En el Día Nacional del Bandoneón, un recorrido por la vida de Iber Ruiz y el extraordinario semillero de músicos que convirtió a La Banda en una de las ciudades con mayor tradición bandoneonística del país.

Imagen: Archivo gráfico Omar Estanciero
Cada 11 de julio, la
Argentina celebra el Día Nacional del Bandoneón, una fecha instituida para
recordar el nacimiento de Aníbal "Pichuco" Troilo, figura inmensa del
tango y uno de los mayores intérpretes que haya conocido el instrumento. Sin
embargo, la conmemoración también invita a mirar más allá de Buenos Aires y
descubrir otras geografías donde el bandoneón encontró una voz propia.
Una de ellas es La Banda,
ciudad santiagueña donde el sonido del fuelle acompañó durante décadas bailes
populares, festivales, reuniones familiares, peñas y escenarios de todo el
país. Allí, el bandoneón no fue únicamente un instrumento musical: fue una
forma de contar la vida, de expresar la nostalgia y de acompañar tanto el tango
como el folclore.
Entre los grandes nombres
que dio esa tierra se encuentra Iber Ruiz, nacido el 11 de julio de 1926. Su
nacimiento coincide, curiosamente, con la fecha en la que hoy se celebra el Día
Nacional del Bandoneón, una coincidencia que parece resumir el destino de quien
dedicaría toda su vida a ese instrumento.
Un
músico formado entre grandes maestros
La historia artística de
Iber Ruiz comenzó bajo la guía del maestro Salvador Carfí. Integró su orquesta
y recibió de él una sólida formación musical que marcaría para siempre su
carrera.
Aquellos años de
aprendizaje le permitieron desarrollar un estilo refinado, sensible y versátil.
Su bandoneón podía recorrer con la misma naturalidad la intensidad dramática
del tango y la riqueza melódica del folclore argentino, dos universos musicales
que supo interpretar con igual compromiso.
Esa capacidad lo llevó a
compartir escenarios con artistas de enorme prestigio. Entre ellos se destacan
el inolvidable Polaco Goyeneche, una de las voces más representativas del tango
argentino; Alba Solís, figura emblemática del género ciudadano; y la destacada
cantante Nelly Vázquez.
Quienes lo conocieron
recuerdan a Iber Ruiz como un músico respetuoso del oficio, de técnica
impecable y profundo sentido interpretativo. No necesitaba gestos
grandilocuentes para emocionar. Bastaban el aire contenido en el fuelle y la
delicadeza de sus frases musicales para transmitir aquello que muchas veces las
palabras no alcanzan a decir.
Su fallecimiento,
ocurrido en La Banda el 18 de febrero de 2006, dejó un vacío entre colegas,
amigos y amantes de la música popular. Sin embargo, su obra permanece viva en
el recuerdo de quienes compartieron escenarios con él y en la memoria cultural
de la provincia.
Una
ciudad donde el bandoneón echó raíces
Hablar de Iber Ruiz es
hablar también de una tradición mucho más amplia.
Durante buena parte del
siglo XX, La Banda fue una verdadera cantera de bandoneonistas. En sus barrios
crecieron músicos que aprendían de oído, otros que estudiaban con maestros y
muchos que alternaban presentaciones en orquestas típicas con actuaciones en
conjuntos folclóricos.
El bandoneón encontró
allí un lugar singular. Mientras en otros puntos del país permanecía asociado
casi exclusivamente al tango, en Santiago del Estero dialogó naturalmente con
chacareras, zambas, gatos y escondidos.
Ese encuentro entre dos
universos musicales dio origen a un modo particular de interpretar el
instrumento, con una identidad profundamente santiagueña.
No resulta extraño,
entonces, que tantos músicos destacados hayan nacido o desarrollado su carrera
en esta ciudad.
Una
generación irrepetible
Quienes tuvieron la
fortuna de escucharlos coinciden en una idea: hubo una generación
extraordinaria de bandoneonistas.
Cada uno poseía un estilo
propio. Algunos privilegiaban el virtuosismo técnico; otros se destacaban por
la sensibilidad de sus interpretaciones; varios fueron grandes acompañantes de
cantores y conjuntos folklóricos; otros brillaron en orquestas de tango.
Pero
todos compartían un mismo compromiso con la música.
Esa generación estuvo
integrada por Rafael Ingrata, Zoco Díaz, José Gerez, Luis Ríos, Andrés Ríos,
Antonio Ríos, Miguel Simón, Federico Yocca, Juan Juárez, Dante Jiménez, Ramón
Reyes, Guillermo González, Pedro Ríos, Roberto Roldán, Dante Díaz, Arturo
Aranda, Roberto Carrizo, Exequiel Luna, Lázaro Loto, Gregorio Jiménez, Carlos
Acuña, Mariano Moreno, Luis Sequeira, Miguel Aguirre, René Paz, Ramón Gil,
Miguel Vicelli, Félix Vicelli, Manuel Autalán ("Chunga"), Héctor
Castro ("Castrito"), Alberto Arce, "Alico" Rodríguez,
Virgilio Ponce, Pascual Medina, "Fierrito" Aranda, Dermidio Castillo,
Fidel Lucero, "Masho" Uñates, "Tito" Cabrera, Juan Herrera,
Alberto Pérez ("Huesito"), Antonio Villavicencio, Sixto Díaz, Hernán
Jugo, Antonio Boix, Iber Ruiz, "Carucho" Ingrata, "Sastre"
Juárez, Ignacio Herrera, Raúl Mansilla, Marcelo Bustamante, Raúl Maldonado,
Armando Orellana, Gabriel Esper, Cacho Figueroa, "Paquito" Santillán,
Nico Cura, Oscar Carrizo, "Chacho" Noriega, Carlos Toledo, Rubén
Ledesma, Fermín Leguizamón, Raúl "Trapo" Ponce y Carlos Juárez.
Detrás de cada uno de
esos nombres hay historias familiares, noches de ensayo, festivales,
carnavales, peñas y celebraciones populares. Muchos de ellos enseñaron a nuevas
generaciones; otros dejaron discípulos que continúan interpretando el
repertorio tradicional. Todos, de una u otra manera, ayudaron a construir el
patrimonio musical de Santiago del Estero.
Mucho
más que un instrumento
El bandoneón tiene una
historia singular. Nació en Alemania durante el siglo XIX con fines religiosos
y terminó encontrando en la Argentina un destino completamente distinto.
Aquí se transformó en el
alma del tango, pero también supo adaptarse a las músicas regionales. En
Santiago del Estero adquirió una personalidad especial. Se mezcló con el bombo
legüero, con las guitarras criollas y con las voces de los cantores populares,
aportando matices melancólicos y una riqueza sonora inconfundible.
Cada fuelle abierto
parecía contar una historia distinta: la del trabajo, la del monte, la de los
caminos polvorientos, la del amor, la despedida o el regreso.
Una
memoria que sigue sonando
Recordar a Iber Ruiz y a
los numerosos bandoneonistas bandeños es mucho más que un ejercicio de
nostalgia. Es reconocer el valor de hombres que hicieron de la música una forma
de preservar la identidad de su pueblo.
En tiempos donde las
tradiciones necesitan nuevos espacios para seguir vivas, sus trayectorias
adquieren un significado renovado. Son parte de una memoria colectiva que
merece ser contada, difundida y transmitida.
Cada 11 de julio, cuando
el país homenajea al bandoneón, también es oportuno volver la mirada hacia La
Banda, esa ciudad que durante décadas respiró música entre sus calles y que
regaló al folclore y al tango un puñado de intérpretes inolvidables.
Porque mientras exista
alguien dispuesto a abrir un fuelle y dejar escapar sus primeras notas, el
legado de Iber Ruiz y de todos aquellos bandoneonistas santiagueños seguirá
resonando, como un eco persistente, en la identidad cultural de la provincia y
en el corazón mismo de la música argentina.
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