jueves, 26 de febrero de 2026

La ruta desigual: cuando el transporte público se vuelve una frontera social

 Boletos caros, servicios irregulares y barrios desconectados no son errores del sistema. Son el resultado de decisiones políticas que definen quién puede moverse y quién queda afuera. En Santiago del Estero, el transporte público lo deja en evidencia todos los días.

Crédito: El Liberal


Esperar el colectivo ya no es solo una cuestión de paciencia. En muchos barrios, es una forma cotidiana de exclusión. Mientras en algunas zonas las unidades circulan con frecuencia, en otras el transporte aparece como un servicio intermitente, caro y poco confiable. No es mala suerte ni desorganización: es una forma concreta de gestionar la ciudad.

La experiencia urbana no es la misma para todos. Y el transporte público lo muestra con claridad.

Moverse: ¿derecho o privilegio?

El derecho a circular aparece en discursos y documentos oficiales. En la práctica, moverse depende del barrio, del horario y del ingreso.

En las zonas céntricas, el transporte abunda. En los barrios periféricos y populares, llega tarde, pasa poco o directamente no entra. La explicación suele ser siempre la misma: no es rentable. Pero cuando un servicio esencial se organiza solo con lógica de mercado, deja de ser un derecho.

El impacto es directo. Menos acceso al trabajo, a la escuela, a la salud. El colectivo que no llega no solo retrasa un viaje: recorta posibilidades.

Pagar más para viajar peor

En Santiago del Estero, esta desigualdad se puede medir. El boleto urbano ronda los 1.140 pesos, en un contexto donde el dólar cotiza cerca de los 1.400 pesos. Cada viaje cuesta casi un dólar.

Si se cruza ese valor con los ingresos promedio —alrededor de 460 dólares mensuales—, el problema se vuelve evidente. Para muchas personas, viajar todos los días implica destinar una parte importante del salario solo para llegar al trabajo, estudiar o hacer un trámite.

El mensaje es claro: vivir lejos del centro significa pagar más, viajar peor y perder tiempo. No es una falla aislada. Es una consecuencia directa del sistema.

El tiempo como desigualdad

La diferencia también se nota en el reloj. Salir más temprano, volver más tarde, esperar bajo el sol o la lluvia. Ajustar la vida a un servicio que no cumple horarios.

Ese tiempo perdido no se recupera y siempre recae sobre los mismos sectores. Mientras algunos barrios ganan velocidad y opciones, otros quedan atrapados en recorridos largos y combinaciones obligadas. El transporte no acorta distancias: las profundiza.

Inseguridad y ausencia del Estado

A la espera y al costo se suma otro límite: el miedo. Paradas sin iluminación, recorridos inseguros y servicios que se reducen de noche convierten el viaje en un riesgo. Algunas líneas directamente dejan de entrar a ciertos barrios después de determinada hora.

La falta de planificación, control e inversión estatal sostiene este escenario. Cuando no hay infraestructura ni presencia pública, el mensaje es claro: hay zonas de la ciudad que valen menos.

Planificar también es excluir

Los recorridos y las rutas no son neutros. Definen dónde hay servicios, comercio y movimiento. Un barrio bien conectado crece. Uno mal comunicado queda aislado, aunque esté cerca del centro.

La lógica se repite: lo que no “rinde” no se conecta. El costo social no entra en la cuenta. Así, el transporte deja de integrar y pasa a reforzar la desigualdad territorial.

El transporte público no funciona mal por casualidad. Funciona así porque no se lo piensa como un derecho. Mientras no se priorice la conectividad de los barrios más postergados, moverse seguirá siendo una carga para algunos y una comodidad para otros.

Garantizar un sistema accesible y confiable no es un problema técnico. Es una decisión política. En cada colectivo que no llega y en cada boleto impagable se define qué ciudad se construye y quiénes quedan, una vez más, esperando en la parada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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