte del lecho del Dulce— hasta la ermita de San Fabián y San Sebastián, ubicada en la manzana de las actuales calles Tucumán, Salta, La Plata y Jujuy.

En la segunda mitad del siglo XIX, la provincia reinició su actividad económica e infraestructura urbana. En 1856 se destacaba la producción del ingenio azucarero de Félix Frías, en 1886 comenzó a funcionar el servicio telefónico y en 1889 se instaló el alumbrado eléctrico.

Para proteger esa expansión, el Estado nacional comenzó a destinar fondos a obras de contención. En 1863 y 1872, los ingenieros Hidebrando y Dahequist realizaron inspecciones técnicas por encargo de la Nación. Tras un desborde violento en 1872, denominado localmente "volcán", el Congreso asignó $120.000 para defensas. Bajo la dirección del ingeniero Montenacle, cerca de 500 operarios worked en el cauce entre 1873 y 1874. Ese mismo año se aprobaron partidas adicionales de $10.000 para obras entre Sumamao y Tevuyo y de 10.000 pesos fuertes para desviar el río.

La Ley Nacional 922 de 1878 encomendó nuevos estudios al ingeniero Stavelina, lo que derivó en la apertura del canal La Cuarteada en 1879 para derivar caudales hacia el río Salado. También se construyeron contenciones cerca del actual Regimiento 18 y la avenida Roca. Sin embargo, la creciente de 1883 destruyó parte de las estructuras. El gobierno envió al ingeniero C. Cossú entre 1882 y 1884 para intervenir en los sectores de Maco, Tajamar y Los Corrales.

Ante la falta de resultados definitivos, el presidente José Evaristo Uriburu le encargó en 1896 un plan integral a Baltasar Olachea y Alcorta, jefe del Departamento Topográfico de Mendoza, advirtiendo que las defensas debían ejecutarse con carácter permanente antes de que volvieran a repetirse los daños de décadas anteriores.

Vías de tren en el agua y una plaga insospechada

En 1899, un brazo del río volvió a avanzar sobre el casco urbano y comenzó a erosionar el terreno cercano al templo de San Francisco. Ante la emergencia, la provincia y la Nación aportaron $5.000 para construir un dique transversal de 300 metros en el cauce principal, a la altura de la calle Rivadavia. Para frenar la corriente, el ingeniero Chantrill utilizó tierra, ramas e incluso tramos de vías y vagonetas del ferrocarril Decauville.

Al año siguiente, el ingeniero Palario reforzó la estructura agregando bloques de concreto. Si bien la obra —conocida como "dique Palario"— logró desviar el flujo principal, generó un área de agua estancada que favoreció la proliferación de mosquitos y desató una epidemia de paludismo que afectó a gran parte de la población.

Para erradicar el foco de infección, las autoridades rellenaron los terrenos bajos, nivelaron las dunas de la orilla y comenzaron la plantación masiva de eucaliptus. Esa intervención ambiental dio origen al actual Parque Aguirre.

Presos, soldados y la obra definitiva

La presión del río continuó en las primeras décadas del siglo XX. En 1910, una creciente derribó parte del puente del Ferrocarril Central Argentino. El agua ingresó por la calle Alsina e inundó el sector del parque hasta las cercanías de la plaza principal. En 1911 se construyó un terraplén de contención con material de la playa, desde el norte de las vías del ferrocarril hasta la calle Trónica (actual 2 de Febrero).

En 1919, una nueva crecida rompió la contención e inundó los barrios Belgrano, Chumillo, La Granja, Ulua y Flores. Para frenar el avance se extendió el terraplén casi cuatro kilómetros hacia Ulua, invirtiendo cerca de $70.000 en compuertas y defensas de madera.

El episodio más crítico ocurrió a comienzos de 1921. Durante tres meses, hasta 1.000 hombres trabajaron diariamente en el cauce para evitar que el río se desviara por la acequia municipal en Tarapaya y cruzara el centro urbano. Ante la falta de personal, las tareas se realizaron con la participación de presidiarios de la cárcel local y efectivos del regimiento militar destacado en la ciudad. El 1 de marzo de ese año, el puente ferroviario volvió a sufrir daños parciales. En su informe de 1922, el gobernador detalló que los trabajos de emergencia demandaron $395.000, obligando a redirigir $100.000 que estaban destinados al pago de bonos de pavimentación.

En septiembre de 1924, el ingeniero Diego F. Outes elevó un informe al Interventor Nacional señalando la falta de coordinación entre las distintas dependencias provinciales, nacionales y ferroviarias que intervenían sobre el cauce. Outes recomendó suspender las obras improvisadas hasta realizar un estudio técnico completo.

Ese análisis fue encargado oficialmente a finales de 1924 y derivó en un proyecto integral aprobado en septiembre de 1928, cuyas obras se autorizaron en febrero de 1929.

El cauce encauzado

La evolución de Santiago del Estero terminó por desmentir los diagnósticos del siglo XVII sobre su despoblación. Como resumía el ingeniero Michaud en 1935, la continua disputa con el río Dulce no impidió el crecimiento urbano ni su consolidación institucional. Las crecidas periódicas obligaron a la ciudad a reorganizarse, adaptar su trazado y desarrollar infraestructura técnica a lo largo de casi cuatro siglos. El río que condicionó a los primeros pobladores terminó integrándose a la geografía urbana de la capital provincial.

 

lunes, 17 de agosto de 2026

Bajo el suelo de Santiago: La amenaza silenciosa que pocos conocen

Entre la profundidad del subsuelo y el recuerdo de antiguas grietas, Santiago del Estero guarda una historia que pocas veces ocupa un lugar en la conversación cotidiana: la de una tierra que parece quieta, pero que nunca está completamente inmóvil.


 

Para la mayoría de los santiagueños, la imagen de la provincia es siempre la misma: la siesta, el monte, el calor del verano y el Río Dulce avanzando sin apuro. Los terremotos parecen algo de afuera, típico de Cuyo o del Noroeste. Sin embargo, debajo de esa llanura tan tranquila hay una actividad geológica que, aunque no la notemos todos los días, también forma parte de nuestra historia natural.

La tierra en Santiago también tiembla. A veces pasa a cientos de kilómetros bajo nuestros pies y otras mucho más cerca de la superficie, donde sí deja marcas.

Cuando la tierra dejó de estar quieta

El episodio sísmico más importante del que se tenga registro ocurrió el 4 de julio de 1817. Argentina recién estaba dando sus primeros pasos como país independiente cuando un temblor sacudió con fuerza el norte de la actual capital provincial.

Con una magnitud estimada en 7,0 e intensidad de VIII en la escala de Mercalli, destruyó casi todo a su paso. Lascasas de adobe, habituales en la época, quedaron hechas escombros, mientras en el suelo aparecían grietas y zonas donde la tierra directamente se ablandaba como barro. Para la gente de entonces, sin los conocimientos ni la tecnología de hoy, tuvo que haber sido un verdadero espanto: el suelo que siempre creyeron firme de pronto se volvía una amenaza.

Y no fue un caso aislado. El 17 de junio de 1997, pasados más de 180 años, la provincia volvió a sacudirse. Eran cerca de las 19:15 cuando un sismo de 5,5 con epicentro en las Sierras de Guasayán, a solo 15 kilómetros de profundidad, encendió las alarmas. Aunque no tuvo la magnitud de 1817, alcanzó para agrietar paredes, desprender revoques y cortar servicios. La capital y Las Termas de Río Hondo estuvieron entre las zonas donde más fuerte se sintió.

Fue un recordatorio claro: que la llanura parezca tranquila no significa que no se mueva.

Por qué tiembla en las profundidades

Entender por qué pasa esto exige mirar mucho más abajo de lo que pisamos. La causa principal es el choque entre la Placa de Nazca y la Placa Sudamericana: la primera se mete por debajo de la segunda y genera un roce enorme en todo el oeste del continente.

Ese choque también repercute en el interior del país y produce dos tipos de sismos muy distintos:

  • Sismos profundos: Ocurren a cientos de kilómetros de la superficie. Aunque nacen con una potencia enorme, la masa de roca que tienen por encima amortigua las ondas antes de que lleguen arriba. Por eso, en vez de daños, muchas veces en Santiago solo percibimos una especie de balanceo suave.
  • Sismos superficiales: Ocurren a menos de 30 kilómetros de profundidad, impulsados por fallas en las Sierras Pampeanas y la cuenca Chacopampeana. Al estar tan cerca de nosotros, liberan la energía directo en la superficie. El temblor de 1997 fue un claro ejemplo de esto.

Menos peligro no significa riesgo cero

El Instituto Nacional de Prevención Sísmica (INPRES) ubica a Santiago del Estero en una zona de peligrosidad muy reducida. Es cierto que los terremotos no son una amenaza constante como en otras provincias, pero "baja peligrosidad" no equivale a "riesgo cero".

El impacto de un temblor no depende únicamente de su fuerza, sino también de dos factores clave:

  • El tipo de edificación: Las casas antiguas de adobe o las construcciones levantadas sin normas sismorresistentes sufren mucho más. No hace falta un megaterremoto para tirarlas abajo; un movimiento moderado basta para agrietar una pared o dañar una estructura débil.
  • La calidad del suelo: En las zonas cercanas a los ríos Dulce y Salado, el terreno está formado por sedimentos blandos. Dependiendo de cómo sea el sismo, esos suelos pueden amplificar la vibración o perder firmeza.

Saber convivir con el territorio

En Santiago no se vive con miedo. La rutina transcurre entre el monte, la ciudad y el río, y probablemente siga siendo así. Pero recordar 1817 y 1997 nos ayuda a no dar por sentado que la tierra es un bloque inmóvil.

Prevenir no es vivir en alerta permanente, sino construir bien, mantener en buen estado las viviendas viejas y saber cómo actuar. Debajo del silencio del monte y la rutina diaria hay una historia geológica muy antigua que sigue su propio curso, recordándonos que, aunque no lo veamos, el suelo también tiene su propia vida.

 


domingo, 26 de julio de 2026

La red hídrica de Santiago del Estero: ríos, humedales y acuíferos que sostienen el territorio

Un territorio definido por sus ríos

 


En una provincia donde predominan las llanuras semiáridas y las altas temperaturas durante gran parte del año, el agua constituye el recurso natural más estratégico. La hidrografía de Santiago del Estero no solo modeló su paisaje desde tiempos geológicos, sino que también determinó el establecimiento de los primeros asentamientos humanos, el desarrollo de la agricultura, la conservación de ecosistemas únicos y el crecimiento de sus principales ciudades.

Ubicada en el centro-norte de Argentina, dentro de la extensa región chaqueña, Santiago del Estero posee una red hidrográfica dominada por dos grandes sistemas fluviales: los ríos Dulce y Salado del Norte. Ambos nacen fuera del territorio provincial y atraviesan cientos de kilómetros antes de modificar profundamente la dinámica ambiental de una de las provincias más secas del país. En un contexto marcado por la variabilidad climática y la creciente presión sobre los recursos hídricos, comprender el funcionamiento de estos cursos de agua resulta indispensable para analizar el presente y el futuro del desarrollo santiagueño.

El río Dulce: la columna vertebral de la provincia

El río Dulce constituye el sistema hidrográfico más importante de Santiago del Estero. Sus nacientes se encuentran en las altas cumbres de Tucumán, donde recibe el nombre de río Salí. Tras recorrer esa provincia, ingresa en territorio santiagueño adoptando definitivamente la denominación de río Dulce.

Su recorrido atraviesa la provincia de noroeste a sudeste, alimentando numerosas localidades, entre ellas la ciudad de Santiago del Estero y La Banda, donde históricamente se concentró buena parte del poblamiento provincial. Finalmente, el río desemboca en la Laguna Mar Chiquita o Mar de Ansenuza, en la provincia de Córdoba.

El régimen del Dulce depende principalmente de las lluvias estivales que ocurren en las sierras tucumanas, razón por la cual su caudal presenta una marcada variación estacional. Para regular estas fluctuaciones y asegurar el abastecimiento de agua, durante el siglo XX se construyó el Dique Frontal de Río Hondo, una de las obras hidráulicas más importantes del norte argentino.

Desde este embalse se distribuye agua destinada al consumo humano, al riego agrícola y a la generación hidroeléctrica. Además, una extensa red de canales permite irrigar miles de hectáreas dedicadas principalmente al cultivo de algodón, alfalfa, maíz, trigo, soja y diversas producciones hortícolas.

A lo largo de su recorrido, el río Dulce también alimenta importantes ambientes ribereños caracterizados por bosques de sauces, algarrobos, chañares y abundante vegetación adaptada a las crecidas periódicas.

El río Salado del Norte: un curso cambiante

El segundo gran eje hidrográfico provincial es el río Salado del Norte, también conocido simplemente como río Salado. Nace en las montañas de Salta y atraviesa varias provincias antes de ingresar a Santiago del Estero por el noroeste.

A diferencia del Dulce, el Salado presenta un comportamiento mucho más irregular. Su cauce experimenta importantes variaciones según las precipitaciones registradas en su cuenca superior, alternando períodos de grandes crecientes con etapas de caudales muy reducidos.

El río recorre aproximadamente la mitad occidental de la provincia siguiendo una dirección general de norte a sudeste hasta abandonar territorio santiagueño rumbo a Santa Fe, donde posteriormente desemboca en el río Paraná.

Históricamente, sus inundaciones modelaron extensas planicies aluviales, formando bañados, esteros y lagunas temporarias que constituyen uno de los paisajes más característicos del Chaco seco. Aunque estas crecidas generan dificultades para algunas poblaciones rurales, también cumplen una función ecológica esencial al recargar acuíferos, renovar nutrientes y sostener una extraordinaria diversidad biológica.

Bañados, lagunas y humedales

La hidrografía santiagueña no se limita únicamente a sus grandes ríos. El territorio alberga numerosos bañados, esteros y lagunas que funcionan como reservorios naturales de agua y refugio para una gran variedad de especies.

Entre los sistemas más relevantes se encuentran los Bañados del Río Dulce, considerados uno de los humedales más importantes del país. Durante las épocas de mayores caudales, enormes extensiones permanecen inundadas, favoreciendo la reproducción de peces, anfibios y aves acuáticas.

Estos humedales mantienen una estrecha relación ecológica con la Laguna Mar Chiquita, formando un corredor biológico de enorme importancia internacional para aves migratorias. Miles de flamencos australes, garzas, espátulas rosadas, cisnes de cuello negro, patos y numerosas especies encuentran allí sitios adecuados para alimentarse, nidificar o descansar durante sus desplazamientos continentales.

Asimismo, las lagunas temporarias distribuidas por el interior provincial cumplen un papel fundamental como reservorios de biodiversidad en una región donde el agua superficial suele ser escasa.

Las aguas subterráneas: un recurso indispensable

Debido a la marcada aridez del territorio, los acuíferos representan una fuente estratégica de abastecimiento para numerosas localidades rurales alejadas de los grandes ríos.

Gran parte del agua utilizada para consumo humano y producción ganadera proviene de perforaciones que captan reservas subterráneas acumuladas durante miles de años. Sin embargo, la calidad de estas aguas presenta importantes diferencias según la ubicación geográfica.

En diversos sectores del centro y sudoeste provincial predominan acuíferos con elevadas concentraciones naturales de sales, lo que limita su utilización para el consumo humano y el riego. Esta situación obliga a desarrollar obras de captación, tratamiento y distribución capaces de garantizar agua apta para las comunidades más aisladas.

Un recurso esencial para la economía y la biodiversidad

La disponibilidad de agua explica buena parte del desarrollo económico de Santiago del Estero. Las principales áreas agrícolas se concentran precisamente alrededor de los sistemas de riego derivados del río Dulce, donde la incorporación de infraestructura hidráulica permitió transformar zonas naturalmente áridas en regiones altamente productivas.

La actividad ganadera también depende de la disponibilidad hídrica, especialmente en los departamentos del este provincial, donde el acceso a represas, canales y perforaciones determina la capacidad productiva de numerosos establecimientos.

Desde el punto de vista ambiental, los cursos de agua sostienen ecosistemas de enorme valor para la conservación. Bosques ribereños, pajonales, bañados y lagunas albergan mamíferos como el carpincho, el lobito de río y diversas especies de pequeños carnívoros, además de reptiles, peces y una notable riqueza de aves.

Los desafíos del presente

La gestión del agua enfrenta actualmente desafíos cada vez más complejos. La creciente demanda para riego, consumo urbano e industria obliga a optimizar el uso de un recurso naturalmente limitado.

El cambio climático introduce un factor adicional de incertidumbre. Diversos estudios indican una mayor frecuencia de eventos extremos, alternando períodos prolongados de sequía con precipitaciones intensas que incrementan el riesgo de inundaciones.

A ello se suma la problemática de la salinización de los suelos, especialmente en áreas irrigadas donde un manejo inadecuado del drenaje favorece la acumulación de sales, reduciendo la productividad agrícola. La expansión de la frontera agropecuaria y la pérdida de cobertura forestal también modifican los procesos naturales de infiltración y escurrimiento, afectando el equilibrio hidrológico regional.

Frente a este escenario, organismos provinciales, instituciones científicas y autoridades nacionales trabajan en programas de monitoreo hidrológico, modernización de sistemas de riego, conservación de humedales y planificación integrada de cuencas, con el objetivo de compatibilizar el desarrollo económico con la preservación de los ecosistemas.

Una geografía donde el agua define el futuro

La hidrografía de Santiago del Estero demuestra que, incluso en un ambiente dominado por la escasez hídrica, los ríos y humedales constituyen el eje alrededor del cual gira la vida de toda una provincia. El Dulce y el Salado no solo abastecen ciudades, impulsan la producción agropecuaria y sostienen una biodiversidad excepcional, sino que también representan un patrimonio natural cuya conservación resulta indispensable para las próximas generaciones.

El desafío consiste en administrar estos recursos con criterios de sostenibilidad, fortaleciendo la cooperación entre las provincias que comparten las cuencas, promoviendo un uso más eficiente del agua y protegiendo los humedales que regulan el equilibrio ecológico del territorio. En una región donde cada gota posee un valor estratégico, el futuro de Santiago del Estero dependerá, en gran medida, de la capacidad para preservar el delicado vínculo entre la naturaleza, la sociedad y sus sistemas hídricos.

Otros cursos de agua de importancia provincial

Aunque los ríos Dulce y Salado constituyen los principales ejes hidrográficos de Santiago del Estero, la provincia también cuenta con otros cursos de agua que desempeñan un papel relevante en determinadas regiones, tanto desde el punto de vista ambiental como productivo.

El río Horcones

El río Horcones nace en las sierras del sur de la provincia de Salta y fluye hacia el sudeste hasta ingresar en el norte santiagueño. Su régimen es marcadamente estacional, con importantes incrementos de caudal durante la temporada de lluvias y largos períodos de escasa circulación de agua en épocas secas.

Atraviesa una zona caracterizada por el bosque chaqueño y alimenta pequeños humedales, esteros y áreas de inundación temporal que favorecen la biodiversidad local. Sus aguas son utilizadas principalmente para la ganadería extensiva y para abastecer a poblaciones rurales dispersas. Además, el río contribuye a la recarga de acuíferos superficiales y constituye un componente importante del sistema hídrico del norte provincial.

El río Urueña

El río Urueña es un curso de agua de menor caudal que forma parte de la compleja red hidrográfica del sector oriental de Santiago del Estero. Su comportamiento depende en gran medida de las precipitaciones estacionales, por lo que presenta un régimen irregular, con crecidas durante el verano y caudales reducidos en los meses más secos.

Si bien no posee la magnitud de los grandes ríos provinciales, cumple una función ecológica significativa al abastecer bajos naturales, lagunas temporarias y sectores del bosque chaqueño, generando hábitats para numerosas especies de fauna silvestre y contribuyendo al mantenimiento de la humedad del suelo en su área de influencia.

El río Albigasta

El río Albigasta nace en las sierras del este de la provincia de Catamarca y recorre parte del límite entre Catamarca y Santiago del Estero antes de internarse en territorio santiagueño. Integra la cuenca endorreica del río Salí-Dulce y constituye uno de los principales cursos de agua del sudeste provincial.

Su caudal está estrechamente vinculado a las precipitaciones registradas en las sierras catamarqueñas. A lo largo de su recorrido abastece establecimientos ganaderos, pequeñas explotaciones agrícolas y diversas localidades rurales, además de favorecer la recarga de acuíferos y la conservación de ambientes ribereños.

Al igual que otros ríos del oeste argentino, el Albigasta experimenta una considerable variación estacional y enfrenta desafíos asociados al uso eficiente del agua, la sedimentación de su cauce y los efectos derivados de la variabilidad climática.

domingo, 1 de febrero de 2026

Mañu Luna, El último silbido del río dulce

 




En el mapa afectivo de Santiago del Estero, existen nombres que dejan de pertenecer a una familia para transformarse en patrimonio de la memoria colectiva. Manuel Aníbal “Mañu” Luna, nacido aquel 29 de mayo de 1928, fue uno de esos hombres cuya vida se tejió con los hilos de la identidad más profunda: el fútbol, el río y la hermandad del barrio.

Hijo dilecto del Barrio 8 de Abril, Mañu vivió frente al Club Atlético Mitre, en la calle Francisca Jacques. Aquella cercanía no fue solo geográfica, sino sentimental; su estirpe estuvo ligada para siempre al "Aurinegro", donde brilló como un jugador notable, dejando un legado que continuaría en las canchas con sus hijos y nietos —nombres como Musha y Bombón—, quienes heredaron su destreza y su pasión por la redonda.

Un hogar de puertas abiertas

Pero la verdadera mística de los Luna se cocía a fuego lento en la intimidad de su casa. Junto a su compañera de vida, María Sara Véliz, Mañu fundó un hogar que fue, durante medio siglo, un templo de la hospitalidad. Allí, entre 18 hijos y el bullicio de una familia numerosa, se cultivó el rito de la amistad.

Mañu era un "challuero" de alma, un pescador que conocía los secretos y las correntadas del bravo Río Dulce como quien lee las líneas de su propia mano. De sus aguas extraía el sustento y el deleite: bagres, bogas y dorados que Sara transformaba en manjares. Aquella casa se convirtió en una posta obligatoria donde músicos, poetas, deportistas y turistas se sentaban a la mesa para compartir una sopa de bagre o un chupín, borrando las jerarquías en una comunión de cuentos, guitarras y madrugadas.

El mito en la canción y la palabra

La figura de Mañu Luna fue tan potente que desbordó la realidad para instalarse en el cancionero popular. El gran Alfredo Ábalos, con versos de Oscar Valles, inmortalizó su estampa en la chacarera "Mi barrio 8 de Abril", recordándolo como el proveedor de esos bagres que Sara sabía cocinar para los "changos" del lugar.

Incluso por encima de las rivalidades futbolísticas, el afecto hacia él era unánime. Vicente "Morenito" Suárez, ferviente hincha de Central Córdoba, le dedicó su pluma en "Para Mañu Luna", retratándolo con la caña al hombro, silbando bajito un gato o una chacarera mientras miraba la costanera, esperando el pique del dorado bajo la luz del naciente. Asimismo, Miguel Brevetta Rodríguez y el músico Tomás Lescano celebraron en un gato su figura humilde y necesaria, aquel hombre que "chimpaba" las lagunas para calmar la hambruna con los tesoros del río.

El legado del pescador

Mañu no solo fue el hombre del río; fue también un trabajador respetado en la Escuela Manuel Belgrano, donde su bonhomía le ganó el respeto de toda la comunidad educativa.

Su partida física, el 5 de julio de 2000, no logró silenciar el eco de su nombre. Mañu Luna permanece vivo cada vez que alguien cruza el Misky Mayu, cada vez que suena un bombo en el 8 de Abril y en cada plato de comida criolla compartido con un desconocido. Fue, en esencia, el símbolo de un Santiago que se resiste al olvido: un hombre que supo hacer de la sencillez un arte y de la amistad una religión.

Fuente: Extracto del libro inédito "Biografías de Folcloristas Santiagueños, Segunda Parte", de Omar "Sapo" Estanciero.

domingo, 20 de abril de 2025

Hidrografía de de Santiago del Estero


La provincia de Santiago del Estero está cruzada por cinco ríos: Dulce, Salado, Horcones, Urueña y Albigasta, siendo los de mayor caudal y trasporte permanente de agua el Río Dulce y el Río Salado.

El Río Dulce, es el más importante por las implicancias económicas y humanas de su recorrido. Nace en el límite entre Salta y Tucumán, y recorre el territorio tucumano con el nombre de Río Salí. Penetra en la Provincia de Santiago del Estero, tomando el nombre de Río Dulce, en el Departamento Río Hondo, inundando el Dique Frontal de Río Hondo, atraviesa el departamento Río Hondo y se transforma en la línea divisoria de los departamentos Capital y Banda, en este recorrido, se encuentra el dique derivador de Los Quiroga, base del Sistema de Riego del Área del Río Dulce, que riega 110.000 Has. en los departamentos, Capital, Banda y Robles.

En este trayecto, los excesos de sus aguas, son derivados hacia el Río Salado, por el canal a Jume Esquina. Al sur de la ciudad de Santiago del Estero, el río Dulce comienza a bifurcarse, formando brazos paralelos en las crecientes que corren por el terreno aluvial plano, cuyos brazos más importantes se llaman: Río Viejo y Río Saladillo. A continuación, recorre la Provincia con dirección SE, siguiendo la pendiente natural, sirviendo de línea divisoria entre los departamentos Capital, Silípica, Loreto, Atamisqui y Quebrachos, de la costa Oeste y los departamentos Robles, San Martín Avellaneda y Mitre de la costa Este. Al departamento Salavina lo atraviesa casi por el centro. Su caudal depende de las lluvias estacionales y de su utilización en la producción de energía eléctrica. En verano su caudal se incrementa, llegando a un caudal de 900 m3/s. En su trayecto, recorre 13 departamentos (Río Hondo, Banda, Capital, Robles, Silípica, San Martín, Sarmiento, Loreto, Atamisqui, Avellaneda, Salavina, Mitre, Quebrachos y Rivadavia) en 41.116 kilómetros cuadrados, terminando su recorrido en la provincia de Córdoba en las Lagunas de Las Tortugas y Mar Chiquita.

El Río Salado, de carácter alóctono, nace en Salta-Catamarca, en las altas sierras occidentales del borde de la Puna, por lo que su régimen presenta crecientes estivales provocadas por las lluvias en su alta cuenca, y desemboca en Santa Fe. El Salado se seca casi todos los inviernos. Ha cambiado varias veces de curso en su historia geológica, buscando mayor pendiente, y ha dejado paleocauces en todo su recorrido. En estos lechos arenosos se suele encontrar agua en el subálveo. Tiene una longitud de 1500 Km, de los cuales 800 transcurren en Santiago del Estero, penetra en la Provincia, desde Salta, por el Norte. Sirve de divisoria entre los departamentos Pellegrini, Jiménez, Sarmiento, Avellaneda y Aguirre de la costa Este y los departamentos Copo, Alberdi, Juan F. Ibarra, Taboada y Belgrano de la costa Oeste. Al departamento Figueroa lo atraviesa por el centro en dirección Sur. De sus caudales, dependen los Sistemas de Canales: De Dios, De la Patria y Del Desierto, que llevan agua potable a las ciudades del norte y este de la Provincia, en los departamentos Copo, Alberdi Y Moreno. En el departamento Figueroa genera el subsistema de riego del mismo nombre y aguas abajo, con la colaboración del agua que recibe del Río Dulce, por el canal de Jume Esquina, es aprovechado en el subsistema homónimo. Debido a las características del suelo que atraviesa, en varias zonas no tiene un cauce definido, y muchas veces sus aguas se difunden por bañados, tales como los de Pellegrini- Copo al norte o los de Añatuya en el sudeste de la Provincia. Otros accidentes en su cauce son: el Embalse Los Figueroa, el Dique Derivador, las Lagunas del Perro Loco, Juan Cruz, La Crunita, Río de la Guardia, Canal de Jume Esquina y el Río Cuchi Pozo. Su caudal depende de la política de uso del Dique Cabra Corral y de aprovechamientos privados en la Provincia de Salta. En época de crecida se caudal se incrementa varias veces, lo que ocasiona serios problemas de comunicación.

El Río Horcones, entra en la Provincia desde Salta, con cabecera en las estribaciones de la Sierra de la Candelaria o de Castilleros, en el límite entre Salta y Catamarca. Recorre el departamento Pellegrini de Oeste a Este, hasta que desagua en el Río Salado, en una zona de esteros y bañados. Tiene un caudal que coincide con la temporada de lluvias.

El Río Urueña, nace en la zona limítrofe entre Tucumán y Salta, entra al territorio de la Provincia desde Tucumán, y recorre unos 50 Km por el departamento Pellegrini, en dirección SE. Su cauce pocas veces tiene el caudal suficiente como para conectarse con el Río Salado, por lo que generalmente se pierde en esteros y bañados, antes.

Río Albigasta, nace en la Sierra del Alto (Catamarca) y penetra en Santiago, al sur de Frías, en el departamento Choya, perdiéndose luego de 16 kms. de recorrido, en bañados que terminan en las salinas de San Bernardo, en el mismo departamento.

http://www.santiagodelestero.gov.ar/