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sábado, 11 de abril de 2026

Cuando el monte enseñaba a tocar: la historia de Carlos Carabajal y Don Ponciano Luna

 


En los caminos polvorientos del norte santiagueño, lejos de radios y escenarios, la música nacía al calor del fogón. Esta es la historia de un encuentro que dejó huella en el cancionero popular.

Un viaje largo hacia el corazón del monte

A fines de los años 40, cuando viajar dentro de Santiago del Estero era casi una aventura, Carlos Carabajal emprendió un trayecto que marcaría su vida para siempre.

Su destino era Nueva Esperanza, en el departamento Pellegrini, a más de 200 kilómetros de la capital provincial. Allí trabajaba su hermano, Ernesto "Tito" Carabajal, quien había sido nombrado en el Correo años antes.

El viaje no era sencillo. Había que descender en 7 de Abril y continuar en sulky durante horas, con paradas obligadas para que el caballo descansara. Ocho horas más, bajo el calor, el polvo y el silencio del monte.

Pero al llegar, lo esperaba algo más que compañía familiar.

El encuentro con un maestro del monte

En ese paisaje áspero y profundo, Carlos conoció a Ponciano Luna, un hombre mayor, de esos que parecen hechos de tierra y música.

Luna era un musiquero completo: bandoneón, guitarra, violín. Tocaba todo, y lo hacía con una naturalidad que no se aprende en academias. Ya tenía referencias del joven Carabajal, y no tardaron en armar un pequeño conjunto junto a Lucindo Prado, cuñado de Tito.

Así empezó una etapa intensa: noches de baile en el campo, carnavales monte adentro, escenarios improvisados sobre acoplados y públicos de cientos de personas que llegaban a pie, a caballo o en sulky.

No había micrófonos. No había parlantes. Había que cantar fuerte, sostener el ritmo, atravesar la noche.

Bailes, calor y vino caliente

Las condiciones eran duras. El calor apretaba, los caminos eran largos, y el “refrigerio” para el viaje era vino —puro y caliente— que acompañaba el trajín.

En esos bailes, la música era todo. Folclore, chamamé, tangos, valses. Un repertorio amplio para un público exigente que no conocía otra forma de escuchar que no fuera en vivo.

Y en medio de ese mundo, Don Ponciano tenía su sello.

Cuando alguien se acercaba a agradecerle, él fingía no escuchar. Se hacía el sordo, miraba de reojo y respondía con picardía:

—"Cerceza nomás. Gracias".

Una escena mínima, pero suficiente para entender el carácter del personaje.

Aprender al lado del fogón

La relación entre Carlos y Ponciano fue mucho más que musical. Fue, en esencia, una transmisión.

Años después, descendientes de Luna recordarían cómo aquel joven llegó casi sin nada: una tarde fría, con un bolsito gastado, tímido, silencioso. Lo recibieron con mate y tortilla a la parrilla, y se quedó.

No solo encontró un lugar donde dormir. Encontró una familia.

Le dieron ropa, calzado. Lo acompañaron. Y, sobre todo, le enseñaron.

Las noches se volvían largas entre guitarras y bandoneones. Ponciano tocaba, Carlos aprendía a acompañar. No había partituras, no había teoría: había oído, repetición, paciencia.

Ahí, en ese intercambio casi invisible, empezó a formarse una manera de entender la música.

Una amistad que se volvió canción

El tiempo separó los caminos. Carlos tuvo que regresar para cumplir con el servicio militar. Después volvió, se reencontraron, compartieron nuevas melodías.

Pero la vida siguió su curso.

Años más tarde, ya instalado en Buenos Aires, Carlos Carabajal transformó esa memoria en música. Junto a Peteco Carabajal, compuso una chacarera que sería un homenaje directo:

 “A Don Ponciano Luna”

Una canción cargada de afecto, de aprendizaje, de gratitud. En sus versos aparecen los lugares, los recuerdos, los consejos de aquel hombre que le enseñó algo más que acordes.

Le enseñó una forma de estar en el mundo.

Lo que queda cuando la música pasa

Historias como esta no suelen figurar en los grandes libros. O quedan, como en este caso, en manuscritos inéditos, en relatos familiares, en la memoria oral.

Pero dicen mucho.

Hablan de una época en la que la música no era espectáculo, sino encuentro. En la que un joven podía llegar con nada y, sin darse cuenta, empezar a construir un camino.

Y también hablan de esos maestros anónimos —como Ponciano Luna— que no dejaron discos ni escenarios, pero sí algo más difícil de registrar: la huella en otros.

A veces, el verdadero legado no se escucha en una grabación.

Se escucha, todavía, en la forma en que alguien toca una guitarra bajo el mismo cielo del monte.

Fuentes consultadas: Fragmento de la entrevista de Juan Carlos Carabajal a Carlos Carabajal en el programa Mateando con Juan Carlos. Nuevo Diario web. Libro inédito "historia del cancionero folclórico santiagueño" de Omar sapo Estanciero


viernes, 10 de abril de 2026

La Estirpe del Monte y el Diapasón: El Encuentro que Forjó una Leyenda



En el vasto mapa sentimental de Santiago del Estero, existen encuentros que trascienden la mera anécdota para convertirse en mitología fundacional de nuestra cultura. Uno de esos instantes ocurrió a finales de la década del 40, en el corazón de Nueva Esperanza, cuando un joven Carlos Carabajal —quien por entonces dividía su fervor entre los goles de Sarmiento y el canto— cruzó su destino con el de Don Ponciano Luna. Aquel encuentro, rescatado del archivo sonoro de Juan Carlos Carabajal en su emblemático programa Mateando con Juan Carlos, no solo dio origen a una de las chacareras más entrañables del cancionero popular, sino que cristalizó una forma de entender la vida y el arte.

El Retrato de una Nobleza Rural

Hacia 1947, el llamado del fútbol llevó a Carlos a Nueva Esperanza. Sin embargo, en la casa de su hermano Tito, la pelota cedió protagonismo al asombro. Allí lo esperaba Ponciano Luna. Al recordarlo, la voz de Carlos se impregna de una devoción casi sagrada: describe a Ponciano no solo como un músico, sino como el arquetipo de la hidalguía del monte. Era una nobleza que no se heredaba por títulos, sino por la educación del silencio, el trato afectuoso y esa hospitalidad intrínseca del hombre de campo.

La conexión fue inmediata y telúrica. Ponciano desenfundó el violín y Carlos, con la intuición de los elegidos, se dispuso a acompañarlo. En ese diálogo entre cuerdas y madera, nació un afecto que pronto se expandió hacia los caminos polvorientos de la provincia.

La Liturgia del Camino: Sulquis y Leguas

La formación de un trío junto a Don Lucindo Prado marcó una época de trashumancia musical. Eran tiempos donde la distancia se medía en el cansancio de los animales y la paciencia del viajero. Para tocar un sábado, la partida se imponía el viernes; el sulky era el templo móvil donde se custodiaban los instrumentos. Había una ética del cuidado: llegar antes para que los caballos descansaran, un respeto por el ritmo natural que hoy parece olvidado en la urgencia de la modernidad.

A través de leguas y barriales, Carlos operaba como un puente cultural. Él traía consigo las melodías "de moda" de la capital santiagueña, transmitiéndolas de boca en boca a Ponciano y Lucindo, quienes las tamizaban a través de su propia sensibilidad rural.

El Humor como Refugio

La narrativa de Carlos Carabajal nos regala también una pincelada del ingenio criollo. Entre las "barritas" de jóvenes que rodeaban a los músicos en busca de novedades, Ponciano Luna ejercía una sabiduría pícara. Ante la insistencia de algún muchacho que, buscando lucirse, le preguntaba qué pieza seguía en el repertorio —“¿Qué viene, Don Ponciano?”—, el violinista apelaba a una sordera táctica y magistral. “Cerveza nomás, hijo”, respondía, transformando la ansiedad del pedido en una invitación al brindis, recordándoles que el arte, en el baile, es también una celebración del encuentro.

Del Recuerdo a la Canción

Aquel vínculo, forjado en la nobleza de las madrugadas de Nueva Esperanza, terminó por decantar en la creación artística. Años más tarde, Carlos, junto a su hijo Peteco, traduciría esa admiración en los versos y la melodía de “A Don Ponciano Luna”.

Lo que comenzó como una invitación para jugar un campeonato de fútbol terminó convirtiéndose en un hito de la identidad cultural santiagueña. La historia de Ponciano Luna, rescatada por los Carabajal, nos recuerda que detrás de cada gran chacarera palpita un hombre, un camino recorrido en sulky y la inagotable nobleza de una estirpe que se niega a ser silencio. Don Ponciano Luna fallecería en mayo de 1970.

Fuente: Fragmento de la entrevista de Juan Carlos Carabajal a Carlos Carabajal en el programa Mateando con Juan Carlos.


viernes, 1 de agosto de 2025

"Don Ponciano Luna, el musiquero del monte"

 


*Narrado en primera persona por Carlos Carabajal (adaptación ficcional)*

Allá por el año 1947, tal vez 48... mi hermano Ernesto, al que todos le decíamos Tito —el único Carabajal que no salió músico— estaba trabajando en el Correo desde hacía ya un tiempo. Lo habían nombrado en 1937 y lo destinaron a Nueva Esperanza, en pleno Departamento Pellegrini, unos 217 kilómetros al norte de Santiago.

Allá se había ido solito, y en esos pagos tan lejanos la soledad pesa. Tanto, que un día me mandó a buscar. Quería compañía. Así que agarré viaje.

No era fácil llegar, eh. Había que bajarse en la localidad de 7 de Abril, y desde ahí... ¡ocho horas más a caballo! Sí, ocho horas. Y eso si el caballo estaba de humor, porque había que pararse a cada rato a dejarlo descansar. Y uno, con la paciencia justa...

Cuando por fin llegué, Tito me recibió con una alegría que no te puedo explicar. Y no tardé mucho en conocer a uno de esos personajes que te quedan para toda la vida: Don Ponciano Luna.

Era un hombre grande, curtido por el monte y el tiempo. Y un musiquero de los de antes. Tocaba el bandoneón, la guitarra y también el violín. ¡Un fenómeno! Y lo más lindo fue que ya sabía quién era yo, ya tenía referencias mías... así que, como quien no quiere la cosa, armamos un pequeño grupo. Con nosotros se sumó Lucindo Prado, cuñado de Tito.

Ahí empezó la aventura.

Tocábamos en los bailes que se hacían en el campo, en los carnavales. Pero no te estoy hablando de salones ni de escenarios con luces. No. Todo monte adentro, con un calor que partía la tierra y un vino caliente que llevábamos como único consuelo en las alforjas.

En esos tiempos no había sonido, ni radio, ni parlantes. La música era en vivo o no era. Y nosotros, subidos a un acoplado alto —que hacía de escenario— trepábamos por una escalerita y desde ahí… a darle con todo. Había veces que teníamos más de mil personas bailando. Imaginate.

Había que tocar folclore, chamamés, tangos, valses… de todo. Y cantar fuerte, ¡pero fuerte de verdad!, para que todos nos escucharan. Nada de micrófonos.

Cada vez que hacíamos una pausa, se nos acercaba alguien a agradecernos. Y Don Ponciano, con su forma tan suya, se hacía el sordo y soltaba su latiguillo preferido:

—“¡Cerceza nomás! ¡Gracias!”

Así era él.

Yo me quedé un buen tiempo en Nueva Esperanza. Me hice muy amigo de Don Ponciano. Compartimos muchas noches de música, vino, anécdotas. Pero, como siempre, la vida sigue, y tuve que volver a mis cosas… a cumplir con mis compromisos, con la suscripción, como decíamos en casa.

Tiempo después volví a esos pagos. Me reencontré con el viejo musiquero y, como si el tiempo no hubiera pasado, nos pusimos a tocar, a componer, a recordar. Cada melodía era un pedazo de historia compartida.

Ya de grande, viviendo en Buenos Aires, sentí que le debía algo. Y junto a Peteco, mi hijo, le compusimos una chacarera. Se llama *“A Don Ponciano Luna” *, y fue un éxito.

 

Aquí le quiero cantar,

a Don Ponciano Luna,

olvidarlo no poder,

hombre machazo, ¡ahijuna!

 

La Fragua, 7 de Abril,

Nueva Esperanza, El Mojón,

en Saladillo y Simbol

lloran a su trovador...

 

Así lo recuerdo. Así lo canto. Porque hay personas que no se olvidan. Y hay violines… que aunque ya no suenen, siguen haciendo vibrar el alma.

 *Este relato forma parte del libro inédito “Historia del Cancionero Folclórico Santiagueño” de Omar “Sapo” Estanciero. 

El Algarrobo en la medicina Popular