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viernes, 11 de septiembre de 2026

Chaco Seco: veinte años que cambiaron el paisaje de Santiago del Estero

 Una investigación de la UNSE analizó las transformaciones del territorio santiagueño entre 2000 y 2020 y puso el foco en una pregunta que va mucho más allá del desmonte: ¿qué cambia realmente cuando cambia el monte?

Parque nacional Copo

Una investigación de la UNSE analizó las transformaciones del territorio santiagueño entre 2000 y 2020 y puso el foco en una pregunta que va mucho más allá del desmonte: ¿qué cambia realmente cuando cambia el monte?

Hay paisajes que parecen eternos, y el monte santiagueño es uno de ellos. Está ahí desde siempre, acompañando caminos, pueblos y comunidades. Forma parte de una geografía que aprendimos a reconocer casi sin pensarlo: árboles, animales, tierra seca, calor, silencio y una vida que muchas veces pasa inadvertida.

Pero el paisaje no permanece igual.

Entre 2000 y 2020, grandes transformaciones modificaron el territorio del Chaco Seco en Santiago del Estero. Una investigación realizada por un equipo de la Universidad Nacional de Santiago del Estero analizó ese proceso y sus consecuencias, poniendo el foco en uno de los grandes motores del cambio: la expansión de la actividad agrícola y la transformación del bosque nativo.

El trabajo fue publicado en Human Ecology, una revista científica internacional dedicada a estudiar las relaciones entre las sociedades y el ambiente. Y detrás de los mapas, los cambios de cobertura vegetal y los datos, aparece una cuestión mucho más cercana: qué territorio estamos construyendo y qué estamos dejando atrás.

Veinte años que dejaron huella

La investigación estudió cómo se transformó el paisaje santiagueño durante dos décadas. A primera vista, podría parecer una cuestión relacionada solamente con la cantidad de monte que desapareció; sin embargo, el problema es bastante más profundo.

Cuando un bosque cambia, no desaparecen únicamente los árboles. También se modifican las relaciones entre las personas y el territorio, las posibilidades productivas, la biodiversidad y una serie de beneficios que el ambiente brinda y que muchas veces damos por descontados.

El avance de la frontera agrícola aparece en este proceso como uno de los principales factores de transformación. La expansión productiva puede modificar rápidamente un paisaje: allí donde antes había bosque nativo, comienza a existir otro tipo de territorio, con nuevas actividades, nuevas relaciones económicas y también nuevas consecuencias ambientales y sociales.

El cambio puede verse sobre la tierra, pero sus efectos no terminan allí.

El monte hace mucho más que ocupar espacio

Hay algo que suele perderse cuando hablamos de desmontes: el monte no es simplemente una superficie cubierta de árboles. Los ecosistemas cumplen funciones fundamentales: regulan procesos ambientales, sostienen la biodiversidad, ofrecen recursos y también tienen un valor cultural para quienes viven en esos territorios. Por eso, hablar de la transformación del Chaco Seco implica mirar mucho más allá de una fotografía del paisaje.

La pregunta no es solamente cuánto monte había antes y cuánto queda después. También importa saber qué funciones cumplía ese monte, qué recursos proporcionaba, qué actividades sostenía y qué relaciones sociales y culturales estaban vinculadas con él.

Ahí aparece una de las claves del estudio: los llamados servicios ecosistémicos. Dicho de una manera sencilla, son los beneficios que las personas reciben de los ecosistemas. Algunos son visibles y otros no tanto, pero todos forman parte de la relación cotidiana entre sociedad y naturaleza. Cuando el paisaje cambia, esos beneficios también pueden cambiar.

El problema no termina en el ambiente

La transformación del territorio tampoco puede entenderse solamente como un problema ambiental: tiene consecuencias económicas, sociales y culturales. Una modificación profunda del paisaje puede alterar las formas de producción, el acceso a determinados recursos y la relación que distintas comunidades mantienen con su entorno.

Por eso, el debate sobre el Chaco Seco no debería reducirse a una oposición sencilla entre «producción» y «medio ambiente». La cuestión es bastante más incómoda:

  • ¿Cómo producir sin destruir las condiciones que permiten sostener la vida en el territorio?
  • ¿Quiénes participan de las decisiones sobre el uso de la tierra?
  • ¿Quiénes reciben los beneficios y quiénes enfrentan las consecuencias?
  • Y, sobre todo, ¿qué modelo de territorio queremos para el futuro?

Son preguntas que aparecen detrás de los resultados de la investigación y que exceden ampliamente el ámbito académico.

Los habitantes del monte también tienen algo que decir

Uno de los aspectos destacados del estudio es el papel de las comunidades campesinas e indígenas. Estas poblaciones no aparecen simplemente como habitantes de un territorio que se transforma desde afuera: sus prácticas, conocimientos y formas de relacionarse con el bosque forman parte de la historia del paisaje y también pueden desempeñar un papel importante en su conservación.

Esto obliga a mirar el problema desde otra perspectiva. Conservar no significa necesariamente imaginar un territorio inmóvil, sin personas y sin actividades. Significa preguntarse cómo se utiliza ese territorio, qué prácticas pueden sostenerlo y qué conocimientos construyeron quienes viven allí desde hace generaciones.

El debate, entonces, deja de ser solamente ambiental; también es social, cultural y político.

El desafío: producir sin perder el territorio

La expansión productiva plantea una tensión difícil de ignorar. Por un lado, existe la necesidad de producir y aprovechar los recursos del territorio; por otro, están los costos que pueden acumularse cuando esa transformación se realiza sin considerar todas sus consecuencias.

El problema aparece cuando solamente se observa el beneficio inmediato. Un territorio puede generar rentabilidad, pero también puede perder biodiversidad, modificar sus funciones ambientales y afectar formas de vida vinculadas históricamente con el monte.

Por eso, una mirada de largo plazo resulta indispensable. Lo que está en juego no es únicamente cuánto se produce hoy, sino también qué territorio quedará mañana.

Santiago del Estero, observado desde el mundo

Que esta investigación haya sido publicada en una revista científica internacional también tiene un significado particular. Un grupo de investigadores de la Universidad Nacional de Santiago del Estero llevó a un espacio de discusión internacional una transformación que ocurre dentro de nuestro propio territorio.

El trabajo de Cecilia Soledad Escalada, Raúl Esteban Iturralde y Constanza María Urdapilleta analiza un proceso que durante años estuvo presente en debates locales: la transformación del paisaje santiagueño. Pero esta vez, la mirada se amplía. El Chaco Seco aparece como parte de una discusión mucho mayor sobre las relaciones entre sociedad, producción, conservación y territorio, lo que permite volver a mirar nuestro propio paisaje con otros ojos.

¿Qué estamos perdiendo cuando cambia el monte?

Tal vez esa sea la pregunta que queda después de conocer los resultados de la investigación. Porque el monte no es solamente una superficie que puede conservarse o desmontarse; es un sistema de relaciones. Allí conviven naturaleza, producción, comunidades, conocimientos, recursos y cultura. Y cuando una de esas piezas cambia, las demás también pueden verse afectadas.

En Santiago del Estero, hablar del monte es hablar de mucho más que árboles: es hablar de una parte profunda de la identidad del territorio. Por eso, el desafío no consiste simplemente en elegir entre producir o conservar. Consiste en encontrar formas de habitar y utilizar el territorio sin perder aquello que lo hace posible.

Porque antes de preguntarnos cuánto podemos sacar del monte, quizá deberíamos detenernos un instante y pensar en todo lo que el monte ya nos está dando.

Fuentes:

  • Publicación científica principal: Escalada, C. S., Iturralde, R. E., & Urdapilleta, C. M. (2024). Land System Transformations and Ecosystem Services in the Dry Chaco: A Twenty-Year Analysis in Santiago del Estero, Argentina. Human Ecology, Springer.
  • Institución de adscripción y desarrollo: Universidad Nacional de Santiago del Estero (UNSE) / Instituto de Ciencias de la Tierra, el Agua y el Ambiente (INCTA-UNSE-CONICET).
  • Contexto normativo y datos marco utilizados en la investigación:
    • Ley Nacional N.° 26.331 de Presupuestos Mínimos de Protección Ambiental de los Bosques Nativos (Ley de Bosques) y su Ordenamiento Territorial de Bosques Nativos (OTBN) de Santiago del Estero.
    • Datos cartográficos y de cobertura vegetal del proyecto MapBiomas Chaco y monitoreos de deforestación del Laboratorio de Análisis Regional y Teledetección (LART-FAUBA).

 

 

martes, 25 de agosto de 2026

La Gran Batalla de los Vientos: Anatomía del Mapa Climático Argentino


El mapa donde chocan los gigantes de aire

Argentina es una tierra definida por su extensa gama climática y su gran desarrollo latitudinal. Gran parte de su territorio continental se sitúa en la «zona óptima de energía climática», con un claro predominio del clima templado. Esta configuración no solo influye de forma directa en la fertilidad del suelo, sino que propicia una mayor «energía humana debido a su carácter fresco y variable».

Sin embargo, detrás de esta aparente placidez templada se esconde una dinámica atmosférica permanente y vertiginosa: la acción constante del frente polar, que recorre el país de sur a norte aproximadamente setenta veces al año. Este frente se manifiesta en una verdadera «batalla de masas de aire», favorecida por la ausencia total de barreras orográficas en sentido este-oeste.

Desarrollo: Un país marcado por arideces, contrastes y paradojas meteorológicas

1. Los cuatro motores del clima nacional

El territorio argentino está gobernado por cuatro centros de acción cuyas posiciones oscilan según el movimiento aparente del sol:

  • Los anticiclones subtropicales del Atlántico y del Pacífico: Células anticiclónicas que actúan como manantiales de masas de aire con circulación anti-horaria en el hemisferio sur.
  • El surco de bajas presiones de la extremidad austral: Región dominada por masas subpolares frías y húmedas.
  • La Depresión del Noroeste (NO): Un sistema ciclónico singular de bajas presiones.

2. La paradoja de la Depresión del NO

La Depresión del Noroeste se asocia primordialmente a una masa de aire subtropical continental «cálida y seca». Sorprendentemente, a pesar de ser un centro ciclónico, suele determinar estados de «buen tiempo, calmos y despejados».

No obstante, en pleno verano - especialmente durante enero - ocurre un fenómeno termodinámico extraordinario: el intenso recalentamiento del suelo sobre un relieve accidentado genera presiones tan bajas que resultan «inferiores a las ecuatoriales». En ese momento, la depresión funciona como una gigantesca aspiradora atmosférica que «aspira aire cálido y húmedo amazónico» y atrae irrupciones de aire polar. Esta interacción desencadena precipitaciones clave en la estación cálida, impidiendo que el norte argentino se convierta en «un verdadero desierto» y dando vida a la frondosa selva tucumano-oranense.

3. El mapa del agua: Entre Misiones y el desierto de San Juan

A pesar de la imagen de abundancia agrícola de la Pampa, Argentina es estructuralmente un país árido y semiárido:

  • Escasez extrema: Aproximadamente un tercio de la superficie continental recibe menos de 200 mm de lluvia al año. En San Juan se registran mínimos absolutos de menos de 100 mm anuales, combinados con un déficit hídrico anual récord de 785 mm
  • Abundancia localizada: En el otro extremo, solo un 1\% del territorio supera los 1.500 mm anuales. Sobresalen la provincia de Misiones (con más de 1.600 mm) y la cordillera patagónica alrededor de los 42°c (superando los 4.000mm).
  • El muro andino: Los Andes patagónicos actúan como un filtro infranqueable para las masas húmedas del Pacífico. Retienen el vapor de agua en la cordillera y descargan aire seco hacia la meseta, convirtiendo a la Patagonia en una vasta extensión «seca, fría y ventosa» (como en Colonia Sarmiento, Chubut, donde las marcas térmicas se desploman hasta los -20,0°c).

4. Registros térmicos e hídricos en la geografía nacional

El comportamiento termométrico del país evidencia extremos extraordinarios al recorrer sus distintas unidades climáticas:

En la llanura subtropical marítima, la ciudad de Paso de los Libres (Corrientes) registra un clima sin invierno térmico, con una temperatura media anual de 20,0°c, máximas absolutas que alcanzan los 43,0°C y precipitaciones abundantes de 1.371 mm anuales que dejan un escaso déficit hídrico. Más al sur, en Victorica (La Pampa), el clima muestra cuatro estaciones bien marcadas con una gran amplitud térmica: una media anual de 15,6°C, una máxima de 44,0°C y mínimas invernales de hasta -11,6°C, combinadas con escasas precipitaciones que provocan un elevado déficit hídrico.

Hacia el dominio subtropical continental, Santiago del Estero presenta una temperatura media anual de 20,6°C y máximas sofocantes de hasta 45,2°C, registrando un déficit hídrico anual de 408 mm debido a la elevada evapotranspiración. En la provincia de Catamarca, el calor extremo alcanza su máximo nivel nacional con marcas absolutas de 47,2°C (media de 20,2°C y la evapotranspiración potencial más alta de la Argentina 1.041 mm, generando un severo déficit anual de 680 mm.

En contraste, la altitud y la latitud imponen condiciones de rigor riguroso. En la alta meseta de la Puna, La Quiaca (Jujuy) registra una media anual de apenas 9,4°C y mínimas heladas de -15,1°C, con precipitaciones concentradas en verano, pero un déficit hídrico de 262 mm causado por los vientos y la baja humedad. En los Andes áridos de alta montaña, en Puente del Inca (Mendoza), la media baja a 7,4°C y la mínima extrema desciende a -19,1°C, sufriendo una sequedad fisiológica caracterizada por 154 días de helada al año.

Finalmente, en el extremo austral subpolar, Ushuaia (Tierra del Fuego) vive bajo un clima frío y húmedo permanente, con una temperatura media de 5,6°C y mínimas de -19,6°C, acompañado de vientos constantes, nieblas, lloviznas y nevadas. Por su parte, en las Islas Malvinas, domina un clima oceánico frío con temperatura media de 4,0°C, precipitaciones de 650mm y fuertes tempestades con niebla.

5. Vientos emblemáticos y flagelos regionales

La geografía climática nacional está marcada por fenómenos locales de gran impacto:

  • El Pampero y la Sudestada: En la llanura pampeana, el ingresante aire frío del sudoeste (Pampero) causa bruscas caídas termométricas, mientras que la Sudestada (asociada a los ciclones del Litoral) aporta aire fresco y húmedo desde el mar.
  • El Viento Zonda: Característico Foehn de la región de Cuyo, cálido y desecante en las planicies, pero vital porque proviene de nevadas en la alta montaña que garantizan la reserva hídrica estival.
  • Heladas y Granizo: Catalogados como “flagelos temibles” para las producciones agrícolas y vitivinícolas de Mendoza y San Juan.

El equilibrio dinámico de una geografía viva

El mapa climático de la Argentina demuestra que el territorio es un escenario de permanente interacción dinámica. La masa de aire marítima del Atlántico ingresa cargada de humedad por el norte y el este, chocando con los frentes fríos que irrumpen desde la Patagonia.

Gracias a la singularidad de la Depresión del Noroeste - que rompe la aridez del mapa atrayendo humedad amazónica e irrupciones polares - y a la variabilidad de sus cuatro centros de acción, el país sostiene una biodiversidad que va desde la selva subtropical hasta los hielos subpolares australes. Un mosaico climático donde cada viento y cada cordillera juegan un rol crucial en el sustento de la vida y la producción nacional.


jueves, 30 de julio de 2026

Árboles urbanos: los guardianes silenciosos que protegen la vida en nuestras ciudades

Más que un elemento decorativo del paisaje urbano, los árboles son aliados fundamentales frente al calor, la contaminación y la pérdida de calidad ambiental. Su cuidado, especialmente en ciudades emplazadas en zonas áridas como Santiago del Estero, exige una mirada responsable que abandone las podas destructivas y valore su verdadera función ecológica.


 

Cuando una ciudad aprende a mirar sus árboles

Caminar por una calle cubierta de hojas en otoño cambia el día por un segundo. Rompe con la monotonía del cemento y el ruido del tráfico. Como decía el profesor Julián Cámara Hernández en 1980, para muchos chicos que van a la escuela pisando ese colchón amarillo, la experiencia es casi como cruzar un bosque escondido en medio de la ciudad.

Esa escena tan simple nos recuerda algo fundamental: los árboles urbanos no están de adorno. Son seres vivos que sostienen el equilibrio de nuestro entorno y que, si los tratamos bien, nos devuelven bienestar todos los días.

Desde Leyendas del Folclore santiagueño, un espacio pensado para rescatar historias, tradiciones y paisajes de nuestra tierra, también queremos poner la mirada en estos vecinos silenciosos: los árboles que acompañan nuestras calles, plazas y barrios.

La poda mal entendida: un daño evitable


Durante mucho tiempo se creyó que cortar las ramas de más hacía que el árbol creciera con más fuerza. Sin embargo, los especialistas insisten en lo contrario: la poda agresiva arruina su desarrollo. Año a año vemos cómo ejemplares adaptados al calor extremo, la falta de espacio y la contaminación sufren cortes a ciegas que rompen su forma natural.

Al podar las ramas principales y achicar la copa de golpe, el árbol pierde la capacidad de alimentarse, enferma más fácil y entra en un deterioro paulatino.

Los ingenieros agrónomos María del Carmen Echenique, Ricardo González Junyent y Alicia Dobra aclaran que una buena poda debe ser puntual: retirar ramas secas, quebradas o débiles, y hacer solo los ajustes necesarios para despejar cables o construcciones, sin deformar la copa. El árbol no necesita un castigo para crecer; necesita condiciones adecuadas y respeto por su especie.

Refugio natural contra el calor


El valor del arbolado es aún mayor en zonas secas o semiáridas. En lugares como Santiago del Estero, donde el calor aprieta durante gran parte del año, los árboles son la mejor defensa natural. Su sombra evita que el sol pegue de lleno sobre las veredas, frena el calentamiento del asfalto y ayuda a conservar la humedad del aire.

Un árbol bien ubicado transforma una calle o una plaza en un lugar donde da gusto estar. No solo refresca el ambiente, sino que mejora directo la calidad de vida de los vecinos. Por eso hay que entenderlo como una obra de infraestructura tan necesaria como cualquier servicio básico.

Filtros de aire en medio de la ciudad



Además de dar sombra, las hojas actúan como filtros naturales que atrapan el polvo y la contaminación de los autos, las industrias y las obras en construcción.

Una investigación difundida por la Municipalidad de Paraná y la Universidad Nacional de Entre Ríos en 1992 mostró esta diferencia al medir partículas contaminantes en Frankfurt, Alemania:

  • Calles sin árboles: 12.880 partículas por litro de aire.
  • Calles arboladas: 3.870 partículas por litro de aire.
  • Parques: 3.260 partículas por litro de aire.

Ahí donde hay árboles, el aire cambia. Y sus aportes no se quedan ahí: en 1978, un estudio citado por Decourt midió la presencia de bacterias en distintos entornos con resultados contundentes:

  • Zonas comerciales: 4.000.000 de gérmenes por metro cúbico.
  • Avenidas urbanas: 575.000 gérmenes por metro cúbico.
  • Bosques: apenas 50 gérmenes por metro cúbico.

Cuidar los árboles es cuidar nuestra historia

Los árboles son parte de nuestra rutina y de la memoria colectiva. Están en la vereda donde jugaron varias generaciones, en la plaza de las reuniones familiares y en los caminos que guardan recuerdos.

Para protegerlos hace falta cambiar la cabeza. Una poda racional y respetuosa mantiene ejemplares sanos por décadas; la intervención agresiva, en cambio, solo acelera su pérdida. La ciudad necesita sombra firme, no troncos debilitados.

Cada árbol que queda en pie es una reserva de vida. Comprender su valor es entender que la naturaleza no empieza ni termina en un parque o en el campo: también camina con nosotros por la vereda.

Desde Leyendas del Folclore santiagueño creemos que los paisajes también cuentan quiénes somos. Y en esa historia, los árboles son testigos del paso del tiempo y aliados indispensables para vivir mejor.

Bibliografía consultada

  • Cámara Hernández, J. (1980). Algunos árboles cultivados en las calles de la ciudad de Buenos Aires. Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires - Secretaría de Educación.
  • Decourt, N. (1978). Sobre algunas funciones de los árboles y bosques en el medio urbano. Ecología Forestal. Mundi-Prensa.
  • Echenique, M. y González Junyent, R. (2000). Poda de Especies Ornamentales. Facultad de Ciencias Agrarias - Universidad Nacional del Comahue.
  • Fundación Biósfera y FCAyF - Universidad Nacional de La Plata (1995). Planeamiento paisajista y medio ambiente.
  • Municipalidad de Paraná y Universidad Nacional de Entre Ríos (1992). El árbol en la ciudad.
  • Ros Orta (1996). La empresa de Jardinería y Paisajismo. Mundi-Prensa.

 


lunes, 25 de mayo de 2026

El espejo roto del Río Hondo: cuando un embalse cuenta lo que la cuenca calla

Durante cuatro estaciones, un equipo de investigadores de la UNC y la UNSE sumergió botellas Van Dorn, sondas multiparamétricas y discos de Secchi en las aguas del embalse. Lo que encontraron fue un ecosistema en punto de inflexión: hipereutrófico, con floraciones tóxicas y un oxígeno que se desvanece en la columna de agua. Esta es la crónica científica y narrativa de un paisaje que ya no es el que conocimos, y un llamado a mirar debajo de la superficie.



Todo comenzó con una pregunta simple, de esas que solo surgen cuando el agua deja de comportarse como la memoria colectiva espera: ¿qué ocurre realmente bajo la superficie del embalse Río Hondo? No era una inquietud meramente académica. Era un llamado de atención escrito en la opacidad del agua, en los peces que jadeaban cerca de la orilla, en las manchas verdes que a veces pintaban la superficie como un óleo alterado por el tiempo.




 

Entre octubre de 2006 y septiembre de 2007, un consorcio conformado por la Universidad Nacional de Córdoba y la Universidad Nacional de Santiago del Estero desplegó un programa de monitoreo sistemático. Cuatro campañas estacionales, ocho puntos de muestreo, perfiles verticales, análisis de nutrientes, fitoplancton, zooplancton y cianotoxinas. El resultado, plasmado en el Programa de Monitoreo del Embalse Río Hondo. Informe Final (diciembre de 2007), no fue solo un documento técnico. Fue una radiografía de un cuerpo de agua que había cruzado, silenciosamente, el umbral de la hipereutrofización. Esta nota recorre esos hallazgos con el rigor que la ciencia exige y el lenguaje que la narrativa contemporánea merece. Porque el Río Hondo no es solo un embalse: es un testigo de cómo la cuenca, sus usos productivos y sus descargas han reescrito, sin consultarnos, el equilibrio de un ecosistema templado-tropical.

I. El peso de lo invisible: cuando el agua deja de ser transparente

Para quien lo visita por primera vez, el embalse Río Hondo puede parecer un lago más del noroeste argentino: extenso, rodeado de vegetación ribereña, con esa brisa tibia que anuncia el atardecer en la frontera entre Santiago del Estero y Tucumán. Pero la limnología, esa ciencia que lee los lagos como si fueran libros abiertos, nos enseña que la superficie es solo la portada. El primer parámetro que delató el cambio fue la transparencia. El disco de Secchi, un sencillo instrumento circular pintado de blanco y negro que se hunde hasta desaparecer de la vista del observador, arrojó números alarmantes: entre 0,05 y 0,85 metros. En términos llanos, la luz penetraba menos de un metro.


Para ponerlo en perspectiva, los investigadores compararon estas mediciones con otros cuerpos de agua regionales. La transparencia del Río Hondo resultó cuatro veces menor que la de embalses eutróficos como Los Molinos o La Viña en Córdoba, y ocho veces inferior a la de Piedras Moras, un sistema mesotrófico-eutrófico (Bazán, 2006; del Olmo et al., 2006). ¿Por qué importa esto? Porque la luz es el motor de la vida acuática. Cuando no llega a las capas profundas, la fotosíntesis se restringe, la columna de agua se vuelve un escenario de sombras y la productividad primaria se limita a la superficie. El informe señala que gran parte del embalse presentó una capa fótica reducida a los primeros 50 centímetros, con la luz convirtiéndose en un factor limitante para el crecimiento algal (IETC, 2001).

Esta opacidad no es casual. Es el resultado de una doble carga: sólidos en suspensión de origen inorgánico, arrastrados por la erosión de la cuenca y la resuspensión en zonas litorales por acción del oleaje, y materia orgánica particulada proveniente de vertidos y de la propia biomasa en descomposición (Chapman, 1996). El agua, que debería ser un espejo del cielo, se había vuelto un filtro denso, cargado de la historia de usos agrícolas, urbanos e industriales de su territorio. Los investigadores utilizaron sondas Horiba U-10, U-23 y W-22XD para trazar perfiles de turbiedad, conductividad y temperatura, confirmando que el embalse, de profundidad media menor a 3 metros, funcionaba como un sistema somero donde la resuspensión y el aporte advectivo de sedimentos modificaban constantemente la claridad del agua. El Río Hondo había dejado de reflejar. Había comenzado a absorber.

Foto de campo con disco de Secchi


II. El festín descontrolado: nutrientes, fósforo y el umbral de no retorno

Si la transparencia es la ventana, los nutrientes son el combustible. Y en el Río Hondo, el tanque estaba rebosando. El fósforo total (PT) osciló entre 200 y 1800 µg/L, con un promedio de 500 µg/L. Para dimensionarlo: los lagos mesotróficos suelen mantenerse por debajo de 30 µg/L. Estamos hablando de una concentración 16 veces superior. El fósforo reactivo soluble (PRS), la fracción inmediatamente disponible para las algas, no se quedaba atrás: entre 157 y 798 µg/L, valores que superan en 50 veces los registros de cuerpos eutróficos típicos. El nitrógeno inorgánico total (NIT), dominado por nitratos, mostró gradientes espaciales marcados, con picos en las desembocaduras de los ríos Salí, Gastona, Medina y Marapa, y una distribución que variaba según la campaña, reflejando el pulso hidrológico y las cargas difusas de la cuenca. En marzo de 2007, por ejemplo, el nitrato representó el 89% del NIT, con un gradiente longitudinal claro desde las desembocaduras hacia el centro. En septiembre, la distribución se invirtió, sugiriendo procesos de reciclaje interno y liberación desde los sedimentos tras la estratificación estival.

Mapa espacial de fósforo total


La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OECD, 1982) estableció hace décadas umbrales claros para clasificar el estado trófico de lagos y embalses. Con un PT medio de 500 µg/L, clorofila-a máxima de 77 µg/L y una transparencia mínima de solo 0,15 m, el Río Hondo encaja sin ambigüedades en la categoría de hipereutrófico. El informe es contundente: “Los lagos y embalses hipereutróficos representan la última etapa del proceso de eutrofización. A diferencia de otros sistemas eutróficos, donde las reducciones en la carga de nutrientes pueden revertir el proceso, esas medidas pocas veces son factibles en los cuerpos de agua hipereutróficos”. Esta advertencia no es menor. Señala un punto de no retorno ecológico, donde el sistema ya no responde linealmente a las intervenciones. La acumulación de nutrientes en los sedimentos, la liberación interna durante los periodos de estratificación y la adaptación de la comunidad biológica crean un círculo vicioso. El embalse, que alguna vez fue un sistema dinámico y equilibrado, se había convertido en una trampa biogeoquímica.

Mapa de nitrógeno inorgánico


El Índice de Carlson, habitualmente utilizado para evaluar el estado trófico, fue descartado por los investigadores. ¿La razón? No se cumplían sus supuestos teóricos. La transparencia no dependía solo de la biomasa fitoplanctónica, sino del material en suspensión inorgánico y orgánico. Además, el nutriente limitante durante el periodo estudiado fue el nitrógeno, no el fósforo. Esta excepción metodológica es, en sí misma, un diagnóstico: el Río Hondo ya no obedecía a las reglas de los lagos templados clásicos. Había desarrollado su propia dinámica, alterada por cargas externas y por su morfometría somera. Como señala Chapman (1996), la eutrofización es un proceso de enriquecimiento que, en exceso, simplifica las comunidades biológicas y altera los ciclos naturales. En el Río Hondo, esa simplificación ya estaba en marcha.

III. La marea verde: cianobacterias, toxinas y el silencio regulatorio

Pulsos estacionales de floración: las cianobacterias dominaron en octubre 2006 y junio 2007


Donde hay nutrientes en exceso y luz limitada en profundidad, las algas encuentran su nicho. Pero no todas las algas son iguales. El monitoreo reveló una comunidad fitoplanctónica de baja diversidad genérica: apenas 37 géneros identificados en total. Dominaban las cianófitas, también conocidas como cianobacterias o algas verdeazuladas: Microcystis, Anabaena, Oscillatoria. Junto a ellas, diatomeas como Aulacoseira y Synedra, y euglenófitas como Euglena y Phacus, estas últimas reconocidas internacionalmente como indicadoras de degradación ambiental y alta carga de materia orgánica.


Floración visible de cianobacterias cerca de la presa: la baja transparencia es evidente. Marzo 2007.

En octubre de 2006, en la desembocadura del río Salí, las cianófitas alcanzaron 13,7 millones de células por litro. En junio de 2007, en el centro del embalse, el número se disparó a 156,8 millones de células por litro, con Microcystis como género dominante. Eran floraciones masivas, visibles a veces como parches verdes o espumas en la superficie. Los investigadores las fotografiaron, las contaron en cámaras Sedwick-Rafter bajo microscopio invertido, y registraron sus pulsos estacionales. Pero lo más preocupante no era la cantidad, sino la cualidad. Algunas de estas cianobacterias son productoras de microcistinas, hepatotoxinas cíclicas estables en el agua, resistentes a cambios de pH y temperatura, que solo se destruyen térmicamente a 160 °C.

Manchas verdes en la superficie: las floraciones no fueron homogéneas, sino que formaron parches visibles que alertaban sobre el riesgo sanitario


El estudio detectó variantes MC-LR, MC-RR y MC-YR, con concentraciones totales que variaron entre 0,1 y 26,4 µg/L. El límite de la Organización Mundial de la Salud para agua potable y recreacional es de 1 µg/L. En el 66% de las muestras analizadas durante periodos de predominio de cianófitas, ese límite se superó. 

La OMS (1998, 2003) advierte sobre los riesgos: desde irritaciones cutáneas y problemas gastrointestinales hasta intoxicaciones crónicas con potencial de daño hepático y promoción tumoral. Las microcistinas actúan inhibiendo irreversiblemente las fosfatasas 1 y 2A, desencadenando hemorragias intrahepáticas y destrucción de la arquitectura tisular (Mackintosh et al., 1990; Malbrouk, 2004).

Toxinas por encima del límite de la OMS: en el 66% de las muestras con predominio de cianófitas, la concentración superó 1 µg/L. Fuente: Programa de Monitoreo, UNC-UNSE, 2007.  
Y aquí aparece una brecha normativa que el informe no elude. En Argentina, la legislación sobre calidad de aguas no contemplaba la obligatoriedad de detectar cianófitas ni establecer valores límite para sus toxinas. Solo la provincia de Buenos Aires avanzaba en reformas a la Ley 11820 para incluir este aspecto. Mientras tanto, en las provincias de la cuenca del Salí-Dulce, el vacío legal persistía. La ciencia había puesto el dato sobre la mesa; la política aún no había respondido. Como señala el informe, “a veces una adecuada vigilancia y control resulta difícil… es común como medida a corto plazo, la disposición de la información pública”. Pero la información, sin marcos de acción, es solo un espejo roto. La presencia de espumas en áreas de natación implicaba el riesgo más alto para bañistas y pescadores, y las guías internacionales establecían valores de alarma moderada a partir de 100.000 cél/mL (equivalentes a 50 µg de clorofila/L bajo predominio cianobacteriano). En varias campañas, el Río Hondo superó esos umbrales sin que existiera un protocolo de respuesta sanitaria consolidado.

IV. El aliento que falta: oxígeno, peces y la red trófica en tensión

La eutrofización no solo se mide en nutrientes o toxinas. Se siente en el aliento del agua. El oxígeno disuelto (OD) es el parámetro vital de todo ecosistema acuático aeróbico. En el Río Hondo, sus valores oscilaron entre 0 y 11 mg/L, con una distribución vertical que dibujaba una curva clinógrada típica de cuerpos hipereutróficos: descenso progresivo con la profundidad, agotamiento en el hipolimnio. 

Zonas de anoxia en las desembocaduras: los valores críticos (<4 mg/L) se concentraron en Salí y Gastona, especialmente en invierno, creando 'zonas muertas' para la vida acuática.


En las desembocaduras del Salí y Gastona, y en el fondo del centro y la presa, se registró anoxia o valores inferiores a 4 mg/L, el umbral considerado crítico para la protección de la vida acuática (Wetzel, 1981). Diversos autores sitúan ese límite entre 4 y 5 mg/L; algunas especies como las carpas pueden soportar concentraciones menores a 2 mg/L por lapsos breves, pero no de forma sostenida.

Curva clinógrada típica de embalses eutróficos: el oxígeno se agota en profundidad mientras la temperatura se estratifica, reflejando la dinámica monomíctica tropical del embalse

Los investigadores lo vieron con sus propios ojos: “gran cantidad de alevines y peces mayores ‘boqueando’ cerca de la superficie en la zona de la desembocadura del Salí”. No era una metáfora. Era un síntoma clínico de un ecosistema asfixiado por la descomposición de la materia orgánica y los procesos oxidativos que consumen el oxígeno más rápido de lo que la atmósfera o la fotosíntesis pueden reponerlo. La temperatura del agua, entre 13 y 27 °C, con termoclinas débiles o estacionales, confirmó la clasificación del embalse como monomíctico tropical: mezcla completa en invierno, estratificación en verano. Pero esta dinámica, lejos de purificar, actuaba como un sello temporal. Durante la estratificación, el hipolimnio quedaba aislado, acumulando materia orgánica en descomposición, liberando amonio y fósforo desde los sedimentos, y creando un caldo de cultivo para la anoxia. Cuando la mezcla invernal llegaba, arrastraba esas condiciones hacia la columna completa. El oxígeno, entonces, no era solo un número en una sonda. Era el latido de un sistema que se estaba ahogando en su propia productividad.

Y en ese silencio subacuático, el zooplancton intentaba adaptarse. Rotíferos como Keratella tropica y K. coclearis, copépodos como Acanthocyclops robustus y cladóceros como Daphnia y Bosmina mostraron pulsos de desarrollo desincronizados con el fitoplancton. ¿Por qué? Porque las cianobacterias dominantes no son palatables. Son tóxicas, fibrosas, difíciles de digerir. El zooplancton, ese eslabón fundamental entre productores primarios y consumidores secundarios, se topaba con un alimento de mala calidad nutricional. 

Rotíferos, crustáceos y protozoarios: la comunidad zooplanctónica reflejó los cambios en la calidad del alimento disponible, con predominio de protozoarios cuando dominaban las cianófitas no palatables


Como señalan Conde y Porcuna et al. (2003), el zooplancton no solo depende de la cantidad de alimento, sino de su calidad. La competencia, la depredación y la toxicidad reconfiguraban la red trófica. En la campaña 4, con predominio de crisófitas, los crustáceos respondieron con un pulso de desarrollo. Pero en las campañas de floración cianobacteriana, los protozoarios como Tintinus dominaban, mientras los rotíferos y crustáceos retrocedían. Muchos metabolitos excretados por las cianófitas confieren olor y gusto al agua, y actúan como mecanismos de defensa contra el pastoreo (Odum, 1972). El ecosistema no se había colapsado, pero se había reordenado. Y ese reordenamiento, silencioso pero medible, es la antesala de los cambios que terminan afectando a la ictiofauna, a la pesca, a la recreación y, en última instancia, a las comunidades que dependen del agua.

V. Más allá del dato: ciencia, gestión y la memoria del embalse

El informe de diciembre de 2007 no fue un punto final. Fue un parte de batalla. Los investigadores de la UNC y la UNSE, bajo la dirección del Dr. César Luis Bonelli y con el trabajo de campo de equipos multidisciplinarios que incluyeron biólogos, ingenieros ambientales y técnicos de la Dirección Provincial de Aguas y Saneamiento (DIPAS), entregaron un documento que cumplía con las normas ISO 5667/1, /2 y /3, los protocolos APHA/AWWA/WEF (2000) y las guías de la OMS. Pero la ciencia, por más rigurosa que sea, no opera en el vacío. El Río Hondo es un embalse de uso múltiple: riego, generación hidroeléctrica, recreación, pesca, abastecimiento. Cada uno de estos usos choca con las realidades detectadas. La baja transparencia dificulta la potabilización. Las microcistinas exigen tratamientos avanzados. La anoxia limita la vida acuática y la pesca deportiva. Las floraciones de algas disuaden el turismo y la recreación segura.

Biomasa algal por campaña: la clorofila-a confirmó el estado hipereutrófico del embalse, con picos de hasta 203 µg/L en la desembocadura del Gastona. Síntesis visual del deterioro


Y sin embargo, el marco regulatorio provincial y nacional seguía anclado en paradigmas del siglo XX, centrados en parámetros físicos y químicos clásicos, pero ciegos ante los indicadores biológicos y toxicológicos emergentes. El informe lo dice con claridad: “La detección de valores de OD por debajo de 4 mg/L somete a la ictiofauna… a condiciones que comprometen su desarrollo normal”. Y más adelante: “El mejor conocimiento de la evolución del estado trófico del embalse y la forma en que se afecta a los componentes de la cadena trófica permitirá contar con elementos para una gestión eficiente en la recuperación de la calidad del agua”. Pero la gestión requiere voluntad política, inversión en monitoreo continuo, programas de reducción de cargas en origen (agrícolas, urbanas, industriales) y, sobre todo, una visión de cuenca que trascienda los límites jurisdiccionales.

El Río Hondo no entiende de provincias. Sus afluentes, el Salí, el Gastona, el Medina, el Marapa, tejen una red que nace en Tucumán, cruza Santiago del Estero y desemboca en un embalse que es, en sí mismo, un síntoma de la cuenca. La historia de este cuerpo de agua es la historia de un desarrollo que priorizó la expansión sobre la sostenibilidad, la producción sobre la preservación, la inmediatez sobre la planificación a largo plazo. Y ahora, la ciencia pone el espejo. La pregunta no es si el embalse puede recuperarse. La pregunta es si estamos dispuestos a pagar el precio de esa recuperación: cambiar prácticas, controlar vertidos, monitorear toxinas, educar a la población y, sobre todo, aceptar que el agua no es un recurso infinito, sino un sistema vivo que responde a lo que le damos.

Cierre

Hace casi dos décadas, un equipo de limnólogos, biólogos, ingenieros y técnicos descendió a las aguas del Río Hondo con botellas Van Dorn, sondas multiparamétricas y la paciencia de quien sabe que la verdad se mide en perfiles verticales y campañas estacionales. No buscaron titulares. Buscaron datos. Y los datos contaron una historia que ya estaba escrita en la opacidad del agua, en el jadeo de los peces, en las manchas verdes que pintaban la superficie. El embalse no se degradó de la noche a la mañana. Fue un proceso silencioso, acumulativo, alimentado por decisiones tomadas lejos de sus orillas.

Hoy, más allá de los números y las clasificaciones tróficas, el Río Hondo sigue siendo un testigo. Un espejo que refleja no solo el cielo, sino el modelo de desarrollo de una región. La ciencia nos ha dado el diagnóstico: hipereutrofización, toxinas, anoxia, desequilibrio trófico. Pero la ciencia no cura. La curación requiere política, requiere gestión, requiere comunidad. Porque un embalse no es solo un depósito de agua. Es un pacto entre la naturaleza y quienes la habitan. Y cuando ese pacto se rompe, el agua no grita. Solo se vuelve opaca, tóxica, silenciosa.

Recuperarlo no es un lujo ecológico. Es una necesidad histórica. Y la primera piedra de esa recuperación ya está puesta: en un informe de 2007 que, con rigor y humildad, nos dijo lo que debíamos escuchar. Ahora nos toca decidir si lo seguimos ignorando, o si, por fin, empezamos a mirar debajo de la superficie.

Fuentes y referencias citadas

- Programa de Monitoreo del Embalse Río Hondo. Informe Final. Diciembre 2007. Universidad Nacional de Córdoba – Universidad Nacional de Santiago del Estero.

- OECD (1982). Eutrophication of Waters. Monitoring, Assessment and Control. Organization for Economic Co-Operation and Development.

- OMS (1998, 2003, 2004). Guías para ambientes seguros en aguas recreativas y Guías de calidad del agua potable. Organización Mundial de la Salud.

- Wetzel, R. (1981). Limnología. Ediciones Omega S.A.

- Chapman, D. (1996). Water Quality Assessment. Chapman and Hall / UNESCO/WHO/UNEP.

- Bazán, R. (2006). Evaluación de la calidad del agua, nivel de eutrofización y sus consecuencias en el Embalse Los Molinos, Córdoba. Tesis de Maestría, UNC.

- del Olmo, S. et al. (2006). Caracterización trófica y evaluación de la calidad de agua de tres embalses de la provincia de Córdoba, Argentina.

- Mackintosh, C. et al. (1990). Cyanobacterial microcystin-LR is a potent and specific inhibitor of protein phosphatases 1 and 2A. FEBS.

- Malbrouk, C. et al. (2004). Effect of microcystin-LR on protein phosphatase activity and glycogen content in isolated hepatocytes. Toxicon.

- IETC (2001). Planificación y Manejo de Lagos y embalses: Una visión general de la eutroficación. PNUMA.

- Normas ISO 5667/1, /2, /3; APHA, AWWA, WEF (2000). Standard Methods for the Examination of Water and Wastewater.

- Conde Porcuna, J.M. et al. (2003). El zooplancton como integrante de la estructura trófica de los ecosistemas lénticos. Rev. Ecosistema.

- Odum, E. (1972). Ecología. Editorial Interamericana.

sábado, 9 de mayo de 2026

Dulce como el mistol

Por Alicia Fernandez

 


"Los bosques están siempre cubiertos de un eterno verdor y producen una vasta variedad de frutas silvestres, muchas de las cuales se aprovechan por medio de la destilación. Hasta los cercos de los corrales para ganado, en este rico país, están cubiertos de una fruta que produce una melaza llamada arrope, con la cual acostumbran mezclar sus postres de mesa. Las planicies abundan en hierbas y plantas raras..." Descripción de Tucumán en 1825 (Libro de viaje del capitán Joseph Andrews).

"Apuntamos a trabajar con plantas nativas o naturalizadas que crecen en el NOA y que tienen frutos comestibles", asevera María Inés Isla. Muy contenta en "su casa", la cátedra de Química Orgánica y Biológica de la Facultad de Ciencias Naturales, la doctora en Bioquímica recibe a LA GACETA en medio de un clima festivo. Lógico, el trabajo "Valorización de frutos de especies que crecen en el NOA y productos típicos locales", realizado por un equipo de las facultades de Ciencias Naturales y de Bioquímica junto a Inquinoa-Conicet -que ella conduce- ganó una mención especial en la categoría "Valorización de especies y productos típicos locales", en la VIII Edición del Premio de la Fundación ArgenINTA a la Calidad agroalimentaria.

El mistol, el chañar, el algarrobo, las cactáceas, el tomate de árbol y la uva mato son algunas de una gran cantidad de especies autóctonas que no se aprovechan desde el punto de vista comercial. "Todos estos frutos tienen algo útil desde el punto de vista funcional -asegura Isla-, es decir que no sólo tienen valor nutricional sino también que son capaces de ayudar a prevenir enfermedades. Son muy buenos depuradores de radicales libres, tienen capacidades antiinflamatorias y no son tóxicos (no son mutagénicos ni genotóxicos)".

"A partir de los frutos preparamos algunos productos derivados y comprobamos si se mantienen los principios activos. Analizamos cuál es el uso popular y cómo podemos hacer para darles valor agregado de comercialización, a través de mermeladas, arropes o conservas. En algunos casos mantienen sus propiedades y en otros no. Podemos sugerir que a determinados frutos hay que consumirlos frescos y a otros se los puede cocinar; en algunos casos se conservan mejor las propiedades funcionales (por ejemplo, macerado en alcohol para tintura). El mistol, el algarrobo negro y blanco y el tomate de árbol tienen muy buenas propiedades antiinflamatorias y antioxidantes, tanto en fresco como procesados".

La "bajada" a la comunidad se da a través de talleres que dictan Nutrición (Unsta) en comunidades Wichis; o el INTA y la Secretaría de Extensión de la UNT en toda la provincia. Todos con la idea de fomentar el cultivo, la conservación, el uso y la comercialización de estas valiosas especies.

MISTOL: Árbol de 4 a 9 m de altura, de tronco gris plateado. Fruto esférico castaño rojizo de 10-17 mm de diámetro, con pulpa pastosa y dulce.

CHAÑAR: Árbol de hasta 7m de altura. El fruto es globoso u ovoide, de color rojizo 1,5 cm a 3 cm fragantes y dulces, aunque áspero al paladar.

ALGARROBO: Árbol de hasta 18 m de altura. El fruto es una vaina de color claro llena de semillas. Se hace bebida (aloja) y harina (añapa).

CACTÁCEAS: El tallo y las ramas están constituidos por pencas. El fruto es la tuna, una baya polisperma, carnosa, de forma ovoide esférica.

TOMATE DE ÁRBOL: Árbol de 3 m de altura. Fruto rojo oviforme de piel lisa y pulpa gelatinosa sabor agridulce; muchas semillas. (Se cultiva en Tafí Viejo).

UVA MATO: Crece en arbustos o parras caducifolios reptantes o trepadores de la familia de las vitáceas. Las uvas son ásperas y de sabor agridulce. Fuente: FBK Patio santiagueño