Mostrando las entradas con la etiqueta Nicolás Segundo Gennero. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Nicolás Segundo Gennero. Mostrar todas las entradas

viernes, 21 de agosto de 2026

Nicolás Segundo Gennero: El genio santiagueño que unió el cine mudo, la gran música y la mística del monte

 


Por Leyendas del folclore santiagueño

Si te piden nombrar a los grandes de la música santiagueña, seguro pensás en Amancio Alcorta, Manuel Gómez Carrillo o el querido Andrés Chazarreta. Y tiene sentido: son las figuras que están en los libros, las partituras y las grabaciones de siempre. Pero al lado de ellos caminó otro creador igual de talentoso que el tiempo fue dejando de lado.

Hablamos de Nicolás Segundo Gennero. Nació en La Banda el 2 de septiembre de 1899 y no solo fue un compositor increíble, sino también un personaje con una vida fascinante.

Del piano del cine mudo a las orquestas

Para entender lo que hacía Gennero hay que volver a sus inicios. A principios del siglo XX, las primeras salas de cine de Santiago proyectaban películas mudas. Ahí, a oscuras frente al piano, un joven Gennero improvisaba en vivo la música para cada escena de acción, drama o amor. Esa práctica diaria lo volvió un verdadero maestro del teclado y de la improvisación.

De ahí pasó a la radio local, donde tocaba y además fue vicedirector junto al violinista Pedro Cinquegrani. Su trabajo llamó la atención del Conservatorio Provincial de Música, donde empezó a dar clases. Años después, cuando se jubiló el director fundador —el profesor Enrique Arias—, Gennero quedó al frente de la institución y dejó una huella enorme en la enseñanza.

Músicas suyas que seguro escuchaste

Quizás pienses que no conocés su obra, pero es muy probable que sus temas hayan sonado en tu casa:

  • Junto a Atahualpa Yupanqui: Eran grandes amigos. Don Ata admiraba tanto su trabajo que le grabó dos temas para guitarra: Alegría en los pañuelos y la misteriosa La Alma Mula.
  • Con los Hermanos Ábalos: Gennero compuso la música del famoso escondido El Isleño (Todos los domingos), que los Ábalos hicieron conocido en todo el país.
  • En la armónica de Hugo Díaz: Adaptó la zamba popular anónima La chujchala, que más tarde se volvió un clásico en la interpretación de Hugo Díaz.

Su etapa en Buenos Aires

Cuando se jubiló de la docencia, Gennero no se quedó quieto. Se mudó a Capital Federal y su carrera sumó un recorrido importante. Trabajó como inspector en SADAIC, revisando las obras que mandaban a registrar los músicos de todo el país.

En Buenos Aires se hizo un lugar destacado: daba conciertos en el Teatro San Martín, tenía su propio programa en Radio Municipal y llegó a dirigir las orquestas de Radio Nacional y Radio El Mundo. En octubre de 1963, el diario La Nación destacaba cómo su obra Alborada Quichua sonaba en todo el país tocada por el violinista santiagueño Humberto Carfí y el piano de su hermana Anahí.

Un músico todoterreno

Lo genial de Gennero era que no se quedaba encasillado. Escribió desde folclore bien tradicional hasta obras con influencias regionales, como En el altiplano, Estilo o Santiagueña.

También le puso música a la literatura, componiendo sobre textos de Rubén Darío (Leda) y José Santos Chocano (Poema del retorno). Además, se movió con comodidad en la música clásica y de cámara, con obras como:

  • La fuga Ahí viene la vaca.
  • El rondó Sarabanda de otoño.
  • El poema sinfónico Al alba florecen los ceibos.
  • El ballet El pala pala y varias piezas instrumentales.

"Gennero era mucho más aún: era el artista que, tras haber bebido con profundas raíces esa enorme riqueza musical que Santiago tiene, la llevó a planos elevados, incursionando hasta en el difícil terreno de la música de cámara... sin que por ello perdiera su más pura esencia."

Prof. Sergio Valle, músico y docente.

Devolverle su lugar en la historia

Hoy su nombre está en la Escuela de Música ESPEA N°1 de Santiago del Estero y en una calle del barrio Borges, pero la historia escrita le dio menos espacio del que merecía. Por lo general, apenas se lo menciona de pasada en algunos diccionarios culturales junto a los nombres de sus maestros (como Alfredo Grandi, Jorge de Lalewicz o Floro Ugarte).

Gennero no solo componía: también investigaba. En su trabajo Música folclórica de Santiago del Estero rescató y adaptó para piano canciones populares que corrían el riesgo de perderse.

Volver a escuchar a Nicolás Segundo Gennero no es un capricho de nostalgia. Es hacer un poco de justicia con nuestra cultura: desempolvar sus partituras para que los músicos de hoy las vuelvan a tocar, las arreglen y las hagan sonar otra vez.

 


jueves, 6 de agosto de 2026

Nicolás Segundo Gennero, "músico. Genio que murió de frío en la calle"

 


En un reportaje practicado al célebre violinista Humberto Carfí dice: "Nicolás Segundo Gennero, era alto, lindo hombre, culto, que se perfeccionó en Buenos Aires. Era compositor, pero...era, no digo ocioso, pero vea, a mi hermano que estudiaba con él, le daba clases en verano, siesteando en el catre.

Mi hermano tocaba su lección y desde la otra pieza, lo iba corrigiendo...'Che, cuidado con la derecha, no te equivoques en esa nota; cuidado con el cuarto dedo en ese pasaje ", le advertía".

"Escribía composición y, si se le caía una hoja, no se agachaba a recogerla, pedía otra. Vivía el momento, no le importaba nada".

"Cuando fue a Buenos Aires, vestía sobretodo a lo Gardel. Tenía una pinta bárbara".

"Cuando llegó la crisis, se acabó todo, se quedó sin trabajo. No sabía hacer otra cosa que tocar el piano muy bien ".

"Hombre bueno e inteligente pero no fue previsor, era muy bohemio".

"Terminó tocando en los piringundines y, un día, amaneció muerto en la vereda, sentado y encogido de frío. Venía de tocar en el bajo por la comida. Estaba en la miseria absoluta".

 (Tomado del muro de José Luis Torres, junio de 2005, Rosario)

Del libro inédito "anécdotas y curiosidades de folcloristas santiagueños" de Omar Sapo Estanciero.


miércoles, 17 de septiembre de 2025

La Historia de Nicolás Segundo Gennero, el Genio Santiagueño que la Historia Casi Olvida

 


Imaginate esto: es una noche fresca en Santiago del Estero, allá por la década del 30. En un living room, no en un gran teatro, un hombre se sienta al piano. Sus dedos, ágiles y seguros, comienzan a tejer melodías que son un puente mágico entre el monte santiagueño y las salas de concierto de Europa. Ese hombre es Nicolás Segundo Gennero. ¿No sabés quién es? No te preocupes, no sos el único.

Si te preguntara por los grandes nombres de la música argentina de Santiago, seguramente te vendrían a la mente Amancio Alcorta, con su romanticismo del siglo XIX, o el titán del folklore, Andrés Chazarreta. Tal vez, Manuel Gómez Carrillo. Son los nombres que aparecen en los libros de texto, los que tienen calles céntricas y cuyo legado parece tallado en piedra.

Pero la historia, a veces, es injusta. Detrás de esos nombres consagrados, hay una constelación de artistas que brillaron con luz propia y que, por razones que a menudo no tienen que ver con su talento, fueron quedando en la penumbra. Hoy queremos prender un foco, abrir una ventana y rescatar del olvido la figura fascinante de uno de ellos: Nicolás Segundo Gennero. Un compositor que lo mismo escribía una zamba que te hacía saltar las lágrimas que una fuga académica impecable, un docente que formó generaciones y un artista tan humilde como brillante. Acompañame en este viaje para redescubrir a un genio escondido.

¿Por Qué se Pierden los Grandes Artistas?

Antes de meternos de lleno en la vida de Gennero, es válido preguntarse: ¿cómo es posible que un músico de semejante calibre, director de orquestas de radio, compositor grabado por leyendas como Atahualpa Yupanqui y Los Hermanos Ábalos, termine siendo casi un desconocido para el público general?

La respuesta es compleja. La historiografía –fancy palabra para decir "el modo en que se escribe la historia"– suele ser perezosa. Tiende a simplificar y a elegir "héroes", figuras icónicas que representen una época o un movimiento. Chazarreta, por ejemplo, es el estandarte indiscutido de la difusión del folklore. Su labor fue monumental, pero centrarnos solo en él nos hace perder la riqueza del ecosistema musical completo.

Además, para que un artista perdure, se necesita algo más que talento: se necesita que su obra se edite, se interprete, se grabe y se estudie. Y muchas veces, los creadores que no buscan activamente la fama o que trabajan lejos de los centros de poder (como Buenos Aires) ven su legado diluirse con el tiempo. Gennero fue, en muchos sentidos, un hombre de su tierra, dedicado a la docencia y a la creación íntima, no a la autopromoción. Su música quedó, en gran parte, guardada en cajones y en la memoria de sus alumnos. Hasta ahora.

 

Los Primeros Acordes: de La Banda a las Salas de Cine

Nicolás Segundo Gennero nació en 1899 en La Banda, la ciudad hermana de la capital santiagueña. Desde chico, la música fue su lenguaje natural. Se dice que era casi un autodidacta, uno de esos talentos puros que parecen entender los secretos de la armonía por instinto.

Su primera gran escuela no fue un conservatorio, sino un lugar mucho más divertido y demandante: el cine mudo. Sí, como lo leés. En sus inicios, Gennero se ganaba la vida como pianista acompañante en las salas de cine. Imaginate la escena: la película transcurre en la pantalla, sin diálogos, sin efectos de sonido. La única guía emocional para el público era la música. Y ahí estaba Gennero, frente al piano, improvisando sobre la marcha.

Si aparecía el villano, sus dedos producían acordes ominosos y disonantes. Si llegaba la escena de amor, la melodía se volvía dulce y cantabile. Una persecución a toda velocidad era acompañada por galopes frenéticos en el teclado. Este oficio, que parece sacado de una película de Woody Allen, no era para cualquiera. Requería un dominio técnico impresionante, una capacidad de improvisación fuera de lo común y un profundo entendimiento de cómo la música afecta nuestras emociones. Fue el entrenamiento perfecto.

La Consagración Local: La Radio y el Conservatorio

Su talento pronto trascendió las salas oscuras del cine. Lo llamaron para ser pianista en una radio local, un medio novedoso y en plena ebullición. La radio era la red social de la época, el lugar donde se construía la cultura popular. Gennero no solo tocaba: su capacidad lo llevó a ascender hasta convertirse en vicedirector de la emisora, trabajando codo a codo con el violinista Pedro Cinquegrani.

Pero su verdadera vocación, la que marcaría su vida para siempre, era enseñar. Fue convocado para sumarse al plantel docente del Conservatorio Provincial de Música, dirigido entonces por el profesor Enrique Arias. Gennero encontró en la docencia su misión. No era el típico maestro distante y severo; era, como lo recordaban sus alumnos, un artista que bebía de las raíces profundas de Santiago para luego elevar esa esencia a planos musicales más altos.

Cuando el profesor Arias se jubiló, fue natural y merecido que Gennero asumiera la dirección del Conservatorio. Desde allí, moldeó generaciones de músicos santiagueños, inculcándoles el respeto por su herencia folclórica y las herramientas técnicas del lenguaje musical universal. Su labor no era solo formar instrumentistas, sino formar *músicos* completos.

El Salto a Buenos Aires: SADAIC, Radio Nacional y el Reconocimiento Nacional

Tras jubilarse en Santiago, Gennero dio un salto y se estableció en Buenos Aires. Lejos de retirarse, su carrera tomó un nuevo impulso. Su reputación lo precedía, y pronto fue nombrado *inspector* en SADAIC (Sociedad Argentina de Autores y Compositores).

Su trabajo ahí era fascinante y de una enorme responsabilidad: era el encargado de aprobar la música que llegaba para ser registrada. Imaginate la escena: Gennero, con su oído entrenado y su conocimiento enciclopédico, era el filtro, el guardián de la calidad musical que se incorporaría al patrimonio nacional. Un puesto de enorme prestigio que demuestra el respeto que se tenía por su criterio.

Pero el artista nunca dejó de crear. En la capital, dirigió las orquestas de Radio Nacional y Radio El Mundo, dos gigantes de la radiodifusión argentina. Tenía su propio espacio en la Radio Municipal y realizó conciertos en el mítico Teatro San Martín. Santiago del Estero tenía un embajador de lujo en el corazón cultural del país.

Su Obra: Un Puente Entre el Monte y el Conservatorio

Aquí es donde la cosa se pone realmente interesante. ¿Qué clase de música componía Gennero? La respuesta es: de todo, y todo bien hecho. Su obra es un catálogo abierto de las posibilidades de un músico argentino formado en la tradición europea, pero con el alma anclada en su tierra.

1. La Música con Raíz Folclórica:

Gennero nunca dio la espalda a sus orígenes. Fue un brillante recopilador y adaptador de música popular. Escribió una monografía fundamental titulada “Música folclórica de Santiago del Estero”, donde volcó canciones y estilos tradicionales arreglados para piano, asegurándose de que no se perdieran.

* “La chujchala”: Una zamba que es una recopilación y adaptación de una pieza anónima, que luego grabó el virtuoso de la armónica Hugo Díaz, llevándola a todo el país.

* “El Isleño (Todos los domingos)”: ¡Esta sí te puede sonar! Gennero compuso la música de este escondido, que fue grabado y popularizado por nada menos que Los Hermanos Ábalos. Es una pieza infaltable en cualquier peña que se precie.

* “Alegría en los pañuelos” y “La Alma Mula”: Dos piezas para guitarra que trascendieron gracias a que su amigo, Atahualpa Yupanqui, las grabó. Que el gran Atahualpa grabara tus obras era el mayor de los reconocimientos posibles. Su amistad queda como un testimonio de la admiración entre dos gigantes.

2. La Música de Cámara y Académica:

Este es el Gennero más desconocido y quizás el más sorprendente. Demostró que los ritmos y las emociones del noroeste argentino podían dialogar con las formas clásicas sin traicionar su esencia.

* “Alborada Quichua”: Una obra que, según un artículo de La Nación de 1963, fue interpretada en Radio Nacional por el violinista santiagueño Humberto Carfí y su hermana Anahí. Una joya que merecería ser rescatada.

* “Ahí viene la vaca”: ¡Una fuga! Sí, Gennero componía fugas, esa forma musical complejísima y cerebral que dominaban Bach y Handel. Pero con un título bien nuestro.

*   Poema sinfónico “Al alba florecen los ceibos”: Un cuadro musical sinfónico, evocador y poderoso.

*   Ballet “El pala pala”: Demostró su versatilidad incursionando incluso en música para danza.

El profesor Sergio Valle, que lo conoció bien, lo definió perfectamente: “Gennero era el artista que, tras de haber bebido con profundas raíces esa enorme riqueza musical que Santiago tiene, la llevó, con su gran conocimiento musical a planos elevados (…) Su obra es de una calidad sorprendente. (…) transportándolos al terreno de la gran música, sin que por ello perdiera su más pura esencia”. No se puede decir mejor.

El Alma de un Verdadero Creador: Humildad y Pasión Docente

Uno podría pensar que un tipo con semejante currículum sería un personaje engreído, un “maestro” en el sentido más pomposo de la palabra. Pero Gennero era todo lo contrario.

En el acto de imposición del nombre de la Escuela de Música que hoy lo homenajea, Irma Renzi de Noriega dijo de él: “esencialmente tenía consigo desde niño la virtud permanente de dar forma expresiva a los motivos más inverosímiles”.

Esto me recuerda una frase del gran compositor ruso Igor Stravinsky, que decía que el verdadero creador no necesita paisajes bonitos ni objetos raros para inspirarse. Le basta con mirar a su alrededor. Lo conocido, lo que está en todas partes, es lo que solicita su atención.

Gennero era exactamente así. No necesitaba de grandes escenarios ni de públicos multitudinarios. Su objetivo no era la fama, sino transmitir. Le bastaba el paisaje de Santiago, sus costumbres, sus gentes. Su ambición era plasmar esas impresiones en el pentagrama y, sobre todo, compartir sus conocimientos con sus alumnos. Disfrutaba más de un concierto íntimo con amigos que de cualquier gran gala. Su mayor legado, para él, no eran sus partituras, sino las vocaciones que despertó y los músicos que formó.

No es casualidad que, al momento de elegir un nombre para la que hoy es la Escuela del Profesorado de Educación Artística N°1, la decisión fuera “unánime”. Su nombre era sinónimo de dedicación, excelencia y amor por la enseñanza.

El Legado que Duerme en un Cajón: Un Tesoro por Redescubrir

Nicolás Segundo Gennero falleció en Buenos Aires en 1960, pero su verdadero fallecimiento, el cultural, ocurrió lentamente, con el paso de los años y el silencio. Hoy, una calle en el barrio Borges de Santiago y la escuela que lleva su nombre son los testigos físicos de su paso.

Pero su obra, esa vasta y diversa producción, permanece en gran parte inédita, guardada en archivos polvorientos, en bibliotecas familiares o simplemente perdida. Esta es la parte del artículo donde te lanzo un desafío.

¿Te imaginás encontrar una partitura olvidada de Gennero en la casa de un familiar? ¿Ser un músico joven y atreverse a grabar una versión de “Alborada Quichua”? ¿Ser un docente e incluir una de sus fugas “criollas” en el programa de estudios?

El trabajo de rescate ya comenzó. Existen referencias a Gennero en diccionarios especializados como el “Diccionario de la Música Española e Hispanoamericana” y en libros de autores santiagueños como “Diccionario Biográfico Cultural Santiagueño,” de María Teresa Pappalardo o “Ilustres Santiagueños” de José María Lami Hernández. El diario EL LIBERAL de Santiago guarda en sus archivos artículos que hablan de él. Pero falta lo más importante: que su música suene.

Un Final que es un Comienzo

La historia de la música argentina no es un panteón de mármol con unas pocas estatuas inamovibles. Es un bosque frondoso y diverso, lleno de árboles gigantescos y también de arbustos fascinantes que merecen que nos agachemos a observarlos. Nicolás Segundo Gennero es uno de esos árboles robustos que, por error, fue quedando a la sombra.

Redescubrirlo no es solo un acto de justicia histórica; es una oportunidad para enriquecer nuestro presente cultural. Es encontrar un nuevo sontrack para nuestra identidad, una zamba que no conocíamos, una fuga que nos sorprende, una melodía que nos conecta con la Santiago profunda de principios del siglo XX.

Es devolverle el lugar que se ganó no con bombos y platillos, sino con trabajo silencioso, talento descomunal y una humildad admirable. Es, en definitiva, escuchar de nuevo la voz de un músico fantasma que siempre estuvo ahí, esperando en silencio a que alguien volviera a pasar las páginas de sus partituras y le diera vida.

La próxima vez que escuches un escondido, que vayas a una peña o que hables de la grandeza de la música santiagueña, acordate de mencionar a Nicolás Segundo Gennero. Empecemos a sacarlo del olvido. La conversación, recién comienza.

Fuente: Roberto Peralta