En el corazón
de Santiago del Estero, una antigua casona en la calle Tucumán fue, durante
décadas, el refugio clandestino de la cultura popular. Historias de artistas
anónimos, empanadas como forma de pago y visitas sorpresivas de grandes figuras
de la literatura argentina tejieron la leyenda de “El Rincón de los Artistas”,
un lugar que el tiempo y la economía se llevaron, pero que la memoria musical
aún guarda con cariño.
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"El Rincón de los
Artistas, bodegón folclórico en Santiago del Estero" |
París
resguarda sus cafés literarios y Buenos Aires ostenta sus tanguerías
históricas. Pero en Santiago del Estero, la cuna del folclore argentino, latía
algo distinto: durante casi tres décadas existió un santuario popular
inigualable, “El Rincón de los Artistas”. No era solo un bodegón. Era un
ecosistema vivo donde la música no se escuchaba, se respiraba entre el
aroma abrasador de la pizza recién horneada y el metal frío de las jarras de
vino. Su creador, Pedro Evaristo Díaz —un hombre sencillo nacido en el paraje
Tiuyoj un 21 de diciembre de 1919—, levantó con pura humildad y visión un
refugio que hoy, dolorosamente, solo existe en la memoria de quienes
habitaron sus madrugadas.
Sus
paredes, marcadas por trazos gruesos de óleo y murales alegóricos, no eran
simple decoración: enmarcaban un ritual cotidiano que marcaba el pulso de la
ciudad. El movimiento arrancaba al mediodía, hacía una pausa obligada para la
siesta provincial y renacía con furia al atardecer, estirándose hasta que el
amanecer los sorprendía. Las sillas y mesas de madera crujían sin descanso al
recibir a músicos, poetas, recitadores y humoristas. Muchos de ellos eran
absolutamente anónimos; para ellos, este era su único escenario posible.
“Era
un espacio frecuentado por músicos humildes y muy respetuosos, que no se
animaban a actuar en otros lugares precisamente por respeto al público. Todo lo
contrario a lo que sucede hoy en día”,
reflexiona Leandro Taboada, fundador del conjunto vocal Los Tobas.
¿Cómo
nació semejante bastión? Don Pedro comenzó en 1949 en el “Bar Casino”, en
sociedad con Edmundo Soria. Sin embargo, pronto adquirió la totalidad del
negocio y dio un giro decisivo: rebautizó el lugar y lo transformó en la
casa de los artistas “sin cartel”. La regla era transparente y de puertas
abiertas: bastaba pagar una consumición para tener derecho al micrófono. El
“cachet” no medía en contratos ni en dinero; muchas veces era un plato de
empanadas, una jarra de vino, una propina voluntaria o, sencillamente, el
deseo profundo de ser escuchado.
Entre
sus parroquianos habituales, el recuerdo rescata a verdaderas glorias locales:
el legendario conjunto del “Mandinga del Bandoneón” (Víctor Orellana), las
guitarras de los hermanos Campos y el “Payo” Luna, aquel albino malabarista del
bombo. Por allí pasó también el cantor Enrique Simón, quien consolidó entre
esas mesas su fama como intérprete de tangos. Pero el Rincón ejercía un imán
tan potente que atravesaba fronteras: atraía inevitablemente a gigantes de
la cultura nacional.
“Por
ejemplo, Jorge Luis Borges, Ernesto Sabato y Victoria Ocampo, entre otros
grandes de la cultura argentina invitados por mi padre”, evoca el doctor Mariano Paz.
Ninguna
anécdota retrata mejor esa magia que la de una madrugada inolvidable: Astor
Piazzolla, de visita en la provincia, sintió la necesidad impetuosa de tocar su
inmortal “Adiós Nonino”. El “Mandinga” Orellana no dudó en prestarle su
bandoneón, a pesar de un detalle cruento: al instrumento le faltaba una
tecla. ¿Afectó eso a la música? Absolutamente no. A pesar de la
improvisación y del instrumento incompleto, la interpretación fue sublime.
Grabó a fuego la verdadera esencia del Rincón: lo auténtico por encima de lo
perfecto; la conexión humana por encima del virtuosismo solitario.
En
1976, el golpe de las dificultades económicas forzó el cierre definitivo. Ese
día, el silencio cayó sobre la calle Tucumán (hoy peatonal), despojándola para
siempre del eco de guitarras, bombos y bandoneones que brotaban de sus muros.
Don Pedro Evaristo Díaz falleció años después, pero no sin antes recibir el
justo homenaje de una ciudad que reconoció su aporte invaluable.
Hoy,
“El Rincón de los Artistas” no existe físicamente. Pero como todo buen duende
santiagueño, se resiste a desaparecer: sigue habitando el aire,
susurrando en cada historia compartida y en cada memoria que se niega a
olvidar, en medio del silencio, el rasguido de una guitarra y el tintineo de
una jarra de vino.



