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viernes, 7 de agosto de 2026

La música argentina: Un viaje desde los rituales indígenas hasta el rock nacional

Si cerrás los ojos y pensás en la música argentina, ¿qué escuchás? ¿El quejido melancólico de un bandoneón en un café de San Telmo? ¿El rasguido de una guitarra criolla en una peña folclórica? ¿O quizás el estruendo de una guitarra eléctrica en un estadio repleto de jóvenes saltando al compás del rock nacional?



La música argentina es el diario íntimo de nuestra historia. Un relato cruzado por choques culturales, pasiones, guerras y una búsqueda constante de identidad. Desde las flautas de hueso en los valles calchaquíes hasta los sintetizadores de los años 80, la historia sonora del país está llena de personajes extravagantes, conflictos insólitos y genialidades inesperadas.

Sin el tono rígido de los manuales escolares: esta música se escribió con barro, pólvora, vino y bastante rebeldía.

Gigantes en la playa y el sonido de la tierra

Todo empieza mucho antes de que existiera el país como tal. Cuando los primeros cronistas europeos pisaron estas tierras, se encontraron con un paisaje sonoro que los tomó por sorpresa.

En mayo de 1520, la expedición de Magallanes desembarcó en Puerto San Julián, en la Patagonia. Antonio Pigafetta, el cronista del viaje, registró el encuentro con un tehuelche de figura gigantesca que se acercó a la arena cantando y danzando con el índice levantado al cielo. Para los pueblos originarios, la música no era un simple entretenimiento: funcionaba como un puente con lo sagrado, una herramienta de guerra y el eje de la vida comunitaria.

Los diaguitas en el norte dominaban las quenas y las sikuras. En el litoral, los guaraníes y charrúas marcaban el ritmo con trompas y tambores. Años más tarde, cuando los españoles establecieron sus primeros asentamientos, más de una vez sintieron temor al escuchar el eco de los pingollos y bocinas indígenas resonando en la oscuridad antes de un ataque.

La música también salvó vidas. En 1541, el español Pedro de Miranda fue capturado por los indígenas. Estaba a punto de ser ejecutado cuando comenzó a tocar la flauta; la hija del cacique, cautivada por el sonido del instrumento, intercedió por él y logró que le perdonaran la vida. Fue, probablemente, el primer indulto musical del territorio.

Los jesuitas y el barroco en la selva

La música culta en la colonia no fue un asunto exclusivo de las élites urbanas. A principios del siglo XVIII, las misiones jesuíticas del norte y del actual Paraguay se convirtieron en centros de producción musical de primer nivel. Los guaraníes no solo interpretaban obras complejas, sino que construían violines, arpas y órganos con una precisión que deslumbraba a los cronistas de la época.

En ese entorno destaca la figura de Domenico Zipoli. Nacido en la Toscana, alumno de los principales maestros de Roma y contemporáneo de Bach, Zipoli tenía abiertas las puertas de las cortes europeas. Sin embargo, decidió ordenarse jesuita y viajar a América.

Se radicó en Córdoba, donde el público abarrotaba las iglesias solo para escucharlo en el órgano. Sus partituras eran tan buscadas que desde Lima se enviaban copias de manera clandestina. Zipoli murió joven, de tuberculosis, en la estancia de Santa Catalina en 1726. Hoy los musicólogos lo reconocen como el compositor más relevante que transitó el continente durante el período colonial.

Teatros, censura obispal y un cohete fatal

Hacia la segunda mitad del siglo XVIII, Buenos Aires intentaba dejar atrás su fisonomía de aldea. Con la ambición urbana llegó el teatro.

En 1757 se inauguró el Teatro de Óperas y Comedias. La sociedad criolla acudía a ver a los intérpretes llegados de Brasil y Europa, pero la actividad encontró una fuerte oposición en el obispo Cayetano Marcellano. El religioso, que vivía al lado del recinto, se quejaba del ruido nocturno y de las faltas a la moral. En 1759 llegó a amenazar con excomulgar tanto a los empresarios como al público si no suspendían las funciones.

Años después, en 1783, abrió el Teatro de la Ranchería, epicentro de la vida social porteña donde se estrenó Siripo, de Manuel José de Lavardén, la primera obra dramática de autor local. El final del espacio fue insólito: en agosto de 1792, durante una fiesta patronal en la vecina iglesia de San Juan Bautista, un cohete pirotécnico cayó sobre el techo de paja y cañas de La Ranchería. El edificio se quemó por completo en pocos minutos.

El salón de Mariquita y la creación del Himno

La Revolución de Mayo de 1810 desató un repertorio de letrillas y cielitos patrióticos que la juventud cantaba en las plazas. Sin embargo, la pieza institucional más importante nació en la intimidad de un salón: el de Mariquita Sánchez de Thompson.

En su casa de la calle Florida, punto de reunión de la intelectualidad de la época, se interpretó por primera vez la Canción Patriótica Nacional el 14 de mayo de 1813. La música pertenecía a Blas Parera, un maestro español radicado en Buenos Aires que años más tarde regresó a su país natal, donde murió en la pobreza. La letra fue obra de Vicente López y Planes.

Aquella versión original era extasiada, extensa y difícil de entonar en ámbitos populares o militares. Con los años sufrió diversos recortes hasta consolidar la estructura sintética y marcial que se conserva en la actualidad.

Divas líricas y conciertos multitudinarios

Para mediados del siglo XIX, la Generación del 80 y la inmigración masiva impulsaron el gusto por los espectáculos europeos. El primer Teatro Colón, ubicado frente a la Plaza de Mayo donde hoy funciona el Banco Nación, abrió sus puertas en 1857 como el gran coliseo de la ópera.

La lírica generaba pasiones desmedidas. En 1855, el público porteño se dividió apasionadamente entre los partidarios de la soprano Ida Edelvira y los de Eliza Biscaccianti. Los detractores de esta última la bautizaron socarronamente "Whiskaccianti", acusándola de afición a la bebida. Al terminar las funciones, las facciones de fanáticos esperaban a sus cantantes con bandas de música para escoltarlas hasta el hotel.

El espectáculo más masivo de ese período lo protagonizó el pianista estadounidense Louis Moreau Gottschalk en 1868. Organizó en el Colón un concierto donde catorce pianos sonaron en simultáneo, respaldados por una orquesta completa, en un despliegue inédito para la región.

El tango: del arrabal al reconocimiento

El tango no nació en salones elegantes ni con la estética pulida que se conoció décadas después. Tuvo su origen en los márgenes urbanos y en espacios donde los primeros bailarines eran hombres que practicaban entre sí.

Hacia fines del siglo XIX, las comunidades compadritas buscaban replicar y satirizar los bailes de las colectividades afrodescendientes en los conventillos. De ese cruce entre la habanera cubana, la milonga campera y la rítmica africana surgió la coreografía original del tango: el corte, la quebrada y un abrazo estrecho que reflejaba la competitividad del guapo de barrio.

La llegada del bandoneón redefinió el género. Diseñado en Alemania por Heinrich Band como un órgano portátil para procesiones religiosas en iglesias rurales, el instrumento ingresó al Río de la Plata por medio de marineros e inmigrantes. Su sonoridad melancólica se adaptó de inmediato a la atmósfera de los cafetines y prostíbulos, convirtiéndose en el sonido representativo de la nostalgia del inmigrante.

El folclore y la memoria de las provincias

Mientras la capital desarrollaba el tango, las provincias mantenían una tradición sonora vinculada al territorio y a la historia local. Zambas, chacareras y gatos funcionaban como relatos orales de la comunidad.

Un hecho ilustra el peso de esta música en el campo de batalla. En abril de 1867, durante la Batalla de Pozo de Vargas en La Rioja, las tropas santiagueñas del general Taboada eran superadas por las fuerzas montoneras de Felipe Varela. Ante el desánimo de la tropa, el mando ordenó a la banda militar ejecutar una zamba en lugar de los toques de calacurda habituales. El estímulo de la música propia reorganizó las filas y permitió revertir el resultado del combate. Desde entonces, esa pieza es conocida como la "Zamba de Vargas".

Décadas más tarde, autores como Atahualpa Yupanqui (Héctor Chavero) le dieron a esta tradición campesina un nivel poético superior, retratando con precisión la dureza de la vida rural y la geografía del interior profundo.

1982: La prohibición que impulsó al rock en español

Durante la última dictadura militar, la Guerra de Malvinas en 1982 provocó un cambio imprevisto en los medios de comunicación. El gobierno censuró la emisión de música en inglés en las estaciones de radio.

Ante la necesidad de llenar la programación diaria con material en castellano, los programadores acudieron al repertorio de los músicos locales de rock que hasta entonces trabajaban en el circuito independiente. Figuras como Charly García, Luis Alberto Spinetta, León Gieco, Juan Carlos Baglietto y Nito Mestre obtuvieron de pronto un espacio masivo.

Canciones como "Sólo le pido a Dios" adoptaron un sentido pacifista en medio del conflicto bélico. Agrupaciones como Serú Girán convocaron multitudes en espacios como La Rural, mientras que la denominada "trova rosarina" introdujo nuevas líricas al cancionero urbano. La proscripción del anglo catalizó la consolidación del rock argentino como un movimiento cultural masivo con voz propia.

El mosaico contemporáneo

La música argentina muestra una constante capacidad de adaptación. Es la síntesis de las flautas originarias, el barroco misionero, la rítmica africana, el bandoneón europeo y la amplificación del rock.

Esa línea evolutiva abarca desde el tango de vanguardia de Astor Piazzolla hasta la Misa Criolla de Ariel Ramírez o la obra académica de Alberto Ginastera. En la actualidad, las corrientes urbanas como el trap mantienen esa misma necesidad de narrar la cotidianidad y el entorno social utilizando las herramientas de su tiempo. La instrumentación se transforma, pero la vocación testimonial permanece.

Fuente citada: Gesualdo, Vicente. La música en la Argentina. Capítulos 1 a 6: de la época colonial al rock nacional (1982-1987).