Tras las invasiones de 1806, cientos de soldados británicos fueron enviados al interior del Virreinato. Muchos de ellos, lejos de volver a su tierra, decidieron quedarse para siempre.
En agosto de 1806, Buenos
Aires atravesaba una situación bastante insólita. Después de derrotar a los
ingleses en la primera invasión, el Virreinato del Río de la Plata se encontró
con un problema que nadie había previsto del todo: había más de mil soldados
británicos prisioneros y mantenerlos cerca de la capital era demasiado
arriesgado.
La solución fue drástica.
Los enviaron al interior, lejos de Buenos Aires y de cualquier posible intento
de rescate. Algunos fueron destinados a Córdoba, otros a Tucumán, San Juan,
Catamarca y San Luis. Y entre esos destinos estuvo Santiago del Estero.
Un
viaje que les cambiaría la vida
Los prisioneros eran, en
su mayoría, soldados rasos del 71° Regimiento de Highlanders. El traslado fue
duro y las condiciones en las que llegaron estuvieron lejos de ser dignas.
El gobernador de Santiago
del Estero llegó a quejarse ante las autoridades por el estado en que habían
recibido a aquellos hombres. Según dejó escrito, habían llegado "casi
desnudos". A los derrotados les habían quitado sus uniformes para vestir a
las nuevas fuerzas organizadas en Buenos Aires, pero el problema no terminaba
allí. Tampoco tenían suficientes elementos básicos y, en algunos casos, ni
siquiera contaban con ropa de cama.
Un centenar de
prisioneros fue enviado a Santiago del Estero. Otros doscientos llegaron a
Tucumán, cuatrocientos fueron destinados a Córdoba y el resto quedó repartido
entre Mendoza, San Juan y otras jurisdicciones.
La intención era clara:
mantenerlos lejos de Buenos Aires y, sobre todo, de Montevideo, donde todavía
podía producirse una nueva ofensiva británica. También había una cuestión
práctica. Los porteños no estaban precisamente encantados con la idea de
convivir, a pocos kilómetros, con los hombres que habían intentado conquistar
la ciudad.
La
convivencia en tierras santiagueñas
Pero una vez instalados
en el interior, la historia tomó un rumbo inesperado.
En lugar de permanecer
aislados y bajo una vigilancia permanente, muchos prisioneros comenzaron a
relacionarse con los habitantes de los lugares donde habían sido destinados.
Con el paso de los meses, algunos dejaron de ser vistos simplemente como enemigos
derrotados y empezaron a formar parte de la vida cotidiana.
En la estancia jesuítica
de Altagracia, por ejemplo, permaneció durante casi dos años un grupo de 56
prisioneros. Allí, según los relatos que han llegado hasta nuestros días, los
vecinos llegaron a tratarlos con una familiaridad que difícilmente habría
imaginado un soldado británico recién capturado.
Los ingleses recibían sus sueldos, realizaban compras, establecían pequeños comercios y participaban de reuniones y fiestas. Poco a poco, la frontera entre prisionero y vecino empezó a hacerse menos evidente.
Y, como suele ocurrir
cuando las personas conviven durante mucho tiempo, también aparecieron
historias de amor.
Una de ellas cuenta que
un soldado inglés se enamoró de una mujer que trabajaba en la estancia. Se casó
con ella, se convirtió al catolicismo y comenzó a trabajar la tierra. Parecía
haber encontrado una nueva vida muy lejos de su país.
Pero
la historia terminó de manera trágica.
Cuando llegó la orden de
liberar a los prisioneros, en 1808, el hombre quiso regresar a su tierra natal.
Su suegro, sin embargo, lo alcanzó y le disparó antes de que pudiera partir.
Es una historia difícil
de comprobar en todos sus detalles, pero forma parte de la tradición oral de
Altagracia. Dicen que todavía se cuenta en las noches, como esas historias
antiguas que sobreviven porque alguien se las contó a otro y ese otro decidió
no olvidarlas.
Los
que decidieron quedarse
Después de la segunda
invasión inglesa de 1807, comenzó a plantearse el regreso de los prisioneros a
Buenos Aires para ser intercambiados.
Para algunos, aquello
significaba recuperar la libertad y volver a casa. Para otros, en cambio, la
posibilidad de regresar a Gran Bretaña ya no resultaba tan atractiva.
Entre quienes
consiguieron escapar antes estuvo el general William Carr Beresford y el
coronel Dennis Pack. En febrero de 1807 aprovecharon la confianza que las
autoridades españolas habían depositado en ellos y lograron huir.
Durante su permanencia en
Luján habían llevado una vida bastante particular para tratarse de prisioneros.
Cazaban perdices, asistían a reuniones sociales y disfrutaban de una libertad
que, vista desde la distancia, resulta casi sorprendente. Finalmente, un plan
de fuga les permitió regresar a Montevideo.
Pero la mayoría de los
soldados tuvo que enfrentarse a una decisión mucho más personal.
Muchos eran hombres
humildes, especialmente irlandeses y campesinos católicos que habían llegado al
ejército británico después de escapar de las duras condiciones económicas y
sociales de su tierra. Para ellos, regresar no necesariamente significaba volver
al hogar.
En las provincias del
interior habían encontrado algo distinto: tierra, trabajo, vínculos y, en
algunos casos, una familia.
Y
algunos decidieron quedarse.
Las huellas que quedaron
En Santiago del Estero y en otras provincias, varios de aquellos antiguos prisioneros terminaron integrándose a la sociedad local.
Algunos fueron bautizados
como católicos. Otros adoptaron nombres españoles y comenzaron una nueva vida
lejos de los uniformes militares. Se dedicaron a oficios diversos: hubo
zapateros, ebanistas, comerciantes y trabajadores rurales. Incluso algunos
terminaron incorporándose a los ejércitos que, pocos años después, lucharían
por la independencia.
Con el paso de las
generaciones, aquella presencia extranjera se fue haciendo cada vez más difícil
de reconocer.
Los descendientes de esos
hombres conservaron apellidos que, con el tiempo, fueron modificándose. Algunos
nombres ingleses se castellanizaron, otros cambiaron su pronunciación y algunos
terminaron convertidos en palabras que poco tenían que ver con su forma
original.
Así, en Santiago del
Estero, Tucumán y otras provincias del norte argentino, quedaron familias que
quizá nunca imaginaron que, varias generaciones atrás, alguno de sus
antepasados había llegado como prisionero de guerra.
La
historia tiene esas vueltas.
Aquellos hombres llegaron
al territorio rioplatense formando parte de un ejército que pretendía
conquistarlo. Fueron derrotados, enviados al interior y obligados a vivir lejos
de su país. Sin embargo, algunos terminaron haciendo exactamente lo contrario
de lo que las autoridades habían previsto: echaron raíces.
Ya
no regresaron.
Se quedaron, formaron
familias y se convirtieron, poco a poco, en parte de la sociedad que
inicialmente los había recibido como enemigos.
Un documento que revela
una curiosa paradoja
En 1929, el investigador
Pedro Grenón encontró un documento firmado por doce prisioneros que se
encontraban en la cárcel de Córdoba.
Los hombres pedían
autorización para permanecer en la ciudad. Entre sus argumentos había uno
particularmente llamativo: temían "perder la fe católica" si
regresaban a Inglaterra.
Resulta difícil no
detenerse un momento ante esa frase.
Habían llegado al Río de
la Plata como soldados de una potencia extranjera. Habían sido derrotados,
hechos prisioneros y enviados a cientos de kilómetros de Buenos Aires. Sin
embargo, después de vivir durante años entre criollos, comerciantes, campesinos
y familias del interior, algunos ya sentían que regresar a Europa podía
significar perder aquello que habían construido aquí.
La invasión inglesa dejó muchas heridas y enfrentamientos. Pero también dejó historias más pequeñas, casi íntimas, que rara vez aparecen en los grandes relatos de la historia.
Una de ellas es la de
aquellos soldados que llegaron como prisioneros y terminaron convirtiéndose en
vecinos, trabajadores, padres y abuelos.
Y quizás, sin saberlo,
también en santiagueños.

