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lunes, 7 de septiembre de 2026

Fortunato Juárez: Creador de identidad y cantor de la tradición santiagueña

 


Don Fortunato Juárez nació el 9 de enero de 1925 en Villa San Martín, Loreto. Toda su familia provenía de la histórica Villa Loreto, un rincón donde el quichua y el castellano se entrelazaban en el habla cotidiana de una “gente feliz, de paz y respeto”. Sin embargo, aquella armonía sufrió un vuelco inevitable: en 1907, casi toda la población se vio obligada a abandonar su tierra para trasladarse al emplazamiento actual. ¿Cómo no arraigarse a la identidad cuando el hogar debe reconstruirse desde las raíces?

En su hogar, la música y el trabajo se heredaban. Su abuelo materno —Tatacu Carmen— y su padre eran carpinteros y músicos, mientras que sus hermanos también abrazaron el folclore. Al crecer en ese ambiente de cuerdas y serrín, nació en él un deseo irrefrenable: emular a sus mayores. Cada día era una búsqueda constante, un aprendizaje nuevo con la guitarra que se profundizó al mudarse a la ciudad de Santiago del Estero, donde debió sostenerse ejerciendo distintos oficios.

Entonces sobrevino el golpe. Un accidente de trabajo en una empresa textil le arrebató una falange del índice de su mano izquierda. Para un guitarrista, una pérdida de tal magnitud amenazaba con silenciar su pasión para siempre. Pero el freno físico no quebró su impulso: continuó tocando y cantando contra todo pronóstico. Con el conjunto Los Hermanos Juárez, recorrió el país entero llevando la música tradicional santiagueña e incorporando las creaciones que nacían de su talento y el de Higinio Juárez.

Su entrega a la música no conocía pausas. Cuando no actuaba con sus hermanos, Don Fortunato aceptaba cualquier invitación para cantar, integrándose a grupos costumbristas. Cada domingo que permanecía en Santiago, llegaba puntualmente a la radio, guitarra en mano, para encontrarse con la gente del Alero Quichua Santiagueño.

En los inicios del Alero Quichua, estuvo profundamente unido al grupo nativista. Más tarde, asumió el compromiso de asesorar al Secretario de la Comisión Directiva en el manejo correcto de libros, documentos y trámites. Integró además el elenco de la obra Casarácoj (El Casamiento), de Don Carlos Maldonado. Fue en ese tiempo de viajes compartidos por la provincia y Buenos Aires donde la gente del Alero descubrió la verdadera magnitud de su figura: un gran creador marcado por una personalidad de enorme humildad y sencillez.

Sus obras terminaron conquistando los escenarios del país. Títulos como Bienhaiga con el Mocito, Para mi Pago, De Ahicito, Así era mi Mama, Loretano Soy, El Violín de Tatacu, Chacarera del Chilalo, El Huajchito, Sumampa Viejo, Plaza Libertad, Soy Santiagueño que Vuelve, El Linyerita o Paisanita de mi Pago son solo una muestra del vasto repertorio criollo que legó.

Don Fortunato Juárez falleció en Santiago del Estero el 7 de septiembre de 2000, a las tres de la tarde.

Más allá de firmar páginas inolvidables para el cancionero argentino, dedicó su vida a formar a nuevos guitarreros y cantores. Fue una labor silenciosa, sin estridencias, pero de un impacto profundo: esa siembra constante a lo largo de su vida no quedó en el olvido, y aún hoy sigue dando frutos.

 

Fuente: Víctor HugoSayago

sábado, 20 de junio de 2026

Rosquetes santiagueños ¡Receta criolla!

 


Si sos de Santiago del Estero seguro que los has probado, y si has visitado alguna vez la provincia, probablemente te han invitado unos rosquetes santiagueños. ¡Y estoy mucho más seguro de que quién los ha comido no se los olvida nunca!

Con esta receta, si estamos lejos del pago, podremos prepararnos unos bien ricos. No serán como los loretanos, pero bueno, algo para aplacar la nostalgia del estómago.

Sin más preámbulos te contamos la receta de rosquete santiagueño, bien criollo, bien nuestro.

Cómo hacer Rosquetes santiagueños

Ingredientes que hacen la diferencia:

Para preparar los deliciosos rosquetes santiagueños, necesitarás los siguientes ingredientes:

5 yemas de huevo
1 cucharadita de sal
50 gramos de levadura
200 gramos de azúcar
150 gramos de grasa vacuna derretida
1 kilogramo de harina común (aproximadamente)
Aproximadamente 200 ml de agua tibia

Preparación paso a paso:

Comienza batiendo las yemas hasta que la mezcla espese ligeramente y adquiera una textura cremosa.

Tamiza la harina y agrega la sal alrededor del hueco que formarás en el centro de la harina.

En el hueco, coloque la levadura, una cucharadita de azúcar y un poco de agua tibia. Mezcle estos ingredientes para activar la levadura y lograr una fermentación adecuada.

Luego, incorpora la grasa derretida a la mezcla y continúa agregando el resto del agua tibia poco a poco mientras amasas vigorosamente. Siga amasando hasta obtener una masa suave y elástica.

Divide la masa en pequeñas porciones y forma rollitos de aproximadamente 20 cm de largo (o ajusta el tamaño según tu preferencia). Une los extremos de cada rollito para darles la típica forma de rosquilla.

Coloque los rosquetes en una fuente enmantecada y enharinada, preparándolos para el horneado. Déjalos reposar durante 30 minutos.

Pre-calienta el horno a 200°C y hornea los rosquetes durante unos 35 minutos o hasta que estén dorados y cocidos.

El toque dulce del blanqueo:

El blanqueo es una etapa crucial en la preparación de los rosquetes santiagueños, ya que es lo que les da ese distintivo sabor dulce y la capa brillante. Para blanquear los rosquetes, necesitarás los siguientes ingredientes:

5 claras de huevo
1 taza de azucar
1 taza de agua
Unas gotitas de limón

El proceso de blanqueo:

En una cacerola, lleva a ebullición una taza de agua junto con una taza de azúcar hasta obtener un almíbar a punto de hilo.

Mientras se prepara el almíbar, bate las claras de huevo a punto de nieve, asegurándote de que estén bien firmes.

Agregue lentamente el almíbar caliente a las claras batidas mientras continúa batiendo. También añade unas gotitas de limón para darle un toque de acidez al merengue.

Con la ayuda de un pincel de cocina, cubre los rosquetes con este merengue, asegurándote de cubrirlos completamente para obtener una capa brillante y dulce.

Deja reposar los rosquetes al sol durante un tiempo para que el merengue se seque y se fije sobre ellos.

La degustación:

Una vez que los rosquetes santiagueños han sido blanqueados, es momento de disfrutarlos en todo su esplendor. Su exterior dorado y brillante esconde un interior esponjoso y lleno de sabor. Acompañados de un mate o una buena taza de café, los rosquetes son un verdadero placer para el paladar.

Fte: sursantiago.com.ar

 

jueves, 24 de julio de 2025

El pulso apagado de Loreto: una mirada a la agonía de un pueblo santiagueño

Por: Leyendas del Folclore Santiagueño


Loreto. Un nombre que suena suave, pero que hoy lleva consigo un eco de tristeza.

Situada a "unos kilómetros de Santiago, en la República Argentina", como menciona Orestes Di Lullo en su libro "La agonía de los pueblos", esta localidad alguna vez fue un lugar lleno de vida. Con el paso de los años, sin embargo, esa vitalidad fue desapareciendo. Lo que había sido movimiento, encuentro y esperanza quedó cada vez más ligado al recuerdo.

Su historia se remonta a tiempos muy antiguos. En 1566 ya aparecía en el itinerario de Matienzo bajo el antiguo nombre de Zamaquisqui. Desde entonces, Loreto fue creciendo como una comunidad serena, profundamente arraigada en sus tradiciones. La vida cotidiana tenía su propio ritmo, pausado, sostenido por costumbres compartidas y por un calendario de celebraciones que reunía a la comunidad y atraía a vecinos de localidades cercanas.

Las fiestas en honor a la Virgen de Loreto, cada abril, eran el corazón de la vida loretana. Había color, movimiento y una alegría difícil de olvidar.

Y después estaba el carnaval.

El carnaval de Loreto era una verdadera expresión de alegría popular: máscaras, disfraces, bailes en pareja y música llenaban las calles. Durante esos días, el pueblo parecía cobrar otra energía. También se rendía homenaje a la Virgen de la Merced, con novenas, rezos y actos litúrgicos que fortalecían una fe comunitaria profunda y compartida.

Pero Loreto no vivía solamente de sus celebraciones. Su economía tenía una base sencilla y firme. La agricultura ocupaba un lugar central: maíz, trigo y otros cultivos alimentaban a las familias y sostenían buena parte de la actividad local.

Y estaba el río Dulce.

No era solamente un cauce de agua. Era sustento, posibilidad y esperanza. Cuando se construyó un canal de navegación, las expectativas crecieron. Se imaginaba un futuro próspero, con tierras más productivas y una ganadería capaz de acompañar ese desarrollo.

Pero aquel futuro no llegó como se esperaba.

Con el tiempo, el sueño comenzó a desvanecerse. Para 1898, la situación ya era desoladora. El río Dulce estaba "arruinado", las cosechas eran escasas y una tierra que alguna vez había dado sustento comenzaba a perder su capacidad de hacerlo.

¿Qué ocurre con un pueblo cuando desaparecen el agua y la producción?

Para muchos, la respuesta terminó siendo el abandono. Sin las condiciones necesarias para sostener la vida económica, numerosas personas tuvieron que marcharse en busca de otro destino. No se trataba solamente de cambiar de lugar. Era dejar atrás una tierra, una comunidad y unas raíces construidas durante generaciones.

Orestes Di Lullo no oculta su tristeza al describir este proceso. En sus palabras hay algo más que nostalgia por un pasado perdido. También aparece el señalamiento hacia el abandono y la indiferencia de las autoridades.

Su descripción alcanza una dureza difícil de olvidar: "¡Pobre del pueblo, un blanco sudario, un monte funerario! ¡Paz en la tumba!".

La imagen es contundente. Ya no habla solamente de un pueblo que pierde actividad económica. Habla de un lugar al que la falta de atención parece haber condenado al silencio.

Loreto había conocido las fiestas, la música, los bailes y las celebraciones religiosas. Había tenido agricultura, producción y expectativas de crecimiento. Había mirado al río Dulce como una fuente de sustento y al canal de navegación como una posibilidad de futuro.

Después llegaron la escasez, el deterioro y la partida de sus habitantes.

Por eso la historia de Loreto no puede reducirse a una simple crónica del pasado. También plantea una pregunta incómoda: ¿cuántos pueblos pueden perder su vitalidad lentamente antes de que alguien advierta lo que está ocurriendo?

La historia de Loreto es, en ese sentido, un recordatorio de lo que puede perder una comunidad cuando el tiempo avanza, las condiciones económicas se deterioran y las autoridades dejan de atender sus necesidades.

No se pierde solamente población.

Se pierden celebraciones, formas de vida, vínculos, actividades productivas y parte de una memoria colectiva.

Loreto queda así como testimonio de una historia que alguna vez estuvo llena de movimiento y que, poco a poco, fue quedándose en silencio. Y ese silencio no significa que no haya nada que contar. Al contrario: detrás de él permanece la memoria de lo que el pueblo fue y de todo aquello que se fue perdiendo.

 

Spotify: El Pulso Apagado de Loreto: Una Mirada a la Agonía de un Pueblo Santiagueño