Por Alberto Tasso.
Esto sucedió en enero de
1967, hace 59 años, y cada vez que lo cuento me parece que hubiera sido ayer.
Era el primer viaje a Santiago de un muchacho de 23, que estudiaba sociología
en Buenos Aires y después de seis años en la universidad apenas había llegado a
la mitad de su carrera. Tenía un mes de vacaciones en la revista El Mensajero
donde trabajaba como redactor. Su director, el Padre Mario Anzorena SJ me había
dicho unos días antes de Navidad: "Aprovechá tu viaje para escribir algo
sobre el norte, hay muchos problemas allá que no conocemos".
Para entonces conocía
varios santiagueños y algo sabía de los problemas. Unos meses antes había visto
en un pasillo de la facultad un afiche que me interesó: anunciaba la
presentación de un documental sobre los obrajes, y aunque nunca pude verlo me
creó el deseo de conocerlos por mis propios ojos.
Preparando
el viaje
Antes de la partida me
hice una colchoneta liviana (lo había aprendido en el servicio militar) que
llevaba al hombro con un morral que contenía una muda de ropa, y además de
toalla, peine y cepillo de dietes, un cuaderno de notas y una birome. Viajé en
el tren Mixto (carga y pasajeros, un clásico de la época) en segunda clase con
bancos de madera en ángulo recto. Aunque largo el viaje fue ameno e instructivo
en materia de escuchar modos de hablar, ver a los que desenfundaban su guitarra
y cantaban una chacarera, o apreciar la generosidad de la señora que repartía
sánguches de mortadela. En resumen, una clase de introducción al mundo de
provincia.
En mi memoria están la
estación de La Banda, el tren de trocha angosta que cruza el Dulce, la estación
de Santiago, la avenida Alvear, y doblando por la Tucumán llegar a la Plaza
Libertad. Y en mi libreta anoté los nombres de las personas que conocí y
agradezco porque me ayudaron a entrar a este lugar: Pedro Nasser, Julio César
Castiglione, Luis Arnaldo Lucena, Néstor René Ledesma.
Luego de una semana en la
ciudad –alojado en la pensión Las Camelias del Griego Constantinidis- inicié el
viaje, cuya meta era Monte Quemado. En el recorrido conocí Añatuya, Tintina y Campo
Gallo. No tenía la menor idea de cómo hacer contacto con un obraje, pero el
azar me dio la solución. Un compañero de asiento en el colectivo (El Manso) me
dijo: "Estoy trabajando como tractorista en el obraje de Celentano, en
Urutaú. Si quieres vamos y te presento".
Sin
efectivo...
Llego a la estación
Urutaú a eso de las diez de la noche, y me pongo a conversar con un hachero que
regresa a su casa. Le gustaría viajar en el carguero para ahorrarse unos pesos,
pero no se anima porque va con su mujer y dos hijos chicos.
-Vos sabés, me quedan nada más que dos mil pesos del sueldo. Me dieron un vale para que lo cobrara en el almacén, y el dueño me dice: "No te puedo dar nada más que la mitad, el resto llevalo en mercaderías porque no me alcanza el efectivo". ¡Mirá si no va a tener plata! Y tuve que agarrar viaje, si no me quedaba sin cobrar...
Así, por medio del
almacén –que a menudo es de su propiedad- el obrajero termina de despojar al
hachero del producto de su trabajo. Los hacheros se ven obligados a comprar en
el almacén donde les fían, a la vez que les recargan los precios alrededor del
30%.
Teniendo en cuenta que
ganan muy poco (se les paga entre 120 y 160 pesos por labrar un durmiente)
puede comprenderse que al cabo del mes, una vez deducidos los gastos de
mercaderías, cobren apenas una tercera parte de lo ganado. Con buena suerte,
esta cantidad oscila entre los 4 y 5.000 pesos.
Esta obligada persecución
del pan, del que solo se alcanzan migajas, va generando el desarraigo y la
consiguiente amargura por la tierra abandonada, que es bella y dolorosamente
cantada por el folklore santiagueño.
Don
Lugones
Don Lugones tiene unos
setenta años, pero tienen que decírmelo porque no le daría más de cincuenta. Es
fuerte, curtido, habla con humildad y trabaja como un muchacho. No tiene una
sola cana en su pelo renegrido, y solamente las arrugas delatan toda su vida en
el monte volteando quebrachos.
-Si señor –dice mientras
arma un cigarrillo- ahorita, después de los carnavales nos vamos pa'l Chaco a
cosechar el algodón. Pagan once pesos por kilo y se gana mucho porque hasta los
changuitos ayudan.
Desde principios de
febrero los trenes empiezan a llegar al Chaco cargados de gente, familias
enteras que llevan hasta las gallinas. Vienen de Santiago, del norte de Santa
Fe, de Salta, de todas partes. Después irán a la zafra tucumana y luego
regresarán al obraje o a sus ranchos, sabiendo que no hay manera de cortar este
peregrinaje. Porque el hambre viene pisando los talones, disfrazado de sequía o
de ley que no se cumple.
Comida:
morir de a poco
-Siéntese don, vamo'a
comer un guisito.
La hospitalidad es ley
del provinciano, hasta del empobrecido y sub-alimentado hachero. Se me ocurre
que la aclaración que me han hecho amistosamente era necesaria, porque no había
ningún sabor que delatara al "guisito". Para que la carne soporte la
temperatura del monte hay que charquearla (salarla y secarla al sol). Y además
de fideos, harina, papas y cebollas, no hay casi otra materia prima para las
comidas.
-Aquí comemos sánguche de
moco y guiso de alpargatas -resume don Lugones con humor.
Bajo el calor agobiante de Monte Quemado (límite de Santiago y Chaco) "agua fresca" es una expresión casi absurda, y aun cuando uno se acostumbra pronto a tomarla sucia, el surco de tibieza que deja en la garganta parece darnos todavía más sed.
Faltando casi todo el
abecedario de las vitaminas y sometidos a un intenso trabajo, viviendo en
ranchos rudimentarios (cuatro horcones y techo de ramas), es comprensible que
la tuberculosis y el mal de Chagas tengan altísimos porcentajes entre los
hacheros.
La
vida en el campamento
Los tres días que pasé
fueron una experiencia que me dejó muchas enseñanzas que fui comprendiendo más
tarde. En el plano etnográfico me interesa señalar la hospitalidad con que me
recibieron y la generosidad de compartir su comida, a la que apenas hizo un pequeño
aporte mi bolsillo flaco. Uno quedaba siempre preparando el rancho
Eran cinco hacheros, dos
muy jóvenes, conducidos por Don Lugones, el de mayor edad y experiencia. Él
seleccionaba los árboles a cortar, lo que supone calcular su valor traducido en
rollizos, durmientes, postes y varillas. Además, había que calcular para dónde
caería, y entonces decidir el mejor lugar para lanzar el hacha.
Los acompañaba mirando el
trabajo desde cierta distancia. A menudo eran tres ocupados en el mismo árbol.
Vi a uno santiguarse antes de comenzar el trabajo, creo que un ritual de
perdón. Se turnaban en el manejo del hacha, intercalando bromas y frases que no
entendía. Y al final, los alaridos cuando el quebracho caía. Sumados al canto
del kakuy, son las voces que no olvido.
Fuente: El Liberal

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