Don
Fortunato Juárez nació el 9 de enero de 1925 en Villa San Martín, Loreto. Toda
su familia provenía de la histórica Villa Loreto, un rincón donde el quichua y
el castellano se entrelazaban en el habla cotidiana de una “gente feliz, de paz
y respeto”. Sin embargo, aquella armonía sufrió un vuelco inevitable: en 1907,
casi toda la población se vio obligada a abandonar su tierra para trasladarse
al emplazamiento actual. ¿Cómo no arraigarse a la identidad cuando el hogar
debe reconstruirse desde las raíces?
En
su hogar, la música y el trabajo se heredaban. Su abuelo materno —Tatacu
Carmen— y su padre eran carpinteros y músicos, mientras que sus hermanos
también abrazaron el folclore. Al crecer en ese ambiente de cuerdas y serrín,
nació en él un deseo irrefrenable: emular a sus mayores. Cada día era una
búsqueda constante, un aprendizaje nuevo con la guitarra que se profundizó al
mudarse a la ciudad de Santiago del Estero, donde debió sostenerse ejerciendo
distintos oficios.
Entonces
sobrevino el golpe. Un accidente de trabajo en una empresa textil le arrebató
una falange del índice de su mano izquierda. Para un guitarrista, una pérdida
de tal magnitud amenazaba con silenciar su pasión para siempre. Pero el freno
físico no quebró su impulso: continuó tocando y cantando contra todo
pronóstico. Con el conjunto Los Hermanos Juárez, recorrió el país entero
llevando la música tradicional santiagueña e incorporando las creaciones que
nacían de su talento y el de Higinio Juárez.
Su
entrega a la música no conocía pausas. Cuando no actuaba con sus hermanos, Don
Fortunato aceptaba cualquier invitación para cantar, integrándose a grupos
costumbristas. Cada domingo que permanecía en Santiago, llegaba puntualmente a
la radio, guitarra en mano, para encontrarse con la gente del Alero Quichua
Santiagueño.
En
los inicios del Alero Quichua, estuvo profundamente unido al grupo
nativista. Más tarde, asumió el compromiso de asesorar al Secretario de la
Comisión Directiva en el manejo correcto de libros, documentos y trámites.
Integró además el elenco de la obra Casarácoj (El Casamiento), de
Don Carlos Maldonado. Fue en ese tiempo de viajes compartidos por la provincia
y Buenos Aires donde la gente del Alero descubrió la verdadera magnitud
de su figura: un gran creador marcado por una personalidad de enorme humildad y
sencillez.
Sus
obras terminaron conquistando los escenarios del país. Títulos como Bienhaiga
con el Mocito, Para mi Pago, De Ahicito, Así era mi Mama,
Loretano Soy, El Violín de Tatacu, Chacarera del Chilalo, El
Huajchito, Sumampa Viejo, Plaza Libertad, Soy Santiagueño
que Vuelve, El Linyerita o Paisanita de mi Pago son solo una
muestra del vasto repertorio criollo que legó.
Don
Fortunato Juárez falleció en Santiago del Estero el 7 de septiembre de 2000, a
las tres de la tarde.
Más
allá de firmar páginas inolvidables para el cancionero argentino, dedicó su
vida a formar a nuevos guitarreros y cantores. Fue una labor silenciosa, sin
estridencias, pero de un impacto profundo: esa siembra constante a lo largo de
su vida no quedó en el olvido, y aún hoy sigue dando frutos.
Fuente: Víctor HugoSayago


