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domingo, 20 de septiembre de 2026

De La Banda a Europa a ritmo de rock: la historia de Luis Lazarte y el Día del Guitarrista Bandeño

 


Cada 20 de septiembre, la ciudad de La Banda afina su memoria para celebrar el Día del Guitarrista Bandeño , una efeméride instituida por el Concejo Deliberante que transforma el dolor de una partida en homenaje imperecedero. La fecha evoca el fallecimiento en 2018 de Luis Lazarte, un artista cuya figura sintetiza el alma musical, la entrega cotidiana y la identidad sonora de su tierra.

Lazarte no fue solo un intérprete excepcional; Fue el pulso que acompañó al legendario Carlos Carabajal. Juntos cruzaron el océano rumbo a España en un periplo singular propiciado por Almagato, la agrupación española que reinventó el repertorio folclórico santiagueño a través de la potencia del heavy rock. En ese cruce de fronteras y géneros, la guitarra de Lazarte tendió puentes inesperados entre la tradición telúrica y la vanguardia del rock internacional.

Más allá del escenario, su valor simbólico reside en la devoción por el oficio y la calidez humana. En palabras de Vale Carabajal, nieta de Carlos, Lazarte poseía esa chispa única con la que le hizo creer al prolífico compositor que era, en efecto, el "Charly García del folclore". Su legado se tejió en el ritual diario: la fidelidad en el ensayo, el gesto pausado de ilustrar las "violas", el compañerismo en las giras y la complicidad de las copas compartidas.

Hoy, cuando el silencio reemplaza a su punteo inolvidable, el eco de su madera sigue resonando en cada rincón bandeño, recordando que las cuerdas de una guitarra también pueden guardar la historia y la emoción de todo un pueblo.

miércoles, 16 de septiembre de 2026

La Banda: la ciudad que nació entre el río, el tren y las guitarras

Mucho antes de que alguien firmara un papel declarándola ciudad, La Banda ya era un territorio de chacras, cruces de río y caminos de tierra que la unían a Santiago del Estero. Después llegaron las vías, las locomotoras, los obreros y los puentes. Y, con todo eso, una identidad que terminaría encontrando en la música su forma más profunda de expresión.



Hay ciudades que nacen de un acto fundacional. Hay una fecha, un decreto, una ceremonia y, desde ese momento, se empieza a contar la historia. La Banda es diferente. Para entender cómo nació esta ciudad hay que ir bastante más atrás del 16 de septiembre de 1912, porque mucho antes de que alguien le pusiera una fecha oficial ya estaban el río, las tierras de cultivo, las familias, los caminos y una vida que crecía de a poco. La Banda no apareció de repente. La Banda se fue haciendo.

Imaginemos el paisaje de aquellos primeros tiempos. De un lado, el río Dulce. Del otro, las tierras que con el tiempo formarían La Banda. El río estaba ahí antes que cualquier puente, antes que las vías y, por supuesto, antes que la ciudad. Durante siglos fue mucho más que parte del paisaje. Era una frontera natural, una fuente de recursos y una presencia permanente en la vida de quienes habitaban sus márgenes.

Y ese territorio ya tenía historia. Mucho antes del nacimiento del poblado, por allí transitaban comunidades indígenas, entre ellas grupos tonocotés. Vivían aprovechando lo que el lugar ofrecía: agricultura, pesca y otros recursos del río. No hace falta imaginar una línea directa entre aquellas poblaciones y la ciudad actual. La historia no funciona así. Pero hay algo que sí podemos decir: cuando todavía no existía La Banda como ciudad, ese territorio ya estaba habitado, recorrido y trabajado.

Con el paso del tiempo, el lugar empezó a integrarse cada vez más a la economía de Santiago del Estero. Y entonces apareció una cuestión fundamental: ¿cómo se cruzaba el río? Durante el siglo XIX, uno de los puntos más importantes era la Bajada de los Besares. El cruce dependía del río. Se podía hacer en bote, a caballo o en carruaje. Del otro lado estaba la capital, con sus comercios y sus servicios. De este lado, las tierras productivas. Y esa relación cotidiana terminó dando origen al nombre. "Vamos a la otra banda del río". Una frase sencilla, casi una indicación para ubicarse. Pero con el tiempo, esa referencia geográfica terminó convirtiéndose en el nombre de un lugar y después, en el nombre de una ciudad.

Hay una imagen bastante instalada: La Banda aparece cuando llega el ferrocarril. Pero si nos quedamos solamente con esa escena, nos estamos perdiendo una parte importante de la historia. Antes de que apareciera la locomotora ya había vida. Había familias rurales, quintas, animales, cultivos y grandes propiedades. Una de ellas era la Estancia San Carlos, vinculada a Nepomucena Rodríguez de Alcorta y posteriormente dividida entre sus descendientes.

Desde esas tierras salía producción y esa producción tenía un destino muy cercano: Santiago del Estero. Los productos cruzaban el río, los comerciantes iban y venían y desde la capital llegaban mercancías y nuevas relaciones comerciales. Era un movimiento constante. Y si uno lo piensa, la ubicación tenía una ventaja enorme: la margen izquierda del Dulce producía y la capital concentraba comercio y servicios. El río separaba físicamente ambos lugares, pero la economía los mantenía unidos. La Banda ya estaba ocupando un lugar propio. Todavía no era la ciudad que conocemos, pero ya estaba creciendo algo.

Hasta que apareció el ferrocarril. En 1890, el Ferrocarril Central Argentino llegó a suelo bandeño. Y ahí sí, la historia tomó otra velocidad. La estación se levantó antes de que La Banda tuviera rango de ciudad. De pronto, personas, mercancías y productos agrícolas podían moverse con una rapidez que hasta entonces era impensada. Lo que durante años había dependido del río y de los caminos de tierra empezó a organizarse alrededor de las vías. La Banda dejó de ser solamente un espacio rural y empezó a convertirse en un lugar estratégico para las comunicaciones.

Pero faltaba algo. El tren podía cruzar el río; las personas seguían teniendo que encontrar su propia manera de hacerlo. En 1891 se terminó el primer gran puente ferroviario sobre el Dulce: el Puente Negro. La estructura conectó las vías y permitió abrir la producción santiagueña hacia Rosario y Buenos Aires. Pero el problema cotidiano seguía ahí. ¿Cómo cruzaban quienes iban a pie? ¿Y los carros? ¿Y los animales? Además, cuando el Dulce crecía, el río podía llevarse partes de las estructuras y volver a dejar aisladas a las dos ciudades. El progreso había llegado, pero el río seguía mandando.

Y el ferrocarril no trajo solamente trenes. Trajo trabajadores, comerciantes e inmigrantes. Trajo periódicos, nuevas ideas políticas, asociaciones y también conflictos laborales. Agricultores, maquinistas, profesionales y familias provenientes del interior fueron formando una comunidad cada vez más urbana. En 1914, el tercer Censo Nacional registró alrededor de 6.000 habitantes. Y junto con la población comenzaron a aparecer instituciones: escuelas, gremios, bibliotecas y organizaciones políticas. En 1922 se constituyó la Sociedad Italiana. La ciudad empezaba a tener una vida propia.

En medio de todo ese movimiento aparece un hombre fundamental para entenderla: Lázaro Criado. Llegó desde España en 1916. Fue maquinista del Central Argentino, periodista, gremialista socialista y corresponsal de La Vanguardia. Pero quizás su trabajo más importante fue otro. Se dedicó a rescatar la memoria de La Banda. Buscó documentos, reunió testimonios y guardó historias. Materiales que, de otra manera, podían haberse perdido con las crecidas del río o, simplemente, con el paso del tiempo. Todo ese trabajo quedó reunido después en La Banda y su pasado. Gracias a ese esfuerzo podemos mirar hacia atrás y reconstruir una ciudad que no dejó su historia solamente en edificios o monumentos. También la dejó en papeles, recuerdos y testimonios.

Y ahora sí llegamos al 16 de septiembre de 1912. Ese día La Banda fue elevada a la categoría de ciudad y quedó constituida como municipio. Esa es la fecha que hoy marca su aniversario. Pero atención con esto: decir que La Banda "nació" el 16 de septiembre de 1912 simplifica demasiado la historia. Porque ese día ya había población, actividad económica, ferrocarril y una comunidad construida durante décadas.

Por eso, muchos años después, la fecha volvió a ser investigada. En 1981, durante la intendencia de Luis Simón, se formó una comisión para estudiar el origen del aniversario. Participaron figuras como Domingo Bravo, Lázaro Criado y Abelardo Santillán. Revisaron documentación y finalmente mantuvieron el 16 de septiembre de 1912 como referencia institucional. Y está bien. La fecha tiene su importancia. Pero una cosa es la fecha en que el Estado reconoce oficialmente a una ciudad y otra muy distinta es el momento en que esa ciudad empieza a construirse. La Banda ya llevaba mucho camino recorrido.

Después vino otra obra que modificó para siempre la relación con Santiago del Estero: el Puente Carretero. Las obras comenzaron en 1924 y el puente fue inaugurado el 11 de febrero de 1927. Tenía unas 6.400 toneladas de acero y permitía el paso de trenes, automóviles y peatones.

Pero más allá de los números, pensemos en lo que significaba para la gente. Cruzar el río ya no era la complicación de antes. Ahora alguien podía vivir en La Banda y cruzar para trabajar en Santiago. Podía estudiar, hacer compras, ir al cine, visitar a un familiar y volver a casa. Parece algo cotidiano hoy. En aquel momento significó un cambio enorme. El río seguía estando ahí, por supuesto, pero empezaba a perder fuerza como frontera en la vida diaria. En 2001, el Puente Carretero fue declarado Monumento Histórico Nacional.

Y, como suele pasar con los lugares que acumulan décadas de historia, alrededor del puente también apareció una leyenda. Se cuenta que durante su construcción quedó emparedado un bulón de oro en algún punto de la estructura. Nunca apareció. ¿Existió realmente? La documentación histórica y la tradición oral van por caminos diferentes. Pero justamente por eso la historia sigue viva. Nadie pudo cerrarla del todo.

La Banda tampoco vivía solamente del tren. El río Dulce y los sistemas de riego favorecieron el desarrollo de la agricultura. Durante las décadas de 1930 y 1940 hubo un protagonista indiscutido: el algodón. La Banda se convirtió en un núcleo importante del área de riego. Aparecieron desmotadoras, empresas y cooperativas. Estaban Trucco y Cía., Bonacina Hermanos, la planta estatal que después pasó a Bunge y Born y la Cooperativa Agrícola Algodonera.

Entonces, ¿qué era La Banda? Era ferroviaria, pero también agrícola y también industrial. La crisis de 1929 marcó el comienzo de una transición económica. Con el tiempo, el comercio, los servicios, el transporte y el empleo público fueron ganando espacio. La ciudad empezaba a cambiar.

Y mientras cambiaba la economía, también crecía la vida institucional. En 1910 nació la Escuela Rural Normal. En 1918, la Escuela de Artes y Oficios. En 1937 se fundó el Círculo de Representantes de la Prensa y, dos años después, desde ese ámbito se impulsó el primer Museo de Bellas Artes de la provincia. En 1941 se inauguró la Maternidad Dr. Faustino Herrera. A esa altura, llamar a La Banda simplemente "el pueblo de enfrente" ya no alcanzaba. Había escuelas, instituciones, industrias, trabajadores y una comunidad. Y, sobre todo, había una identidad que empezaba a reconocerse como propia.

Pero hay algo más. Algo que terminó dejando una marca profunda: la música. Porque La Banda no se convirtió en un lugar importante para el folclore santiagueño solamente porque allí nacieron grandes músicos. La música estaba en la vida cotidiana, en los barrios, en las casas, en las reuniones familiares y, sobre todo, en los patios.

Y si hablamos de eso, es imposible no detenerse en Los Lagos. Allí se radicó la familia Carabajal. María Luisa Paz de Carabajal, nacida en Clodomira en 1901, y Francisco Rosario Carabajal tuvieron doce hijos. De esa familia surgirían Carlos, Agustín, Cuti, Musha y, más adelante, Peteco. Carlos, nacido en La Banda en 1929, terminaría convirtiéndose en una figura fundamental de la chacarera.

Pero hay una escena que dice mucho más sobre la identidad bandeña que cualquier escenario. Tenemos que volver a un patio.

En 1951, para celebrar los 50 años de la Abuela María Luisa, la familia se reunió bajo un chañar, en la casa familiar. Una reunión familiar, una guitarra, varias generaciones. Podría haber quedado simplemente como el recuerdo de una tarde. Pero no. Con el paso de los años, aquella reunión bajo el árbol se convirtió en la Fiesta de la Abuela Carabajal. Y para 2003 ya reunía a miles de personas.

Fijate cómo cambió la historia. Lo que empezó como una reunión familiar terminó convirtiéndose en una celebración que pasó a formar parte de la identidad cultural de la ciudad. El patio dejó de ser solamente un espacio de la casa. Se transformó en un lugar de transmisión cultural.

Y ahí hay algo muy propio de La Banda. La cultura no siempre nace en una academia. A veces nace alrededor de una mesa, a la sombra de un chañar, con una guitarra en las manos y con los más chicos escuchando a los grandes.

Con el tiempo apareció un nombre que terminó identificando a la ciudad: "Cuna de poetas y cantores". Y detrás de esa frase hay algo más que una promoción turística. Está una forma de transmitir la música. La chacarera, la vidala, el bombo, las peñas y los patios formaron una especie de red. La música se aprendía escuchando, mirando, repitiendo y compartiendo. No hacía falta una partitura para que una canción pasara de una generación a otra.

Por eso, cuando hablamos de la identidad musical de La Banda, no alcanza con nombrar a sus grandes artistas. También hay que mirar las casas, los barrios y esos patios donde la música se convirtió en parte de la vida.

Después vino otro cambio. Durante la segunda mitad del siglo XX, la relación entre La Banda y Santiago del Estero se hizo cada vez más estrecha. Las vías, los colectivos y los puentes fueron acercando las dos ciudades. El río seguía ahí, por supuesto, pero la vida cotidiana ya no respetaba esa frontera.

Una persona podía vivir de un lado, trabajar del otro y volver a su casa todos los días. Así fue creciendo una misma realidad urbana.

Hoy, el aglomerado Santiago del Estero-La Banda es una realidad consolidada. En 2001 tenía alrededor de 372.000 habitantes y en 2022 se acercaba a los 499.000. La Banda, por sí sola, registró 128.834 habitantes en el último censo.

Pensar en aquel antiguo caserío junto al río cuesta un poco cuando miramos la ciudad actual. El crecimiento trajo nuevas oportunidades, pero también nuevos problemas: expansión urbana, periferias y desigualdades. La ciudad siguió creciendo y, como siempre, cada crecimiento dejó nuevas historias.

Entonces, ¿cuándo nació La Banda?

Ahí está justamente lo interesante. No hay un día que explique todo.

Primero estuvo el territorio. Estuvo el río. Después llegaron las chacras, las familias y los caminos. Más tarde apareció el tren. Llegaron los trabajadores, los inmigrantes y los comerciantes. Después vinieron los puentes, las escuelas, las instituciones y los diarios. Y mientras todo eso ocurría, en los patios seguían sonando las guitarras.

Por eso el 16 de septiembre de 1912 es una fecha importante, pero no es el comienzo de toda esta historia. Ese día el Estado reconoció oficialmente una realidad que ya existía.

La Banda se fue haciendo con el tiempo.

Creció con las crecidas del Dulce. Con las cosechas de algodón. Con el trabajo de los ferroviarios. Con las familias que llegaron desde distintos puntos del interior santiagueño buscando trabajo, comercio y educación.

Y creció también alrededor de algo que no figura en ningún decreto: la memoria.

La memoria de quienes vivieron allí. De quienes trabajaron. De quienes cruzaron el río. De quienes esperaron el tren. De quienes levantaron escuelas y asociaciones. Y también de quienes se sentaron en un patio con una guitarra y enseñaron una canción sin necesidad de escribirla en un papel.

Quizás por eso, cuando una chacarera nombra a La Banda, no está señalando simplemente un punto en el mapa.

Está nombrando una memoria. Una manera de vivir. Una forma de compartir la música. Una ciudad que fue creciendo a su propio ritmo, entre el río, el trabajo y las canciones.

Y quizás esa sea la mejor manera de contar su historia: La Banda no empezó un día.

La Banda se fue haciendo.

 


viernes, 4 de septiembre de 2026

Gran Santiago del Estero-La Banda: la ciudad que se reconstruye entre la historia y la desigualdad

Por Leyendas del Folclore Santiagueño

 

Un aglomerado que crece a contramano del orden

En el corazón del noroeste argentino, entre el río Dulce y la memoria de sus raíces rurales, el aglomerado Gran Santiago del Estero-La Banda sigue creciendo. Pero no lo hace de manera pareja ni ordenada. Su historia urbana está marcada por saltos, avances desiguales y distintas formas de ocupar el territorio.

Esta ciudad intermedia, con más de 400.000 habitantes, no solo crece en cantidad de población. También cambia su aspecto, se extiende más allá de sus límites originales y modifica sus antiguas tramas. Aparecen nuevos fragmentos urbanos que muchas veces no terminan de integrarse entre sí. Es, de alguna manera, una ciudad que se va expandiendo como un conjunto de islas, rodeadas por fuertes contrastes.

De plaza y damero: los orígenes fundacionales

Para entender cómo llegó hasta acá, hay que volver bastante atrás, hasta 1553. Ese año, don Francisco de Aguirre funda Santiago del Estero, considerada la ciudad más antigua de las ciudades argentinas.

Después de varios traslados provocados por las crecidas del río, en 1556 la ciudad se establece definitivamente en el lugar donde hoy se encuentra el Parque Aguirre. Su trazado era sencillo y práctico, siguiendo el modelo de las ciudades coloniales de la época: una plaza central rodeada por manzanas cuadradas. Allí se ubicaban los principales espacios del poder, con el Cabildo y la Iglesia como referencias de la vida civil y religiosa.

La Corona española llegó a reconocerla como la "Muy Noble y Leal Ciudad". Durante mucho tiempo, además, Santiago del Estero tuvo un papel estratégico. Desde aquí partieron procesos de fundación que dieron origen, posteriormente, a otras ciudades del norte y del centro del país.

 


Territorio y poder: establecer los límites

Con la autonomía provincial, en 1820 comienza otra etapa. Santiago del Estero empieza a definir con mayor claridad su territorio político y urbano.

Más adelante, la Constitución Nacional de 1853 y la Constitución provincial de 1856 aportan un nuevo marco jurídico. Hacia 1880 comienzan las primeras mensuras de tierras y las ventas fiscales destinadas a obtener recursos para financiar el Estado.

Mientras tanto, algo más estaba cambiando y tendría consecuencias profundas: llegaba el ferrocarril y comenzaba a regularizarse la propiedad de las tierras bajo riego. Poco a poco, la economía y la sociedad de la región empezaban a transformarse.

En 1891 ocurre un hecho decisivo. Un puente ferroviario permite unir por primera vez las dos márgenes del río Dulce. Santiago del Estero y La Banda empiezan así a acercarse físicamente y, aunque todavía nadie podía imaginarlo del todo, también comienzan a entrelazar su futuro urbano.

 


El tren y las chacras: los primeros signos del conurbano

La llegada del ferrocarril no significó solamente poder viajar más rápido. También cambió la forma de organizar y ocupar el territorio.

La Banda, formalmente fundada en 1912, comenzó a convertirse en un importante nodo ferroviario y productivo. Su crecimiento estuvo muy relacionado con el parcelamiento de antiguas estancias y, poco a poco, fue acercándose cada vez más a la capital.

Desde comienzos del siglo XX se trazaron nuevas calles, aparecieron villas y se creó la oficina de Catastro. También empezaron a reglamentarse los caminos rurales. El territorio, que hasta entonces tenía una fuerte impronta rural, comenzó a adquirir una estructura cada vez más urbana.

Y en 1927 llegó otro momento clave: la construcción del puente carretero Hipólito Yrigoyen terminó de consolidar la conexión física entre las dos ciudades.

A partir de entonces, Santiago y La Banda ya no podían pensarse completamente por separado. Empezaban a crecer como un mismo cuerpo urbano, aunque todavía sin un verdadero plan común.

 

Del peronismo a la vivienda social: urbanizar con el Estado

A partir de 1946, el impulso modernizador del peronismo trae consigo nuevos barrios obreros, obras públicas y una fuerte idea de progreso vinculada a la intervención del Estado.

Sin embargo, sería durante las décadas de 1960 y 1970 cuando esa intervención adquiriría todavía mayor importancia. La crisis agroindustrial y el déficit habitacional generaron una demanda creciente de viviendas y servicios.

En ese contexto aparecen los planes de vivienda social, entre ellos el FONAVI, que tendrían una influencia importante en la forma que fue tomando el paisaje urbano santiagueño durante las décadas siguientes.

Pero el crecimiento no dejó de presentar problemas. La ciudad continuó expandiéndose de manera desordenada y con una regulación desigual. Al mismo tiempo, los intereses privados fueron ganando peso en la producción y valorización del suelo urbano.

.Neoliberalismo, exclusión y ciudad fragmentada

Durante la década de 1990 comienza una nueva etapa. El modelo neoliberal deja huellas profundas en la estructura económica y social: privatizaciones, concentración económica y una creciente precarización.

La ciudad continúa creciendo, aunque lo hace de una manera cada vez más dispersa y desigual.

La expansión se orienta principalmente hacia el norte y el sur, siguiendo el eje marcado por el río Dulce. La vieja ciudad compacta empieza a perder protagonismo y aparece una configuración mucho más difusa.

Y junto con esa expansión también se profundizan las diferencias. La pobreza y la riqueza comienzan a ocupar espacios cada vez más alejados entre sí, como si la propia ciudad fuera dibujando sus fronteras sociales sobre el territorio.



Archipiélagos urbanos: entre country y asentamiento

A partir de 2015, esta transformación adquiere una imagen especialmente clara: la del archipiélago.

Por un lado, aparecen barrios cerrados de baja densidad. Por el otro, asentamientos informales que muchas veces carecen de servicios básicos. Entre unos y otros queda una ciudad cada vez más fragmentada, con espacios que crecen cerca, pero que no necesariamente se relacionan entre sí.

El contraste resulta difícil de ignorar. En 2017, el 45,4 % de la población del aglomerado se encontraba por debajo de la línea de pobreza. Al mismo tiempo, nuevas urbanizaciones destinadas a sectores de mayores ingresos comenzaron a ocupar la periferia sur, siguiendo modelos que ya se habían desarrollado en el Área Metropolitana de Buenos Aires.

Así, el territorio se convierte también en una expresión de las diferencias sociales.

 

Comparación de densidades y tipos de urbanización 

Una ciudad intermedia con problemas de ciudad grande

El caso del Gran Santiago del Estero-La Banda muestra algo que puede resultar llamativo: muchos de los problemas asociados tradicionalmente a las grandes ciudades también aparecen en ciudades intermedias.

La segregación, la fragmentación y la desigualdad llegan más tarde, quizá, pero no por eso tienen menor impacto.

Cuando el crecimiento urbano ocurre sin una planificación suficiente, cuando el mercado inmobiliario tiene una influencia desigual y cuando el Estado pierde capacidad para regular la producción del suelo, la ciudad termina partiéndose en distintos sectores.

Y hay algo más. Cada vez con mayor frecuencia, el lugar donde una persona vive termina condicionando sus posibilidades de acceso a servicios, infraestructura y mejores condiciones de vida.

¿Cómo imaginar el futuro urbano?

Mirar la historia de una ciudad no significa quedarse atrapado en el pasado. En este caso, sirve justamente para pensar qué puede ocurrir de aquí en adelante.

Entender cómo creció Santiago del Estero-La Banda, qué decisiones fueron tomadas, cómo influyeron las migraciones y de qué manera se fueron ocupando los espacios permite reconocer los problemas actuales con mayor claridad.

El desafío, entonces, no parece ser simplemente seguir urbanizando. La cuestión es cómo hacerlo mejor.

Santiago del Estero-La Banda necesita una urbanización que integre, que sea sostenible y que no deje a determinados sectores al margen. Una ciudad donde el acceso a una vivienda, a los servicios y a las oportunidades no dependa tanto del lugar donde cada persona tuvo la posibilidad de instalarse.

Porque la historia de esta ciudad muestra que crecer no siempre significa integrarse. Y quizás uno de los grandes desafíos del futuro sea, justamente, conseguir que esas partes que durante décadas fueron creciendo por separado puedan finalmente formar una ciudad más conectada y más justa.

Fuente principal:

Bonardi, V. J. J. (2025). Ensamblando partes de la historia: la re-construcción urbana del Gran Santiago del Estero-La Banda, una ciudad intermedia del noroeste argentino. Estudios Socioterritoriales, 36(1), 33-54.https://doi.org/10.37838/unicen/est.36-1-102

sábado, 15 de agosto de 2026

La Banda tiembla en agosto: el legado de Doña María Luisa que no cesa

Con un busto homenaje de 1,60 metros a Doña María Luisa y un ciclo de música en las escuelas, año a año la Fiesta de la Abuela Carabajal  se prepara para recibir a miles de almas en el mítico barrio Los Lagos.



Por Leyenda del folclore santiagueño

Hay casas cuyas paredes no logran atrapar el sonido, y patios donde la tierra misma parece tararear una chacarera. En la ciudad de La Banda, Santiago del Estero, el patio de la familia Carabajal es el epicentro de un milagro que se renueva cada mes de agosto. La tradicional Fiesta de la Abuela Carabajal no solo congrega año tras año a miles de almas sedientas de violines y bombos, sino que suma hitos que dejan una marca eterna en su paisaje cultural: la inauguración de un imponente busto de 1,60 metros en honor a Doña María Luisa Paz de Carabajal y el lanzamiento de un ciclo de músicos en vivo que lleva la identidad folclórica directamente a las escuelas bandeñas.

Lo que nació hace décadas como una íntima reunión familiar para celebrar el cumpleaños de la matriarca - un festejo tradicional que inició hace más de setenta años y con el tiempo se volvió masivo- , hoy es un fenómeno cultural de escala internacional. Cada año, durante los días 16, 17 y 18 de agosto, el solar del tradicional barrio Los Lagos se transforma en un santuario a cielo abierto. Bajo el nombre "Las Manos de mi Madre"- en una profunda referencia a la célebre canción compuesta por Carlos Oscar "Peteco" Carabajal - , el encuentro despliega un amplio programa de actividades cuyo eje late en la participación espontánea sobre el escenario montado en la calle Ingeniero Iturbe al 100, en la emblemática "Cuna de Poetas y Cantores".

El mapa de un rito que desborda las peñas

Para el verdadero amante del folklore, el festejo comienza mucho antes de los días centrales. El circuito peñero, esa antesala necesaria donde el vino, la gastronomía regional y los encuentros se misturan, da su puntapié inicial cada 14 de agosto. El fuego sagrado se enciende en el célebre quincho de Carlos Carabajal, la mítica casa del padre de "Peteco", Graciela, "Demi" y Enriqueta.

"Con mucho esfuerzo hemos logrado organizar esta movida cultural que denominamos 'Las Manos de mi Madre' junto a Eduardo, Juan y otros hermanos, y siempre con el acompañamiento incondicional de 'Chaca', 'Zua' y Juli Díaz, locutor oficial junto a Edy", destaca Alberto "Fily" Carabajal, uno de los organizadores de esta gran maquinaria cultural, en diálogo con EL LIBERAL, agradeciendo además el apoyo continuo del municipio de La Banda y de la policía provincial.

La fiesta central se vive con intensidad cada 18 de agosto, desde las 15 hasta las 22 horas. El escenario principal recibe a los músicos más representativos de la dinastía Carabajal junto a destacados artistas locales. La música es la invitada de honor para celebrar la vida y el legado de la mujer nacida hace más de un siglo en estas tierras santiagueñas.

Un legado económico y social

Más allá de la poesía y el reencuentro, la Fiesta de la Abuela está firmemente instalada en el calendario turístico nacional. Su impacto trasciende lo estrictamente musical: durante la semana en que se desarrolla, La Banda se convierte en un motor generador de fuentes de trabajo genuinas, dinamizando la economía local y consolidando un evento cultural sumamente significativo para toda la provincia de Santiago del Estero.

El eco de una ausencia presente

Doña María Luisa partió físicamente en 1993, justo una semana antes de su cumpleaños. El tiempo pasa, pero el mito permanece intacto. Hoy, sus hijos, nietos y toda la descendencia que dejó, al igual que sus vecinos del barrio Los Lagos, la siguen recordando con fervor en el día de su nacimiento.

A ellos se suman las casi 20 mil personas que año tras año peregrinan desde los puntos más recónditos del planeta para respirar su atmósfera santiagueña. La Abuela ya no está físicamente en el patio, pero su imponente figura de bronce y las guitarras de su estirpe nos recuerdan que hay manos que nunca, pero nunca, dejan de sostener la identidad de un pueblo.


sábado, 11 de julio de 2026

La Banda y el sonido de un legado: el bandoneón que hizo historia en Santiago del Estero

En el Día Nacional del Bandoneón, un recorrido por la vida de Iber Ruiz y el extraordinario semillero de músicos que convirtió a La Banda en una de las ciudades con mayor tradición bandoneonística del país.

 

Imagen: Archivo gráfico Omar Estanciero

Cada 11 de julio, la Argentina celebra el Día Nacional del Bandoneón, una fecha instituida para recordar el nacimiento de Aníbal "Pichuco" Troilo, figura inmensa del tango y uno de los mayores intérpretes que haya conocido el instrumento. Sin embargo, la conmemoración también invita a mirar más allá de Buenos Aires y descubrir otras geografías donde el bandoneón encontró una voz propia.

Una de ellas es La Banda, ciudad santiagueña donde el sonido del fuelle acompañó durante décadas bailes populares, festivales, reuniones familiares, peñas y escenarios de todo el país. Allí, el bandoneón no fue únicamente un instrumento musical: fue una forma de contar la vida, de expresar la nostalgia y de acompañar tanto el tango como el folclore.

Entre los grandes nombres que dio esa tierra se encuentra Iber Ruiz, nacido el 11 de julio de 1926. Su nacimiento coincide, curiosamente, con la fecha en la que hoy se celebra el Día Nacional del Bandoneón, una coincidencia que parece resumir el destino de quien dedicaría toda su vida a ese instrumento.

Un músico formado entre grandes maestros

La historia artística de Iber Ruiz comenzó bajo la guía del maestro Salvador Carfí. Integró su orquesta y recibió de él una sólida formación musical que marcaría para siempre su carrera.

Aquellos años de aprendizaje le permitieron desarrollar un estilo refinado, sensible y versátil. Su bandoneón podía recorrer con la misma naturalidad la intensidad dramática del tango y la riqueza melódica del folclore argentino, dos universos musicales que supo interpretar con igual compromiso.

Esa capacidad lo llevó a compartir escenarios con artistas de enorme prestigio. Entre ellos se destacan el inolvidable Polaco Goyeneche, una de las voces más representativas del tango argentino; Alba Solís, figura emblemática del género ciudadano; y la destacada cantante Nelly Vázquez.

Quienes lo conocieron recuerdan a Iber Ruiz como un músico respetuoso del oficio, de técnica impecable y profundo sentido interpretativo. No necesitaba gestos grandilocuentes para emocionar. Bastaban el aire contenido en el fuelle y la delicadeza de sus frases musicales para transmitir aquello que muchas veces las palabras no alcanzan a decir.

Su fallecimiento, ocurrido en La Banda el 18 de febrero de 2006, dejó un vacío entre colegas, amigos y amantes de la música popular. Sin embargo, su obra permanece viva en el recuerdo de quienes compartieron escenarios con él y en la memoria cultural de la provincia.

Una ciudad donde el bandoneón echó raíces

Hablar de Iber Ruiz es hablar también de una tradición mucho más amplia.

Durante buena parte del siglo XX, La Banda fue una verdadera cantera de bandoneonistas. En sus barrios crecieron músicos que aprendían de oído, otros que estudiaban con maestros y muchos que alternaban presentaciones en orquestas típicas con actuaciones en conjuntos folclóricos.

El bandoneón encontró allí un lugar singular. Mientras en otros puntos del país permanecía asociado casi exclusivamente al tango, en Santiago del Estero dialogó naturalmente con chacareras, zambas, gatos y escondidos.

Ese encuentro entre dos universos musicales dio origen a un modo particular de interpretar el instrumento, con una identidad profundamente santiagueña.

No resulta extraño, entonces, que tantos músicos destacados hayan nacido o desarrollado su carrera en esta ciudad.

Una generación irrepetible

Quienes tuvieron la fortuna de escucharlos coinciden en una idea: hubo una generación extraordinaria de bandoneonistas.

Cada uno poseía un estilo propio. Algunos privilegiaban el virtuosismo técnico; otros se destacaban por la sensibilidad de sus interpretaciones; varios fueron grandes acompañantes de cantores y conjuntos folklóricos; otros brillaron en orquestas de tango.

Pero todos compartían un mismo compromiso con la música.

Esa generación estuvo integrada por Rafael Ingrata, Zoco Díaz, José Gerez, Luis Ríos, Andrés Ríos, Antonio Ríos, Miguel Simón, Federico Yocca, Juan Juárez, Dante Jiménez, Ramón Reyes, Guillermo González, Pedro Ríos, Roberto Roldán, Dante Díaz, Arturo Aranda, Roberto Carrizo, Exequiel Luna, Lázaro Loto, Gregorio Jiménez, Carlos Acuña, Mariano Moreno, Luis Sequeira, Miguel Aguirre, René Paz, Ramón Gil, Miguel Vicelli, Félix Vicelli, Manuel Autalán ("Chunga"), Héctor Castro ("Castrito"), Alberto Arce, "Alico" Rodríguez, Virgilio Ponce, Pascual Medina, "Fierrito" Aranda, Dermidio Castillo, Fidel Lucero, "Masho" Uñates, "Tito" Cabrera, Juan Herrera, Alberto Pérez ("Huesito"), Antonio Villavicencio, Sixto Díaz, Hernán Jugo, Antonio Boix, Iber Ruiz, "Carucho" Ingrata, "Sastre" Juárez, Ignacio Herrera, Raúl Mansilla, Marcelo Bustamante, Raúl Maldonado, Armando Orellana, Gabriel Esper, Cacho Figueroa, "Paquito" Santillán, Nico Cura, Oscar Carrizo, "Chacho" Noriega, Carlos Toledo, Rubén Ledesma, Fermín Leguizamón, Raúl "Trapo" Ponce y Carlos Juárez.

Detrás de cada uno de esos nombres hay historias familiares, noches de ensayo, festivales, carnavales, peñas y celebraciones populares. Muchos de ellos enseñaron a nuevas generaciones; otros dejaron discípulos que continúan interpretando el repertorio tradicional. Todos, de una u otra manera, ayudaron a construir el patrimonio musical de Santiago del Estero.

Mucho más que un instrumento

El bandoneón tiene una historia singular. Nació en Alemania durante el siglo XIX con fines religiosos y terminó encontrando en la Argentina un destino completamente distinto.

Aquí se transformó en el alma del tango, pero también supo adaptarse a las músicas regionales. En Santiago del Estero adquirió una personalidad especial. Se mezcló con el bombo legüero, con las guitarras criollas y con las voces de los cantores populares, aportando matices melancólicos y una riqueza sonora inconfundible.

Cada fuelle abierto parecía contar una historia distinta: la del trabajo, la del monte, la de los caminos polvorientos, la del amor, la despedida o el regreso.

Una memoria que sigue sonando

Recordar a Iber Ruiz y a los numerosos bandoneonistas bandeños es mucho más que un ejercicio de nostalgia. Es reconocer el valor de hombres que hicieron de la música una forma de preservar la identidad de su pueblo.

En tiempos donde las tradiciones necesitan nuevos espacios para seguir vivas, sus trayectorias adquieren un significado renovado. Son parte de una memoria colectiva que merece ser contada, difundida y transmitida.

Cada 11 de julio, cuando el país homenajea al bandoneón, también es oportuno volver la mirada hacia La Banda, esa ciudad que durante décadas respiró música entre sus calles y que regaló al folclore y al tango un puñado de intérpretes inolvidables.

Porque mientras exista alguien dispuesto a abrir un fuelle y dejar escapar sus primeras notas, el legado de Iber Ruiz y de todos aquellos bandoneonistas santiagueños seguirá resonando, como un eco persistente, en la identidad cultural de la provincia y en el corazón mismo de la música argentina.

sábado, 4 de julio de 2026

Los hermanos sean unidos... ...sobre todo si son LOS CARABAJAL...

 


Doce hermanos. Todos varones. Todos santiagueños. Casi no hace falta decir: de allí pueden salir dos, tres conjuntos vocales... Y de la familia Carabajal, de La Banda, salieron elementos que integraron Los Cantores de Salavina, Los Manseros Santiagueños y ahora Los Carabajal. Agustín, Carlos, Cuti y Cali Carabajal integran, desde el 1º de enero de 1967, el conjunto que han bautizado, naturalmente, con su propio apellido.

Agustín integró los antiguos Cantores de Salavina; tiene 33 años, es casado y tiene una hija; Carlos estuvo hasta hace poco con Los Manseros Santiagueños; tiene 36 años, casado, dos hijos. Los dos menores, Cuti y Cali, tienen 20 y 19 años respectivamente y por supuesto son solteros.

—No estaban maduros —explica Agustín, el armonizador del conjunto, que, como séptimo hijo varón ha sido ahijado del ex presidente Justo:

Y agrega:

—Pero ahora ya están bien preparados y pueden actuar perfectamente.

Los Carabajal están preparando su primer disco para Diskorn: "Zamba de los yuyos", que cantan con extraordinaria fuerza; "El Pamperito", gato, la chacarera "Si yo fuera río", y "Por las trincheras", zamba de V. A. Giménez y Canqui Chazarreta. El disco tiene un título singular: "Los Carabajales".

Apenas tres meses tiene el conjunto, pero ya han actuado en la estancia "La Valeria" durante el último Festival de "A Lonja y Guitarra" y en diversas peñas: El Hormiguero, Mi Refugio, la de Figueroa Reyes.

—¿En qué se diferencian ustedes de otros conjuntos santiagueños? —les preguntamos.

Y Los Carabajal se miran con desconcierto:

—En realidad, nosotros no nos diferenciamos. Son los otros conjuntos los que descienden de nosotros... —nos contestan sin falsa vanidad—. Y sabemos que en bastante medida es así.

Los cuatro hermanos puntean la guitarra, los cuatro acompañan con la guitarra, los cuatro tocan el bombo, los cuatro cantan, con esa versatilidad que tienen los santiagueños para todo lo que sea música. Y todos viven exclusivamente de la música; no trabajan en otra cosa. Su madre vive en La Banda... "y en Santiago tenemos la sucur-sal, con cuatro hermanos más, que también cantan", nos explican.

—¿Y cómo nació la idea de agruparse?

—Adolfo Abalos, Horacio Guarany, Polo Giménez, mucha gente amiga nos decía que teníamos que formar el conjunto propio, en vez de estar gastando energías en otros... Y así lo hicimos por aquello de que "los hermanos sean unidos..."

—¿Cuál es, a juicio de ustedes, el conjunto santiagueño más importante?

—Los Hermanos Abalos.

—¿Y cuál ha sido la figura más importante del folklore santiagueño?

—Un conjunto: los Hermanos Díaz...

Como se advierte, el concepto de de hermandad influye en Los Carabajal hasta en sus gustos...

—Nuestro repertorio es exclusivamente del noroeste. No hacemos el género litoral porque no nos parece honrado interpretarlo cuando no es nuestra línea.

La visita de los hermanos Carabajal concluye con una interpretación: "Zamba de los yuyos". Escuchándola, pensamos que el Grupo Vocal Argentino hace una versión más afiatada, tal vez, pero no de mayor fuerza. Y cuando se van estos cuatro hermanos unidos, rumbo al éxito, pensamos que una señora santiagueña, madre prolífica de doce voces, ha de haber sido la que con más alegría recibió la noticia de la integración de este conjunto que es, realmente, la objetivación del viejo consejo de Martín Fierro a sus hijos. Porque los hermanos unidos... son indestructibles...

Publicada originalmente en Revista Folklore


jueves, 26 de febrero de 2026

La ruta desigual: cuando el transporte público se vuelve una frontera social

 Boletos caros, servicios irregulares y barrios desconectados no son errores del sistema. Son el resultado de decisiones políticas que definen quién puede moverse y quién queda afuera. En Santiago del Estero, el transporte público lo deja en evidencia todos los días.

Crédito: El Liberal

Esperar el colectivo en muchos barrios ya no es solo cuestión de armarse de paciencia; es una forma cotidiana de exclusión. Mientras en las zonas céntricas las unidades pasan con frecuencia, en la periferia el transporte es un servicio intermitente, caro y poco confiable. Esto no responde a la mala suerte ni a la desorganización improvisada: es la consecuencia directa de cómo se gestiona la ciudad.

¿Derecho o privilegio?

El derecho a circular figura en discursos y documentos oficiales, pero en la práctica depende del barrio donde se vive, el horario y el bolsillo. En las zonas periféricas y populares el colectivo llega tarde, pasa poco o directamente no entra. La respuesta empresarial y municipal suele ser la misma: no es rentable. Sin embargo, cuando un servicio esencial se organiza exclusivamente con lógica de mercado, deja de funcionar como un derecho.

El impacto es concreto: menos acceso al trabajo, a la escuela y a la atención médica. Un colectivo que no pasa no solo retrasa un trayecto, sino que recorta oportunidades reales.

Pagar más para viajar peor

En Santiago del Estero esta brecha se mide en números concretos. Con un boleto urbano rondando los $1.140 y el dólar cerca de los $1.400, cada viaje cuesta casi un dólar. Frente a un ingreso promedio que ronda los 460 dólares mensuales, el costo se vuelve insostenible. Para miles de trabajadores y estudiantes, moverse diariamente implica destinar una porción desproporcionada del salario simplemente para llegar a destino.

Vivir lejos del centro termina significando tres cosas: pagar más, viajar peor y perder horas todos los días.

El tiempo y la seguridad en la parada

La desigualdad también se mide en el reloj. Salir más temprano, volver más tarde, esperar bajo el sol o la lluvia y acomodar la rutina a frecuencias impredecibles son costos que no se recuperan y que siempre recaen sobre las mismas zonas. Mientras algunos sectores ganan conectividad, los barrios populares quedan atrapados en recorridos interminables y transbordos obligatorios.

A esto se suma el factor seguridad. Paradas a oscuras, esquinas peligrosas y líneas que cortan o recortan sus recorridos de noche convierten el trayecto en un riesgo. Cuando la presencia estatal y la planificación faltan, el mensaje para el vecino es evidente: hay barrios que no priorizan.

Una decisión política

El trazado de las líneas de colectivo no es neutro. Determina dónde se desarrolla el comercio, dónde se generan servicios y qué zonas crecen. Un barrio aislado por el transporte queda marginado, aunque geográficamente no esté tan lejos del centro. Si la rentabilidad financiera es el único criterio, el costo social queda fuera de la ecuación y el sistema termina profundizando las diferencias en lugar de integrar la ciudad.

El transporte público no funciona mal por casualidad. Falla porque no se lo gestiona como un servicio básico garantizado. Hasta que no se priorice la conectividad de los sectores más postergados, moverse seguirá siendo una comodidad para unos pocos y una carga diaria para la mayoría. Garantizar colectivos accesibles y eficientes no es un dilema técnico, sino una decisión política sobre qué ciudad se quiere construir y a quiénes se deja esperando en la parada.

 


jueves, 12 de febrero de 2026

Roberto Benavidez: las manos que domaban el quebracho y esculpían la memoria de La Banda

 



Hay artistas que buscan su materia prima. Y hay otros —raros, casi obstinados— que nacen ya atravesados por ella. Roberto Benavidez pertenecía a esa segunda especie: la madera no era su herramienta, era su idioma. Tenía el quebracho en la sangre como otros tienen la música o la fiebre. No necesitaba modelos. Los rostros de Santiago del Estero vivían en su memoria con la nitidez de una fotografía antigua, un poco gastada, pero imposible de borrar.

Dicen que el arte se aprende. A veces sí. Pero otras veces ocurre lo contrario: el arte lo elige a uno con la misma firmeza con que el monte elige al quebracho más duro para resistir el viento. Benavidez fue de esos elegidos incómodos, incapaces de escapar a su destino. No hubo academia que le enseñara lo que ya sabía en los huesos. La gubia, en sus manos, parecía una extensión natural de su anatomía.

 “El Negro”, como lo llamaban en La Banda, pertenecía a una estirpe de artesanos que no necesitaban estridencias para ser grandes. Su taller —más santuario que espacio de trabajo— olía a viruta fresca y a silencio concentrado. Allí convivían el quebracho colorado, el itín, el mistol, el algarrobo. Maderas densas, ásperas, resistentes. Maderas como su tierra. Y uno no puede evitar pensar en la ironía: en una provincia tantas veces postergada por el poder central, él eligió el material más duro, más indócil, como si tallar el quebracho fuera también una forma de afirmar dignidad.

Lo extraordinario no era solo su técnica —que la tenía, y sólida— sino su capacidad para esculpir sin mirar. Tallaba al hombre santiagueño sin tenerlo enfrente; conocía de memoria la curva del rostro curtido por el sol, la mirada resignada y orgullosa a la vez. Sus figuras parecían emerger de la madera como agua que brota de una grieta antigua. Él no imponía formas: liberaba las que ya estaban latentes, como si el tronco guardara historias esperando una mano paciente que las despertara.

Caminar por La Banda es, todavía hoy, toparse con su huella. Sus obras habitan casas humildes y edificios públicos, despachos solemnes y salas familiares donde el mate circula sin protocolo. Están ahí, dispersas, como semillas que alguien fue sembrando con discreción. No buscó el museo distante; eligió la cercanía. Esa es otra antítesis que lo define: un arte capaz de llegar a la Cámara de Diputados de la Nación y, al mismo tiempo, descansar en la pared de una cocina bandeña.

Entre sus piezas más emblemáticas destaca Renacer de la Democracia en la época propicia, tallada en algarrobo negro y hoy perteneciente a la Honorable Cámara de Diputados de la Nación. La obra fue donada por Blanca Macedo de Gómez, primera mujer diputada nacional de la UCR por Santiago del Estero, como homenaje a su propia trayectoria y a la de tantas mujeres que abrieron camino en la política argentina. Hay algo profundamente simbólico en esa escena: la democracia, concepto abstracto y tantas veces frágil en nuestra historia, convertida en madera dura, resistente, casi indestructible. Como si el artista hubiera querido recordarnos que la libertad, para perdurar, necesita raíces profundas.

El reconocimiento no se quedó en el norte. Fue invitado a realizar una versión monumental de dos metros en Trelew, Chubut. El quebracho santiagueño viajó al sur, llevando en sus vetas el calor del monte. Resulta difícil no sonreír ante la imagen: un árbol del norte dialogando con el viento patagónico. Argentina, tan diversa y tan fragmentada, reunida en una pieza de madera.

Benavidez fue también hijo de una época dorada de la cultura bandeña, cuando nombres propios se multiplicaban como constelaciones en un cielo claro. Los Benavidez brillaron con luz propia. Su hermano Mario partió antes; ahora, la imaginación popular los reúne en ese firmamento que Santiago reserva para sus artistas queridos. Puede sonar romántico —lo es— pero también es profundamente humano: necesitamos pensar que quienes dieron forma a nuestra identidad siguen, de algún modo, tallando estrellas.

El poeta Pochy Ramón Carrillo y Alito Toledo lo inmortalizaron en una chacarera:

“Tata Dios posó en sus manos / fecundas en la madera / gran domador de quebrachos / de mi tierra bandeña.”

Y la metáfora no es exagerada. Domar el quebracho no es tarea menor. Es una madera áspera, testaruda, casi orgullosa. Domarla sin violentarla, sacarle curvas y miradas sin quebrarla, exige paciencia y respeto. Benavidez lo hacía como quien conversa con un viejo amigo: sin gritos, sin apuro. En tiempos de inmediatez y ruido, su oficio parecía un acto de resistencia silenciosa.

Se apaga la presencia física. Esa es la parte inevitable, la que nunca aprendemos a aceptar del todo. Pero su obra permanece. Y en ella late algo más que técnica: late la memoria de un pueblo. Cada rostro tallado es un espejo; cada escena costumbrista, un archivo sentimental.

Tal vez eso sea, en definitiva, el verdadero arte: no la búsqueda de la fama, sino la obstinación por preservar aquello que el tiempo insiste en desgastar. Como el quebracho mismo, Roberto Benavidez resistirá. No en mármol frío ni en bronce solemne, sino en la calidez áspera de la madera que todavía respira.

Porque las manos que esculpen la identidad de un pueblo no se retiran.

Simplemente cambian de forma. Y siguen ahí, latiendo en cada veta.


miércoles, 3 de diciembre de 2025

El poeta que resiste al olvido: La vida y la obra de Dalmiro Coronel Lugones

 Olvidado por las instituciones, pero sostenido por la memoria popular, Dalmiro Coronel Lugones se levanta como una de las voces más potentes de Santiago del Estero. Poeta épico, orador brillante, investigador del folclore y narrador de los dolores y bellezas del monte, su legado vuelve una y otra vez en zambas, romances y testimonios. Esta crónica recorre su vida, su obra y las huellas que dejó en quienes lo conocieron y lo leen todavía.

Por Jorge Galian



Un poeta que vuelve desde el fondo del monte

Hay poetas que viven en los libros, y hay otros que viven en la memoria de la gente. Dalmiro Coronel Lugones pertenece a esta segunda especie. Aunque su nombre no suene tan seguido en los actos oficiales ni figure en todos los manuales escolares, en Santiago del Estero su voz vuelve cada vez que alguien entona una zamba, recita un romance o nombra el monte con la misma ternura y el mismo dolor.

Su regreso más reciente se dio de una forma muy santiagueña: en una fiesta popular. El 21 de noviembre, durante la coronación pontificia de la Virgen de Sumampa, Patrona de los santiagueños, un joven cantor, Sergio Luna, subió al escenario del santuario con una responsabilidad enorme: estrenar la musicalización de un poema casi olvidado, “A la Virgen de Sumampa”, que Dalmiro había escrito en 1965.

La zamba sonó entre velas, promesas y emoción. Y algo pasó allí: no solo se homenajeó a la Virgen; también se rescató, desde la voz de un nuevo cantor, a uno de los grandes poetas de la provincia. Ese fue el punto de partida de una búsqueda que, como todo viaje a la memoria, empezó casi por casualidad y terminó abriendo puertas insospechadas.

Un viaje a La Banda: cuando el azar abre la puerta de una casa

La historia comienza con un llamado telefónico. En medio de una clase, el autor de esta investigación recibe la noticia: Sergio Luna había dejado su material discográfico en una casa de la ciudad de La Banda. El objetivo era simple: pasar a buscar esos discos. Pero, durante un tiempo, por una cosa u otra, el encuentro se postergó.

Hasta que un día, como si el destino hubiera decidido que ya era hora, el viaje se concretó. Camino a La Banda, la idea era recoger un par de discos; nada más. Sin embargo, al golpear la puerta de la dirección indicada, la sorpresa cambió el rumbo de la jornada: quien atendió fue un hombre mayor, de trato amable, que resultó ser el hermano menor de Dalmiro Coronel Lugones.

Se llamaba Cergio Coronel. Tenía 84 años, una memoria prodigiosa y un puñado de anécdotas que, de repente, transformaban esa visita en algo mucho más valioso que un simple trámite. En esa casa, sobre calle Alberdi, donde la familia Coronel había crecido, el poeta parecía seguir respirando entre fotos, papeles y recuerdos.

“Con mi hermano Dalmiro compartíamos la habitación —contó Cergio—, y era común que él se levantara a la madrugada a escribir en su maquinita algo que se le ocurriera a esa hora”. Esa imagen del poeta desvelado, golpeando teclas en plena noche, fue una de las primeras piezas de un rompecabezas que pronto se volvería fascinante.

Infancia en La Banda: un niño que ya veía poesía en el patio

Dalmiro Coronel Lugones nació en La Banda el 6 de julio de 1919. Era descendiente directo del coronel Lorenzo Lugones, héroe de la Independencia, y quinto de ocho hermanos. Creció en una casa típica bandeña, de esas con un patio grande, árboles frondosos y tierra que se levanta con cada paso. Ese paisaje doméstico, mezcla de familia numerosa y naturaleza generosa, fue su primera escuela.

A los 11 años ya escribía poesía. Sus primeros versos estuvieron dedicados a la patria y a su madre, doña Anselma de Coronel. En ellos aparecía un amor entrañable, casi reverencial, hacia esa figura materna que, con el tiempo, también se transformaría en personaje de las anécdotas familiares: sus almuerzos dominicales, congregando a la amplia familia Coronel para saborear sus famosas empanadas, son todavía recordados con nostalgia.

En esa casa, su padre, don José Pío Coronel, fue guía fundamental. Entre los valores familiares y ese contacto constante con el patio, los árboles y el cielo abierto, se fue modelando la mirada que años más tarde le permitiría describir como pocos el paisaje santiagueño. No es descabellado pensar que, en aquellas tardes de infancia, Dalmiro empezó a intuir que hombre y paisaje eran, en realidad, la misma cosa.

El hermano mayor, el amigo de todos, el orador

Más allá del poeta, quienes lo conocieron hablan primero de la persona. “Fue un muy buen hermano mayor —recuerda Cergio—, amaba la familia por sobre todas las cosas. La amistad también ocupaba un inmenso lugar en su personalidad. Su corazón estaba abierto a todo el mundo; tal vez eso lo pagó demasiado caro”.

Dalmiro fue también un notable orador. Estudió Derecho en la Universidad de Tucumán, carrera que dejó inconclusa, pero que le dio herramientas para moverse con soltura en el mundo de la palabra hablada. Sus conferencias en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires convocaban a aulas llenas de alumnos, interesados tanto en el contenido como en la manera en que lo decía.

Era, además, un lector voraz. “Se leyó gran parte de la literatura universal, en especial la europea —cuenta su hermano—. Sabía hablar francés, inglés, italiano, y estaba por terminar latín, pronto a viajar a Grecia”. Esa formación le permitió dialogar de igual a igual con tradiciones literarias lejanas, al mismo tiempo que anclaba su escritura en el paisaje y la cultura de Santiago del Estero.

En lo político, fue un militante activo del peronismo. Su compromiso con las causas populares y su participación pública le valieron persecuciones y allanamientos en su propia casa. Pero también reforzaron su convicción de que la poesía debía decir algo, incomodar, denunciar, sacudir conciencias.

El poeta épico del paisaje santiagueño

Si hay un consenso entre críticos, músicos y lectores, es éste: Dalmiro Coronel Lugones fue un poeta épico, un narrador de grandezas y dolores desde la voz de su pueblo. Su obra se centra en el paisaje santiagueño, pero lo trasciende. No se limita a describir; busca, más bien, revelar.

El poeta Adolfo “Bebe” Ponti lo define así:

 “Para Dalmiro Coronel Lugones hombre y paisaje son la misma cosa, un todo único y en ese todo está su registro poético, su tradición, su palabra hecha carne. Quizá ‘Romance de mis tardes amarillas’ sea el verdadero himno de Santiago del Estero porque está escrito, no desde la nostalgia, sino desde la presencia más enraizada y sublime.”

En sus versos aparecen el monte, el río, los salitrales, el canto de los pájaros, las supersticiones del bosque y los dolores cotidianos de los santiagueños: la pobreza, el desarraigo, la orfandad, el desencuentro. Pero nada está ahí de manera fría o paisajística; todo está cargado de una emotividad intensa, casi visceral.

El profesor Lucas Cosci, estudioso de su obra, propone una lectura que va más allá de la etiqueta de “poeta costumbrista”:

 “En una primera mirada es innegable, es una poesía costumbrista, paisajista. Pero se la puede ver, también, como una poesía simbolista. La mirada de Dalmiro Coronel Lugones va más allá de la intención descriptiva del paisaje. Los elementos del paisaje son utilizados por el poeta para bucear en el interior del santiagueño. Sus poesías están impregnadas de cierta emotividad muy visceral de los estados profundos de los santiagueños (la pobreza, la miseria, la orfandad, el desencuentro, la nostalgia por el desarraigo…). Por eso creo que no es solo una poesía paisajista ni descriptiva”.

En ese cruce entre paisaje y emoción se entiende mejor por qué su obra, aún con escasa difusión editorial, se mantuvo viva en el canto popular.

La poesía que nace de pisar la tierra

Dalmiro no escribía desde la comodidad de un escritorio distante. Sus poemas nacían de una experiencia directa con los lugares que nombraba. Su hermano lo recuerda con nitidez:

 “Dalmiro sabía sobre lo que escribía. Por ejemplo, para escribir ‘Romance del salitral’ se tomó un colectivo hasta las salinas y se quedó allí hasta que pasara el siguiente colectivo que lo trajera de vuelta a La Banda. Esa era su forma de componer. O la otra vez cuando se internó en el monte para escribir sobre él”.

Esa manera de trabajar, casi etnográfica, explica la potencia sensorial de sus poemas. No son postales idealizadas, sino registros vivos: el calor que sube desde el salitral, el zumbido de los coyuyos, la sombra larga del quebracho, el miedo antiguo que traen las leyendas del bosque.

Su afán de exactitud no implicaba frialdad, todo lo contrario. Dalmiro creía en una poesía comprometida con su tiempo y su realidad. Lo resumía en una frase que repetía como una especie de manifiesto:

 

“La poesía o el canto que no transmite 

un mensaje, no es canto, ni es poesía”.

 

“Romance de mis tardes amarillas”: un himno no oficial

Entre sus muchos textos, hay uno que se destaca por la recepción que tuvo entre músicos, lectores y críticos: “Romance de mis tardes amarillas”. Publicado en su libro “Romancero del canto nativo”, fue considerado por algunos como el auténtico himno de Santiago del Estero.

En ese poema se condensan varios de los temas centrales de su obra: el apego a la tierra, la nostalgia por el desarraigo, la belleza luminosa de las tardes santiagueñas, la melancolía de quien debe partir.

El profesor Lucas Cosci matiza, sin restarle valor:

 “Nunca la había pensado desde ahí. La verdad, no sé si expresa todo lo que los santiagueños podemos pensar de nosotros mismos, existe una cierta parcialidad en esa referencia a Santiago. Con respecto al apego a la tierra, muy trabajado por Orestes Di Lullo a nivel del discurso, Dalmiro tiene la capacidad de formularlo en imágenes poéticas muy bien logradas. Y como la cuestión del arraigo, el santiagueño tiene de sí mismo una mirada muy fuerte; allí sí podemos considerarla, bajo esta mirada, como un himno”.

Músicos como Raly Barrionuevo han llevado este romance a los escenarios, acercando los versos de Dalmiro a nuevas generaciones que quizás no lo hayan leído en papel, pero lo sienten vibrar en la guitarra.

Del papel al escenario: la poesía que se hace zamba

Parte del secreto de la vigencia de Dalmiro está en la música. Varios de sus poemas fueron musicalizados y entraron a formar parte del repertorio folclórico argentino. Entre ellos se cuentan:

 

* “Romance del río Dulce”
* “Romance de mis tardes amarillas”
* “Romance del bosque”
* “Romance del salitral”
* “A la Virgen de Sumampa”
 

Algunos fueron adaptados por grandes referentes del folclore santiagueño. Los Manseros Santiagueños, por ejemplo, musicalizaron una de sus coplas en la canción “Alegres enramadas”, mientras que Juan Carlos Carabajal y Horacio Banegas transformaron versos del “Romance del río Dulce” en una de las zambas más bellas del cancionero.

Carabajal cuenta cómo nació esa versión:

 “A mi audición ‘Santiago guitarra y copla’ solían llegar muchas cartas de los oyentes. Entre esas había una de una señora, que la verdad no recuerdo bien de dónde era, con versos ‘charquiaos’ del poema. Ella me los enviaba para que los leyera. Se me prendió la lamparita y empecé a juntar los versos que tenían sentido, para no perder la esencia de la poesía. Como es un poema muy largo es imposible musicalizarlo, entonces lo que hago es juntar, cortar y repetir:

La consagración popular: un libro que llenó un salón

Que Dalmiro fuera un poeta querido no es una construcción retrospectiva. Hay episodios concretos que hablan de la popularidad que tuvo en vida. Uno de ellos fue la presentación de su libro “Romancero del canto nativo” en la ciudad de La Banda, en el predio del Sirio Libanés.

Aquella noche, la convocatoria superó todas las expectativas. El público fue tan numeroso que muchos quedaron afuera del salón, escuchando desde la vereda, atentos a cada palabra del poeta. Para cualquier presentación de libro, y más aún en una provincia del interior, esa escena no era común. Decía algo del vínculo afectivo que Dalmiro había logrado construir con su comunidad.

El escritor y poeta César Cisneros de la Hoz lo recuerda como un personaje imponente:

 “La ‘afonilla’ de su voz no fue impedimento para atrapar a la platea, cuantas veces se encontraran frente al monstruo hierático de nuestra literatura. Su mirada de lince imponía respeto, refinado, fue la poesía misma, un elegido, casi un apóstol de la palabra”.

El romance como elección estética y política

En un tiempo donde muchos poetas experimentaban con formas modernas, Dalmiro eligió conscientemente un molde tradicional: el romance. Tomó ese viejo género narrativo de la tradición española e hispanoamericana —poemas en versos octosílabos, de rima asonante y carácter narrativo— y lo resignificó para hablar del Santiago del Estero contemporáneo.

Los romances, en la península ibérica, eran cantados por juglares que recorrían pueblos contando historias. Dalmiro, heredero de esas voces, encontró en ese ritmo antiguo una forma perfecta para nombrar su paisaje: el monte, el río Dulce, los salitrales, las leyendas del “sachayoj”, la “almita”, el “runa uturungo”, el “kakuy”.

Su “Romance del bosque”, por ejemplo, transforma la geografía en mito, en catedral “sin dios ni santos” donde el viento oficia una misa profana. Allí, la flora y la fauna conviven con personajes sobrenaturales del folclore santiagueño, en una atmósfera que oscila entre la belleza y el espanto.

Esa apuesta por lo popular no fue ingenua. Al elegir el romance, Dalmiro tendió un puente entre la alta literatura y la tradición oral, entre el libro y la canción, entre la escritura y la memoria colectiva. Fue, en el mejor sentido, un juglar contemporáneo.

Un legado inmenso, una edición mínima

Paradójicamente, la obra de Dalmiro Coronel Lugones es mucho más grande que lo que los lectores pueden encontrar en las librerías. Se calcula que dejó alrededor de 500 composiciones, pero solo una pequeña parte llegó a publicarse. Cerca de 450 textos permanecen inéditos o circulan en copias privadas y archivos familiares.

Entre lo que sí vio la luz se cuentan dos libros fundamentales:

* “Romancero del canto nativo” (1965), con prólogo del Dr. Orestes Di Lullo, donde reúne buena parte de su poesía paisajística y épica.

* “Tiempo de zamba y malambo” (1970), fruto de su investigación folclórica, en el que recorre ritmos y danzas de todo el país, con textos de gran riqueza literaria. Allí se destaca, entre otros, el poema “La chacarera”.

Su pluma también se volcó a otros géneros: escribió obras teatrales, numerosas leyendas, cuentos, relatos y guiones cinematográficos. Su libreto “Serafina y el destino del pueblo” obtuvo una Mención de Honor Especial del Instituto Nacional de Cinematografía en 1965. Años más tarde, ganó el Primer Premio en el Tercer Certamen para Guiones del NOA, organizado por el Departamento de Audiovisuales del Consejo de Difusión Cultural de Tucumán, con “La leyenda del Crespín”, en colaboración con Ricardo Dell’Aringa.

En el ámbito educativo, muchas escuelas adoptaron marchas e himnos escritos por él. Un ejemplo es la “Oda a la Escuela Normal”, compuesta en 1968, que fue utilizada por autoridades de distintas provincias.

Reconocimientos y consagración más allá de Santiago

Aunque hoy su nombre no tenga la difusión masiva de otros poetas argentinos, en su momento Dalmiro recibió importantes reconocimientos. Entre ellos:

* Primer premio del diario Clarín por su poema “Romance del canto nativo” (1960).

* Primer premio de la Agrupación Argentina de Poetas, en la Ciudad de Buenos Aires.

* Distinciones de varios países de América, que llegaron a considerarlo entre los mejores poetas latinoamericanos de su tiempo.

* Condecoración del Gobierno de España con la Gran Cruz de Caballero de la Orden de Isabel la Católica.

En su ciudad natal, La Banda, una calle y una escuela llevan su nombre. Gestos concretos de una comunidad que no se olvida de quien la retrató con tanta hondura.

El escritor santiagueño José H. Figueroa Aráoz destacó, además, su capacidad para abordar episodios de la historia argentina, especialmente de la campaña emancipadora y la organización nacional, con rigor y fuerza poética:

 Poetiza episodios de la campaña emancipadora con exacta ilustración de los acontecimientos acaecidos en esas remotas épocas y consigue transmitirnos la significación del colosal esfuerzo de un puñado de hombres que desconocían el medio. Dalmiro es un prosista excelente, es un auténtico poeta argentino”.

La otra cara de su épica: el monte que ya no está

Leer hoy los poemas de Dalmiro es, al mismo tiempo, un placer estético y una experiencia agridulce. Muchos de los paisajes que describe con precisión casi táctil ya no existen tal como él los vio. El avance de la frontera agropecuaria, la tala indiscriminada y la falta de políticas de preservación transformaron radicalmente el monte santiagueño.

En este punto, su obra dialoga con otros grandes pensadores y escritores de la región, como Orestes Di Lullo o Bernardo Canal Feijóo, que también alertaron, desde temprano, sobre la destrucción del bosque nativo. En textos como “El bosque sin leyenda”, Di Lullo advertía que el desmonte no solo arrasaba con árboles, sino también con historias, mitos, modos de vida.

Dalmiro, por su parte, deja constancia de un bosque vivo, pleno de presencias humanas y sobrenaturales, de oficios y temores, de leyendas que se transmitían en voz baja alrededor del fuego. Su “Romance del bosque” no inventa un escenario; retrata uno que existió y que, en buena medida, se ha desvanecido.

Volver a sus versos, entonces, no es solo un ejercicio literario. Es también una invitación a reflexionar sobre el modelo de desarrollo que arrasó con aquel “verde país milenario” y a preguntarnos qué tipo de mundo queremos dejar a quienes vienen detrás.

Un maestro generoso y un final trágico

Más allá del reconocimiento público, quienes se acercaron a Dalmiro como aprendices o colegas recuerdan su enorme generosidad. Se confesaba siempre un servidor de la poesía y, lejos de encerrarse en su prestigio, alentaba a los jóvenes, se ofrecía a leer sus textos, corregirlos, sugerir formas y contenidos.

César Cisneros de la Hoz lo define como un “apóstol de la palabra” y resalta su influencia en nuevas generaciones. Para muchos, fue una especie de maestro silencioso, presente más en los consejos y las lecturas compartidas que en las grandes tribunas.

Su muerte tuvo ribetes trágicos, un final que, lejos de apagar su figura, reforzó la idea de que los poetas, en realidad, no mueren:

Su trágico final resulta el abono más rotundo para demostrarnos que los poetas no mueren, simplemente perduran en el fuego de sus letras”, escribe Cisneros de la Hoz.

Hoy, cada vez que un cantor entona uno de sus romances, cada vez que un lector vuelve a “Romancero del canto nativo”, esa presencia se reactualiza.

El silencio impuesto y la resistencia cultural

A pesar de los premios, las ediciones y la repercusión en vida, gran parte de la obra de Dalmiro Coronel Lugones cayó, con el tiempo, en una suerte de silencio institucional. No fue el único: otros grandes nombres de la cultura santiagueña, como Orestes Di Lullo, Bernardo Canal Feijóo, Pablo Raúl Trullenque u Horacio Germinal Rava, también padecieron una difusión desigual en el circuito nacional.

¿Las razones? Se pueden ensayar varias hipótesis. Una de ellas es la centralización cultural de la Argentina, que suele dejar en segundo plano las producciones del interior profundo. Otra, más incómoda, tiene que ver con los temas que abordaban estos autores: la pobreza, el desarraigo, la destrucción de la naturaleza, la denuncia de desigualdades históricas.

Preguntarse por qué sus obras fueron “condenadas al silencio”, como se señala en esta investigación, es también preguntarse qué voces se eligen amplificar y cuáles se prefieren calladas. Y, en ese debate, la figura de Dalmiro se vuelve emblemática.

Lo cierto es que, más allá de olvidos y omisiones, la cultura popular santiagueña se encargó de sostener su memoria. Sus versos se filtraron en canciones, sus libros circularon de mano en mano, sus anécdotas sobrevivieron en charlas de sobremesa. Ese tejido silencioso de memoria colectiva fue, y es, su verdadera trinchera de resistencia.

Volver al monte para no perder la memoria

Al terminar este recorrido por la vida y obra de Dalmiro Coronel Lugones, queda una sensación clara: no estamos solo frente a un poeta talentoso, sino ante una voz imprescindible para entender la identidad santiagueña y, por extensión, una parte profunda de la identidad argentina.

Su poesía devuelve al lector un país que a veces los discursos oficiales prefieren omitir: el de los montes arrasados, los ríos que resisten, las familias que parten por necesidad, los pueblos que viven entre la devoción y el desencanto. Pero también un país de belleza intensa, de tardes amarillas que se graban para siempre en la retina, de historias que siguen de boca en boca.

Rescatar su obra no es un ejercicio nostálgico, sino un acto de futuro. En tiempos donde el extractivismo y la velocidad digital amenazan con borrar paisajes físicos y simbólicos, volver a los versos de Dalmiro es una forma de preguntarnos qué queremos preservar. Como advierten sus textos, no se trata solo de salvar árboles, sino de sostener lenguajes, memorias, sensibilidades.

Tal vez la mejor manera de honrarlo sea, justamente, hacer lo que él pedía de la poesía: transmitir un mensaje. Leerlo en las escuelas, cantarlo en las peñas, estudiarlo en las universidades, citarlo en debates sobre ambiente y cultura. Dejar que su voz, esa que se levantaba de madrugada en una máquina de escribir en La Banda, siga diciendo lo que tiene para decirnos.

Porque mientras en alguna parte se siga recitando un romance suyo, mientras alguien vuelva a mirar el atardecer santiagueño y lo nombre como “tarde amarilla”, Dalmiro Coronel Lugones no será un poeta del pasado, sino un compañero de viaje en este presente que todavía busca palabras para entenderse.

 

Fuentes consultadas

* Coronel Lugones, Dalmiro. “Romancero del canto nativo”. Archivo familiar de la familia Coronel Lugones.

* Di Lullo, Orestes. Prólogo a “Romancero del canto nativo”.

* Nasif, Alfonso. “Antología Poética Santiagueña”.

* Cisneros de la Hoz, César. “El Espíritu de Dalmiro Coronel Lugones perdurará en el paraíso de las letras”.

* Testimonios de Cergio Coronel (hermano de Dalmiro Coronel Lugones).

* Entrevistas y declaraciones de Adolfo “Bebe” Ponti, Lucas Cosci, Raly Barrionuevo, Juan Carlos Carabajal, Horacio Banegas y Sergio Luna, citadas en el dossier original.

* “El poeta que resiste al olvido…” por Jorge Galián, publicado en La Columna Digital. Disponible en:

 www.lacolumnadigital.com.ar

http://www.elortiba.org/foro/viewtopic.php?f=9&t=7350

Estas fuentes, combinadas con el archivo familiar y testimonios orales, permiten reconstruir la figura múltiple de un poeta que, contra todo olvido, sigue diciendo presente.