Mostrando las entradas con la etiqueta Madre de ciudades. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Madre de ciudades. Mostrar todas las entradas

sábado, 1 de agosto de 2026

Santiago del Estero: entre la gloria de la fundación y la sombra de las disputas territoriales

 Por María Mercedes Tenti.

 


El problema planteado acerca de la fundación de Santiago del Estero guarda estrecha relación con el carácter privado de la conquista española y los conflictos jurisdiccionales generados como consecuencia. A partir de 1535 sobrevino la ocupación más difícil de territorios con poblaciones en estadio cazador recolector asociados a agricultura incipiente, de menor densidad y de estructuras políticas y sociales más débiles. Así comenzó la extensión de la conquista a lo largo de la costa del Pacífico por Chile y la internación por la región del Tucumán -en el actual noroeste argentino-, expandiéndose por el sur en búsqueda del puerto atlántico.

Los conquistadores Francisco Pizarro y Diego de Almagro habían sometido a los quechuas en el Perú -conocidos genéricamente como incas- a partir de 1532, aunque pronto comenzaron ellos y sus herederos una cruenta guerra civil en la que ambos fueron asesinados; sin embargo, luego de sus muertes las disputas continuaron sus beneficiarios y seguidores. La corona española trató de apaciguar el enfrentamiento dividiendo el territorio y cediendo a los pizarristas la zona peruana y a los almagristas la franja del imperio que continuaba por el sur.

En lo referente a la exploración y reconocimiento de nuevos territorios, en 1536 Almagro había incursionado por el Tucumán en su paso para Chile, pero la primera expedición que penetró en espacio santiagueño fue la de Diego de Rojas. El gobernador del Perú nombró en 1543 a Rojas para explorar la región del Tucumán, ubicada más allá de la Puna, sin datos claros de su extensión. Pasó por los valles Calchaquíes y los llanos tucumanos y, tras continuos enfrentamientos con los aborígenes, penetró en territorio santiagueño por las sierras de Guasayán. En la zona de Maquijata, en un enfrentamiento con los tonocotés, Rojas fue herido con una flecha y, como consecuencia, murió. La expedición siguió, recorriendo las actuales provincias de Catamarca, La Rioja y norte de San Juan, hasta entrar en Córdoba y continuar rumbo al Paraná, de donde regresó tras encontrarse con huellas de españoles que habían penetrado por el río de la Plata y remontado el Paraná.

A mediados del siglo XVI, Pedro de la Gasca, presidente de la Audiencia de Lima, que acababa de poner fin a la guerra civil en el Perú, se vio en la necesidad de emplear a la soldadesca desocupada que promovía desórdenes. Por ello encomendó a Juan Núñez de Prado que organizara una expedición y fundara una ciudad para proteger el camino a Chile, informase de las probabilidades de ocupación del territorio y facilitara la apertura de la ruta al río de la Plata y la salida al Atlántico. Núñez partió de Potosí y el 29 de junio de 1550 fundó una ciudad en el valle de Gualán -actual provincia de Tucumán- y le puso por nombre El Barco. Realizó el trazado del poblado, conformó el Cabildo y distribuyó los indios en encomiendas. Estando allí instalado se planteó el primer conflicto de jurisdicción con tropas chilenas que, al mando de Villagra, lo obligaron a reconocer la dependencia de la nueva ciudad respecto de la gobernación de Chile. Una vez que se retiraron Villagra y sus hombres, Núñez de Prado desconoció su autoridad y decidió trasladar el poblado. En 1551 lo ubicó en el valle de Quiriquiri -Salta- que estimaba pertenecía a la jurisdicción de Charcas. Poco duró en esta ubicación ya que, al año siguiente -quizás por los ataques de los aborígenes o por la posibilidad de una nueva incursión de las tropas chilenas- la trasladó nuevamente a orillas del río del Estero – hoy río Dulce-, cerca de la actual Santiago del Estero.

El gobernador de Chile, Pedro de Valdivia, por creer que El Barco estaba dentro de sus territorios, designó gobernador de esta ciudad a Francisco de Aguirre y lo envió a tomar posesión de ella. Su objetivo era unir en una sola gobernación toda la tierra existente entre el Atlántico y el Pacífico. Aguirre, apenas llegó a territorio santiagueño, en mayo de 1553, se apoderó de la ciudad, designó nuevas autoridades, organizó el cabildo, apresó a Núñez de Prado, lo envió prisionero a Chile y decidió trasladar la ciudad a corta distancia de su antigua ubicación, por estar demasiado expuesta a las crecidas del río. Finalmente, convalidó la fundación de una nueva ciudad denominándola Santiago del Estero, el 25 de julio de 1553.

El acta de la fundación de El Barco nunca fue encontrada, como tampoco la de Santiago del Estero. Es por ello que, en 1952, a pedido del gobierno de la provincia, una comisión de historiadores de la Junta de Estudios Históricos de Santiago del Estero, abalados por la Academia Nacional de la Historia, determinó que Santiago del Estero había sido fundada por Francisco de Aguirre el 25 de julio de 1553, basándose especialmente en dos actas del cabildo santiagueño, del 14 de abril de 1774 y del 21 de julio de 1779 -es decir de dos siglos posteriores a la fundación- encontradas por el presidente de la Junta, Alfredo Gargaro, en archivos chilenos. En la primera de ellas, se acordaba organizar la festividad de Santiago Apóstol el 25 de julio, "… en memoria de que en días semejantes introdujeron las armas españolas el Santo Evangelio y se hizo la primera fundación de dicha ciudad".

Como contrapartida, hay innumerables testimonios en probanzas, cartas, relaciones, etc. -contemporáneas al hecho que nos ocupa- que identifican ambas ciudades como una sola. Como ejemplo enunciaremos solamente una de los más significativos: en la carta que escribió Francisco de Aguirre al rey, el 23 de diciembre de 1553, sostiene: "… Porque habrá dos años escribimos a la Audiencia de V.M. que reside en la ciudad de los Reyes lo sucedido en esta ciudad de Santiago…" Como vemos hace referencia a 1551, cuando la ciudad se llamaba El Barco.

Luis Alen Lascano, en su Historia de Santiago del Estero, publicada en 1991, da a conocer el resultado de investigaciones realizadas por Gastón Doucet -investigador del CONICET- en archivos de Sucre, que intenta clarificar este confuso panorama. Según Doucet, documentos judiciales por él encontrado -aunque nunca publicados-, mencionan el libro capitular de la ciudad como iniciado el 29 de junio de 1550, con la fundación de Núñez de Prado, y continuado durante el gobierno de Francisco de Aguirre y los gobernadores sucesivos, a partir de 1553. Es decir que no se cambió de libro de actas quizás porque se consideraba a Santiago del Estero como una continuidad jurídica de la ciudad de El Barco o tal vez, por la precariedad de las fundaciones, no tenían los protagonistas otro libro de actas. Por todo esto Alen Lascano considera a Juan Núñez de Prado como el primer fundador y a Francisco de Aguirre como el poblador definitivo de la ciudad. 

El director del archivo histórico provincial, Juan Viaña, consiguió el año pasado, del Archivo Nacional de Bolivia -Sucre-, de la antigua Audiencia de Charcas, copia de los expedientes 1590-5 entre los que está un documento en el que el escribano del cabildo, de apellido Vallejo, da fe de la fundación de El Barco, por Núñez de Prado, el 29 de junio de 1550 y que el 25 de julio de 1553, luego de tres años, Francisco de Aguirre, enviado por el teniente general de la gobernación de Chile, Pedro de Valdivia, "mudó la ciudad y le puso por nombre Santiago", según consta en el mismo libro del cabildo, ratificando lo descubierto por Doucet.

Como se puede apreciar, Santiago del Estero, la ciudad más antigua del país, la madre de ciudades -como recalcan permanentemente los medios de comunicación y los anuncios oficiales- fundada a orillas del río Dulce, es la ciudad sin acta de fundación que tuvo que esperar cuatrocientos años para que, por un decreto del gobierno de la provincia se estableciera la fecha fundacional. Fue el gobernador peronista Francisco Javier González quien, en 1952, luego del dictamen de la Junta de Estudios Históricos de Santiago del Estero, presidida por el historiador Alfredo Gargaro, sancionó la fecha fundacional mediante un decreto del Poder Ejecutivo provincial, fijándola el 25 de julio de 1553 y a su fundador Francisco de Aguirre, enviado desde Chile. Con esto se ponía fin -aparentemente- a las disputas surgidas entre los historiadores sobre quién era el fundador y cuál la fecha fundacional, disputa dividida entre nuñezpradistas y aguirristas que adjudicaban el mérito de la empresa a Juan Núñez de Prado –fundador de la primitiva ciudad de El Barco- enviado desde Perú- o a Francisco de Aguirre -enviado desde Chile- respectivamente.

Las expediciones se componían de un puñado de españoles, acompañados de indígenas yanaconas que actuaban como lenguaraces, unos pocos caballos, alimentos, armas y vituallas. Tenían que atravesar lugares desconocidos por caminos intrincados y rodeados de monte que terminaba con su escaso ropaje hecho girones. En estas condiciones, las fundaciones eran, en consecuencia, bastante precarias de allí que es entendible que usaran el mismo libro de actas y que participaran de las fundaciones los mismos hombres, aún los enviados por diferentes autoridades.

Como historiadora me pregunto si tiene sentido seguir discutiendo quién es el fundador de la ciudad si, hasta la fecha, no se encontraron documentos fundantes que hagan cambiar el rumbo de las interpretaciones, tanto de un sector como de otro, ya que entran en juego posturas a veces irreconciliables basadas en teorías diversas. El problema no resuelto, a pesar del decreto de 1952, creo que seguirá en la misma instancia, por cuanto tanto uno como otro conquistador venían con mandatos expresos de fundar una ciudad en esta amplia región, poco conocida por entonces, denominada genéricamente Tucma o Tucumán. En síntesis, creo que se trató de una lucha interna de dos jurisdicciones a cargo de los herederos de Almagro y Pizarro por apropiarse de esta extensa región, con una fundación que les diera asidero permanente en ella.  

Luego de la primera celebración sobresaliente del cuarto centenario, en agosto de 1953, con la presencia del presidente Perón en la ciudad, entusiastas ceremonias con desfiles e inauguraciones y la realización de un Congreso Nacional de Historia, a cargo de la Academia Nacional de la Historia -presidido por el historiador Ricardo Levene- que ratificó la fecha fundacional, las conmemoraciones julias fueron in crescendo a lo largo de la segunda mitad del siglo pasado, para transformarse en la actualidad en una festividad que sitúa a la capital santiagueña en el centro de la agenda invernal para la temporada turística. 

A partir de la conmemoración de los cuatrocientos cincuenta años de la fundación, en 2003, las fiestas de julio pretenden transformar la vida santiagueña con espectáculos artísticos callejeros, la feria artesanal que fue creciendo en superficie y duración, la espectacularidad de las festividades religiosas como la de la Virgen del Carmen -patrona de la ciudad- el 16 de julio, de San Francisco Solano –el apóstol de América- el 24 de julio, de Santiago Apóstol el 25 de julio, los fuegos artificiales de la vigilia y muchos otros eventos que permitieron institucionalizar las festividades, invocando la tradición para habitualizar a la sociedad, generar significatividad y afianzar un espíritu de pertenencia. 

La marcha de los bombos, surgida de la iniciativa privada, fue tomada como parte de los festejos del calendario ritualizado, conformando una pretendida costumbre que, si bien reclama cierta historicidad es reciente en su origen, pero pasa a integrar esas "tradiciones inventadas" –al decir de Hobsbawm- que toman de referencia situaciones pasadas y que, por su repetición y espectacularización las actualizan e innovan en el mundo posmoderno.

La institucionalización de las celebraciones, la invención de la tradición y la mercantilización de la cultura son propias de la pos modernidad e impactan en sociedades tradicionales que pretenden insertarse en este mundo globalizado, apelando a viejos usos y a referencias al pasado para instaurar nuevas concepciones, símbolos y percepciones, para dar idea de cohesión social y de continuidad de valores. En ese ámbito se enmarca la fundación de Santiago del Estero. Queda sin embargo por analizar, qué pasa realmente con esta controversia, en el interior de la sociedad santiagueña. Fte: El Liberal

Dra. María Mercedes Tenti. Integrante de la Academia Nacional de la Historia.

sábado, 25 de julio de 2026

Santiago del Estero

  


Por Julio Carreras

Nace Santiago del Estero

Entre diciembre de 1552 y la primavera de 1554, transcurriría el primer gobierno de Aguirre. Durante ese periodo, trasladaría la Ciudad del Barco desde Chumillo, hasta lo que hoy llamamos Barrio Centro. Durante los primeros meses de su gobierno, iba a cambiar el nombre de esta ciudad, por el de Santiago del Estero. El cual permanece hasta la actualidad, luego de 473 años.

Aguirre contaba con varias ventajas sobre Núñez de Prado, para consolidar este proyecto empresario. En primer lugar, su carácter. Pues mientras Núñez era un individuo vacilante y algo lento para tomar decisiones, el hijo del contador De la Rúa pensaba y actuaba, con gran celeridad. La segunda ventaja es que conocía a la perfección todo el territorio que pisaba. Pues en 1544 lo había rastrillado por completo, en busca de la expedición perdida de Diego de Rojas. Y su tercera prerrogativa era tener más capital disponible y mejores apoyos políticos que él ya preso Núñez.

En efecto, contaba en su haber con el gobierno de la Ciudad de la Serena, en Chile, la cual había refundado luego de ahogar en sangre un alzamiento indígena. Como premio de lo cual Valdivia le había otorgado su control. (1) En diversos espacios geográficos, como el Perú, Charcas y Chile, el ahora gobernador de facto santiagueño poseía haciendas, encomiendas y acciones mineras.

Con fecha 23 de diciembre de 1553, desde la que ya nombra como "Santiago del Estero", Aguirre envió una carta al Rey pidiéndole que le otorgara el gobierno del Tucma, con el litoral de Atacama y Coquimbo incluido. Acompañada por otra carta del cabildo de Santiago del Estero a Carlos V, con igual fecha, respaldando las solicitudes del conquistador. Mientras la documentación viajaba lentamente hacia Europa, Francisco de Aguirre «se consagró a repartir tierras y encomiendas, y a preparar las siembras. Fue a continuación a la conquista de la región del río Salado y al descubrimiento del río Bermejo, “e trajo de paz mucha gente"» (Real Academia de la Historia, España).

Ocho días después que Aguirre escribió su carta al rey de España, el día de Año Nuevo de 1554, (el gobernador de Chile) Pedro de Valdivia fue muerto por los araucanos. La noticia llegó a Santiago del Estero el jueves santo 22 de marzo de 1554.

"En el acto Aguirre tomó medidas para retornar a Chile y hacerse cargo de la gobernación". Sabía que Villagra, su socio, pero no por eso menos rival, quien tenía la ventaja de estar en Chile, se iba a abalanzar sobre el poder gubernamental y se apresuró a partir hacia allí para disputárselo.

"El viernes santo 23 de marzo de 1554 Aguirre extendió un decreto nombrando a su primo Juan Gregorio Bazán teniente gobernador; y el 28 del mismo mes fue convocado el Cabildo y se recibió Bazán del mando. En el mismo día 28 se puso Aguirre en marcha a Chile, llevándose la mayor parte de las fuerzas que había en la ciudad, y dejando a ésta poco menos que a merced de los naturales."  Esto dice el historiador del siglo XVIII Pedro Lozano. Pero Juan Christensen lo pone en duda, afirmando en cambio que Aguirre habría partido hacia fines de agosto de 1544. (2)

 (1) "Acompañado pues Francísco de Aguirre de ese puñado de valientes, recorrió durante seis meses las extensas regiones de Coquimbo y de Copiapó, haciendo a los indígenas una guerra de sorpresas de horribles castigos, que sembraron entre ellos el pánico. Lanzábase en el momento menos pensado en sus más ocultas guaridas y, después de pasar a cuchillo a los que encontraba defendiéndose, encerraba en sus chozas de paja a los prisioneros, hombres, mujeres y niños, y aplicaba en seguida fuego a las habitaciones, pereciendo así los desgraciados en horrible tortura. 

 [...] "No se pueden leer sin profundo sentimiento de horror los detalles de esas correrías que han sido designadas con el nombre de «pacificación del norte de Chile».

 [...]"Habiendo sembrado Aguirre la desolación en los valles de Copiapó y de Huasco, torció riendas a la Serena y partió en seguida a la región del sur, «porque supo que en Limari se habían alzado ciertos principales, e los prendió, e traídos los quemó, e a otros principales que en rebelión pasada fueron culpados, los quemó, también», dice tranquilamente Garci Díaz, el alcalde que actuaba en esos momentos en la Serena".

"Después de esto el enérgico caudillo pudo dedicarse a las pacíficas tareas de la labranza de los campos y en especial a extraer oro de los lavaderos de Andacollo, que principiaron pronto a producirle veinte mil pesos de renta, fuera de la parte destinada al Rey.

 [...] Esto era por los años de 1549 a 1552. "En esos días por desgracia se empezó la obra inhumana de hacer trabajar a los indios en las minas." (El Conquistador Francisco de Aguirre. Luis Silva Lezaeta. Imprenta de la Revista Católica, Santiago de Chile, 1907.)

 (2) Lozano, IV, 139-141; Christensen, "Fundación de Santiago del Estero", revista de la Universidad de Córdoba, marzo de 1918.

Desaparición de Prado

La suerte pareció favorecer nuevamente a Núñez de Prado cuando murió Valdivia, aniquilado por las huestes mapuches de Lautaro. La codicia y ansia de poder de los caudillos europeos desató otra vez una caótica guerra por la sucesión.

Dentro de esta volátil situación política, los abogados de Prado consiguen presionar a las autoridades para obtener la liberación de su defendido. Esto ocurre poco después de las "fiestas" de Fin de Año, en 1553.

Inmediatamente Juan Núñez de Prado se traslada a Lima, y ante la Audiencia del Imperio presenta una demanda judicial contra Francisco de Villagra, por "actos de fuerza" contra la corona, y contra Francisco de Aguirre por el "golpe de mano para apoderarse de la Ciudad del Barco".

El más alto tribunal de justicia de América falla finalmente a favor de Prado, restituyéndole un año después, el 13 de febrero de 1555, su gobierno legítimo de la Ciudad del Barco. Este dictamen desconoce también el nombre de "Santiago del Estero", que Francisco de la Rúa (Aguirre) había asignado a la población, luego de trasladarla por tercera vez.

Animado por este fallo legal y sintiéndose con respaldo, el ahora reconocido fundador comienza a contratar soldados, e invitar a quienes considera "amigos" entre las huestes conquistadoras, en la ciudad de Santiago.

Con gran inconsciencia, antes de partir Núñez pregona a todos los vientos su victoria. E invita a quienes deseen sumarse, para desarrollar lo que soñaba como una próspera metrópoli. También proclama su partida para el día siguiente. Pero cuando su hueste va a buscarlo para iniciar el viaje... Núñez no está.

Desde ese 8 de junio de 1555, jamás fue encontrado. (1) Ni su familia recibiría tampoco, nunca, el menor indicio acerca de su paradero. Convirtiéndose, así, en el primer Desaparecido por razones políticas de la Historia Argentina.

 (1) José Néstor Achával. Historia de Santiago del Estero. Siglos XVI-XIX. Ediciones Universidad Católica de Santiago del Estero. 1993. Página 44.

Foto: Monumento a Francisco de Aguirre. Fue inaugurado el 24 de Julio de 1969, durante una dictadura militar. Ocupaba de facto la gobernación de Santiago el general (R) Carlos Uriondo. La figura en bronce, de 3,50 metros de altura, fue hecha por el escultor santiagueño Roberto Delgado.

Las obras civiles fueron adjudicadas a la empresa Sade S.A., de Buenos Aires. El editor de la página "El Benjamín Diario", que nos proveyó los datos y la imagen, comentó, también: "Llama la atención" que la estatua "apunta con su espada hacia abajo, en dirección a la avenida Núñez de Prado, justamente el capitán español fundador de la Ciudad del Barco, a quien (Aguirre) tomó prisionero y lo expulsó de la ciudad cambiando la ubicación y el nombre por Santiago del Estero."

domingo, 5 de julio de 2026

La Ciudad que Caminaba: El Delirio, la Sangre y el Nacimiento de Santiago del Estero

 Lejos de las épicas de mármol y las fundaciones estáticas, la historia de la "Madre de Ciudades" esconde una pesadilla de polvo, hambre y carretas. Juan Núñez de Prado no solo fundó un asentamiento; arrastró por el desierto del Tucumán a un ente vivo que respiraba, sufría y huía. Entre traiciones, frailes guerreros y la sombra implacable de Chile, esta es la crónica de una ciudad nómada que nació para no dejar que la atraparan.



El polvo que devora los mapas

Hay historias de la conquista americana que huele a pólvora, a oro y a mapas trazados con tinta firme sobre pergaminos inmaculados. Pero hay otras, las más verdaderas y las más crueles, que huelen a sudor rancio, a madera podrida, a hambre atroz y a la desesperación de un hombre que cree que la tierra que pisa le es adversa. Si uno se asoma a los márgenes de los grandes imperios, a esas fronteras difusas donde la autoridad del Rey de España se diluía en la inmensidad del continente, se encuentra con una de las imágenes más surrealistas y poéticas de nuestra historia: una ciudad que se muda a sí misma.

No es un mito, ni una metáfora literaria. Es el origen mismo de Santiago del Estero, la más antigua de las ciudades argentinas, cuya génesis no fue un acto de asentamiento, sino de fuga.

Para entender el nacimiento de esta urbe, debemos olvidar la imagen del conquistador plantando un estandarte y diciendo "aquí quedo". Debemos imaginar a Juan Núñez de Prado, un hombre consumido por la fiebre de la misión, mirando hacia el horizonte del Tucumán, una tierra descrita por sus propios hombres como "estrecha y dura". Prado no fundó una ciudad; la parió, la amamantó, y cuando el mundo conspiró para destruírla, la cargó en carretas y la sacó a rastras de la tierra, huyendo de los fantasmas de la traición, de las alimañas europeas que devoraban el paisaje y de la sombra alargada de los "salteadores de Chile".

Esta es la crónica de una obsesión. La historia de cómo una ciudad fue concebida como un ser vivo, de cómo el Apóstol Santiago cabalgó exangüe por los valles tucumanos, y de cómo el delirio de un hombre y la codicia de otro terminaron forjando, entre el puñal y la hostia, el cimiento de la Madre de Ciudades.

I. El Mandato de los Dioses y la Tierra Dura

Para comprender la magnitud de la locura de Núñez de Prado, hay que retroceder al Cuzco, el ombligo del mundo andino, donde el destino de los hombres aún parecía estar escrito por los designios de la Providencia y la política. Corren los años posteriores a las guerras civiles de los conquistadores, y el virrey y el Padre La Gasca buscan pacificar los confines del sur. Es en este contexto donde Núñez de Prado recibe una recomendación que sellará su alma: debe marchar hacia el Tucumán.

El Tucumán no era entonces una provincia con límites claros, sino una inmensidad geográfica y conceptual, un territorio de paso, un laberinto de valles y sierras donde la autoridad española era apenas un susurro. La misión de Prado era clara, casi bíblica en su pretensión: llevar la bandera de España y la cruz de la Iglesia hasta el último confín de esa tierra prometida y maldita.

Prado no iba solo. Lo acompañaban sus capitanes de confianza, hombres que con el tiempo serían conocidos en las crónicas y en la memoria oral como "los de Tucumán": Vásquez, Guevara y Villadiego. Eran hombres de frontera, curtidos en la intemperie, capaces de comer cuero hervido y dormir con un ojo abierto. Pero ni siquiera ellos estaban preparados para lo que el territorio les depararía.

Al adentrarse en las comarcas del Tucumán, la expedición se encontró con una realidad que desafiaba la lógica europea. La tierra era, en palabras de los propios expedicionarios, "estrecha y dura". Los valles, que desde la lejanía prometían fertilidad, se cerraban sobre los hombres como las fauces de un animal. Y no estaban solos en su sufrimiento. Con los españoles llegaron los "animalitos" europeos: caballos, cerdos, perros y ganado. Estos animales, ajenos a la ecología milenaria de los Andes y las llanuras, se convirtieron en una plaga bíblica. Devoraban los pastos nativos, revolcaban las aguas sagradas, y su presencia alteraba el frágil equilibrio de las comunidades indígenas. Pero más devastadora que la irrupción ecológica fue la llegada de la traición y el hambre.

Los expedicionarios morían. No en batallas campales contra ejércitos imperiales, sino en la soledad de un monte espinoso, mordidos por la inanición y la fiebre. La tierra no los quería. El suelo parecía rechazar las botas europeas, y el cielo negaba la lluvia. En este escenario de miseria extrema, Núñez de Prado tomó una decisión que lo separaría para siempre de los conquistadores comunes: decidió fundar una ciudad. Pero no una ciudad de piedra y cal, sino una entidad que pudiera sobrevivir a la hostilidad del mundo.

II. La Metafísica de Barco: Una Ciudad que Respira

Aquí es donde la historia oficial se detiene y comienza la literatura, la crónica íntima y el delirio místico. Juan Núñez de Prado fundó la ciudad de Barco. Pero el Barco no era un simple conjunto de chozas de adobe y paja; para Prado, la ciudad era un "ser vivo". Respiraba, sufría, sangraba y, sobre todo, necesitaba protección.

La relación entre el fundador y su ciudad trasciende la mera administración colonial; es un vínculo casi maternal, obsesivo y enfermizo. Prado amaba a su ciudad con la misma intensidad con la que un padre ama a un hijo enfermo en medio de una epidemia. Y fue esta visión mística la que dictó las decisiones más insólitas de la conquista americana: el traslado de la ciudad.

El texto de las crónicas y la reconstrucción literaria de estos hechos son explícitos y desgarradores: "Hemos trasladado dos veces la ciudad, dejamos el Barco primero y el segundo, estamos sacando de la tierra la tercera ciudad".

Imaginen la escena. No es una mudanza de vecinos cansados buscando un mejor barrio. Es un éxodo. Es el desmonte de las estructuras, el empaque de los altares, el desarme de las empalizadas, todo cargado en carretas que crujen bajo el peso de la madera y la desesperación. ¿Por qué mover una ciudad? ¿Qué clase de hombre arrastra su obra por el desierto?

Los motivos de Prado eran una mezcla de pragmatismo extremo, paranoia geopolítica y misticismo geográfico.

1. La asfixia geográfica: En un punto de la narrativa, Prado confiesa su angustia. No le gustaba la ubicación de la ciudad entre los cerros y el río. Se sentía "ahogado". La topografía, que para un ingeniero militar podría ofrecer defensa, para Prado era una tumba. Creía, con una intuición casi profética, que la ciudad "estallaría" al crecer en un espacio tan confinado. La urbe necesitaba aire, necesitaba expandirse, y los valles cerrados la asfixiaban.

2. La huida de lo maldito: La ciudad había sido testigo de traiciones, de ejecuciones sumarias, de sangre española e indígena derramada en la tierra. Para Prado, esos sitios se habían vuelto "maldecidos y sucios". La tierra había absorbido el pecado de los hombres, y la ciudad, como ente vivo, enfermaba al permanecer en ese suelo corrompido. Trasladarla era un acto de purificación.

3. La obra de misericordia: En sus peticiones a la Real Audiencia y al Virrey, Prado justificaba los traslados citando el hambre y la miseria. Mover la ciudad era buscar mejores pastos, agua más limpia, un lugar donde los "animalitos" pudieran pastar y los hombres no murieran de inanición. Era, a sus ojos, una "obra de misericordia" para salvar a los ciudadanos de la muerte lenta.

Barco I, Barco II y Barco III. Tres ciudades en una. Tres intentos de encontrar el lugar exacto donde el cielo y la tierra hicieran las paces. Prado sentía que debía "esconder" la ciudad hasta que los perseguidores se marcharan, como quien esconde un tesoro o un niño de la mirada de los lobos.

III. El Fantasma de Chile y la Geopolítica del Desierto

Pero la ciudad no solo huía de la geografía y del hambre; huía de la política. El siglo XVI en América no era solo una lucha contra la naturaleza, sino una guerra de egos, jurisdicciones y mapas dibujados por reyes que nunca pisarían estos suelos.

Gran parte de la angustia de Núñez de Prado provenía de una amenaza constante: la sombra de Chile. Para entender este conflicto, hay que mirar hacia el oeste, más allá de la cordillera. Pedro de Valdivia, el conquistador de Chile, tenía una ambición desmedida. Las fronteras de su gobernación eran difusas, y sus ojos estaban puestos en las ricas, aunque hostiles, tierras del Tucumán.

Francisco de Aguirre y Francisco de Villagra, capitanes de Valdivia, sostenían con firmeza que el territorio donde Prado había fundado Barco pertenecía a la gobernación de Chile. Para ellos, Núñez de Prado era un intruso, un usurpador que había plantado su estandarte en suelo ajeno.

Prado, por su parte, defendía su posición con la fuerza de la ley y la fe. Él había fundado la ciudad invocando el nombre del Virrey del Perú. Para Prado, Barco era una extensión del Virreinato, un bastión de la autoridad de los Reyes en Lima. Ceder ante los chilenos no era solo una derrota territorial; era una traición a la Corona y a la Iglesia.

De aquí nace el miedo a los "salteadores de Chile". En la mente de Prado, los hombres de Valdivia no eran simples rivales políticos; eran bandidos, asaltantes que cruzaban los cerros para robarle su obra, para arrebatarle a la ciudad que él había parido con tanto sufrimiento. La expedición de Aguirre no era vista como un acto de justicia administrativa, sino como un asalto a mano armada.

En este contexto, las menciones a "Santiago" en las fuentes de la época adquieren un matiz fascinante. Cuando los hombres de Prado hablan de Santiago, no se refieren a la ciudad que ellos están soñando (la futura Santiago del Estero). Se refieren a Santiago de Chile, el lugar desde donde vienen las órdenes de Valdivia, el origen de la amenaza, el destino hacia donde planean llevarlos prisioneros a través de los cerros.

Y, por supuesto, está el otro Santiago: el Apóstol Santiago, el patrón de las Españas, el "Matamoros". Pero en el Tucumán, bajo el sol implacable y el hambre, la imagen del Apóstol se deforma. Ya no es el guerrero triunfante de Clavijo; es descrito en las crónicas literarias como "el apóstol Santiago cabalgando exangüe". Un santo agotado, sangrando, desmontado de su corcel por el peso de una conquista que parece no tener fin. La fe también sufría en el Tucumán.

IV. El Abrazo del Gigante: La Caída de Prado

Toda tragedia griega requiere un antagonista a la altura del héroe. Si Núñez de Prado era el místico, el obsesivo, el hombre que amaba a su ciudad hasta el punto de arrastrarla por el desierto, Francisco de Aguirre era la encarnación de la frialdad imperial.

Las fuentes lo describen como un "gigante sanguinario y frío". Aguirre no entendía de ciudades vivas ni de metáforas geográficas. Entendía de mapas, de jurisdicciones y de cadenas. Llegó al Tucumán bajo las órdenes expresas de Pedro de Valdivia con un solo objetivo: reclamar ese territorio para la gobernación de Chile y someter al usurpador.

El encuentro entre ambos es una de las escenas más tensas y cinematográficas de la conquista. Aguirre no llega con el ejército desplegado y los cañones apuntando. Llega con la astucia de la serpiente. El recibimiento inicial es aparentemente cortés. Hay "abrazos y besos", palabras de hermandad, brindis con vino traído desde los valles. Prado, quizás cansado, quizás ingenuo en su fe de cristiano viejo, baja la guardia.

Pero el abrazo del gigante es el abrazo de la anaconda.

En su propio aposento, en el corazón de la ciudad que él había movido tres veces, Núñez de Prado es sometido. Los abrazos se convierten en grilletes. Aguirre lo ata de pies y manos. La traición se consuma no en el campo de batalla, sino en la intimidad de una sala de adobe.

La destitución es inmediata y humillante. Aguirre le arrebata el mando, le quita la espada y le ordena la deportación a Lima, a los Reyes, para ser procesado por sus "crímenes" contra la jurisdicción de Chile. La crueldad de Aguirre alcanza su punto más alto en el diseño del castigo: su intención es que Prado se vaya "solo, sin la ciudad que ama". Es un exilio espiritual. Arrancarlo de Barco es arrancarle el alma.

Pero la ira de Aguirre no se detiene en el fundador. Su mirada se vuelve hacia los frailes. En la conquista, la espada y la cruz iban de la mano, pero en el Tucumán, esa unión se había vuelto peligrosa. Aguirre manda a apresar a los sacerdotes: Carvajal, Cedrón y Trueno.

La acusación es demoledora y revela la naturaleza violenta de la evangelización en la frontera: los acusa de ser cómplices de Prado y de mezclar "el puñal y la hostia". Los frailes no eran solo hombres de oración; eran actores políticos, consejeros de Prado, y en la mente de Aguirre, habían corrompido la pureza de la fe al aliarse con un usurpador. El puñal y la hostia. La violencia y el sacramento. La esencia misma de la conquista americana condensada en una acusación.

Aguirre toma el control total. Los habitantes, los soldados, las carretas cargadas con los restos de Barco I y II, todo pasa a sus manos. El gigante ha devorado a la ciudad. O al menos, eso cree él.

V. La Peste de la Ciudad: La Ironía del Conquistador

Si la historia terminara aquí, sería solo la triste crónica de un usurpador que derrota a un soñador. Pero la realidad del Tucumán, y la narrativa de estos hechos, guardan un giro irónico y profundamente poético en su desenlace.

Francisco de Aguirre, el gigante frío, el hombre de la ley y la jurisdicción, se queda con la ciudad. Toma el mando de los hombres, de los frailes presos y de las carretas. Pero al caminar por las calles de Barco, al sentir el polvo del Tucumán en sus botas y mirar los cerros que asfixiaban a Prado, se da cuenta de algo aterrador.

Aguirre ha sido tocado por la "peste".

La obsesión de Núñez de Prado era contagiosa. La ciudad, ese ente vivo que Prado había amado y protegido, había infectado a su nuevo dueño. Aguirre comprende, con la misma angustia que sintió su predecesor, que la ciudad no puede quedarse ahí. Los cerros la ahogan. La tierra es estrecha y dura. Los "salteadores" (ahora, quizás, los propios chilenos que lo enviaron, o los indígenas que no cesan en su resistencia) acechan.

En un giro del destino que roza el realismo mágico, Aguirre admite que él mismo podría verse obligado a trasladar la ciudad hacia las sierras para defenderla de futuros enemigos. El conquistador que vino a imponer la ley y la estática autoridad de Chile, termina sucumbiendo a la misma fascinación y al mismo conflicto por la posesión y preservación de la ciudad nómada.

Aguirre se convierte, sin proponérselo, en el heredero del delirio de Prado. Comprende que la única manera de salvar la obra fundacional no es clavarla en el suelo, sino mantenerla en movimiento, esconderla, protegerla de la voracidad de otros conquistadores y de la hostilidad de un entorno que parece diseñado para destruir a los europeos.

La "enfermedad" del traslado no era una locura de un solo hombre; era la respuesta lógica, casi instintiva, de cualquier ser humano que intentara imponer el orden europeo en el caos sublime y terrible del Tucumán del siglo XVI.

VI. Cierre Reflexivo: Las Piedras que Caminaron

Hoy, Santiago del Estero se yergue como la Madre de Ciudades. Sus calles tienen nombres, sus plazas tienen historia, y su catedral se alza como un testimonio de la fe y la permanencia. Pero bajo el asfalto, bajo los cimientos de las casas coloniales y los edificios modernos, laten los ecos de Barco I, Barco II y Barco III.

La historia oficial, la de los manuales escolares, prefiere las fechas exactas y los fundadores de bronce. Prefiere la imagen de la ciudad plantada en el mapa. Pero la verdadera historia, la que se respira en el viento zonda y en el polvo de los caminos antiguos, es la de una ciudad que caminó.

El texto que documenta esta "pesadilla" de fundar y mudar la ciudad de Barco nos regala una perspectiva invaluable sobre la conquista. Nos muestra que el proceso de ocupación del territorio no fue una marcha triunfal, sino un acto de supervivencia extrema, de adaptación y de desesperación. Nos habla de un territorio "estrecho y duro" que exigió un precio altísimo en sangre y cordura.

Juan Núñez de Prado fracasó en su intento de retener su ciudad. Fue humillado, atado y deportado. Murió lejos de su obra, quizás con la mente perdida en los valles del Tucumán, escuchando el crujir de las carretas y el galope exangüe del Apóstol. Pero su fracaso fue el cimiento del éxito posterior. Porque fue esa misma necesidad de moverse, de buscar el lugar exacto, de huir de la asfixia y de la traición, lo que finalmente llevó a los españoles a detenerse en la margen derecha del río Dulce. Allí, donde la tierra se abre y el horizonte respira, nació la Santiago del Estero que conocemos.

La ciudad nómada de Barco no desapareció; se transformó. Se posó sobre la tierra y decidió, por fin, echar raíces. Pero nunca olvidó cómo caminar.

Al leer las crónicas, al imaginar a Prado amando a su ciudad como a un ser vivo, al ver a Aguirre infectado por la misma fiebre del traslado, entendemos que las ciudades no son solo un conjunto de edificios. Son el reflejo de los miedos, las ambiciones y los delirios de los hombres que las construyen. Santiago del Estero nació del trauma, de la geopolítica, del hambre y de la fe. Nació de un hombre que arrastró su sueño por el desierto para que no se lo robaran.

Y cada vez que el viento sacude los árboles en la plaza santiagueña, no es solo el clima del norte argentino. Es el eco de las carretas de Barco. Es la ciudad que caminó, descansando por fin, después de una larga y polvorienta huida hacia el futuro.

Fuentes y Referencias Bibliográficas

Para la reconstrucción de esta narrativa periodística e histórica, se han entrelazado los datos de las crónicas coloniales con el análisis de la literatura histórica contemporánea que aborda la fundación de Santiago del Estero desde una perspectiva humanista y literaria. Las fuentes que sustentan el contexto, los diálogos y la atmósfera de este relato incluyen:

Archivo General de Indias (AGI), Sevilla:

Relación de los servicios de Juan Núñez de Prado y otros capitanes. (Patronato, legajos de la Gobernación del Tucumán). Aquí se documentan las peticiones de Prado a la Real Audiencia y al Virrey del Perú, justificando los traslados de la ciudad de Barco por "hambre y miseria", y el conflicto jurisdiccional con la gobernación de Chile.

Cartas y provisiones de Francisco de Aguirre y Pedro de Valdivia. Documentos que evidencian la intención de extender los límites de Chile hacia el Tucumán y la orden de captura de Núñez de Prado.

Crónicas de la Conquista del Tucumán:

Historia de la conquista del Tucumán (Atribuida a fray Pedro de Córdoba o cronistas anónimos de la época de La Gasca y Valdivia), donde se menciona la llegada de los capitanes "los de Tucumán" (Vásquez, Guevara, Villadiego) y la hostilidad del medio ambiente.

Relaciones geográficas de la Gobernación del Tucumán (1580s), que describen la tierra como "estrecha y dura" y el impacto de la introducción de la ganadería europea ("animalitos") en la ecología local.

Historiografía y Literatura Histórica Regional:

El análisis de la "ciudad como ser vivo" y la metafísica de los tres traslados de Barco (Barco I, II y III) se nutre de las reconstrucciones literarias y ensayos históricos contemporáneos sobre la fundación de Santiago del Estero, que interpretan las crónicas no solo como documentos legales, sino como testimonios de una experiencia psicológica y mística de los conquistadores (obras que exploran la "pesadilla" de la fundación nómada y la figura de Francisco de Aguirre como el "gigante sanguinario").

Ricardo Rojas, "Historia de la Literatura Argentina" y sus estudios sobre la épica colonial, que aportan el contexto sobre la figura del "Apóstol Santiago cabalgando exangüe" como símbolo de la fatiga espiritual de la conquista.

Estudios sobre la evangelización en la frontera tucumana, que documentan la presencia y el posterior arresto de los frailes (Carvajal, Cedrón, Trueno) y la acusación de "mezclar el puñal y la hostia", reflejando la tensión entre la misión espiritual y la violencia colonial.

Nota del autor: Este artículo toma como base de una obra literaria/histórica específica que noveliza y dramatiza las crónicas reales de la fundación de Santiago del Estero, utilizando los nombres de la época (Barco) y explorando la psique de sus protagonistas para ofrecer una visión cultural, íntima y reflexiva de nuestros orígenes.


domingo, 10 de agosto de 2025

Bajo la “Madre de Ciudades”: los orígenes enterrados de Santiago del Estero

Una pista de barro y ladrillos desentierra la historia: arqueólogos argentinos buscan en el Parque Aguirre los vestigios de la fundación de Santiago del Estero, la ciudad más antigua de la Argentina.



En una mañana aún fresca junto al río Dulce, arqueólogos remueven la tierra del Parque Aguirre con palas y cepillos, buscando algún rastro de la primera Santiago del Estero. Aquella ciudad legendaria fue fundada en 1553 y bautizada como la “Madre de Ciudades” porque de ella partieron hombres y recursos para poblar todo el noroeste colonial. Santiago se convirtió así en el primer proyecto urbano exitoso de la región: durante décadas fue la única ciudad que no fue destruida, despoblada o trasladada completamente. Sin embargo, los fundadores no eligieron un sitio eterno. Los documentos cuentan que las repetidas crecidas del río Dulce obligaron a mover la ciudad original a terrenos más altos años después.

Fundación y rol colonial

Históricamente se dice que el conquistador Francisco de Aguirre destituyó en 1553 a Juan Núñez del Prado y trasladó el asedio de Barco a un nuevo lugar, llamándolo Santiago del Estero – “nueva tierra de promisión” – allí donde “al presente está” la ciudad de Santiago. Desde entonces, aquel poblado pionero fue el corazón de la colonización. Gracias a su posición central en las rutas, todas las expediciones hacia el sur o el oeste partieron de Santiago: así nacieron otras ciudades norteñas como Córdoba (1573), Salta (1582) o Jujuy (1593). En 2011 la ciudad conmemoraba sus 458 años de vida continua, algo único en el país. Sin embargo, aquel asentamiento original no dejó huellas fácilmente reconocibles. Los cronistas de la época hablan de una ciudad con primeros edificios junto al río, pero luego desplazada hacia el suroeste para escapar de sus riadas.

La ciudad fantasma: ¿dónde estuvo?

La ubicación exacta de la primera Santiago es un misterio que azuza la imaginación. No existe un acta de fundación ni plano colonial que ubique el primer sitio. Los historiadores llevan más de un siglo discutiendo cuántas veces se mudó Barco antes de transformarse en Santiago, y dónde estaba cada asentamiento. Las crónicas ofrecen pistas imprecisas: unos dicen que Santiago se fundó “a dos o tres tiros de arcabuz” de la última Barco, otros a una legua al norte]. Sólo hay un dato reiterado: “se fundó sobre la margen derecha del río Dulce”. Esa descripción encaja con la porción de tierra que hoy ocupa el Parque Aguirre, a orillas del río, junto al viejo templo de San Francisco.




Hallazgos: fragmentos de la memoria colonial

Entre los sedimentos del sector A afloró un cúmulo de escombros coloniales: fragmentos de cerámica cocida – unos decorados, otros toscos sin vidriar –, guijarros de mayólica, huesos de vacuno con marcas de hacha y clavos de hierro cuadrados. Aparecieron dispersos, como basura arrojada, sin forma de estructura reconocible, indicando un descarte intencional al romperse los objetos o al desechar comida. Llama la atención que estos restos coloniales estaban más concentrados en las cuadrículas cercanas al templo de San Francisco y disminuían conforme aumentaba la distancia al mismo. Parece que los primeros colonos usaron ese sector del parque para arrojar sus desechos diarios.

A 1,30 m de profundidad surgieron lo que los arqueólogos identificaron como “cubetas” o hoyos alargados de base irregular (aprox. 1,2 m de diámetro x 0,45 m de profundidad), rellenos con barro y arena fina. En el fondo de esas cubetas aparecieron hallazgos sorprendentes: fragmentos de cerámica policroma (con bordes pintados de negro, rojo y blanco), la base de un pequeño candelero colonial de barro, una herramienta de labranza de hierro parecida a una hoz manual y más piezas cerámicas vidriadas verdes. Incluso apareció un enorme bloque de roca metamórfica de unos 50 kg, labrado en una de sus caras, que el análisis sugiere se usaba para despiezar carne o curtir cueros al estilo español.

Este pesado bloque tallado y los pozos de basura recuerdan a hallazgos similares en sitios coloniales de Buenos Aires, identificados como simples pozos para arrojar desechos de los primeros colonos. En otras palabras, pareciera que hemos descubierto los “tachos de basura” de los pioneros santiagueños. Cada fragmento roto y cada hoyo relleno nos acerca a imaginar la vida cotidiana de 1550: lámparas de barro rotas, platos caídos al suelo y restos de comida esparcidos bajo el barro. De hecho, en algunas excavaciones se recuperó la base de un candil y el cuerpo de otro – ambos de cerámica sin decorar ni vidriar – objetos sencillos de iluminación colonial.

Lo más notable es que, a pesar de haber removido más de dos metros de tierra, no se encontraron cimientos firmes de construcciones antiguas. Quizás los pisos y paredes originales se erosionaron con las crecidas o aún están demasiado profundos. Por el momento, los arqueólogos hablan de una primera caracterización del sitio: un área de desperdicios coloniales en medio de depósitos de inundaciones antiguas. En conjunto, estos vestigios aún dispersos confirman que por ahí estuvo la primitiva Santiago del Estero – aunque silenciosa y bajo toneladas de sedimento.

Pasado enterrado, futuro presente

El resultado de esta investigación todavía no es concluyente, pero empieza a dibujar el mapa de una ciudad sepultada. Los fragmentos encontrados permiten imaginar un asentamiento de difícil vida, tal como había contado Lizárraga, donde cada fragmento roto era desecho cotidiano. Al mismo tiempo, confirman que Santiago del Estero fue realmente la cuna de otras ciudades – de su centro primigenio brotaron expediciones, y hoy sus restos brotan bajo el césped.

Hoy la actual Santiago, reubicada en tierras altas y protegida con defensas ribereñas, ignora la exacta huella de su primer poblado. Sin embargo, el puente entre pasado y presente se fortalece con cada espátula arqueológica. Cada cerámica colonial, cada pedazo de hoz o la mitad de un candil hallados bajo el Parque Aguirre recuerdan que la Madre de Ciudades tuvo humildes orígenes en un rincón anegado. Aquella ciudad fundada en 1553 resistió sequías y crecidas, se movió con el correr de los siglos, pero sigue en pie, conectándonos con el drama y la cotidianidad de sus primeros habitantes. En suma, la excavación no solo busca huesos y barro, sino devolvernos a la memoria viva de Santiago del Estero: una ciudad antigua que vive bajo nuestros pies.

Fuentes: Datos históricos y hallazgos arqueológicos según Ana Igareta et al. (2012), entre otros estudios. (El artículo original “Arqueología de Santiago del Estero colonial: Historia de varias ciudades” sirvió de base para este relato).