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viernes, 18 de septiembre de 2026

La ciudad detrás de la fotografía


La primera vez que Clara vio caer una casa antigua, no entendió por qué su abuelo se quedó mirándola durante tanto tiempo. La máquina había mordido una de las paredes de Chumillo y el polvo se levantó lentamente, como una nube que se negara a desaparecer. Ramón permanecía de pie frente a su casa. Tenía setenta y ocho años. Había nacido allí, había crecido allí y allí había visto pasar casi toda su vida. Desde aquella vereda había visto llegar los primeros cambios, desaparecer algunas costumbres y aparecer otras. Había visto crecer la ciudad hasta lugares que, cuando era niño, parecían estar lejos de todo. Ahora una marca roja sobre la pared anunciaba algo que todavía le costaba mirar de frente: su propia casa también tenía los días contados.

-¿El duelo? - preguntó Clara.

R -¿Qué cosa?

C - La casa.

Ramón tardó unos segundos en responder.

- No es la casa, Clara.

Ella lo miró sin entender.

R -Es todo lo que pasó aquí.

Esa tarde, mientras el ruido de las máquinas quedaba suspendido en el aire, Ramón entró a la casa y sacó de un armario una vieja caja de lata. La abrí con cuidado. Adentro había fotografías, boletos de colectivo, una llave oxidada y un pequeño cuaderno de tapas negras. Clara se sentó a su lado y comenzó a mirar. Algunas fotografías muestran calles que ya no reconocía. Otras tenían casas bajas, árboles, terrenos abiertos y caminos de tierra. En el cuaderno aparecían nombres escritos con una letra antigua: Chumillo, El Zanjón, La Católica, 8 de Abril, Tala Pozo, Las Cejas. Debajo de algunos nombres había anotaciones breves: "Acá terminaba la ciudad". "Por este camino íbamos al río". "Antes no había casas". "Después llegó el empedrado".

-¿Quién escribió esto? -preguntó Clara.

R - Mi padre.

C -¿Y para qué?

Ramón sonrió apenas.

- Porque él me dijo que algún día alguien iba a querer saber cómo era esto.

Clara volvió a mirar las fotografías. Una de ellas mostró El Zanjón. Había pocas casas. No se veían avenidas, autos ni luces. Solo una extensión de tierra, algunos árboles y un camino que parecía perderse en el horizonte. Clara sostuvo la fotografía entre las manos y, por un instante, tuvo la sensación de que algo se movía detrás de la imagen. Una corriente de aire frío le rozó la cara. Parpadeo. Cuando volvió a mirar, la fotografía parecía más profunda, como si ya no fuera una fotografía sino una puerta.

Sin saber exactamente por qué, Clara se acercó a la mano.

Y todo cambió.

Cuando abrió los ojos, ya no estaba en la casa de su abuelo. El aire era distinto. No había motores ni cables. Un carro avanzaba lentamente por un camino de tierra. Una mujer sacudía una manta frente a una casa. Un perro cruzó la calle. Dos chicos corrían detrás de una pelota.

Clara miró a su alrededor. El lugar que conocía como El Zanjón estaba allí, pero era otro.

Entonces vio a un niño parado a unos metros.  Tenía unos diez años. Clara lo reconoció inmediatamente. Era Ramón. 

El niño la miró con desconfianza.

-¿Quién sos?

Clara no supo qué responder.

- Mi nombre es Clara.

-¿Viviste por aquí?

Ella miró el paisaje y el nego con la cabeza.

- No exactamente.

Ramón señaló hacia el horizonte.

- Allá empieza el campo.

Clara observó el lugar. Para ella había un terreno vacío. Para Ramón había un barrio entero. Había personas, caminos, juegos, tardes, casas y vida. Lo que para una mirada podía parecer simplemente un espacio sin construir, para quienes lo habían habitado era un mundo completo.

-¿Siempre fue así? -preguntó Clara.

R -¿Así cómo?

C - Tan vacío.

Ramón frunció el fruncido.

- No está vacío.

Clara no alcanzó a un contestador. El viento volvió a levantarse. Cerró los ojos y, cuando los abrió, estaba otra vez en la casa de su abuelo. Tenía tierra en los zapatos y una pequeña piedra en la mano.

Durante varios días no volvió a tocar la caja. Intentó convencerse de que lo ocurrido había sido un sueño. Pero cada vez que miraba la fotografía de El Zanjón grababa al niño que había visto. Recordaba su voz, el camino de tierra y aquella respuesta sencilla que se le había quedado dando vueltas en la cabeza: "No está vacío".

Finalmente volvió a abrir el cuaderno.

Y regresó.

Cada fotografía parecía esconder una puerta. Clara comenzó a atravesarlas una por una. Viajó a los lugares que Ramón había anotado y descubrió cómo habían cambiado con el paso del tiempo. Vio calles de tierra se convirtieron en calles pavimentadas. Vio aparecer casas donde antes había monte. Vio crecer árboles y desaparecer otros. Vio vecinos conversando en las veredas, niños jugando, mujeres barriendo las entradas, hombres regresando del trabajo, carros avanzando lentamente por caminos que después serían atravesados ​​por autos y colectivos.

La ciudad estaba creciendo delante de sus ojos.  Pero Clara empezó a comprender algo que no había imaginado.  Cada regreso se llevaba algo.  Una casa. Un árbol. Una esquina. Un rostro. Una voz.

La transformación no ocurriría de golpe. Era más silenciosa. Un día algo todavía estaba allí. Después ya no. Una calle cambiaba de nombre. Una casa desaparecida. Un terreno se llenaba de construcciones. Una costumbre dejaba de repetirse. Y, poco a poco, aquello que había formado parte de la vida cotidiana comenzaba a parecer lejano.

La ciudad crecía, sí. Pero también iba dejando cosas atrás.

En uno de sus viajes, Clara llegó nuevamente frente a la casa de su abuelo. Era la misma casa, pero muchos años antes. Vio a Ramón cuando todavía era un niño. Vio a su padre. Vio el árbol que apareció en una de las fotografías. Vio la misma ventana que tantas veces había visto desde la vereda.

Entonces entendió por qué Ramón no podía hablar de aquella casa como si fuera simplemente una construcción.

Allí no había solamente paredes.  Había años.  Había personas.

Había conversaciones que ella nunca había escuchado. Había pasos que ya no podían volver. Había tardes que nadie podía recuperar.

Cuando regresó, fue directamente a buscar a su abuelo. 

C -¿Vos conociste El Zanjón cuando casi no había casas?

Ramón la miró en silencio.

-¿Quién te contó?

C - Voz.

Él sonrió.

- Sí.

C -¿Y sabes qué más vi?

Clara esperó.

- Vi la ciudad antes de que fuera como ahora.

Después de unos segundos, Clara preguntó:

- Vi tu casa cuando eras chico.

Ramón bajó la mirada. No dijo nada durante un momento.

- A veces pienso que uno pasa la vida tratando de recordar -dijo finalmente.

 -¿Para qué?

C - Para no perder del todo lo que ya se fue.

Desde entonces, Clara empezó a mirar a Santiago de otra manera. Ya no caminaba por una calle sin preguntarse qué había allí antes. Comenzó a fotografiar casas antiguas, a anotar nombres, a preguntar a los vecinos. Quería saber qué grababan. Quería juntar esas pequeñas historias antes de que desaparecieran con quienes todavía podían contarlas.

Sus amigos comenzaron a acompañarla.

Recorrieron Chumillo, El Zanjón, La Católica, 8 de Abril, Tala Pozo y Las Cejas. Encontraron nombres que habían cambiado, calles transformadas, casas que ya no existían. Pero también encontraron algo que seguía vivo en la memoria de la gente.

"Aquí estaba..."

"Por aquí pasábamos..."

"En esa esquina..."

"Mi padre vivía..."

"Cuando yo era chico..."

Cada frase parecía completar una parte de la ciudad que no aparecía en los mapas.

Clara comprendió entonces que una ciudad también podía existir en la memoria de quienes la habían vivido.

Pasaron los años.

La marca roja seguía sobre la pared de la casa de Ramón.

Hasta que llegó el día.

Clara estaba allí cuando las máquinas volvieron. Ramón también. Esta vez ninguno de los dos dijo nada. El ruido del motor rompió el silencio. La pala tocando la pared. Una parte de la casa pasó.

Clara cierra los ojos.

Pensó en El Zanjón cuando todavía no había calles como las conocía. Pensó en el niño que había sido su abuelo. Pensó en los árboles, en los caminos de tierra, en las casas que habían desaparecido mucho antes de que ella naciera. Pensó en todas aquellas cosas que alguna vez habían sido cotidianas y que ahora solo sobrevivían porque alguien las recordaba.

La pared cayó.

El polvo cubrió la vereda.

Ramón esperó unos segundos y después tomó la vieja caja de lata.

Se la entregó a Clara.

-Ahora es tuya.

Ella la recibió con ambas manos.

-¿Qué hago con ella?

Ramón la miró.

- Lo mismo que hizo mi padre.

C -¿Guardar todo?

R - No.

Hizo una pausa.

R -Contarlo.

Clara presionó la caja contra el pecho.

La casa podía caer. La calle podía cambiar. El barrio podía transformarse. Pero todavía quedaban las historias.

Muchos años después, Clara siguió conservando la caja de lata. El cuaderno de tapas negras estaba lleno de nuevas anotaciones. A los nombres que había escrito Ramón se habían sumado otros. Había fechas, fotografías, recuerdos y voces. Había historias de vecinos, nombres de calles, casas que ya no estaban y lugares que habían cambiado tanto que costaba reconocerlos.

Una tarde buscó la vieja fotografía de El Zanjón.

No la encontró.

Revisó la caja varias veces hasta que descubrió otra fotografía, escondida entre dos papeles. Era una calle de tierra. Había varios niños. Entre ellos estaba Ramón.

Clara observó la imagen durante un largo rato.

Después miró la pequeña piedra que todavía conservaba desde aquel primer viaje.

La inclinación entre los dedos.

Afuera, la ciudad seguía cambiando.

Había nuevas calles, nuevas casas, nuevos ruidos. Algunas cosas desaparecían mientras otras comenzaban. La ciudad no dejaba de avanzar.

Clara cerró el cuaderno.

Una ciudad puede cambiar de calles. Puede cambiar de nombres. Puede derribar sus casas. Puede crecer hasta no reconocerse. Pero mientras alguien recuerda sus historias, mientras alguien vuelve a pronunciarlas, mientras un niño pregunta cómo era el lugar antes de que él llegara, la ciudad no habrá desaparecido.

Solo estará esperando que alguien la vuelva a contar.

 


lunes, 14 de septiembre de 2026

La batalla secular de la "Madre de Ciudades": cuando el Río Dulce dictaba la historia de Santiago del Estero

 


Durante casi cuatro siglos, la decana de las ciudades argentinas libró una lucha constante contra las crecidas del río Dulce. Entre desbordes, catedrales destruidas, defensas improvisadas y rieles de tren arrojados al cauce para frenar la corriente, esta es la historia de una población que se negó a abandonar su territorio.

Desde la llegada de los conquistadores españoles al Tucumán, la supervivencia de Santiago del Estero estuvo condicionada por la inestabilidad del río Dulce. Juan Núñez del Prado fundó la tercera ciudad del Barco a orillas del cauce, a cincuenta leguas al sur de Quiriquiri, entre los poblados Juríes. Lo que pretendía ser un asentamiento definitivo dio paso a una larga secuencia de mudanzas, reconstrucciones y terraplenes arrasados.

El ingeniero Carlos Michaud documentó esta cronología el 1 de enero de 1935, detallando los esfuerzos técnicos y comunitarios por sostener la ciudad sobre un terreno amenazado por el agua.

Un pueblo que se movía a la par de la corriente

Al poco tiempo de instalarse la ciudad del Barco, las avenidas del Dulce anegaron los solares trazados. Núñez del Prado ordenó trasladar la población unos 60 kilómetros al sur, hacia Titingasta, manteniendo la cercanía con el cauce. En diciembre de 1553, Francisco de Aguirre llegó desde Chile y, ante los continuos daños de las crecidas, movió el poblado un tramo hacia el norte, bautizándolo como "Santiago del Estero".

La medida no resolvió el problema de fondo. Para 1586, el río ya había destruido la acequia que Gonzalo de Abreu había construido para el riego. Cuatro años después, en 1590, el gobernador Ramírez de Velazco propuso mudar nuevamente la ciudad. Explicaba que el lecho se había socavado tanto que resultaba imposible volver a canalizar agua, y pedía buscar tierras sin salitre donde los vecinos pudieran "hacer casas perpetuas", ya que la sal corroía los cimientos en menos de cuatro años.

Pese a las advertencias de Ramírez de Velazco, el traslado formal no se ejecutó. Santiago del Estero continuó siendo la capital de la provincia, sede del Gobernador y del Obispo, y el centro urbano más poblado de la región durante los siglos XVI y XVII. Pero la convivencia con el agua tuvo un costo alto. En 1615, un incendio destruyó la catedral, reconstruida tiempo después de que la primera iglesia fuera arrastrada por la corriente. Sin decretos ni actos oficiales, los vecinos comenzaron a edificar sus casas cada vez más al oeste, empujados por el avance del cauce.

El impacto más severo ocurrió en febrero de 1628. El gobernador Felipe de Albornoz dejó asentado que entre el 6 y el 7 de ese mes, el río rompió "los reparos antiguos, y uno moderno" financiado por el cabildo y la gobernación. La riada destruyó 34 casas —la mitad de la población— y derrumbó la residencia de los jesuitas. El agua llegó a correr por la plaza principal. El gobernador Francisco del Monte intentó mover la ciudad hacia el norte, pero la imposibilidad técnica de construir una acequia en la nueva zona obligó a cancelar el plan.

Aunque una Real Cédula autorizó el traslado en 1630, la población optó por reconstruir la franja destruida sobre el margen oeste. Décadas más tarde, entre marzo y abril de 1663, otra creciente afectó el sector este de la ciudad y dejó el curso del río a pocos metros del convento de San Francisco. Paul Groussac anotó que este episodio dio origen a la creencia popular de que San Francisco Solano había profetizado la catástrofe al orientar la puerta principal de la iglesia hacia el oeste.

Las pérdidas acumuladas motivaron la partida de las autoridades eclesiásticas. El obispo Ulloa solicitó mudar la sede catedralicia a Córdoba, cambio que la corona española autorizó por Real Cédula el 15 de octubre de 1696. Los reclamos del Cabildo y del gobernador Esteban de Veiger en 1714 no lograron revertir la decisión. Para justificar el traslado, el obispo Ulloa afirmó que Santiago "sólo tiene el nombre de ciudad es toda ella un bosque inmundo falto de todo lo necesario para el sustento", pronosticando que terminaría despoblada. Tras la partida del obispo y la radicación del gobernador en Salta, la antigua capital inició un período de estancamiento.

De la inacción a los primeros proyectos del Estado

Durante el siglo XVIII y la primera mitad del XIX, los registros sobre el río disminuyen en la documentación oficial. Las reestructuraciones territoriales y los conflictos políticos durante el gobierno de Juan Felipe Ibarra hasta 1850 absorbieron la mayor parte de los recursos provinciales. Una muestra del desplazamiento del río es que, hasta 1767, se realizaban procesiones desde el terreno que ocupaba la antigua ciudad —que para esa época formaba parte del lecho del Dulce— hasta la ermita de San Fabián y San Sebastián, ubicada en la manzana de las actuales calles Tucumán, Salta, La Plata y Jujuy.

En la segunda mitad del siglo XIX, la provincia reinició su actividad económica e infraestructura urbana. En 1856 se destacaba la producción del ingenio azucarero de Félix Frías, en 1886 comenzó a funcionar el servicio telefónico y en 1889 se instaló el alumbrado eléctrico.

Para proteger esa expansión, el Estado nacional comenzó a destinar fondos a obras de contención. En 1863 y 1872, los ingenieros Hidebrando y Dahequist realizaron inspecciones técnicas por encargo de la Nación. Tras un desborde violento en 1872, denominado localmente "volcán", el Congreso asignó $120.000 para defensas. Bajo la dirección del ingeniero Montenacle, cerca de 500 operarios worked en el cauce entre 1873 y 1874. Ese mismo año se aprobaron partidas adicionales de $10.000 para obras entre Sumamao y Tevuyo y de 10.000 pesos fuertes para desviar el río.

La Ley Nacional 922 de 1878 encomendó nuevos estudios al ingeniero Stavelina, lo que derivó en la apertura del canal La Cuarteada en 1879 para derivar caudales hacia el río Salado. También se construyeron contenciones cerca del actual Regimiento 18 y la avenida Roca. Sin embargo, la creciente de 1883 destruyó parte de las estructuras. El gobierno envió al ingeniero C. Cossú entre 1882 y 1884 para intervenir en los sectores de Maco, Tajamar y Los Corrales.

Ante la falta de resultados definitivos, el presidente José Evaristo Uriburu le encargó en 1896 un plan integral a Baltasar Olachea y Alcorta, jefe del Departamento Topográfico de Mendoza, advirtiendo que las defensas debían ejecutarse con carácter permanente antes de que volvieran a repetirse los daños de décadas anteriores.

Vías de tren en el agua y una plaga insospechada

En 1899, un brazo del río volvió a avanzar sobre el casco urbano y comenzó a erosionar el terreno cercano al templo de San Francisco. Ante la emergencia, la provincia y la Nación aportaron $5.000 para construir un dique transversal de 300 metros en el cauce principal, a la altura de la calle Rivadavia. Para frenar la corriente, el ingeniero Chantrill utilizó tierra, ramas e incluso tramos de vías y vagonetas del ferrocarril Decauville.

Al año siguiente, el ingeniero Palario reforzó la estructura agregando bloques de concreto. Si bien la obra —conocida como "dique Palario"— logró desviar el flujo principal, generó un área de agua estancada que favoreció la proliferación de mosquitos y desató una epidemia de paludismo que afectó a gran parte de la población.

Para erradicar el foco de infección, las autoridades rellenaron los terrenos bajos, nivelaron las dunas de la orilla y comenzaron la plantación masiva de eucaliptus. Esa intervención ambiental dio origen al actual Parque Aguirre.

Presos, soldados y la obra definitiva

La presión del río continuó en las primeras décadas del siglo XX. En 1910, una creciente derribó parte del puente del Ferrocarril Central Argentino. El agua ingresó por la calle Alsina e inundó el sector del parque hasta las cercanías de la plaza principal. En 1911 se construyó un terraplén de contención con material de la playa, desde el norte de las vías del ferrocarril hasta la calle Trónica (actual 2 de Febrero).

En 1919, una nueva crecida rompió la contención e inundó los barrios Belgrano, Chumillo, La Granja, Ulua y Flores. Para frenar el avance se extendió el terraplén casi cuatro kilómetros hacia Ulua, invirtiendo cerca de $70.000 en compuertas y defensas de madera.

El episodio más crítico ocurrió a comienzos de 1921. Durante tres meses, hasta 1.000 hombres trabajaron diariamente en el cauce para evitar que el río se desviara por la acequia municipal en Tarapaya y cruzara el centro urbano. Ante la falta de personal, las tareas se realizaron con la participación de presidiarios de la cárcel local y efectivos del regimiento militar destacado en la ciudad. El 1 de marzo de ese año, el puente ferroviario volvió a sufrir daños parciales. En su informe de 1922, el gobernador detalló que los trabajos de emergencia demandaron $395.000, obligando a redirigir $100.000 que estaban destinados al pago de bonos de pavimentación.

En septiembre de 1924, el ingeniero Diego F. Outes elevó un informe al Interventor Nacional señalando la falta de coordinación entre las distintas dependencias provinciales, nacionales y ferroviarias que intervenían sobre el cauce. Outes recomendó suspender las obras improvisadas hasta realizar un estudio técnico completo.

Ese análisis fue encargado oficialmente a finales de 1924 y derivó en un proyecto integral aprobado en septiembre de 1928, cuyas obras se autorizaron en febrero de 1929.

El cauce encauzado

La evolución de Santiago del Estero terminó por desmentir los diagnósticos del siglo XVII sobre su despoblación. Como resumía el ingeniero Michaud en 1935, la continua disputa con el río Dulce no impidió el crecimiento urbano ni su consolidación institucional. Las crecidas periódicas obligaron a la ciudad a reorganizarse, adaptar su trazado y desarrollar infraestructura técnica a lo largo de casi cuatro siglos. El río que condicionó a los primeros pobladores terminó integrándose a la geografía urbana de la capital provincial.

 

martes, 1 de septiembre de 2026

El mito de los túneles secretos de Santiago del Estero: ¿leyenda urbana o realidad subterránea?


Si te criaste en Santiago o escuchaste hablar de la Madre de Ciudades, seguro te cruzaste con el mito. Ese que jura que debajo del asfalto hay toda una red secreta de pasadizos conectando iglesias, teatros y viejas casonas. Una especie de ciudad oculta construida para esquivar ataques o guardar tesoros.

La idea engancha, no hay duda. Suena a película. Pero cuando la historia y la arqueología se meten a revisar las pruebas, la película se cae bastante rápido.

Lo que realmente hay bajo el suelo

Los historiadores y arqueólogos que entraron a inspeccionar los edificios más viejos de la provincia dicen lo mismo: no hay un solo metro de túnel. Lo que durante décadas se vendió como un sistema de escape no es más que arquitectura práctica de la época, malinterpretada con los años.

Hay dos lugares emblemáticos que alimentaron el mito casi más que ningún otro:

  • El Teatro 25 de Mayo: Se dijo mil veces que debajo del escenario había pasajes ocultos. La realidad es mucho más ingeniosa. Como el teatro se diseñó en forma de herradura, los vacíos bajo las maderas se pensaron como cámaras de aire para amplificar el sonido. Encima, como la base del escenario quedó un metro por encima del suelo natural, la vista engaña y da la sensación de estar parado sobre un sótano profundo.
  • La Casa de los Taboada: Cuando el arquitecto Rodolfo Legname y su equipo excavaron la propiedad, las famosas "entradas a las catacumbas" resultaron ser sótanos y bodegas familiares. En el siglo XIX era de lo más normal tener esos espacios para guardar vino o mantener fresca la comida en pleno verano.

Ataques, cárceles y teorías que no cierran

La voz popular terminó armando un relato casi de ficción, adjudicándole a estas construcciones funciones de refugio militar o calabozos secretos.

Pero los papeles y la lógica histórica dicen otra cosa. Para el siglo XIX ya no había grupos indígenas hostiles operando dentro del casco urbano como para justificar semejante gasto de ingeniería militar. Tampoco se encontró jamás un solo grillete, una compuerta colonial o una conexión física real que uniera el Teatro con la iglesia de San Francisco Solano o la antigua Casa de Gobierno. Nada.

¿Cómo nació semejante historia?

Las leyendas nunca salen de la nada. Entre 1672 y 1702, las crecidas del río obligaron a mudar la ciudad en más de una oportunidad. Con los años, sobre los escombros y cimientos de la vieja infraestructura se construyeron casas nuevas. Cuando en décadas posteriores alguien remodelaba y se chocaba con una pared antigua o un sótano olvidado, el boca a boca hacía la magia pesada y la imaginación colectiva ponía el resto.

Santiago no necesita pasadizos de película para ser interesante. Lo que quedó a la vista y en la superficie alcanza para entender su verdadera historia.

 

jueves, 13 de agosto de 2026

La primera ciudad: el largo camino de Santiago del Estero

 De los valles calchaquíes a la llanura santiagueña, la ciudad del Barco recorrió distintos territorios hasta establecerse, en 1553, en el lugar donde comenzaría la historia de Santiago del Estero.

 


Una ciudad que nació andando

La historia de Santiago del Estero comenzó mucho antes de que existiera la ciudad que hoy conocemos. En aquellos primeros años de la conquista española, un grupo de hombres llegó desde el Cuzco, la Ciudad de los Reyes y Potosí atravesando la Quebrada de Humahuaca y siguiendo el rumbo del Aconquija.

En las faldas de los cerros tucumanos, cerca de la actual Monteros, se estableció la tercera expedición española llegada desde aquellas tierras. El 29 de junio de 1550, sus integrantes fundaron un pequeño asentamiento al que llamaron ciudad del Barco.

La intención era mucho más ambiciosa que levantar unas pocas viviendas. Se buscaba establecer una capital para la extensa región que entonces comprendía la provincia del Tucumán.

Pero aquella primera ciudad tendría una característica particular: no permanecería mucho tiempo en un mismo lugar.

La ciudad del Barco, una ciudad en movimiento

Su fundador, el capitán don Juan Núñez de Prado, pronto se vio obligado a disponer el traslado del asentamiento hacia los valles calchaquíes, en el actual territorio salteño.

La decisión estuvo relacionada con los conflictos jurisdiccionales con Chile y con la necesidad de evitar nuevos enfrentamientos, además de las dificultades que planteaban los pueblos indígenas de la región, entre ellos juríes y diaguitas.

En 1551, ya instalada en su nueva ubicación, la ciudad recibió un nombre más extenso: ciudad del Barco del Nuevo Maestrazgo de Santiago.

El nombre homenajeaba a Pedro La Gasca, presidente de la Audiencia de Lima, nacido en la ciudad de Barco de Ávila, y también al apóstol Santiago el Mayor, patrono de España.

Pero tampoco sería ese el destino definitivo.

Por segunda vez, Núñez de Prado decidió trasladarla. Esta vez el rumbo sería hacia el este, dejando atrás los paisajes montañosos de los valles calchaquíes para internarse en la extensa y boscosa llanura santiagueña.

Como escribió Ricardo Rojas al describir ese desplazamiento, era el paso "del país de la montaña, del reino calchaquí, para entrar en el país de la selva".

Y allí, finalmente, comenzaría otra historia.

Llegar a una tierra desconocida

Las crónicas no son del todo precisas sobre la cantidad de personas que participaron de aquella llegada. Se estima que fueron entre 150 y 200, entre soldados, civiles, algunas familias, indígenas auxiliares y dos sacerdotes.

Al comienzo de la expedición, sin embargo, habían sido apenas 84 los hombres que partieron junto a Núñez de Prado.

No viajaban con las manos vacías. La expedición trasladaba todo lo necesario para volver a empezar.

Los soldados llevaban armas, alimentos y los elementos indispensables para levantar las primeras tiendas. Las mulas y los caballos cargaban bolsas con maíz, trigo y cebada, semillas de zapallo y porotos, además de vasijas y recipientes de cuero destinados a conservar agua y aceite.

También viajaban gallinas en jaulones y un importante número de animales: yeguas, potros, ovejas y cabras.

Todo tenía un propósito. Aquellos animales serían fundamentales para formar las primeras chacras y asegurar la subsistencia del nuevo asentamiento.

En otras palabras, no estaban solamente fundando una ciudad. Estaban trasladando una pequeña comunidad entera, con sus herramientas, sus alimentos, sus animales y sus conocimientos.

El lugar donde comenzó Santiago

El sitio elegido para establecer la ciudad estaba despejado en medio de una vegetación tupida, sobre la margen derecha del llamado río del Estero, nombre que recibía entonces el actual río Dulce.

Según las estimaciones mencionadas en el texto original, el asentamiento se habría ubicado entre 1.400 metros y 2 kilómetros al sur de la actual ciudad de Santiago del Estero. Otra posibilidad lo sitúa en el sector que hoy corresponde al ángulo formado por la avenida Alsina y la calle Independencia.

La elección tampoco fue casual desde el punto de vista político.

Como había ocurrido con los dos asentamientos anteriores, el nuevo emplazamiento quedaba fuera del territorio que la Audiencia de Lima había concedido a Chile. Sin embargo, Pedro de Valdivia, gobernador de Chile, sostenía una posición diferente y pretendía incorporar estos territorios a sus dominios, apoyándose en cálculos geográficos que podían ser erróneos o, según algunas interpretaciones, deliberados.

Así, la fundación de aquella primera ciudad estuvo atravesada desde el principio por disputas territoriales, desplazamientos y decisiones políticas.

Una ciudad que tuvo que empezar de nuevo

La historia de la ciudad del Barco no fue sencilla. Antes de convertirse en el origen de Santiago del Estero, tuvo que cambiar de lugar más de una vez.

Sus habitantes caminaron por caminos difíciles, atravesaron montañas, cruzaron regiones desconocidas y cargaron con todo aquello que necesitaban para reconstruir su vida en otro sitio.

Por eso, cuando hablamos de los comienzos de Santiago del Estero, no deberíamos imaginar solamente una ceremonia de fundación y unas pocas construcciones levantadas en medio del monte.

Detrás de aquella primera ciudad hubo movimiento, incertidumbre y esfuerzo. Hubo hombres y mujeres intentando establecerse en una tierra que todavía no conocían y que, con el paso del tiempo, terminaría convirtiéndose en el escenario de una de las historias urbanas más antiguas de la Argentina.

La ciudad del Barco fue, en cierto modo, una ciudad que nació caminando.

Y quizá esa sea una de las imágenes más interesantes para acercarnos a los primeros tiempos de Santiago del Estero: antes de tener calles, plazas y edificios, tuvo caminos. Antes de echar raíces, tuvo que aprender a moverse.

Allí, entre el monte, el río y los antiguos caminos de la conquista, comenzaba a tomar forma la historia de la "Madre de Ciudades".

Fuentes: 

·     *   Municipalidad de la Ciudad de Santiago del Estero, "Historia de la Ciudad de Santiago del Estero". Municipalidad de Santiago del Estero - Historia de la Ciudad

·     *    Universidad Nacional de Santiago del Estero, Facultad de Humanidades, Ciencias Sociales y de la Salud, "Proceso fundacional de Santiago del Estero, la 'muy noble y leal ciudad'". UNSE - Proceso fundacional de Santiago del Estero


sábado, 1 de agosto de 2026

Santiago del Estero: entre la gloria de la fundación y la sombra de las disputas territoriales

 Por María Mercedes Tenti.

 


El problema planteado acerca de la fundación de Santiago del Estero guarda estrecha relación con el carácter privado de la conquista española y los conflictos jurisdiccionales generados como consecuencia. A partir de 1535 sobrevino la ocupación más difícil de territorios con poblaciones en estadio cazador recolector asociados a agricultura incipiente, de menor densidad y de estructuras políticas y sociales más débiles. Así comenzó la extensión de la conquista a lo largo de la costa del Pacífico por Chile y la internación por la región del Tucumán -en el actual noroeste argentino-, expandiéndose por el sur en búsqueda del puerto atlántico.

Los conquistadores Francisco Pizarro y Diego de Almagro habían sometido a los quechuas en el Perú -conocidos genéricamente como incas- a partir de 1532, aunque pronto comenzaron ellos y sus herederos una cruenta guerra civil en la que ambos fueron asesinados; sin embargo, luego de sus muertes las disputas continuaron sus beneficiarios y seguidores. La corona española trató de apaciguar el enfrentamiento dividiendo el territorio y cediendo a los pizarristas la zona peruana y a los almagristas la franja del imperio que continuaba por el sur.

En lo referente a la exploración y reconocimiento de nuevos territorios, en 1536 Almagro había incursionado por el Tucumán en su paso para Chile, pero la primera expedición que penetró en espacio santiagueño fue la de Diego de Rojas. El gobernador del Perú nombró en 1543 a Rojas para explorar la región del Tucumán, ubicada más allá de la Puna, sin datos claros de su extensión. Pasó por los valles Calchaquíes y los llanos tucumanos y, tras continuos enfrentamientos con los aborígenes, penetró en territorio santiagueño por las sierras de Guasayán. En la zona de Maquijata, en un enfrentamiento con los tonocotés, Rojas fue herido con una flecha y, como consecuencia, murió. La expedición siguió, recorriendo las actuales provincias de Catamarca, La Rioja y norte de San Juan, hasta entrar en Córdoba y continuar rumbo al Paraná, de donde regresó tras encontrarse con huellas de españoles que habían penetrado por el río de la Plata y remontado el Paraná.

A mediados del siglo XVI, Pedro de la Gasca, presidente de la Audiencia de Lima, que acababa de poner fin a la guerra civil en el Perú, se vio en la necesidad de emplear a la soldadesca desocupada que promovía desórdenes. Por ello encomendó a Juan Núñez de Prado que organizara una expedición y fundara una ciudad para proteger el camino a Chile, informase de las probabilidades de ocupación del territorio y facilitara la apertura de la ruta al río de la Plata y la salida al Atlántico. Núñez partió de Potosí y el 29 de junio de 1550 fundó una ciudad en el valle de Gualán -actual provincia de Tucumán- y le puso por nombre El Barco. Realizó el trazado del poblado, conformó el Cabildo y distribuyó los indios en encomiendas. Estando allí instalado se planteó el primer conflicto de jurisdicción con tropas chilenas que, al mando de Villagra, lo obligaron a reconocer la dependencia de la nueva ciudad respecto de la gobernación de Chile. Una vez que se retiraron Villagra y sus hombres, Núñez de Prado desconoció su autoridad y decidió trasladar el poblado. En 1551 lo ubicó en el valle de Quiriquiri -Salta- que estimaba pertenecía a la jurisdicción de Charcas. Poco duró en esta ubicación ya que, al año siguiente -quizás por los ataques de los aborígenes o por la posibilidad de una nueva incursión de las tropas chilenas- la trasladó nuevamente a orillas del río del Estero – hoy río Dulce-, cerca de la actual Santiago del Estero.

El gobernador de Chile, Pedro de Valdivia, por creer que El Barco estaba dentro de sus territorios, designó gobernador de esta ciudad a Francisco de Aguirre y lo envió a tomar posesión de ella. Su objetivo era unir en una sola gobernación toda la tierra existente entre el Atlántico y el Pacífico. Aguirre, apenas llegó a territorio santiagueño, en mayo de 1553, se apoderó de la ciudad, designó nuevas autoridades, organizó el cabildo, apresó a Núñez de Prado, lo envió prisionero a Chile y decidió trasladar la ciudad a corta distancia de su antigua ubicación, por estar demasiado expuesta a las crecidas del río. Finalmente, convalidó la fundación de una nueva ciudad denominándola Santiago del Estero, el 25 de julio de 1553.

El acta de la fundación de El Barco nunca fue encontrada, como tampoco la de Santiago del Estero. Es por ello que, en 1952, a pedido del gobierno de la provincia, una comisión de historiadores de la Junta de Estudios Históricos de Santiago del Estero, abalados por la Academia Nacional de la Historia, determinó que Santiago del Estero había sido fundada por Francisco de Aguirre el 25 de julio de 1553, basándose especialmente en dos actas del cabildo santiagueño, del 14 de abril de 1774 y del 21 de julio de 1779 -es decir de dos siglos posteriores a la fundación- encontradas por el presidente de la Junta, Alfredo Gargaro, en archivos chilenos. En la primera de ellas, se acordaba organizar la festividad de Santiago Apóstol el 25 de julio, "… en memoria de que en días semejantes introdujeron las armas españolas el Santo Evangelio y se hizo la primera fundación de dicha ciudad".

Como contrapartida, hay innumerables testimonios en probanzas, cartas, relaciones, etc. -contemporáneas al hecho que nos ocupa- que identifican ambas ciudades como una sola. Como ejemplo enunciaremos solamente una de los más significativos: en la carta que escribió Francisco de Aguirre al rey, el 23 de diciembre de 1553, sostiene: "… Porque habrá dos años escribimos a la Audiencia de V.M. que reside en la ciudad de los Reyes lo sucedido en esta ciudad de Santiago…" Como vemos hace referencia a 1551, cuando la ciudad se llamaba El Barco.

Luis Alen Lascano, en su Historia de Santiago del Estero, publicada en 1991, da a conocer el resultado de investigaciones realizadas por Gastón Doucet -investigador del CONICET- en archivos de Sucre, que intenta clarificar este confuso panorama. Según Doucet, documentos judiciales por él encontrado -aunque nunca publicados-, mencionan el libro capitular de la ciudad como iniciado el 29 de junio de 1550, con la fundación de Núñez de Prado, y continuado durante el gobierno de Francisco de Aguirre y los gobernadores sucesivos, a partir de 1553. Es decir que no se cambió de libro de actas quizás porque se consideraba a Santiago del Estero como una continuidad jurídica de la ciudad de El Barco o tal vez, por la precariedad de las fundaciones, no tenían los protagonistas otro libro de actas. Por todo esto Alen Lascano considera a Juan Núñez de Prado como el primer fundador y a Francisco de Aguirre como el poblador definitivo de la ciudad.

El director del archivo histórico provincial, Juan Viaña, consiguió el año pasado, del Archivo Nacional de Bolivia -Sucre-, de la antigua Audiencia de Charcas, copia de los expedientes 1590-5 entre los que está un documento en el que el escribano del cabildo, de apellido Vallejo, da fe de la fundación de El Barco, por Núñez de Prado, el 29 de junio de 1550 y que el 25 de julio de 1553, luego de tres años, Francisco de Aguirre, enviado por el teniente general de la gobernación de Chile, Pedro de Valdivia, "mudó la ciudad y le puso por nombre Santiago", según consta en el mismo libro del cabildo, ratificando lo descubierto por Doucet.

Como se puede apreciar, Santiago del Estero, la ciudad más antigua del país, la madre de ciudades -como recalcan permanentemente los medios de comunicación y los anuncios oficiales- fundada a orillas del río Dulce, es la ciudad sin acta de fundación que tuvo que esperar cuatrocientos años para que, por un decreto del gobierno de la provincia se estableciera la fecha fundacional. Fue el gobernador peronista Francisco Javier González quien, en 1952, luego del dictamen de la Junta de Estudios Históricos de Santiago del Estero, presidida por el historiador Alfredo Gargaro, sancionó la fecha fundacional mediante un decreto del Poder Ejecutivo provincial, fijándola el 25 de julio de 1553 y a su fundador Francisco de Aguirre, enviado desde Chile. Con esto se ponía fin -aparentemente- a las disputas surgidas entre los historiadores sobre quién era el fundador y cuál la fecha fundacional, disputa dividida entre nuñezpradistas y aguirristas que adjudicaban el mérito de la empresa a Juan Núñez de Prado –fundador de la primitiva ciudad de El Barco- enviado desde Perú- o a Francisco de Aguirre -enviado desde Chile- respectivamente.

Las expediciones se componían de un puñado de españoles, acompañados de indígenas yanaconas que actuaban como lenguaraces, unos pocos caballos, alimentos, armas y vituallas. Tenían que atravesar lugares desconocidos por caminos intrincados y rodeados de monte que terminaba con su escaso ropaje hecho girones. En estas condiciones, las fundaciones eran, en consecuencia, bastante precarias de allí que es entendible que usaran el mismo libro de actas y que participaran de las fundaciones los mismos hombres, aún los enviados por diferentes autoridades.

Como historiadora me pregunto si tiene sentido seguir discutiendo quién es el fundador de la ciudad si, hasta la fecha, no se encontraron documentos fundantes que hagan cambiar el rumbo de las interpretaciones, tanto de un sector como de otro, ya que entran en juego posturas a veces irreconciliables basadas en teorías diversas. El problema no resuelto, a pesar del decreto de 1952, creo que seguirá en la misma instancia, por cuanto tanto uno como otro conquistador venían con mandatos expresos de fundar una ciudad en esta amplia región, poco conocida por entonces, denominada genéricamente Tucma o Tucumán. En síntesis, creo que se trató de una lucha interna de dos jurisdicciones a cargo de los herederos de Almagro y Pizarro por apropiarse de esta extensa región, con una fundación que les diera asidero permanente en ella. 

Luego de la primera celebración sobresaliente del cuarto centenario, en agosto de 1953, con la presencia del presidente Perón en la ciudad, entusiastas ceremonias con desfiles e inauguraciones y la realización de un Congreso Nacional de Historia, a cargo de la Academia Nacional de la Historia -presidido por el historiador Ricardo Levene- que ratificó la fecha fundacional, las conmemoraciones julias fueron in crescendo a lo largo de la segunda mitad del siglo pasado, para transformarse en la actualidad en una festividad que sitúa a la capital santiagueña en el centro de la agenda invernal para la temporada turística.

 

A partir de la conmemoración de los cuatrocientos cincuenta años de la fundación, en 2003, las fiestas de julio pretenden transformar la vida santiagueña con espectáculos artísticos callejeros, la feria artesanal que fue creciendo en superficie y duración, la espectacularidad de las festividades religiosas como la de la Virgen del Carmen -patrona de la ciudad- el 16 de julio, de San Francisco Solano –el apóstol de América- el 24 de julio, de Santiago Apóstol el 25 de julio, los fuegos artificiales de la vigilia y muchos otros eventos que permitieron institucionalizar las festividades, invocando la tradición para habitualizar a la sociedad, generar significatividad y afianzar un espíritu de pertenencia.

La marcha de los bombos, surgida de la iniciativa privada, fue tomada como parte de los festejos del calendario ritualizado, conformando una pretendida costumbre que, si bien reclama cierta historicidad es reciente en su origen, pero pasa a integrar esas "tradiciones inventadas" –al decir de Hobsbawm- que toman de referencia situaciones pasadas y que, por su repetición y espectacularización las actualizan e innovan en el mundo posmoderno.

La institucionalización de las celebraciones, la invención de la tradición y la mercantilización de la cultura son propias de la pos modernidad e impactan en sociedades tradicionales que pretenden insertarse en este mundo globalizado, apelando a viejos usos y a referencias al pasado para instaurar nuevas concepciones, símbolos y percepciones, para dar idea de cohesión social y de continuidad de valores. En ese ámbito se enmarca la fundación de Santiago del Estero. Queda sin embargo por analizar, qué pasa realmente con esta controversia, en el interior de la sociedad santiagueña. Fte: El Liberal

Dra. María Mercedes Tenti. Integrante de la Academia Nacional de la Historia.