domingo, 4 de octubre de 2026

El grito del Almamula

 


 

En aquellos años, Tarapaya era distinto. Las calles todavía eran de tierra y, cuando empezaba a caer la tarde, los vecinos sacaban las sillas a la vereda para tomar fresco y conversar un rato. En el almacén de la esquina siempre había movimiento: alguno jugando al truco, otro comprando una ginebrita y la radio sonando bajito, acompañando la charla. Después, cuando llegaba la noche, el barrio se iba quedando tranquilo, de a poco. Aunque tranquilo es una manera de decir. Los perros siempre tenían algo que avisar. Ladraba uno desde algún patio y enseguida le contestaban los de las otras casas. Pasaba una bicicleta y ladraban. Cruzaba un gato y ladraban. Pero si algo se movía por el monte, ahí sí se armaba un escándalo que se escuchaba hasta lejos.

Fue por esos años cuando empezó a correr el cuento de la almamula. Algunos decían que aparecía por los callejones de las últimas casas, especialmente en invierno cuando soplaba viento sur. Había quienes aseguraban haberle visto los ojos y otros que juraban haber escuchado las cadenas arrastrándose por la tierra. Por las dudas, más de uno prefería dar una vuelta antes que pasar solo cerca del monte. Anselmo, en cambio, se hacía el valiente. Era medio fanfarrón, para qué vamos a negarlo. Le gustaba contar sus hazañas, sobre todo cuando tenía gente alrededor. Una tarde estaba sentado en la vereda con otros vecinos cuando salió el tema de la almamula. "Si aparece esa mulita, yo la espero", dijo. Los demás se rieron. "¿Vos?", le preguntaron. "Yo. ¿A quién le va a tener miedo?" Y ahí quedó la cosa.

Una noche, Anselmo volvió tarde del almacén de su compadre. La luna apenas alcanzaba para iluminar la calle de tierra. Detrás de las últimas casas, el monte se veía negro y quieto. Los perros venían ladrando desde hacía rato. De pronto, uno dejó de ladrar. Después otro. Y otro. En pocos segundos, Tarapaya quedó completamente en silencio. Anselmo se detuvo. No se escuchaba la radio del almacén. No se escuchaban voces en las casas. Ni siquiera el viento movía las ramas. Entonces oyó algo detrás de él. Clac. Se dio vuelta. Nada. Esperó. Clac. Esta vez el ruido había sonado más cerca. Anselmo miró hacia el monte. No vio nada, pero sintió que alguien, o algo, lo estaba mirando desde la oscuridad. Siguió caminando. Entonces escuchó el tercer golpe. Clac. Pero ya no había sonado detrás. Había sonado delante de él.

Anselmo se quedó quieto. El callejón estaba vacío. O eso parecía. A unos metros, el polvo comenzó a levantarse lentamente, como si alguien estuviera caminando por la calle sin que pudiera verse. Primero apareció una pequeña nube. Después otra. El polvo avanzaba hacia él. Clac. Clac. Clac. Anselmo quiso retroceder. No pudo. Desde la oscuridad llegó un olor fuerte, una mezcla de tierra húmeda y animal. Algo respiró cerca. Tan cerca que Anselmo sintió el aire tibio en la nuca. No se animó a darse vuelta.

Entonces escuchó el grito. No fue un relincho ni el bramido de un animal. Fue algo más largo, más profundo. Un sonido que parecía venir de todas partes al mismo tiempo. Anselmo cerró los ojos. Las cadenas sonaron otra vez. Clac. Clac. Después, silencio. Cuando finalmente se animó a mirar, había dos ojos brillando al fondo del callejón. No alcanzó a distinguir el cuerpo. Solo los ojos. Estaban quietos. Mirándolo.

Anselmo quiso gritar, pero apenas le salió la voz. Los ojos se acercaron. Uno. Dos pasos. Después otro. Recién entonces pudo distinguir la silueta negra, demasiado alta, demasiado flaca, con las cadenas arrastrándose entre las patas. La almamula se detuvo frente a él. Anselmo cerró los ojos. Sintió que la criatura pasaba a su lado. Las cadenas rozaron la tierra y siguieron alejándose. Cuando abrió los ojos, el callejón estaba vacío. Solo quedaban las marcas de las patas sobre el polvo.

Al día siguiente, Anselmo no contó nada. Ni una palabra. Pero a la tardecita volvió a sentarse en la vereda con los vecinos. "Anoche la hice recular", dijo. Los otros se miraron entre ellos. Nadie le creyó. Desde entonces, Anselmo empezó a esperar a la almamula los martes y viernes. Consiguió una escopeta vieja y dejó un pedazo de carne colgado detrás de la casa. "Que venga nomás", decía.

Y una noche, con viento sur, vino. Los perros comenzaron a ladrar como locos. Después se callaron todos juntos. En el almacén apagaron la radio y los vecinos entraron a sus casas. Anselmo agarró la escopeta y salió al patio. La almamula apareció al fondo del callejón. Anselmo levantó el arma. La criatura dio un paso. Él dio uno hacia atrás. La criatura avanzó otro poco. Anselmo retrocedió. Entonces la almamula levantó la cabeza y lanzó aquel grito que había hecho temblar medio Tarapaya. Anselmo soltó la escopeta y salió corriendo.

A la mañana siguiente, los vecinos encontraron el arma tirada en medio de la calle. La carne seguía colgada detrás de la casa. Desde aquel día, Anselmo no volvió a hablar de hacerse el guapo. Eso sí, los martes y viernes sigue dejando un pedacito de carne junto a la tranquera. Dice que lo hace para que la almamula no se enoje. Los vecinos saben que esa no es toda la verdad.

Y cuando llega la noche, vuelven a sacar las sillas a la vereda. Se conversa bajito, alguno ceba unos mates y desde el almacén llega el murmullo de la radio. Hasta que, de repente, los perros se quedan callados. Entonces nadie dice nada. Porque cuando el viento sur cruza Tarapaya y desde el monte empiezan a sonar las cadenas... Clac. Clac. Clac. Más de uno se acuerda de Anselmo. Y más de uno, sin decir palabra, entra la silla.

Inspirado en la chacarera "El grito del Almamula", de Vitu Barraza y Crespín Flamenco.

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