Si cerrás los ojos y pensás en la música
argentina, ¿qué escuchás? ¿El quejido melancólico de un bandoneón en un café de
San Telmo? ¿El rasguido de una guitarra criolla en una peña folclórica? ¿O
quizás el estruendo de una guitarra eléctrica en un estadio repleto de jóvenes
saltando al compás del rock nacional?
La música argentina es el diario
íntimo de nuestra historia. Un relato cruzado por choques culturales, pasiones,
guerras y una búsqueda constante de identidad. Desde las flautas de hueso en
los valles calchaquíes hasta los sintetizadores de los años 80, la historia
sonora del país está llena de personajes extravagantes, conflictos insólitos y
genialidades inesperadas.
Sin el tono rígido de los
manuales escolares: esta música se escribió con barro, pólvora, vino y bastante
rebeldía.
Gigantes en la playa y el sonido
de la tierra
Todo empieza mucho antes de que
existiera el país como tal. Cuando los primeros cronistas europeos pisaron
estas tierras, se encontraron con un paisaje sonoro que los tomó por sorpresa.
En mayo de 1520, la expedición de
Magallanes desembarcó en Puerto San Julián, en la Patagonia. Antonio Pigafetta,
el cronista del viaje, registró el encuentro con un tehuelche de figura
gigantesca que se acercó a la arena cantando y danzando con el índice levantado
al cielo. Para los pueblos originarios, la música no era un simple
entretenimiento: funcionaba como un puente con lo sagrado, una herramienta de
guerra y el eje de la vida comunitaria.
Los diaguitas en el norte
dominaban las quenas y las sikuras. En el litoral, los guaraníes y charrúas
marcaban el ritmo con trompas y tambores. Años más tarde, cuando los españoles
establecieron sus primeros asentamientos, más de una vez sintieron temor al
escuchar el eco de los pingollos y bocinas indígenas resonando en la oscuridad
antes de un ataque.
La música también salvó vidas. En
1541, el español Pedro de Miranda fue capturado por los indígenas. Estaba a
punto de ser ejecutado cuando comenzó a tocar la flauta; la hija del cacique,
cautivada por el sonido del instrumento, intercedió por él y logró que le
perdonaran la vida. Fue, probablemente, el primer indulto musical del
territorio.
Los jesuitas y el barroco en la
selva
La música culta en la colonia no
fue un asunto exclusivo de las élites urbanas. A principios del siglo XVIII,
las misiones jesuíticas del norte y del actual Paraguay se convirtieron en
centros de producción musical de primer nivel. Los guaraníes no solo interpretaban
obras complejas, sino que construían violines, arpas y órganos con una
precisión que deslumbraba a los cronistas de la época.
En ese entorno destaca la figura
de Domenico Zipoli. Nacido en la Toscana, alumno de los principales maestros de
Roma y contemporáneo de Bach, Zipoli tenía abiertas las puertas de las cortes
europeas. Sin embargo, decidió ordenarse jesuita y viajar a América.
Se radicó en Córdoba, donde el
público abarrotaba las iglesias solo para escucharlo en el órgano. Sus
partituras eran tan buscadas que desde Lima se enviaban copias de manera
clandestina. Zipoli murió joven, de tuberculosis, en la estancia de Santa Catalina
en 1726. Hoy los musicólogos lo reconocen como el compositor más relevante que
transitó el continente durante el período colonial.
Teatros, censura obispal y un
cohete fatal
Hacia la segunda mitad del siglo
XVIII, Buenos Aires intentaba dejar atrás su fisonomía de aldea. Con la
ambición urbana llegó el teatro.
En 1757 se inauguró el Teatro de
Óperas y Comedias. La sociedad criolla acudía a ver a los intérpretes llegados
de Brasil y Europa, pero la actividad encontró una fuerte oposición en el
obispo Cayetano Marcellano. El religioso, que vivía al lado del recinto, se
quejaba del ruido nocturno y de las faltas a la moral. En 1759 llegó a amenazar
con excomulgar tanto a los empresarios como al público si no suspendían las
funciones.
Años después, en 1783, abrió el
Teatro de la Ranchería, epicentro de la vida social porteña donde se estrenó Siripo,
de Manuel José de Lavardén, la primera obra dramática de autor local. El final
del espacio fue insólito: en agosto de 1792, durante una fiesta patronal en la
vecina iglesia de San Juan Bautista, un cohete pirotécnico cayó sobre el techo
de paja y cañas de La Ranchería. El edificio se quemó por completo en pocos
minutos.
El salón de Mariquita y la
creación del Himno
La Revolución de Mayo de 1810
desató un repertorio de letrillas y cielitos patrióticos que la juventud
cantaba en las plazas. Sin embargo, la pieza institucional más importante nació
en la intimidad de un salón: el de Mariquita Sánchez de Thompson.
En su casa de la calle Florida,
punto de reunión de la intelectualidad de la época, se interpretó por primera
vez la Canción Patriótica Nacional el 14 de mayo de 1813. La música pertenecía
a Blas Parera, un maestro español radicado en Buenos Aires que años más tarde
regresó a su país natal, donde murió en la pobreza. La letra fue obra de
Vicente López y Planes.
Aquella versión original era
extasiada, extensa y difícil de entonar en ámbitos populares o militares. Con
los años sufrió diversos recortes hasta consolidar la estructura sintética y
marcial que se conserva en la actualidad.
Divas líricas y conciertos
multitudinarios
Para mediados del siglo XIX, la
Generación del 80 y la inmigración masiva impulsaron el gusto por los
espectáculos europeos. El primer Teatro Colón, ubicado frente a la Plaza de
Mayo donde hoy funciona el Banco Nación, abrió sus puertas en 1857 como el gran
coliseo de la ópera.
La lírica generaba pasiones
desmedidas. En 1855, el público porteño se dividió apasionadamente entre los
partidarios de la soprano Ida Edelvira y los de Eliza Biscaccianti. Los
detractores de esta última la bautizaron socarronamente "Whiskaccianti",
acusándola de afición a la bebida. Al terminar las funciones, las facciones de
fanáticos esperaban a sus cantantes con bandas de música para escoltarlas hasta
el hotel.
El espectáculo más masivo de ese
período lo protagonizó el pianista estadounidense Louis Moreau Gottschalk en
1868. Organizó en el Colón un concierto donde catorce pianos sonaron en
simultáneo, respaldados por una orquesta completa, en un despliegue inédito
para la región.
El tango: del arrabal al
reconocimiento
El tango no nació en salones
elegantes ni con la estética pulida que se conoció décadas después. Tuvo su
origen en los márgenes urbanos y en espacios donde los primeros bailarines eran
hombres que practicaban entre sí.
Hacia fines del siglo XIX, las
comunidades compadritas buscaban replicar y satirizar los bailes de las
colectividades afrodescendientes en los conventillos. De ese cruce entre la
habanera cubana, la milonga campera y la rítmica africana surgió la coreografía
original del tango: el corte, la quebrada y un abrazo estrecho que reflejaba la
competitividad del guapo de barrio.
La llegada del bandoneón
redefinió el género. Diseñado en Alemania por Heinrich Band como un órgano
portátil para procesiones religiosas en iglesias rurales, el instrumento
ingresó al Río de la Plata por medio de marineros e inmigrantes. Su sonoridad
melancólica se adaptó de inmediato a la atmósfera de los cafetines y
prostíbulos, convirtiéndose en el sonido representativo de la nostalgia del
inmigrante.
El folclore y la memoria de las
provincias
Mientras la capital desarrollaba
el tango, las provincias mantenían una tradición sonora vinculada al territorio
y a la historia local. Zambas, chacareras y gatos funcionaban como relatos
orales de la comunidad.
Un hecho ilustra el peso de esta
música en el campo de batalla. En abril de 1867, durante la Batalla de Pozo de
Vargas en La Rioja, las tropas santiagueñas del general Taboada eran superadas
por las fuerzas montoneras de Felipe Varela. Ante el desánimo de la tropa, el
mando ordenó a la banda militar ejecutar una zamba en lugar de los toques de
calacurda habituales. El estímulo de la música propia reorganizó las filas y
permitió revertir el resultado del combate. Desde entonces, esa pieza es
conocida como la "Zamba de Vargas".
Décadas más tarde, autores como
Atahualpa Yupanqui (Héctor Chavero) le dieron a esta tradición campesina un
nivel poético superior, retratando con precisión la dureza de la vida rural y
la geografía del interior profundo.
1982: La prohibición que impulsó
al rock en español
Durante la última dictadura
militar, la Guerra de Malvinas en 1982 provocó un cambio imprevisto en los
medios de comunicación. El gobierno censuró la emisión de música en inglés en
las estaciones de radio.
Ante la necesidad de llenar la
programación diaria con material en castellano, los programadores acudieron al
repertorio de los músicos locales de rock que hasta entonces trabajaban en el
circuito independiente. Figuras como Charly García, Luis Alberto Spinetta, León
Gieco, Juan Carlos Baglietto y Nito Mestre obtuvieron de pronto un espacio
masivo.
Canciones como "Sólo le pido
a Dios" adoptaron un sentido pacifista en medio del conflicto bélico.
Agrupaciones como Serú Girán convocaron multitudes en espacios como La Rural,
mientras que la denominada "trova rosarina" introdujo nuevas líricas
al cancionero urbano. La proscripción del anglo catalizó la consolidación del
rock argentino como un movimiento cultural masivo con voz propia.
El mosaico contemporáneo
La música argentina muestra una
constante capacidad de adaptación. Es la síntesis de las flautas originarias,
el barroco misionero, la rítmica africana, el bandoneón europeo y la
amplificación del rock.
Esa línea evolutiva abarca desde
el tango de vanguardia de Astor Piazzolla hasta la Misa Criolla de Ariel
Ramírez o la obra académica de Alberto Ginastera. En la actualidad, las
corrientes urbanas como el trap mantienen esa misma necesidad de narrar la
cotidianidad y el entorno social utilizando las herramientas de su tiempo. La
instrumentación se transforma, pero la vocación testimonial permanece.
Fuente citada: Gesualdo, Vicente.
La música en la Argentina. Capítulos 1 a 6: de la época colonial al rock
nacional (1982-1987).
